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viernes, 31 de julio de 2026

Escuela de calor 2026



Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición. Así combatimos la habitual campaña de alarmismo estival, que hiberna como los osos para resurgir con fuerza cada verano aprovechando las olas de calor propias de la estación (verano: «época más calurosa del año») y que sigue siempre el mismo patrón: temperatura del mar, insectos amenazantes, sofocantes olas de calor e incendios forestales supuestamente ligados al calentamiento global. Dada la magnitud de los incendios de este verano, en este artículo me centraré en esta última cuestión.

Incendios forestales

El grave incendio de Ávila y Madrid, que por producirse en zona poblada ha afectado a decenas de miles de personas, se suma al sufrido hace pocas semanas en Andalucía, cuya gravedad fue determinada por la trágica pérdida de vidas humanas. En aquel momento, la reacción de las autoridades políticas —el presidente del gobierno y el de Andalucía— consistió en activar el escudo deflector para evitar asumir responsabilidad alguna y en un pacto de silencio tácito para no culparse mutuamente.

Así, primero culparon a las pobres víctimas, que ya no pueden defenderse y que actuaron como mejor supieron en una situación extrema, y luego ambos aludieron, cómo no, al cambio climático. En sus comparecencias, Sánchez y Moreno también hicieron una llamada a los ciudadanos para avisar con mayor antelación, trasladando de nuevo sibilinamente la responsabilidad a otros. Sin embargo, los datos del propio gobierno muestran que los ciudadanos son mucho más diligentes que el Estado en alertar de estos desastres, pues, en el 67% de los casos, quienes avisan de los incendios son las llamadas de particulares[1].

Por el contrario, ninguno de los dos responsables políticos dijo una sola palabra de las inversiones que deberían haberse acometido en medios de extinción: España, por ejemplo, cuenta con sólo 7 viejos aviones apagafuegos operativos, frente a los 18 de que dispone Italia con una superficie forestal un 50% inferior a la nuestra. Sánchez y Moreno tampoco dijeron nada sobre protocolos de prevención, actuación y respuesta rápida, o sobre gestión forestal y limpieza de los montes, dificultada por la dictadura ecologista de la UE y por la incompetencia de nuestra clase política.

Sin embargo, aunque a casi nadie le sorprenda el cinismo de los políticos, la gente sigue cayendo víctima del sensacionalismo de los medios, que aprovechan la natural empatía que sentimos hacia las pobres familias que han perdido su hogar para crear histerias colectivas basadas en relatos catastrofistas (incendios «inextinguibles»).

Disociando los incendios de la temperatura ambiente

En este sentido, la fuerza de la propaganda climática es tal que logra hacernos creer que la temperatura ambiente contribuye enormemente o incluso puede ser responsable de un incendio de estas características. Lógicamente, esto no es sí. En efecto, para que haya una combustión hacen falta tres elementos: un combustible (en este caso, madera seca), un comburente (el oxígeno del aire) y una fuente de calor, que debe ser intensísima. Por eso, si juntan unas ramitas secas en el porche de su casa o en la acera de su calle en pleno mes de julio al sol de mediodía, aquello no arderá por combustión espontánea, aunque el termómetro alcance 50°. Sin embargo, si hacen la misma prueba un día nublado de otoño o invierno, pero, en esta ocasión, prenden las ramitas secas con una cerilla —que puede alcanzar entre 600° y 800°C de temperatura—, aunque haga frío, aquello arderá como una tea. En efecto, la fuente de calor necesaria para que se produzca fuego sólo puede provenir de la acción humana (causante de más del 90% de los incendios) o de un rayo.

Por lo tanto, una elevada temperatura ambiente no es condición necesaria para desencadenar un incendio. En el caso de España, el hecho de que la región con más hectáreas quemadas con respecto a su superficie forestal haya sido tradicionalmente la fresca y húmeda Galicia también es un indicio de que la temperatura ambiente no es un factor relevante. Naturalmente, el factor primordial para que un incendio se extienda es el viento, que aumenta tanto el combustible —por propagación de las fuentes de calor— como el comburente.

