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jueves, 19 de marzo de 2026

En Friuli hay un sacerdote verdaderamente católico




Dejen de conceder instalaciones católicas a musulmanes. ¿Por qué la decisión del padre Francesco Fragiacomo es correcta y coherente con nuestra fe? Aquí tienen el índice de artículos sobre el islamismo.En Friuli hay un sacerdote verdaderamente católico…

En muchas regiones del mundo, desde Oriente Medio hasta partes de África y Asia, los cristianos sufren condiciones difíciles: iglesias destruidas, culto limitado o prohibido, discriminación y persecución.
En los últimos años, se ha extendido cada vez más en ciertos círculos eclesiásticos y mediáticos la idea de que la "apertura" y el diálogo interreligioso deben necesariamente traducirse en la cesión de espacios parroquiales o eclesiásticos para celebraciones de otras religiones. Este es el contexto en el que se sitúa Francesco Fragiacomo, un sacerdote friulano que ha decidido no ceder espacios parroquiales para las celebraciones del Ramadán.
Esta elección ha suscitado debate, pero en realidad se basa en motivaciones teológicas, pastorales y de sentido común que son profundamente coherentes con la tradición católica.

El primer punto que recuerda Don Fragiacomo es simple pero fundamental: 
Las estructuras de la Iglesia existen para la misión de la Iglesia. Las iglesias, los oratorios, los salones parroquiales y los edificios eclesiásticos fueron construidos y mantenidos gracias a la contribución de los fieles para proclamar el Evangelio y celebrar la fe cristiana.
Según el sacerdote, ceder estos espacios para celebraciones religiosas de otras confesiones conlleva el riesgo de contradecir su propósito: proclamar a Jesucristo resucitado, preservar el culto cristiano y educar a los fieles en la fe católica. Esto no es una falta de respeto hacia otras religiones, sino una cuestión de coherencia con la propia identidad. La Iglesia no es simplemente un centro cívico ni un centro cultural neutral: es el lugar consagrado a la fe cristiana.

Otro punto clave que subraya el padre Fragiacomo se refiere a la distinción entre caridad y confusión religiosa

La caridad cristiana existe y debe ser concreta. Las parroquias, a través de organizaciones como Cáritas, acogen y ayudan a cualquier persona necesitada, independientemente de su religión, origen o idioma. Esto implica distribuir alimentos, brindar apoyo a los pobres y ayudar a quienes no pueden pagar el alquiler o las facturas. En muchas zonas, las propias parroquias financian estas actividades sociales. Pero ayudar a los necesitados no significa transformar los lugares de culto cristianos en espacios para otras religiones. Confundir ambas cosas conlleva el riesgo de distorsionar el verdadero significado de la caridad cristiana.

Uno de los argumentos más convincentes del sacerdote se refiere a los cristianos perseguidos en países islámicos. En muchas regiones del mundo —desde Oriente Medio hasta partes de África y Asia— los cristianos viven en condiciones difíciles: iglesias destruidas, culto limitado o prohibido, discriminación y persecución. Según el padre Fragiacomo, conceder espacios en las iglesias para celebraciones islámicas sin reconocer esta realidad conlleva el riesgo de interpretarse como una negligencia hacia quienes sufren por su fe.

Su negativa, por lo tanto, no nace de un espíritu polémico, sino también de la solidaridad con los mártires cristianos, a menudo ignorados en el debate público. El sacerdote recuerda además un principio clásico de la filosofía y la teología: «distinguir para unir». La verdadera coexistencia no surge borrando las diferencias, sino reconociéndolas claramente. El cristianismo proclama a Jesucristo como el Hijo de Dios y Salvador. El islam tiene una visión religiosa profundamente diferente. Fingir que estas diferencias no existen no fomenta el diálogo: lo vuelve superficial. 

Por este motivo, según el padre Fragiacomo, es más honesto mantener una clara distinción entre los lugares y ritos de las diferentes religiones. El sacerdote también recuerda un elemento cultural a menudo pasado por alto: para muchos musulmanes, el lugar donde rezan se vuelve sagrado. Esto significa que rezar en un lugar puede otorgarle un significado religioso específico. De ahí la cautela de quienes creen que los espacios eclesiásticos deben permanecer claramente identificados como lugares de culto cristiano.

Algunos incidentes ocurridos en Italia en los últimos años demuestran la delicadeza del tema: en una parroquia donde se celebró un servicio religioso islámico, incluso se cubrió una estatua de Cristo con una toalla para evitar interrupciones durante la oración. Incidentes similares han avivado la preocupación entre muchos fieles.

Otro punto teológico planteado por el padre Fragiacomo se refiere a la palabra «fraternidad». Según la tradición cristiana, la fraternidad universal no es meramente un sentimiento humano: surge de la redención obrada por Cristo. Citando el pensamiento de Pablo de Tarso, el sacerdote nos recuerda que los cristianos son hermanos y hermanas porque han sido redimidos por Cristo. Si hablamos de fraternidad sin proclamar a Cristo, corremos el riesgo de vaciar la esencia misma del mensaje cristiano. Hoy en día, muchos párrocos optan por abrir los salones parroquiales para eventos relacionados con el Ramadán, como cenas o rezos comunitarios. Esto no significa, sin embargo, que quienes adoptan una postura diferente estén «en contra del diálogo».
La elección de Don Fragiacomo representa una voz que se opone a la corriente, pero también un recordatorio para no olvidar nuestra identidad cristiana, la misión evangelizadora de la Iglesia y nuestra responsabilidad hacia los fieles.
Angélica La Rosa

miércoles, 18 de marzo de 2026

Dos sacerdotes entregan la vida al rescatar a dos monaguillos que se ahogaban en una playa de Ecuador




Ecuador llora la muerte de los sacerdotes Alfonso Avilés Pérez y Pedro Anzoátegui, fallecidos tras lanzarse al rescate de dos monaguillos en peligro de ahogarse durante un retiro de Cuaresma en la localidad costera de Playas. Los menores fueron salvados y se encuentran fuera de peligro.

(ACI/InfoCatólica) Dos sacerdotes fallecieron el viernes 13 de marzo tras salvar a dos monaguillos que se ahogaban en una playa de Ecuador. Se trata de Alfonso Avilés Pérez, miembro de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote y párroco de San Alberto Magno en la Diócesis de Daule, y de Pedro Anzoátegui, que sirvió en la Diócesis de San Jacinto.

Ambos presbíteros acudieron al rescate de los jóvenes, que participaban en un retiro de monaguillos por Cuaresma en la localidad costera de Playas, después de que los menores ingresaran al mar. Los dos muchachos pudieron salir con vida, pero los sacerdotes murieron en ese acto de entrega.

Martha de Murillo, que fue secretaria del P. Alfonso durante más de veinte años, explicó que en la Misa celebrada el sábado a las 11:00 en la Parroquia San Alberto Magno, el superior de la comunidad del fallecido, el P. Lope Pascual, relató lo sucedido. Según su testimonio: «El padre Lope, en su homilía, contó cómo había pasado todo: son dos monaguillos que han estado en peligro de ahogarse y los padres han venido a rescatarlos; salieron los monaguillos, gracias a Dios, pero lamentablemente los padres no».



Todos los jóvenes que participaron en el retiro están bien físicamente, fuera de peligro y ya fueron llevados a sus casas. La noticia ha causado una honda conmoción entre los fieles y en distintos ámbitos eclesiales del país.

En la Misa presidida este sábado por el cardenal Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil, el purpurado encomendó a ambos sacerdotes a Dios y, visiblemente emocionado, pidió orar por «nuestros hermanos Alfonso y Pedro, a quienes el Señor, en estas circunstancias, hoy los colma de su gracia y bendición».

Una nota de la parroquia San Alberto Magno señaló que el P. Alfonso Avilés «partió a la Casa del Padre entregándose generosamente por quienes le fueron confiados».

El P. Alfonso Avilés Pérez nació en 1966 en Murcia, España. Después de estudiar filosofía y teología, fue ordenado sacerdote en 1990. La parroquia destacó sobre él: «Con más de 30 años de sacerdocio y nueve años de servicio en nuestra parroquia, deja un legado de fe, cercanía y amor por la comunidad».

