BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



Mostrando entradas con la etiqueta Cartas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cartas. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de agosto de 2026

Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Del blog del obispo Mutsaerts, quien siempre ha sido una voz influyente. Algunos precedentes aquí - aquí - aquí - aquí . Aquí está el índice de artículos sobre el Sínodo.Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Rob Mutsaerts , obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch (Países Bajos)


Santo Padre,

Con respeto al ministerio que se le ha confiado como Sucesor de Pedro, y en solidaridad con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted con esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me impulsa a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, supera cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex —la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esta es la pregunta decisiva.

Santo Padre, comprendo perfectamente que el ministerio petrino conlleva una responsabilidad de la que quienes no lo ejercen solo pueden tener una vaga idea. Precisamente por eso escribo estas palabras, no por falta de respeto al ministerio papal, sino por amor a él. Pedro, de hecho, recibió de Cristo no solo el mandato de unir a sus hermanos, sino también de fortalecerlos en la fe: «Y tú, cuando hayas recapacitado, fortalece a tus hermanos». En definitiva, el mundo no necesita una Iglesia que simplemente repita lo que ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin temor, lo guíe hacia Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la sinodalidad debe entenderse desde esta perspectiva. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente común que espera de su Iglesia no un proceso permanente, sino claridad en el camino hacia Dios.

Esta carta no pretende, por tanto, acusar a ninguna persona en particular. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de quienes participan sinceramente en el proceso sinodal. Es necesario reconocer las buenas intenciones, pero estas no nos eximen del deber de examinar sus frutos. Cristo mismo nos ha dado un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por consiguiente, creo que, tras años de consultas, reuniones, informes y documentos sinodales, ha llegado el momento de cuestionar con franqueza estos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla político-eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones subyace una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Impulsado por esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la sinodalidad

Quien evalúe el Sínodo sobre la sinodalidad únicamente a la luz de sus propios objetivos puede llegar fácilmente a una conclusión positiva. Se escuchó a la gente. Se habló. Se consultó a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Hablaron de comunión, participación y misión. Incluso nació un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, diálogo en el Espíritu, iniciación de procesos.

Pero también se puede analizar la misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la incómoda pregunta: ¿Qué se logró realmente con todo esto? No: ¿Cuántas reuniones se organizaron? No: ¿Cuántos informes se redactaron? No: ¿Cuántas personas asistieron?

Sino: ¿Se fortaleció la fe? ¿Se proclamó a Cristo con mayor claridad? ¿Se profundizó la identidad católica? ¿Se convirtieron más personas? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se hizo más eficaz la catequesis? ¿Surgió un mayor respeto por la Eucaristía? ¿Se aclaró la doctrina moral de la Iglesia? ¿Aumentó el valor misionero?

Cuando uno se plantea estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito. Ahora surge otro aspecto: la iniciativa sinodal no está realmente completa. La fase de implementación oficial continúa y, a través de reuniones diocesanas, nacionales y continentales, se espera que culmine en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una hoja de ruta detallada para este fin. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021 a 2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo.

El primer aspecto destacable está ya en el nombre mismo: Sínodo sobre la sinodalidad. Tradicionalmente, un sínodo se convocaba porque la Iglesia necesitaba debatir algo: la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, las Sagradas Escrituras, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la sinodalidad, sin embargo, el proceso mismo se convierte en el tema. Podría compararse con una reunión interminable para debatir cómo debería reunirse de ahora en adelante.

La Iglesia ha conocido concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunían en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin la consulta eclesial conjunta. Pero esto es muy diferente de la sinodalidad entendida como un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era una herramienta. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva católica tradicional, comienza el problema.

La Iglesia no es un diálogo, sino una realidad aceptada.

La Iglesia, de hecho, no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Esto parece obvio, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones». El liderazgo es crucial en este contexto. La fe no surge de que la Iglesia primero haga un inventario de las creencias de las personas y luego destile una convicción compartida a partir de todas esas experiencias. La fe se recibe.

Pablo usa constantemente palabras como recibir, transmitir, conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la concibió, sino porque la recibió. Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea negativa, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90 por ciento de los católicos ya no creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría menos presente. Si el 80 por ciento rechazara una doctrina moral determinada, esa doctrina no se volvería automáticamente falsa. La verdad no se produce por consenso. Este es el primer punto de tensión importante en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave a lo largo de todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho antes). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero surge de inmediato la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia por encima de todo? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en algunos textos sinodales, el orden parece invertirse fácilmente. El punto de partida son las experiencias, los deseos, las frustraciones y las expectativas de la gente de hoy, y luego surge la pregunta de cómo debe responder la Iglesia a todo esto. Esto parece pastoralmente tentador, pero encierra un peligro. Porque, ¿qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces, no es el Evangelio lo que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo, a esto se le llama conversión. Y es precisamente esta palabra la que resuena sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.

Llamativamente ausente: la conversión.

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para guiarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: «Díganme primero qué opinan de las estructuras eclesiales actuales». Sino: «Arrepiéntanse y crean en el Evangelio». Esto es decididamente menos burocrático. Y decididamente más radical.

La Iglesia de los mártires no cambió el mundo romano organizando sesiones de escucha sobre cómo los romanos podían percibir la comunidad cristiana de manera más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan Vianney proclamó a Cristo. La Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escucharon a la gente. Pero escuchar nunca fue el punto final. El punto final fue la conversión a Cristo.

El elefante en la sala del sínodo

También existe una curiosa discrepancia entre los temas que se discuten ampliamente en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia occidental en particular. Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente en Alemania, pero también en gran parte de Europa Occidental, son fáciles de reconocer. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. El conocimiento de la fe católica disminuye. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen en las verdades fundamentales de la fe. La vida sacramental se encuentra gravemente debilitada entre amplios grupos de católicos. En este contexto, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial planteara una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reconquistar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se centra en las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiales. Estos pueden ser temas legítimos. Pero una casa en llamas tiene prioridades diferentes a los asuntos administrativos.

Una especie de "Ley de Parkinson" eclesiástica.

Las instituciones que pierden de vista su propósito original tienden a hablar cada vez con más intensidad sobre su propia organización. Las empresas hablan sin cesar sobre procesos. Las universidades sobre gobernanza. Las administraciones públicas sobre modelos de participación. Y las organizaciones eclesiásticas sobre estructuras. Cuanta menos evangelización hay, más comisiones de evangelización se crean. Cuantas menos vocaciones hay, más documentos sobre vocaciones se redactan. Cuanta menos gente asiste a la iglesia, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo ser iglesia. Puede parecer cínico, pero hay una reflexión seria detrás: la burocracia puede crear la ilusión de actividad cuando la realidad muestra lo contrario. Estamos navegando sin brújula.

Expectativas que no se pueden cumplir.

El proceso sinodal ha elevado las expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las diversas fases consultivas se admitieron temas que tocan cuestiones sobre las que la Iglesia ya tiene una doctrina clara. El diaconado femenino. El sacerdocio. La moral sexual. Las relaciones homosexuales. La relación entre laicos y clérigos. La autoridad eclesiástica. La descentralización. La posición de la mujer. Cuando estos temas se "discuten" durante años, surge naturalmente la impresión de que eventualmente podrían cambiar. De lo contrario, no se discutirían interminablemente.

Esto crea una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Posteriormente, algunas de estas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción general. La Iglesia ha generado así expectativas que, en última instancia, no puede cumplir. Este no es un resultado pastoral positivo. Es una receta para la frustración.

La protestantización del concepto católico de la Iglesia.

