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viernes, 7 de mayo de 2021

Estamos hartos y tenemos soluciones (Vídeo) Natalia Prego, Fernando López Mirones

DURACIÓN 7:07 minutos


La Dra Natalia Prego Cancelo especialista en medicina comunitaria y el biólogo Fernando López Mirones reclaman un debate científico, precisamente en honor a los que sufren y a los fallecidos. Médicos y Científicos , biólogos por la verdad unidos, hartos del autoritarismo, porque tienen soluciones.

La grieta en la Iglesia II (Monseñor Héctor Aguer)

INFOCATÓLICA

En la primera nota del mismo título, publicada en InfoCatólica, presenté algunos antecedentes bíblicos, las divisiones en las primeras comunidades cristianas, concretamente los sjísmata que asolaban a la Iglesia de Corinto, y que San Pablo combatió con energía. Asimismo, señalé el origen de la grieta actual en una interpretación del «espíritu del Concilio», corregida repetidamente por Pablo VI. Doctrinalmente, la grieta se abre a causa de la pretensión progresista de imponer «nuevos paradigmas», desdeñando la gran tradición eclesial.

Yo empleo espontáneamente el calificativo de progresista. Según la tercera acepción del término, registrada en el Diccionario de la Real Academia Española, se llama así a «la persona, colectividad, etc. con ideas avanzadas, y a la actitud que esto entraña». En un sentido religioso el término comenzó a usarse ampliamente después del Concilio Vaticano II; hoy en día al movimiento o corriente se le puede atribuir la desacralización o secularización de la misión de la Iglesia, que es reformulada para orientarla, en diálogo con otras religiones y culturas, a hacerse levadura de la fraternidad universal, ya que todos somos hermanos, fratelli tutti. El planeta es la patria, y la humanidad su pueblo, empeñados en un proyecto común para rehacer la historia en una unidad pluriforme que engendre nueva vida. Las prioridades son el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres y la construcción de redes de respeto y fraternidad. Se me ocurre que ante estos avances católicos –que constituyen una verdadera gnosis- la masonería ha quedado descolocada. Este es el lugar para introducir una breve digresión semántica: adelphós –hermano- se decía en la Grecia clásica de los miembros de la misma tribu o nación. En el Nuevo Testamento designa a los miembros de la comunidad cristiana, que comparten la gracia de la adopción filial recibida en el Bautismo. No he encontrado que en el Nuevo Testamento se llame adelphós a un no cristiano.

El Cardenal Robert Sarah, que ha sido inmediatamente «misericordiado» al igual que otros obispos considerados molestos, ha descrito en un libro magnífico la noche que se cierne sobre la Iglesia. En esa obra anota que en comparación con la situación actual, el modernismo de principios del siglo XX, al cual San Pío X destinó la Encíclica Pascendi dominici gregis fue «un simple resfrío». Prolongando esa imagen, podemos decir que ahora hemos pescado una terrible pulmonía (el covid 19 es inocente).

Me detengo un momento en la caracterización del progresismo eclesiástico, que asume implícitamente una filosofía del progreso y el pathos religioso intramundano que es una de sus notas. Hablo de él en términos absolutos, excluyendo versiones y matices. Me parece importante advertir que los mismos se verifican en la adhesión a los criterios progresistas, en las conclusiones pastorales que de ellos se derivan, y en las realizaciones que se producen en las diócesis, desde las más leves o desvaídas hasta las rigurosas. Al hablar del progresismo habría que tener en cuenta las gradaciones que se distinguen entre sí sin perder el nombre, es decir, una identidad fundante. Esta circunstancia ayuda a ser ponderados en el juicio de posiciones eclesiales y de personas, para evitar injusticias que engendran confusión.

La inspiración progresista estaba en pleno auge en los años 70 del siglo pasado; se presentaba como la realización legítima del «espíritu del Concilio», en ajenidad y aun en oposición a la gran Tradición de la Iglesia. El otro borde de la orilla de la grieta era despreciado como «tradicionalismo» –así se hablaba-, como una actitud «conservadora». El progresismo, que tenía sus mentores y un gran poder de difusión, era una verdadera ideología; su incomodidad con la tradición expresaba aquella heterogeneidad que San Vicente de Lerins, en el siglo V, consideraba deformación del auténtico desarrollo católico de la doctrina y las instituciones eclesiales. Ese «nuevo modelo de hablar» –sentenciaba- es más propio de los herejes que de los católicos. El progresismo abrió una grieta en la sólida estructura de la comunión eclesial, y tuvo derivaciones políticas asociadas con los movimientos subversivos que florecían en aquel tiempo.