Antes de llegar a la parroquia San Alberto Magno, ejerció también su ministerio como párroco de Santa Teresita en Entre Ríos, donde acompañó a la comunidad y fortaleció la vida de fe de muchas familias. Asimismo, impulsó iniciativas de catequesis familiar, adoración eucarística y formación de monaguillos, presentadas como pilares fundamentales de su misión evangelizadora. En 2021 recibió un reconocimiento del Municipio de Samborondón por su aporte espiritual y comunitario.

Una frase que repetía constantemente era: «¡Al ataque, que la meta es el cielo!». Esa expresión quedó grabada en la memoria de quienes lo trataron y ahora resuena con especial fuerza tras su muerte.

A la parroquia San Alberto Magno acudieron gran cantidad de fieles. Entre ellos estuvieron la primera dama y esposa del presidente de Ecuador, Lavinia Valbonesi, junto con Annabella Azín, madre del mandatario Daniel Noboa. Ambas rezaron unos minutos en el lugar. Allí estaba prevista para esa tarde, a las 3:00 p. m., la Misa de exequias, tras la cual se procedería al entierro en el Panteón Metropolitano.

Carlos Polo, director de la Oficina de Iberoamérica del Population Research Institute, expresó a ACI Prensa su dolor por la muerte del P. Avilés. Dijo: «Murió el sacerdote más santo que he conocido: Alfonso Avilés. Sus homilías eran espectaculares. Era mi amigo. Nos vimos pocas veces, pero el lazo espiritual que nos unía era muy fuerte».

Polo añadió además: «Aunque pasaran años, cada vez que lo veía, él se adelantaba y me decía que seguía rezando por mi hijo como se lo había pedido la primera vez que hablamos. Murió en su ley, la del amor». También recordó la cita del Evangelio de San Juan 15, 13: «No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos».

Un joven profesional que fue monaguillo del P. Avilés contó también su experiencia personal y el influjo espiritual que recibió del sacerdote. Recordó: «Nos educó en la templanza, nos inculcó el anhelo de ser caballeros, héroes, guerreros, personas de bien y buenos hijos de Dios. Siempre decía que los mejores debíamos estar al servicio de Dios, que no podíamos ser blandengues. Tenía la llama encendida, a cualquier hora, en cualquier conversación, por más corta que sea. Estoy tan apenado».

Por su parte, el P. Pedro Anzoátegui nació en 1982. Fue ordenado el 20 de noviembre de 2010 en la Catedral de Guayaquil. Sirvió en la parroquia Santa Cruz de Durán, en San Jacinto, acompañando a fieles y monaguillos. También sirvió en Guayaquil.

La muerte de ambos sacerdotes ha sido recibida con profundo dolor, pero también con la conciencia de que perecieron cumpliendo un deber de caridad extrema, entregándose para salvar la vida de los menores confiados a su cuidado en el contexto de un retiro de Cuaresma.

En la Misa celebrada en la parroquia San Alberto Magno por el eterno descanso del P. Avilés, Mons. Cristóbal Kudławiec, obispo de Daule, reconoció la dificultad del momento y afirmó: «Queridos hermanos, creo que me van a entender que no voy a decir muchas palabras porque todos estamos en este impacto, bajo este impacto, y es difícil dirigir las palabras en estos momentos. Pero cuando nuestras palabras humanas no bastan, hay que hacer caso a Dios».

El prelado añadió: «Y para estas ocasiones tan difíciles, tan duras, el Señor nos envía unas palabras importantes, no para consolarnos, porque a veces es muy difícil consolarnos después de un impacto fuerte (…), pero es para entender un poco lo que él nos quiere manifestar a través de los hechos, iluminado por su palabra».

Ante las preguntas que los fieles podían hacerse sobre los proyectos del sacerdote fallecido o sobre las razones de una muerte tan repentina y dolorosa, el obispo recordó que Dios «no se equivoca y su voluntad es santa. Y nosotros, como simplemente humanos, tenemos que afirmarlo siempre, incluso en los momentos cuando se quiebra nuestra alma».

Mons. Kudławiec se refirió también a las cuestiones profundas que emergen en estas horas de sufrimiento y subrayó que «sin amor a Dios y al prójimo, la vida no tiene sentido. Ni siquiera los sacrificios tienen sentido, porque esto es la esencia de la vida».

Finalmente, concluyó con palabras de abandono confiado en Cristo ante una tragedia que ha golpeado con fuerza a la Iglesia en Ecuador: «Frente a esta noticia tan triste, tan impactante, nosotros solamente podemos decir: creo en ti, Señor Jesús. Confío en ti, Jesús. Y confío que lo que tú me ofreces como una enseñanza, a través también de algunos acontecimientos impactantes, es para mi bien».

miércoles, 14 de enero de 2026

La Archidiócesis de Madrid incorpora propuestas heréticas en los documentos oficiales de CONVIVIUM



La Archidiócesis de Madrid ha puesto en marcha un proceso denominado Convivium, presentado como un itinerario de reflexión eclesial y participación pastoral. Sin embargo, la sorpresa no está en que se promueva el diálogo, la escucha o el discernimiento comunitario —algo legítimo en sí mismo— sino en el tipo de contenidos que se han introducido en el circuito oficial como material de trabajo.


La propia documentación preparatoria muestra la dimensión del proceso: se trata de un cuaderno de trabajo que incorpora, entre otros materiales, una síntesis de respuestas de distintos ámbitos diocesanos —con 137 respuestas de Consejos Pastorales Parroquiales—, junto con aportaciones de arciprestazgos, vida consagrada y otras instancias. Además, incluye datos internos sobre el clero de Madrid (noviembre de 2025), lo que refuerza su carácter de instrumento “oficial” y no de simple recopilación informal.

Lo más inquietante es que esta dinámica ya se ha visto en otros procesos recientes, especialmente en el llamado “camino sinodal” alemán: bajo la retórica de la escucha se termina dando carta de naturaleza a propuestas doctrinalmente inadmisibles. Y ahora, bajo el gobierno del cardenal José Cobo, Madrid parece deslizarse hacia el mismo patrón: normalizar lo inaceptable como si fuera parte de un debate eclesial legítimo.

En el documento distribuido a los participantes de la asamblea, dentro del apartado “síntesis de otras realidades eclesiales”, se seleccionan para destacar algunas propuestas bajo el título de “Propuestas ‘peculiares’”. Pero lo que el documento llama “peculiar” no son propuestas extravagantes o marginales, sino afirmaciones de carácter abiertamente herético, presentadas en un marco de normalidad institucional.

El problema no es solo que existan corrientes de pensamiento heterodoxas en ambientes eclesiales —eso ha ocurrido siempre— sino que un proceso oficial diocesano las recoja, las ordene, las incluya y las proyecte como elementos discutibles dentro de una dinámica pastoral.
Herejías presentadas como “peculiaridades”


La gravedad del asunto aumenta cuando se analiza el contenido concreto de esas propuestas. El documento no las presenta como errores doctrinales que deban ser corregidos ni como planteamientos ajenos a la fe católica, sino como una suerte de aportaciones llamativas que quedan integradas en el marco general de trabajo. Y lo hace con un lenguaje que funciona como anestesia: llamarlas “peculiares” equivale a rebajar su gravedad, a sugerir que son simples opiniones en un abanico plural, y no afirmaciones radicalmente incompatibles con el depósito de la fe.

Propuestas “peculiares”.

– Creemos que la imposición del celibato a los sacerdotes (y a las futuras mujeres sacerdotes) es una ley injusta y antievangélica que produce víctimas y contribuye a un clericalismo dominante que produce desigualdad en la comunidad. (MOCEOP (Movimiento Pro Celibato Opcional)
– La posibilidad del celibato opcional, no entendido como sustracción de atención o energía al servicio sacerdotal sino, para quien se sienta llamado, como una forma de estímulo y propulsión (Comunidad de laicos Kédate)
– Creemos que el celibato libre puede ayudar a que el sacerdote esté más cerca de las realidades sociales. Plantear la posibilidad de un sacerdocio temporal, no para toda la vida. Tanto los laicos como los religiosos pasan por distintas etapas vitales. (Los grupos católicos Loyola)

“Futuras mujeres sacerdotes”: ruptura doctrinal normalizada

La mera inclusión de la expresión “futuras mujeres sacerdotes” no es una anécdota ni una provocación retórica. Supone introducir como horizonte “posible” una pretensión incompatible con la doctrina católica sobre el sacramento del Orden. Más aún: no se formula como pregunta o como discusión teológica, sino como un futuro esperado, como evolución natural. Eso no es una “peculiaridad”: es una herejía presentada bajo un marco de aparente normalidad.

