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martes, 20 de enero de 2026

Cobo firmó intervenir la nave y la cúpula de El Valle de los Caídos sin tener jurisdicción para ello

INFOVATICANA



Lo verdaderamente grave del documento del 4 de marzo de 2025 publicado por El Debate no es solo la literalidad de unos términos que ya conocíamos por filtraciones y declaraciones públicas, sino lo que implica jurídicamente para la estructura de una Iglesia en la que, demasiadas veces, el Derecho se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba. Hasta ahora, el asunto se había presentado como el típico intercambio de impresiones entre Iglesia y Estado: conversaciones, reuniones, “se está trabajando”, “se está dialogando”… Un terreno pantanoso pero habitual. Sin embargo, el momento en que aparece un papel firmado y sellado por José Cobo, el relato cambia: esto deja de ser una conversación y pasa a parecer un acto de autoridad. La cosa cambia.

Porque el documento no se limita a expresar buena voluntad o a dejar constancia de un diálogo. En la práctica delimita zonas concretas en el interior de la basílica y establece un marco de intervención “museística” que incluye espacios tan esenciales como la nave o la cúpula. Y aquí está la clave: eso no es “acompañamiento” ni “facilitación”. Eso equivale a tomar decisiones de jurisdicción material sobre qué partes se consideran destinadas al culto y cuáles quedarían disponibles para un uso ajeno a la finalidad sagrada del lugar. En un templo católico, este tipo de distinciones no son un asunto de urbanismo ni de gestión patrimonial: son, ante todo, una cuestión de Derecho eclesiástico, de tutela de los lugares sagrados y de competencias reales.

Y entonces llega el choque frontal: después de firmar, Cobo hace declaraciones públicas (el 9 de abril, el 6 de mayo y en otras ocasiones a lo largo de 2025) en las que él mismo reconoce que no tiene jurisdicción sobre el Valle de los Caídos. Es decir, por un lado aparece estampando su sello como si pudiera aceptar un marco de intervención dentro de una basílica pontificia. Por otro, se presenta ante la opinión pública como alguien que no pinta nada ahí —o que, si pinta algo, es como colaborador externo— y que no tiene capacidad para decidir.

Ese es el punto donde la chapuza deja de ser confusa y pasa a ser escandalosa. 

¿Cómo es posible “mandar” en un papel y “no mandar” ante las cámaras?

Aquí hay tres opciones, y las tres son malas.

Primera opción: Cobo sí tenía algún tipo de mandato real, pero nunca lo ha explicado.

En ese caso, sus declaraciones públicas serían como mínimo equívocas: estaría diciendo “no tengo jurisdicción” cuando en realidad estaría actuando con una competencia delegada. Pero si esto fuera verdad, lo razonable —en un asunto tan sensible— sería que existiera algún respaldo verificable: un decreto, una delegación, una autorización expresa de la Santa Sede, o al menos una habilitación formal que justificara por qué el cardenal de Madrid aparece aceptando términos que afectan al interior del templo. Sin embargo, no consta de ninguna manera esa autorización para aceptar esos términos. InfoVaticana ha contactado con la Archidiócesis de Madrid y no se ha podido confirmar la existencia de un mandato, alegando que no consideran necesario o adecuado dar explicaciones sobre procedimientos internos.

Segunda opción: Cobo no tenía jurisdicción (como él mismo admitió públicamente), pero firmó igualmente.

Y entonces la cuestión deja de ser una mera polémica mediática para convertirse en un problema canónico. Porque si un obispo firma un documento sobre un asunto sobre el que no tiene competencia, lo que hace no es “ayudar”: lo que hace es invadir la competencia de la autoridad legítima. Y esto no es un tecnicismo: en la Iglesia, ejercer autoridad donde no se tiene es siempre gravísimo. En términos llanos, puede calificarse como una usurpación de funciones o, como mínimo, una extralimitación de enorme magnitud.

Tercera opción: no es que Cobo tenga o no tenga jurisdicción: es que el Gobierno necesitaba una firma “de Iglesia” y la encontró.

Esta hipótesis es la más inquietante, porque convertiría el documento en una operación de legitimación: se toma a un representante eclesial de alto rango, se obtiene su firma y se presenta el resultado como “la Iglesia ha aceptado”, aunque por dentro haya conflicto, aunque la comunidad benedictina se oponga y aunque Roma no haya dado su autorización explícita.

En resumen: o miente, o se excede, o le usan. Y ninguna de las tres deja bien parado al cardenal.

¿Miente? El problema de credibilidad

Cuando Cobo dice públicamente en abril y mayo de 2025 que él no tiene jurisdicción sobre Cuelgamuros, su mensaje es claro: “no depende de mí”. Pero el documento del 4 de marzo opera en sentido contrario: actúa como si, al menos en la práctica, sí dependiera de él dar por bueno un marco que afecta al interior de la basílica.

No estamos hablando de una frase ambigua ni de una opinión. Estamos hablando de un papel firmado que puede utilizarse para justificar una intervención dentro del templo. Un documento así tiene efectos: sirve para empujar actuaciones, para abrir puertas, para sostener decisiones, para vender un relato.

Por eso la contradicción es letal: si el cardenal no manda allí, ¿por qué firma como si pudiera decidir? Y si podía decidir, ¿por qué insiste después en que no manda?

¿Usurpa funciones? El problema jurídico

En Derecho Canónico hay algo que no se puede maquillar: la autoridad se ejerce con competencia real. Y cuando un clérigo actúa como si tuviera un poder que no tiene, se abre la puerta a un problema disciplinario y penal canónico por abuso de potestad o ejercicio indebido del oficio.

En palabras más simples: si Cobo no era competente y aun así “autorizó” o aceptó condiciones sobre el interior de la basílica, habría actuado como autoridad sobre un lugar sagrado sin serlo. Eso no es colaboración. Es invadir una competencia que no le pertenece.

Con benedictinos en contra y Roma ausente, el escándalo es mayor

A la contradicción de Cobo se suma un elemento que lo agrava todo: la comunidad benedictina está explícitamente en contra y ha tomado caminos de resistencia judicial. Si el actor que vive, reza y sostiene la vida litúrgica del lugar rechaza el marco, es imposible sostener que existe un “sí eclesial” armónico.

Y mientras tanto, no consta autorización de la Santa Sede, justo en un momento en el que el Papa Francisco atravesaba una situación de salud que hace poco creíble que estuviera dirigiendo en persona un expediente tan delicado, detallado y políticamente explosivo. Eso no significa que Roma no pueda actuar: significa que, si realmente existía un mandato, debería notarse. Y por ahora lo que se ve es otra cosa: un silencio que deja la firma de Cobo en el aire.

Una chapuza de órdago: el efecto práctico es devastador

El resultado final es el peor posible: el Estado obtiene un papel que puede vender como “la Iglesia acepta”, mientras el propio firmante se escuda después en que “no tiene jurisdicción”. Es una fórmula perfecta para que nadie asuma responsabilidad y, al mismo tiempo, la resignificación avance.

Y ese es el escándalo: que la posición de la Iglesia en el Valle de los Caídos no se defiende con un acto claro, limpio y jurídicamente impecable, sino con una mezcla de maniobra política, firma útil y contradicciones públicas.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósito para el nuevo año: ¿Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo?