Pongamos otros ejemplos. En Canadá —donde este año se han quemado 3 millones de hectáreas— hay en este momento activos grandes incendios forestales en zonas de British Columbia que tienen estos días temperaturas máximas en torno a 20° y mínimas de sólo 7°C[2]. Y en el sur de África la temporada alta de incendios forestales coincide con el invierno austral, cuando las temperaturas mínimas rondan los 8°C, pues es entonces cuando se produce la estación seca[3]. Dicho de otro modo, los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca; en muchas regiones del mundo —como es el caso de Europa—, la estación cálida y la estación seca coinciden en el tiempo, pero en otras regiones del globo ocurre lo contrario.

En nuestro país, cerca del 60% del total de incendios cuya autoría se conoce son incendios provocados (no sólo maliciosos), mientras que el 34% son consecuencia de accidentes o negligencias y un 6% son debidos a la acción de los rayos[4]. En EEUU estas cifras son similares[5], aunque en la despoblada Canadá cerca del 50% de los incendios son causados por los rayos.

Las principales negligencias y accidentes tienen que ver con quemas agrícolas, chispas provenientes de motores y máquinas, fallos de líneas eléctricas, trabajos forestales, colillas indebidamente apagadas, hogueras, barbacoas o eliminación de basuras.

No es el cambio climático

Por lo tanto, ligar un incendio forestal al calentamiento global es un insulto a la inteligencia, como cada vez perciben más ciudadanos. En efecto, desde 1979, el aumento de temperaturas en el planeta ha sido de 0,16ºC por década, es decir, de pocas centésimas de grado por año[6]. Como es obvio, esta diferencia de medición —tan ridículamente exacta como los cálculos de crecimiento del PIB— resulta imperceptible. Este ligero aumento de temperatura global tampoco ha producido un aumento detectable en la frecuencia y severidad de las sequías, como reconoce hasta el IPCC[7].

Pero es que, además, en las últimas décadas ha disminuido la superficie quemada por incendios forestales en el planeta. Han leído bien: cada vez arden menos hectáreas debido a incendios forestales. La FAO, por ejemplo, realiza un análisis por continentes (2007-2019) que ofrece el siguiente resultado[8]:


En el mismo sentido, un estudio publicado en la revista Science concluyó que la superficie quemada en el planeta había descendido un 25% desde 1999 hasta 2017[9]. En la misma línea, otro estudio más reciente reitera que «el número e intensidad de incendios a nivel mundial, y la superficie quemada, han disminuido en las últimas dos décadas»[10]. España no ha sido una excepción, y la superficie quemada por incendios en los últimos 50 años también ha disminuido, según el propio Ministerio de Transición Ecológica[11]:



Este dato nos invita a realizar una reflexión: en efecto, el ligero aumento de temperaturas globales ha coincidido con la disminución en la superficie quemada en el planeta, pero eso no significa que cuanto más calor haga, menos incendios habrá: correlación no implica causalidad. Asimismo, que el ligero aumento de temperaturas globales de las últimas décadas haya coincidido con un aumento de CO2 en la atmósfera no significa necesariamente que haya sido el CO2 el causante de dicho aumento de temperatura, pues hablamos de sistemas multifactoriales, complejos y caóticos que eluden explicaciones simplistas. Lo mismo ocurre con los incendios, en los que influyen la pluviosidad primaveral, la sequía estival, los vientos, la orografía, la capacidad de medios de extinción y el mantenimiento y limpieza de los montes.

Cabe añadir que la disminución de incendios forestales, la reforestación y el incremento del maravilloso CO2 (alimento por antonomasia de árboles y plantas), que ha aumentado significativamente el verdor del planeta, ha provocado que la deforestación haya dejado de ser un problema a nivel global. En efecto, un análisis de 35 años de datos de satélite durante el período 1982-2016 publicado en su día en la revista Nature, concluyó que «la superficie forestal mundial había aumentado en 2,24 millones km2 (un 7% más)». España no ha sido una excepción: siendo el tercer país con mayor masa forestal de Europa, ha visto aumentar sus bosques un 32% desde 1990[12].

