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jueves, 2 de septiembre de 2021

LIBERA NOS A MALO. Consideraciones sobre el Gran Reinicio y el Nuevo Orden Mundial (por Monseñor Viganò)



Nadie formará parte del Nuevo Orden Mundial hasta que realice un acto de culto a Lucifer ... No entrará en la Nueva Era nadie que no haya recibido la instrucción luciferina.

David Spangler

Director del proyecto Iniciativa Planetaria de las Naciones Unidas

(Reflections on the Christ, Findhorn, 1978)

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Desde hace más de año y medio asistimos impotentes a una sucesión de hechos incongruentes a los cuales la mayoría no estamos en situación de dar una explicación plausible. La emergencia pandémica ha hecho particularmente patentes las contradicciones y lo absurdo de medidas en teoría destinadas a limitar los contagios –confinamiento, toque de queda, interrupción del comercio, limitación de los servicios públicos y de la enseñanza, suspensión de los derechos civiles– y que a diario son rechazados por voces discordantes, por pruebas innegables de su ineficacia y por contradicciones de parte de las propias autoridades sanitarias. No es necesario enumerar las medidas que han adoptado casi todos los gobiernos del mundo sin obtener los resultados prometidos. Si nos limitamos a las presuntas ventajas que debería haber supuesto para la sociedad la terapia génica experimental –sobre todo inmunidad contra el virus y la recuperación de la libertad de movimientos–, descubrimos que un estudio de la Universidad de Oxford publicado en The Lancet (aquí) ha declarado que la carga viral de los vacunados con la segunda pauta es 251 veces mayor con respecto a las primeras cepas del virus (aquí), a pesar de las proclamas de los dirigentes internacionales, empezando por el primer ministro italiano Mario Draghi, que afirma que «quien se vacuna vive, y quien no se vacuna muere». Los efectos secundarios de la terapia génica, hábilmente disimulados o deliberadamente no registrados por las autoridades sanitarias nacionales, parecen confirmar el peligro de la administración y las inquietantes incógnitas para la salud de los ciudadanos que dentro de poco habremos de afrontar.

De la ciencia al cientifismo

El arte médica –que no es ciencia, sino que consiste en la aplicación de principios científicos casi siempre distintos, basados en la experiencia y en la experimentación, da muestras de haber renunciado a su propia prudencia en aras de una emergencia que la ha elevado a la categoría de sacerdocio de una religión –en concreto la ciencia– que para ser tal se envuelve en un dogmatismo rayano en la superstición. Los ministros de ese culto se han constituido en una casta intocable exenta de toda crítica, incluso cuando sus afirmaciones son desmentidas por la realidad de los hechos. 

Los principios de la medicina, considerados universalmente válidos hasta febrero de 2020, han dado paso a la improvisación, hasta el punto de recomendar la vacunación en plena pandemia, la obligatoriedad de portar mascarillas a pesar de haber sido declaradas inútiles, un distanciamiento social absurdo, la prohibición de tratamiento con fármacos eficaces y la imposición de terapias génicas experimentales contraviniendo las normas acostumbradas de seguridad.

Y así como han surgido sacerdotes del covid, también han aparecido herejes, es decir, los que rechazan la nueva religión pandémica y quieren ser fieles al Juramento de Hipócrates. Con frecuencia, no se ve que el aura de infalibilidad en torno a los virólogos y otros científicos más o menos titulados sea puesta en tela de juicio por sus conflictos de interés ni por las obvias prebendas de las compañías farmacéuticas, cosa que en circunstancias normales sería escandalosa o criminal.

Muchos no alcanzan a comprender la incongruencia entre los fines declarados y los medios que de vez en cuando se emplean para obtenerlos. Si en Suecia la falta de confinamiento y de imposición de las mascarillas no ha tenido como resultado contagios superiores a los de los países en que se ha implantado confinamiento domiciliario o se ha impuesto la obligación del cubrebocas hasta en la escuela primaria, este elemento no se tiene en cuenta como prueba de la ineficacia de las medidas adoptadas. Si en Israel y en Gran Bretaña la vacunación masiva ha aumentado el contagio y ha vuelto la dolencia más virulenta, su ejemplo no insta a los gobernantes de otros países adoptar una actitud prudente en la campaña de vacunación, sino que incluso los lleva a estudiar la obligatoriedad de su administración. Si la ivermectina y el plasma hiperinmune han demostrado ser terapias válidas, no por ello se autorizan, y menos aún se recomiendan. Y quienes cuestionan el motivo de tan desconcertante irracionalidad terminan por suspender el juicio, sustituyéndolo por una especie de adhesión fideísta a las solemnes declaraciones de los sacerdotes del covid, o por el contrario considera a los médicos curanderos de los que no cabe fiarse.

Un guión único y una dirección única

Como ya dije en otra ocasión, nos encontramos ante una estafa colosal basada en la mentira y en el fraude. Estafa que parte de la premisa de que las justificaciones aducidas por las autoridades en apoyo de lo que están haciendo con nosotros son sinceras. Hablando en plata, el qqerror consiste en considerar honrados a los gobernantes y creer que no mienten. Nos obstinamos así en buscar justificaciones más o menos plausibles con tal de no reconocer que somos objeto de una conjura planificada hasta sus más mínimos detalles. Y mientras tratamos de explicar racionalmente comportamientos irracionales, y atribuimos una lógica a la ilógica conducta de quienes nos gobiernan, la disonancia cognitiva hace que cerremos los ojos a la evidencia y creamos las mentiras más descaradas.

Habríamos debido comprender –lo escribí tiempo atrás– que el plan del Gran Reinicio no era fruto de delirios conspiranoicos, sino la evidencia palpable de una dictadura universal con la que una minoría de personas inconmensurablemente pudientes se propone esclavizar y someter a toda la humanidad a la ideología mundialista. Porque la acusación de conspiranoia podría haber tenido sentido cuando la conspiración no era evidente, pero hoy es ya injustificable negar lo que la élite tiene proyectado desde los años cincuenta. Lo que afirmaron durante la posguerra Kalergi, los Rothschild, los Rockefeller, Klaus Schwab, Jacques Atali y Bill Gates se ha publicado en libros y periódicos, comentado e invocado por entidades y fundaciones internacionales y fatto proprio por entidades y fundaciones internacionales. Los estados unidos de Europa, la inmigración descontrolada, la reducción de los salarios, la suspensión de garantías sindicales, la renuncia a la soberanía nacional, la moneda única, el control de los ciudadanos so pretexto de la pandemia y la reducción de la población mediante el uso de vacunas de tecnología puntera no son inventos recientes, sino fruto de una acción planificada, organizada y coordinada. Acción que con toda evidencia sigue un único guión bajo una dirección única.

