BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



viernes, 4 de septiembre de 2026

Santidad, ¿quién escribe sus intenciones de oración? (Carta abierta al papa León XIV)





Santidad:

He leído atentamente la intención de oración propuesta para el mes de septiembre, dedicada al cuidado del agua, que denuncia el desperdicio y la contaminación y proclama el derecho de toda persona a «beber sin miedo, sin desigualdad».

Ningún cristiano puede quedarse impasible ante quien padece sed, tiene que recorrer kilómetros en busca de una fuente o enferma porque no puede evitar el agua contaminada. El propio Cristo identificó la sed del pueblo con la suya: «Tuve sed y me diste de beber» (Mt.25,35). Dar de beber al sediento es una obra de misericordia corporal, y es algo que pertenece plenamente a la Tradición cristiana.

Ahora bien, Santidad, al leer esta intención he experimentado una sensación de extrañeza. Me ha costado mucho reconocer la voz del Pontífice que desde el comienzo de su ministerio ha recordado al mundo que la humanidad necesita a Cristo y que el mundo tiene necesidad de su luz.

Por esa razón, permítame plantearle una pregunta sincera y tal vez incómoda: concretamente, ¿quién escribe estas intenciones de oración? ¿Quién escoge las palabras que más tarde son presentadas a los fieles como intenciones del Papa?

Desconozco hasta qué punto ha intervenido Vuestra Santidad en la redacción del texto. No quiero formular acusaciones ni poner en duda vuestra sensibilidad hacia los pobres. Con todo, me cuesta creer que expresiones como «recursos de la Tierra», «derecho sin fronteras», «sobriedad» o «denunciar la contaminación» expresen de por sí lo que Vuestra Santidad considera más urgente para encomendarlo a las oraciones de la Iglesia Universal.

Son conceptos legítimos, pero podría haberlos expresado igual cualquier organismo internacional, una asociación ambientalista o un partido político. En esta intención se habla mucho del agua como recurso, derecho y bien universal, y demasiado poco del agua viva que es Cristo. Falta que hable claro del pecado, de la conversión, de la salvación de las almas, de la gracia, de la Eucaristía y de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El peligro está en que la oración cristiana se transforme poco a poco en una declaración de intenciones humanitarias. Ciertamente la Iglesia debe ocuparse del hombre, de su dignidad y sus necesidades materiales; pero lo hace porque anuncia a Cristo, no porque tenga que repetir el programa de las instituciones civiles expresado con un lenguaje religioso.

Dice San Pablo: «Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado» (1ª a Cor.2,2). Ante las numerosas necesidades concretas de la primera comunidad cristiana, los Apóstoles afirmaron: «Nosotros, empero, perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch.6,4).

Actualmente tenemos de sobra intenciones profundamente cristianas y que revisten una dramática urgencia.

Se podría rezar por los cristianos que son perseguidos y asesinados en Nigeria; por las comunidades agredidas en la República Democrática del Congo, Burkina Faso y Mozambique; por los creyentes obligados a estar en la clandestinidad en Corea del Norte; por los que son discriminados, encarcelados o amenazados de muerte en Pakistán, la India, China, Irán, Eritrea, Somalía, Yemen y Afganistán.

Según la World Watch List 2026, más de 388 millones de cristianos sufren en el mundo niveles elevados de persecución o discriminación por su fe. Tras esta cifra se ocultan templos incendiados, pueblos asaltados, sacerdotes secuestrados, familias obligadas a huir, mujeres violadas y hombres asesinados por no renegar de Cristo.

¿Por qué no pedir a la Iglesia Universal que rece por ellos?

Se podría pedir por los misioneros que se juegan la vida proclamando el Evangelio; porque los sacerdotes sean santos y fieles; por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; por los jóvenes, que hoy ya no conocen a Cristo; por las familias cristianas desgarradas; por los niños no nacidos; por quienes han perdido la fe; por la conversión de los pecadores; por los que mueren sin el consuelo de los sacramentos; por la libertad para practicar la religión; por la valentía para confesar públicamente el nombre de Jesús.

