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lunes, 11 de marzo de 2019

Las monjas ya no quieren ser “esclavas” (Carlos Esteban)



Leo que “las monjas” -es muy propio esto de que un grupo se arrogue la representación del conjunto- se apuntan al aquelarre feminista de hoy 8 de marzo, la huelga contra nadie en concreto que pide derechos que ya se tienen.

Lo leo aquí, en InfoVaticana, acompañado por un vídeo en el que aparecen varias consagradas con idéntica monserga, una de ellas, imaginamos que líder, con una camiseta por hábito en la que puede leerse que se acabó la esclavitud. Y no deja de resultar una divertida paradoja, no solo porque la esclavitud fue abolida en Occidente hace siglos, sino porque las únicas instituciones del universo que eligen para sí el nombre de ‘esclavas’ son, precisamente, algunas congregaciones religiosas.

Y es en esta paradoja donde hay que encontrar la razón de que si el feminismo es ya en sí mismo un movimiento aborrecible y nefasto, una de las derivadas de la progresía más destructivas de la sociedad occidental, en mujeres que se han entregado a Dios como consagradas es el culmen del disparate.

Que el ‘clericalismo’ sea la causa principal en los abusos homosexuales de los sacerdotes, como postula Francisco, es cuestionable, pero lo es menos que constituye la raíz de muchos otros fenómenos profundamente anticatólicos que están minando la Iglesia. Porque el clericalismo, si significa algo, significa convertir lo que está diseñado como vocación de servicio en juego de poder.

Así, cuestiones como el sacerdocio femenino se plantean abiertamente como la necesidad de incluir mujeres en el clero porque es aumentar su participación en los centros de poder de la institución eclesial. No puede haber planteamiento más anticatólico, más alejado de una fe cuyo Fundador dejó claro que quien quiera ser el primero debe hacerse el último, que Él mismo no había venido a ser servido, sino a servir, que el que quiera ser maestro debe servir a todos los demás.

Eso no puede quedar en la ceremonia de lavar los pies a un grupo de necesitados una vez al año; esa costumbre debe ser el reflejo de una realidad vivida todo el año, toda la vida. Y que personas que se consagran a Cristo busquen ampliar su esfera de poder es, sencillamente, una contradicción en sí mismo.

En última instancia, el mensaje de estas monjas es la enésima indicación de que el espíritu del Mundo -en su sentido teológico- se enseñorea ya de la Iglesia, incluso cuando este espíritu sea abierta y frontalmente antitético del propio mensaje cristiano.

El feminismo no tiene nada que hacer en nuestra fe porque pertenece a otra visión del mundo, a otra ‘religión’, en sentido amplio. El feminismo es un dogma, en el doble sentido de emanar de autoridades doctrinales y de postular una verdad indemostrable. Pero mientras los dogmas cristianos se refieren a realidades que no pueden comprobarse, a creer lo que no vemos, los de la moderna religión nos piden que creamos por fe lo contrario de lo que vemos.

Fingir que hombres y mujeres somos iguales en todo, idénticos en preferencias y aptitudes, es algo que vemos contradicho continuamente en la experiencia diaria, que ofrece en cambio una realidad enormemente rica y afortunada. Si el poder careciera de dogma en este sentido, bastaría hacer a ambos sexos iguales ante la ley y olvidarse del asunto, y que el común elija libremente lo que quiera hacer y cómo.

Eso está hecho, pero los resultados están lejos de lo que postula el dogma. Si hombres y mujeres son idénticos, en todas las actividades, funciones, cargos y circunstancias aparecerían representados más o menos al cincuenta por ciento, y no es así. Ante este hecho, un Cándido voltairiano sin ideas preconcebidas, viendo que la ley no pone traba alguna, deduciría que quizá ambos sexos, como conviene a la naturaleza, no sean idénticos sino complementarios, con inclinaciones, en general, distintas.

Pero como pesa un anatema sobre esa conclusión lógica, como el dogma público dice lo contrario, hay que encontrar otra explicación, aunque sea a costa de crear un ser mitológico que añadir al panteón, el Patriarcado. El feminismo es la congregación específica que se ocupa de conjurar ese invisible dios maligno, como las vestales se ocupaban de mantener el fuego sagrado.

La hermana que aparece en el vídeo con una camiseta por hábito tiene todo el derecho del mundo -al menos, toda la libertad- de creer en ese ídolo negativo, el Patriarcado, y querer su abolición, y de aspirar para su sexo un aumento de las cuotas de poder. No se puede obligar a nadie a creer ni imponer vocación alguna. Pero entonces se ha equivocado de religión, no digamos ya de vocación.

