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martes, 18 de agosto de 2026

«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores bien pagados» Obispo neerlandés Rob Mutsaerts





El obispo neerlandés Rob Mutsaerts pregunta al Papa qué frutos ha dado el proceso sinodal y advierte de que la Iglesia posee un tesoro que el mundo necesita, pero «se ha quedado en Emaús» discutiendo sobre sí misma. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?»

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(InfoCatólica) Quizá una de las iglesias locales que está «de vuelta» sea la que peregrina en Holanda (Países Bajos). Ha sufrido desde la más loca interpretación del Concilio a ser uno de los laboratorios desde los que se diseñó y propagó la Teología de la Liberación. Y quizá por haber sufrido lo indecible hasta su marginalización, pueden dar fe de los caminos que llevan a ninguna parte.

En esta línea, el Obispo auxiliar de 's-Hertogenbosch, Rob Mutsaerts, ha publicado una extensa carta abierta dirigida al Papa León XIV en la que cuestiona los frutos del proceso sinodal y pide al Pontífice que devuelva a la Iglesia la prioridad de la evangelización y la proclamación clara del Evangelio. La carta, publicada el 13 de agosto en el sitio web del prelado neerlandés, constituye una de las críticas episcopales más articuladas al modelo sinodal impulsado desde Roma en los últimos años.

Mutsaerts sitúa su intervención bajo un principio que considera irrenunciable: salus animarum suprema lex, la salvación de las almas como ley suprema. «Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?», escribe el obispo, que subraya que no actúa por falta de respeto al ministerio petrino, sino «por amor a ese mismo ministerio».

Las preguntas incómodas

El núcleo de la carta es una batería de preguntas que el obispo plantea sin ambages: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia?

Preguntas legítimas que solo grupos ideologizados no quieren no solo responder, ni siquiera preguntarse. Las reacciones en redes sociales por parte de habituales comentaristas progresistas es un buen indicador.

«Cuando se plantean estas preguntas, resulta imposible considerar el Sínodo como un éxito», concluye Mutsaerts, que advierte además de que el proyecto sinodal no ha concluido realmente: la fase de implementación se prolonga mediante encuentros diocesanos, nacionales y continentales hasta una asamblea eclesial prevista en Roma en octubre de 2028. «Lo que comenzó como un Sínodo de 2021-2024 amenaza con convertirse en una forma permanente de gobierno».

Un proceso que se convierte en fin

El obispo neerlandés señala lo que considera una anomalía de origen: que el Sínodo sobre la Sinodalidad convierte el proceso en su propio objeto. «Se podría comparar con una reunión que se reúne interminablemente para discutir cómo hay que reunirse en adelante», escribe.

Mutsaerts reconoce que la Iglesia ha celebrado concilios y sínodos desde la antigüedad, pero distingue entre el sínodo clásico como medio para abordar un problema concreto y la sinodalidad como paradigma eclesial permanente. «En el discurso sinodal actual, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema».

La Iglesia no nace del diálogo

La carta profundiza en una cuestión eclesiológica de fondo: la Iglesia no comienza con el diálogo humano, sino con Cristo. «Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a proclamar, bautizar y enseñar», recuerda Mutsaerts, que se apoya en san Pablo para subrayar que la fe se recibe, se transmite y se custodia, no se produce por consenso.

«Si mañana el 90 por ciento de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos realmente presente. Si el 80 por ciento rechazara una determinada enseñanza moral, esa enseñanza no se volvería automáticamente falsa», argumenta. «La verdad no se produce por consenso. Ese es el primer gran campo de tensión en torno al proyecto sinodal».

«Escuchar»: ¿a quién y en qué orden?

El obispo aborda uno de los conceptos clave del proceso sinodal, el de la escucha, y advierte del riesgo de invertir las prioridades. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?», plantea. La respuesta, sostiene, es «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, naturalmente, también a los fieles».

En ciertos textos sinodales, sin embargo, la secuencia se invierte: «Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo y luego se pregunta cómo debe reaccionar la Iglesia». Mutsaerts identifica aquí un peligro: «¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre. Eso se llama, en el cristianismo, conversión. Y precisamente esa palabra suena llamativamente poco en muchas discusiones eclesiales modernas».

