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miércoles, 19 de septiembre de 2018

El “compromiso histórico” entre modernismo y catolicismo



El ultra-modernismo actual de Francisco ha liquidado, no sólo la filosofía metafísica y la teología teorética clásicas, sino también toda forma de teoría modernista, remplazándolas con el primado de la práctica.

El papa Bergoglio no se interesa por la doctrina, sino que apunta a la acción y al resultado. No quiere oír hablar de teoría, sino que quiere someter el dogma a la realización práctica y concreta.

Se puede decir que Bergoglio propone la “des-teologización” a los católicos tradicionales como Togliatti proponía en 1963 la “des-ideologización” a los cristianos progresistas.

Sin embargo, precisamente este rechazo de la teoría se convierte en el dogmatismo práctico más rígido del post-concilio (véase la destrucción de los Franciscanos de la Inmaculada).

No se habla ya de hermenéutica de la continuidad, de existencia del limbo, de ortodoxia de la Misa de Pablo VI, de “pro multis o por todos”, sino que se apunta a homologar todo mediante el “caminar juntos”.

Francisco aplica a la a-teología (“a” de alfa privativa, no nos interesamos ya por los problemas teológicos sin llegar al dogmatismo de signo contrario de quien niega a Dios y la teología; se vive como si la teología no existiera) lo que Juan XXIII (Encíclica Pacem in terris) y Pablo VI (Encíclica Ecclesiam suam) aplicaron a la nueva praxis del cristianismo en relación con el marxismo, esto es, la posibilidad de actuar juntos en vistas a la paz en el mundo y la justicia social, dejando aparte las divergencias doctrinales, lo cual aplica ahora Francisco a todas las direcciones y sensibilidades católicas, comprendidas las tradicionalistas.

La estrategia de la “mano tendida” del comunismo – con Gramsci, Togliatti e Berlinguer[1]atrapó a los cristianos ingenuos, que fueron el caballo de Troya introducido en el santuario. Los cristianos ingenuos respondieron, basándose en la presunción falsa de que toda doctrina errónea en origen puede evolucionar hacia el “bien”, no necesariamente hacia la verdad, que ya no tiene ningún interés, tanto para los pragmatistas cristianos como para los marxistas.

Santo Tomás, en cambio, enseña que “un pequeño error inicial se convierte en grande al final”. El realismo tomista choca irremediablemente con el utopismo liberal/modernista, que no tiene en cuenta la herida de la naturaleza humana después del pecado original, por la cual el hombre está más inclinado al mal y al error que al bien y a la verdad.

Lo que vincula al modernismo con el marxismo es el axioma de Hegel: “Dios sin el mundo no es Dios” (Begriff der Religion, Werke XII, 1, Leipzig, 1925, p. 148). Así, se puede decir modernistamente: “la misa sin pueblo no es Misa”; “la Iglesia sin diálogo no es Iglesia”; “el cristianismo sin mano tendida no es cristianismo”; “el nuevo Templo universal sin modernistas y tradicionalistas no es universal”. 

En resumen, del ámbito de los principios del inmanentismo kantianamente modernista (Benedicto XVI) hemos pasado al marxiano del primado absoluto de la praxis, del encuentro personal (Francisco). Por lo cual ya no se habla de continuidad del Vaticano II con la Tradición, de plena ortodoxia de la Misa de Pablo VI, sino que se hacen reuniones, se habla, se fraterniza y se termina pensando como se actúa, ya que no se actúa como se piensa (“agere sequitur esse”).

Desgraciadamente, los más frágiles, vulnerables, expuestos, son los católicos fieles, ya que, a diferencia de los modernistas, están llenos de “buenas intenciones”, mientras que el modernismo, como el marxismo, no se preocupa del bien y de la verdad, de la metafísica y de la moral, sino sólo del resultado práctico. 

Está en la naturaleza de las cosas que el pez grande se coma al pequeño, que el lobo devore a la oveja, que el modernismo edulcore y transforme poco a poco, insensiblemente, el cristianismo desde dentro, dejando de él sólo la apariencia (la hermosa Liturgia) ya sin la sustancia (la filosofía, la teología, la ascética y la mística). Y, sin embargo, en tiempos de Arrio, los católicos, por una sola iota (homousios/homoiusius) se hicieron excomulgar e incluso martirizar.