Carlos Esteban

Entrevista de La Verità al profesor Roberto de Mattei

ADELANTE LA FE


El pasado lunes 4 de marzo el diario La Verità publicó una entrevista de Ignazio Mangrano a Roberto de Mattei bajo el título de Querida Iglesia, deja de ser favorable a los homosexuales y vuélvete soberanista. Reproducimos a continuación el texto de las preguntas y sus sucesivas respuestas.

El profesor Roberto de Mattei, presidente de la Fundación Lepanto y director de la revista Radici cristiane, fue uno de los organizadores de la manifestación Acies ordinata, que el pasado 19 de febrero congregó en la romana Plaza de San Silvestre a cien católicos procedentes de todo el mundo en una protesta silenciosa contra la cumbre vaticana sobre los abusos sexuales.

Señor Profesor, ¿ha sido un fracaso la cumbre vaticana?

Creo que sí. Lo han observado los principales órganos de prensa, que han hablado de un mensaje débil y puesto de relieve la insatisfacción de las víctimas. De todos modos, a mí me parece que el fracaso obedece a otro motivo.

¿Cuál?
 
Que se ha centrado en los síntomas, y no en la causa del mal.

Explíquese.
 
Se ha pasado por alto un punto esencial, que ya había salido a la luz en el informe de monseñor Viganò: la difusión de la homosexualidad en la Iglesia como fenómeno organizado.

¿Existe un lobby gay en la Iglesia?
 
Sí. Me parece evidente.

¿Evidente?
 
En su mayor parte, los abusos cometidos por sacerdotes han sido de adolescentes varones y no de menores. Por lo tanto, si en la cumbre no se habló de homosexualidad, la única explicación es que hubo una presión fortísima para que se evitase el tema.

¿Presión externa a la Iglesia, o interna?
 
Tanto externa como interna. Los medios quieren impedir que la Iglesia recalque su doctrina sobre la homosexualidad.

¿Por qué?
 
Porque la pedofilia es un delito reconocido por todos los estados laicos contemporáneos. Pero esos mismos estados que condenan la pedofilia promueven la homosexualidad.

¿La promueven?
 
Sí. Hasta tal punto que quieren introducir el delito de homofobia, la prohibición de criticar la homosexualidad.

Entonces, ¿la Iglesia ha cedido a la propaganda LGBT?
 
La Iglesia debería adoptar una postura profética de enfrentarse al mundo, y condenar no sólo lo que éste condena, es decir los abusos sexuales, sino también todo lo que el mundo no condena, o sea, la homosexualidad.

¿Y qué hay de las presiones internas?
 
Actualmente reina entre el clero un clima de silencio y complicidad hacia la homosexualidad. Por lo visto la palabra homosexualidad ni siquiera se puede pronunciar.

¿En serio?

Monseñor Charles Scicluna ha dicho que no es legítimo condenar la homosexualidad, porque esta palabra indica una categoría de género y no se puede generalizar sobre una categoría de personas.

¿Y lo contrario sí se puede hacer?
 
¿Acaso la pedofilia no es también una categoría? ¿O es que la pedofilia es en sí pecado mientras que la homosexualidad ya no lo es?

El padre Federico Lombardi ha dicho que en la conclusión de la cumbre se tomaron medidas concretas. ¿Se equivocó?
 
Las presuntas medidas concretas aluden a las indicaciones de la OMS. Es decir, al organismo que promueve la anticoncepción, el aborto, la educación sexual… Me desconcierta que la cumbre se haya plegado al programa de una organización internacional que siempre ha sido contraria a las enseñanzas del Magisterio.

¿Qué habría debido hacer el Papa?
 
No hay nada más concreto que remitirse a la ley moral de la Iglesia. Que no es una regla abstracta, sino la ley natural impresa en el corazón y la conciencia de todo hombre. Eso es lo que más ha faltado en ña cumbre celebrada en el Vaticano: una visión sobrenatural de los problemas de hoy que deje lugar para palabras como gracia, pecado, ley moral ley natural.

Y por el contrario…

Por el contrario, esas expresiones estuvieron ausentes en el documento final. Por eso la cumbre ha sido un fracaso. Un síntoma de dicho fracaso ha sido el estallido del caso del cardenal Pell.

A propósito del cardenal George Pell, ¿qué conclusión ha sacado usted?
 
Creo que en el caso de acusaciones contra clérigos, dado que la Iglesia posee derecho canónico y tribunales y tiene capacidad para investigar por sí misma, no puede limitarse a decir:  «Estamos a la espera de los resultados de las investigaciones de los tribunales laicos».

¿No hay que confiar en la justicia secular?
 
