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viernes, 9 de enero de 2026

Zen cuestiona la «sinodalidad bergogliana» ante el Consistorio de cardenales




En una intervención a puerta cerrada durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, el cardenal Joseph Zen lanzó una de las críticas más severas formuladas hasta ahora contra el Sínodo sobre la Sinodalidad, al que calificó de proceso “manipulado de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y lesivo para la autoridad episcopal. Sus palabras se pronunciaron en presencia del papa León XIV y de los cerca de 170 cardenales reunidos.

Según informó The College of Cardinals Report, el purpurado hongkonés utilizó los tres minutos asignados a cada cardenal para referirse directamente a la nota de acompañamiento del papa Francisco al Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, desarrollado entre 2021 y 2024.

Zen intervino después de que los cardenales fueran informados de que, por falta de tiempo, solo se abordarían dos de los cuatro temas inicialmente previstos. Los elegidos fueron “el Sínodo y la sinodalidad” y la misión de la Iglesia a la luz de Evangelii Gaudium, lo que dio al cardenal la ocasión de formular una crítica frontal al proceso sinodal.

En el núcleo de su intervención, Zen cuestionó la afirmación del papa Francisco de que, con el Documento Final, “devuelve a la Iglesia” lo que ha madurado a través de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento del episcopado. A partir de ahí, planteó una serie de preguntas que estructuran toda su denuncia:
«¿Ha podido el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?»
«¿Los laicos presentes representan realmente al Pueblo de Dios?»
«¿Los obispos elegidos por el episcopado han podido llevar a cabo un verdadero discernimiento, que debe consistir necesariamente en “discusión” y “juicio”?»
Para Zen, estas preguntas evidencian que el proceso sinodal no fue verdaderamente deliberativo, sino cuidadosamente dirigido. En ese contexto, denunció lo que calificó como “la manipulación blindada del proceso”, afirmando que constituye “un insulto a la dignidad de los obispos”.

El cardenal fue especialmente duro al referirse al uso constante del lenguaje espiritual para legitimar decisiones ya tomadas. Según Zen, la invocación reiterada del Espíritu Santo en este contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir aquello que Él mismo ha inspirado en la Tradición bimilenaria de la Iglesia.

Otro punto central de la crítica se dirigió a la afirmación de que el Papa, “saltándose al Colegio Episcopal”, escucha directamente al Pueblo de Dios y presenta este método como el marco interpretativo adecuado del ministerio jerárquico. Zen cuestionó de raíz esta concepción, alertando del riesgo de vaciar de contenido la función propia del episcopado.

La intervención se detuvo también en el estatuto ambiguo del Documento Final, definido como magisterial pero “no estrictamente normativo”, vinculante pero abierto a adaptaciones locales. Ante esta formulación, Zen volvió a interpelar directamente al proceso:
«¿Garantiza el Espíritu Santo que no surgirán interpretaciones contradictorias, especialmente dado el uso de expresiones ambiguas y tendenciosas en el documento?»
«¿Deben los resultados de esta “experimentación y prueba” —por ejemplo, la “activación creativa de nuevas formas de ministerialidad”— someterse al juicio de la Secretaría del Sínodo y de la Curia romana?»
«¿Serán estas instancias más competentes que los obispos para juzgar los distintos contextos de sus Iglesias?»
El cardenal advirtió que, si los obispos consideran legítimamente que ellos son más competentes para ese discernimiento, la coexistencia de interpretaciones divergentes no puede sino conducir a una fractura eclesial, similar a la vivida por la Comunión Anglicana.

Desde esta perspectiva, Zen amplió su análisis al ámbito ecuménico, preguntándose con qué parte del anglicanismo debería dialogar la Iglesia católica tras su ruptura interna, y advirtiendo que las Iglesias ortodoxas nunca aceptarán la sinodalidad promovida en el pontificado anterior. Para ellas —recordó— la sinodalidad siempre ha significado el ejercicio real de la autoridad de los obispos actuando colegialmente y caminando juntos con Cristo.

En uno de los pasajes más contundentes de su intervención, el cardenal concluyó:
«El papa Bergoglio ha explotado la palabra ‘Sínodo’, pero ha hecho desaparecer el Sínodo de los Obispos, institución establecida por san Pablo VI.»

jueves, 8 de enero de 2026

El consistorio se centra en la Sinodalidad: «La liturgia ya si eso…»



La primera noticia del primer consistorio del pontificado de León XIV no es un gesto de ruptura, ni siquiera de corrección. Es una confirmación. Por amplia mayoría, los cardenales reunidos en el consistorio extraordinario han decidido dedicar sus trabajos a dos temas: sinodalidad y evangelización y misión a la luz de Evangelii gaudium. Liturgia y reforma de la Curia, para otra ocasión. Si queda tiempo. Ya veremos.

El dato no es menor. No es un matiz técnico ni una cuestión de agenda. Es una declaración de prioridades. En un momento de emergencia objetiva —colapso vocacional, desafección sacramental, descrédito moral de la jerarquía, confusión doctrinal— el Colegio Cardenalicio ha optado, una vez más, por mirarse al espejo y hablar de sí mismo.

Se nos dice que el tiempo apremia. Que no se puede hablar de todo. Y precisamente por eso se deja fuera lo que toca el nervio mismo de la Iglesia: la liturgia, fuente y culmen de su vida; y el apostolado entendido no como concepto, sino como transmisión real de la fe. En cambio, se elige seguir reflexionando sobre el proceso, el método, la estructura. Sobre la sinodalidad. Otra vez.

Mientras tanto, cardenales como Robert Sarah —que representan una sensibilidad eclesial centrada en Dios, en la adoración, en el silencio y en la tradición viva— han pasado horas escuchando a figuras como Tolentino de Mendonça, Tagle o Radcliffe. El mensaje implícito es claro: no hay tiempo para hablar de liturgia, pero sí para volver a escuchar a quienes llevan una década marcando el mismo discurso, con los mismos resultados.

Y aquí conviene detenerse, porque el problema ya no es debatible en abstracto. La sinodalidad, tal como se está aplicando, ha fracasado. Y no solo ha fracasado: empieza a resultar obscena.

Se nos presenta como un proceso de escucha, pero no lo es. Es un monólogo institucional. Las mismas estructuras que han conducido a la Iglesia en Occidente a una crisis sin precedentes —conferencias episcopales, comisiones, secretariados, oficinas diocesanas— se preguntan a sí mismas, se responden a sí mismas y luego presentan el resultado como “la voz del Pueblo de Dios”.

Eso no es discernimiento. Es autojustificación.

El Pueblo de Dios no habla en formularios. No habla en asambleas cuidadosamente moderadas. No habla en documentos de síntesis redactados por equipos técnicos. Habla en hechos medibles, incómodos, imposibles de maquillar: en los seminarios vacíos o llenos; en las vocaciones que surgen o desaparecen; en los matrimonios que perseveran o se disuelven; en la asistencia real a misa; en la práctica sacramental efectiva; en las peregrinaciones que crecen espontáneamente al margen de los planes pastorales oficiales.

Esa es la voz que no quieren escuchar, porque no se puede manipular.

Organizar un “proceso de escucha” canalizado por las mismas diócesis y conferencias episcopales que llevan décadas fracasando pastoralmente solo puede producir una cosa: eco. Resonancia de la propia voz. Autocomplacencia. Pura ingeniería del relato. No hay escucha: hay propaganda interna.

Y lo más grave es que ya no se trata de un error de diagnóstico puntual. Es un empecinamiento. Año tras año, sínodo tras sínodo, documento tras documento, se repite el mismo esquema: análisis interminable, lenguaje terapéutico, apelaciones vagas al Espíritu Santo… y mientras tanto, menos fe vivida, menos sacramentos, menos vocaciones, menos claridad.

La jerarquía se contempla a sí misma como Narciso, fascinada por su propio reflejo, mientras la realidad se le escapa por completo. Se multiplican los textos, las etapas, los itinerarios, las “experiencias de camino”… pero no se corrige el método, aunque los resultados sean desastrosos.

Y ahora, en el primer consistorio de León XIV, se vuelve a insistir en que “el camino es tan importante como la meta”. Es una frase bonita. También profundamente reveladora. Cuando el camino se convierte en fin, la misión desaparece. Y sin misión, la Iglesia deja de ser Iglesia para convertirse en una ONG espiritual que gestiona procesos.

La evangelización, además, aparece subordinada. No como anuncio claro de Cristo crucificado y resucitado, sino filtrada “a la luz de Evangelii gaudium”, es decir, encuadrada en un marco ya conocido, ya explotado, ya ideologizado. Evangelización, sí… pero sin incomodar, sin confrontar, sin cuestionar las categorías dominantes.

