BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



martes, 25 de junio de 2019

Los desastrosos nombramientos en la Iglesia latinoamericana (Carlos Esteban)



Hace pocos días nos enterábamos de la frustrada consagración episcopal en la archidiócesis de Santiago de Chile de un sacerdote nombrado como obispo auxiliar menos de un mes antes, y hoy nos enteramos de que un nombramiento similar en Lima sigue adelante pese a estar acusado el candidato de vivir en concubinato con una mujer casada. ¿Qué pasa con los nombramientos episcopales en Latinoamérica?

Los dos casos no son en absoluto equivalentes, sino que más bien establecen un contraste. Carlos Irarrázaval era una elección bastante obvia para la castigada archidiócesis santiagueña, cuyo arzobispo, Ricardo Ezzati, había tenido que renunciar, teóricamente por edad, pero se sospecha que por su implicación en los casos de encubrimiento y que está ahora en manos de un administrador apostólico, Celestino Aos. Irarrázaval fue el encargado de devolver la paz a la parroquia de El Parque, la misma que había sido el epicentro de los abusos homosexuales a menores del padre Fernando Karadima, cumpliendo la misión con celo y delicadeza.

Pero bastaron las protestas de grupos feministas por una frase desafortunada en una entrevista -en absoluto ofensiva o doctrinalmente cuestionable- para que su consagración, anunciada 24 días antes, se frustrara.

En el caso de Ricardo Augusto Rodríguez Alvarez, en cambio, su consagración como obispo auxiliar de Lima sigue adelante hasta la fecha, pese a las denuncias de que el sacerdote vive en concubinato con una mujer casada que se han hecho llegar al nuncio. Rodríguez pudo, incluso, haber sido nombrado arzobispo de Lima y primado del Perú tras la renuncia del anterior titular, el cardenal Cipriani, ya que según fuentes de Infovaticana estaba en la terna presentada a Roma.

Es difícil refugiarse en el socorrido “¿quién mantiene engañado al Papa?”, salvo creyendo en un cúmulo de fatales coincidencias que desafían las leyes de la probabilidad. Su Santidad conoce bien la Iglesia de su Latinoamérica natal, y no pocos nombramientos -como el de Gustavo Zanchetta, el obispo dimisionario de Orán, en Argentina- los ha decidido prescindiendo incluso de los trámites habituales.

También sería difícil recurrir a la ‘misericordia’ que Francisco ha convertido en palabra clave de su pontificado para explicar la elección de un sacerdote poco escrupuloso con el celibato, aunque sin duda será lo que aleguen los sospechosos habituales. Primero, porque la ‘misericordia’ con el alto clero es con frecuencia crueldad con el pueblo fiel, con los feligreses de la diócesis de que se trate. Después de todo, no llegar a obispo no es una desgracia, ni negar esa dignidad es un castigo. El obispo es el pastor, está al servicio del último de los fieles, y nombrar a un sacerdote amancebado es una señal de desprecio hacia el pueblo de Dios.

Pero, en segundo lugar, hemos tenido tiempo sobrado para comprobar que la famosa ‘misericordia’ solo corre en una dirección. No hubo misericordia para Irarrázaval, pese a su intachable historial sacerdotal, como no la ha habido para las Hermanitas de María, para los Franciscanos de la Inmaculada, para la Hermandad de los Santos Apóstoles, para el propio arzobispo Cipriani o su colega de La Plata, Aguer, ambos retirados nada más alcanzar la edad canónica, ni un minuto más, cuando es tan común alargar el plazo cuando conviene.

No se puede tomar muy en serio la celebérrima política de ‘Tolerancia Cero’ cuando el celibato sacerdotal parece tomarse tan a la ligera, no hablemos si se suma a un adulterio. Sí, es cierto que no se trata de ningún delito, que son adultos y consienten, pero ¿eso es todo lo que se puede esperar de nuestra jerarquía, que no delincan? ¿No es poner el listón tan bajo que resulta mucho más probable que estallen los escándalos que están manchando la imagen de la Iglesia en el mundo?

