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miércoles, 24 de junio de 2026

Valle de los Caídos. El problema no es el Gobierno: El problema es lo que el cardenal Cobo aceptó en favor del Gobierno





La cuestión verdaderamente relevante en la controversia sobre la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no es el Gobierno de Sánchez, sino el contenido del acuerdo que el cardenal Cobo sorprendentemente asumió frente a dicho Gobierno, ocultándolo durante meses al conjunto de la Iglesia española y a la opinión pública, mintiendo además sobre su existencia.

Según la documentación incorporada al expediente administrativo y conocida meses después de forma pública, el 5 de marzo de 2025 el arzobispo de Madrid trasladó al ministro Félix Bolaños su conformidad con los términos recogidos en el documento remitido por el Gobierno el día anterior. Dicho texto contemplaba una delimitación extraordinariamente restrictiva de los espacios considerados destinados al culto dentro de la Basílica, reduciéndolos al altar y a las bancadas adyacentes, mientras se abría la puerta a la denominada resignificación ideológica del resto del templo, incluyendo elementos tan esenciales como la nave, la cúpula, el atrio, el vestíbulo y demás espacios integrados en el conjunto basilical, incluida la capilla del Santísimo.

La gravedad de esta posición resulta difícil de exagerar. No se trata simplemente de una cuestión arquitectónica o funcional. Lo que está en juego es la propia naturaleza jurídica y religiosa de un templo católico solemnemente dedicado al culto divino.

El Código de Derecho Canónico establece que los lugares sagrados están destinados al culto divino y a los fines propios de la religión. La dedicación de una iglesia no recae exclusivamente sobre un altar o sobre determinados bancos, sino sobre el templo en su integridad. La tradición litúrgica de la Iglesia, expresada en el rito de dedicación de las iglesias, manifiesta precisamente esa unidad espiritual y jurídica del edificio sagrado.

Por ello resulta difícil comprender cómo pudo aceptarse una delimitación que, en la práctica, fragmenta la realidad sagrada del templo y permite que amplias zonas de una basílica menor sean destinadas a usos incompatibles con su naturaleza sagrada.

La cuestión adquiere una dimensión aún más preocupante si se tiene en cuenta que la libertad religiosa reconocida por la Constitución española y desarrollada por la legislación vigente protege no sólo las creencias de los fieles, sino también el libre ejercicio del culto y la autonomía de las confesiones religiosas en relación con sus lugares de culto. Del mismo modo, los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede reconocen expresamente la inviolabilidad de los templos católicos.

La actualidad de las últimas semanas ha venido, además, a poner de manifiesto las consecuencias prácticas de aquella decisión. Lo que durante meses se presentó como un proyecto plenamente encauzado ha terminado convertido en un laberinto jurídico y administrativo. El Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial ha acordado la suspensión del inicio de las obras, mientras que las actuaciones judiciales desarrolladas ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid han introducido nuevas incertidumbres sobre la viabilidad inmediata de las intervenciones proyectadas. Todo ello refleja una realidad difícil de ocultar: el proyecto de resignificación nunca contó con la seguridad jurídica que el Gobierno pretendió transmitir a la opinión pública.

Y precisamente ahí radica una de las cuestiones más graves de todo este episodio. Resulta legítimo preguntarse si el Gobierno habría llegado tan lejos en sus pretensiones de intervenir el interior de la basílica de no haber contado previamente con la conformidad expresada por el cardenal Cobo respecto de un documento que reducía los espacios de culto al altar y a las bancadas adyacentes. Aquella aceptación transmitió al poder político la apariencia de que existía cobertura eclesiástica suficiente para actuar sobre el resto del templo, cuando la realidad jurídica y canónica era exactamente la contraria.

Porque una vez aceptado que la nave, la cúpula, el atrio, el vestíbulo, las puertas monumentales e incluso la capilla del Santísimo podían quedar fuera de la consideración práctica de espacios destinados al culto, el siguiente paso resultaba inevitable: considerar legítima su transformación, resignificación o utilización para finalidades ajenas a la naturaleza propia del templo. El problema no es únicamente que semejante planteamiento contradiga la legislación canónica vigente; es que además entra en colisión con las garantías de libertad religiosa, autonomía confesional e inviolabilidad de los lugares de culto reconocidas por el ordenamiento jurídico español.

Lo verdaderamente sorprendente es que semejante concesión procediera precisamente de quien carecía de competencia jurídica sobre el lugar. La Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no se encuentra sometida a la jurisdicción ordinaria del arzobispo de Madrid, sino al régimen singular derivado de su condición de basílica menor vinculada a una abadía benedictina exenta y dependiente directamente de la Santa Sede. Resulta difícil encontrar precedentes de una autoridad eclesiástica que haya pretendido autorizar al poder civil para intervenir espacios sagrados sobre los que carece de jurisdicción, contradiciendo simultáneamente principios elementales del Derecho Canónico y de la legislación estatal protectora de la libertad religiosa.

Las actuales suspensiones administrativas y judiciales constituyen, en cierto modo, la confirmación de una evidencia que nunca debió olvidarse: el problema jamás estuvo en la resistencia de los monjes ni en el ejercicio legítimo de acciones judiciales por parte de la comunidad benedictina. El problema surgió cuando se hizo creer al Gobierno que podía actuar sobre una basílica como si se tratara de un espacio parcialmente desacralizado, susceptible de ser reorganizado conforme a criterios políticos o ideológicos. Los acontecimientos recientes demuestran hasta qué punto aquella premisa era jurídicamente insostenible.

No parece existir explicación razonable para que una autoridad eclesiástica acepte la profanación de espacios sagrados en un templo católico. Si tal aceptación obedeciera a un desconocimiento de los principios canónicos y jurídicos aplicables, estaríamos ante una situación extremadamente preocupante. Si, por el contrario, respondiera a una decisión consciente de prescindir de ellos en aras de satisfacer las pretensiones del Gobierno de Sánchez, la preocupación sería aún mayor.

A ello se añade otra circunstancia difícilmente explicable. No parece que la Conferencia Episcopal Española, ni la Orden Benedictina, ni la propia comunidad afectada tuvieron conocimiento de estos compromisos cuando fueron asumidos. Tampoco las sucesivas declaraciones públicas emitidas por el cardenal Cobo posteriormente parecían reflejar el alcance real de lo aceptado en aquellas comunicaciones.

Con posterioridad, el propio cardenal Cobo atribuyó la actuación seguida a directrices procedentes de la Secretaría de Estado de la Santa Sede. Sin embargo, resulta difícil conciliar esa hipótesis con el perfil y la experiencia de quienes ocupan responsabilidades en la Santa Sede, especialmente cuando la cuestión afecta a principios tan elementales del derecho de la Iglesia como la naturaleza de los lugares sagrados y la protección jurídica de los templos destinados al culto.

Mientras tanto, la reciente visita del Santo Padre a España ha dejado una impresión muy distinta. Sus intervenciones se han caracterizado por la claridad doctrinal, la precisión conceptual y una constante apelación a la dignidad de la persona humana desde la concepción hasta la muerte natural. Ha sido una presencia que difícilmente puede instrumentalizarse al servicio de estrategias políticas particulares o de relatos ideológicos construidos desde intereses ajenos a la misión propia de la Iglesia.

Quizá por eso resultan especialmente llamativos los esfuerzos de El País y de eldiario.es por presentar al cardenal Cobo como intérprete privilegiado del pensamiento del Papa o como figura llamada a desempeñar un papel histórico en la Iglesia española. Los hechos terminan imponiéndose siempre sobre los relatos. Y los hechos muestran que quien aceptó que gran parte de una basílica pudiera ser considerada ajena al culto fue precisamente el cardenal arzobispo de Madrid.

La cuestión ya no es si aquella decisión fue el incomprensible error que fue. La cuestión es si quien la adoptó reúne las condiciones de prudencia, firmeza doctrinal y sentido eclesial que exige el gobierno de una de las sedes episcopales más importantes del mundo católico.

Son muchos los fieles, sacerdotes e incluso obispos que expresan privadamente su preocupación por el rumbo seguido en este asunto. Corresponde exclusivamente al Santo Padre juzgar cuándo y cómo deben adoptarse las decisiones oportunas. Pero resulta legítimo preguntarse si una crisis de esta magnitud no exige también una profunda reflexión sobre las responsabilidades que la hicieron posible.

En todo caso, el cardenal Cobo tiene la obligación moral de reparar el daño producido, ofrecer una explicación veraz sobre lo realmente aceptado en marzo de 2025, rendir cuentas por una actuación que ha contribuido decisivamente al actual caos jurídico y administrativo y asumir dignamente su responsabilidad. Porque las recientes suspensiones de las obras y la creciente judicialización del conflicto no son sino la consecuencia de un error de origen que nunca debió producirse. El problema inicial no estuvo en el Gobierno de Sánchez, que actuó conforme a sus propios objetivos políticos, sino en quien le hizo creer que podía alcanzar tales objetivos sin vulnerar la naturaleza sagrada de la basílica ni encontrar resistencia jurídica por parte de la Iglesia.

