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sábado, 30 de agosto de 2025

¿Qué pensar del nuevo papa? (9 DE MAYO DE 2015)



Es demasiado pronto.

Por un lado… es una criatura formada en la Iglesia de Chicago y en la liberal Universidad de Villanova, así como en la muy liberal Catholic Theological Union (aún más liberal cuando él fue estudiante allí, en los agitados años setenta); ha pasado gran parte de su vida en las zonas rurales de Perú impregnadas de Teología de la Liberación. 

Por otro lado, es Doctor en Derecho Canónico, después de una época en la que dicho derecho fue destruido por la arbitrariedad.

Nos anima su elección de nombre, su mensaje inicial razonable y el uso de la mozzetta papal: todos ellos son signos de verdadera humildad, no de la humildad fingida de los últimos años. Tememos el futuro, solo queremos paz. ¿Llegará la paz?…

El Romano Pontífice recibe una GRACIA ESPECIAL en el momento de su aceptación. Como toda gracia dada por Dios, exige una aceptación verdadera y humilde por parte del destinatario para que pueda desarrollarse plenamente. 

Rezamos con fervor para que el nuevo Papa la viva en plenitud.

Solo esperamos que los graves escándalos de la Iglesia en Estados Unidos, en Perú, y cualquier escándalo pasado de la Orden de San Agustín, no lo manchen.

León XIV: “La puerta estrecha del Evangelio nos conduce a la autenticidad de la fe” 25 de agosto





Durante el rezo del Ángelus del domingo 24 de agosto, el Papa León XIV invitó a los fieles a reflexionar sobre la enseñanza evangélica de la “puerta estrecha”, recordando que el camino cristiano exige coherencia, sacrificio y autenticidad en la fe. 

Ante los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Pontífice explicó que “no se entra en el Reino de Dios por la apariencia ni por las palabras, sino por la verdad de la vida”.

La “puerta estrecha” como símbolo de exigencia evangélica

El Papa subrayó que la puerta estrecha representa la fidelidad al Evangelio en su radicalidad. 

No basta con proclamarse creyente de palabra; es necesario vivir la fe en cada gesto cotidiano. “La puerta es estrecha porque exige renuncia al egoísmo, apertura al perdón y compromiso real con los demás”, señaló en su meditación.

Autenticidad frente a superficialidad religiosa

León XIV advirtió contra el peligro de una religión superficial, basada únicamente en apariencias externas, costumbres sociales o intereses personales. 

Recordó que el cristianismo auténtico no se reduce a ritos cumplidos por inercia, sino que pide un encuentro vivo con Cristo que transforme la vida y las relaciones.

El cristiano, llamado a la coherencia

El Pontífice insistió en que la fe debe reflejarse en obras concretas de caridad y justicia: “No todos los que dicen ‘Señor, Señor’ entrarán en el Reino de los Cielos, sino quienes hacen la voluntad del Padre”. 

Así, exhortó a los fieles a ser testigos coherentes, capaces de dar ejemplo en la familia, el trabajo y la sociedad.

Oración a la Virgen y llamado a la esperanza

Antes de concluir el Ángelus, León XIV encomendó a la Virgen María el camino de los cristianos, para que “nos ayude a elegir cada día la puerta estrecha del Evangelio, fuente de vida verdadera y de esperanza para el mundo”. 

Finalmente, impartió la bendición apostólica a los presentes en la Plaza de San Pedro y a quienes siguieron la oración a través de los medios de comunicación.

Fuente: Vatican News

La Pachamama terminó en el Titicaca (19 DE AGOSTO 2025)



Todos recordarán el famoso Sínodo de la Amazonía de 2019, cuando en los jardines vaticanos el Papa Francisco y su séquito rindió culto a la Pachamama, ídolo que luego fue llevado en procesión de la basílica de San Pedro al aula sinodal. 

Y todos recordamos también al joven austríaco que sustrajo el ídolo de la iglesia de Santa María in Traspontina y lo arrojó al Tíber.

Pues pareciera que hoy el Papa León, de un modo más sutil, arrojó al mísmo ídolo, la Pachamama, al lago Titicaca. 

