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jueves, 18 de junio de 2026

¿Pero quién es León XIV? (José Javier Esparza)



La visita del papa a España ha resultado desconcertante, y para bien. Ante todo, ha puesto sobre la mesa un interrogante que aún no tiene respuesta: que no terminamos de saber quién es realmente este papa, porque sus manifestaciones públicas son tan contradictorias que no parecen nacidas de la misma persona.

Prescindamos de los primeros actos públicos, alguno ciertamente extravagante, de León XIV: estos pueden imputarse a la inercia de Francisco, que sin duda habrá dejado su huella en los pasillos del Vaticano. Pero es que uno lee su encíclica y con frecuencia parece escrita por un profesor asociado de sociología en cualquier universidad de segunda, dicho sea sin animo de faltar al respeto a nadie. Uno lee después el desdichado comunicado de prensa del Vaticano y parece que lo haya inspirado Leire Díez (o el cardenal Cobo). Pasamos después al discurso en el Palacio Real y nos encontramos con un eco del peor Francisco. 

Pero llega el día de las Cortes y el discurso del papa podrían haberlo firmado Juan Pablo II o Benedicto XVI. Lo mismo puede decirse de sus palabras en los diversos actos con fieles que se le han programado en Madrid y Barcelona. Y luego, frente al paripé migratorio que la Conferencia Episcopal le montó en las Canarias, cualquiera diría que León XIV había consultado antes con el cardenal Sarah, porque fue a tocar exactamente el punto más delicado, el que nadie en el mundo oficial se atreve a mencionar, que es el carácter criminal del tráfico humano y las responsabilidades de los gobiernos (también de los países de origen) en la tragedia de la inmigración masiva. Así que, a fin de cuentas, ¿quién es León XIV?

Hipótesis provisional: lo más probable es que León XIV sea León XIV, es decir, un pontífice que quiere marcar su propio camino. Lo cual no debe de resultar nada fácil en un Vaticano aún carcomido por la huella de Francisco tras la abrupta y nunca suficientemente explicada abdicación de Benedicto XVI. Aquel episodio abrió un trauma en la Iglesia; no en la Iglesia institucional que nos retratan los grandes medios, generalmente alejados de cualquier noción elemental de la fe, sino en la Iglesia real, la que se prolonga a lo largo de la historia, la de esos templos que arden en Francia y la de esos fieles que llenaron la calle en Madrid y Barcelona. De ese trauma no se va a salir componiendo caras de mucha contrición ante la inquisición mediática ni levantándose la sotana (con perdón) ante el poder político. De ese trauma sólo se saldrá reanudando el lazo, precisamente, con la cristiandad real, que es la de un pueblo que quiere seguir existiendo y que puede estar legítimamente orgulloso de la civilización que ha construido. En este sentido, por cierto, lo de la Escuela de Salamanca no era tanto una pregunta, según dijo el papa, como una respuesta.

Un especialista de la cosa pontificia confesaba el otro día en Le Figaro su sorpresa, incluso su emoción, por el aspecto de las calles de España durante la visita del papa: esa alegría, esa frescura, esa elegancia de multitudes (tan difícil de encontrar), esa franqueza en la expresión colectiva de la fe… 

Tenía razón, claro, pero sospecho que en la justa admiración del francés había también algo no confesado, aún más, algo inconfesable: la nostalgia de una Europa que aún (y de momento) es cristiana, o sea, europea, con todo lo que eso significa; algo que Francia ha dejado de ser, y tal vez de forma irreversible, pero que nosotros aún podemos salvar. 

Frente a una jerarquía entregada en buena parte a la fantasía de erigirse en brazo moral del mundo globalizado, lo que vio ese francés de Le Figaro, lo que vimos todos, fue la estampa eterna del pueblo (un pueblo concreto, arraigado en un suelo) y Dios, con el papa haciendo de puente, que por eso es «pontífice». 
Con quien hay que reconstruir puentes no es con el Islam, ni con la modernidad, ni con los ritos de los «pueblos originarios» ni con las sexualidades alternativas, sino justamente con ese pueblo. 
Ojalá podamos decir eso un día, cuando respondamos a la pregunta de quién es León XIV: el que reconstruyó el puente.

José Javier Esparza

miércoles, 17 de junio de 2026





Pensamientos de Zarish Imelda Neno

Escuché las palabras del Santo Padre sobre la Sociedad Sacerdotal de San Pío X y me centré en una frase en particular: el problema radicaría en su rechazo a algunos elementos del Concilio Vaticano II.

Como católico practicante, no niego que este sea un asunto serio. La unidad de la Iglesia es importante y nadie debería desear la división. Pero cuanto más escucho estas palabras, más surge en mí una pregunta que no puedo acallar.

Si el rechazo de algunos aspectos del Concilio Vaticano II se considera un obstáculo tan grande para la plena comunión, ¿cómo podemos entonces contemplar con tanta serenidad realidades eclesiales que ponen en tela de juicio enseñanzas aún más antiguas, definitivas y fundamentales de la fe católica?

Vivimos en una época en la que se nos presenta como interlocutores privilegiados de hombres y mujeres que apoyan el sacerdocio femenino, que reinterpretan la moral cristiana y que cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado durante dos mil años. Sin embargo, hacia ellos, el lenguaje casi siempre es de bienvenida, diálogo y escucha mutua.

Luego observo la Sociedad de San Pío X. Puede que no esté de acuerdo con todo lo que dice o hace. Puede que no esté de acuerdo con sus posturas sobre el Concilio. Pero veo sacerdotes que celebran la Misa, adoran el Santísimo Sacramento, defienden el sacerdocio católico, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Virgen María, el Rosario, la Confesión y la moral cristiana. Veo hombres que aman profundamente la tradición de la Iglesia, incluso cuando creen que algunos acontecimientos de las últimas décadas han generado confusión.

Y es aquí donde mi corazón se hace preguntas.

¿Cómo es posible que el rechazo de algunas interpretaciones o aplicaciones del Concilio Vaticano II se perciba como una herida tan grave, mientras que el rechazo de enseñanzas que preceden al Concilio por siglos parece suscitar mucha menos preocupación?

No estoy incitando a la desobediencia. No estoy atacando al Papa. Simplemente expreso la incomodidad que muchos fieles sienten en silencio.

Porque a veces parece que el mayor problema en la Iglesia no son los que cuestionan lo que la Iglesia siempre ha enseñado, sino los que insisten en recordarlo.

Pienso en tantos católicos sencillos. Personas que rezan el Rosario, que asisten a las horas de adoración, que se confiesan, que intentan vivir el Evangelio sin concesiones. Personas que ven cómo las iglesias se vacían, cómo disminuyen las vocaciones, cómo se debilita el sentido de lo sagrado. Personas que no piden revoluciones, sino claridad.

Quizás esto sea precisamente lo que causa sufrimiento a muchos creyentes hoy en día: la sensación de que la fidelidad a la tradición suele ser vista con recelo, mientras que el deseo de adaptar la fe al espíritu de los tiempos es recibido con mayor benevolencia.

Sin embargo, la Iglesia no nos pertenece. No es propiedad ni de progresistas ni de tradicionalistas. Pertenece a Cristo.

Por eso sigo rezando. Por el Papa. Por la Sociedad de San Pío X. Por todos nosotros.

Porque la verdadera comunión no surge cuando dejamos de hablar de nuestras diferencias. Surge cuando tenemos el valor de buscar la verdad juntos, sin doble moral.

