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viernes, 1 de mayo de 2026

Ashenden advierte de «la tentación perenne de ser amable en lugar de honesto» en la acogida a la arzobispa de Canterbury


Encuentro del Papa León XIV y la «arzobispesa» de Canterbury 


«Gestos que oscurecen la realidad»

El exobispo anglicano Gavin Ashenden, hoy laico católico y editor asociado de The Catholic Herald, cuestiona la efusiva acogida vaticana a Sarah Mullally y advierte que el ecumenismo no puede construirse sobre gestos que oscurecen la verdad doctrinal.

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Gavin Ashenden, exobispo anglicano convertido al catolicismo y editor asociado de The Catholic Herald, ha publicado en el National Catholic Register un análisis crítico de la reciente visita al Vaticano de Sarah Mullally, primera mujer en ocupar la sede de Canterbury.

Para Ashenden, la efusiva bienvenida del Papa León XIV a la jerarca anglicana plantea serias dudas sobre la coherencia eclesiológica del proceso ecuménico y sobre la aplicación de la doctrina católica relativa a la nulidad de las órdenes anglicanas. La percepción de gran parte de los conversos del anglicanismo al catolicismo es similar y son voces que ofrecen una perspectiva que merece la pena que sean escuchadas.
Un recibimiento que «excede la hospitalidad diplomática»

El analista, antiguo capellán de la difunta reina Isabel II y hoy laico católico, recoge los términos en que el vaticanista Edward Pentin describió el encuentro. Según Pentin, las cortesías dispensadas por las autoridades vaticanas «excedieron la hospitalidad diplomática e incluyeron gestos cargados de significado eclesial»: una audiencia privada con León XIV y la oportunidad, inédita para un arzobispo de Canterbury de visita, de impartir una bendición en la Capilla Clementina de la Basílica de San Pedro, lugar descrito por el periodista como «el sitio mismo del martirio de San Pedro y, por tanto, un espacio donde la sucesión apostólica se concentra visual y espiritualmente».

A juicio de Ashenden, estos gestos no son neutros. Sostiene que la jerarquía católica, al acoger «con tanto fervor» a Mullally, ha mostrado escasa sensibilidad tanto hacia su propio juicio sobre la validez de las órdenes anglicanas como hacia las posiciones doctrinales de la nueva arzobispa. El recibimiento, advierte, supone un agravio particular para los conversos del anglicanismo al catolicismo, que dieron ese paso «por convicción de la falta de integridad de las órdenes anglicanas y del peligro de su heterodoxia ética».

La trayectoria de Sarah Mullally

El análisis dedica una parte sustancial a perfilar a la jerarca anglicana. Ashenden, apoyándose en la reseña que el comentarista episcopaliano George Conger ha hecho de la biografía escrita por Andrew Atherstone, sostiene que Mullally ha recorrido un itinerario que la ha llevado «de la claridad evangélica conservadora al liberalismo progresista de moda» o, en términos teológicos, «de la ortodoxia bíblica protestante al deísmo terapéutico».

Para el autor, ese recorrido explica la rapidez de la promoción eclesiástica de Mullally. Argumenta que en la Iglesia de Inglaterra los evangélicos conservadores son percibidos como «un estorbo teológico, cultural y político» por el establishment, y que alcanzar mayores responsabilidades exige, en su lectura, evolucionar hacia «un agnosticismo políticamente sofisticado con conciencia social» y, con frecuencia, con inclinación política socialista.

Ashenden no afirma que Mullally renunciara deliberadamente a su ortodoxia por ambición secular ―reconoce que «no conocemos la respuesta»―, pero formula la pregunta a partir de la trayectoria pública: una carrera previa en enfermería que la llevó a dirigir la burocracia que supervisaba la profesión en el Reino Unido, seguida de una promoción eclesiástica notablemente acelerada.
Aborto y uniones del mismo sexo

El comentarista subraya las dos posiciones doctrinales que, a su juicio, sitúan a Mullally «en el extremo más alejado de la heterodoxia progresista». Según Ashenden, la arzobispa ha defendido el aborto como «preferencia ética» dentro de la legitimación de la agenda feminista y ha apoyado la bendición de uniones entre personas del mismo sexo, en contradicción con la enseñanza tradicional sobre el matrimonio, el sexo y la identidad.

«La Iglesia católica goza de una reputación de claridad tanto en el aborto como en la naturaleza del matrimonio», escribe Ashenden, «y no se hace ningún favor a sí misma cuando recibe a clérigos de otras confesiones que encarnan preferencias heterodoxas como si tal claridad no importase».

Apostolicae Curae y la cuestión de las órdenes anglicanas

El núcleo eclesiológico de la crítica remite a Apostolicae Curae, la bula del Papa León XIII que declaró nulas e írritas las órdenes anglicanas. Ashenden recuerda que aquel documento dejó claro «por qué las órdenes anglicanas eran nulas e inválidas y por qué siempre lo habían sido», reconociendo a la vez que tal nulidad respondía «a la intención original y deliberada del ordinal anglicano y de la eclesiología politizada de los siglos XVI y XVII».

El hecho, prosigue, de que los anglicanos hayan modificado posteriormente su parecer y busquen «cierto grado de legitimidad por parte de la Iglesia Madre con la que están en cisma no cambia la historia ni sus credenciales».

Verdad frente a cortesía

La parte final del comentario articula el argumento teológico de la crítica: la oposición entre «ser amable» y «ser veraz». Ashenden recuerda que, en el sacramento de la reconciliación, la precondición es que el penitente reconozca la verdad sobre sí mismo. «Resulta extraño», escribe, «que una regla que se aplica con tanta evidencia a la penitencia individual quede suspendida o incluso invertida en el plano institucional o corporativo».

A continuación enumera lo que, en su lectura, sigue separando hoy a la comunión anglicana de la Iglesia católica: los formularios anglicanos «todavía repudian la Misa, todavía repudian la autoridad del Obispo de Roma y todavía repudian el purgatorio y un cierto número de concilios ecuménicos». A ello suma, en clave histórica, la responsabilidad de Inglaterra en «la destrucción de la cultura católica» y la confiscación estatal de los bienes eclesiásticos.

Para Ashenden, el ecumenismo solo puede tener integridad si se construye «no sobre gestos que oscurecen la realidad o suavizan la contradicción, sino sobre una sumisión compartida a la verdad que Cristo mismo encarna». Lo contrario, advierte, «corre el riesgo de convertirse en un teatro de sentimiento más que en una obra de reconciliación». Mientras la primera tarea ecuménica, que sugiere debería corresponder al «Patriarca de Occidente», no se aborde con esa exigencia, encuentros como el de Mullally con León XIV permanecerán, en su diagnóstico, «suspendidos entre la apariencia y la realidad, ofreciendo la forma de la unidad sin su sustancia».

P. Calvo Zarraute - La Arzobispa Mullally en el Vaticano, excomunion a la FSSPX y la pena de muerte



Duración 6:51 minutos

Mons. Bux pide al Vaticano una aclaración por los gestos hacia Mullally

 INFOVATICANA



Las recientes escenas protagonizadas durante la visita a Roma de Sarah Mullally, primada de la Comunión Anglicana, han suscitado una reacción crítica desde el ámbito teológico. El sacerdote y teólogo monseñor Nicola Bux ha advertido de una posible “confusión” entre los fieles a raíz de algunos gestos realizados en el Vaticano en presencia de la líder anglicana.

Según recoge el portal Stilum Curiae, Bux ha cuestionado especialmente la coherencia entre estos actos y la doctrina católica sobre el sacerdocio y la autoridad eclesial.

Una visita marcada por gestos polémicos

La presencia de la líder anglicana en distintos actos —desde su paso por la Capilla Clementina, junto a la tumba de San Pedro, hasta su participación en celebraciones en la iglesia de San Ignacio de Loyola— ha sido interpretada por algunos sectores como un signo de creciente cercanía ecuménica.

Sin embargo, las imágenes difundidas en estos días muestran a Mullally realizando gestos propios de la autoridad espiritual, como la impartición de bendiciones en presencia de fieles y de prelados católicos, lo que ha suscitado interrogantes sobre su significado en el contexto de la doctrina de la Iglesia.

Uno de los momentos más comentados tuvo lugar en la Capilla Clementina, donde, según las imágenes publicadas, monseñor Flavio Pace, secretario del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, se signó como si recibiera la bendición de la líder anglicana.


Una contradicción con la doctrina

Ante estos hechos, monseñor Bux ha planteado una objeción de fondo: la contradicción entre estos gestos y la enseñanza constante de la Iglesia sobre el sacerdocio.

El teólogo recuerda que la Iglesia católica no reconoce la ordenación sacerdotal de mujeres, lo que implica que los actos que simulan o evocan ese ministerio carecen de validez sacramental. En este sentido, considera problemático que tales gestos sean realizados en espacios católicos y en presencia de autoridades eclesiásticas.