Mencionemos ahora la dimensión operativa. Cuando gente de ese estilo se apodera de una diócesis en la que todo discurría católica y pacíficamente, instaura una especie de imperialismo: el control despótico puede encubrirse con un rostro de simpatía y con buenos modales. Inclusive puede apelar a una devoción sentimental, como las que profesan algunos movimientos y sociedades apostólicas. La principal presa codiciada es el Seminario, inmediatamente comienzan con la coacción y los ardides para lograr que los candidatos cambien su visión de las cosas y adopten los nuevos planteos; esta actitud suele provocar la dispersión. Algunos se acomodarán a las nuevas circunstancias, otros dejarán el Seminario. El progresismo es esencialmente infecundo; en las diócesis que domina no surgen normalmente vocaciones (¿qué sólidas razones puede ofrecer para que un joven entregue su vida a Dios y a la Iglesia?). Me viene a la memoria al escribir esto la sentencia de Soren Kierkegaard en su Ejercitación del cristianismo: «Lo absoluto consiste únicamente en escoger la eternidad».

El Vaticano II ha ofrecido en los Decretos Presbyterorum ordinis y Optatam totius Ecclesiae renovados criterios para el fomento de las vocaciones sacerdotales, fundados en una teología del ministerio presbiteral y en una espiritualidad que –en mi opinión- valen especialmente para los sacerdotes diocesanos; quienes no tendrán necesidad entonces de unirse a terceras órdenes, o adoptar la espiritualidad de sociedades y movimientos apostólicos. Si en una diócesis se adoptan esa teología y esa espiritualidad del ministerio, pueden florecer vocaciones. Los textos conciliares deben ser leídos, como enseñó reiteradamente Benedicto XVI, a la luz de la Gran Tradición de la Iglesia; en esa continuidad se destacan, a la vez, su arraigo y su novedad. La condición es asumir con fidelidad y coraje esos criterios en una diócesis, instrumentando una inteligente pastoral vocacional.

El vaciamiento de los Seminarios comienza con la decadencia de la formación humanística, que según los Padres Conciliares debe apoyarse en el «patrimonio filosófico de perenne validez» (Optatam totius, 15); incautamente se lo abandona sin advertir que la adhesión a sistemas filosóficos modernos no ofrece el fundamento adecuado para la reflexión teológica. El Vaticano II exhortaba a «profundizar en los misterios y descubrir su conexión por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás» (Optatam totius, 16). El desprecio de Santo Tomás, y el desconocimiento de la renovación tomista protagonizada por Cornelio Fabro, van unidos a un cierto biblicismo y el recurso exclusivo a la teología positiva. Se arruina así el pensamiento de la fe, que debe acompañar a la oración, tratándose de personas que han de ejercer un ministerio de predicación para hacer crecer a los fieles en el conocimiento y el amor a Jesucristo. Los problemas culturales de hoy, sobre todo en una sociedad descristianizada, exigen que el testimonio cristiano esté avalado por una formación que habilite para el diálogo, y si es necesario, para la discusión serena y profunda de aquellas cuestiones más urgentes sobre las cuales hay que contar con el influjo confusionista y superficial de los medios de comunicación.

En la Argentina, diócesis con ochocientos mil o un millón de habitantes cuentan apenas con un centenar de sacerdotes, y los seminaristas se cuentan con los dedos de una mano; ¡pero no les falta obispo auxiliar! Apunto a un rasgo curioso: la multiplicación de obispos auxiliares.

Un signo evidente de la destrucción se encuentra en la liturgia: ni respeto de las rúbricas, ni solemnidad, ni belleza. En la Constitución Sacrosanctum Concilium se recurre constantemente al adjetivo sagrado para designar a la liturgia y sus realidades. El capítulo VI está dedicado a la música sagrada; se dice: «Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra» y concretamente «foméntense diligentemente las scholae cantorum…» (n. 114). En cuanto a los Seminarios, se afirma: «Dése mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminarios» (115). Más aún: «La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana…» y no se excluye la polifonía. Pero caído en manos progresistas se destruye tanto la scholae cuanto el coro polifónico, y se imponen ritmos sincopados y percusivos, los cantos populares carentes de todo valor artístico; se iguala siempre por lo bajo. Además, se prohíbe el latín, con lo que se eliminan aquellos cantos que habían llegado a ser ampliamente utilizados por el pueblo.

En otro artículo me he referido a la falsa oposición entre estudio y pastoral; el menosprecio de la aplicación al estudio comienza en el Seminario, la doctrina, entonces (la didajé o didaskalía), es postergada por una preferencia que se otorga a la hipertrofia de una pastoral, que no pasa muchas veces de devaneos insustanciales. Prematuramente se envía a los seminaristas a las parroquias. Es esta otra dimensión de la grieta que se manifiesta luego en la distribución de los cargos y en la elección de obispos. El progresismo presume de pastoralidad.

