BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



domingo, 17 de mayo de 2026

Clamor ciudadano para pedir la dimisión inmediata de Sánchez: la sociedad civil saldrá a la calle el 23 de mayo en Madrid




Este es un momento de emergencia nacional. Lo que nos jugamos el próximo sábado 23 de mayo no es el éxito de unas siglas políticas ni el ascenso de un candidato específico. Lo que está en juego en las calles de Madrid es la supervivencia de España como nación soberana, como Estado de derecho y como una comunidad de ciudadanos libres e iguales. La cita, convocada por la plataforma Sociedad Civil Española —que aglutina a más de 150 asociaciones—, no es una opción; es un deber moral para todo aquel que contemple con horror cómo se desmoronan los cimientos de nuestra convivencia.

La marcha partirá a las 10:30 horas desde la Plaza de Colón y recorrerá el corazón de la capital hasta el Arco de la Victoria en Moncloa. Es hora de que el clamor de la calle llegue hasta el despacho de quien ha hecho de la mentira su forma de gobierno y de la traición su herramienta de supervivencia.

El fin de la paciencia: Por qué debemos echar a Sánchez

Pedro Sánchez no es un gobernante al uso; es el arquitecto de un proceso de demolición controlada. Desde su llegada al poder, hemos asistido a una aceleración de la hoja de ruta iniciada hace años para liquidar la nación española. Su gestión no se mide en leyes de progreso, sino en escándalos de corrupción, asaltos a la independencia judicial y pactos con quienes tienen como único objetivo destruir España.

La indignación ya no es un sentimiento de partido; es un clamor transversal. Los españoles están cansados de ver cómo su futuro se negocia en despachos oscuros fuera de nuestras fronteras, cómo la igualdad ante la ley desaparece para beneficiar a delincuentes con pedigrí político y cómo las instituciones del Estado —desde el CIS hasta la Fiscalía— han sido colonizadas para servir a la voluntad de un solo hombre. El daño que Sánchez está haciendo a los españoles es profundo, sistemático y, si no reaccionamos ahora, será irreversible.

Un país asediado por la corrupción y el desgobierno

El contexto en el que llegamos a este 23 de mayo es dantesco. El cerco judicial se estrecha sobre el entorno más íntimo del presidente. La sombra de la corrupción ya no solo planea sobre su gobierno, sino que ha entrado en su propia casa. Declaraciones ante el Tribunal Supremo, empresarios señalando tramas de influencias y una sensación de impunidad que ofende a cualquier ciudadano que madruga para cumplir con sus obligaciones.

Mientras la economía de las familias se asfixia bajo una presión fiscal insoportable y un gasto público ineficiente que solo sirve para alimentar una red clientelar, el Gobierno se dedica a la ingeniería social. La manipulación del censo electoral mediante regularizaciones masivas y la concesión exprés de nacionalidades son pruebas de que Sánchez busca un «pueblo a medida», despreciando la voluntad soberana de quienes llevan generaciones construyendo este país.

Por encima de las siglas: Una cuestión de dignidad

Uno de los mayores errores que podríamos cometer este sábado es mirar quién lleva la pancarta de al lado. 
Esta marcha no es de nadie y es de todos. La plataforma convocante ha sido clara: se pide «generosidad política». No importa si tu sensibilidad es conservadora, liberal o simplemente democrática. No importa si votaste a un partido u otro en las últimas elecciones.
El objetivo común es superior a cualquier diferencia táctica: exigir la dimisión inmediata de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones generales.

Es el momento de la sociedad civil. Una sociedad que ha estado aletargada y que ahora despierta ante una «amenaza existencial». El apoyo de formaciones como Vox, o el llamamiento a la movilización de otros sectores, debe entenderse como un refuerzo, no como un límite. Cada español debe acudir con sus propias razones, sus propios símbolos y su propia indignación, pero con una sola voz.

El itinerario de la rebelión cívica

La logística de la marcha está diseñada para ser un testimonio visual de la fuerza de los españoles.

Inicio (10:30h): Plaza de Colón. El punto de partida simbólico de la unidad nacional.

Recorrido: Avanzaremos por las calles de Génova, Sagasta, Carranza, Alberto Aguilera y Princesa.

Final (12:30h): Arco de la Victoria en Moncloa. 

Concluiremos a las puertas del poder, allí donde reside la soberanía secuestrada.

Este recorrido no es solo un trayecto físico; es una declaración de intenciones. Estamos reclamando cada metro de nuestra capital y de nuestro país. El Arco de la Victoria será el escenario donde la sociedad civil diga «basta» a un gobierno que busca sustituir nuestro sistema político por una república confederal que segrega a los ciudadanos en categorías de primera y segunda.