Desde una perspectiva tradicionalista, también se puede apreciar una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna guardan similitudes con desarrollos observados en las iglesias protestantes durante décadas: mayor énfasis en la participación, mayor influencia en la administración, estructuras más consultivas, mayor influencia en las comunidades locales, mayor énfasis en la experiencia individual, mayor debate sobre conceptos sociales cambiantes y menor énfasis en la autoridad jerárquica. Todo esto, en sí mismo, no tiene por qué ser erróneo. Sin embargo, la pregunta histórica es inevitable: ¿ha propiciado este modelo un renacimiento cristiano espectacular en el mundo protestante? En gran parte de Europa Occidental, la respuesta es clara: no. ¿Por qué, entonces, debería la Iglesia Católica adoptar los modelos administrativos y pastorales de las comunidades eclesiales que a menudo sufrieron la misma secularización incluso antes y de forma más marcada? Un enfermo rara vez se recupera tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, que está aún peor.

La alternativa olvidada: la búsqueda de la santidad.

Las grandes reformas católicas casi nunca comienzan con las estructuras. Comenzaron con los santos. Tras periodos de corrupción, llegaron los reformadores: Benedicto XVI, Bernardo de Eugenio, Francisco de Asís, Domingo de Aquino, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: convertirse en santos.

Porque un santo posee un poder misionero que ningún documento programático puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene mejor futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sinodal y dirigentes bien pagados. Un convento con diez religiosas fervientes evangeliza más que cien páginas de jerga eclesiástica. Un sacerdote que cree visiblemente estar ante Dios en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Quizás esta sea precisamente la alternativa que el Sínodo no supo enfatizar lo suficiente: no menos escucha, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego.

Desde una perspectiva tradicional, también sorprende que la crisis litúrgica haya tenido un papel relativamente secundario. Porque si realmente se quiere saber cómo le va a una Iglesia, hay que fijarse en su culto. Lex orandi, lex credendi. La forma de rezar es la expresión de la fe.

Cuando los católicos casi ya no comprenden que la Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, cuando el sentido de lo sagrado se debilita, cuando el silencio desaparece, cuando los confesionarios están vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, entonces la Iglesia no tiene un problema de gestión. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolver este problema. Tampoco una nueva asamblea. Quizás un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

. El proyecto sinodal enfatiza la participación. Pero aquí surge una curiosa paradoja. Quienes participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. El católico silencioso que va a Misa todas las mañanas, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos generalmente no escribe un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional generalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar a su familia en la fe católica probablemente tiene poco tiempo para asistir a sesiones de escucha. Una monja contemplativa no llena un cuestionario. Pero su fe puede estar más arraigada que la de los participantes profesionales en las reuniones de la iglesia. Quienes solo escuchan a quienes se acercan al micrófono pueden olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones. ¿

Sinodalidad o colegialidad?

Quizás parte de la confusión desaparecería si volviéramos a un lenguaje más preciso. La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos, junto con Pedro y bajo su guía, forman el colegio episcopal. También existen concilios presbiterianos, concilios pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria una nueva categoría que lo abarcara todo: la sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —es imposible concebir una sola definición— que cada persona puede entenderlo de manera diferente. Para algunos, significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significar cualquier cosa, en última instancia, no significa nada. Por eso se justifica la cuestión de la proporcionalidad. ¿Cuánta energía hay que invertir aún en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos grupos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de las evaluaciones?

Y sobre todo: ¿qué pasaría si se invirtiera la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema de fondo: la eclesiología.

En última instancia, entonces, la discusión no se centra realmente en las reuniones. Se trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es ante todo una comunidad que busca junta lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está fundada en los apóstoles. Preserva una fe que no inventó. Por lo tanto, toda sinodalidad debe, en última instancia, definirse por algo que no es objeto de la discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo. El mundo no espera una Iglesia sinodal.

Y aquí reside quizás la mayor tragedia. El mundo moderno está experimentando una extraordinaria crisis espiritual. La gente busca sentido. Los jóvenes buscan una identidad. La soledad aumenta. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo resulta insatisfactorio. El cambio climático se está convirtiendo en una religión sustituta para muchos. La gente teme a la muerte, pero casi ya no sabe para qué vive. Y en medio de ese mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. Las Sagradas Escrituras. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición inigualable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo: Jesucristo.

El mundo no espera a que otra organización más lo escuche. Ya hay suficientes. El mundo espera a que alguien le diga para qué fue creado.

De Emaús a Jerusalén.

Quizás el Evangelio de los discípulos en Emaús ofrece, en última instancia, el mejor modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina junto a los discípulos. Los escucha atentamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Les da espacio para su decepción. Hasta este punto, cualquier manual sinodal estaría de acuerdo con entusiasmo. Pero entonces ocurre el acontecimiento decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente, lo reconocen al partir el pan. Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura. Y después de eso, los discípulos no permanecen reunidos indefinidamente en Emaús para evaluar su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a proclamar el Evangelio. El proceso sinodal se estancó en Emaús, y la pregunta es si alguna vez podrán superarlo. Estamos tan ocupados discutiendo cómo la Iglesia debe caminar junta que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, después de todo, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que oren. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesiones donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios que formen hombres dispuestos a entregar sus vidas a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a ser transformado por Cristo.

Porque, en última instancia, Cristo no envió a su Iglesia al mundo diciendo: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura». Así nació la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado desde ahí.

Santo Padre,

permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y ruego que bajo su pontificado se vea una vez más claramente que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a proclamar a Cristo; No para reflejar el espíritu de la época, sino para conducir al mundo a la vida eterna.

Los fieles pueden esperar que el sucesor de Pedro fortalezca a sus hermanos y hermanas en la fe, en medio de la confusión de nuestro tiempo. Que nos recuerde que la verdad que la Iglesia proclama no es una mercancía de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y que debemos transmitir intacto. Que inspire valor en los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, en los religiosos que han consagrado su vida a Dios, en los padres que, a contracorriente, buscan educar a sus hijos en la fe católica, y en los jóvenes que, especialmente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por lo tanto, mi oración es sencilla: concédenos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de los debates internos, que nos dirija una vez más a Cristo. Cuando nos perdamos en procedimientos y estructuras, que nos recuerde nuestra misión. Cuando tememos proclamar el Evangelio en toda su plenitud por temor a ofender al hombre moderno, recordemos las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor por la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no surge del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos desperdiciando un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se están vaciando, mientras que, al mismo tiempo, las nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia con renovado fervor. Ahora mismo, no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca su tesoro y no tema mostrarlo al mundo.

Por lo tanto, ruego que su pontificado se caracterice por un renovado enfoque en lo que, en última instancia, es el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas. Porque, una vez concluidos todos los sínodos, redactados todos los documentos, disueltas todas las comisiones y olvidados nuestros nombres, solo quedará la pregunta verdaderamente importante: ¿hemos acercado a Jesucristo al pueblo que nos ha sido confiado?

Que San Pedro interceda por ustedes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja. Y que el Señor les conceda la sabiduría, el valor y la firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y el amor.

Con sincera veneración, unidos en la oración,

en Cristo,
+Rob Mutsaerts,
Obispo Auxiliar de la Diócesis de 's-Hertogenbosch

domingo, 2 de noviembre de 2025

TRIBUNA: Carta abierta a León XIV a propósito de la celebración del 60° aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate



Santidad,

Como la lectura de su mensaje en la audiencia general celebrada a propósito de la celebración del sexagésimo aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate me ha producido sinceramente honda inquietud, paso a exponer, al hilo de sus mismas palabras, que pongo en cursiva, los interrogantes y reflexiones que se me han ido suscitando.

En el centro de nuestra reflexión de hoy, en esta Audiencia General dedicada al diálogo interreligioso, deseo poner las palabras del Señor Jesús a la samaritana: “Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,24).

¿Se puede adorar realmente a Dios en religiones que no han sido fundadas por el que es su Verdad, ni son guiadas por su Espíritu?

Este encuentro revela la esencia del diálogo religioso auténtico: un intercambio que se establece cuando las personas se abren unas a otras con sinceridad, escucha atenta y enriquecimiento recíproco. Es un diálogo nacido de la sed: la sed de Dios en el corazón humano y la sed humana de Dios.

¿Acaso toda religión es capaz de colmar la sed de Dios, que anida en el corazón humano?