Un detalle que puede juzgarse sin mayor relieve, pero que es significativo: el odio de la sotana, cuyo uso suele ser prohibido a los seminaristas; por otra parte, no se cuida respetar la obligación de los clérigos de usar una vestimenta que los distinga. Se trata de secularizar todas las realidades eclesiales; he oído decir ya hace tiempo a algunos obispos que no existe distinción entre sagrado y profano. Un hombre primitivo se escandalizaría de semejante afirmación. Los estudios de fenomenología de la religión muestran claramente que aun en las culturas más antiguas existía un sentido de lo sagrado: era «lo otro», «lo distinto», lo perteneciente al mundo de los dioses. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, instituyó la nueva y definitiva sacralidad en su persona y en su sacrificio pascual, asumiendo y cumpliendo por superación el esbozo de las culturas primitivas y la ritualidad de la Antigua Alianza. Los seminaristas deben ser educados en el reconocimiento de estas realidades para que comprendan la centralidad que tiene en la Iglesia la celebración de los misterios del culto divino.

La cuestión que aquí he esbozado me parece de máxima actualidad, cuando muchos en la Iglesia, impulsados por ciertas declaraciones oficiales, subordinan el orden sobrenatural de los sacramentos a la cobertura de cuestiones culturales, sociales y políticas. No advierten que el principal aporte que puede hacer la comunidad eclesial es la gracia del Señor, capaz de renovar los corazones para que tiendan sinceramente a buscar la justicia tan deseada y a trabajar por ella. El peor servicio que la Iglesia puede hacerle al mundo es mundanizarse, y perder su originalidad para competir con las fuerzas políticas y sociales, consintiendo así con el vacío de Dios que afecta a la cultura actual. ¿Quién puede hacerlo presente, devolverlo al mundo, sino ella? En esto reside el error principal del progresismo.

Quedó explicada la dimensión operativa de la grieta, los casos repetidos en todo el mundo cuando una diócesis es atrapada por la dialéctica progresista. Resta una posible cuestión: puede ocurrir, milagrosamente casi, según las leyes de la inescrutable providencia de Dios, que a una diócesis devastada –pienso en situaciones extremas que se registran en tantos países, digamos por ejemplo Alemania o España-, o hundida en la inoperancia y confundida por la promoción insensata de un diálogo que ha ido corroyendo su sustancia, llega un obispo según la tradición, un hombre de recta doctrina y mucha oración, un caso que en estos últimos años pudo verificarse ut in paucioribus (con poca frecuencia). ¿Qué deberá hacer? Entregar su vida en un empeño pastoral de reconstrucción. Para ello, será prioridad formar sacerdotes: promover con inteligencia la pastoral vocacional, que articule la pastoral familiar y la educativa; si esta actividad tiene éxito, como es muy probable, podrá pensar en la formación de los seminaristas en la propia diócesis. Crear su seminario diocesano -¡si lo dejan!- para aplicar en él los criterios del Vaticano II, en lugar de enviar candidatos a una institución en la que están vigentes las deformaciones impuestas por el falso «espíritu del Concilio», o deficiencias en diversos aspectos. En estas cuestiones se juega el futuro de la Iglesia. Es de esperar una intervención providencial del Señor, y la intervención de su Madre y de San José. Como en el camino hacia Emaús, el Señor parece pasar de largo –autos prosepoiēsato porrōteron poreuesthai - los discípulos le dijeron con insistencia, casi forzándolo: «quédate con nosotros porque ya es tarde y el día se acaba» –Meinon meth’ hēmōn- (Lc 24, 28-30). ¡Sí, quédate con nosotros, Señor, porque se acabó el día, y ha caído la noche sobre la Iglesia!

+ Héctor Aguer

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.
Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.
Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, jueves 29 de abril de 2021.
Memoria de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.

La grieta en la Iglesia I (Monseñor Héctor Aguer)

 INFOCATÓLICA


No es arbitrario considerar que la grieta actual de la Iglesia está íntimamente relacionada con las proyecciones del Concilio Vaticano II. Leyendo las discusiones de los Padres en el aula se advierte la contraposición de dos tendencias.

Monseñor Héctor Aguer – 14/07/20 10:15 AM

En la Argentina actual suele usarse el nombre de grieta para caracterizar la situación política, las divergencias ideológicas entre partidos o sectores de la sociedad, y la discordia, que torna imposible, o muy difícil de lograr, cualquier acuerdo o entendimiento. En realidad, son males ancestrales en nuestra historia. El nombre empleado, asumido por los comentaristas como un término técnico es por demás elocuente. La grieta es, por definición, la «quiebra o abertura que se hace naturalmente en cualquier cuerpo sólido»; es una rotura o hendidura que, aunque no llega a dividir del todo, implica pérdida o menoscabo. Así ocurre en el cuerpo social; por eso principalmente el país se empantana en el subdesarrollo. La grieta es todo lo contrario de la solidaridad, de la amistad social.