El elefante en la sala sinodal

La carta señala una discrepancia entre los temas que dominan el debate sinodal y la crisis real de la Iglesia en Occidente. Las iglesias se vacían, las parroquias se fusionan, los monasterios desaparecen, las órdenes religiosas envejecen, el conocimiento de la fe disminuye, la vida sacramental se debilita. Ante ese panorama, sostiene Mutsaerts, cabría esperar que la gran operación eclesial mundial se concentrase en una pregunta: ¿cómo ganar de nuevo al mundo para Cristo?

En cambio, buena parte de la atención se dirige a «estructuras, participación, procesos de toma de decisiones, responsabilidad de las mujeres, inclusividad, relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiásticos». El obispo no niega que sean temas legítimos, pero recurre a una imagen elocuente: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».

Mutsaerts describe además lo que denomina una «ley de Parkinson eclesiástica»: «Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente va a la iglesia, más largas se hacen las reuniones sobre el ser eclesial».

Expectativas que no se pueden satisfacer

Otro aspecto que el obispo considera problemático es que el proceso sinodal haya alentado expectativas sobre temas en los que la Iglesia posee una enseñanza definida: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la descentralización del gobierno eclesial. «Cuando estos temas se discuten durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrán ser cambiados. De lo contrario, no se hablaría interminablemente de ellos», razona.

El resultado, advierte, es una «paradoja pastoral»: se pide a las personas que expresen sus expectativas y luego resulta que algunas son imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad de la doctrina. «Eso no es ganancia pastoral. Es una receta para la frustración».

La alternativa olvidada: la santidad

Frente al modelo sinodal, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el motor histórico de toda auténtica reforma católica: la santidad. «Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos», escribe, y enumera a san Benito, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Juan Bosco, santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe y san Juan Pablo II.

«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad», afirma el obispo, que propone una inversión de prioridades: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación».

De Emaús a Jerusalén

La carta concluye con una relectura del relato de los discípulos de Emaús como modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina con los discípulos, escucha, les deja hablar. «Hasta aquí, cualquier manual sinodal podría asentir con entusiasmo», observa Mutsaerts. «Pero entonces ocurre lo decisivo: Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña cómo deben entender los acontecimientos. Y finalmente le reconocen al partir el pan».

Los discípulos, subraya el obispo, no se quedan evaluando su experiencia: «Se levantan, vuelven a Jerusalén, van a proclamar». En cambio, sostiene, «el proceso sinodal se ha quedado en Emaús y la pregunta es si saldrá de allí».

La carta se cierra con una petición directa al Papa: «Denos claridad. Cuando el mundo habla con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se cansa de las discusiones internas, señálenos de nuevo a Cristo». Y recuerda las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Mutsaerts se suma así a otros prelados que han expresado públicamente sus críticas al proceso sinodal. Según recoge Edward Pentin, entre ellos figuran los Cardenales Joseph Zen Ze-Kiun, Raymond Burke, Walter Brandmüller, Robert Sarah, Juan Sandoval Íñiguez y Gerhard Müller, así como el difunto Cardenal George Pell.

jueves, 30 de julio de 2026

TRIBUNA. Sinodalidad contra sacerdocio




León XIV acaba de confirmar que la sinodalidad sigue vigente y pujante. Lo ha hecho mediante unas nuevas notas dirigidas a los obispos y equipos sinodales para preparar las asambleas diocesanas de 2027. Por si alguien lo dudaba, Roma sigue expandiendo la maquinaria sinodal.

Pero toda expansión exige un espacio que ocupar. Y la sinodalidad necesita un vacío.

Como las infecciones oportunistas que se extienden cuando ceden las defensas de un cuerpo, solo prospera allí donde la autoridad sacerdotal ha sido debilitada. Un sacerdocio vigoroso sería su peor enemigo, porque la asamblea únicamente puede aspirar a discernirlo todo después de que el sacerdote haya sido persuadido de que apenas le corresponde decidir nada.