Si Sánchez se mantiene es, entre otras cosas, porque Feijóo, le blanquea con la coalición PP-PSOE.

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo se ha convertido en una pregunta política central que muchos analistas se hacen ante el nuevo año. Muchos españoles dudan si basta con cambiar al presidente o si el problema es estructural.

Sánchez: un poder sin legitimidad moral ni política

Pedro Sánchez no gobierna España. Sánchez se aferra al poder. Lo hace sin votos suficientes y sin mayoría social. Mantiene la Presidencia gracias a un pacto de investidura que humilla al Estado.

Sánchez gobierna para sus socios. Atiende a separatistas, comunistas, proetarras y prófugos de la Justicia. Usa la Presidencia como escudo personal. Bloquea controles. Ataca a jueces, prensa crítica y oposición real.

España vive una anomalía histórica. Es el único gran país europeo con comunistas en el Gobierno. También es el único donde el presidente debe el cargo a un condenado por terrorismo, a un sentenciado por sedición y prófugo.

La inmigración masiva ilegal agrava el problema. Aumenta la delincuencia. Genera marginalidad. Agota recursos públicos. Rompe la convivencia en barrios humildes. Sánchez fomenta este modelo por ideología y por cálculo electoral.

Pero además, Sánchez encabeza un autogolpe institucional. Desde un poder ilegítimo, intenta someter a los demás poderes del Estado. Vacía el Parlamento. Coloniza instituciones. Debilita la separación de poderes.

Por todo ello, echar a Sánchez parece un objetivo lógico. Muchos españoles lo desean y esperan. Muchos brindarían cuando se marche.

Pero la pregunta sigue abierta: ¿y después qué?

Feijóo y la gran mentira de la alternancia

Aquí aparece el gran engaño. El posible relevo se llama Alberto Núñez Feijóo. Y aquí surge la sospecha que inquieta a millones de españoles: Feijóo no rompe con el sanchismo. Feijóo lo blanquea.

Si Sánchez se mantiene, también es porque Feijóo lo permite. La coalición PP-PSOE funciona a nivel nacional y europeo. Ambos partidos pactan la mayoría de leyes clave. Ambos comparten agenda globalista.

Feijóo forma parte del mismo sistema. Representa los mismos intereses: Apoya la Agenda 2030. No combate la ideología de género ni defiende la vida ni protege la familia natural. No revierte la cultura de la muerte.

El historial del PP resulta claro. Cuando gobierna, consolida las leyes del PSOE. Nunca las deroga. Ocurrió con el aborto y la memoria histórica. Ocurrió con la ideología de género y la ingeniería social.

En las comunidades autónomas donde gobierna el PP, estas políticas no desaparecen. En muchos casos aumentan. El español sigue retrocediendo. La inmigración masiva continúa. El globalismo avanza.

Votar a Feijóo no supone ningún cambio. Votar a Feijóo equivale a votar a Sánchez con otro tono. Son dos caras de la misma moneda. Ambos sostienen la coalición PP-PSOE que bloquea cualquier alternativa real.

Por eso, echar a Sánchez sin más no arregla el problema. Solo cambia el gestor del mismo modelo.

El verdadero propósito político para España

El debate no es sentimental. Es estratégico. España no necesita un simple relevo. España necesita una ruptura. Necesita recuperar soberanía. Necesita defender la vida, la familia y la libertad.

Echar a Sánchez puede aliviar la presión. Puede dar oxígeno. Pero no cambia el rumbo. El globalismo seguiría intacto. La Agenda 2030 seguiría vigente. La ideología de género seguiría imponiéndose.

Echar a Sánchez y a Feijóo abre otra vía. Permite cuestionar el consenso bipartidista. Rompe la coalición PP-PSOE. Devuelve la voz a quienes no aceptan este modelo decadente.

Este no es un debate personal. Es un debate nacional. España no se arregla con parches. España necesita una alternativa que no tema enfrentarse al sistema.

El nuevo año exige claridad. Cada español debe decidir si quiere un maquillaje o un cambio real. El propósito político no puede ser tibio.
Elegir entre el parche o la solución

Echar a Sánchez o echar a Sánchez y a Feijóo resume el dilema político actual. Si el objetivo es un parche, basta con sacar a Sánchez. Si el objetivo es arreglar España, hay que ir más lejos, hay que echar a ambos.

El futuro no pasa por el bipartidismo. El futuro pasa por romper con el globalismo-

El nuevo año exige valentía. No más engaños. No más alternancias falsas. España merece algo mejor.

martes, 15 de abril de 2025

Un libro necesario para tiempos decisivos: «La Misión Histórica de España»



En tiempos convulsos, cuando los enemigos de la patria atacan sin pudor nuestra memoria histórica, nuestra unidad y nuestros valores más esenciales, de vez en cuando surgen obras que iluminan el camino. Y La Misión Histórica de España, editado por Luz de Trento, es precisamente eso: un libro indispensable que todo español con conciencia nacional debe leer.

En un contexto donde la desmemoria, la tergiversación y la imposición ideológica se han convertido en herramientas de ingeniería social, este libro surge como una respuesta firme, rigurosa y luminosa. Una obra que, como pocas, recupera con brillantez el alma de España y la razón de ser de nuestra nación.

Una obra coral de primeras espadas

Coordinado por el historiador Fernando Paz, el libro reúne a un elenco de autores de primer nivel: Fray Santiago Cantera, Alberto Bárcena, José Luis Orella, Blás Piñar Gutiérrez, Cásar Olivera, don Ángel David Martín Rubio y Javier Barraycoa. Todos ellos, con un profundo conocimiento histórico y una fidelidad incuestionable a la verdad, desarrollan cada capítulo con la seriedad y profundidad que merece el tema.

Esta obra colectiva aborda cuestiones de capital importancia para entender lo que verdaderamente ha sido, es y debe seguir siendo España. Entre los capítulos más destacados se encuentran:

«LA ESENCIA CATÓLICA DE ESPAÑA»


«EL NACIMIENTO DE ESPAÑA. El reino visigodo y el III Concilio de Toledo»


«LA RECONQUISTA. Recuperar lo perdido: ser es defenderse»


«LA ESPAÑA DE LOS REYES CATÓLICOS. Reforma y vocación de unidad»


«EL SIGLO DE ORO. El Imperio en el que nunca se ponía el sol»


«LA HISPANIDAD. La evangelización de América, la gran obra de España»


«LAS REVOLUCIONES LIBERALES. El camino hacia el abismo»


«LAS GUERRAS CARLISTAS. La lucha entre dos concepciones de España»


«LA II REPÚBLICA Y LA GUERRA DE ESPAÑA. El triunfo de la Revolución y la Cruzada de Liberación»


«LA ERA DE FRANCO. España recupera su grandeza y su libertad»


«LA TRANSICIÓN. Del Estado nacional al Estado liberal y de partidos»

Cada capítulo está cuidadosamente documentado y tiene como fin despertar en el lector la conciencia nacional y el amor por una historia gloriosa que nos quieren hacer olvidar.

Este libro no es una revisión más. Es una reafirmación de nuestra misión universal como nación católica, forjada en siglos de historia, luchas y gestas al servicio de la civilización cristiana.

