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miércoles, 1 de julio de 2026

¿Y los seglares qué hacemos? (por Miguel Escrivá)



Se está escribiendo mucho sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX desde la altura de quien discute el problema con un manual jurídico. Y está bien que sea así. Pero no olvidemos que los sacramentos no se reciben en una nota a pie de página, sino en las parroquias. Y que las parroquias son ese lugar donde, cuando un padre – o una madre- reúne el valor para pedir un rito tradicional, descubre, por la cara estupefacta del cura, que ha preguntado por algo prohibido. Desde esa sacristía o despacho parroquial quería escribir.

Si hoy quiero recibir los sacramentos según el rito tradicional de la Iglesia, la realidad generalizada es que se me prohíbe. Si quiero bautizar a mi hijo en ese rito, o que comulgue por primera vez en una liturgia que le une a sus abuelos y bisabuelos, se me prohíbe. Y no se me prohíbe con la fría cortesía de quien aplica un reglamento: se me prohíbe con una explicitud humillante. El sacerdote me mira como si le hubiera pedido guardar un cargamento de cocaína en la sacristía. El pánico, el desprecio, el miedo a la represalia de su obispo diocesano, el terror a quedar fichado para el resto de su carrera: todo eso cruza por su rostro. Ese rostro de pánico es, hoy, el verdadero magisterio práctico sobre la Misa tradicional. ¿De verdad piensan todos los obispos que merecemos ese trato?

El problema es específicamente el Misal de 1962. No el rito melquita, ni el copto, ni el de un fiel de cualquier denominación oriental: si ese fiel pide su rito y tiene sacerdote, probablemente no solo se le concede, sino que se le agasaja con cariño ecuménico, con curiosidad respetuosa, con la satisfacción del párroco que se siente especial por acogerlo. Toda la hospitalidad litúrgica del mundo está disponible. Toda, menos una. La única tradición a la que la Iglesia latina niega el pan y la sal es la suya propia.

Algunos gozamos de un privilegio —y la palabra me sabe a ceniza—: vivir en una de las pocas diócesis de España donde un grupo reducido, con un permiso especial, en capillas de su propiedad, hace lo que puede. En casi todos los casos no hay una sola parroquia diocesana, sino cuatro paredes propias, sostenidas con los recursos precarios de unos fieles que pagan dos veces: la diócesis con sus impuestos y su Misa con sus limosnas. Allí, de forma excepcional, sí podemos recibir los sacramentos según el rito tradicional. Y con eso debemos darnos por satisfechos. Con que en mi ciudad sobreviva una pequeña capilla tolerada, debemos callar y agradecer, porque es a todo lo que se nos autoriza a aspirar.

Entretanto, nuestros hijos apenas reciben catequesis digna de ese nombre; apenas recibimos los sacramentos en la forma que más nos ayuda en nuestra débil fe; lo tenemos prohibido, recortado, vigilado. Y si alguien lo duda, que haga el experimento: que entre en su parroquia y pida, una sola vez, una sola Misa según el Misal de 1962. Que observe entonces el pánico, ese terror de funcionario al que le piden que firme algo comprometedor. Ese terror es la prueba. Ese es el marco que han suscrito de común acuerdo conservadores y progresistas, los unos por convicción y los otros por comodidad.

Tras Traditionis custodes, la persecución solo ha sabido endurecerse. No se ha buscado pacificar nada. Se ha buscado liquidar un rito con plazos administrativos, esperando que mueran los viejos y desistan los jóvenes.

Porque esa es, sin eufemismos, la Iglesia que se nos prepara: una en la que el rito tradicional está condenado a la extinción por inanición; en la que el rito de 1969 —el que improvisaron Bugnini y los liturgistas de Pablo VI en un par de temporadas de despacho— se impone como la única forma lícita de rezar, sin matices. Esa uniformidad en la modernidad se aplica con un celo que jamás se gasta contra ningún abuso.

Y cuando alguien se empeña en mantener viva esa continuidad sacramental ante el riesgo cierto de su desaparición; cuando hay quien resiste diciendo «nos adherimos fiel y disciplinariamente al Santo Padre, creemos cuanto la Iglesia cree, pero déjennos conservar la Misa de los siglos y el sacerdocio de siempre», la respuesta no es el diálogo: es el anatema. A eso hemos llegado. A que pedir lo que era ley universal hasta anteayer convierta a un católico en sospechoso.

