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martes, 26 de mayo de 2026

José Javier Esparza: «Es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional»

 ADELANTE ESPAÑA




José Javier Esparza, director y presentador de El gato al agua, en El Toro Televisión, y autor de títulos tan celebrados como su exitosa trilogía La Reconquista, Historia ilustrada de la legendaria infantería española y El jinete de luz. Clavijo, la batalla prohibida de La Reconquista, entre otros, deja por unos momentos la narrativa histórica para adentrarse en el ensayo con Reiniciar España (La Esfera de los Libros).

La periodista Nieves B. Jiménez le entrevista. Por su interés reproducimos dicha entrevista

Ya sabe cómo somos cuando llamamos al informático y le decimos que no arranca el ordenador después de hacer todo lo que nos ha indicado, que nos pregunta «¿has mirado si está enchufado?» Y, ¡sapristi!, no lo está… Ya le digo yo que nos va a costar poner España otra vez en marcha…

Claro que va a costar. Por eso hay que empezar cuanto antes. Enchufarnos. Es decir, recobrar la conciencia de lo que somos en la Historia como nación, como pueblo, como identidad, como comunidad de personas de carne y hueso que viene de una herencia determinada y que quiere sobrevivir en las generaciones futuras. Eso es enchufarnos.

¿Qué hay que reiniciar? Siguiendo con el símil del ordenador, ¿en qué pantalla se quedó colgada España?

Hay que reiniciar, creo yo, el proyecto nacional. España se quedó colgada en algún momento en el que, sin ser demasiado conscientes de ello, decidimos colectivamente que podía construirse un sistema democrático al margen de la nación: borrar la España histórica y disolvernos suavemente en el mundo global, en la Europa sin rostro, etc. Hoy vemos que nos hemos quedado sin nación, primero, y sin democracia después, hasta el punto de que el país lo gobierna una especie de casta de bandoleros apoyada en partidos separatistas que expresamente desean que España deje de existir. Es urgente salir de aquí.

¿Dónde hemos dejado la fuerza y voluntad de la generación de nuestros padres y abuelos que se sobreponían a tanta adversidad y se construían un camino? Las generaciones que nacieron en los años 30 y 40 del siglo pasado han sido los auténticos protagonistas del milagro español, ¿no cree?

Sin ninguna duda. En mi libro No te arrepientas les dedico un capítulo, porque esa generación es una de las muchas razones que hay para sentirse orgullosos de la Historia de España. Lo tuvieron difícil y salieron adelante. ¿Por qué no habría de pasar ahora lo mismo? Los problemas son distintos, pero las ganas de sobrevivir colectivamente deberían ser idénticas.

Dice que España está en vías de desaparecer como nación, España ya no sería España, ¿qué sería?

En lo que se va convirtiendo hoy es en una especie de unidad administrativa fragmentada en oligarquías, tanto territoriales como de otro tipo (políticas, económicas, etc.), cada una de las cuales vela sólo por su propio interés. El mismo peligro acecha a las otras naciones de la Europa occidental. La desaparición de la comunidad nacional significa también la desaparición de la democracia, porque ya no hay demos. Entraríamos en otra fase, una fase de descomposición acelerada.

En lo que sí estamos sumidos es en plena docilidad a la farsa del globalismo que apunta usted, obedeciendo como borregos, y una desespañolización creciente… ¿es así?

Era así. Antes. Yo creo que ahora estamos viviendo un gran cambio, lo que en Reiniciar España llamo «la gran clarificación», que hace que todo se vea con mucha más nitidez. El globalismo sigue funcionando como ideología de las élites (políticas, económicas, eclesiásticas), pero cada vez menos gente se traga sus dogmas. Por eso mi libro es más bien optimista: creo que es posible caminar hacia otra parte.