Carlos H Bravo

martes, 16 de junio de 2026

«No soy un cismático»: Viganò publica la carta que envió a León XIV en enero



El arzobispo Carlo Maria Viganò ha hecho pública la carta que dirigió a León XIV el pasado 25 de enero de 2026, varios meses después de denunciar la cancelación de una audiencia que, según afirmó, había sido inicialmente aprobada por el Pontífice. La publicación del documento llega después de que el antiguo nuncio apostólico en Estados Unidos relatara los acontecimientos relacionados con aquella solicitud de encuentro y criticara la decisión de no recibirle en el Vaticano.
En el texto, Viganò repasa su trayectoria al servicio de la Santa Sede, cuestiona la legitimidad de la excomunión que le fue impuesta, reitera sus críticas al pontificado de Francisco y al Concilio Vaticano II, y solicita a León XIV una revisión de su situación canónica. El prelado sostiene que sus posiciones no constituyen un acto de cisma y pide al Papa que examine los argumentos doctrinales y eclesiales que expone en la misiva.
A continuación reproducimos íntegramente la carta publicada por Mons. Carlo Maria Viganò:

Santidad,

Con esta carta deseo poner bajo su consideración los acontecimientos más importantes de mi vida personal y ministerial, con el fin de permitirle conocerme y situar las intenciones que me animan.

Nací el 16 de enero de 1941 en Varese, en el seno de una familia profundamente católica gracias a la cual pude crecer en la práctica diaria de la fe, recibir una sólida educación superior y madurar la vocación al sacerdocio. Fui ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1968 y, después de un breve período de ministerio parroquial en Pavía, fui invitado por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Benelli, a ingresar en la Pontificia Academia Eclesiástica, donde fui admitido en octubre de 1971.

He servido a cinco Pontífices: en las Nunciaturas de Bagdad, Kuwait y Londres; luego, desde enero de 1978, en la Secretaría de Estado durante más de diez años como secretario de tres sustitutos; finalmente, como Observador Permanente ante el Consejo de Europa y el Parlamento Europeo en Estrasburgo (1988-1992). Después de mi consagración episcopal, recibida de manos de Juan Pablo II, fui enviado a Nigeria como Nuncio Apostólico (1992-1998), para luego ser llamado a la Secretaría de Estado con el cargo de Delegado para las Representaciones Pontificias (1998-2009). En 2009, el Papa Benedicto XVI me nombró Secretario General del Gobernación y, en 2011, Nuncio Apostólico en los Estados Unidos de América, cargo que ejercí hasta 2016.

Fue en calidad de Delegado para las Representaciones Pontificias que me encontré tratando los procesos informativos para las promociones al Episcopado —tanto en la Curia como en las nunciaturas— y los casos más reservados y delicados referentes a obispos y cardenales, entre los cuales se contaba el dossier de Theodore McCarrick y de otros prelados homosexuales. Mi acción en este ámbito me valió la remoción de la Secretaría de Estado y mi traslado al Gobernación como Secretario General, donde el Papa Benedicto me encomendó combatir la mala gestión y la amplia red de corrupción financiera. Incluso en ese caso, a pesar de que había llevado el balance del Gobernación, en el transcurso de un año y medio, de un déficit de 15 millones de euros a un beneficio de 35 millones, y a pesar de que el Papa quería promoverme a la Presidencia del Pontificio Consejo para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, fui apartado de la Curia Romana y enviado a Washington como Nuncio Apostólico. Mi acción molestaba a personas en ese momento muy poderosas y capaces de prevalecer sobre la voluntad del Papa Benedicto.

En 2016, al cumplir exactamente los setenta y cinco años, Bergoglio me ordenó dejar la Nunciatura de Washington y me prohibió regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II me había asignado permanentemente un apartamento. Asimismo, me prohibió residir en la residencia romana de los nuncios jubilados, especialmente dispuesta por el Papa Benedicto. Antes de morir, Bergoglio también me hizo revocar la ciudadanía vaticana y el pasaporte; me impidió disfrutar de la asistencia sanitaria proporcionada a los miembros del Servicio Diplomático, a pesar de que siempre he pagado regularmente las contribuciones. Bergoglio ordenó la baja de mi vehículo del Registro de Vehículos Vaticanos e impidió la renovación del permiso de conducir vaticano del que había disfrutado ininterrumpidamente desde 1973, causándome graves inconvenientes y condenándome, de hecho, a arresto domiciliario.

Después de haber hecho público en agosto de 2018 el impactante memorial sobre Theodore McCarrick y sobre la extensa red de corrupción y complicidad dentro de la Curia Romana —en la que estaba directamente involucrado el mismo Jorge Mario Bergoglio—, viví durante algunos años en lugares secretos, tal como me aconsejó el Cardenal Raymond Leo Burke. Esto se dispuso en consideración a las amenazas recibidas y al hecho de que mi inmediato predecesor en Washington, el Nuncio Pietro Sambi, había encontrado la muerte en circunstancias muy sospechosas, después de haber tenido duras confrontaciones con el entonces cardenal McCarrick al informarle las medidas tomadas por Benedicto XVI para contrarrestar sus crímenes como abusador serial.

La corrupción, los chantajes, los engaños y las traiciones con los que me he tenido que enfrentar me han llevado a cuestionarme sobre los orígenes profundos del estado desastroso en que se encuentra la Iglesia Católica.

Al volver con la memoria a los años de mi formación en la Universidad Lateranense (1960-1964) y en la Gregoriana (1965-1969), tuve que reconocer que, aun antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, la orientación ideológica de todo el cursus studiorum —y del cuerpo docente— ya estaba marcada por las nuevas enseñanzas conciliares, aunque todavía no hubieran sido aprobadas. Recuerdo bien cómo en los seminarios romanos la disciplina clerical cedió al anarquismo en todos los frentes, y cómo eran los mismos superiores quienes alentaban la participación de los clérigos en las conferencias de los «nuevos teólogos»: me refiero a aquellos que, hasta pocos años antes, eran vistos con justificada sospecha por el Santo Oficio, como Küng, Ratzinger, Rahner, Schillebeeckx, Congar y, con ellos, ese submundo de modernistas que poco después infestaría las cátedras de los ateneos y los puestos de responsabilidad en el Vaticano y en las diócesis. Y como siempre ha ocurrido con todas las operaciones subversivas, el clima de cambio general, de reformas continuas y de enormes mutaciones fue creado artificialmente desde arriba.

Desde mi lugar privilegiado de observación como secretario del Sustituto, he sido testigo de la hemorragia de miles de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que aquellos sacerdotes que no querían seguir el nuevo curso conciliar ni abandonar la Liturgia Tridentina eran objeto de ostracismo, tratados como herejes, excomulgados o suspendidos a divinis, privados de su salario o dejados morir en la soledad.

Releyendo esos eventos y esas reformas con la mirada desencantada de hoy y con la experiencia derivada de otros hechos similares —entre ellos, la gestión del Sínodo sobre la Familia que condujo a Amoris Lætitia y, sobre todo, la revolución sinodal en curso—, no me ha sido posible no ver en todo ello una mente que ya había predispuesto la acción subversiva que poco después mostraría sus efectos más demoledores.

La revolución conciliar siguió un guion muy preciso bajo una única dirección. Todo debía parecer perfectamente legal y conforme a la práctica ordinaria de la Iglesia: cada documento promulgado debía permitir una interpretación ortodoxa para tranquilizar a los Padres conciliares, y una interpretación herética para hacerla estallar posteriormente. Esos documentos revelan los verdaderos objetivos de quienes utilizaron dolosamente un Concilio para imponer errores doctrinales, morales y litúrgicos ya condenados por los Romanos Pontífices.

Durante los largos años de mi ministerio al servicio de la Sede Apostólica, la obediencia incondicional a los Pontífices y el haber estado totalmente absorbido por las tareas que se me confiaban no me permitieron comprender la revolución en curso. ¿Cómo podría haber imaginado la subversión y la traición que se estaban consumando? ¿Cómo podría haber creído que la suprema Autoridad de la Iglesia y todo el Episcopado podrían haberse convertido en cómplices de los enemigos más insidiosos de Cristo, a quienes San Pío X había identificado en los modernistas?