Intención criminal

Una vez quede claro que cuanto está sucediendo había sido intencionado con miras a lograr unos resultados determinados –y, en consecuencia, para perseguir unos intereses determinados en beneficio de una parte minoritaria de la humanidad– es preciso también tener la honradez de reconocer la intención criminal de los promotores del plan. Tal designio criminal nos ayuda también a entender el dolo cometido por las autoridades al presentar ciertas medidas como inevitable remedio a una situación imprevista, cuando esa situación ha sido creada artificialmente y agigantada por el mero fin de legitimar una revolución –revolución que Schwab identifica como cuarta revolución industrial– ideada por la élite en detrimento de toda la humanidad. La sumisión de las autoridades es, por otra parte, fruto de un proceso iniciado mucho antes, con la Revolución Francesa, que ha conseguido que la clase política no sea sierva de Dios (de cuya realeza prescinde olímpicamente) ni del pueblo soberano (al que desprecia y del que sirve sólo para legitimarse), sino de los potentados económicos y financieros, la oligarquía internacional de banqueros y usureros, las multinacionales y las compañías farmacéuticas. En realidad, si bien se mira, todos esos sujetos dependen de un reducido número de connotadas familias que gozan de una grandísima fortuna.

Igual es la sumisión que se observa en la información: los periodistas han aceptado sin el menor escrúpulo de conciencia prostituirse a los poderosos, llegando con ello a censurar la verdad y divulgar mentiras descaradas sin preocuparse de darles el menor viso de credibilidad. Si hasta el año pasado la prensa contaba las víctimas del covid presentando a quienes han dado positivo como enfermos terminales, actualmente los que van muriéndose después de haberse vacunado siempre son afectados de indisposiciones y antes de que se decida hacerles una autopsia se concluye automáticamente que el fallecimiento no guarda relación alguna con la administración d la terapia génica. Alteran impunemente la verdad cuando ésta no se ajusta al discurso oficial, adaptándola a sus fines.

Lo que viene sucediendo de un año y medio para acá había sido divulgado con antelación hasta en sus más mínimos detalles por los propios artífices del Gran Reinicio, así como ya se habían anunciado las medidas que se tomarían. El 17 de febrero de 1950 el célebre banquero James Warburg dijo ante el senado estadounidense: «Guste o no, tendremos un gobierno mundial. Lo que está por ver es si ese gobierno se implanta mediante consenso o por la fuerza». Cuatro años después nacía el Grupo de Bilderberg, entre cuyos miembros se han contado personajes como Agnelli, Kissinger, Mario Monti y Mario Draghi, actual primer ministro italiano. En 1991, David Rockefeller escribió: «El planeta está listo para un gobierno mundial. La soberanía supranacional de una élite de intelectuales y banqueros internacionales es preferible sin duda a la autodeterminación de las naciones de los siglos anteriores». Y añadió: «Estamos en vísperas de una transformación a escala planetaria. Sólo hace falta una crisis mundial adecuada para que todos los países acepten el Nuevo Orden Mundial». Hoy podemos afirmar que esa crisis adecuada coincide con la emergencia de la pandemia y con el orden cerrado programado desde 2010 en el documento de la Fundación Rockefeller Scenarios for the Future of Technology and International Development, en el que ya se preveían los acontecimientos que estamos presenciando (aquí).
En resumidas cuentas, esos individuos han creado un falso problema a fin de imponer como aparente solución medidas de control de la población, eliminar mediante confinamientos y pasaporte covid la pequeña y mediana empresa para beneficio de unos pocos grupos internacionales, acabar con la educación mediante la enseñanza a distancia, reducir el costo de la mano de obra y del trabajo presencial trabajando desde casa, privatizar la sanidad pública para provecho de las grandes farmacéuticas y permitir que los gobiernos se valgan del estado de emergencia para legislar contraviniendo el derecho e imponer supuestas vacunas a toda la población para que se pueda seguir el rastro a todos los ciudadanos, convertidos en enfermos crónicos o estériles.
La élite ha hecho todo lo que se había propuesto. Y resulta incomprensible que ante la evidencia de la premeditación con que se ha perpetrado este infame crimen contra la humanidad, que vede cómplices y traidores a los dirigentes de casi todo el mundo, no hay un solo magistrado que incoe una causa contra ellos para averiguar la verdad y condenar a los culpables y los cómplices. El que disiente no sólo es censurado; se lo señala también como enemigo público, como contagiadores, como seres infrahumanos a quienes no se le reconocen derechos.

Estado profundo e Iglesia profunda

Lo mínimo que cabría hacer con un plan criminal sería denunciarlo, darlo a conocer para frustrarlo y procesar a los culpables. La lista de los traidores debería ir encabezada por los jefes de gobierno, ministros y parlamentarios, a quienes seguirían los virólogos y médicos corruptos, junto con los funcionarios cómplices, la cúpula de las fuerzas armadas incapaz de oponerse a esta violación de la Constitución, los periodistas vendidos, los jueces cobardes y los sindicatos aduladores. En esa larga lista que tal vez se escriba algún día, habría que incluir a también la cúpula de la Iglesia Católica, comenzando por Bergoglio y no pocos obispos que se han convertido en ardorosos ejecutores de la voluntad de los gobernantes contra el mandato divino recibido de Cristo. Ciertamente con esa lista se conocería el alcance de la conjura y el número de conspiradores, confirmando con ello la crisis de autoridad y la perversión de las autoridades civiles y religiosas. Se comprendería, en resumidas cuentas, que la parte corrompida de las autoridades civiles –estado profundo– y la de las autoridades eclesiásticas –Iglesia profunda– son el anverso y el reverso de una misma medalla, siendo ambos instrumentos para la implantación del Nuevo Orden Mundial.

Ahora bien, para entender esta alianza entre el poder civil y el religioso es preciso reconocer la dimensión espiritual y escatológica del conflicto que vivimos, encuadrándolo en la guerra que libra contra Dios Lucifer desde su caída. Esta guerra, cuyo desenlace ha sido decidido ab aeterno con la inevitable derrota de Satanás y del Anticristo y su aplastante derrota bajo los pies de la Señora rodeada de estrellas, se acerca a su conclusión. Por eso las fuerzas de las tinieblas están tan desatadas, impacientes por borrar de la faz de la Tierra el nombre de Nuestro Señor, y acabar no sólo con su presencia tangible en nuestras ciudades derribando sus iglesias, quitando las cruces y suprimiendo las fiestas cristianas, sino borrando igualmente su recuerdo, destruyendo la civilización cristiana, adulterando sus enseñanzas y devaluando el culto.

