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lunes, 11 de mayo de 2026

Santiago Martín: «Si no hay sanciones en Alemania, quedará claro que a la Iglesia la gobierna el dios dinero»



El desafío abierto del episcopado alemán al Vaticano ha entrado, según el padre Santiago Martín, en una fase decisiva que compromete directamente la autoridad del Papa León XIV y la credibilidad del gobierno de la Iglesia.

En un análisis difundido en Magnificat TV, el fundador de los Franciscanos de María sostiene que la negativa de los obispos alemanes a retirar el bendicional para parejas homosexuales, divorciados vueltos a casar y convivientes constituye una desobediencia pública sin precedentes recientes y que, si no termina en sanciones, quedará demostrado que «quien manda en la Iglesia no es el Papa, sino el dios dinero».

El origen inmediato del conflicto se sitúa en noviembre de 2024, cuando el episcopado alemán remitió al Dicasterio para la Doctrina de la Fe un borrador de bendicional inspirado en la declaración Fiducia supplicans. Según relata Santiago Martín, el cardenal Víctor Manuel Fernández respondió apenas unos días después rechazando el texto y exigiendo modificaciones. Sin embargo, las cartas permanecieron secretas y, meses más tarde, en abril de 2025, con el Papa Francisco recién fallecido y la sede vacante, los obispos alemanes publicaron igualmente el bendicional sin atender las objeciones romanas.

El sacerdote considera especialmente grave que la publicación se produjera «con el Papa aún de cuerpo presente», interpretándolo como un gesto deliberado de desafío aprovechando el vacío de poder en Roma. A partir de ahí, numerosas diócesis alemanas comenzaron a aplicar las bendiciones litúrgicas a parejas en situaciones irregulares, mientras el Vaticano mantenía silencio.

La situación escaló definitivamente cuando el cardenal Reinhard Marx ordenó el pasado 20 de abril que los sacerdotes de Múnich aplicaran el bendicional en toda la archidiócesis. Apenas tres días después, el Papa León XIV respondió públicamente durante el vuelo de regreso de África afirmando que la Santa Sede «no está de acuerdo con la bendición formalizada de parejas homosexuales o en situaciones irregulares».

Para Santiago Martín, el gesto posterior del cardenal Marx agravó aún más la crisis. El arzobispo de Múnich calificó de «reaccionarios» a quienes critican el camino sinodal alemán y afirmó que esos ataques procedían de Estados Unidos. Muchos interpretaron aquellas palabras como una alusión indirecta al propio Pontífice, estadounidense y recién pronunciado contra el bendicional.

La tensión aumentó cuando el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó finalmente, el pasado 3 de mayo, la carta enviada en 2024 rechazando el bendicional alemán. Aquello confirmó públicamente que Roma llevaba casi dos años tolerando una desobediencia abierta sin adoptar medidas disciplinarias. El padre Santiago Martín considera que este hecho ha dejado al descubierto «la pasividad del Vaticano para hacer cumplir la ley que él mismo promulga».

En su análisis, contrapone el trato dispensado a los obispos alemanes con el recibido por prelados considerados conservadores, como Joseph Strickland o Daniel Fernández Torres, apartados de sus cargos sin acusaciones doctrinales comparables. A su juicio, la diferencia solo puede entenderse por el enorme peso económico de la Iglesia alemana dentro de las finanzas vaticanas.

El secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, insinuó recientemente la posibilidad de sanciones canónicas, aunque expresó su deseo de evitar medidas disciplinarias. Para Santiago Martín, esa mera mención demuestra que Roma ha llegado «al límite». Sin embargo, advierte de que el tiempo corre contra el Papa: si Alemania no rectifica pronto y el Vaticano no actúa, la autoridad pontificia sufrirá un daño irreversible.

El sacerdote concluye con una afirmación especialmente dura: «Sería más honesto retirar los crucifijos y poner un becerro de oro». Según sostiene, si la desobediencia alemana termina sin consecuencias, quedará demostrado que el verdadero poder en la Iglesia no reside en Roma ni en la doctrina católica, sino en la capacidad económica de la Iglesia alemana.

Vídeo relacionado

El padre Santiago Martín analiza en Magnificat TV la rebelión alemana, las bendiciones homosexuales y la autoridad del Papa.


sábado, 9 de mayo de 2026

La Rebelión Alemana: Bendiciones Gay y la Autoridad del Papa en Juego | P. Santiago Martín FM




DURACIÓN 17:54 MINUTOS

TRIBUNA. Argüello y los monjes del Valle: una contradicción que no puede sostenerse por más tiempo



Cuando dos voces eclesiales de máxima autoridad describen un mismo hecho de manera incompatible, lo normal —lo razonable— es esperar una aclaración. Cuando esa aclaración no llega, lo normal es empezar a preguntarse por qué. Eso es exactamente lo que está ocurriendo desde hace semanas en el asunto del Valle de los Caídos, donde la posición pública de la comunidad benedictina y la del presidente de la Conferencia Episcopal Española no encajan. No encajan en absoluto.

La cuestión, en el fondo, es de una simplicidad casi incómoda: ¿afecta o no el proyecto ganador del concurso de resignificación al interior de la Basílica de la Santa Cruz? Para los monjes que custodian el templo, sí —y de manera grave—. Para monseñor Luis Argüello, no. El proyecto, sostiene, respeta la basílica. Las dos cosas no pueden ser verdad al mismo tiempo. Y cuando uno abre los planos publicados por el propio Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, la duda desaparece: la razón no está en el lado más tranquilizador del relato.

Lo que escribieron los monjes:

El martes 28 de abril, la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos publicó una Tercera en ABC. No fue un comentario improvisado, ni un testimonio oído de terceros, o una filtración anónima. Fue un texto firmado y deliberado, consciente de su alcance. La gravedad del asunto exigía precisamente eso: exposición pública y responsabilidad en lo dicho, sea cual sea la opinión de terceros sobre su contenido.

En ese texto, el representante de la Abadía argumentaba desde diversos ángulos, algunos de los cuales son matizables desde el punto de vista filosófico. Sin embargo, recordaba algo tan elemental que resulta casi incómodo tener que volver a explicarlo. Para la Iglesia católica, un templo no es un edificio fragmentable al gusto de la coyuntura política. No es un contenedor adaptable. Es la casa de Dios. Y su sacralidad —escribía— «no se limita al altar ni al momento de la celebración litúrgica por excelencia —la Santa Misa—, sino que se extiende a la totalidad de la planta y de los espacios del templo —puerta, atrio, vestíbulo, naves, altar, cúpula, capillas y criptas».

El problema eclesiástico —advertían los benedictinos— no es lo que el Gobierno quiera hacer fuera de la basílica, que corresponde al ámbito político. El problema aparece cuando «se contempla extender dichas actuaciones a los espacios consagrados del templo, imponiendo un acceso no independiente y subordinado al paso previo por un centro de interpretación histórica y política». Y lo remataban sin dejar resquicio a la ambigüedad: «dicha afectación comprende, además de ese acceso condicionado, la ocupación del atrio, del vestíbulo y de otros espacios del templo, según el proyecto seleccionado por el Gobierno».

Traducido a lenguaje llano, sin tecnicismos: el Ejecutivo de Pedro Sánchez no se limita a intervenir el entorno del Valle. Pretende que el fiel atraviese antes un relato —un centro de interpretación histórico y político— para poder entrar en la basílica. Pretende ocupar el atrio. Pretende transformar el vestíbulo. Pretende, sin ambigüedad alguna, intervenir en espacios consagrados. Y todo ello, más allá de la sacralidad —subrayaban los monjes— compromete los principios de neutralidad y proporcionalidad del Estado, así como el derecho constitucional de los fieles a la libertad religiosa y de culto. No es una opinión más. Es la posición de quienes tienen la responsabilidad jurídica y espiritual del templo.

Lo que dijo el presidente de los obispos españoles:

Cinco días después, el domingo 3 de mayo, el mismo diario publicaba una entrevista con el presidente de la Conferencia Episcopal Española. Y la versión que monseñor Argüello ofrecía sobre ese mismo proyecto —ya conocida la posición pública de los benedictinos— sonaba, sencillamente, distinta.

«Ha salido el concurso y hay un proyecto ganador, pero se ha presentado un recurso —decía—. En este momento, la posibilidad de llegar a un acuerdo pasa por los monjes… y por el Gobierno… Yo creo que existe la posibilidad de llegar a un acuerdo que respete la abadía, la basílica y el acceso independiente. El actual proyecto ganador respeta los dos primeros puntos y no el acceso independiente, pero creo que es fácil de resolver el asunto si hay buena voluntad».