En el lejano 1945, Palmiro Togliatti (Discurso al Comité Central del PCI, 12 de abril[2]) relanzó con gran estilo la idea leninista/gramsciana del encuentro, en los Países de mayoría cristiana, de las masas comunistas y católicas, por encima de las discrepancias teóricas y en las acciones sindicales, sociales, pacifistas. Sabía perfectamente que el marxismo o la pura praxis no tenía nada que perder en ello, mientras que el cristianismo, en el cual el primado corresponde a la teoría, habría perdido la sal y se habría vuelto insípido y “cuando la sal se vuelve sosa sólo sirve para echarla al suelo y pisarla” (Mt., V, 13).

Togliatti (como Francisco) planteaba el encuentro entre comunistas y católicos (modernistas/católicos) únicamente en el plano de la acción, sin ninguna referencia a la ideología (teología). Togliatti dijo claramente: “Si se abre un debate filosófico, yo no quiero entrar en él”[3]. Lo mismo hace Francisco. Togliatti no cedió nada de la doctrina comunista como Francisco no cede nada de la teología ultra-modernista. Lo importante es actuar inicialmente juntos para llegar finalmente al liderazgo del movimiento marxista sobre el cristiano y del modernismo práctico sobre el catolicismo romano. ¿Qué ha sucedido? Pues bien, la imprudencia, la confianza, el optimismo exagerado, la presunción de sí mismo, el utopismo insano, han llevado a los cristianos a las fauces del marxismo.

Antonio Gramsci escribía en 1920: “En Italia, en Roma, está el Vaticano, está el Papa; el Estado liberal ha tenido que encontrar un sistema de equilibrio con la Iglesia, así el Estado obrero tendrá que encontrar también él un sistema de equilibrio”[4]. Bergoglio dice: hoy en el mundo ha quedado todavía una hermosa porción de católicos no modernistas, pues bien, es necesario encontrar un sistema para fagocitarla. Para ellos, como para Hegel, “la astucia de la razón es el único principio que justifica o no la acción” y Bergoglio es astutísimo. ¡Cuidado con infravalorarlo!

De nuevo Togliatti, en el discurso en el Convenio de Bérgamo (20 de marzo de 1963) dijo: “En estos momentos incluso la Iglesia [después de Juan XXIII y con Pablo VI, ndr] está de acuerdo con que ha terminado la era constantiniana, de los anatemas, de las discriminaciones religiosas”[5].

En la propuesta comunista y modernista del “compromiso histórico” se hacen públicas y concretas garantías para el ejercicio de la fe de los católicos, pero no se piensa adrede en una pregunta que surge espontánea: “¿Y después?”. Se percibe, por tanto, la falta de honestidad de la promesa marxista/modernista y la ingenuidad de la aceptación católica.

La crisis interna en el ambiente católico post-conciliar, favorable a la colaboración práctica con el marxismo es semejante a la crisis que está mostrando el mundo católico anti-modernista, cuando se muestra proclive a la unión con el super-modernismo.
En resumen, igual que en 1963 se decía que Cristo y Marx no pueden estar de acuerdo, pero los cristianos y los marxistas pueden reunirse para colaborar en la conducción de la cosa pública; así hoy se dice que modernismo y catolicismo son inconciliables, pero los católicos y los modernistas pueden caminar juntos y colaborar en la conducción de la Iglesia, ayudándole a superar este largo periodo de crisis.
Lo importante es, como decía Lenin, “no atacar frontalmente al enemigo, sino ponerlo en compromiso”[6].

Simon

[1] Cfr. A. Del Noce, L’eurocomunismo e l’Italia, Roma, Europa Informazioni, 1976; C. Fabro, La trappola del compromesso storico, Roma, Logos, 1979; G. Morra, Marxismo e religione, Milano, Rusconi, 1976; G. Napolitano, Intervista sul PCI, Bari, Laterza, 1976; E. Berlinguer, La questione comunista, Roma, Editori Riuniti, 1975; F. Rodano, La politica dei comunisti, Torino, Boringhieri, 1975; Id., Questione democristiana e compromesso storico, Roma, Editori Riuniti, 1977.

[2] P. Togliatti, Comunisti e cattolici, Roma, Editori Riuniti, 1966, p. 50.

[3] Ibidem, p. 72.

[4] A. Gramsci, Quaderni dal carcere, Roma, Editori Riuniti, 1975, p. 20.

[5] P. Togliatti, op. cit., p. 96.

[6] V. Lenin, L’estremismo, malattia infantile del comunismo, in Opere scelte, Moscú, 1948, tomo I, p. 584.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

Vuelve el Gran Acusador a las homilías de Francisco (Carlos Esteban)



Lo del Papa con las homilías en Santa Marta desde que, publicado el Informe Viganò, volvió de Irlanda empieza a ser francamente desasosegante.