Cuando una diócesis permite que una formulación así circule en un documento oficial de trabajo, el daño es doble: por el contenido y por el mensaje implícito. Se desplaza el terreno: lo que era inaceptable pasa a ser “debatible”; lo que era error doctrinal pasa a ser “aportación”; y lo que debía ser corregido aparece como una sensibilidad más.

“Sacerdocio temporal”: el Orden convertido en etapa vital

No menos grave es la propuesta de un “sacerdocio temporal, no para toda la vida”. Esta frase ataca el núcleo del sacerdocio católico, que no es un encargo provisional ni una función sujeta a ciclos biográficos, sino un sacramento con carácter definitivo. Proponerlo como temporal implica vaciarlo de su naturaleza, rebajarlo a un rol reversible y ajustar el ministerio ordenado a la mentalidad contemporánea del “todo es revisable”.

En la práctica, esta idea empuja a una concepción funcionalista del ministerio: el sacerdote ya no sería “sacerdote” por un don sacramental estable, sino “ministro” por una etapa. La consecuencia es una desfiguración del sacerdocio y, con él, de la vida sacramental y eclesial que de ese sacerdocio depende.

El efecto pastoral: la doctrina degradada a opinión

El resultado de incluir estas afirmaciones en un marco institucional es devastador. Porque no solo se blanquean ideas heréticas, sino que se altera el marco mental de quienes participan: lo que aparece en el documento oficial se entiende como legítimo, como parte del camino, como material sobre el que “discernir”. Y así, la fe deja de ser el criterio para convertirse en un elemento más de la conversación.

Una diócesis puede y debe escuchar a su pueblo, acoger inquietudes, acompañar debilidades, mejorar sus estructuras y purificar sus dinámicas. Pero no puede —sin desfigurarse— convertir en materia de debate pastoral aquello que niega elementos esenciales del sacerdocio católico. En un proceso presentado como discernimiento comunitario, la fe no puede rebajarse a “propuesta”. La doctrina no puede convertirse en material opinable. Y la herejía no puede entrar por la puerta de atrás como “peculiaridad”.

La posición de la Archidiócesis

Tras la consulta realizada por infovaticana, la Archidiócesis de Madrid ha respondido afirmando que, “en aras de la transparencia”, se consideró oportuno recoger todas las aportaciones recibidas, aunque ello “no implique que vayan a ser objeto de debate”, y subrayando que “precisamente las cuestiones” relativas al sacerdocio temporal o a la ordenación de mujeres “no están previstas para su tratamiento”. La diócesis añade además que no se trata de propuestas formuladas por la propia Archidiócesis, sino de una síntesis elaborada a partir de “más de 800 folios” de contribuciones procedentes de parroquias, arciprestazgos, vida consagrada y otras “realidades eclesiales no formalizadas”, insistiendo en que dichas aportaciones han sido “escuchadas y recogidas con respeto”, pero que algunas, por coherencia con los criterios establecidos desde el inicio, no serán abordadas porque Convivium “no es” un proceso para discutir cuestiones doctrinales.

Madrid no debe importar el guion alemán

El gran peligro de estos procesos no es solo lo que se dice, sino el método con el que se inocula: primero se introduce un marco amable (“escucha”, “conversación”, “acogida”); después se deslizan propuestas incompatibles con la fe; y finalmente se intenta presentar la ruptura como “evolución pastoral” porque “ha surgido del proceso”. Es el guion que hemos visto desplegarse en Alemania, y es el guion que ahora asoma en Madrid.

La Iglesia no “discierne” sobre lo que ya ha recibido como depósito de la fe. Discernir no es someter la doctrina a un debate sociológico, ni convertir la sacramentalidad en materia de laboratorio. Si la Archidiócesis de Madrid desea una auténtica renovación pastoral, el primer acto de caridad —y de responsabilidad— es no confundir a los fieles y no acostumbrar a la diócesis a tratar la herejía como si fuera una mera extravagancia. Llamar “peculiar” a lo herético no es neutralidad: es normalización. Y la normalización de la herejía siempre termina pasando factura.

Miguel Escrivá 

domingo, 11 de enero de 2026

A los queridos sacerdotes católicos



“La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa”. (San Alfonso María de Ligorio)

Si, como seguidamente podrá comprobarse, se da expresa autorización al Pueblo de Dios para que “ayude” a los sacerdotes a dar con “su identidad”, nadie debería quejarse de las advertencias de este escrito realizadas por un sencillo hijo de la Iglesia, el cual desea lo mejor para el sacerdocio y todos los sacerdotes católicos. Dichos eclesiásticos me han ayudado siempre de variadísimas maneras, y, con la gracia de Dios, espero me sigan ayudando hasta mi muerte y después de ella.

Escritos como éste y tantos otros, en los que denuncié al modernismo, no tienen más intención que la de ser de ayuda para alguien y de cooperación para abrir los ojos en medio de la humareda, en fin, colaboraciones, si caben, para con la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana.

El Papa León XIV, el día 8 de diciembre de 2025 (día de Nuestra Señora), firmó la Carta Apostólica ‘Una fidelidad que genera futuro’ 

(con motivo del LX aniversario de los decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/apost_letters/documents/20251208-una-fedelta.html ). 

Y el día 22 de diciembre del indicado año se dio a conocer el texto.

El documento intenta ser un aliento para los llamados al ministerio sacerdotal. Mas el aliento va dado con una serie de doctrinas que ya han probado con holgura ser todo un fracaso. No sólo se ve una insistencia en continuar con esas concepciones, sino que se va más lejos: se machacará en que todo sea realizado bajo una mirada sinodal.

La misiva papal se estructura o se asienta en la dualidad que hace rato se puede observar en las emanaciones escriturarias pontificias (desde Vaticano II en adelante), en donde primeramente y a modo de “tranquilidad” se dice que lo presentado se vincula a la Tradición, mas luego se pasa a dar rienda suelta a las novedades

Así, en el texto ‘Una fidelidad que genera futuro’, se afirma que los “Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis” están “bien situados en el cauce de la Tradición doctrinal de la Iglesia sobre el sacramento del Orden”, y casi seguidamente tenemos que con dicha prédica se quiso sentar que “el propósito era elaborar los presupuestos necesarios para formar a las futuras generaciones de presbíteros según la renovación promovida por el Concilio, manteniendo firme la identidad ministerial y, al mismo tiempo, evidenciando nuevas perspectivas que integraran la reflexión precedente, en la lógica de un sano desarrollo doctrinal” (punto 3). 

Ahí no queda la mezcla: en el punto 21 y 22 se pide tener en cuenta todo el tema sinodal de Francisco, haciendo pie en el Documento final de dicho Sínodo (probadamente pro-protestante). 

En el punto 21 se lee: “En este campo aún queda mucho por hacer. El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección. Por eso reitero mi deseo de «invitar a los sacerdotes […] a abrir de alguna manera su corazón y a participar en estos procesos» que estamos viviendo. En este sentido, la segunda sesión de la XVI Asamblea sinodal, en su Documento final, propuso una conversión de las relaciones y los procesos. Parece fundamental que, en todas las Iglesias particulares, se emprendan iniciativas adecuadas para que los presbíteros puedan familiarizarse con las directrices de este Documento y experimentar la fecundidad de un estilo sinodal de Iglesia.” 

Y en el punto 22 se afirma: “En una Iglesia cada vez más sinodal y misionera, el ministerio sacerdotal no pierde nada de su importancia y actualidad, sino que, por el contrario, podrá centrarse más en sus tareas propias y específicas. El desafío de la sinodalidad —que no elimina las diferencias, sino que las valoriza— sigue siendo una de las principales oportunidades para los sacerdotes del futuro. Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72). Para implementar cada vez mejor una eclesiología de comunión, es necesario que el ministerio del presbítero supere el modelo de un liderazgo exclusivo, que determina la centralización de la vida pastoral y la carga de todas las responsabilidades confiadas sólo a él, tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo.”

