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domingo, 17 de mayo de 2026

Clamor ciudadano para pedir la dimisión inmediata de Sánchez: la sociedad civil saldrá a la calle el 23 de mayo en Madrid




Este es un momento de emergencia nacional. Lo que nos jugamos el próximo sábado 23 de mayo no es el éxito de unas siglas políticas ni el ascenso de un candidato específico. Lo que está en juego en las calles de Madrid es la supervivencia de España como nación soberana, como Estado de derecho y como una comunidad de ciudadanos libres e iguales. La cita, convocada por la plataforma Sociedad Civil Española —que aglutina a más de 150 asociaciones—, no es una opción; es un deber moral para todo aquel que contemple con horror cómo se desmoronan los cimientos de nuestra convivencia.

La marcha partirá a las 10:30 horas desde la Plaza de Colón y recorrerá el corazón de la capital hasta el Arco de la Victoria en Moncloa. Es hora de que el clamor de la calle llegue hasta el despacho de quien ha hecho de la mentira su forma de gobierno y de la traición su herramienta de supervivencia.

El fin de la paciencia: Por qué debemos echar a Sánchez

Pedro Sánchez no es un gobernante al uso; es el arquitecto de un proceso de demolición controlada. Desde su llegada al poder, hemos asistido a una aceleración de la hoja de ruta iniciada hace años para liquidar la nación española. Su gestión no se mide en leyes de progreso, sino en escándalos de corrupción, asaltos a la independencia judicial y pactos con quienes tienen como único objetivo destruir España.

La indignación ya no es un sentimiento de partido; es un clamor transversal. Los españoles están cansados de ver cómo su futuro se negocia en despachos oscuros fuera de nuestras fronteras, cómo la igualdad ante la ley desaparece para beneficiar a delincuentes con pedigrí político y cómo las instituciones del Estado —desde el CIS hasta la Fiscalía— han sido colonizadas para servir a la voluntad de un solo hombre. El daño que Sánchez está haciendo a los españoles es profundo, sistemático y, si no reaccionamos ahora, será irreversible.

Un país asediado por la corrupción y el desgobierno

El contexto en el que llegamos a este 23 de mayo es dantesco. El cerco judicial se estrecha sobre el entorno más íntimo del presidente. La sombra de la corrupción ya no solo planea sobre su gobierno, sino que ha entrado en su propia casa. Declaraciones ante el Tribunal Supremo, empresarios señalando tramas de influencias y una sensación de impunidad que ofende a cualquier ciudadano que madruga para cumplir con sus obligaciones.

Mientras la economía de las familias se asfixia bajo una presión fiscal insoportable y un gasto público ineficiente que solo sirve para alimentar una red clientelar, el Gobierno se dedica a la ingeniería social. La manipulación del censo electoral mediante regularizaciones masivas y la concesión exprés de nacionalidades son pruebas de que Sánchez busca un «pueblo a medida», despreciando la voluntad soberana de quienes llevan generaciones construyendo este país.

Por encima de las siglas: Una cuestión de dignidad

Uno de los mayores errores que podríamos cometer este sábado es mirar quién lleva la pancarta de al lado. 
Esta marcha no es de nadie y es de todos. La plataforma convocante ha sido clara: se pide «generosidad política». No importa si tu sensibilidad es conservadora, liberal o simplemente democrática. No importa si votaste a un partido u otro en las últimas elecciones.
El objetivo común es superior a cualquier diferencia táctica: exigir la dimisión inmediata de Pedro Sánchez y la convocatoria de elecciones generales.

Es el momento de la sociedad civil. Una sociedad que ha estado aletargada y que ahora despierta ante una «amenaza existencial». El apoyo de formaciones como Vox, o el llamamiento a la movilización de otros sectores, debe entenderse como un refuerzo, no como un límite. Cada español debe acudir con sus propias razones, sus propios símbolos y su propia indignación, pero con una sola voz.

El itinerario de la rebelión cívica

La logística de la marcha está diseñada para ser un testimonio visual de la fuerza de los españoles.

Inicio (10:30h): Plaza de Colón. El punto de partida simbólico de la unidad nacional.

Recorrido: Avanzaremos por las calles de Génova, Sagasta, Carranza, Alberto Aguilera y Princesa.

Final (12:30h): Arco de la Victoria en Moncloa. 

Concluiremos a las puertas del poder, allí donde reside la soberanía secuestrada.

Este recorrido no es solo un trayecto físico; es una declaración de intenciones. Estamos reclamando cada metro de nuestra capital y de nuestro país. El Arco de la Victoria será el escenario donde la sociedad civil diga «basta» a un gobierno que busca sustituir nuestro sistema político por una república confederal que segrega a los ciudadanos en categorías de primera y segunda.

La deriva autoritaria de Sánchez nos ha llevado a un punto donde el Estado de derecho es una cáscara vacía si no se protege desde la calle. La amnistía fue el aviso definitivo: el Gobierno está dispuesto a romper el pacto constitucional de 1978 con tal de no perder el poder. Por eso, el 23 de mayo es también una marcha por la libertad.

El sábado 23: La última frontera

Si no salimos ahora, ¿cuándo lo haremos? No podemos permitirnos la apatía. Los organizadores de la «Marcha por la Dignidad» nos recuerdan que aún estamos a tiempo de revertir este proceso de ruptura. La derogación de leyes infames, la regeneración democrática y la vuelta al respeto internacional solo empezarán el día que Sánchez abandone la Moncloa.

Sánchez confía en nuestro cansancio. Confía en que el ruido de los escándalos diarios nos sature y nos haga desistir. Pero se equivoca. España es mucho más que un gobierno accidental y un presidente narcisista. España es su gente, su historia y su voluntad de seguir existiendo.
El próximo sábado no te quedes en casa. No dejes que la historia diga que, cuando España se asomó al abismo, sus hijos se quedaron mirando
A las 10:30 en Colón, trae tu bandera, trae tu voz y, sobre todo, trae tu determinación. Porque echar a Sánchez es el primer paso necesario para que España vuelva a ser de los españoles.

📍 Sábado 23 de mayo. 10:30h. 
Plaza de Colón, Madrid. 
¡Por la dignidad! ¡Sánchez dimisión!

La fe en los jóvenes (Bruno Moreno)

 INFOCATÓLICA




Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

Por supuesto, sobrenaturalmente hablando y en sentido estricto, solo Dios es digno de fe y no se puede tener fe en ninguna criatura. Incluso si tomamos fe en sentido amplio de confianza, sin embargo, la frasecita sigue chirriando, por la sencilla razón de que existe el pecado original, quizá el dogma más evidente de la Iglesia y extrañamente uno de los menos creídos hoy.

Como sabemos por la doctrina católica y por la experiencia, los jóvenes sufren los efectos del pecado original igual que los viejos, los bebés, los cuarentones y los matusalenes que han pasado ya el siglo. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como enseña San Pablo. No hay nada que haga a la juventud más digna de confianza que cualquier otra etapa de la vida, especialmente en estos tiempos, en los que los jóvenes son a menudo adolescentes perpetuos. La juventud, igual que la ancianidad, la adolescencia, la mediana edad o la niñez, está herida por el pecado original y necesita ser redimida por Cristo.