Menéndez Pelayo, faro y guía

En el centro del mensaje de esta obra resuena con fuerza la célebre cita de Marcelino Menéndez Pelayo, que condensa la esencia misma de nuestra identidad histórica:


«España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas».

Esa advertencia, formulada en otro siglo, hoy adquiere una actualidad dramática. Porque es exactamente lo que estamos viviendo: la fragmentación de España, la pérdida del sentido de misión, y el abandono de nuestra raíz cristiana.

Un llamado a la conciencia nacional

La Misión Histórica de España no es un libro más para coleccionar en la estantería. Es un manual de combate cultural, una defensa de la verdad histórica y una llamada a la acción para quienes no estamos dispuestos a rendirnos ante el relato oficial que pretende borrar nuestra alma nacional.

Con 240 páginas de contenido profundo y bien documentado, este libro está disponible por 20€ (+ 5€ de gastos de envío hasta cinco ejemplares). Para pedidos superiores, se puede consultar directamente los gastos de envío.

Para adquirirlo, basta con escribir a: luzdetrentoeditorial@gmail.com

Un libro para los que no se rinden

En definitiva, estamos ante una obra que todo patriota español debería leer y difundir. Porque no basta con indignarse ante los ataques a nuestra historia: es hora de conocerla a fondo, defenderla y transmitirla. Y para ello, este libro es una herramienta poderosa.

domingo, 13 de abril de 2025

España en busca de un líder que despierte a la nación



La situación de España en los últimos años es, simplemente, insostenible. El país atraviesa una crisis de inmigración descontrolada, inseguridad ciudadana creciente, okupación ilegal de viviendas, de una grave corrupción estructural y un gobierno dirigido por un presidente desacreditado, Pedro Sánchez, cuya gestión ha degradado a niveles inéditos la democracia española. Y, sin embargo, no hay un estallido social. ¿Cómo es posible?

La respuesta, aunque dolorosa, es clara: falta liderazgo. No existe hoy en España un referente social o político que canalice el descontento, que despierte la esperanza, que represente al ciudadano de a pie. No basta con señalar lo evidente —que el gobierno actual es el peor de la historia democrática—; eso ya lo sabe una mayoría. Lo que falta es un líder que ilusione, que se levante con coraje y con un discurso claro y directo.

¿Dónde está el líder que España necesita?

Cada día, miles de españoles se hacen la misma pregunta: “¿Existe una alternativa real al desastre actual?”. La respuesta, por desgracia, sigue siendo negativa. A día de hoy, no existe una opción política que sea realmente fuerte, valiente y creíble.

Ante esta afirmación, muchos asegurarán que ese partido ya existe y mencionarán nombres concretos, tanto dentro como fuera del arco parlamentario. Pero todas esas opciones tienen un problema de origen: forman parte del sistema. Y España necesita algo distinto: un líder y un partido político ajeno al sistema, libre de complejos ideológicos, que no tema llamar a las cosas por su nombre y que conecte con las preocupaciones reales del pueblo: la inseguridad, la economía, la inmigración, el desempleo, la okupación, la unidad de nuestra Patria y la defensa de los valores tradicionales.

¿Y por qué afirmamos que debe estar fuera del sistema? Porque hay demasiados ejemplos de líderes y partidos que, tras surgir desde dentro del sistema, han acabado diluyendo su mensaje original cargado de buenas intenciones. Pasaron de ser una esperanza de cambio a convertirse en parte del problema. No daremos nombres para no herir susceptibilidades pero mientras la solución provenga del propio sistema, no será verdadera solución, será un parche. Será, en definitiva, una disidencia controlada por el sistema.

Sin embargo, los ejemplos internacionales de Donald Trump en EE.UU., Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador demuestran que, cuando un líder conecta con el pueblo en personalidad, discurso y prioridades, no solo consigue gobernar, sino transformar profundamente su nación, que es lo que España necesita. Y no necesita pertenecer al sistema.

Trump, Milei y Bukele: tres caminos, un patrón común

Las diferencias entre Trump, Milei y Bukele son evidentes y muy pronunciadas. Y, además, muchos de sus planteamientos están alejados de los nuestros, Pero hay un denominador común: no pertenecen al sistema tradicional, han roto con la narrativa políticamente correcta y se han dirigido sin complejos al ciudadano común. Han hablado de los problemas reales y han propuesto soluciones firmes, coherentes y efectivas. Y llegados al poder han sido coherentes con lo que prometieron,

Trump entendió que el americano medio estaba harto de la delincuencia, de la droga, de la inmigración ilegal y de ver a su país humillado en el escenario internacional. Su discurso, directo y sin filtros, conectó con millones.

Milei supo que la prioridad de los argentinos era la economía, y no los escándalos kirchneristas. Aunque su estilo es excéntrico, su plan económico está ya dando señales de recuperación real.

Bukele, por su parte, ha transformado en menos de dos años un país devastado por la criminalidad en una nación segura. Ha hecho lo que nadie antes se atrevió a hacer. Y el pueblo se lo ha reconocido con una reelección arrasadora.
España está preparada: falta el liderazgo

Los españoles están hartos de la agenda 2030, de la ideología de género, del desmantelamiento de la unidad nacional, de la corrupción moral y política, del fracaso de un estado autonómico que ha generado más separatismo, de las mentiras institucionalizadas. Pero hablar de lo que está mal no basta. El nuevo líder debe hablar de lo que puede estar bien y ser coherente cuando llegue al poder.

Ese líder que aún no ha surgido deberá conectar emocional e intelectualmente con el pueblo español, con propuestas firmes, sin ambigüedades y con una personalidad fuerte, decidida y patriótica. Alguien que no tema defender la vida, la familia, la libertad y la soberanía de España.

Cuando ese líder aparezca —y aparecerá—, España volverá a latir con fuerza. Porque el pueblo, aunque hoy parezca dormido, está más despierto de lo que muchos creen. Solo necesita una voz clara, firme, que diga lo que millones piensan pero nadie se atreve a decir.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Secretos de la España prohibida (1939-1975)



Toda nación necesita una identidad común basada en un relato compartido de su historia y en una celebración de sus éxitos. Sin ellos, la nación se debilita y a la larga se deshace, algo que no se comprende bien en España —aunque sus enemigos lo comprendan perfectamente—. Esto no implica negar nuestros fracasos, sino evitar detenerse en ellos de modo enfermizo. Olvidar el pasado es fatal, pero quedarnos embobados mirando atrás implica convertirnos en estatua de sal, como la mujer de Lot.

Es un deber someter a un examen crítico las creencias dominantes de nuestro tiempo cuando creamos que son erróneas. En este sentido, y sin perjuicio de la legítima crítica al personaje histórico del dictador o al régimen que encabezó, creo que demonizar genéricamente un período histórico tan largo como el franquismo debilita nuestra identidad nacional, socava nuestra confianza en nosotros mismos y denigra el esfuerzo de toda una generación de españoles ―de la que formaron parte nuestros padres y abuelos― que construyó los pilares sobre los que llevamos apoyándonos medio siglo.