A ello se suma, según su análisis, la propia situación dentro de la Comunión Anglicana, donde una parte significativa de sus miembros no reconoce la autoridad de Mullally como primada.

“Ignorancia o mala fe”: una cuestión que exige aclaración

En sus declaraciones, Bux se pregunta si quienes participaron en estos actos fueron conscientes de la gravedad de los gestos realizados o si, por el contrario, actuaron sin valorar sus implicaciones.

Más allá de la intención, advierte de que este tipo de situaciones tienen consecuencias reales: “escandalizan y confunden” a muchos católicos, especialmente cuando no se ofrece una explicación clara.

Por ello, considera necesario un pronunciamiento por parte de la Santa Sede que ayude a clarificar lo sucedido y evite interpretaciones erróneas sobre la naturaleza del sacerdocio y la autoridad en la Iglesia.

García-Conde analiza los motivos de peso por los que el Papa debería visitar el Valle de los Caídos



Entrevistamos al promotor de la iniciativa. Jesús García-Conde Del Castillo es economista, colaborador de Razón Española, Informa Radio, Periodista Digital, Distrito TV y El Toro TV. Conferenciante ocasional sobre Memoria Histórica.


Nos ha atendido amablemente para recalcar y explicitar el contenido de la carta.

¿Por qué ha escrito una carta al cardenal Cobo pidiendo que el Papa visite y rece en el Valle de los Caídos?

Hay muchas razones que animan a que el Papa visite el Valle de los Caídos: El Valle de Los Caídos es un lugar muy querido para muchos españoles, fue construido como monumento a la Reconciliación después de nuestra guerra donde están enterrados, sin distinción, combatientes de ambos lados junto a 149 beatos y Siervos de Dios que descansan eternamente bajo el signo de perdón de la Cruz. Sólo este hecho es único en el mundo y un ejemplo para todo el mundo en días tan convulsos como en los que estamos. Ese monumento, que es Basílica, Abadía, Escolanía y cementerio católico está amenazado por los que pretenden seguir con el odio revanchista. Finalmente porque el templo fue declarado Basílica Pontificia por el papa San Juan XXIII y está bajo la protección del Vaticano.

¿Qué repercusión tendría la visita del Papa a este santo lugar?

El mundo conocería el mensaje de perdón y reconciliación con el que fue construido este lugar, mas allá de la belleza indiscutible de su arquitectura, frente al relato de odio de los que lo quieren seguir profanando bajo el nombre confuso de resignificación.

¿Por qué debería ser uno de los lugares de visita obligada dado su simbolismo en defensa de la fe y el hecho de ser la cruz más grande del mundo?

Esa Cruz es la más grande del mundo, sí, pero lo mas importante de la Cruz está debajo. Y es que la Cruz de piedra que se ve fuera continúa la vertical de la cruz de madera que se apoya en el altar. Alrededor de esa cruz se reza todos los días por la paz y la reconciliación de los españoles representados por los mas de 35.000 españoles de los dos bandos allí enterrados. Transmitir ese mensaje es fundamental.

¿Por qué aprovecha para recordarle a Cobo y al resto de obispos el deber de preservar la integridad del Valle de los Caídos como lugar de Culto?

Porque el acuerdo de Monseñor Cobo y el ministro Bolaños iban a hacer prácticamente imposible la continuidad del culto en el Valle al restringir la zona de culto a la zona del altar y bancos adyacentes. Además el proyecto de “resignificación” iba a obligar a los asistentes a pasar delante de la exposición planteada en contra del mensaje original del Valle al acercarse a esos bancos. También taparía las capillas de la nave o la cúpula. Eso es un insulto a los católicos.

Así mismo recuerda el pésimo estado de conservación en el que se encuentra el recinto…

El papa ya visitó el Valle en 2003. Si vuelve a la explanada y entra en la nave no se va a encontrar el templo como lo visitó entonces. Hay goteras, desconchones y en general, las consecuencias del abandono al que le somete el gobierno. Taparlas solo para las fotos de la visita sería hacer trampas. El Valle ha de ser conservado como se merece.

¿Por qué la basílica, la abadía y la escolanía es un patrimonio a conservar que debería ser cuidado con mimo?

Porque todo el conjunto es sagrado según dijo San Juan XXII y todo el conjunto es un caso único en el mundo de monumento de perdón, de arte y lugar de recogimiento y oración.

¿Espera que tenga respuesta su carta y pueda conseguir lo que pide?

La esperanza no se pierde pero tener contestación ya no depende de mí. Lo que si depende de mi es hacer lo posible todos los días por defender los símbolos de la fe y España y el Valle lo es. Y esa lucha habría de continuarse, aunque no se vieran cerca los frutos.

Por Javier Navascués

domingo, 26 de abril de 2026

Quién es Sarah Mullally, la «obispa» recibida con honores en Roma

INFOVATICANA


Las imágenes que esta semana llegan desde Roma no parecen normales. Son un choque visual. Una mujer que la Iglesia católica no reconoce como sacerdote ni como obispo —porque doctrinalmente no puede reconocerla como tal— aparece en San Pedro vistiendo sotana violeta, cruz pectoral, sortija episcopal y todos los signos exteriores de la autoridad sagrada apostólica. Es recibida con honores. Bendice a obispos católicos en la capilla Clementina. Se le tributa el trato debido a un primado. Posa en patios renacentistas que durante siglos vieron pasar a sucesores legítimos de los Apóstoles. Y mañana lunes, en una audiencia con el papa León XIV, la escena alcanzará su culmen iconográfico: dos figuras vestidas de modo similar, sentadas a la misma altura, conversando como pares.

Conviene detenerse en esa anomalía visual antes de seguir adelante, porque es el verdadero asunto.

No estamos ante una anécdota protocolaria. Estamos ante una escena de banalización de lo sagrado. Y el daño que esta escena produce no es político, ni mediático, ni siquiera estrictamente ecuménico: es sacramental y catequético. Cuando los signos sagrados se usan como si fueran equivalentes aunque no lo sean, se destruye paulatinamente la capacidad del pueblo fiel para distinguir. La sotana, la cruz pectoral, la bendición impartida a la concurrencia, el trato episcopal, la recepción solemne, las fotografías que mañana abrirán las noticias de medio mundo: todo comunica simultáneamente una cosa, aunque los documentos canónicos digan otra. Y lo que comunica es devastador. Comunica que da exactamente igual ser obispo válido o no serlo. Que da exactamente igual sostener la doctrina católica o negarla en lo esencial. Que da exactamente igual bendecir conforme a la fe que la Iglesia profesa desde los Apóstoles o convertir la bendición en un gesto vacío de contenido teológico, equivalente a un saludo cordial entre dignatarios civiles.

Este artículo se propone, en su primera parte, presentar quién es la obispa que está siendo recibida con tales honores —su biografía, sus posiciones, sus propias palabras—. Y en su segunda parte, examinar lo que la fotografía de esta semana significa para la custodia de lo sagrado en la Iglesia.

Quién es Sarah Mullally

Sarah Elizabeth Bowser nació en Woking, Surrey, en marzo de 1962. La menor de cuatro hermanos. Estudió en la Winston Churchill Comprehensive School y en el Woking Sixth Form College. Eligió la enfermería sobre la medicina al considerar, según ella misma ha relatado, que aquélla permitía un cuidado más holístico del paciente. Se formó como enfermera en el South Bank Polytechnic, completó estudios teológicos en el Heythrop College, se especializó como enfermera oncológica en el Royal Marsden Hospital y ascendió hasta ser Directora de Enfermería del Chelsea and Westminster Hospital. En 1999, con 37 años, fue nombrada Chief Nursing Officer de Inglaterra, el cargo más alto de la enfermería pública británica: salario de seis cifras, despacho en Whitehall, reuniones regulares con el primer ministro Tony Blair y rango efectivo de alta funcionaria del Estado.

Estando en la cumbre de su carrera administrativa, en 2001, fue «ordenada» al diaconado y al presbiterado anglicanos como ministro autosostenido —es decir, sin abandonar inicialmente su puesto en el gobierno—. En 2004 dejó el NHS para dedicarse a tiempo completo al «ministerio sacerdotal», decisión que ella misma describió en su día como «la más grande que he tomado en mi vida». En 2012 fue instalada como Canon Treasurer de la Catedral de Salisbury. En 2015, consagrada Obispa Sufragánea de Crediton, en la Diócesis de Exeter, convirtiéndose en la cuarta mujer hecha obispo en la Iglesia de Inglaterra desde la apertura del episcopado a las mujeres en 2014. En 2018, instalada como 133.ª Obispa de Londres, la primera mujer en la sede que es tercera en jerarquía dentro del anglicanismo inglés. En 2019, Decana de las Capillas Reales. En 2026, elegida 106.ª Arzobispo de Canterbury y entronizada el 25 de marzo en su catedral, con la responsabilidad de presidir, como primus inter pares, una Comunión Anglicana de aproximadamente 85 millones de fieles repartidos en 42 provincias autónomas.