La deriva autoritaria de Sánchez nos ha llevado a un punto donde el Estado de derecho es una cáscara vacía si no se protege desde la calle. La amnistía fue el aviso definitivo: el Gobierno está dispuesto a romper el pacto constitucional de 1978 con tal de no perder el poder. Por eso, el 23 de mayo es también una marcha por la libertad.

El sábado 23: La última frontera

Si no salimos ahora, ¿cuándo lo haremos? No podemos permitirnos la apatía. Los organizadores de la «Marcha por la Dignidad» nos recuerdan que aún estamos a tiempo de revertir este proceso de ruptura. La derogación de leyes infames, la regeneración democrática y la vuelta al respeto internacional solo empezarán el día que Sánchez abandone la Moncloa.

Sánchez confía en nuestro cansancio. Confía en que el ruido de los escándalos diarios nos sature y nos haga desistir. Pero se equivoca. España es mucho más que un gobierno accidental y un presidente narcisista. España es su gente, su historia y su voluntad de seguir existiendo.
El próximo sábado no te quedes en casa. No dejes que la historia diga que, cuando España se asomó al abismo, sus hijos se quedaron mirando
A las 10:30 en Colón, trae tu bandera, trae tu voz y, sobre todo, trae tu determinación. Porque echar a Sánchez es el primer paso necesario para que España vuelva a ser de los españoles.

📍 Sábado 23 de mayo. 10:30h. 
Plaza de Colón, Madrid. 
¡Por la dignidad! ¡Sánchez dimisión!

La fe en los jóvenes (Bruno Moreno)

 INFOCATÓLICA




Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

Por supuesto, sobrenaturalmente hablando y en sentido estricto, solo Dios es digno de fe y no se puede tener fe en ninguna criatura. Incluso si tomamos fe en sentido amplio de confianza, sin embargo, la frasecita sigue chirriando, por la sencilla razón de que existe el pecado original, quizá el dogma más evidente de la Iglesia y extrañamente uno de los menos creídos hoy.

Como sabemos por la doctrina católica y por la experiencia, los jóvenes sufren los efectos del pecado original igual que los viejos, los bebés, los cuarentones y los matusalenes que han pasado ya el siglo. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como enseña San Pablo. No hay nada que haga a la juventud más digna de confianza que cualquier otra etapa de la vida, especialmente en estos tiempos, en los que los jóvenes son a menudo adolescentes perpetuos. La juventud, igual que la ancianidad, la adolescencia, la mediana edad o la niñez, está herida por el pecado original y necesita ser redimida por Cristo.

En ese sentido, tener fe en los jóvenes es una afirmación tan vacía como tenerla en los ancianos, en los malagueños o en los pelirrojos. Peino canas, pero también cuando era joven me molestaban ese tipo de frases, porque me parecía obvio que o bien no tenían contenido real más allá de la retórica o bien eran un disparate. Maldito quien confía en un hombre, dice el profeta. Sea ese hombre viejo, joven o de la edad que sea, podríamos añadir.

Con el tiempo, he ido intuyendo que el fundamento de esas afirmaciones sobre los jóvenes no es racional. Son, más bien, una manifestación de segunda mano de la efebolatría o idolatría de la juventud propia de nuestra época. Al haber apostatado de la fe, el mundo ha perdido también la esperanza de la vida eterna. Abandonado a su suerte, vive aherrojado por el miedo a la muerte y no le queda otro recurso que añorar, imitar y envidiar la pasajera juventud, en la que parece que uno no se va a morir nunca.

Por eso, cuando se dice que la juventud es el futuro, que hay que tener fe en la juventud, que los jóvenes son la esperanza de la Iglesia, que es la hora de los jóvenes y cosas similares, aunque sea con la mejor intención, me parece estar oyendo al mundo moderno gritar: “que nadie me hable de la muerte, que no se mencione siquiera en mi presencia. Dejadme en mi ilusión de que la vida en este mundo no se acaba, aunque sepa en mis huesos que no es cierto y tiemble al pasar frente al camposanto”.

Quizás esté exagerando, pero no mucho.

BRUNO MORENO

¿Valores evangélicos? La Conferencia Episcopal premia a Rosalía en los ¡Bravo! 2025



La Conferencia Episcopal Española entregará este lunes, 18 de mayo, los Premios ¡Bravo! 2025, los galardones promovidos por la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) que, según explican sus propias normas, buscan reconocer «la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación […] que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos o los valores evangélicos».