Reconciliándonos con nuestro pasado

Permítanme recalcar una obviedad: nuestra historia no se interrumpió en 1939 para reemerger en 1975. Aunque Sánchez tenga un concepto patrimonialista y feudal del poder, un país no es propiedad de quien lo gobierna. La España de Franco no perteneció a Franco, como la España de Sánchez no le pertenece a él, aunque en su peculiar trastorno crea lo contrario. Por lo tanto, el pueblo español debe reclamar como propia, con toda naturalidad, toda su historia, incluyendo la Guerra Civil (1936-1939) y el franquismo (1939-1975).

Respecto de la primera, sabemos bien el horror que supuso, particularmente respecto a las matanzas de civiles que se produjeron en la retaguardia de ambos bandos. Sabemos también que no todas las víctimas recibieron el mismo trato: aunque a los muertos nadie les devolvió la vida, a las decenas de miles de asesinados por el Terror Rojo (incluyendo las víctimas del genocidio católico) se les hizo justicia, mientras que a las decenas de miles de asesinados y ejecutados por el bando ganador, no, y sus familiares tuvieron que vivir con ese dolor añadido[1].

Pero lo cierto es que tras la dura represión de posguerra la sociedad española dejó de remover el pasado, no por imposición del régimen, sino por pura supervivencia psicológica: a la generación que vivió la guerra no le gustaba hablar de ella, aunque hubiera pasado mucho tiempo. Así, las heridas cicatrizaron con inusitada rapidez, de modo que el pueblo español era ya un pueblo reconciliado y en paz mucho antes de 1975. En dicha reconciliación, desde luego, tuvieron especial mérito quienes, por haber pertenecido al bando perdedor de aquella lucha fratricida, fueron capaces de perdonar sin que se les hiciera justicia. Por lo tanto, el llamado espíritu de la Transición caracterizado por el centrismo y la moderación se limitó a reflejar la reconciliación previa de una sociedad española que se encontraba muy alejada de extremismos o resentimientos.

Entonces, ¿cómo juzgar la dictadura de Franco cincuenta años después de su muerte? Sánchez ―que, por defecto, miente siempre― la he definido como unos «años oscuros». ¿Lo fueron? ¿Fue la población española liberada en 1975 de un triste y largo secuestro, como ocurrió en 1989 con las poblaciones del Telón de Acero tras la caída de las dictaduras comunistas? La respuesta rápida es no. En primer lugar, para que haya secuestro debe haber encierro, y desde el final de la Segunda Guerra Mundial los españoles siempre pudieron salir libremente de su país. Las dictaduras comunistas, por el contrario, levantaron muros con ametralladoras y alambradas de púas para evitar que su población escapara. En segundo lugar, la ilusión serena con la que la mayoría de los españoles vivió la Transición coexistió con dos fenómenos que hoy se mantienen en secreto: la sorprendente popularidad del franquismo y el espectacular crecimiento económico de España desde 1949 hasta la crisis del petróleo de 1974, sin parangón en nuestra historia (ni antes ni después).

La sorprendente popularidad del franquismo

Como escribió mi admirado Julián Marías, «los que manipulan el mundo cuentan, sobre todo, con la falta de memoria de los hombres». Hoy resulta difícil comprender el apoyo popular que en su día tuvo la dictadura franquista, un régimen que carecía de libertad política y mantenía graves restricciones a la libertad de expresión (como ocurre hoy con la sutil tiranía de la corrección política). Sin embargo, tal y como observó el propio Marías (encarcelado unos meses durante el franquismo, filósofo veraz y notario fidedignode la Transición), «las mayorías españolas estaban tan despolitizadas que la ausencia de libertad política les importaba muy poco», mientras que «la libertad social y personal se había multiplicado y, siempre que no se tratara del poder público, el español podía hacer en muy alto grado lo que quisiera»[2]. De hecho, probablemente el grado de autonomía o libertad personal en la vida cotidiana en el tardofranquismo fuera superior a la que se tiene ahora, con tantas regulaciones, permisos y prohibiciones.

Por otro lado, en contrapeso a la ausencia de muchas libertades públicas los españoles valoraban la ley y el orden del régimen (la tasa de criminalidad y la población reclusa eran una tercera y una cuarta parte, respectivamente, de lo que son ahora), el escaso nivel de corrupción (que no fue siquiera un tema de debate en las primeras campañas electorales) y el crecimiento económico antes señalado, que analizaremos con detenimiento más adelante.

Pero quizá sea mejor dejar que sean los españoles de la época ―los que mejor podían juzgar el régimen― quienes opinen a través de las encuestas del CIS de aquellos años. Unos meses antes de la muerte de Franco, el 80% de la población se definía como «muy feliz» o «bastante feliz»[3] y, cuando murió, un 42% de los españoles defendía que «no procedía» acometer reformas legales para que España tuviera una democracia similar a la de los países de su entorno. El 58% era partidario de hacer la transición[4], pero en general sin excesiva prisa[5].

Los resultados de estas encuestas fueron corroborados en las dos primeras elecciones democráticas en las que los españoles libremente eligieron que les siguiera gobernando el último presidente de la dictadura, Adolfo Suárez, si bien es cierto que al frente de un partido centrista y reformista, no continuista. Suárez, antiguo director de RTVE del régimen y secretario general del Movimiento, había sido seleccionado inicialmente por el rey Juan Carlos, entonces enormemente popular a pesar de haber sido elegido sucesor por Franco (o precisamente por ello). Aunque el rey ya había dejado clara su voluntad de llevar al país a la democracia y convertirse en rey de todos (la Corona sigue siendo la única institución de nuestro país no contaminada por la política), los resultados electorales dejaron claro que los españoles buscaban una reforma suave y desaprobaban el rupturismo.

A la luz de estos datos resulta difícil no llegar a la conclusión de que la España de Franco acabó siendo relativamente franquista. En efecto, el dictador gozó de una «visible popularidad», en palabras del general Vernon Walters (asesor e intérprete del presidente norteamericano Eisenhower en su visita a España en 1959[6]), lo que llevó al propio Eisenhower a sugerir en sus memorias que, de haber convocado Franco elecciones, las habría ganado[7]. En este sentido, nunca necesitó salir a la calle protegido por una legión de pretorianos, como ahora hace Sánchez cual impopular déspota, y nunca tuvo que huir de la ira popular, encogido y rodeado de escoltas, como hizo el cobarde aquél en Paiporta.

El hecho es que Franco murió ya anciano ocupando tranquilamente el poder sin contar con excesiva oposición fuera del terrorismo y del comunismo. Una inmensa muchedumbre despidió su féretro, como recuerdo perfectamente, y cuando al día siguiente a su muerte el CIS preguntó a los españoles qué sentimiento le había producido la noticia, el 49% contestó que había sentido «algo parecido a la muerte de un ser querido», mientras el 35% contestaba más sobriamente que le había parecido «normal, dada su edad»[8]. Curiosamente, el régimen decidió no publicar la encuesta.

Una popularidad duradera

Diez años después, en 1985, en plena democracia y con mayoría absoluta del antiguo y moderado PSOE —hoy lamentablemente extinto—, el CIS volvió a preguntar a los españoles qué habían sentido al morir Franco: un 28% recordaba haber sentido preocupación o miedo y un 21%, tristeza. Sólo un 10% recordaba haber sentido alegría. Además, un 46% definía ecuánimemente «el régimen de Franco» (el CIS no lo denominaba «dictadura») como una etapa «que había tenido cosas buenas y cosas malas», mientras un 18% lo consideraba claramente «un período positivo» para España. Sólo un minoritario 27% lo calificaba como un período netamente «negativo»[9].

