BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



viernes, 27 de febrero de 2026

23-F: cuando Tejero paró el golpe y otros salvaron el relato




El 23 de febrero de 1981 no fracasa porque el Estado defendiera la legalidad con firmeza y convicción. Fracasa porque el principal ejecutor sobre el terreno se niega a aceptar el verdadero objetivo del plan. Ahí reside la gran paradoja de aquella jornada: el único que no traga con la farsa es el hombre señalado desde el principio para cargar con toda la culpa.

Cuando el teniente coronel Antonio Tejero irrumpe en el Congreso de los Diputados, lo hace convencido —equivocadamente— de que está participando en una operación para enderezar una España rota por el terrorismo, la debilidad política y el caos institucional. No es un demócrata liberal ni pretende serlo, pero tampoco es un traidor dispuesto a entregar el poder a quienes llevaban años trabajando para destruir cualquier vestigio de soberanía nacional.


El guion preveía que, tras el ruido, apareciera la figura del llamado elefante blanco. Ese elefante no era otro que el general Alfonso Armada, hombre de confianza de la Casa Real y perfecto enlace entre lo militar, lo institucional y lo político. Armada llevaba preparada su solución: un gobierno de “concentración” en el que tenían cabida, cómo no, los socialistas, comunistas y miembros del antiguo régimen. Un Ejecutivo diseñado para cerrar definitivamente la Transición por la vía del miedo.

Cuando Armada entra en el Congreso y expone su propuesta, Tejero comprende de golpe que ha sido utilizado. Aquello no era salvar España; era entregarla definitivamente. No había patria, ni orden, ni Ejército: había reparto de poder. Y ahí es donde Tejero —el supuesto golpista— se convierte en el mayor obstáculo del golpe.

Su negativa a aceptar aquel gobierno ilegítimo hace saltar por los aires el plan. Armada queda descolocado. La operación entra en fase de chapuza. Lo que debía ser una salida controlada se transforma en un desastre a ojos de quienes habían diseñado la jugada desde los despachos.

Es entonces cuando entra en juego la gran habilidad del entorno real, personificada en Sabino Fernández Campo. Con sangre fría, lectura del momento y una enorme capacidad para reconducir el caos, Sabino entiende que el golpe ya no puede cumplir su función inicial. Hay que cambiar el relato. Y rápido.

Lo que sigue es una operación magistral de propaganda política. El Rey, Juan Carlos I, aparece en televisión como salvador de la democracia, cuando en realidad había sido conocedor —y parte— de los movimientos previos, de los contactos, de los planes y de la figura de Armada. De pronto, el monarca pasa de actor a árbitro, de pieza clave a héroe nacional.

La jugada es perfecta: se borra todo rastro incómodo. Armada queda sacrificado con discreción. Tejero se convierte en el villano oficial. El Ejército en su conjunto es puesto bajo sospecha. Y la Corona sale reforzada como garante del nuevo sistema.

Nada de esto se explica sin la connivencia política del momento. El PSOE de Felipe González, heredero de una tradición golpista que se remonta al menos a 1934, no fue ajeno a lo que estaba ocurriendo. Al contrario: resultó uno de los grandes beneficiados. El mensaje cala: o el PSOE o el caos; o el sistema o los sables.

El 23-F deja así de ser un intento de golpe para convertirse en el acto fundacional del régimen posterior. Un régimen cimentado en el miedo, en la criminalización del patriotismo y en la neutralización definitiva del Ejército como actor político. Todo queda listo para que, apenas un año después, Felipe González arrase en las urnas con una mayoría absoluta presentada como balsámica y necesaria.


De aquella jornada sale un Rey reforzado, un Ejército humillado, una derecha domesticada y un PSOE convertido en solución de Estado. Y sale también una verdad incómoda: el golpe no se detuvo desde la Zarzuela; se detuvo porque Tejero no aceptó el reparto.

Lo que vino después fue la explotación del miedo. La utilización del 23-F como coartada moral. La purga silenciosa. La desaparición política de cualquier resistencia patriótica. Pero eso pertenece ya a los días posteriores.

Porque el 23-F, lejos de ser una victoria de la democracia, fue una lección magistral de cómo un desastre puede transformarse en un triunfo político, si se controla el relato. Y lo que vino después, eso ya es otra historia.