Mientras tanto, la liturgia —que es donde la fe se encarna, donde Dios es adorado y no gestionado— queda aplazada. Como si fuera un asunto secundario. Como si no tuviera nada que ver con la transmisión de la fe. Como si no fuera precisamente la degradación litúrgica uno de los factores clave de la crisis actual.

Este consistorio no ha abierto una etapa nueva. Ha confirmado una inercia. Y esa inercia tiene un coste altísimo: seguir perdiendo tiempo mientras se pierde la fe.

La sinodalidad, tal como se está planteando, no es un camino de renovación. Es un síntoma. El síntoma de una Iglesia que ya no se atreve a enseñar, que ha sustituido la autoridad por el procedimiento, la verdad por el consenso y la misión por la conversación.

Y el problema no es que falte tiempo. El problema es que se sigue evitando, deliberadamente, hablar de lo esencial.

Carlos Balén | 08 enero, 2026

domingo, 26 de octubre de 2025

León XIV defiende la Iglesia sinodal “Ninguno posee la verdad toda entera”




En la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV celebró el Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación con una homilía centrada en la comunión y el “caminar juntos”. Invitó a los fieles a superar “las lógicas del poder” y a redescubrir “las del amor”, afirmando que “nadie está llamado a mandar, todos lo son a servir”.

El Pontífice describió la sinodalidad como signo visible de la unión entre Dios y los hombres, recordando que las estructuras de participación deben reflejar fraternidad y servicio. Pero su reflexión dejó al descubierto una distancia creciente entre el discurso sinodal y la vida real de la Iglesia.
Una teología con omisiones inquietantes

Aunque la homilía mantiene una teología formalmente sólida, evita mencionar un punto esencial: la verdad no se busca desde cero, sino que ya ha sido revelada en el Evangelio y transmitida por la Tradición. Al afirmar que “ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos”, el mensaje omite que esa verdad ya tiene rostro y palabra: Cristo mismo, vivo en la fe de la Iglesia.

Esa omisión no es trivial. Si se desliga la búsqueda de la verdad de su anclaje en la Revelación, la sinodalidad corre el riesgo de parecer un proceso de consenso, más cercano al relativismo que al discernimiento cristiano. La verdadera humildad no consiste en reinventar lo que ya ha sido entregado, sino en recibirlo con fidelidad.
Un sinodalismo encerrado en sí mismo

Más allá del plano doctrinal, la homilía pasa por alto otra realidad: los equipos sinodales no han llegado a las parroquias ni a los jóvenes. En muchos lugares, se han convertido en círculos administrativos dependientes de las curias, alejados de la vida concreta de los fieles. Se habla mucho de “escucha”, pero esa escucha parece dirigida siempre a los mismos interlocutores, ignorando a una juventud que, lejos de huir, redescubre la fe a través de la liturgia y la tradición.

El resultado es una Iglesia que corre el riesgo de confundir apertura con dispersión, diálogo con indecisión. La homilía de León XIV refleja buena intención y sensibilidad pastoral, pero deja entrever una visión idealizada, más centrada en los procedimientos que en el fuego interior de la fe.


Texto completo de la homilía del Papa León XIV

JUBILEO DE LOS EQUIPOS SINODALES Y DE LOS ÓRGANOS DE PARTICIPACIÓN

SANTA MISA – HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de San Pedro
XXX domingo del Tiempo Ordinario, 26 de octubre de 2025

Hermanos y hermanas:

Al celebrar el Jubileo de los equipos sinodales y de los órganos de participación, se nos invita a contemplar y a redescubrir el misterio de la Iglesia, que no es una simple institución religiosa ni se identifica con las jerarquías o con sus estructuras. La Iglesia, en cambio, como nos lo ha recordado el Concilio Vaticano II, es el signo visible de la unión entre Dios y los hombres, de su proyecto de reunirnos a todos en una única familia de hermanos y hermanas y de hacer de nosotros su pueblo, un pueblo de hijos amados, todos unidos en el único abrazo de su amor.

Mirando el misterio de la comunión eclesial, generada y custodiada por el Espíritu Santo, podemos comprender también el significado de los equipos sinodales y de los órganos de participación. Estas estructuras expresan lo que ocurre en la Iglesia, donde las relaciones no responden a las lógicas del poder sino a las del amor. Las primeras —para recordar una admonición constante del Papa Francisco— son lógicas “mundanas”, mientras que en la comunidad cristiana el primado atañe a la vida espiritual, que nos hace descubrir que todos somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros, llamados a servirnos los unos a los otros.

La regla suprema en la Iglesia es el amor. Nadie está llamado a mandar, todos lo son a servir; nadie debe imponer las propias ideas, todos deben escucharse recíprocamente; sin excluir a nadie, todos estamos llamados a participar; ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos buscar con humildad, y juntos.

Precisamente la palabra “juntos” expresa la llamada a la comunión en la Iglesia. El Papa Francisco nos lo ha recordado también en su último Mensaje de Cuaresma: «La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios» (Mensaje de Cuaresma, 25 de febrero de 2025).

Caminar juntos. Aparentemente es lo que hacen los dos personajes de la parábola que hemos recién escuchado en el Evangelio. El fariseo y el publicano suben los dos al templo a orar, podríamos decir que “suben juntos” o de todas formas se encuentran juntos en el lugar sagrado; y sin embargo, están divididos y entre ellos no hay ninguna comunicación. Ambos recorren el mismo camino, pero su caminar no es un caminar juntos; ambos se encuentran en el templo, pero uno ocupa el primer lugar y el otro, el último; ambos rezan al Padre, pero sin ser hermanos y sin compartir nada.

Esto depende sobre todo de la actitud del fariseo. Su oración, aparentemente dirigida a Dios, es solamente un espejo en el que él se mira, se justifica y se elogia a sí mismo. Él «subió a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino alabarse a sí mismo» (S. Agustín, Sermón 115,2), sintiéndose mejor que el otro, juzgándolo con desprecio y mirándolo con desdén. Está obsesionado con su ego y, de ese modo, termina por girar en torno a sí mismo sin tener una relación ni con Dios ni con los demás.

Hermanos y hermanas, esto puede suceder también en la comunidad cristiana. Sucede cuando el yo prevalece sobre el nosotros, generando personalismos que impiden relaciones auténticas y fraternas; cuando la pretensión de ser mejor que los demás, como hace el fariseo con el publicano, crea división y transforma la comunidad en un lugar crítico y excluyente; cuando se aprovecha del propio cargo para ejercitar el poder y ocupar espacios.

Es al publicano, en cambio, al que debemos mirar. Con su misma humildad, también en la Iglesia nos debemos reconocer todos necesitados de Dios y necesitados los unos de los otros, ejercitándonos en el amor mutuo, en la escucha recíproca, en la alegría de caminar juntos, sabiendo que «Cristo está con los que son humildes de corazón y no con los que se exaltan a sí mismos por encima de la grey» (S. Clemente de Roma, Carta a los corintios, c. XVI).

Los equipos sinodales y los organismos de participación son imagen de esa Iglesia que vive en la comunión. Y hoy quisiera invitarlos a que, en la escucha del Espíritu, en el diálogo, en la fraternidad y en la parresia, nos ayuden a comprender que, en la Iglesia, antes de cualquier diferencia, estamos llamados a caminar juntos en busca de Dios, para revestirnos de los sentimientos de Cristo; ayúdennos a ensanchar el espacio eclesial para que este sea colegial y acogedor.

Esto nos ayudará a afrontar con confianza y con espíritu renovado las tensiones que atraviesan la vida de la Iglesia —entre unidad y diversidad, tradición y novedad, autoridad y participación—, dejando que el Espíritu las transforme, para que no se conviertan en contraposiciones ideológicas y polarizaciones dañinas. No se trata de resolverlas reduciendo unas a otras, sino dejar que sean fecundadas por el Espíritu, para que se armonicen y orienten hacia un discernimiento común. Como equipos sinodales y miembros de organismos de participación saben ciertamente que el discernimiento eclesial requiere «libertad interior, humildad, oración, confianza mutua, apertura a las novedades y abandono a la voluntad de Dios. No es nunca la afirmación de un punto de vista personal o de grupo, ni se resuelve en la simple suma de opiniones individuales» (Documento final, 26 octubre 2024, n. 82). Ser Iglesia sinodal significa reconocer que la verdad no se posee, sino que se busca juntos, dejándonos guiar por un corazón inquieto y enamorado del Amor.

Queridos hermanos y hermanas, debemos soñar y construir una Iglesia humilde. Un Iglesia que no se mantiene erguida como el fariseo, triunfante y llena de sí misma, sino que se abaja para lavar los pies de la humanidad; una Iglesia que no juzga como hace el fariseo con el publicano, sino que se convierte en un lugar acogedor para todos y para cada uno; una Iglesia que no se cierra en sí misma, sino que permanece a la escucha de Dios para poder, al mismo tiempo, escuchar a todos. Comprometámonos a construir una Iglesia totalmente sinodal, totalmente ministerial, totalmente atraída por Cristo y por lo tanto dedicada al servicio del mundo.

