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miércoles, 4 de febrero de 2026

Un discurso impecable… y prescindible: qué falta en el mensaje de León XIV sobre la fraternidad



El mensaje de León XIV con motivo de la Jornada Internacional de la Fraternidad Humana plantea una cuestión que no es de estilo ni de sensibilidad, sino de naturaleza teológica y de función del papado. No se trata de si el texto es amable, bienintencionado o políticamente oportuno, sino de si es un discurso que solo puede pronunciar un Papa o, por el contrario, uno que podría firmar sin dificultad cualquier autoridad moral genérica del orden internacional.

El texto está cuidadosamente construido para no ofender a nadie. Demasiado cuidadosamente. Habla de fraternidad, de paz, de puentes frente a muros, de compromiso concreto, de solidaridad frente a la indiferencia. Todo eso es verdadero en un plano humano general. El problema es que el plano específicamente cristiano está ausente. No es que esté deformado o mal expresado: simplemente no está.

Cristo no aparece. No como nombre propio, no como referencia salvífica, no como criterio último. Dios es mencionado, pero como fundamento abstracto de una fraternidad universal previa y autónoma. No como el Dios que irrumpe en la historia, juzga, salva, redime y divide. La fraternidad no nace de la adopción filial en Cristo ni de la incorporación al Cuerpo místico, sino de una condición humana compartida que se presenta como suficiente en sí misma. Eso no es herejía. Es algo más sutil: es irrelevancia cristológica.

Desde ese punto de vista, el discurso es impecablemente compatible con el humanismo moral contemporáneo, incluido el de matriz masónica. No porque contenga símbolos esotéricos ni consignas ocultas, sino porque comparte exactamente el mismo suelo conceptual: fraternidad universal, ética de mínimos, Dios como principio moral no confesional, superación de las diferencias religiosas en favor de una moral común. Nada en el texto exigiría ser corregido por un masón; nada obligaría a introducir una referencia específicamente cristiana para hacerlo aceptable en un foro internacional laico.

Esto lleva a la pregunta incómoda: ¿tiene que hablar así un Papa? No si entendemos el papado como un cargo meramente representativo o diplomático. Sí si lo entendemos, como siempre lo entendió la Iglesia, como un ministerio de confesión pública de la fe. El Papa no es el presidente de una ONG espiritual ni el moderador de un consenso ético global. Es el testigo principal de que la paz no es un producto de la fraternidad humana, sino una consecuencia —siempre frágil— de la verdad sobre el hombre revelada en Cristo.

Cuando un Papa habla como podría hablar cualquier otra autoridad moral, no está ampliando el alcance del mensaje cristiano; lo está diluyendo. No está construyendo puentes; está renunciando a decir qué hay al otro lado. Y eso no es prudencia pastoral. Es una opción: la de sacrificar la especificidad cristiana para no incomodar al mundo.

La cuestión, por tanto, no es si el discurso es “bonito” o “bienintencionado”. La cuestión es si es necesario. Y la respuesta, honestamente, es no. El mundo ya tiene suficientes discursos sobre fraternidad genérica. Solo la Iglesia puede —y debe— hablar de Cristo como criterio último de la fraternidad verdadera. Si el Papa no lo hace, nadie más lo hará.

Dejamos a continuación, el discurso completo:

Estimados hermanos y hermanas,

Con gran alegría y un corazón lleno de esperanza, me dirijo a ustedes por primera vez con ocasión de la Jornada Mundial de la Fraternidad Humana y del séptimo aniversario de la firma del Documento sobre la Fraternidad Humana por el papa Francisco y el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. En esta ocasión, celebran lo más precioso y universal de nuestra humanidad: nuestra fraternidad, ese vínculo inquebrantable que une a todo ser humano, creado a imagen de Dios.

Hoy, la necesidad de esta fraternidad no es un ideal lejano, sino una urgencia ineludible. No podemos ignorar el hecho de que demasiados de nuestros hermanos y hermanas están sufriendo actualmente los horrores de la violencia y de la guerra. Debemos recordar que «la primera víctima de toda guerra es la vocación innata de la familia humana a la fraternidad» (Francisco, Carta encíclica Fratelli Tutti, 3 de octubre de 2020, 26). En un tiempo en el que el sueño de construir la paz juntos es a menudo descartado como una «utopía anticuada» (ibíd., 30), debemos proclamar con convicción que la fraternidad humana es una realidad vivida, más fuerte que todos los conflictos, diferencias y tensiones. Es una potencialidad que debe hacerse realidad mediante un compromiso cotidiano y concreto de respeto, de compartir y de compasión.

En este sentido, como subrayé recientemente ante los miembros del Comité del Premio Zayed, «las palabras no bastan» (11 de diciembre de 2025). Nuestras convicciones más profundas requieren un cultivo constante a través de esfuerzos tangibles. En efecto, «permanecer en el ámbito de las ideas y de las teorías, sin darles expresión mediante actos frecuentes y concretos de caridad, acabará por debilitar y desvanecer incluso nuestras esperanzas y aspiraciones más queridas» (Exhortación apostólica Dilexi Te, 4 de octubre de 2025, 119). Como hermanos y hermanas, todos estamos llamados a ir más allá de la periferia y a converger en un mayor sentido de pertenencia mutua (cf. Fratelli Tutti, 95).

