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miércoles, 26 de septiembre de 2018

Braulio Rodríguez, Primado de España, comete juicio temerario público sobre Viganò (Carlos Esteban)



El Arzobispo de Toledo ha cargado en su escrito semanal recogido por Religión Digital contra Viganò, achacándole intenciones y motivaciones que, sinceramente, no entendemos como pueda conocer.

Comenta Monseñor Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo y Primado de España, en su escrito semanal publicado en Religión Digital que la pederastia “no es sólo pecado de los miembros de la Iglesia: es un problema de todos”, y si bien no puedo más que coincidir en lo primero, me niego absolutamente a aceptar lo segundo.

Ni yo ni nadie que conozca es reo de pederastia ni, hasta donde sé, víctima de tan vil crimen. Y si puedo aceptar en un sentido amplio que, como problema colectivo, en algo me toca; o, pensando que Rodríguez hace oblicua referencia al dogma de la Comunión de los Santos, por la que cada pecado individual perjudica a todos los bautizados igual que beneficia cada acto de virtud, estar de acuerdo, no creo que se refiera a eso.

Por una razón: porque es una perogrullada indigna de Su Ilustrísima, que lo mismo se aplica a cada explosión de ira personal o a cada fornicación. Me temo, más bien, que el prelado esté haciendo como tantos de sus colegas, a saber: echando balones fuera.

Me confirman en esta intuición las declaraciones del primado que RD usa de antetítulo y de subtítulo, ambas referidas al Informe Viganò. Dice en la primera que el citado testimonio responde sólo “a un deseo de desestabilizar al Santo Padre y de minar su autoridad moral”.

Es curioso, ¿no creen?, que se dé inmediatamente por hecho que lo que cuenta de lo que vio y vivió el ex nuncio en Estados Unidos es falso -cuando es tan, pero tan fácil desmentirle con una sencilla investigación en la que el Santo Padre de acceso a los archivos de la Curia y la Nunciatura Apostólica-, y en cambio se conozca tan bien las intenciones de quien lo cuenta.

Yo tenía entendido que “de internis, neque Ecclesia”, es decir, que ni la Iglesia podía juzgar sobre nuestras personales interioridades. Y que lo que achaca Rodríguez a Viganò, además de ser un curioso prodigio adivinatorio, entra en la figura moral conocida como ‘juicio temerario’, que es una cosa muy fea según el Catecismo de la Iglesia Católica (no sé si conocen el libro, es el que define la homosexualidad como una condición “intrínsicamente desordenada”).

En el subtítulo recoge otro comentario sobre el testimonio Viganò que, en extenso, lo califica de “indefendible, lleno de manipulaciones y errores, hecho un poco desde el rencor, pero sin aportar pruebas convincentes”.

Ese “un poco desde el rencor” es, como ya hemos dicho, tan poco caritativo o autorizado como si nosotros pretendiéramos, no sé, que toda esta tirada llena de malignas e incognoscibles suposiciones de don Braulio sobre las intenciones de su prójimo y hermano en el episcopado responden, no al evidente celo por el buen nombre del Vicario de Cristo, sino al pelotilleo, el afán de medrar en lo que no deja de ser una estructura de poder o al terror a la legendaria ira pontificia. Pero, claro, ni se nos ocurriría.

También lamentamos que el escrito no ahonde en esos “manipulaciones y errores” de los que habla, o porque considera “indefendible” hacer exactamente lo que nos ha pedido por doble vía y en distintas ocasiones el propio Francisco: denunciar sin miedo lo que se sepa y no considerar que sea un pecado criticar al Santo Padre.

Carlos Esteban

EL ACUERDO CON EL VATICANO TRAICIONA A LOS FIELES CHINOS (Cardenal Zen)

El Papa prohibió que se le preguntase sobre el asunto Viganò en el avión (Carlos Esteban)



Después de confesar a los jóvenes estonios su deseo de una Iglesia transparente, comunicativa e ‘interactiva’, en el viaje de vuelta el Papa Francisco vetó las preguntas sobre su silencio ante el Informe Viganò.