Olas de calor

La otra cuestión que querría tratar brevemente en este artículo son las olas de calor. En efecto, el anticiclón de las Azores, principal controlador de nuestro clima, cambia periódicamente de extensión y posición (latitud y longitud) y permite —junto a otros factores— que masas de aire africano nos invadan por el sur y conviertan grandes partes de la Península en un horno. Como afirmaba el exdirector del Instituto Nacional de Meteorología (hoy AEMET) Inocencio Font en su magna obra Climatología de España y Portugal, «puede haber períodos anormalmente calientes en cualquier mes, aunque junio es en este aspecto el más anómalo, ya que por término medio una vez cada tres años tienen lugar durante dicho mes intensas olas de calor»[13].

Font indica que en la estación veraniega en su conjunto las grandes olas de calor se producen de media una vez cada cuatro años. Estas afectan más a la mitad sur de la Península, aunque ocasionalmente también pueden afectar al norte: San Sebastián, 38° (31-7-75), La Coruña, 40° (28-8-61) o Bilbao, 42° (7-9-1987) son claros ejemplos. Finalmente, Font hace una afirmación reveladora: «De todas las olas de calor registradas en la Península, la más importante tuvo lugar entre julio y agosto de 1876 [hace 150 años], cuando en Sevilla se llegaron a alcanzar los 51°»[14].

En julio de 1995 hubo otra gran ola de calor en España y se registraron 47° en Córdoba y Sevilla, pero también el norte sufrió altísimas temperaturas: Orense alcanzó los 42°, y Zamora, los 41°. En aquella época la ideología climática aún no había corrompido las instituciones científicas, por lo que un informe del Instituto Nacional de Meteorología criticaba el sensacionalismo mediático (en vez de alimentarlo, como hace hoy la AEMET): «Cuando se presentan fenómenos meteorológicos extremos de esta naturaleza, es frecuente leer o escuchar comentarios en los medios de difusión (prensa, radio, etc.) que valoran el fenómeno como excepcional». Para contrarrestar dicho sensacionalismo, los autores del informe llegaron a la conclusión de que los 47° registrados en 1995 en Sevilla «se presentaban por término medio una vez cada 50 años, lo que supone que la ola de calor que produjo tal temperatura no es muy frecuente, pero no es un fenómeno excepcional»[15]. De hecho, los autores recalcaban que valores superiores a los 46° también se habían registrado, por ejemplo, en julio de 1901, en agosto de 1909 y en agosto de 1949.
En 2003 España (y con ella toda Europa) sufrió también una ola de calor veraniego insoportable que superó en duración y extensión a la de 1995, pero en aquella época la revista oficial del entonces Instituto Nacional de Meteorología no mencionaba en absoluto el calentamiento global, limitándose a titularlo Ola de calor excepcional[16].
Conclusión

Para rematar la cuestión de las temperaturas estivales, debo añadir que la propia AEMET reconoce en su Informe sobre el estado del clima en España 2025 que el gráfico de temperaturas medias máximas correspondiente al día más cálido «no presenta ninguna tendencia significativa» desde 1975[17]:


En la misma línea, el propio IPCC se vio obligado a reconocer en su AR5 (2013) que sólo tenía una «confianza media» en la afirmación de que la duración y frecuencia de olas de calor hubieran aumentado desde mediados del siglo XX a nivel global, mientras que «existía evidencia de que algunas regiones del globo habían tenido más olas de calor en períodos anteriores a 1950 (por ejemplo, EEUU en los años 30)»[18].

Siempre ha habido y siempre habrá olas de calor e incendios forestales. Estos fenómenos, completamente normales, serán en algunos años especialmente severos. 
Es en estas ocasiones cuando más alerta debemos estar para no dejarnos arrastrar por la cultura del miedo que nos inculca el sensacionalismo mediático, y también para ignorar las cortinas de humo de nuestros políticos culpando a una inexistente emergencia climática para encubrir su incompetencia y corruptelas: es a estos mismos políticos a quienes debemos exigir, por el contrario, que dejen de mentir y pongan los medios necesarios para mitigar el daño producido por dichos fenómenos.
A la carencia de medios para extinguir incendios se suman los apagones generales causados por el mismo fanatismo ecologista que impide limpiar los montes, los descarrilamientos de trenes o las carreteras llenas de baches, por lo que la pregunta es: ¿cambio climático o incompetencia supina de una panda de caraduras?