Ciertamente, una jerarquía fiel y valerosa dispuesta a sufrir el martirio para defender su Fe y la moral cristiana es un obstáculo para quienes buscan ese fin. Por eso, desde la etapa inicial del plan mundialista era indispensable corromper la jerarquía en lo que relativo a la moral y la doctrina infiltrando en ella quintas columnas y células durmientes, privarla de toda aspiración sobrenatural y, hacerla sobornable mediante escándalos financieros y sexuales con vistas a excluirla y eliminarla una vez conseguido el fin propuesto según la praxis establecida.

A finales de los años cincuenta, cuando el proyecto del Nuevo Orden Mundial iba tomando forma, dejó su huella en esta operación de infiltración que inició su propia labor subversiva pocos años después con el Concilio Vaticano II, en busca del cual la elección de Roncalli y la exclusión del papable Siri, delfín de Pacelli, supusieron una inyección de entusiasmo tanto para el sector progresista y modernista al interior de la Iglesia como para el sector comunista, liberal y masónico del ámbito civil. El Concilio fue en el seno de la Iglesia lo que el Juramento del Salón del Juego de Pelota en la sociedad civil: el comienzo de la Revolución. Y si bien en numerosas ocasiones he querido poner de manifiesto el carácter subversivo del Concilio, hoy creo que merece la pena prestar atención a un análisis histórico en el que hechos aparentemente inconexos cobran un significado inquietante y explican muchas cosas.

Relaciones peligrosas

Como ha informado hace poco Michael Matt en un video publicado en The Remnant (aquí), estamos empezando a juntar las piezas del rompecabezas y descubrimos –por propia admisión de uno de los protagonistas– que monseñor Helder Câmara, arzobispo de Olinda y Recife (Brasil), se reunió precisamente en aquellos años con un joven Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial y teórico del Gran Reinicio. Schwab, que conocía al prelado por la oposición de éste a la Iglesia tradicional y sus tesis revolucionarias y pauperistas, lo invitó al Foro de Davos por considerar que su participación sería vital con miras al proyecto del Nuevo Orden. Sabemos que Helder Câmara fue uno de los organizadores del Pacto de las Catacumbas, que pocos días antes de la clausura del Concilio, el 16 de noviembre de 1965, fue suscrito por unos cuarenta obispos ultraprogres. Entre las heréticas tesis del mencionado documento, figura la cooperación con vistas a la instauración de «un nuevo y diferente orden social” (aquí, nº9) basado en la justicia y la igualdad. No tiene nada de sorprendente que entre los firmantes figurase también monseñor Enrique Angelelli, obispo auxiliar de Córdoba (Argentina), “referente para el entonces P. Jorge Mario Bergoglio» (aquí). El propio Bergoglio ha declarado que comparte las aspiraciones del Pacto de las Catacumbas, desde el inicio de su pontificado. El 20 de octubre de 2019, con ocasión del Sínodo para la Amazonía, se renovó el pacto de los conjurados en las catacumbas de Santa Domitila (aquí), confirmando que el plan iniciado durante el Concilio se había cumplido precisamente con Jorge Mario Bergoglio. El cual, lejos de distanciarse de los extremistas progres que decidieron su elección en el último cónclave, no pierde ocasión de demostrar su plena coherencia con el plan del Nuevo Orden Mundial, empezando por la colaboración de entidades y dicasterios vaticanos con el ambientalismo de corte malthusiano y la participación en el Council for Inclusive Capitalism, alianza internacional con los Rothschild, la Fundación Rockefeller y los grandes bancos. Así, por un lado David Rockefeller con la Comisión Trilateral y por otro Klaus Schwab, pariente de los Rothschild (aquí) con el Foro Económico Mundial trabajan mano a mano con el jefe de la Iglesia Católica para instaurar el Nuevo Orden Mundial por medio del Gran Reinicio, tal como se planificó desde los años cincuenta.

El plan de despoblamiento mundial

En este pactum sceleris, pacto infame, participan algunos miembros de la Pontificia Academia para la Vida, recientemente alterada en su organización por el propio Bergoglio, que ha apartado de ella a los miembros más fieles al Magisterio para sustituirlos por partidarios del despoblamiento, la contracepción y el aborto. No es de extrañar el apoyo de la Santa Sede a las vacunas: el Sovereign Independent de junio de 2011 informaba en primera plana: «Despoblación mediante vacunación forzada: la solución del anhídrido carbónico cero» (aquí). Al costado del titular, una foto de Bill Gates aparece acompañada del siguiente comentario: «Hoy en día el mundo tiene 6800 millones de habitantes. Vamos camino de los 9000. Si hacemos las cosas bien con las vacunas de última generación, la atención sanitaria y la salud reproductiva [o sea, el aborto y la contracepción], estamos en situación de reducir la población entre un 10 y un 15%». Esto decía Bill Gates hace once años, y hoy es uno de los accionistas del grupo Black Rock, el cual financia las empresas farmacéuticas que producen las vacunas, así como uno de los patrocinadores de la OMS y de infinidad de entes públicos y privados relacionados con el ámbito de la salud. A su lado, curiosamente, encontramos a George Soros, el filántropo de Open Society, que precisamente con la Fundación Bill y Melinda Gates ha invertido hace poco en una compañía británica que fabrica tests PCR (aquí). Y ya que hablamos de asuntos económicos, me gustaría recordar que la Santa Sede ha poseído acciones por valor de casi 20 millones de euros en dos industrias farmacéuticas que fabrican un anticonceptivo (aquí), y más recientemente ha invertido en un fondo que garantiza beneficios altísimos en casos de crisis geopolíticas o pandemias gracias a la especulación en divisas internacionales, el Geo-Risk, gestionado por el banco de negocios Merryl Lynch, que a los pocos meses de iniciada la pandemia se ha visto obligado a cortarlo, en vista de cómo se habían disparado los réditos (aquí). Otros capitales, procedentes del Óbolo de San Pedro, han servido para financiar diversas iniciativas, incluso en colaboración con Lapo Elkann, entre ellas la película autobiográfica sobre Elton John. Eso sin contar la especulación inmobiliaria y la adquisición de un de Londres, en el nº 60 de Sloane Avenue, de lo cual han informado ampliamente las crónicas. Por fuentes confiables, sé que lo decidió el propio Bergoglio. Y hay más: hay quienes sostienen que el acuerdo con la China preparado por los jesuitas y el ex cardenal McCarrick había obtenido un generoso financiamiento por parte del régimen comunista de Pekín, a cambio del silencio sobre la persecución de los católicos y la violación de los derechos humanos (aquí). Todo en nombre de la coherencia y de la Iglesia pobre para los pobres tan querida para Bergoglio.