La Carta del Papa León asevera que “en estos años la Iglesia ha sido conducida por el Espíritu Santo a desarrollar la doctrina del Concilio sobre su naturaleza comunional según la forma sinodal y misionera” (Punto 4). Ahora el Espíritu Santo parece que cambió Su modo de obrar, y, al parecer, la Iglesia debe desarrollar la doctrina de un Concilio, y no un Concilio reafirmarse en la doctrina de la Iglesia. 
La expresión “misionera” no tiene nada que ver con lo que siempre se entendió por “misión”: ya no se busca la conversión al catolicismo de los que están fuera de él, sino confraternizar amicalmente en uniones orantes y superadoras. En otras palabras, la concepción tradicional de misión se ve anulada por la concepción moderna de misión. La anulación alcanza un punto cumbre bajo las ideas directrices del Sínodo de la Sinodalidad.
En el texto del Papa León XIV se utilizará también el repetido lenguaje de raíces relativistas evolutivas, lenguaje que expresa ideas que escarban en: nuevas visiones, nuevas identidades, nuevas formas de convertirse, actualización de actualizaciones: “reconsiderar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II” (punto 4). Repito lo del punto 21, eso de la “conversión de las relaciones y los procesos”: se le pide a los ministros que se empapen con todo lo que el Sínodo de la Sinodalidad enseñó, y a esa heterodoxia deben “convertirse”.

Una insistencia más con la cuestión de la sinodalidad se aprecia en el punto 18: “La escuela de la sinodalidad, en esta perspectiva, puede ayudar a todos a madurar interiormente la acogida de los diferentes carismas en una síntesis que consolide la comunión del presbiterio, fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia”. 

¿Diferentes carismas’? ¿Síntesis? El documento final del aludido Sínodo está plagado de infidelidades evangélicas e infidelidades a las enseñanzas de la Iglesia Católica (tantas veces confundidas con opiniones personales heterodoxas).

El punto 19 resulta altamente peligroso si se pretende una lectura sin las debidas distinciones. Porque una cosa es su significado bajo la ortodoxia de San Ignacio de Antioquía, y otra muy distinta es su aplicación bajo la heterodoxia moderna de encumbrados eclesiásticos. Veamos lo que nos dice el punto en cuestión: “Una imagen feliz y elocuente de la fidelidad a la comunión es sin duda la que presenta san Ignacio de Antioquía en la Carta a los Efesios: «También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo, lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta […]. Es, pues, provechoso para vosotros el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios».” 

Una cosa es el caminar bajo el pensamiento ortodoxo, íntegramente católico de obispos, otra cosa es caminar bajo el pensamiento confesamente novedoso, incluso, confesamente rupturista y manifestado con total orgullo por ciertos eclesiásticos.

El Papa León XIV afirma abiertamente que desea “una Iglesia cada vez más sinodal y misionera” (punto 22). Y retomando prédicas de Francisco –tan repetidas por el Cardenal-Prefecto, Víctor Manuel Fernández-, como un eco de él que no se acaba, el Papa León también insistirá en el “todos, todos, todos”: “Como recuerda el citado Documento final, «los presbíteros están llamados a vivir su servicio con una actitud de cercanía a las personas, de acogida y de escucha de todos, abriéndose a un estilo sinodal» (n. 72).” 

Si con las reformas conciliares ya la destrucción del sacerdocio se mostró abundante y lapidaria, con el “estilo sinodal” quedará mucho más destrozado.

La tan corruptora “colegialidad” alzada cuan trofeo en Vaticano II, se ve aún mucho más ampliada con el ‘Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad’, ampliación con la que comulga el Papa actual, de ahí que en su ‘Carta’ la colegialidad parece extenderse hasta para el llamado ‘Pueblo de Dios’: “tendiendo hacia una conducción cada vez más colegiada, en la cooperación entre los presbíteros, los diáconos y todo el Pueblo de Dios, en ese enriquecimiento mutuo que es fruto de la variedad de carismas suscitados por el Espíritu Santo” (punto 22). 

Esta tragedia se verá rematada con una afirmación escalofriante hallada en el punto 23, en donde, aunque no se quiera, acaba por –permítaseme el neologismo- “marionetizar” superlativamente al sacerdote, condenándolo a un rotundo fracaso: “tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad”. 

Si el sacerdote no sabe quién es; si tiene que esperar a que un pueblo se lo muestre; si tiene que esperar a que le revelen su identidad: el vacío está cantado y el Pueblo transformado en una suerte de deidad. Bienvenidos a la idolatría popular.

Sobre la “identidad sacerdotal”, aconsejo vivamente leer la sapientísima obra titulada “La Dignidad Sacerdotal”, escrita por el Doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio. Allí nos da cuenta de cómo el sacerdote católico sabe quién es. Por caso, se cita lo que decía el diácono, San Francisco de Asís: “Si encontrará a un ángel del cielo y a un sacerdote, primero me arrodillaría ante el sacerdote y luego ante el ángel” (ed. Apostolado Mariano, España, 1983, p. 16). Citará a San Agustín: “Los sacerdotes se llaman dioses por la dignidad de su oficio” (op. cit. p. 20). Otra: “Los sacerdotes son embajadores de Dios (…); son los coadjutores de Dios para procurar la salvación de las almas (ob. cit. p. 28). “No hay manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos” (ob. cit. p. 60). “El sacerdote (…) que enseña doctrinas falsas y aconseja mal, será la ruina de muchas almas, ya que precisamente por ser sacerdote se le cree fácilmente lo que dice” (ob. cit. p. 149). “Es la misa la obra más santa y más agradable a Dios; es la obra más capaz de aplacar la ira de Dios contra los pecadores, la que más abate las fuerzas infernales, la que procura más abundantes gracias a los hombres en la tierra y la que más alivio proporciona a las almas del purgatorio; y esta es, finalmente, la obra que va ligada a la salvación del mundo (ob. cit. p. 164). “El sacerdote que celebra una misa tributa a Dios honra infinitamente mayor, sacrificándole a Jesucristo, que la que todos los hombres le tributarían muriendo por Él, con el sacrificio de sus vidas” (ob. cit. 10). “La vida del sacerdote no debe ser más que una preparación y una acción de gracias a la santa misa” (ob. cit. p. 166).

A las cosas que han caído en mi escrito bajo crítica constructiva (y otras que no he analizado pero que están en la ‘Carta’), el punto 27 las trata como partes de un: “renovado Pentecostés”.

“-¡Pentecostés, Pentecostés! ¿Qué nos dices? ¿Qué nos dices, en verdad, contra los que te pretenden renovado? ¿Apruebas oraciones con otros credos? ¿Apruebas conversiones raras y redescubrimientos de identidades apuntadas por el Pueblo? ¿Apruebas Nostre Aetate con sus abrazadas judaicas, islámicas y de otros credos? ¿Qué nos dices?”

Y Pentecostés dice, por boca del primer Papa, San Pedro: “Varones de Israel, escuchad estas palabras: A Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios ante vosotros mediante obras poderosas, milagros y señales que Dios hizo por medio de Él entre vosotros, como vosotros mismos sabéis; a Éste, entregado según el designio determinado y la presciencia de Dios, vosotros, por manos de inicuos, lo hicisteis morir, crucificándolo” (…). Por lo cual sepa toda la casa de Israel con certeza que Dios ha constituido Señor y Cristo a este mismo Jesús que vosotros clavasteis en la cruz (…). “Arrepentíos, y bautizaos cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.” (Hechos 2, 22-38).

El Sínodo de la Sinodalidad es una infidelidad, y, como toda infidelidad, no puede más que conducir al fracaso. Seguir sus lineamientos conduce al caos, al apartarse de la fe verdadera transmitida por los Apóstoles. 

Y hablando de Pentecostés, se dice de los primero cristianos: “Ellos perseveraban en la doctrina de los apóstoles” (Hechos 2, 42).

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Cuando un hermano cae: dolor y esperanza de un sacerdote



Hay dolores que no se gritan: se llevan en silencio, como quien sangra por dentro. Uno de los más inexpresables es el de ver a un hermano sacerdote que ha perdido el rumbo de su vocación. No es un dolor teórico ni lejano: a sus hermanos nos toca en la fibra más profunda, porque todos compartimos la misma unción. Desde aquel día en que el Obispo nos impuso las manos y quedamos sellados para siempre, somos una familia. Y cuando uno se extravía, los demás sentimos que algo se rompe dentro de nosotros.