Se podría rogar para que la Iglesia no tenga miedo de proclamar que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6) ante un mundo al que no le importa aceptarla como una institución humanitaria pero está cada vez menos dispuesto a escucharla cuando habla de Dios, de la Verdad, del pecado y de la salvación.

El cuidado del agua también podría ser una intención verdaderamente cristiana si se recondujera con más claridad a su centro, que es Cristo. El agua que sacia la sed corporal es indispensable, pero el Señor le recordó a la samaritana que quien bebe el agua del pozo vuelve a tener sed, pero quien bebe la que Él da «se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna» (Jn.4,14).

Esa es el agua que sólo la Iglesia puede proporcionar al mundo.

Santidad, no le escribo para fomentar una polémica ni para negar la gravedad de la pobreza, la sequía o la contaminación. Le escribo porque temo que por detrás de conceptos en los que podemos estar de acuerdo la especificidad cristiana se vuelva cada vez más débil e indistinguible del lenguaje dominante.

La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién redacta esas intenciones? ¿Quién decide los temas urgentes que se deben proponer cada mes a la Iglesia Universal? Y sobre todo: ¿cómo podemos tener certeza de que cada una de esas intenciones conducirá de verdad a los fieles a Cristo?

Vuestra Santidad nos ha recordado que el mundo necesita la luz de Cristo. Siga pronunciando con claridad ese nombre, Santidad. Ayúdenos a no reducir el Evangelio a un programa social o ecológico. Recuerde al mundo nuestros hermanos perseguidos, y devuelva a las intenciones de oración la voz inequívocamente cristiana que tantos fieles anhelan oír.

Porque desde luego el agua es un bien que se debe protege y compartir. Pero la primera sed que la Iglesia está llamada a satisfacer es la sed de Dios.

SOBRE LA INVACIÓN DE CEUTA POR LOS MARROQUÍES

EL TORO TV, ADELANTE ESPAÑA Y OTROS MEDIOS 

-----------------


EL TORO TV (José Javier Esparza)




EL 2 DE SEPTIEMBRE, TODOS A LA CALLE, POR CEUTA


LA GRAN TRAICIÓN DEL GOBIERNO


ESPAÑA: EN MANOS DE SUS ENEMIGOS





ADELANTE ESPAÑA 4 de septiembre de 2026



⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

El Gobierno aplica en Ceuta su estrategia de impunidad ante las crisis

Cada vez que una crisis social, política o de gestión golpea los cimientos de España, el equipo de Pedro Sánchez activa un protocolo de comunicación perfectamente diseñado. La opinión pública no asiste a fallos de coordinación fortuitos ni a respuestas improvisadas, sino a la ejecución milimétrica del bautizado en Libertad Digital como ‘Manual de Emergencias del sanchismo‘. El presidente utiliza este guion sistemáticamente para eludir sus responsabilidades directas, sin importar que el problema afecte a los servicios básicos de los ciudadanos o a la mismísima integridad territorial del Estado.

Esta táctica de supervivencia política consta de cuatro fases secuenciales que la factoría de la Moncloa repite a rajatabla: retrasar, culpabilizar, embarrar y olvidar. El Ejecutivo central aplicó este mismo método destructivo durante el gran apagón de abril de 2025 y tras la terrible tragedia ferroviaria de Adamuz. Hoy, la historia se repite con una fidelidad pasmosa ante la gravísima invasión marroquí de Ceuta.

Retrasar y dilatar el rendimiento de cuentas ante los ciudadanos

La primera fase del manual consiste en postergar las explicaciones institucionales sine die. En el caso de Ceuta, el presidente ha comparecido ante las Cortes Generales más de un mes después de producirse los hechos. La Moncloa congela el reloj de manera deliberada con el único objetivo de enfriar la indignación popular. Mientras la sociedad exige respuestas inmediatas, los portavoces oficiales repiten el mantra de que todavía no conocen las causas profundas del suceso.

Sin embargo, esta aparente ignorancia esconde una trampa dialéctica inmediata. Al mismo tiempo que el Gobierno alega una falta de datos técnicos para justificar su silencio, los ministros aseguran con rotundidad que la causa no está en ningún caso en la mala gestión del Ejecutivo. El sanchismo decreta así su propia inocencia previa antes siquiera de iniciar cualquier tipo de investigación interna.