Lo mismo ha pasado con el turbio negocio de la inmigración: entre los que sacan provecho de la acogida están, además de organizaciones izquierdistas, entidades vaticanas y de las conferencias episcopales, a las cuales el Estado subvenciona con cantidades considerables de dinero para que acojan a los inmigrantes clandestinos. El horroroso monumento de la patera de bronce instalado por Bergoglio en la Plaza de San Pedro es la representación plástica de una hipocresía que es marca de la casa de este pontificado. En una reciente audiencia de miércoles, hemos podido oír estas palabras: «El hipócrita es una persona que finge, adula y engaña porque vive con una máscara en el rostro y no tiene el valor de enfrentarse a la verdad. (…) Particularmente detestable es la hipocresía en la Iglesia, y lamentablemente existe la hipocresía en la Iglesia, y hay muchos cristianos y muchos ministros hipócritas» (aquí). Me parece que huelgan todos los comentarios.

Interferencias del Estado profundo

Las intromisiones del Estado profundo en la vida de la Iglesia católica han sido muy numerosas. No podemos olvidar los correos de John Podesta a Hillary Clinton, en los cuales se manifiesta la intención de expulsar a Benedicto XVI del pontificado y dar comienzo así a una nueva primavera de la Iglesia, progresista y mundialista, que más tarde se materializó en la abdicación de Benedicto y la elección del argentino. Tampoco podemos pasar por alto la interferencia por parte de entidades e instituciones que nada tienen que ver con la religión, como por ejemplo B’nai B’rith, imponiendo la línea de renovación de la Iglesia después del Concilio, que ha alcanzado su máxima expresión durante este pontificado. Por último, hay que recordar por un lado el desdén con que se ha negado a recibir en audiencia a personalidades e instituciones políticas de cuño conservador, y por el otro los entusiastas encuentros sonriendo de oreja a oreja con figuras de la izquierda y el progresismo y las igualmente entusiásticas expresiones de satisfacción con motivo de su elección. Muchos de ellos deben su éxito a que estudiaron en universidades regidas por la Compañía de Jesús o frecuentaron ambientes católicos que en Italia se podrían calificar de dossettianos, en los que la trama de relaciones sociales y políticas constituye una especie de masonería progresista y garantiza una trayectoria profesional espectacular a los llamados católicos adultos; es decir, los que se jactan de cristianos pero en su ejercicio de la política no guardan coherencia con la fe y la moral: Joe Biden con Nancy Pelosi, Prodi, Monti, Conte y Draghi, por citar sólo unos cuantos. Como se ve, la cooperación entre el Estado profundo y la Iglesia profunda no es de ayer por la mañana, y ya ha dado los resultados esperados a sus autores, con gravísimos perjuicios para el Estado y para la Religión.
La clausura de los templos a principios de 2020, antes incluso de que las autoridades civiles impusieran el confinamiento; la prohibición de celebrar misas y administrar los sacramentos durante la emergencia pandémica; la grotesca exhibición del pasado 27 de marzo en la Plaza de San Pedro (aquí); la insistencia en la vacunación y en promover su licitud, pese a haberse empleado en su producción líneas celulares provenientes de fetos abortados; las declaraciones de Bergoglio en el sentido de que esa terapia génica sería un deber moral para todo cristiano; la obligación del pasaporte sanitario en el Vaticano, y más recientemente en colegios católicos y algunos seminarios; la prohibición por parte de la Santa Sede a los obispos de pronunciarse contra la obligación de vacunarse, que algunas conferencias episcopales se han apresurado a obedecer. Todo ello demuestra la sumisión de la Iglesia profunda a las órdenes del Estado profundo y la integración de la Iglesia bergogliana en el plan mundialista. Si a esto se añade el culto idolátrico a la Pachamama bajo la cúpula de San Pedro; la insistencia en el ecumenismo irenista, el pacifismo y el pauperismo; la moral situacional y la legitimación en la práctica del adulterio y el concubinato por medio de Amoris laetitia; la declaración de ilicitud de la pena de muerte; el espaldarazo a políticos izquierdistas, dirigentes revolucionarios y convencidos abortistas; las palabras de comprensión para las aspiraciones del movimiento LGTB, homosexuales y transexuales; el silencio ante la legitimación de las uniones homosexuales, y lo que es más desconcertante, la bendición de parejas de sodomitas por parte de obispos y sacerdotes alemanes; la prohibición de la Misa Tridentina mediante la derogación del motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI… 
Todo esto evidencia que Jorge Mario Bergoglio está llevando a cabo cuanto le ha encomendado la élite mundialista, que ve en él a un liquidador de la Iglesia Católica y fundador de una secta filantrópica y ecuménica de inspiración masónica que habría de ser la religión universal apoyada por el Nuevo Orden. Tanto si es plenamente consciente de lo que hace como si lo hace por miedo o coaccionado, no por ello disminuye la gravedad de lo que está sucediendo ni la responsabilidad moral de quien lo promueve.

Matriz luciferina del Nuevo Orden Mundial

En este momento se hace necesario aclarar qué se entiende por Nuevo Orden Mundial. O mejor dicho, qué se proponen sus artífices, independientemente de lo que digan de cara al público. Porque por un lado es cierto que existe un proyecto que alguien ha concebido y otros se están ocupando de ejecutar; pero por otro no es menos cierto que los principios que inspiran ese proyecto no siempre son confesables, o al menos no se puede admitir tajantemente su estrecha relación con lo que está sucediendo, ya que reconocerlo supondría la oposición de los más tranquilos y moderados. Una cosa es imponer el pasaporte cóvid con la excusa de la pandemia; otra es reconocer que la finalidad de dicho salvoconducto es que nos habituemos a que nos sigan en todo momento la pista, y otra afirmar que ese dominio total sea la marca de la Bestia de la que habla el Apocalipsis (13, 16-18). Me perdonarán los lectores que en apoyo de lo que afirmo recurra a citar algo de tanta gravedad y maldad y que causa desconcierto y horror; pero es necesario para entender las intenciones de los artífices de este complot y la épica batalla que libran contra Cristo y contra su Iglesia.