Sobre ustedes, sobre todos nosotros, sobre la Iglesia extendida por el mundo, invoco la intercesión de la Virgen María con las palabras del siervo de Dios don Tonino Bello: «Santa María, mujer afable, alimenta en nuestras Iglesias el anhelo de comunión. […] Ayúdala a superar las divisiones internas. Interviene cuando el demonio de la discordia serpentea en su seno. Apaga los focos de las facciones. Reconcilia las disputas mutuas. Atenúa sus rivalidades. Detenlas cuando decidan actuar por su cuenta, descuidando la convergencia en proyectos comunes» (Maria, Donna dei nostri giorni, Cinisello Balsamo 1993, 99).

Que el Señor nos conceda la gracia de permanecer enraizados en el amor de Dios para vivir en comunión entre nosotros. De ser, como Iglesia, testigos de unidad y de amor.

jueves, 26 de junio de 2025

El Camino Sinodal Alemán: Una crisis de fe y autoridad




Por un pequeño Príncipe Elector Contrarreformista


El llamado ‘Camino Sinodal’ en Alemania se presenta como una respuesta pastoral a los desafíos contemporáneos que enfrenta la Iglesia. Sin embargo, muchos católicos —tanto laicos como sacerdotes, así como desde la observación de la Iglesia universal— lo consideran una grave desviación de la doctrina católica, un proceso de reforma ideologizado que mina las bases teológicas y eclesiológicas del catolicismo.

Este camino no es un fenómeno aislado, sino la cristalización de un proceso iniciado tras el Concilio Vaticano II. En ese contexto, se promovió en Alemania la creación de figuras como los Pastoralreferenten y Gemeindereferenten, laicos y laicas formados en teología encargados de tareas pastorales en parroquias. 

Aunque inicialmente se pensaron como un apoyo al sacerdocio ante la escasez de vocaciones, en muchas diócesis estas figuras han pasado a ocupar un rol protagónico en detrimento de la figura del presbítero. Esto ocurrió a medida que se desarrollaba un espíritu anticlerical, aunque no todos esos agentes lo comparten, sí lo manifiestan muchos de ellos.

En diversas unidades pastorales, el sacerdote ha sido relegado a un papel meramente funcional. Se observa una creciente hostilidad hacia el clero, alimentada por un sentimiento anticlerical que se ha vuelto estructural en varias diócesis. Esto se manifiesta en decisiones que desautorizan o marginan al sacerdote en la vida pastoral y sacramental, favoreciendo una eclesiología horizontalista y tendencialmente protestantizada que contradice la Tradición Católica. No en vano, el Papa Francisco expresó que ya había en Alemania una iglesia evangélica, muy buena, y que no necesitábamos otra más…

Uno de los rostros más visibles de este proceso es el obispo Franz-Josef Overbeck de Essen, cuyas declaraciones han sido repetidamente polémicas, ideologizadas y sutilmente dañinas. Overbeck ha promovido activamente la bendición de parejas del mismo sexo, ha desafiado abiertamente la moral sexual de la Iglesia y ha abogado por una redefinición del sacerdocio, incluyendo su apertura a mujeres y personas no célibes. Él se jacta de tener laicos que administran el sacramento del bautismo, a pesar de que existen sacerdotes y diáconos disponibles. Estas posturas han generado fuerte rechazo entre fieles y clero, pero rara vez han sido corregidas desde las estructuras eclesiales. Este obispo utiliza su capacidad comunicativa en medios digitales y escritos para transmitir regularmente su perspectiva, y frecuentemente se percibe que intenta amedrentar y disciplinar a quienes osan expresar disenso. Para justificar estas posturas, apela al eslogan de que hay que animarse a cambiar y tomar la delantera.

Muchos que de buena voluntad han participado activamente en las reuniones del Camino Sinodal se han visto presionados por el establishment eclesial, dificultando un verdadero discernimiento espiritual y teológico.

La Iglesia alemana, lejos de mantenerse independiente del poder político, ha manifestado una creciente inclinación a alinearse con la ideología dominante del gobierno de turno, debilitando la función profética de la Iglesia de anuncio y denuncia. Bajo gobiernos de centroizquierda, temas como la ideología de género, cupos femeninos y la cultura woke han impregnado el discurso eclesial, influyendo en la manera de vivir la eclesiología de forma cada vez menos disimulada. El celibato sacerdotal ha sido relativizado por no pocos, presentándose algunos sacerdotes con sus parejas en público, y en varios casos siendo esto tolerado o
asumido en un silencio que denota claudicación por parte de las comunidades. El autor de este texto fue testigo de una misa de réquiem en la que la homilía fue
pronunciada por la ama de llaves del difunto párroco, quien ya era reconocida socialmente bajo el apellido del sacerdote, como señora de X.

Muchos agentes de pastoral laicos desplazan al presbítero en sus funciones esenciales, especialmente en la predicación y la conducción espiritual. Cuando un sacerdote se resiste a estas imposiciones, frecuentemente se inicia contra él una campaña de mobbing, marginación o desprestigio. Esto resulta especialmente contradictorio, pues aunque el grado sacerdotal es denigrado, los obispos que impulsan esa dinámica permanecen intocables, protegidos tras estructuras administrativas complejas, secretarías y personal, muchas veces inaccesibles en sus fortalezas episcopales. Todo muy «sinodal».

El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Mons. Georg Bätzing, parece olvidar que es simplemente un portavoz, y en cambio se alza como mascarón de proa de la Iglesia alemana y uno de los principales promotores de su actual crisis doctrinal.

Un caso emblemático fue el del cardenal Rainer Maria Woelki. Desde el inicio del Camino Sinodal expresó sus reservas sobre la metodología adoptada, señalando que era contraria a la sana práctica eclesial. Sus declaraciones provocaron una campaña de desprestigio sostenida tanto por medios seculares como católicos afines a la agenda sinodal, utilizando como excusa su gestión pasada de casos de abusos, sin pruebas concluyentes de mala praxis. El cardenal, junto a otros tres obispos, se negó a financiar el Camino Sinodal, marcando distancia y colocándose en la mira de los reformistas.

La actitud de fondo, aunque pueda sonar dura, muestra una Iglesia alemana que mira al exterior con una autosuficiencia tendenciosa. Se trata de una Iglesia en declive en cuanto a crecimiento y evangelización, que pretende dictar al mundo católico sus propios experimentos pastorales, sostenidos por el músculo económico del impuesto eclesiástico.

En este panorama, la Iglesia Católica en Alemania se caracteriza también por su generosa contribución económica a proyectos eclesiales en todo el mundo. Su riqueza ha permitido una concreta aplicación del principio de subsidiariedad. Sin embargo, la masiva salida de fieles en los últimos años —quienes dejan de pagar voluntariamente el impuesto eclesial— pone en duda la sostenibilidad de estas ayudas a medio y largo plazo. Sería también doloroso constatar que parte de la paciencia de la Iglesia universal con Alemania ha estado condicionada por su peso económico.

Otro aspecto relevante es la apropiación casi total de los medios católicos oficiales por parte de una línea ideológica. Portales como katholisch.de, Domradio y la agencia KNA raramente difunden testimonios positivos de la fe o de experiencias evangelizadoras. Por el contrario, se dedican con frecuencia a amplificar voces críticas internas o externas, socavando la moral del Pueblo de Dios.

El feminismo radical también ha hallado eco en movimientos como María 2.0, que exige la ordenación de mujeres y otras reformas estructurales. En algunos casos, como en la catedral de Friburgo de Brisgovia, activistas interrumpieron una liturgia de ordenación sacerdotal, forzando al arzobispo a suspender su homilía. En otras situaciones, instalaron carpas frente a las iglesias para protestar de forma ruidosa durante las celebraciones litúrgicas.

A este clima de presión y reivindicación se suma un hecho reciente de especial relevancia: en los últimos días, en la arquidiócesis de Friburgo, se ha producido la presentación oficial, en el seminario diocesano San Carlos Borromeo, de la petición formal por parte de un grupo de mujeres para ser admitidas al seminario y comenzar la formación sacerdotal. Este acto, inédito en la historia reciente de la Iglesia alemana, representa un paso más en la estrategia de visibilización y presión pública para la apertura del ministerio ordenado a las mujeres, y ha generado un intenso debate tanto en ámbitos eclesiales como en la opinión pública.

Se habla mucho de sinodalidad y participación, pero lo que impera es una cacería de brujas de guante blanco. Aquellos que disienten son excluidos de los espacios de decisión y acusados de ser retrógrados o integristas. En el clero secular se percibe un profundo sentimiento de desánimo. No es sorprendente que, ante semejante ambiente, sea difícil encontrar nuevas vocaciones. Con el añadido de que los propios medios católicos parecen promover una silenciosa operación de descrédito hacia la institución eclesial.