Se conoció el telegrama que envío a los obispos de la Conferencia Eclesial de la Amazonía, reunidos en Bogotá, donde, estre otras cosas sitúa «el derecho y el deber de cuidar la «casa» que Dios Padre nos ha confiado como administradores solícitos, para que nadie destruya irresponsablemente los bienes naturales que hablan de la bondad y la belleza del creador, ni, mucho menos, se someta a ellos como esclavo o adorador de la naturaleza, ya que estas cosas nos han sido dadas para alcanzar nuestro fin de alabar a Dios y así obtener la salvación de nuestras almas» (23 («Principio y fundamento») de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola).

Creo que este será el modo que tendrá el Papa León de poner orden al desquicio que dejó Francisco en toda la Iglesia. No será a mi entender, con expulsiones, gritos y golpes en la mesa como hacía el Porteño empoderado, sino de un modo sutil pero, a la vez, con firmeza y claridad. 

Y no lo digo solamente por el telegrama que se conoció hoy. Lo digo por algunas buenas noticias, discretas pero prometedoras, que se están conociendo.

León XIV a los monaguillos: «La celebración de la misa salva al mundo hoy»





MENSAJE DE LEÓN XIV A UN GRUPO DE JÓVENES FRANCESES EN PEREGRINACIÓN A ROMA (25 Agosto 2025)


Espero que «estén atentos a la llamada que Jesús podría hacerles para seguirlo más de cerca en el sacerdocio» y «que puedan, poco a poco, domingo tras domingo, descubrir la belleza, la felicidad y la necesidad de una vocación así». León XIV dirige este aliento a las «conciencias de jóvenes, entusiastas y generosos» monaguillos franceses en peregrinación a Roma, con los que se reunió esta mañana, 25 de agosto, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico. Durante su discurso, en el que destacó la importancia de la Eucaristía como lugar de encuentro con el amor de Cristo, insistió en la «vida tan maravillosa del sacerdote» que, «en el centro de cada uno de sus días, a través de la misa, encuentra a Jesús de una manera tan excepcional y lo dona al mundo».

Les diré algo que deben escuchar, aunque pueda inquietarlos un poco: ¡la falta de sacerdotes en Francia, en el mundo, es una gran desgracia! ¡Una desgracia para la Iglesia!

Solo Jesús nos salva

Ante un mundo que «va mal, que debe afrontar retos cada vez más graves e inquietantes» como el sufrimiento, la enfermedad, la discapacidad, el fracaso o incluso la pérdida de un ser querido, el Pontífice reconoce que pueden surgir preguntas: «¿Quién vendrá en nuestro auxilio? ¿Quién tendrá piedad de nosotros? ¿Quién vendrá a salvarnos? ... no solo de nuestros sufrimientos, de nuestras limitaciones y de nuestros errores, sino también de la muerte misma?».

Pero para él la respuesta es «perfectamente clara y resuena en la Historia desde hace 2000 años: solo Jesús viene a salvarnos, nadie más: porque solo Él tiene el poder de hacerlo —Él es Dios Todopoderoso en persona— y porque nos ama». «Él dio su vida por nosotros, ofreciéndola en la cruz. De hecho, no hay mayor amor que dar la vida por quienes amamos», continúa el Papa, definiendo la muerte y resurrección de Cristo como «lo más maravilloso de nuestra fe católica» y «el acontecimiento más importante de la historia del mundo». «Dios, el creador del cielo y de la tierra, quiso sufrir y morir por nosotros, sus criaturas. ¡Dios nos amó hasta morir! Para hacerlo, descendió del cielo, se humilló a sí mismo y se hizo semejante a los hombres», afirma el Pontífice.

¿Qué podemos temer de un Dios que nos ha amado hasta tal punto? ¿Qué más podríamos esperar? ¿Qué esperamos para corresponderle como se merece? Gloriosamente resucitado, Jesús está vivo junto al Padre, ahora cuida de nosotros y nos comunica su vida eterna.

La Eucaristía salva al mundo hoy

León XIV destaca además que el lugar donde se puede experimentar este amor de Cristo es la Eucaristía, «tesoro de la Iglesia, tesoro de tesoros». «Domingo tras domingo» y «generación tras generación», la Iglesia custodia «con cuidado la memoria de la muerte y resurrección del Señor», explica el Papa. «¡La celebración de la misa nos salva hoy! ¡Salva al mundo hoy!», reitera, precisamente porque en ella, «entre las manos del sacerdote y con sus palabras «esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre», Jesús sigue entregando su vida en el altar, sigue derramando su sangre por nosotros hoy».

