«Se nos dice que esta decisión de desobedecer a la ley de la Iglesia está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: 'suprema lex, salus animarum'. Pero la salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia. ¿Cómo puede pretenderse conducir las almas a la salvación por caminos distintos de los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el cuerpo místico de Cristo de forma quizás irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de esta nueva ruptura?»

«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Con estas palabras, Pedro, interrogado por el Maestro sobre la fe que tiene en Él, expresa en síntesis el patrimonio que la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, guarda, profundiza y transmite desde hace dos mil años: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador.» Estas palabras tan claras del papa León XIV sobre la fe de Pedro, al día siguiente de su elección, resuenan todavía en mi alma. El Santo Padre resume así el misterio de la fe que los obispos, sucesores de los apóstoles, no deben cesar de proclamar.
¿Pero dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor? San Agustín nos responde con claridad: «Donde está la Iglesia, allí está Cristo.» Por eso nuestra preocupación por la salvación de las almas se traduce en nuestra solicitud por conducirlas a la única fuente que es Cristo, que se entrega en su Iglesia.
Solo la Iglesia es el camino ordinario de la salvación; es, pues, el único lugar donde la fe se transmite íntegramente. Es el único lugar donde la vida de la gracia nos es plenamente otorgada a través de los sacramentos. Dentro de la Iglesia existe un centro, un punto de referencia obligatorio: la Iglesia de Roma, que gobierna el Sucesor de Pedro, el papa. «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).
Abandonar la barca de Pedro es entregarse a las olas de la tempestad
También quiero expresar mi viva inquietud y mi profunda tristeza al conocer el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio.
Se nos dice que esta decisión de desobedecer a la ley de la Iglesia está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: suprema lex, salus animarum. Pero la salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia. ¿Cómo puede pretenderse conducir las almas a la salvación por caminos distintos de los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el cuerpo místico de Cristo de forma quizás irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de esta nueva ruptura?
Se nos dice que este acto pretende ser una defensa de la Tradición y de la fe. Sé bien cuánto el depósito de la fe es hoy despreciado a veces por quienes tienen la misión de defenderlo. Sé bien que algunos olvidan que solo la cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, del anuncio de la fe, de la celebración de los sacramentos –lo que llamamos la Tradición– nos da la garantía de que aquello en lo que creemos es el mensaje original de Cristo transmitido por los apóstoles. Pero también sé, y lo creo firmemente, que en el corazón de la fe católica se encuentra nuestra misión de seguir a Cristo, quien se hizo obediente hasta la muerte. ¿Puede uno prescindir verdaderamente de seguir a Cristo en su humildad hasta la Cruz? ¿No es acaso traicionar la Tradición refugiarse en medios humanos para mantener nuestras obras, por buenas que sean?
Nuestra fe sobrenatural en la indefectibilidad de la Iglesia puede llevarnos a decir con Cristo: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26, 38) al contemplar las cobardías de cristianos e incluso de prelados que renuncian a enseñar el depósito de la fe y prefieren sus opiniones personales en materia de doctrina y moral. Pero la fe nunca puede llevarnos a renunciar a la obediencia a la Iglesia. Santa Catalina de Siena, que no dudaba en hacer reproches a los cardenales e incluso al papa, exclama: «Obedeced siempre al pastor de la Iglesia, pues él es la guía de la fe que puede conducir las almas hacia Él.» El bien de las almas nunca puede pasar por la desobediencia deliberada, porque el bien de las almas es una realidad sobrenatural. ¡No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática!
¿Quién nos dará la certeza de estar realmente en contacto con la fuente de la salvación? ¿Quién nos garantizará que no hemos tomado nuestra opinión por la verdad? ¿Quién nos protegerá del subjetivismo? ¿Quién nos garantizará que seguimos irrigados por la única Tradición que viene de Cristo? ¿Quién nos garantizará que no nos adelantamos a la Providencia y que la seguimos dejándonos guiar por sus indicaciones? A estas angustiantes preguntas no hay más que una respuesta, que fue dada por Cristo a los apóstoles: «Quien os escucha me escucha. Los pecados que perdonéis quedarán perdonados; los que retengáis, retenidos» (Lc 10, 16; Jn 20, 23). ¿Cómo asumir la responsabilidad de alejarse de esta única certeza?
Se nos dice que es por fidelidad al Magisterio precedente, pero ¿quién puede garantizárnoslo sino el propio sucesor de Pedro? Aquí se trata de una cuestión de fe. «Quien desobedezca al papa, representante de Cristo en los cielos, no participará de la sangre del Hijo de Dios», decía también santa Catalina de Siena. No se trata de fidelidad mundana a un hombre y a sus ideas personales. No se trata de un culto a la personalidad del papa. No se trata de obedecer al papa que expresaría sus propias ideas o sus opiniones personales. Se trata de obedecer al papa que dice, como Jesús: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Jn 7, 16).
Se trata de una mirada sobrenatural sobre la obediencia canónica que garantiza nuestro vínculo con el propio Cristo. Es la única garantía de que nuestra lucha por la fe, la moral católica y la Tradición litúrgica no se extravíe en la ideología. Cristo no nos ha dado ningún otro signo cierto. Abandonar la barca de Pedro y organizarse de forma autónoma y en círculo cerrado equivale a entregarse a las olas de la tempestad.
Sé bien que muchas veces, dentro de la propia Iglesia, hay lobos disfrazados de corderos. ¿Acaso no nos lo advirtió el propio Cristo? Pero la mejor protección contra el error sigue siendo nuestro vínculo canónico con el Sucesor de Pedro. «Es el propio Cristo quien quiere que permanezcamos en la unidad, y que, aunque heridos por los escándalos de los malos pastores, no abandonemos la Iglesia», nos dice san Agustín. ¿Cómo permanecer insensible a la oración llena de angustia de Jesús: «Padre, que sean uno como nosotros somos uno» (Jn 17, 22)? ¿Cómo seguir desgarrando su Cuerpo so pretexto de salvar las almas? ¿No es Él, Jesús, quien salva? ¿Somos nosotros y nuestras estructuras quienes salvamos las almas? ¿No es a través de nuestra unidad como el mundo creerá y será salvado? Esta unidad es ante todo la de la fe católica, es también la de la caridad y es, en fin, la de la obediencia.
Quisiera recordar que san Padre Pío de Pietrelcina fue durante su vida injustamente condenado por hombres de la Iglesia. Cuando Dios le había concedido una gracia especial para ayudar a las almas de los pecadores, se le prohibió confesar durante doce años. ¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios? No, calló. Entró en la obediencia crucificante, convencido de que su humildad sería más fecunda que su rebelión. Escribía: «El buen Dios me ha dado a conocer que la obediencia es la única cosa que le agrada; es para mí el único medio de esperar la salvación y de cantar la victoria.»
Podemos afirmar que el mejor modo de defender la fe, la Tradición y la auténtica liturgia será siempre seguir a Cristo obediente. Jamás Cristo nos mandará romper la unidad de la Iglesia.