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viernes, 30 de enero de 2026

EXCLUSIVA: Cobo admite ser el transmisor de la coacción de Sánchez a los benedictinos: «si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión»



por Redacción | 29 enero, 2026


El cardenal de Madrid, José Cobo, participó recientemente en un encuentro off the record con periodistas seleccionados al que Infovaticana no fue invitado y, por tanto, no está sujeto a ningún compromiso de confidencialidad. Este medio ha tenido acceso al audio completo de dicha conversación y lo que en él se escucha aporta un contexto de enorme relevancia para comprender el papel desempeñado por el arzobispo de Madrid en el conflicto del Valle de los Caídos.

En ese audio, el propio cardenal Cobo explica con detalle cómo se desarrollaron las conversaciones internas en torno a la posible expulsión de la comunidad benedictina y al proyecto gubernamental de resignificación del recinto. Sus palabras, reproducidas de forma literal, no dejan lugar a interpretaciones forzadas ni a matices benevolentes. Dice el cardenal:

«Vamos a ver. Es que parece que el Valle de los Caídos o Cuelgamuros es el centro de la vida de la Iglesia y es que a Madrid… o sea, para nosotros, es que pasamos por ahí. O sea, la diócesis de Madrid es que pasamos por ahí. Digo porque no tenemos jurisdicción y porque esto fue un momento original donde llega un prior, el antiguo prior, y nos dice: “Que nos echan”. No sé si se lo había ganado o no, pero sí: “que nos echan”. No, quiero decir, porque hay una tensión muy fuerte. Bueno, pues voy a contar la historia».

A continuación, el cardenal relata una reunión clave en la que participaron el presidente de la Conferencia Episcopal, el nuncio apostólico, él mismo y el prior Santiago Cantera. En sus propias palabras:

«Entonces nos reunimos: presidente de la Conferencia, el nuncio, un servidor y el prior Cantera. Y entonces decimos: “Oye, que nos echan”. Y decimos: vamos a intentar dos carpetas. Carpeta uno: la comunidad; y carpeta dos».

Inmediatamente después introduce el elemento político:

«Pero es que, además de que nos echen, para la basílica hay un proyecto del Gobierno que le han llamado resignificación —que para el Gobierno son carpetas distintas, eh—, que está en marcha».

Es en este punto donde el cardenal explica su interlocución con la Santa Sede y con el nuncio, y donde aparece la frase que concentra toda la gravedad del asunto:

«Bueno, pues vamos a ver. Hablo con Santa Sede, hablo con el nuncio. Hay que conseguir dos cosas: primero, que no los echen. Y para eso me hablo con ellos y les digo: “Mira, si no os echan, a mí me han dicho que, si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión”. Hasta luego, y yo me voy».

El cardenal añade a continuación:

«Y ellos dicen: “Hacemos un proceso de conversión”. Vale, se quedan. Pero yo ya no tengo nada que ver ahí».

La literalidad del testimonio es demoledora. El propio arzobispo de Madrid reconoce que la permanencia de los benedictinos en el Valle quedó condicionada a la aceptación de un supuesto “proceso de conversión”. Obviamente, se trata de un eufemismo, la «conversión» transmitida por Cobo no se trató de una exhortación espiritual ni de una llamada a la renovación interior propia de la vida cristiana, sino de una condición impuesta como moneda de cambio para evitar la expulsión. La pregunta resulta inevitable y el audio no ofrece respuesta: ¿conversión a qué? ¿En virtud de qué autoridad se exige un proceso de conversión a unos monjes benedictinos, católicos, bautizados, fieles a su regla, dedicados a la oración y a la vida contemplativa?

Conviene añadir, además, un matiz esencial: la comunidad benedictina del Valle no ha aceptado dócilmente ese chantaje ni ha asumido sin más el marco impuesto. Muy al contrario, los monjes se han mantenido firmes en la defensa jurídica de sus derechos, han recurrido las decisiones que consideran injustas y no están dando su brazo a torcer con la facilidad que sugiere el relato edulcorado de Cobo. La supuesta “conversión” de la que presume el arzobispo es, en el mejor de los casos, una interpretación unilateral y autojustificativa de alguien cuya credibilidad queda seriamente dañada por el propio audio: no habla un pastor preocupado por la verdad, sino un intermediario ansioso por presentar como éxito una claudicación que, en realidad, no se ha consumado.

El contexto político aclara el sentido real de la exigencia. Ese “proceso de conversión” aparece vinculado explícitamente al proyecto del Gobierno de Pedro Sánchez para resignificar el Valle, un proyecto ideológico y memorialista ajeno a la misión de la Iglesia y frontalmente hostil a la identidad histórica y religiosa del lugar. Bajo un lenguaje eclesial se encubre lo que, en la práctica, equivale a una exigencia de sumisión: aceptar el marco narrativo del poder político socialista o asumir las consecuencias. Lo grave y surrealista es que la correa de transmisión de esta coacción criminal fuese nada menos que el cardenal de Madrid.

El propio cardenal dice, además, que supuestamente la comunidad vivía una fuerte tensión interna y una beligerancia con el anterior prior, pero en ningún momento habla de desviaciones doctrinales, escándalos morales o desobediencia canónica que pudieran justificar una exigencia de conversión en sentido teológico. La “conversión” exigida no remite a Cristo, sino a un cambio de actitud frente al proyecto gubernamental. No es una llamada evangélica, sino un eufemismo cuidadosamente elegido para revestir de espiritualidad una presión política.

El audio al que ha accedido Infovaticana sitúa al cardenal Cobo en un papel difícilmente compatible con la función pastoral que le corresponde. No actúa como defensor de una comunidad religiosa amenazada, sino como intermediario y correa de transmisión de un chantaje explícito del poder político. Cuando un cardenal de la Iglesia asume como propia la lógica del Gobierno y la traduce al lenguaje de la conversión cristiana, no estamos ante un malentendido menor, sino ante una instrumentalización grave del lenguaje de la fe y una claudicación que exige una explicación pública y honesta ante los fieles.

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Nota de la redacción: InfoVaticana no se considera éticamente vinculada por el carácter “off the record” de este encuentro, al haber sido excluida de la convocatoria pese a ser el medio eclesial con mayor audiencia en España.

sábado, 17 de enero de 2026

Una crítica al texto del cardenal Roche



por Luisella Scrosati

De muchos acontecimientos que suceden y que a menudo nos contrariamos, no siempre entendemos las razones. No siempre, pero a veces sí. Como en el caso del providencial cambio de programa que debía discutir, durante el reciente consistorio, cuatro puntos (evangelización, sinodalidad, Curia romana y liturgia) y que, en cambio, se redujo a la mitad, conservando solo los dos primeros, en detrimento de la liturgia.

Sí, porque si las cosas no hubieran sido así, habrían tenido el triste espectáculo de la lectura de la intervención del prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal Arthur Roche. El contenido de su informe, en inglés e italiano, ha sido dado a conocer por Diane Montagna, en su página web, y manifiesta con bastante claridad, para quien conozca, aunque sea a grandes rasgos, la cuestión relacionada con la reforma litúrgica, desde Sacrosanctum concilium hasta Traditionis custodes, la parcialidad de la intervención.

En esencia, Su Eminencia nos habla de la importancia de la unidad del rito romano, tan querida ya por san Pío V, de quien cita la bula Quo primum, una unidad que, en el fondo, se ve minada por aquellos que desearían una mayor libertad para recurrir a los libros litúrgicos anteriores a la reforma; y así «el uso de los libros litúrgicos que el concilio quiso reformar ha sido, desde san Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que no preveía en modo alguno su promoción». Roche nos explica luego, citando nada menos que a Benedicto XVI, que la Tradición no es transmisión de cosas muertas, sino un río vivo que siempre nos conecta con los orígenes; y nos recuerda, recurriendo a Sacrosanctum concilium, que la custodia de la Tradición y el progreso legítimo no deben excluirse mutuamente. Este equilibrio se habría logrado con la Reforma, elaborada, según nos explica el Concilio, sobre la base de «una cuidadosa investigación teológica, histórica y pastoral» (SC 23).

