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miércoles, 1 de julio de 2026

La homilía de Pagliarani en Écône: «Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.»




En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señores, queridos hermanos sacerdotes, queridas hermanas, queridos fieles: por fin ha llegado este día. Qué alegría veros tan numerosos, venidos de los cuatro rincones del mundo.

Quiero, ante todo, agradecer la generosidad de todos los que han preparado esta jornada: de todos los que la han preparado materialmente con dedicación; de todos los hermanos sacerdotes que han preparado los corazones, los espíritus y las inteligencias para este día; y de todos vosotros, que habéis hecho el esfuerzo de viajar como peregrinos hasta aquí, a Écône, en una jornada ciertamente histórica.

¿Cuál es precisamente el significado de este día? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo debemos comprender estas consagraciones?

Estas consagraciones son un acontecimiento que divide, ante el cual es imposible permanecer indiferente. ¿Qué significan para nosotros? Ante todo, esta ceremonia debe ser una manifestación de fe. Esto es muy importante.
Nosotros no elegimos qué debemos creer o dejar de creer. No podemos modificar, reinterpretar ni reconsiderar la fe. Simplemente, tenemos el deber de conservar la fe que la Iglesia ha enseñado siempre. Debemos amarla, debemos vivir de ella y debemos transmitirla.
Si verdaderamente amamos a Nuestro Señor, tenemos el deber de compartir sus bienes, que nos llegan ante todo por la fe. Quien no tiene este deseo de transmitir la fe da la señal de que él mismo no vive de la fe. Y cuanto más es atacada la fe, cuanto más desaparece, más apremiantes se vuelven estos deberes.

Porque sin la fe es imposible agradar a Dios. Es imposible vivir bien. Es imposible salvarse. Y hoy tomamos medios excepcionales, proporcionados a esa necesidad.

Algunos podrían considerar entonces que nos encontramos ante un dilema: elegimos la fe íntegra, pero nos separamos de la Iglesia. Estaríamos, por tanto, eligiendo entre la fe y la Iglesia. Para conservar la fe, ¿estaríamos rompiendo con la Iglesia? Es un falso dilema.

Se pertenece a la Iglesia, ante todo, por la fe, por la profesión íntegra de la fe, por la profesión íntegra de la fe de la Iglesia. Del mismo modo que se pertenece a una nación porque se habla la misma lengua, se comparte la misma identidad y la misma cultura; del mismo modo que se pertenece a una familia porque se lleva el mismo apellido y se vive en la misma casa; del mismo modo se pertenece a la Iglesia porque se profesa la misma fe.

Se trata, por tanto, de un falso dilema en el que no podemos entrar, porque no podemos elegir entre la fe y la Iglesia. Nadie puede hacerlo. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.

Es muy importante comprender esto, aunque quienes están frente a nosotros no quieran comprenderlo. Y todo esto no es una opinión, ni una sensibilidad, ni una opción: es una necesidad.

Se nos acusa de no amar al Papa. Se nos acusa de no respetarlo. Pero es precisamente porque amamos al Papa, sinceramente, como Vicario de Cristo, como cabeza de la Iglesia, por lo que no queremos seguir viendo al Papa humillado junto a falsos pastores, representantes de falsas religiones. ¿Cuántas veces lo hemos visto durante todos estos años?

Es porque amamos al Vicario de Cristo por lo que ya no queremos esta humillación para el Papa, una humillación que recae sobre toda la Iglesia, tratada en pie de igualdad con las falsas religiones.

Lo hemos explicado muchas veces. Lo hemos explicado en casi todas las lenguas que existen sobre la faz de la tierra. ¿Por qué no se ha comprendido? ¿Por qué, en el fondo, hablamos un lenguaje diferente?

Nosotros hablamos el lenguaje de la fe. Queremos la fe, con toda su sencillez. No es complicado. El Credo no es complicado. La profesión de fe que los futuros obispos acaban de hacer no es complicada. Todo el mundo puede comprenderla.

Queremos el lenguaje de la fe, el lenguaje de la Tradición. Y frente a nosotros nos encontramos con un lenguaje que se sitúa en otro nivel, que habla de otras cosas. Es el lenguaje de la inclusión, de la escucha, del diálogo y del acompañamiento.

Nosotros queremos la fe. Y después, en la fe, acompañamos a las personas. ¿Por qué hablar de acompañamiento antes de hablar de la fe? ¿Hacia dónde se acompaña a alguien si antes no se le transmite la verdad? ¿Hacia dónde se conduce a una persona si no se le muestra primero el camino?