Y como católico que ama profundamente a la Iglesia, confieso que lo que me duele hoy no es ver a la gente debatiendo sobre el Concilio Vaticano II. Lo que me duele es ver lo poco que nos escandalizamos cuando se cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado fielmente durante veinte siglos.

martes, 16 de junio de 2026

«No soy un cismático»: Viganò publica la carta que envió a León XIV en enero



El arzobispo Carlo Maria Viganò ha hecho pública la carta que dirigió a León XIV el pasado 25 de enero de 2026, varios meses después de denunciar la cancelación de una audiencia que, según afirmó, había sido inicialmente aprobada por el Pontífice. La publicación del documento llega después de que el antiguo nuncio apostólico en Estados Unidos relatara los acontecimientos relacionados con aquella solicitud de encuentro y criticara la decisión de no recibirle en el Vaticano.
En el texto, Viganò repasa su trayectoria al servicio de la Santa Sede, cuestiona la legitimidad de la excomunión que le fue impuesta, reitera sus críticas al pontificado de Francisco y al Concilio Vaticano II, y solicita a León XIV una revisión de su situación canónica. El prelado sostiene que sus posiciones no constituyen un acto de cisma y pide al Papa que examine los argumentos doctrinales y eclesiales que expone en la misiva.
A continuación reproducimos íntegramente la carta publicada por Mons. Carlo Maria Viganò:

Santidad,

Con esta carta deseo poner bajo su consideración los acontecimientos más importantes de mi vida personal y ministerial, con el fin de permitirle conocerme y situar las intenciones que me animan.

Nací el 16 de enero de 1941 en Varese, en el seno de una familia profundamente católica gracias a la cual pude crecer en la práctica diaria de la fe, recibir una sólida educación superior y madurar la vocación al sacerdocio. Fui ordenado sacerdote el 24 de marzo de 1968 y, después de un breve período de ministerio parroquial en Pavía, fui invitado por el entonces Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Benelli, a ingresar en la Pontificia Academia Eclesiástica, donde fui admitido en octubre de 1971.

He servido a cinco Pontífices: en las Nunciaturas de Bagdad, Kuwait y Londres; luego, desde enero de 1978, en la Secretaría de Estado durante más de diez años como secretario de tres sustitutos; finalmente, como Observador Permanente ante el Consejo de Europa y el Parlamento Europeo en Estrasburgo (1988-1992). Después de mi consagración episcopal, recibida de manos de Juan Pablo II, fui enviado a Nigeria como Nuncio Apostólico (1992-1998), para luego ser llamado a la Secretaría de Estado con el cargo de Delegado para las Representaciones Pontificias (1998-2009). En 2009, el Papa Benedicto XVI me nombró Secretario General del Gobernación y, en 2011, Nuncio Apostólico en los Estados Unidos de América, cargo que ejercí hasta 2016.

Fue en calidad de Delegado para las Representaciones Pontificias que me encontré tratando los procesos informativos para las promociones al Episcopado —tanto en la Curia como en las nunciaturas— y los casos más reservados y delicados referentes a obispos y cardenales, entre los cuales se contaba el dossier de Theodore McCarrick y de otros prelados homosexuales. Mi acción en este ámbito me valió la remoción de la Secretaría de Estado y mi traslado al Gobernación como Secretario General, donde el Papa Benedicto me encomendó combatir la mala gestión y la amplia red de corrupción financiera. Incluso en ese caso, a pesar de que había llevado el balance del Gobernación, en el transcurso de un año y medio, de un déficit de 15 millones de euros a un beneficio de 35 millones, y a pesar de que el Papa quería promoverme a la Presidencia del Pontificio Consejo para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, fui apartado de la Curia Romana y enviado a Washington como Nuncio Apostólico. Mi acción molestaba a personas en ese momento muy poderosas y capaces de prevalecer sobre la voluntad del Papa Benedicto.

En 2016, al cumplir exactamente los setenta y cinco años, Bergoglio me ordenó dejar la Nunciatura de Washington y me prohibió regresar al Vaticano, donde Juan Pablo II me había asignado permanentemente un apartamento. Asimismo, me prohibió residir en la residencia romana de los nuncios jubilados, especialmente dispuesta por el Papa Benedicto. Antes de morir, Bergoglio también me hizo revocar la ciudadanía vaticana y el pasaporte; me impidió disfrutar de la asistencia sanitaria proporcionada a los miembros del Servicio Diplomático, a pesar de que siempre he pagado regularmente las contribuciones. Bergoglio ordenó la baja de mi vehículo del Registro de Vehículos Vaticanos e impidió la renovación del permiso de conducir vaticano del que había disfrutado ininterrumpidamente desde 1973, causándome graves inconvenientes y condenándome, de hecho, a arresto domiciliario.

Después de haber hecho público en agosto de 2018 el impactante memorial sobre Theodore McCarrick y sobre la extensa red de corrupción y complicidad dentro de la Curia Romana —en la que estaba directamente involucrado el mismo Jorge Mario Bergoglio—, viví durante algunos años en lugares secretos, tal como me aconsejó el Cardenal Raymond Leo Burke. Esto se dispuso en consideración a las amenazas recibidas y al hecho de que mi inmediato predecesor en Washington, el Nuncio Pietro Sambi, había encontrado la muerte en circunstancias muy sospechosas, después de haber tenido duras confrontaciones con el entonces cardenal McCarrick al informarle las medidas tomadas por Benedicto XVI para contrarrestar sus crímenes como abusador serial.

La corrupción, los chantajes, los engaños y las traiciones con los que me he tenido que enfrentar me han llevado a cuestionarme sobre los orígenes profundos del estado desastroso en que se encuentra la Iglesia Católica.

Al volver con la memoria a los años de mi formación en la Universidad Lateranense (1960-1964) y en la Gregoriana (1965-1969), tuve que reconocer que, aun antes de la conclusión del Concilio Vaticano II, la orientación ideológica de todo el cursus studiorum —y del cuerpo docente— ya estaba marcada por las nuevas enseñanzas conciliares, aunque todavía no hubieran sido aprobadas. Recuerdo bien cómo en los seminarios romanos la disciplina clerical cedió al anarquismo en todos los frentes, y cómo eran los mismos superiores quienes alentaban la participación de los clérigos en las conferencias de los «nuevos teólogos»: me refiero a aquellos que, hasta pocos años antes, eran vistos con justificada sospecha por el Santo Oficio, como Küng, Ratzinger, Rahner, Schillebeeckx, Congar y, con ellos, ese submundo de modernistas que poco después infestaría las cátedras de los ateneos y los puestos de responsabilidad en el Vaticano y en las diócesis. Y como siempre ha ocurrido con todas las operaciones subversivas, el clima de cambio general, de reformas continuas y de enormes mutaciones fue creado artificialmente desde arriba.

Desde mi lugar privilegiado de observación como secretario del Sustituto, he sido testigo de la hemorragia de miles de vocaciones sacerdotales y religiosas, mientras que aquellos sacerdotes que no querían seguir el nuevo curso conciliar ni abandonar la Liturgia Tridentina eran objeto de ostracismo, tratados como herejes, excomulgados o suspendidos a divinis, privados de su salario o dejados morir en la soledad.

Releyendo esos eventos y esas reformas con la mirada desencantada de hoy y con la experiencia derivada de otros hechos similares —entre ellos, la gestión del Sínodo sobre la Familia que condujo a Amoris Lætitia y, sobre todo, la revolución sinodal en curso—, no me ha sido posible no ver en todo ello una mente que ya había predispuesto la acción subversiva que poco después mostraría sus efectos más demoledores.

La revolución conciliar siguió un guion muy preciso bajo una única dirección. Todo debía parecer perfectamente legal y conforme a la práctica ordinaria de la Iglesia: cada documento promulgado debía permitir una interpretación ortodoxa para tranquilizar a los Padres conciliares, y una interpretación herética para hacerla estallar posteriormente. Esos documentos revelan los verdaderos objetivos de quienes utilizaron dolosamente un Concilio para imponer errores doctrinales, morales y litúrgicos ya condenados por los Romanos Pontífices.

Durante los largos años de mi ministerio al servicio de la Sede Apostólica, la obediencia incondicional a los Pontífices y el haber estado totalmente absorbido por las tareas que se me confiaban no me permitieron comprender la revolución en curso. ¿Cómo podría haber imaginado la subversión y la traición que se estaban consumando? ¿Cómo podría haber creído que la suprema Autoridad de la Iglesia y todo el Episcopado podrían haberse convertido en cómplices de los enemigos más insidiosos de Cristo, a quienes San Pío X había identificado en los modernistas?

