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sábado, 4 de enero de 2020

El obispo de Sant Feliu dedica su mensaje dominical a hablar del pacto político (Carlos Esteban)



En el episcopado catalán es cada vez más raro encontrar referencias a la fe, siendo que el nacionalismo secesionista parece estar sustituyendo a Dios como centro de sus mensajes, pero por lo general introducen en sus reivindicaciones políticas alguna cita de pasada al mensaje cristiano, siquiera para justificar el ejercicio del cargo.

No así don Agustí Cortés, que en su último mensaje en la hoja dominical de la Diócesis de Sant Feliu de Llobregat -titulada ‘Pacte-aliança-trobada-comunió (I)- hace un mero análisis del pacto político, sin molestarse en absoluto de colar una referencia casual que permita adivinar que estamos leyendo el mensaje de un pastor a sus feligreses.

Habla del pacto político, en general, como categoría, pero con la investidura de Pedro Sánchez en marcha sería un poco idiota y falsamente ingenuos suponer que pueda referirse a cualquier otra cosa que al acuerdo alcanzado por los partidos abiertamente secesionistas para permitir que el candidato socialista vuelva al gobierno en alianza con los mayores enemigos que ha tenido la Iglesia católica en España a lo largo de su historia.

El programa que presenta Sánchez difícilmente podría ser más hostil a todo lo que representa la visión católica de la vida. No solo en lo que hace directamente a la institución eclesial y sus derechos, sino incluso a lo que suponen sus tradicionales luchas culturales, que son comunes a muchas religiones e incluso visiones seculares ancladas en cierto derecho natural. Es un programa que prevé desde la eutanasia al fomento del aborto, desde una censura disfrazada de ‘lucha contra la desinformación’ a la promoción de privilegios para los grupos LGTB. Un programa, en fin, que, de aplicarse, ahondaría aún más en la destrucción de las raíces cristianas de nuestra sociedad.

Pero al ‘bisbe’, al parecer, eso le trae al pairo. Lo importante es lo que los secesionistas consigan para el ‘procés’ a cambio de permitir ese horror. Eso es ahora la Iglesia en Cataluña, eso se permite, eso abunda.

Y lo único que tiene que decir don Agustí para terminar es que hay que aguantarse con la idea de que el pacto de la vergüenza no consiga todo lo que desean, empezando por él mismo porque, dice, “nuestros sueños van más allá”. Sinceramente, no sé cuáles sean los sueños del señor obispo, que probablemente no coincidan con muchos de sus feligreses. Pero la hoja dominical difícilmente será el lugar idóneo para sus soflamas políticas.

Carlos Esteban

Francisco ha canonizado más santos que sus predecesores en más de cuatro siglos (Carlos Esteban)



La Iglesia se ha mostrado hasta hace poco parsimoniosa a la hora de hacer santos. Desde 
que instaurara un proceso formal de canonización, en 1588 con la constitución apostólica Immensa Aeterni Dei de Sixto V, ha preferido ir despacio para cerciorarse de que el sujeto examinado realmente reunía todas las condiciones para ser presentado al pueblo de Dios como ejemplo de virtudes heroicas y eficaz intercesor. Basta pensar en la copatrona de Francia, Juan de Arco, muerta en 1431 y canonizada en 1920; o en el santo patrón de políticos y gobernantes, Santo Tomás Moro, que pese a su muerte martirial en 1535 no fue elevado a los altares hasta 1935.

Desde que existe proceso regular de canonización se han proclamado 1726 santos, pero a un ritmo muy irregular. Por ejemplo, desde 1592 a 1978 -386 años- solo ha habido 302 nuevos santos. Es con Pio IX cuando el proceso empieza a coger velocidad, creando el último Papa Rey 52 santos. Pero la gran aceleración se dispara con Juan Pablo II quien, deseoso de llenar los altares con santos relevantes para el hombre moderno, llega incluso a reformar el proceso para hacerlo más rápido y menos riguroso, proclamando 482 nuevos santos. Y, tras un cierto parón con Benedicto XVI -44 canonizaciones-, llegamos al presente pontificado con una ‘inflación’ de santidad que se sale de las gráficas: 898 nuevos santos.

¿Cómo afecta esto a la Iglesia? ¿Tiene la inflación de santos un efecto similar al de la inflación monetaria, que reduce el valor de cada unidad? Hemos visto canonizaciones, como la de Pablo VI, en las que el milagro necesario distaba un tanto de cumplir los estrictos requisitos que se exigían en otros tiempos, y otras, como la de Juan XXIII, que han dependido solo de la voluntad soberana del Romano Pontífice, que llegó a bromear sobre la previsible canonización de todos los papas posteriores. También hemos visto decretar como ‘martirio’ la muerte de un obispo argentino que los tribunales juzgaron accidente de tráfico, por testimonios no contrastados aducidos dos décadas después del deceso.

Quizá el resultado de todo esto acabe siendo crear en la conciencia de los fieles dos categorías de santos, los oficiales y los realmente venerados.

Carlos Esteban

Tu es Petrus: la verdadera devoción a la cátedra de San Pedro (Roberto de Mattei)