La «jubilación» ocurrida en 2016 me permitió dedicar oración, estudio y meditación a estos graves problemas. Así he adquirido la conciencia de que el Concilio Vaticano II, aun manteniendo las características de un Concilio Ecuménico, fue deseado con la intención de ser utilizado para revolucionar todo el edificio eclesial y subvertirlo en cada uno de sus componentes: en la doctrina, en la liturgia, en la disciplina, en las normas canónicas y, especialmente, en su constitución jerárquica. Fueron los mismos artífices del Vaticano II quienes lo definieron como «el 1789 de la Iglesia» y consideraron este su experimento subversivo como el Concilio por antonomasia, demostrando así su heterogeneidad respecto a todos los demás concilios y a la perenne Tradición de la Iglesia.

Tanto Jorge Bergoglio como los papas del postconcilio han reivindicado orgullosamente su continuidad ideológica con el Vaticano II para ejecutar y legitimar cada una de sus «reformas». Significativamente, todo el corpus magisterial postconciliar establece un nuevo paradigma sancionado por el Concilio. Sus doctrinas fluidas —en continua evolución, como lo está la síntesis hegeliana que subyace a ellas— están en evidente ruptura con el Magisterio bimilenario de la Iglesia anterior al Vaticano II.

El Concilio ha favorecido y contribuido a la descristianización de Occidente y a la instauración, en la esfera civil, de un nuevo orden conforme a los planes de la Masonería. Son bien conocidos los planes de las logias y conocemos los medios que se habrían adoptado para alcanzar los objetivos propuestos: se trataba de infiltrar la Iglesia Católica y atacarla desde dentro.

La discusión sobre el Vaticano II y el golpe en la Iglesia me han llevado a redescubrir, en tiempos relativamente recientes, el Rito Tradicional. El abandono de la misa montiniana marcó una nueva etapa de mi ministerio episcopal. Junto con la misa tridentina (que fue la de mi ordenación sacerdotal), descubrí un universo sumergido de sacerdotes, religiosos y seminaristas perseguidos y marginados. Consideré mi deber apostólico escuchar su grito de ayuda, ofreciéndoles una respuesta que devolviera una confianza renovada hacia esa Iglesia por la que se sentían traicionados y expulsados.

Esto me llevó a instaurar la Fundación Exsurge Domine, haciendo todo lo necesario para garantizar los medios de subsistencia —espirituales y materiales— y una identidad eclesial auténticamente católica a quienes, por su fidelidad a la Tradición, han sido injustamente afectados por el terror bergogliano. Entre ellos se encuentran los miembros de la Fraternidad Sacerdotal Familia Christi, nacida y reconocida primero en el ámbito de Ecclesia Dei, y luego brutalmente destruida y cancelada. Sus miembros han sido víctimas de una terrible persecución —que usted no puede ignorar— por parte del actual arzobispo de Ferrara, Gian Carlo Perego, y de la misma Santa Sede. A estos clérigos, que se dirigieron a mí después de haber sido abandonados a sí mismos sin sustento, y a los candidatos al sacerdocio que se han unido a ellos, les estoy asegurando mi cuidado paternal.

Mi denuncia de la apostasía de la iglesia conciliar y sinodal y de su ruptura con la Tradición, junto con las dudas fundamentadas sobre la legitimidad del «pontificado» de Bergoglio —que en conciencia he enfrentado con la convicción de cumplir con el mandato de sucesor de los Apóstoles—, me han valido una excomunión injusta, ilegítima e ideológicamente motivada. Esta sanción canónica, aunque la considere nula, conlleva graves repercusiones eclesiales, institucionales y personales que me entristecen profundamente, y que resultan chirriantes si se comparan con la impunidad de la que gozan cardenales, obispos y sacerdotes notoriamente heréticos y corruptos.

Entre estos no puedo dejar de mencionar a Eleuterio Vásquez Gonzales, conocido en Chiclayo como «padre Lute», acusado de haber abusado sexualmente de algunas jóvenes víctimas. La Santa Sede ha concedido recientemente al «padre Lute» la dimisión del estado clerical sin un proceso canónico regular, dejándolo de hecho impune; mientras tanto, el abogado canonista de las víctimas, Mons. Ricardo Coronado Arrascue, fue apartado de sus funciones legales, reducido al estado laical e investigado por acusaciones difamatorias. La historia me fue documentada y detalladamente expuesta por el mismo Mons. Coronado. Este caso repite el mismo modus operandi de Bergoglio ya adoptado con McCarrick y revela una aberrante administración de la justicia por parte de la Santa Sede.

¡Frente a la excomunión que se me ha impuesto ilegítimamente, reivindico no ser un cismático! Por gracia de Dios, soy y seré un devoto hijo de la Santa Iglesia Romana y un fiel súbdito del Pontificado Romano. Creo firmemente en la Comunión Apostólica y reconozco el Primado Petrino. Reconozco igualmente la necesidad de pertenecer no solo al Cuerpo Místico invisible, sino también al cuerpo eclesial institucional y visible. Junto conmigo, en el banquillo de los acusados del ex-Santo Oficio, han sido llamados todos los Papas de la historia hasta Pío XII.

Me he preguntado varias veces la razón de la persecución que debo enfrentar en la fase final de mi vida terrenal, y si mi convicción de actuar correctamente y según la voluntad de Dios pudo haber sido errónea. Pero, por mucho que trate de examinar mis acciones, como si me encontrara ante Cristo Juez en el momento del tránsito, no encuentro nada moralmente incorrecto. Mis acusadores se limitaron a dar curso a una sentencia ya escrita, con el fin de excluir mediante un expediente «canónico» a quien había denunciado la infidelidad de la jerarquía católica, proclamando la Verdad sin mordazas. Una voz —la mía— que no podía ser silenciada simplemente porque nadie jamás pudo corromperme ni extorsionarme.
Los oficiales del ex-Santo Oficio no han sido capaces de refutar ni uno solo de los argumentos que he expuesto. Les bastó que yo me atreviera a criticar el Vaticano II y a Jorge Mario Bergoglio para condenarme a la excomunión por el delito de cisma, precisamente cuando es mi amor por el Papado y por el Magisterio permanente de la Iglesia lo que me expone a este despiadado ataque por parte del Vaticano
Nunca he tenido la intención de separarme de la Comunión Apostólica, ni de desobedecer al Vicario de Cristo, ni de fundar una «iglesia paralela», como algunos me han acusado de querer hacer. Creo, al contrario, que no podría haber servido mejor al Papado y a la Santa Iglesia sino hablando y actuando como lo hice, enfrentando los sufrimientos que de ello se derivaron en un espíritu de unión con los padecimientos del Divino Redentor.

Me dirijo a usted como arzobispo anciano, por amor a Nuestro Señor y en fidelidad a la Santa Iglesia. Me dirijo a usted para expresarle el tormento de ver a la Iglesia Católica eclipsada y desfigurada por quienes la ocupan y detentan el poder.
No logro entender cómo, después de la desastrosa experiencia de Jorge Bergoglio, usted no solo no quiera condenar sus errores y escándalos, sino que no pierda ocasión para reafirmar su total continuidad con ellos, en nombre de una «iglesia sinodal» que adultera la estructura jerárquica y la naturaleza monárquica que Nuestro Señor quiso dar a su Iglesia, y destruye todo su edificio doctrinal.
Clamo a otro León, al gran Papa Vincenzo Gioacchino Pecci, en la paradójica situación de saber que él encontraría mis palabras compartibles y merecedoras de elogio, mientras que la iglesia bergogliana las ha juzgado dignas de un cismático. ¿Qué ha ocurrido en la Iglesia Católica en el transcurso de algunas décadas para que yo me encuentre condenado, y conmigo todos los papas preconciliares? Quomodo facta es meretrix civitas fidelis? (Is 1, 21).

La fe que profeso, la misa tridentina que celebro, los concilios y los actos magisteriales que acojo, la Profesión de Fe Tridentina y el juramento antimodernista que tantas veces he repetido son comunes a toda la Iglesia y me unen a ella. De esta Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, inmutable en la doctrina y en la moral, me llamo hijo y siervo devoto. De ese Papado, igualmente inmutable, que es el Papado Romano al que soy obediente, pues en la voz del Vicario resuena la Verdad del Buen Pastor que da la vida por las ovejas (Jn 10, 11).

La autoridad de las Santas Llaves debe abrir las puertas de la Jerusalén celestial a los justos y excluir de ellas a los réprobos, no al contrario. Esta autoridad emana de Nuestro Señor (Rm 13, 1) y es vicaria de su autoridad. No es posible que se utilice para legitimar lo que Él condena, ni mucho menos para condenar lo que Él ha ordenado. Por esto, no puedo obedecer a quien, constituido en autoridad, se niega a estar a su vez sometido y obediente a la suma Autoridad de Dios.

Pienso en las palabras de San Pablo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál 1, 8). ¿De qué Iglesia estoy separado? ¿Y qué autoridad me condena? ¿La del Vicario de Cristo o la de quien predica un evangelio diferente del recibido de Nuestro Señor?