¿De qué hablamos cuando habla en uno de los capítulos de «desconstrucción»? No confundir con deconstrucción como la famosa tortilla de patatas de Ferran Adrià cuyos ingredientes quedaban descompuestos. Más bien España está desmantelada y, para colmo, somos el paraíso de esta desconstrucción, los más entusiastas en la aplicación de las políticas progresistas globales…

Imaginemos un lego, un mecano: uno lo deshace y desperdiga las piezas por el suelo, y eso es una destrucción. La desconstrucción –que es, sí, el término de Derrida– es otra cosa: no sólo destruyes lo construido, sino que atribuyes a cada pieza un significado nuevo y lo vuelves a montar todo dándole una identidad distinta. Ese es el proceso que estamos viviendo en Occidente con la resignificación de casi todo: el rol de los sexos, la historia colectiva, la identidad cultural, el sistema político, etc. España es, en efecto, el paraíso de eso que se ha llamado lo woke, que es desconstrucción en estado puro. Lo cual nos obliga a desconstruir la desconstrucción y volver a dar a cada cosa su significado original. Una nueva revolución cultural, en realidad.

Usted se pregunta si todavía es pecado decir que la apertura a la inmigración masiva es una política deliberada de nuestras élites. Sólo hay que ver las declaraciones de Antonio Garamendi apoyando la regularización de inmigrantes y a Luis de Guindos asegurando que «la inmigración es indispensable para España»…

Y a la Conferencia Episcopal apoyando el empeño. La inmigración masiva, en efecto, es una política deliberada de las élites. Es también un perfecto ejemplo de desconstrucción de nuestras identidades históricas por la vía de cambiar físicamente la composición de nuestras sociedades. ¿Para qué? Evidentemente, para mandarnos mejor. Es una operación de poder. Y contra eso es justo rebelarse.

Por otra parte, cualquiera con sentido común sabe el papel tan importante de la demografía como marcador de las crisis económicas y sociales. ¿Existe una ceguera (voluntaria) de nuestros gobernantes europeos y nacionales ante esta deriva suicida ante la baja natalidad, la inmigración incontrolada…?

Forma parte del mismo proceso. Hay que decir, no obstante, que el retroceso demográfico es hoy una constante universal, está pasando en todas partes, incluidas esas regiones del mundo que siempre nos presentan como produciendo niños sin cesar. El problema de la natalidad es más visible en Europa o en Japón porque aquí empezó antes, pero es general: este siglo nuestro es el primero que ha conocido un retroceso demográfico global desde la peste negra del siglo XIV. Lo natural sería adaptarse a él imaginando formas nuevas de organización, no succionando los recursos demográficos de otros pueblos. Y al margen de eso, es evidente que los europeos llevan dos o tres generaciones aclimatados a un contexto nihilista que empuja a considerar que tener hijos no es una prioridad. Es una forma de suicidio colectivo. Y también aquí el problema de fondo es cultural, mucho más que económico.

Hace poco se cumplió el aniversario del apagón. El PP, hace un tiempo, celebraba el cierre de Garoña y de la sustitución de la energía nuclear y los combustibles fósiles por las renovables. Ahora defiende la energía nuclear como indispensable… y así con otros temas. No extraña que al darle al botón de reiniciar esto colapse…

Hay que entender que el motor de estas decisiones no es el que nos dicen los políticos en sus discursos («salvar el planeta» y todo eso), sino los densísimos conglomerados de intereses económicos y de poder que salen beneficiados en el juego. La alternativa ha de consistir en desenmascarar esos intereses, que nunca coinciden con el interés general, y oponerles una política contraria que realmente busque la supervivencia de nuestras naciones.