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Comencemos precisamente por esta última cita, que es bastante curiosa, porque utiliza un documento anterior a la realización de la reforma litúrgica como garante de la idoneidad de la reforma posterior. El problema es que SC deseaba tal precisión, pero no confirmaba que las cosas se hubieran hecho como se deseaba, simplemente porque el documento es anterior a la reforma, no posterior. Y, de hecho, basta con seguir leyendo el mismo párrafo para darse cuenta de que la reforma, tal y como se llevó a cabo, no siguió en absoluto los criterios del concilio. De hecho, los Padres conciliares habían recomendado no introducir «innovaciones, salvo cuando lo requiera una utilidad verdadera y comprobada para la Iglesia, y con la advertencia de que las nuevas formas surjan orgánicamente, de alguna manera, de las ya existentes». ¿Puede Roche afirmar que la demolición y constitución ex novo de los ritos del ofertorio ha seguido este doble criterio? ¿O que lo hayan observado la sustitución casi completa de las perícopas del Leccionario, la reelaboración del 90 % de las oraciones, la mutilación del calendario litúrgico en su ciclo temporal, la sustitución casi total del Rituale romanum y del Pontificale romanum? Evidentemente no. Por eso el cardenal, que sin embargo ha hecho referencia al § 23 de SC dos veces en pocas líneas, se ha cuidado mucho de no citar también este pasaje.

De este modo, demuestra que no ha comprendido en absoluto —y que no quiere hacer ningún esfuerzo en esta dirección de comprensión— las razones que llevan a cientos de miles de fieles, en número cada vez mayor, que habitualmente han asistido y asisten a la liturgia reformada, a buscar el rito antiguo. Sin haber leído probablemente nunca SC, estos fieles dan testimonio de que algunas reformas han traicionado la organicidad del desarrollo litúrgico, robando a los fieles tesoros inestimables que les han sido sustraídos sin ninguna necesidad real y, por el contrario, imponiendo desde arriba «invenciones» que brotan de una supuesta erudición académica, a menudo infundada (pensemos en la orientación «hacia el pueblo»), pero ciertamente no del desarrollo orgánico.

La selectividad partidista de Roche es aún más evidente en su referencia a Benedicto XVI, de quien cita una audiencia general (26 de abril de 2006) sobre el sentido de la Tradición, pero omite mencionar el documento clave sobre la liturgia de su pontificado, es decir, Summorum pontificum, junto con la carta a los obispos que acompañaba al Motu Proprio.

En estos documentos, Su Eminencia habría encontrado dos principios importantes que contradicen su línea. El primero: si bien es cierto que la unidad del rito romano es importante, no lo es menos la «reconciliación interna en el seno de la Iglesia» que el papa Ratzinger no solo deseaba, sino por la que trabajaba concretamente, y que, en cambio, se ha resquebrajado evidentemente con Traditionis custodes. El segundo: el antiguo rito romano no es simplemente algo que hay que tolerar —conceder y no promover, escribe el cardenal—, sino un patrimonio sagrado que hay que custodiar y estimar: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros sigue siendo sagrado y grande, y no puede ser prohibido de repente por completo o, incluso, juzgado perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia, y darles el lugar que les corresponde».

¿Qué decir de la referencia a la Quo primum? Esta bula es un texto abusado en varios frentes: por un lado, se invoca para descalificar cualquier tipo de reforma posterior y la legitimidad del nuevo misal, basándose en la orden de San Pío V de no añadir, quitar ni cambiar nada del misal promulgado en 1570; por otro lado, como le gusta hacer a Roche, se esgrime con el fin de mostrar la legitimidad de la «mano dura» para evitar la fragmentación dentro del único rito romano. En ambos casos, se trata de una tergiversación. Si bien es cierto que ningún pontífice puede vincular a los futuros sucesores de Pedro a su propia norma litúrgica, también es cierto que ningún pontífice ha recibido la autoridad para alterar la tradición litúrgica.

Cuando se observa la obra de reforma llevada a cabo por San Pío V, se puede observar que no tenía en mente crear un nuevo misal rehaciendo sustancialmente partes del ordinario, del propio, del leccionario y del antifonario, sino purificar las celebraciones litúrgicas de adiciones arbitrarias que se habían introducido en tiempos recientes. Por ejemplo, el Kyrie y el Gloria in excelsis fueron purgados de los numerosos y variados tropos que interpolaban y sobrecargaban el texto; se redujeron (quizás demasiado drásticamente) las secuencias, que ocupaban ya todas las fiestas y conmemoraciones litúrgicas; se regularon algunos ritos que se celebraban de diferentes maneras; se redujo el santoral, para no sobrecargar el ciclo temporal del año litúrgico, que prácticamente no se modificó. También fueron mínimas las modificaciones introducidas en el Leccionario, las oraciones y las antífonas.

Son pocos indicios, pero permiten comprender que la unidad que buscaba San Pío V en su reforma no se logró mediante un retorno a una supuesta «liturgia de los orígenes» que solo vivía en la erudición de algunos académicos, pisoteando siglos de desarrollo orgánico, sino mediante la purificación de textos y ritos que habían surgido en épocas más recientes, no compartidos de manera uniforme, o ritos litúrgicos que no podían demostrar un arraigo de al menos dos siglos. Por lo tanto, el cardenal Roche debería manejar con extrema prudencia la referencia a san Pío V, porque, siguiendo esos principios, sería el nuevo misal el que tendría serias dificultades, no el antiguo.

La intervención que el cardenal Roche debería haber leído en el Consistorio es la manifestación de una tendencia muy preocupante en boga en la Curia romana; él, al igual que su colega al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ama revolver entre los textos del Magisterio, seleccionando de manera parcial solo lo que le conviene y silenciando cuidadosamente lo que le resulta incómodo. «Honesto es aquel que cambia su pensamiento para ajustarlo a la verdad. Deshonesto es aquel que cambia la verdad para ajustarla a su pensamiento», dice un antiguo proverbio. Podría ser un buen criterio para la reforma de la Curia que se discutirá en el próximo consistorio.

jueves, 24 de abril de 2025

Con estos bueyes

ESPADA DE DOBLE FILO


“Con estos bueyes hay que arar” es un antiguo refrán castellano que indica la necesidad de aceptar la realidad o por desagradable que sea: estos son los bueyes que tienes y deberás arar el campo con ellos o dejarlo sin arar.

En ese espíritu de aceptar la realidad, creo que conviene reconocer que una buena parte de los cardenales que están participando en el cónclave son heterodoxos, es decir, no creen en la doctrina o la moral de la Iglesia. No es algo que diga yo. No hace falta, porque son abiertamente heterodoxos. Solo hay que revisar un poco las hemerotecas para descubrir cardenales favorables al divorcio, los anticonceptivos, la inseminación artificial, la ordenación de mujeres, la fornicación, la disolución del orden sacerdotal en el sacerdocio común de los fieles, la inexistencia de actos intrínsecamente malos, la idea blasfema de que Dios a veces quiere que pequemos o no nos da siempre la gracia necesaria para no pecar, la reducción de los milagros de Cristo a mera psicología, las relaciones del mismo sexo (una heterodoxia extrañamente frecuente), etcétera. O, dicho de otra manera y para resumirlo en una sola heterodoxia paradigmática, en lo que creen es en la revisibilidad perpetua de la doctrina católica para adecuarla a la mentalidad mundana de cada época.

El de la foto, por ejemplo, es el cardenal Timothy Radcliffe OP, antiguo Maestro General de la Orden de Predicadores, vulgo dominicos, y conocido por lo defender lo contrario que la doctrina de la Iglesia en relación con las relaciones entre personas del mismo sexo, en las que, según él, “Dios está presente” y que deben “respetarse y estimarse y protegerse”, porque son “eucarísticas” y “expresión de la autodonación de Cristo”.


Solo es uno entre muchos. Desgraciadamente, aunque esta situación se ha agravado en gran medida en el último pontificado, no es exclusiva de él. Por alguna razón, tanto Pablo VI, como Juan Pablo II o Benedicto XVI nombraron y toleraron a cardenales y obispos heterodoxos, que no creían en lo que ellos enseñaban. Lo que ha sucedido en los últimos doce años es que esas heterodoxias se han hecho más claras, más desvergonzadas y más desafiantes ante el clima general de impunidad.