El fenómeno señalado se verifica también en la Iglesia, en las comunidades cristianas, y asimismo en este ámbito sucede desde los inicios. Me permito unas pocas referencias bíblicas. El menoscabo es doble, del orden de la fe y del de la caridad. Un caso bien notorio es el de la Iglesia de Corinto, tal como aparece en las dos cartas del Apóstol Pablo. Este reprueba severamente las discordias, por ejemplo: «En el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo»; es decir, que digan todos lo mismo (tò autò légete pántes, que digan y piensen lo mismo); «que no haya divisiones (sjísmata, cismas) entre ustedes y vivan en perfecta armonía», con el mismo pensamiento, manera de ver, sentimiento (nóos) y el mismo juicio o convicción (gnōmē), 1 Cor 1, 10.

Pablo registra la gravedad de los hechos: «Cada uno afirma: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo» (1 Cor 1, 12). Dios ha dispuesto otra cosa para la Iglesia: «Que no haya división -sjísma- y que todos los miembros del cuerpo sean mutuamente solidarios», literalmente: que se preocupen, tengan la misma solicitud -merimnōsin- los unos por los otros. La vida cristiana descarta los arrebatos, la agitación interior que infla el alma, la irritación, el resentimiento y la cólera (1 Tim 2, 8: joris orges kài dialogismoû); el ideal es vivir en paz unos con otros (1 Tes 5, 13: eirenéute en heautôi); ser pacientes con todos (ib. 14: makrothyméite pròs pántas), ayudarse mutuamente a llevar las cargas (Gál 6, 1-2: allelon tà báre bastádzete), y corregir con dulzura (ib. en pnéumati praÿtetos, con espíritu de suavidad).

Todas estas actitudes son posibles, y se hacen necesarias, como aplicación y vivencia de una fe que se comparte unánimemente; los pastores de la Iglesia deben cuidar esa identidad de la fe, como servidores de Cristo, que alimentan con las enseñanzas de la fe y de la buena doctrina (1 Tim 4, 6: tes kalés didaskalías), rechazando los mitos ridículos, cuentos de viejas (ib. 7: graodeis mýthous). La exhortación del Apóstol a su discípulo Timoteo vale para todos los tiempos: «... arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y afán de enseñar» (2 Tim 4, 2: en páse makrothymía kái didajé). Sigue una profecía, cumplida reiteradamente en la historia de la Iglesia: «Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina -tes hyglainoúses didaskalías-, por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas» -mýthous- (2 Tim 4, 2-4). ¡Una excelente descripción de las herejías y, en general, de los errores que dan la espalda a la gran tradición eclesial!. San Vicente de Lerins señalaba que los herejes no sólo no veneran la antigüedad, sino que se apegan a la novedad con todas sus fuerzas; con espíritu de disensión pretenden dar a la Iglesia un aspecto nuevo. Por eso concluía: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

No es arbitrario considerar que la grieta actual de la Iglesia está íntimamente relacionada con las proyecciones del Concilio Vaticano II. Leyendo las discusiones de los Padres en el aula se advierte la contraposición de dos tendencias. Sin embargo, los documentos conciliares fueron aprobados por una casi unanimidad. En la votación final de cada uno de ellos, los votos negativos fueron, según los casos, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 11, 14, 19, 35, 39, 70, 75, 164. El día de la conclusión de la Asamblea, cuando se aprobaron los últimos cuatro documentos, se desencadenó un momento de alegría en el que todos se abrazaban emocionados. Sin embargo, las divergencias que se notaron claramente en el aula conciliar, reaparecieron en el posconcilio. La invocación de un supuesto «espíritu del Concilio» inspiró toda clase de arbitrariedades en materia dogmática, moral, espiritual y de doctrina social. Pablo VI señaló que se trataba de una crisis de fe, y procuró hacerle frente en su magisterio de los años 1968 - 1978. Un caso digno de especial mención fue la oposición de vastos sectores eclesiales a la encíclica Humanae vitae. El largo pontificado de Juan Pablo II permitió hacer un balance y ubicar en su sitio las reformas realizadas. Lo mismo puede decirse del magisterio de Benedicto XVI, quien insistió recordando que los textos del Vaticano II deben ser leídos «a la luz de la gran tradición de la Iglesia». Este Papa dio un paso fundamental para superar la grieta litúrgica al autorizar el empleo de la forma extraordinaria del rito romano. El disenso tenía causas más profundas, que se revelan en la extensión de la grieta actual.

Algunos autores que ejercen un influjo importante, consideran que el Concilio ha revolucionado la manera del hacer y del pensar creyente. Se propone entonces la construcción de un «humanismo nuevo», basado en un cambio radical de paradigmas en diálogo con otras religiones y culturas; la Iglesia tendría que hacerse levadura de la fraternidad universal. Llama la atención el empleo de términos clásicos del vocabulario masónico; la finalidad de la acción eclesial sería hallar, en contacto con otras tradiciones religiosas y renovando el proceso de deshelenización del cristianismo, pistas de resolución de los problemas que afectan a la humanidad de hoy.