Culpabilizar a enemigos externos para eludir la autocrítica

Cuando la opacidad ya no basta para contener las críticas de la oposición y de los medios de comunicación críticos, el protocolo activa su segunda etapa: la búsqueda desesperada de culpables externos. El sanchismo despliega toda su maquinaria propagandística para desacreditar cualquier reproche recibido. En este punto de la crisis, el aparato ministerial señala a objetivos de lo más variopintos para desviar la atención, ya sea Rusia, Israel o la internacional de la ultraderecha. En la mentalidad monclovita, todo vale con tal de salvar al líder.

Si el señalamiento de fantasmas internacionales fracasa, el Gobierno recurre a un último escudo exculpatorio. Los ministros comparecen para asegurar que el gabinete no pudo hacer nada porque nadie les avisó de lo que iba a ocurrir. La culpa siempre pertenece a los demás. El Ejecutivo central atribuye los desastres a supuestos sabotajes, ciberataques, campañas de desinformación o a la intervención directa de actores extranjeros de la «internacional ultraderechista». Cualquier argumento estrafalario sirve antes que ejercer la más mínima y saludable autocrítica democrática.

Embarrar el debate público con hipótesis disparatadas

La crisis de Ceuta ejemplifica a la perfección la tercera fase del manual, centrada en emponzoñar la discusión política. El pasado 30 de julio, cerca de 80.000marroquíes invadieron la ciudad autónoma. Resulta inverosímil que semejante avalancha humana pasara inadvertida para las autoridades marroquíes en primer lugar, y para las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia españoles después. A pesar de la evidencia de un fallo sistémico, Moncloa insistió formalmente en decir que nadie sabía nada.

A las pocas horas de completarse la entrada masiva, Pedro Sánchez y su ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, comparecieron ante los medios para denunciar la difusión de «bulos» y «desinformación», además del baile de cifras, tanto en la entrada como en el regreso. La maquinaria gubernamental vinculó inmediatamente la crisis con campañas destinadas a generar división interna. Posteriormente, los portavoces afinaron el tiro y apuntaron de forma específica a redes de desinformación «rusas e israelíes» y a una «internacional ultraderechista» que quería atacar a España y Europa.

Por si este bombardeo retórico fuera insuficiente, el presidente introdujo en el debate la posibilidad de ciberataques y la actuación de «actores no estatales». Al mismo tiempo, los miembros del gabinete se apresuraron a exculpar a Marruecos de cualquier tipo de responsabilidad o connivencia en el asalto fronterizo. Este repertorio tan disparatado de hipótesis persigue únicamente embarrar el terreno de juego, confundir a la población y desviar los focos de la responsabilidad directa del Gobierno de España.

Olvidar a través de la caducidad instantánea de la actualidad

La cuarta y última fase del protocolo sanchista confía todo el éxito de la operación al paso del tiempo. El olvido sistemático constituye el verdadero pilar de esta estrategia de comunicación. Aquí juega un papel importantísimo su ejercito de mercenarios periodísticos que transmiten el argumentario de Moncloa. Moncloa sabe perfectamente que el impacto de un nuevo escándalo sepulta de forma inevitable la gravedad del caso anterior. La velocidad vertiginosa a la que avanza la información en la era digital favorece los intereses de un Gobierno abonado a la amnesia colectiva.

Hace años se decía popularmente, para ilustrar la rápida caducidad de las noticias, que «el periódico de hoy envuelve el pescado de mañana». En la actualidad, esa ventana de atención social se ha reducido hasta volverse casi instantánea. Nadie habla ya en las tertulias del caos ferroviario, de la tragedia de Adamuz o del apagón de 2025. El sanchismo fía su futuro a este desgaste de la memoria pública. Al final, el Gobierno cerrará la gravísima crisis de Ceuta tal y como cerró los desastres anteriores: sin una sola dimisión sobre la mesa y sin ofrecer una explicación clara y transparente de por qué sucedió semejante humillación nacional.