Esto debería hacernos pensar, porque la lógica indica que los cardenales heterodoxos harán todo lo posible por que no sea elegido nadie que ose defender la fe de la Iglesia y denunciar sus errores. En casi cualquier otra época, habrían sido disciplinados, pero, en la nuestra, se pone en sus manos la elección del Sumo Pontífice, el encargado de velar por la fe de la Iglesia. Es el colmo del disparate y del absurdo. Si un reino está dividido contra sí mismo, no puede subsistir. Una cosa es que sea necesario arar con los bueyes que se tienen y otra es esta situación en que, en vez de bueyes, algunos son más bien jirafas, camellos o cabras.

Por otro lado, también es cierto todo esto es algo que Dios permite, por razones que Él conocerá. El cardenal Radcliffe, por ejemplo, fue nombrado cardenal cuando solo le quedaban ocho meses hasta la fecha en que ya no podría votar en un conclave. Eso fue hace cuatro meses. De algún modo, la Providencia ha querido permitir que participe y vote en la elección de un nuevo Papa, cosa que solo cuatro meses después ya no habría sido posible.

Sabemos que, si Dios permite algo, por muy absurdo, terrible o malo que pueda ser, también será capaz de transformarlo para bien de los que permanecen fieles, porque todo sucede para el bien de los que aman a Dios. La única conclusión posible, pues, es que debemos permanecer fieles contra viento y marea. Y también, supongo, que debemos agarrarnos bien para no caernos, porque si uno pretende arar con jirafas, camellos y cabras, puede suceder cualquier cosa.

Bruno Moreno

sábado, 22 de marzo de 2025

El fracaso de McElroy




Lo habíamos previsto.

En un video del canal Visto da Roma, publicado el 13 de enero, informamos del nombramiento de Brian Burch como embajador de los Estados Unidos ante la Santa Sede, un católico conservador y desde hace tiempo comprometido contra los dogmas del obrerismo promulgados por la izquierda, en particular por la hiperpolitizada “izquierda católica”.

Unas semanas más tarde, el Papa Francisco nombró al cardenal ultraprogresista Robert McElroy, arzobispo de San Diego, como nuevo arzobispo de Washington, D.C., convirtiéndolo en un actor importante en el epicentro político mundial.

La prensa de todo tipo, católica o laica, favorable o crítica a Francisco, vio en ello un acto eminentemente político, ya que el cardenal es un abierto opositor del presidente, especialmente en el tema migratorio y en la agenda LGBT.

Revirtiendo completamente la condena de la sodomía que se encuentra en la Sagrada Escritura, el Cardenal McElroy llegó incluso a describir como “demoníaca” no la actividad del lobby LGBT sino más bien la de algunos creyentes que se oponen a él.

Ningún observador lúcido ha dejado de notar que el gesto del Papa fue una elección de bando bien definida, como lo fue igualmente la acción de Trump con su embajador.

Obviamente toda la izquierda se alegró.

El primero en descorchar la botella de champán fue el New Ways Ministry , portavoz del mayor lobby católico-LGBT de Estados Unidos, que afirmó que el movimiento estaba incluso “encantado” por su nombramiento en Washington. Su director escribe: “Confiamos en que el cardenal McElroy pueda ofrecer una voz católica fuerte que afirme la dignidad humana de las personas LGBTQ+ y la necesidad de leyes que las protejan...”

Todos se preguntaban si el cardenal McElroy se convertiría en un ariete de la izquierda en Washington, una espina en el costado de la administración Trump y, al mismo tiempo, un punto de referencia para la inestable izquierda religiosa estadounidense.

Citando al conocido intelectual católico Robert Royal, que escribe para The Catholic Thing , nos aventuramos a predecir que McElroy fracasaría en ambos frentes, el político y el religioso, tanto porque Trump no se siente intimidado en absoluto; Tanto porque el clero como los fieles del área de Washington son bastante tradicionales, nada que ver con el episcopado alemán, donde un McElroy encontraría más fácilmente seguidores.

La misa de instalación del nuevo arzobispo de la capital estadounidense, celebrada el pasado 11 de marzo, parece darnos la razón. La hermosa Catedral de San Mateo Apóstol estaba medio vacía…

A pesar de la masiva movilización de los progresistas para recibir a su ídolo, está claro que los verdaderos fieles desertaron de la ceremonia.
La gran pregunta es: ¿tendrá el cardenal McElroy (y quienes lo apoyan desde arriba) “antenas” para captar el cambio de humor de los católicos estadounidenses? ¿O continuará ciego y sordo a los nuevos signos de los tiempos, con el riesgo de distanciarse cada vez más de su rebaño? - Fuente

miércoles, 26 de febrero de 2025

El Cónclave que viene: ¿Quién será el próximo Papa?



Sí, ya lo sé, el Papa no ha muerto, y es de mal gusto hablar del futuro cónclave. Sí, ya lo sé. Pero las cosas están pasando muy rápido, la Iglesia continúa, y los católicos, los que tenemos esperanza, ya miramos al futuro, mientras rezamos por Francisco. Que se pueden hacer dos cosas a la vez.

Sea en las próximas semanas, sea en los próximos meses, en las sombras de la Capilla Sixtina, los cardenales serán testigos y actores de una elección que marcará el futuro de la Iglesia. Como en toda gran historia, hay héroes, villanos y figuras ambiguas que podrían inclinar la balanza en una u otra dirección.

He querido esbozar tres listas: La terna de los que, modestamente, desearía ver en la sede de Pedro, los que tienen posibilidades reales, más allá de mis gustos, y aquellos cuya elección me helaría la sangre. Y, por encima de todo, hay un nombre que merece una mención especial.

Los tres que elegiría

Entre los nombres que despuntan hay tres que podrían contribuir a restablecer el daño causado en los últimos años a la Iglesia:

Willem Jacobus Eijk (Países Bajos): Un cardenal de hierro en un país que se ha convertido en uno de los cementerios de la fe en Europa. Médico y teólogo, ha denunciado sin tapujos la crisis moral de Occidente y la laxitud doctrinal en la Iglesia. Sería un Papa dispuesto a restaurar la claridad en la enseñanza y a devolver el sentido de lo sagrado.

Péter Erdö (Hungría): Primado de Hungría, intelectual de peso y con experiencia de gobierno. Su pontificado podría traer orden y estrategia en un momento de confusión.

Malcolm Ranjith (Sri Lanka): Ex secretario de la Congregación para el Culto Divino, defensor acérrimo de la liturgia tradicional y crítico con los abusos postconciliares. Benedicto XVI le tuvo en alta estima y le confió diversas tareas clave. En su país ha sabido lidiar con tensiones interreligiosas y gobernar con mano firme. En Roma, sería un Papa con el objetivo de restaurar el sentido de lo sagrado, sin miedo a desandar los caminos errados.

Los que tienen posibilidades reales

Más allá de mis preferencias, la realidad vaticana marca otras tendencias. En el tablero de poder hay tres nombres que, por distintos motivos, parecen estar en la recta final:

Pietro Parolin (Italia): El eterno candidato. Como Secretario de Estado, ha sido el arquitecto de la política diplomática de Francisco, pero su papel en el desastroso acuerdo con China debería bastar para inhabilitarlo. Sin carisma de pastor ni experiencia conocida. Un pontificado suyo podría significar una continuidad pragmática, sin grandes sacudidas, pero también sin un rumbo claro en lo doctrinal.

Matteo Zuppi (Italia): Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, mediador en conflictos internacionales y hombre de confianza del Papa actual. Su cercanía con la Comunidad de San Egidio le otorga una red de influencia global, aunque en ambas direcciones. Como sacerdote, negoció con ETA en nombre de San Egidio, y su elección supondría, en muchos aspectos, el papado de Andrea Riccardi. Es visto como un “Francisco II”, con su mismo énfasis en los temas sociales y ecuménicos, pero con una mayor capacidad de gestión.