La misión evangelizadora de la Iglesia es así alterada en sus elementos esenciales; se la desea incorporar a un proyecto mayor que la supera: una verdadera gnosis, análoga a la que San ireneo refutaba en el siglo II, en su obra «Contra las herejías». Se fomenta de este modo la grieta al reconocer un valor positivo al conflicto, con la convicción insólita de que conduciría a una unidad plena y a la creación de nueva vida; en este planteo asoma la inspiración hegeliana. La misión que el Señor encomendó a los Apóstoles con las palabras inconfundibles del mandato registrado al final de los Evangelios de Mateo y de Marcos, queda secularizada completamente: se trataría de concebir el planeta como patria, y la humanidad como pueblo, para empeñarse en un proyecto común, que ya no es procurar expresamente que todos los hombres crean en Jesucristo, asuman su enseñanza y cumplan todo lo que Él nos ha mandado.

Para emplear los símbolos del Apocalipsis podríamos decir: la Bestia de la tierra, el falso profeta, induce a adorar a la Bestia del mar, la potencia secular divinizada (cf. Apoc. 13). Los nuevos paradigmas de pensamiento y acción tendrían así cabida en el contexto del pluralismo ético-religioso que caracteriza al mundo contemporáneo, y diseñarían en él un modo de hacer la historia para alcanzar una unidad pluriforme que engendre nueva vida. En estos términos se habla. La finalidad es el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres, la construcción de redes de respeto y fraternidad.

Con toda razón, el Cardenal Robert Sarah ha escrito que en comparación con la situación de la Iglesia actual, la crisis modernista, descrita y condenada por San Pío X, fue «un simple catarro». Obviamente, quienes permanecen fieles a la gran tradición eclesial, a la que conocen muy bien y a la que adhieren con amor, no pueden aceptar una transformación de la misión eclesial contraria a su identidad. La grieta afecta a los dos órdenes, el de la fe y el de la caridad; verdad y amor -alētheia y agápē- son inseparables; una especie de «concordia ecumenista» es incompatible con la integridad de la Verdad católica. La alteración de la conciencia teologal y teológica, con la pretensión de diseñar y realizar nuevos sistemas de presentación de la verdad cristiana, solo puede llevar a la ruina de la fe y el más estruendoso fracaso pastoral.

Los principales responsables de la grieta eclesial somos los hombres de Iglesia, con nuestros errores y pasiones (epithymíai, un término frecuente en la Escritura). Pero se debe incluir también un factor preternatural: aquel que es mentiroso -pséustes- y padre del pséudos, mentira, falsedad, acción disfrazada (cf. Jn 8, 44); el diablo, cuyo nombre -diábolos- designa a quien desune, separa, inspira odio o envidia (del verbo diabállo: entrometerse, apartar de algo, disuadir, calumniar, atacar, acusar). La etimología incluye la acción de mezclar y confundir, una especialidad suya; en el caso que nos ocupa importa recordar que la concordia en la Iglesia no puede asegurarse sino en la común aceptación de la Verdad, sin mezclas. La alteración del modo de hablar es en realidad consecuencia de un cambio de pensamiento. San Vicente de Lerins, un Padre del siglo V, como dijimos anteriormente, señalaba como característica de los herejes que no solo no veneran la antigüedad, sino que se apegan con todas sus fuerzas a la novedad; «dan una forma nueva al aspecto exterior de la Iglesia», decía, de allí su recomendación: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

Una pregunta clave: ¿Qué papel se le reserva a Jesucristo en esos proyectos de nuevos paradigmas?. Me he referido especialmente a este problema fundamental para la misión de la Iglesia en mi artículo «Predicar a Jesucristo», publicado oportunamente en «InfoCatólica». Jesús afirma ser «la luz del mundo»; o se vive en la luz (phōs) siguiéndolo a Él, o se permanece en las tinieblas (skotía), Jn 8, 12. En la Última Cena le responde a Tomás, que busca orientación: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Son estos términos absolutos que revelan la identidad del Señor, están por encima de cualquier otra gnosis porque constituyen la única gnosis auténtica: Jesús es el Camino (hodós) que por la Verdad (alētheia) conduce a la Vida (zōḗ); así interpreta el pasaje la mayoría de los Padres de la Iglesia. Él es el camino, y la meta en su unión con el Padre (Jn 14, 10: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí»). Pedro afirmó ante el Sanedrín: «No existe bajo el cielo otro Nombre (ónoma) dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación» (Hech 4, 12). Se trata, entonces, de la salvación; es interesante señalar que este término, sôtèría, ya en el griego clásico significaba la liberación, salud o conservación plenaria de la persona, seguridad para alguien tan inseguro como el ser humano. No puede reducirse a un beneficio provisorio, ni mezclarse con él. La Iglesia no puede dejar de proclamar esta realidad, de presentarla con el máximo respeto y amor por todos; es el servicio que les debe, ejercido con una prudencia que jamás se identifica con el acomodo o el relativismo, porque es sabiduría en el Espíritu Santo.