Confiamos, en cualquier caso, que el silencio con el que se han recibido las denuncias contra Rodríguez signifique que el caso se está estudiando en profundidad, y que el resultado será limpiar por completo el nombre de un sacerdote difamado o cancelar su consagración.

Carlos Esteban

El Papa, sobre los panes y los peces: «Esto no es magia, es confianza en Dios» (Carlos Esteban)



“Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: ‘Ahora, distribuidlos’. No.”, dijo Su Santidad en la homilía de la Misa del Corpus Christi glosando el milagro de la multiplicación de los panes y los peces.

Es cierto que en el pasaje evangélico que siempre se ha llamado ‘milagro de la multiplicación de los panes y de los peces no aparece por ningún lado las palabras ‘multiplicar’ y ‘multiplicación’, pero es difícil comprenderlo sin esa operación milagrosa.

“Caía la tarde y los Doce se le acercaron a decirle:

–Despide a la gente que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado.

El les contestó:

–Dadles vosotros de comer.

Ellos replicaron:

–No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío. (Porque eran unos cinco mil hombres.)

Jesús dijo a sus discípulos:

–Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.

Lo hicieron así, y todos se echaron.

El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos” (Lucas, 9, 12-17)

Pero Su Santidad insistió en la homilía de la Misa del Corpus Christi en que “no es verdad” que los panes y los peces se multiplicaran; “simplemente, no se acabaron”.
La interpretación de esta escena como un ‘milagro’ de la solidaridad -es decir, como un no milagro en su sentido estricto- tiene ya bastantes años y se oye con cierta frecuencia en muchas homilías, esa idea de que lo que se desprende de esa escena es la importancia de compartir. Salvo que, naturalmente, no tiene ningún sentido.

Para empezar, no hay modo humano de que cinco panes y dos peces, por muy equitativamente que se repartan, puedan saciar a cinco mil personas hambrientas, ni a quinientas, ni a cincuenta.

Su Santidad no niega explícitamente el milagro; seguiría siendo milagroso que semejante parco almuerzo deje satisfecha a una multitud sin necesidad de multiplicarse. Es una posibilidad, una modalidad de milagro que no exige la multiplicación. Pero el evangelista da el detalle final de que se recogieron doce cestos de sobras, y eso sí parece apuntar claramente a la multiplicación, porque incluso los peces y los panes cabrían holgadamente en una sola cesta.

En cualquier caso, estamos en una de esas ocasiones, deplorablemente frecuentes, en las que el Santo Padre, para acentuar una idea en sí misma buena, como es la importancia de compartir, no tiene reparo en deslizar conceptos que llevan a la confusión y la duda al pueblo cristiano.

Homilía completa del Santo Padre
La Palabra de Dios nos ayuda hoy a redescubrir dos verbos sencillos, dos verbos esenciales para la vida de cada día: decir y dar.

Decir. En la primera lectura, Melquisedec dice: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo […]; bendito sea el Dios altísimo» (Gn 14,19-20). El decir de Melquisedec es bendecir. Él bendice a Abraham, en quien todas las familias de la tierra serán bendecidas (cf. Gn12,3; Ga 3,8). Todo comienza desde la bendición: las palabras de bien engendran una historia de bien. Lo mismo sucede en el Evangelio: antes de multiplicar los panes, Jesús los bendice: «tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos» (Lc 9,16). La bendición hace que cinco panes sean alimento para una multitud: hace brotar una cascada de bien.

¿Por qué bendecir hace bien? Porque es la transformación de la palabra en don. Cuando se bendice, no se hace algo para sí mismo, sino para los demás. Bendecir no es decir palabras bonitas, no es usar palabras de circunstancia: no; es decir bien, decir con amor. Así lo hizo Melquisedec, diciendo espontáneamente bien de Abraham, sin que él hubiera dicho ni hecho nada por él. Esto es lo que hizo Jesús, mostrando el significado de la bendición con la distribución gratuita de los panes. Cuántas veces también nosotros hemos sido bendecidos, en la iglesia o en nuestras casas, cuántas veces hemos escuchado palabras que nos han hecho bien, o una señal de la cruz en la frente… Nos hemos convertido en bendecidos el día del Bautismo, y al final de cada misa somos bendecidos. La Eucaristía es una escuela de bendición. Dios dice bien de nosotros, sus hijos amados, y así nos anima a seguir adelante. Y nosotros bendecimos a Dios en nuestras asambleas (cf. Sal 68,27), recuperando el sabor de la alabanza, que libera y sana el corazón. Vamos a Misa con la certeza de ser bendecidos por el Señor, y salimos para bendecir nosotros a su vez, para ser canales de bien en el mundo.