Asistimos a uno de los momentos más críticos que haya conocido la Iglesia a lo largo de su historia. Sin embargo, estoy convencido de que la verdadera devoción a la cátedra de San Pedro nos puede facilitar las armas para salir victoriosos de esta crisis.
Verdadera devoción. Porque hay falsas devociones a la cátedra de San Pedro, del mismo modo que, según San Luis María Griñón de Monfort, existe una verdadera devoción y falsas devociones a la bienaventurada Virgen María.
La promesa Jesús a Simón Pedro en Cesarea de Filipo es clara: Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam (Mt 16, 15-19).
Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
El primado de San Pedro es el cimiento sobre el que Jesucristo ha instituido su Iglesia, y sobre el cual ésta permanecerá hasta el final de los tiempos. La promesa de la victoria de la Iglesia es, no obstante, el anuncio de una guerra. Una guerra que, hasta el fin de los tiempos, llevará a cabo el infierno contra la Iglesia. En el centro de esta rabiosa guerra se encuentra el Papado. A lo largo de la Historia, los enemigos de la Iglesia han intentado siempre acabar con el primado de San Pedro, porque han comprendido que constituía el cimiento visible del Cuerpo Místico. Cimiento visible, porque la Iglesia tiene un cimiento primario e invisible que es Jesucristo, cuyo vicario es Pedro.
La verdadera devoción a la cátedra de San Pedro es, desde esta perspectiva, la devoción a la visibilidad de la Iglesia, y constituye, como señala el P. Faber, una parte esencial de la vida espiritual cristiana.(1)
Ataques contra el Papado a lo largo de la Historia
Uno de los ataques más violentos que ha sufrido el Papado en la Historia tuvo lugar en los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa, bajo el pontificado de Gianangelo Braschi, Pío VI (1775-1799). En Alemania, el teólogo Johann Nikolaus von Hontheim, conocido por el pseudonónimo de Justino Febronio, negaba el primado de gobierno de Pedro y era partidario de una organización eclesiástica cuya potestad suprema radicaba en la colegialidad de los obispos. Febronio afirmaba que no quería combatir al Papa, sino el centralismo de la Curia Romana, a la cual quería contraponer los sínodos episcopales, nacionales y provinciales. Pío VI condenó sus tesis mediante el decreto Super soliditate Petrae del 28 de noviembre de 1786.
En Italia, ideas análogas eran expresadas por Scipione de’ Ricci, obispo jansenista de Pistoia, que en 1786 convocó un sínodo diocesano con miras a reformar la Iglesia, reduciendo al Papa a cabeza ministerial de la comunidad de pastores de Cristo. Entre tanto estalló la Revolución Francesa, y Pío VI, por la carta Quod aliquantum del 10 de marzo de 1791 condenó la Constitución Civil del Clero, la cual afirmaba que si los obispos son independientes  del Papa, los sacerdotes son superiores a los obispos y los párrocos deben ser elegidos por los fieles. Por la bula Auctorem fidei del 28 de agosto de 1794 se condenaron también los errores eclesiológicos del Sínodo de Pistoia.(2)
Pío Vi quedó muy afectado por la Revolución. En 1796, el ejército de Napoleón invadió la península itálica, ocupó Roma y el 15 de febrero de 1798 proclamó la República Romana. El Sumo Pontífice fue hecho prisionero y conducido a Francia, a la ciudad de Valence, donde el 29 de agosto de 1799 falleció agotado por los sufrimientos. La Revolución parecía haber triunfado sobre la Iglesia. El cadáver de Pío VI permaneció insepulto durante varios meses, hasta que fue inhumado en el cementerio de la ciudad, en una caja de las reservadas a los pobres, sobre la que estaba escrita la leyenda: «Ciudadano Gianangenlo Braschi, aliás Papa». La municipalidad de Valence notificó al Directorio la muerte de Pio VI, añadiendo que se había dado sepultura al último pontífice de la Historia.
Diez años más tarde, en 1809, también Pío VII (1800-1823), sucesor del anterior, anciano y enfermo, fue hecho prisionero, y tras dos años encarcelado en Savona  fue llevado a Fontainebleau, donde permaneció hasta la caída de Napoleón, obligado a plegarse a la voluntad de éste. Nunca se había visto al Papado tan débil a los ojos del mundo. Pero diez años más tarde, en 1819, Napeleón había desaparecido de la escena y Pío VII estaba de vuelta en el solio pontificio y era reconocido como suprema autoridad moral por los soberanos europeos. Aquel año de 1819 se publicó en Lyon Del Papa, obra maestra del conde Joseph de Maistre, que alcanzaría centenares de reimpresiones y fue precursora del dogma de la infalibilidad pontificia que más tarde definiría el Concilio Vaticano I.
El libro Del Papa está considerado un manifiesto del pensamiento contrarrevolucionario, que se opone al liberalismo católico de los siglos XIX y XX. Quisiera hoy hacerme eco de esta escuela de pensamiento católica.(3)
Cuando en 1869 se inauguró el Concilio Vaticano I, se enfrentaron dos partidos: por una parte, los católicos ultramontanos o contrarrevolucionarios, apoyados por Pío IX, que defendían la aprobación del dogma del Primado Petrino y la infalibilidad pontificia. Entre ellos figuraban ilustres prelados, como el cardenal Henry Edward Manning, arzobispo de Westminster; monseñor Louis Pie, obispo de Poitiers; monseñor Konrad Martin, obispo de Paderborn, arropados por los mejores teólogos de la época, como los padres Juan Bautista Franzelin, Joseph Kleutgen o Henri Ramiere. En el bando opuesto, los católicos liberales estaban capitaneados por monseñor Maret, decano de la facultad de teología de París, y por Ignaz von Döllinger, rector de la Universidad de Munich.
Los liberales, haciéndose eco de las tesis conciliaristas y galicanas, sostenían que la autoridad de la Iglesia no reside sólo en el Sumo Pontífice, sino en el Papa unido a los obispos, y consideraban erróneo, o al menos inoportuno, el dogma de la infalibilidad. El 8 de diciembre de 1870, Pío IX definió mediante la constitución Pastor Aeternus los dogmas del primado petrino y de la infalibilidad pontificia.(4) Hoy en día dichos dogmas constituyen para nosotros un precioso punto de referencia en que basar la verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro.
El Concilio Vaticano II y el nuevo concepto del Papado
Aunque los católicos liberales fueron derrotados en el Concilio Vaticano I, un siglo más tarde serían los protagonistas y vencedores del Concilio Vaticano II.