Para entender las raíces esotéricas del pensamiento en que se cimentan las Naciones Unidas con la que ya soñaba Giusseppe Mazzini, no podemos dejar de tener en cuenta a personajes como Albert Pike, Helena Blavatski, Alice Anne Bailey y otros adeptos de las sectas luciferinas. Sus escritos, publicados desde finales del siglo XIX, sumamente reveladores.

Albert Pike, amigo de Mazzini y masón como él, afirmó en una alocución a los altos grades de la Masonería de Francia en 1889 y recogida más tarde el 19 de enero de 1935 en la revista inglesa The Freemason:
«Lo que debemos decir a las multitudes es que adoramos a un dios, pero es el dios al que se adora sin superstición (…) Todos los iniciados de los altos grados debemos mantener la religión masónica en la pureza de la doctrina luciferina. Si Lucifer no fuera dios, Adonai [el Dios de los cristianos], cuyas acciones denotan gran crueldad, perfidia, odio al hombre, barbarie y rechazo a la ciencia, ¿lo habría calumniado con sus sacerdotes? Sí; Lucifer es dios, y desgraciadamente también lo es Adonai. Por la ley eterna, para la cual no existe luz sin sombra, belleza sin fealdad, blanco sin negro, lo absoluto sólo puede existir como dos divinidades: siendo la oscuridad necesaria a la luz para que le sirva de contraste, como es necesario el pedestal a la estatua y el freno a la locomotora (…) la doctrina del satanismo es una herejía; la verdadera y pura religión filosófica es la fe en Lucifer, el igual a Adonai. Pero Lucifer, dios de la luz y dios del bien, lucha por la humanidad contra Adonai, Dios de las tinieblas y demonio».
Esta profesión de fe en la divinidad de Satanás es algo más que un reconocimiento de quién es el verdadero Gran Arquitecto al que adora la Masonería; es un blasfemo proyecto político que atraviesa el ecumenismo conciliar, teorizado ante todo nada menos que por la Masonería: «El cristiano, el judío, el musulmán, el budista, el seguidor de Confucio y el de Zoroastro pueden unirse como hermanos y participar juntos en la oración al único Dios que está por encima de todos los otros dioses» (cfr. Albert Pike, Morals and Dogma, ed. Bastogi, Foggia 1984, vol. VI, pág 153). Y quién es ese «único Dios que está por encima de todos los otros dioses» ha quedado explicado en la cita anterior.

Hay más:

«Azuzaremos a los nihilistas y los ateos y provocaremos un formidable cataclismo social que mostrará a las claras a todas las naciones y en todo su horror los efectos del ateísmo absoluto, origen de la barbarie y la subversión sanguinaria. Entonces, los ciudadanos de todas partes, obligados a defenderse de una minoría mundial de revolucionarios (…), alcanzarán la verdadera luz con la manifestación universal de la doctrina pura de Lucifer, finalmente revelada al público; manifestación que será seguida de la destrucción de la Cristiandad y del ateísmo, derrotados y aplastados simultáneamente» (cf. Carta del 15 de agosto de 1871 a Giusseppe Mazzini, biblioteca del Museo Británico de Londres).

A nadie se escapará que la gran herejía de la separatividad recuerda curiosamente al ecumenismo condenado por Pío XI en la encíclica Mortalium animos, y reivindicado por la declaración conciliar Dignitatis humanae y recientemente integrado en la doctrina de la inclusividad formulada por aquel que consintió que se rindiese culto público a la Pachamama en San Pedro. Y está claro que con la separatividad se refieren negativamente a la obligada distinción entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, que constituyen el criterio para juzgar moralmente el comportamiento humano. A ella se opone la inclusividad, o sea, el dejarse deliberadamente contaminar por el mal a fin de adulterar el bien, equiparar lo verdadero y lo falso para corromper el primero y dar legitimidad al segundo.

Raíces ideológicas comunes del ecumenismo

Si no se comprende que las raíces ideológicas del ecumenismo están intrínsecamente ligadas al esoterismo luciferino masónico, no se puede captar el vínculo entre las desviaciones doctrinales del Concilio y el plan del Nuevo Orden Mundial. Lamentable ejemplo de aquellas veleidades pacifistas y ecuménicas fue el Sesenta y ocho, cuando la Era de Acuario se celebró con la música de Hair en la canción Aquarius (1969), y más tarde con Imagine, de John Lennon (1971).

«Imagina que no hay cielo; es fácil si se intenta. Que no hay infierno bajo nuestros pies; sobre nosotros, el firmamento. Imagina a todo el mundo viviendo para el presente. Imagina que no hay patrias; no cuesta hacerlo. Nada por lo que matar o morir, y ninguna religión. Imagina a todo el mundo viviendo pacíficamente. Dirás que soy un soñador, pero el único no soy. Espero que algún día te unas a nosotros, y el mundo será uno. Imagina que no existe la propiedad; no sé si serás capaz. Imagina a todo el mundo compartiendo el planeta. Que no haya codicia ni hambre y todos los hombres sean hermanos».

Este manifiesto del nihilismo masónico puede considerarse el himno del mundialismo y de la nueva religión universal. Un alma no extraviada no puede menos que horrorizarse ante su blasfema letra. Así como por la no menos blasfema de God: «Dios es un concepto que nos sirve para medir el dolor (…). Yo creo solamente en mí mismo».

Comprendo que muchos encuentren angustioso aceptar que la Jerarquía pueda dejarse engañar por sus enemigos abrazando ideales que afectan al alma misma de la Iglesia. Fueron ciertamente prelados masones los que se las arreglaron para introducir en el Concilio sus ideas de modo disimulado, pero eran bien conscientes de que llevarían inexorablemente a la demolición de la Religión como primer paso para la instauración de la Nueva Era –la Era de Acuario– en la que Nuestro Señor sea desterrado de la sociedad para acoger al Anticristo. Se comprende entonces tanta tolerancia simpatizante de tantas personalidades eclesiásticas –pienso en los cardenales Martini y Ravasi entre muchos otros hacia la Masonería y su oposición a las frecuentes excomuniones de sus miembros por parte de los papas. Y también se comprende el júbilo de las logias ante la elección de Bergoglio, así como su indisimulado odio a Benedicto XVI, considerado el katéjon que había que eliminar.