En el pozo de Sicar, Jesús supera las barreras de cultura, género y religión, invitando a la samaritana a una nueva comprensión del culto, que no se limita a un lugar particular, sino que se realiza en espíritu y en verdad.

¿Acaso Jesús vino, en vez de a fundar la única iglesia capaz de, administrando la gracia redentora, dar culto en espíritu y verdad, a declarar que todas las religiones sin barrera de ningún tipo son válidas para ello?; ciertamente Jesús superó las barreras de cultura y sexo, presentando una propuesta que acababa con los límites entre pueblos y con las preeminencias entre sexos; pero ¿cómo se puede decir que superó asimismo las barreras religiosas, si él no vino a establecer algo que rebasara el ámbito religioso, sino la verdadera religión que lo cumpliera plenamente?; tanto es así que su mensaje es estrictamente religioso, que el primer paso ineludible, para aceptarlo, no es otro que la conversión, que supone la transformación religiosa del hombre, estableciendo, por una parte, la prioridad de lo religioso sobre todo lo demás, y, por otra, la ruptura con cualquier otro lazo religioso, lo que hace incompatible la opción por Cristo con cualquier otra adhesión religiosa, que vendría a ser una idolatría y una apostasía.

Este momento recoge el mismo sentido del diálogo interreligioso: descubrir la presencia de Dios más allá de toda frontera y la invitación a buscarle con reverencia y humildad.

¿Acaso, más allá de toda frontera, cualquier religión puede ofrecer realmente la presencia de Dios?, ¿y se puede buscar a Dios, haciendo abstracción de una religión concreta?, lo que viene a significar la relativización de todas las religiones, incluida aquella de la que el mismo papa se presenta como cabeza, y cuyas abismales divergencias las convertiría a todas en impedimentos para una ensalzada unidad que no pasaría de indefinido sincretismo.

Este luminoso documento (Nostra aetate) nos enseña a encontrar a los seguidores de otras religiones no como extraños, sino como compañeros de camino en la verdad; a honrar las diferencias afirmando nuestra común humanidad; y a discernir, en toda búsqueda religiosa sincera, un reflejo del único Misterio divino que abarca toda la creación.

¿Acaso en todas las religiones se puede encontrar un camino hacia la verdad salvífica?; ¿acaso el hecho común de la naturaleza humana, que obviamente abarca a todos los hombres, está por encima de las diferencias religiosas, que, en el caso de la religión cristiana, tienen un evidente carácter sobrenatural?; entonces ¿lo sobrenatural es accesorio y aun negativo frente a la igualdad de naturaleza?, ¿y no supone eso relativizar y hasta banalizar la esencia sobrenatural del cristianismo?; además ¿acaso todas las religiones permiten igualmente una búsqueda sincera de la verdad religiosa, reflejando el único misterio divino?, ¿y cómo se dice que este misterio abarca toda la creación, como si estuviera contenido en la misma?; ¿no habrá, más bien, que decir que el misterio divino supera infinitamente, que eso es trascender, toda la creación, para que se pueda mantener diáfanamente la eminencia de Dios sobre todas sus obras?, ¿y resulta que ese misterio divino trascendente va a poder ser reflejado y expresado adecuadamente por todas las religiones, cuando sólo una: la católica, posee el conjunto de toda la revelación sobrenatural: Escrituras y Tradición eclesial?, ¿o resulta que ahora la revelación sobrenatural es secundaria frente a la unidad de la naturaleza humana?, que ciertamente podrá ser portadora de la revelación natural, pero sin que se deba desconocer que tal naturaleza quedó profundamente dañada por el pecado original, lo que, como hasta aquí enseñaba el magisterio, hace imposible al hombre, privado de la ayuda de la gracia, discernir sin error, y alcanzar el camino hacia la salvación; además ¿cómo esa gracia puede actuar desde las distintas religiones, si sólo la iglesia católica puede ser su auténtico canal?, tal como se afirma en la tesis de que fuera de la iglesia católica, denominada así “sacramento universal de salvación”, en cuanto unida a Cristo como su cabeza y sacramento fontal, no hay salvación, ya que, si la iglesia no pidiera e intercediera por todos los hombres, ninguno se salvaría.

Incluso se podría profundizar todavía más, pues ¿cómo es posible tratar de cubrir con la deshilachada tela de la naturaleza humana dañada las radicales e incompatibles diferencias entre tantísimas religiones, cuyo mínimo común denominador queda reducido al carácter misterioso que todas se atribuyen, pero que llegan a entender de modo tan antagónico como inconmensurable entre sí? Hablar entonces de lazos comunes en medio de la absoluta disparidad entre las religiones existentes viene a ser una mentira tan sarcástica como la vulgar comparación entre un huevo y una castaña, cuando estos seres biológicos comparten, al menos, una forma más o menos esférica.

Ciertamente, pues nadie elige dónde nacer, se puede ser inculpablemente ignorante de la verdad salvífica de la iglesia católica; pero, en primer lugar, el juicio de tal situación corresponde a Dios, quien, queriendo, como dice el apóstol, que todos los hombres se salven, se encargará de que el sol salvífico de Cristo no deje sin iluminar de algún modo a ningún hombre que haya venido a este mundo; en segundo lugar, está también la norma moral que obliga a toda conciencia a formarse objetivamente según los medios con que cuente, y, en tercer lugar, tenemos la grave obligación que pesa sobre todos los seguidores de Jesús, de ser luz en medio del mundo, para extender el anuncio del evangelio, ya que la consecuencia inmediata de la consideración buenista de todas las religiones es la inutilidad total de algo tan intrínseco a la esencia de la iglesia, como es la misión evangelizadora; en efecto, si, como vino a afirmar Francisco en Indonesia, todas las religiones no son más que los distintos idiomas para comunicarnos con Dios, y los diversos caminos que a éste nos conducen, ¿qué sentido tiene molestarse en molestar a los demás con las puñeteras exigencias evangélicas, si ya se dice que el cuerpo es un animal de costumbres, y así sería mejor dejar a cada cual, que a todo se acostumbra uno, tranquilo y a su aire, viviendo, como pez en el agua, en la religión que ha mamado?

No olvidemos que el primer impulso de Nostra Aetate fue hacia el mundo judío, con el cual san Juan XXIII quiso restablecer el vínculo originario. Por primera vez en la historia de la Iglesia se elaboró un texto que reconocía las raíces judías del cristianismo y repudiaba toda forma de antisemitismo.

Aun repudiando sinceramente toda forma de antisemitismo, ¿puede ignorarse la falsedad de la identificación del judaísmo actual, de raíces talmúdicas, sumamente ofensivas hacia el cristianismo, con el judaísmo veterotestamentario?, a lo que se añade que, como afirma rotundamente el apóstol, el verdadero Israel está formado por cuantos creen en Jesús, reconociéndolo como a mesías y único redentor.

El espíritu de Nostra Aetate sigue iluminando el camino de la Iglesia. Reconoce que todas las religiones pueden reflejar “un rayo de aquella verdad que ilumina a todos los hombres” y que buscan respuesta a los grandes misterios de la existencia humana.

Como ya enseñaron los padres de la iglesia, las semillas del Verbo pueden hallarse por doquier; pero ¿puede eso significar, de hecho, la normalización de todas las religiones?, lo que supondría negar el principio básico de que la iglesia católica es la única no ya sólo que posee la plenitud salvífica, sino también que ha sido querida realmente por Dios, como destinataria de su revelación y como canal exclusivo de toda la gracia ganada por Cristo, de modo que todo lo que de verdadero posean parcialmente las demás religiones, es lo que comparten y hasta han tomado de la iglesia católica.

El diálogo debe ser no solo intelectual, sino profundamente espiritual. La declaración invita a todos —obispos, clero, consagrados y laicos— a comprometerse sinceramente en el diálogo y la colaboración, reconociendo y promoviendo todo lo que es bueno, verdadero y santo en las tradiciones de los demás.