Galicanos, jansenistas y febronianos sostenían abiertamente que la estructura de la Iglesia debía ser democrática, guiada desde abajo por los sacerdotes y obispos, de quienes el Papa sería un mero representante. La constitución Lumen gentium, promulgada el 21 de noviembre de 1964 por el Concilio Vaticano II, fue, como todos los documentos emanados de este concilio, una constitución ambigua influida por estas tendencias, si bien no las llevó a sus últimas consecuencias.
La Nota explicativa previa, incluida a petición de Pablo VI para salvaguardar la ortodoxia del documento, fue un arreglo para conciliar el principio del primado de San Pedro y el de la colegialidad episcopal. Con Lumen gentiumsucedió lo mismo que con la constitución conciliar Gaudium et Spes, que puso en pie de igualdad los dos fines del matrimonio, el procreativo y el unitivo. En la naturaleza la igualdad no existe. Uno de los dos principios está destinado irremisiblemente a imponerse sobre el otro. Y así como en el caso del matrimonio el principio unitivo se impuso sobre el procreativo, en el de la constitución de la Iglesia se está imponiendo el principio de colegialidad sobre el del primado del Romano Pontífice.
Sinodalidad, colegialidad y descentralización son las palabras que expresan actualmente la tentativa de transformar la constitución monárquica y jerárquica de la Iglesia en una estructura democrática y parlamentaria.
Un manifiesto programático de esta nueva eclesiología lo podemos ver en el discurso pronunciado por el papa Francisco el 17 de octubre de 2015 durante la ceremonia de conmemoración del quincuagésimo aniversario de la institución del sínodo de los obispos. En aquel discurso Francisco puso como comparación una pirámide invertida para representar la conversión del Papado propuesta en la exhortación Evangelii Gaudium de 2013 (nº32). Parece que el Papa quiere sustituir la iglesia centralizada en Roma por una Iglesia policéntrica o poliédrica, según la imagen frecuentemente empleada por él. Un Pontificado renovado, concebido como una especie de ministerio al servicio de las demás iglesias, renunciando al primado jurídico o de autoridad de Pedro.
Para democratizar la Iglesia, los innovadores tratan de despojarla de su aspecto institucional y reducirla a una dimensión puramente sacramental. Es el paso de la Iglesia jurídica a la Iglesia sacramental o de comunión. ¿Y cuáles son las consecuencias? En el plano sacramental, el Papa, como obispo, es igual a todos los demás prelados. Lo que lo sitúa por encima de todos ellos y le confiere un poder supremo, pleno e inmediato sobre toda la Iglesia es su oficio jurídico. El munus específico del Sumo Pontífice no consiste en su potestad de orden, que comparte con todos los demás obispos del mundo, sino en su potestad de jurisdicción, o de gobierno, que lo distingue de todos los demás prelados. El cargo cuya titularidad ostenta el Papa no supone un cuarto nivel en las órdenes sagradas por encima del diaconado, el sacerdocio y el episcopado. El ministerio petrino no es un sacramento, sino un oficio, porque el Papa es el vicario visible de Jesucristo. La Iglesia-sacramento disuelve, por la propia visibilidad de la Iglesia, el Primado Petrino.
La visibilidad de la Iglesia
Jesucristo confió la misión de Gobierno a San Pedro después de la Resurrección, cuando le dijo: «Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas» (Jn. 21, 15-17). Con estas palabras el Señor confirma la promesa hecha al Príncipe de los Apóstoles en Cesarea de Filipo cuando lo nombró su Vicario en la Tierra, con potestad de Jefe supremo de la Iglesia y Pastor universal. La verdadera devoción a la Cátedra de San Pedro no es el culto al hombre que ocupa esa cátedra, sino amor y veneración a la misión que Jesucristo confió a San Pedro y a sus sucesores. Se trata de una misión visible y perceptible para los sentidos, como explicaron León XII en la encíclica Satis cognitum (1896) y Pío XII en la encíclica Mystici Corporis (1943.)
Al igual que su Fundador, la Iglesia consta de un elemento humano, visible y externo, y de un elemento divino, espiritual e invisible. Es una sociedad al mismo tiempo visible y espiritual, temporal y eterna, humana por los miembros de los que está compuesta y divina por sus orígenes, sus fines y sus medios sobrenaturales. La Iglesia es visible en primer lugar porque no es ni una corriente espiritual ni un movimiento de ideas, sino una verdadera sociedad, dotada de una estructura jurídica como las otras sociedades humanas. Y es visible también como sociedad sobrenatural, porque se la puede reconocer por sus notas externas al ser siempre una, católica, apostólica y romana.(5)
Es en el Papa en quien se se concentra y condensa dicha visibilidad. Ése es el sentido de la frase pronunciada por San Ambrosio: «Ubi Petrus ibi Ecclesia»(6) (donde está Pedro, allí está la Iglesia), que presupone que remite a otro dicho, atribuido a San Ignacio de Antioquía, «Ubi Christus ibi Ecclesia» (7)No hay verdadera Iglesia fuera de la fundada por Jesucristo, que continúa a guiarla y asistirla de modo invisible mientras su Vicario la gobierna visiblemente en la Tierra.
En la actualidad se ha infiltrado el modernismo en la Iglesia, pero no hay dos iglesias. Ésa es la razón por la que el P. Gleize considera impropio hablar de Iglesia conciliar (8), y ése es también el motivo por el que debemos tener cuidado con expresiones como Iglesia bergogliana o neoiglesia. La Iglesia de hoy está ocupada por hombres de la Iglesia que traicionan o deforman el mensaje de Cristo, pero no ha sido sustituida por otra Iglesia. Solamente hay una Iglesia católica en la que conviven, de modo confuso y fragmentario, teologías y filosofías diversas y contrapuestas. Es más correcto hablar de una teología bergogliana, de una filosofía bergogliana, de una moral bergogliana y, si se quiere, de una religión bergogliana, pero sin llegar a definir como Iglesia bergogliana a la que comprendería, junto al papa Bergoglio y los cardenales, la Curia y los obispos de todo el mundo. Porque en caso de imaginar que el Papa, los cardenales, la Curia y los prelados de todo el mundo constituyen en su conjunto una nueva Iglesia, deberíamos preguntarnos legítimamente: ¿Dónde está la Iglesia de Cristo? ¿Dónde está su visibilidad social y sobrenatural?
Éste es el argumento principal contra el sedevacantismo. Pero también es un argumento contra ese tradicionalismo exagerado que aunque no declare vacante la sede de San Pedro se cree autorizado a expulsar de la Iglesia a papas, cardenales y obispos, y reduce en la práctica el Cuerpo Místico de Cristo a una realidad puramente espiritual e invisible.