En ese sentido, tener fe en los jóvenes es una afirmación tan vacía como tenerla en los ancianos, en los malagueños o en los pelirrojos. Peino canas, pero también cuando era joven me molestaban ese tipo de frases, porque me parecía obvio que o bien no tenían contenido real más allá de la retórica o bien eran un disparate. Maldito quien confía en un hombre, dice el profeta. Sea ese hombre viejo, joven o de la edad que sea, podríamos añadir.

Con el tiempo, he ido intuyendo que el fundamento de esas afirmaciones sobre los jóvenes no es racional. Son, más bien, una manifestación de segunda mano de la efebolatría o idolatría de la juventud propia de nuestra época. Al haber apostatado de la fe, el mundo ha perdido también la esperanza de la vida eterna. Abandonado a su suerte, vive aherrojado por el miedo a la muerte y no le queda otro recurso que añorar, imitar y envidiar la pasajera juventud, en la que parece que uno no se va a morir nunca.

Por eso, cuando se dice que la juventud es el futuro, que hay que tener fe en la juventud, que los jóvenes son la esperanza de la Iglesia, que es la hora de los jóvenes y cosas similares, aunque sea con la mejor intención, me parece estar oyendo al mundo moderno gritar: “que nadie me hable de la muerte, que no se mencione siquiera en mi presencia. Dejadme en mi ilusión de que la vida en este mundo no se acaba, aunque sepa en mis huesos que no es cierto y tiemble al pasar frente al camposanto”.

Quizás esté exagerando, pero no mucho.

BRUNO MORENO

¿Valores evangélicos? La Conferencia Episcopal premia a Rosalía en los ¡Bravo! 2025



La Conferencia Episcopal Española entregará este lunes, 18 de mayo, los Premios ¡Bravo! 2025, los galardones promovidos por la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) que, según explican sus propias normas, buscan reconocer «la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación […] que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos o los valores evangélicos».


Precisamente por ello, la decisión de conceder el Premio ¡Bravo! de Música a Rosalía por Lux, después de ver el despliegue de su tour, resulta a lo menos confuso. La crítica no nace únicamente del estilo artístico de la cantante catalana, sino del profundo contraste entre el contenido simbólico de su espectáculo y aquello que la Iglesia afirma querer premiar.

Una estética religiosa convertida en espectáculo

Las crónicas sobre el Lux Tour describen una gira atravesada de principio a fin por referencias explícitas al cristianismo: confesionario, pecado, redención, santidad, Virgen María, penitencia, ángeles, velos, cruces, procesiones e incluso un botafumeiro inspirado en el de Santiago de Compostela.

Sin embargo, esas referencias aparecen integradas dentro de una propuesta escénica que mezcla sensualidad, erotización, cultura de club, provocación sexual y «reinterpretaciones» de la fe cristiana. De hecho, una de las crónicas sobre la gira afirma expresamente que Rosalía “se apropia de los códigos de la fe para volverlos más libres, ambiguos y carnales”.

Ahí está el núcleo de la cuestión.

La tradición católica nunca ha considerado irrelevante el uso del lenguaje religioso o de los símbolos sagrados. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la blasfemia consiste en pronunciar contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, reproche o desafío, así como abusar del nombre de Dios y faltar al respeto debido a las realidades sagradas.

Y aunque no toda utilización artística de elementos religiosos constituye formalmente una blasfemia, resulta difícil ignorar la banalización que supone convertir signos vinculados al arrepentimiento, la santidad o la liturgia en elementos de entretenimiento pop.

El confesionario como recurso viral

Uno de los elementos más comentados del espectáculo es precisamente el “confesionario” que Rosalía incorpora en sus conciertos. Según distintas crónicas, este espacio se ha convertido en una sección viral donde famosos e influencers relatan experiencias sentimentales, sexuales o íntimas ante el público.

El problema no es simplemente estético. El confesionario no es un objeto decorativo ni un símbolo vacío dentro de la tradición católica. Es el lugar sacramental donde el pecador se reconcilia con Dios.

Transformarlo en un recurso teatral para anécdotas románticas o relatos virales refleja precisamente esa deriva contemporánea que trivializa lo sagrado hasta convertirlo en mera escenografía cultural.

Y, sin embargo, es precisamente esta propuesta la que la Conferencia Episcopal ha decidido premiar en nombre de los “valores evangélicos”.

La incoherencia de una Iglesia acomplejada

La cuestión de fondo no es Rosalía. Rosalía hace aquello que el mundo del espectáculo lleva años haciendo: utilizar símbolos religiosos, reinterpretarlos y mezclarlos con narrativas contemporáneas donde lo espiritual queda subordinado a la experiencia individual, la estética y la provocación.

La verdadera pregunta es otra: ¿qué lleva a una institución eclesial a bendecir culturalmente este tipo de propuestas?

Porque los Premios ¡Bravo! no son unos galardones civiles cualquiera. Son premios otorgados “por parte de la Iglesia”. Y eso implica inevitablemente un juicio moral y cultural. Cuando la Conferencia Episcopal distingue una obra concreta, está enviando un mensaje sobre qué considera compatible con el Evangelio y qué entiende hoy por “valores evangélicos”.

El problema es que muchos fieles difícilmente pueden reconocer esos valores en una propuesta artística donde lo religioso aparece constantemente mezclado con sensualidad explícita, ambigüedad moral y una utilización estética de símbolos sagrados.

Cuando la relevancia sustituye al criterio católico

Da la impresión de que ciertos organismos eclesiales llevan años atrapados en la necesidad de resultar culturalmente aceptables ante el mundo contemporáneo. Y en ese intento por parecer modernos, dialogantes y cercanos a la cultura dominante, terminan desdibujando los criterios específicamente católicos.

Premiar a Rosalía puede generar titulares, simpatía mediática y conversación en redes sociales. Pero también transmite otra idea: que la Iglesia institucional ya no considera problemático el uso ambiguo, frívolo o sensualizado de elementos profundamente vinculados a la fe cristiana.

Y eso sí tiene consecuencias.

Porque mientras muchos católicos ven cómo se ridiculizan símbolos religiosos en espacios culturales y mediáticos, descubren ahora que parte de la propia estructura eclesial no solo evita denunciar esa banalización, sino que la premia públicamente.

La pregunta, por tanto, sigue en pie: si estos galardones existen para reconocer el servicio a los “valores evangélicos”, ¿qué entiende hoy exactamente la Conferencia Episcopal por Evangelio?

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Hacia un nuevo cisma? De los lefebvristas al camino sinodal



Leí hace poco que el cardenal Reinhard Marx dice que permitirá la bendición de uniones del mismo sexo, en contra de las directivas del Vaticano. El P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, dice que tiene la intención de ordenar nuevos obispos sin mandato papal. 