¿Puede establecerse un diálogo realmente sincero y productivo que, a la vez que reconoce lo verdadero y lo bueno, no señale también lo erróneo y lo desafortunado? Es evidente que, según el principio de no contradicción, los opuestos no pueden ser, a la vez, verdaderos, ¿y entonces se podrá pasar por alto el fundamento mismo de toda lógica y así de toda racionalidad, para lograr imponer la verdad y bondad, amalgamadas, de la enorme diversidad religiosa?; ¿cómo no darse cuenta de que, eliminando la racionalidad, se dinamita precisamente el único puente que podría facilitar el diálogo interreligioso?, el cual necesariamente, para ser serio, debe internarse en las procelosas aguas del debate, ¿o ahora será que, enarbolando la bandera de la verdad, se llega al colmo de desestimar todo lo que huela a apologética?, ¿y qué verdad queda, en realidad, cuando se ha eliminado el sentido que le da la unidad, descoyuntada entre la caótica y amorfa variedad?, ya que efectivamente, cuando todo se considera verdad, nada termina siendo verdad, sino que todo acaba despedazado por el voraz relativismo, cuya primera víctima es la misma verdad. Lo peor para el caso es que sin verdad no hay ni Dios verdadero ni religión verdadera, y el tan cacareado diálogo interreligioso viene a derivar en un diálogo de besugos, que encierra en una jaula de grillos.

En un mundo marcado por la movilidad y la diversidad, Nostra Aetate nos recuerda que el diálogo verdadero hunde sus raíces en el amor, fundamento de la paz, la justicia y la reconciliación.

Como, fuera de la verdad, no hay amor verdadero, y éste no es otro que el sobrenatural que define a Dios mismo, tal como ha sido revelado por Cristo, ¿cabe un auténtico amor fuera de la fe en esa revelación?, ¿o equipararemos el amor cristiano, que brota de Dios mismo, con lo que cada cual pueda entender por amor, que es la palabra mas polisémica?

Debemos ser vigilantes frente al abuso del nombre de Dios, de la religión y del mismo diálogo, y ante los peligros del fundamentalismo y del extremismo.

Si en el paroxismo del relativismo ya no hay nada verdadero, ¿qué es todo uso del nombre de Dios sino un abuso lingüístico, carente de toda referencia no ya sólo real sino meramente portadora de sentido?, ¿y en qué deviene toda religión sino en un mero juego de palabras, cuya pretensión de realidad, más allá del imaginario cultural colectivo, también sería un completo abuso?; ¿qué moral, tan necesaria para la convivencia interpersonal y social, se podría entonces levantar sobre arenas tan movedizas?; en suma, disuelta toda posible racionalidad, ¿qué freno queda ya al extremismo fundamentalista y fanático, si la única que puede iluminar a la voluntad, para que, a su vez, embride la ciega impetuosidad de los sentimientos, es la razón?

Nuestras religiones enseñan que la paz comienza en el corazón del hombre. Por eso la religión puede desempeñar un papel fundamental: debemos devolver la esperanza a nuestras vidas, familias, comunidades y naciones. Esa esperanza se apoya en nuestras convicciones religiosas y en la certeza de que un mundo nuevo es posible.

¿De qué sirven enseñanzas que son radicalmente relativas?, ¿y qué sentido tiene apelar a las mismas en nombre de la paz y del corazón del hombre, si estas mismas nociones divergen profundamente en cada religión? ¿Cómo se habla de esperanza común entre las religiones, si toda esperanza se funda en la fe, y ésta es justamente la que distingue cada religión, de modo que tanta divergencia habrá entre las distintas esperanzas, cuanta sea la de la fe de la que dimane cada una?Más grave, empero, es que esa equiparación de esperanzas diluye no sólo la sobrenaturalidad de la cristiana, sino también la trascendencia de su objetivo, como se ve en el hecho de la reducción a la pura inmanencia de este mundo, como si la religión fuera una mera herramienta al servicio de esta vida terrenal, al estilo de la medicina o la política. Concebir la religión como un ideario político que podría llegar a convivir con otros dentro del marco de un cierto consenso fundamental, es olvidar precisamente el carácter de sustrato radical que posee toda religión, y que la convierte en una auténtica cosmovisión, incompatible, por definición, con cualquier otra, toda vez que la primera pretensión de cualquier religión es la del monopolio no ya de la fuerza ni de un territorio sino de algo tan elemental como la verdad y la bondad; ahora bien, una cosa es abogar por un diálogo civilizado entre las religiones, que siempre será mejor que la imposición por la fuerza bruta, y otra, reducirlo todo al diálogo por sí mismo, que así queda vaciado de todo contenido, y sólo consigue desactivar todas las religiones, despojadas de su doctrina, que es su razón de ser; sin embargo, el diálogo no puede ser un fin en sí mismo, sino que debe ser un instrumento para la verdad, igual que el camino no tiene más sentido que conducir a la meta, la cual desaparece, relativizada, cuando el anterior es absolutizado, como ocurre en la nueva iglesia sinodal, que lo convierte en un mero recorrido circular en que hasta queda eclipsado el maquiavelismo, pues no es ya que el fin justifique los medios, sino que éstos llegan a suplantar a aquél.

Por último, no puedo sino lamentar, desolado, que la iglesia se encuentre ahora mismo en la tormenta perfecta: atacada no sólo por los enemigos externos, sino también masacrada por los internos, y desde un doble fuego cruzado: el de los que la empujan, para prostituirla ante el mundo, y el de los que la acusan de haberse ya irreparablemente prostituido con el mundo; así, en suma, todos vienen en tropel, y generando una indescriptible confusión, a destruir y negar la esencia misma de la iglesia como cuerpo social visible que recorre toda la historia en evolución orgánica, sin cortar las raíces que lo unen al que es su cabeza, y sin obstruir la savia que recibe del que es su alma; por eso frente a todos aquellos es perentorio salvaguardar la identidad de la única iglesia católica reconocible históricamente, y el único modo reside en la llamada por Benedicto XVI “hermenéutica de la continuidad”, imposibilitada, empero, tanto por los que rechazan el concilio Vaticano II, como por los que, dando la razón a los anteriores, lo utilizan como coartada para la consumación de la ruptura doctrinal efectiva.

Por: Francisco José Vegara Cerezo - sacerdote de Orihuela-Alicante

miércoles, 18 de octubre de 2023

¿Los “dubia” son un arma contra el Papa o una defensa de los fieles? Una respuesta razonada




*

No hay paz para el nuevo prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el argentino Víctor Manuel Fernández.

A poco de haber asumido el cargo se encontró lidiando con un par de cuestiones abiertas incómodas, que creyó que podría cerrar rápidamente con la aprobación del papa Francisco, pero en cambio obtuvo el resultado opuesto.

La primera cuestión estaba constituida por los cinco “Dubia” remitidas el 10 de julio y luego el 21 de agosto a él y al Papa por cinco cardenales, referidos a otros tantos puntos críticos de la doctrina y de la práctica, entre ellos la bendición de las parejas homosexuales.

La segunda cuestión fue planteada, también en julio, por el cardenal Dominik Jaroslav Duka, arzobispo emérito de Praga, y se refería a la Comunión eucarística para los divorciados vueltos a casar.

Satisfecho con la aprobación firmada el 25 de septiembre por el papa Francisco, el 2 de octubre Fernández hizo públicos en el sitio web del dicasterio dos bloques de respuestas a ambas preguntas.

Pero en ambos casos las respuestas prácticamente fueron devueltas al remitente.

Respecto a la cuestión planteada por Duka, el cardenal y teólogo Gerhard Ludwig Müller tomó providencias para derribar las respuestas dadas por Fernández. Un rechazo no menor, teniendo en cuenta que Müller fue también, de 2012 a 2017, prefecto del mismo Dicasterio para la Doctrina de la fe:


Mientras que, en cuanto a los “Dubia” de los cinco cardenales, las respuestas proporcionadas por Fernández -en forma de carta enviada por el Papa Francisco el 11 de julio- fueron por ellos para nada esclarecedoras mucho antes de que el propio Fernández las hiciera públicas, tanto es así que plantearon las mismas preguntas al Papa por segunda vez en una forma más estricta.