Luis Antonio Tagle (Filipinas): Carismático, cercano y con la etiqueta de “papable” desde hace años. Escuela de Bolonia, su nombramiento como Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos fue interpretado como un guiño a su candidatura. Es el rostro del catolicismo asiático y, para muchos, la continuación natural del actual pontificado.

Pierbattista Pizzaballa (Italia/Israel): El Patriarca de Jerusalén es otro de los nombres de ‘consenso’ que suena con fuerza. Su figura se ha revalorizado en estos últimos meses por su papel en la guerra de Gaza. El cardenal llegó a ofrecerse a los terroristas de Hamas a cambio de los rehenes israelíes. Su figura es vista con buenos ojos tanto por conservadores como por progresistas como un papable que sea capaz de volver a unir a la Iglesia dividida.

Timothy Dolan (Estados Unidos): El arzobispo de Nueva York podría verse beneficiado del ascenso de Trump en Estados Unidos. Dolan sabe moverse en ambientes muy variopintos y podría ser considerado por muchos cardenales como un posible sustituto que sepa entenderse con las nuevas fuerzas políticas que emergen en Occidente.

Los tres que más miedo me dan

No es cuestión de alarmismo, pero hay nombres que generan preocupación. Cardenales que podrían consolidar una tendencia ya marcada, llevando a la Iglesia a territorios inciertos:

Blase Cupich / Robert McElroy (EE.UU.): Mencionados juntos porque representan lo mismo: el ala más progresista del episcopado estadounidense. Cupich, cercano a la línea de Francisco, ha sido un promotor de la “Iglesia inclusiva”. McElroy, aún más radical, ha abogado por una moral más “flexible” y ha sido un defensor del acceso de políticos abortistas a la comunión.

Jean-Claude Hollerich (Luxemburgo): Relator del Sínodo sobre la Sinodalidad, abiertamente favorable a una revisión de la moral sexual de la Iglesia. Su elección marcaría un cambio de rumbo en la doctrina, con consecuencias imprevisibles.

Michael Czerny (Canadá): Es prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Es conocido por sus mensajes de corte social en defensa de la inmigración y del ecologismo.
Mención especial: Robert Sarah

En esta ecuación falta un nombre que sería, sin duda, el mejor candidato: Robert Sarah. El cardenal guineano, ex Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, es un hombre de oración, con una visión clara y una fe inquebrantable. No está en ninguna de las tres ternas porque tiene categoría propia: tiene posibilidades reales, pero su perfil no encaja con ninguna de las otras clasificaciones. A su favor corre el hecho de que, con 79 años, su pontificado no sería largo, lo que podría ser un factor de consenso entre los electores que buscan evitar una guerra abierta en el cónclave.

Jaime Gurpegui

sábado, 21 de octubre de 2023

Para Tucho el único pecado es el clericalismo


Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata


(Tommaso Scandroglio/La nuova bussola quotidiana)-El cardenal Víctor Fernández, recién nombrado prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, sale a la palestra para reprender a los cardenales dubitativos, es decir, a aquellos cinco cardenales que habían enviado algunas dubia al Papa para que aclarara cuestiones centrales relativas a la moral, la fe y la estructura jerárquica de la Iglesia.

Por supuesto, el prefecto no los menciona directamente y, desde su punto de vista, se trata de una estrategia eficaz. De hecho, sus palabras pueden así adaptarse tanto a los cinco alborotadores como a sus numerosos émulos.

Fernández elige Facebook para lanzar su mensaje. Y sólo eso ya es insólito e irritante. No es un precisamente un lugar muy adecuado para las comunicaciones formales de un prefecto de dicasterio. Pero es una de las infinitas variantes de la adaptación al mundo que tanto gusta a los teo-conformistas. El post de Facebook tiene un título que lo dice todo: Abuso, clericalismo y sinodalidad. Lo esencial es lo siguiente: “Todas las personas con autoridad tenemos tendencia al abuso”. Y el cardenal se refiere al “abuso de cualquier tipo (sexual, de autoridad, manipulación de conciencias, etc.)”. Luego se detiene en una forma particular de abuso que parece haberse extinguido, al menos entre la mayoría: “existía una violencia verbal que llevaba demasiado rápido a juzgar duramente a los demás sin temor alguno a lastimarlos y a destrozar su autoestima, Se decía: “adúlteros”, “sodomitas”, “hijos ilegítimos”, “degenerados”, “pecadores”, etc”. Y así llegamos a descubrir que legiones de santos, desde san Pablo, pasando por santo Tomás de Aquino, hasta san Juan Bosco, eran maltratadores porque utilizaban esos términos malditos.

Pero hay más en la observación del Cardenal Fernández: la categoría moral del adulterio, de la sodomía, de la filiación ilegítima, de la degeneración de las costumbres, e incluso la de pecado, no sólo ya no existen, sino que es erróneo evocarlas. Son como insultos, son palabras o expresiones que ya no indican una realidad objetiva, sino que son meros epítetos despreciables, títulos insultantes. Así, ya no existe el adúltero, sino la persona que encuentra en una nueva unión, después de un serio discernimiento, un camino afectivo bendecido por Dios. Ya no existe la persona homosexual que experimenta una condición intrínsecamente desordenada, sino una persona que experimenta una variante natural diferente de la atracción sentimental y sexual. Ya no existe el hijo nacido fuera del matrimonio; sólo existe el hijo, lo demás es irrelevante. Ya no existe el degenerado moral, sino una persona en búsqueda. Y, por último, ya no existe el pecador, sino sólo la persona frágil. Ya no existe el mal y el vicioso, sino sólo el bien y el virtuoso.

El novelista Cormac McCarthy escribió acertadamente: “Poco a poco, el bandido acaba por volverse indistinguible de la colectividad. Es cooptado. Hoy en día es difícil ser un glotón o un sinvergüenza. Un libertino. ¿Un desviado? ¿Un pervertido? Debes de estar bromeando. Las nuevas directrices casi han borrado estas categorías del lenguaje. Ya no se puede ser una mujer libertina. Por ejemplo. Una puta. El concepto mismo carece de sentido. Ni siquiera se puede ser yonqui. Si te va bien eres un mero consumidor. ¿Un consumidor? ¿Qué diablos significa eso? En un par de años hemos pasado de porreros a consumidores. No hace falta ser Nostradamus para predecir dónde acabaremos. Los criminales más atroces reclaman su estatus. Asesinos en serie y caníbales reclaman el derecho a su estilo de vida. […] Sin malhechores, el mundo de los justos queda completamente desprovisto de sentido” (El pasajero).

Volvamos a nuestro prefecto que, censurando el concepto de autoridad, continúa diciendo que “esto permite comprender por qué el Papa Francisco afirma que el clericalismo es la principal causa de los abusos en la Iglesia, más que la sexualización de la sociedad”. Dos breves apuntes. Como afirmó Benedicto XVI, la causa de los abusos es la falta de fe: “Sólo donde la fe ya no determina las acciones de los hombres son posibles tales crímenes” (Papa Ratzinger: la Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales, Corriere della Sera, 11 de abril de 2019). Quita a Dios y habrás eliminado el mayor obstáculo para llevar a cabo el mal. Además, y en relación con el clericalismo -una de las muchas palabras talismán de este Sínodo que significan todo y nada-, el autoritarismo de algunos sacerdotes no es la causa de los abusos, sino sólo una condición. Es como decir que la causa de los divorcios son los matrimonios.

El cardenal continúa diciendo que la referencia al clericalismo “también ayuda a entender el llamado a una Iglesia más «sinodal», donde la autoridad sólo se entienda en el contexto de la corresponsabilidad y de la variedad de carismas”. Aquí la autoridad jerárquica se licúa en un consenso aparentemente entre iguales, en una corresponsabilidad democrática que en realidad sirve de pantalla para ocultar las grandes maniobras de unos pocos.

Y finalmente la arremetida: es necesario “situar la autoridad en un contexto que impida los abusos de cualquier tipo y asegure el religioso respeto de la dignidad de las personas. La historia de la Iglesia nos muestra sobrados ejemplos de la ausencia de ese respeto en medio de la ostentación de la sana doctrina y de una rígida moral”. Así pues, quien pide fidelidad a la doctrina, como los cinco cardenales de los dubia, es un abusador, una persona que desprecia la dignidad de sus hermanos. Cuando es justamente al contrario: la doctrina es rígida porque debe proteger rígidamente la dignidad de las personas.