Porque ¿en qué consiste la operación sinodal, si no es en desplazar el centro de gravedad de la Iglesia? Tras toda esa escucha y corresponsabilidad se oculta una transferencia de autoridad desde el sacerdote hacia una comunidad organizada que acaba determinando la respuesta pastoral. Es una nueva revolución (en realidad la misma de siempre), y como todas las revoluciones, se vende desde abajo mientras se impone desde arriba.

El sacerdote es un obstáculo para el triunfo de la sinodalidad porque su potestad no procede de la comunidad. Celebra in persona Christi y conduce el rebaño que le ha sido confiado. Cristo llama a determinados hombres, los aparta y les confiere una potestad que los demás bautizados no poseemos. El sacerdocio solo se entiende desde la jerarquía, palabra clave que significa precisamente gobierno de origen sagrado.

Si la autoridad nace de Cristo, la asamblea no puede producirla; si se olvida ese origen, la jerarquía degenera en organigrama y el sacerdote en funcionario.

Para fortalecer la sinodalidad hay que debilitar el sacerdocio. La salud de uno y otra son inversamente proporcionales. Pero por consagrada que esté la Iglesia a la sinodalidad, y por más infiltrada que esté de masones, protestantes y carismáticos, el objetivo de sacrificar el sacerdocio se antoja hoy por hoy imposible. Además, es innecesario: la Iglesia sinodal cuenta con suficientes herramientas para eliminar ese obstáculo sin destruirlo.

Una de esas estrategias consiste en desacreditar el ejercicio de su autoridad. Para eso ha servido la campaña contra el «clericalismo», una palabra que designó abusos reales antes de convertirse en sospecha general contra todo sacerdote que se atreva a comportarse como tal. El párroco que decide puede parecer autoritario, o rígido si se resiste a entregar el gobierno a un equipo, y si recuerda la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el común es que desprecia a los laicos.

Educado bajo esa vigilancia, intimidado, el sacerdote abandona un espacio que puede ser ocupado por toda una flora burocrático-carismática y sinodal.

Igual perversión se reconoce en ciertos movimientos eclesiales cuya estructura paralela acaba teniendo más peso que la parroquia. El Camino Neocatecumenal ofrece el ejemplo más visible: el sacerdote se incorpora como garante sacramental de una obra cuyo método y orientación han sido fijados por otros. Su fundador, Kiko Argüello, llegó a expresar su anhelo de que muriese Benedicto XVI como única salvación para el Camino y celebró con entusiasmo la llegada de Bergoglio. La vehemencia de su deseo revela hasta qué punto el cambio de pontificado propició un clima favorable a su organización laica.

Ciertamente, para alcanzar su plenitud a la sinodalidad le basta con difuminar la frontera que separa al sacerdote del laico. La pauta es siempre la misma: aproxima los ministerios seglares al orden, abre la posibilidad del diaconado femenino, presenta el sacerdocio casado como remedio para la escasez… El laico avanza hacia las funciones sacerdotales mientras el sacerdote retrocede hasta parecer un seglar con licencia para consagrar.

Si la revolución protestante negó el sacerdocio sacrificial y salió de la Iglesia; la revolución sinodal lo conserva dentro, progresivamente reducido a proveedor sacramental de una comunidad que pretende gobernarse por sí misma. Así la Iglesia puede seguir ordenando sacerdotes, cada vez menos, mientras aprende a vivir sin ellos y avanza en su autodisolución.

Y ¿qué efecto puede tener semejante operación sobre las vocaciones? La respuesta es obvia. La sinodalidad disuade el sacerdocio. El abandono del mundo solo se comprende ante una misión proporcionada al sacrificio que exige. Nadie renuncia a formar una familia para presidir reuniones ni acepta una obediencia de por vida con el propósito de gestionar consensos parroquiales. La crisis vocacional no cayó del cielo. Durante décadas se ha desdibujado la identidad sacerdotal y después se ha llorado la mengua de vocaciones. La sinodalidad agrava esa crisis, pero se nutre de ella: al reducir la función sacerdotal disminuye el atractivo sobrenatural de la vocación, esa escasez sirve para ampliar las estructuras del laicado y, una vez consolidadas estas, logra una Iglesia menos dependiente del sacerdote. El círculo vicioso es perfecto. El organismo sinodal ensancha la herida de la que se alimenta.