Conviene detenerse. Leerlo despacio. Palabra por palabra. Para el presidente de los obispos españoles, el proyecto ganador «respeta la basílica». El problema —si acaso— sería el acceso independiente. Un fleco. Un detalle técnico. Algo solucionable con buena voluntad.

Pero cinco días antes, los monjes —los mismos que, como él reconoce, tienen la encomienda de la basílica— habían afirmado justo lo contrario. Que el proyecto entra en los espacios consagrados. Que ocupa la puerta. Que ocupa el atrio. Que transforma el vestíbulo. Que condiciona el acceso al paso previo por un centro de interpretación político. Que plantea problemas de fondo, no de matiz.

No es una diferencia de enfoque. No es una cuestión de lenguaje. Es una divergencia de hecho. No están describiendo lo mismo. No están hablando del mismo proyecto. No están transmitiendo la misma realidad al fiel.

Lo que dicen los planos:

Y entonces llega el dato incómodo, el dato verificable. El que no depende de interpretaciones ni de matices. Basta con abrir la documentación pública del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, y con mirar los planos. Y los planos son tozudos.

La intervención prevista no se limita al exterior ni se queda en el entorno, ni se agota en el acceso. Afecta a la puerta de la basílica, afecta al atrio, y al vestíbulo interior. Y proyecta intervenciones en la secuencia de entrada al templo que alteran su configuración funcional y simbólica.

Salvo que el Gobierno haya cambiado en silencio su proyecto —algo que no ha comunicado—, lo que figura en los documentos oficiales coincide con lo que denuncian los monjes. No con la versión más tranquilizadora.

La contradicción, por tanto, no es interpretativa. Es factual. Una de las dos descripciones públicas no se ajusta a lo que está escrito en los planos. Y no es la de los benedictinos.
La transparencia debida

Ahí es donde el asunto deja de ser un cruce de declaraciones y adquiere un relieve institucional. Porque los fieles católicos no son menores de edad informativos. Tienen derecho a saber qué está en juego en una Basílica pontificia, qué pretende hacer el Gobierno en el interior de un templo consagrado, y qué postura sostienen sus pastores.

Cuando dos voces eclesiales de ese nivel ofrecen versiones incompatibles, alguien tiene que aclararlo. No por polemizar. Por respeto.

¿Conocía monseñor Argüello el contenido de la Tercera publicada por la Abadía cinco días antes de su entrevista? Si lo conocía —y cuesta pensar que no—, ¿por qué afirmó que el proyecto «respeta la basílica»? ¿Ha examinado los planos publicados por el Gobierno? ¿Qué versión deben considerar veraz los fieles?

No son preguntas retóricas. Son las preguntas que ya circulan —cada vez con menos cautela— en conversaciones discretas, en ámbitos eclesiales, en sacristías y fuera de ellas.

La transparencia, en este punto, no es una virtud opcional. Cuando lo que está en juego es un templo consagrado y la libertad religiosa de los fieles, es una exigencia mínima.


Por Ramón Ruavieja

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La agenda de la visita papal en España contra las cuerdas




La confirmación de la visita del Papa León XIV a España para junio de 2026 ha despertado una gran expectación y un fervor religioso lógico entre la comunidad católica, pero también ha levantado una polvareda de controversia política y religiosa. Dos decisiones empañan lo que debería ser un itinerario de concordia que son más que errores, son auténticas afrentas a la memoria de los mártires y a la integridad de los lugares sagrados.

El estadio Lluís Companys: Insulto y desprecio a los mártires

El primer punto de fricción es la elección del Estadio Olímpico Lluís Companys en Barcelona como sede del gran evento multitudinario. A simple vista, el recinto ofrece las infraestructuras necesarias para un acto de tal magnitud; sin embargo, el simbolismo del nombre es incompatible con la presencia del Sumo Pontífice.

Lluís Companys, presidente de la Generalitat durante la Guerra Civil, presidió un periodo en el que la persecución religiosa alcanzó niveles de crueldad extrema. Bajo su mandato, las milicias separatistas comunistas ejecutaron a más de 8.000 personas, incluyendo a tres obispos y más de 2.500 sacerdotes y religiosos. La paradoja resulta hiriente cuando se analiza la propia actividad reciente del Vaticano: hace apenas unas semanas, el Papa autorizó la beatificación de 50 nuevos mártires que perdieron la vida, precisamente, bajo la represión autorizada por el gobierno de Companys.

El Valle de los Caídos: La última frontera contra la desacralización

La segunda cuestión crítica radica en la ausencia —hasta ahora— del Valle de los Caídos en la agenda oficial de León XIV. La Basílica Pontificia de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no es solo un monumento arquitectónico; es sobre todo, constituye un enclave religioso de primer orden atrapado hoy en el fuego cruzado de la política nacional.

El Gobierno de Pedro Sánchez ha anunciado su intención de profanar – le llaman transformar- el interior del templo en un «museo de propaganda política» para junio de 2026, coincidiendo precisamente con la visita papal. Este proyecto es un plan de profanación y desacralización encubierta. Al retirar el carácter sagrado a la basílica para convertirla en un centro de interpretación ideológica, se vulneran no solo los acuerdos entre la Iglesia y el Estado, sino la propia libertad de culto en un lugar de oración y entierro cristiano.

La visita del Papa al Valle es una necesidad estratégica y moral. Su presencia física en el lugar enviaría un mensaje inequívoco al Ejecutivo español: la Iglesia defiende sus templos y no permitirá que se borre el carácter sagrado de una Basílica Pontificia por intereses partidistas. Muchos católicos y agentes sociales interpretan la omisión como una cesión ante la presión del Gobierno, que busca evitar a toda costa una imagen del Papa que refuerce la legitimidad religiosa del Valle.

El respaldo social y la responsabilidad de la Santa Sede

Con la presentación de dos cartas formales ante la Nunciatura Apostólica y la Santa Sede, la organización Abogados Cristianos ha «puesto el dedo en la llaga», señalando estas dos incongruencias que han sacudido los cimientos de la planificación diplomática entre el Vaticano y el Estado español.

La iniciativa de Abogados Cristianos no es un movimiento aislado de una directiva jurídica. Más de 27.000 ciudadanos han suscrito ya las peticiones a través de una campaña de firmas masiva. Este apoyo popular demuestra que existe una preocupación real en la base social católica española, que percibe una desconexión entre la diplomacia vaticana y la realidad de persecución simbólica que atraviesa la Iglesia en España.

El dilema diplomático de la Santa Sede

La situación coloca a la Santa Sede en una posición delicada. Por un lado, la diplomacia suele buscar el camino de menor resistencia con los gobiernos anfitriones. Por otro, la misión espiritual del Papa es honrar la verdad histórica y proteger el patrimonio de la fe. Mantener el acto en el estadio Companys y evitar el Valle de los Caídos sería una victoria política del Gobierno de Sánchez, que lograría «neutralizar» la visita papal, encuadrándola en un marco de corrección política y de apoyo al sanchismo que ignora el sufrimiento pasado y presente de los católicos.

La denuncia de Abogados Cristianos ha servido para iluminar las sombras de una agenda que parecía cerrada bajo criterios puramente administrativos. Al señalar que el Papa no puede, por coherencia elemental, honrar a los mártires en un estadio que lleva el nombre de su perseguidor, y al exigir que proteja con su presencia un templo amenazado por el laicismo institucional, la fundación ha elevado el debate al terreno de los principios.
Las cartas ya están sobre la mesa de la Nunciatura; ahora queda por ver si el Vaticano escuchará el clamor de miles de fieles que piden que la agenda del Santo Padre sea un reflejo fiel de la fe que representa, y no un guion escrito por quienes buscan su debilitamiento en la esfera pública.

viernes, 8 de mayo de 2026

León XIV. El primer año de su pontificado



Se cumple hoy el primer aniversario del pontificado del Papa León XIV, y creo que no ha dado ninguna sorpresa: es más o menos lo que esperábamos. Las luces y alivios que esperábamos, y las sombras y pesadumbres que también esperábamos.

Dije en su momento que era un progresista de baja intensidad, y me ratifico. Es progresista porque fue formado en la peor ebullición del posconcilio, pero el desarrollo histórico de la Iglesia en las décadas posteriores y su amplia experiencia de gobierno pastoral, moderaron ese progresismo inicial y lo hicieron más realista y coherente con la fe católica de la que es el testigo instituido por Nuestro Señor.

Si nos atenemos a los hechos públicos que hemos conocido a lo largo del año que pasó, debemos decir que es un hombre profundamente institucional, con lo bueno y lo malo que esa característica posee. Luego del pontificado despótico de Francisco, en el que su voluntad se había convertido en norma más allá de lo que dijeran las leyes y costumbre, León se apega fuertemente a ellas. Esa es su personalidad, esa es su cultura americana y adhiriéndose a ellas, gana en seguridad. No es fácil ser Papa; él era CEO regional en el Perú y lo nombraron CEO global de la multinacional; más vale ir despacio y caminar como pisando huevos.