Un capítulo elocuente de Reiniciar España es «cuando la izquierda traicionó al pueblo y la derecha traicionó a la nación», explíquenos esto

La izquierda traicionó al pueblo cuando dejó de representar los intereses de las clases populares (aunque fuera tantas veces equivocadamente) para adoptar un discurso supuestamente emancipador, pero cada vez más individualista y, en el fondo, burgués. Es lo que vio Pasolini en las protestas del 68, por ejemplo. Es verdad que, a partir de ese momento, la izquierda se fue enredando en discursos cada vez más alambicados, a veces simplemente lunáticos, que han terminado conduciendo al nihilismo woke. Y la derecha traicionó a la nación cuando prescindió del marco nacional, es decir, de una comunidad política concreta, para limitarse a predicar la gestión económica en un marco cada vez más globalizado donde la soberanía se evapora y uno acaba en manos de poderes exteriores, tanto públicos como privados. Hoy los términos derecha e izquierda son sólo etiquetas posicionales que sobreviven por inercia, pero que han dejado de significar posiciones realmente trascendentales. Lo trascendental es muy claramente la oposición globalismo/soberanismo.

Sugiere una revuelta de las naciones. Usted ha escrito varios libros dedicados a los grandes conquistadores y conquistas de España, ¿Imagina a aquellas figuras épicas contemplando cómo hemos destruido, siglos después, sus logros? ¿Encuentra alguna similitud heroica actualmente o qué principios debería contener esa revuelta?

Es verdad que nadie se baña dos veces en el mismo río, pero el hecho es que siempre hay agua. Puestos a buscar un precedente, a uno le viene a la cabeza aquel monje anónimo que en el año 754, en la Crónica mozárabe, lloraba la «pérdida de España» tras la invasión musulmana. Y sin embargo, aquella España perdida volvió a existir; de otra manera, con otra configuración, después de un largo lapso, pero manteniendo la conciencia de que un día existió. En cierto modo, nos estamos acercando a esa situación. Yo creo que por eso hay tanta gente en el poder que se pone nerviosa con la palabra «reconquista»: quizá entienden, aunque sea oscuramente, que siempre es posible reconquistar. ¿Sobre qué principios? Bueno, este libro está concebido precisamente para dar algunas pistas. Señalemos sólo una, para empezar: es preciso volver a pensar nuestra política en términos de interés nacional.

La red ferroviaria destrozada, Correos, el apagón, el patrimonio que se nos cae a pedazos, y aún hay países negociando con Pedro Sánchez, vamos, que les preguntas si le comprarían un coche usado al presidente y te dicen que sí. Pero, claro, qué países…

Pero precisamente: Sánchez es el tipo de gobernante que el sistema adora, esa mezcla un tanto indecente de nihilismo ideológico y servilismo al poder transnacional. Por eso puede permitirse todo tipo de desafueros sin que nadie desde el exterior le chiste, al revés. Es el niño bonito de las Úrsulas y las Lagardes y los Soros y los Gates. Porque ha convertido España en un bazar de saldo. Con la complicidad necesaria de los poderes en nuestro país, que han olvidado hace ya tiempo cualquier resto de patriotismo.

Tal vez España empiece a reiniciarse tras las elecciones andaluzas. ¿Con un PP de Juanma Moreno salido del régimen del 78, que añora el consenso y sueña con el PSOE «bueno» con el que alcanzaría acuerdos, cuando en el fondo le aterroriza lo que verdaderamente tendrá que hacer: negociar con VOX?

Juanmas los hay en todas partes y en todos los partidos. Son los restos del viejo mundo, aún en el poder, pero al borde ya del precipicio. Lo estamos viendo en toda Europa. VOX representa lo nuevo, es decir, la rectificación del marco político en términos de soberanía nacional, y por eso despierta tanta hostilidad en el sistema, como Alternativa en Alemania, Fratelli en Italia o el RN en Francia. Para el sistema es más aceptable cualquier grupúsculo violento neocomunista o islamista que un movimiento soberanista, porque los primeros no representan ninguna alternativa real, mientras que los segundos implican un cambio radical. En eso estamos.

¿En qué consiste su propuesta para una nueva etapa nacional: «La gran clarificación»? ¿Podemos ser optimistas?