Y el cardenal de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, dice que la ordenación de mujeres es esencial para el futuro de la Iglesia: «A largo plazo, no me puedo imaginar cómo puede sobrevivir una Iglesia si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado».Bueno, como laico casado que «no tiene acceso al ministerio ordenado», yo sí puedo imaginármelo. Siempre he pensado que el sacerdocio es una llamada especial al servicio, no una posición de prestigio especial a la que la gente merezca tener «acceso». Pero el cardenal Hollerich parece tener un punto de vista diferente, tal vez porque es agasajado como cardenal.

Sin embargo, la declaración del cardenal Hollerich no es realmente una novedad. El difunto cardenal Pell advirtió poco antes de morir, en un artículo en The Spectator, que Hollerich había «rechazado públicamente las enseñanzas básicas de la Iglesia sobre la sexualidad, el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres al sacerdocio y la actividad homosexual, así como la poligamia, el divorcio y las segundas nupcias». Por lo tanto, la ordenación de mujeres no es lo único sin lo que el cardenal piensa que la Iglesia no puede salir adelante.

Estoy convencido de que la Iglesia puede salir adelante sin esas cosas —bastante bien, de hecho— al igual que la mayoría de las personas que conozco. Puede que el cardenal Hollerich conozca a personas con una opinión diferente, pero hay un viejo refrán que dice que cuando un hombre se convierte en obispo, nunca más vuelve a pagar la cena y nunca más vuelve a escuchar la verdad. La gente le dice lo que cree que él quiere oír. La gente no hace eso conmigo.

And yet, las personas con las que hablo no parecen contar de la misma manera que Hollerich o los «expertos» del Grupo Sinodal 9 que anunciaron recientemente que la Iglesia ha estado totalmente equivocada en asuntos sexuales. Yo interactúo con jóvenes todos los días y, desde esa perspectiva, les habría dicho que la enseñanza de la Iglesia es un regalo de Dios, mucho más sabia que cualquier otra cosa que se ofrezca hoy en día. Pero esa opinión no parece contar tanto, o en absoluto.

Lo que me hace preguntar cómo se llega a ser una persona como el P. James Martin, S. J., que vuela a Roma para consultar con el Papa y es citado como una autoridad con regularidad.

Supongo que una de las razones por las que el P. Martin y otros como él gozan del «acceso» que disfrutan es porque él es clérigo y yo no. ¿Pero no es eso clericalismo? Pensaba que el clericalismo era algo malo, algo a lo que la Iglesia necesita poner fin. Muchos clérigos dicen esto. Algunos de ellos culpan de todo el escándalo de la pedofilia al clericalismo y no, como se podría haber pensado, a la laxitud de las normas sobre el sexo entre algunos miembros del clero de orientación homosexual.

Entonces, si hay que resistirse al clericalismo, ¿por qué es especialmente relevante lo que Jean-Claude Hollerich piense sobre la ordenación de mujeres, la actividad homosexual o el divorcio y las segundas nupcias? La respuesta, cabe suponer, es que es cardenal. Es justo. Pero los cardenales no tienen  autoridad para dictar la doctrina. Ellos mismos son hombres bajo autoridad. Y si no respetan la autoridad bajo la que están, ¿por qué debería alguien respetar la suya?

Mis alumnos vienen a la universidad católica donde enseño no porque quieran escucharme a mí. Vienen porque quieren aprender lo que enseña la Iglesia. La única «autoridad» que tengo es la autoridad que se deriva de la enseñanza de la Iglesia. La clase no es «Teología de Randall Smith». ¿Quién la tomaría? La clase es teología católica.

Por lo tanto, cuando un obispo o cardenal proclama algo que es contrario a la autoridad de la Iglesia, es como si estuviera serruchando la rama sobre la que está sentado. La única razón por la que alguien escucharía a un obispo o cardenal es porque esa persona acepta la autoridad de su cargo eclesiástico basándose en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. De lo contrario, un cardenal es sólo un anciano estrafalario con un curioso solideo rojo.

Sé que la gente de un bando u otro dirá que su hombre está «haciendo lo mejor para la Iglesia», mientras que los del otro bando son herejes que desvían a la gente. No tengo ninguna duda de que la gente de la FSSPX está horrorizada por los cardenales Marx y Hollerich y está convencida de que absolutamente debe ordenar nuevos obispos, del mismo modo que es probable que Marx y Hollerich estén consternados por la FSSPX y convencidos de que la Iglesia absolutamente debe bendecir las uniones homosexuales y ordenar mujeres.

Lo extraño de todos estos hombres es su presunción de que lo que ellos piensan debería gobernar a toda la Iglesia. Yo no asumo que lo que yo pienso deba gobernarlo todo ni siquiera en mi propia casa. Qué delirio de grandeza se le mete a un hombre en la cabeza para que piense: «La Iglesia soy yo. Puede que cause un cisma, pero será mejor para todos».

¿En serio? ¿Cuándo ha hecho el cisma que las cosas sean «mejores»? ¿Y cuándo se ha detenido un cisma en uno solo? Prescíndase de la autoridad de la Iglesia, ¿y qué impide que haya más divisiones? Sólo pregúntenles a los protestantes. ¿Creen que guiar a la gente al cisma es bueno para la salvación de sus almas? ¿Prenderle fuego a una iglesia sería bueno para el edificio?

Algunos dirán: «No es herejía; es cisma». Pero el cisma es herejía. El término «herejía» proviene de una raíz griega (haiereo) que significa «elegir». Cuando un grupo decide que puede elegir un conjunto de doctrinas o concilios de la Iglesia que quiere obedecer y cuáles no, eso es herético. Esas personas simplemente se han convertido en otro grupo de protestantes.

Algunos de mis mejores amigos son protestantes. Una cosa que me gusta de mis amigos protestantes es que no pretenden ser católicos. Así que, si ciertas personas quieren separarse de la Iglesia católica, está bien. Ya se ha hecho antes. Es triste, pero la Iglesia siempre sobrevive. Pero no pueden quedarse con los edificios de las iglesias construidos por y para los católicos. Si crean su propia iglesia, que construyan sus propios edificios.

Pueden volver para el café.
Randall Smith


Sobre el autor

Randall Smith ocupa la Cátedra de Teología J. Michael Miller en la Universidad de St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary, Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, se publicará en Emmaus Press este verano. Sus artículos se pueden encontrar aquí.

Atacan al Papa León XIV: La Doble Rebelión Contra la Doctrina y Magisterio | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 10:20 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #117 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




DURACIÓN 33:36 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA   ESPAÑA
1. El Valle de los Caídos vuelve a tener abad
2. Curas incordiantes
3. Jornada pro orantibus 2026
MUNDO
4. Buenos datos desde la banca vaticana
5. Música sacra
6. Courage contra el sínodo
7. Puntos fuertes de la New age
8. Más de 400.000 peregrinos en Fátima

viernes, 15 de mayo de 2026

No sabía que Jesús está vivo y esperándome en la Eucaristía | Samuel Clavijo, ¿futuro sacerdote?