Conviene también recordar, no sin cierto desagrado, que ciertas afirmaciones de Ratzinger hacen pensar en una tentativa de cristianizar el proyecto mundialista sin condenarlo como anticrístico y anticristiano: «Déjate llevar de la mano por el Niño de Belén! ¡No temas, fíate de él! La fuerza vivificante de su luz te impulsa a comprometerte en la construcción de un nuevo orden mundial» (31 de diciembre de 2005). Por otro lado, el proceso hegeliano tesis-antítesis-síntesis evoca el lema solve et coagula de los alquimistas, adoptado por la Masonería y el esoterismo luciferino. Lema que figura escrito en los brazos de Bafomet, ídolo infernal adorado por la cúpula de la secta como reconocen sus propios miembros más autorizados. En su ensayo Lucifer Rising, Philip Jones precisa que la dialéctica hegeliana «combina una forma de cristianismo como tesis con una espiritualidad pagana como antítesis, y el resultado es una síntesis muy parecida a las religiones mistéricas de Babilonia».

El panteísmo mundialista de Teilhard de Chardin

El ecumenismo es uno de los temas clave del pensamiento mundialista. Lo confirma Robert Muller, ex colaborador del secretario de las Naciones Unidas: «tenemos que avanzar con la mayor celeridad posible hacia un gobierno mundial único, una religión mundial única y un único dirigente mundial». Antes de él, uno de los promotores de la Sociedad de Naciones, Arthur Balfour, fundó la Syntheic Society, que aspiraba a la creación de una religión única mundial. 

El mismo P. Teilhard de Chardin SJ, hereje condenado por el Santo Oficio y actualmente celebrado teólogo progresista, consideraba las Naciones Unidas la encarnación institucional progresista de su filosofía, y auspiciaba «una convergencia general de las religiones en un Cristo universal que satisfaga a todas (…) Me parece –decía– la única forma de religión que se puede concebir para el futuro», a fin de «reducir el abismo entre panteísmo y cristianismo sacar lo que se podría llamar el alma cristiana del panteísmo o el aspecto cristiano del panteísmo». Es evidente que la Pachamama y la atribución de connotaciones marianas a la Madre Tierra concreta de modo inquietante estos conceptos teilhardianos. Y eso no es todo; Robert Muller, teórico del gobierno mundial y seguidor de la teósofa Alice Bailey, declara: «Teilhard de Chardin influyó en su compañero [el también padre jesuita Emmanuel Saguez de Breuvery, que desempeñó cargos importantes en la ONU], el cual inspiró a sus colegas, que iniciaron un rico proceso de pensamiento mundialista y a largo plazo en el interior de las Naciones Unidas, que ha suscitado el interés de numerosas personas y países. Teilhard ha influido profundamente en mí». En El futuro del hombre, escribió: «Aunque todavía no se vislumbre qué forma tendrá el hombre futuro, mañana la humanidad despertará en un mundo panorganizado». Muller fundó el World Core Curriculum, que aspiraba a «orientar a nuestros hijos encaminándolos hacia la ciudadanía del mundo, con la fe centrada en la Tierra, los valores socialistas y la mentalidad colectiva, que están convirtiéndose en un requisito para la mano de obra del siglo XXI» (revista New Man). Y si reivindicaba con orgullo a entre sus inspiradores a nada menos que Alice Bailey, descubrimos que la teósofa fue discípula del movimiento teosófico fundado por Helena Blavatsky: «Lucifer representa la Vida, el Pensamiento, el Progreso, la Civilización, la Libertad, la Independencia (…) Lucifer es el Logos, la Serpiente, el Salvador». Y, `prácticamente anticipando la Pachamama, dice: «Así, la Virgen Celeste llega a ser simultáneamente la madre de los dioses y los demonios, porque es la divinidad benéfica siempre amable (…) Pero en la antigüedad y en la realidad se llama Lucifer. Lucifer es luz divina y terrestre, el Espíritu Santo y Satanás al mismo tiempo». Y concluye diciendo: «El dios de nuestro planeta es Satanás, y es el único Dios». Bailey fundó la editorial Lucifer, actualmente conocida como Lucis Publishing Company, estrechamente ligada a Lucis Trust, antes llamada Lucifer Trust, reconocida como ONG por las Naciones Unidas. Si a este cúmulo de delirios infernales sumamos las palabras de David Spengler, director del proyecto de la ONU Iniciativa Planetaria, nos daremos cuenta del terrible peligro que nos acecha a todos: “Nadie formará parte del Nuevo Orden Mundial hasta que realice un acto de culto a Lucifer. No entrará en la Nueva Era nadie que no haya recibido la instrucción luciferina.» (Reflexions on the Christ, Findhorn, 1978).

A propósito de la Nueva Era, Alice Bailey escribe: «Las conquistas de la ciencia, de las naciones y de territorios son propias del método de la Era de Piscis [la de Cristo], con su idealismo, su actitud militante y su separatividad en todos los campos: religioso, político, económico… Pero la edad de la síntesis, de la inclusión y la comprensión ha llegado, y la nueva educación de la Era de Acuario ][la del Anticristo] tiene que empezar a penetrar con mucha delicadeza en el aura humana». Hoy en día vemos que los métodos didácticos que teorizó Muller en el New World Curriculum son adoptados por casi todos los países, con la ideología LGTB, la ideología de género y todas las otras formas de adoctrinamiento. Lo confirma el ex director de la OMS, doctor Brook Chisolm, explicando aquello a lo que aspira la política educativa de la ONU: «Si queremos tener un gobierno mundial, es preciso apartar de la mente de los hombres todo individualismo, fidelidad a las tradiciones familiares, patriotismo y dogmas religiosos» (cfr. Christian World Report, marzo de 1991.

He ahí el hilo conductor que no sólo une a Klaus Schwab con Helder Câmara, sino también a Robert Muller y Alice Bailey con Pierre Teilhard de Chardin y Emmanuel Saguez de Breuvery, siempre en clave mundialista y bajo la infausta inspiración del pensamiento luciferino. Un análisis profundo de estos inquietantes aspectos arrojará luz sobre la verdad y revelará las complicidades y traiciones de no pocos hombres de la Iglesia sometidos al Enemigo.

Nuestra respuesta a la crisis de autoridad

La corrupción de la autoridad es tan grave que hace en extremo difícil –al menos en términos humanos– hipotetizar una solución pacífica. A lo largo de la historia, los regímenes totalitarios han sido derrocados por la fuerza. Cuesta pensar que la dictadura sanitaria que se ha ido implantando en los últimos meses se pueda combatir de otra manera, dado que todos los poderes del Estado, todos los medios de información, todas las instituciones internacionales públicas privadas y todos los potentados económicos y financieros son cómplices de este crimen.