A través del Premio Zayed para la Fraternidad Humana, rendimos hoy homenaje a quienes han traducido estos valores en «auténticos testimonios de bondad y caridad humanas» (Discurso a los miembros del Comité del Premio Zayed para la Fraternidad Humana 2026, 11 de diciembre de 2025). Nuestros galardonados —Su Excelencia Ilham Aliyev, presidente de la República de Azerbaiyán; Su Excelencia Nikol Pashinyan, primer ministro de la República de Armenia; la señora Zarqa Yaftali y la organización palestina Taawon— son sembradores de esperanza en un mundo que con demasiada frecuencia levanta muros en lugar de tender puentes. Al elegir el exigente camino de la solidaridad frente al camino fácil de la indiferencia, han demostrado que incluso las divisiones más arraigadas pueden ser sanadas mediante acciones concretas. Su labor da testimonio de la convicción de que la luz de la fraternidad puede prevalecer sobre la oscuridad del fratricidio.

Finalmente, expreso mi gratitud a Su Alteza el jeque Mohammed bin Zayed Al Nahyan, presidente de los Emiratos Árabes Unidos, por su firme apoyo a esta iniciativa, así como al Comité Zayed por su visión y su convicción moral. Sigamos trabajando juntos para que la dinámica del amor fraterno se convierta en el camino común de todos, y para que el «otro» ya no sea visto como un extraño o una amenaza, sino reconocido como un hermano o una hermana.

Que Dios, nuestro Padre de todos, bendiga a cada uno de ustedes, y que bendiga a toda la humanidad.

León XIV

El ataque sin precedentes de Sánchez a la libertad de expresión



Sánchez, contra la libertad, el periodismo y la crítica.

El ataque sin precedentes a la libertad de expresión de Sánchez se materializa en un plan que prohíbe redes sociales a menores de 16 años y crea un sistema estatal para rastrear y perseguir opiniones mediante una llamada “Huella de Odio y Polarización”.

Un proyecto de control ideológico sin precedentes

El presidente Pedro Sánchez anunció el 3 de febrero de 2026 una batería de medidas que marcan un antes y un después en la relación entre el Estado y la libertad de expresión.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez incluye la obligación de verificar la edad en redes sociales y la prohibición de acceso a menores de 16 años. También prevé la creación de un sistema de rastreo de mensajes para medir la llamada “polarización social”. El Gobierno afirma que busca un entorno digital “seguro y democrático”. Sin embargo, la realidad apunta hacia un modelo de vigilancia permanente y control poblacional.

Nunca antes un Ejecutivo en España había planteado un mecanismo estatal de monitorización ideológica a gran escala.

La “Huella de Odio”: la censura disfrazada de protección

Aunque los medios comunicación de Sánchez lo están centrando mayoritariamente en la prohibición del uso de las redes sociales a los menores de 16 años, el elemento más grave del plan es la llamada Huella de Odio y Polarización.

Se trata de un sistema de trazabilidad que rastrea mensajes desde su origen hasta su difusión masiva. La censura de Sánchez se articula así como un mecanismo de vigilancia del pensamiento. El Estado pretende mapear en tiempo real qué ideas considera “polarizantes” o “extremistas”.

El problema para empezar resulta evidente: ¿quién define qué es odio y qué es crítica legítima? Si el Gobierno controla ese criterio, cualquier disidencia puede convertirse en discurso peligroso. Esto no es protección. Es censura ideológica institucionalizada.

Además, tal como señalan los juristas, si lo que se dice en las redes sociales se considera punible ya está el código penal y los juzgados para dilucidarlo. Con esto, el Gobierno elimina la función de los juzgados y se convierten en juez y parte.

Responsabilidad penal de directivos y control del algoritmo

Otro pilar del plan es imponer responsabilidad legal directa a los directivos de plataformas digitales. La censura de Sánchez pretende que los ejecutivos respondan penalmente por los contenidos publicados. Además, el Gobierno quiere tipificar como delito la manipulación de algoritmos.

Esto implica otra vez que el Estado decidirá qué tipo de contenido resulta aceptable. No solo vigila. También condiciona qué información llega a los ciudadanos. El Ejecutivo deja de perseguir delitos concretos y pasa a controlar flujos de información. Ese cambio altera la naturaleza misma de la democracia

Prohibición de redes a menores: intrusión en la patria potestad

El plan también prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Esta medida invade y usurpa directamente la patria potestad.

El ataque a la libertad de Sánchez sustituye el criterio de los padres por imposición legal. El Estado decide ahora cuándo un menor puede expresarse en el espacio digital. Se elimina la libertad educativa y la autonomía familiar. No protege. Usurpa funciones que pertenecen a la familia.

Además, hoy la prohibición afecta a menores de 16 años. Mañana puede afectar a mayores de 18. Después a colectivos considerados incómodos.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez sienta un precedente letal para las libertades civiles. Si el Estado lo consigue puede regular ya cualquier aspecto de la vida privada.

No existe sociedad sana sin libertad de expresión. Y no existe libertad cuando el Estado vigila el pensamiento, lo controla y lo reprime.

El efecto desaliento y la autocensura social

Juristas y expertos alertan del llamado “efecto desaliento” que va a producir. Saber que el Gobierno rastrea mensajes provoca autocensura. El ciudadano deja de opinar por miedo a sanciones. El debate público se vacía y solo quedan las voces aceptadas por el poder.

Todos los sistemas de control comienzan igual. Primero prometen protección. Después limitan derechos. Finalmente terminan convirtiéndose pensamiento único y reprimiendo a los críticos. Es el modelo propio de las dictaduras comunistas.

El ataque a la libertad de expresión y la censura de Sánchez representa una deriva extremadamente peligrosa hacia un modelo de vigilancia ideológica: rastreo de opiniones, control de algoritmos, prohibición de redes y persecución de plataformas configuran un escenario de control estatal del discurso.

Cuando el poder decide qué se puede decir, la libertad de expresión desaparece y la sociedad deja de existir. La libertad muere. La tiranía se consolida. Es lo que quiere conseguir Pedro Sánchez.