Dejo en sus manos esta carta para que usted conozca las razones de mis posiciones y de mi acción, con la esperanza de poder impulsarle a un profundo examen de conciencia y a una conversión del corazón, de la mente y de la voluntad, tan necesaria como inaplazable, recordando las palabras de Nuestro Señor: «Simón, Simón, Satanás os ha buscado para zarandearos como el trigo; pero yo he pedido por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32).
Le pido que ejerza su suprema autoridad para confirmar a los hermanos en la fe. Le pido que me confirme en la fe: hágalo, por favor. O dígame dónde estoy equivocado y en qué contradigo el Depositum Fidei que usted debe custodiar y sobre el cual se basa la unidad católica. Es sobre la profesión de la verdadera fe que debo ser juzgado: dígame entonces en qué contradigo la fe católica y me enmendaré.
Sin embargo, no hay argumentos que legitimen mi excomunión: me ha sido impuesta ilegalmente para destruir mi persona y mi acción en defensa de la Verdad Católica; una sanción motivada, no en última instancia, por el odio implacable de Jorge Mario Bergoglio hacia mí. Una injusticia que exige reparación por el gravísimo daño causado a mi persona y a la causa de la Santa Iglesia Romana.

Confío en que usted querrá concederme una audiencia, después de la cancelación de la que me había sido otorgada para el pasado 11 de diciembre. Podré entonces comunicarle en persona algunas cuestiones de la máxima importancia relativas a mi ministerio apostólico y a la necesidad de asegurarle continuidad y futuro.

Desde ahora, reitero la intención incondicional de cumplir con toda obligación que se me imponga como sucesor de los Apóstoles,

In Christo Rege,

+ Carlo Maria Viganò
Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

Viterbo, 25 de Enero 2026

In Conversione S. Pauli Apostoli

viernes, 29 de mayo de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #119 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 35:16


EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Beatificación mártires de Santander 

2. Barcelona. Protestas por la visita del papa 

3. Oportunidad de la visita del papa 

MUNDO 

4. Magnifica humanitas 

5. El secreto de Carlo Acutis 

6. Rosario por la conversión de los jóvenes 

7. Evangelizar a los musulmanes 

8. El cardenal Müller antes las ordenaciones de la FSSPX

viernes, 8 de mayo de 2026

León XIV. El primer año de su pontificado



Se cumple hoy el primer aniversario del pontificado del Papa León XIV, y creo que no ha dado ninguna sorpresa: es más o menos lo que esperábamos. Las luces y alivios que esperábamos, y las sombras y pesadumbres que también esperábamos.

Dije en su momento que era un progresista de baja intensidad, y me ratifico. Es progresista porque fue formado en la peor ebullición del posconcilio, pero el desarrollo histórico de la Iglesia en las décadas posteriores y su amplia experiencia de gobierno pastoral, moderaron ese progresismo inicial y lo hicieron más realista y coherente con la fe católica de la que es el testigo instituido por Nuestro Señor.

Si nos atenemos a los hechos públicos que hemos conocido a lo largo del año que pasó, debemos decir que es un hombre profundamente institucional, con lo bueno y lo malo que esa característica posee. Luego del pontificado despótico de Francisco, en el que su voluntad se había convertido en norma más allá de lo que dijeran las leyes y costumbre, León se apega fuertemente a ellas. Esa es su personalidad, esa es su cultura americana y adhiriéndose a ellas, gana en seguridad. No es fácil ser Papa; él era CEO regional en el Perú y lo nombraron CEO global de la multinacional; más vale ir despacio y caminar como pisando huevos.

Por eso mismo, y porque es «hombre de escucha», como les gusta decir al mundillo progre, se toma todo el tiempo del mundo para escuchar y mucho tiempo más para llegar a una decisión. A los superiores del Opus Dei, por ejemplo, los recibió dos veces, y recibió también a sus detractores y, un año después, aún no decide qué hacer con los famosos estatutos. Y algo análogo sucede con la misa tradicional: recibió a los cardenales Burke y Sarah; a Mons. Schneider, a Mons. Rifan, a los superiores de la FSSP y a los sociólogos que le presentaron el mapa del mundo tradicional en Estados Unidos; pero también recibió a los cardenales Roche y Cupich, y a varios adversarios más del antiguo rito romano. Y aún no decide nada. Más todavía, el tema de la liturgia desapareció de la agenda del próximo consistorio de junio.

Y esto, su lentitud y reflexión para tomar decisiones, parece ser una constante. Quizás se deba a que una regla no escrita de los obispos americanos establece que el primer año de gestión debe ocuparse para ver y conocer, sin hacer cambios. Por eso, son sólo dos los cambios importantes realizados en la Curia: el alejamiento del limosnero pontificio, cardenal Krajewski, a una diócesis de tercera categoría en su Polonia natal, y el nombramiento en su lugar de un amigo cercano, el agustino español Luis Marín de San Martín, y el desplazamiento de Mons. Edgar Peña Parra como Sustituto de la Secretaría de Estado y el nombramiento en ese cargo de Mons. Rudelli. 

Los nombramientos de Mons. Iannone en el dicasterio de Obispo y de Mons. Rajic en la Prefectura de la Casa Pontificia no cuentan porque eran cargos vacantes. El resto de la Curia Romana sigue tal cual como estaba en la época de Francisco, y todos saben que no es el gusto del actual pontífice, pero éste está decidido a no hacer ningún cambio que pueda humillar al despedido por lo que esperará, en mi opinión, a que se cumplan los plazos previstos.

El Papa sabe que esta política conlleva el riesgo de seguir conviviendo con el enemigo, pero es la que ha elegido y sabrá él por qué lo hace. Sin embargo, ha sido muy claro en marcar en lo simbólico que el suyo no será una continuación del pontificado de Francisco, más allá de lo que pueda decir en el ámbito discursivo. 

Un detalle que pasó casi inadvertido, que en su momento me llamó la atención y que luego escuché señalar al P. Santiago Martín: León no estuvo en el Vaticano el día del aniversario de la muerte de Bergoglio. Estaba en África, un viaje programado con meses de anticipación y que bien podría haberse arreglado para terminar dos días antes para que el pontífice pudiera hacer el panegírico de su antecesor y algunos gestos más en Roma. Dijo, como correspondía, algunas fracesitas de ocasión en Angola, pero no más que eso. Para quienes saben leer los multiseculares símbolos vaticanos, es un gesto más que evidente.


Este distacco simbólico es muy evidente en otros aspectos que hemos repasado ya en alguna ocasión: uso de la muceta, sobremanga y del escudo de armas en la faja; preferencia por ornamentos bellos; uso de un vehículo adecuado a su rango en sus desplazamientos; regreso al Palacio Apostólico; día de descanso semanal en Castelgandolfo y reapertura del palacio como su morada, cerrando consecuentemente el museo que allí había instalado Bergoglgio, y muchos más. Y la Curia, como es de rigor, se ha habituado rápidamente a los nuevos ritmos. La foto de la derecha es muy elocuente al respecto: en ambos casos, el pontífice se retrata junto a los superiores y alumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica; Francisco en 2021 y León en 2026. No es necesario comentar los cambios.

Algunos han dicho que es un «atentado contra la inteligencia» fijarse en esos detalles. Yo creo que no fijarse en ellos es un atentado contra los principios y costumbres más elementales no sólo de la Curia vaticana sino de cualquier monarquía. Otros dicen que «nos compró [a los línea media, tal como somos calificados] con un trapo colorado», refiriéndose a la muceta. Nuevamente, creo que es un desconocimiento del real poder que posee los símbolos y del lenguaje que ellos expresan, un lenguaje, es verdad, que es «sólo para entendidos», y que los entendidos enseguida ha sabido descifrar. Por otro lado, si este regreso a usos y costumbres de la Iglesia romana que habían sido abandonados con desprecio por Francisco no hubieran sido retomados por León, se habrían ya perdido para siempre.

Hay que decir también que el Papa León nos ha deparado varias decepciones, algunas causadas por su progresía teológica y otras por su incapacidad o debilidad para romper estructuras, es decir, por ser demasiado institucional. Uno de los casos más clamorosos, desde mi punto de vista, es que no haya recibido en audiencia al P. Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, y haya nombrado como interlocutor del caso al cardenal Víctor Fernández. Es verdad que fue siempre, desde la época de Pablo VI, el prefecto de Doctrina de la Fe el encargado del «asunto Lefebvre», pero es verdad también que aunque Tucho no es el peor candidato, es ciertamente el más irritante. Bien podría el Papa haber designado otro interlocutor con instrucciones precisas de evitar las consagraciones y la excomunión. El Papa Francisco nombró a Mons. Athanasius Schneider como visitador del seminario de la Fraternidad, y recibió más de una vez a Mons. Bernard Fellay en visita privada. ¿Por qué no hizo León algo análogo si realmente busca la unidad de la Iglesia?