[7] IPCC. AR6, WG I, Table 12.12.
[13] I. FONT. Climatología de España y Portugal (Ed. Universidad Salamanca, 2007) 230ss.
[14] Ibid.
[18] IPCC, AR5, WGI, 2.6.1.

Disertación sobre el verdadero espíritu jesuita



A propósito del retrato que pintó Rubens de San Ignacio de Loyola

El 31 de julio es el dies natalis, o día que nació en el Cielo, de uno de los más grades sacerdotes y fundadores de la historia de la Iglesia: San Ignacio de Loyola, que falleció en esa fecha del año 1556 y fue canonizado en 1622. Desde luego, San Ignacio es muy conocido por haber fundado la Compañía de Jesús, la orden jesuita. Esta orden ha dado a la Iglesia muchos de sus más intrépidos y exitosos misioneros, que han llegado a los rincones más apartados de la Tierra. Nos acordamos de San Francisco Javier; se calcula que a lo largo de sus viajes el santo navarro bautizó a unos 30.000 conversos, impulsado por el amor de Dios y la preocupación por el trágico destino eterno cuantos mueren fuera de la Iglesia.

Un magnífico cuadro del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens (1577–1640), devoto católico, realizado hacia la época de la canonización del santo, capta gráficamente muchas de las cualidades que hicieron grandes a San Ignacio y a su orden.


Aparece con la mirada alzada al cielo en profunda meditación a la espera de que Dios lo ilumine indicándole su voluntad, infundiendole la guía y la fortaleza del Espíritu Santo. Sin duda, es una alusión a los ejercicios espirituales con los que San Ignacio, a partir de su honda vida espiritual y su experiencia en dirección de almas, formuló unas reglas concretas por las que los cristianos podían discernir entre la voz de Dios y las voces contrarias del mundo, el demonio y la carne. Medio ideal para abrirse paso en un mundo azotado por la tempestad de la rebelión protestante, que los jesuitas combatieron con un ardor que culminó en la impresionante fortaleza de la muchedumbre de mártires jesuitas que derramaron su sangre en la Inglaterra isabelina.

Rubens representa la cara del santo con expresión serena y decidida, resuelto a hacer lo que Dios quiera, como Él quiera y cuando Él quiera. Sin la frenética prisa del temerario que se arroja al peligro impulsado por un falso entusiasmo, ni la pusilánime vacilación del que duda, cuestiona o se acobarda ante el dolor y las dificultades. Tiene la actitud del caballero cristiano dispuesto a empuñar las almas contra una avalancha de obstáculos.

Ha bebido serenamente de la Fuente misma –Dante cantó que en la voluntad de Dios encontramos paz–, y puede por tanto irradiarla a los demás, atrayéndolos así para que lo sigan en amistosa compañía, la Compañía de Jesús. El sutil pincel de Rubens nos permite captar también una mezcla de remordimiento por los propios pecados y lamento por la penosa situación de otros, en particular herejes, cismáticos, infieles y paganos, por cuya conversión se volcaron él y sus hijos espirituales.

San Ignacio aparece ante el altar vistiendo casulla, pues era sacerdote del Altísimo y ofrecía cada día el Sacrificio incruento que lleva a cabo nuestra redención:

Los jesuitas nunca han tenido fama de buenos liturgistas, pero siempre han entendido que la Santísima Eucaristía es la ardiente caldera de la caridad que impulsa toda nuestra oración y trabajo. Para San Ignacio, la sagrada liturgia era ciertamente fuente y culmen de toda su vida cristiana. Esta devoción a la Presencia Real se hace patente en los espléndidos templos barrocos desperdigados por Europa y otros continentes, todas ellas tabernáculos de Emanuel.