Es el acontecimiento más importante de la vida del cristiano y de la vida de la Iglesia, porque es el encuentro en el que Dios se entrega a nosotros por amor, una y otra vez. El cristiano no va a misa por obligación, sino porque lo necesita absolutamente; ¡necesita la vida de Dios que se entrega sin pedir nada a cambio!

Pongan a Jesús en el centro de su vida

Citando un versículo de San Pedro tomado de los Hechos de los Apóstoles que dice que «no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual podamos ser salvados», el Pontífice anima a los monaguillos a no olvidar «jamás estas palabras». «Imprímanlas en si corazón y pongan a Jesús en el centro de su vida», reitera. Y los invita a regresar a Francia «más decididos que nunca a amarlo y seguirlo, y así mejor armados de esperanza», en los momentos difíciles de duda, desánimo y tormenta, como un ancla segura, lanzada hacia el cielo, que les permitirá continuar el camino. De hecho, León XIV agradece a los monaguillos por su servicio, los anima a perseverar y los invita a tener siempre presente «la grandeza y la santidad de lo que se celebra».

En efecto, ¿cómo no sentir alegría en el corazón en presencia de Jesús? Pero la misa es, al mismo tiempo, un momento serio, solemne, impregnado de gravedad. Que su actitud, su silencio, la dignidad de su servicio, la belleza litúrgica, el orden y la majestuosidad de los gestos introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio.

Jesús quiere ser su mejor amigo

De hecho, el Papa exhorta a los monaguillos a no perder la oportunidad «de hablar con Jesús en lo más profundo de su corazón y amarlo cada vez más» mientras están en Roma durante el Año Santo. «Él nos ayuda a «convertirnos», es decir, a volvernos hacia Él, a crecer en la fe y en su amor, para convertirnos en mejores discípulos», explica. El único deseo de Cristo, añade, «es formar parte de su vida para iluminarla desde dentro, convertirse en su mejor amigo, el más fiel. La vida se vuelve bella y feliz con Jesús». Sin embargo, explica el Pontífice, Cristo «espera su respuesta», llama «a la puerta y espera para entrar».

Estar «cerca» de Jesús, Él, el Hijo de Dios, ¡entrar en su amistad! ¡Qué destino inesperado! ¡Qué felicidad! ¡Qué consuelo! ¡Qué esperanza para el futuro!

Rosario en Ferraz rezó desde Jumilla. 22 agosto 2025


ROSARIO de FERRAZ en JUMILLA. 





DURACIÓN 31.50 MINUTOS

Esta tarde rezaremos en Jumilla, el pueblo murciano en el que se desató la polémica porque, según la mayoría de medios de comunicación, se había prohibido celebrar a los musulmanes la Fiesta del Cordero. 

La izquierda política y la Conferencia Episcopal salió en defensa de los musulmanes alegando el "derecho" a la "libertad religiosa". El mismo "derecho" que han negado a los católicos que rezamos en el Santuario de Ferraz. 

La realidad, en todo caso, es que se había aprobado un reglamento para prohibir hacer toda clase de celebraciones religiosas en los espacios deportivos. Por ello, hemos venido hasta el polideportivo municipal de Jumilla. Para pedir, en ese campo de fútbol donde se quiere degollar a centenares de corderos, a la Santísima Virgen que España sea siempre cristiana. 

No queremos que nuestra nación se convierta en un lugar donde se masacre a miles de corderos o donde impere el wokismo. 

Queremos que en España se celebren nuestros ritos, tradiciones y festividades religiosas. Que se celebren fiestas por Cristo, María o del santo local. España esTierra de María. Debe ser faro del catolicismo. En caso contrario, nuestra nación perecerá. 

¡Viva Cristo Rey!







¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? Nº 82. PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX



DURACIÓN 34:18 MIN



1. El Papa a los monaguillos

2. Y con los políticos 

3. La Iglesia no se irá de Gaza 

4. Camerún. Los sacerdotes dispuestos a dar la vida 

5. Escándalo en USA y los obispos, mudos 

6. Las hay con numerosas vocaciones 

7. Reflexiones sobre el desplome del cristianismo en Europa 

8. Peregrinación tradicional a Fátima

Escándalo por «La pasión mística», libro del cardenal Fernández conocido ahora




«La pasión mística. Espiritualidad y sensualidad», desclasificado por la editorial, presenta un contenido teológicamente confuso y una exposición pornográfica de los temas. No aparece en el listado que incluyó en su CV en la página web del Vaticano.




(InfoCatólica) 'Fiducia Supplicans' no es el último escándalo provocado entre los fieles católicos por el Cardenal Fernández. Varias webs argentinas, italianas y de habla inglesa han facilitado la lectura (hoy, 8 de enero) de un libro escrito por el Cardenal 'Tucho' Fernández en 1998 y que según fuentes ordenó retirar.

El contenido del libro tiene descripciones que pueden clasificarse de pornográficas, irreproducibles, dañinas para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad espiritual y que están ocasionando preocupación entre muchos fieles en las Redes Sociales.

Según relata el siempre bien informado Caminante Wanderer, «el libro no aparece en el listado que incluyó en su CV y publicado luego por la página oficial del Vaticano en ocasión de su nombramiento. El libro en cuestión se llama La pasión mística. Espiritualidad y sensualidad, y fue publicado en la ciudad de México por la editorial católica Dabar en 1998»

Wanderer continúa relatando el hallazgo: «hace pocos días, fue subido a Scribd y allí lo encontramos. La veracidad del texto está confirmada no solamente por el ejemplar físico al que hemos accedido sino también por su inscripción en el registro internacional de ISBN (aquí) y su inclusión en Google Books (aquí), como así también en varios repertorio bibliográficos que pueden encontrarse en la web (por ejemplo este)».

El libro del arte de besar

Al poco de conocerse su nombramiento como Prefecto para el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Cardenal (Tucho) Fernández, tal como hizo después de la publicación 'Fiducia supplicans' realizó varias entrevistas (por escrito y sin posibilidad de repregunta) en las que procuraba defenderse de escritura de otro libro sobre «el arte de besar», con la práctica que le caracteriza afeó a los que se escandalizaban de ese libro acusándoles de que en realidad es que estaban en contra del Papa. Como si el Santo Padre hubiese tenido algo que ver en lo que escribía en el cambio de siglo. En entrevista a InfoVaticana defendía el libro sobre el arte de besar:

Pues bien, conversando y conversando se nos ocurrió destacar que el sexo no es todo, que si uno lo pospone puede desarrollar muchas otras formas de expresión del amor y crecer en ese amor. Entonces, como ejemplo de una de esas expresiones de afecto que puede haber sin necesidad de llegar al sexo, estaba el beso. Así, junto con ellos hicimos una encuesta a otros jóvenes, buscamos poemas y fuimos armando esta catequesis. No era un manual de Teología, era un intento pastoral del cual no me arrepentiré nunca. Por supuesto que hoy no escribiría algo así, ya tengo 60 años y empiezo a prepararme para la vida eterna. De hecho, poco después pedí a la editorial que no lo reimprimieran. ¿No le parece de mala leche tomar ese librito, usar frases sueltas de ese opúsculo pastoral juvenil para juzgarme como teólogo?

Se desconoce qué tipo de rocambolescas «argumentaciones» utilizará ahora. El libro es absolutamente desaconsejable tanto por las formas como por el fondo, más allá que es otro ejemplo de la escasa cultura teológica que pone de manifiesto y que por las respuestas que da en las entrevistas se siente acomplejado.

Muchos fieles están también atentos a los sacerdotes y obispos que entonces defendían la publicación por parte del Cardenal Fernández el libro «Sáname con tu boca. El arte de besar» y repetían las excusas que ponía el Mons. Fernández.
El orgasmo

Aunque el libro está plagado de tesis teológicas débiles y confusas, los capítulos que más han escandalizado son los tres últimos capítulos titulados: «Orgasmo masculino y femenino»; «El camino hacia el orgasmo» y «Dios en el orgasmo de la pareja»

Algunas personas que han analizado el libro llaman la atención del conocimiento que tiene sobre el orgasmo femenino o la imprudencia de relatar «un encuentro apasionado con Jesús que me contó una adolescente de dieciséis años»

Y como en las sectas de «iluminados» de los siglos XV-XVI todo está trufado con unas supuestas finalidades espirituales:

Preguntémonos ahora si estas particularidades del varón y de la mujer en el orgasmo, se dan también de algún modo en la relación mística con Dios.