Otros hechos muy cuestionables desde mi punto de vista son:Que haya accedido a autorizar la promulgación del documento Mater populi fidelis. No tengo objeciones teológicas al documento ya que no soy partidario de otorgar títulos a la Virgen Santísima que, al ser Madre de Dios, reúne en sí el más digno y abarcador que criatura alguna puede alcanzar. Pero se trató de un documento innecesario e inoportuno, debido exclusivamente a los berrinches histéricos que el cardenal Fernández arrastra desde su época de profesor en Buenos Aires. ¿Es que el Papa León no se dio cuanta la reacción y el daño que despertaría?

Los nombramientos episcopales en Estados Unidos que, si hacemos caso a la prensa, tienen más intencionalidad política que eclesial. Es verdad que a lo largo de la historia de la Iglesia, en un sinfín de ocasiones, se recurrió a estos medios para favorecer o entorpecer el actuar político de un monarca, pero si somos tan modernos y liberales, podría desecharse esa costumbre.

Gestos torpes que generan confusión. Por ejemplo, poco después de advertir en África sobre los peligros de las religiones paganas, recibe en el Vaticano a la Sra. Sarah Mullaly, pretendida arzobispa de Canterbury. Es verdad que, como dijimos aquí, se trata de una laica en lugar de laico que había sido lo habitual en pontificados anteriores, y es verdad también que el cardenal Koch afirmó categóricamente que el Vaticano no reconoce y no reconocerá las órdenes anglicanas. ¿Por qué, entonces, no estableció la Casa Pontífice un dress code pidiendo que la Mullaly acudiera vestida de negro y no disfrazada de obispo? Torpezas que generan escándalo.

No puedo olvidar la brutal gafe de septiembre de 2025, cuando declaró: «Quien dice «Estoy en contra del aborto, pero a favor de la pena de muerte» no es realmente provida. Quien dice «Estoy en contra del aborto, pero estoy de acuerdo con el trato inhumano a los inmigrantes en EE.UU.», no sé si eso es ser provida». Es verdad que cuando le señalaron la gravedad de sus declaraciones hechas a tontas y a locas a la salida de Castelgandolfo, trató de evitar encerronas periodísticas y, cuando no tiene más remedio, lleva sus respuestas perfectamente memorizadas, pero lo que dijo lo dijo, y muestra un aspecto de su pensamiento bastante problemático y revela una inquietante deficiencia teológica.

Es verdad que en las últimas semanas el Papa León aclaró que «la Santa Sede ya ha hablado con los obispos alemanes» con respecto a las bendiciones de parejas irregulares, y dijo también que «no estamos de acuerdo con la bendición formalizada de las parejas homosexuales… más allá de lo que el Papa Francisco permitió específicamente al decir que todas las personas reciban la bendición». Y es verdad que ordenó publicar una nota de 2024 del dicasterio para la Doctrina de la Fe prohibiendo un ritual para bendiciones de parejas irregulares. Pero podría ser un poco más fuerte y definitorio con respecto a Fiducia supplicans. No pido que queme el documento en la plaza de San Pedro, que sería lo que corresponde, pero al menos podría correr de su puesto al cardenal Fernández. Sería un signo más que elocuente, de esos que a él le gustan.

Si bien con un modo mucho más mitigado, sigue con la cantinela del cambio climático. La imagen de su bendición de un bloque de hielo fue ridícula y seguramente él mismo se apercibió de este hecho. ¿Por qué, entonces, lo hizo?

En fin, podríamos agregar varias bolillas blancas más y muchas bolillas negras. Lo importante, creo yo, es recordar que lleva apenas un año en el poder, y un año es muy poco tiempo para los ritmos de una Iglesia dos veces milenaria.

Dóminus conservet eum, et vivíficet eum, et beatum fáciat eum in terra, et non tradat eum in ánimam inimicorum eius.

sábado, 25 de abril de 2026

Monseñor Schneider: «Sólo una intervención divina puede solucionar la crisis actual de la Iglesia»



El obispo auxiliar habla sin rodeos de las consagraciones de la FSSPX previstas para el próximo verano

(PerMariam) – Con relación al estado de necesidad de la Iglesia invocado por la FSSPX, un destacado prelado diocesano expresa su opinión de que sólo una intervención de Dios puede poner remedio a la generalizada crisis interna de la Iglesia.

La crisis de la Iglesia es un tema ampliamente debatido en el que impera gran diversidad de opiniones en cuanto al alcance de su gravedad. Para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, se trata de algo más que un debate intelectual; es una cuestión de identidad, pues la Fraternidad alega el estado de necesidad como motivo para consagrar nuevos obispos el verano que viene.

Hace algunas semanas, el superior general de la FSSPX Davide Pagliarini aseguró que la crisis ha llegado a ser más grave que nunca después del pontificado de Francisco. Peor aún por tanto que cuando las consagraciones episcopales de 1988.
«Francisco tomó unas decisiones catastróficas. Verdaderamente catastróficas –señaló Pagliarini–. La moral conyugal tradicional está en ruinas (…) Y todo, claro, en nombre del entendimiento, de la escucha, de la capacidad de adaptación. Así se ha llegado a justificarlo todo».
En días recientes vimos cómo monseñor Athanasius Schneider corroboraba la afirmación de Pagliarini sobre el estado de la Iglesia. 
«A diario presenciamos una situación increíble, verdaderamente apocalíptica», declaró Schneider en una entrevista concedida al portal alemán Certamen.
Entre otros, Schneider enumeró los siguientes ejemplos: «Propagación descarada de herejías, legitimización de la homosexualidad –o sea, sodomía–, sincretismo religioso con ritos paganos, indiferentismo (todas las religiones son iguales), socavamiento de la doctrina apostólica sobre los sacramentos y el celibato, sacrilegios y apostasía.

Estas cuestiones y problemas teológicos «se fomentan impunemente, e incluso los llevan a cabo obispos y cardenales en diversas partes del mundo», afirma el prelado.

Los comentarios de Schneider no son infundados. Numerosos comentaristas y teólogos han puesto de manifiesto el estado de la Iglesia en Alemania como ejemplo claro de heterodoxia que la Santa Sede tolera como si nada (el Camino Sinodal alemán aprobó por votación las relaciones entre personas del mismo sexo, el clero femenino y el gobierno de la Iglesia por laicos).

En el propio Vaticano, muchas crisis morales entre personajes de la Curia durante los últimos años, hasta hoy día mismo, son secretos a voces entre el clero y los periodistas de Roma. Un ejemplo muy conocido son los sumamente controvertidos libros eróticos del cardenal Víctor Manuel Fernández, que han sido ampliamente ventilados en la prensa, a pesar de lo cual el purpurado argentino ha sido elevado a la dirección del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Hay destacados cardenales que se saltan a la torera la doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos haciendo públicamente campaña a favor del clero femenino, mientras otros piden cambios en la doctrina católica sobre moral sexual. Como vemos, en la misma Roma hay pruebas de sobra de la crisis interna de la Iglesia. Una crisis de tal magnitud que muchos se preguntan si podrá superarse.

Según Schneider, no se ve que haya una solución posible por medios humanos. 
«En una situación como la que vivimos, sólo puede dar resultado una intervención divina. Por ejemplo, una persecución masiva de la Iglesia y el propio Pontífice por parte de las élites mundiales políticas anticristianas».
Invocando tal vez el caso de los primeros cristianos, que alcanzaron una gran expansión con las persecuciones, Schneider expresó que una persecución actual podría ser el punto de partida para «una misericordiosa y profunda conversión del Sumo Pontífice a la Tradición y el denuedo apostólico, fruto de las oraciones y sacrificios de innumerables fieles, «la gente sencilla de la Iglesia sobre todo».

A pesar de pintar un panorama tan negro, Schneider rechazó las afirmaciones de que la Iglesia se ha equivocado:
«Hay algo de lo que no existe duda: la Iglesia está en manos de Dios Todopoderoso, y Cristo está al timón de la Barca de San Pedro, aunque en este momento duerma mientras la nave es azotada por violentas tempestades y el crujido de tablas podridas parezca augurar un inminente naufragio, como expresó en cierta ocasión el papa San Gregorio Magno. Creemos firmemente que también en este caso Cristo se pondrá en pie y mandará calmarse a la tormenta, y nuestra Santa Madre Iglesia de Roma volverá a ser faro y cátedra de la verdad».
El obispo auxiliar de Astaná es conocido por su viva defensa de la doctrina católica, y en el caso de la Fraternidad San Pío X es mucho más que un observador interesado: por petición directa de la Santa Sede fue visitador apostólico en 2015. Debido a ello conoce muy a fondo y de primera mano la relación entre la FSSPX y el Vaticano.