La «jubilación» ocurrida en 2016 me permitió dedicar oración, estudio y meditación a estos graves problemas. Así he adquirido la conciencia de que el Concilio Vaticano II, aun manteniendo las características de un Concilio Ecuménico, fue deseado con la intención de ser utilizado para revolucionar todo el edificio eclesial y subvertirlo en cada uno de sus componentes: en la doctrina, en la liturgia, en la disciplina, en las normas canónicas y, especialmente, en su constitución jerárquica. Fueron los mismos artífices del Vaticano II quienes lo definieron como «el 1789 de la Iglesia» y consideraron este su experimento subversivo como el Concilio por antonomasia, demostrando así su heterogeneidad respecto a todos los demás concilios y a la perenne Tradición de la Iglesia.

Tanto Jorge Bergoglio como los papas del postconcilio han reivindicado orgullosamente su continuidad ideológica con el Vaticano II para ejecutar y legitimar cada una de sus «reformas». Significativamente, todo el corpus magisterial postconciliar establece un nuevo paradigma sancionado por el Concilio. Sus doctrinas fluidas —en continua evolución, como lo está la síntesis hegeliana que subyace a ellas— están en evidente ruptura con el Magisterio bimilenario de la Iglesia anterior al Vaticano II.

El Concilio ha favorecido y contribuido a la descristianización de Occidente y a la instauración, en la esfera civil, de un nuevo orden conforme a los planes de la Masonería. Son bien conocidos los planes de las logias y conocemos los medios que se habrían adoptado para alcanzar los objetivos propuestos: se trataba de infiltrar la Iglesia Católica y atacarla desde dentro.

La discusión sobre el Vaticano II y el golpe en la Iglesia me han llevado a redescubrir, en tiempos relativamente recientes, el Rito Tradicional. El abandono de la misa montiniana marcó una nueva etapa de mi ministerio episcopal. Junto con la misa tridentina (que fue la de mi ordenación sacerdotal), descubrí un universo sumergido de sacerdotes, religiosos y seminaristas perseguidos y marginados. Consideré mi deber apostólico escuchar su grito de ayuda, ofreciéndoles una respuesta que devolviera una confianza renovada hacia esa Iglesia por la que se sentían traicionados y expulsados.

Esto me llevó a instaurar la Fundación Exsurge Domine, haciendo todo lo necesario para garantizar los medios de subsistencia —espirituales y materiales— y una identidad eclesial auténticamente católica a quienes, por su fidelidad a la Tradición, han sido injustamente afectados por el terror bergogliano. Entre ellos se encuentran los miembros de la Fraternidad Sacerdotal Familia Christi, nacida y reconocida primero en el ámbito de Ecclesia Dei, y luego brutalmente destruida y cancelada. Sus miembros han sido víctimas de una terrible persecución —que usted no puede ignorar— por parte del actual arzobispo de Ferrara, Gian Carlo Perego, y de la misma Santa Sede. A estos clérigos, que se dirigieron a mí después de haber sido abandonados a sí mismos sin sustento, y a los candidatos al sacerdocio que se han unido a ellos, les estoy asegurando mi cuidado paternal.

Mi denuncia de la apostasía de la iglesia conciliar y sinodal y de su ruptura con la Tradición, junto con las dudas fundamentadas sobre la legitimidad del «pontificado» de Bergoglio —que en conciencia he enfrentado con la convicción de cumplir con el mandato de sucesor de los Apóstoles—, me han valido una excomunión injusta, ilegítima e ideológicamente motivada. Esta sanción canónica, aunque la considere nula, conlleva graves repercusiones eclesiales, institucionales y personales que me entristecen profundamente, y que resultan chirriantes si se comparan con la impunidad de la que gozan cardenales, obispos y sacerdotes notoriamente heréticos y corruptos.

Entre estos no puedo dejar de mencionar a Eleuterio Vásquez Gonzales, conocido en Chiclayo como «padre Lute», acusado de haber abusado sexualmente de algunas jóvenes víctimas. La Santa Sede ha concedido recientemente al «padre Lute» la dimisión del estado clerical sin un proceso canónico regular, dejándolo de hecho impune; mientras tanto, el abogado canonista de las víctimas, Mons. Ricardo Coronado Arrascue, fue apartado de sus funciones legales, reducido al estado laical e investigado por acusaciones difamatorias. La historia me fue documentada y detalladamente expuesta por el mismo Mons. Coronado. Este caso repite el mismo modus operandi de Bergoglio ya adoptado con McCarrick y revela una aberrante administración de la justicia por parte de la Santa Sede.

¡Frente a la excomunión que se me ha impuesto ilegítimamente, reivindico no ser un cismático! Por gracia de Dios, soy y seré un devoto hijo de la Santa Iglesia Romana y un fiel súbdito del Pontificado Romano. Creo firmemente en la Comunión Apostólica y reconozco el Primado Petrino. Reconozco igualmente la necesidad de pertenecer no solo al Cuerpo Místico invisible, sino también al cuerpo eclesial institucional y visible. Junto conmigo, en el banquillo de los acusados del ex-Santo Oficio, han sido llamados todos los Papas de la historia hasta Pío XII.

Me he preguntado varias veces la razón de la persecución que debo enfrentar en la fase final de mi vida terrenal, y si mi convicción de actuar correctamente y según la voluntad de Dios pudo haber sido errónea. Pero, por mucho que trate de examinar mis acciones, como si me encontrara ante Cristo Juez en el momento del tránsito, no encuentro nada moralmente incorrecto. Mis acusadores se limitaron a dar curso a una sentencia ya escrita, con el fin de excluir mediante un expediente «canónico» a quien había denunciado la infidelidad de la jerarquía católica, proclamando la Verdad sin mordazas. Una voz —la mía— que no podía ser silenciada simplemente porque nadie jamás pudo corromperme ni extorsionarme.
Los oficiales del ex-Santo Oficio no han sido capaces de refutar ni uno solo de los argumentos que he expuesto. Les bastó que yo me atreviera a criticar el Vaticano II y a Jorge Mario Bergoglio para condenarme a la excomunión por el delito de cisma, precisamente cuando es mi amor por el Papado y por el Magisterio permanente de la Iglesia lo que me expone a este despiadado ataque por parte del Vaticano
Nunca he tenido la intención de separarme de la Comunión Apostólica, ni de desobedecer al Vicario de Cristo, ni de fundar una «iglesia paralela», como algunos me han acusado de querer hacer. Creo, al contrario, que no podría haber servido mejor al Papado y a la Santa Iglesia sino hablando y actuando como lo hice, enfrentando los sufrimientos que de ello se derivaron en un espíritu de unión con los padecimientos del Divino Redentor.

Me dirijo a usted como arzobispo anciano, por amor a Nuestro Señor y en fidelidad a la Santa Iglesia. Me dirijo a usted para expresarle el tormento de ver a la Iglesia Católica eclipsada y desfigurada por quienes la ocupan y detentan el poder.
No logro entender cómo, después de la desastrosa experiencia de Jorge Bergoglio, usted no solo no quiera condenar sus errores y escándalos, sino que no pierda ocasión para reafirmar su total continuidad con ellos, en nombre de una «iglesia sinodal» que adultera la estructura jerárquica y la naturaleza monárquica que Nuestro Señor quiso dar a su Iglesia, y destruye todo su edificio doctrinal.
Clamo a otro León, al gran Papa Vincenzo Gioacchino Pecci, en la paradójica situación de saber que él encontraría mis palabras compartibles y merecedoras de elogio, mientras que la iglesia bergogliana las ha juzgado dignas de un cismático. ¿Qué ha ocurrido en la Iglesia Católica en el transcurso de algunas décadas para que yo me encuentre condenado, y conmigo todos los papas preconciliares? Quomodo facta es meretrix civitas fidelis? (Is 1, 21).

La fe que profeso, la misa tridentina que celebro, los concilios y los actos magisteriales que acojo, la Profesión de Fe Tridentina y el juramento antimodernista que tantas veces he repetido son comunes a toda la Iglesia y me unen a ella. De esta Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, inmutable en la doctrina y en la moral, me llamo hijo y siervo devoto. De ese Papado, igualmente inmutable, que es el Papado Romano al que soy obediente, pues en la voz del Vicario resuena la Verdad del Buen Pastor que da la vida por las ovejas (Jn 10, 11).