Por eso mismo, y porque es «hombre de escucha», como les gusta decir al mundillo progre, se toma todo el tiempo del mundo para escuchar y mucho tiempo más para llegar a una decisión. A los superiores del Opus Dei, por ejemplo, los recibió dos veces, y recibió también a sus detractores y, un año después, aún no decide qué hacer con los famosos estatutos. Y algo análogo sucede con la misa tradicional: recibió a los cardenales Burke y Sarah; a Mons. Schneider, a Mons. Rifan, a los superiores de la FSSP y a los sociólogos que le presentaron el mapa del mundo tradicional en Estados Unidos; pero también recibió a los cardenales Roche y Cupich, y a varios adversarios más del antiguo rito romano. Y aún no decide nada. Más todavía, el tema de la liturgia desapareció de la agenda del próximo consistorio de junio.

Y esto, su lentitud y reflexión para tomar decisiones, parece ser una constante. Quizás se deba a que una regla no escrita de los obispos americanos establece que el primer año de gestión debe ocuparse para ver y conocer, sin hacer cambios. Por eso, son sólo dos los cambios importantes realizados en la Curia: el alejamiento del limosnero pontificio, cardenal Krajewski, a una diócesis de tercera categoría en su Polonia natal, y el nombramiento en su lugar de un amigo cercano, el agustino español Luis Marín de San Martín, y el desplazamiento de Mons. Edgar Peña Parra como Sustituto de la Secretaría de Estado y el nombramiento en ese cargo de Mons. Rudelli. 

Los nombramientos de Mons. Iannone en el dicasterio de Obispo y de Mons. Rajic en la Prefectura de la Casa Pontificia no cuentan porque eran cargos vacantes. El resto de la Curia Romana sigue tal cual como estaba en la época de Francisco, y todos saben que no es el gusto del actual pontífice, pero éste está decidido a no hacer ningún cambio que pueda humillar al despedido por lo que esperará, en mi opinión, a que se cumplan los plazos previstos.

El Papa sabe que esta política conlleva el riesgo de seguir conviviendo con el enemigo, pero es la que ha elegido y sabrá él por qué lo hace. Sin embargo, ha sido muy claro en marcar en lo simbólico que el suyo no será una continuación del pontificado de Francisco, más allá de lo que pueda decir en el ámbito discursivo. 

Un detalle que pasó casi inadvertido, que en su momento me llamó la atención y que luego escuché señalar al P. Santiago Martín: León no estuvo en el Vaticano el día del aniversario de la muerte de Bergoglio. Estaba en África, un viaje programado con meses de anticipación y que bien podría haberse arreglado para terminar dos días antes para que el pontífice pudiera hacer el panegírico de su antecesor y algunos gestos más en Roma. Dijo, como correspondía, algunas fracesitas de ocasión en Angola, pero no más que eso. Para quienes saben leer los multiseculares símbolos vaticanos, es un gesto más que evidente.


Este distacco simbólico es muy evidente en otros aspectos que hemos repasado ya en alguna ocasión: uso de la muceta, sobremanga y del escudo de armas en la faja; preferencia por ornamentos bellos; uso de un vehículo adecuado a su rango en sus desplazamientos; regreso al Palacio Apostólico; día de descanso semanal en Castelgandolfo y reapertura del palacio como su morada, cerrando consecuentemente el museo que allí había instalado Bergoglgio, y muchos más. Y la Curia, como es de rigor, se ha habituado rápidamente a los nuevos ritmos. La foto de la derecha es muy elocuente al respecto: en ambos casos, el pontífice se retrata junto a los superiores y alumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica; Francisco en 2021 y León en 2026. No es necesario comentar los cambios.

Algunos han dicho que es un «atentado contra la inteligencia» fijarse en esos detalles. Yo creo que no fijarse en ellos es un atentado contra los principios y costumbres más elementales no sólo de la Curia vaticana sino de cualquier monarquía. Otros dicen que «nos compró [a los línea media, tal como somos calificados] con un trapo colorado», refiriéndose a la muceta. Nuevamente, creo que es un desconocimiento del real poder que posee los símbolos y del lenguaje que ellos expresan, un lenguaje, es verdad, que es «sólo para entendidos», y que los entendidos enseguida ha sabido descifrar. Por otro lado, si este regreso a usos y costumbres de la Iglesia romana que habían sido abandonados con desprecio por Francisco no hubieran sido retomados por León, se habrían ya perdido para siempre.

Hay que decir también que el Papa León nos ha deparado varias decepciones, algunas causadas por su progresía teológica y otras por su incapacidad o debilidad para romper estructuras, es decir, por ser demasiado institucional. Uno de los casos más clamorosos, desde mi punto de vista, es que no haya recibido en audiencia al P. Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, y haya nombrado como interlocutor del caso al cardenal Víctor Fernández. Es verdad que fue siempre, desde la época de Pablo VI, el prefecto de Doctrina de la Fe el encargado del «asunto Lefebvre», pero es verdad también que aunque Tucho no es el peor candidato, es ciertamente el más irritante. Bien podría el Papa haber designado otro interlocutor con instrucciones precisas de evitar las consagraciones y la excomunión. El Papa Francisco nombró a Mons. Athanasius Schneider como visitador del seminario de la Fraternidad, y recibió más de una vez a Mons. Bernard Fellay en visita privada. ¿Por qué no hizo León algo análogo si realmente busca la unidad de la Iglesia?

Otros hechos muy cuestionables desde mi punto de vista son:Que haya accedido a autorizar la promulgación del documento Mater populi fidelis. No tengo objeciones teológicas al documento ya que no soy partidario de otorgar títulos a la Virgen Santísima que, al ser Madre de Dios, reúne en sí el más digno y abarcador que criatura alguna puede alcanzar. Pero se trató de un documento innecesario e inoportuno, debido exclusivamente a los berrinches histéricos que el cardenal Fernández arrastra desde su época de profesor en Buenos Aires. ¿Es que el Papa León no se dio cuanta la reacción y el daño que despertaría?

Los nombramientos episcopales en Estados Unidos que, si hacemos caso a la prensa, tienen más intencionalidad política que eclesial. Es verdad que a lo largo de la historia de la Iglesia, en un sinfín de ocasiones, se recurrió a estos medios para favorecer o entorpecer el actuar político de un monarca, pero si somos tan modernos y liberales, podría desecharse esa costumbre.

Gestos torpes que generan confusión. Por ejemplo, poco después de advertir en África sobre los peligros de las religiones paganas, recibe en el Vaticano a la Sra. Sarah Mullaly, pretendida arzobispa de Canterbury. Es verdad que, como dijimos aquí, se trata de una laica en lugar de laico que había sido lo habitual en pontificados anteriores, y es verdad también que el cardenal Koch afirmó categóricamente que el Vaticano no reconoce y no reconocerá las órdenes anglicanas. ¿Por qué, entonces, no estableció la Casa Pontífice un dress code pidiendo que la Mullaly acudiera vestida de negro y no disfrazada de obispo? Torpezas que generan escándalo.

No puedo olvidar la brutal gafe de septiembre de 2025, cuando declaró: «Quien dice «Estoy en contra del aborto, pero a favor de la pena de muerte» no es realmente provida. Quien dice «Estoy en contra del aborto, pero estoy de acuerdo con el trato inhumano a los inmigrantes en EE.UU.», no sé si eso es ser provida». Es verdad que cuando le señalaron la gravedad de sus declaraciones hechas a tontas y a locas a la salida de Castelgandolfo, trató de evitar encerronas periodísticas y, cuando no tiene más remedio, lleva sus respuestas perfectamente memorizadas, pero lo que dijo lo dijo, y muestra un aspecto de su pensamiento bastante problemático y revela una inquietante deficiencia teológica.

Es verdad que en las últimas semanas el Papa León aclaró que «la Santa Sede ya ha hablado con los obispos alemanes» con respecto a las bendiciones de parejas irregulares, y dijo también que «no estamos de acuerdo con la bendición formalizada de las parejas homosexuales… más allá de lo que el Papa Francisco permitió específicamente al decir que todas las personas reciban la bendición». Y es verdad que ordenó publicar una nota de 2024 del dicasterio para la Doctrina de la Fe prohibiendo un ritual para bendiciones de parejas irregulares. Pero podría ser un poco más fuerte y definitorio con respecto a Fiducia supplicans. No pido que queme el documento en la plaza de San Pedro, que sería lo que corresponde, pero al menos podría correr de su puesto al cardenal Fernández. Sería un signo más que elocuente, de esos que a él le gustan.