DURACIÓN 34:25 MINUTOS

Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo


Uno de los elementos significativos relacionados con la polémica decisión de la FSSPX. Aprovecho esta oportunidad para compartir un recuerdo. Hace años, cuando expresé mis inquietudes sobre los cambios en la fórmula de ordenación sacerdotal al entonces superior de la FSSP, me respondió lacónicamente: « No somos columnistas ». Aquí está el índice de artículos sobre la liturgia en la época de León XIII. Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo:

Una carta abierta


En estos tiempos difíciles para la Iglesia, no podemos permanecer en silencio mientras se tambalean los cimientos del sacerdocio y del Santo Sacrificio. Las reformas introducidas bajo el pontificado de Pablo VI no fueron ajustes menores, sino una reconstrucción radical de los ritos sagrados de la Iglesia, llevada a cabo, como es bien sabido, con la ayuda de seis observadores protestantes, hombres que no compartían la fe católica en la Misa como verdadero sacrificio ni en el sacerdocio como realidad sacramental.

Desde el principio, se plantearon serias objeciones. Los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci advirtieron que el nuevo rito de la Misa, el llamado Novus Ordo Missae , estaba plagado de peligrosas ambigüedades —insinuaciones contra la fe misma— . Señalaron que la doctrina de la Presencia Real ya no se expresaba con claridad, que la naturaleza sacrificial de la Misa se oscurecía y que el papel del sacerdote se reducía a algo parecido al de un ministro protestante. Estas advertencias quedaron sin respuesta. Fueron ignoradas.

Poco después, en 1968 y 1969, se aplicó el mismo espíritu de reforma a los ritos de ordenación.(1) En su constitución Pontificalis Romani Recognitio , Pablo VI argumentó que los cambios tenían como objetivo clarificar y restaurar. Pero lo que vemos, en cambio, no es claridad: es omisión, dilución y, en algunos casos, un silencio peligroso donde la precisión es absolutamente necesaria.

Consideremos la ordenación sacerdotal. En el rito tradicional, la Iglesia habla inequívocamente: el sacerdote es ordenado para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, perdonar los pecados y bendecir en el nombre de Cristo. Estos no son detalles secundarios; son la esencia misma del sacerdocio. Sin embargo, en el nuevo rito, estas facultades esenciales ya no se expresan claramente en la forma sacramental. En el mejor de los casos, se mencionan vagamente, e incluso entonces en partes opcionales de la ceremonia.

Peor aún, la forma definida por el Papa Pío XII en Sacramentum Ordinis ha sido modificada de tal manera que oscurece la conexión entre la gracia del Espíritu Santo y la investidura sacerdotal. Se ha suprimido una sola palabra — «ut» —, y con ella, la clara relación entre causa y efecto. Este cambio no es trivial. Afecta la validez y el significado mismo del sacramento.

Al abordar la consagración de obispos, la situación se torna aún más alarmante. El rito tradicional no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del obispo: sucesor de los Apóstoles, poseedor de la plenitud del sacerdocio, investido con la autoridad para enseñar, santificar y gobernar. Esto se expresa claramente en oraciones, votos y símbolos.

En el nuevo rito, esta claridad desaparece.

El solemne juramento de fidelidad a la Sede Apostólica se sustituye por un lenguaje vago. Los votos firmes se convierten en meras «resoluciones». La profesión explícita de la fe católica se reduce a una simple pregunta. Incluso las atribuciones de un obispo, antes proclamadas abiertamente, ya no se enuncian explícitamente.

En cambio, encontramos expresiones ambiguas: el obispo como alguien que «sirve» más que que gobierna, cuya autoridad parece derivar más de la comunidad que de Dios. El énfasis se desplaza sutilmente de la institución divina a la función humana.

La oración de consagración en sí misma también suscita serias dudas. Pablo VI afirmó que provenía de fuentes antiguas, específicamente de la llamada Tradición Apostólica atribuida a Hipólito de Roma. Sin embargo, los estudiosos cuestionan tanto el origen como la fiabilidad de este texto. Aún más preocupante es que, en comparación con los auténticos ritos orientales, la nueva versión omite expresiones clave que claramente denotan el poder episcopal.

Esta ambigüedad no ha pasado desapercibida. El hecho de que la Iglesia Episcopal Protestante de Estados Unidos haya podido adoptar una forma similar en sus ritos debería justificar la preocupación católica. Un rito aceptable para quienes niegan el sacerdocio sacrificial no puede celebrarse fácilmente para salvaguardarlo.

Aquí debemos recordar el juicio del Papa León XIII en Apostolicae Curae , donde declaró nulas y sin efecto las órdenes anglicanas precisamente por defectos de forma e intención, defectos sorprendentemente similares a los que vemos ahora: ambigüedad, omisión y falta de expresión de la verdadera naturaleza del sacerdocio.

Otros cambios refuerzan el mismo patrón. Los elementos ricos y solemnes del rito tradicional —la detallada Profesión de Fe, la Letanía de los Santos completa, la clara concesión de autoridad— se reducen o se vuelven opcionales. Incluso los símbolos de autoridad, como el báculo pastoral, pierden su poderoso significado.

Todo esto se presenta bajo el pretexto de una «simplificación» y un «retorno a las prácticas antiguas». Pero este supuesto retorno a la antigüedad —lo que el Papa Pío XII condenó como arqueología en Mediator Dei— no es una verdadera restauración. Es una reconstrucción guiada por ideas modernas, no por el desarrollo orgánico de la Tradición.

Cabe preguntarse: ¿qué clase de sacerdocio se está formando? ¿Qué clase de obispos se están consagrando? Cuando se silencia el lenguaje del sacrificio, cuando se oscurece la autoridad, cuando la doctrina se da por implícita en lugar de proclamarse, el resultado es, en el mejor de los casos, confusión; y, en el peor, una erosión gradual de la fe misma.

Se nos dice que estas reformas eran necesarias. ¿Pero necesarias para qué? No para preservar lo que la Iglesia siempre ha enseñado. No para fortalecer la fe en la Presencia Real. No para salvaguardar el sacerdocio sacramental.

La verdad es difícil, pero hay que afrontarla: estos nuevos ritos no llevan las marcas de la continuidad, sino de la ruptura. Guardan un parecido inquietante con las mismas reformas protestantes que la Iglesia condenó.

En una crisis como esta, los fieles no pueden permitirse la indiferencia. No nos corresponde a nosotros redefinir el sacerdocio. No nos corresponde a nosotros vivir los sacramentos. Son realidades divinas confiadas a la Iglesia, para ser transmitidas intactas.

Lo sagrado no puede volverse repentinamente dudoso. Lo claro no puede volverse repentinamente oscuro.

El deber sigue siendo el mismo: mantenernos firmes en lo que la Iglesia siempre ha hecho, enseñado y creído.

Tradicional católico en Facebook
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Nota de la Iglesia y posconciliar

Fórmula preconciliar :

« Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Missasque celebrate, tam pro vivis, quam pro defunctis in nominate Domini .» (https://introibo.net/download/buecher/pontificale_romanum.pdf)

Recibe el poder de ofrecer sacrificios a Dios , celebra misas por los vivos y los difuntos en el nombre del Señor.

Nueva fórmula :

« Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma .»