Ante este panorama, Roma ha intervenido en varias ocasiones. En 2022, el Papa Francisco envió una carta a los católicos alemanes alertando sobre los peligros de un cisma. El Dicasterio para los Obispos y el Dicasterio para la Doctrina de la Fe también emitieron comunicados expresando preocupación por los contenidos y métodos del Camino Sinodal. Sin embargo, la respuesta desde Alemania ha sido ambigua y, en muchos casos, desafiante. A menudo se ha presentado erróneamente a las misivas vaticanas como una forma de respaldo a las decisiones alemanas, cuando en realidad eran advertencias.


Respecto al documento Fiducia supplicans, en varios sectores de la Iglesia alemana
vinculados al Camino Sinodal se interpretó como una validación de las bendiciones
litúrgicas y públicas de parejas homosexuales, a pesar de que el documento explícitamente lo prohíbe. Estas bendiciones continuaron, incluso con estructura litúrgica y vestimentas ceremoniales. Se ignoró la distinción clave entre una bendición pastoral individual y un acto que simula el matrimonio. Algunos obispos y portales diocesanos afirmaron que el documento respaldaba la línea sinodal alemana, cuando en realidad la contradice en lo esencial.

Lo que está en juego no es una simple reforma administrativa o pastoral, sino la fidelidad de una Iglesia local a la fe católica universal. La Iglesia en Alemania corre el riesgo de aislarse doctrinalmente del resto del cuerpo eclesial, vaciando de contenido su misión evangelizadora bajo la bandera de una modernización que no evangeliza, sino que acomoda la fe al espíritu del mundo.

sábado, 22 de marzo de 2025

Tres años más de matraca sinodal



Seamos claros. El sínodo de la sinodalidad ha suscitado en la santa madre Iglesia un interés del todo descriptible: escasísimo. Desde el primer momento. Y cada vez menos. Evidentemente es defendido con mayor o menor convencimiento por todos aquellos que lo llevan en el sueldo: secretaría general, obispos… A ver qué remedio queda. No va a decir un obispo abiertamente, salvo rarísimas y valientes excepciones: Müller, Zen, Sarah… que todo es un despropósito. Si toca sínodo, toca sínodo y, por lo menos, habrá que cumplir por la cosa de la obediencia debida, aunque no sé si mal entendida, y para que en Santa Marta no digan que tal obispo es poco sinodal. Cumplir. Al menos.

Si de verdad nos creyéramos la milonga de la sinodalidad ya tendríamos que haber abandonado el proceso. Casi desde el inicio. Porque si lo de la sinodalidad es conversar con el pueblo de Dios, este pueblo soberano, que además de sentido de fe tiene el tan importante al menos sentido común, ha dejado claro, en forma de no asistencia y de eclesial pasotismo, que esta historia le importa un comino. Pues en lugar de acabar con este fiasco, tres años más. Ya saben eso de que “si no quieres caldo, tres tazas".

El pasado sábado, día 15 de marzo, se publicó en el boletín de la santa sede, una “Carta sobre el proceso de acompañamiento de la fase de implementación del Sínodo «Por una Iglesia sinodal. Comunión, participación, misión»". Por cierto, después de aprendernos la palabra sinodalidad, ahora toca aprender “implementación". Nueva palabreja de moda.

Nos dicen en la carta que desde ahora mismo y hasta octubre de 2028 -tres años y medio- nos toca implementar, dos años aproximadamente, un año de evaluar por diócesis, conferencias episcopales y continentes, para acabar con otra gran asamblea en el vaticano en octubre de 2028.

La impresión que tiene uno es que andamos escasitos de ideas, así que para una cosa que se nos ha ocurrido, y a falta de algo mejor, vamos a estirar el chicle otros tres años a base de hacer lo que hacemos siempre y con el mismo escaso resultado que de costumbre: reuniones y más reuniones para poner en común qué estamos haciendo y evaluar e implementar todo lo implementable.

Lo del sínodo ni es dogma de fe ni magisterio extraordinario. Es una ocurrencia, bien es verdad que del santo padre, y uno se siente en su derecho de opinar. Más aún cuando el sínodo quiere escuchar al Pueblo de Dios y además se nos repite que en la Iglesia cabemos todos.

Tres años más de matraca sinodal. Me temo que cada vez con menos interesados. Pero bueno, mientras implementamos, evaluamos en parroquias, diócesis, conferencias y continentes, al menos estamos entretenidos.

Jorge González Guadalix

viernes, 15 de noviembre de 2024

Obispo Strickland: «Todo obispo y cardenal debería declarar pública e inequívocamente que Francisco ya no enseña la fe católica»




Los Obispos de Estados Unidos están reunidos esta semana en Asamblea Plenaria en Baltimore.

A las afueras de donde se reúne el episcopado estadounidense, ha acudido el obispo emérito de Tyler Joseph Strickland acompañado de un grupo de fieles para rezar el Rosario. Desde allí, el obispo defenestrado por el Papa Francisco leyó una contundente carta dirigida principalmente a sus colegas obispos para advertirles de su negligente labor por su silencio.

Debido a su interés, reproducimos completa la carta del obispo Strickland a los obispos de Estados Unidos:


Queridos obispos:

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

Vosotros, apóstoles de hoy, os reunís aquí hoy, mientras la Iglesia y, por tanto, el mundo, estáis al borde de un precipicio. Y, sin embargo, vosotros, a quienes se os ha confiado la guarda de las almas, decidís no decir ni una palabra del peligro espiritual que abunda.

Hoy nos encontramos en la cúspide de todo lo que se ha profetizado acerca de la Iglesia y las abominaciones que surgirían en estos tiempos, un tiempo en el que todo el infierno ataca a la Iglesia de Jesucristo, y un tiempo en el que los ángeles caídos del infierno ya no buscan entrar en sus salones sagrados, sino que se quedan dentro, asomándose por sus ventanas y abriendo puertas para dar la bienvenida a más destrucción diabólica.

Creo que San Judas tenía en mente a hombres como muchos de ustedes cuando describió a hombres que “festejan juntos sin temor, apacentándose a sí mismos, nubes sin agua, que son llevadas de acá para allá por los vientos, árboles de otoño, infructuosos, dos veces muertos, arrancados de raíz, olas furiosas del mar, que espuman su propia confusión; estrellas errantes…” (Judas 1:12-13).

Muchas personas han preguntado qué se necesita para que más de unos pocos obispos finalmente hablen contra los mensajes falsos que fluyen constantemente desde el Vaticano bajo el liderazgo del Papa Francisco, y yo me hago la misma pregunta una y otra vez:

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

¿No sabéis que Nuestro Señor enviará a sus ángeles vengadores para amontonar carbones encendidos sobre las cabezas de aquellos que fueron llamados a ser sus apóstoles y que no han guardado lo que Él les ha dado?

Y sin embargo, casi todos ustedes, mis hermanos, permanecieron en silencio observando cómo se realizaba el Sínodo sobre la Sinodalidad, una abominación construida no para custodiar el Depósito de la Fe sino para desmantelarlo, y sin embargo, pocos fueron los gritos que se escucharon de ustedes, hombres que deberían estar dispuestos a morir por Cristo y su Iglesia.

El documento final del Sínodo ya se ha hecho público, pero con la prestidigitación que caracteriza al Vaticano controlado por Francisco. Al llamar la atención sobre cuestiones que preocupaban a muchos, han deslizado su verdadero objetivo sin que nadie se diera cuenta. Lo que perseguían en primer lugar era desmantelar la Iglesia de Cristo sustituyendo la estructura de la Iglesia tal como la instituyó Nuestro Señor por una nueva estructura de “sinodalidad” de inspiración diabólica que, en realidad, es una nueva Iglesia que no es en absoluto católica.

Ahora vemos las palabras proféticas del Venerable Arzobispo Fulton Sheen desplegándose ante nuestros ojos: “Porque su religión será la hermandad del Hombre sin la paternidad de Dios, él establecerá una contra-iglesia que será el mono de la Iglesia, porque él, el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y características de la Iglesia, pero al revés y vaciada de su contenido divino, será un cuerpo místico del Anticristo que en todos los aspectos externos se parecerá al cuerpo místico de Cristo…” (Transmisión de Radio; 26 de Enero de 1947).

Con el impulso a la “sinodalidad” vemos que los enemigos de Cristo nos están poniendo ante nosotros, como dice Sheen: “una nueva religión sin cruz, una liturgia sin un mundo venidero, una religión para destruir una religión, o una política que es una religión –una que da al César incluso las cosas que son de Dios”.