Podríamos decir que la mujer, por ser más receptiva, también está mejor dispuesta a dejarse tomar por Dios, está más abierta a la experiencia religiosa. Será por eso que en los templos predominan las mujeres. (p. 67).

Especialmente hiriente es el capítulo 8 cuando comenta las experiencias místicas de santas como Teresa de Jesús o del Niño Jesús.

Lógicamente, un tema que está siempre presente en muchos escritos del Cardenal Fernández es la homosexualidad. Con «argumentaciones» que ya prefiguran lo que después aparece en Amoris Laetitia y en otros escritos:

Pero esto tampoco significa necesariamente que esa experiencia gozosa del amor divino, si la alcanzo, me liberará de todas mis debilidades psicológicas. No significa, por ejemplo, que un homosexual necesariamente dejará de serlo. Recordemos que la gracia de Dios puede coexistir con debilidades y también con pecados, cuando hay un condicionamiento muy fuerte. En esos casos, la persona puede hacer cosas que objetivamente son pecado, pero no ser culpable, y no perder la gracia de Dios. (p. 80)

El también prescindible capítulo 9 dedicado al orgasmo en la pareja, que no en el matrimonio explícitamente. Los confusos párrafos intentan justificar una especie de «pornoteología» que como señala Wanderer:

El problema, según Mons. Fernández, viene de «la mentalidad griega la que influyó negativamente en el cristianismo, transmitiéndole un cierto desprecio del cuerpo». (p. 89) Pero Santo Tomás restituyó todo a su justo lugar y, para confirmar su opinión, trae el testimonio del P. Danielou quien en un escrito afirma que «De la unión erótica a la unión mística hay un paso fácil de dar» y, sobre todo la de «un venerable teólogo egipcio del siglo XV [olvida decir que se trata de un musulmán] que hacía la siguiente alabanza a Dios:

Alabado sea Alá, que afirma los penes duros y rectos como las lanzas para hacer la guerra en las vaginas (Al Sonuouti). (p. 91)

Newman sobre el rol irremplazable de los laicos en tiempos de crisis




por Peter KWASNIEWSKI

La canonización de John Henry Newman elevó a los honores del altar a uno de los mayores defensores de la ortodoxia dogmática, el antiliberalismo y la primacía de lo sobrenatural en el cristianismo; y su próxima elevación al estatus de Doctor de la Iglesia confirma el valor simultáneamente atemporal y oportuno de su sabia enseñanza. En otras palabras, Newman tiene algo que ofrecer a cualquiera en cualquier momento; pero tiene algo de especial importancia que ofrecer a usted y a mí hoy.

Newman fue un firme defensor del lugar central de los laicos en la vida de la Iglesia, no en la vena posconciliar del populismo de los consejos parroquiales y las multitudes en el altar, sino en el llamado noble y digno propio de ellos en el Cuerpo Místico de Cristo, que no puede confundirse con el del clero y que, en su misma «mundanidad», les permite hacer un inmenso bien en su propio ámbito. El célebre predicador P. Richard Cipolla expone lúcidamente este punto:

Es obvio que la visión del [Segundo Concilio Vaticano] para el apostolado de los laicos se centra principalmente en el mundo en el que viven los laicos: en sus hogares, en el trabajo, entre sus amigos, en sus muchos encuentros con el mundo en sus vidas como laicos. Deben ser testigos en su matrimonio, con sus hijos, con sus amigos, con las muchas y variadas personas que conocen, en su vida política, en su vida intelectual. Deben asumir su rol adecuado no solo en el testimonio de la fe católica, sino también en la lucha contra esas fuerzas reales en la cultura contemporánea que son contrarias a la fe cristiana.