El Financial Times la ha caracterizado como «teológicamente liberal». Ella misma se define, con todas las letras, como feminista. Ambos datos son descriptivamente exactos y conviene tomarlos en serio: resumen mejor que cualquier glosa la sustancia teológica de su ministerio.

El sacerdocio que la Iglesia católica no reconoce

La doctrina católica sobre la imposibilidad de ordenar mujeres al sacerdocio fue formulada con carácter definitivo por San Juan Pablo II en la Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis de 22 de mayo de 1994:
«Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.»
La Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Responsum ad Dubium del 28 de octubre de 1995 firmado por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, especificó que esta doctrina exige el asentimiento definitivo de los fieles porque pertenece al depósito de la fe enseñado infaliblemente por el magisterio ordinario y universal. Las razones, según el texto de Juan Pablo II, son tres: el ejemplo de Cristo al elegir doce varones como apóstoles —decisión que no puede explicarse por condicionamiento cultural, dado que Jesús se distanció de tantas costumbres de su tiempo respecto a las mujeres—, la práctica constante de la Iglesia que ha imitado fielmente esta elección, y el magisterio vivo que ha mantenido siempre tal reserva como perteneciente al designio divino. La Iglesia, subraya el documento, no afirma que no quiera ordenar mujeres: afirma que no puede.

Mullally fue ordenada al diaconado y al presbiterado en 2001, consagrada obispa en 2015 en la propia Catedral de Canterbury, y entronizada como Arzobispo de Canterbury en marzo de 2026. Cada uno de esos actos, leído desde la doctrina católica, no produjo el efecto sacramental que pretende producir: los signos exteriores se realizaron, pero la materia ministerial requerida no estaba presente. Esta no es una opinión teológica controvertida ni una posición conservadora dentro del catolicismo: es la enseñanza definitiva de la Iglesia, y lo es desde mucho antes del nombramiento de Mullally.

Las bendiciones de uniones homosexuales

Mullally no se limitó a apoyar la apertura litúrgica del anglicanismo a las uniones del mismo sexo: la dirigió. Desde 2020 hasta 2023 presidió el llamado Next Steps Group, el comité episcopal del proceso Living in Love and Faith (LLF) que culminó con la aprobación, el 9 de febrero de 2023, de las Prayers of Love and Faith. Estas son oraciones litúrgicas que las parroquias anglicanas pueden utilizar, a discreción del párroco, para bendecir a parejas del mismo sexo que han contraído matrimonio civil o unión registrada. Incluyen oraciones de acción de gracias, dedicación y bendición de Dios sobre la pareja como tal.

Su discurso ante el Sínodo General el 6 de febrero de 2023, presentando la moción, contiene la articulación más clara de su hermenéutica teológica. Vale la pena transcribirlo:

«Esto a veces ha sido caracterizado como un desacuerdo entre quienes toman la Escritura en serio y quienes son arrastrados por los caprichos de la cultura. Los recursos de Living in Love and Faith ilustran que esto no es así en absoluto. La gente ha leído la Escritura seriamente y encuentra una diferencia de significado.»

Esta es la tesis hermenéutica clave. La Escritura, leída con la misma seriedad por todos, admitiría lecturas opuestas sobre la moralidad de las relaciones homosexuales, y por tanto la unidad eclesial puede edificarse sobre esa diferencia interpretativa sin necesidad de resolverla doctrinalmente. La carta pastoral con la que Mullally presentó las nuevas oraciones lo formula con todavía mayor claridad:

«Expresamos nuestra alegre afirmación y celebración de las personas LGBTQI en nuestras comunidades eclesiales. (…) Por primera vez, las iglesias dentro de la Iglesia de Inglaterra podrán hacer esto: es realmente una primera vez.»

Y junto con el resto del episcopado anglicano, en el mismo proceso, firmó una carta pública de disculpa cuyo tenor merece ser fijado con exactitud:

«Nos disculpamos juntos por el rechazo, la exclusión y la hostilidad que las personas LGBTQI+ han experimentado dentro de la Iglesia. Nuestros ojos se han abierto al daño que hemos hecho, especialmente a las personas LGBTI+. Nos damos cuenta de que este comportamiento no ha reflejado el amor universal de Dios para todas las personas.»

La doctrina católica sobre el matrimonio y los actos homosexuales está formulada en el Catecismo con claridad meridiana:
«Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. (…) En ningún caso pueden ser aprobados.» (CIC 2357)
Es cierto que la infame Declaración Fiducia Supplicans del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (diciembre de 2023) admitió la posibilidad de bendiciones pastorales no rituales, espontáneas, breves, no equiparables a un rito litúrgico, en las que el ministro pueda invocar el bien de las personas que se acercan, sin que esa bendición sancione la situación moral de su unión y sin riesgo alguno de confusión con la bendición matrimonial. Pero cabe matizar al menos que la Iglesia católica se resistió y que cardenal Víctor Manuel Fernández, en la Nota de Prensa del 4 de enero de 2024, insistió: «no son bendiciones del vínculo, no son bendiciones de la unión». Las Prayers of Love and Faith anglicanas son exactamente lo que esa Nota excluye: oraciones litúrgicamente formalizadas, aprobadas por la autoridad eclesial, ofrecidas sobre la pareja como tal y celebrativas del vínculo. La carta de Mullally lo dice con todas las letras: «alegre afirmación y celebración» de la pareja.

El aborto: «más pro-elección que pro-vida»

El 18 de marzo de 2026, una semana antes de su entronización, la Cámara de los Lores debatió una enmienda al Crime and Policing Bill del gobierno británico que pretendía despenalizar completamente el aborto en Inglaterra y Gales en cualquier fase del embarazo —es decir, eliminar incluso las restricciones actuales que permiten interrumpir el embarazo hasta la semana 24, autorizando de facto el aborto hasta el momento del nacimiento—. Mullally había anunciado una peregrinación a pie de seis días desde la Catedral de San Pablo en Londres hasta la Catedral de Canterbury, siguiendo el llamado Becket Camino, como preparación espiritual para su ministerio. Las fechas coincidían exactamente con la votación. La presión pública la obligó a interrumpir la peregrinación para acudir al hemiciclo, donde no apoyó la enmienda infanticida. Pero lo decisivo no es ese voto técnico, sino su intento de evasiva y dos elementos previos que conviene fijar con sus propias palabras.

En entrevistas anteriores, Mullally se había definido a sí misma como «más pro-choice que pro-life».

Y en su intervención del 19 de marzo de 2026 en la Cámara de los Lores, declaró:

«No creo que las mujeres que actúan en relación con sus propios embarazos deban ser procesadas penalmente. (…) Apoyo la oposición principial de la Iglesia de Inglaterra al aborto, que viene acompañada del reconocimiento de que pueden existir condiciones estrictamente limitadas bajo las cuales el aborto puede ser preferible a cualquier otra alternativa disponible.»

La doctrina católica sobre el aborto procurado no admite gradación. El Catecismo lo formula con extrema precisión:
«Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es gravemente contrario a la ley moral.» (CIC 2271)

«La cooperación formal en un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana.» (CIC 2272)
San Juan Pablo II, en Evangelium Vitae (1995), declaró con autoridad magisterial: «el aborto directo (…) constituye siempre un desorden moral grave». La distancia entre admitir el aborto como «preferible» en condiciones limitadas y rechazar su persecución penal, por un lado, y declararlo «siempre un desorden moral grave» que la Iglesia sanciona con excomunión, por otro, no es una distancia de matiz. Es la distancia entre dos antropologías incompatibles.

La pastoral de género

En febrero de 2022, desde la diócesis de Londres, Mullally impulsó la creación de un Grupo Asesor sobre «atención pastoral e inclusión de las personas LGBT+ en la vida de nuestras comunidades eclesiales» y respaldó institucionalmente la observancia del LGBT+ History Month. El proceso Living in Love and Faith incluyó desde su origen, junto a la sexualidad, la identidad de género como objeto explícito de discernimiento. La pastoral resultante adopta el lenguaje de la afirmación identitaria: las personas son quienes ellas mismas dicen ser, y la Iglesia debe acompañar esa autodefinición con cuidado y reconocimiento.

La Declaración Dignitas Infinita del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (abril de 2024), aprobada por el papa Francisco, articuló con fuerza la doctrina católica sobre esta cuestión:
«La teoría de género resulta peligrosa porque pretende eliminar las diferencias en su pretensión de igualar a todos. Estas diferencias, en realidad, son los más bellos signos visibles de la inefable creatividad del Padre.» (DI 56)

«Deben denunciarse como contrarias a la dignidad humana todas aquellas tentativas de oscurecer la referencia a la ineliminable diferencia sexual entre hombre y mujer.» (DI 58)
El testimonio del sur global

La oposición más seria al nombramiento de Mullally no procede del catolicismo ni de los círculos conservadores ingleses, sino del propio interior de la Comunión Anglicana, y concretamente de su sur global. La Global South Fellowship of Anglican Churches —que reúne a más de diez provincias con aproximadamente 35 millones de fieles, mayoritariamente africanos— calificó su elección de «oportunidad perdida de unir y reformar» la Iglesia. El Arzobispo Justin Badi Arama, primado de Sudán del Sur y presidente actual del GSFA, declaró expresamente que no la reconoce como líder espiritual.