Ante esta desoladora situación de corrupción y conflicto de intereses, es indispensable que todos los que no estén sometidos al plan mundialista se unan formando un frente compacto y coherente para defender los derechos naturales y religiosos, la salud propia y la de nuestros seres queridos, la libertad y los bienes propios. Cuando las autoridades hacen dejación de funciones, e incluso llegan a traicionar la finalidad para la que se constituyeron, la desobediencia no sólo es lícita, sino obligada. Una desobediencia no violenta, al menos por el momento, pero sí decidida y valerosa. Desobediencia a los dictados ilegítimos y tiránicos de las autoridades civiles, y firme oposición al ucase de las autoridades eclesiásticas allá donde éstas sean cómplices del infernal plan del Nuevo Orden Mundial.

Conclusión

Permítaseme concluir esta reflexión con un breve pensamiento espiritual. Todo lo que sabemos, descubrimos y entendemos sobre la conspiración mundial en acto nos muestra una realidad tremenda, pero al mismo tiempo nítida, clara: hay dos ejércitos enfrentados, el de Dios y el de Satanás; el de los hijos de la luz y el de los hijos de las tinieblas. No es posible establecer alianzas con el Enemigo, ni se puede servir a dos señores (Mt.12,30). 

Es una locura y una blasfemia aspirar a construir un gobierno mundial en el que esté prohibida la realeza divina de Jesucristo, y nadie que tenga semejante proyecto lo conseguirá jamás. Donde reina Cristo reinan la paz, la concordia y la justicia; donde no reina Cristo, Satanás es tirano. ¡Pensémoslo bien cuando en nombre de una quimérica convivencia pacífica tengamos que decidir si nos ponemos de acuerdo o no con el adversario! Y que lo piensen también los prelados y gobernantes que creen que su complicidad sólo atañe a cuestiones económicas y sanitarias, fingiendo no saber qué se cuece entre bastidores.

Volvamos a Cristo, a Cristo Rey de los corazones, de las familias, de la sociedad y de las naciones. Proclamémoslo nuestro Rey, y a María Santísima nuestra Reina. Sólo así se podrá derrotar el infame proyecto del Nuevo Orden Mundial. Sólo de esa manera podrá la Iglesia purificarse limpiándose de traidores y renegados. Y que Dios escuche nuestra oración.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

28 de agosto de 2021

S. Augustini Episcopi et Confessoris et Ecclesiae Doctoris

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

ELOGIO A LA RELECTURA


Joven leyendo». Obra de Charles Edward Perugini (1839–1918)

 

«No puedo imaginar a un hombre disfrutando realmente de un libro y leyéndolo solo una vez».

C. S. Lewis. Carta a Arthur Greeves, febrero de 1932

«Se ha de leer, pero no para contradecir o refutar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar».
Francis Bacon. De los estudios.


Se ha dicho y escrito hasta la saciedad aquello de que la lectura de los grandes libros es comparable a entablar una conversación con grandes hombres, y de los beneficios y privilegios que esto supone. Pero la idea, gráfica y estimulante como pocas, también tiene su lado oscuro. Porque las conversaciones repetitivas pueden cansar. Es más, sabemos que el solo pensamiento de que se produzcan puede llegar a cansar, y que para muchos eso sería razón suficiente para eludir nuevos encuentros, que, sin embargo deben producirse, al menos para que este tipo de conversación de sus frutos.

Además, como es sabido desde hace mucho (mucho antes del roquero Frank Zappa, a pesar de lo que hoy proclama Google), hay demasiados libros y poco tiempo. Ya en su día, David Henry Thoreau apremiaba a leer los buenos primero, pues lo más seguro, decía, es que uno no alcance a leerlos todos. Pero la cuestión de la limitación temporal y la infinitud de aquello que hay que conocer –de la que la lectura es una derivada– es mucho más vieja y se presenta ya en los primeros filósofos clásicos. Lo cierto es que son muchos los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el este sea limitado para el ser humano, al menos en esta vida, sino porque esta última conspira para que no lo haya. Como nos dice Daniel Pennac, «la vida es un obstáculo permanente para la lectura».

C. S. Lewis, en consonancia con la frase del inicio y haciendo caso omiso a la cuestión del tiempo (¿o quizá no?), solía releer muchos libros. En su ensayo La experiencia de leer (1961), fue duramente crítico en relación con lo que llamó «mal lector», categoría en la que incluía a aquellos que no leían un libro más que una vez, fuera el que fuese:

«El signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria consiste en que, para él, la frase “Ya lo he leído” es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro».

Por el contrario, según él, «quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida». Una minoría esta entre la que él se encontraba. Según su biógrafo Alister McGrath, «su biblioteca personal contiene anotaciones que indican cuándo se leyó un libro por primera vez y cuando fue vuelto a leer».

En el citado ensayo y en algún otro, Lewis acumula argumentos en favor de la relectura. Me quiero detener en uno de ellos, compartido con una compatriota suya, Virginia Woolf. Según ella escribe en su artículo Sobre la relectura de novelas (1947), «tanto en lo escrito como en lo leído es la emoción lo que debe venir primero», y, cuando así ocurra, (que es normalmente con la primera lectura) esa emoción es lo que nos impulsará a volver para una vez allí, de nuevo, poder preguntarnos lo siguiente: «¿No hay algo más allá de la emoción, algo que aunque está inspirado en la emoción, la tranquiliza, la ordena, la compone?», ¿algo que pasamos a descubrir y que «por simplicidad, llamaremos arte?». Lewis sostiene una opinión similar cuando dice:

«No disfrutamos plenamente de una historia en la primera lectura. Hasta que la curiosidad, la pura lujuria narrativa, no haya sido apagada y adormecida, no estaremos en condiciones de saborear las verdaderas bellezas».

Además de lo apuntado por los dos escritores británicos, en ocasiones la complejidad y la profundidad de aquello que se nos cuenta desde esos libros es tal que, incluso con nuestra atención a pleno rendimiento, se nos escapan, no solo detalles o matices (siempre), sino algunas veces el contenido real de lo que se trata de decir.

Solamente si vemos los libros como meras conducciones de mensajes puramente descriptivos o fórmulas de entretenimiento consumible, podría tener sentido el abandonarlos o desecharlos una vez leídos.