El error de la papolatría
La Iglesia, como sociedad visible, tiene necesidad de una jerarquía visible, de un Vicario de Cristo que la gobierne visiblemente. La visibilidad es, ante todo, la de la Cátedra de San Pedro, sobre la que se han sentado hasta hoy 266 pontífices.
El Papa es una persona que ocupa una cátedra. No es la cátedra en persona, pero existe el peligro de que la persona haga olvidar la existencia de la cátedra, es decir, la institución jurídica que antecede a la persona.
La papolatría es la falsa devoción de quien no ve en el papa reinante a uno de los sucesores de San Pedro, sino que lo considera un nuevo Cristo en la Tierra, personalizando, reinterpretando, reinventado, imponiendo el Magisterio de sus predecesores, acrecentando, mejorando y perfeccionando la doctrina de Cristo.
Antes que un error teológico, la papolatría es una actitud psicológica y moral deformada. Los papólatras suelen ser conservadores o moderados que se engañan creyendo que pueden lograr buenos resultados en la vida sin lucha y sin esfuerzo. El secreto de su vida está en adaptarse continuamente a fin de sacar el mejor partido a toda situación. Su lema es que no pasa nada y no hay motivo de preocupación. Para ellos, la realidad no es jamás un drama. Los moderados no quieren que la vida sea un drama, porque los obligaría a asumir responsabilidades de las que no quieren hacerse cargo. Pero como la vida es con frecuencia dramática, su sentido de la realidad está trastornado y caen en un irrealismo total. Ante la crisis actual de la Iglesia, el moderado reacciona negándola instintivamente. Y la manera más eficaz de tranquilizar la propia conciencia es afirmar que el Papa nunca se equivoca, aun cuando se contradiga a sí mismo o contradiga a sus predecesores. A estas alturas, el error pasa inevitablemente del plano psicológico al doctrinal y se transforma en papolatría, o sea, en la mentalidad de que siempre hay que obedecer al Papa independientemente de lo que haga o diga, porque el Santo Padre es la regla única y siempre infalible de la fe católica.
En el plano doctrinal, la papolatría hunde sus raíces en el voluntarismo de Guillermo de Occam (1285-1347), que, paradójicamente, fue un rabioso adversario del Papado. Mientras Santo Tomás de Aquino afirma que Dios, Verdad absoluta y Sumo Bien, no puede querer ni hacer nada contradictorio, Occam sostiene que Dios puede querer y hacer cualquier cosa, incluso –qué paradoja– el mal, ya que el mal y el bien no existen en sí, sino que Dios hace que sean tales. Para Santo Tomás, una cosa se ordena o se prohíbe porque ontológicamente es buena o mala. Para los seguidores de Occam, es todo lo contrario: una cosa es buena o mala dependiendo de que Dios la haya mandado o prohibido. El adulterio, el asesinato o el robo son malos solamente porque Dios los ha prohibido. En cuanto se admite ese principio, no sólo la moral se vuelve relativa, sino que el representante de Dios en la Tierra, el Vicario de Cristo, podrá a su vez ejercer su autoridad suprema de modo absoluto y arbitrario, y los fieles no podrán hacer otra cosa que tributarle obediencia incondicional.
En realidad, la obediencia en la Iglesia supone para el súbdito el deber de cumplir, no sólo la voluntad del superior, sino únicamente la de Dios. Por esta razón, la obediencia no es nunca ciega ni incondicional. Tiene límites fijados por la ley natural y divina y por la Tradición de la Iglesia, de la cual el Pontífice es custodio y no creador.
Para el papólatra, el Papa no es el Vicario de Cristo en la Tierra, que tiene el cometido de transmitir íntegra y pura la doctrina que ha recibido, sino un sucesor de Cristo que perfecciona la doctrina de sus predecesores adaptándola con el paso de los tiempos. La doctrina del Evangelio está para él en perpetua evolución porque coincide con el Magisterio del pontífice en ese momento reinante. El Magisterio perenne es sustituido por un magisterio viviente expresado en una enseñanza temporal que cambia a diario y tiene su regula fidei en el sujeto de la autoridad en vez de en el objeto de la verdad transmitida.
Una consecuencia de la papolatría es la pretensión de canonizar a todos y cada uno de los papas para que toda palabra y todo acto de gobierno de ellos adquiera retroactivamente carácter infalible. Eso sí, esto sólo se hace con los pontífices posteriores al Concilio Vaticano II, no con los que precedieron tal concilio.
Llegados a este punto deberíamos plantearnos lo siguiente: la época dorada de la Iglesia fue la Edad Media. Y sin embargo, los únicos papas medievales canonizados por la Iglesia son Gregorio VII y Celestino V. En los siglos XII y XIII vivieron grandes pontífices, y ninguno de ellos ha sido canonizado. Durante siete siglos, entre el XIV y el XX, sólo se canonizó a Pío V y a Pío X. ¿Es que los otros fueron papas indignos y pecadores? Desde luego que no. Pero la virtud heroica en el gobierno de la Iglesia es la excepción, no la regla, y si todos los papas son santos, ninguno lo es. La santidad lo es cuando es excepcional, pero pierde sentido cuando se convierte en la regla. Hay quien sospecha que actualmente se quiere canonizar a todos los pontífices precisamente porque ya no se cree en la santidad de ninguno. Quien quiera ahondar en este problema encontrará provechosa la lectura del artículo que dedicó Christopher Ferrara en The Remnant a The canonisations crisis (9).
¿Es posible una diarquía pontificia?
La papolatría no existe en sentido abstracto: hoy en día se debería hablar con más precisión de, por ejemplo, franciscolatría, y también de benedictolatría, como bien ha señalado Miguel Ángel Yáñez en Adelante la Fe (10).  Esa papolatría puede llegar a contraponer un pontífice a otro. Por ejemplo, los seguidores del papa Francisco a los de Benedicto, pero también puede conducir a intentar la armonía y convivencia de ambos papas imaginando una posible división de funciones. Es significativo e inquietante lo sucedido con ocasión del quinto aniversario de la elección del papa Francisco. Toda la atención de los medios se ha concentrado en el caso de la carta de Benedicto XVI a Francisco: una carta que resultó haber sido manipulada y que ha causado la dimisión del encargado de comunicación en el Vaticano, monseñor Dario Viganò. Con todo, el debate reveló la existencia de una falsa premisa aceptada por todos: que hay una especie de diarquía pontificia, según la cual hay uno que es papa en el ejercicio de sus funciones, Francisco, y otro, Benedicto, que sirve a la Cátedra de San Pedro con la oración  y, en caso necesario, orientando. La existencia de dos pontífices se admite como un hecho consumado; sólo se discute la naturaleza de su relación, Pero la verdad es que es imposible que haya dos papas. El papado es indivisible: sólo puede haber un Vicario de Cristo.