Está en juego la salvación eterna y por eso es necesario ser rigurosos e inflexibles a la hora de señalar lo que está en consonancia con esa dignidad y te lleva al Paraíso y lo que no está en consonancia con ella y te abre las puertas del Infierno.

TOMASSO SCANDROGLIO

viernes, 5 de mayo de 2023

Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica



 
El Papa Francisco -lo digo con el corazón roto- no es el «garante de la fe», sino que constantemente destruye cada vez más los fundamentos de la fe y la moral.



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Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica (que se dirige también a todos los Patriarcas, Arzobispos y Obispos que tienen un alto grado de corresponsabilidad)

30 de abril Fiesta de Santa Catalina de Siena

Eminencias, Reverendísimos Cardenales, Arzobispos y Obispos de la Iglesia Católica,

Hace dos años y medio escribí la siguiente carta a un cardenal con el que mantengo una relación amistosa desde hace años y que poco antes, al igual que muchos otros obispos y cardenales, dijo en una entrevista publicada que las críticas al Papa Francisco son un gran mal que debería erradicarse. El cardenal al que me dirigí respondió a mi carta muy afectuosamente, pero que yo sepa no se ha tomado ninguna medida.

Ante el fallecimiento del Papa Benedicto XVI y la noticia de que el Papa Francisco ya ha firmado una carta de renuncia a su cargo que se hará efectiva en caso de un deterioro significativo de su salud y, por tanto, ante un cónclave que podría convocarse próximamente, creo que el contenido de esta carta concierne a todos los cardenales y también a los arzobispos y obispos. Por tanto, dirijo esta carta, de la que he eliminado todo signo sobre qué cardenal fue escrita originalmente, como una carta abierta a todos los cardenales, de hecho a todos los que tienen responsabilidades en la Iglesia en diversos grados. Quiera el Espíritu Santo que todo el contenido de esta carta, que corresponde a la verdad y a la voluntad de Dios, sea fecundo para el bien de la Santa Iglesia y de muchas almas, y que ni una sola palabra en ella perjudique a la Iglesia, Esposa de Cristo.

He elegido la festividad de Santa Catalina de Siena para su publicación, porque ella combinó de manera única la más íntima reverencia hacia el Papa como Vicario de Cristo en la tierra con una crítica implacable a dos Papas muy diferentes. Pasemos ahora al texto de la carta, que cada uno de vosotros puede leer como dirigida personalmente a él.

Eminencia, Reverendo Cardenal ...

Debo confesar que me preocupa y entristece una declaración supuestamente hecha por usted sobre las críticas al Papa Francisco. Usted ha dicho en una entrevista, si hemos de fiarnos de los medios de comunicación, que las críticas al Papa son un «fenómeno decididamente negativo que debería erradicarse lo antes posible» y subraya que el Papa es «el Papa y garante de la fe católica».

¿Cómo puede decir que criticar al Papa es un mal? ¿Acaso el apóstol Pablo no criticó dura y públicamente al primer Papa Pedro? ¿No criticó Santa Catalina de Siena a dos papas con más dureza aún?

Usted no parece entender por qué muchos católicos critican al Papa Francisco, a pesar de que es «el Papa». Al contrario, no entiendo cómo todos los cardenales, excepto los cuatro de las Dubia, permanecen en silencio y no hacen preguntas críticas al Papa. Porque hay muchas cosas que el Papa Francisco dice y hace que deberían provocar no sólo preguntas críticas sino también críticas caritativas. Recordemos la Declaración sobre la Fraternidad de Todos los Pueblos firmada por el Papa Francisco junto con el Gran Imán Ahmad Mohammad Al-Tayyeb, que dice:

«El pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, etnia y lengua son queridos por Dios en Su sabiduría, a través de la cual creó a los seres humanos». (Aún más molesta es la versión inglesa: «The pluralism and the diversity of religions, colour, sex, ethnicity and language are willed by God in His wisdom, through which He created human beings»).

¿No sería una herejía y una terrible confusión afirmar que Dios -del mismo modo que quiso la diferencia de los dos sexos, es decir, con su voluntad positiva- también quiso directamente la diferencia de religiones y, por tanto, toda idolatría y herejía? Sí, ¿no es la Declaración de Abu Dhabi mucho peor que la herejía, es decir, la apostasía? ¿Cómo puede Dios, con Su voluntad creadora positiva, haber querido religiones que rechazan la divinidad de Jesús, niegan la Santísima Trinidad, rechazan el bautismo y todos los sacramentos y el sacerdocio? ¿O cómo ha podido querer el politeísmo o el culto al ídolo Baal o a la Pachamama? ¿No contradice esto totalmente el mensaje del profeta Elías y de todos los demás profetas y las palabras de Jesús?

¿No deberían todos los cardenales y obispos pronunciar su firme «non possumus» cuando Francisco exija que este «documento» sea la base de la formación de los sacerdotes en todos los seminarios y facultades de teología?

Dios ni siquiera puede haber querido o aprobado directa y positivamente las confesiones cristianas heréticas, en lugar de simplemente permitirlas, ya que éstas niegan pilares de la fe bíblica y católica como la enseñanza bíblica de que nuestra salvación eterna no se realiza sólo por la gracia de Dios, sino que requiere nuestra libre cooperación y buenas obras. ¿Cómo puede entonces, con su voluntad directa y positiva, querer religiones que rechazan todo el fundamento de la fe cristiana y a Cristo mismo?

Por muy cierto que sea en sí mismo «que el Papa es el Papa y garante de la fe», esta afirmación no puede aplicarse a un Papa que ha firmado la Declaración de Abu Dhabi y la ha difundido por todo el mundo, y que ha dicho y hecho muchas otras cosas contrarias a la doctrina constante de la Iglesia.

Su afirmación de que hay que promover las alianzas civiles/uniones civiles de homosexuales contradice directamente las claras afirmaciones del Magisterio de la Iglesia (cf. las consideraciones publicadas bajo el pontificado de San Juan Pablo II sobre los proyectos de reconocimiento legal de la convivencia entre personas homosexuales del 3 de junio de 2003), ¡pero sobre todo la Sagrada Escritura y toda la tradición de la Iglesia! ¿No deberían hacer todos ustedes, los cardenales, como hizo maravillosamente el obispo Athanasius Schneider: realizar un verdadero acto de amor al Papa y decirlo públicamente y con la misma franqueza que él, con toda la claridad debida?[1]

El Papa Francisco -lo digo con el corazón roto- no es el «garante de la fe», sino que constantemente destruye cada vez más los fundamentos de la fe y la moral con esta y otras muchas declaraciones y pronunciamientos. Que yo sepa, no ha habido ningún Papa en la historia de la Iglesia que haya afirmado monstruosidades semejantes... ¿Cómo debo responder a un querido y profundamente creyente amigo luterano, por cuya conversión rezo desde hace años, cuando me escribe que con esta Declaración de Abu Dhabi la Iglesia católica ha abandonado el suelo del cristianismo?

¿No está claro que un próximo Papa debe condenar como apóstata esta enseñanza de Abu Dhabi que Francisco envía a todos los seminarios de sacerdotes y facultades católicas? ¿Cómo puede justificar la Iglesia anatematizar al Papa Honorio por una desviación infinitamente menor de la Fe y condenarlo, si no condena unas declaraciones tan escandalosas? No tendrían que escribir todos los cardenales al Papa como un solo hombre y pedirle que retire esta declaración apóstata?

¿No temblarán los cardenales ante el momento en que Cristo les pregunte cómo podrían haber cumplido el solemne mandato misionero de Jesús si no hubieran protestado contra la Declaración de Abu Dhabi, que dice lo diametralmente opuesto a las palabras de Jesús?

«Por último, estando los once sentados a la mesa, se manifestó... Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará». (Marcos 16:14).