A este relanzamiento de los “Dubia”, realizado el 21 de agosto, los cinco cardenales nunca recibieron respuesta, como luego decidieron documentar públicamente el 2 de octubre, pocas horas antes de que Fernández hiciera públicas las respuestas anteriores del 11 de julio como si fueran las definitivas:


Pero el problema no ha terminado. Porque no sólo los cinco cardenales protestaron contra el forzamiento llevado a cabo por Fernández, sino que uno de ellos, el chino Joseph Zen Ze-kiun, retomó las respuestas del Papa a la primera formulación de los “Dubia” y las criticó una a una, mostrando cómo eran cualquier cosa, incapaces de aportar claridad.

Zen publicó su acusación el 13 de octubre en su blog personal, en chino, inglés e italiano:


Por otra parte, en el bando de los apologistas del actual pontificado, los “Dubia” con las cuestiones que plantean han sido ignorados o, peor aún, acusados de ser un arma impropia esgrimida contra el Papa para obligarle a decir lo que se quiere.
¿Pero esto es necesariamente así? ¿O si, por el contrario, se tratara de una justa iniciativa de obispos y cardenales para proteger la fe del pueblo cristiano de las dudas sobre puntos importantes de la doctrina y de la moral, dudas generadas por expresiones poco claras de las máximas autoridades de la Iglesia?
Y si esta segunda respuesta es válida, ¿cómo justificar entonces los silencios o las respuestas evasivas por parte de las autoridades llamadas a aportar claridad?

La siguiente intervención ofrece una respuesta razonada precisamente a estas preguntas. El autor de la carta es bien conocido en Settimo Cielo, pero pide ser identificado simplemente como “un sacerdote que durante muchos años ha colaborado con la Santa Sede”. ¿Por qué? Evidentemente por razones opuestas a aquellas por las que el cardenal Zen, de 91 años, firma lo que publica: “Viejo como soy, no tengo nada que ganar, nada que perder”.

*

Estimado Magister,

La presentación de preguntas al papa Francisco sobre expresiones presentes en los textos que llevan su firma, que los autores de los llamados “Dubia” consideraban de interpretación poco clara, sigue suscitando interés y avivando un debate “intra et extra Ecclesiam catholicam”.

No pretendo afrontar aquí la formidable lista de cuestiones, algunas inéditas al menos en la historia reciente de la Iglesia, planteadas por los “Dubia”, sino sólo hacer algunas consideraciones respecto a algunos puntos, en primer lugar el que se centra sobre la posición (sin duda incómoda) de sus firmantes.

Lo hago inspirándome en una sospecha que circula entre el clero, los fieles católicos y algunos no creyentes. Es la que sugiere que detrás de los “Dubia” se esconde el deseo de “forzar la mano” del papa Francisco a “retractarse” o “corregir” algunas de sus declaraciones que entrarían en conflicto con la supuesta “inmutabilidad de la doctrina” en materia de fe y moral.

Pero antes quisiera detenerme en una distinción que me parece apropiada: la que existe entre “dubium unius fidelis vel pastoris” y “dubium gregis vel collegii pastorum”, es decir, entre la duda de un creyente o pastor individual y la duda de la grey o del colegio de pastores.

En cuanto al primer género de “dubium”, el del individuo, el deseable logro de una inteligencia adecuada y de una conciencia recta respecto de lo que el Santo Padre enunció puede ser perseguido práctica y fácilmente mediante la comparación del creyente individual (o de grupos limitados de fieles), de un obispo o de un presbítero (o incluso de una conferencia episcopal o de un presbiterio secular o regular) con un guía espiritual, teológica o pastoral de fe comprobado y de sólida moral, o -en particular, en los dos últimos casos- recurriendo de manera confidencial a los Dicasterios competentes de la Curia Romana, designados para entrar en el fondo de determinadas cuestiones doctrinales o canónico-legislativas. Dado que no concierne a todos o a la mayoría de los fieles y pastores, normalmente no es necesario ni apropiado que el propio Papa responda personalmente a los “dubia unius fidelis vel pastoris”.

En el segundo género de “dubium” las cosas son diferentes. Por razones práctico-pastorales, no es posible que un gran número de fieles o pastores, en todas partes del mundo, tengan acceso a una conversación con creyentes autorizados, bien formados espiritual, teológica y pastoralmente, y que estén razonablemente seguros del significado auténtico de las afirmaciones del Magisterio pontificio que han dado lugar a los “dubia gregis vel collegii pastorum”, para poder resolverlos de manera convincente.

Debe ser así, ya que, por su naturaleza, la enseñanza del Santo Padre que trata temas de carácter universal en materia de fe y de moral es pública (ya sea oral o escrita) y llega a creyentes y no creyentes en todas partes, también la respuesta a los “Dubia” sobre cómo deben interpretarse algunas declaraciones y traducirse en la práctica algunas normas debe hacerse pública, porque la incertidumbre de muchos puede ser la de todos o de la mayoría de los fieles y pastores. Al no existir una norma canónica ni una costumbre “ab immemorabilis” que prevea una iniciativa “anónima” de los fieles católicos o incluso del clero que pueda formular y presentar una pregunta al Papa sobre sus declaraciones, corresponde a quienes tienen el mandato eclesial de cuidar de los laicos y del clero -los cardenales y los obispos- y sienten ellos mismos la urgencia de ser “confirmados” en la fe y en la moral recoger los “Dubia” y someterlos filialmente al Supremo Pontífice.

Al proceder de este modo, cardenales y obispos no se arrogan un derecho -que no tienen- de “juzgar” al Papa o “presionarlo” para que corrija sus afirmaciones como les plazca, sino que solicitan la “caridad pastoral de la verdad” que es ” munus et virtus ” de un Papa, llamando a él mismo (y no sustituyéndolo) a ejercerla personalmente, ofreciendo públicamente una interpretación auténtica de su enseñanza pública. Esta “solicitud” del trono pontificio nace de la preocupación de cardenales y obispos por la “salus animarum” en la que se resume el “bonum Ecclesiae”.

En cuanto a la modalidad a través de la cual el Papa puede hacer público el “responsum” a los “dubia gregis vel collegii pastorum”, depende de las circunstancias y de las oportunidades: puede ser mediante su publicación directa por parte de la Santa Sede (como ha ocurrido recientemente), o bien autorizando a los firmantes de los “Dubia” a dar a conocer el “responsum” que les haya sido enviado.

UN EJEMPLO

Para que quede claro lo que intento decir, consideremos este ejemplo.

Un suboficial de un cuerpo de policía, plenamente disciplinado con sus superiores, cuyas órdenes ha obedecido constantemente, tiene como principio deontológico de su profesión el de rechazar cualquier forma de coacción física para conseguir que un delincuente confiese haber cometido un delito, y siempre ha prohibido a sus subordinados que lo hagan. Pero un día oye a su Comandante regional afirmar públicamente -en referencia a un hombre detenido por estar acusado de cometer una serie de asesinatos- lo siguiente: “Le mantendremos bajo presión. No le dejaremos en paz hasta que admita su culpabilidad”.

No se trató de un exabrupto privado del Comandante susurrado al oído de alguno de los oficiales, suboficiales o agentes, sino de una afirmación hecha delante de todo el cuerpo de policía y recogida por los medios de comunicación, de modo que hasta los ciudadanos de a pie pudieron enterarse.

El propio suboficial queda perplejo por el significado de la afirmación de su superior y percibe que entre los demás suboficiales y los mismos agentes surgen diferentes interpretaciones de estas palabras. Algunos de ellos empiezan a hacer circular la idea de que el comandante pretende autorizar – en el caso en cuestión y en otros similares – además de interrogatorios intensos, prolongados y repetidos, también el uso de la violencia física para arrancar una confesión. El suboficial, a pesar de ser inflexible en que ninguna forma de tortura es admisible en ningún caso, para evitar que la interpretación favorable se difunda entre los agentes y se arraigue esta práctica inaceptable, se dirige por escrito al Comandante Regional pidiéndole que aclare, disipando cualquier duda, de qué quiso decir con esa expresión. “Sí, es correcto que en casos de delitos especialmente brutales lleguemos incluso a inducir una confesión mediante presión física sobre el presunto culpable, a fin de que, para que lo dejen en paz, confiese el delito cometido”. O: “No, bajo ninguna circunstancia es correcto utilizar la violencia física para obtener la confesión de una persona arrestada, por muy grave que haya sido su delito”.