Precisamente por ello, la decisión de conceder el Premio ¡Bravo! de Música a Rosalía por Lux, después de ver el despliegue de su tour, resulta a lo menos confuso. La crítica no nace únicamente del estilo artístico de la cantante catalana, sino del profundo contraste entre el contenido simbólico de su espectáculo y aquello que la Iglesia afirma querer premiar.

Una estética religiosa convertida en espectáculo

Las crónicas sobre el Lux Tour describen una gira atravesada de principio a fin por referencias explícitas al cristianismo: confesionario, pecado, redención, santidad, Virgen María, penitencia, ángeles, velos, cruces, procesiones e incluso un botafumeiro inspirado en el de Santiago de Compostela.

Sin embargo, esas referencias aparecen integradas dentro de una propuesta escénica que mezcla sensualidad, erotización, cultura de club, provocación sexual y «reinterpretaciones» de la fe cristiana. De hecho, una de las crónicas sobre la gira afirma expresamente que Rosalía “se apropia de los códigos de la fe para volverlos más libres, ambiguos y carnales”.

Ahí está el núcleo de la cuestión.

La tradición católica nunca ha considerado irrelevante el uso del lenguaje religioso o de los símbolos sagrados. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la blasfemia consiste en pronunciar contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, reproche o desafío, así como abusar del nombre de Dios y faltar al respeto debido a las realidades sagradas.

Y aunque no toda utilización artística de elementos religiosos constituye formalmente una blasfemia, resulta difícil ignorar la banalización que supone convertir signos vinculados al arrepentimiento, la santidad o la liturgia en elementos de entretenimiento pop.

El confesionario como recurso viral

Uno de los elementos más comentados del espectáculo es precisamente el “confesionario” que Rosalía incorpora en sus conciertos. Según distintas crónicas, este espacio se ha convertido en una sección viral donde famosos e influencers relatan experiencias sentimentales, sexuales o íntimas ante el público.

El problema no es simplemente estético. El confesionario no es un objeto decorativo ni un símbolo vacío dentro de la tradición católica. Es el lugar sacramental donde el pecador se reconcilia con Dios.

Transformarlo en un recurso teatral para anécdotas románticas o relatos virales refleja precisamente esa deriva contemporánea que trivializa lo sagrado hasta convertirlo en mera escenografía cultural.

Y, sin embargo, es precisamente esta propuesta la que la Conferencia Episcopal ha decidido premiar en nombre de los “valores evangélicos”.

La incoherencia de una Iglesia acomplejada

La cuestión de fondo no es Rosalía. Rosalía hace aquello que el mundo del espectáculo lleva años haciendo: utilizar símbolos religiosos, reinterpretarlos y mezclarlos con narrativas contemporáneas donde lo espiritual queda subordinado a la experiencia individual, la estética y la provocación.

La verdadera pregunta es otra: ¿qué lleva a una institución eclesial a bendecir culturalmente este tipo de propuestas?

Porque los Premios ¡Bravo! no son unos galardones civiles cualquiera. Son premios otorgados “por parte de la Iglesia”. Y eso implica inevitablemente un juicio moral y cultural. Cuando la Conferencia Episcopal distingue una obra concreta, está enviando un mensaje sobre qué considera compatible con el Evangelio y qué entiende hoy por “valores evangélicos”.

El problema es que muchos fieles difícilmente pueden reconocer esos valores en una propuesta artística donde lo religioso aparece constantemente mezclado con sensualidad explícita, ambigüedad moral y una utilización estética de símbolos sagrados.

Cuando la relevancia sustituye al criterio católico

Da la impresión de que ciertos organismos eclesiales llevan años atrapados en la necesidad de resultar culturalmente aceptables ante el mundo contemporáneo. Y en ese intento por parecer modernos, dialogantes y cercanos a la cultura dominante, terminan desdibujando los criterios específicamente católicos.

Premiar a Rosalía puede generar titulares, simpatía mediática y conversación en redes sociales. Pero también transmite otra idea: que la Iglesia institucional ya no considera problemático el uso ambiguo, frívolo o sensualizado de elementos profundamente vinculados a la fe cristiana.

Y eso sí tiene consecuencias.

Porque mientras muchos católicos ven cómo se ridiculizan símbolos religiosos en espacios culturales y mediáticos, descubren ahora que parte de la propia estructura eclesial no solo evita denunciar esa banalización, sino que la premia públicamente.

La pregunta, por tanto, sigue en pie: si estos galardones existen para reconocer el servicio a los “valores evangélicos”, ¿qué entiende hoy exactamente la Conferencia Episcopal por Evangelio?