Sin embargo, esta herida no debe llevarnos al escándalo paralizante ni al juicio severo. Si duele a par de muerte, es porque amamos el sacerdocio y porque conocemos lo que está en juego: la salvación de las almas, la fecundidad de la Iglesia, la gloria de Dios, la ilusion del Corazón de Jesús. El pecado de uno no borra la santidad de los demás, ni mucho menos la santidad del sacramento. El presbiterio de esa diócesis es bueno, muy bueno, entregado, silenciosamente heroico. No se avergüenza de llorar por el hermano caído, ni de ofrecer por él sacrificios y horas de adoración.

Nuestro dolor purifica, no es estéril si lo convertimos en oración. Cada lágrima que derramamos por un hermano puede ser ofrecida para que el Señor lo rescate, lo devuelva a casa, lo haga más santo de lo que fue antes de caer. La historia de Pedro, que negó a Cristo y luego fue el primero de los apóstoles, nos recuerda que nadie está perdido si se deja alcanzar por la mirada de Jesús.

La caída de uno de nosotros es un aldabonazo de Dios para revisar nuestra vida, no para mirar al de al lado con sospecha. Es momento de volver al Evangelio, de recordar las exigencias de nuestra vocación y de tener presente la advertencia de Pablo, el gran enamorado: Qui se existimat stare, videat ne cadat! (1Cor 10, 12). O aquel aviso del Aguila de Hipona: «No hay pecado en el mundo que el hombre no pueda cometer si la mano que hizo al hombre dejara de sostenerlo» (S. Agustín, Soliloquio I, 1).

Limpieza transparente

Un sacerdote sin sencillez termina perdiendo el sentido de lo esencial; un sacerdote sin limpieza de vida se vuelve presa fácil del mundo y de sus sombras; un sacerdote sin transparencia acaba por desconectarse de sus hermanos.

La coherencia está en en que nuestro estilo de vida predique más que nuestras homilías. Nuestro celibato, vivido con limpieza de corazón, no es una carga: es la libertad de amar con un corazón indiviso. La transparencia en la mirada, la elegancia en las palabras, el pudor en los gestos, la delicadeza en el trato son el mejor sermón que podemos predicar en un mundo saturado de impureza, de mentira, de hedonismo. No basta con ser castos: hay que ser luminosos, de modo que la gente pueda ver en nosotros a Cristo, el Esposo de la Iglesia.

Lo nuestro es la moderación en las diversiones, el equilibrio en el uso de las redes, el tiempo dedicado a cosas que edifican. Uno de los grandes peligros del sacerdocio es vivir sin guía espiritual. El sacerdote necesita abrir el alma, dejarse acompañar, dejarse corregir: sin alguien experimentado y sobrenatural que lo escuche y lo confronte con la verdad, está expuesto a perder la objetividad de su propia conciencia.

¿Y nuestros viajes? Algunos serán necesarios y sacerdotales, pero otros dispersan, inquietan, mundanizan, desestabilizan interior y exteriormente. Hay un modo de moverse que enriquece, y otro que fatiga el alma y la expone a tentaciones innecesarias. Lo advertía Kempis: «Qui multum peregrinantur, raro sanctificantur» (De imitatione Christi I, 23) También es vital cultivar el gusto por la lectura seria, por el estudio, por el tiempo de silencio, de oración prolongada ante el sagrario, de recogimiento en casa. Un sacerdote que no sabe estar quieto en presencia de Dios termina vacío, devorado por las urgencias.

Herejía del activismo

Así llamó Pío XII a este sutil enemigo que hace que hoy quienes ocupan cargos se vean sometidos a reuniones incesantes que, lejos de nutrir la vida espiritual, la agotan. Son fruto de un semipelagianismo tristemente presente en la Iglesia, que parece confiar más en inacabables y peculiares planes pastorales y en el esfuerzo humano que en la gracia divina. Este asambleísmo de raíz posconciliar, más cercano a una visión protestante y sinodalista que a la concepción jerárquica y sacramental de la Iglesia, ha llevado a multiplicar encuentros, comisiones y reuniones interminables que roban tiempo a la oración, al silencio, a encuentros amigables con otros sacerdotes, a pasatiempos legítimos que esponjen la psiquis y alivien las tensiones, y a verdaderos planes pastorales en contacto con las almas.

Si el sacerdote no defiende su tiempo de oración, de lectura, de descanso, de paseo o deporte, de retiros periódicos…, corre el riesgo de vaciarse interiormente, quedar indefenso frente a las tentaciones, y hasta de enfermarse físicamente, con las consiguientes repercusiones emocionales y relacionales. El activismo sin contemplación y sin la valentía de descansar (como nos dijo en el Año Sacerdotal Benedicto XVI) mata el alma sacerdotal… y a veces también el cuerpo. Es una forma necia y grotesca de dejar de ser lo que somos.

Ademas, la fraternidad sacerdotal sincera es el gran antídoto contra la soledad peligrosa y autosuficiente. Un sacerdote no puede vivir aislado, sin abrirse a sus hermanos. La amistad sacerdotal no es un lujo, sino un deber. Necesitamos compartir, confrontarnos con caridad, corregirnos, reír y llorar juntos. El silencio cómplice mata; la corrección fraterna salva. «Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma» (Prov 19, 19).

¡Gracias, Jesús, por tus sacerdotes!

La caída de uno no oscurece la fidelidad de tantos otros. A pesar de un sacerdote caído, el pueblo de Dios sigue confiando en sus pastores y rezando por ellos, sabiendo que muchos, incomparablemente más, celebran la Santa Misa con devoción, pasan horas en el confesonario, predican la sana doctrina, visitan enfermos, catequizan niños, orientan vocaciones, acompañan matrimonios y familias, escuchan pacientemente a los que sufren, sirven a los pobres. Ellos son la verdadera noticia, el rostro vivo de Cristo en medio de su pueblo.
La luz es más fuerte que las tinieblas, y el bien que hacen tantos sacerdotes supera con creces la herida que pueda provocar el tropiezo de uno solo.

En el momento del dolor, es justo y necesario levantar los ojos y dar gracias: por la generosidad entusiasta de tantos sacerdotes jóvenes, que entregan lo mejor de sí en sus primeros años de ministerio; por la entrega inmolada de tantos sacerdotes enfermos, que ofrecen su sufrimiento en silencio por el bien de la Iglesia; por la sabiduría veterana de tantos sacerdotes ancianos, que, desde la experiencia, siguen enseñando con su ejemplo; por la fidelidad diaria de profesores, capellanes y párrocos, misioneros y monjes, que oran y sostienen la fe en colegios, hospitales, parroquias y conventos; y por los obispos, que, «catholicæ et apostolicæ fidei cultores», en la zarandeada Iglesia de hoy procuran escuchar, guiar, sostener y alentar a sus sacerdotes.

León XIV: «preparar la tierra»

Basta de ese tedioso y campanudo asambleísmo que fatiga y dispersa, inventando más y más reuniones inútiles. Es urgente, hace décadas, volver al fundamento: una sólida formación humana; una educación viril y sincera de los afectos, erradicando la sensiblería y el infantilismo, aceptando humildemente la realidad y las propias limitaciones. Y sobre esa base, indefectible, una vida espiritual fuerte y ordenada, madura y autoexigente, esponjada y feliz.

En su recién aparecida biografía autorizada por él, León XIV dice algo que hoy más que nunca debiera tenerse presente en los seminarios y en la tan cacareada «formación permanente» de los presbiterios:

«Uno de los aspectos que siempre he considerado muy importante y que conduce a una sana formación es empezar con el principio tomista de que la gracia perfecciona la naturaleza. Así que tenemos que preparar la naturaleza, preparar la tierra donde vas a intentar sembrar la semilla, para decir: ¿quiénes son estas personas que están llegando? La dimensión humana es extremadamente importante. Eso significa ayudar a los jóvenes, en primer lugar, a conocerse a sí mismos. Obviamente, el formador tendría que conocerlos hasta cierto punto, pero no tratar de saltar a la espiritualización de «tienes una vocación, reza mucho y entonces Dios te hará un buen sacerdote». Hay que preparar la tierra. Eso no sucede automáticamente todo el tiempo, así que es preciso caminar con estos jóvenes que muestran algún indicio de tener una vocación, para ayudarlos a reconocer quiénes son, cuáles son sus dones y debilidades, a aprender a respetarse unos a otros, a desarrollar un concepto sano de la humanidad, a ser libres. Algunos me han criticado por esto, pero yo no era tan disciplinario, de quitar toda la libertad personal y decir «debes hacer esto», y donde cada minuto del día está altamente reglamentado, porque la gente no crece hacia la libertad de esa manera, crece hacia la conformidad. A menudo, si la persona no está sana en todos los niveles cuando comienza este proceso, forzarla a cumplir ciertas normas [no es lo mejor]. Mucha gente puede hacerlo, pero, luego, cuando salen de la formación y se convierten en sacerdotes o religiosos, las dificultades que quizá ya existían reaparecen y vienen los problemas».