Que Rubens pintara a San Ignacio con una casulla roja ricamente recamada en oro –el oro de la dignidad real y el rojo del testimonio abnegado y el fuego del Espíritu Santo–, transmite un mensaje solemne: que no hay nada más importante y valioso que el culto a Dios, en el que debemos poner todo empeño y diligencia. Al igual que el firme mármol del altar, el santo se alza inalterable en la Fe católica que fue llamado a defender.

Todo ello lo hace según reza el lema que figura en la cabecera de la página del libro que tiene colocado sobre el altar, Ad majorem Dei gloriam, para mayor gloria de Dios. Aquí no cabe la menor duda sobre quién está primero, la criatura o el Creador, el Verbo o el mundo. Dios es el principio y el fin, y a Él debemos la existencia, la vida, el culto y la eterna bienaventuranza. Nada ni nadie puede contradecir su primado: somos siervos suyos, hijos de su Esposa, y hemos de pensar y actuar conforme a ello.


Desgraciadamente, en comparación con San Ignacio y con muchos nobles miembros de la orden que siguieron sus huellas, la Iglesia actual nos pone ante los ojos el escándalo de numerosos jesuitas influyentes que han traicionado cuanto propugnaba su fundador.

En vez de apoyar con humildad el rico, complejo y lleno de sentido culto romano según se fue desarrollando bajo la dirección de la Divina Providencia, el jesuita Josef Jungman sentó las bases de su derribo. Contemplando el cuadro de Rubens, podríamos decir que Jungman cambió los brocados barrocos por cortinajes de poliéster.

En vez de combatir el error del evolucionismo darwinista, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin lo abrazó como un nuevo paradigma del catolicismo en el que la Iglesia y su doctrina quedan subordinadas al espíritu de los tiempos y la expansión del universo.

En vez de resistir el pernicioso error consecuencialista (que un fin bueno justifica un medio malo), el jesuita Josef Fuchs lo promovió durante décadas en la Pontificia Universidad Gregoriana, envenenando con ello a generaciones enteras de teólogos morales. Los mismos que combaten impíamente la doctrina católica sobre matrimonio, familia y vida, en particular sobre conceptos fundamentales de actos intrínsecamente malos; es decir, que por su propia naturaleza son malos siempre y en todo lugar.

En vez de poner sus talentos al servicio de la conversión y curación de homosexuales practicantes que se destruyen a sí mismos y perjudican el bien común de la sociedad, el jesuita James Martin siembra confusión en la moral y la Iglesia, de una manera más diabólica todavía al presentarla de una forma que parezca cosa de sentido común, moderación y misericodia.

Y sobre todo, en vez de confirmar a sus hermanos en la verdadera Fe recibida de los Apóstoles, transmitida por los Padres, formulada por los Doctores, experimentada por los místicos, de la que dieron testimonio con su sangre los mártires de la Compañía y que el Magisterio perenne ha ido confirmando a lo largo de todas las generaciones, el jesuita Jorge Bergoglio dio ante el mundo el escándalo sin precedentes de un pontífice que sembraba confusión en cuanto al dogma y la moral católicos, haciéndoles el juego al programa secularista mundial y al libertinaje imperante en el Occidente de hoy (un detallado elenco de ejemplos pueden verlo en el libro The Disastrous Pontificate de Dominic J. Grigio.


En vez de una Iglesia que convierta al mundo, observamos una iglesia convertida por el mundo. Es la antítesis misma de lo que fue el verdadero San Ignacio de Loyola, que habría expulsado de la Compañía a los sacerdotes arriba mencionados e incoado procesos de excomunión contra ellos.

En su audiencia general del 9 de octubre de 2019, el papa Francisco dijo lo siguiente: «¿Pertenezco a la Iglesia universal (buenos y malos, todos) o tengo una ideología selectiva? ¿Adoro a Dios o adoro las fórmulas dogmáticas?»