Aquí una comparación elocuente: la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, consagrada a una concepción plena y tradicional del sacerdocio, ha ordenado este año veinticinco sacerdotes, tantos como ordenaron juntas durante 2025 las veintisiete diócesis de la modernista y sinodal Alemania. ¿Tendrá algo que ver lo que cada una propone a quien siente la llamada?

Y otra pregunta clave: ¿qué mueve a León XIV a perseverar en una operación cuyos efectos nocivos sobre el sacerdocio resultan tan visibles?

La respuesta no comienza con su elección al pontificado, ni siquiera con la influencia de Bergoglio. Robert Prevost se formó en la modernista Catholic Theological Union de Chicago, dentro de un ambiente posconciliar que valoraba la preparación conjunta para distintos ministerios, y ejerció después su labor pastoral conforme a una concepción eclesial donde el trabajo en equipo, las estructuras territoriales confiadas a laicos —con una presencia muy destacada de mujeres en funciones de dirección— y la escucha comunitaria ocupaban ya un lugar decisivo. La sinodalidad no llegó a él como una consigna aprendida en Roma.

Pero fue ya en Perú donde Prevost obtuvo su Matrícula de Honor en sinodalidad. Los propios agustinos atribuyen a Prevost la promoción de un «ministerio en equipo» y de parroquias divididas en zonas pastorales dirigidas en buena medida por seglares, entre ellos mujeres investidas de amplias responsabilidades pastorales, dentro de una estructura que describen retrospectivamente como sinodal. Chiclayo prolongó el modelo mediante redes de animación pastoral y equipos mixtos de escucha, hasta merecer de uno de sus colaboradores la calificación de «laboratorio sinodal». Bergoglio no tuvo que convertir a Prevost, quizá incluso aprendió de él. Por eso lo colocó al frente del Dicasterio para los Obispos.

Ahora, con Prevost en Roma, el experimento pastoral de Perú está listo para convertirse en programa para la Iglesia universal.

Llegados aquí, la vieja pregunta cui prodest? resulta inevitable. ¿A quién beneficia desactivar al sacerdote, borrar la frontera que lo separa del laico y protestantizar la Iglesia hasta volverla irreconocible? Desde luego, no a Cristo ni a las almas. Pero hay alguien que conoce mejor que nadie el valor de unas manos consagradas.

Satanás es quien mejor conoce el poder de un sacerdote consciente de lo que es. Puede celebrar ante una catedral llena o él solo ante Dios, porque la eficacia de la misa no depende del aforo, y puede destruir años de paciente trabajo infernal con una sola absolución. Por eso el Enemigo quiere que los ordenados dejen de creer plenamente en aquello que recibieron. Un clero perseguido da mártires, pero uno avergonzado de su autoridad se desarma a sí mismo.

El sacerdote que recuerda Quién lo llamó y de Quién procede su potestad es el katechon de la disolución y una refutación viva de la Iglesia sinodal. Ahí reside la razón última del empeño satánico. Todo sacerdote consciente de su vocación es una afrenta al príncipe de este mundo. Que todavía haya hombres dispuestos a renunciar al mundo por algo que el mundo no puede ofrecer desmiente la autonomía satisfecha sobre la que se levanta nuestra época.

Cada sacerdote forma parte de ese cuerpo de élite de la humanidad que recogió el guante de Cristo y aceptó seguirlo dejando todo atrás. Su mera existencia es una bofetada al Malo, además de un estorbo grave para el éxito de la sinodalidad.


Por Pedro Gómez Carrizo

Las seis preguntas que el Sínodo plantea a los obispos para «moldear progresivamente el rostro de cada Iglesia local»




El documento Hacer memoria. Acompañar la preparación de la Asamblea de evaluación de la Iglesia local, publicado este lunes, 27, por la Secretaría General del Sínodo, no se limita a ofrecer instrucciones para organizar las asambleas diocesanas previstas para 2027. Su propósito es ayudar a cada Iglesia local a discernir hasta qué punto el camino sinodal está transformando su vida y su misión.