Mujer, ¡ahí tienes a tu hijo!

No hay recetas mágicas ni es posible desarraigar de nosotros la concupiscencia, pero tengamos al menos «vergüenza torera». Debemos ser lo que somos: hombres, sacerdotes y santos. ¡Por ese orden! Nobleza obliga. Primero, reciedumbre y sentido del deber, seriedad y alegría, espíritu de sacrificio y de trabajo, fidelidad a la palabra dada y apertura desinteresada a la amistad, ecuanimidad y vigilante dominio de sí, austeridad sobria y desprendida, capacidad relacional con naturalidad, libertad y hombría en la gestión de los afectos, renunciamiento propio, muerte a los caprichos pueriles y al centrifugado de los problemas reales o imaginarios, sonora carcajada frente al culto al cuerpo y a la hipocondría, olímpico desprecio de las modas, manifestación de la propia identidad en todos los detalles del modo de vestir. Después, o simultáneamente, rezar, rezar, rezar mucho: adoración eucarística silenciosa, sin guitarritas ni testimonios; Santa Misa bien preparada, celebrada y agradecida, sin protagonismo invasivo de la homilía, o sea, «mío»; rezo fiel y puntual del breviario, munus suavissimum del sacerdote, su gozosa y voluntaria «esclavitud» orante por las almas, siete veces al día. Y ayuno, en alguna de sus mil posibilidades. Sólo él hace huir a satanás. Pues, al decir de la Santa, «regalo y oración no se compadecen».

María, Madre de los sacerdotes, nos mantenga fieles hasta el final y alce con su mano al hermano caído, para que un día podamos abrazarlo de nuevo en la alegría de la reconciliación. Que ningún sacerdote del mundo deje de rezar el Santo Rosario ni un solo día de su vida: si somos fieles a esta cita diaria con la Señora, Ella no permitirá que nos perdamos.

El sacerdocio es la mayor gracia que hemos recibido. No es nuestro, es de Cristo, para gloria de la Santísima Trinidad y para el pueblo de Dios. Por eso, aunque el dolor de hoy es inmenso, seguimos de pie, seguimos en guardia, seguimos luchando, alentados por la celestial vencedora de todas las batallas de Dios. La dulzura de esta certidumbre nos consuela y nos enardece: Maria duce!

Mons. Alberto José González Chaves

sábado, 18 de enero de 2025

El P. Alejandro Gwerder, cancelado




Conozco al P. Alejandro Gwerder desde hace muchos años, y doy testimonio que siempre fue un sacerdote entregado completamente al servicio de Cristo y de su Iglesia. Y lo que digo no es una frase hecha; es la realidad más pura. Y destaco la palabra clave: entrega, y la ha sido en todos los órdenes de su vida. Y desde que lo conozco ha tenido la virtud constante de resistir los embates que recibía periódicamente por su entrega. Y lo peor de todo es que, quienes lo atacaban, eran los “buenos”.

Hay un detalle que es constante en su vida apostólica. Con su dulzura y humildad, y con su fidelidad a la enseñanza de la Iglesia, siempre atrajo a muchos fieles. Siempre. Sus misas, sus misiones, sus colegios, sus grupos juveniles, siempre eran los más poblados, los más entusiastas, los que congregaban a los mejores de cada uno de los destinos a los que lo enviaban. Y eso despierta envidias, sobre todo en obispos y sacerdotes cuyo ministerio ideologizado apenas si congrega a un puñado de setentosos o de políticos.

El P. Alejandro Gwerder fue durante años párroco de la Inmaculada Concepción en Rawson, un pequeño pueblo en las entrañas de las húmedas pampas bonaerenses. En su pequeña iglesia neogótica restauró la belleza de la liturgia, celebrando también la misa tradicional. Es desde ese templo desde donde parte anualmente la peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad.

Pero cuando en 2019 fue nombrado arzobispo de Mercedes-Luján Mons. Jorge Scheinig, de lo peor que ha producido el pontificado de Francisco, comenzó la persecución y, pocos años después, el P. Gwerder fue expulsado de su parroquia y dejado sin oficio pastoral, iniciándose un proceso canónico por desobedecer “la nueva corriente eclesial” inaugurada en el último pontificado. Mientras tanto, siguió ejerciendo su ministerio y congregando en sus misas dominicales, que celebra en una quinta que le facilita una familia, a multitudes. Pues, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las parroquias de la arquidiócesis, a las misas del P. Gwerder asisten gran cantidad de fieles, de todas las edades y clases sociales. Y eso enfurece a sus colegas, y despierta envidias.

Finalmente, ayer se comunicó desde el arzobispado, en un documento sin firma —hasta en eso son cobardes— que el Dicasterio del Clero dimitió del estado clerical al P. Gwerder por delitos contra “la obediencia y la comunión”. Sí, el mismo dicasterio que tarda décadas en condenar a abusadores sexuales o que, una ver condenados, los perdona; el mismo dicasterio que permanece impávido mientras sacerdotes comenten los actos más flagrantes contra la obediencia y la comunión de la Iglesia, que tiene veinte siglos, y predican herejías, celebran las liturgias más disparatadas, bendicen parejas homosexuales y comenten abusos inconcebibles contra la unidad de la Iglesia que es católica también en el tiempo, se atreve a condenar a un sacerdote que ha permanecido fiel a la enseñanza que siempre la Iglesia enseñó. No soy canonista y tampoco soy positivista; por eso mismo, me pregunto qué validez puede tener ese tipo de decisiones.

En tanto, hoy se conoció una carta del P. Alejandro Gwerder (aquí), en la que explica sus razones. Y francamente, pocos serán los católicos sinceros que no reconozcan la voz de un sacerdote y pastor católico, y no acuerden con las razones que allí expone.

No me cabe que el ejemplo del P. Gwerder, como el de otros muchos sacerdotes cancelados como él, terminarán dando mucho fruto; fruto que sus perseguidores, condenados al fracaso, son incapaces siquiera de desear.

The wanderer

viernes, 29 de septiembre de 2023

El Papa Francisco y sus cabreados curas de Roma



Los fieles no acuden a los actos del Papa Francisco y al Papa Francisco no le gusta estar con sus curas diocesanos de Roma. 

Ayer, el Papa Francisco se dirigió a la parroquia de Santa María della Salute, en el barrio de Primavalle, invitado por Baldassare, Vicegerente de la diócesis de Roma y obispo auxiliar del sector occidental , a reunirse con los prefectos de su sector y los párrocos de la XXXIV Prefectura. 

La escenografía cuidada, en el interior del Teatro Miguel Ángel, vacío de sillas y presidido por una cruz. Los sacerdotes de la diócesis de Roma presentes no tuvieron ningún miedo de decirle al Papa que se sienten acusados ​​por él y siempre reprendidos. No faltaron críticas sobre la reforma del Vicariato y tienen la impresión de que dirige la diócesis de Roma con un método más empresarial que pastoral. Dejaron muy claro que la elección de Michele Di Tolve como como rector de su seminario era inapropiada. Están dolidos por el mensaje del Papa Francisco que no encuentra en toda su diócesis un sacerdote capaz de formar a los futuros sacerdotes de Roma. El Papa Francisco tiene la intención de reunirse también con los demás sectores, evitando una reunión con todos los sacerdotes de su diócesis.