Al igual que la FSSPX, rechaza la postura sedevacantista, y explica que sus francos comentarios acerca de temas eclesiásticos tienen por objeto el bien de la Iglesia y del Papa. El pasado mes de diciembre Scheneider se reunió con León XIV para plantearle una serie de cuestiones, y más recientemente ha publicado una petición pública rogándole que apruebe las consagraciones que la FSSPX tiene previstas.

Si bien Schneider no ha manifestado de forma pública y directa apoyo a los planes de la Fraternidad de llevar a cabo las consagraciones, ha implorado al Romano Pontífice que las apruebe, a la vez que ha aportado lo que conoce sobre la Fraternidad al debate más amplio sobre lo que está sucediendo en la Iglesia.

Lamenta que el tema de la FSSPX sea causa de división entre numerosos católicos, entre quienes se cuentan muchos que lógicamente estarían de parte de ella en asuntos teológicos y litúrgicos. En la entrevista concedida a Certamen, Schneider manifestó que en gran medida la oposición de otros católicos obedecía a un concepto erróneo de la infalibilidad pontificia y a un positivismo jurídico cada vez más difundido.

Dado que la FSSPX ha rechazado las condiciones fijadas por la Santa Sede para el diálogo –entre las que que se contaba la cancelación de las consagraciones– el Vaticano no ha vuelto a decir nada sobre el asunto. Faltan menos de tres meses para la fecha prevista (1 de julio).

Michael Haynes

jueves, 26 de marzo de 2026

Reig-Pla pide oración por Noelia y Argüello afirma que «un médico no puede ser brazo ejecutor de una sentencia de muerte»


 
 
El presidente de la CEE advierte de que normalizar la muerte como solución al sufrimiento abre la puerta a que «todo esté permitido» y pide oración por la joven de 25 años que este jueves recibe la eutanasia. Mons. Reig Pla invita también a rezar.


El presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), Luis Argüello, ha reaccionado con firmeza ante el anuncio de la eutanasia de Noelia, la joven de 25 años que este jueves se somete a dicho procedimiento tras un complejo proceso marcado por el trauma de una violación grupal. El Arzobispo de Valladolid ha advertido de las consecuencias de normalizar la muerte como salida al sufrimiento y ha hecho una llamada pública a la oración.

Mons. Reig-Pla, obispo emérito de Alcalá de Henares ha hecho llegar un comunicado en el que además de referir el magisterio reciente de la Iglesia universal y de la Iglesia en España con respecto a la eutanasia conmina a rezar por Noelia:

¡DETENEOS, POR EL AMOR DE DIOS!

Unidos al Santo Padre León XIV, Mons. Juan Antonio Reig Pla, invita a orar a los fieles católicos con intenso amor y espíritu de piedad por Noelia y en prevención de todo suicidio. Convencido de que la misericordia de Dios es infinita y de que su amor lo puede todo, invita igualmente a acudir a la intercesión de la Virgen María para que proteja a su familia y a todos los sanitarios de modo que en todo momento nadie se sienta abandonado y así triunfe la dignidad de la vida humana.

Oremos con el Papa León XIV:

Por la prevención del suicidio

«Oremos para que las personas que están combatiendo con pensamientos suicidas encuentren en su comunidad el apoyo, el cuidado y el amor que necesitan y se abran a la belleza de la vida».

«Señor Jesús, Tú que invitas a los cansados y agobiados a acercarse a Ti y descansar en Tu Corazón, te pedimos este mes por todas las personas que viven en la oscuridad y la desesperanza, especialmente por quienes están combatiendo con pensamientos suicidas. Haz que encuentren siempre una comunidad que los acoja, los escuche y acompañe. Danos a todos un corazón atento y compasivo, capaz de ofrecer consuelo y apoyo, también con la ayuda profesional necesaria. Que sepamos estar cerca con respeto y ternura, ayudando a sanar heridas, crear lazos y abrir horizontes. Que juntos podamos redescubrir que la vida es un don, que sigue habiendo belleza y sentido, aún en medio del dolor y sufrimiento. Sabemos bien que quienes te seguimos también somos vulnerables a la tristeza sin esperanza. Te pedimos que nos hagas siempre sentir Tu amor para que, a través de Tu cercanía hacia nosotros, podamos reconocer y anunciar a todos el amor infinito del Padre que nos lleva de la mano a renovar la confianza en la vida que nos das. Amén.» (noviembre 2025)

«Todo está permitido» si la muerte es la solución

A través de su cuenta en la red social X, Argüello ha lanzado un mensaje directo tanto a la sociedad como al ámbito sanitario. «Si la muerte provocada es la solución a los problemas, todo está permitido», ha señalado el prelado, que ha puesto especial énfasis en la responsabilidad del personal médico: «Un médico no puede ser brazo ejecutor de una sentencia de muerte por muy legal, empoderada y compasiva que parezca».

El Arzobispo ha cerrado su intervención reconociendo el dolor de la joven, pero rechazando que la eutanasia constituya una respuesta adecuada: «Su sufrimiento estremece, pero su verdadero alivio no es el suicidio».

Si la muerte provocada es la solución a los problemas, todo está permitido. Un médico no puede ser brazo ejecutor de una sentencia de muerte por muy legal, empoderada y compasiva que parezca. Oremos por Noelia, su sufrimiento estremece, pero su verdadero alivio no es el suicidio.— Mons. Luis Argüello (@MonsArguello) March 26, 2026

La CEE denuncia una «sociedad del bienestar» incapaz de cuidar

En la misma línea, la CEE, a través de su Oficina de Información, ha vinculado el caso de Noelia con lo que considera una crisis de acompañamiento en el sistema actual. «Hoy en España, la muerte se presenta como solución al sufrimiento», ha lamentado la institución, que ha calificado la situación como «una dignidad infinita abocada a la muerte por una «sociedad del bienestar» incapaz de cuidar y de amar».

Frente a este diagnóstico, la Conferencia Episcopal ha apelado a «la esperanza que brota del encuentro con la Vida».
La Jornada por la Vida como telón de fondo

Estas reacciones llegan inmediatamente después de la celebración, el pasado 25 de marzo, de la Jornada por la Vida, que este año se ha desarrollado bajo el lema «La vida, un don inviolable». En los materiales elaborados por la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida, los obispos han defendido que la protección de la vida no es solo una cuestión de fe, sino una «exigencia de la recta razón y de la ciencia».

Los prelados han subrayado que «la biología defiende unánimemente que, desde el momento de la fecundación, existe un organismo humano vivo e independiente». Aunque el texto de la Jornada incide especialmente en la preocupación por la tendencia a elevar el aborto a la categoría de derecho, la mirada de la CEE se extiende a todas las etapas de vulnerabilidad humana.

Una «alianza social para la esperanza»

Los obispos españoles han manifestado su voluntad de promover una «alianza social para la esperanza» que garantice que ninguna mujer tenga que recurrir al aborto por soledad y que, en casos de sufrimiento extremo como el de Noelia, el sistema ofrezca las condiciones necesarias para que los jóvenes puedan proyectar su vida con dignidad y apoyo real.

Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida: «contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia»

A media manaña la CEE emitía la siguiente nota

Celebrábamos ayer la Jornada por la Vida, en el contexto de la Solemnidad de la Encarnación del Señor, con el lema: «La vida, un don inviolable». Hoy contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia, esta joven de 25 años cuya historia refleja una acumulación de sufrimientos personales y carencias institucionales que interpelan a toda la sociedad. Su situación no puede ser interpretada solo en clave de autonomía individual, sino que exige una mirada más honda, capaz de reconocer el peso del sufrimiento psicológico, la soledad y la desesperanza.

1. Queremos subrayar que la eutanasia y el suicidio asistido no son un acto médico, sino la ruptura deliberada del vínculo del cuidado, y constituyen una derrota social cuando se presentan como respuesta al sufrimiento humano. En este caso, no estamos ante una enfermedad terminal, sino ante heridas profundas que reclaman atención, tratamiento y esperanza.

2. La dignidad de la persona humana no depende de su estado de salud, ni de su percepción subjetiva de la vida, ni de su grado de autonomía. Es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral.

3. Deseamos manifestar nuestra cercanía a Noelia y a su familia, asegurándoles nuestra oración, afecto y compromiso con una cultura del cuidado que no abandona a nadie. Al mismo tiempo, hacemos un llamamiento a toda la sociedad para reforzar los recursos de atención psicológica, el acompañamiento humano y las redes de apoyo, especialmente para las personas más vulnerables.

Cuando la vida duele, la respuesta no puede ser acortar el camino, sino recorrerlo juntos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa, donde nadie se sienta solo ni descartado.