Por Javier García Isac 26/02/2026

Fraternidad San Pío X: «En la Iglesia, ¿por qué no habría también un lugar para los “tradis”?»



Este artículo, escrito por un sacerdote diocesano de Francia, fue publicado ayer en La Croix, el órgano semi-oficial de la Conferencia Episcopal Francesa. Todo un signo alentador.

P. Pierre Amar. Sacerdote de la diócesis de Yvelines

--------

¿Conoce la cuenta de Instagram «Catholic trash»? No entre: ¡es una máquina para lanzarlo en brazos de la Fraternidad San Pío X! Administrada por católicos italianos, recopila —con pruebas— lo que puede hacerse (realmente) peor en liturgia. Iconografías dudosas, objetos piadosos kitsch, productos de marketing religioso extremos, decoraciones de iglesias horrendas, vestimentas escandalosas de celebrantes… En definitiva, se encuentra allí la encarnación de lo que Benedicto XVI denunciaba un día como una «creatividad [que] a menudo ha conducido a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable».

He aquí el problema de fondo. Porque el movimiento iniciado por mons. Lefebvre no nació de la nada: encuentra su fundamento en los abusos y en la brutalidad con que algunos aplicaron la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II. ¿Por qué hay, por ejemplo, muchos menos prioratos de la Fraternidad San Pío X en Polonia que en Francia? Porque allí la reforma litúrgica promulgada por el papa san Pablo VI se llevó a cabo pacíficamente, sin voluntad de destruirlo todo. De modo que hoy, en ese país todavía profundamente creyente, se puede celebrar la misa de espaldas al pueblo (por ejemplo en Czestochowa, «el» santuario nacional), llevar sotana y entonar un canto en latín sin ser acusado de integrista.

Examen de conciencia

¿Y si comenzáramos por un examen de conciencia eclesial? Ayer como hoy, las deformaciones arbitrarias de la liturgia hieren profundamente a personas arraigadas en la fe de la Iglesia. En otras palabras, ¿no somos nosotros mismos responsables de nuestra propia desgracia? Como Frankenstein, hemos fabricado nuestro propio monstruo. El malestar es tanto más intenso cuanto que esta criatura proviene de nuestra propia familia. Como ayer con Lutero, producido por los obispos corruptos del siglo XVI, no somos ajenos a la aparición de Marcel Lefebvre. El malestar litúrgico del posconcilio fue alimentado por mezquindades, faltas de caridad, innovaciones desafortunadas. Y también por un «espíritu del Concilio» que simplemente no era el Concilio.

¿El resultado? Una historia de la que no logramos desprendernos, un poco como la tirita del capitán Haddock. Y una historia dolorosa, porque ya no se trata de la unidad entre cristianos —que ya es un tema en sí mismo— sino de la unidad entre católicos.

Desde luego, como en toda disputa familiar, las culpas son compartidas. Por ejemplo, estas recientes declaraciones del padre Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, son particularmente hirientes: «Es un hecho: en una parroquia ordinaria los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna». Después de una afirmación semejante, resulta tentador reconocer que realmente ya no hay nada que decir y que la ruptura está consumada.

El problema es que la Fraternidad San Pío X no se equivoca cuando denuncia, además de las innovaciones litúrgicas, cierta confusión doctrinal que erosiona la claridad del mensaje de la fe. Incluso se tiene la impresión de un «doble rasero»: ¿por qué habría que ser particularmente severos con la Fraternidad San Pío X cuando, desde mi punto de vista, se muestra una sorprendente paciencia con el camino sinodal alemán o con la Asociación Patriótica de los Católicos Chinos? En una época en que se acepta casi todo, ¿por qué no habría lugar, dentro de la familia, para hermanos y hermanas —ciertamente muy turbulentos— pero hermanos y hermanas al fin?

Dos caminos

El primero consiste en caminar juntos. ¿No podríamos mostrar una generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo? Un obispo observaba recientemente cuánto la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa. Pueden, por el contrario, progresar de modo gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio a un diálogo teológico posterior más sereno y fecundo.

Claro que no a cualquier precio. Y corresponde a Roma fijar los mínimos. Pero tampoco sin apostar por el largo plazo y por la gracia del Espíritu Santo.

Las Administraciones Apostólicas Personales que ya existen en la Iglesia: ¿tanto pide la FSSPX?