Estas iglesias del sur global no hablan desde un conservadurismo cultural occidental. Hablan desde una lectura de la Escritura y la Tradición que coincide en lo esencial con la doctrina católica sobre matrimonio, sacerdocio, sexualidad y vida. Sus obispos sostienen el matrimonio como unión de varón y mujer, rechazan la bendición de uniones homosexuales, defienden la inviolabilidad de la vida desde la concepción, y mantienen una antropología fundada en la diferencia sexual creada. Por todo ello no han venido a Roma esta semana. Y por todo ello sería con ellos —no con quien hoy posa en San Pedro— con quienes el ecumenismo cristiano tendría algún sentido teológico real.

La fotografía y la banalización de lo sagrado

Hasta aquí el perfil de la persona y de sus posiciones. Ahora el verdadero asunto.

Lo que la imagen comunica

Vuelvan los ojos a las fotografías que estos días verán millones de fieles sin la formación y el discernimiento que tienen nuestros lectores de Infovaticana. Una mujer atraviesa el patio de San Dámaso del Vaticano vestida con la sotana violeta, fajín, cuello romano, cruz pectoral y sortija episcopal. La saludan cardenales, le abren puertas, la conducen al despacho del papa. Posará junto a León XIV. Recibirá los honores debidos a un primado. Bendecirá a unos y a otros, según el uso de los obispos. La imagen recorrerá las portadas, abrirá los telediarios, se imprimirá en los manuales de historia ecuménica. Y la imagen dirá, sin palabras pero con extrema elocuencia, lo siguiente: ante esta persona y ante el sucesor de Pedro, los signos sacramentales son intercambiables.

Esa equivalencia visual es falsa. Y lo es de un modo que importa, porque los signos sagrados no son ornamentos protocolarios. Son lo que San Agustín llamaba verba visibilia, palabras visibles: comunican una realidad teológica. La capa pluvial, la mitra, la cruz pectoral, la sortija episcopal, el báculo, las vestiduras litúrgicas, el gesto de la bendición, el trato como sucesor de los Apóstoles: todos estos signos significan algo en el lenguaje sacramental cristiano. Significan que quien los porta ha recibido por imposición de manos en sucesión apostólica ininterrumpida la potestad de orden, el carácter sacramental que lo configura ontológicamente con Cristo Cabeza para actuar in persona Christi en los sacramentos. Esa potestad es, en la fe católica, la única razón por la que el obispo viste como viste y bendice como bendice. Cuando el signo se separa de su contenido, no permanece neutro: se vuelve activo en sentido contrario. Comunica que el contenido nunca importó realmente.

Cómo se destruye la Iglesia sin persecución abierta

El daño no está solo en que Sarah Mullally esté esta semana en San Pedro. El daño está en que parezca ocupar un lugar sacramental que doctrinalmente no tiene, y en que se permita —incluso que se favorezca— que el signo funcione contra la verdad que el signo debería custodiar. En que la estética de la comunión tape la fractura doctrinal hasta volverla invisible para el ojo no entrenado, que es la inmensa mayoría del pueblo fiel. En que lo sagrado deje de custodiarse y pase a administrarse como una escenografía diplomática.

Es una forma sutil, eficacísima y casi indetectable de erosión de la fe. La Iglesia ha resistido a lo largo de la historia persecuciones abiertas, herejías formuladas con franqueza, cismas declarados, intentos brutales de aniquilación física. Esas amenazas, por terribles, eran reconocibles. El fiel sabía contra qué resistir, sabía a quién no obedecer, sabía qué creer y qué rechazar. La amenaza que esta semana se representa en el Vaticano es de otra naturaleza: no niega frontalmente la doctrina, sino que envuelve su contradicción en cortesía, sonrisas, protocolo, lenguaje ecuménico y fotografías edificantes. Y lo hace en el lugar que más lo amplifica, el corazón visible de la Iglesia católica, ante objetivos que difundirán las imágenes a todo el mundo.

El resultado catequético es devastador. El fiel medio que esta semana vea las fotografías sacará tres conclusiones simultáneas: que los obispos católicos y la primada anglicana son sustancialmente lo mismo; que las diferencias doctrinales entre ambas iglesias deben de ser, por tanto, cuestión de matices secundarios o de meras formas culturales; y que las posiciones de la primada anglicana —el sacerdocio femenino, la bendición de uniones homosexuales, la posición pro-elección sobre el aborto, la pastoral afirmativa de la ideología de género— deben de ser doctrinalmente compatibles con la fe católica, puesto que el papa la recibe con honores y comparte con ella signos sagrados. Ninguna de estas tres conclusiones es verdadera. Las tres serán adoptadas masivamente como si lo fueran. Y se incorporarán al sentido común religioso de millones de personas que ya no necesitarán ningún teólogo disidente para creer aquello que la propia liturgia visual del Vaticano les habrá enseñado.

El signo enfrentado a la verdad

Conviene formularlo con la mayor claridad posible. La doctrina católica sostiene que Sarah Mullally no es obispo, no es sacerdote, no puede consagrar la Eucaristía, no puede confirmar válidamente, no puede absolver sacramentalmente, no porta la sucesión apostólica, no representa una iglesia que esté en comunión sacramental con Roma. Todo esto, simultáneamente, es lo que afirma la doctrina católica. Y todo esto, simultáneamente, es lo que la fotografía del encuentro de mañana niega visualmente al espectador.

La pregunta que un católico puede legítimamente hacerse no es si está mal que el papa la reciba. Las razones diplomáticas para hacerlo existen, son antiguas, y forman parte de un modo legítimo de gestionar las relaciones inter-eclesiales heredado del Concilio Vaticano II. La pregunta es otra: si los signos exteriores con los que esa recepción se reviste —la sotana, la cruz pectoral, las bendiciones recíprocas, el tratamiento episcopal, la ubicación en lugares sacramentalmente densos como las basílicas papales— están al servicio de la verdad de la fe o están funcionando, en la práctica, contra ella. Si custodian lo sagrado o lo exhiben como mera vestimenta intercambiable. Si predican lo que la Iglesia cree o lo desmienten ante los ojos del pueblo fiel.

A esa pregunta, esta semana, hay que responder con honestidad. Y la respuesta honesta es que la escena de San Pedro, durante unas horas, está suspendiendo visualmente la diferencia entre el sacerdocio católico y su imitación anglicana. Cuando esa diferencia queda suspendida ante los ojos de todos, la doctrina no queda intacta: queda desmentida en la práctica. Y un desmentido práctico, repetido en imágenes durante años, termina pesando más que cualquier documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe redactado publicado en una página web que casi nadie lee.

El verdadero ecumenismo

Existe un ecumenismo cristiano auténtico, querido por Cristo en su oración sacerdotal —«Que todos sean uno»— y mandado por el Concilio Vaticano II en Unitatis Redintegratio. Pero ese ecumenismo no consiste en la equivalencia visual ni en la cortesía protocolaria que disuelve las diferencias bajo la sonrisa institucional. Consiste en el camino paciente, exigente, doctrinalmente honesto, hacia la verdad compartida sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Iglesia, sobre los sacramentos, sobre el hombre creado varón y mujer, sobre la vida humana, sobre el matrimonio, sobre el ministerio sacramental que Cristo instituyó.

Ese camino no se recorre vistiendo igual a quienes creen cosas opuestas. Se recorre nombrando con claridad las diferencias, cargando con el peso doloroso que esa claridad supone, y trabajando juntos —en la verdad, no en la coreografía— por reducirlas. El otro camino, el de las fotografías edificantes y los signos intercambiables, no acerca: aleja, porque acostumbra al ojo cristiano a no distinguir, y un cristianismo que no distingue ya no es un cristianismo, es una vaguedad religiosa decorativa.

por Miguel Escrivá | 26 abril, 2026


Magisterio citado: Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 2271, 2272, 2357); Juan Pablo II, Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994); Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (1995); Congregación para la Doctrina de la Fe, Responsum ad Dubium (1995); Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Fiducia Supplicans (2023) y Nota de Prensa de 4 de enero de 2024; Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Declaración Dignitas Infinita (2024); Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio (1964).

Polémica «bendición» de Sarah Mullally en el Vaticano antes de su reunión con el Papa



La presencia de Sarah Mullally, responsable de la sede de Canterbury dentro de la Comunión Anglicana, en la Capilla Clementina —en la cripta de la Basílica de San Pedro— ha generado controversia tras difundirse imágenes en las que aparece realizando un gesto de bendición en uno de los lugares más próximos a la tumba del apóstol.