La firme certeza de que la tortura de un presunto delincuente es siempre un mal que debe evitarse, porque no respeta la vida y la dignidad que es propia de todo hombre y mujer, no invalida la legítima y debida petición de aclaración sobre la declaración de un Superior que se presta (y así fue, en el ejemplo denunciado) a diferentes interpretaciones. El “dubium” del suboficial no se refiere a su conciencia, que es cierta, sino a la aplicación de las normas (o reglamentos) del cuerpo de policía al que pertenece, a partir de la reciente declaración del Comandante. Y ello para evitar que los agentes cuya conciencia no esté adecuadamente formada para discernir el bien del mal sigan su propia “interpretación permisiva” de la afirmación del Comandante y, en consecuencia, cometan un mal creyéndolo un bien (por ejemplo, para prevenir delitos posteriores o impartir justicia a las víctimas) como si se lo permitiera la autoridad a la que están sometidos.

Los otros suboficiales, aunque también permanecían perplejos respecto al significado de la expresión de su Comandante Regional, para poder vivir en paz y no querer enemistarse con él molestándolo con una pregunta incómoda (se sabe que rara vez un subordinado que molesta a un Superior con peticiones atrevidas podrá hacer carrera) no presentan ningún pedido de aclaración, ni firman la carta con el dubium que envió su colega.

¿Cuál de ellos -el valiente autor del “dubium” o sus compañeros suboficiales que se mostraron dudosos pero temerosos frente el Comandante- prestó realmente un servicio a los oficiales bajo su mando, ayudándoles a ser “buenos policías” y no “agentes depravados”? ¿Quiénes han mostrado concretamente que se preocupan por la dignidad, el honor y la función pública del cuerpo policial al que pertenecen, promoviendo su respeto y estima entre los ciudadanos? ¿Quién ha protegido mejor a los ciudadanos acusados ​​de un delito, evitando que sean sometidos a actos de tortura durante un interrogatorio policial?

Obviamente, la Iglesia no es un cuerpo de policía, el Papa no es su Comandante y sus afirmaciones a interpretar no se refieren -en el caso de los “Dubia” presentados a Francisco- a la práctica de los interrogatorios. Los cardenales y obispos no son oficiales ni suboficiales, y los fieles no son agentes ni acusados. Pero tal vez este ejemplo tenga algo que decirnos respecto a la discusión sobre los “Dubia”.

Estar personalmente seguro de las verdades reveladas por Dios y de la fe de la Iglesia, del bien que se debe hacer y del mal que se debe evitar, no convierte de por sí en “insinceros” o “incorrectos” a aquellos pastores que están preocupados por la difusión entre otros pastores o entre los fieles de interpretaciones arbitrarias de algunas expresiones del Magisterio pontificio que nacen de la evidencia no inmediata de las mismas a los ojos de la fe y de la razón, o que a primera vista parecen estar en conflicto con la enseñanza anterior de la Iglesia. Al decidir recurrir al Santo Padre para obtener su interpretación auténtica no buscan algo para ellos mismos, sino para la tarea que les ha confiado el mismo Papa: colaborar con él para cuidar del rebaño que les ha sido confiado por Cristo.

RESPUESTAS Y SILENCIO

¿Pero qué puede suceder si el Papa decide no responder a los “Dubia”? ¿Y si el “responsum” proporcionado no es considerado por quienes lo presentaron como suficiente para disipar las dudas y proporcionar una interpretación auténtica y completa que cierre la cuestión de una vez por todas?

En su libertad soberana (que implica una responsabilidad “coram Deo et coram Dei populo”), el Sumo Pontífice puede ciertamente no responder a los “Dubia”.

Los motivos que eventualmente le llevan a esta decisión pueden ser de diferente naturaleza: desde el vinculado a su tiempo y a las energías físicas y mentales de que dispone, considerando los numerosos y onerosos compromisos de un Papa, su edad y su salud, hasta el que surge de la convicción de haber sido suficientemente claro e inequívoco al pronunciarse sobre una determinada cuestión; o puede surgir del deseo de dejar la cuestión “abierta” a ulteriores profundizaciones teológicas y morales o a “discernimientos” en el interior de la Iglesia universal o particular, sin definirla de una vez para siempre.

Tampoco se puede excluir la preocupación por fuertes desacuerdos que surjan entre pastores o laicos sobre el objeto de la afirmación del Papa, contrastes que podrían socavar la unidad de la Iglesia. Y ni siquiera el miedo a una reacción de los medios de comunicación y de los no creyentes que podría desencadenarse en el caso de una interpretación que consideran inaceptable, en detrimento del diálogo con las diferentes culturas, religiones y sociedades o comprometiendo las oportunidades de presencia de la Iglesia en ciertos ambientes. Y otros motivos más todavía.

Ciertamente, sólo tenemos lo que el papa Francisco escribió en la carta, fechada el 10 de julio de 2023, dirigida a los cardenales Walter Brandmüller y Raymond Leo Burke, con la que acompaña su “responsum”: “Aunque no siempre me parece prudente responder las preguntas dirigidas directamente a mi persona (ya que sería imposible responderlas a todas), en este caso creo es adecuado hacerlo debido a cercanía del Sínodo”. En la expresión “no siempre me parece prudente” se puede vislumbrar una alusión a diferentes motivos de oportunidad para el silencio, de la misma manera que en la referencia a la “cercanía del Sínodo” se escucha el eco de los muy animados debates y controversias que lo precedieron y lo acompañan.

Nada autoriza a interpretar una “falta de respuesta” a los “Dubia” como expresión de la voluntad del Papa de acreditar una u otra de las interpretaciones que circulan sobre lo que ha dicho o escrito sobre un tema. Hay otras vías por las cuales, eventualmente, uno puede aproximarse a una supuesta “interpretación plausible” que se acerque lo más posible a la “auténtica” que no se proporcionó.

Finalmente, la situación más embarazosa para los fieles y los pastores, así como (podemos suponer) para el mismo Santo Padre, es el caso en el que quien extendió y presentó los “Dubia” no se declara satisfecho con lo contenido en el “responsum” y hace pública esta insatisfacción.

Es lo que ocurrió con la serie de los “Dubia” a los que Francisco respondió con la citada carta del 10 de julio. Los cardenales interpelantes reformularon los “Dubia” y los volvieron a presentar, sin haber recibido más respuesta. Si el objetivo de los “Dubia” -como debería ser- no es resolver una duda personal de conciencia de los redactores (escuchando sus declaraciones públicas en diferentes fechas y lugares, todos parecen demostrar una conciencia certera sobre las cuestiones a las que se refieren los “Dubia”), sino disipar las dudas presentes en un gran número de pastores y fieles (“mentis et cordis confusio”) respecto al significado de las expresiones del Santo Padre y encaminarlos por el camino de la verdad y del bien, este objetivo ha fracasado y el riesgo de acrecentar la “confusión” es grave.

¿De quién es la responsabilidad de este fracaso y de sus consecuencias, que son especialmente graves para los pastores y fieles más “frágiles” en la fe y en la moral? Considero que no corresponde a ningún hombre establecerlo: será el Señor de la historia (incluida la de la Iglesia) quien dictará la sentencia cuando “vendrá otra vez, en gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos y su reino no tendrá fin”.

Carta firmada

Roma, 14 de octubre de 2023

viernes, 5 de mayo de 2023

Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica



 
El Papa Francisco -lo digo con el corazón roto- no es el «garante de la fe», sino que constantemente destruye cada vez más los fundamentos de la fe y la moral.