Los periodistas -por llamarlos de alguna manera- cumplieron la orden, y Su Santidad pudo charlar de lo que quería, con su habitual lenguaje tan cercano como impreciso. Uno se acuerda de la célebre instrucción paradójica: “¡No pienses en un elefante!”. Todo el mundo en ese avión - y fuera de ese avión - estaba pensando justamente en aquello que ni siquiera se podía mencionar, lo que volvió todo el encuentro en una charla banal.

Habló del acuerdo con el Gobierno chino para decir que se hacía responsable, y que él tendría la última palabra en la elección de obispos. Bien, todavía el acuerdo es secreto y provisional; habrá que esperar a ver qué sorpresas esconde.

Pero, con la vista en el Sínodo de los Jóvenes que -contra la opinión de no pocos - se iniciará el próximo día 3 de octubre, me interesa centrarme en un comentario que hizo como respuesta a una de las preguntas que, bajo su aspecto inane, esconde cuestiones conceptuales importantes que me hacen temer lo peor sobre la reunión episcopal.

“Los jóvenes están escandalizados por la hipocresía de los adultos, están escandalizados por las guerras, están escandalizados por la falta de coherencia, están escandalizados por la corrupción, y la corrupción es donde entra el abuso sexual”.
¿Los jóvenes? ... ¿Los adultos no están escandalizados por nada de eso?

El lenguaje recuerda poderosamente a esa sentimentalización absurda de la juventud que sufrimos desde, al menos, Mayo del 68, esa que hace parecer a los seres humanos que aún no han alcanzado la madurez como una especie animal diferente y, aparentemente, libres de las consecuencias del pecado original.

Escuchando a Su Santidad se diría que no ha tratado con un joven desde hace mucho o en toda su vida, si de verdad piensa que no pueden ser -y son, con frecuencia- hipócritas e incoherentes, perfectamente capaces de dejarse corromper e incluso de llamar a la guerra. ¿Se trata solo de una reliquia del Mayo Francés en la mente del Papa, o es más bien un intento de captar la benevolencia de los jóvenes, con tan desmedidos halagos con vistas al Sínodo?
Otro aspecto importante de esa frase es lo que suele denominarse “echar balones fuera”. Sí, los jóvenes pueden estar escandalizados de todas esas cosas que hacemos los adultos y de las que ellos, al parecer, están milagrosamente inmunes. 
Pero hoy, y en lo que más de cerca afecta al Papa, el escándalo no se refiere a los “adultos” en general, sino a las autoridades eclesiásticas en particular; y, ya que estamos, el escándalo del que mejor podría responder Su Santidad no son “las guerras” -¿ha habido algún momento en la historia sin ellas?-, sino el encubrimiento de abusos abrumadoramente homosexuales por parte de obispos y supuestamente, mientras no lo desmienta, del propio Pontífice.

Y el último acto de prestidigitación verbal es ese colar los abusos sexuales como parte de la corrupción. Ciertamente, ‘corrupción’ es una palabra de significado amplio que describe el proceso por el que se pudren las cosas. Pero en el lenguaje periodístico, en el vocabulario de la actualidad, hace referencia a la corrupción económica, preferentemente.

Desde su algo tardía Carta al Pueblo de Dios como reacción a los escándalos, Francisco ha hecho verdaderos juegos malabares para culpar de los escándalos a cualquier cosa menos a la evidente
Entonces fue el clericalismo; ahora es la corrupción. 

¿Hay alguna razón para que le cueste tanto hablar de castidad en referencia a evidentes pecados contra la castidad, o de homosexualidad cuando la abrumadora mayoría de los casos denuncian una abrumadora penetración de redes gays en el clero?
Carlos Esteban