La primera fue aquella en la que, indirectamente, se atribuyó un ‘silencio crístico’ ante las acusaciones en absoluto inverosímiles que el arzobispo en paradero desconocido vertía contra él, un silencio que desconcertó a sus habituales apologetas, especialmente cuando días después anunció que preparaba una respuesta documentada.

Luego vino la del Gran Acusador, con una insólita interpretación del Libro de Job en la que identificaba a quienes denunciaban los pecados de otros -nombró, en concreto, a los obispos- de aliados de Satanás, en una referencia muy escasamente velada a quienes solo unos días antes, en su carta al pueblo de Dios había animado a denunciar.

Su interpretación se aleja, ciertamente, de los autores cristianos clásicos, para los que el Gran Acusador se valía de mentiras para difamar al justo; en las palabras del Pontífice, en cambio, su gran pecado es contar la verdad oculta “solo para escandalizar”. Hasta los teólogos más estrictos con el escándalo han insistido en que la verdad está por encima de la necesidad del escándalo, cuyo culpable no sería tanto el que denuncia como el que perpetra el acto escandaloso.

Y en la última vuelve a la carga con el mismo personaje y, por tanto, el mismo ‘leit motiv’: “Cuando la gente lo insultaba, aquel Viernes Santo, y gritaba “crucifíquenlo”, él permanecia en silencio porque tenía compasión de aquellas personas engañadas por los poderosos del dinero, del poder…”, predicó el lunes. “Él estaba en silencio. Rezaba. El pastor, en los momentos difíciles, en los momentos en que se desata el diablo, donde el pastor es acusado, pero acusado por el Gran Acusador a través de tanta gente, tantos poderosos; sufre, ofrece vida y ora”.

El Evangelio que correspondía a la misa de ayer era el episodio de la viuda de Naín, cuya reciente pérdida conmueve a Jesús, que resucita a su hijo. Lo que les acabo de transcribir, convendrán conmigo, es difícil de aplicar, por decirlo suave, a este pasaje. De hecho, parece una homilía de Viernes Santo insólitamente centrada en ese silencio de Jesús.

¿Qué significa todo esto? Aparentemente, que el Santo Padre está sirviéndose de las homilías de las misas en Santa Marta para defender su posición y atacar a sus críticos, identificándose a sí mismo con Jesús y a sus detractores, con Satanás, venga o no a cuento con las lecturas del día.

Es preocupante por un número de razones. La primera sería la cuestionable impresión que da el Sumo Pontífice convirtiendo sus batallas personales en motivo central de las alocuciones piadosas dirigidas, idealmente, a edificar en la fe a sus oyentes. Por otra parte, la insistencia en este mismo mensaje durante varios días seguidos parece indicar una obsesión que, desde fuera, no parece demasiado saludable.

Incluso si se acepta su peculiarísima tesis de que denunciar el mal en hombres de autoridad en la Iglesia es hacerle el juego al Diablo, no parece tampoco un asunto que merezca tan insistente repetición, siendo así que la Escritura ofrece tantos aspectos diferentes sobre los que los cristianos debemos ser recordados por nuestros pastores.

Carlos Esteban

Consejos vendo, que para mí no tengo (José Martí) (4) Misión de los sacerdotes y de la Jerarquía: anunciar a Jesucristo. Sólo en Él es posible el reconocimiento de la dignidad de las personas


Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1)


En las tres entradas anteriores me he referido, básicamente, a la importancia esencial de la verdad en la vida cristiana, una verdad que debe de ser conocida y amada y, en cierto modo, vivida. 

Evidentemente esto, que es cierto para todo católico, lo es, con mayor razón, para aquellos miembros de la Iglesia que han consagrado toda su vida, en cuerpo y alma, al servicio de Dios, manifestado en Jesucristo; aquellos que se han creído y han hecho realidad en su vida las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá; mas quien pierda su vida por Mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25); es decir, para los apóstoles y sus sucesores, que son los sacerdotes, los obispos y los Papas

Así dijo Jesús a san Pedro: «Simón, Simón, mira que Satanás os busca para cribaros como el trigo. Pero Yo he rogado por tí, para que no desfallezca tu fe. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). 

Ésa -y no otra- es la misión del Papa: no los problemas sobre el cambio climático o el tema de las inmigraciones o el ecumenismo, sino el de confirmar a sus hermanos en la fe: Una misión, pues, de naturaleza sobrenatural y no puramente «humana», dado que el cristiano no es de este mundo. Aquí somos peregrinos y nuestra verdadera Patria es el cielo, que Dios ha prometido a los que lo aman y se dejan amar por Él. 