Quizá esto explica la prudencia con la que ese mismo año 1985 se manifestaba el propio Felipe González (que llevaba tres años como presidente del gobierno con una abrumadora mayoría absoluta) cuando le preguntaron qué juicio le merecía Franco diez años después de su muerte: «Sigo teniendo una idea excesivamente simplificada, pues todavía no hay una perspectiva histórica para hacer un juicio con todas sus consecuencias» ―contestó con ponderación―. Y añadió: «Franco como personaje es muy difícil de juzgar, salvo el juicio negativo de que nos tuvo sometidos a una dictadura después de una guerra civil (…). Hay gente que se ha propuesto hacer desaparecer los rastros de 40 años de historia de dictadura: a mí eso me parece inútil y estúpido. Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco; yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo»[10].

Pero quizá el dato más revelador se obtuvo en 1995 con el PSOE aún el poder, cuando el CIS volvió a preguntar sobre el tema: veinte años después de su muerte, un 30% de los que contestaron la encuesta (sin contar NS/NC) afirmaba que Franco había sido «uno de los mejores gobernantes que había tenido España en el último siglo»[11].

El espectacular éxito económico de España (1949-1974)

Sin duda lo que mejor explica la popularidad del régimen es el espectacular éxito económico que logró España desde 1949 hasta 1974. En efecto, esos 25 años constituyeron la etapa de mayor crecimiento económico de nuestra historia, récord que sigue vigente medio siglo después. El dato es poco conocido por ser políticamente incorrecto, pues pone al descubierto que la consigna con la que se autodefine el régimen constitucional del 78 («la etapa de mayor paz y prosperidad de nuestra historia») es falsa.

Así, de 1949 a 1974 el PIB per cápita en España creció (en términos constantes) a un ritmo del 6% anual, lo que significó salir de la pobreza y crear, por primera vez en nuestra historia, una contenta clase media. En una sola generación la renta de los españoles se multiplicó por cuatro (después de inflación), de modo que los hijos vivían muchísimo mejor de lo que habían vivido sus padres, lo contrario de lo que ocurre ahora. Este extraordinario crecimiento se produjo con una presión fiscal que era la mitad de la que sufrimos hoy y con un Estado que tenía la cuarta parte de funcionarios que tiene hoy. El desempleo era inferior al 4%, frente al 10% de hoy (y el 16% de desempleo medio desde 1978), la vivienda era accesible, y una familia podía sacar adelante a cuatro hijos con un solo sueldo mientras hoy dos sueldos apenas pueden sacar adelante a dos hijos.

Por lo tanto, el éxito económico de España en ese período resulta irrefutable, pero sería un error considerarlo un logro exclusivo de un régimen políticamente excluyente: fue un éxito colectivo de España del que todos deberíamos sentirnos orgullosos, independientemente de quien gobernara en aquel entonces o del sistema político imperante.

En efecto, aunque el crecimiento económico de España desde 1949 a 1974 tuvo que ver con determinadas políticas gubernamentales (especialmente con el Plan de Estabilización de 1959), fue ante todo logrado gracias al tesón y sacrificio de toda una generación de españoles, sin distinción de ideología o región de origen, que exhibieron esa constelación de virtudes que hacen posible el progreso: trabajo duro, honradez, seriedad, austeridad, cumplimiento de la palabra dada, espíritu de servicio y amor al trabajo bien hecho. A esa generación de españoles a la que pertenecieron mis padres, que madrugaban para dejar una España mejor para sus (muchos) hijos, quiero rendir tributo con este artículo.

Las comparaciones son odiosas

A efectos comparativos, resulta interesante dividir los últimos 75 años de historia económica de España en tres períodos consecutivos de 25 años cada uno: de 1949 a 1974 (durante el franquismo), de 1974 a 1999 (la España de la peseta) y de 1999 a 2024 (la España del euro). ¿Cómo se comparan entre ellos?

Utilizando datos del Banco Mundial (ajustados a la población), el crecimiento real del PIB per cápita en el período 1949-1974 fue del 6% anualizado; en el período 1974-1999 se redujo a un 2% anual; y en el período 1999-2024 fue de sólo el 0,9% anual[12]. Es decir, que el PIB per cápita creció durante esa etapa del franquismo el triple que en las primeras décadas de la democracia (con la peseta) y el séxtuple de lo que ha crecido en los últimos 25 años (con el euro). Dicho de otro modo, con la democracia nuestra economía ha crecido menos que con el franquismo y con el euro menos que con la peseta. Por otro lado, en 1974 la deuda pública era de sólo el 6% del PIB; en 1999 ya había subido al 61%; hoy es del 105% del PIB. Por lo tanto, un menor crecimiento ha sido acompañado de un aumento muy considerable de la deuda pública[13].

1974-2024: cincuenta años económicamente desperdiciados

Sin embargo, el crecimiento económico de un país tiene un poder descriptivo limitado: aunque un país crezca mucho, si los demás países crecen al mismo ritmo, ¿dónde está su mérito? De ahí la importancia de la comparativa internacional reflejada en el concepto de «convergencia», esto es, en la evolución a lo largo del tiempo de la renta per cápita de un país en términos relativos a un grupo comparable de países. En otras palabras, la convergencia compara el ritmo de crecimiento de renta per cápita de un país con los de su entorno.

En el caso de España, la convergencia se ha medido tradicionalmente con Europa. Sin embargo, esta costumbre presenta tres importantes limitaciones: primero, adolece de una visión eurocéntrica del mundo, hoy obsoleta; segundo, la ratio suele estar desvirtuada por la progresiva ampliación de la UE; y tercero, Europa es una comparación fácil, pues ha crecido relativamente poco respecto del resto del mundo como resultado no de una inexorable maldición bíblica, sino de la imposición de ideologías trasnochadas (impuestos elevadísimos, burocracia monstruosa y regulaciones disparatadas).

Por ello, resulta preferible comparar la renta per cápita española con una muestra más amplia del planeta, como es la media de la OCDE. Pues bien, como puede verse en el siguiente gráfico, el PIB per cápita español relativo a la OCDE alcanzó un pico hacia 1974 que en los siguiente 50 años sólo fue igualado por el espejismo creado por la burbuja inmobiliaria del 2007. Hoy sigue siendo inferior al que era al final del franquismo, por lo que, en términos de convergencia, hemos desperdiciado los últimos 50 años[14]:


La comparación con Europa no modifica esta conclusión ―que hoy estamos igual o ligeramente por debajo de donde estábamos en 1974―, aunque dependiendo del modo de cálculo la curva puede ser similar[15] o diferir en algunos puntos[16].

Debo añadir que esta muestra de mediocridad económica, que refuta una vez más el autobombo del régimen constitucional del 78, me sigue asombrando hoy igual que me asombró cuando me lo descubrió hace muchos años el que fuera uno de los mejores economistas españoles del s. XX, el profesor Velarde.
Conclusión

Ha pasado casi un siglo desde el comienzo del franquismo, pero se sigue ocultando la realidad sobre aquel período y demonizándolo como signo de virtud política. Un siglo rasgándose las vestiduras, ¿no es suficiente?