¿Cómo habéis podido callar también todos vosotros sobre las más que justificadas dubia del cardenal Caffarra -que aún me llamó en vísperas de su muerte y al que tuve que prometer que seguiría defendiendo la verdad- y de los otros tres cardenales posteriores a Amoris Laetitia, o incluso criticar estas dubia? De los cardenales, sólo los cuatro cardenales dubia han formulado preguntas caritativas sobre la herejía moral-teológica en Amoris Laetitia denegar implícitamente acciones intrínsecamente malas. El esplendor del bien y la existencia siempre y en todas partes (ut in omnibus) de actos malos ha sido reconocido como piedra angular de toda ética desde Sócrates y fue enseñado por San Juan Pablo II como fundamento inamovible de la ética y de las enseñanzas morales de la Iglesia.[2]

¿No deberían todos los cardenales haber estado de acuerdo con el cardenal Carlo Caffarra y los otros tres cardenales de las Dubia y haber exigido esta aclaración, ayudando así al Papa a proclamar la verdad?[3] ¿No deberían todos los cardenales haberse levantado como un solo hombre y haber apoyado la fraterna correctio que el cardenal Burke anunció pero nunca llevó a cabo?

Sólo tuvimos el anuncio del Cardenal Burke de que los cuatro Cardenales practicarían una «correctio fraterna» sobre el Papa en caso de silencio del Papa sobre esta cuestión moral central, pero esta correctio fraterna hace años que no la han practicado ni el Cardenal Burke ni otros Cardenales; solo unos pocos laicos y sacerdotes han criticado esta perversión de la doctrina en varias declaraciones[4] y, por así decirlo, se han puesto en la brecha para que ustedes los cardenales defiendan la verdad y el depositum fidei, como ya hicieron los laicos frente a la herejía arriana junto con San Atanasio y otros pocos cardenales todavía fieles, contra el Papa Liberio y la mayoría de los obispos se mostraron blandos.

Pero en lugar de nosotros miseri laici (nosotros miserables laicos), como (entonces el todavía Monseñor) Carlo Caffarra me llamaba con afectuoso humor (con verdadero corazón), ¿no os corresponde a vosotros, cardenales que deberíais estar dispuestos a dar vuestra sangre por la verdadera fe, alzar la voz contra las herejías de las que los críticos del Papa han demostrado que el Papa Francisco ha cometido algunas o al menos las ha sugerido? En lugar de una prohibición de criticar las declaraciones del Papa, ¿no hay aquí más bien una exigencia de reprensión fraterna o filial?

¿Y ahora levanta usted la voz, no por defensio fidei, sino para acallar a esos críticos, es más, para querer «erradicar» toda crítica?

¿No deberían protestar también todos los cardenales en muchos otros casos, por ejemplo cuando el Papa introduce arbitrariamente una enmienda teológica y eclesiásticamente errónea en el Catecismo Católico, que contradice las claras palabras de Dios en las Sagradas Escrituras (ya en el Libro del Génesis)[5] y muchas declaraciones doctrinales de papas sobre la pena de muerte formuladas en la tradición ininterrumpida y también hechos históricos, o cuando -contra muchas palabras contundentes de Jesús y dogmas de la Iglesia católica- habla de un infierno vacío o incluso, como los Testigos de Jehová, afirma que las almas de los pecadores incurables no van al infierno sino que son destruidas?

Querido amigo, este escenario de un Papa que negó la existencia de la única y verdadera Iglesia y la fe in unam sanctam, catholicam et apostolicam ecclesiam, si no explícitamente sí ciertamente implícitamente en Abu Dhabi, y se comporta como un señor por encima de las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia, y de tantos Cardenales silenciosos, resulta irritante para muchos creyentes como yo, pone en peligro nuestra fe y hace un daño incalculable a la Iglesia y a las almas.

Os pido que alcéis vuestra voz en favor de la verdad sin ambages y que persuadáis a otros cardenales para que digan la verdad oportuna e inoportunamente, aunque esto pueda revelar la terrible crisis y cisma de la Iglesia en medio de la cual nos encontramos, y aunque algunos pusillae animae puedan ver erróneamente en ello un scandalum.

No se trata de una cuestión cultural de un Papa latinoamericano. No es una cuestión de gusto, estilo o temperamento. No, es el sí o el no a Cristo que nos dijo que predicáramos el Evangelio a todos los pueblos y naciones; quien crea en él se salvará, pero quien no crea en él se condenará? ¿Puede el Papa derogar de facto este mandato misionero mediante la Declaración de Abu Dhabi?

¿Puede nombrar e incluso honrar personalmente y premiar en la Academia Pontificia para la Vida a teólogos morales que contradicen el núcleo de la enseñanza moral bíblica y de la Iglesia y las encíclicas Humanae Vitae, Evangelium Vitae y Veritatis Splendor? ¿Cómo pueden los cardenales (y especialmente ustedes, que durante años trabajaron a las órdenes de San Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI) permanecer en silencio ante ésta y muchas otras «desolaciones del santuario» en lugar de hacer todo lo posible, mucho más que los laicos y teólogos críticos, para proclamar esas muchas verdades de la fe que el Papa contradice abierta o tácitamente con palabras y también con hechos (como la celebración de la Reforma, la erección de la estatua de Lutero en el Vaticano, el sello que celebra la Reforma, el culto a la Pacha Mama en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro, etc.)) y suplicarle que encuentre la brújula segura de su enseñanza únicamente en la verdad de las Sagradas Escrituras y en los dogmas inmutables de la Iglesia y que no se permita cambiar ni un ápice de ellos, por no hablar de la sustancia de la fe?

Con profundo dolor por las muchas heridas de la Iglesia, la Esposa de Cristo, y con amor a Jesús y a la Iglesia fundada por Él sobre la Roca de Pedro

En Cristo

Tuyo,

José

P.D. Espero desde lo más profundo de mi alma vuestra respuesta de palabra y de obra, que sería un acto de amor a Jesús, a María, a la Santísima Trinidad, a la Iglesia, al alma del Papa y a muchas otras almas. Con San Juan Pablo os grito: ¡corraggio! Luchad con valentía y sin reservas por la verdad, por Cristo y por la Iglesia, por las almas, incluidas las del Papa Francisco, y por la unidad de todos los cristianos, que sólo es posible en la verdad.

Profundamente unidos a ti en Cristo,

Tuyo

José

Profesor Dr.phil. habil. Dr. h.c. Josef M. Seifert, actualmente profesor de filosofía en la LMU, la Universidad de Múnich.







[1] He aquí la declaración verdaderamente clásica y maravillosa del obispo Schneider: https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-calls-faithful-to-pray-for-pope-francis-to-convert.

[2] Escribí un libro sobre esto El esplendor del bien y los actos intrínsecamente malos . La piedra angular de la ética y la moral de Karol Wojtyìa/Papa Juan Pablo II (1920-2020): una defensa filosófica. Cf. también mi ensayo . "Amoris Laetitia. Alegrías, tristezas y esperanzas". Aemaet vol. 5, n.º 2 (2016) 160-249, http://aemaet.de urn:nbn:en:0288-2015080654.

130b. "La alegría del amor: alegrías, aflicciones y hoffnungen", Aemaet Scientific Journal of Philosophy and Theology http, vol. 5, n.º 2 (2016) 2-84, http://aemaet.de urn:nbn:es:0288-2015080660.

[3] Con esta intención de ayudar al Papa escribí en mi breve ensayo ¿La lógica pura amenaza con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica? ("¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?", Aamaet, Revista científica de filosofía y teología http://aemaet.de, Vol. 2 (2017), 10-20/ " ¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?" Aemaet, Wissenschaftliche Zeitschrift für Philosophie und Theologie http://aemaet.de, Vol. 6 (2017), 2-9) formuló la misma pregunta y también, con elogio de algunos pasajes de Gaudete et Exsultate el libro Revolution der Moraltheologie: Neues Paradigma oder alte ethische Irrtümer? (que le envío al mismo tiempo que esta carta). Más recientemente, Don Tullio Rotondo, en su libro Tradimento della sana dottrina attraverso "Amoris Laetitia", también ha expresado esta crítica de manera fundada y respetuosa. (Fue suspendido a divinis de forma totalmente injusta por su obispo por no retirar este libro, lo que habría ido en contra de su conciencia y del principio apostólico de que debemos obedecer a Dios más que a los hombres).