Por último: podríamos decir que existe una única grieta (si cabe ese nombre) necesaria, imprescindible, evangélica. Los Sinópticos, al presentar la predicación de Jesús muestran que ella, que Él es signo de contradicción; así lo anunció el anciano Simeón a María: Jesús sería sêmeion antilegómenon, y a la Madre una espada le atravesaría el corazón; entonces quedarían al descubierto los íntimos pensamientos de los hombres (Lc 2, 34s.). Jesús mismo declara que no vino a traer la paz (eirene) sino la espada (májaira), y expone los términos de esa grieta: «He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra» (Mt 8, 34 s.). Vino a separar (dijásai); este verbo, dijádzo, significa dividir en dos. Es la división contraria a la que provoca el Enemigo; de su influjo perverso precisamente separa, en función de la Verdad, del Amor, de la salvación. Suscita la libertad, para que esa elección, lejos de menoscabar, solidifique el Cuerpo de la Iglesia, para que reine en él -entonces sí- la paz, la armonía de la fraternidad. ¿Paradojal?. Es el misterio mismo de Cristo y de su Evangelio. La grieta es una salida, un éxodo. Cito a Joseph Ratzinger: «No podemos encontrar a Dios sino en este éxodo, en este salir de la comodidad de nuestro presente para entrar en el ocultamiento de la luminosidad proveniente de Dios».

El cristianismo no es irenista. Quien prefiera otra cosa a Cristo no es digno de Él. San Benito expresó bellamente, en su Regla, instrumento fundamental de la edificación de Europa, el absoluto del cristianismo: «No anteponer absolutamente nada a Cristo» (Nihil omnino Christo praeponere). Omnino: entera, absolutamente, totalmente.

+ Héctor Aguer, Arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Los obispos no sancionarán al ladrón de las elecciones en Estados Unidos

 ES NEWS


Los obispos estadounidenses no harán cumplir el Derecho Canónico contra el ladrón electoral y militante del aborto Joe Biden, predice George Neumayr en The Spectator. Los obispos estadounidenses carecen de la voluntad de negar la Comunión a Biden, a pesar de que el Canon 915 “obliga al ministro de la Sagrada Comunión a rechazar el Sacramento” a aquéllos que están en “pecado grave manifiesto”. Neumayr pregunta: “Si la facilitación directa de Biden de la matanza de niños no nacidos no entra en esa categoría, ¿qué lo hace?”

Neumayr observa que la Iglesia del Vaticano II ha engendrado a muchos de sus propios destructores. Llama a Biden un “católico” anticatólico que persigue a su propia Iglesia. Los obispos podrían haber aplastado a esta serpiente en su caparazón, pero debido a su laxitud y heterodoxia declinaron hacerlo. Biden es para Neumayr el producto de la pasividad de los obispos, la culminación de un catolicismo secularizado que los obispos permitieron que se extienda durante décadas.

Estos obispos explican por qué no aplican el derecho canónico contra los enemigos de la Iglesia, diciéndonos que “no somos guardianes de la Eucaristía”. Neumayr observa que tal afirmación habría sorprendido a los primeros obispos de la Iglesia. “Al negarse a controlar el sacramento de la Sagrada Comunión, los obispos han permitido que los enemigos de la Iglesia lo controlen”. Biden y sus amigos exigen autonomía para sí mismos en la esfera política, mientras se reservan el derecho de burlar las reglas de la Iglesia.

Todos los prelados influyentes de Francisco están en el tanque para Biden. Neumayr nombra a McElroy de San Diego, Gregory de Washington, Cupich de Chicago y Tobin de Newark. El cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, un supuesto “conservador” que dijo que “las cuestiones incendiarias son cosa del pasado”, no es mejor. Ellos dicen que la Iglesia debe buscar el “diálogo” por encima de la confrontación. Neumayr observa que “por supuesto, ese diálogo nunca se produce”. Identifica esto como el llamado “enfoque pastoral” que ha vaciado los pastos de la Iglesia y expuesto el rebaño a los lobos.

Cardenal y obispos lanzan el Día Internacional de la Reparación (Contra los obispos desviados)



El cardenal de Hong Kong, Joseph Zen, el obispo auxiliar de Astana, Athanasius Schneider y el obispo auxiliar jubilado de Chur, Marian Eleganti, publicaron junto con 15 sacerdotes y decenas de intelectuales un llamamiento datado el 5 de mayo, en el que se critica al Sínodo alemán en curso.

Califican las ideas del sínodo de “descaradamente contrarias” a la doctrina católica, diciendo que entre sus errores se encuentra el ataque al matrimonio y al sacerdocio, porque quieren imponer “uniones sodomíticas” y “sacerdotes casados y mujeres”.