Si bien con un modo mucho más mitigado, sigue con la cantinela del cambio climático. La imagen de su bendición de un bloque de hielo fue ridícula y seguramente él mismo se apercibió de este hecho. ¿Por qué, entonces, lo hizo?

En fin, podríamos agregar varias bolillas blancas más y muchas bolillas negras. Lo importante, creo yo, es recordar que lleva apenas un año en el poder, y un año es muy poco tiempo para los ritmos de una Iglesia dos veces milenaria.

Dóminus conservet eum, et vivíficet eum, et beatum fáciat eum in terra, et non tradat eum in ánimam inimicorum eius.

viernes, 1 de mayo de 2026

Ashenden advierte de «la tentación perenne de ser amable en lugar de honesto» en la acogida a la arzobispa de Canterbury


Encuentro del Papa León XIV y la «arzobispesa» de Canterbury 


«Gestos que oscurecen la realidad»

El exobispo anglicano Gavin Ashenden, hoy laico católico y editor asociado de The Catholic Herald, cuestiona la efusiva acogida vaticana a Sarah Mullally y advierte que el ecumenismo no puede construirse sobre gestos que oscurecen la verdad doctrinal.

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Gavin Ashenden, exobispo anglicano convertido al catolicismo y editor asociado de The Catholic Herald, ha publicado en el National Catholic Register un análisis crítico de la reciente visita al Vaticano de Sarah Mullally, primera mujer en ocupar la sede de Canterbury.

Para Ashenden, la efusiva bienvenida del Papa León XIV a la jerarca anglicana plantea serias dudas sobre la coherencia eclesiológica del proceso ecuménico y sobre la aplicación de la doctrina católica relativa a la nulidad de las órdenes anglicanas. La percepción de gran parte de los conversos del anglicanismo al catolicismo es similar y son voces que ofrecen una perspectiva que merece la pena que sean escuchadas.
Un recibimiento que «excede la hospitalidad diplomática»

El analista, antiguo capellán de la difunta reina Isabel II y hoy laico católico, recoge los términos en que el vaticanista Edward Pentin describió el encuentro. Según Pentin, las cortesías dispensadas por las autoridades vaticanas «excedieron la hospitalidad diplomática e incluyeron gestos cargados de significado eclesial»: una audiencia privada con León XIV y la oportunidad, inédita para un arzobispo de Canterbury de visita, de impartir una bendición en la Capilla Clementina de la Basílica de San Pedro, lugar descrito por el periodista como «el sitio mismo del martirio de San Pedro y, por tanto, un espacio donde la sucesión apostólica se concentra visual y espiritualmente».

A juicio de Ashenden, estos gestos no son neutros. Sostiene que la jerarquía católica, al acoger «con tanto fervor» a Mullally, ha mostrado escasa sensibilidad tanto hacia su propio juicio sobre la validez de las órdenes anglicanas como hacia las posiciones doctrinales de la nueva arzobispa. El recibimiento, advierte, supone un agravio particular para los conversos del anglicanismo al catolicismo, que dieron ese paso «por convicción de la falta de integridad de las órdenes anglicanas y del peligro de su heterodoxia ética».

La trayectoria de Sarah Mullally

El análisis dedica una parte sustancial a perfilar a la jerarca anglicana. Ashenden, apoyándose en la reseña que el comentarista episcopaliano George Conger ha hecho de la biografía escrita por Andrew Atherstone, sostiene que Mullally ha recorrido un itinerario que la ha llevado «de la claridad evangélica conservadora al liberalismo progresista de moda» o, en términos teológicos, «de la ortodoxia bíblica protestante al deísmo terapéutico».

Para el autor, ese recorrido explica la rapidez de la promoción eclesiástica de Mullally. Argumenta que en la Iglesia de Inglaterra los evangélicos conservadores son percibidos como «un estorbo teológico, cultural y político» por el establishment, y que alcanzar mayores responsabilidades exige, en su lectura, evolucionar hacia «un agnosticismo políticamente sofisticado con conciencia social» y, con frecuencia, con inclinación política socialista.

Ashenden no afirma que Mullally renunciara deliberadamente a su ortodoxia por ambición secular ―reconoce que «no conocemos la respuesta»―, pero formula la pregunta a partir de la trayectoria pública: una carrera previa en enfermería que la llevó a dirigir la burocracia que supervisaba la profesión en el Reino Unido, seguida de una promoción eclesiástica notablemente acelerada.
Aborto y uniones del mismo sexo

El comentarista subraya las dos posiciones doctrinales que, a su juicio, sitúan a Mullally «en el extremo más alejado de la heterodoxia progresista». Según Ashenden, la arzobispa ha defendido el aborto como «preferencia ética» dentro de la legitimación de la agenda feminista y ha apoyado la bendición de uniones entre personas del mismo sexo, en contradicción con la enseñanza tradicional sobre el matrimonio, el sexo y la identidad.

«La Iglesia católica goza de una reputación de claridad tanto en el aborto como en la naturaleza del matrimonio», escribe Ashenden, «y no se hace ningún favor a sí misma cuando recibe a clérigos de otras confesiones que encarnan preferencias heterodoxas como si tal claridad no importase».

Apostolicae Curae y la cuestión de las órdenes anglicanas

El núcleo eclesiológico de la crítica remite a Apostolicae Curae, la bula del Papa León XIII que declaró nulas e írritas las órdenes anglicanas. Ashenden recuerda que aquel documento dejó claro «por qué las órdenes anglicanas eran nulas e inválidas y por qué siempre lo habían sido», reconociendo a la vez que tal nulidad respondía «a la intención original y deliberada del ordinal anglicano y de la eclesiología politizada de los siglos XVI y XVII».

El hecho, prosigue, de que los anglicanos hayan modificado posteriormente su parecer y busquen «cierto grado de legitimidad por parte de la Iglesia Madre con la que están en cisma no cambia la historia ni sus credenciales».

Verdad frente a cortesía

La parte final del comentario articula el argumento teológico de la crítica: la oposición entre «ser amable» y «ser veraz». Ashenden recuerda que, en el sacramento de la reconciliación, la precondición es que el penitente reconozca la verdad sobre sí mismo. «Resulta extraño», escribe, «que una regla que se aplica con tanta evidencia a la penitencia individual quede suspendida o incluso invertida en el plano institucional o corporativo».

A continuación enumera lo que, en su lectura, sigue separando hoy a la comunión anglicana de la Iglesia católica: los formularios anglicanos «todavía repudian la Misa, todavía repudian la autoridad del Obispo de Roma y todavía repudian el purgatorio y un cierto número de concilios ecuménicos». A ello suma, en clave histórica, la responsabilidad de Inglaterra en «la destrucción de la cultura católica» y la confiscación estatal de los bienes eclesiásticos.

Para Ashenden, el ecumenismo solo puede tener integridad si se construye «no sobre gestos que oscurecen la realidad o suavizan la contradicción, sino sobre una sumisión compartida a la verdad que Cristo mismo encarna». Lo contrario, advierte, «corre el riesgo de convertirse en un teatro de sentimiento más que en una obra de reconciliación». Mientras la primera tarea ecuménica, que sugiere debería corresponder al «Patriarca de Occidente», no se aborde con esa exigencia, encuentros como el de Mullally con León XIV permanecerán, en su diagnóstico, «suspendidos entre la apariencia y la realidad, ofreciendo la forma de la unidad sin su sustancia».

P. Calvo Zarraute - La Arzobispa Mullally en el Vaticano, excomunion a la FSSPX y la pena de muerte



Duración 6:51 minutos

Mons. Bux pide al Vaticano una aclaración por los gestos hacia Mullally

 INFOVATICANA



Las recientes escenas protagonizadas durante la visita a Roma de Sarah Mullally, primada de la Comunión Anglicana, han suscitado una reacción crítica desde el ámbito teológico. El sacerdote y teólogo monseñor Nicola Bux ha advertido de una posible “confusión” entre los fieles a raíz de algunos gestos realizados en el Vaticano en presencia de la líder anglicana.

Según recoge el portal Stilum Curiae, Bux ha cuestionado especialmente la coherencia entre estos actos y la doctrina católica sobre el sacerdocio y la autoridad eclesial.

Una visita marcada por gestos polémicos

La presencia de la líder anglicana en distintos actos —desde su paso por la Capilla Clementina, junto a la tumba de San Pedro, hasta su participación en celebraciones en la iglesia de San Ignacio de Loyola— ha sido interpretada por algunos sectores como un signo de creciente cercanía ecuménica.