En el complicado y denso debate sobre las nuevas consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), la reacción habitual es presentarlo como una exigencia desproporcionada, casi como un desafío estructural al orden de la Iglesia. Sin embargo, una mirada serena al derecho canónico vigente y a la práctica reciente de la Santa Sede obliga a formular la pregunta de otra manera: ¿realmente es tan extraordinario pedir continuidad episcopal para una realidad pastoral consolidada cuando la Iglesia ya ha creado estructuras similares para comunidades mucho más pequeñas?

El caso paradigmático es la Administración Apostólica Personal San Juan María Vianney, erigida en 2002 en Campos (Brasil). Se trata de una circunscripción personal —no territorial— creada específicamente para fieles vinculados al rito romano tradicional dentro de una diócesis concreta. Tiene clero propio y un obispo propio, en plena comunión con Roma. La solución no fue experimental ni provisional; fue jurídica, estable y explícitamente diseñada para integrar una sensibilidad litúrgica tradicional sin diluirla.

No es un caso aislado. En 2009, mediante la constitución apostólica Anglicanorum coetibus, Benedicto XVI creó ordinariatos personales para fieles procedentes del anglicanismo. Existen actualmente el Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham en el Reino Unido, el de la Cátedra de San Pedro en Estados Unidos y Canadá, y el de Nuestra Señora de la Cruz del Sur en Australia. Son jurisdicciones personales equivalentes a diócesis, con ordinario propio —en algunos casos obispo— y estructura autónoma. Numéricamente son realidades modestas si se comparan con la extensión internacional de la FSSPX, pero nadie sostuvo que su creación supusiera una amenaza para la unidad de la Iglesia.

Algo similar ocurre con los ordinariatos militares. En numerosos países existen jurisdicciones personales para atender a los fieles vinculados a las fuerzas armadas. En este caso no responden a una diferencia doctrinal ni ritual, sino a una necesidad pastoral sectorial. Tienen obispo propio y estructura separada de las diócesis territoriales. El principio subyacente es claro: cuando existe una comunidad con características específicas que requieren atención diferenciada, la Iglesia puede crear una jurisdicción personal sin que ello implique fragmentación eclesial.

El mismo criterio rige en el ámbito oriental. En Australia, por ejemplo, la Iglesia greco-católica ucraniana cuenta con su propia eparquía con el cardenal Bychok; lo mismo sucede con los maronitas o los siro-malabares en diversos países occidentales. Algunas de estas circunscripciones atienden a poblaciones reducidas en comparación con la realidad global de la FSSPX, pero poseen obispo propio y plena estructura jerárquica. La lógica no es cuantitativa, sino pastoral y jurídica: identidad litúrgica definida, continuidad institucional y necesidad de gobierno estable.

La Fraternidad San Pío X, por su parte, cuenta con centenares de sacerdotes, varios seminarios, presencia permanente en decenas de países y una actividad sacramental constante desde hace más de medio siglo. No es una realidad marginal ni efímera. Desde el punto de vista puramente sociológico y pastoral, su dimensión supera con amplitud la de muchos ordinariatos personales ya existentes.

Es cierto que el derecho canónico exige mandato pontificio para la consagración episcopal y que la comunión jerárquica es un elemento esencial de la catolicidad. Ese principio no está en discusión. Pero el debate actual no se limita a la licitud abstracta de un acto concreto, sino a la proporcionalidad de la respuesta institucional. Si para comunidades pequeñas y recientes se han creado estructuras personales con obispo propio, resulta legítimo preguntarse si la solicitud de garantizar continuidad episcopal para una obra de alcance mundial constituye realmente una pretensión extrema.

No entramos aquí en el caso chino, que abriría un capítulo distinto y aún más complejo sobre consagraciones, irregularidades y soluciones pragmáticas adoptadas en circunstancias históricas delicadas. Baste señalar que la praxis eclesial reciente demuestra que, cuando existe voluntad pastoral, se buscan fórmulas jurídicas incluso en contextos altamente sensibles.

La cuestión, por tanto, no es si la Iglesia puede crear estructuras personales con obispo propio —eso ya lo ha hecho en múltiples ocasiones— sino si desea aplicar el mismo criterio de realismo pastoral a una realidad tradicional que, guste o no, forma parte del paisaje católico contemporáneo. Planteada en esos términos, la pregunta deja de ser retórica: ¿tanto pide la FSSPX?

por Miguel Escrivá | 26 febrero, 2026