La autoridad de las Santas Llaves debe abrir las puertas de la Jerusalén celestial a los justos y excluir de ellas a los réprobos, no al contrario. Esta autoridad emana de Nuestro Señor (Rm 13, 1) y es vicaria de su autoridad. No es posible que se utilice para legitimar lo que Él condena, ni mucho menos para condenar lo que Él ha ordenado. Por esto, no puedo obedecer a quien, constituido en autoridad, se niega a estar a su vez sometido y obediente a la suma Autoridad de Dios.

Pienso en las palabras de San Pablo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál 1, 8). ¿De qué Iglesia estoy separado? ¿Y qué autoridad me condena? ¿La del Vicario de Cristo o la de quien predica un evangelio diferente del recibido de Nuestro Señor?

Dejo en sus manos esta carta para que usted conozca las razones de mis posiciones y de mi acción, con la esperanza de poder impulsarle a un profundo examen de conciencia y a una conversión del corazón, de la mente y de la voluntad, tan necesaria como inaplazable, recordando las palabras de Nuestro Señor: «Simón, Simón, Satanás os ha buscado para zarandearos como el trigo; pero yo he pedido por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32).
Le pido que ejerza su suprema autoridad para confirmar a los hermanos en la fe. Le pido que me confirme en la fe: hágalo, por favor. O dígame dónde estoy equivocado y en qué contradigo el Depositum Fidei que usted debe custodiar y sobre el cual se basa la unidad católica. Es sobre la profesión de la verdadera fe que debo ser juzgado: dígame entonces en qué contradigo la fe católica y me enmendaré.
Sin embargo, no hay argumentos que legitimen mi excomunión: me ha sido impuesta ilegalmente para destruir mi persona y mi acción en defensa de la Verdad Católica; una sanción motivada, no en última instancia, por el odio implacable de Jorge Mario Bergoglio hacia mí. Una injusticia que exige reparación por el gravísimo daño causado a mi persona y a la causa de la Santa Iglesia Romana.

Confío en que usted querrá concederme una audiencia, después de la cancelación de la que me había sido otorgada para el pasado 11 de diciembre. Podré entonces comunicarle en persona algunas cuestiones de la máxima importancia relativas a mi ministerio apostólico y a la necesidad de asegurarle continuidad y futuro.

Desde ahora, reitero la intención incondicional de cumplir con toda obligación que se me imponga como sucesor de los Apóstoles,

In Christo Rege,

+ Carlo Maria Viganò
Arzobispo titular de Ulpiana, Nuncio Apostólico

Viterbo, 25 de Enero 2026

In Conversione S. Pauli Apostoli

Sin licencia ni proyecto técnico: la Justicia frena las obras en el Valle de los Caídos


Las obras comenzaron durante la visita de León XIV a España


El Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) ha ordenado la suspensión cautelar de los trabajos de perforación iniciados en el conjunto monumental de la Santa Cruz del Valle de los Caídos al constatar que no consta licencia urbanística ni proyecto técnico para su ejecución.

La medida responde a un recurso contencioso-administrativo presentado por la Asociación por la Reconciliación y la Verdad Histórica (ARVH) contra una presunta vía de hecho de la Secretaría General de Agenda Urbana, Vivienda y Arquitectura, del Ministerio de Vivienda, por haber iniciado las perforaciones sin las autorizaciones preceptivas.

Un bien protegido sin licencia

La Sala de lo Contencioso-Administrativo, Sección Sexta, fundamenta su decisión en que el conjunto «goza de la máxima protección, por ser elementos catalogados y Bien de Interés Cultural (BIC)», y en que «no consta que ante el Ayuntamiento se haya presentado actuación comunicada o solicitud de licencia, con aportación del correspondiente proyecto firmado por arquitecto». Tampoco, añade el tribunal, se ha recibido información de que la Comunidad de Madrid o el propio Ministerio hayan dictado resolución alguna autorizando la ejecución de los trabajos.

El TSJM considera que «es necesario evitar que puedan acometerse trabajos que no hayan obtenido, presuntamente, las preceptivas autorizaciones sectoriales, a fin de controlar su alcance y modo de ejecución», y subraya que la medida cautelar no causa perjuicio a los intereses generales, puesto que deberá ser «ratificada, alzada o modificada en un breve plazo». El tribunal concede al Abogado del Estado tres días para presentar alegaciones.

Obras coincidentes con la visita papal

Las perforaciones, enmarcadas en el proyecto de «resignificación» del entorno de la Cruz, comenzaron el 8 de junio, la misma jornada en que León XIV se dirigía a las Cortes en el Congreso de los Diputados durante su viaje apostólico a España. Al día siguiente, la maquinaria amaneció vandalizada con pintadas como «El valle no se toca», «Viva España» e insultos al presidente del Gobierno, lo que obligó a detener los trabajos de facto. El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, confirmó el ataque y aseguró que el Valle «será un lugar de memoria democrática donde prime la verdad, la justicia y la reparación».

Riesgo de daño irreparable

La ARVH alegó en su recurso que las perforaciones «no constituyen una cata menor de carácter diagnóstico o reversible, sino una alteración física grave y destructiva que afecta mecánicamente a testigos del pavimento original catalogado y al subsuelo del entorno protegido». Según la asociación, los trabajos conllevan «un riesgo evidente de alteración tectónica, humedades o afección a la seguridad estructural» si se realizan sin control. Argumentó igualmente que, de no acordarse la suspensión, se consumaría una actuación «con indicios de ilegalidad» que podría provocar «daños y perjuicios de imposible reparación».

El tribunal, tras ponderar los intereses en conflicto, la urgencia (periculum in mora), la apariencia de buen derecho (fumus boni iuris) y la irreparabilidad del posible daño, ha estimado procedente la adopción de las medidas cautelares solicitadas.

sábado, 13 de junio de 2026

León XIV reivindica los principios innegociables de Benedicto XVI en su viaje a España | Santiago M.




DURACIÓN 19:37 MINUTOS

Magníficas Humanitas: una oportunidad perdida

 




Tenía muchas ganas de apreciar la nueva encíclica del Papa. Quería leer una enseñanza de la Iglesia que iluminara mi entendimiento y me recordara por qué jamás podría ser otra cosa que católico. Quería un documento que tuviera confianza en la verdad, en su enseñanza y en la Institución fundada para proclamar ambas. Esa encíclica no cumple con ese propósito. O al menos, no del todo.

Les ahorraré todos los preámbulos e invectivas que se escuchan en estas situaciones. Sí, el documento contiene algunas ideas verdaderamente válidas. También encontré muy útil el resumen de la doctrina social de la Iglesia. Las 35.000 palabras restantes son un tanto irregulares.

Lo cual me lleva a mi primera observación: el documento es demasiado largo. Demasiado largo. Tan largo que no estoy seguro de que todos los que comentaron lo hayan leído completo. Lo que significa que muchos de los que se apresuraron a opinar probablemente no lo analizaron lo suficiente.

Primera enseñanza de un Papa "nuevo"

La encíclica Magnifica Humanitas (MH) del Papa León XIII era muy esperada, tanto por lo que revelaría sobre nuestro (relativamente) nuevo Pontífice como por lo que diría sobre la inteligencia artificial. Un documento sobre este tema es oportuno y, por lo tanto, bienvenido. Un documento escrito por este Papa era absolutamente necesario. ¿Nos encontraríamos ante la misma confusión y agitación que caracterizaron el pontificado anterior, o habría una mano más firme al timón de la Barca de San Pedro? Las apuestas estaban abiertas. Tras leer esta encíclica, tengo la suficiente confianza para afirmar que, por ahora, navegamos en aguas más tranquilas.

También creo que esta encíclica revela que tenemos un Papa que reza y cuyas oraciones influyen profundamente en su pensamiento. Su meditación sobre la inteligencia artificial como una potencial nueva Torre de Babel, que debe contrastarse con el espíritu que reconstruyó las murallas de Jerusalén, es verdaderamente enriquecedora. Hay más de una expresión realmente esclarecedora en esta meditación. Lo que me decepciona un poco es que las consecuencias de esta meditación quedan, por así decirlo, sin respuesta. Permítanme explicarme.