El episodio adquiere mayor relevancia porque Mullally tiene previsto reunirse el próximo lunes con León XIV, en un encuentro que ya estaba programado y que ahora queda precedido por este gesto de fuerte carga simbólica.

La Comunión Anglicana atraviesa desde hace años una fractura interna profunda, derivada en gran parte de decisiones doctrinales como la ordenación de mujeres y otros cambios disciplinares. Estas decisiones han provocado la ruptura de la comunión entre distintas provincias anglicanas y la aparición de estructuras paralelas.

Desde el punto de vista doctrinal católico, la cuestión está definida de forma precisa desde el siglo XIX. La bula Apostolicae Curae de León XIII, en cuya elaboración tuvo un papel relevante el cardenal Merry del Val, declaró inválidas las órdenes anglicanas. El documento concluye que no existe sucesión apostólica válida en la Comunión Anglicana debido a defectos en la forma y en la intención de los ritos de ordenación tras la Reforma.

En este marco, los gestos que implican actos propios del ministerio sacerdotal en espacios litúrgicos católicos no pueden interpretarse como equivalentes a los de un ministro ordenado válidamente según la doctrina católica.

El episodio en la Capilla Clementina introduce así un elemento de confusión objetiva, al producirse en un lugar de máximo significado dentro de la Iglesia y en un contexto en el que la doctrina sobre el sacerdocio y la sucesión apostólica está claramente establecida. Este tipo de gestos no se corresponde con un ecumenismo basado en la claridad doctrinal, sino que diluye los límites que la propia Iglesia ha definido con precisión.

sábado, 25 de abril de 2026

¿Quién escribe en la cuenta de X del Papa? Bruno Moreno

 ESPADA DE DOBLE FILO


En tiempos pasados, los Papas se tomaban muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacían pocas declaraciones públicas. En nuestros tiempos, los Papas se toman muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacen innumerables declaraciones públicas.

Ambas posturas son comprensibles, al menos hasta un cierto límite. ¿De qué serviría un Papa que no nunca dijera nada excepto para proclamar solemnemente un dogma de fe una vez cada veinte años? Paradójicamente, un Papa también puede hablar demasiado, de modo que un gran volumen de declaraciones prudenciales, protocolarias o retóricas ahoguen el núcleo de doctrina que enseña.

Los límites que no se deben traspasar en ninguna de las dos direcciones son prudenciales, pero si hay algo que claramente traspasa esos límites es, a mi juicio, la cuenta papal de X (antes Twitter).

No hace falta acudir a la cuenta de X del Papa Francisco, en la que por desgracia se publicaron algunos mensajes lamentables y de muy dudosa ortodoxia, porque lo cierto es que el problema es del medio en sí. Las redes sociales en general y X en particular son muy populares y permiten llegar a muchas personas. En algunos casos, sin embargo, también tienen características que pueden hacer que resulten completamente inadecuadas como herramientas para la jerarquía de la Iglesia.

La red X exige, por su propia naturaleza, subir mensajes con frecuencia. De otro modo, el algoritmo termina por enterrar lo que se sube y no se lo muestra a casi nadie. La cuenta de X del Papa León, en efecto, pone cinco mensajes diarios y tiene una gran audiencia, casi dieciocho millones de seguidores.

Ahora bien, es evidente que, por sus innumerables ocupaciones al frente de la Iglesia universal, el Papa no tiene tiempo para redactar cinco mensajes diarios para colgarlos en X. Eso hace necesario que “sus” mensajes sean escritos por otras personas. ¿Quién o quiénes? No lo sabemos.

En principio nada hay de extraño en ello. Muchos personajes importantes mantienen cuentas escritas por sus subordinados (otros, como Trump, claramente escriben sus propios mensajes). El problema es que el Papa es alguien muy especial, porque no solamente tiene autoridad canónica suprema en la Iglesia, sino que también es la máxima autoridad doctrinal.

Se plantea, pues, el problema de unos mensajes en redes, a menudo con contenido doctrinal, que se atribuyen al Papa sin ser del Papa y, con toda probabilidad, sin que el Papa los haya leído siquiera. Esto les da una autoridad ficticia y crea confusión.

Por ejemplo, el martes pasado se subió un mensaje a la cuenta del Papa que decía: “En el primer aniversario del nacimiento al cielo de nuestro querido Papa Francisco, sus palabras y acciones siguen grabadas en nuestros corazones”. Estas palabras, en boca de un Pontífice, serían muy graves, porque básicamente equivalen a una canonización de Francisco. En efecto, si está en el cielo desde hace un año, eso quiere decir que es santo y no pasó por el purgatorio.

Con seguridad, la persona que lo haya escrito tendría buena intención, pero la Iglesia siempre se ha preocupado de que no se digan esas cosas a la ligera. A fin de cuentas, si uno da por supuesto que un difunto ha ido directamente al cielo, no rezará por él. Tradicionalmente, una persona concreta puede tener una certeza subjetiva de que alguien a quien conocía bien ha ido directamente al cielo por su santidad de vida y su buena muerte, pero esa certeza debe someterse al juicio de la Iglesia y, por lo tanto, nunca deben hacerse públicamente esas afirmaciones, porque pueden llevar a la confusión y al error a otros.

Otro ejemplo del mismo día: “Su santo Nombre [de Dios]  nunca debe profanarse por el deseo de dominio, la arrogancia o la discriminación”. Hasta ahí, todo muy bien, claro. Pero sigue diciendo: “sobre todo, nunca debe invocarse para justificar elecciones y acciones que produzcan la muerte”. Esto segundo es falso y, por lo tanto, causa confusión en los fieles que lo lean.

Basta pensar un poco para entender que el soldado católico que elige y realiza la acción de producir la muerte a su enemigo en una guerra justa puede y debe actuar en nombre de Dios. No hay duda de ello, porque el soldado tiene el deber moral de luchar contra su enemigo y, si es su deber, entonces es algo bueno y que debe hacer en nombre de Dios, como todo lo que hacemos los cristianos.

Al margen de estos dos ejemplos, que simplemente son casos concretos de anteayer, tomados al azar, parece claro que el formato de una cuenta papal de la red social X, escrita por alguien que no es el Papa, resulta totalmente inadecuado para su misión de autoridad doctrinal máxima de la Iglesia. Lo que puede ser apropiado para otra persona no tiene por qué serlo para el Papa.

Aunque escribir en redes sociales pueda tener cosas buenas, en el caso del Papa el riesgo patente de crear confusión entre los fieles hace que no merezca la pena. Si hay algo que sobra en la Iglesia hoy es la confusión. Los papas, excepto cuando hablan ex cathedra, pueden equivocarse como todo hijo de vecino, pero no tiene sentido añadirles además a su cuenta los errores de un becario o del último monseñor que dice que sabe mucho de redes sociales, porque lee Facebook.

Más vale que un Papa haga pocas declaraciones, pero sustanciosas y correctas, que atribuirle ficticiamente una infinidad de mensajes efímeros que mezclan la valiosísima enseñanza de la Iglesia con errores doctrinales de tres al cuarto. Non decet

Bruno Moreno

viernes, 24 de abril de 2026

El Agustín que León XIV no mencionó en Hipona



Desde el avión, incluso antes de aterrizar en Argel, León XIV pronunció la frase que marcaría el rumbo de su viaje: «San Agustín ofrece un puente importantísimo para el diálogo interreligioso, pues es muy querido en su tierra natal». La imagen era perfecta para el consumo inmediato: el primer papa agustino de la historia, de regreso a la tierra del obispo de Hipona, tendiendo puentes entre el cristianismo y el islam, entre Occidente y África, entre el presente convulso y una antigüedad noble y venerable. La prensa católica progresista lo acogió con entusiasmo. Los analistas internacionales lo calificaron de gesto estratégico, hito histórico, «un nuevo epicentro del catolicismo». Todo muy pulcro, muy fotogénico, muy acorde con lo que se espera de un pontífice en 2026.

El único problema es Agustín.

Porque el verdadero Agustín, el que vivió en esa tierra, el que escribió en esa tierra, el que murió en esa tierra mientras los vándalos asediaban Hipona, no fue un constructor de puentes interreligiosos. Fue el polemista más formidable que la historia de la Iglesia latina haya producido jamás. Un hombre que dedicó décadas de su episcopado no a un diálogo conciliador, sino a la refutación sistemática e intransigente de todo lo que consideraba error. Se enfrentó a maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priicilianistas y académicos escépticos. Presidió concilios, escribió incansablemente y defendió la ortodoxia ante quien fuera necesario. No hay un solo texto en su obra que pueda interpretarse razonablemente como un llamado a la coexistencia teológica entre el cristianismo y el islam, especialmente porque el islam aún no existía cuando Agustín murió en el año 430.