[4] Yo mismo no firmé estas declaraciones porque no estaba de acuerdo con todos los puntos ni con el tono de todo el asunto.

[5] Quien derrame sangre de hombre, su sangre también será derramada por el hombre; porque Dios hizo al hombre a su imagen. (Génesis 9:6)

viernes, 28 de abril de 2023

Los cardenales Roche y Cantalamessa lo confirman: el rito de Paulo VI corresponde a una nueva teología


 



Los cardenales Arthur Roche y Raniero Cantalamessa han reconocido de modo indirecto (tal vez involuntariamente) lo que los críticos del Novus Ordo Missae de Paulo VI llevan más de cincuenta años diciendo: que el nuevo rito corresponde a una nueva teología que «se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento» [1].

El 19 de marzo pasado, al ser interrogado por sus compatriotas de la radio BBC sobre las restricciones a la celebración del rito latino tradicional, el prefecto del Dicasterio para el Culto divino declaró: «Como ustedes saben, la teología de la Iglesia ha cambiado. Antes el sacerdote representaba, a distancia, a todo el pueblo: [los fieles] se canalizaban a través de esta persona que era la única que celebraba la Misa. No es sólo el sacerdote el que celebra la liturgia, sino también los que están bautizados [junto] con él; ¡nada menos!» [2] [Todo lo destacado en negrita lo hemos resaltado nosotros.]

Pocos días más tarde, en el cuarto sermón de Cuaresma para la Curia Romana, el cardenal Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, remachó: 
 
«La liturgia católica se ha transformado, y en poco tiempo ha pasado de ser una acción con una marcada impronta sagrada y sacerdotal a ser una actividad más comunitaria y participativa, donde todo el pueblo de Dios tiene su parte, cada uno con su propio ministerio […]
 
»Al comienzo de la Iglesia y durante los tres primeros siglos, la liturgia era verdaderamente una liturgia, es decir, la acción del pueblo (laos, pueblo, es uno de los componentes etimológicos de leiturguía). De san Justino, de la Traditio Apostolica de san Hipólito y de otras fuentes de la época, obtenemos una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás. ¿Qué pasó después de eso? La respuesta está en una palabra molesta que no podemos evitar: ¡clericalización! En ninguna otra esfera se ha observado más claramente que en la liturgia.
 
»El culto cristiano, y de modo especial el sacrificio eucarístico, se transformó rápidamente, en Oriente y Occidente, y dejó de ser una acción realizada por el pueblo para ser una actividad del clero.» [3].

¿Es conforme al dogma católico decir que el sacrificio eucarístico es una acción realizada por el pueblo y que pasó a ser primordialmente una acción del clero por culpa de una clericalización improcedente? Claro que no. En la Santa Misa, el celebrante no es un mero presidente de la asamblea, sino el único sacerdos que ofrece el sacrificio in persona Christi.

Para zanjar cualquier duda, basta leer lo que dijo al respecto Pío XII en su encíclica Mediator Dei: 
«Sólo a los Apóstoles y a los que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, se ha conferido la potestad sacerdotal, y en virtud de ella, así como representan ante el pueblo a ellos confiado la persona de Jesucristo, así también representan al pueblo ante Dios» (n° 54).
Por eso, en la Santa Misa, «el sacerdote representa al pueblo sólo porque representa la persona de nuestro Señor Jesucristo, que es Cabeza de todos los miembros por los cuales se ofrece; y que, por consiguiente, se acerca al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo (San Roberto Belarmino, De missa, II c.l. ). El pueblo, por el contrario, puesto que de ninguna manera representa la persona del divino Redentor ni es mediador entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal» (n° 104).

Sin duda, es importante que los fieles presentes participen en el sacrificio del altar con los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en la Cruz y que «ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos» (n° 99).

Pero, para evitar todo equívoco, Pío XII reitera que «por el hecho de que los fieles cristianos participen en el sacrificio eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal» (n° 102).

La insistencia del papa Pacelli era necesaria, porque ya entonces algunos pretendían erróneamente «que el precepto que Jesucristo dio a los Apóstoles en su última cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a todo el conjunto de los fieles» y juzgaban que «el sacrificio eucarístico es una estricta concelebración» (n°103).

Contra ese error, la Mediator Dei enseñaba que «aquella inmolación incruenta con la cual, por medio de las palabras de la consagración, el mismo Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, no en cuanto tiene la representación de todos los fieles» (n°112).

De ahí que no se puedan condenar las misas privadas sin participación del pueblo, ni la celebración simultánea de varias misas privadas en diferentes altares, invocando erróneamente «el carácter social del sacrificio eucarístico» (n° 118) [4]

Esos extractos de la gran encíclica litúrgica de Pío XII demuestran que, mal que le pese al cardenal Cantalamessa, la escarnecida clericalización de la Santa Misa no es fruto de un deterioro humano producto de la historia, sino de un designio divino. Jesús instituyó el sacrificio eucarístico y el sacerdocio ministerial simultáneamente, y otorgó a sus ministros el privilegio exclusivo de renovarlo sobre los altares de manera incruenta hasta la consumación de los tiempos.

Conviene observar, además, que el predicador de la Casa Pontificia metió sus sandalias de capuchino en arenas movedizas al declarar que las primeras comunidades cristianas tenían «una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás». Si eso fuera cierto, cabrían dos posibilidades:

• En el mejor de los casos, el concepto encarnado en la nueva Misa de Paulo VI representaría una regresión teológica porque desde el primer tercio hasta la segunda mitad del siglo XX hubo un «desarrollo orgánico» del Depósito de la Fe en lo que se refiere al sacerdocio y el Sacrificio del Altar; es decir, que se entiende mejor su sentido teológico. En efecto, «la superación del pasado reciente para recuperar el más antiguo y original» no es un «enriquecimiento» [5], como afirmó el cardenal Cantalamessa, sino un empobrecimiento, ya que oculta a la Iglesia la luz que emana de las definiciones dogmáticas de varios concilios ecuménicos sobre la Misa: el Segundo de Nicea, el Cuarto de Letrán, el de Florencia y (principalmente) el de Trento, así como del fulgor que irradiaron sobre ella muchos gigantes de la teología y de la devoción eucarística; santos como Tomás de Aquino, Roberto Belarmino, Leonardo de Puerto Mauricio y Pedro Julián Eymard.

• En el peor de los casos, la visión de la Misa encarnada en el Novus Ordo Missae de Paulo VI representaría una ruptura teológica con los dogmas de fe definidos «en los siglos que nos precedieron», y que sustentan el supuesto concepto clericalista del sacerdocio y la Eucaristía que conforma la Misa tradicional en latín, cuya estructura, hasta el Novus Ordo Missae de 1969 del papa Paulo VI, permaneció prácticamente inalterada desde los cambios realizados por los papas San Dámaso I (m. 384) y San Gregorio I (m. 604) .

El cardenal Arthur Roche parece entenderlo de esta forma. Para él, «la teología de la Iglesia ha cambiado».

Infelizmente, el nuevo rito de Paulo VI no sólo significa un cambio de teología en lo que respecta a la supuesta clericalización de la liturgia antigua. Después de la publicación de Desiderio desideravi, mostré que los principios que invoca el papa Francisco en defensa de la reforma litúrgica contradicen la Mediator Dei en varios aspectos. En particular, destaqué los siguientes:

1. La inversión sistemática entre el fin primario de rendir culto a Dios y el fin subsidiario de santificar las almas [6];

2. El oscurecimiento de la centralidad de la Pasión redentora, en beneficio de la Resurrección gloriosa [7];

3. La acentuación del memorial en desmedro del sacrificio [8]; y

4. La degradación del sacerdote celebrante, que se convierte en presidente de la asamblea [9].

En vista de esos cambios radicales, me preguntaba si la nueva misa de Paulo VI se correspondía con la fe de siempre [10]. Los cardenales Roche y Cantalamessa acaban de reconocer que es una forma de entender la liturgia, porque la teología de la Iglesia en relación con la Misa habría cambiado.