---------


Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica (que se dirige también a todos los Patriarcas, Arzobispos y Obispos que tienen un alto grado de corresponsabilidad)

30 de abril Fiesta de Santa Catalina de Siena

Eminencias, Reverendísimos Cardenales, Arzobispos y Obispos de la Iglesia Católica,

Hace dos años y medio escribí la siguiente carta a un cardenal con el que mantengo una relación amistosa desde hace años y que poco antes, al igual que muchos otros obispos y cardenales, dijo en una entrevista publicada que las críticas al Papa Francisco son un gran mal que debería erradicarse. El cardenal al que me dirigí respondió a mi carta muy afectuosamente, pero que yo sepa no se ha tomado ninguna medida.

Ante el fallecimiento del Papa Benedicto XVI y la noticia de que el Papa Francisco ya ha firmado una carta de renuncia a su cargo que se hará efectiva en caso de un deterioro significativo de su salud y, por tanto, ante un cónclave que podría convocarse próximamente, creo que el contenido de esta carta concierne a todos los cardenales y también a los arzobispos y obispos. Por tanto, dirijo esta carta, de la que he eliminado todo signo sobre qué cardenal fue escrita originalmente, como una carta abierta a todos los cardenales, de hecho a todos los que tienen responsabilidades en la Iglesia en diversos grados. Quiera el Espíritu Santo que todo el contenido de esta carta, que corresponde a la verdad y a la voluntad de Dios, sea fecundo para el bien de la Santa Iglesia y de muchas almas, y que ni una sola palabra en ella perjudique a la Iglesia, Esposa de Cristo.

He elegido la festividad de Santa Catalina de Siena para su publicación, porque ella combinó de manera única la más íntima reverencia hacia el Papa como Vicario de Cristo en la tierra con una crítica implacable a dos Papas muy diferentes. Pasemos ahora al texto de la carta, que cada uno de vosotros puede leer como dirigida personalmente a él.

Eminencia, Reverendo Cardenal ...

Debo confesar que me preocupa y entristece una declaración supuestamente hecha por usted sobre las críticas al Papa Francisco. Usted ha dicho en una entrevista, si hemos de fiarnos de los medios de comunicación, que las críticas al Papa son un «fenómeno decididamente negativo que debería erradicarse lo antes posible» y subraya que el Papa es «el Papa y garante de la fe católica».

¿Cómo puede decir que criticar al Papa es un mal? ¿Acaso el apóstol Pablo no criticó dura y públicamente al primer Papa Pedro? ¿No criticó Santa Catalina de Siena a dos papas con más dureza aún?

Usted no parece entender por qué muchos católicos critican al Papa Francisco, a pesar de que es «el Papa». Al contrario, no entiendo cómo todos los cardenales, excepto los cuatro de las Dubia, permanecen en silencio y no hacen preguntas críticas al Papa. Porque hay muchas cosas que el Papa Francisco dice y hace que deberían provocar no sólo preguntas críticas sino también críticas caritativas. Recordemos la Declaración sobre la Fraternidad de Todos los Pueblos firmada por el Papa Francisco junto con el Gran Imán Ahmad Mohammad Al-Tayyeb, que dice:

«El pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, etnia y lengua son queridos por Dios en Su sabiduría, a través de la cual creó a los seres humanos». (Aún más molesta es la versión inglesa: «The pluralism and the diversity of religions, colour, sex, ethnicity and language are willed by God in His wisdom, through which He created human beings»).

¿No sería una herejía y una terrible confusión afirmar que Dios -del mismo modo que quiso la diferencia de los dos sexos, es decir, con su voluntad positiva- también quiso directamente la diferencia de religiones y, por tanto, toda idolatría y herejía? Sí, ¿no es la Declaración de Abu Dhabi mucho peor que la herejía, es decir, la apostasía? ¿Cómo puede Dios, con Su voluntad creadora positiva, haber querido religiones que rechazan la divinidad de Jesús, niegan la Santísima Trinidad, rechazan el bautismo y todos los sacramentos y el sacerdocio? ¿O cómo ha podido querer el politeísmo o el culto al ídolo Baal o a la Pachamama? ¿No contradice esto totalmente el mensaje del profeta Elías y de todos los demás profetas y las palabras de Jesús?

¿No deberían todos los cardenales y obispos pronunciar su firme «non possumus» cuando Francisco exija que este «documento» sea la base de la formación de los sacerdotes en todos los seminarios y facultades de teología?

Dios ni siquiera puede haber querido o aprobado directa y positivamente las confesiones cristianas heréticas, en lugar de simplemente permitirlas, ya que éstas niegan pilares de la fe bíblica y católica como la enseñanza bíblica de que nuestra salvación eterna no se realiza sólo por la gracia de Dios, sino que requiere nuestra libre cooperación y buenas obras. ¿Cómo puede entonces, con su voluntad directa y positiva, querer religiones que rechazan todo el fundamento de la fe cristiana y a Cristo mismo?

Por muy cierto que sea en sí mismo «que el Papa es el Papa y garante de la fe», esta afirmación no puede aplicarse a un Papa que ha firmado la Declaración de Abu Dhabi y la ha difundido por todo el mundo, y que ha dicho y hecho muchas otras cosas contrarias a la doctrina constante de la Iglesia.

Su afirmación de que hay que promover las alianzas civiles/uniones civiles de homosexuales contradice directamente las claras afirmaciones del Magisterio de la Iglesia (cf. las consideraciones publicadas bajo el pontificado de San Juan Pablo II sobre los proyectos de reconocimiento legal de la convivencia entre personas homosexuales del 3 de junio de 2003), ¡pero sobre todo la Sagrada Escritura y toda la tradición de la Iglesia! ¿No deberían hacer todos ustedes, los cardenales, como hizo maravillosamente el obispo Athanasius Schneider: realizar un verdadero acto de amor al Papa y decirlo públicamente y con la misma franqueza que él, con toda la claridad debida?[1]

El Papa Francisco -lo digo con el corazón roto- no es el «garante de la fe», sino que constantemente destruye cada vez más los fundamentos de la fe y la moral con esta y otras muchas declaraciones y pronunciamientos. Que yo sepa, no ha habido ningún Papa en la historia de la Iglesia que haya afirmado monstruosidades semejantes... ¿Cómo debo responder a un querido y profundamente creyente amigo luterano, por cuya conversión rezo desde hace años, cuando me escribe que con esta Declaración de Abu Dhabi la Iglesia católica ha abandonado el suelo del cristianismo?

¿No está claro que un próximo Papa debe condenar como apóstata esta enseñanza de Abu Dhabi que Francisco envía a todos los seminarios de sacerdotes y facultades católicas? ¿Cómo puede justificar la Iglesia anatematizar al Papa Honorio por una desviación infinitamente menor de la Fe y condenarlo, si no condena unas declaraciones tan escandalosas? No tendrían que escribir todos los cardenales al Papa como un solo hombre y pedirle que retire esta declaración apóstata?

¿No temblarán los cardenales ante el momento en que Cristo les pregunte cómo podrían haber cumplido el solemne mandato misionero de Jesús si no hubieran protestado contra la Declaración de Abu Dhabi, que dice lo diametralmente opuesto a las palabras de Jesús?

«Por último, estando los once sentados a la mesa, se manifestó... Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará». (Marcos 16:14).

¿Cómo habéis podido callar también todos vosotros sobre las más que justificadas dubia del cardenal Caffarra -que aún me llamó en vísperas de su muerte y al que tuve que prometer que seguiría defendiendo la verdad- y de los otros tres cardenales posteriores a Amoris Laetitia, o incluso criticar estas dubia? De los cardenales, sólo los cuatro cardenales dubia han formulado preguntas caritativas sobre la herejía moral-teológica en Amoris Laetitia denegar implícitamente acciones intrínsecamente malas. El esplendor del bien y la existencia siempre y en todas partes (ut in omnibus) de actos malos ha sido reconocido como piedra angular de toda ética desde Sócrates y fue enseñado por San Juan Pablo II como fundamento inamovible de la ética y de las enseñanzas morales de la Iglesia.[2]

¿No deberían todos los cardenales haber estado de acuerdo con el cardenal Carlo Caffarra y los otros tres cardenales de las Dubia y haber exigido esta aclaración, ayudando así al Papa a proclamar la verdad?[3] ¿No deberían todos los cardenales haberse levantado como un solo hombre y haber apoyado la fraterna correctio que el cardenal Burke anunció pero nunca llevó a cabo?