Problemas de la IA

No cabe duda de que el avance de la inteligencia artificial genera mucha ansiedad. Y parte de esta ansiedad proviene de quienes la inventaron. Diariamente oímos hablar de trastornos de gran alcance, pérdidas masivas de empleos e intrusiones en la vida privada de la gente común. Es innegable que el mundo considera la IA un asunto de gran importancia. Solo el tiempo dirá cuán significativa será realmente.

Una de las premisas de MH es que la inteligencia artificial representará una revolución disruptiva. Todas las nuevas tecnologías, desde el microchip hasta la máquina de vapor, han sido disruptivas. Pero también han propiciado avances importantes, aunque estos avances tienen un costo. El problema es que quienes generalmente disfrutan de los beneficios no siempre son quienes los pagan. Por eso, me resulta fácil hablar con entusiasmo de la máquina de vapor porque nunca perdí mi trabajo fabricando carruajes tirados por caballos. No quiero restarle importancia al precio que otros tienen que pagar. Es probable que la inteligencia artificial traiga muchos beneficios, pero estos tendrán un precio. Como cristianos, no deberíamos ser indiferentes a este hecho.

Sin embargo, los temores en torno a la inteligencia artificial se basan en predicciones. Por ejemplo, existe la preocupación de que la velocidad del cambio que traerá supere nuestra capacidad para absorber a quienes serán reemplazados. Algunos señalan la probabilidad de que los vehículos autónomos estén plenamente operativos para finales de la década. El sector del transporte mundial emplea aproximadamente al 30% de la población masculina. La posibilidad de que tantos hombres se encuentren desempleados tan rápidamente, sin tiempo para reubicarlos en otros sectores, es potencialmente muy perjudicial.

Una oportunidad perdida

La oportunidad perdida en la encíclica es que en el centro de nuestra incertidumbre reside una profunda sospecha: simplemente no confiamos en nosotros mismos. Y ciertamente no confiamos en quienes están en el poder. Tenemos amplia evidencia, tanto empírica como anecdótica, que respalda esta sospecha. Siempre que el poder se concentra, se manipula: las pandemias, las crisis financieras mundiales y los problemas en la cadena de suministro son formas de decir "confíen en nosotros". Y no confiamos en "confíen en ustedes".

La antigua sabiduría de la Iglesia enseña algo muy específico: confía en el mundo solo en la medida en que refleje y corresponda al orden de Dios. De lo contrario, confía únicamente en Dios y su gracia. El pecado personal y el pecado original enturbian las aguas. Y hemos hecho todo lo posible por fingir que el pecado no existe. Y los hijos de la Iglesia han hecho todo lo posible por ayudarnos a olvidarlo. ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste un sermón serio sobre el pecado y sus consecuencias eternas?

Todas las instituciones no son más que grupos de personas. Y todas las personas son pecadoras. La diferencia no radica en el grupo de personas en quienes más confiamos, sino en manos de quién se encomienda cada grupo. ¿Se encomiendan a la gracia de Dios porque reconocen su propio pecado, o simplemente confían en lo que está de moda en ese momento? Y es aquí donde comienza a manifestarse mi decepción con la encíclica.

Nueva esperanza/Mismo problema:

El catolicismo contemporáneo, en las últimas dos o tres generaciones, ha mostrado una fe sorprendentemente ingenua en la modernidad. En los años de la posguerra y durante el Concilio Vaticano II, imagino que hubo una palpable sensación de alivio. La guerra había terminado, los inventos modernos, gracias a la tecnología militar, llegaban a los hogares, facilitando la vida de todos. La medicina moderna progresaba y las comunicaciones mejoraban. Por supuesto, la amenaza del bloque comunista y la guerra nuclear se cernía sobre nosotros; pero el conocimiento, la educación y el transporte avanzaban rápidamente y mejoraban la vida de las personas.

La Iglesia se encontró ante una situación que nunca antes había visto y, en mi opinión, para la que no estaba preparada culturalmente: el éxito. La Iglesia poseía una teología sofisticada del sufrimiento y el sacrificio, pero nunca había experimentado una prosperidad masiva. A lo largo de la historia, un grupo selecto siempre ha prosperado —ya saben, los príncipes de las naciones ejercen su dominio sobre ellos, y los poderosos ejercen su autoridad sobre ellos—, pero nunca poblaciones enteras habían crecido tan rápidamente. El hombre promedio en los tiempos modernos vive, come y disfruta de una vida que ni siquiera el faraón, en toda su gloria, podría haber soñado.

En este contexto, el mensaje de consuelo de la Iglesia en el sufrimiento parecía no solo viejo y obsoleto, sino simplemente erróneo. O, al menos, inútil. Nos dirigíamos hacia un mundo de prosperidad ilimitada para todos, sin un final aparente a la vista. Siempre y cuando no nos destruyéramos en el proceso. ¿Cómo habría sonado un mensaje de esperanza para la gente próspera de Occidente? ¿Cómo se puede predicar un Evangelio del sufrimiento cuando todos prosperan? Estábamos dispuestos a consolarlos en su angustia. Pero ¿qué les diremos cuando tengan éxito?

Un programa de errores.

Y así, creo que los hijos de la Iglesia han cometido un error espiritual, doctrinal y cultural. No creíamos que nuestra teología tuviera suficiente que decir sobre el mundo moderno, así que comenzamos a inventar una nueva que sí lo tuviera. Dejamos de hablar del pecado —esa vieja cuestión— y comenzamos a hablar de lo maravillosos que éramos. Cada sermón desde el púlpito se centraba en cuánto te amaba Dios y cuán maravilloso debías ser si un Dios tan amoroso te amaba infinitamente. Con el tiempo, comenzamos a creer que Dios era verdaderamente un Dios bendito por haber creado criaturas como nosotros. Así que comenzamos a cantar himnos con la voz de Dios durante la Misa —Yo, Señor del Mar y del Cielo— en lugar de cantar partes de la Misa como recordatorio de la realidad del pecado y el sacrificio propiciatorio —Miserere mei Domine—.

Y nuestro error se magnificó. No solo nos creíamos maravillosos, sino que empezamos a pensar que todo lo que hacíamos también lo era. Los hijos de la Iglesia empezaron a enseñar que la Iglesia debía estar abierta al mundo y dialogar con la modernidad. Pero no en el sentido de que tuviéramos que encontrar una manera de hablarle al mundo. No, nosotros —o mejor dicho, ustedes— debíamos ser humildes. El mundo tenía mucho que enseñarnos, si tan solo estuviéramos dispuestos a escuchar. Y así, después de unos cientos de millones de abortos, incontables vocaciones religiosas perdidas y matrimonios fracasados, ya no dialogábamos con el mundo; nos habíamos convertido en sus discípulos. No solo tiramos al bebé con el agua del baño; lo tiramos todo y nos mudamos con los vecinos.

La Iglesia redescubrió su recién encontrado optimismo y su confianza en la modernidad y sus intuiciones. Los gobiernos podían regularnos para alejarnos del pecado y organizarnos hacia la virtud. Era legítimo amar al mundo, porque Dios lo había amado mucho... pero el Señor no lo había amado tanto. Y lo olvidamos. Y nunca nos recuperamos de ese optimismo.

Entonces, ¿qué pasa con MH?

Y aquí es donde creo que MH representó una oportunidad perdida. Sus limitaciones son las limitaciones de un catolicismo contemporáneo que aún intenta recuperarse de su fe incurable en la modernidad. La confianza de la Iglesia moderna en las instituciones liberales y su capacidad para sacarnos de los problemas en los que nos hemos metido con nuestros pecados es un callejón sin salida. Sé que esto es terriblemente impopular, pero el Señor no resucitó en la cruz para tener una mejor visión del mundo. Murió en la cruz para liberarnos del caos que hemos creado.

Y ese caos es el pecado. Por eso sostengo que la Iglesia moderna no puede volver al buen camino. El cristianismo no es una religión de este mundo, aunque sea una religión en este mundo. Y el corazón de nuestra religión es la resistencia. Resistir la decadencia del pecado personal y resistir el lento declive del pecado original. Pero la resistencia exige esfuerzo, y nos hemos acostumbrado a las comodidades que nos ha brindado la modernidad, hasta que esta hace un descubrimiento que nos amenaza. Creo que sufrimos cierta culpa por habernos comprometido hasta el punto de la pereza, y nos inquieta que algo esté a punto de corregirnos. La inteligencia artificial, creo, ocupa un lugar destacado en nuestro imaginario colectivo como destructora de mundos porque sabemos que nos hemos vuelto perezosos en nuestra lucha. Tememos ser abrumados por aquello a lo que no nos resistiremos.