Miles de fieles vivimos en la humillación de tener que preguntar bajando la voz —si es que uno se atreve, porque ya conoce el guion— si sería posible, por favor, con todo respeto, bautizar a un hijo, celebrar una primera comunión o un funeral según el Misal de 1962, por el especial bien espiritual que nos hace. Y nos hemos acostumbrado a esas negativas secas, casi ofendidas, con que se responde en la práctica totalidad de las parroquias y diócesis. Y además a salir de allí con la extraña sensación de haber cometido una falta. Perseguido. Marginado. Señalado.


Ante esto caben respuestas, todas respetables. Hay quien decide aguantar y encomendarse a la Providencia, y acaso sea el camino más santo. Hay quien apuesta por la batalla larga, buscando aquí y allá al obispo más templado, en alguna sede blindada donde todavía se tolera un resquicio en un rincón de Estados Unidos, de Francia o de Alemania. Excelente opción para los sacerdotes. Pero mientras los estrategas calculan, yo entro en mi parroquia, pido el bautismo tradicional para mi hijo o un funeral vetus ordo para mi padre o abuelo y salgo de allí tratado como un delincuente. Me ocurrirá en el cien por cien de las parroquias de mi diócesis, así que vuelvo a la capilla tolerada, a las cuatro paredes del que aún, de momento, tiene su permiso puntual. Benditas sean esas capillas. Esa es nuestra vida, y en ese punto exacto estamos.

¿De verdad es así como queremos dar la batalla, entregándonos mansamente a una estructura diocesana que nos escupe, nos margina y nos violenta cada vez que pedimos lo que es nuestro por derecho de siglos? Si alguien cree que sí, lo respeto. Lo que no haré —no siendo miembro de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X— es sumarme al coro de los que llaman cismáticos a quienes eligen cargar con la incomprensión, la marginación e incluso la excomunión jurídica para que la Misa de siempre (y todo lo que ella conlleva) no muera. No los insultaré y no les colgaré sambenitos, porque la realidad que vivimos los fieles de a pie —no sé la de los clérigos que han encontrado un paraguas que los cubra, pero sí la nuestra— es sencillamente insostenible. Es vergonzosa. Es insultante. Y la defensa de los sacramentos y del sacerdocio tradicional no es ya una cuestión de gustos litúrgicos: es un estado de extrema necesidad.

Salus animarum suprema lex [la ley suprema es la salvación de las almas], dice todavía el último canon del Código. Algún día habrá que recordarles que lo escribieron ellos.

La homilía de Pagliarani en Écône: «Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.»




En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señores, queridos hermanos sacerdotes, queridas hermanas, queridos fieles: por fin ha llegado este día. Qué alegría veros tan numerosos, venidos de los cuatro rincones del mundo.

Quiero, ante todo, agradecer la generosidad de todos los que han preparado esta jornada: de todos los que la han preparado materialmente con dedicación; de todos los hermanos sacerdotes que han preparado los corazones, los espíritus y las inteligencias para este día; y de todos vosotros, que habéis hecho el esfuerzo de viajar como peregrinos hasta aquí, a Écône, en una jornada ciertamente histórica.

¿Cuál es precisamente el significado de este día? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo debemos comprender estas consagraciones?

Estas consagraciones son un acontecimiento que divide, ante el cual es imposible permanecer indiferente. ¿Qué significan para nosotros? Ante todo, esta ceremonia debe ser una manifestación de fe. Esto es muy importante.
Nosotros no elegimos qué debemos creer o dejar de creer. No podemos modificar, reinterpretar ni reconsiderar la fe. Simplemente, tenemos el deber de conservar la fe que la Iglesia ha enseñado siempre. Debemos amarla, debemos vivir de ella y debemos transmitirla.
Si verdaderamente amamos a Nuestro Señor, tenemos el deber de compartir sus bienes, que nos llegan ante todo por la fe. Quien no tiene este deseo de transmitir la fe da la señal de que él mismo no vive de la fe. Y cuanto más es atacada la fe, cuanto más desaparece, más apremiantes se vuelven estos deberes.

Porque sin la fe es imposible agradar a Dios. Es imposible vivir bien. Es imposible salvarse. Y hoy tomamos medios excepcionales, proporcionados a esa necesidad.

Algunos podrían considerar entonces que nos encontramos ante un dilema: elegimos la fe íntegra, pero nos separamos de la Iglesia. Estaríamos, por tanto, eligiendo entre la fe y la Iglesia. Para conservar la fe, ¿estaríamos rompiendo con la Iglesia? Es un falso dilema.