También para nosotros: es importante que los pastores nos acordemos de bendecir al pueblo de Dios. Queridos sacerdotes, no tengáis miedo de bendecir, bendecir al pueblo de Dios. Queridos sacerdotes: Id adelante con la bendición: el Señor desea decir bien de su pueblo, está feliz de que sintamos su afecto por nosotros. Y solo en cuanto bendecidos podremos bendecir a los demás con la misma unción de amor. Es triste ver con qué facilidad hoy se hace lo contrario: se maldice, se desprecia, se insulta. Presos de un excesivo arrebato, no se consigue aguantar y se descarga la ira con cualquiera y por cualquier cosa. A menudo, por desgracia, el que grita más y con más fuerza, el que está más enfadado, parece que tiene razón y recibe la aprobación de los demás. Nosotros, que comemos el Pan que contiene en sí todo deleite, no nos dejemos contagiar por la arrogancia, no dejemos que la amargura nos llene. El pueblo de Dios ama la alabanza, no vive de quejas; está hecho para las bendiciones, no para las lamentaciones. Ante la Eucaristía, ante Jesús convertido en Pan, ante este Pan humilde que contiene todo el bien de la Iglesia, aprendamos a bendecir lo que tenemos, a alabar a Dios, a bendecir y no a maldecir nuestro pasado, a regalar palabras buenas a los demás.

El segundo verbo es dar. El “decir” va seguido del “dar», como Abraham que, bendecido por Melquisedec, «le dio el diezmo de todo» (Gn 14,20). Como Jesús que, después de recitar la bendición, dio el pan para ser distribuido, revelando así el significado más hermoso: el pan no es solo un producto de consumo, sino también un modo de compartir. En efecto, sorprende que en la narración de la multiplicación de los panes nunca se habla de multiplicar. Por el contrario, los verbos utilizados son “partir, dar, distribuir” (cf. Lc 9,16). En resumen, no se destaca la multiplicación, sino el compartir. Es importante: Jesús no hace magia, no transforma los cinco panes en cinco mil y luego dice: “Ahora, distribuidlos”. No. Jesús reza, bendice esos cinco panes y comienza a partirlos, confiando en el Padre. Y esos cinco panes no se acaban. Esto no es magia, es confianza en Dios y en su providencia.

En el mundo siempre se busca aumentar las ganancias, incrementar la facturación… Sí, pero, ¿cuál es el propósito? ¿Es dar o tener? ¿Compartir o acumular? La “economía” del Evangelio multiplica compartiendo, nutre distribuyendo, no satisface la voracidad de unos pocos, sino que da vida al mundo (cf. Jn 6,33). El verbo de Jesús no es tener, sino dar.

La petición que él hace a los discípulos es perentoria: «Dadles vosotros de comer» (Lc 9,13). Tratemos de imaginar el razonamiento que habrán hecho los discípulos: “¿No tenemos pan para nosotros y debemos pensar en los demás? ¿Por qué deberíamos darles nosotros de comer, si a lo que han venido es a escuchar a nuestro Maestro? Si no han traído comida, que vuelvan a casa, es su problema, o que nos den dinero y lo compraremos”. No son razonamientos equivocados, pero no son los de Jesús, que no escucha otras razones: Dadles vosotros de comer. Lo que tenemos da fruto si lo damos —esto es lo que Jesús quiere decirnos—; y no importa si es poco o mucho. El Señor hace cosas grandes con nuestra pequeñez, como hizo con los cinco panes. No realiza milagros con acciones espectaculares, no tiene la varita mágica, sino que actúa con gestos humildes. La omnipotencia de Dios es humilde, hecha sólo de amor. Y el amor hace obras grandes con lo pequeño. La Eucaristía nos los enseña: allí está Dios encerrado en un pedacito de pan. Sencillo y esencial, Pan partido y compartido, la Eucaristía que recibimos nos transmite la mentalidad de Dios. Y nos lleva a entregarnos a los demás. Es antídoto contra el “lo siento, pero no me concierne”, contra el “no tengo tiempo, no puedo, no es asunto mío”; contra el mirar desde la otra orilla.