Los firmantes observan que el clero alemán, salvo contadas excepciones, se está apartando de la Iglesia. El llamamiento se refiere a la próxima “bendición homosexualista” del 10 de mayo en toda Alemania, que es apoyada abiertamente por 2.500 sacerdotes y agentes de pastoral y más o menos abiertamente por la mayoría de los obispos: “El camino sinodal alemán tiende cada día a convertirse en un paso hacia el cisma declarado y la herejía”.

El llamamiento pide a Francisco (¡!) que ponga fin a “estas derivaciones” del Sínodo alemán y que aplique “sanciones canónicas” -aunque en la Iglesia del Novus Ordo las sanciones sólo se utilizan contra los católicos, nunca contra los liberales heterodoxos:

Como medida inmediata, el llamamiento proclama el 10 de mayo como Día Internacional de Oración y Reparación contra las ofensas y sacrilegios cometidos por los desviados obispos alemanes.

Los católicos están llamados a rezar las Letanías del Sagrado Corazón. El sacerdote celebrará la Missa pro remissione peccatorum.

El Tradicionalismo, concepto y características

 MARCHANDO RELIGIÓN


Generalmente, cuando se menciona a la tradición se hace hincapié en un conjunto de acervos culturales, de hábitos sociales, costumbres, del folclore de un pueblo, de formas de expresión artísticas, instituciones políticas, etc, todas relacionados siempre con el pasado. Básicamente son aspectos materiales y simbólicos- discursivos que pertenecen a los tiempos pasados de una organización social y que son transmitidos de generación en generación.

Si tomamos el diccionario de la RAE se define al término tradicionalismo como una doctrina filosófica y política que toma a la tradición católica como criterio y fuente de la verdad. También lo caracteriza como un sistema político que consiste en mantener o restablecer las instituciones antiguas. Y además hace referencia al tradicionalismo como una tendencia consistente en la adhesión a las ideas, normas o costumbres del pasado.

La tradición es considerada como una forma de socialización de las nuevas generaciones. Se introduce a los jóvenes integrantes de una comunidad con respecto a contenidos simbólicos ya preestablecidos. Es, además, una forma de integración y cohesión social. Y por último, conforma un elemento distintivo de identidad entre diversas comunidades y sociedades.

En este artículo insistiremos que, además de relacionar a la tradición con aspectos materiales, simbólicos- culturales del pasado de una comunidad en cuestión, será fundamental enfocarse en el aspecto espiritual y los asuntos de la fe. La religión no está desligada de la tradición. De esta manera, buscamos establecer una conexión entre lo material, lo simbólico y lo espiritual.

Pero empecemos a buscar una definición de ¿qué es la tradición?. Para tener un concepto completo nos remitiremos al año 1870 y a Bienvenido Común en su libro titulado La Política Tradicional de España. Allí definía a la tradición como la vida de los pueblos. Este concepto básico abarca prácticamente a todo lo que una comunidad ha engendrado a lo largo de su historia e incluye a los aspectos materiales, simbólicos y espirituales en conjunción con la presencia de principios, dogmas y doctrinas de carácter trascendente, eterno y universal.

Es importante recalcar que la obra citada basa todo su marco conceptual en la religión Católica, en sus principios morales y espirituales. Esto no es un dato menor, ya que existen otras concepciones de tradición por fuera fuera del catolicismo. A lo largo de este escrito explicaremos sobre los fundamentos conceptuales del tradicionalismo católico y que en próximos artículos veremos más en detalle.

Para ejemplificar este concepto citaremos el siguiente párrafo del libro antes mencionado, que será de utilidad para comenzar a desarrollar el tema a tratar.

Los hechos, que engendrados ya por los principios eternos de la justicia y de la verdad, ya por el instinto de la conservación y de la gloria, se elaboran unos a otros de siglo en siglo, juntamente con las evoluciones y vicisitudes por que los pueblos van pasando en la prolongación de las edades, constituyen su historia, sus hábitos, su política, su arte, su literatura, su vida en suma; y esa vida literaria, civil y social, dilatándose de generación en generación, no es ni más ni menos que el conjunto de las tradiciones del pueblo; las cuales, purificándose con el transcurso del tiempo en el crisol de la experiencia, forman a la vez su educación, y transmitiendo a las posteridades sucesivas, las prosperidades y lo infortunios, los errores y las grandezas de los hombres y de los tiempos pasados, constituyen su memoria. (La Política Tradicional de España, páginas 5 y 6)

En este texto que acabamos de transcribir encontramos los elementos salientes que nos van a permitir tener una mayor comprensión del concepto de tradición y sus implicancias en la vida social de los hombres.

En las primeras frases encontramos esta que dice: los principios eternos de justicia y de verdad. Aquí el autor da por entendido de la existencia objetiva de principios que al ser eternos, están por fuera de la historia y pertenecen a una realidad trascendente. O sea, existen principios y valores que definen verdades objetivas atemporales y que no son construcciones sociales de los hombres.

Este conjunto de principios se concretan, se vuelven materia, en el desempeño histórico de una comunidad. Es en la historia por lo tanto, donde se ponen de manifiesto y forman parte del crisol de la experiencia, una frase interesante para desglosar.