Me parece preocupante esa manifestación de confianza en los tribunales laicos.

¿Por qué?
 
En el Vaticano  ha causado conmoción lo de Pell, porque saben que es inocente.  Y están en una situación incómoda, porque el Papa lo había nombrado prefecto de la Secretaría de Asuntos Económicos. Y si se decide confiarse a los tribunales laicos, habrá que atenerse a las consecuencias.

¿Debe la Iglesia investigar a los sacerdotes abusadores?
 
La Iglesia, que cuenta con derecho penal y con tribunales, debe tener valor para plantarse firme ante los tribunales del mundo, con la convicción de que no es el mundo el que tiene que juzgar a la Iglesia, sino la Iglesia al mundo. Debería reivindicar su soberanía.

¿También la Iglesia debe hacerse soberanista?
 
Sí. Me parece sumamente grave que la Iglesia haya renunciado a su soberanía. La Iglesia es una sociedad soberana, al igual que el Estado, aunque su finalidad, a diferencia de la del Estado, sea sobrenatural.

¿Y por consiguiente?
 
Si es una sociedad soberana, la Iglesia posee todos los instrumentos para hacer valer su justicia.  No es un organismo puramente ético que se prive de su dimensión jurídica dejando que sea el Estado quien lo decida todo. Renunciar a la soberanía es una deriva peligrosa.

¿Una deriva peligrosa?

Los tribunales podrían llegar a tener autoridad sobre el papa Francisco.

¿Qué tiene que ver el Papa en esto?
 
Me explico. Cuando la Iglesia renuncia a su soberanía, se convierte en una especie de entidad o empresa moral. Y de esa forma corre el riesgo de convertir a toda la Iglesia, empezando desde arribai, en responsable de los actos de sus subalternos. Eso no pasa si se la considera una sociedad soberana.

O sea, si se comporta como un estado.
 
Exactamente. Si un ciudadano italiano comete un delito, el responsable no es el presidente del Consejo. A partir de ahí, se llegará, por el contrario, a una persecución de la Iglesia.

¿Una persecución?
 
Me temo que sí. Al renunciar a su soberanía, la Iglesia pierde su libertad y se ve obligada a someterse al Estado si no quiere ser perseguida. Actualmente vivimos bajo un régimen de sumisión. Si antes el Estado era el brazo secular de la Iglesia, la Iglesia se está convirtiendo en el brazo secular de los poderes políticos y mediáticos.

¿En qué sentido?
 
En el de que obedece a las indicaciones de los organismos nacionales e internacionales que defienden una visión antitética de la cristiana.

¿Y la persecucuón cómo se daría?
 
Si la Iglesia decide sustraerse a ese mecanismo, surgiría un enfrentamiento a los poderes políticos. En la actualidad la Iglesia no se atreve a hacerlo. Pero si se ve obligada, se encontrará en un gran aprieto por haber renunciado a su primera línea de defensa, es decir, al ejercicio de su libertad e independencia jurídica.

Volvamos por un momento al caso Pell. Hay quien ha señalado que las acusaciones de abusos sexuales han surgido después de que el Prefecto de la Secretaria para Asuntos Económicos hubiera descubierto un millón de euros depositados en cuentas secretas…
 
Es posible que ambas cosas estén relacionadas. Por otro lado, se dice que la fuente de las acusaciones que lo han llevado a   sbarra  no esté en Australia sino en el Vaticano…

¿A qué se refería usted cuando dijo que a la Iglesia le falta hablar de lo sobrenatural?
 
A que la Iglesia está renunciando a su misión, cuya finalidad es la salvación de las almas, para transformarse en una sociedad dedicada al bienestar material de las personas. Se está desnaturalizando.
 
¿Desnaturalizando?

Está abdicando de la misión que le encomendó su fundador Jesucristo. De esa forma se convierte en una organización revolucionaria.

¿Qué quiere decir?
 
Cuando se deteriora la relación vertical con Dios la Iglesia se convierte en una sociedad política. Es la característica principal de este pontificado, que es un pontificado político en vez de religioso.

¿El de Francisco es un pontificado político?
 
Sí. Su tema recurrente es la inmigración. El pasado 14 de febrero, ante una representación de pueblos indígenas en el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, el Papa expresó su deseo de un mestizaje cultural entre los pueblos llamados civilizados. Eso significa eliminar las raíces cristianas en las que tanto instieron Juan Pablo II y Benedicto XVI.

¿Qué entiende él por mestizaje?
 
Para Francisco el mestizaje no es sólo cultural, sino también étnico. Da la impresión de que su proyecto sea la sustitución étnica de la población europea, en claro declive demográfico, con las oleadas de inmigrantes que llegan de África.