Sin embargo, las imágenes difundidas en estos días muestran a Mullally realizando gestos propios de la autoridad espiritual, como la impartición de bendiciones en presencia de fieles y de prelados católicos, lo que ha suscitado interrogantes sobre su significado en el contexto de la doctrina de la Iglesia.

Uno de los momentos más comentados tuvo lugar en la Capilla Clementina, donde, según las imágenes publicadas, monseñor Flavio Pace, secretario del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, se signó como si recibiera la bendición de la líder anglicana.


Una contradicción con la doctrina

Ante estos hechos, monseñor Bux ha planteado una objeción de fondo: la contradicción entre estos gestos y la enseñanza constante de la Iglesia sobre el sacerdocio.

El teólogo recuerda que la Iglesia católica no reconoce la ordenación sacerdotal de mujeres, lo que implica que los actos que simulan o evocan ese ministerio carecen de validez sacramental. En este sentido, considera problemático que tales gestos sean realizados en espacios católicos y en presencia de autoridades eclesiásticas.

A ello se suma, según su análisis, la propia situación dentro de la Comunión Anglicana, donde una parte significativa de sus miembros no reconoce la autoridad de Mullally como primada.

“Ignorancia o mala fe”: una cuestión que exige aclaración

En sus declaraciones, Bux se pregunta si quienes participaron en estos actos fueron conscientes de la gravedad de los gestos realizados o si, por el contrario, actuaron sin valorar sus implicaciones.

Más allá de la intención, advierte de que este tipo de situaciones tienen consecuencias reales: “escandalizan y confunden” a muchos católicos, especialmente cuando no se ofrece una explicación clara.

Por ello, considera necesario un pronunciamiento por parte de la Santa Sede que ayude a clarificar lo sucedido y evite interpretaciones erróneas sobre la naturaleza del sacerdocio y la autoridad en la Iglesia.

García-Conde analiza los motivos de peso por los que el Papa debería visitar el Valle de los Caídos



Entrevistamos al promotor de la iniciativa. Jesús García-Conde Del Castillo es economista, colaborador de Razón Española, Informa Radio, Periodista Digital, Distrito TV y El Toro TV. Conferenciante ocasional sobre Memoria Histórica.


Nos ha atendido amablemente para recalcar y explicitar el contenido de la carta.

¿Por qué ha escrito una carta al cardenal Cobo pidiendo que el Papa visite y rece en el Valle de los Caídos?

Hay muchas razones que animan a que el Papa visite el Valle de los Caídos: El Valle de Los Caídos es un lugar muy querido para muchos españoles, fue construido como monumento a la Reconciliación después de nuestra guerra donde están enterrados, sin distinción, combatientes de ambos lados junto a 149 beatos y Siervos de Dios que descansan eternamente bajo el signo de perdón de la Cruz. Sólo este hecho es único en el mundo y un ejemplo para todo el mundo en días tan convulsos como en los que estamos. Ese monumento, que es Basílica, Abadía, Escolanía y cementerio católico está amenazado por los que pretenden seguir con el odio revanchista. Finalmente porque el templo fue declarado Basílica Pontificia por el papa San Juan XXIII y está bajo la protección del Vaticano.

¿Qué repercusión tendría la visita del Papa a este santo lugar?

El mundo conocería el mensaje de perdón y reconciliación con el que fue construido este lugar, mas allá de la belleza indiscutible de su arquitectura, frente al relato de odio de los que lo quieren seguir profanando bajo el nombre confuso de resignificación.

¿Por qué debería ser uno de los lugares de visita obligada dado su simbolismo en defensa de la fe y el hecho de ser la cruz más grande del mundo?

Esa Cruz es la más grande del mundo, sí, pero lo mas importante de la Cruz está debajo. Y es que la Cruz de piedra que se ve fuera continúa la vertical de la cruz de madera que se apoya en el altar. Alrededor de esa cruz se reza todos los días por la paz y la reconciliación de los españoles representados por los mas de 35.000 españoles de los dos bandos allí enterrados. Transmitir ese mensaje es fundamental.

¿Por qué aprovecha para recordarle a Cobo y al resto de obispos el deber de preservar la integridad del Valle de los Caídos como lugar de Culto?

Porque el acuerdo de Monseñor Cobo y el ministro Bolaños iban a hacer prácticamente imposible la continuidad del culto en el Valle al restringir la zona de culto a la zona del altar y bancos adyacentes. Además el proyecto de “resignificación” iba a obligar a los asistentes a pasar delante de la exposición planteada en contra del mensaje original del Valle al acercarse a esos bancos. También taparía las capillas de la nave o la cúpula. Eso es un insulto a los católicos.

Así mismo recuerda el pésimo estado de conservación en el que se encuentra el recinto…

El papa ya visitó el Valle en 2003. Si vuelve a la explanada y entra en la nave no se va a encontrar el templo como lo visitó entonces. Hay goteras, desconchones y en general, las consecuencias del abandono al que le somete el gobierno. Taparlas solo para las fotos de la visita sería hacer trampas. El Valle ha de ser conservado como se merece.

¿Por qué la basílica, la abadía y la escolanía es un patrimonio a conservar que debería ser cuidado con mimo?

Porque todo el conjunto es sagrado según dijo San Juan XXII y todo el conjunto es un caso único en el mundo de monumento de perdón, de arte y lugar de recogimiento y oración.

¿Espera que tenga respuesta su carta y pueda conseguir lo que pide?

La esperanza no se pierde pero tener contestación ya no depende de mí. Lo que si depende de mi es hacer lo posible todos los días por defender los símbolos de la fe y España y el Valle lo es. Y esa lucha habría de continuarse, aunque no se vieran cerca los frutos.

Por Javier Navascués

domingo, 26 de abril de 2026

Quién es Sarah Mullally, la «obispa» recibida con honores en Roma

INFOVATICANA


Las imágenes que esta semana llegan desde Roma no parecen normales. Son un choque visual. Una mujer que la Iglesia católica no reconoce como sacerdote ni como obispo —porque doctrinalmente no puede reconocerla como tal— aparece en San Pedro vistiendo sotana violeta, cruz pectoral, sortija episcopal y todos los signos exteriores de la autoridad sagrada apostólica. Es recibida con honores. Bendice a obispos católicos en la capilla Clementina. Se le tributa el trato debido a un primado. Posa en patios renacentistas que durante siglos vieron pasar a sucesores legítimos de los Apóstoles. Y mañana lunes, en una audiencia con el papa León XIV, la escena alcanzará su culmen iconográfico: dos figuras vestidas de modo similar, sentadas a la misma altura, conversando como pares.

Conviene detenerse en esa anomalía visual antes de seguir adelante, porque es el verdadero asunto.

No estamos ante una anécdota protocolaria. Estamos ante una escena de banalización de lo sagrado. Y el daño que esta escena produce no es político, ni mediático, ni siquiera estrictamente ecuménico: es sacramental y catequético. Cuando los signos sagrados se usan como si fueran equivalentes aunque no lo sean, se destruye paulatinamente la capacidad del pueblo fiel para distinguir. La sotana, la cruz pectoral, la bendición impartida a la concurrencia, el trato episcopal, la recepción solemne, las fotografías que mañana abrirán las noticias de medio mundo: todo comunica simultáneamente una cosa, aunque los documentos canónicos digan otra. Y lo que comunica es devastador. Comunica que da exactamente igual ser obispo válido o no serlo. Que da exactamente igual sostener la doctrina católica o negarla en lo esencial. Que da exactamente igual bendecir conforme a la fe que la Iglesia profesa desde los Apóstoles o convertir la bendición en un gesto vacío de contenido teológico, equivalente a un saludo cordial entre dignatarios civiles.

Este artículo se propone, en su primera parte, presentar quién es la obispa que está siendo recibida con tales honores —su biografía, sus posiciones, sus propias palabras—. Y en su segunda parte, examinar lo que la fotografía de esta semana significa para la custodia de lo sagrado en la Iglesia.

Quién es Sarah Mullally

Sarah Elizabeth Bowser nació en Woking, Surrey, en marzo de 1962. La menor de cuatro hermanos. Estudió en la Winston Churchill Comprehensive School y en el Woking Sixth Form College. Eligió la enfermería sobre la medicina al considerar, según ella misma ha relatado, que aquélla permitía un cuidado más holístico del paciente. Se formó como enfermera en el South Bank Polytechnic, completó estudios teológicos en el Heythrop College, se especializó como enfermera oncológica en el Royal Marsden Hospital y ascendió hasta ser Directora de Enfermería del Chelsea and Westminster Hospital. En 1999, con 37 años, fue nombrada Chief Nursing Officer de Inglaterra, el cargo más alto de la enfermería pública británica: salario de seis cifras, despacho en Whitehall, reuniones regulares con el primer ministro Tony Blair y rango efectivo de alta funcionaria del Estado.