Benedicto XVI tenía la facultad de renunciar al pontificado, pero habría debido, en consecuencia, renunciar al nombre de Benedicto XVI, a la sotana blanca y al título de papa emérito. En resumidas cuentas, tendría que haber dejado definitivamente de ser papa, e incluso haber dejado de residir en el Vaticano. ¿Por qué no lo ha hecho? Porque parece que Benedicto XVI está convencido de que todavía es papa, aunque sea un papa que ha renunciado al ejercicio de su ministerio petrino. Esta convicción nace de una eclesiología profundamente errónea, fundada en un concepto sacramental y no jurídico del Papado. Si el munus petrino es un sacramento y no un cargo jurídico, imprime carácter, pero en ese caso sería imposible renunciar al cargo. La renuncia presupone la revocabilidad del cargo, y es por tanto irreconciliable con un concepto sacramental del pontificado.
Con toda razón el cardenal Brandmüller encuentra incomprensible la tentativa de establecer una especie de paralelismo contemporáneo entre un papa reinante y un papa orante: «Un papado bicéfalo sería una monstruosidad»(11), ha afirmado. «El derecho canónico no reconoce la figura de un papa emérito.»  «El dimisionario, en consecuencia, ya no es obispo de Roma ni papa, ni siquiera cardenal».(12)
Por lo que se refiere a las dudas en cuanto a la elección del papa Francisco, la profesora Geraldina Boni (13) señala que el Derecho Canónico siempre ha enseñado que una serena universalis ecclesiae adhaesio es señal y efecto infalible de una elección válida y un pontificado legítimo, y la adhesión del pueblo de Dios al papa Francisco no ha sido puesta en duda hasta el momento por ninguno de los cardenales que participaron en el cónclave. Esto también es consecuencia del carácter visible de la Iglesia y del Papado.
A nemine est judicandus, nisi a fide devius…
El carácter jurídico del cargo petrino ha sido descrito con bastante acierto por un canonista libre de toda sospecha, ex rector de la Universidad Gregoriana: el jesuita Gianfranco Ghirlanda, que durante el periodo de transición entre ambos pontificados publicó en La Civiltà Cattolica un explícito artículo titulado La vacancia de la Sede Romana, en el que dijo:
«La Sede Romana está vacante en el caso de que el Romano Pontífice cese en el ejercicio de sus funciones, y esto se verifica por cuatro motivos: 1) fallecimiento; 2) locura cierta e incurable o enfermedad mental total; 3) notoria apostasía, herejía o cisma; y 4) dimisión».
El padre Ghirlanda explica: «En el primer caso, la Sede Apostólica queda vacante desde el momento de la muerte del Romano Pontífice; en el segundo y tercero, desde el momento de la declaración por parte de los cardenales; y en el cuarto, desde el momento de la renuncia. En este caso, el criterio a seguir es la salvaguarda de la propia comunión eclesial. Si ésta no correspondiese ya al Papa, el pontífice ya no tendría ya ninguna potestad, porque ipso iure perdería su cargo primado.»
En este punto el padre Ghirlanda se centra en el tema del papa hereje. No hace la menor alusión a un pontífice que en febrero de 2013 no había sido elegido aún. El padre Ghirlanda pone un ejemplo teórico: «En la doctrina está admitido el caso de notoria apostasía, herejía o cisma en que podría incurrir el Sumo Pontífice, pero como doctor privado que no requiere la aceptación por parte de los fieles, ya que por la fe en la infalibilidad personal que tiene el Santo Padre en el ejercicio de su cargo, y por tanto con la asistencia del Espíritu Santo, debemos decir que no puede hacer afirmaciones heréticas empeñando su autoridad primada, ya que si lo hiciere perdería ipso iure el cargo. Sin embargo, en tal caso, como la sede primada no puede ser juzgada por nadie (cf. 1404), nadie podría deponer al Romano Pontífice. Ahora bien, se tendría tan sólo una declaración del hecho, y tendrían que hacerla los cardenales, al menos los que estuviesen presentes en Roma. Con todo, tal eventualidad, si bien está prevista en la doctrina, se considera totalmente improbable por la intervención de la Divina Providencia en favor de la Iglesia».(14)
En su exposición, el padre Ghirlanda no adopta una postura tradicionalista ni progresista, sino la de un estudioso que compila miles de años de tradición canónica.
Si, en el terreno de la filosofía y la teología, el vértice indiscutible del pensamiento cristiano está representado por Santo Tomás de Aquino, en el del Derecho Canónico el equivalente sería la Escolástica y está representado por el maestro Graciano y sus discípulos.
Evocando una afirmación de San Bonifacio, obispo de Maguncia, Graciano dice que el Papa «a nemine est iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius».(15) Este principio es reafirmado en la Summa decretorum de Hugo de Pisa,(16) considerado el más grande de los magister decretorum del siglo XII.
El padre Salvatore Vacca, que ha esbozado la historia del axioma Prima Sedes a nemine iudicatur, recuerda que «la tesis de la posibilidad del papa hereje será tenida en cuenta […] durante todo el Medioevo hasta la llegada del Cisma de Occidente (1379-1417)».(17)
En el caso de un papa hereje, el principio Prima Sedes a nemine iudicatur no es vulnerado, en primer lugar porque, según la tradición canónica, este principio admite como única excepción el caso de herejía; y en segundo lugar, los cardenales se limitarían a constatar el hecho de la herejía, como sucedería en el caso de la pérdida de las facultades mentales, sin ejercer en modo alguno la deposición del Romano Pontífice. El cese del cargo oficial simplemente sería constatado y declarado por ellos.
Los teólogos discuten si la pérdida del pontificado se da en el momento en que el Papa incurre en herejía o sólo en el caso de que la herejía se haga manifiesta o notoria y se divulgue públicamente.