Recibe las ofrendas del pueblo santo (para ofrecer a Dios). La traducción que transcribo aquí, a la que se hace referencia en el enlace, dice: 

Para el sacrificio eucarístico . Sé consciente de lo que harás, imita lo que celebrarás, conforma tu vida al misterio de la cruz de Cristo. (https://sangaspare.it/riti-straordinari/rito-dellordinazione-presbiterale/)

Es emblemático que en la Carta Apostólica Apostolicae Curae (13 de septiembre de 1896), en la que León XIII trata sobre las ordenaciones anglicanas, las considere inválidas debido a un defecto de forma. 

Si la materia de este sacramento se considera la imposición de manos, la forma consiste en la fórmula de ordenación, que, para los anglicanos, está aún más diluida

«Recibe el Espíritu Santo». 

Para el Papa León XIII, tales palabras «no significan en absoluto con precisión el Orden del sacerdocio ni su gracia y poder, que en particular es el poder de “consagrar y ofrecer el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor”» [cita del Concilio de Trento: DS 1771].

Tracemos un paralelismo...

Simios y humanos: el evolucionismo a juicio

 



Recuperando la verdadera historia y cronología de la humanidad.



Pieter Brueghel el Viejo (1526/1530–1569), Dos monos encadenados.



Historia falsificada.

Si hoy abrimos cualquier libro dedicado a la historia y los orígenes de la humanidad, encontraremos la misma tesis evolutiva caracterizada por dos ideas principales: que el hombre desciende de una familia de primates (es decir, simios) y que la cronología de su "evolución" se extiende a lo largo de millones de años. Manteniendo la fachada de la cultura latina, se habla de Homo ergaster y Homo erectus , que supuestamente aparecieron hace entre 1,5 y 2 millones de años.(1) Antes que ellos, su antepasado simiesco, el (infame) Australopithecus, vivió en África. Se dice que hace unos 200.000 años —con variaciones entre 50.000 y 100.000 años— apareció el verdadero ser humano: Homo sapiens . Los científicos debaten preguntas como: "¿Los humanos tienen un origen único o múltiple?". Si la respuesta es un origen único, entonces nos enfrentamos a la llamada "hipótesis del origen único" o la "teoría de la salida de África". Si se prefiere esta última opción, entonces estamos ante una "evolución multirregional". En ambos casos, los científicos mantienen una creencia inquebrantable: que los humanos descendemos de una "especie de primates".

Si quieres ver cómo están las cosas, lee el artículo escrito por el Sr. Chris Stringer del Museo de Historia Natural de Londres, publicado en la revista Nature , titulado " Fuera de Etiopía ".(2) Desde el principio se nos dice lo siguiente:
La idea de que los humanos modernos se originaron en África, y que desde allí se extendieron poblaciones al resto del mundo, ha seguido ganando adeptos en los últimos tiempos.
Interesante. Primero surgió la idea, y solo después se confirmó. Sin embargo, no crean que el Dr. Stringer pretende sugerir que la filosofía y la doctrina preceden a la observación y los hechos. En absoluto. La "idea" es simplemente una hipótesis de trabajo que ha sido "probada" por los hechos. En su artículo, apoya la hipótesis de un único origen africano para la humanidad. Las cifras que presenta siempre son impresionantes: fósiles pertenecientes a Homo sapiens han sido datados "entre aproximadamente 260.000 y 130.000 años atrás". Y los "argumentos científicos" a favor de estas cronologías siempre suenan así:
Los fósiles están lo suficientemente completos como para mostrar una serie de características típicas de los humanos modernos y, utilizando el método de isótopos de argón, se ha datado en torno a los 160.000 años de antigüedad.
Como era de esperar, también hay un diagrama (en la página 693) que sistematiza estas cronologías. Se dice que Homo ergaster , el primer homínido en cocinar, tiene alrededor de 1,5 millones de años; Homo erectus , el que empezó a preferir la bipedestación, también tiene la venerable edad de unos 1,2 millones de años; mientras que se dice que el joven Homo sapiens tiene solo unos 100.000 (o 200.000) años. Podemos sonreír cuando el autor se refiere a fósiles de cierta región (Herto, Etiopía), que datan de hace más de 100.000 años, como " Homo sapiens moderno ".

No es necesario citar múltiples fuentes. Estoy seguro de que ya han captado la idea principal, que muchos conocen gracias a los libros de texto escolares, las enciclopedias y los diccionarios modernos: según la "ciencia" convencional, los orígenes del mundo y de la humanidad se pierden en algún lugar del túnel del tiempo que se extiende millones y millones de años.

Cronologías indefinidas y el comienzo del mundo

Hoy en día, para muchos católicos, estos datos se aceptan sin reservas. De hecho, hubo algunos debates en los siglos XIX y principios del XX. Sin embargo, antes de eso, las cosas eran muy diferentes. Lo entendemos sobre todo al leer crónicas históricas antiguas, como la de Miron Costin (1633-1691). En Letopisețul Țărâi Moldovei [de la Aron Vodă încoace] (La crónica de la tierra de Moldavia [desde el reinado de Aron Vodă en adelante]), escribe en la portada:
Crónica de la tierra de Moldavia desde Aaron Vodă en adelante, desde donde fue interrumpida por Ureche, voivoda de la región baja, en la ciudad de Iași, en el año 7183 de la creación del mundo y 1675 de la Natividad del Salvador del mundo, Jesucristo… (3)
El autor, educado por su padre, el hetman Iancu Costin, en el colegio jesuita de Bar (entonces Kamienec Podolski), también escribió una historia en verso polaco de Moldavia y Valaquia. Como sugiere la cita anterior, conocía con gran precisión la duración de la historia universal: 7182 años. De hecho, la mayoría de las crónicas medievales y renacentistas contienen datos similares. De su lectura se desprende que los orígenes de la humanidad no se remontan a cientos de miles o millones de años, sino a tan solo unos pocos miles. El punto de referencia siempre fue el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, los autores cristianos primero calcularon el período desde la creación del mundo hasta el nacimiento del Niño divino, y luego fueron sumando progresivamente los años hasta la fecha de su escritura. No es de extrañar, pues, encontrar algunas discrepancias en estas cronologías.

Teófilo de Antioquía, que vivió en el siglo II d. C., y Julio Africano, basándose en la Septuaginta ( la versión griega tradicional del Antiguo Testamento), propusieron un período de 5530 años entre la creación del mundo y el nacimiento de Jesucristo. Un monje alejandrino llamado Panodoro calculó aproximadamente 5900 años. Un famoso texto histórico del Imperio Romano de Oriente, el Chronicon Paschale , hablaba de 5507 años, después de que varios Santos Padres expresaran opiniones diversas sobre los 5000 años para la edad del mundo: San Juan Crisóstomo y San Isaac el Sirio. San Hipólito de Roma (c. 170-c. 235 d. C.) propuso 5500 años. Curiosamente, el famoso historiador eclesiástico bizantino Eusebio de Cesarea (c. 260/265–339 d. C.) estimó un período de 5199 años, que coincide con el que se recoge en la fascinante obra La Ciudad Mística de Dios, de la visionaria abadesa María de Ágreda (1602–1665). A pesar de las imprecisiones de varios cientos de años, es evidente que la tradición cristiana, al igual que la judía, concebía la historia del mundo antes de Nuestro Señor Jesucristo como de un período máximo de 6000 años.