Estando en la cumbre de su carrera administrativa, en 2001, fue «ordenada» al diaconado y al presbiterado anglicanos como ministro autosostenido —es decir, sin abandonar inicialmente su puesto en el gobierno—. En 2004 dejó el NHS para dedicarse a tiempo completo al «ministerio sacerdotal», decisión que ella misma describió en su día como «la más grande que he tomado en mi vida». En 2012 fue instalada como Canon Treasurer de la Catedral de Salisbury. En 2015, consagrada Obispa Sufragánea de Crediton, en la Diócesis de Exeter, convirtiéndose en la cuarta mujer hecha obispo en la Iglesia de Inglaterra desde la apertura del episcopado a las mujeres en 2014. En 2018, instalada como 133.ª Obispa de Londres, la primera mujer en la sede que es tercera en jerarquía dentro del anglicanismo inglés. En 2019, Decana de las Capillas Reales. En 2026, elegida 106.ª Arzobispo de Canterbury y entronizada el 25 de marzo en su catedral, con la responsabilidad de presidir, como primus inter pares, una Comunión Anglicana de aproximadamente 85 millones de fieles repartidos en 42 provincias autónomas.

El Financial Times la ha caracterizado como «teológicamente liberal». Ella misma se define, con todas las letras, como feminista. Ambos datos son descriptivamente exactos y conviene tomarlos en serio: resumen mejor que cualquier glosa la sustancia teológica de su ministerio.

El sacerdocio que la Iglesia católica no reconoce

La doctrina católica sobre la imposibilidad de ordenar mujeres al sacerdocio fue formulada con carácter definitivo por San Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 22 de mayo de 1994:
«Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»
La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Responsum ad Dubium del 28 de octubre de 1995 firmado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, especificó que esta doctrina exige el asentimiento definitivo de los fieles porque pertenece al depósito de la fe enseñado infaliblemente por el magisterio ordinario y universal. Las razones, según el texto de Juan Pablo II, son tres: el ejemplo de Cristo al elegir doce varones como apóstoles —decisión que no puede explicarse por condicionamiento cultural, dado que Jesús se distanció de tantas costumbres de su tiempo respecto a las mujeres—, la práctica constante de la Iglesia que ha imitado fielmente esta elección, y el magisterio vivo que ha mantenido siempre tal reserva como perteneciente al designio divino. La Iglesia, subraya el documento, no afirma que no quiera ordenar mujeres: afirma que no puede.

Mullally fue ordenada al diaconado y al presbiterado en 2001, consagrada obispa en 2015 en la propia Catedral de Canterbury, y entronizada como Arzobispo de Canterbury en marzo de 2026. Cada uno de esos actos, leído desde la doctrina católica, no produjo el efecto sacramental que pretende producir: los signos exteriores se realizaron, pero la materia ministerial requerida no estaba presente. Esta no es una opinión teológica controvertida ni una posición conservadora dentro del catolicismo: es la enseñanza definitiva de la Iglesia, y lo es desde mucho antes del nombramiento de Mullally.

Las bendiciones de uniones homosexuales

Mullally no se limitó a apoyar la apertura litúrgica del anglicanismo a las uniones del mismo sexo: la dirigió. Desde 2020 hasta 2023 presidió el llamado Next Steps Group, el comité episcopal del proceso Living in Love and Faith (LLF) que culminó con la aprobación, el 9 de febrero de 2023, de las Prayers of Love and Faith. Estas son oraciones litúrgicas que las parroquias anglicanas pueden utilizar, a discreción del párroco, para bendecir a parejas del mismo sexo que han contraído matrimonio civil o unión registrada. Incluyen oraciones de acción de gracias, dedicación y bendición de Dios sobre la pareja como tal.

Su discurso ante el Sínodo General el 6 de febrero de 2023, presentando la moción, contiene la articulación más clara de su hermenéutica teológica. Vale la pena transcribirlo:

«Esto a veces ha sido caracterizado como un desacuerdo entre quienes toman la Escritura en serio y quienes son arrastrados por los caprichos de la cultura. Los recursos de Living in Love and Faith ilustran que esto no es así en absoluto. La gente ha leído la Escritura seriamente y encuentra una diferencia de significado.»

Esta es la tesis hermenéutica clave. La Escritura, leída con la misma seriedad por todos, admitiría lecturas opuestas sobre la moralidad de las relaciones homosexuales, y por tanto la unidad eclesial puede edificarse sobre esa diferencia interpretativa sin necesidad de resolverla doctrinalmente. La carta pastoral con la que Mullally presentó las nuevas oraciones lo formula con todavía mayor claridad:

«Expresamos nuestra alegre afirmación y celebración de las personas LGBTQI en nuestras comunidades eclesiales. (…) Por primera vez, las iglesias dentro de la Iglesia de Inglaterra podrán hacer esto: es realmente una primera vez.»

Y junto con el resto del episcopado anglicano, en el mismo proceso, firmó una carta pública de disculpa cuyo tenor merece ser fijado con exactitud:

«Nos disculpamos juntos por el rechazo, la exclusión y la hostilidad que las personas LGBTQI+ han experimentado dentro de la Iglesia. Nuestros ojos se han abierto al daño que hemos hecho, especialmente a las personas LGBTI+. Nos damos cuenta de que este comportamiento no ha reflejado el amor universal de Dios para todas las personas.»

La doctrina católica sobre el matrimonio y los actos homosexuales está formulada en el Catecismo con claridad meridiana:
«Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. (…) En ningún caso pueden ser aprobados.» (CIC 2357)
Es cierto que la infame Declaración Fiducia Supplicans del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (diciembre de 2023) admitió la posibilidad de bendiciones pastorales no rituales, espontáneas, breves, no equiparables a un rito litúrgico, en las que el ministro pueda invocar el bien de las personas que se acercan, sin que esa bendición sancione la situación moral de su unión y sin riesgo alguno de confusión con la bendición matrimonial. Pero cabe matizar al menos que la Iglesia católica se resistió y que cardenal Víctor Manuel Fernández, en la Nota de Prensa del 4 de enero de 2024, insistió: «no son bendiciones del vínculo, no son bendiciones de la unión». Las Prayers of Love and Faith anglicanas son exactamente lo que esa Nota excluye: oraciones litúrgicamente formalizadas, aprobadas por la autoridad eclesial, ofrecidas sobre la pareja como tal y celebrativas del vínculo. La carta de Mullally lo dice con todas las letras: «alegre afirmación y celebración» de la pareja.

El aborto: «más pro-elección que pro-vida»

El 18 de marzo de 2026, una semana antes de su entronización, la Cámara de los Lores debatió una enmienda al Crime and Policing Bill del gobierno británico que pretendía despenalizar completamente el aborto en Inglaterra y Gales en cualquier fase del embarazo —es decir, eliminar incluso las restricciones actuales que permiten interrumpir el embarazo hasta la semana 24, autorizando de facto el aborto hasta el momento del nacimiento—. Mullally había anunciado una peregrinación a pie de seis días desde la Catedral de San Pablo en Londres hasta la Catedral de Canterbury, siguiendo el llamado Becket Camino, como preparación espiritual para su ministerio. Las fechas coincidían exactamente con la votación. La presión pública la obligó a interrumpir la peregrinación para acudir al hemiciclo, donde no apoyó la enmienda infanticida. Pero lo decisivo no es ese voto técnico, sino su intento de evasiva y dos elementos previos que conviene fijar con sus propias palabras.

En entrevistas anteriores, Mullally se había definido a sí misma como «más pro-choice que pro-life».

Y en su intervención del 19 de marzo de 2026 en la Cámara de los Lores, declaró:

«No creo que las mujeres que actúan en relación con sus propios embarazos deban ser procesadas penalmente. (…) Apoyo la oposición principial de la Iglesia de Inglaterra al aborto, que viene acompañada del reconocimiento de que pueden existir condiciones estrictamente limitadas bajo las cuales el aborto puede ser preferible a cualquier otra alternativa disponible.»

La doctrina católica sobre el aborto procurado no admite gradación. El Catecismo lo formula con extrema precisión:
«Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es gravemente contrario a la ley moral.» (CIC 2271)

«La cooperación formal en un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana.» (CIC 2272)
San Juan Pablo II, en Evangelium Vitae (1995), declaró con autoridad magisterial: «el aborto directo (…) constituye siempre un desorden moral grave». La distancia entre admitir el aborto como «preferible» en condiciones limitadas y rechazar su persecución penal, por un lado, y declararlo «siempre un desorden moral grave» que la Iglesia sanciona con excomunión, por otro, no es una distancia de matiz. Es la distancia entre dos antropologías incompatibles.