Las orientaciones están dirigidas a los obispos y a los equipos sinodales, llamados a conducir conjuntamente este proceso de discernimiento en cada Iglesia local.

A partir de una pregunta central, el documento desarrolla una serie de ejes de discernimiento que pueden resumirse en seis grandes cuestiones.

1. ¿Qué rostro concreto de Iglesia sinodal misionera y qué nuevos caminos de sinodalidad están surgiendo en nuestra comunidad?

Esta es la pregunta que estructura todo el documento. No se trata de elaborar una memoria de actividades ni un balance administrativo, sino de reconocer qué frutos concretos ha dado el camino sinodal y qué cambios está suscitando en la vida de la Iglesia.

El texto explica que el objetivo es «hacer memoria del camino recorrido y tomar conciencia de sus frutos», reconociendo «cómo el Señor ha acompañado su camino y a qué pasos la llama». Asimismo, recuerda que las asambleas de evaluación son «un momento de verificación de un proceso que va moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local».

2. ¿Cómo han cambiado nuestras relaciones dentro de la Iglesia?

El primer gran ámbito de discernimiento es la conversión de las relaciones. Roma invita a evaluar cómo están cambiando «los modos de escuchar, colaborar, valorar los carismas y ministerios, y vivir la fraternidad y la corresponsabilidad».

El documento insiste en que este examen debe incorporar una «atención especial» a quienes habitualmente tienen menos presencia en los procesos eclesiales: jóvenes, seminaristas, personas consagradas en formación, así como quienes viven situaciones de pobreza, vulnerabilidad o marginación.

3. ¿Ha cambiado la forma en que la comunidad discierne y toma decisiones?

La segunda gran cuestión corresponde a la conversión de los procesos eclesiales. El documento dirigido a los obispos propone analizar «cómo están cambiando las formas en que la comunidad discierne, toma decisiones, ejerce las responsabilidades, practica la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación».

Entre los aspectos concretos que deberán revisarse figuran el funcionamiento de los organismos de participación, los procesos de discernimiento comunitario, la formación para la sinodalidad, la valoración de los ministerios y carismas y el acceso de los fieles laicos a responsabilidades que no requieren el sacramento del Orden.

Este discernimiento, indica el texto, debe realizarse mediante la «conversación en el Espíritu», presentada como el método propio tanto para la preparación del relato como para el desarrollo de la Asamblea de evaluación.

4. ¿Se están ampliando los vínculos de la Iglesia con el mundo?

El tercer eje de discernimiento es la conversión de los vínculos. Se trata de comprobar «cómo se están ampliando los horizontes de la comunión» con otras Iglesias locales, otras confesiones cristianas, creyentes de otras religiones y con la sociedad.

La Secretaria General del Sínodo propone revisar también el compromiso de la Iglesia con la paz, la justicia, el cuidado de la creación, la cultura, la educación y la promoción humana, así como el estilo de las relaciones ecuménicas e interreligiosas. El documento contempla incluso la posibilidad de invitar como observadores a representantes de otras Iglesias y comunidades cristianas o de otras confesiones religiosas durante el proceso de evaluación.

5. ¿Han crecido la corresponsabilidad y la participación de todo el Pueblo de Dios?

Otro de los aspectos que Roma pide examinar es si el proceso sinodal ha favorecido una mayor corresponsabilidad en la vida de la Iglesia. Entre los ámbitos concretos de evaluación aparecen la renovación misionera de parroquias y comunidades, la formación de los fieles, la valorización de los ministerios y carismas y el fortalecimiento de estructuras verdaderamente participativas.

6. ¿Es hoy la Iglesia más capaz de anunciar el Evangelio?

Finalmente el documento advierte que el discernimiento no puede centrarse únicamente en la vida interna de la comunidad, sino que debe mantener siempre una perspectiva misionera.

Por ello plantea expresamente la siguiente cuestión: «¿La experiencia de la implementación del Sínodo cómo ha contribuido, y puede contribuir, a que la Iglesia sea más capaz de proclamar el Evangelio en las situaciones concretas de la vida humana y social?».