El artículo titulado « Cronología bíblica », escrito por J. Howlett y publicado en 1908 en la Enciclopedia Católica , afirma con realismo que la enorme cantidad de cronologías propuestas —alrededor de doscientas— demuestra que no podemos pretender la exactitud en un asunto tan delicado. Esto se debe a que «los libros de la Sagrada Escritura (...) no son mera historia». Al mismo tiempo, se cita con aprobación al padre Mangenot, quien afirma que «algunos defensores de la arqueología prehistórica han abusado de esta libertad y han atribuido a la raza humana una antigüedad extremadamente remota».(4)

A continuación se citan autores que ya habían propuesto, en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX, cifras similares a las popularizadas por los científicos actuales: Haeckel – más de 100.000 años; Burmeister – más de 72.000 años; Draper – 250.000 años; G. de Mortillet – 240.000 años, etc. La opinión de Guibert, que critica estas cifras descomunales – "no hay nada que nos obligue a extender la existencia humana más allá de los 10.000 años" – es secundada por Driver, quien afirma: Según la estimación más conservadora, no puede ser inferior a 20.000 años.

Las enseñanzas de las jerarquías católicas preconciliares.

Todas las opiniones que leemos en el artículo de la Enciclopedia Católica demuestran que los debates sobre la cronología de la historia universal ya eran muy intensos a principios del siglo XX. Sin embargo, en el mundo católico, nadie aceptaba una historia que abarcara cientos de miles o millones de años, sino más bien una de 20 000 o 30 000 años como máximo, y más probablemente de 10 000 años. Si bien los debates sobre la duración de la historia universal son importantes, el debate sobre el origen de los humanos a partir de los simios lo es aún más. Desde el principio, se han ofrecido varias respuestas muy importantes a esta idea, las cuales me gustaría repasar aquí.

En primer lugar, existe una condena explícita del evolucionismo por parte de los obispos alemanes. En un documento de un concilio local celebrado en Colonia en 1860, declararon lo siguiente:

Nuestros primeros padres fueron formados directamente por Dios. Por lo tanto, declaramos que la opinión de quienes no temen afirmar que este ser humano, el hombre en cuanto a su cuerpo, surgió finalmente del cambio espontáneo y continuo de la naturaleza imperfecta hacia una más perfecta, es claramente contraria a la Sagrada Escritura y a la Fe.(5)

El fundamento bíblico revelado se expone de forma concisa y clara, sin ambigüedad alguna. La doctrina en nombre de la cual reaccionaron los obispos alemanes es la de la creación del hombre por Dios. Por lo tanto, el hombre, si bien aún no había alcanzado la perfección de la visión beatífica, fue creado completo desde el principio, cuerpo y alma. Los cuerpos de los primeros humanos, Adán y Eva, no podían experimentar ninguna «evolución» de una naturaleza imperfecta a una perfecta, descartando así cualquier intento de separar la dimensión corporal del hombre de la espiritual para justificar la evolución humana a partir de los simios. Además, la idea de un simio con alma humana es metafísicamente imposible. Asimismo, no debe olvidarse que el dogma del pecado original implica una «involución» del hombre, no una «evolución».

Siguiendo el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia ha adoptado la concepción —de origen platónico-aristotélico— del alma entendida como la «forma sustancial» del cuerpo (la «materia» del hombre). Para todos los principales pensadores católicos posteriores al Doctor Angélico, el hilemorfismo (la teoría según la cual «todo objeto físico es compuesto de materia y forma») excluye cualquier hipótesis evolutiva. ¿Por qué? Porque las «formas sustanciales» que subyacen a todas las criaturas y objetos de nuestro mundo físico son entidades inteligibles creadas directamente por Dios. Estas entidades —también llamadas «esencias», «sustancias» o «ideas» de seres y cosas— no pueden experimentar «evolución». Tampoco el hombre puede manipularlas ni transformarlas de ninguna manera. Una «forma sustancial» no puede transformarse en otra forma. Solo Dios puede hacer esto, como se desprende de la enseñanza de la Iglesia sobre la Sagrada Eucaristía, que afirma que en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la noche de la Última Cena, las "formas" del pan y el vino son sustituidas por Dios mismo por las sustancias de su Cuerpo y Sangre.

Obviamente, el rechazo de la evolución presupone la existencia de un marco filosófico que permite, en la medida de lo posible con nuestro nivel de conocimiento actual (posterior a la caída), explicar la existencia de seres y cosas en nuestro mundo. Sin embargo, si se rechaza este marco, la humanidad y el mundo se explican en términos estrictamente materiales, en los que partículas invisibles —como los átomos— son los «bloques de construcción» de los que todo se compone. Quizás sorprenda a algunos lectores al afirmar que, desde la perspectiva de la metafísica aristotélico-tomista clásica, la transformación de las formas es tan inaceptable como el modelo atómico moderno. Con esta afirmación, simplemente deseo señalar que, sin una sólida base filosófica, las discusiones sobre los orígenes de la humanidad y del mundo solo pueden conducir a un número infinito de errores.

Robert Lazu Kmita
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1. Bernard Wood, Human Evolution: A Very Brief Introducción , Oxford University Press, 2005.
2. Aquí están los datos bibliográficos precisos del artículo: Chris Stinger, “ Out of Etiopía ” Nature, Volumen 423, 12 de junio de 2003, pp. 692-693 y 695.
3. El texto original: “Letopisețul Țărâi Moldovei de la Aaron Vodă încoace, de unde este părăsit de Ureche Vornicul de țara de Gios în oraș în Iași, în anul de la creaa lumii 7183, iar de la de la Nașțeria Mântuitoriului lumii, he Iisus Christos, 1675 meseța… dni.” En Marii Cronicari ai Moldovei (Los grandes cronistas de Moldavia), edición, estudio introductorio, glosario, puntos de referencia histórico-literarios por Gabriel Ștrempel, Bucarest: Editorial de la Academia Rumana, 2003, pág. 171.
4. “ Cronología bíblica ”, en Enciclopedia Católica: https://www.newadvent.org/cathen/03731a.htm [Consultado el 5 de mayo de 2026].
5. El texto latino original, citado en EC Messenger, Evolution and Theology (Nueva York: Macmillan, 1932, pág. 226, n. 1), es el siguiente:
Primi parentes a Deo immediate conditi sunt. Itaque Scripturæ sanctæ fideique plane adversantem illorum declaramus sententiam, qui afirmar no verantur, espontánea naturæ imperfectioris in Perfectiorem continuo ultimaque humanam hanc immutatione hominem, si corpus quidem speci, prodidisse.
La traducción que cito es del artículo de Brian W. Harrison, " Early Vatican Responses to Evolutionist Theology ", accesible en línea aquí: https://www.rtforum.org/lt/lt93.html [consultado el 5 de mayo de 2026]. El señor Harrison, a su vez, ha retomado la traducción de Patrick O'Connell de Science of Today and the Problems of Genesis (segunda edición, 1968, reimpresa por TAN Books [Rockford, Illinois, 1993], p. 187). Refiriéndose tanto al artículo de los obispos alemanes como a las traducciones al inglés, Harrison afirma lo siguiente:
Al incluir la palabra «espontáneo», este juicio contra la evolución se abstiene de condenar la hipótesis del «transformismo especial».
6. El artículo « Forma versus materia » de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford: https://plato.stanford.edu/entries/form-matter/ [Consultado el 5 de mayo de 2026].