La pastoral de género

En febrero de 2022, desde la diócesis de Londres, Mullally impulsó la creación de un Grupo Asesor sobre «atención pastoral e inclusión de las personas LGBT+ en la vida de nuestras comunidades eclesiales» y respaldó institucionalmente la observancia del LGBT+ History Month. El proceso Living in Love and Faith incluyó desde su origen, junto a la sexualidad, la identidad de género como objeto explícito de discernimiento. La pastoral resultante adopta el lenguaje de la afirmación identitaria: las personas son quienes ellas mismas dicen ser, y la Iglesia debe acompañar esa autodefinición con cuidado y reconocimiento.

La Declaración Dignitas Infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (abril de 2024), aprobada por el papa Francisco, articuló con fuerza la doctrina católica sobre esta cuestión:
«La teoría de género resulta peligrosa porque pretende eliminar las diferencias en su pretensión de igualar a todos. Estas diferencias, en realidad, son los más bellos signos visibles de la inefable creatividad del Padre.» (DI 56)

«Deben denunciarse como contrarias a la dignidad humana todas aquellas tentativas de oscurecer la referencia a la ineliminable diferencia sexual entre hombre y mujer.» (DI 58)
El testimonio del sur global

La oposición más seria al nombramiento de Mullally no procede del catolicismo ni de los círculos conservadores ingleses, sino del propio interior de la Comunión Anglicana, y concretamente de su sur global. La Global South Fellowship of Anglican Churches —que reúne a más de diez provincias con aproximadamente 35 millones de fieles, mayoritariamente africanos— calificó su elección de «oportunidad perdida de unir y reformar» la Iglesia. El Arzobispo Justin Badi Arama, primado de Sudán del Sur y presidente actual del GSFA, declaró expresamente que no la reconoce como líder espiritual.

Estas iglesias del sur global no hablan desde un conservadurismo cultural occidental. Hablan desde una lectura de la Escritura y la Tradición que coincide en lo esencial con la doctrina católica sobre matrimonio, sacerdocio, sexualidad y vida. Sus obispos sostienen el matrimonio como unión de varón y mujer, rechazan la bendición de uniones homosexuales, defienden la inviolabilidad de la vida desde la concepción, y mantienen una antropología fundada en la diferencia sexual creada. Por todo ello no han venido a Roma esta semana. Y por todo ello sería con ellos —no con quien hoy posa en San Pedro— con quienes el ecumenismo cristiano tendría algún sentido teológico real.

La fotografía y la banalización de lo sagrado

Hasta aquí el perfil de la persona y de sus posiciones. Ahora el verdadero asunto.

Lo que la imagen comunica

Vuelvan los ojos a las fotografías que estos días verán millones de fieles sin la formación y el discernimiento que tienen nuestros lectores de Infovaticana. Una mujer atraviesa el patio de San Dámaso del Vaticano vestida con la sotana violeta, fajín, cuello romano, cruz pectoral y sortija episcopal. La saludan cardenales, le abren puertas, la conducen al despacho del papa. Posará junto a León XIV. Recibirá los honores debidos a un primado. Bendecirá a unos y a otros, según el uso de los obispos. La imagen recorrerá las portadas, abrirá los telediarios, se imprimirá en los manuales de historia ecuménica. Y la imagen dirá, sin palabras pero con extrema elocuencia, lo siguiente: ante esta persona y ante el sucesor de Pedro, los signos sacramentales son intercambiables.

Esa equivalencia visual es falsa. Y lo es de un modo que importa, porque los signos sagrados no son ornamentos protocolarios. Son lo que San Agustín llamaba verba visibilia, palabras visibles: comunican una realidad teológica. La capa pluvial, la mitra, la cruz pectoral, la sortija episcopal, el báculo, las vestiduras litúrgicas, el gesto de la bendición, el trato como sucesor de los Apóstoles: todos estos signos significan algo en el lenguaje sacramental cristiano. Significan que quien los porta ha recibido por imposición de manos en sucesión apostólica ininterrumpida la potestad de orden, el carácter sacramental que lo configura ontológicamente con Cristo Cabeza para actuar in persona Christi en los sacramentos. Esa potestad es, en la fe católica, la única razón por la que el obispo viste como viste y bendice como bendice. Cuando el signo se separa de su contenido, no permanece neutro: se vuelve activo en sentido contrario. Comunica que el contenido nunca importó realmente.

Cómo se destruye la Iglesia sin persecución abierta

El daño no está solo en que Sarah Mullally esté esta semana en San Pedro. El daño está en que parezca ocupar un lugar sacramental que doctrinalmente no tiene, y en que se permita —incluso que se favorezca— que el signo funcione contra la verdad que el signo debería custodiar. En que la estética de la comunión tape la fractura doctrinal hasta volverla invisible para el ojo no entrenado, que es la inmensa mayoría del pueblo fiel. En que lo sagrado deje de custodiarse y pase a administrarse como una escenografía diplomática.

Es una forma sutil, eficacísima y casi indetectable de erosión de la fe. La Iglesia ha resistido a lo largo de la historia persecuciones abiertas, herejías formuladas con franqueza, cismas declarados, intentos brutales de aniquilación física. Esas amenazas, por terribles, eran reconocibles. El fiel sabía contra qué resistir, sabía a quién no obedecer, sabía qué creer y qué rechazar. La amenaza que esta semana se representa en el Vaticano es de otra naturaleza: no niega frontalmente la doctrina, sino que envuelve su contradicción en cortesía, sonrisas, protocolo, lenguaje ecuménico y fotografías edificantes. Y lo hace en el lugar que más lo amplifica, el corazón visible de la Iglesia católica, ante objetivos que difundirán las imágenes a todo el mundo.

El resultado catequético es devastador. El fiel medio que esta semana vea las fotografías sacará tres conclusiones simultáneas: que los obispos católicos y la primada anglicana son sustancialmente lo mismo; que las diferencias doctrinales entre ambas iglesias deben de ser, por tanto, cuestión de matices secundarios o de meras formas culturales; y que las posiciones de la primada anglicana —el sacerdocio femenino, la bendición de uniones homosexuales, la posición pro-elección sobre el aborto, la pastoral afirmativa de la ideología de género— deben de ser doctrinalmente compatibles con la fe católica, puesto que el papa la recibe con honores y comparte con ella signos sagrados. Ninguna de estas tres conclusiones es verdadera. Las tres serán adoptadas masivamente como si lo fueran. Y se incorporarán al sentido común religioso de millones de personas que ya no necesitarán ningún teólogo disidente para creer aquello que la propia liturgia visual del Vaticano les habrá enseñado.

El signo enfrentado a la verdad

Conviene formularlo con la mayor claridad posible. La doctrina católica sostiene que Sarah Mullally no es obispo, no es sacerdote, no puede consagrar la Eucaristía, no puede confirmar válidamente, no puede absolver sacramentalmente, no porta la sucesión apostólica, no representa una iglesia que esté en comunión sacramental con Roma. Todo esto, simultáneamente, es lo que afirma la doctrina católica. Y todo esto, simultáneamente, es lo que la fotografía del encuentro de mañana niega visualmente al espectador.

La pregunta que un católico puede legítimamente hacerse no es si está mal que el papa la reciba. Las razones diplomáticas para hacerlo existen, son antiguas, y forman parte de un modo legítimo de gestionar las relaciones inter-eclesiales heredado del Concilio Vaticano II. La pregunta es otra: si los signos exteriores con los que esa recepción se reviste —la sotana, la cruz pectoral, las bendiciones recíprocas, el tratamiento episcopal, la ubicación en lugares sacramentalmente densos como las basílicas papales— están al servicio de la verdad de la fe o están funcionando, en la práctica, contra ella. Si custodian lo sagrado o lo exhiben como mera vestimenta intercambiable. Si predican lo que la Iglesia cree o lo desmienten ante los ojos del pueblo fiel.

A esa pregunta, esta semana, hay que responder con honestidad. Y la respuesta honesta es que la escena de San Pedro, durante unas horas, está suspendiendo visualmente la diferencia entre el sacerdocio católico y su imitación anglicana. Cuando esa diferencia queda suspendida ante los ojos de todos, la doctrina no queda intacta: queda desmentida en la práctica. Y un desmentido práctico, repetido en imágenes durante años, termina pesando más que cualquier documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe redactado publicado en una página web que casi nadie lee.