Debemos comprender que esta actitud, a la que ha contribuido toda nuestra clase político-periodística, daña a España. Unos lo han hecho por complejo o por ignorancia; otros, por sectarismo o por interés; y unos pocos, por incurable patología. Falta rigor y sobra frivolidad; faltan datos y sobran opiniones; falta ecuanimidad y sobra fanatismo; falta amor a la verdad y sobra el Himalaya de falsedades que denunció el socialista Besteiro. ¿Hasta cuándo seguiremos así?


[1] El estudio más serio es Pérdidas de la Guerra, de Salas Larrazábal, que estima en 72.500 los asesinados por el bando republicano y en unos 50.000 los asesinados por el bando nacional, incluyendo los 15.000 ejecutados en la represión de posguerra (según el estudio definitivo de Miguel Platón: La Represión de la Posguerra, Actas 2023).
[2] Julián Marías. La España Real. Espasa-Calpe 1976 p. 56-57.
[6] Vernon Walters. Misiones Discretas. Planeta, 1978 p. 322.
[7] Dwight Eisenhower. Waging Peace: The White House Years. Heinemann, London, 1965 p. 510
[13] Ibid.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

lunes, 6 de enero de 2025

Ante el año de Franco (I) Por qué la transición (PÍO MOA)



1. Para rehuir o desviar la atención de sus responsabilidades penales, el gobierno del PSOE ha decidido hacer de 2025 algo así como “el año contra Franco”, bajo el título “50 años de libertad”, como si antes no hubiera habido libertad y como si la libertad se debiera al PSOE. Entender esta cuestión es esencial, porque está en la base de todas las políticas desde la transición.

2. La propaganda del PSOE ha presentado al franquismo como una tiranía brutal, incluso genocida, pero aquí entra su primera contradicción. Si fue así, ¿por qué el PSOE no luchó contra ella como hicieron o hicimos los comunistas, afrontando a veces serios riesgos? Al morir Franco solo había un reducido número de presos políticos, ninguno socialista o demócrata, y casi todos comunistas o terroristas. Esta realidad se ha disimulado con ampulosas retóricas antifranquistas, pero la “lucha” del PSOE contra Franco solo se volvió “heroica” mucho tiempo después de haber desaparecido su régimen. Hay que prestar gran atención a este dato, que suele ser pasado por alto.

3. Una segunda contradicción es la pretensión de que la libertad se debió en alguna medida importante al PSOE. Pero por aquellas fechas el número de socialistas era insignificante, así que muy poco pudo influir, aunque pronto el partido se inflara por muchas ayudas recibidas. Y eran personas, como es fácil comprobar, que no solo no habían hecho oposición real a la “dictadura genocida”, sino que habían hecho carrera y prosperado en ella, incluso dentro del mismo funcionariado. También este aspecto suele ser minusvalorado en los análisis e historias corrientes, y tiene gran importancia.


4. Si la oposición real al franquismo era totalitaria comunista o terrorista y no había demócratas en las cárceles, ¿de dónde podía haber venido la transición democrática? Evidentemente, solo podía haber venido de donde vino: del propio franquismo, organizada o impulsada por personas como Fernández-Miranda o Suárez, que habían sido jefes del Movimiento, o por Juan Carlos, un rey decidido por Franco. Nuevamente, esto suele olvidarse o minusvalorarse y es la evidencia decisiva.

5.- Otra cuestión es: ¿Por qué el franquismo, sin ser un régimen democrático, pudo derivar a una democracia sin haber sido derrocado? La respuesta es que el régimen se había agotado políticamente y sus cuatro partidos o familias estaban en descomposición, pero al mismo tiempo la oposición era demasiado débil y sin apoyo popular para derribarlo.

6.- ¿Cómo se produjo el agotamiento del franquismo y cuándo empezó la transición? El franquismo constaba cuatro tendencias “familias” o partidos principales: carlista, falangista, monárquico y próximo al episcopado. El lazo de unión entre los cuatro era el carácter común católico, y el régimen mismo se proclamó católico y seguidor de las orientaciones sociales del papado. Hasta el II Concilio Vaticano de los años 60, Roma y la Iglesia española habían sido un puntal esencial del régimen, pero con dicho concilio se produjo un divorcio que desahució ideológicamente al régimen. Peor aún: gran parte de la Iglesia pasó a apoyar a comunistas, separatistas y terroristas etarras. En las historias y la retóricas supuestamente explicativas sobre la reciente historia del país, este dato crucial apneas recibe la importancia que tiene.

7. Con el Vaticano II empieza realmente la descomposición del régimen, y por tanto una transición que podría haber conducido a reproducir un caos como el de la república o el Frente Popular. Este peligro lo sentían vivamente algunos sectores del régimen, que creían posible mantener el franquismo tal cual después de la desafección de la Iglesia y de la muerte de Franco. Pero los sectores decisivos del régimen constataban que la sociedad creada por el franquismo, muy mayoritariamente reconciliada, políticamente moderada y próspera, hacía muy difícil la repetición de aquella vieja historia.

8. No obstante, el peligro persistía y era doble: que la oposición que surgía no hubiera asimilado la experiencia histórica, y que intentara volver a las andadas aprovechando las dificultades y vacíos de un cambio de régimen sin precedentes. Y, efectivamente, la oposición intentó repetir algo parecido al Pacto de San Sebastián que trajo la república, agrupándose en torno al Partido Comunista en una Junta que se llamó descaradamente “democrática”, y en una “plataforma” también llamada alegremente “democrática” en torno a un PSOE todavía apenas existente pero que saltaba a la palestra con mucho más radicalismo verbal que el PCE (como había pasado en la república, por lo demás).

9. Se creó así una triple pugna entre los rupturistas, que reivindicaban una supuesta legitimidad del frente popular y por tanto una vuelta a las convulsiones del pasado; el llamado “búnker”, que creía posible mantener el régimen como si no hubiera pasado nada importante desde el Vaticano II; y los reformistas, que auspiciaban un cambio democrático “de la ley a la ley”, es decir, partiendo de la legitimidad histórica del franquismo. El cerebro de la reforma fue Torcuato Fernández Miranda. La pugna fundamental, entre reforma y ruptura, se desarrolló durante 1976 hasta culminar en el referéndum de diciembre de ese año. Los intentos rupturistas mediante movilizaciones callejeras, un intento de huelga general, cierto terrorismo y el boicot al referéndum, fracasaron. El referéndum decidió por enorme mayoría popular que la transición salida del régimen era la única salida viable, mientras tanto el búnker como los rupturistas se demostraban demasiado débiles para impedirlo y no tuvieron más remedio que resignarse de mejor o peor grado.

10. En las historias habituales sobre la época, el referéndum de diciembre del 76 apenas es tratado más que como una anécdota o un trámite, pese a su carácter históricamente decisivo, al desarmar cualquier otra opción y asegurar el tránsito básicamente pacífico y ordenado de un régimen a otro. Lo que vino después, bajo el impulso de Juan Carlos y la dirección de Suárez, requiere otro análisis. Baste aquí reseñar que Torcuato, verdadero organizador del cambio y mentor de Suárez, se vio muy pronto desasistido tanto de Suárez como del rey, y la transición comenzó a tomar un rumbo no del todo distinto, pero sí más complicado. Y dado que todo giraba y sigue girando en torno al significado histórico del franquismo, debemos seguir precisamente con ese significado.