Declaración de la FSSPX: «En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna»



El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el padre Davide Pagliarani, ha hecho pública este jueves 14 de mayo, fiesta de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida al Papa León XIV, fechada en Menzingen (Suiza), sede general de la Fraternidad.

El documento, redactado en tono filial pero doctrinalmente firme, se presenta como «el mínimo indispensable» exigido por la FSSPX para estar en comunión con la Iglesia y, en palabras de su Superior, poder llamarse verdaderamente católicos e «hijos» del Romano Pontífice. Pagliarani lamenta que, tras más de cincuenta años de conversaciones con la Santa Sede, los planteamientos de la Fraternidad «no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria» y denuncia que el derecho canónico haya sido empleado, a su juicio, «no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella».

La Declaración reafirma puntos clásicos del magisterio preconciliar —unicidad de la verdadera religión, necesidad de la Iglesia católica para la salvación, carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa, realeza social de Cristo, condena de la laicidad y rechazo a cualquier «bendición» a parejas del mismo sexo— y plantea implícitamente al nuevo Pontífice una hoja de ruta doctrinal para una eventual normalización canónica.

A continuación reproducimos íntegramente la traducción al español del texto remitido a León XIV.

Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el abate Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX



Santísimo Padre:

Desde hace más de cincuenta años, la FSSPX se esfuerza por exponer a la Santa Sede su caso de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Lamentablemente, todas las conversaciones entabladas han quedado sin resultado, y todas las preocupaciones expresadas no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria.

Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece ser la de las sanciones canónicas. Con gran pesar nuestro, nos parece que el derecho canónico se utiliza, por tanto, no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella.

Por medio del texto que sigue, la FSSPX se complace en expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las presentes circunstancias, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.

La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en Vuestras manos. Nos parece corresponder al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos Vuestros.

No tenemos otro deseo que el de vivir y ser confirmados en la fe católica romana.

«Así, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Pues, como dice el Apóstol: ‘Todo lo que no procede de la fe es pecado’ (Rom 14, 23), cismático y fuera de la unidad de la Iglesia.» (Pontifical Romano, Monición a los ordenandos al subdiaconado)

DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina, Verbo encarnado, que ha querido una sola religión, que ha dejado definitivamente caduca la Antigua Alianza, que ha fundado una sola Iglesia, que ha triunfado sobre Satanás, que ha vencido al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá a juzgar a vivos y muertos.

Él, Imagen perfecta del Padre, Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la ofrenda voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface a la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esta Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.

Por un decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por tanto, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la noción misma de Redención tal como la Divina Providencia la ha querido.

No existe sino una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos ser salvados. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella ha enseñado siempre, no hay ni salvación ni remisión de los pecados.

Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe sino un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.

El mandato recibido por los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todo hombre y de convertir a todo hombre a la fe católica, permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta e imperiosa que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 16). Por consiguiente, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.

La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.

Su unidad se deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.

La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.

El único camino posible para restablecer la unidad entre cristianos de confesiones diversas consiste en la apremiante y caritativa llamada dirigida a los no católicos a profesar la única verdadera fe en el seno de la única verdadera Iglesia.

En modo alguno la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un culto falso o con una iglesia falsa.

El Romano Pontífice, Vicario de Cristo, es el único sujeto detentor de la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Es él solo quien confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.

«El Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para que, bajo su revelación, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Pastor Aeternus, cap. 4.)

A una fe única corresponde un culto único, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.

La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto procura la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.

Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo, a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin Cruz.

El auxilio prestado a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.

La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Cualquier otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto a la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. En modo alguno puede sustituir a la única verdadera ley moral.

A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a tomar los medios necesarios para salvar sus almas.

Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.

El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por tanto, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él, y no puede en modo alguno ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.

La sumisión de las instituciones y de las naciones en cuanto tales a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo se deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por consiguiente, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.

La cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres. No es la Iglesia la que ha de conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.

Es en esta fe y en estos principios donde pedimos ser instruidos y confirmados por Aquel que ha recibido el carisma para hacerlo. Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ellos. Es en esta fe inmutable donde deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna.

Menzingen, 14 de mayo de 2026, en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Davide Pagliarani

miércoles, 13 de mayo de 2026

Hakuna, o el catolicismo que se deja bailar (Carlos Balén)



WiZink lleno, diecisiete mil jóvenes orantes el día de Reyes, presencia en setenta ciudades de tres continentes, el Papa Francisco bendiciendo, y unos índices de viralización que la mayor parte de la industria pop española firmaría sin pestañear. Las cifras de Hakuna desordenan el relato del descrédito católico en España y, por eso mismo, merecen tomarse en serio. Lo que aquí se discute no es su éxito —que es real— ni el cariño de sus miembros por la Eucaristía —que también consta— sino algo más sutil: qué cristianismo está siendo predicado cuando lo que finalmente circula, lo que millones de adolescentes tatúan en su Spotify, son las letras.

Conviene empezar recuperando una palabra técnica, no insultante. Emotivismo es el término que Alasdair MacIntyre, siguiendo a Charles Stevenson, fijó en Tras la virtud para designar la doctrina —o más bien el clima— según el cual los enunciados morales no son más que expresiones de preferencias y sentimientos. Aplicada al lenguaje religioso, la operación es análoga: las verdades dogmáticas dejan de afirmar algo del orden de lo real para convertirse en exclamaciones íntimas. Dios deja de ser quien Es; pasa a ser quien me hace sentir lo que siento. El cristianismo emotivista no niega; sublima.

Tome el lector la canción que mejor encarna el carisma público del grupo, Baila y déjate de historias. Su mandato central es renunciar al control y dejarse llevar; su imagen rectora, la danza, en la que Dios se ofrece literalmente como pareja de salón. Hay un verso especialmente revelador, en el que se afirma que es Dios Padre quien grita al fiel para acompañarle «en lo que elijas». 

La distancia teológica con la tradición no podría ser mayor. Dios acompaña al hombre, sí, pero acompaña su esfuerzo por discernir la voluntad divina; no avala la libertad humana convertida en absoluto autorreferencial. La gracia adviene para rectificar lo torcido, no para firmar lo que ya estaba decidido en el salón. Otro verso aconseja, con sorprendente literalidad, que si uno carga la cruz «no se tiene por qué notar». Cristo, sin embargo, no escondió el madero: lo subió por Jerusalén a la vista de todos, y Pablo no se gloriaba en otra cosa. Convertir la cruz en una contrariedad pudorosa, una molestia íntima que conviene disimular para no estropear el ambiente, es exactamente lo contrario de la teología paulina. La canción cierra con una sentencia de aforismo motivacional: «no poner firma» sería «la mejor forma de firmar». El sentido, si lo hay, se nos escapa; el efecto, en cambio, es claro: la frase suena profunda. Y el sonar profundo, no el serlo, ya basta.