Pero observe que no se menciona que los laicos asuman roles específicos en la liturgia que la Sagrada Tradición nunca les concedió, entendiendo aquí la Tradición no como una canción de Fiddler on the Roof, sino como lo que fue transmitido desde los Apóstoles mismos a la Iglesia y hasta la Iglesia de nuestro propio tiempo. Entonces, lo que sucedió prácticamente es que los laicos después del Concilio se clericalizaron, se convirtieron, en una maravillosa palabra italiana para los monaguillos, en chierichetti, «pequeños clérigos», como lectores, ministros eucarísticos, miembros de comités litúrgicos, etc. La clericalización de los laicos después del Concilio ha sido un desastre para los laicos y la Iglesia en general. Y esto se debe a que su clericalización les ha impedido cumplir su misión en el mundo como laicos. (Sermón para la Misa Solemne de Acción de Gracias por la Canonización de John Henry Newman, 9 de octubre de 2019, publicado en Rorate Caeli, 13 de octubre de 2019.)

El P. Cipolla continúa señalando que los laicos a los que Newman admiraba más en la historia de la Iglesia eran los innumerables y anónimos fieles del siglo IV que, simplemente basándose en aferrarse firmemente a la fe que habían recibido en el Bautismo y de manos de la Iglesia, se opusieron a la herejía arriana cuando la mayoría de sus obispos habían pasado al lado del error o simplemente mantenían la boca cerrada por temor a las repercusiones imperiales:

Pero hay una segunda y más importante razón para una laicado educado, especialmente educado en la fe católica. Vivimos en un tiempo en el que la naturaleza misma de la Tradición, lo que nos ha sido transmitido desde Jesús y los Apóstoles, en las Escrituras y a través de los Padres de la Iglesia y los antiguos Credos, está bajo ataque. Está bajo ataque no por el mundo de The New York Times, que está bastante contento de que haya disensión dentro de la Iglesia, ya que eso hace que la Iglesia sea una amenaza mucho menos formidable para el mundo de la secularidad estridente. El ataque proviene de aquellos que son ordenados por Dios para ser fieles a la Tradición de la Iglesia y guiar a su rebaño durante estos tiempos de tormentas en el mundo. Estos hombres, en su mayoría clérigos, reclaman el derecho a cambiar la Tradición, incluyendo el testimonio de las Escrituras. Lo hacen en nombre de la misericordia, pero esta comprensión de la misericordia tiene poco que ver con la misericordia de Dios. Y es aquí y ahora donde un laicado educado, educado tanto en la Fe como intelectualmente, debe ser un testigo de la Fe transmitida a la Iglesia desde los Apóstoles en las Escrituras y la Tradición. Así como los laicos fueron fieles a la fe católica en el terrible tiempo de la apostasía arriana en el siglo IV y más allá, cuando la mayoría de los obispos se convirtieron en herejes, así en este tiempo los laicos deben ser fieles a la fe católica de una manera que sea humilde, firme y llena de alegría. (Ibid.)

Es sorprendente y aleccionador leer el relato de Newman sobre la crisis arriana, a la que dedicó un libro entero. Escribe el cardenal:

El episcopado, cuya acción fue tan rápida y concordante en Nicea ante el surgimiento del arrianismo, no jugó, como clase u orden de hombres, un buen papel en los problemas consecuentes al Concilio; pero los laicos sí lo hicieron. El pueblo católico, en la longitud y amplitud de la cristiandad, fueron los obstinados campeones de la verdad católica, y los obispos no lo fueron. Por supuesto, hubo grandes e ilustres excepciones; primero, Atanasio, Hilario, el Eusebio latino y Phoebadius; y después de ellos, Basilio, los dos Gregorios y Ambrosio. Pero en general, tomando una visión amplia de la historia, estamos obligados a decir que el cuerpo gobernante de la Iglesia se quedó corto, y los gobernados fueron preeminentes en fe, celo, coraje y constancia. (Apéndice, Nota V, en The Arians of the Fourth Century, (Notre Dame, IN), 445.