Pío Moa

martes, 31 de octubre de 2023

Claves para desenmascarar Halloween: el consumista, el satanista y las alternativas



La noche del 31 de octubre muchos celebran Halloween, una pseudo fiesta pagana de origen norteamericano que gracias al imperialismo se ha extendido por Occidente a través de las películas, la afición al género de terror, los disfraces, una cierta cultura de la transgresión. Y es que la imposición de Halloween se extiende a todos los niveles. No hace falta ser cristiano para entender el espíritu macabro que hay detrás de Halloween.

Esta fiesta -o mejor dicho, “antifiesta”- puede parece inofensiva. Pero lo cierto es que se ha convertido en un instrumento más de adoctrinamiento infantil. Las televisiones o plataformas de entretenimiento cambian su programación con el fin de resaltar su importancia en la vida de los niños. Las tiendas se llenan de telarañas, murciélagos o calabazas. Incluso los colegios se decoran en estos días con motivos de Halloween. Todo repleto de elementos feos, macabros y terroríficos.

Vale la pena entender esta fiesta pagana., sus orígenes, efectos y alternativas, antes de practicarla con nuestros hijos.
1. El origen del nombre

La Solemnidad de todos los Santos es el 1 de noviembre y en la Iglesia se empieza a celebrar desde la noche anterior. Por ello la noche del 31 de octubre, en el inglés antiguo, era llamada “All hallow’s eve” (víspera de todos los santos). Más adelante esta palabra se abrevió a “Halloween”.

Pero el Halloween es otra cosa. No celebra los santos. Por el contrario, exalta la fealdad y el horror. Promueve todo lo que es contrario a los atributos de Dios, esto es: la fealdad, el horror, la irreverencia, la oscuridad y el mal gusto. En definitiva, busca promover el mal que es, “La privación del bien, la verdad y la belleza”.
2. Las raíces celtas y el trato con muertos

Antropólogos e historiadores consideran que al menos desde el siglo VI antes de Cristo los celtas del noroeste europeo celebraban el fin de año con la fiesta de “Samhein” (o Samon), festividad del sol que se iniciaba la noche del 31 de octubre y que marcaba el fin del verano y de las cosechas. Creían que el dios de los muertos permitía esa noche que los difuntos llegaran a la tierra, cosa preocupante para los vivos, que debían buscar las formas de protegerse, bien con sacrificios (a veces humanos) o, según otros, disfrazándose para no ser reconocidos.

Como las fronteras con el Otro Mundo se debilitaban, también era un buen momento para practicar adivinación, hablar con ciertos dioses, con los muertos, buscar lo oculto… En este caso la motivación ya no era el respeto a los difuntos y servirlos (o protegerse de ellos) sino la búsqueda de poder, la idea de que con la metodología adecuada (magia, brujería, poder al fin y al cabo) es posible forzar o engañar al Otro Mundo a entregar sus secretos o su fuerza.
3. Se intenta destruir y sustituir la festividad de Todos los Santos

Muchos pueblos celtas cristianizados mantuvieron a nivel popular distintas costumbres y festejos de origen pagano. Además, la coincidencia cronológica de la fiesta pagana del “Samhein” con la celebración de Todos los Santos y que el 2 de noviembre se celebre la de los Fieles Difuntos, mezcló los festejos en las mismas fechas.

Pero el Halloween actual se está utilizando como una auténtica invasión que está intentando devorar la tradición del día de Todos los Santos.

Además, Halloween invita a la desesperanza, todo lo contrario del día de Todos los Santos. En efecto, y es que realmente no se promueve el miedo como a priori se puede pensar, sino, más bien, la desesperanza. Basta recordar las palabras inscritas en el dintel de las puertas del infierno de la Divina Comedia de Dante: “Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza” (Infierno, Canto III, 6).
4. El Halloween consumista. El gran negocio de la celebración

Hollywood ha contribuido con la expansión celebrativa del Halloween a través de numerosas películas en las que la violencia gráfica y los asesinatos crean en el espectador un estado morboso de ansiedad y angustia, provocando muchas veces una idea errónea de la realidad.

El Halloween mundano y consumista, por el contrario, olvida por completo al difunto real -puesto que eso obligaría a pensar seriamente en el sentido de la vida- y lo sustituye por el difunto ficticio, o sea, el monstruo, el no muerto, el vampiro o el zombie… y procurando no profundizar demasiado en una narrativa, pasando rápidamente a la bebida y la diversión.

Los comercios han apoyado la fiesta porque les hace vender: se vende turismo, alcohol, disfraces, cine, teatro, ocio, fiesta en general. En un país volcado en el ocio, la fiesta y el turismo como España es inevitable que algo así se fomente desde las patronales.

Entre los adultos jóvenes, exceptuando aquellos que les guste específicamente el cine o la literatura de terror, es una mera excusa para beber, ir de fiesta y ligar. Las tiendas de disfraces hace años que tienen comprobado que los disfraces femeninos que se venden o alquilan más en octubre no son estrictamente de miedo, sino «sexis»: «diablesa sexy», «bruja sexy», «vampiresa sexy»…

Por su parte, las niñas pequeñas quieren lo que salga en la TV (por ejemplo, las muñecas Monster High) y los únicos de verdad interesados en intentar dar miedo son los niños varones.

En definitiva, exalta la cultura de la muerte. La asimilación de la desesperación al final lleva a lo que desea la revolución secularista: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Por eso no es extraño que muchos adolescentes y adultos, una vez pasada la infancia, tomen Halloween como una bacanal para “divertirse por la noche”.

Asimismo, las máscaras, disfraces, dulces, maquillaje y demás artículos son motivo para que algunos empresarios fomenten el «consumo del terror» y saquen su provecho económico de esta «moda» estadounidense.
5. El Halloween esotérico o satanista

Un peligro del «Halloween mundano» o «consumista» es que puede llevar al «Halloween esotérico» o demoníaco. El primero anima a «disfrutar al límite en esta noche especial», con un elemento de «arriésgate, asume peligros». El segundo refuerza esa idea: «en esta noche especial, da un paso más, arriésgate a lo sobrenatural y adquirirás poder».

Según el testimonio de algunas personas que practicaron el satanismo y luego se convirtieron al cristianismo, Halloween es la más importante fiesta para los cultos demoníacos porque se inicia el nuevo año satánico y es como una especie de «cumpleaños del diablo».

Grupos satánicos, esotéricos y brujeriles en general han heredado de los celtas la idea de que se trata de una noche «poderosa», en la que los rituales obtienen «poder». Ex-satanistas explican que en esta noche se realizan los rituales supuestamente de «más poder», para los que algunos grupos intentan conseguir víctimas humanas, que pueden ser voluntarios fanáticos, jóvenes drogados o bebés o niños.