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

Una comprensión rudimentaria del papado nos deja con la realidad de que el Papa Francisco ha abdicado de su responsabilidad de servir como el guardián principal del Depósito de la Fe. Cada obispo hace esta solemne promesa de proteger el Depósito de la Fe, pero el oficio petrino existe principalmente para ser el guardián de los guardianes y el siervo de los siervos. San Pedro recibió el oficio que lleva su nombre cuando, después de la resurrección, Cristo le preguntó tres veces: “¿Me amas?” y San Pedro respondió: “Tú sabes que te amo”, sanando así su traición mientras Cristo soportaba Su pasión. ¿Y quién es este Jesús a quien Pedro profesa amar? Por supuesto, él es la Verdad Encarnada; por lo tanto, San Pedro está afirmando que ama la Verdad. Esto nos deja con esta pregunta: “¿Ama el Papa Francisco la Verdad que Jesucristo encarna?” Lamentablemente, sus acciones y sus políticas que promueven una versión relativizada de la verdad que no es verdad en absoluto nos impulsan a una conclusión devastadora: el hombre que ocupa la Cátedra de San Pedro no ama la verdad y busca remodelarla a imagen del hombre.

No puede haber ningún obispo que desconozca las declaraciones que ha hecho el Papa Francisco que son negaciones inequívocas de la fe católica. Por ejemplo, Francisco ha declarado públicamente que Dios quiere la existencia de todas las religiones y que todas las religiones son un camino hacia Dios. En esta declaración, el Papa Francisco ha negado una parte integral de la fe católica. ¿Cuántas almas se perderán si aceptan su declaración errónea de que todas las religiones conducen a la salvación? Lo que me resulta tan difícil de entender es que los apóstoles de hoy en día, hombres que están ordenados para ser guardianes de la fe, se nieguen a reconocer esto y, en cambio, ignoren o incluso promuevan esta falsedad mortal. Todo obispo y cardenal debería declarar pública e inequívocamente que Francisco ya no enseña la fe católica. ¡Hay almas en juego!

Por lo tanto, pregunto nuevamente:

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

Como sucesores de los apóstoles, esta situación debe obligar a los obispos de la Iglesia de Cristo a responder nosotros mismos a la pregunta fundamental: “¿Amamos verdaderamente a Jesucristo, la Verdad Encarnada?” Con un Papa que se opone activamente a las verdades divinas de nuestra fe católica, recae sobre los obispos del mundo la responsabilidad de profesar su propio amor a Nuestro Señor, de custodiar el Sagrado Depósito de la Fe y de oponerse a cualquier intento de desmantelar la Verdad.

Volvamos a la fatídica conversación entre nuestro Señor resucitado y San Pedro. Cuando Pedro responde: “Señor, tú sabes que te amo”, Jesús responde: “Apacienta mis corderos”, y nuevamente: “Apacienta mis ovejas”. ¿Cómo debe Pedro alimentar a los corderos de Cristo? Con la Verdad, por supuesto: con Jesucristo mismo, que ES la Verdad.

Y, sin embargo, ¿dónde están esos hombres a quienes el Señor ha llamado para apacentar a sus ovejas? ¿Dónde están los sucesores de los apóstoles que han prometido defender a las ovejas con sus vidas? Se sientan a unos cuantos metros de distancia, dándose palmaditas en la espalda, escuchando palabras que saben sin lugar a dudas que no son la Verdad, retozando con la oscuridad y blasfemando contra la Verdad misma que los apóstoles originales murieron por preservar.

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

Vosotros tenéis palabras de los que hablaron en la Sagrada Escritura, sabiduría de la Sagrada Tradición de la Iglesia, y orientación de los Papas anteriores y de una gran multitud de santos de que vendrían falsos maestros y que la santa fe sería atacada, y sin embargo la mayoría de vosotros habéis salido a la batalla sin llevar armadura, y luego habéis reaccionado como alguien desconcertado porque su piel ha sido atravesada por flechas envenenadas. Se os ha dado todo lo necesario para asegurar que vuestras cabezas no se volteen por las mentiras de Satanás. ¿Por qué entonces habéis salido sin la armadura de Dios? Es VUESTRA responsabilidad, cuando veáis flechas envenenadas de falsedad cayendo sobre los hombres, llamarles y decirles: “Ponte la armadura de Nuestro Señor que es la Verdad, y no seréis heridos”.

Y a los fieles les planteo la misma pregunta:

¿QUÉ SE NECESITARÁ?

¿Qué sucederá si vuestros pastores no se unen? ¿Qué sucederá si todos han aceptado treinta monedas de plata y permanecen en silencio ante la falsedad que hiere aún más las manos y los pies de Nuestro Señor? ¿Qué hará falta entonces para que habléis?

Muchos dirán que no es vuestra responsabilidad, que podéis vivir la Verdad tranquilamente en vuestro corazón. Sin embargo, decir la Verdad nunca puede ser responsabilidad de otra persona, porque Dios ha grabado la Verdad en el corazón de cada persona. Por tanto, la Verdad es propiedad de cada hombre, como un don sagrado de Dios. Y nadie puede decir nunca que no tenía la Verdad en sí mismo, y nadie puede afirmar con razón que para encontrar la Verdad tuvo que recogerla del viento o que sólo pudo recogerla de las palabras de otro. El alma reconoce la Verdad y se nutre de ella, y quienes se marchitan por falta de Verdad no se marchitan porque no hayan recibido una porción de Verdad en su propia alma. De hecho, la Verdad ha sido reprimida una y otra vez por esa persona, y se le ha dicho tantas veces que “se retire”, hasta que no se atreve a levantar la cabeza. Y es por eso que un hombre se encuentra en un estado tan triste, y por eso cuando clama: “No es culpa mía que no tuviera la Verdad o que no la conociera cuando la encontré”, habla erróneamente.

Nuestro Señor Jesucristo, al conceder el libre albedrío a quienes ama, es decir, a cada persona sin excepción, nos ha dado el don de la Verdad a todos y cada uno de nosotros, de modo que si hay alguna predisposición en el corazón del hombre, es la propensión del alma a vibrar hacia Su Verdad. Por lo tanto, el alma, cuando se ve privada de la Verdad, permanece latente hasta que se marchita y se convierte en algo frío y duro. ¿No habéis visto cómo hasta los ángeles de las tinieblas reconocen la Verdad y no pueden hacer otra cosa que lo que Nuestro Señor les ordena, y sin embargo se esfuerzan por ocultar la Verdad a todos los hombres para la condenación eterna de cada uno?

Así que vuelvo a preguntar: ¿QUÉ HARÁ FALTA? ¿MORIRÁS POR ÉL?

Obispo Joseph E. Strickland

Obispo emérito de Tyler, Texas

sábado, 21 de octubre de 2023

Para Tucho el único pecado es el clericalismo


Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata


(Tommaso Scandroglio/La nuova bussola quotidiana)-El cardenal Víctor Fernández, recién nombrado prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, sale a la palestra para reprender a los cardenales dubitativos, es decir, a aquellos cinco cardenales que habían enviado algunas dubia al Papa para que aclarara cuestiones centrales relativas a la moral, la fe y la estructura jerárquica de la Iglesia.

Por supuesto, el prefecto no los menciona directamente y, desde su punto de vista, se trata de una estrategia eficaz. De hecho, sus palabras pueden así adaptarse tanto a los cinco alborotadores como a sus numerosos émulos.

Fernández elige Facebook para lanzar su mensaje. Y sólo eso ya es insólito e irritante. No es un precisamente un lugar muy adecuado para las comunicaciones formales de un prefecto de dicasterio. Pero es una de las infinitas variantes de la adaptación al mundo que tanto gusta a los teo-conformistas. El post de Facebook tiene un título que lo dice todo: Abuso, clericalismo y sinodalidad. Lo esencial es lo siguiente: “Todas las personas con autoridad tenemos tendencia al abuso”. Y el cardenal se refiere al “abuso de cualquier tipo (sexual, de autoridad, manipulación de conciencias, etc.)”. Luego se detiene en una forma particular de abuso que parece haberse extinguido, al menos entre la mayoría: “existía una violencia verbal que llevaba demasiado rápido a juzgar duramente a los demás sin temor alguno a lastimarlos y a destrozar su autoestima, Se decía: “adúlteros”, “sodomitas”, “hijos ilegítimos”, “degenerados”, “pecadores”, etc”. Y así llegamos a descubrir que legiones de santos, desde san Pablo, pasando por santo Tomás de Aquino, hasta san Juan Bosco, eran maltratadores porque utilizaban esos términos malditos.