Sólo tuvimos el anuncio del Cardenal Burke de que los cuatro Cardenales practicarían una «correctio fraterna» sobre el Papa en caso de silencio del Papa sobre esta cuestión moral central, pero esta correctio fraterna hace años que no la han practicado ni el Cardenal Burke ni otros Cardenales; solo unos pocos laicos y sacerdotes han criticado esta perversión de la doctrina en varias declaraciones[4] y, por así decirlo, se han puesto en la brecha para que ustedes los cardenales defiendan la verdad y el depositum fidei, como ya hicieron los laicos frente a la herejía arriana junto con San Atanasio y otros pocos cardenales todavía fieles, contra el Papa Liberio y la mayoría de los obispos se mostraron blandos.

Pero en lugar de nosotros miseri laici (nosotros miserables laicos), como (entonces el todavía Monseñor) Carlo Caffarra me llamaba con afectuoso humor (con verdadero corazón), ¿no os corresponde a vosotros, cardenales que deberíais estar dispuestos a dar vuestra sangre por la verdadera fe, alzar la voz contra las herejías de las que los críticos del Papa han demostrado que el Papa Francisco ha cometido algunas o al menos las ha sugerido? En lugar de una prohibición de criticar las declaraciones del Papa, ¿no hay aquí más bien una exigencia de reprensión fraterna o filial?

¿Y ahora levanta usted la voz, no por defensio fidei, sino para acallar a esos críticos, es más, para querer «erradicar» toda crítica?

¿No deberían protestar también todos los cardenales en muchos otros casos, por ejemplo cuando el Papa introduce arbitrariamente una enmienda teológica y eclesiásticamente errónea en el Catecismo Católico, que contradice las claras palabras de Dios en las Sagradas Escrituras (ya en el Libro del Génesis)[5] y muchas declaraciones doctrinales de papas sobre la pena de muerte formuladas en la tradición ininterrumpida y también hechos históricos, o cuando -contra muchas palabras contundentes de Jesús y dogmas de la Iglesia católica- habla de un infierno vacío o incluso, como los Testigos de Jehová, afirma que las almas de los pecadores incurables no van al infierno sino que son destruidas?

Querido amigo, este escenario de un Papa que negó la existencia de la única y verdadera Iglesia y la fe in unam sanctam, catholicam et apostolicam ecclesiam, si no explícitamente sí ciertamente implícitamente en Abu Dhabi, y se comporta como un señor por encima de las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia, y de tantos Cardenales silenciosos, resulta irritante para muchos creyentes como yo, pone en peligro nuestra fe y hace un daño incalculable a la Iglesia y a las almas.

Os pido que alcéis vuestra voz en favor de la verdad sin ambages y que persuadáis a otros cardenales para que digan la verdad oportuna e inoportunamente, aunque esto pueda revelar la terrible crisis y cisma de la Iglesia en medio de la cual nos encontramos, y aunque algunos pusillae animae puedan ver erróneamente en ello un scandalum.

No se trata de una cuestión cultural de un Papa latinoamericano. No es una cuestión de gusto, estilo o temperamento. No, es el sí o el no a Cristo que nos dijo que predicáramos el Evangelio a todos los pueblos y naciones; quien crea en él se salvará, pero quien no crea en él se condenará? ¿Puede el Papa derogar de facto este mandato misionero mediante la Declaración de Abu Dhabi?

¿Puede nombrar e incluso honrar personalmente y premiar en la Academia Pontificia para la Vida a teólogos morales que contradicen el núcleo de la enseñanza moral bíblica y de la Iglesia y las encíclicas Humanae Vitae, Evangelium Vitae y Veritatis Splendor? ¿Cómo pueden los cardenales (y especialmente ustedes, que durante años trabajaron a las órdenes de San Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI) permanecer en silencio ante ésta y muchas otras «desolaciones del santuario» en lugar de hacer todo lo posible, mucho más que los laicos y teólogos críticos, para proclamar esas muchas verdades de la fe que el Papa contradice abierta o tácitamente con palabras y también con hechos (como la celebración de la Reforma, la erección de la estatua de Lutero en el Vaticano, el sello que celebra la Reforma, el culto a la Pacha Mama en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro, etc.)) y suplicarle que encuentre la brújula segura de su enseñanza únicamente en la verdad de las Sagradas Escrituras y en los dogmas inmutables de la Iglesia y que no se permita cambiar ni un ápice de ellos, por no hablar de la sustancia de la fe?

Con profundo dolor por las muchas heridas de la Iglesia, la Esposa de Cristo, y con amor a Jesús y a la Iglesia fundada por Él sobre la Roca de Pedro

En Cristo

Tuyo,

José

P.D. Espero desde lo más profundo de mi alma vuestra respuesta de palabra y de obra, que sería un acto de amor a Jesús, a María, a la Santísima Trinidad, a la Iglesia, al alma del Papa y a muchas otras almas. Con San Juan Pablo os grito: ¡corraggio! Luchad con valentía y sin reservas por la verdad, por Cristo y por la Iglesia, por las almas, incluidas las del Papa Francisco, y por la unidad de todos los cristianos, que sólo es posible en la verdad.

Profundamente unidos a ti en Cristo,

Tuyo

José

Profesor Dr.phil. habil. Dr. h.c. Josef M. Seifert, actualmente profesor de filosofía en la LMU, la Universidad de Múnich.







[1] He aquí la declaración verdaderamente clásica y maravillosa del obispo Schneider: https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-calls-faithful-to-pray-for-pope-francis-to-convert.

[2] Escribí un libro sobre esto El esplendor del bien y los actos intrínsecamente malos . La piedra angular de la ética y la moral de Karol Wojtyìa/Papa Juan Pablo II (1920-2020): una defensa filosófica. Cf. también mi ensayo . "Amoris Laetitia. Alegrías, tristezas y esperanzas". Aemaet vol. 5, n.º 2 (2016) 160-249, http://aemaet.de urn:nbn:en:0288-2015080654.

130b. "La alegría del amor: alegrías, aflicciones y hoffnungen", Aemaet Scientific Journal of Philosophy and Theology http, vol. 5, n.º 2 (2016) 2-84, http://aemaet.de urn:nbn:es:0288-2015080660.

[3] Con esta intención de ayudar al Papa escribí en mi breve ensayo ¿La lógica pura amenaza con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica? ("¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?", Aamaet, Revista científica de filosofía y teología http://aemaet.de, Vol. 2 (2017), 10-20/ " ¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?" Aemaet, Wissenschaftliche Zeitschrift für Philosophie und Theologie http://aemaet.de, Vol. 6 (2017), 2-9) formuló la misma pregunta y también, con elogio de algunos pasajes de Gaudete et Exsultate el libro Revolution der Moraltheologie: Neues Paradigma oder alte ethische Irrtümer? (que le envío al mismo tiempo que esta carta). Más recientemente, Don Tullio Rotondo, en su libro Tradimento della sana dottrina attraverso "Amoris Laetitia", también ha expresado esta crítica de manera fundada y respetuosa. (Fue suspendido a divinis de forma totalmente injusta por su obispo por no retirar este libro, lo que habría ido en contra de su conciencia y del principio apostólico de que debemos obedecer a Dios más que a los hombres).

[4] Yo mismo no firmé estas declaraciones porque no estaba de acuerdo con todos los puntos ni con el tono de todo el asunto.

[5] Quien derrame sangre de hombre, su sangre también será derramada por el hombre; porque Dios hizo al hombre a su imagen. (Génesis 9:6)