Podemos decir que la experiencia de una comunidad o de un pueblo, es la aplicación práctica de estos principios eternos y su desarrollo en la vida social y en una época determinada. Lo verdadero y eterno se manifiesta y se materializa en un tiempo histórico, Adquiere una particularidad en el tiempo que le toca manifestarse e incorpora lo propio de ese momento histórico. Asimismo, la experiencia es acción, es movimiento de ejecución de lo trascendente en la vida del aquí y del ahora. Es de carácter social y por lo tanto, no es una introspección subjetiva e interior.

Otra frase importante: las evoluciones y vicisitudes por que los pueblos van pasando. Aquí se despoja al término evolución de la perspectiva positivista y revolucionario. Una nueva etapa histórica no aniquila a la anterior, todo lo contrario, es en la tradición donde lo únicamente verdadero permanece y se despliega a lo largo de la historia incorporando como propio el aporte de las nuevas generaciones. El sentido del progreso está dado por lo que permanece y no sólo por las “novedades” que surgen en el devenir de la vida. Por lo tanto, la evolución, el cambio y si se quiere el progreso, se produce en el despliegue de lo trascendente, eterno y verdadero en conjunción con lo nuevo que se incorpora como manifestación histórica.

La tradición implica transmitir, dar a la nuevas generaciones lo que las anteriores poseen. Cada generación nueva recibe ese legado, pero a su vez introduce su propia experiencia vital. Pero atención, no puede ni debe haber contradicción entre lo que es transmitido y lo que aporta la nueva generación. Se trata de despliegue no de revolución. Ni tampoco un proceso de interpretación y resignificación hermenéutica del pasado.

Así es que, tal como lo afirmaba Rafael Gambra, la evolución tradicional se halla regida, antes bien, por normas morales que son de carácter universales y eternas , y además que la orientan; y cuyo cumplimiento le brinda , como en la vida de los individuos, su valoración moral. Para Gambra, la tradición no es sólo entrega o acto de entregar el patrimonio de una generación a la siguiente, sino que «el más tradicionalista no es el que sólo conserva, ni el que además corrige, sino el que añade y acrecienta porque sigue mejor el ejemplo de los fundadores: producir y prolongar con el esfuerzo de sus obras. (La Monarquía Social y Representativa página 98).

Otro punto interesante es que, siguiendo a Francisco Elias de Tejada, lo que diferencia a las distintas comunidades políticas no se basa en factores sociales, culturales, étnicos, económicos o geográficos. Lo que diferencia realmente a una comunidad de otra es la tradición y ello hace que exista una diversidad y amplitud de comunidades políticas. Esta tesis la expuso en su obra Las Causas Diferenciadoras de las Comunidades Políticas.

Para este autor, y en concordancia a lo venimos exponiendo, la tradición es el lazo que ata y une esas diferentes empresas o leit motivos de las distintas épocas históricas, dándoles trabazón a ellas. (Las Causas Diferenciadoras de las Comunidades Políticas, página 12)

De esta manera podemos sintetizar lo que la tradición implica. 

La existencia de principios trascendentes, universales y eternos que constituyen el contenido de la tradición.
Éstos se materializan en un momento histórico determinado y en una comunidad concreta.
Además encontramos la presencia del patrimonio perteneciente a las generaciones pasadas que aportaron lo suyo.
También existe lo nuevo del presente, lo actual que aporta cada nueva generación.
Lo nuevo se “alimenta” de lo trascendente y de lo transmitido de las generaciones anteriores, pero a su vez “vive” su momento histórico.
La tradición es la expansión de los principios perennes y universales que permanecen a lo largo de la historia de una comunidad.

En síntesis, la palabra tradición hace referencia a la presencia de un legado que se transmite de generación en generación por obra de un sujeto transmisor a un sujeto receptor. Lo que se transmite es, en su esencia, un conjunto de principios, un acervo permanente de verdades trascendentes y que asumen renovadas formas históricas.

La tradición no es un producto de lo social, sino al revés. Es a partir de la tradición que existe lo social. Es lo que permanece, es ese universo de sentido en donde las generaciones actuales encuentran su sustento.

Así es que el tradicionalismo como doctrina política y social debe ser considerada y valorada como algo más que la reminiscencia del pasado. No es la nostalgia de un mundo del pasado o de una edad dorada. Es una doctrina de lo trascendente, de lo universal, de lo perenne que constituye el fundamento objetivo de todo ordenamiento social. En la tradición se hace presente la verdadera esencia metafísica y espiritual de un pueblo

Lamentablemente, las concepciones individualistas y materialista propias de la modernidad y el influjo del ideario revolucionario, construyeron una especie de velo que impide identificar la presencia, repetimos, objetiva, de la Verdad expresada en la tradición. En futuros artículos trataremos sobre este tema.

Leonardo Olivieri