En nuestra ciudad, hambrienta de amor y atención, que sufre la degradación y el abandono, frente a tantas personas ancianas y solas, familias en dificultad, jóvenes que luchan con dificultad para ganarse el pan y alimentar sus sueños, el Señor te dice: “Tú mismo, dales de comer”. Y tú puedes responder: “Tengo poco, no soy capaz para estas cosas”. No es verdad, lo poco que tienes es mucho a los ojos de Jesús si no lo guardas para ti mismo, si lo arriesgas. También tú, arriesga. Y no estás solo: tienes la Eucaristía, el Pan del camino, el Pan de Jesús. También esta tarde nos nutriremos de su Cuerpo entregado. Si lo recibimos con el corazón, este Pan desatará en nosotros la fuerza del amor: nos sentiremos bendecidos y amados, y querremos bendecir y amar, comenzando desde aquí, desde nuestra ciudad, desde las calles que recorreremos esta tarde. El Señor viene a nuestras calles para decir-bien, decir bien de nosotros y para darnos ánimo, darnos ánimo a nosotros. También nos pide que seamos don y bendición.

Carlos Esteban

NOTICIAS 23 a 25 de Junio de 2019



INFOCATÓLICA

Se busca un lugar seguro para que pueda vivir el cardenal Pell si se anula su sentencia


ADELANTE LA FE

Father John F. O'Connor warned about Card. Bernardin and was punished


Duración 3:27 minutos




Chicago Cardinal Blaise Cupich kept secret series of documents revealing that the late Chicago Cardinal Joseph Bernardin, a hardcore Modernist, was reported to have abused minors, male seminarians and other adults. According to Church Militant, citing anonymous sources, Cupich who owes his career to Cardinal McCarrick, is now being investigated by state authorities because he failed to reveal these facts. Not surprisingly, Pope Francis chose Cupich as the head of the February abuse summit in the Vatican.

The documents obtained by Church Militant reveal that the Chicago Archdiocese, then Pro-Nuncio to the United States, Archbishop Cacciavillan, and the Vatican Secretary of State were informed of the allegations against Bernardin. But the Vatican didn’t open an inquiry, also because Bernardin was protected by the liberal oligarch media. Commentators on gloria.tv who studied in Rome confirm that Bernardin's pajama parties for young priests were well known. Even Gloria.tv’s Father Reto Nay heard at the time about them.

The American Dominican, Father John F. O'Connor, revealed already in the early 90's Bernardine's sexual abuses. As a result, O'Connor was dismissed from the Dominican order and suspended because - quote – "he harmed the reputation of the Central Province, the whole Dominican Order and the Church with his accusations against Bernardin." His superiors even wanted to force him to undergo a psychiatric treatment, but O’Connor refused. Obviously, his revelations were also ignored by the oligarch media who at the time were promoting sexual contacts between adults and minors.

Bernardin was the leading modernist in the U.S. He was in charge of the assignment of bishops during many years of the pontificate of John Paul II. Church Militant concludes that the Catholic Church in America, as it is now constituted, was designed and engineered by not one but two homosexuals, Cardinal McCarrick and Cardinal Bernardin. They promoted many corrupt priests to the episcopacy. Many of them are still serving in senior posts.

One year ago, Gloria.tv reported that the Vatican Secretary of State, Cardinal Pietro Parolin called Bernardin during a Mass in the Italian home-town of his parents, "the great Joseph Bernardin." Parolin went on claiming that Bernardin was a "great shepherd but then, above all, he suffered so much."