Esto merece ser destacado, pues existe la tendencia, al apropiarse retroactivamente de grandes santos, a proyectar sobre ellos las sensibilidades del presente. Agustín no se presta a esta tarea. Philip Schaff, uno de los historiadores más rigurosos del dogma cristiano, escribió que Agustín «es el Doctor de la Iglesia por excelencia», cuya obra abarcó la eclesiología, la teología sacramental y la doctrina de la gracia con una precisión sin precedentes. Este Doctor no dejó lugar a ambigüedades respecto a la verdad revelada. La buscó durante años, con auténtica angustia, y cuando la encontró, la defendió con todos los medios a su alcance: la razón, las Escrituras, la autoridad conciliar y, cuando fue necesario, la coerción imperial.

Este último punto merece atención por su carácter embarazoso. En la Carta 93, escrita en el año 408, Agustín confiesa abiertamente haber cambiado de opinión respecto a la estrategia con los donatistas, pasando de la persuasión intelectual a la aprobación de las leyes coercitivas del Estado, precisamente porque la ineficacia del diálogo le había convencido de que faltaba algo. Su argumento era que el miedo había llevado a muchos donatistas a reflexionar y los había vuelto dóciles. El mismo hombre a quien León XIV transformó en símbolo del diálogo interreligioso fue el principal artífice doctrinal de lo que los historiadores denominan la primera teoría cristiana de la coerción religiosa legítima. No se le puede acusar de anacronismo: era el siglo V, el contexto era un cisma violento y los Circumcelliones donatoristas habían atacado y mutilado a varios obispos católicos. Pero ni siquiera se le puede citar como el promotor del encuentro entre gentiles de diferentes confesiones sin distorsionar su figura.

La paradoja se agudiza al examinar qué hacía exactamente Agustín en Hipona. Se enfrentó al escepticismo como filósofo, al maniqueísmo y al pelagianismo como teólogo, y al donatismo como obispo. Tres frentes distintos, tres maneras diferentes de combatir el error. En todos los casos, la actitud subyacente era la misma: la verdad existe, es cognoscible, y quien la posee tiene la obligación de defenderla. El relativismo teológico, la coexistencia pacífica de verdades contradictorias, la idea de que todas las búsquedas espirituales conducen al mismo lugar, le habrían parecido a Agustín no un gesto de apertura, sino una traición a Cristo. Las * Confesiones * son la autobiografía no de alguien que encontró la paz en el eclecticismo, sino en la entrega incondicional a una verdad específica e irreductible. «Nos creaste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti»: no en una verdad entre otras, sino en ti.

El donatismo, la herejía que ocupó los mejores años del episcopado agustino, fue el último episodio de las controversias Montano-Novato que habían sacudido a la Iglesia desde el siglo II. Su núcleo radicaba en la cuestión de la santidad de la Iglesia y la validez de los sacramentos administrados por ministros indignos. Agustín respondió construyendo una eclesiología completa y coherente: la Iglesia visible contiene trigo y cizaña, la gracia no depende de la pureza del ministro sino de Cristo, y la unidad es un bien irrevocable que justifica medidas drásticas contra el cisma. Esto no es un puente. Es un muro doctrinal erigido con precisión arquitectónica. Que este muro sea hoy patrimonio de toda la Iglesia, que inspirara a los Padres del Concilio Vaticano II y a los grandes teólogos medievales, es precisamente la razón por la que Agustín es importante. No porque sea un interlocutor conveniente, sino porque es un pensador riguroso.

Agustín identificó 88 herejías en su tratado * De heresibus *, y las cuatro a las que se enfrentó principalmente fueron el maniqueísmo, el donatismo, el pelagianismo y el arrianismo. Cada una de estas batallas le costó años de escritura, polémicas públicas y gastos personales. Cada una culminó en una victoria doctrinal que fijó para siempre los límites de lo que la Iglesia podía creer. El pelagianismo, que sostenía que el hombre podía alcanzar la salvación por sus propios esfuerzos sin necesidad de la gracia, fue condenado por el Concilio de Obispos Africanos en 418 y por el Papa Zósimo, gracias en gran parte a la tenacidad de Agustín. No fue un proceso de escucha mutua ni de enriquecimiento mutuo: fue una condena.

Nada de esto significa que León XIV se equivocara al peregrinar a Hipona. La visita tiene un auténtico significado espiritual: un agustino que regresa a la tierra de su padre fundador, orando sobre las ruinas donde predicó, reconociendo así la deuda que toda su vida tuvo con ese pensamiento. Esto es legítimo y tiene su propia dignidad. El problema no es el viaje. El problema es la operación discursiva que convierte a Agustín en el defensor del diálogo interreligioso con el islam, cuando el único islam que Agustín habría conocido fue el que surgió décadas después de su muerte, y cuando toda su vida intelectual giró en torno a la afirmación de que existe una sola verdad, una sola iglesia, un solo bautismo, una sola gracia, y que todo lo que se desvíe de ellas merece ser refutado, no tratado con cortesía diplomática.

Los analistas han señalado que la Basílica de San Agustín en Annaba atrae a miles de visitantes cada año, incluyendo musulmanes que sienten una devoción especial por el santo. Este hecho es real y hermoso. Agustín pertenece a esta tierra de una manera que trasciende las fronteras religiosas, y el hecho de que haya musulmanes que lo veneren dice mucho sobre la calidad de su humanidad. Pero la veneración popular de un santo no es lo mismo que su teología. Se puede admirar a Agustín sin leerlo. Se puede peregrinar a sus ruinas sin aceptar lo que defendió. León XIV puede hacer ambas cosas simultáneamente, y probablemente lo hace. La pregunta es si la Iglesia que dirige puede permitirse seguir citando a Agustín como símbolo de apertura sin explicar qué pensaba realmente Agustín que debía abrirse y qué debía permanecer cerrado.

Hay una frase en las * Confesiones * que define mejor que ninguna otra cosa quién era Agustín y qué buscaba: *«Señor, nos has creado para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti».* No en el diálogo. No durante el encuentro. No en la búsqueda indefinida. En el descanso que solo proviene del encuentro con Cristo. Ese corazón inquieto que halló paz no en la pluralidad de caminos, sino en uno solo, es el mismo corazón que luego pasó décadas diciéndoles a los demás que estaban equivocados, con toda la caridad del mundo, pero diciéndoselo.

León XIV tiene razón en una cosa: Agustín es muy querido en su tierra natal. Lo que no es seguro es que ese cariño implique estar de acuerdo con sus enseñanzas.

La dupla Cobo-Bolaños vuelve al centro: sin firma del Vaticano, el acuerdo del Valle de los Caídos queda en evidencia



El relato construido durante meses sobre el Valle de los Caídos ha quedado desmentido en un punto clave. Mons. Francisco César García Magán, secretario general de la Conferencia Episcopal Española, ha sido tajante: “el Vaticano no ha sido parte firmante”.

La afirmación es clara y difícilmente compatible con lo que el propio Gobierno venía defendiendo. Y, al mismo tiempo, deja al descubierto una operación sostenida sobre una supuesta legitimidad eclesial que, en los términos en que se había presentado, no existe.

Un relato que se desmorona

El pasado 18 de abril, el ministro Félix Bolaños salía en defensa del cardenal José Cobo afirmando sin rodeos que el acuerdo sobre el Valle había sido firmado con el Vaticano. Aprovechaba además para denunciar “presiones brutales” en torno al arzobispo de Madrid.

La maniobra era clara: elevar el acuerdo al Vaticano para blindarlo y desactivar cualquier crítica dentro de la Iglesia.

Hoy la propia Conferencia Episcopal lo desmiente. En palabras de García Magán: “el Vaticano no ha sido parte firmante, no ha habido ningún representante del Vaticano que haya firmado”.

La firma de Cobo: un hecho inalterado


Durante todo este tiempo, el propio Cobo ha reiterado públicamente que no tiene jurisdicción sobre el Valle de los Caídos. Sin embargo, su firma aparece en un documento que delimita espacios dentro de la basílica y establece un marco de intervención que afecta directamente a su uso y significado.

La contradicción no es menor. En un templo católico, decidir qué partes se destinan al culto y cuáles se abren a otros usos no es una cuestión administrativa, sino canónica.

La Iglesia se desmarca

Las palabras de García Magán no solo desmienten al Gobierno; también confirman la posición de la Conferencia Episcopal: no hay competencia, no hay papel decisorio, no hay responsabilidad directa. La CEE se define como una instancia de coordinación, no como una autoridad en este asunto.

Mientras tanto, la apelación al “diálogo” entre el Gobierno y los monjes se ha convertido en el único mensaje institucional. Un planteamiento que, bajo apariencia de prudencia, en la práctica equivale a una renuncia. Porque mientras se insiste en hablar, el proceso avanza.

El propio Ejecutivo ya ha fijado el mes de junio —coincidiendo con la visita del Papa León XIV— como horizonte para continuar con la resignificación. Es decir, mientras la jerarquía eclesiástica se desmarca, el poder político marca los tiempos y acelera la ejecución.