Arnaldo Xavier da Silveira (18) sostiene que aun habiendo incopatibilidad de raíz entre la herejía y la jurisdicción pontificia, el Papa no pierde su cargo hasta que se herejía es puesta de manifiesto. Dado que la Iglesia es una sociedad visible y perfecta, la pérdida de la fe por parte de su Cabeza visible tiene que ser hecho público, claramente reconocido por los fieles comunes. Así como un árbol puede vivir cierto tiempo después de que se le han cortado las raíces, la jurisdicción también puede mantenerse aunque sea precariamente después de que el titular de ella caiga en herejía. Jesucristo mantiene provisionalmente la persona del pontífice hereje en el ejercicio de su jurisdicción hasta que la Iglesia constate que está depuesto.
Lo que es cierto es que reconocer la posibilidad de que un papa incurra en herejía no significa en modo alguno que disminuyan el amor y la devoción al Papado. Significa admitir que el Papa es el Vicario, no siempre impecable ni siempre infalible, de Jesucristo, única Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia.
Contra el catacumbismo
El tema de la visibilidad de la Iglesia es un argumento válido para combatir otra tentación actualmente muy extendida: el catacumbismo. El catacumbismo es la actitud de quien se retira del campo de batalla y se esconde, creyendo ilusamente que podrá sobrevivir sin combatir. El catacumbismo es el rechazo del concepto combativo del cristianismo.
El catacumbista no quiere combatir porque está convencido de que ya ha perdido la batalla. Acepta como un hecho la situación de inferioridad de los católicos sin remontarse a las causas que la han determinado. Pero si los católicos son minoritarios hoy en día es porque han perdido una serie de batallas. Han perdido esta batalla porque no la han combatido. Y no la han combatido porque han perdido la idea misma de que hay enemigos. Han vuelto la espalda al concepto agustiniano de las dos ciudades que luchan en la Historia, único que puede brindar la explicación de todo lo que ha sucedido. Rechazar esa mentalidad combativa es aceptar como principio la irreversibilidad del proceso histórico y del catacumbismo se pasa inevitablemente al progresismo y el modernismo.
Los catacumbistas oponen la Iglesia constantiniana a la Iglesia minoritaria y perseguida de los tres primeros siglos. Pero Pío XII, en su discurso a los jóvenes de Acción Católica del 8 de diciembre de 1947, refuta esa tesis, y explica que los católicos de los tres primeros siglos no se refugiaron en las catacumbas, sino que fueron vencedores:
«Con frecuencia, la Iglesia de los primeros siglos ha sido presentada como la Iglesia de las catacumbas, como si los cristianos de entonces acostumbraran vivir escondidos en ellas. Nada más inexacto: aquellas necrópolis subterráneas, destinada principalmente a la sepultura de los fieles difuntos, no servían de refugio, salvo quizás en momentos de violenta persecución. La vida de los cristianos en aquellos siglos marcados por el derramamiento de sangre, se desenvolvía en las calles y las casas, abiertamente. No vivían apartados del mundo; frecuentaban, como los demás, los baños, los talleres, las tiendas, mercados y plazas públicas; ejercían profesiones como marineros, soldados, agricultores y comerciantes” (Tertuliano, Apologeticum, c. 42). Querer convertir a aquella Iglesia valerosa, dispuesta siempre a vivir al pie del cañón, en una sociedad de cobardes que viven escondidos por vergüenza o por pusilanimidad, sería un ultraje a su virtud. Eran plenamente conscientes de su deber de conquistar el mundo para Cristo, de transformar según la doctrina y la ley del Divino Salvador la vida privada y la pública, donde debía nacer una nueva civilización, surgir otra Roma sobre los sepulcros de los dos Príncipes de los Apóstoles. Y lograron su objetivo. Roma y el Imperio Romano se hicieron cristianos.»
Antes se decía que el sacramento de la Confirmación nos hace soldados de Cristo, y Pío XII, dirigiéndose a los obispos de los Estados Unidos, les dijo: «El cristiano digno de tal nombre siempre es apóstol; es indecoroso para el soldado de Cristo alejarse de la batalla, porque sólo la muerte pone fin a su milicia».(19) Es preciso recuperar esta percepción militar de la vida cristiana.
La fuerza del silencio y la fuerza de la palabra
Hay quienes dicen que hace falta renunciar a la acción y a la lucha porque en el plano humano ya no es posible hacer nada. Que es preciso esperar una intervención extraordinaria de la Divina Providencia. Es cierto que Dios, y sólo Dios, es quien dirige y transforma la Historia. Pero Dios exige la colaboración de los hombres, y si los hombres dejan de actuar, deja también de actuar la gracia divina. Es más, como señala San Ambrosio, «Dios no manda su bendición a quien se duerme, sino a quien vela».(20)
Hay también quien dice que no hay que renunciar sólo a la acción, sino también a la palabra. Cada tanto nos topamos con alguien que con el dedo ante la boca y los ojos alzados al Cielo nos dice que es necesario callar y rezar. Nada más. Pero sería un error hacer del silencio una regla de comportamiento, porque el Día del Juicio no sólo daremos cuenta de las palabras ociosas, sino también de los silencios culpables.
Hay vocaciones al silencio, como las de tantos religiosos contemplativos; pero los católicos, desde los pastores al último de los fieles, tienen el deber de dar testimonio de su fe con la palabra y con el ejemplo. Por medio de la Palabra los apóstoles conquistaron el mundo y se difundió el Evangelio de un extremo a otro de la Tierra.
No callaron San Atanasio ni San Hilario ante los arrianos, ni San Pedro Damián ante los prelados corruptos de su tiempo. Tampoco calló Santa Catalina de Siena ante los papas de su época, ni San Vicente Ferrer, que además se presentó como el Ángel del Apocalipsis.
Ni callaron, sino hablaron, en tiempos recientes, Clemens August von Galen, obispo de Münster, ante el nazismo, ni el cardenal Josef Mindszenty, primado de Hungría, ante el comunismo.
Por otro lado, hoy en día el silencio no se vive como un momento de recogimiento y reflexión que prepara para la lucha, sino como una estrategia política alternativa a la misma. Un silencio que predispone al disimulo, la hipocresía y la rendición final. Día tras día, mes tras mes y año tras año, la política del silencio se ha convertido en una jaula que encierra a muchos conservadores. En este sentido, el silencio no es sólo una culpa de hoy, sino también el castigo por las culpas de ayer. Hoy son prisioneros del silencio los que han callado durante demasiados años. Y en cambio, es libre quien a lo largo de los últimos cincuenta años no ha guardado silencio, sino que ha hablado abiertamente y sin transigir, porque sólo la Verdad nos hace libres (Jn.8, 32).