Newman, siempre teólogo además de historiador, se pregunta por qué el Señor permitió tal prueba para asolar la Iglesia, por qué se permitió que los pastores se convirtieran en lobos por un tiempo, por qué los obispos buenos y santos eran una pequeña minoría, y por qué el pueblo fue llamado a aferrarse incluso contra sus «superiores». Dice:

Tal vez fue permitido, para impresionar a la Iglesia en ese mismo momento en que pasaba de su estado de persecución a su larga ascendencia temporal, la gran lección evangélica de que, no los sabios y poderosos, sino los desconocidos, los iletrados y los débiles constituyen su verdadera fuerza. Fue principalmente por el pueblo fiel que el paganismo fue derrocado; fue por el pueblo fiel, bajo el liderazgo de Atanasio y los obispos egipcios, y en algunos lugares apoyados por sus obispos o sacerdotes, que la peor de las herejías fue resistida y eliminada del territorio sagrado. (Newman, Arians, 445–46)

De hecho, Newman llega tan lejos como para afirmar:

En ese tiempo de inmensa confusión, el dogma divino de la divinidad de Nuestro Señor fue proclamado, impuesto, mantenido y (humanamente hablando) preservado, mucho más por la «Ecclesia docta» [es decir, los laicos] que por la «Ecclesia docens» [es decir, la jerarquía]; que el cuerpo del Episcopado fue infiel a su comisión, mientras que el cuerpo de los laicos fue fiel a su bautismo; que en un momento el Papa, en otros tiempos un patriarca, metropolitano u otro obispo importante, en otros tiempos concilios generales, dijeron lo que no deberían haber dicho, o hicieron lo que oscurecía y comprometía la verdad revelada; mientras que, por otro lado, fue el pueblo cristiano, quien, bajo la Providencia, fue la fuerza eclesiástica de Atanasio, Hilario, Eusebio de Vercelli y otros grandes confesores solitarios, que habrían fallado sin ellos. (Newman, Arians, 465–66).

Pero ¿cómo sobrevivieron los laicos durante la crisis arriana? ¿Qué acciones tomaron para preservar la Fe y resistir a los obispos heterodoxos? La respuesta es corta: fue extremadamente difícil, pero con la gracia de Dios, hicieron lo que fue necesario.

Para empezar, los fieles ortodoxos taparon sus oídos contra las zalamerías y amenazas de los obispos arrianos y semi-arrianos, quienes sin duda intentaron manipularlos y «culparlos», como hacen hoy los malos obispos como los de Detroit y Charlotte, para hacerles creer que estaban siendo «desobedientes» al no seguir el liderazgo de sus pastores. Dado que la liturgia a menudo estaba en manos de los herejes, los laicos se vieron obligados en ocasiones a dejar de ir a sus iglesias locales y reunirse al aire libre o en secreto. Newman nos relata que San Basilio el Grande, alrededor del año 372, escribió estas palabras desgarradoras:

Las personas religiosas guardan silencio, pero toda lengua blasfema se suelta. Las cosas sagradas son profanadas; aquellos de los laicos que son firmes en la fe evitan los lugares de culto como escuelas de impiedad, y levantan sus manos en soledades, con gemidos y lágrimas al Señor en el cielo. (EpisEpístola 92, in Newman, Arians, 459).

Cuatro años después, Basilio escribiría:

Las cosas han llegado a este punto: el pueblo ha dejado sus casas de oración y se reúne en desiertos, un espectáculo lamentable; mujeres y niños, ancianos y hombres de otra manera débiles, sufriendo miserablemente al aire libre, en medio de las lluvias más profusas y tormentas de nieve y vientos y heladas del invierno; y nuevamente en verano bajo un sol abrasador. A esto se someten, porque no tendrán parte en la malvada levadura arriana. (Epísttola 242, in Newman, Arians, 459–60).

Y en su siguiente carta:

Solo un delito se castiga ahora vigorosamente: la observancia precisa de las tradiciones de nuestros padres. Por esta causa, los piadosos son expulsados de sus países y transportados a desiertos. El pueblo está en lamentación, en lágrimas continuas en casa y en el extranjero. Hay un llanto en la ciudad, un llanto en el campo, en los caminos, en los desiertos. La alegría y la alegría espiritual ya no existen; nuestras fiestas se convierten en luto; nuestras casas de oración están cerradas, nuestros altares privados del culto espiritual. (Epístola 243, in Newman, Arians, 460).

Uno no puede evitar recordar con estas palabras a los muchos católicos que, durante los últimos cincuenta y cinco años, han tenido que invitar a sacerdotes a sus hogares, buscar capillas oscuras o viajar largas distancias para continuar practicando la fe católica tradicional en sus ritos apostólicos. Aunque en algunos aspectos la situación ha mejorado en partes del mundo, y en general el control de la ideología «Vaticano II a toda costa» se debilita año tras año, al mismo tiempo la situación se ha deteriorado notablemente en ciertos lugares, y el futuro cercano puede resultar turbulento.