El resultado es una imagen nítida: una Iglesia institucional que se repliega mientras el Gobierno avanza y utiliza su nombre como argumento de autoridad sin que esa autoridad haya intervenido realmente.

La verdad que aflora
A estas alturas, los hechos ya no admiten maquillaje. El Vaticano no ha firmado ningún acuerdo. Y, sin embargo, existe un documento firmado por el cardenal Cobo que ha servido para abrir la puerta a una intervención que afecta directamente al corazón del recinto.
Lo que queda es una operación sostenida sobre una firma controvertida y un aval inexistente.

La cuestión ya no es solo política, sino de responsabilidad dentro de la propia Iglesia. Porque si quien firmó no tenía autoridad, alguien deberá explicar por qué se actuó como si la tuviera. Y si la tenía, alguien deberá mostrar dónde está ese mandato.

Sin esa respuesta, todo el proceso queda marcado por la misma sombra que lo acompaña desde el inicio: no la del desacuerdo, sino la de la extralimitación.

miércoles, 22 de abril de 2026

Hay cosas que no deben tocarse



Raúl Murcia, miembro del equipo de Terra Ignota que participó en la realización del documental sobre el Valle de los Caídos, comparte esta carta con motivo de la manifestación convocada para esta tarde, a las 18:00 horas, frente a la sede de la Conferencia Episcopal Española, en defensa de la inviolabilidad de la Basílica y en apoyo a la comunidad benedictina del Valle

No soy ateo, pero tampoco un creyente al uso. No voy a misa los domingos ni me confieso una vez al año, como manda la tradición. Mi relación con la religión es más bien distante.

Pero hay cosas que uno reconoce aunque no las practique. Porque no hace falta creer para darse cuenta de que hay lugares que tienen un significado especial.

Esa fue mi primera sensación al llegar.

El Valle de los Caídos nunca me había llamado especialmente la atención. Una gran Cruz, eso sí, que veía a lo lejos en cada viaje de vuelta a casa por la A-6. Mirarla, saludarla con respeto y hasta la próxima.

Aquel día, cuando por fin pudimos agarrar las cámaras y empezar a rodar nuestro documental sobre el Valle, no me impresionó la entrada. Subí la pista más preocupado por no salirme, con la niebla con la que habíamos amanecido. Y una vez arriba, aquello me pareció un patio de armas más. Muy grande, eso sí, pero uno más.

Sólo cuando miré hacia arriba y vi la Cruz, imponente, me di cuenta de que estaba en uno de esos lugares diferentes. Y sólo después de conocer a los monjes pude entender su significado.

Hay algo en esos lugares que impone respeto. No es cuestión de ideas ni de ideología. Es una sensación básica: uno entra y sabe que no está en un sitio cualquiera.

Por eso choca tanto la idea de que un templo pueda convertirse en un espacio donde se introduzcan lecturas políticas o ajustes revanchistas sobre el pasado. No porque el pasado no deba discutirse, sino porque hay sitios donde no es apropiado hacerlo.

De ahí mi gran desconcierto por el acuerdo firmado por el cardenal Cobo con el ministro Bolaños.

Más allá de explicaciones técnicas o de quién tiene o no tiene competencia, lo que se percibe desde fuera es algo más simple: se ha tomado una decisión sobre un sitio que no parece del todo suyo. Y se ha tomado sin contar con quienes viven allí, con quienes entienden perfectamente lo que es y, además, sin dar demasiadas explicaciones.

Si se tratara de un museo o de un edificio público, la cosa ya sería discutible. Pero una basílica no es lo mismo. No lo es ni siquiera para quien no pisa una iglesia desde hace años.

No todo vale en todas partes. Y desde luego, no todo vale dentro de una basílica.

Esta semana, el presidente de la Conferencia Episcopal ha invitado al Gobierno y a los monjes del Valle a alcanzar “un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes” que sea “un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar vías de encuentro”.

Conviene decir tres cosas al respecto. Las tres, en positivo. Y las tres, con contundencia y sin rodeos.

La primera. Recibo con agrado esa petición, precisamente porque significa, de facto, que lo firmado por el cardenal Cobo no tiene ningún valor.

Gracias, señores obispos, por escuchar a quien se deben: sus fieles.

Unos fieles preocupados durante tantos meses al ver cómo se iba a profanar un templo sagrado y que nadie parecía hacer nada por evitarlo.

Si la Conferencia Episcopal pide ahora un nuevo acuerdo, es porque el anterior no era el camino.

No hace falta añadir más. El gesto habla por sí solo y hay que agradecerlo.

La segunda. Ese nuevo acuerdo “satisfactorio” entre los monjes y el Gobierno no será posible sin una condición previa e innegociable: la inviolabilidad de la basílica.

Un acuerdo puede negociar muchas cosas. Pero hay algo que no está sobre la mesa.

Un templo consagrado no se resignifica. Una basílica no se somete a lectura política.

Lo sagrado, por definición, está fuera de lo que una negociación entre partes puede tocar.

Si eso no se garantiza, por mucho que alguien lo firme y por muchos actos solemnes que se organicen para bendecirlo, no habrá acuerdo.

Y allí estaremos de nuevo para defenderlo si fuera necesario.

La tercera. Pedimos a la Conferencia Episcopal que se pronuncie con claridad y que apoye sin fisuras a los monjes en su defensa de la sacralidad de la basílica.

Lo pedimos con respeto, pero sin rodeos. Porque el cariño a los pastores no se demuestra callando; se demuestra diciéndoles lo que es necesario decirles.

Los monjes no pueden quedarse solos en esto, contra lo que tienen enfrente. Una comunidad benedictina, por muy recia que sea, no puede pelear sola contra el aparato del Estado.

Y nosotros —los de misa de doce y los que no vamos tanto— necesitamos ver a su Iglesia detrás de ellos, hablando claro.

La Iglesia no está para entrar en discusiones políticas, y estoy de acuerdo. Pero tampoco puede caer en una cautela excesiva, hasta el punto de parecerse demasiado al miedo, al silencio y después a la complacencia.

No parece tan complicado.

Se trata de defender sus ritos, sus lugares sagrados y a sus fieles. Con tanta contundencia como la prudencia que siempre tuvo. Más aún cuando tiene enfrente a quien tiene.

Porque no nos engañemos: lo que está en juego no es sólo el Valle.

Si la naturaleza sagrada de un templo puede pactarse, habrá quedado abierta una puerta por la que mañana podrá entrar hasta el mismísimo Belcebú.

Hoy es el Valle. Mañana puede ser la Basílica del Pilar, que precisamente por ser su patrona Capitana General no les faltará interés en gestionarla y resignificarla “en aras de un supuesto valor democrático”, desposeyéndola de su verdadera razón de ser: dar consuelo a todo aquel que quiera, cuando pasa por Zaragoza. Podrá ser Covadonga. El Escorial. Puede ser Montserrat. Cualquier templo con carga simbólica que a alguien, en algún despacho, le estorbe. O podría ser entrar a legislar las centenarias normas de cualquier hermandad.

Lo que hoy se calla, mañana se firma. Y lo que mañana se firma, pasado se da por bueno.

Por eso importa tanto, y ahora, que esto se haga bien. Porque lo que aquí se resuelva marcará lo que venga después. Y porque el tiempo juega a favor de quienes quieren tocar lo que no se debe tocar.

El Valle de los Caídos es uno de esos lugares donde se cruzan muchas cosas.

Hay historia. Hay religión. Hay un cementerio sagrado donde reposan los caídos en una guerra civil que sufrieron todos nuestros mayores. Hay un centenar de beatos que murieron por amor a Jesús, perdonando a sus matarifes.

Pero también hay algo más que no se explica tan fácilmente: el ámbito de lo sagrado.

Reducirlo todo a un problema de gestión o de uso es quedarse muy corto. Y, siendo honestos, tratar de reducirlo así no es un descuido: es una estrategia.

En pocas semanas, el Papa visitará España.

Antes de eso, la próxima reunión de los obispos es una ocasión inmejorable para pronunciarse con claridad y dejar las cosas en su sitio.

Los muy fieles necesitan consuelo y refugio de sus pastores en tiempos de desasosiego. Y los que no lo somos tanto necesitamos ver que aquello por lo que también luchamos, aunque sea desde un plano más alejado, sigue vivo.

Basta con hablar claro. Y eso es lo que pedimos. Que la Conferencia Episcopal Española marque la línea roja de defender lo sagrado y la defienda no ya a nivel competencial o judicial, que para eso ya están los abogados, sino donde lo tiene que defender.

Por eso, este miércoles a las seis de la tarde, muchos estaremos ante la Conferencia Episcopal en una concentración convocada por una asociación vallisoletana, PATRIAM, ya que, como decíamos, no es sólo cosa de fieles ni de madrileños. Esta es una causa que nos afecta a todos.