Hablo de la «gran clarificación», que es una fórmula de Carlos Esteban, porque hoy ha quedado claro que detrás de los dogmas globalistas que nos han venido gobernando no había más que apuestas de poder concretas y parciales: ni el planeta se acercaba a su autodestrucción por el CO2, ni la inmigración era necesaria para que nuestros países sobrevivieran, ni las identidades históricas eran el caldo de cultivo del fascismo, ni nos amenazaba a todos una pandemia global, etc. Todo eso ha sido una mera narrativa del poder, y hoy ha quedado al desnudo la mano que la manejaba. Lo que hay que hacer es reaccionar, y el mejor modo de empezar es recuperar la capacidad de decisión en el marco nacional, que es el único lugar desde donde un pueblo puede defenderse. ¿Optimistas? Da igual, la verdad: simplemente, hay que hacerlo porque es nuestra única oportunidad para sobrevivir como pueblo, como comunidad política, como identidad histórica. Ese es ahora el combate. Lo están haciendo Rusia, China, la India, los Estados Unidos… Como dice el primer ministro canadiense, Carney, en esta mesa o eres comensal, o eres menú. Y yo no quiero que me coman.

Nieves B. Jiménez

Munilla contra los críticos de la campaña episcopal: insinuaciones sin respuesta



Hay una figura retórica que merece nombre propio, porque su eficacia consiste precisamente en no terminarse: la frase inacabada. Don José Ignacio Munilla la maneja con destreza de viejo predicador cuando, en su programa de la mañana de las vísperas de Pentecostés, alude a esos «medios que se dicen católicos» y deja, con la naturalidad del que sabe que el oyente completará solo lo que él prefiere no firmar, la elipsis suspendida en el aire. No hace falta acabar la frase. Todos entendemos lo que sigue: medios que se dicen católicos pero que en realidad son fariseos, violentos, racistas, instrumentalizadores de la fe, agitadores que se recrean en la sangre del adversario. El obispo no lo dice; lo deja dicho, que es una forma más cómoda y considerablemente menos costosa de decirlo, pues le permite la acusación sin el peso de sostenerla y la condena sin la incomodidad de argumentarla. Talleyrand, que de elipsis sabía lo suyo, habría apreciado la economía.

VIDEO DE MONSEÑOR MUNILLA. DURACIÓN 51:53


Conviene, por eso, devolverle al obispo una cortesía que él no se concede a sí mismo, que es la de terminar las frases. Si va a acusarnos —y está en su pleno derecho, faltaría más, que para eso tiene micrófono, diócesis y la robusta certeza de quien nunca duda de hallarse del lado correcto—, que nos acuse del todo. Que diga quiénes, que diga qué, que diga cuándo. Porque la insinuación tiene una ventaja inestimable sobre la afirmación: no se puede refutar lo que no se ha llegado a enunciar, y el que insinúa conserva siempre la salida del «yo no he dicho eso» mientras recoge íntegros los réditos de haberlo sugerido. Es la calumnia con coartada incorporada, el género literario favorito de quienes han descubierto que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pero hay algo más interesante que la cobardía gramatical de la frase a medias, y es la asimetría que la sostiene. Imaginemos por un momento que alguno de esos medios que se dicen católicos —pongamos, por hipótesis, uno cualquiera— se refiriese al propio Munilla, o a cualquier otro prelado de su cuerda, con la fórmula «obispos que se dicen católicos». Imaginemos el escándalo. Imaginemos las invocaciones a la comunión eclesial, al respeto debido al sucesor de los apóstoles, a la prudencia, a la unidad, a la mansedumbre evangélica que un periodicucho resentido jamás sabrá comprender. Y sin embargo la fórmula sería exactamente la misma, con la misma estructura, el mismo veneno y la misma elipsis: obispos que se dicen católicos, pero que en realidad. La diferencia no está en la frase. La diferencia está en quién puede permitirse pronunciarla. El obispo se arroga la facultad de dictaminar quién permanece dentro de los márgenes de la catolicidad y quién ha sido ya cordialmente expulsado de ellos —siempre, claro, los que discrepan de él, en una coincidencia tan perfecta entre la ortodoxia y su propia opinión que uno empieza a sospechar que ambas se confunden en su cabeza— mientras a los expulsados no se les reconoce ni el derecho a devolver la pelota. Hay aquí una teología implícita digna de estudio: la de un magisterio que se ejerce hacia abajo y nunca admite reciprocidad, porque juzgar la conciencia ajena es abuso intolerable cuando lo hacen los otros y discernimiento pastoral cuando lo practica uno mismo.