Estas seis preguntas sintetizan los principales ejes de discernimiento que la Secretaría General del Sínodo propone a los obispos y a los equipos sinodales para preparar las asambleas de evaluación de 2027. El documento no las presenta como un listado, sino que desarrolla estos interrogantes a través de las tres grandes «conversiones» —de las relaciones, de los procesos y de los vínculos— y de diversos ámbitos concretos de evaluación, con el propósito de comprobar si el camino sinodal está dando frutos y si está «moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local, sus relaciones y su estilo».

jueves, 16 de julio de 2026

Burke pide detener la sinodalidad, revisar Traditionis Custodes y crear un dicasterio para la Misa tradicional

INFOVATICANA



El cardenal Raymond Leo Burke ha reclamado que se detenga el actual proceso de la sinodalidad para someterlo a un estudio teológico e histórico en profundidad y ha propuesto la creación de un dicasterio de la Santa Sede dedicado a los fieles vinculados a la liturgia tradicional. 

En una entrevista concedida a The College of Cardinals Report, el purpurado estadounidense amplía las reflexiones que ya había expresado tras el consistorio de finales de junio y aborda además cuestiones como el informe del Grupo de Estudio 9 del Sínodo y el futuro de Traditionis Custodes.

Para Burke, la sinodalidad, tal como se está desarrollando actualmente, carece de una definición clara y de un fundamento consolidado en la tradición de la Iglesia. 
«Tenemos que insistir en que todo este asunto de la sinodalidad se detenga y se lleve a cabo un estudio muy serio, porque estamos hablando de la vida misma de la Iglesia y de la salvación de las almas», afirma.
Críticas al informe del Grupo de Estudio 9

Uno de los aspectos centrales de la entrevista es la valoración que hace del informe elaborado por el Grupo de Estudio 9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, documento que será remitido nuevamente a las diócesis durante la fase de aplicación del proceso sinodal.


Burke considera que ese informe contiene planteamientos incompatibles con la doctrina católica sobre la moral sexual y criticó especialmente las referencias dirigidas al apostolado Courage, dedicado al acompañamiento de personas con atracción hacia el mismo sexo que desean vivir la castidad conforme a la enseñanza de la Iglesia.

Según el cardenal, las afirmaciones recogidas en el documento sobre este apostolado no fueron debidamente verificadas antes de su publicación. «¿Cómo es posible que la Iglesia publique un informe para toda la Iglesia sin comprobar si lo que se afirma sobre Courage era cierto?», se preguntó.

A su juicio, este tipo de planteamientos favorecen que algunos obispos presenten la impresión de que la Iglesia estaría modificando su doctrina sobre la homosexualidad. Burke calificó además de «completamente irresponsable» que se atribuya al papa León XIV una supuesta intención de cambiar la enseñanza moral de la Iglesia simplemente porque no haya abordado públicamente determinadas cuestiones.

El purpurado se mostró especialmente crítico con la decisión de volver a enviar el informe del Grupo de Estudio 9 a las diócesis durante la fase de implementación del Sínodo. «Eso es inicuo; no debería ocurrir», afirmó.

Una revisión de Traditionis Custodes

Burke volvió también sobre una cuestión que considera prioritaria: la situación de los fieles vinculados a la liturgia tradicional.

El cardenal reiteró sus críticas a las restricciones introducidas por Traditionis Custodes, que volvió a calificar de «persecución» hacia quienes encuentran alimento espiritual en la forma más antigua del rito romano.

Recordó que Benedicto XVI había definido esta forma litúrgica como un bien permanente para la Iglesia y manifestó su esperanza de que León XIV pueda revisar la legislación vigente, recordando que los documentos pontificios pueden ser modificados por sus sucesores.
«Es una forma del rito romano que se celebró durante más de quince siglos. Es sencillamente tan hermosa, y los fieles se han alimentado espiritualmente de esta forma del rito latino. Debería permitirse libremente», afirmó.
Como respuesta estable a esta situación, Burke propuso la creación de un dicasterio específico dentro de la Curia Romana que atienda a los fieles ligados a la liturgia tradicional y garantice el acceso a los sacramentos conforme a los libros litúrgicos anteriores a la reforma posconciliar.