Es necesario recuperar el orden: primero la fe; después, la vida cristiana; y, finalmente, el acompañamiento.

Precisamente por eso estamos aquí. No estamos aquí para afirmar una identidad sociológica. No estamos aquí para defender una sensibilidad particular. No estamos aquí para crear una Iglesia paralela.

Estamos aquí porque creemos. Porque creemos que la Iglesia de siempre sigue siendo la Iglesia de hoy. Porque creemos que la Tradición no puede desaparecer. Porque creemos que Nuestro Señor no abandona a su Iglesia. Y porque creemos que la fe católica debe permanecer íntegra hasta el fin de los tiempos.

Por eso estas consagraciones no constituyen una ruptura. Constituyen una continuidad: una continuidad con la fe de siempre; una continuidad con el sacerdocio católico; una continuidad con el sacrificio de la Misa; una continuidad con todo aquello que la Iglesia ha transmitido durante veinte siglos.

Es precisamente esto lo que deseamos conservar. Y conservarlo no solo para nosotros; sería un egoísmo. Queremos transmitirlo. Queremos entregarlo a las generaciones futuras. Queremos que dentro de cincuenta años, de cien años, de doscientos años, siga habiendo sacerdotes que celebren la Santa Misa, que prediquen la verdadera fe y que administren los sacramentos tal como la Iglesia siempre los ha administrado.

Porque la Iglesia no comienza con nosotros. Y tampoco terminará con nosotros. Somos simplemente un eslabón de una cadena. Hemos recibido. Debemos transmitir. Nada más.

Y esto exige sacrificio. Porque conservar la fe tiene un precio. Siempre lo ha tenido. Los mártires pagaron ese precio. Los confesores de la fe pagaron ese precio. Los santos obispos pagaron ese precio. San Atanasio lo pagó. San Hilario lo pagó. San Juan Fisher lo pagó. Santo Tomás Moro lo pagó. También monseñor Lefebvre pagó ese precio. Y nosotros debemos aceptar pagarlo igualmente.

No porque busquemos el sufrimiento, sino porque no queremos traicionar a Nuestro Señor. Porque la fidelidad cuesta. Siempre ha costado. Y siempre costará. Pero esa fidelidad nunca es estéril.

Produce frutos. Produce vocaciones. Produce familias cristianas. Produce almas que aman a Dios. Produce esperanza. Y eso es precisamente lo que vemos hoy.
Mirad a vuestro alrededor. Mirad a estas familias. Mirad a estos jóvenes. Mirad a estos sacerdotes. Mirad a estos seminaristas. ¿Quién puede decir que la Tradición está muerta? ¿Quién puede decir que ya no tiene futuro?
No. La Tradición está viva. Está profundamente viva. Y esa vida no viene de nosotros. Viene de Nuestro Señor.

Precisamente porque esta obra no es nuestra, no tenemos miedo. No sabemos lo que sucederá mañana. No sabemos cuáles serán las consecuencias. No sabemos cuáles serán las pruebas que tendremos que afrontar. Pero sabemos una cosa: la Iglesia pertenece a Nuestro Señor. No nos pertenece a nosotros. Nunca nos ha pertenecido. Y nunca nos pertenecerá.

Por eso podemos tener confianza. Porque es Él quien conduce a su Iglesia, no nosotros. Nosotros sólo debemos permanecer fieles: fieles a la fe, fieles a la Misa, fieles al sacerdocio y fieles a la gracia recibida. Eso basta.
Algunos se preguntan por qué cuatro obispos. La respuesta es muy sencilla: porque debemos asegurar el futuro. No sabemos cuánto tiempo nos concederá la Providencia. No sabemos cuánto vivirán los obispos actuales. No podemos esperar a encontrarnos en una situación de emergencia. La prudencia exige prever, no actuar cuando ya sea demasiado tarde.
Por eso estas consagraciones son un acto de prudencia. No un desafío. No una provocación. No una declaración de guerra. Un acto de prudencia al servicio de la Iglesia. Nada más.

Quisiera decir también una palabra a los cuatro futuros obispos.

Queridos amigos, vais a recibir una gracia inmensa. Pero recibiréis también una cruz muy pesada. No debéis buscar nunca vuestro interés personal. No debéis buscar nunca el honor. No debéis buscar nunca el poder. Debéis desaparecer para que Nuestro Señor sea conocido.