No para enfrentarnos a nadie. Y mucho menos para señalar a nuestros pastores.

Estaremos para acompañar. Para arropar. Para aconsejar. Para pedirles, con respeto pero sin medias tintas, que hagan lo que les toca hacer: apoyar a los monjes, defender la inviolabilidad de la basílica y decir alto y claro que un templo no se toca.

Y estaremos también porque el silencio, a estas alturas, ya no es neutral. El silencio ya juega. Y juega a favor de quien no debería.

Allí estaremos los que van a misa y los que no vamos tanto. Los muy creyentes y los que, como yo, reconocemos desde fuera que hay cosas que merecen defenderse.

Porque esto no va sólo de creyentes.

Va de algo más sencillo y más serio: va de respetar lo que tiene un significado especial para tanta gente. Y de no permitir que se convierta, poco a poco y acuerdo a acuerdo, en otra cosa distinta.

Porque aunque uno no sea muy religioso, hay algo que se entiende sin necesidad de explicaciones: que hay cosas que no deben tocarse.

Raúl Murcia, “Pirata”

sábado, 18 de abril de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #113 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:03 MINUTOS

El magisterio retórico (Bruno Moreno)



Otras veces hemos hablado ya de un tema que era obvio para cualquier teólogo del pasado, pero hoy parece una novedad: no todo el magisterio es magisterio. O, dicho menos provocativamente, pero con más precisión para evitar la paradoja, no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto y mucho menos lo es todo lo que sale de la boca de los obispos y papas.

¿Han visto los lectores lo que he hecho? Al decir “no todo el magisterio es magisterio”, he usado una frase retórica, que tiene una gran fuerza por su brevedad y contundencia, sazonada con una pizca de extrañeza para que resulte más llamativa.

¿Cuál es el problema con la retórica? Que no se puede tomar del todo en serio. Estrictamente hablando, “no todo el magisterio es magisterio” constituye una contradicción y, por lo tanto, lógicamente es ruido. Las frases retóricas arrastran al oyente y pueden quedar fijadas en su mente, pero requieren después una gran cantidad de explicaciones, matizaciones y precisiones para entender el sentido que encierran, sin exageraciones ni malentendidos. Es decir, para separar el metal precioso de la ganga.

Antes, ya en el primer párrafo, di la explicación de mi frase retórica: “no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto”. Esto sí que es cierto y resulta mucho más preciso y claro que la frase retórica. Desgraciadamente, lo que la explicación tiene de preciso lo pierde de atractivo y de llamativo. Se hace aburrida, no capta la atención del que escucha o lee y se olvida con facilidad.

La retórica tiene la finalidad de suscitar una fuerte emoción en el oyente, de conmoverle y tocar su corazón. Precisamente por eso, tiene sus lugares adecuados, como la publicidad, un sermón exhortativo, los discursos para enardecer a los soldados antes de una batalla, o los (generalmente vanos) intentos de los padres de convencer a un niño pequeño de que debe comerse la papilla de verduras. Nada hay de malo en ello, pero, cuando la retórica se sale de su lugar propio, se convierte en una tentación, que desnaturaliza otras formas de discurso.

Me temo que hay que reconocer que el magisterio actual hace tiempo que coquetea con la tentación retórica. Es inevitable, porque, a medida que los prelados se van metiendo en todos los temas bajo el sol, desde la ecología hasta medicina, la política o la meteorología, resulta casi imposible mantenerse en el plano esencialmente explicativo o docente, que es el propio del magisterio.

Podrían darse numerosos ejemplos del pontificado anterior. Los múltiples “tengo un sueño” de la exhortación postsinodal “Querida Amazonia” son claros casos de retórica sin contenido magisterial. Las apelaciones a la “madre Tierra”, a sus “gemidos” y a los pecados contra ella de Laudato Si son igualmente retóricas. Lo mismo se puede decir de multitud de afirmaciones del Papa Francisco sobre la inmigración, el “¿quién soy yo para juzgar?”, el “nadie puede ser condenado para siempre” o incluso la “inadmisibilidad” de la pena de muerte (signifique eso lo que signifique, porque nadie lo sabe). Se trata de afirmaciones destinadas no tanto a transmitir una verdad, sino más bien a conmover al oyente para que dé más importancia a las cuestiones ecológicas, aborrezca la contaminación, sea acogedor con los inmigrantes o, en el peor de los casos, se admire ante lo avanzado y comprometido que es el hablante. Lo que no son esas afirmaciones es propiamente magisterio, porque, o bien carecen de significado o, estrictamente hablando, son erróneas (ni la tierra es nuestra madre, ni se puede pecar contra seres que no son personales, etc.).

Como hemos visto estos días, a León XIV, que aprendió a ser papa junto al Papa Francisco, se le han pegado algunas de las costumbres menos afortunadas de su antecesor. En efecto, en relación con el tema de la guerra de Irán y por su laudable deseo de parar ese terrible conflicto que se ha cobrado ya la vida de multitud de inocentes, ha dejado que invadan su discurso afirmaciones retóricas que pueden llevar a error si se toman como afirmaciones magisteriales.

Ejemplos de esas afirmaciones son frases recientes del Pontífice como “Dios no escucha a los que hacen la guerra”, “Dios no bendice ningún conflicto”, “todo el que es discípulo de Cristo, el Príncipe de la Paz, nunca está del lado de los que antes empuñaban la espada y hoy arrojan bombas” o “las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, que solo vienen de la paciente promoción de la coexistencia y el diálogo entre los pueblos”.

Al escucharlas, inmediatamente surgen preguntas. Si Dios no escucha a los que hacen la guerra, ¿quiere eso decir que no escuchaba a San Fernando, a San Luis o al rey David? Si Dios no bendice ningún conflicto, ¿cómo pueden existir las guerras justas? ¿Cómo es que la Iglesia mantiene capellanes militares para bendecir y atender religiosamente a los que participan en conflictos? Si Dios nunca está de parte de los que empuñan la espada o arrojan bombas, ¿cómo es que hay muchos de ellos que son santos e incluso la Iglesia ha tenido órdenes religiosas enteras dedicadas a empuñar la espada? ¿Por qué habló elogiosamente San Pablo del magistrado que lleva espada? Si las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, ¿cómo es que la experiencia de siglos nos dice evidentemente lo contrario? ¿Cómo es que multitud de Papas, como San Juan Pablo II, en ocasiones han dicho que era un deber hacer una guerra en concreto para conseguir la paz o la libertad?

Con todo el respeto debido, lo cierto es que se trata de frases erróneas, porque no concuerdan con la enseñanza de la Iglesia. O, mejor dicho, son simplemente retóricas y no magisteriales. El Papa, con toda la razón del mundo, rechaza el conflicto de Irán, que es en buena parte innecesario e injustificado, y clama contra él, deseando conmover los corazones de los que le escuchan para que pongan fin a la matanza de inocentes. Al hacerlo, se deja llevar por la retórica y dice cosas que quizá no debería decir como maestro, pero que son muy comprensibles en un padre que sufre por sus hijos.

El problema es que las afirmaciones puramente retóricas solo sirven para los que ya están convencidos. Su punto débil está en que no sirven para convencer al que piensa distinto, porque inmediatamente descubre que no tienen contenido racional. No son diálogo, sino más bien pura exhortación.

Así ha pasado con el Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, que ha hecho notar que lo que decía el Papa, estrictamente hablando, era erróneo. Y debemos admitir que tiene toda la razón en decirlo, porque así es (curiosamente le sucedió lo mismo con el Papa anterior y el ordo amoris). Vance necesitaba magisterio claro y con contenido racional sobre las causas de la guerra justa, para que pudiera descubrir que la guerra que su gobierno ha desencadenado en Irán muy probablemente no sea justa. En cambio, lo que recibió de la Iglesia fue retórica conmovedora y, como era predecible, no le ha convencido. Necesitaba pan y recibió una piedra.

Al margen de este momento concreto y de la guerra de Irán (que Dios quiera que no se reanude), quizá todo esto debería mostrarnos la importancia de la distinción. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir. Es fundamental distinguir lo que es magisterio y lo que son otras cosas, desde retórica hasta afirmaciones protocolarias, buenos deseos, consideraciones personales, aplicaciones prudenciales y aspectos similares. No sea que, al descubrir los frecuentes errores, vanidades e incluso tonterías que puede haber en lo segundo, caiga en descrédito lo primero. El oro es oro y la ganga es ganga. Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de esta fuerza viene de Dios y que no viene de nosotros.

En lo verdaderamente magisterial es donde se encuentra la unidad esencial de la Iglesia, en torno al tesoro de la Revelación de Dios, y por eso le corresponde la obediencia de la fe y la sumisión de los católicos. En lo demás, siempre con el respeto debido, pero también con gran libertad, cada uno piensa y decide de acuerdo con su saber y su conciencia.

Bruno Moreno