Pero hay más en la observación del Cardenal Fernández: la categoría moral del adulterio, de la sodomía, de la filiación ilegítima, de la degeneración de las costumbres, e incluso la de pecado, no sólo ya no existen, sino que es erróneo evocarlas. Son como insultos, son palabras o expresiones que ya no indican una realidad objetiva, sino que son meros epítetos despreciables, títulos insultantes. Así, ya no existe el adúltero, sino la persona que encuentra en una nueva unión, después de un serio discernimiento, un camino afectivo bendecido por Dios. Ya no existe la persona homosexual que experimenta una condición intrínsecamente desordenada, sino una persona que experimenta una variante natural diferente de la atracción sentimental y sexual. Ya no existe el hijo nacido fuera del matrimonio; sólo existe el hijo, lo demás es irrelevante. Ya no existe el degenerado moral, sino una persona en búsqueda. Y, por último, ya no existe el pecador, sino sólo la persona frágil. Ya no existe el mal y el vicioso, sino sólo el bien y el virtuoso.

El novelista Cormac McCarthy escribió acertadamente: “Poco a poco, el bandido acaba por volverse indistinguible de la colectividad. Es cooptado. Hoy en día es difícil ser un glotón o un sinvergüenza. Un libertino. ¿Un desviado? ¿Un pervertido? Debes de estar bromeando. Las nuevas directrices casi han borrado estas categorías del lenguaje. Ya no se puede ser una mujer libertina. Por ejemplo. Una puta. El concepto mismo carece de sentido. Ni siquiera se puede ser yonqui. Si te va bien eres un mero consumidor. ¿Un consumidor? ¿Qué diablos significa eso? En un par de años hemos pasado de porreros a consumidores. No hace falta ser Nostradamus para predecir dónde acabaremos. Los criminales más atroces reclaman su estatus. Asesinos en serie y caníbales reclaman el derecho a su estilo de vida. […] Sin malhechores, el mundo de los justos queda completamente desprovisto de sentido” (El pasajero).

Volvamos a nuestro prefecto que, censurando el concepto de autoridad, continúa diciendo que “esto permite comprender por qué el Papa Francisco afirma que el clericalismo es la principal causa de los abusos en la Iglesia, más que la sexualización de la sociedad”. Dos breves apuntes. Como afirmó Benedicto XVI, la causa de los abusos es la falta de fe: “Sólo donde la fe ya no determina las acciones de los hombres son posibles tales crímenes” (Papa Ratzinger: la Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales, Corriere della Sera, 11 de abril de 2019). Quita a Dios y habrás eliminado el mayor obstáculo para llevar a cabo el mal. Además, y en relación con el clericalismo -una de las muchas palabras talismán de este Sínodo que significan todo y nada-, el autoritarismo de algunos sacerdotes no es la causa de los abusos, sino sólo una condición. Es como decir que la causa de los divorcios son los matrimonios.

El cardenal continúa diciendo que la referencia al clericalismo “también ayuda a entender el llamado a una Iglesia más «sinodal», donde la autoridad sólo se entienda en el contexto de la corresponsabilidad y de la variedad de carismas”. Aquí la autoridad jerárquica se licúa en un consenso aparentemente entre iguales, en una corresponsabilidad democrática que en realidad sirve de pantalla para ocultar las grandes maniobras de unos pocos.

Y finalmente la arremetida: es necesario “situar la autoridad en un contexto que impida los abusos de cualquier tipo y asegure el religioso respeto de la dignidad de las personas. La historia de la Iglesia nos muestra sobrados ejemplos de la ausencia de ese respeto en medio de la ostentación de la sana doctrina y de una rígida moral”. Así pues, quien pide fidelidad a la doctrina, como los cinco cardenales de los dubia, es un abusador, una persona que desprecia la dignidad de sus hermanos. Cuando es justamente al contrario: la doctrina es rígida porque debe proteger rígidamente la dignidad de las personas.

Está en juego la salvación eterna y por eso es necesario ser rigurosos e inflexibles a la hora de señalar lo que está en consonancia con esa dignidad y te lleva al Paraíso y lo que no está en consonancia con ella y te abre las puertas del Infierno.

TOMASSO SCANDROGLIO

miércoles, 30 de agosto de 2023

El cardenal Burke teme que el Sínodo de la sinodalidad aporte «confusión, error y división» en la Iglesia



Escribe Burke sobre el Sínodo que «es una situación que con razón preocupa a todo católico reflexivo y a toda persona de buena voluntad que observe el daño evidente y grave que se está infligiendo al Cuerpo Místico de Cristo». El purpurado estadounidense afirma que «ee nos dice que la Iglesia que profesamos —en comunión con nuestros antepasados en la fe desde el tiempo de los Apóstoles— como Una, Santa, Católica y Apostólica, ahora será definida por la sinodalidad, un término que no tiene historia en la doctrina de la Iglesia y para el cual no existe una definición razonable».

«La sinodalidad y su adjetivo, sinodal, se han convertido en consignas con las cuales se está fraguando una revolución para cambiar radicalmente la autocomprensión de la Iglesia, de acuerdo con una ideología contemporánea que niega mucho de lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado», lamenta el cardenal.

Raymond Burke escribe que «no es una cuestión puramente teórica, pues esta ideología ya se ha puesto en práctica desde hace algunos años en la Iglesia en Alemania, difundiendo ampliamente la confusión y el error y su fruto, la división —de hecho, el cisma— con grave daño de muchas almas».

Burke carga contra «el inminente Sínodo sobre la Sinodalidad» y defiende que «es razonable temer que la misma confusión, error y división puedan afectar a la Iglesia universal. De hecho, ya ha comenzado a suceder a través de la preparación del Sínodo a nivel local».

«Solo la verdad de Cristo, tal como nos es transmitida en la perenne e inmutable doctrina y disciplina de la Iglesia, puede abordar eficazmente la situación, revelando la ideología subyacente, corrigiendo la confusión mortal, el error y la división que se está propagando, e inspirando a los miembros de la Iglesia a emprender la verdadera reforma, que es la conversión diaria a Cristo vivo para nosotros en la enseñanza de la Iglesia, en su oración, su adoración y su práctica de las virtudes y de la disciplina», sentencia el cardenal Burke.

viernes, 25 de agosto de 2023

El obispo de Tyler, Joseph Strickland ha dado un paso adelante de cara a la celebración del próximo Sínodo de la sinodalidad y ha denunciado los peligros a los que se enfrenta la Iglesia.



La reciente ‘visita apostólica’ del Vaticano a la diócesis del obispo estadounidense parece no haberle amedrentado lo más mínimo. En una reciente carta pastoral escrita por Strickland a los fieles de Tyler, hace un llamamiento a «salvaguardar el Depósito de la Fe como nos ha sido transmitido por Nuestro Señor mismo a través de los apóstoles, los santos y los mártires».

El prelado de Estados Unidos hace una enumeración de unas cuantas verdades y subraya que «serán examinadas como parte del Sínodo sobre la Sinodalidad«. Ante esta situación, Joseph Strickland remarca que «La base más segura que podemos encontrar es permanecer firmemente en las enseñanzas perennes de la fe».

Al mismo tiempo denuncia que «es posible que algunos tilden de cismáticos a quienes no estén de acuerdo con los cambios que se proponen«. Es por ello que el obispo texano insiste en que «debemos permanecer descaradamente y verdaderamente católicos, independientemente de lo que pueda surgir. Debemos ser conscientes también de que no estamos dejando que la Iglesia se mantenga firme contra estos cambios propuestos».

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Les ofrecemos la carta completa escrita por el obispo Strickland:

Mis queridos hijos e hijas en Cristo:

¡Que el amor y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros siempre!

En este tiempo de gran agitación en la Iglesia y en el mundo, debo hablaros con corazón de padre para advertiros de los males que nos amenazan y para aseguraros la alegría y la esperanza que siempre tenemos en nuestra Señor Jesucristo. El mensaje malvado y falso que ha invadido a la Iglesia, Esposa de Cristo, es que Jesús es sólo uno entre muchos, y que no es necesario que Su mensaje sea compartido con toda la humanidad. Esta idea debe ser evitada y refutada en todo momento. Debemos compartir la gozosa buena noticia de que Jesús es nuestro único Señor y que Él desea que toda la humanidad de todos los tiempos pueda abrazar la vida eterna en Él.

Una vez que comprendamos que Jesucristo, el Divino Hijo de Dios, es la plenitud de la revelación y el cumplimiento del plan de salvación del Padre para toda la humanidad para todos los tiempos, y lo aceptemos con todo nuestro corazón, entonces podremos abordar los otros errores que plagan nuestra Iglesia y nuestro mundo que han sido provocados por un alejamiento de la Verdad.

En la carta de San Pablo a los Gálatas, escribe: “Estoy asombrado de que tan pronto estéis abandonando al que os llamó por {la} gracia {de Cristo} por un evangelio diferente {no es que haya otro}. Pero hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero incluso si nosotros, o un ángel del cielo, os anunciamos un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como hemos dicho antes, y ahora lo repito, si alguno os predica un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema! (Gálatas 1:6-9)

Como su padre espiritual, creo que es importante reiterar las siguientes verdades básicas que la Iglesia siempre ha entendido desde tiempos inmemoriales, y enfatizar que la Iglesia existe no para redefinir las cuestiones de fe, sino para salvaguardar el Depósito de la Fe como nos ha sido transmitido por Nuestro Señor mismo a través de los apóstoles, los santos y los mártires. Nuevamente, recordando la advertencia de San Pablo a los Gálatas, cualquier intento de pervertir el verdadero mensaje del Evangelio debe ser rechazado categóricamente por ser perjudicial para la Esposa de Cristo y sus miembros individuales.