El vídeo de “Alzad la mirada” y el hombre de paja

Vengamos ahora al fondo, porque el obispo tiene la elegancia de proporcionarnos, en el mismo programa, dos muestras espléndidas de cómo se construye un hombre de paja para tener después el gusto de derribarlo.

La primera es la del vídeo. La Conferencia Episcopal ha lanzado una campaña —»Alzad la mirada»— cuya pieza estrella muestra un vagón de metro lleno de individuos absortos en sus pantallas hasta que una voz los invita a levantar los ojos y mirarse los unos a los otros, a descubrir que el del maletín y el estudiante, la chica de los lunares y el muchacho de enfrente, comparten cansancios, dudas y sueños. Es, técnicamente, una pieza impecable. Es también, y esto importa más, un anuncio que podría servir igual de bien para una compañía telefónica, una entidad bancaria con vocación social o el sorteo de Navidad, y al que únicamente un rótulo final adherido con prisa revela como antesala de la visita del Sucesor de Pedro.

En esos noventa segundos de buenismo terapéutico no aparece Cristo. No aparece su Madre. No aparece la Cruz, ni la salvación, ni la conversión, ni el pecado, ni la gracia, ni una sola de las palabras que distinguen al Evangelio de un cursillo de inteligencia emocional. Aparece, eso sí, la empatía. Mucha empatía. La empatía es la única trascendencia que el algoritmo tolera sin protestar, y no es casualidad que la propia campaña se presente a los anunciantes como una iniciativa «contra la polarización» que «trasciende lo religioso para situarse en el debate social»: lo confiesan ellos, no nosotros.

Esa es la crítica. Esa, y ninguna otra. Que la Iglesia se presente ante España, en la víspera de recibir al Papa, convertida en una agencia de filantropía indefinida que ha decidido prescindir del único nombre que justifica su existencia.

Pues bien: el obispo coge esa crítica, la dobla con cuidado, la guarda en un cajón y saca en su lugar otra completamente distinta, fabricada por él mismo a la medida de su comodidad. Según su relato, quienes critican el vídeo lo hacen porque desean la polarización, porque les conviene la tensión, porque necesitan el enfrentamiento entre españoles para sus turbios fines políticos; y a continuación, con un sentido de la oportunidad que merecería mejor causa, desentierra el micrófono abierto de Zapatero en 2008 —»nos conviene que haya tensión», «voy a empezar a dramatizar»— para insinuar que los críticos del vídeo son los herederos espirituales de aquella estrategia, solo que desde la otra orilla.

La maniobra es tan vistosa como deshonesta. Nadie, absolutamente nadie, ha criticado la campaña por defecto de crispación. A nadie se le ha ocurrido reprochar a la Conferencia Episcopal que el vídeo sea poco beligerante. Lo que se le reprocha es exactamente lo contrario de lo que el obispo finge rebatir: que haya disuelto el anuncio del Evangelio en un caldo de fraternidad genérica donde Cristo sobra.

Pero contra esa objeción no tiene respuesta, y entonces hace lo que hace el polemista cuando la verdad le resulta incómoda: cambia la pregunta. Combate con denuedo una posición que nadie sostiene para no tener que defender la suya, que es indefendible. A las hormigas rojas y negras de su parábola habría que añadir una tercera especie: la que agita el bote y luego predica serenidad.