Alegría y esperanza ante la llamada del Papa a los obispos a la generosidad con el Vetus Ordo




Hay imágenes que hacen época. Una de ellas, convertida en meme político, es la de aquella señora que, brazos en alto, celebraba exultante en la calle la proclamación de independencia catalana de Carles Puigdemont en octubre de 2017, rodeada de una multitud entregada a la euforia. Apenas unos segundos después, el júbilo se desplomó: tras una retórica grandilocuente llena de alaracas, llegó la suspensión inmediata de lo que acababa de anunciarse. La expresión de aquella mujer, congelada en el instante exacto en que la exaltación se transforma en desconcierto y decepción, ha quedado como una perfecta metáfora de la distancia entre las palabras y los hechos.

Algo parecido podría suceder ahora entre muchos fieles apegados al rito romano tradicional. Las palabras del papa León XIV a la plenaria de los obispos franceses, que hablan de una integración generosa de los fieles del Vetus Ordo, merecen ser acogidas con alegría. Sería mezquino negarlo. También sería injusto reaccionar con cinismo automático ante un mensaje que, al menos en su formulación, apunta en la dirección correcta. En un contexto eclesial en el que durante años se ha tratado esta cuestión con prevención, hostilidad o simple miedo, escuchar desde Roma una apelación a la generosidad constituye, sin duda, una buena noticia.

Pero conviene no dejarse arrastrar por un entusiasmo ingenuo. Porque la realidad concreta que viven estos fieles en muchos lugares, y de manera muy visible en España, desmiente todavía cualquier clima de verdadera integración. El rito romano de siempre está, de hecho, arrinconado, vigilado y en muchas diócesis prácticamente proscrito. Hablar de él en ambientes clericales normales provoca reacciones que oscilan entre el escándalo y el temor. La mayoría de párrocos que se alteran si un fiel menciona siquiera la posibilidad de la Misa tradicional. Hay sacerdotes jóvenes que no se atreven a celebrar alguna de las Misas en el rito antiguo por miedo a ser marcados por sus obispos, apartados, castigados o condenados a una marginación silenciosa. La situación ha alcanzado tal grado de irracionalidad que a veces parece que no se estuviera hablando de una forma venerable del rito romano, sino de una actividad clandestina y sospechosa.

La imagen de algunos obispos cuando se aborda esta cuestión resulta reveladora. No es una discrepancia serena, ni una prudencia pastoral razonada, ni siquiera una reserva disciplinar explicable. Es, con frecuencia, un pánico inconfundible. Como si la mera existencia de un sacerdote atraído por la tradición litúrgica constituyera una amenaza interna que hubiera que sofocar cuanto antes. En no pocos casos, la reacción del aparato diocesano recuerda a la de quien descubre que tiene un hijo delincuente. No se le trata como a un hijo de la Iglesia con una legítima inclinación litúrgica, sino como a un problema que hay que neutralizar antes de que contamine a otros.

Por eso las palabras de León XIV son esperanzadoras, sí, pero no bastan por sí solas. No basta con invocar la generosidad si en la práctica se mantiene un régimen de sospecha, asfixia y exclusión. No basta con reconocer de palabra a estos fieles mientras se les obliga a desplazarse a capillas remotas, semiclandestinas o toleradas de mala gana, como si fueran católicos de segunda. No basta con apelar a la comunión mientras tantos fieles reciben portazos cuando solicitan algo tan elemental como la posibilidad de asistir con normalidad a la misa según el rito romano tradicional.

En Madrid, sin ir más lejos, la experiencia reciente de quienes se han organizado para pedir esta atención pastoral ha sido la de un rechazo seco y brutal. No encontraron escucha, ni comprensión, ni verdadera voluntad de integración, sino una negativa tajante amparada en la aplicación más cerrada y agresiva de Traditionis Custodes. Y eso es precisamente lo que convierte en decisiva la intervención del Papa: porque obliga a medir la sinceridad de muchos pastores. Ahora habrá que ver si algunos toman nota, si corrigen el tono y el fondo de su actuación, si sustituyen el portazo por una acogida real, o si todo quedará en una frase bella destinada a tranquilizar, sin alterar un milímetro la situación de fondo.


Sería un error responder a las palabras del Papa con desconfianza sistemática. Pero sería un error todavía mayor confundir un cambio de tono con un cambio de rumbo. Los fieles no necesitan ya declaraciones vaporosas ni gestos retóricos. Necesitan hechos. Necesitan seguridad jurídica. Necesitan saber que no serán tratados como un cuerpo extraño dentro de la Iglesia por desear la liturgia que alimentó la fe de innumerables generaciones. Necesitan que cese de una vez esta persecución absurda y reveladora, esta insistencia en presentar como sospechoso lo que durante siglos fue el corazón mismo de la vida litúrgica romana.

La solución, además, no exige ninguna arquitectura compleja. Derogar Traditionis Custodes y restablecer el marco jurídico de Summorum Pontificum no cuesta nada. No requiere largas elaboraciones teóricas ni experimentos pastorales de laboratorio. Es una decisión sencilla, clara y perfectamente viable. Bastaría con devolver a la Iglesia una paz litúrgica que nunca debió romperse y reconocer, con hechos y no solo con palabras, que estos fieles no son intrusos tolerados, sino católicos con pleno derecho a vivir su fe en continuidad con la tradición litúrgica de la Iglesia.

Hay, por tanto, motivos reales para la alegría y para la esperanza. Las palabras de León XIV son buenas y merecen ser celebradas. Nadie gana nada instalándose en el resentimiento o en la demolición preventiva. Pero la experiencia reciente obliga también a la cautela. La esperanza cristiana no es ingenuidad política ni credulidad sentimental.

Ojalá ocurra esta vez. Ojalá no volvamos a encontrarnos, una vez más, en la situación de aquella mujer del meme, suspendidos entre la euforia inicial y la posterior desilusión. Ojalá las palabras del Papa sean el inicio de un giro real y no otro instante fugaz de alivio antes de que todo siga igual. Porque, a estas alturas, los fieles del Vetus Ordo no solo tienen derecho a escuchar mensajes de generosidad. Tienen derecho, sobre todo, a verlos cumplidos.

Miguel Escrivá

miércoles, 25 de marzo de 2026

Si quiero oír hablar de Jesucristo, ¿a quién debo acudir?



Seguramente muchos de ustedes han visto esta imagen circulando en las redes sociales. Yo también la leí y debo confesar que me entristeció profundamente.

En esa breve carta hay una pregunta que, si nos detenemos a pensarla detenidamente, resulta profundamente inquietante: «Si quiero oír hablar de Jesucristo, ¿a quién debo acudir?».

Esta pregunta me impactó porque significa que, entre nosotros, todavía hay personas que buscan a Jesús. Personas que quieren oír hablar de Él, que tienen sed de Él… pero que ya no pueden encontrarlo.
Y es una realidad que duele reconocer.

No porque Jesús ya no esté presente, sino porque poco a poco lo hemos apartado del centro de nuestras vidas. Hemos llenado ese vacío con tantas otras cosas: opiniones, ideologías, debates, posturas políticas, discusiones interminables... mientras que Cristo, que debería ser el corazón de todo, a menudo permanece en un segundo plano.

A menudo hablamos de una crisis de fe, y es cierto. Pero quizás también estemos experimentando otra crisis, igualmente grave: la crisis de lugares auténticos donde aún podemos escuchar hablar de Jesús con amor, con verdad, con la pasión de quienes lo aman de verdad.

La Iglesia no nació para opinar sobre el mundo ni para seguir las tendencias de la época. La Iglesia nació para proclamar a Jesucristo, para darlo a conocer, para guiar a las almas hacia Él.

Sin embargo, ante esa pregunta, persiste una inquietud que no podemos ignorar.

¿Cómo hemos llegado al punto en que alguien tenga que preguntarse adónde ir para oír hablar de Jesús?

A pesar de todo, aún existe una fuente donde Cristo sigue siendo proclamado y entregado: la Santa Misa. En la Palabra proclamada, en el sacrificio del altar, en la Eucaristía, Jesús sigue presente, vivo, real, hablando a los corazones de quienes están dispuestos a escuchar.
Pero la pregunta persiste, y no debería dejarnos tranquilos.

Porque si todavía hay personas que buscan a Jesús y no pueden encontrarlo, entonces tal vez sea hora de detenernos y preguntarnos honestamente:

¿Qué hemos hecho con nuestra fe? ¿Qué hemos hecho con la Iglesia? Y sobre todo… ¿qué hemos hecho con Cristo, que debería ser el centro de todo?