Y es aquí donde, en mi opinión, la encíclica debería haber profundizado más. Debería haber reflexionado sobre las causas profundas de nuestro miedo. El Papa León XIV afirmó con razón que la inteligencia artificial jamás reemplazará a la inteligencia humana. ¿Pero por qué? Es fácil decirlo, pero ¿cuál es el argumento que sustenta esta tesis y que el mundo necesita escuchar? La encíclica menciona la palabra «alma» solo tres veces, y una de ellas es una cita del Magnificat. Sí, la inteligencia artificial podría alcanzar un nivel de reproducción sintética indistinguible de la inteligencia humana para la persona promedio, pero nunca tendrá una vida interior. Nunca será una sustancia espiritual. 

Un documento que aborda la cuestión de nuestra humanidad y cuestiona la premisa del transhumanismo sin una reflexión profunda sobre el alma es una oportunidad perdida.

En su lugar, tenemos llamados a la regulación gubernamental y a la supervisión de las Naciones Unidas. Estas medidas no contribuirán mucho a aliviar nuestra culpa ni a inspirarnos a la virtud. El cristianismo no es una religión que se extienda de lo personal a lo público a través de la política. El cristianismo se extiende del ámbito personal al público a través de la cultura, mediante las ideas que atesora y los hábitos que estas ideas moldean. El Evangelio es un vehículo perfecto para alcanzar la santidad; resulta ser una pésima política pública cuando no forma parte de la cultura. Poner la otra mejilla es mi obligación personal como cristiano, pero hace que las fuerzas del orden sean muy ineficaces. Personalmente, estoy llamado a dar mi vida, pero ningún gobierno debería permitir que su país sea crucificado.

Hasta que no redescubramos la resistencia que está en el corazón de nuestra religión, nunca crearemos una cultura capaz de abrazar el Evangelio y convertirlo en una forma de vida para las personas, las naciones y sus instituciones. El cristianismo se difunde a través de la cultura, no a través de las regulaciones de las Naciones Unidas.

Pero imagino que el Papa León XIV estaría de acuerdo con todo esto: el alma, el pecado y nuestra necesidad de arrepentimiento. Mi oración es que encuentre la oportunidad (y el documento) para decirlo.

Padre Mateo Salomón

miércoles, 10 de junio de 2026

«Magnifica humanitas»: luces y sombras en la Encíclica inaugural de León XIV




Finalmente, el pasado 25 de mayo la Santa Sede dio a conocer la esperada primera Carta Encíclica de León XIV: Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El tema estuvo presente en la preocupación del Santo Padre desde el inicio de su Pontificado. De hecho, la misma adopción del nombre respondió a esta inquietud: así como León XIII afrontó en el siglo XIX la cuestión social en Rerum novarum, ahora se hace necesario, a ejemplo de aquel gran Pontífice, hacerse cargo de las novedades del siglo XXI centradas fundamentalmente en el grave problema que representan las nuevas tecnologías, en especial la llamada inteligencia artificial.

El desafío que supone este artefacto -cuya aparición se inscribe en el contexto más amplio de una cultura dominada por una suerte de imperialismo de la ratio technica – es uno de los grandes temas de este tiempo. Nada podía ser, pues, más oportuno y necesario que una directa intervención del Magisterio capaz de iluminar con la luz del Evangelio y la doctrina perenne de la Iglesia tan ardua y difícil cuestión.

Sin embargo, una atenta lectura del documento, hecha con espíritu filial y una sincera disposición a un obsequioso asentimiento al magisterio ordinario tal como lo pide la Iglesia, no puede dejar de advertir que en este texto aparecen destellos de luz que se recortan en un fondo de sombras. Lejos de nuestra intención cuestionar la autoridad del Papa: pero precisamente la fidelidad a la Iglesia, a su constante enseñanza y al mismo Papado nos obliga, en conciencia, a una respetuosa recepción crítica que procuraremos exponer del mejor modo posible.

[Haremos hincapié en la segunda, la relativa a las sombras]

I. Dos imágenes bíblicas: dos actitudes del hombre

(...) La propuesta del Papa es reconstruir la ciudad humana, sin renegar de la técnica, pero bajo la mirada de Dios. “Babel -concluye- revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”1.

No es difícil advertir en este proemio la idea de las dos ciudades enfrentadas hasta el fin de los tiempos, entrevistas por el genio de Hipona. De hecho, más adelante la referencia a esta magna visión agustiniana de la historia se hace explícita2.

II. La reflexión sobre la técnica. El fenómeno de la tecnociencia.

1. El corazón de la Encíclica es una reflexión sobre la técnica en su relación con la dignidad de la persona humana en la que se manifiesta la presencia de esa “humanidad magnífica” creada por Dios y esclarecida en el misterio del Verbo encarnado: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”3. (...)

De esta manera recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia hunde sus raíces en el Evangelio y en la Tradición; no es un invento humano, sino que se funda en el Dios Uno y Trino y en el hombre creado a su imagen, imagen en la que reside la única razón de su eminente dignidad y de los derechos que de ella derivan (...). Inspirado en Rerum novarum el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. (...) Tales fundamentos y principios debidamente ordenados guían y estructuran toda la exposición acerca del tema de la técnica con especial énfasis en la llamada “inteligencia artificial”. Así, 

2. En realidad, el tema de la técnica no es de ahora.  inspirado en Rerum novarum, tal como adelantamos, el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. Loa avances de la técnica, de una vertiginosa velocidad, no solo inciden en nuestros hábitos o en los nuevos modos de relación impuestos principalmente por la virtualidad sino, sobre todo, en el sentido mismo de nuestra existencia; el homo thecnicus al que aludíamos, resulta así un hombre descentrado, alienado de sí mismo, agitado, incapaz del silencio y de una genuina vida interior: tal la mutación antropológica que tan certeramente señalara Benedicto XVI1.

En este contexto que acabamos de reseñar, se comprende que cada nueva adquisición de la técnica se acompañe de una creciente preocupación. Esto es lo que ocurre en estos días con la inteligencia artificial, el último producto tecnológico que está literalmente revolucionando el mundo; es aquí, pues, donde encaja la Encíclica que tenemos a la vista.

III. La dignidad de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.

Las reflexiones de León XIV tienen, como ya se dijo, una marcada impostación personalista que estructura todo el documento. El Papa destaca el costado ambiguo de la técnica y la dificultad de evaluar, en las presentes circunstancias, su impacto sobre la dignidad de la persona y la vida social orientada al bien común como a su fin propio. Es justamente en esta doble dirección, individual y social, en la que el texto pontificio se va desplegando, profundizando cada uno de estos dos aspectos (...)

Pero el Papa no se limita a una mera crítica. Avanza en propuestas concretas dirigidas sobre todo a los gobernantes. Algunas de estas propuestas merecen toda la atención posible ya que apuntan no solo a asegurar el recto uso de la técnica sino a regular y controlar su desarrollo, tanto a nivel local como mundial, mediante acuerdos y alianzas entre los distintos actores en juego.

Una conmovedora invocación a María cierra el documento.


Un fondo de sombras

1. Estos son, sin duda, aspectos positivos que no pueden dejar de destacarse en un análisis objetivo. Pero, como ya adelantamos, estos aspectos aparecen en un contexto que hemos denominado un fondo de sombras. Tales sombras no son sino la expresión de la grave crisis que hoy sacude a la Iglesia. En este sentido, el Papa -triste es decirlo- cede a todos los tópicos de esta suerte de neo Iglesia, sinodal, antropocéntrica y ecológica, cada vez más alejada de la Iglesia de Cristo.