Pero hay libros que no son así. Me refiero a los buenos y a los grandes. Y no son así, porque nos ayudan a pensar («Leer es como pensar con la cabeza de otra persona en lugar de con la propia», escribió Schopenhauer), porque contribuyen a conformar aquello que somos («Un hombre se conoce por los libros que lee», decía Emerson), y porque, además y sobre todo, son un reducto de sabiduría y experiencia, de belleza y de bondad, e incluso en ocasiones, reflejos de la verdad misma. Aunque para llegar a ello casi siempre es necesario insistir, profundizar, meditar los textos, en suma, abordarlos en varias lecturas.

Hay otras razones, algunas de tanta fuerza intuitiva como que los libros no cambian, es verdad, pero nosotros sí que lo hacemos. Somos y no somos los mismos a cada instante. Es una obviedad que se impone por la mera experiencia de lo vivido. Y no solo eso, sino también que aquello que hemos experimentado ha dejado de ser lo mismo, al menos para nosotros. La vivencia común de volver a algún lugar conocido y sentir que no es como recordábamos, o apercibirnos de algo en lo que no habíamos reparado y que se nos impone con la frescura desconcertante de la novedad inesperada, es más instructiva que cualquier discurso. Por esta causa, si nuestra primera lectura de un libro nos conecta básicamente con el autor, las lecturas posteriores nos conectan no solo con él de nuevo, sino también con nuestro yo más joven; y las futuras relecturas nos conectarán con un futuro yo más maduro, aún desconocido.

Pero no todo en la relectura habrá de ser esfuerzo y tesón, ni siempre deberá estar teñida de ese aire intelectual que ahuyentará a algunos. Porque, aún en libros que no sean tan grandes, sino meramente buenos en el sentido de que nos hagan bien, podemos encontrarnos con el simple y puro gozo de un grato instante. Borges nos decía que la lectura era una de las formas que toma la felicidad.

Y es que, como sabemos, hay otro tipo de lecturas. Unas intermedias entre las ya mentadas de los grandes libros y aquellas otras (hoy y siempre imperantes y al acecho), en las que, en frase de Virginia Woolf, no deberíamos «dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Son las lecturas a las que me he referido en muchos y diferentes artículos como las de los buenos libros. Libros que si bien no llegan a la altura de las obras maestras, nos dan, en un nivel de calidad literaria muy aceptable, no solo migajas de sabiduría, preparándonos para poder recibir el grueso de ese saber albergado en las grandes obras, sino también y sobre todo, una gratificación mucho más accesible, ocupando el delectare de Horacio un mayor lugar que el prodesse.

Así que, algunas de entre estas obras también merecen en ocasiones una relectura. Claro que sí. ¿Por qué no? Muchas veces encontraremos en ellas aquello que precisamente necesitamos. Puede ser que nos regalen una parte de nosotros mismos y de nuestra vida que parecía haber sido borrada de nuestro corazón, o tal vez nos transporten a lugares –imaginarios o reales–, que yacían olvidados en la memoria. Lo cierto es que tales rememoraciones, refrescadas y enriquecidas por la lectura, provocan un efecto benéfico para el alma. Acaso sea nostalgia, o tranquilidad, o sosiego, o diversión, o consuelo…, en suma retazos de felicidad que nos permiten recordar lo que nos espera. Dice así la poeta chilena Gabriela Mistral:

«Libros callados de la estantería,
vivos en su silencio, ardientes en su calma;
libros, los que consuelan, terciopelo del alma,
y que siendo tan tristes nos lucen la alegría».

No obstante, no habrá que volver sobre todos los libros. No todo aquello que contenga entre unas tapas un montón de hojas impresas o manuscritas es valioso, y tampoco todas las obras que encierren algo de valor han de ser releídas. La envoltura exterior es importante (ya hemos hablado de eso), pero lo relevante es lo que reposa en su interior. Es ese contenido el que nos hará volver a algunos de entre todos ellos, a los que nos hacen bien y nos hacen mejores, a los que nos ayudan a ser hombres. En su ensayo, De los estudios, Francis Bacon lo ratifica cuando dice que ciertos libros deben ser probados, otros deben ser tragados, y unos pocos deben ser masticados y digeridos. Aunque quizás aquí Bacon se esté refiriendo a otra cosa; a una forma de leer ya casi olvidada: Averiguar primero los hechos –probando el libro–, evaluarlos críticamente –tragándolo–, y luego formar una opinión sobre ellos –digiriéndolo–. Pero ese es otro asunto.

Por estas y otras razones que seguro se me escapan, pero que alguno de ustedes sopesa, hay que regresar a algunos libros, como quien regresa al hogar. Volver una y otra vez, las veces que haga falta. Las veces que nos haga falta. Porque los buenos y grandes libros pueden llegar a ser una bendición, un regalo y una dádiva. Y en ocasiones, raras eso sí, una gracia, que en consonancia con su naturaleza es siempre inmerecida.

Pero, reconozcámoslo, pocas personas son reincidentes en sus lecturas. Y si bien me resisto a ser tan duro en mis juicios como C. S. Lewis, dado que creo en la bondad y beneficio de esta costumbre, deseo proclamar los tesoros que guarda, a los que trato de acceder, a veces no sin esfuerzo. En un mundo como el nuestro donde se lee para el olvido, la relectura es una vindicación de la memoria, al menos de la memoria de lo leído, y esto es justo una de las cosas que necesitamos.

No obstante, es un tema difícil, ya que en unos tiempos hostiles a la lectura como los nuestros poco podemos esperar de la relectura. En la mayoría de los lectores de hoy podría reconocerse una falta de deseo por habitar el libro y profundizar en sus misterios ocultos, una aversión al esfuerzo, y un apego al más fácil y asequible de los placeres. Tristemente, muchos han dejado de leer libros para simplemente pasar a consumirlos.

Aun así, a pesar de mi convicción y mi deseo, sé que nunca encontraré tiempo para los muchos libros que desearía leer o que ambicionaría contuvieran los estantes de mis hijas, y menos releer los que merezcan ser releídos. Porque la vida aquí abajo es corta, aunque supongo que esa es una de las razones por las que estamos hechos para la eternidad. Y aun cuando no pienso que el Paraíso sea una biblioteca, como decía Borges, lo que sí que creo con Cervantes es que la pluma es la lengua del alma, al igual que el alma es imagen de Dios, y eso hace a los libros, a los buenos y grandes libros, merecedores de nuestra atención, e incluso en ocasiones, de una reiterada y constante atención.

Miguel San Martín Fenollera