Hace años que el Papa no se reune, todos juntos, con los sacerdotes romanos. Aunque sigue diciendo que es «obispo de Roma» y firma documentos de San Juan de Letrán, parece tener miedo de encontrarse cara a cara con sus sacerdotes. Una situación similar se vivió en el seno de la Compañía de Jesús donde había dividido completamente la provincia argentina: “Pro Bergoglio” y “Contra Bergoglio” y por este motivo fue enviado a Alemania. Utiliza el mismo método ahora en el Vaticano, sólo se encuentra con aquellos que están dispuestos a estar de acuerdo con él y alabarlo. Parece que Baldassare le aseguró que serían pocos los sacerdotes y que no le darían problemas, la cosa no fue del todo así.

Unos meses después de la publicación de una desastrosa constitución apostólica que revolucionó la Iglesia de Roma, el Papa Francisco decidió enviar al cardenal Gianfranco Ghirlanda para hablar con sus sacerdotes. No quería ir porque sabía muy bien que el clero de Roma literalmente se lo comería. La actitud utilizada en Roma es la misma que se utiliza con la Iglesia Universal. Quien no se ajusta a sus deseos se define como rígido, escalador, clerical

El tiempo pasa y el papa Francisco no parece darse cuenta de que son los viejos en este mundo los que tienen sus ideas, que siguen luchando por una Iglesia que no existe y nunca existirá. Mientras que el Papa ha comenzado a unir las diócesis suburbanas en Roma se procede en la dirección opuesta. Cada sector se está convirtiendo en una diócesis en sí mismo y el papel del cardenal vicario se ha vuelto absolutamente inútil. En este gran caos los sacerdotes ya no saben cómo moverse y nadie les preguntó nada antes de poner sus manos en la Constitución que regula su diócesis.

Specola

lunes, 12 de junio de 2023

Cuidemos a los curas



La Iglesia está atravesando una crisis pocas veces vista en su historia. Y las crisis nunca son gratis; tienen su costo, que en este caso lo paga la totalidad de sus miembros, y el precio son las humillaciones, las cancelaciones, las persecuciones despiadadas a veces y disimuladas otras, propiciadas generalmente por quiénes debieran ser el principio y forma del rebaño.

Y cada cual se apaña como puede para resistir. Los laicos somos los que más barata la sacamos: nuestro propio estado nos exige obligaciones y deberes que nos apartan en buena medida del fragor de la lucha. El cuidado de la familia, la propia profesión y las ocupaciones habituales de cualquier persona que vive en el mundo, lo ubican en territorios que, a su manera son más pacíficos. En pocas palabras, un laico podrá, en el peor de los casos, estar sometido a su esposa o a su esposo; a su suegra o a sus padres, pero nunca estará sometido a un obispo, o a un prior o a un provincial, que suelen ser los superiores más exquisitamente crueles.

Por eso, yo insisto en la necesidad de cuidar a los sacerdotes que son la pieza más frágil de todo el engranaje. Y lo son porque el deber de su propio estado los obliga a estar permanentemente en el ojo del ciclón, sin poder apartarse del vórtice, como sí podemos apartarnos los laicos. Y deben hacerlo, además, acarreando todas las difíciles condiciones propias de su estado: la soledad raramente compensada con la amistad de sus colegas; la casi permanente sensación de vacuidad de sus vidas a las que los conduce ejercer su ministerio en un mundo tan apartado de Dios y en una Iglesia en contubernio con ese mundo; la fragilidad emocional que provoca esta situación; la precariedad económica, sobre todo en países como el nuestro, en el que son verdaderamente pobres; la agitación permanente entre el querer permanecer fieles a Dios y a la Tradición y, a la vez, la necesidad de someterse a los caprichos de su obispo y al frenesí pastoral que se les impone, y tantas otras situaciones más que podríamos mencionar. Y esto le sucede a sacerdotes de todas las diócesis argentinas, de las más pequeñas a las más grandes, y le sucede a sacerdotes de España, y le sucederá también a los de todos los países de lo que alguna vez fue la Cristiandad. Y lo sé porque con mucha frecuencia me escriben al mail simplemente para relatarme sus casos porque se han sentido identificados con algo que yo pude haber escrito en el blog.

Hace algunos días, las monjas benedictinas de Pienza, que están siendo perseguidas en estos meses por su obispo y por la Santa Sede (el valor de su monasterio ubicado en un sitio de privilegiada belleza es de varios millones de euros), escribieron una larga carta en la que, entre otras cosas, decían:

Pero además de los conventos y monasterios perseguidos, hay muchos sacerdotes, para quienes la soledad y la sensación de abandono son aún más difíciles de sobrellevar, sobre todo cuando su ostracismo está motivado por su fidelidad a Cristo. Pero cada uno de nosotros debe reaccionar en conciencia ante la tiranía que se está instaurando en la Iglesia, porque una respuesta coral y decidida podrá demostrar, en primer lugar, que no es compartida ni deseada por la mayoría de los fieles y, en segundo lugar, que la apostasía actual sólo puede frenarse mediante un retorno incondicional a Nuestro Señor. Durante demasiado tiempo nos hemos antepuesto a Jesucristo, el diálogo con el mundo al deber de evangelizar a todas las naciones, como Él nos ordenó. Pero ¿cómo hacerlo, cuando estamos solos, distraídos de la oración y el recogimiento por acontecimientos que no tienen nada de espiritual? ¿Cómo hacerlo, cuando se está privado de los Sacramentos, del consuelo de la Misa, del alimento del Pan eucarístico?

Lo que mencionan las religiosas es fundamental. No podemos pasar sin los sacerdotes porque no podemos pasar sin los sacramentos. Podemos pasar sin los obispos, a quienes vemos muy de tanto en tanto, pero no sin sacerdotes a quien vemos, y necesitamos, cada día o cada domingo. Por eso, en este momento crucial, tan difícil y doloroso por el que está atravesando la Iglesia, creo que es un responsabilidad particularmente delicada que nos incumbe a nosotros, los laicos, acompañar y sostener a aquellos sacerdotes que, en su intención de mantenerse fieles a la fe y a la tradición de los apóstoles, son hostigados a diestra y siniestra. Cada uno sabrá el modo de hacerlo; no siempre se trata de ayudas económicas, que también, sino de la amistad, la cercanía y el agradecimiento pues, sin ellos, estaríamos perdidos.

The Wanderer

viernes, 17 de marzo de 2023

El fin del sacerdocio



Una de las obsesiones más recurrentes, e insistentes, del camino sinodal alemán es el celibato sacerdotal para los nuevos y para los ya ordenados que quisieran casarse sin tener que renunciar al ejercicio del ministerio. El tema fue aprobado con una abrumadora mayoría, cerca del 95% de los votos en favor. Cuando un sacerdote elige el sacerdocio, debe actuar por vocación, sabiendo que no desempeñará un trabajo como cualquier otro: el celibato, como ha sostenido siempre Benedicto XVI, no debe entenderse como una renuncia, sino como un don, a saber, el de servir sólo al Señor y al rebaño que le ha sido confiado. El sacerdote ya tiene una familia y es la comunidad de los fieles a la que está llamado a servir en el nombre del Señor: “el celibato es posible porque Cristo da la gracia para vivirlo. El sacrificio es el instrumento para poder corresponder a esta gracia».

Desde el Vaticano II hemos vivido, el tema no es nuevo, una lucha sin cuartel contra el celibato que hace sospechar que estamos ante un ataque contra el sacerdocio mismo. Permitir que los sacerdotes se casen no favorecería un aumento de vocaciones, el mismo Papa Francisco está finalmente convencido de ello. Es falso argumentar que, al ofrecer a los sacerdotes el derecho a casarse, también se colocaría una barrera contra los casos de pederastia: una hipótesis que no se sostiene, dado que la gran mayoría de los sacerdotes pederastas tienen tendencias homosexuales, por lo tanto, difícilmente “tratable” con un matrimonio.

domingo, 4 de diciembre de 2022

¿Qué es el sacerdocio católico? Invitación a jornada vocacional



Lejos de lo que se piensa, Dios sigue llamando, hoy y siempre, a participar más íntimamente de la obra de la salvación

No es preciso ir a buscarlos muy lejos: están allí, entre nosotros. Son almas nobles que no desean otra cosa que inmolarse por Dios y su Iglesia; almas grandes que sólo buscan hacer algo de bien en estos tres o cuatro días que tenemos de vida; almas que desean almas…


Inscripción previa, AQUÍ


– “¿Y si Dios me llama para ser sacerdote?”.