Antes que esos ilustres purpurados, esos conspicuos representantes del progresismo francés, Alain y Aline Weidert, habían declarado lo mismo. En el periódico La Croix, publicaron un artículo de encomio al motu proprio Traditionis custodes, bajo el expresivo título: «La fin des messes d’autre “foi”, une chance pour le Christ ! » (El fin de las misas de otra fe, una oportunidad para Cristo; es un juego de palabras: autre foi –otra fe– y autre fois —antes, en otro tiempo–;en ambos casos, la fonética no varía).

No abordaron la supuesta clericalización de la liturgia tradicional en menoscabo del pueblo, sino que se centraron en la transición de la Misa como sacrificio propiciatorio a la Misa como celebración eucarística y jubilosa de la Alianza: «El espíritu de la liturgia de otra fe, su teología, las normas de la oración y de la Misa de antes (la lex orandi del pasado), ya no pueden, sin discernimiento, seguir siendo las normas de la fe de hoy, su contenido (nuestra lex credendi). […]
 
»Una fe que derivase todavía de la lex orandi de ayer, que hizo del catolicismo la religión de un dios perverso que hace morir a su hijo para aplacar su ira, una religión de un mea culpa y una reparación perpetuos, conduciría a un antitestimonio de fe, a una imagen desastrosa de Cristo. […]
 
Lamentablemente, nuestras misas [tradicionales] siempre se caracterizan por un señalado carácter expiatorio de finalidad propiciatoria para aniquilar los pecados (mencionados 20 veces), alcanzar nuestra salvación y salvar las almas de la venganza divina. “Propiciación’ que las comunidades Ecclesia Dei defienden con uñas y dientes, con sus sacerdotes sacrificadores, formados para hablar del Santo Sacrificio de la Misa, que es una verdadera inmolación.» […]

Prosiguen los Weidert: «Si queremos poder ofrecer algún día o una fe y una práctica cristiana atractivas, debemos aventurarnos, mediante la reflexión y la formación, a descubrir un fondo aún inexplorado (sin explotar) de la salvación por Jesús, no poniendo en primer lugar su muerte contra (“por”) los pecados sino su existencia como Alianza. Porque, “en efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación” (Vaticano II, Sacrosanctum concilium, 5). ¡La opción es clara! No entre sensibilidades y estéticas religiosas diferentes, sino entre sacrificios interminables para borrar los pecados y Eucaristías que sellan la Alianza/Cristo» [11].
 
«Cuánta razón tuvo el papa Francisco al afirmar en Desiderio desideravi que sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual». [12]

De hecho, los cardenales Roche y Cantalamessa acaban de concordar volens nolens con furibundos modernistas como el matrimonio Weidert, que considera que el rito de S. Pío V es la misa de «otra fe».

Siendo así, en el Vaticano no pueden extrañarse de que la fidelidad al Depósito de la Fe obligue a los católicos tradicionalistas a resistir sin cejar una legislación litúrgica ilegítima, que pretende imponer una construcción litúrgica artificial (Ratzinger dixit), y se aparta en puntos esenciales de los dogmas definidos en el Concilio de Trento, mientras se restringe gradualmente, hasta su extinción, un rito santo de la Misa que se desarrolló armónicamente a lo largo de los siglos.

José Antonio Ureta

1. Cards. A. Ottaviani y A. Bacci, carta a Paulo VI, introductoria del Breve estudio crítico del Novus Ordo Missae.

2. BBC, March 19, 2023

3. http://www.cantalamessa.org/?p=4080&lang=es

4. Pío XII, encíclica Mediator Dei (Nov. 20, 1947), Vatican.va

5. Cantalamessa, Mysterium Fidei!

6. Una crítica doctrinal de Desiderio desideravi: La primacía de la adoración

7. Oscurecimiento de la centralidad de la Pasión redentora

8. Del sacrificio del Calvario al recuerdo de la Presencia

9. De sacerdotes del Sacrificio a presidentes de asambleas

10. ¿El Novus Ordo como arma para promover “otra fe”?

11. Aline y Alain Weidert, en La Croix, 10-02-2022,

12.https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/20220629-lettera-ap-desiderio-desideravi.html, n° 31.

martes, 8 de noviembre de 2022

Obispos contra el sínodo: desde Holanda hasta Suiza (Carlos Esteban)



La pobre representación de los fieles en el proceso presinodal, que ha obligado a alargarlo hasta el año que viene, y el escandaloso documento preparatorio está llevando a algunos obispos (auxiliares, eso sí) a cuestionar la idoneidad de esta reunión. Últimamente han hablado el suizo Marian Eleganti, emérito de Coira, y el holandés Rob Mutsaerts, de ‘s-Hertogenbosch.

Abrieron fuego los ‘sospechosos habituales’: el obispo Schneider, el cardenal Burke, el cardenal Müller. Este último, con la autoridad moral de ser exprefecto para la Doctrina de la Fe, fue tan lejos en el programa de Raymond Arroyo como para llamar al sínodo “una OPA hostil sobre la Iglesia”.

“Esto no tiene nada que ver con Jesucristo, con el Dios Trino. Parecen pensar que la doctrina es como un programa de partido que puede cambiar según sus electores”, añadió Müller, concluyendo: “Es un intento de destruir la Iglesia. Sí tienen éxito, será el fin de la Iglesia católica”. Más apocalíptico, es difícil.

Pero no está solo. Marian Eleganti, obispo auxiliar emérito de la diócesis suiza de Coira y conocido por sus reticencias ante el proceso renovador de la Iglesia, también ha expresado sus recelos. La crítica del suizo se centra en que hay que evitar la impresión (que el sínodo parece subrayar, pero que ya insinuaba el ‘espíritu del Concilio’) de que la Iglesia ha estado en el error hasta que hemos llegado nosotros, nuestra generación. “La Iglesia no ha estado en el camino equivocado durante 2000 años para ser iluminada y corregida en nuestros días por un proceso sinodal en el siglo XXI”, declara. “Para esto, no necesitamos ni un Concilio Vaticano III, ni un evento sustituto simplificado llamado Sínodo sobre la Sinodalidad”.

Yendo más lejos, en un ensayo recién publicado, Eleganti explica que “hoy los procesos sinodales, como las nanopartículas de las vacunas a base de mRNA, actúan como vectores que transportan sustancias nocivas o herejías y son en sí mismos tóxicos”.

Para Eleganti, la Iglesia está cayendo en la tentación de “estar de moda”, imitando el fervor del mundo por las nuevas causas. “Se trata de nuevo de los mismos retales sinodales recalentados por enésima vez desde los años 70: democracia, participación, implicación en el poder, mujeres en todos los oficios y el diaconado o sacerdocio femenino; revisión de la moral sexual en relación con las relaciones sexuales extramatrimoniales, el matrimonio y la homosexualidad; eliminación de la centralidad del sacerdote en la liturgia, etc”.

Mutsaerts, jovencísimo cuando fue consagrado obispo, tiene un historial aún más ‘trabucaire’ que Eleganti, y ha chocado con los nuevos tiempos desde antiguo, desde que se negara a asistir al Sínodo de la Amazonía después de conocer su planteamiento. Y no tiene pelos en la lengua, como puede comprobar cualquier lector de Infovaticana buscando su nombre en nuestros archivos. Acabó regular con su superior, el titular de ‘s-Hertogenbosch, y negociaron ambos que Mutsaerts perdería buena parte de sus funciones.

Si no le gustó el de la Amazonía, menos aún el de la Sinodalidad. Su crítica de centra en algo que ya se ha repetido a menudo en estas páginas: la Iglesia no tiene por misión “escuchar”, sino enseñar. El sínodo dice centrarse en los “excluidos”, pero, se pregunta el holandés, ¿quiénes están excluidos de la Iglesia? “ En definitiva, los que no están de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica”.

“La misión de la Iglesia, dice Mutsaerts, no es esta. No se trata de examinar todas las opiniones y luego encontrar un acuerdo. Jesús nos mandó algo más: proclamar la Verdad; es la Verdad que os hará libres”, asegura en su blog.

Carlos Esteban