¿Y a qué se debe todo eso?
 
A que Francisco tiene una visión ideológica que es fruto de su formación cultural.

¿Cuál?
 
La de un hombre que se ha empapado de la teología progresista por medio de la teología de la liberación. Es la utopía del mundo nuevo. Con la diferencia de que la está proponiendo 30 ó 40 años después de su fracaso.

¿Cómo calificaría entonces al papa Francisco?
 
La clave de su personalidad está en una deliberada ambigüedad. Y ésa es también la causa de sus problemas. Pero permítame que sea yo quien haga ahora una pregunta.

Adelante.

Benedicto XVI, que tenía mucha oposición en su país, viajó tres veces a Alemania. Juan Pablo II fue a Polonia en nueve ocasiones. ¿Cómo es posible que en seis años de pontificado Francisco haya ido a todas partes, incluso a los Emiratos árabes, y nunca a su Argentina natal?

Cierto. ¿Por qué?

La pregunta es en sí una respuesta…

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)

El Papa aclara a Schneider que Dios no quiere positivamente la pluralidad de religiones (Carlos Esteban)



El obispo auxiliar de Astaná, Athanasius Schneider, estuvo con los demás obispos kazajos en Roma en audiencia con el Papa, ocasión que aprovechó para pedir al Santo Padre que aclarara la frase incluida en el pacto por la paz firmado en Abu Dabi con el Gran Imán de la mezquita del Al Azhar, lo que hizo.

Desde que el Papa volviera de su viaje a Abu Dabi, una frase contenida en un documento firmado allí por él venía preocupando, y mucho, a teólogos y fieles católicos, como ya se ha recogido en Infovaticana. Se trataba de un pacto de paz y hermandad firmado con las autoridades musulmanas, en este caso Al Tayyeb, gran imán de la mezquita de Al Azhar y considerado máximo exponente del islam suní. Su Santidad estaba especialmente satisfecho de ese documento, aunque es legítimo cómo puede aplicarse al mundo real, aparte de las buenas intenciones.

Pero lo que llamó la atención de la prensa especializada fue, sobre todo, una frase del documento firmado: “El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos”.

Los teólogos quedaron perplejos ante la idea de que la ‘diversidad de religiones’ sea algo activamente querido por Dios. Las religiones reales se contradicen, de modo que no pueden ser todas verdaderas; de hecho, solo podría serlo una de ellas. ¿Puede querer Dios que amplios grupos humanos vivan en el error? Una humanidad finalmente convertida a Cristo y formando una sola Iglesia, ¿estaría contradiciendo la Voluntad Divina?

El filósofo Josef Seifert, a quien Francisco despidió junto con el resto de miembros de la Academia Pontificia para la Vida en 2016 y que en la actualidad imparte clases en la Academia Internacional de Filosofía (Instituto de Filosofía Edith Stein), fue uno de los primeros en reaccionar contundentemente: “¿Cómo puede Dios desde la creación haber querido que los hombres caigan en el pecado, en la falsa adoración de dioses, sean víctimas de errores y supersticiones de toda clase, que se adhieran a religiones sutilmente ateas o panteístas, como el budismo, o a las religiones condenadas por el Antiguo Testamento y atribuidas a demonios y al culto demoníaco?”, se preguntaba en una reciente contribución.

Pero el obispo auxiliar de Astaná, Athanasius Schneider, campeón de la ortodoxia católica cuyo nombre de pila le viene como anillo al dedo, ha estado con Su Santidad en audiencia privada junto con el resto del episcopado kazajo, y le ha pedido al Santo Padre que aclare esas palabras.

Francisco, dice Schneider, le ha aclarado que se refería, naturalmente, a la “voluntad permisiva” de Dios, es decir, a lo que Dios no quiere positivamente, pero sí permite. Siendo omnipotente, nada puede suceder que Dios no consienta, de modo que cosas como el Holocausto o el Gulag, sin ser algo positivamente deseado por Dios, sí necesita de algún modo de su voluntad ‘pasiva’ para existir.

La respuesta pareció satisfactoria al obispo kazajo, pero aún le quedaba una inquietud. Si el Papa estaba hablando de la voluntad permisiva de Dios al referirse a la diversidad de religiones, ¿por qué la asocia en una misma frase con el mismo verbo con la diversidad de sexos o razas, que sí es una diversidad activamente deseada por Dios? El Papa se limitó a reconocer que sí, que la redacción puede resultar confusa, que naturalmente un tipo de diversidad la desea y la otra meramente la permite. Pero que su intención era la que acababa de explicar.