Se pertenece a la Iglesia, ante todo, por la fe, por la profesión íntegra de la fe, por la profesión íntegra de la fe de la Iglesia. Del mismo modo que se pertenece a una nación porque se habla la misma lengua, se comparte la misma identidad y la misma cultura; del mismo modo que se pertenece a una familia porque se lleva el mismo apellido y se vive en la misma casa; del mismo modo se pertenece a la Iglesia porque se profesa la misma fe.

Se trata, por tanto, de un falso dilema en el que no podemos entrar, porque no podemos elegir entre la fe y la Iglesia. Nadie puede hacerlo. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.

Es muy importante comprender esto, aunque quienes están frente a nosotros no quieran comprenderlo. Y todo esto no es una opinión, ni una sensibilidad, ni una opción: es una necesidad.

Se nos acusa de no amar al Papa. Se nos acusa de no respetarlo. Pero es precisamente porque amamos al Papa, sinceramente, como Vicario de Cristo, como cabeza de la Iglesia, por lo que no queremos seguir viendo al Papa humillado junto a falsos pastores, representantes de falsas religiones. ¿Cuántas veces lo hemos visto durante todos estos años?

Es porque amamos al Vicario de Cristo por lo que ya no queremos esta humillación para el Papa, una humillación que recae sobre toda la Iglesia, tratada en pie de igualdad con las falsas religiones.

Lo hemos explicado muchas veces. Lo hemos explicado en casi todas las lenguas que existen sobre la faz de la tierra. ¿Por qué no se ha comprendido? ¿Por qué, en el fondo, hablamos un lenguaje diferente?

Nosotros hablamos el lenguaje de la fe. Queremos la fe, con toda su sencillez. No es complicado. El Credo no es complicado. La profesión de fe que los futuros obispos acaban de hacer no es complicada. Todo el mundo puede comprenderla.

Queremos el lenguaje de la fe, el lenguaje de la Tradición. Y frente a nosotros nos encontramos con un lenguaje que se sitúa en otro nivel, que habla de otras cosas. Es el lenguaje de la inclusión, de la escucha, del diálogo y del acompañamiento.

Nosotros queremos la fe. Y después, en la fe, acompañamos a las personas. ¿Por qué hablar de acompañamiento antes de hablar de la fe? ¿Hacia dónde se acompaña a alguien si antes no se le transmite la verdad? ¿Hacia dónde se conduce a una persona si no se le muestra primero el camino?

Es necesario recuperar el orden: primero la fe; después, la vida cristiana; y, finalmente, el acompañamiento.

Precisamente por eso estamos aquí. No estamos aquí para afirmar una identidad sociológica. No estamos aquí para defender una sensibilidad particular. No estamos aquí para crear una Iglesia paralela.

Estamos aquí porque creemos. Porque creemos que la Iglesia de siempre sigue siendo la Iglesia de hoy. Porque creemos que la Tradición no puede desaparecer. Porque creemos que Nuestro Señor no abandona a su Iglesia. Y porque creemos que la fe católica debe permanecer íntegra hasta el fin de los tiempos.

Por eso estas consagraciones no constituyen una ruptura. Constituyen una continuidad: una continuidad con la fe de siempre; una continuidad con el sacerdocio católico; una continuidad con el sacrificio de la Misa; una continuidad con todo aquello que la Iglesia ha transmitido durante veinte siglos.

Es precisamente esto lo que deseamos conservar. Y conservarlo no solo para nosotros; sería un egoísmo. Queremos transmitirlo. Queremos entregarlo a las generaciones futuras. Queremos que dentro de cincuenta años, de cien años, de doscientos años, siga habiendo sacerdotes que celebren la Santa Misa, que prediquen la verdadera fe y que administren los sacramentos tal como la Iglesia siempre los ha administrado.

Porque la Iglesia no comienza con nosotros. Y tampoco terminará con nosotros. Somos simplemente un eslabón de una cadena. Hemos recibido. Debemos transmitir. Nada más.

Y esto exige sacrificio. Porque conservar la fe tiene un precio. Siempre lo ha tenido. Los mártires pagaron ese precio. Los confesores de la fe pagaron ese precio. Los santos obispos pagaron ese precio. San Atanasio lo pagó. San Hilario lo pagó. San Juan Fisher lo pagó. Santo Tomás Moro lo pagó. También monseñor Lefebvre pagó ese precio. Y nosotros debemos aceptar pagarlo igualmente.