Debéis ser obispos para transmitir, no para innovar. Debéis conservar, no inventar. Debéis ser hombres de oración, hombres de sacrificio, hombres de doctrina y hombres de caridad. Porque la verdad sin caridad hiere, y la caridad sin verdad engaña. Vosotros debéis mantener siempre unidas ambas cosas, como lo hizo siempre la Iglesia.

No olvidéis nunca que el obispo existe para santificar las almas. No para administrar una empresa. No para dirigir una organización. No para convertirse en un personaje público. Existe para conducir las almas al Cielo.

Ese será vuestro juicio. No se os preguntará cuántas conferencias habéis pronunciado, ni cuántos proyectos habéis realizado, ni cuántos aplausos habéis recibido. Se os preguntará si habéis conservado la fe, si habéis transmitido la gracia y si habéis santificado las almas que os fueron confiadas. Eso es todo. Y eso basta.

Por eso os encomendamos hoy de manera muy especial a la Santísima Virgen. Ella conservó la fe cuando casi todos habían huido. Ella permaneció al pie de la Cruz. Ella nunca dudó. Ella nunca abandonó a Nuestro Señor. Que sea Ella quien os forme. Que sea Ella quien os proteja. Que sea Ella quien os conserve fieles hasta el final.

Queridos fieles, quisiera dirigirme también a vosotros.

Sin vosotros, esta obra no existiría. Habéis permanecido fieles. Habéis aceptado sacrificios. Habéis recorrido muchos kilómetros para asistir a la Santa Misa. Habéis educado cristianamente a vuestros hijos. Habéis sostenido nuestros seminarios. Habéis rezado por nuestros sacerdotes. Habéis sufrido con nosotros. Y hoy compartís también esta alegría.

No penséis nunca que vuestra fidelidad carece de importancia. Es gracias a familias como las vuestras que la Iglesia continúa viviendo. Es gracias a vuestra fidelidad cotidiana que Nuestro Señor sigue reinando en las almas.

Continuad siendo sencillos. Continuad siendo profundamente católicos. No busquéis jamás la polémica por sí misma. No busquéis vencer a nadie. Buscad únicamente la verdad y vivid esa verdad con humildad.

No tenemos enemigos. Tenemos almas a las que amar. Tenemos personas por las que rezar. Tenemos una Iglesia a la que servir. Y tenemos un Cielo que conquistar.

Por eso debemos conservar siempre la paz: la paz que nace de la verdad, la paz que nace de la gracia y la paz que nace de la confianza en Dios.

No permitáis nunca que la amargura entre en vuestros corazones. No permitáis nunca que el resentimiento sustituya a la caridad. No permitáis nunca que las pruebas os hagan perder la esperanza.

Porque Dios conduce todas las cosas, incluso cuando nosotros no comprendemos; incluso cuando parece que todo se derrumba; incluso cuando la Iglesia atraviesa la noche.

La victoria pertenece ya a Nuestro Señor. Él ha vencido al mundo. Él ha vencido al pecado. Él ha vencido a la muerte. Y por eso podemos caminar con serenidad.
No sabemos cuánto durará esta crisis. No sabemos cómo terminará. Pero sabemos cómo termina la historia. Y termina con el triunfo de Cristo.
Por eso no debemos tener miedo. Debemos rezar. Debemos trabajar. Debemos permanecer fieles. Y debemos conservar siempre una inmensa esperanza.

Queridos amigos, estas consagraciones no son un punto de llegada. Son un punto de partida. Desde mañana comenzará un trabajo aún mayor.
Será necesario seguir formando sacerdotes, seguir predicando, seguir santificando las almas, seguir construyendo familias cristianas y seguir transmitiendo íntegramente la fe. Ese es nuestro deber. Y, con la ayuda de Dios, seguiremos cumpliéndolo.
Encomendemos ahora esta jornada a la Santísima Virgen María. Que Ella conserve a la Iglesia. Que Ella proteja al Santo Padre. Que Ella fortalezca a nuestros nuevos obispos. Que Ella sostenga a nuestros sacerdotes. Y que Ella nos obtenga la gracia de permanecer fieles hasta el último día de nuestra vida.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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Nota de la Redacción: La siguiente es una transcripción provisional de la homilía pronunciada por el P. Davide Pagliarani durante las consagraciones episcopales celebradas en Écône. Al haberse realizado a partir de una grabación del acto, podría contener pequeñas imprecisiones de transcripción que serán corregidas cuando se disponga de la versión oficial del texto.