Aparte la falsa contraposición y el sentimentalismo implícitos en la segunda pregunta, que recuerdan más al verano del amor de los hippies de Woodstock que a la caridad cristiana que ama a Dios y al prójimo con base en la fe en la divina Revelación, me gustaría señalar que el papa Bergoglio se aleja del gusto por la aprobación de definiciones dogmáticas que albegaban señalados miembros de su orden, intelectuales modernos a los que se suele elogiar (e incluso está de moda hacerlo). Francisco era un caso aparte aun entre los suyos. Veamos algunos ejemplos, teniendo presente que no afirmo que ninguno de dichos jesuitas sea ortodoxo (por desgracia, en las últimas décadas es raro encontrar uno que lo sea).

El Pierre Rousselot, S.J. (1878–1915) escribió lo siguiente en The Intellectualism of St. Thomas Aquinas:

«Es natural que un amor apasionado por la Mente absoluta engendre amor al dogma. La verdad de la Fe es el fundamento de nuestra religión. Si la religión fuera un mero producto humano, y el dogma la pura expresión de reacciones humanas a las realidades del dogma, sería la mayor de las necedades sacrificar la felicidad humana o la vida humana por el dogma. Pero el dogma contiene verdad, es más cierto aún que la ciencia, y el objeto del dogma está por encima y más allá del hombre. Del mismo modo, los pecados contra el dogma son los más graves, y los errores en cuanto a ideas son más que peligrosos que los relativos a hombres. Si desechamos el dogma, desechamos a Dios. Atacar el dogma es atacar a Dios. Pecar contra el dogma es pecar contra Dios.»

Tenemos que indagar el motivo de tan sorprendentes afirmaciones. En el caso de un ser humano, lo que es, quién es y cuáles son sus cualidades, ideas y voliciones varían de una persona a otra. Aunque hay unidad sustancial, la diversidad accidental es mayor. Por eso, atacar las ideas o decisiones de alguien no es lo mismo que atacar a la propia persona, su naturaleza humana o su dignidad personal.

Con Dios es muy diferente. Dios, su naturaleza, su personalidad, sus ideas, sus intenciones, su verdad y su amor tienen identidad entre sí. Es totalmente uno. Sería, por tanto, imposible amar a Dios sin amar igualmente todo lo que es verdad en Él y sobre Él. Dios es verdad. Por esa razón, es imposible adherirse al dogma sin adherirse a Dios. La medida en que uno está dispuesto a abrazar el dogma determina con precisión nuestro amor a Él. Manifestamos amor a Dios abrazando su verdad, y abrazamos su verdad porque lo amamos.

En su magnífica obra El Cuerpo Místico de Cristo, el P. Emile Mersch SJ (1890–1940), con semejante entusiasmo por el don divino del intelecto y la nobleza inherente de la verdad, habla de virtudes y de vicios para entender iluminado por la fe:

«Dice el dogma [al cristiano]: “¡Piensa! Piensa con todas tus fuerzas, con toda tu lealtad; piensa como debe pensar un hombre cuando piensa con Dios”. Pero cuando Dios confió su verdad al intelecto de los hombres respondiendo a su necesidad de entender, ¿acaso no les impuso el deber de buscarla? Al incorporarse Dios a la humanidad en el mundo encarnado, ¿acaso no quiso impartirles un nuevo conocimiento, y despertarlos así a una nueva forma de entender digna de Aquel que los ayuda a alcanzarlo y digno también de los hijos de la luz. Cuando Dios viene a habitar en el intelecto como verdad, ¿va a querer que el intelecto se salve sin cooperar? Cuando instala su verdad en la mente, ¿no equivaldría reprimir el deseo de conocerla a expulsarla del alma? ¿Acaso la falta de interés en comprender no es pecado de omisión, acaso el desprecio y la blasfemia no son análogos en el orden del conocimiento a la indiferencia por el bien y a la neutralidad en el orden de la volición? Una fe que renuncia a entender renuncia a la vida […] El mismo Cristo reside en los pronunciamientos dogmáticos, la autoridad magisterial oficial de la Iglesia y la vida de la gracia […] pues la Verdad es Cristo […] Los cristianos viven de la verdad».