La falsa equivalencia moral

Y la segunda muestra, la más grave, porque ya no toca la estrategia sino la doctrina. Dice el obispo, con ese aire de equilibrista que ha confundido la equidistancia con la prudencia, que hoy en España no hay ningún partido plenamente identificable con el Evangelio, que todos tienen incoherencias graves, todos, y procede entonces a la enumeración: unos chocan con la defensa de la vida, la familia, la antropología cristiana; otros se alejan en cuestiones de justicia social, migraciones o «dignidad de los pobres»; otros han abrazado discursos belicistas; y prácticamente todos subordinan el bien común a sus estrategias de poder.

La frase tiene la apariencia tranquilizadora de las verdades obvias —por supuesto que ningún partido es la Ciudad de Dios, faltaría más— y esconde bajo esa apariencia un error que la propia Iglesia que el obispo dice servir ha condenado con todas las letras. Porque meter en la misma enumeración, con la misma cadencia y el mismo «todos», el aborto y la política migratoria es no haber entendido —o haber decidido olvidar por conveniencia retórica— la diferencia entre lo que la teología moral llama un mal intrínseco y lo que pertenece al orden del juicio prudencial.

El aborto es la supresión deliberada de un inocente: un intrinsece malum, un acto que ninguna circunstancia, ninguna ponderación, ningún bien ulterior puede volver lícito. Lo enseña Evangelium vitae, lo recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su nota de 2002 sobre el compromiso político de los católicos, lo precisó Benedicto XVI al distinguir entre valores no negociables y opciones contingentes.

La política migratoria, en cambio —cuántos acoger, con qué ritmo, bajo qué condiciones, en qué equilibrio entre el deber de hospitalidad y la capacidad real de integración que el propio Catecismo somete al bien común de la comunidad de acogida— pertenece al terreno donde caben legítimamente posiciones católicas opuestas, donde el fiel puede discrepar del obispo sin salirse un milímetro de la ortodoxia, y donde el pastor que pretende imponer su preferencia prudencial como si fuera dogma comete exactamente el abuso que tanto le indigna cuando cree advertirlo en los demás.

Igualar ambas cosas, alinearlas en una misma lista de «incoherencias graves», repartir el reproche con la ecuanimidad simétrica del que quiere quedar bien con todos, no es prudencia: es relativismo moral con sotana. Es nivelar la montaña y el grano de arena para poder decir, satisfecho, que al fin y al cabo todo son montículos. Y el efecto último —lo diga o no lo diga el obispo, lo quiera o no— es la coartada perfecta para el votante que prefiere no jerarquizar nada porque jerarquizar obliga, y obligar incomoda.

La condescendencia clerical

Resulta entonces que el prelado que tan severamente nos reprende a los demás por instrumentalizar a la Iglesia ha instrumentalizado, en una sola mañana de radio, la palabra de Acquaviva para vestir de mansedumbre su comodidad, la anécdota de Zapatero para combatir a un adversario inexistente, y la insinuación elíptica para excomulgar sin firmar la sentencia.

Todo ello, naturalmente, con un tono que él juzga caritativo y que en rigor es la forma más refinada de la soberbia: la del que se ha repartido a sí mismo el papel de los amables, los amorosos, los serenos, los que alzan la mirada, y ha asignado a quien le contradice el de los resentidos que se recrean en la sangre.

No hay agresividad en su voz, es verdad. Hay algo peor, que es esa condescendencia clerical, suave como el guante de seda de la máxima jesuita, con la que se palmea la cabeza del discrepante antes de dejarlo, con infinita ternura pastoral, extramuros de la catolicidad.

Alzad la mirada, nos pide el obispo. De acuerdo. Alcémosla. Pero alcémosla del todo, hasta lo alto, hasta la Cruz, que es donde está escrito el único nombre que su campaña olvidó mencionar; y no la detengamos, por caridad, a la cómoda altura de su propia opinión.

Mariano Gaspar