No porque busquemos el sufrimiento, sino porque no queremos traicionar a Nuestro Señor. Porque la fidelidad cuesta. Siempre ha costado. Y siempre costará. Pero esa fidelidad nunca es estéril.

Produce frutos. Produce vocaciones. Produce familias cristianas. Produce almas que aman a Dios. Produce esperanza. Y eso es precisamente lo que vemos hoy.
Mirad a vuestro alrededor. Mirad a estas familias. Mirad a estos jóvenes. Mirad a estos sacerdotes. Mirad a estos seminaristas. ¿Quién puede decir que la Tradición está muerta? ¿Quién puede decir que ya no tiene futuro?
No. La Tradición está viva. Está profundamente viva. Y esa vida no viene de nosotros. Viene de Nuestro Señor.

Precisamente porque esta obra no es nuestra, no tenemos miedo. No sabemos lo que sucederá mañana. No sabemos cuáles serán las consecuencias. No sabemos cuáles serán las pruebas que tendremos que afrontar. Pero sabemos una cosa: la Iglesia pertenece a Nuestro Señor. No nos pertenece a nosotros. Nunca nos ha pertenecido. Y nunca nos pertenecerá.

Por eso podemos tener confianza. Porque es Él quien conduce a su Iglesia, no nosotros. Nosotros sólo debemos permanecer fieles: fieles a la fe, fieles a la Misa, fieles al sacerdocio y fieles a la gracia recibida. Eso basta.
Algunos se preguntan por qué cuatro obispos. La respuesta es muy sencilla: porque debemos asegurar el futuro. No sabemos cuánto tiempo nos concederá la Providencia. No sabemos cuánto vivirán los obispos actuales. No podemos esperar a encontrarnos en una situación de emergencia. La prudencia exige prever, no actuar cuando ya sea demasiado tarde.
Por eso estas consagraciones son un acto de prudencia. No un desafío. No una provocación. No una declaración de guerra. Un acto de prudencia al servicio de la Iglesia. Nada más.

Quisiera decir también una palabra a los cuatro futuros obispos.

Queridos amigos, vais a recibir una gracia inmensa. Pero recibiréis también una cruz muy pesada. No debéis buscar nunca vuestro interés personal. No debéis buscar nunca el honor. No debéis buscar nunca el poder. Debéis desaparecer para que Nuestro Señor sea conocido.

Debéis ser obispos para transmitir, no para innovar. Debéis conservar, no inventar. Debéis ser hombres de oración, hombres de sacrificio, hombres de doctrina y hombres de caridad. Porque la verdad sin caridad hiere, y la caridad sin verdad engaña. Vosotros debéis mantener siempre unidas ambas cosas, como lo hizo siempre la Iglesia.

No olvidéis nunca que el obispo existe para santificar las almas. No para administrar una empresa. No para dirigir una organización. No para convertirse en un personaje público. Existe para conducir las almas al Cielo.

Ese será vuestro juicio. No se os preguntará cuántas conferencias habéis pronunciado, ni cuántos proyectos habéis realizado, ni cuántos aplausos habéis recibido. Se os preguntará si habéis conservado la fe, si habéis transmitido la gracia y si habéis santificado las almas que os fueron confiadas. Eso es todo. Y eso basta.

Por eso os encomendamos hoy de manera muy especial a la Santísima Virgen. Ella conservó la fe cuando casi todos habían huido. Ella permaneció al pie de la Cruz. Ella nunca dudó. Ella nunca abandonó a Nuestro Señor. Que sea Ella quien os forme. Que sea Ella quien os proteja. Que sea Ella quien os conserve fieles hasta el final.

Queridos fieles, quisiera dirigirme también a vosotros.

Sin vosotros, esta obra no existiría. Habéis permanecido fieles. Habéis aceptado sacrificios. Habéis recorrido muchos kilómetros para asistir a la Santa Misa. Habéis educado cristianamente a vuestros hijos. Habéis sostenido nuestros seminarios. Habéis rezado por nuestros sacerdotes. Habéis sufrido con nosotros. Y hoy compartís también esta alegría.

No penséis nunca que vuestra fidelidad carece de importancia. Es gracias a familias como las vuestras que la Iglesia continúa viviendo. Es gracias a vuestra fidelidad cotidiana que Nuestro Señor sigue reinando en las almas.