En primer lugar, anotemos cómo concibe León XIV la Doctrina Social de la Iglesia. Esta Doctrina, en palabras textuales, “surge de una Iglesia que camina con la humanidad”, “que se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad”. Se trata de un encuentro, de un dialogo del Evangelio con las realidades de cada época; “nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”, por eso, ella se realiza en la historia en un proceso de discernimiento comunitario que concibe la verdad “como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar” y que “libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. La Iglesia, en definitiva, “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad. porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir”1.

No hace falta demasiado esfuerzo para advertir que nos hallamos ante una grave deformación de la naturaleza y de la misión de la Iglesia tal como Cristo la fundó y la quiso. Es cierto que la Iglesia opera en el mundo a modo de un signo sacramental que testimonia el misterio de Jesucristo y acompaña a la humanidad; pero a una humanidad caída que necesita del auxilio de la gracia que solo ella puede transmitir. Esto supone, ante todo, una actitud magisterial desde el momento que el Señor no envió a sus discípulos a dialogar sino a enseñar para que el mundo crea y se salve ya que la misión magisterial está inescindiblemente unida a la misión salvífica porque “el que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado” (Mateo 16, 16). Una Iglesia que renuncia a defender la verdad, siempre asediada por las puertas del infierno, es sencillamente una Iglesia que ha abdicado de sí misma. Esta Iglesia que solo acompaña y camina al costado del mundo, es una Iglesia que ha abandonado su sitial de maestra y de madre.
La conclusión, diríamos inevitable, de esta eclesiología distorsionada no podía ser otra que esta sinodalidad asfixiante (en la que el Papa insiste hasta el límite de lo soportable) que subvierte la estructura jerárquica de la Iglesia y la convierte en una suerte de asamblea democrática donde, a imitación de la sociedad civil, se busca la participación, la inclusión y la toma conjunta de decisiones.
Este mimetizarse con el mundo supone también asumir los lugares comunes impuestos por la propaganda y la mentalidad dominante. Ya no hay lucha” entre buenos y malos”; por el contrario, se renuncia explícitamente a toda actitud de resistencia al mal, pues todo se diluye en una confusa fraternidad, en el dialogo entre todas las religiones, todas iguales, según el “espíritu de Asís”. Es imposible no preguntarse dónde ha quedado la palabra de la Escritura: milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job, 7, 1).

En consonancia con esto el ideal de una Civilización Cristiana ha sido sustituido por una difusa “civilización del amor”, expresión ambigua y equívoca que se presta a multitud de interpretaciones; ya no se busca levantar y reedificar la Civitas Christiana que tantos bienes trajo al mundo, sino construir una sociedad pluralista en la que la Iglesia es solo una voz, una más en medio de las tantas que se mezclan como las lenguas en la Torre de Babel.

Súmese a esto un pacifismo ingenuo y utópico -que no ha hecho otra cosa que multiplicar las guerras- que llama a condenar de modo absoluto y sin precisiones toda guerra emprendida en nombre de Dios y a superar la noción de guerra justa como si fuera posible borrar de la historia Lepanto, la Guerra Cristera o la Cruzada Española; o dejar de lado rica doctrina elaborada a través de los siglos; como si fuera posible desentenderse de las enseñanzas de los Padres, de los escolásticos medievales y de los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca que dieron origen al moderno derecho de guerra.
Añádase una falsa idea de que el hombre de nuestro tiempo ha adquirido una mayor y positiva conciencia de su dignidad; el elogio de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, de incuestionable raigambre masónica, como un faro que ilumina a la humanidad de este tiempo; la exaltación a la categoría de arquetipos de personajes dudosos por decir lo menos: Luther King, Nelson Mandela, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie (¿no hubiera sido más justo señalar como modelo de científico a Jérôme Lejeune?), Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y, para dolor de los argentinos, la reivindicación del falso mártir Angelelli.
No podemos dejar pasar por alto el increíble pedido de perdón por no haber sido capaces de oponernos a la esclavitud hasta el siglo XIX, grueso error histórico solo atribuible a una suerte de complejo de culpa ante las falsedades de las leyendas negras1.

2. Podemos seguir enumerando sombras. Pero es necesario ir a la raíz última de todas ellas si en verdad estamos dispuestos a superarlas
Esa raíz reside principalmente en la inteligencia. El problema fundamental, aunque suene paradójico, no es la inteligencia artificial sino la inteligencia del hombre afectada de una grave debilidad. 
El pensamiento posmoderno ha declarado la debilidad del pensamiento, debilidad que consiste en el expreso rechazo de toda posibilidad de conocer la realidad y de adecuar a ella nuestro intelecto. Los mentores de este pensamiento débil no creen en la verdad como la adaequatio rei et intellectus. El problema es, en el fondo, metafísico: la realidad del ser, objeto propio de la inteligencia, es desplazado del horizonte de la razón. Por eso, ella se debilita por falta de un sustento ontológico a la par que estrecha cada vez más su capacidad de abarcar la realidad.

De esta manera, cae la razón metafísica y con ella, en sucesivas etapas, la razón antropológica y la misma razón ética: solo queda en pie la razón técnica. Aquí reside la raíz última del problema de la técnica. Desgraciadamente, el pensamiento católico no se ha sustraído a este proceso; hoy asistimos a una alarmante debilidad del pensamiento católico y a un lamentable eclipse del intellectus fidei.
Por eso, el único camino posible para superar nuestras dificultades es ampliar la razón, restituirle su horizonte natural rehabilitándola en el hábito de las distinciones últimas y de los principios primeros. 
Benedicto XVI vio con particular lucidez este problema. En su célebre Discurso en Ratisbona lo expresó de manera clara e inconfundible: “La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso […] Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir su horizonte en toda su amplitud”1.

Esta es la gran tarea que como católicos nos aguarda. En la medida en que seamos capaces de abrir en toda su amplitud el horizonte de nuestra razón uniéndola a la fe, se disiparán las sombras y seremos, como nos lo pide el Señor, sal de la tierra y luz del mundo.

Mario Caponnetto



Mario Caponnetto nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. 

Médico por la Universidad de Buenos Aires. 

Médico cardiólogo por la misma Universidad. 

Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. 

Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.

martes, 9 de junio de 2026

Cuando todo se pronuncia con la misma gravedad




Conviene empezar por lo que merece ser celebrado, porque sería deshonesto no hacerlo. Que el primer Papa que habla ante las Cortes Generales lo haga para recordar a los legisladores españoles que la dignidad de la persona precede a toda concesión del Estado y no puede quedar a merced del vaivén de las mayorías; que defienda la vida del no nacido, del anciano y del enfermo; que llame a la familia fundamento de la comunidad y reivindique el derecho primario e inalienable de los padres a educar a sus hijos; y que reclame la libertad religiosa y de conciencia frente a quienes querrían relegar la fe al silencio, es sencillamente una buena noticia. En un hemiciclo que aprobó la ley del aborto a plazos y la de la eutanasia, esas palabras no son un trámite protocolario. Hay que decirlo con claridad antes que cualquier objeción: León XIV dijo cosas verdaderas e importantes, y las dijo donde más cuesta decirlas.

Sobre la vida, además, fue doctrinalmente nítido. No se escudó en una vaguedad piadosa. Afirmó que toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, y que su defensa no es una cuestión parcial ni un interés confesional, sino una meta de civilización. Nombró expresamente al niño aún no nacido. Quien pretenda que el Papa no fue claro en el principio no ha leído el discurso: lo fue, y sin ambages.

Lo que sí cabe observar es otra cosa, más fina. El Papa enunció el principio con firmeza, pero se detuvo justo antes de aterrizarlo. No nombró el aborto. No mencionó las leyes que en España permiten la eliminación legal de inocentes. No puso a los diputados que tenía delante ante la responsabilidad política concreta de haberlas votado o de sostenerlas. Habló del no nacido que queda en la sombra en un plano general y casi atemporal, como quien describe una verdad universal sin señalar a nadie en la sala. Es una opción legítima, y se entiende la cortesía de quien es huésped del Estado. Pero conviene registrarla, porque contrasta con lo que vino después.