Evidentemente, el que ama a Dios, si lo ama de veras, amará todo aquello que Dios ama, es decir, todo cuanto ha sido creado por Él. Y, de un modo particular y especial, amará al rey de la creación, es decir, al ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gen 1, 27). 

Lo que lleva a un cristiano a amar a los demás es el amor de Dios, el amor a Jesús, Dios hecho hombre: «En verdad os digo: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Esta idea la vemos también en San Pablo: Cuando iba de camino a Damasco, «respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor» (Hech 9, 1) para conducir atados, a Jerusalén, a todos los seguidores de Jesús que encontrase (todo ello con autorización del Sumo Sacerdote), cerca ya de Damasco «de repente una luz del cielo lo envolvió de resplandor. Y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Él respondió: «¿Quién eres, Señor?» y Él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer» (Hech 9, 3-6). 

La persecución a los discípulos de Jesús y la persecución a Jesús son lo mismo: tal es la unión que existe entre Jesús y sus discípulos, consecuencia del amor que les tiene. Podemos verlo, por ejemplo, en las palabras que le dirige a su Padre en la noche de la última cena, en la llamada oración sacerdotal, hablándole de sus discípulos

«Padre, que todos sean uno. Como Tú en Mí y Yo en Tí. Que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17, 21). Y también: «Padre, quiero que los que me diste estén también conmigo, donde Yo estoy, para que contemplen mi Gloria, la que Tú me has dado, puesto que me amaste antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te conoció; pero Yo te conocí; y ellos han conocido que Tú me enviaste. Y les he manifestado tu Nombre, y se lo manifestaré, para que el Amor con el que Tú me amaste esté en ellos, y Yo en ellos» (Jn 17, 24-26)

¿Cabe un amor mayor? El amor de Jesús hacia nosotros, hacia cada uno, es total y radical; y nos ama de una manera exclusiva y única, un amor que le llevó hasta el extremo de dar su Vida por nosotros, para que así pudiéramos salvarnos. La única condición para que esta salvación sea una realidad en nuestra vida es que respondamos con amor al Amor que Él nos tiene ... porque si no hay reciprocidad entre los que dicen que se aman, no puede hablarse, entonces, de verdadero amor entre ellos. 

Dios quiere que le amemos con el mismo Amor con el que Él nos ama, a cada uno; pero como por nuestras solas fuerzas no podemos, por eso nos ha dado su Espíritu, que es el que lo hace posible, si le dejamos actuar en nosotros. Esta idea, que se corresponde con la realidad, es sumamente importante ... porque «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo» (Rom 8,9). Por eso, «este Espíritu ayuda nuestra debilidad; pues no sabiendo pedir lo que conviene,  el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8, 26)

Es precisamente el hecho de que Dios ame a las personas -y por ello las ha creado libres- lo que confiere a éstas su dignidad y las hace merecedoras de ser amadas. Por eso, los cristianos, en la misma medida en la que actuamos como tales, amamos de verdad y de corazón a todas las personas, pues son imagen de Dios, a quien amamos.

Así se explica que los primeros discípulos y sus sucesores, quisieran llevar el Mensaje de Jesús a todas las gentes, como así lo hicieron, pues ése era el mandato que habían recibido de su Maestro«Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y sea bautizado, se salvará; pero quien no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16). Y el hecho de que estos hombres creyeran en Jesús y se fiaran de Él fue la causa de la expansión del Cristianismo. Fueron generosos y Dios no se dejó ganar en generosidad.

Por eso, porque se trata de una obra de Dios, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, pese a todas las dificultades que ha tenido, como bien sabemos, se ha mantenido fiel en la transmisión del Mensaje recibido, sin escamotear y sin añadir ni quitar nada a la Palabra de Dios, contenida en las Escrituras y en la Tradición e interpretada correctamente, conforme a verdad, debido a la asistencia del Espíritu Santo, es decir, del Espíritu de Jesucristo, y enseñada a los fieles en razón de su Magisterio Solemne. 

Esto ha sido así durante dos mil años ... y seguirá siéndolo, pues aunque muchos apostaten de su fe y renieguen de Jesucristo, la Iglesia no desaparecerá, manteniéndose íntegramente en ese «resto de Israel» al que alude la Biblia, en aquellos que no inclinaron su cerviz ante Baal y ante los Poderes del mundo.

El mundo post-cristiano, que se ha vuelto de espaldas a Dios y que no lo conoce, en realidad, está retrocediendo en el conocimiento del hombre. No acaban de darse cuenta -por ignorancia o por mala voluntad-  de que no es el hombre sino Dios, el centro de todo, Aquel en quien tienen consistencia todas las cosas. Y es por eso que una «antropología» que prescinda de Dios en sus investigaciones está condenada, de antemano, al más rotundo fracaso ... dado que es sólo en Jesucristo donde el hombre puede conocerse, de verdad, a sí mismo, así como el sentido de toda su existencia.