Continuad siendo sencillos. Continuad siendo profundamente católicos. No busquéis jamás la polémica por sí misma. No busquéis vencer a nadie. Buscad únicamente la verdad y vivid esa verdad con humildad.

No tenemos enemigos. Tenemos almas a las que amar. Tenemos personas por las que rezar. Tenemos una Iglesia a la que servir. Y tenemos un Cielo que conquistar.

Por eso debemos conservar siempre la paz: la paz que nace de la verdad, la paz que nace de la gracia y la paz que nace de la confianza en Dios.

No permitáis nunca que la amargura entre en vuestros corazones. No permitáis nunca que el resentimiento sustituya a la caridad. No permitáis nunca que las pruebas os hagan perder la esperanza.

Porque Dios conduce todas las cosas, incluso cuando nosotros no comprendemos; incluso cuando parece que todo se derrumba; incluso cuando la Iglesia atraviesa la noche.

La victoria pertenece ya a Nuestro Señor. Él ha vencido al mundo. Él ha vencido al pecado. Él ha vencido a la muerte. Y por eso podemos caminar con serenidad.
No sabemos cuánto durará esta crisis. No sabemos cómo terminará. Pero sabemos cómo termina la historia. Y termina con el triunfo de Cristo.
Por eso no debemos tener miedo. Debemos rezar. Debemos trabajar. Debemos permanecer fieles. Y debemos conservar siempre una inmensa esperanza.

Queridos amigos, estas consagraciones no son un punto de llegada. Son un punto de partida. Desde mañana comenzará un trabajo aún mayor.
Será necesario seguir formando sacerdotes, seguir predicando, seguir santificando las almas, seguir construyendo familias cristianas y seguir transmitiendo íntegramente la fe. Ese es nuestro deber. Y, con la ayuda de Dios, seguiremos cumpliéndolo.
Encomendemos ahora esta jornada a la Santísima Virgen María. Que Ella conserve a la Iglesia. Que Ella proteja al Santo Padre. Que Ella fortalezca a nuestros nuevos obispos. Que Ella sostenga a nuestros sacerdotes. Y que Ella nos obtenga la gracia de permanecer fieles hasta el último día de nuestra vida.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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Nota de la Redacción: La siguiente es una transcripción provisional de la homilía pronunciada por el P. Davide Pagliarani durante las consagraciones episcopales celebradas en Écône. Al haberse realizado a partir de una grabación del acto, podría contener pequeñas imprecisiones de transcripción que serán corregidas cuando se disponga de la versión oficial del texto.

La FSSPX garantiza su continuidad para una nueva generación con cuatro obispos sin mandato pontificio


Écône, 1 de julio de 2026. Amanece despejado sobre el valle del Ródano en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Desde primera hora de la mañana, los autobuses no dejan de llegar al seminario internacional San Pío X, y una gran carpa —de trazas muy semejantes a aquella que el mundo entero vio en 1988— vuelve a llenarse de fieles llegados de toda Europa. El cielo, limpio por ahora, amenaza lluvia para el final de la mañana; pero nada parece enfriar el ambiente de expectación que se respira en Écône.


Comienza la procesición de entrada con seminaristas, diáconos y sacerdotes, seguidos de los cuatro próximos obispos: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. Finaliza la procesión los obispos Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta y el director general de la FSSPX don Davide Pagliarani.


Se procede a la lectura del mandato previsto para la ceremonia. En el propio ritual se explica que, dadas las circunstancias particulares de estas consagraciones, este punto ha debido ser adaptado respecto de la práctica ordinaria. El secretario general procede a leer una nota aclaratoria: «Es la Iglesia Católica Romana, siempre fiel a las tradiciones recibidas de los apóstoles que en circunstancias completamente excepcionales exige de nuestra parte volver a la preservación de las mismas, esto es: el depósito de la fe y tomar las medidas necesarias para seguir transmitiendolas a todos lo hombres para la salvación de sus almas. Teniendo en cuenta que desde el CV II hasta nuestros días, las autoridades de las Iglesia están imbuidas en un espíritu contrario al de la fe y obra en contra de la santa tradición, (…) ante Dios estimamos que es un deber sagrado para con la Santa Iglesia y las almas de proceder a la consagración de obispos plenamente fieles a la santa tradición y al magisterio constante de la Iglesia (…) «, seguidamente presenta a los sacerdotes que fueron electos como próximos obispos.