Los sacerdotes que deseen permanecer fieles a Nuestro Señor Jesucristo deben estar mentalmente preparados para un día en que, habiendo sido expulsados por negarse a colaborar con (o renunciando para no colaborar con) la Mafia Lavanda, la Comisión Litúrgica diocesana, una directiva de la cancillería para dar la Comunión a cualquiera que se presente (incluyendo a los «divorciados y recasados» y parejas homosexuales), etc., no tendrán otra opción que dejar su puesto e ir a la clandestinidad. Deben tener un conjunto completo de vestiduras, misal de altar y otros elementos requeridos listos, para que ellos también puedan ser dignos de escribir cartas como las que San Basilio el Grande escribió una vez, mientras transmitían la fe «recibida y aprobada» de los Padres. Podrían, de la noche a la mañana, convertirse en misioneros en la Inglaterra isabelina, excepto con este giro siniestro: puede que no sea el gobierno secular el que los persiga, sino el eclesiástico.

Y los laicos deben estar preparados para apoyarlos en cada paso del camino: apoyo financiero, apoyo moral, edificios, libros, logística, lo que sea necesario.

Todos nosotros —laicos, clérigos, religiosos— deseamos estar en paz con los miembros de la jerarquía. Amamos sus almas, redimidas por la Sangre de Cristo, y oramos por su conversión como por la nuestra, ya que ningún hombre vivo está sin pecado. Les obedeceremos en todo lo que pertenezca a su oficio y se nos requiera, pero nunca si se oponen a la Fe, y nunca si trabajan directamente contra el bien de los fieles reunidos por y para el culto divino transmitido a través de las edades.

Hay tiempos en que los tímidos murmullos de dudas deben ceder a la confrontación abierta. En este punto, ya no es posible negar que estamos viviendo en una era de conflicto sin precedentes entre los laicos y la jerarquía. El eminente historiador de la Iglesia Roberto de Mattei habla de lo que con demasiada frecuencia es necesario en la situación actual, así como de lo que siempre permanecerá verdadero:

No es suficiente denunciar a los pastores que demuelen —o favorecen la demolición de— la Iglesia. Debemos reducir al mínimo indispensable nuestra cohabitación eclesiástica con ellos, como ocurre en un acuerdo de separación matrimonial. Si un padre ejerce violencia física o moral hacia su esposa e hijos, la esposa, aunque reconozca la validez del matrimonio en sí, y sin solicitar una anulación, puede solicitar una separación para protegerse a sí misma y a sus hijos. La Iglesia lo permite. En nuestro caso, renunciar a vivir habitualmente juntos significa distanciarse de las enseñanzas y prácticas de los malos pastores, negándose a participar en los programas y actividades promovidos por ellos.

Pero no debemos olvidar que la Iglesia no puede desaparecer. Por lo tanto, es necesario apoyar el apostolado de los pastores que permanecen fieles a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, participando en sus iniciativas y animándolos a hablar, actuar y guiar al rebaño desorientado. Es hora de separarnos de los malos pastores y unirnos a los buenos, dentro de la única Iglesia en la que tanto el trigo como la cizaña viven en el mismo campo (Mt 13:24–30), recordando que la Iglesia es visible y no puede salvarse aparte de sus pastores legítimos. (Love for the Papacy and Filial Resistance to the Pope in the History of the Church,Brooklyn, NY: Angelico Press, 2019, 153–54).

San John Henry Newman elogió a los laicos en el tiempo de la herejía arriana por apoyar a la verdadera Iglesia tradicional a pesar de las muchas dificultades que enfrentaron como resultado. Que interceda por nosotros mientras pasamos por lo que el obispo Athanasius Schneider ha descrito como la cuarta y mayor crisis que la Iglesia Católica ha experimentado jamás. (Véase Athanasius Schneider, con Diane Montagna, Christus Vincit: Christ’s Triumph Over the Darkness of the Age (Brooklyn, Nueva York: Angelico Press, 2019), cap. 11, «The Fourth Great Crisis» (La cuarta gran crisis).