Zarish Imelda Neno

sábado, 14 de marzo de 2026

¿Competencia por el poder entre mujeres y sacerdotes? | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 15:48MINUTOS

Los cuatro nombramientos que anticipan el modelo de cardenal del nuevo pontificado

INFOVATICANA



A medida que el pontificado de León XIV se acerca a su primer año, empieza a ser posible distinguir, entre la larga lista de nombramientos episcopales realizados en estos meses, cuáles tienen verdadero alcance estratégico. La mayoría responden a la lógica ordinaria de cubrir vacantes, pero hay algunos que destacan por afectar a posiciones con birrete cardenalicio casi asegurado, con todo lo que ello conlleva. En ese grupo están cuatro designaciones que merece la pena analizar en conjunto: el nuevo prefecto del dicasterio de los obispos y las designaciones en las sedes de Viena, Praga y Nueva York. Esas cuatro decisiones permiten intuir qué tipo de cardenal comienza a perfilarse como referencia del nuevo pontificado y cómo es la generación que puede terminar marcando el rumbo de la Iglesia en las próximas décadas.

Los cuatro nombres a los que me refiero son Filippo Iannone en el Dicasterio para los Obispos, Josef Grünwidl en Viena, Stanislav Přibyl en Praga y Ronald A. Hicks en Nueva York. Iannone fue nombrado prefecto el 26 de septiembre de 2025; Grünwidl pasó de administrador apostólico a arzobispo de Viena el 17 de octubre de 2025; Hicks fue trasladado a Nueva York el 18 de diciembre de 2025; y Přibyl fue promovido a Praga el 2 de febrero de 2026. Viena sigue siendo una sede habitualmente cardenalicia y Nueva York lo es de hecho desde hace generaciones; Praga conserva un peso simbólico enorme y, si bien no tiene garantizado el púrpura, tiene una posición de salida muy sólida para alcanzarlo.

Si tenemos que definir a grandes rasgos a estos perfiles no es por una ideología de trinchera, sino por ser todos ellos un tipo de clérigo «posconflictual». No son los viejos progresistas de pancarta, desaliñados, toscos, encantados de escandalizar al burgués católico con una estética de “cura pobre” convertida en performance moral. Tampoco son hombres de restauración doctrinal, litúrgica o ascética. Son otra cosa: gestores eclesiales de modales suaves, culturalmente acomodados, institucionalmente fiables, mediáticamente presentables y suficientemente dúctiles como para (de momento) no romper del todo con nada, pero sí desplazar el eje de la Iglesia sin necesidad de declararlo. Esto puede ser más inquietante que el progresismo bronco ochentero, porque desgasta sin estridencia y reforma sin confesar que está reformando. La mutación deja de presentarse como combate y se presenta como normalidad. Esa es su fuerza.

Filippo Iannone es, quizá, el caso más claro del perfil tecnocrático. No es un hombre identificado con una gran sustancia teológica ni con una escuela espiritual reconocible, sino con el aparato jurídico-canónico de Roma. Es esencialmente un jurista y canonista, formado para tribunales, universidades y gobierno curial; su discurso público insiste en procedimientos, normas, procesos y eficacia del derecho penal canónico. Hoy por hoy un brindis al sol. Ahora dirige precisamente el organismo que ayuda al Papa a escoger obispos para todo el mundo. Un prefecto que probablemente no predicará heterodoxias, pero que promoverá hombres “equilibrados”, “dialogantes”, “no polarizantes”, y en una década el cuerpo episcopal del mundo quedará modelado desde arriba con perfiles blandos, administrables y doctrinalmente porosos.

Josef Grünwidl encaja más en ese arquetipo del “cura noventero” y de los cuatro es el más osado a la hora de echarse al monte y asomarse al abismo de la heterodoxia. Su biografía es la de un hombre de aparato diocesano vienés, sin densidad intelectual comparable a Schönborn ni espesor litúrgico visible. En entrevistas de la archidiócesis de Viena ha defendido seguir discutiendo el diaconado femenino, ha sostenido que el celibato es una forma valiosa de vida pero no necesariamente inseparable del sacerdocio, ha pedido una mayor inclusión de las mujeres en los procesos de decisión y ha advertido contra el “neointegralismo” y contra un cristianismo “exclusivista”. Todo eso define bastante bien el perfil: no es un revolucionario de manifiesto; pero es un hombre de descompresión doctrinal, de vigilancia frente a cualquier afirmación fuerte de identidad católica que pueda sonar demasiado exclusiva o demasiado segura de sí misma. Este tipo de obispo puede ser más corrosivo que un rupturista frontal, porque no se presenta como enemigo de la tradición, sino como moderado razonable que la relega al rincón de lo sospechosamente rígido.

Stanislav Přibyl ofrece una versión centroeuropea del mismo molde. Su propio lenguaje público insiste en superar polarizaciones, tender puentes, escuchar, dialogar, aprender del proceso sinodal y romper “burbujas sociales”. A la vez, habla del depositum fidei y de nueva evangelización, lo que le permite presentarse como un hombre equilibrado, no como un progresista explícito. Ese es justamente el punto: ya no hace falta negar verbalmente el depósito de la fe para vaciarlo en la práctica de densidad normativa. Basta con envolverlo en una retórica permanente de reconciliación, escucha y acompañamiento, donde toda definición fuerte queda bajo sospecha de crear facciones. Desde una lectura crítica, ahí aparece el peligro: la verdad revelada no se niega, pero se subordina funcionalmente al objetivo superior de la convivencia eclesial.

Ronald A. Hicks es el equivalente norteamericano de este nuevo clericalismo blando. Su ascenso no se entiende sin el entorno de Chicago y sin su largo trabajo con Blase Cupich, del que fue auxiliar y vicario general antes de pasar a Joliet y luego a Nueva York. En su primera entrevista tras el nombramiento para Nueva York habló el lenguaje ya reconocible de esta escuela: “smell of the sheep”, evitar divisiones, caminar con los heridos, prioridad a la curación y a la gobernanza centrada en la misión. No hay aquí el progresismo estridente de ciertos prelados estadounidenses de la primera era posconciliar, pero sí el mismo desplazamiento hacia un episcopado terapéutico, inclusivo y anti-conflictivo. Desde una sensibilidad tradicional, que Nueva York pase de un Dolan, con todos sus límites, a un hombre formado en el ecosistema Cupich no es un detalle. Significa que incluso las grandes sedes americanas ya no necesitan un perfil marcadamente ideológico: basta un gestor pastoral de tono afable, obediencia romana y lenguaje sanador.

Dicho de otro modo, estos hombres no son peligrosos porque parezcan lobos. Son peligrosos porque parecen inofensivos. No exhiben la agresividad del progresismo ochentero, pero interiormente suelen compartir su misma desconfianza hacia el catolicismo definido, viril, sacrificial y jerárquico. Solo que ahora la expresan con otra gramática. Ya no ridiculizan la tradición; la relativizan. No la atacan tan de frente y la administran a la baja. Ya no hacen gestos escandalosos; construyen una atmósfera donde lo fuerte, lo nítido y lo litúrgicamente serio se vuelve marginal por simple falta de interés institucional.

Estos perfiles transmiten una masculinidad sacerdotal debilitada: gestualidad más blanda, autoridad menos paterna, mayor inclinación al lenguaje emocional y relacional, menor densidad ascética, menor gravedad y sacralidad. No conviene reducirlo a una caricatura psicológica, pero sería ingenuo negar que existe un cambio de habitus clerical. El cura de seminario de los años noventa y primeros dos mil fue socializado para no parecer demasiado firme ni demasiado separado del entorno. Debía ser accesible, sensible, más «gestor de vínculos» que custodio de un misterio. El resultado es un episcopado que en las formas puede parecer elegante y hasta cortés, pero que rara vez irradia el peso sobrenatural del oficio.

Por eso tampoco suele haber en ellos una verdadera preocupación litúrgica. No son iconoclastas litúrgicos al estilo de los años setenta, pero la liturgia ya no les importa como lugar teológico central. Les importa como marco pastoral, como escenario funcional, como soporte comunitario. En el fondo, la ausencia de guerra litúrgica no significa amor a la liturgia, sino indiferencia.

El progresismo burdo de la generacióm anterior generaba anticuerpos. Escandalizaba, despertaba resistencia, obligaba a definirse. Estos perfiles nuevos no. Son suficientemente ortodoxos en la superficie, suficientemente correctos en las formas, suficientemente institucionales en el lenguaje. No te obligan a romper con ellos, porque casi nunca dicen algo formalmente intolerable. Pero van remodelando la sensibilidad eclesial por ósmosis: menos dogma explícito, menos nervio sobrenatural, menos centralidad del sacrificio, menos conciencia de combate espiritual, menos sacerdocio como alteridad sagrada, menos liturgia como acto de adoración, más proceso, más escucha, más acompañamiento, más gestión de equilibrios y mucha sinodalidad sinodalita.

En ese sentido pueden ser más peligrosos. El viejo progresista producía choque. El nuevo produce disolución. El primero parecía un adversario. El segundo se presenta como obispo normal. Un modelo posheroico, poslitúrgico, posdogmático en el tono, aunque no siempre en la letra; una Iglesia que todavía conserva el vocabulario católico, pero lo pronuncia cada vez con menos rotundidad.

Miguel Escrivá