El padre Pascal Schreiber hace el juramento medieval de fidelidad y obediencia al apostol San Pedro, al papa y a sus sucesores, seguido de los otros tres presbíteros. Finaliza poniendo sus manos sobre el Evangelio para confirmar su promesa.


Mons. Alfonso de Galarreta procede a hacer el interrogatorio, los candidatos responden «Volo» a las preguntas sobre la fe católica, la doctrina, la vida moral y las obligaciones propias del episcopado. Seguidamente, besan el anillo del obispo consagrante. Finalizados los ritos preliminares, comienza la Misa votiva de la Preciosísima Sangre según el Misal Romano de 1962.


Durante las oraciones iniciales de la Misa, los electos son revestidos con las insignias propias del episcopado: cruz pectoral, túnica, dalmática y casulla pontifical. Continúa la celebración con el Gloria, las oraciones propias del día y la proclamación de la Epístola.


Tras el Gradual comienza la homilía pronunciada por el superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el padre Davide Pagliarani. En su intervención justifica las consagraciones episcopales como una respuesta a la situación actual de la Iglesia: «Hoy tomamos medios excepcionales que son proporcionales a las necesidades de la Iglesia hoy».

Pagliarani rechaza además que estas consagraciones supongan una ruptura con la Iglesia: «¿Estamos en el proceso de elegir entre la fe y la Iglesia —para conservar la fe, nos estamos separando de la Iglesia? Es un dilema falso». Y añade: «Pertenecemos a la Iglesia por la profesión íntegra de la fe. No podemos elegir entre la fe y pertenecer a la Iglesia; nadie puede hacer esa elección. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer dentro de la Iglesia y queremos la Iglesia por la fe, en la fe».


Comienza la consagración episcopal. Los electos se postran rostro en tierra mientras toda la asamblea invoca la intercesión de los santos cantando las Letanías de los Santos.


Imposición de las manos. El obispo consagrante y los obispos asistentes imponen las manos sobre cada uno de los electos pronunciando las palabras: «Recibe el Espíritu Santo». El consagrante recita el gran prefacio de la ordenación episcopal, implorando el descenso del Espíritu Santo sobre los nuevos obispos.


Durante el canto del Veni Creator Spiritus se realizan los ritos esenciales de la consagración episcopal: el obispo consagrante unge con el santo crisma la cabeza y las manos de los nuevos obispos, quienes reciben posteriormente el báculo, el anillo episcopal y el Libro de los Evangelios como signos de su nuevo ministerio. Tras el beso de la paz, la celebración continúa con la Santa Misa, la proclamación del Evangelio y el rezo del Credo.


Comienza la liturgia eucarística con el ofertorio. Los nuevos obispos, ya consagrados, concelebran junto al obispo consagrante la Santa Misa pontifical según el rito tradicional, participando por primera vez en el sacrificio eucarístico con la plenitud del sacerdocio recibida durante la ceremonia.


Los nuevos obispos concelebran junto al obispo consagrante una misma y única Misa, recibiendo una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, un rito que el propio Pontifical Romano presenta como una práctica que «se remonta a la más remota antigüedad» y que expresa la íntima unión entre la consagración episcopal y el Sacrificio eucarístico.

El rito conserva una forma excepcional de concelebración propia del uso antiguo: no se trata de una concelebración ordinaria o masiva, sino de una práctica ligada tradicionalmente a momentos particularmente solemnes, como las consagraciones episcopales y las ordenaciones sacerdotales. En esta forma, el obispo consagrante conserva el lugar principal y los recién consagrados participan recibiendo de él una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, subrayando el carácter jerárquico del rito y la unidad del sacerdocio en torno a un único sacrificio eucarístico.


Tras el rezo del Padrenuestro, la fracción del Pan y el Agnus Dei, el obispo consagrante comulga primero bajo las dos especies y, a continuación, administra la Sagrada Comunión a los obispos recién consagrados.


Concluida la Misa, comienza la tercera y última parte de la ceremonia. Los nuevos obispos reciben las insignias que restaban por imponer, entre ellas la mitra y los guantes pontificales. A continuación son entronizados solemnemente: el obispo consagrante los conduce uno a uno a su sede y les entrega el báculo pastoral. Mientras se entona el Te Deum en acción de gracias, los recién consagrados recorren la iglesia impartiendo por primera vez la bendición episcopal a los fieles. Finalizado el himno, regresan al presbiterio para el acto de homenaje, antes de concluir la celebración con la salida solemne.