Cualquier intento de conocer al ser humano, cuando se prescinde de Jesucristo, acaba siempre en desesperación. Esto lo saben muy bien -y lo han comprobado en sí mismos- los existencialistas. Podemos citar a Sartre, como el más representativo. Y según Sartre «la vida es una pasión inútil». Una afirmación que -dicha por él- tiene su lógica: Sartre era ateo y para él todo acababa aquí, en esta tierra, con la muerte. No hay un más allá.

Claro está, si se vive con esa «creencia» entonces no tenemos que responder ante nadie de nuestros actos. La vida no tiene una finalidad concreta para quienes no creen y aparece la falta de sentido y la náusea en todo cuanto se hace. Esto decía Fedor Dostoievsky, que era un gran conocedor de la naturaleza humana:  «Si Dios no existe, todo está permitido» Y es cierto. Así ha ocurrido a la largo de la historia, en las civilizaciones que se han olvidado de Dios o lo han rechazado abiertamente. Han ido a la deriva. 

Sólo en una matriz cristiana tiene sentido el esfuerzo, el estudio, el sacrificio, el amor a los demás, la fidelidad en el matrimonio, etc. Sólo ahí se puede encontrar el verdadero progreso, tanto a nivel personal como a nivel social. Si Dios no cuenta, entonces se puede aplicar aquella máxima que viene en la Sagrada Biblia: «Comamos y bebamos que mañana moriremos» (Is 22, 13; 1 Cor 15, 32). Si después de esta vida no hay nada, sólo el vacío, la misma vida está ya vacía, al carecer de una finalidad que le dé sentido. 

Por otra parte, es un hecho que hoy podemos acceder a la mayoría de los textos clásicos gracias a la Iglesia católica, que los preservó durante la época de las invasiones bárbarasLa copia de los textos antiguos, como sabemos, fue uno de los objetivos de los monjes, quienes enseñaron también metalúrgica, fueron pioneros en tecnología, inventaron el champán, preservaron la educación, etc. (Thomas E. Woods).

El origen de las Universidades se encuentra igualmente en la Iglesia Católica. ¿Qué decir, por ejemplo, de la belleza de las grandes catedrales?. No deja de ser curioso que todos estos adelantos experimentaron un verdadero auge y desarrollo en la llamada «época oscura», haciendo referencia, con ello, de modo infame, a la Edad Media; cuando tuvo lugar un gran auge en los conocimientos y en la cultura, especialmente en los siglos XII y XIII. Vemos aquí, claramente, cómo una sociedad impregnada del catolicismo y de la fe en Dios, consigue grandes progresos, también en lo humano. La belleza es uno de los cánones que triunfaron en aquella época, tomando como referencia a Dios, la Suma Belleza. Para una mayor información, puede servir de gran ayuda el libro de Thomas E. Woods, titulado «Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental» (puede bajarse aquí, en formato pdf).

Y podemos seguir: Ha sido una conquista de la Iglesia el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, en general, y de la mujer, en particular. ¿De dónde proviene la dignidad que se le atribuye al ser humano? ¿Por qué es tan valioso? El mundo no tiene respuestas. Sin embargo, la razón es muy sencilla ... y es que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. 

Ésta es la razón de fondo por la que a medida que el mundo se va alejando de Dios, va disminuyendo la dignidad de las personas humanas, las cuales van siendo reducidas -de nuevo, como en los tiempos de la Prehistoria- a medios u objetos usados para conseguir bienes materiales: dinero, placer,  poder, fama, etc... Las persona pierden su dignidad y dejan de ser un fin, por sí mismas, para convertirse en un simple medio para otras cosas. Una vez perdido de vista el Amor, que es Dios, a quien claramente se ha rechazado, el mundo se dirige, de modo inevitable, hacia su autodestrucción, en todos los niveles. 

Una señal inconfundible de que esto es así la tenemos en el aumento de regímenes totalitarios, de ideología marxista la mayoría, y ateos todos ellos

Si Dios se elimina del horizonte de la vida, la persona humana va siendo cada vez más denigrada y más esclava: queda indefensa ante la maldad y la corrupción; y acaba considerándose libre, cuando «piensa» conforme a lo establecido e impuesto por el Estado, el cual se convierte en una especie de «monstruo» con afán de dominio y de Poder ... y todo «por no haberse abierto al amor de la verdad que los salvaría» (2 Tes 2, 10)

José Martí (continuará)