Cristo estableció Una Iglesia—la Iglesia Católica—y, por lo tanto, sólo la Iglesia Católica proporciona la plenitud de la verdad de Cristo y el camino auténtico hacia Su salvación para todos nosotros.

La Eucaristía y todos los sacramentos son divinamente instituidos, no desarrollados por el hombre. La Eucaristía es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo, y recibirlo en la Comunión indignamente (es decir, en un estado de pecado grave e impenitente) es un sacrilegio devastador para el individuo y para la Iglesia. (1 Corintios 11:27-29)

El Sacramento del Matrimonio es instituido por Dios. A través de la Ley Natural, Dios ha establecido el matrimonio entre un hombre y una mujer fieles el uno al otro de por vida y abiertos a los hijos. La humanidad no tiene el derecho ni la verdadera capacidad de redefinir el matrimonio.

Cada persona humana es creada a imagen y semejanza de Dios, hombre o mujer, y se debe ayudar a todas las personas a descubrir su verdadera identidad como hijos de Dios, y no apoyarlas en un intento desordenado de rechazar su innegable identidad biológica y dada por Dios.

La actividad sexual fuera del matrimonio es siempre un pecado grave y ninguna autoridad dentro de la Iglesia puede tolerarla, bendecirla ni considerarla permisible.

La creencia de que todos los hombres y mujeres serán salvos independientemente de cómo vivan sus vidas (un concepto comúnmente conocido como universalismo) es falsa y peligrosa, ya que contradice lo que Jesús nos dice repetidamente en el Evangelio. Jesús dice que debemos “negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirlo”. (Mateo 16:24) Él nos ha dado el camino, a través de Su gracia, a la victoria sobre el pecado y la muerte a través del arrepentimiento y la confesión sacramental. Es esencial que abracemos el gozo y la esperanza, así como la libertad, que provienen del arrepentimiento y de la confesión humilde de nuestros pecados. A través del arrepentimiento y la confesión sacramental, cada batalla contra la tentación y el pecado puede ser una pequeña victoria que nos lleve a abrazar la gran victoria que Cristo ha ganado por nosotros.

Para seguir a Jesucristo, debemos elegir voluntariamente tomar nuestra cruz en lugar de intentar evitar la cruz y el sufrimiento que Nuestro Señor nos ofrece a cada uno de nosotros individualmente en nuestra vida diaria. El misterio del sufrimiento redentor, es decir, el sufrimiento que Nuestro Señor nos permite experimentar y aceptar en este mundo y luego ofrecerle de nuevo en unión con Su sufrimiento, nos humilla, nos purifica y nos lleva más profundamente a la alegría de una vida vivida en Cristo. Eso no quiere decir que debamos disfrutar o buscar el sufrimiento, pero si estamos unidos a Cristo, al experimentar nuestros sufrimientos diarios podemos encontrar la esperanza y el gozo que existen en medio del sufrimiento y perseverar hasta el fin en todo nuestro sufrimiento. (cf. 2 Tim 4,6-8)

En las próximas semanas y meses, muchas de estas verdades serán examinadas como parte del Sínodo sobre la Sinodalidad. Debemos aferrarnos a estas verdades y ser cautelosos ante cualquier intento de presentar una alternativa al Evangelio de Jesucristo, o de impulsar una fe que hable de diálogo y hermandad, mientras intentamos eliminar la paternidad de Dios. Cuando buscamos innovar en lo que Dios en Su gran misericordia nos ha dado, nos encontramos en un terreno traicionero. La base más segura que podemos encontrar es permanecer firmemente en las enseñanzas perennes de la fe.

Lamentablemente, es posible que algunos tilden de cismáticos a quienes no estén de acuerdo con los cambios que se proponen. Sin embargo, tenga la seguridad de que nadie que permanezca firmemente en la plomada de nuestra fe católica es un cismático. Debemos permanecer descaradamente y verdaderamente católicos, independientemente de lo que pueda surgir. Debemos ser conscientes también de que no estamos dejando que la Iglesia se mantenga firme contra estos cambios propuestos. Como dijo San Pedro: “¿Señor a quién iremos? Tu tienes las palabras de la vida eterna.» (Jn 6:68) Por lo tanto, permanecer firmes no significa que estemos buscando salir de la Iglesia. En cambio, aquellos que proponen cambios a lo que no se puede cambiar buscan apoderarse de la Iglesia de Cristo, y ellos son, de hecho, los verdaderos cismáticos.

Les insto, hijos e hijas míos en Cristo, a que ahora es el momento de asegurarse de mantenerse firmes en la fe católica de todos los tiempos. Todos fuimos creados para buscar el Camino, la Verdad y la Vida, y en esta era moderna de confusión, el verdadero camino es el que está iluminado por la luz de Jesucristo, porque la Verdad tiene un rostro y de hecho es Su rostro. . Tengan la seguridad de que Él no abandonará a Su Novia.

Sigo siendo tu humilde padre y servidor,

domingo, 16 de julio de 2023

El “Proceso Sinodal”: ¿la creación de una nueva Iglesia?

INFOVATICANA


(George Weigel/Catholic World Report)-Una de las peores letras de cantos para la misa contemporáneos nos pide que “Cantemos para que nazca una nueva Iglesia”. Este mandato no sólo degrada la noble melodía de un antiguo himno, “Nettleton”, sino que asume una arrogancia pseudocristiana contraria al Evangelio. Conozco a más de un obispo que ha prohibido “Sing a New Church” en su diócesis. Esa prohibición debería aplicarse universalmente.

En las parroquias que se toman en serio sus cantos, “Nettleton” suele ser la melodía con la que se canta «Dios te alabamos, Dios te bendecimos”. Ese himno es una adaptación del antiguo Te Deum, uno de los cánticos más solemnes de la Iglesia, que incluye el siguiente reconocimiento: “A ti, Señor, te reconocemos” y que nos recuerda por qué la admonición de “cantar para que nazca una nueva Iglesia” es una perniciosa tontería. El Dios Tres Veces Santo es Señor soberano de la Iglesia; nosotros no somos señores de la Iglesia, sea cual sea nuestra posición en la comunión jerárquica de sus discípulos. Cristo dio a la Iglesia su forma constitutiva; el Espíritu Santo inspiró las Escrituras de la Iglesia y el desarrollo de su doctrina; Cristo y el Espíritu nos conducen al Padre. No creamos nuestra propia hoja de ruta para ese viaje, y cuando lo hacemos (como San Pablo se pasó 16 capítulos explicando a los romanos) nos dirigimos a un serio problema.

Sin embargo, la noción de que el catolicismo es “nuestro” y que podemos remodelarlo en algo nuevo ha impregnado el “proceso sinodal” en toda la Iglesia mundial. También predominó en el “camino sinodal” alemán. Que la Iglesia tiene una “constitución” (en el sentido británico del término) dada por Cristo no se afirma con rotundidad en el Instrumentum Laboris del Sínodo, su documento de trabajo. Peor aún, los borradores anexos al Instrumentum Laboris, que pre-estructuran las discusiones del Sínodo de una manera que parece incompatible con el llamado del Papa Francisco a la parresáa («hablar libremente»), enturbian las aguas eclesiales al poner sobre la mesa sinodal preguntas que ya en el pasado recibieron respuestas definitivas por parte del Magisterio de la Iglesia. De este modo, la “Asamblea Sinodal” es invitada por el Instrumentum Laboris a debatir sobre la creación de una nueva Iglesia, pero sólo sobre aquellos asuntos que la Secretaría General del Sínodo, que preparó el Instrumentum Laboris, considere urgentes y apropiados.

Esta no es la línea oficial, por supuesto. Al presentar el Instrumentum Laboris, el cardenal Jean-Claude Hollerich, SJ, relator general del Sínodo, dijo que el propósito del Sínodo no era cambiar la enseñanza católica, sino “escuchar”. A lo que cabe preguntarse: “¿escuchar con qué fin?”. ¿Insinuaba el cardenal luxemburgués que ciertas cuestiones muy queridas por los progresistas católicos -las mujeres ordenadas diáconos; la ordenación de hombres casados (viri probati) como sacerdotes; la Sagrada Comunión para los casados fuera de la Iglesia; la enseñanza moral católica, especialmente en lo que se refiere a la sexualidad; el ejercicio de la autoridad dentro de las parroquias y diócesis; el cambio climático y sus implicaciones para la vida eclesial- no se han debatido y discutido ad infinitum (y en algunos casos ad nauseam) durante décadas? ¿Cuál es el propósito de airear todo esto de nuevo? Si de lo que se trata es de sugerir que los asuntos resueltos están en realidad sin resolver, entonces la apelación a “escuchar” es o muy mala teología o muy poco sincera (y está destinada a contribuir a un mayor enfado entre los católicos progresistas cuando lo inmutable no se cambie porque no se puede cambiar).