Tratar con lo demoníaco es como tratar con la mafia que asegura protegerte: te engancha y te cobra tarifas brutales. Con todo, el 99,9% de lo que pueda interesar al demonio en esta noche probablemente es el mero hedonismo, despilfarro o superstición.
6. Alternativas

Un punto débil de Halloween es que, al contrario que la fiesta de los Reyes Magos, por ejemplo, no tiene una historia, un cuento, una leyenda, no hay una narrativa fundacional para contar.

Pero lo que de verdad puede contrarrestar el Halloween consumista es hablar de los muertos de verdad, de los difuntos, de nuestros seres queridos que ya murieron y de las condiciones en que nos reencontraremos con ellos…

Recordarlos y orar por ellos es un auténtico contacto con la Otra Vida, que gestiona Dios. Eso es algo profundamente instalado en el corazón de cualquier ser humano que ya haya perdido un ser querido. Detenerse un momento y reflexionar sobre eso puede transformar a una persona.

Y ahora que ya tienes una breve síntesis de lo que es Halloween, piensa si es buena idea celebrarlo con tus hijos. De ti depende

domingo, 29 de octubre de 2023

La masiva protesta contra la amnistía desborda la Plaza de Colón en Madrid


Una multitud de españoles se han manifestado este mediodía en Madrid tras el anuncio de Sánchez defendiendo la amnistía a los golpistas.







La protesta ha tenido lugar en la Plaza de Colón, una de las plazas más grandes de Madrid, y la asistencia de público la ha desbordado. Según la Delegación del Gobierno, se han manifestado unas 100.000 personas. La manifestación fue convocada por la Fundación DENAES y tenía el apoyo de decenas de asociaciones y también de Vox. Lamentablemente, el Partido Popular no acudió.


Como ocurrió hace seis años en las manifestaciones contra el golpe separatista de 2017, muchos manifestantes acudieron con Banderas de España y se escucharon gritos de "Puigdemont a prisión", en referencia al cabecilla de ese golpe, huido en Bélgica y que puso la amnistía como exigencia para apoyar la reelección de Pedro Sánchez.


Durante la protesta se han escuchado los discursos de Andrea Llopart, vicepresidenta de la asociación S'ha Acabat; Juan Carlos Girauta, cofundador de Pie en Pared; Rodrigo Alonso, secretario general del sindicato Solidaridad; Santiago Abascal, presidente de Vox; Samuel Vázquez, presidente de la asociación "Una policía para el siglo XXI"; César Pintado, portavoz de la asociación Revuelta; el periodista Luis del Pino e Iván Vélez, director de la Fundación DENAES.


En su discurso, Abascal ha denunciado que "hoy España, su unidad, su convivencia, sus leyes y las libertades e igualdad de los ciudadanos españoles están amenazadas por el secretario general del Partido Socialista y por el aplauso unánime del comité federal del PSOE", en referencia a la escena que se vivió ayer en la dirección socialista.


Abascal ha calificado a Sánchez como el "presidente más corrupto de la historia de España", denunciando que "pretende amnistiar a otros políticos a cambio de votos para permanecer en el poder". El presidente de Vox ha afirmado: "le advertimos de las consecuencias de dar por rotas la Constitución las leyes y la igualdad de los españoles. El autócrata sin escrúpulos debe saber que responderá ante los españoles si se atreve a liquidar las leyes que a todos los españoles nos obligan y las leyes que permiten la convivencia".


Abascal ha señalado que "si el gobierno dice que las leyes ni valen ni obligan a sus cómplices y socios de investidura, entonces el gobierno nos dice que las leyes ni valen ni nos obligan al conjunto de los españoles". El presidente de Vox se ha dirigido públicamente al dirigente socialista, afirmando: "Sánchez, no tienes escrúpulos y lo has demostrado durante mucho tiempo, para esconder como has hecho tu traición".

El acto ha terminado con el Himno de España.

ELENTIR

Discurso completo de Santiago Abascal el 29 de Octubre de 2023 en la plaza de Colón


Duración 6 minutos

martes, 3 de octubre de 2023

¿Para qué sirve el Rey? La cobardía de Felipe VI nos somete al Sanchismo por cuatro años más



El Rey Felipe VI ha encargado la formación de gobierno a Pedro Sánchez. Se han cumplido los peores pronósticos. Es decir, el monarca no se ha atrevido a plantar cara a un hombre que se ha convertido en un cáncer maligno para el país. De nuevo cede y su decisión nos somete a otros cuatro años a los caprichos de un ególatra cada día más cargado de cinismo.

Tras esto, cabe preguntarse: ¿para qué sirve el Rey? La cobardía de Felipe VI la pagan todos los españoles, que empiezan a cree que si la jefatura del Estado sólo consiste en sobrevivir, entonces los mismo nos sirve un presidente de una república, que nada tiene de permanente. La respuesta es que no: que un rey es mucho más que eso... aunque haya monarcas que no se mojen ni en la ducha.

Y así, nos topamos otra vez con el Pedro Sánchez más embustero, el que comparece en Moncloa ante la prensa sin contestar a la única pregunta de los periodistas: ¿Va a haber amnistía? Lo malo no es eso, claro, lo malo es que Sánchez no sólo no se arrepiente de sus barbaridades sino que ahondará en ellas: ideología de género, adoración al planeta, trashumanismo, concepto en el que se resume todo el desprecio por el ser humano que conlleva el neomodernismo, guerracivilismo entre izquierda y derecha, economía subvencionada, por tanto, ruinosa y cristofobia... esta última las resume a todas.

Insisto: lo único que une a partidos de ideologías tan distintas como socialismo, comunismo, nacionalismo, separatismo, e incluso proetarras. En cualquier caso, Sánchez es un representante eximio del Nuevo Orden Mundial (NOM).

El cinismo de Sánchez se consolida: gobernará España con todos los que quieren destruir España pero ahora compara el independentismo catalán con la Unión Europea... porque en ambos se cede soberanía nacional. ¡Toma ya!

Sánchez es un alumno aventajado, de la corriente más mortífera del siglo XXI La blasfemia contra el Espíritu Santo. Es decir, la inversión suprema de valores, donde lo bueno es malo y lo malo es bueno, donde se habla de derecho al aborto o de comunismo constitucional... y se queda uno tan fresco.

Mas cinismo: el hombre que gobierna con los comunista de Sumar-Podemos desde hace 15 años, perseguirá al único partido cristiano que existe en España: Vox. Persecución disfrazada bajo el eufemismo de cordón sanitario.

Y ese cinismo de Sánchez se consolida con el tiempo: gobernará España con todos los que quieren destruir España y ahora compara, sin despeinarse, compara el separatismo catalán con la Unión Europea... porque en ambos se cede soberanía nacional. Hombre sí, lo que ocurre es que en Europa se cede soberanía hacia arriba, para evitar enfrentamientos intraeuropeos, y en el separatismo catalán, se cede, no soberanía, sino capacidad administrativa y hacia abajo... algo que nada tiene que ver con el separatismo vasco o el catalán.

Y, en el entretanto, se perseguirá al único partido medio-cristiano que existe en España: Vox. Persecución disfrazada como cinturón sanitario.

En resumen, la cobardía del Rey nos lleva a la esclavitud. 

Majestad, ¿en una hora y veinte minutos de charla no tuvo usted tiempo para explicarle a Pedro Sánchez que no puede gobernar España con quienes odian a España? Entonces, ¿de qué hablaron?

Eulogio López