Pues ese es el motivo de esta jornada vocacional que viviremos: analizar la posibilidad de que Dios pueda estar llamando a alguien al sacerdocio.

No hace falta estar decidido; sólo estar dispuesto a analizarlo.

La jornada es libre y gratuita, y está pensada para jóvenes varones de hasta 30 años de edad (se grabarán y publicarán luego las pláticas).

¿Cuándo?: Sábado 17/12/2022, a las 16 hs.

¿Dónde? Ingeniero Maschwitz, Bs.As.

Habrá sacerdotes para atender consultas/confesiones.

Culminará con la Santa Misa.

Dios los bendiga, y a rezar por los frutos.


P. Javier Olivera Ravasi, SE

viernes, 4 de noviembre de 2022

El via crucis de un párroco católico



De forma clara, concreta y concisa: quisiera que los obispos supieran bien el vía crucis que un párroco católico padece en su destino pastoral en el tiempo actual, y no por la acción de los enemigos de la Iglesia sino por efectos de las contradicciones internas de la misma que desde hace medios siglo sufre la comunidad cristiana. Y resalto párroco CATÓLICO; el modernista no sufre calvario alguno sino que toma el ministerio como una función civil sin adhesión ontológica alguna. Hablo del sacerdote ordenado que con toda ilusión acude a su primer destino parroquial y se encuentra con:

1: Solicitudes de bautizo de una gran mayoría de padres no casados por la Iglesia (o por civil o en concubinato) los cuales desconocen por completo que viven en situación objetiva de pecado mortal. Idem de los mismo en los padrinos que, en no pocas ocasiones, o no están confirmados o si lo van a estar es por acudir a catequesis “express” para confirmarse de cualquier manera (o sea sin fe alguna). Ahora cura párroco: celebra los bautizos en un ambiente de increencia, indiferencia y hasta en celo amargo de los que no quieren pagar una mínima tasa y hacen el dispendio en la fiesta familiar.

  • Si nos quejamos nos dirán que tenemos que ser más “sinodales”

2: “Primeras” comuniones. Ya no es la primera sino “LA” comunión (es la única). Madres que acuden a la parroquia con el único deseo de montar una fiesta a sus hijos en ocasión de esa “comunión”; los “sueltan” literalmente en Misa dominical para que los catequistas los cuiden en Misa y luego pretenden mangonear al sacerdote en asuntos de los que no tienen ni idea como la liturgia celebrativa.

  • Si nos quejamos nos dirán que seamos más “cercanos”

3: Confesiones. Cuántas veces hay que negar, o aplazar, la absolución, a fieles que vienen a confesar sin idea alguna del sentido de pecado y, lo que es peor, envenenados de la “teología” posconciliar que durante décadas ha vaciado las conciencias de la moralidad cristiana sobre todo en los mandamientos tercero y sexto de la ley de Dios.

  • Si nos quejamos nos dirán que no seamos “curas torturadores” en la confesión

4: Bodas. Cuando son de fieles no practicantes (hoy son mayoría en España) hay que sufrir verdadera “invasión” de nuestras parroquias de manadas de horteras, catetos y similares que convierten la casa de Dios en pseudoferias de la peor estofa, y no exagero. Y hay que tragarse esa falta de respeto como efecto de décadas de “catequesis” insulsa, buenista y meramente sentimental.

  • Si nos quejamos nos dirán que somos muy “rígidos”

5: Funerales o exequias. Dado que desde hace décadas parece que el infierno dejó de existir, que el purgatorio es una fábula, y que TODOS vamos al cielo hagamos lo que hagamos…., pues de nuevo soportar la presión ambiental para que los funerales se parezcan más a epílogos de películas yanquis que a lo que debiera ser una Santa Misa para implorar el descanso eterno

  • Si nos quejamos…….es que carecemos de “misericordia”

6: Acusaciones falsas. Esto es lo más doloroso humanamente hablando. Cuantos curas son falsamente acusados y sometidos a presunción de culpabilidad por sus mismos superiores para quedar bien con las autoridades civiles (o por miedo a ellas y a los medios informativos)

Son solo seis ejemplos del vía crucis que HOY sufre cualquier cura párroco salvo excepciones muy extraordinarias. Pero ejemplos que nos hacen la idea real de uno de los mayores problemas que padece la Iglesia actual.

Padre Ildefonso De Asís

viernes, 23 de abril de 2021

‘Foro de Curas de Madrid’: la realidad de un grupo que pide votar a partidos anticatólicos



No es la primera vez que la izquierda intenta utilizar sus terminales eclesiales -que las hay- para intentar atraer a católicos despistados. Hoy ha vuelto a ocurrir



Un grupo de curas que arremete duramente contra Vox

Hoy medios progres han difundido un llamamiento de un grupo llamado “Foro de Curas de Madrid” llamando a votar a cualquier partido menos al PP y a Vox. Es más: la web católica Vida Nueva también les ha dado difusión, en el que afirman que les “alarma enormemente” que el PP y Vox puedan gobernar en Madrid. Además, arremeten contra Vox y le acusan de sostener posiciones “anticonstitucionales, antidemocráticas, antifeministas, homófobas y aporobóficas”.

Ese Foro dice reunir a sólo 120 de los más de 1700 curas de Madrid

Muchos se habrán enterado hoy de que existe el llamado “Foro de Curas de Madrid”. ¿Quiénes son? Pues se trata de un pequeño grupo de curas de izquierdas pertenecientes a la Archidiócesis de Madrid y que tienen un blog. En 2009, la revista 21RS dijo que ese Foro “agrupa a 120 teólogos, párrocos y sacerdotes”. En 2016 el Huffington Post les atribuyó la misma cifra de miembros. Hoy Infovaticana indica la misma cifra. En 2018 la Archidiócesis de Madrid señaló que en esa comunidad hay 1.711 sacerdotes, así que incluso suponiendo que todos los de ese citado Foro lo sean, ese grupo izquierdista representa al 7% de los curas de Madrid, algo que no le da derecho a hablar ni en nombre de la Iglesia Católica ni en nombre de todos los sacerdotes de esa diócesis.

El Foro no hace ni una sola crítica a los partidos de izquierdas

Significativamente, el citado Foro ha utilizado la web izquierdista Religión Digital para publicar su comunicado. En él no hacen ni una sola crítica a los partidos de izquierda ni de extrema izquierda, partidos como PSOE, Podemos o Más Madrid que sostienen posiciones abiertamente anticatólicas como la defensa del aborto, de la eutanasia, el laicismo más radical, la imposición de la ideología de género en las escuelas y el ataque a la libertad de educación en general y a la asignatura de religión en particular. Tampoco se muestran preocupados porque pueda gobernar Madrid un partido comunista como Podemos, que justifica las agresiones contra sus rivales políticos, o Más Madrid, que tienen en sus filas a una individua como Rita Maestre, que participó en el asalto a una capilla católica.

El precedente de la Stowarzyszenie PAX en Polonia

Viendo la actitud del citado Foro, no puedo evitar ver un cierto parecido entre él y la Stowarzyszenie PAX, una asociación pseudocatólica creada durante la dictadura comunista polaca para minar a la Iglesia desde dentro. A su pesar, los católicos polacos sentían un gran rechazo por los tiranos comunistas y secundaron a sus obispos en la resistencia a esa dictadura. Los católicos ya estamos acostumbrados a lidiar con submarinos izquierdistas.

¿El arzobispo de Madrid va a desautorizar a esos sacerdotes?

Eso sí, ante la repercusión mediática que ha tenido la nota de dicho Foro, ¿el señor arzobispo de Madrid piensa pronunciarse al respecto? Hay que recordar que en 2018 a un sacerdote se le ocurrió hablar bien de Vox en un medio y la Diócesis de Osma-Soria salió rauda y veloz a desmarcarse de él. Una reacción que no se vio un año antes, cuando más de 300 sacerdotes, diáconos y religiosos de Cataluña apoyaron el golpe separatista del 1-O ante el silencio sepulcral de sus obispos

Desde luego, si yo viviese en Madrid tendría muy clara mi intención de votar a Vox, porque como católico considero que es el partido que mejor defiende mis principios, por no decir el único. Lo que digan unos curas progres a estas alturas, sinceramente, me importa muy poco.
Elentir