Como para desarrollar más el concepto expresado por sus compañeros de orden, el influyente patrólogo Henri de Lubac SJ (1896–1991) dijo lo siguiente de la herejía en su libro Nuevas paradojas:

«Si los herejes ya no nos suscitan horror como en tiempos de nuestros antepasados, ¿estamos seguros de que es porque somos más caritativos? ¿O no sería quizás, en demasiados casos y aunque no nos atrevamos a decirlo, porque la manzana de la discordia, es decir la sustancia misma de nuestra fe, ya no nos interesa? Al tener una fe excesivamente familiar y pasiva, es posible que los dogmas no sean ya para nosotros el Misterio en que apoyamos nuestra vida, el Misterio que ha de cumplirse en nosotros. De ahí que la herejía ya no nos escandalice. Al menos, ya no nos horroriza ni lo vemos como algo capaz de arrebatarnos el alma […] Por eso no nos importa tratar con amabilidad al hereje ni hacemos ascos a codearnos con él […] Desgraciadamente, no siempre es la caridad la que ha aumentado o está mejor iluminada; es en muchos casos la fe, el gusto de lo eterno, lo que ha menguado.

El P. Piet Fransen, SJ (1913–1983), teólogo e historiador belga, precisó en su libro Intelligent Theology que su preferencia por el existencialismo no lo convertía en un relativista:

«Si el Hijo de Dios vino a nosotros y nos habló en nombre del Padre sirviéndose de nuestras palabras, símbolos e imágenes humanas, y si confió su verdad a la Iglesia, institución humana aunque fuera fundada por Dios, y que está unida como su Cuerpo que es y es Esposa del propio Cristo, el acto redentor que fue simultáneamente acto de revelación de los pensamientos y verdades de Dios sobre Sí mismo y el hombre, no sólo nos proporciona la posibilidad, sino el deber de pensar en esas verdades, defenderlas contra posibles deformaciones, traducirla a otros idiomas para otros tiempos y culturas […] Creo firmemente en el bien y el mal, en la verdad y la falsedad, en la ortodoxia y la herejía. A mí me parece que en cuanto la teología desiste de alcanzar la verdad ya no es teología cristiana».

El P. Avery Dulles, SJ (1918–2008) escribió en Magisterium: Teacher and Guardian of the Faith:

«Como oráculo divino, a la Iglesia se le ha encomendado la misión de dar un testimonio autorizado de la Revelación de Dios en Cristo […] Su autorizada enseñanza impone a los miembros de la Iglesia cierta obligación de creer. Al contrario que las sociedades civiles, la Iglesia es una sociedad de fe. Sus miembros están unidos porque profesan una comunidad de verdades reveladas, las cuales se expresan en forma de credos y dogmas. Rechazar la fe común es excluirse de la Iglesia como sociedad. Así pues, la enseñanza del Magisterio tiene una fuerza de ley semejante a los preceptos y leyes humanos […] Por haber recibido la Palabra de Dios, la Iglesia tiene el deber ineludible de transmitirla, explicarla y defenderla de errores».

Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas de autores jesuitas, pero no hace falta. Lo que observamos es que la lamentable afición que tenía Francisco a los falsos contrarios (oponer dogma a amor, teoría a práctica, principios a realidad, tradición a progreso y tantas otras cosas), no sólo era repulsiva para el instinto de los fieles y su sentido común sobrenatural (como explicó Roberto de Mattei en una conferencia sobre el sensus fidelium), sino que ni siquiera se ajusta a la teología de los mejores jesuitas actuales sobre el valor absoluto de la verdad racional y dogmática y el grave peligro de abrazar el error o someterse a él, el cual si es grave nos aparta de Dios y la salvación con la misma eficacia de la torpeza moral o el odio al prójimo.

Lo cual nos lleva de vuelta al hombre que fundó la Compañía impulsándola en su trascendental paso por la historia. ¿Qué pensaría San Ignacio de sus hijos de cada época, hasta la nuestra? Que este gran santo de la Contrarreforma –padre, guía y modelo de tantos santos; qué digo, ¡algunos de los más grandes santos de la historia!– interceda por la Iglesia militante afligida y, en concreto, por la orden descarriada que afirma seguir teniéndolo por modelo, para que recupere la ortodoxia y santidad ad majorem Dei gloriam.

Peter Kwasniewski