El verdadero ecumenismo

Existe un ecumenismo cristiano auténtico, querido por Cristo en su oración sacerdotal —«Que todos sean uno»— y mandado por el Concilio Vaticano II en Unitatis Redintegratio. Pero ese ecumenismo no consiste en la equivalencia visual ni en la cortesía protocolaria que disuelve las diferencias bajo la sonrisa institucional. Consiste en el camino paciente, exigente, doctrinalmente honesto, hacia la verdad compartida sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre los sacramentos, sobre el hombre creado varón y mujer, sobre la vida humana, sobre el matrimonio, sobre el ministerio sacramental que Cristo instituyó.

Ese camino no se recorre vistiendo igual a quienes creen cosas opuestas. Se recorre nombrando con claridad las diferencias, cargando con el peso doloroso que esa claridad supone, y trabajando juntos —en la verdad, no en la coreografía— por reducirlas. El otro camino, el de las fotografías edificantes y los signos intercambiables, no acerca: aleja, porque acostumbra al ojo cristiano a no distinguir, y un cristianismo que no distingue ya no es un cristianismo, es una vaguedad religiosa decorativa.

por Miguel Escrivá | 26 abril, 2026


Magisterio citado: Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2271, 2272, 2357); Juan Pablo II, Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994); Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (1995); Congregación para la Doctrina de la Fe, Responsum ad Dubium (1995); Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Fiducia Supplicans (2023) y Nota de Prensa de 4 de enero de 2024; Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Dignitas Infinita (2024); Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio (1964).

Polémica «bendición» de Sarah Mullally en el Vaticano antes de su reunión con el Papa



La presencia de Sarah Mullally, responsable de la sede de Canterbury dentro de la Comunión Anglicana, en la Capilla Clementina —en la cripta de la Basílica de San Pedro— ha generado controversia tras difundirse imágenes en las que aparece realizando un gesto de bendición en uno de los lugares más próximos a la tumba del apóstol.

El episodio adquiere mayor relevancia porque Mullally tiene previsto reunirse el próximo lunes con León XIV, en un encuentro que ya estaba programado y que ahora queda precedido por este gesto de fuerte carga simbólica.

La Comunión Anglicana atraviesa desde hace años una fractura interna profunda, derivada en gran parte de decisiones doctrinales como la ordenación de mujeres y otros cambios disciplinares. Estas decisiones han provocado la ruptura de la comunión entre distintas provincias anglicanas y la aparición de estructuras paralelas.

Desde el punto de vista doctrinal católico, la cuestión está definida de forma precisa desde el siglo XIX. La bula Apostolicae Curae de León XIII, en cuya elaboración tuvo un papel relevante el cardenal Merry del Val, declaró inválidas las órdenes anglicanas. El documento concluye que no existe sucesión apostólica válida en la Comunión Anglicana debido a defectos en la forma y en la intención de los ritos de ordenación tras la Reforma.

En este marco, los gestos que implican actos propios del ministerio sacerdotal en espacios litúrgicos católicos no pueden interpretarse como equivalentes a los de un ministro ordenado válidamente según la doctrina católica.

El episodio en la Capilla Clementina introduce así un elemento de confusión objetiva, al producirse en un lugar de máximo significado dentro de la Iglesia y en un contexto en el que la doctrina sobre el sacerdocio y la sucesión apostólica está claramente establecida. Este tipo de gestos no se corresponde con un ecumenismo basado en la claridad doctrinal, sino que diluye los límites que la propia Iglesia ha definido con precisión.

sábado, 25 de abril de 2026

¿Quién escribe en la cuenta de X del Papa? Bruno Moreno

 ESPADA DE DOBLE FILO


En tiempos pasados, los Papas se tomaban muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacían pocas declaraciones públicas. En nuestros tiempos, los Papas se toman muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacen innumerables declaraciones públicas.

Ambas posturas son comprensibles, al menos hasta un cierto límite. ¿De qué serviría un Papa que no nunca dijera nada excepto para proclamar solemnemente un dogma de fe una vez cada veinte años? Paradójicamente, un Papa también puede hablar demasiado, de modo que un gran volumen de declaraciones prudenciales, protocolarias o retóricas ahoguen el núcleo de doctrina que enseña.

Los límites que no se deben traspasar en ninguna de las dos direcciones son prudenciales, pero si hay algo que claramente traspasa esos límites es, a mi juicio, la cuenta papal de X (antes Twitter).

No hace falta acudir a la cuenta de X del Papa Francisco, en la que por desgracia se publicaron algunos mensajes lamentables y de muy dudosa ortodoxia, porque lo cierto es que el problema es del medio en sí. Las redes sociales en general y X en particular son muy populares y permiten llegar a muchas personas. En algunos casos, sin embargo, también tienen características que pueden hacer que resulten completamente inadecuadas como herramientas para la jerarquía de la Iglesia.

La red X exige, por su propia naturaleza, subir mensajes con frecuencia. De otro modo, el algoritmo termina por enterrar lo que se sube y no se lo muestra a casi nadie. La cuenta de X del Papa León, en efecto, pone cinco mensajes diarios y tiene una gran audiencia, casi dieciocho millones de seguidores.

Ahora bien, es evidente que, por sus innumerables ocupaciones al frente de la Iglesia universal, el Papa no tiene tiempo para redactar cinco mensajes diarios para colgarlos en X. Eso hace necesario que “sus” mensajes sean escritos por otras personas. ¿Quién o quiénes? No lo sabemos.

En principio nada hay de extraño en ello. Muchos personajes importantes mantienen cuentas escritas por sus subordinados (otros, como Trump, claramente escriben sus propios mensajes). El problema es que el Papa es alguien muy especial, porque no solamente tiene autoridad canónica suprema en la Iglesia, sino que también es la máxima autoridad doctrinal.

Se plantea, pues, el problema de unos mensajes en redes, a menudo con contenido doctrinal, que se atribuyen al Papa sin ser del Papa y, con toda probabilidad, sin que el Papa los haya leído siquiera. Esto les da una autoridad ficticia y crea confusión.

Por ejemplo, el martes pasado se subió un mensaje a la cuenta del Papa que decía: “En el primer aniversario del nacimiento al cielo de nuestro querido Papa Francisco, sus palabras y acciones siguen grabadas en nuestros corazones”. Estas palabras, en boca de un Pontífice, serían muy graves, porque básicamente equivalen a una canonización de Francisco. En efecto, si está en el cielo desde hace un año, eso quiere decir que es santo y no pasó por el purgatorio.

Con seguridad, la persona que lo haya escrito tendría buena intención, pero la Iglesia siempre se ha preocupado de que no se digan esas cosas a la ligera. A fin de cuentas, si uno da por supuesto que un difunto ha ido directamente al cielo, no rezará por él. Tradicionalmente, una persona concreta puede tener una certeza subjetiva de que alguien a quien conocía bien ha ido directamente al cielo por su santidad de vida y su buena muerte, pero esa certeza debe someterse al juicio de la Iglesia y, por lo tanto, nunca deben hacerse públicamente esas afirmaciones, porque pueden llevar a la confusión y al error a otros.

Otro ejemplo del mismo día: “Su santo Nombre [de Dios]  nunca debe profanarse por el deseo de dominio, la arrogancia o la discriminación”. Hasta ahí, todo muy bien, claro. Pero sigue diciendo: “sobre todo, nunca debe invocarse para justificar elecciones y acciones que produzcan la muerte”. Esto segundo es falso y, por lo tanto, causa confusión en los fieles que lo lean.

Basta pensar un poco para entender que el soldado católico que elige y realiza la acción de producir la muerte a su enemigo en una guerra justa puede y debe actuar en nombre de Dios. No hay duda de ello, porque el soldado tiene el deber moral de luchar contra su enemigo y, si es su deber, entonces es algo bueno y que debe hacer en nombre de Dios, como todo lo que hacemos los cristianos.

Al margen de estos dos ejemplos, que simplemente son casos concretos de anteayer, tomados al azar, parece claro que el formato de una cuenta papal de la red social X, escrita por alguien que no es el Papa, resulta totalmente inadecuado para su misión de autoridad doctrinal máxima de la Iglesia. Lo que puede ser apropiado para otra persona no tiene por qué serlo para el Papa.

Aunque escribir en redes sociales pueda tener cosas buenas, en el caso del Papa el riesgo patente de crear confusión entre los fieles hace que no merezca la pena. Si hay algo que sobra en la Iglesia hoy es la confusión. Los papas, excepto cuando hablan ex cathedra, pueden equivocarse como todo hijo de vecino, pero no tiene sentido añadirles además a su cuenta los errores de un becario o del último monseñor que dice que sabe mucho de redes sociales, porque lee Facebook.

Más vale que un Papa haga pocas declaraciones, pero sustanciosas y correctas, que atribuirle ficticiamente una infinidad de mensajes efímeros que mezclan la valiosísima enseñanza de la Iglesia con errores doctrinales de tres al cuarto. Non decet

Bruno Moreno