Como autor de Catolicismo evangélico: Reforma profunda en la Iglesia del siglo XXI, estoy totalmente comprometido con una Iglesia permanentemente en misión en la que los católicos hagan suyo el gran encargo que recibieron el día de su bautismo: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Además, estoy convencido de que uno de los males del Instrumentum Laboris -el “clericalismo”- es un obstáculo para afrontar los retos de la Nueva Evangelización, si por clericalismo se entiende un liderazgo autocrático. Habiendo escrito más de 1.500 columnas como ésta en la prensa católica a lo largo de décadas, apoyo plenamente una Iglesia “que escucha” y cuyos sacerdotes y obispos se toman en serio las aportaciones de los laicos.

También creo que cuando los católicos dicen “es nuestra Iglesia y tenemos que recuperarla”, cometen un grave error. Porque la Iglesia es la Iglesia de Cristo, su Cuerpo Místico (como enseñó Pío XII), llamada a llevar su luz a todas las naciones (como enseñó el Vaticano II en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia), y a hacerlo con “la alegría del Evangelio” (como el Papa Francisco llamó a su primera exhortación apostólica).

No vamos a cantar, ni a hablar, ni a hacer “nacer una nueva Iglesia”. Esa debe ser la premisa que guíe el “proceso sinodal” mundial que está previsto que culmine en Roma en octubre de 2023 y octubre de 2024, si queremos que estos ejercicios den frutos evangélicos y espirituales.

miércoles, 5 de julio de 2023

Otra Iglesia (Monseñor Aguer)



Artículo que hay que leer del arzobispo emérito de La Plata, monseñor Aguer, según La Cigüeña de la Torre

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“Estupor” es la palabra que sube a mis labios al conocer el contenido de las 50 páginas del Instrumentum laboris, para el Sínodo que viene programándose “democráticamente” desde 2021. “La Prensa”, de Buenos Aires, titula así la noticia: “El Vaticano difundió la espinosa hoja de ruta del próximo Sínodo”. El documento incluye la pretensión de una “necesidad profunda de imitar a nuestro Maestro y Señor en cuanto a la habilidad de vivir una paradoja aparente: proclamar agresivamente su enseñanza auténtica, y al mismo tiempo servir de testigo para una inclusión y aceptación radicales”. ¡Vaya imitación de Cristo, agresiva, paradójica! Este propósito es insólito: la Iglesia sinodal formula una glosa progresista al Evangelio. El Instrumentum laboris plantea cómo asumir eclesialmente la mundialista Agenda 2030. Es admirable de qué modo la monarquía pontificia hace decir a la “democracia sinodal” lo que ella quiere que esta “democracia” diga. Es algo así como tirar la piedra y esconder la mano.

El itinerario de la futura Asamblea que lleva ya dos años de preparación, hace hablar y votar a la “Muchedumbre”, especial y novedosamente a la femenina. Es lo que yo insinuaba con el conocido ejemplo de la piedra. Cuando el diseño de esa otra Iglesia esté consumado, el Sumo Pontífice, ante las críticas que no faltarán, podría decir: “Yo no fui”.

Al recoger el resultado del camino recorrido desde 2021, el documento que vengo comentando afronta la cuestión de una nueva eclesiología: la Sinodalidad. Una digresión: “sínodo”, “sinodal”, significa “caminar con” (del griego syn y hodós) pero no expresa “hacia dónde”. La meta, entonces, puede ser la nueva Iglesia progresista, heterogénea respecto de la gran Tradición eclesial. Vayamos todos juntos hacia allá. Uno de los tópicos de la agenda, que atrae rápidamente la atención, es “cómo puede la Iglesia ser más receptiva de las personas LGBTQ+”. Es de notar que ya no se usa la expresión “personas con tendencias homosexuales”, que aparece en varios documentos romanos, y en el Catecismo de la Iglesia Católica. Tampoco se menciona el nombre de otros “colectivos”, que se han sentido marginados o ignorados. Se continúa afirmando que los pobres “ocupan un lugar central”; se introducen nuevos ámbitos, como el cambio climático, y los movimientos migratorios, a los cuales se refiere frecuentemente la predicación pontificia.

En el Sínodo que se proyecta participará un 75 por ciento de obispos, y un 25 por ciento de laicos, entre ellos mujeres, con derecho a voz y voto. Si no he leído mal, me parece que los presbíteros son ignorados, lo cual es muy llamativo, y señala cómo su número desciende continuamente en todas las diócesis. Las vocaciones sacerdotales ya no constituyen una prioridad. Otra vez ha llegado “la hora de los laicos”.

El texto prosigue indicando que “existen quienes no se sienten aceptados en la Iglesia, como los divorciados vueltos a casar, las personas en matrimonios que solían llamarse irregulares, o las personas LGBTQ+, y hay formas de discriminación racial, étnica, de clase o de casta que llevan a algunos a sentirse menos importantes, o menos bienvenidos dentro de la comunidad”. El propósito de superación se formula, entonces: “¿Cómo podemos crear espacios en los que aquellos que se sienten heridos por la Iglesia, y rechazados por la comunidad pueden sentirse reconocidos, no juzgados, y libres para hacer preguntas? Y ¿qué medidas concretas son necesarias para llegar a las personas que se sienten excluidas de la Iglesia a causa de su afectividad y sexualidad?” Estas serán preguntas que se formulará la Asamblea Sinodal. Arriesgo una interpretación: ya no cuenta la verdad objetiva y el reconocimiento de preceptos a tenor de los cuales se juzga y se reconocen la virtud, y el pecado. Lo que ahora importa es cómo se sienten los que se consideran excluidos; es su sentimiento, y no el estado objetivo en que se hallan.

Otro punto clave es la necesidad de “que se aborde la participación de las mujeres en el gobierno, la toma de decisiones, la misión y los ministerios a todos los niveles de la Iglesia, con el apoyo de las estructuras adecuadas para que esto no quede en una mera aspiración general”. Como se ve, el programa no se atreve a plantear el posible “sacerdocio femenino”. Esta observación concreta sobre “las estructuras adecuadas” vuelve a las socorridas aspiraciones al cambio de estructuras. Aunque parezca curioso observarlo, la Iglesia Católica comienza tardíamente a recorrer la ruta que abrió la Reforma Protestante, cuando desde hace tiempo el protestantismo ha sido tragado por el mundo. Este es el momento de citar lo que escribió en su Diario, en 1848, un luterano danés que fue un gran filósofo cristiano, Soren Kierkegaard: “Justo ahora que se habla de reorganizar la Iglesia, se ve claramente qué poco Cristianismo hay en ella” (IX A 264). En la misma página habla de “la desgraciada ilusión de la Cristiandad, que reemplaza el ser cristiano por ser hombre”. Esta desgraciada ilusión es la que engaña ahora a la Iglesia Católica. El programa sinodal, al igual que el del Sínodo Alemán diseña otra Iglesia, heterogénea respecto de la grande y unánime Tradición. ¿Cómo reaccionarán los católicos fieles? En diversos países ya se configura felizmente una reacción que suele ser descalificada como “conservadora” por el progresismo oficial. La Providencia del Esposo y Señor de la katholiké, inspira e ilumina aquella contemporaneidad con Cristo que expresa el cumplimiento de la promesa evangélica: “Yo estaré siempre (todos los días) con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). El texto griego dice: hasta la synteléias del cosmos. La fórmula “fin del mundo” es una traducción ambigua; el cumplimiento es la plenificación de la Historia, según los planes misteriosos de la Providencia. En el misterioso ámbito de la Providencia divina se inscribe el juego de las causas segundas, a las que ordena según designios inescrutables. En la Providencia se manifiestan la justicia y la misericordia de Dios. Esta Providencia, entonces, incluye la dialéctica de las causas segundas, y por eso se puede decir que permite el mal.

Los designios de los fautores del Sínodo son esas causas segundas, libres para hacer el mal.

Franqueza

¡Cómo me atrevo a expresarme en estos términos! Reconozco y venero a Francisco como Sucesor de Pedro, Vicario de Cristo. Pero Francisco sigue siendo Jorge Bergoglio. Ahora bien, conozco a Jorge Bergoglio desde hace 45 años. Es una “causa segunda”. Eso explica lo dicho, y aún lo muchísimo más que podría decirse.

+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata.
Buenos Aires, martes 4 de julio de 2023.