Tempus est tacendi, tempus loquendi.
 Hay tiempo de callar y tiempo de  hablar, dice el Eclesiastés (3,7). Hay momentos en que se debe callar, pero también hay un momento para hablar. Y hoy es el momento de hablar.
Hablar significa ante todo dar testimonio público de fidelidad al Evangelio y a las inmutables verdades católicas, denunciando los errores que se contraponen a éstas. En épocas de crisis, la regla a seguir es la que proclamó Benedicto XV en la encíclica Ad beatissimi Apostolorum Principis del 1 de noviembre de 1914 contra los modernistas. «Queremos, por tanto, que sea respetada aquella ley de Nuestros mayores: Nihil innovetur nisi quod traditum est, Nada se innove sino lo que se ha trasmitido». La Sagrada Tradición sigue siendo el criterio para discernir lo católico de lo que no es católico y poner de manifiesto las notas visibles de la Iglesia. La Tradición es la Fe de la Iglesia que los pontífices han mantenido y transmitido a lo largo de los siglos. Pero la Tradición tiene preeminencia sobre el Papa, y no el Papa sobre la Tradición.
Por tanto, no basta con hacer una denuncia genérica de los errores que se oponen a la Tradición de la Iglesia. Es preciso que demos a conocer el nombre de quienes en el seno de la Iglesia profesan una teología, una filosofía, una moral o una espiritualidad que se opongan al Magisterio perenne de la Iglesia, sea cual sea el cargo que ocupen. Y hoy en día debemos reconocer que el propio Papa promueve y difunda errores y herejías dentro de la Iglesia. Necesitamos el valor para decirlo, con toda la veneración debida al Sumo Pontífice. La verdadera devoción al Papado se manifiesta en una actitud de resistencia filial, como la de la Corrección filial que se elevó al papa Francisco en 2017.
Pero no sólo hay un tempus loquendi. Hay también un modus loquendi con el que se expresa el católico. La corrección debe ser filial, como se ha hecho; respetuosa, devota, sin sarcasmo, sin irreverencia, sin desprecio, sin celos amargos, sin complacencia, sin orgullo, con profundo espíritu de caridad, que es amor a Dios y a la Iglesia.
En la actual crisis, a toda profesión de fe y declaración de fidelidad que no tenga en cuenta la responsabilidad del papa Francisco le falta fuerza, claridad y sinceridad. Necesitamos el valor para decir: Santo Padre, vuestra santidad es responsable de la confusión que reina hoy en la Iglesia; Santo Padre, vuestra santidad es el primer responsable de las herejías que circulan actualmente en la Iglesia. Los cardenales que callan, y que al callar incumplen su cometido de ser consejeros y colaboradores del Papa, al que deberían dirigir públicamente palabras de amonestación y corrección fraterna, no dejan de ser responsables.
Pero no basta con denunciar a los pastores que demuelen o que promueven la demolición de la Iglesia. Es necesario reducir al mínimo indispensable la convivencia con esos, como en el caso de una separación matrimonial. Si un padre ejerce la violencia física contra su mujer o sus hijos, la esposa, aunque reconozca la validez del matrimonio y no pida la anulación, puede solicitar la separación a fin de protegerse y proteger a sus hijos. La Iglesia lo permite. Dejar de vivir juntos habitualmente significa en este caso distanciarse de las enseñanzas y prácticas de los malos pastores, negarse a participar en los programas y actividades que promueven.
No debemos olvidar, sin embargo, que la Iglesia no puede desaparecer. Por consiguiente, es necesario apoyar el apostolado de los pastores que se mantengan fieles a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, participar en sus iniciativas y animarlos a hablar, actuar, y guiar a la desorientada grey.
Es hora de apartarnos de los malos pastores y asociarnos a los buenos, dentro de la única Iglesia en la que también conviven, en un mismo terreno, el trigo y la cizaña (Mt. 13,24-30). Y tener presente que la Iglesia es visible y no se puede salvar sola apartada de sus legítimos pastores.
La Iglesia es visible y se salvará con el Papa, no sin el Papa. Es preciso renovar el vínculo de amor y de veneración que nos une al sucesor de San Pedro, principalmente con la oración, para que Jesucristo les dé a él y a todos los pastores la fuerza necesaria para no traicionarel sagrado depósito de la Fe, y si eso sucediera, de retomar la dirección de la grey abandonada.
Sólo una voz suprema y solemne puede poner al proceso de autodemolición que está en acto: la del Romano Pontífice, única persona a quien ha sido garantizada la posibilidad de definir la Palabra de Cristo, haciéndose portavoz infalible de la Tradición.