Huracán, su tema más viral, replica el esquema con más músculo. La voz del creyente confiesa preguntas, abismos, saltos y caídas; lo que finalmente rompe el cielo es un huracán de emoción que asciende desde la garganta hasta gritarle a Dios por su ausencia. El gesto es comprensible —los Salmos también claman— pero el centro de gravedad se ha desplazado. Allí donde el salmista pregunta por la fidelidad de Yahvé en términos de alianza y juicio, aquí el sujeto interroga a Dios por la sequedad afectiva. Es la metafísica del estado de ánimo. Conviene anotar el detalle redentor: la canción incluye también una declaración eucarística —«soy este trozo de pan»— que reintroduce a Cristo como Presencia Real. Si la pieza se quedase ahí, sería otra cosa. Pero el material que el oyente se lleva a casa es el huracán, no el pan.

Ruah es el ejercicio puro de invocación al Espíritu, y se entiende mejor su intención que su contenido. Lo que se pide repetidamente es que Dios «derrame» su Espíritu y «llene» un «vacío» y un «dolor». La gramática es la del consumo terapéutico: hay un déficit interior, una carencia afectiva, y se solicita el suministro. El Espíritu Santo —que en la tradición es santificador, persona, lazo de amor entre Padre e Hijo, espíritu de verdad y de juicio— queda funcionalmente reducido a ese repostaje de plenitud. Tampoco es del todo improcedente el reparo de imprecisión doctrinal: si el cristiano es templo del Espíritu desde el bautismo, pedirlo a derramamientos —como si no hubiera venido ya, como si su acción dependiese del fervor del rezo— acerca la espiritualidad a una mística pentecostalista que no es la de la Iglesia latina.

¿Para quién soy yo? plantea, en cambio, la cuestión vocacional, y aquí la deriva emotivista se vuelve estructural. La vocación se describe como un camino a ciegas que consiste en confiar, en poner el calendario en blanco y dejar que Dios lo rellene. Suena espiritual; es, en realidad, profundamente moderno. La vocación católica nunca ha sido un calendario en blanco: ha sido una llamada concreta a un estado de vida concreto, con obligaciones objetivas, autoridad eclesial discerniente, y deberes que no varían con la disposición del sujeto. El cristiano descubre su vocación leyendo los mandamientos y los consejos evangélicos, no esperando inspiraciones de agenda. Cuando la canción equipara la búsqueda vocacional con «encontrar la felicidad», se completa el viraje. Tomás, Bernardo, Ignacio: ninguno habría escrito eso.

Y aquí impone la justicia un alto, porque negar el reverso sería falsificar el expediente. Existe en el catálogo una canción de Hakuna que dice, literalmente, lo contrario del clima general del grupo. Se titula Sencillamente, lleva letra del propio Manglano, y su tesis es exactamente la que cualquier crítico de las modas emotivistas firmaría sin vacilar: hay que «desligar el creer del sentir», creer «sintiendo dudas», amar «estando frío», esperar «sintiendo miedo». Es San Juan de la Cruz vestido de pop, y es magnífico. 

Que el mismo grupo capaz de escribir esto produzca el resto del catálogo plantea una pregunta interesante: ¿saben hacer otra cosa y eligen no hacerla? La respuesta probable es que sí. Sencillamente no es viral. Huracán sí lo es. La economía del fervor masivo impone sus condiciones, y lo que se canta entre llantos en un WiZink no son las paradojas del Carmelo sino los himnos del derramamiento. La existencia de la buena canción no rescata el conjunto; lo agrava, porque demuestra que se podría.

¿Qué se diluye, en suma, cuando el cristianismo se canta así? 

Lo primero, el pecado en su densidad ontológica. En las letras de Hakuna el pecado aparece ocasionalmente, casi siempre como expresión litúrgica heredada —«por vuestros pecados ser crucificado» en la canción sobre la Magdalena— pero no como problema vivo en el corazón del oyente. 

Lo segundo, el juicio. Cristo no juzga, recuerda otro de sus temas: vino a salvar y no a juzgar. Es cierto que en su primera venida vino a salvar; pero pretender que esa es la palabra completa sobre el Cristo de los Evangelios exige olvidar varios capítulos enteros, incluida la segunda venida y los discursos sobre las dos sendas. 

Lo tercero, la objetividad del sacrificio. La Misa pasa a ser, en este registro, un encuentro afectivo y un momento de comunión emocional, y no la actualización incruenta del Calvario. 

Lo cuarto, la doctrina. La Trinidad, la Encarnación, los novísimos, los sacramentos como signos eficaces ex opere operato: nada de esto necesita ser explicado para sostener una Hora Santa de Hakuna. 

Y, finalmente, el escándalo. El cristianismo, en su núcleo, es ofensivo a la razón antes de serle útil. La predicación apostólica empezaba con un cadáver resucitado y unos creyentes dispuestos al martirio. La predicación hakunera empieza con un baile.

El propio Manglano —y este es el detalle que más respeta su inteligencia— reconoce públicamente la crítica. En entrevistas recientes ha admitido que el sentimentalismo es «una crítica recurrente» y ha defendido el sentimiento como «punto de partida» que debe ser «acompañado». La metáfora la pone él mismo: si el espíritu se vacía emocionalmente y no se llena después de la centralidad de Cristo, el demonio expulsado regresa con siete peores. La cita evangélica es exacta. 

El problema es que el modelo descrito por su autor —emoción inicial seguida de formación robusta— no se sigue del producto que masivamente sale al mercado. El concierto vende; los retiros, las clases de teología, los acompañamientos personales, alcanzan a una minoría comprometida. La maquinaria, entendida como sistema, distribuye desproporcionadamente el primer paso —la canción— sobre los siguientes —el catecismo—. Y el primer paso, por su propia naturaleza, contiene todo lo que en él se ha puesto. Si lo que se puso fue emotivismo, emotivismo es lo que se difundirá, aunque en la trastienda haya un sólido tratado dogmático esperando a quienes quieran subir al primer piso. La mayoría se queda en el baile.
No es necesario, para concluir, ningún juicio temerario sobre conciencias individuales. Habrá oyentes de Hakuna cuya fe ha madurado a través de estos cantos hasta el dogma firme y la moral exigente; habrá otros, y serán probablemente más, cuya religión se ha estabilizado en una espiritualidad ambiental, agradable, terapéutica, tan compatible con el catolicismo profundo como con su versión líquida. 
El examen, por tanto, no se refiere a personas sino a un cierto tono. Y ese tono, leído con calma en las letras, es el que Charles Taylor describió hace décadas: la era secular no se caracteriza por la ausencia de Dios sino por su domesticación afectiva, por su transformación en una opción más entre las muchas que el yo expresivo administra. Hakuna no salva al cristianismo de esa deriva; le pone banda sonora. Que esa banda sonora llene estadios sólo prueba lo bien que conoce su época. Si será capaz de transmitirla intacta a la generación siguiente es algo que no decidirán las plataformas de streaming, sino los hijos que sus oyentes de hoy lleven —o no— a Misa.

Carlos Balén