Eso dejó tranquilo a Schneider, a quien hay que encomendar por su valor al pedir explicaciones al Papa que otros prelados más cercanos han dejado pasar sin comentario, pero a nosotros no nos deja igual de tranquilos. Por tres razones, fundamentalmente.

La primera es, sencillamente, que la controversia estalló el primer día en que se publicó el documento, y el Papa no hizo nada por aclararla. Tampoco nadie de su entorno, nadie de la jerarquía católica universal, salvo el puñado de ‘sospechosos habituales’ que ni pinchan ni cortan en la Curia romana. Tampoco, que sepamos, se ha reformado el documento ni ha enviado Su Santidad a Gisotti a los medios con una nota refrendando lo que cuenta Schneider.

La segunda es que, si eso es así, si la diversidad de religiones no es, como parece desprenderse de la literalidad del texto, un bien deseado por Dios, que es lo que todos han entendido, incluidos los firmantes, ¿qué es exactamente lo que ha firmado Ahmed El Tayyeb? ¿No sería algo así como una treta, una versión católica de la ‘taqiyya’ musulmana?

Por último, ¿qué sentido tendría poner esa frase? Ya se sabe que todo lo que sucede, sucede porque Dios lo permite: es una tautología. No nos imaginamos al Santo Padre o a líder alguno firmando un documento con los judíos que dijera: “El Holocausto y los pogromos son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos”, aunque sería igual de cierto en el sentido del que ahora habla el Papa, según Schneider.

En cualquier caso, es un alivio relativo lo logrado por Schneider, tanto como es deplorable que se nos haya mantenido tanto tiempo en una ambigüedad doctrinal que ya empieza a hacerse insufrible.

Carlos Esteban

El Vaticano aprueba un fármaco para transexuales (Carlos Esteban)



La Santa Sede, a través de la Pontificia Academia para la Vida, ha dado su aprobación a un fármaco que bloquea la pubertad y usan los padres de niños ‘transgénero’.

La moda transgénero está causando estragos entre niños demasiado pequeños para poder decidir ninguna otra cosa pero sí, curiosamente, mutilarse a sí mismos y medicarse de por vida en busca de la quimera de llegar a tener el sexo contrario al propio. Es un macabro ‘MeToo” de consecuencias impredecibles que marcarán al sujeto para siempre y que ignora que entre el 80% y el 90% de los niños con disforia previa a la pubertad supera sin ninguna intervención y de forma espontánea esos impulsos posteriormente.

Y ése es exactamente el problema: la pubertad, la edad en que se definen las tendencias sexuales. Eso es lo que los transexualistas quieren evitar a toda costa, para lo cual se han creado los ‘bloqueadores de la pubertad’, fármacos que desactivan las hormonas que naturalmente inician el proceso. Imaginen las consecuencias de tan bárbaro atentado ‘médico’.

Aunque no a efectos legales, a efectos morales eso es abuso infantil, y de la peor especie, un campo en el que la Iglesia debería ser no sólo firme, sino abiertamente beligerante y ‘obsesiva’ con “esto que hacéis a algunos de mis pequeñuelos”. Por eso es una sorpresa y un escándalo que la Santa Sede, lejos de poner el grito en el cielo contra esta monstruosidad, haya aprobado uno de estos fármacos que ya suministra la Seguridad Social italiana. Lo cuenta Vatican News, el sitio oficial de la información vaticana, que atribuye la decisión a la bioeticista Laura Palazzani, miembro de la Pontificia Academia para la Vida.

Naturalmente, el fármaco en cuestión, la TRP-Triptorelina, se dispensará de forma controlada, ya saben, ‘caso por caso’, que parece ser la fórmula elegida por los renovadores para darle la vuelta a las doctrinas de la Iglesia.

En la literatura con respecto al fármaco puede leerse que lo administran a “niños […] que desean cambiar de sexo”, siempre “en presencia de un profundo sufrimiento de los chicos con psicopatologías psiquiátricas”. Pero la Iglesia no puede pensar que es posible cambiar de sexo. Ni siquiera es defendible científicamente, pero antropológica y teológicamente es la absoluta negación del concepto católico de los sexos.

“Hombre y mujer Dios los creó”, estamos hablando del origen, de lo más básico, de lo que, por apelar a una de las causas más caras al corazón de Francisco, nos une a las demás religiones en un perfecto consenso. ¿Se equivoca Dios?

Naturalmente, como cualquier otro fármaco aprobado, la famosa farmacia vaticana dispensará este tóxico junto a las cremas y a las fragancias de lujo libres de impuestos que la convierten en codiciada meca para los romanos en esta Iglesia “pobre para los pobres”.

Carlos Esteban

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