Y si aun así el Vicario de Cristo es infiel a su misión, el Espíritu Santo no dejará de asistir ni por un momento a su Iglesia, en la que, en momentos de apartamiento de la Fe, un resto, aunque pequeño, de pastores y fieles seguirá siempre observando y transmitiendo la Tradición, confiando en la divina promesa: «Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del mundo (Mt. 28,20).
En la encíclica Fulgens radiator del 21 de marzo de 1947, con motivo del XIV centenario de la muerte de San Benito, Pío XII dijo: «Todo el que examine su ilustre vida e investigue a la luz verdadera de la historia la época tormentosa en que vivió, comprobará sin duda la verdad de aquella divina promesa, hecha por Jesucristo a sus Apóstoles y a la sociedad que fundaba: «Ego vobiscum sum omnibus diebus, usque ad consummationem saeculi»; Yo mismo estaré continuamente con vosotros, hasta la consumación de los siglos (Mt. 27,20). Promesa que no pierde su valor en ningún tiempo, sino que alcanza al curso todo de los siglos, regido por el imperio de Dios. Más aún, cuando con más encarnizamiento los enemigos acometen al nombre cristiano, cuando la nave de Pedro, dirigida por la providencia, es zarandeada por olas cada vez más violentas, cuando todo parece que está para desplomarse y no hay esperanza ninguna de humano auxilio, entonces aparece Jesucristo cumpliendo su palabra, consolando y dispensando aquella fuerza que viene de lo alto, con lo que suscita nuevos atletas, defensores de la causa católica, que le devuelvan su antiguo esplendor, y que, con la ayuda de las gracias celestiales, le comuniquen todavía un mayor perfeccionamiento.»
El modelo para quienes permanecen fieles a la Tradición en tiempos de crisis es la Santísima Virgen María, que mantuvo sola la fe el sábado previo a la Resurrección, y que después de la Ascensión de Jesús al Cielo no calló, sino que sostuvo a la Iglesia naciente con la firmeza y claridad de su palabra. Su corazón fue, y sigue siendo, cofre del tesoro de la Tradición de la Iglesia.(22)
Los verdaderos devotos de María de los que habla San Luis María Griñón de Monfort son también los verdaderos devotos del Papado, que en tiempos de dejación de funciones por parte de la autoridad y de entenebrecimiento de la fe no vacilan en empuñar la espada de dos filos de la Palabra de Dios (Heb. 4,12) con la que atravesarán por la vida o por la muerte a aquellos a quienes los envíe el Altísimo.(23)
Su batalla contra los enemigos de Dios acercará la hora del triunfo del Inmaculado Corazón de María, que será también la del triunfo del Papado y de la Iglesia restaurada.
1 FREDERICK WILLIAM FABER, La devozione e fedeltà al Papa, en AA. VV., Il Papa nel pensiero degli scrittori religiosi e politici, La Civiltà Cattolica, Roma 1927, II, pp. 231-238.
2 DENZ-H, 2601-2612.
3 Para una síntesis de este pensamiento, cfr. PLINIO CORRȆA DE OLIVEIRA, Revolución y contrarrevolución.
4 DENZ-H, 3050-3075.
5 LOUIS BILLOT, De Ecclesia Christi,I, Prati, Giachetti, 1909, pp. 49-51
6 SAN AMBROSIO, Expositio in Psalmos, 40.
7 S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epístola a los discípulos de Esmirna, 8, 2.
8 ABBÉ JEAN-MICHEL GLEIZE FSPX, Angelus, julio de 2013.
11 WALTER BRANDMÜLLER, Renuntiatio Papae. Alcune riflessioni storico-canonistiche, en Archivio Giuridico, 3-4
(2016), p. 660.
12 ivi, pp. 661, 660.
13 GERALDINA BONI, Sopra una rinuncia. La decisione di papa Benedetto XVI e il diritto, Bononia University Press,
Bolonia 2015
14 GIANFRANCO GHIRLANDA, Cessazione dall’ufficio di Romano Pontefice, “La Civiltà Cattolica cuaderno nº 3905 del 2 de marzo de 2013 “, pp. 445-462., p. 445
15 GRAcIANO, Decreto, Pars I, Dist. XL.
16 HUGO DE PISA, Summa Decretorum, Pars I, Dist.. XL, c. 6.
17 SALVATORE VACCA, Prima Sedes a nemine judicatur. Genesi e sviluppo storico dell’assioma fino al Decreto di
Graziano, 
Pontificia Universidad Gregoriana, Roma 1993, p. 254.
18 ARNALDO XAVEIR DA SILVEIRA, Ipotesi teologica di un Papa eretico,Solfanelli, Chieti 2016.
19 PÍO XII, Discurso a los obispos de los Estados Unidos del 1 novembre 1939.
20 S. AMBROSIO, Expos. Evang. sec. Luc., IV, 49.
21 S. ESTEBN I,Carta a San Cipriano, en DENZ-H, 110. 4
22 SAN BONAVENTURA, De Nativitate B. Virginis Mariae Sermo V, Op., cit., IX, p. 717).
23 SAN LUÍSI MAÍA GRIÑÓN DE MONTFORT, TrataDo de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, nº 57.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)