Porque en otros asuntos —más discutibles, más opinables, más sujetos al juicio prudencial— el tono no fue menos firme; a ratos fue incluso más concreto. Sobre el rearme europeo, cuestión sometida hoy a un intenso debate político en España y en toda la Unión, el Papa no se quedó en el principio: tomó posición, y dijo que preocupa que vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable. Sobre la migración descendió al terreno operativo y reclamó vías seguras y legales y una respuesta coordinada, solidaria y eficaz. Entre las causas del desarraigo enumeró, junto a la falta de paz y las desigualdades económicas, los efectos de la crisis climática. Invocó el derecho internacional, el lema de la Unión Europea y buena parte del repertorio de los organismos multilaterales. Y todo ello con la misma solemnidad pontificia con que, minutos antes, había hablado de la vida. El principio quedó en el cielo de los principios; la aplicación prudencial, en cambio, bajó al detalle.

Aquí está el problema. No se trata de decir que la preocupación por los refugiados, los pobres, la paz o la creación no sea católica. Lo es. La doctrina social de la Iglesia habla de todo eso, y con autoridad. Pero una cosa es el principio moral permanente —la dignidad de todo ser humano, el deber de caridad, la exigencia de justicia, la acogida razonable del extranjero, la búsqueda de la paz— y otra muy distinta son las aplicaciones concretas de ese principio: los diagnósticos técnicos, las categorías jurídicas, las soluciones políticas. Vías seguras y legales no es un artículo del Credo, sino una opción de política migratoria perfectamente discutible. La conveniencia o el peligro del rearme europeo es un juicio prudencial sobre la seguridad del continente, sobre el que caben opiniones católicas opuestas y legítimas. Esas aplicaciones no obligan al fiel del mismo modo que la defensa del no nacido, y presentarlas como si lo hicieran no las hace más verdaderas: solo más confusas.

Que un hombre huya de la sequía, de la miseria, de la guerra o de la catástrofe es un sufrimiento real, y ante ese sufrimiento la respuesta cristiana es obligada. Pero convertir esa realidad heterogénea en una categoría moral solemne, apuntalada en la propia encíclica y en el lenguaje de las cumbres internacionales, y pronunciarla desde la tribuna del Congreso con el peso del pontificado, la sitúa en un rango que no le corresponde. No tiene la densidad doctrinal de la vida, de la familia o de la libertad educativa, y no debería sonar como si la tuviera.

El problema, en el fondo, no es que el Papa hable de migrantes (sic), de paz o de clima. El problema es que un discurso pontificio debe distinguir con precisión entre doctrina católica vinculante, principios morales permanentes, aplicaciones prudenciales y opiniones discutibles. Cuando todo se pronuncia con la misma gravedad, se debilita precisamente aquello que más necesita claridad: la vida del no nacido, la familia, la libertad, el bien común… La firmeza repartida por igual no añade autoridad a lo opinable; resta nitidez a lo esencial.

Porque el Papa tiene autoridad —y grande— para enseñar la fe y la moral. No la tiene del mismo modo para erigir sus juicios prudenciales sobre el clima, las migraciones, la defensa o la política internacional en una suerte de doctrina práctica incuestionable. Son cosas de rango distinto, que reclaman del oyente obediencias distintas. Y cuando se enuncian todas con idéntica solemnidad, se difumina la frontera entre el Magisterio, la doctrina social, el juicio prudencial y la opinión personal de quien habla. Al fiel que escucha no le mueve la rebeldía, sino el amor a la claridad, cuando le incomoda ver revestido con el peso simbólico del pontificado aquello que no pertenece al depósito de la fe ni posee su certeza moral.

Y esa confusión, conviene advertirlo, no fortalece a la Iglesia: la debilita. Revestir una opinión prudencial con la autoridad del Sucesor de Pedro no le añade verdad; le resta nitidez a esa autoridad. Y una autoridad menos nítida pierde fuerza precisamente allí donde más debería sonar con claridad y sin temblor: ante la vida amenazada, ante la familia desfigurada, ante el derecho de los padres a educar, ante la conciencia que el poder pretende administrar.

Nada de esto convierte el discurso en un mal discurso. Tuvo pasajes altos y verdades dichas con valentía donde duele decirlas, y sería injusto y mezquino negarlo. Lo que cabe reclamar no es menos doctrina, sino más precisión. La Iglesia presta su mejor servicio al mundo cuando habla desde lo que ha recibido, y no cuando adopta, sin suficiente distancia crítica, el vocabulario político del momento. Su tarea —la única que nadie más cumplirá por ella— es decir con claridad lo que el mundo no quiere oír: que el no nacido tiene derecho a vivir, que la familia no es una construcción administrativa, que los padres no son delegados educativos del Estado, que la conciencia no pertenece al poder y que la fe no debe ser arrinconada al silencio. Eso fue, en su mejor parte, lo que León XIV dijo en las Cortes. Ojalá lo hubiera dicho sin mezclarlo con todo lo demás.
Carlos Balén

Intelectuales y asociaciones católicas solicitan al Papa protección para el Valle de los Caídos



Un grupo de profesores, historiadores, escritores, juristas, académicos y representantes de asociaciones culturales ha remitido una carta al papa León XIV, a través de la Nunciatura Apostólica en España, para solicitar la protección del Valle de los Caídos y expresar su rechazo al proceso de «resignificación» impulsado por el Gobierno para el recinto de «Cuelgamuros».

La iniciativa ha sido promovida por la Plataforma de Or-Acción Alianza Santo Tomás Moro. En el escrito, los firmantes se dirigen al Pontífice en virtud del derecho reconocido a los fieles por el canon 212 del Código de Derecho Canónico para manifestar a los pastores sus inquietudes sobre cuestiones que afectan a la vida de la Iglesia.

Solicitan la defensa de la basílica y de la abadía benedictina

Con «estupor y tristeza» ante las noticias relacionadas con la futura resignificación del Valle de los Caídos, consideran que los planes del Gobierno, son una amenaza para la integridad de la basílica pontificia, la abadía benedictina y el cementerio existente en el recinto.

La carta recuerda que la abadía fue erigida por Pío XII mediante la carta apostólica Stat Crux y que la basílica recibió posteriormente el título de basílica menor por decisión de san Juan XXIII. Los promotores sostienen que el conjunto constituye un espacio de oración, reconciliación y memoria cristiana que debería ser preservado.

Asimismo, defienden que el enclave podría convertirse en un lugar de encuentro, paz y reconciliación para las familias españolas, presidido por la cruz monumental que domina el recinto.

Críticas a un documento difundido por la Santa Sede

Además de la cuestión del Valle de los Caídos, el escrito expresa malestar por un reciente documento informativo difundido por la Santa Sede con motivo del viaje papal a España. Según los firmantes, el texto presentaba valoraciones sobre la situación política y social española que han provocado desconcierto entre numerosos fieles.

La plataforma considera especialmente problemáticas las referencias positivas a determinadas políticas sociales del actual Gobierno, argumentando que resultan difíciles de conciliar con cuestiones como la defensa de la vida, la familia o la educación desde la perspectiva de la doctrina católica.


Piden una aclaración del Papa

Entre las peticiones concretas dirigidas a León XIV figura una defensa explícita de la abadía territorial, de la basílica pontificia y del cementerio custodiado por la comunidad benedictina. Los firmantes solicitan además que el Papa anime a potenciar el lugar como espacio de reconciliación, oración y regeneración moral y social.

Igualmente, reclaman una aclaración pública que permita disipar la impresión de que la Iglesia respalda planteamientos políticos o sociales contrarios al Evangelio. A su juicio, determinadas interpretaciones derivadas del citado documento vaticano han generado perplejidad entre numerosos católicos y requieren una explicación por parte de la Santa Sede.

Firmas del ámbito académico, cultural y asociativo

El escrito, fechado los días 5 y 6 de junio, aparece respaldado por decenas de personas vinculadas a los ámbitos académico, cultural, profesional y asociativo. Entre los firmantes figuran profesores universitarios, historiadores, escritores, juristas, economistas, representantes de asociaciones hispanistas y otras personalidades del mundo cultural.

La carta concluye reiterando la adhesión de los promotores a la Sede Apostólica y pidiendo al Santo Padre que escuche las preocupaciones de quienes consideran que tanto la preservación del Valle de los Caídos como la claridad doctrinal en la vida pública constituyen cuestiones de especial importancia para numerosos fieles españoles.