«La Iglesia no tiene cambios de paradigma»

En sus declaraciones, Burke insistió asimismo en que la Iglesia no puede asumir la lógica de los llamados «cambios de paradigma» que, a su juicio, aparecen con frecuencia en algunos debates sinodales.

Apelando a la enseñanza de san Pablo sobre la transmisión de la fe recibida, sostuvo que la continuidad doctrinal constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia y advirtió del riesgo de adaptar excesivamente la misión eclesial a las categorías culturales contemporáneas.

Pese a sus críticas, el cardenal concluyó manifestando su confianza en la asistencia de Cristo a su Iglesia. 
«Nuestro Señor es siempre la cabeza de la Iglesia. Debemos permanecer con Él y tener el valor de afrontar estas cuestiones para llegar a la verdad», señaló.

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Hacia un nuevo cisma? De los lefebvristas al camino sinodal



Leí hace poco que el cardenal Reinhard Marx dice que permitirá la bendición de uniones del mismo sexo, en contra de las directivas del Vaticano. El P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, dice que tiene la intención de ordenar nuevos obispos sin mandato papal. 

Y el cardenal de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, dice que la ordenación de mujeres es esencial para el futuro de la Iglesia: «A largo plazo, no me puedo imaginar cómo puede sobrevivir una Iglesia si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado».Bueno, como laico casado que «no tiene acceso al ministerio ordenado», yo sí puedo imaginármelo. Siempre he pensado que el sacerdocio es una llamada especial al servicio, no una posición de prestigio especial a la que la gente merezca tener «acceso». Pero el cardenal Hollerich parece tener un punto de vista diferente, tal vez porque es agasajado como cardenal.

Sin embargo, la declaración del cardenal Hollerich no es realmente una novedad. El difunto cardenal Pell advirtió poco antes de morir, en un artículo en The Spectator, que Hollerich había «rechazado públicamente las enseñanzas básicas de la Iglesia sobre la sexualidad, el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres al sacerdocio y la actividad homosexual, así como la poligamia, el divorcio y las segundas nupcias». Por lo tanto, la ordenación de mujeres no es lo único sin lo que el cardenal piensa que la Iglesia no puede salir adelante.

Estoy convencido de que la Iglesia puede salir adelante sin esas cosas —bastante bien, de hecho— al igual que la mayoría de las personas que conozco. Puede que el cardenal Hollerich conozca a personas con una opinión diferente, pero hay un viejo refrán que dice que cuando un hombre se convierte en obispo, nunca más vuelve a pagar la cena y nunca más vuelve a escuchar la verdad. La gente le dice lo que cree que él quiere oír. La gente no hace eso conmigo.

And yet, las personas con las que hablo no parecen contar de la misma manera que Hollerich o los «expertos» del Grupo Sinodal 9 que anunciaron recientemente que la Iglesia ha estado totalmente equivocada en asuntos sexuales. Yo interactúo con jóvenes todos los días y, desde esa perspectiva, les habría dicho que la enseñanza de la Iglesia es un regalo de Dios, mucho más sabia que cualquier otra cosa que se ofrezca hoy en día. Pero esa opinión no parece contar tanto, o en absoluto.

Lo que me hace preguntar cómo se llega a ser una persona como el P. James Martin, S. J., que vuela a Roma para consultar con el Papa y es citado como una autoridad con regularidad.

Supongo que una de las razones por las que el P. Martin y otros como él gozan del «acceso» que disfrutan es porque él es clérigo y yo no. ¿Pero no es eso clericalismo? Pensaba que el clericalismo era algo malo, algo a lo que la Iglesia necesita poner fin. Muchos clérigos dicen esto. Algunos de ellos culpan de todo el escándalo de la pedofilia al clericalismo y no, como se podría haber pensado, a la laxitud de las normas sobre el sexo entre algunos miembros del clero de orientación homosexual.

Entonces, si hay que resistirse al clericalismo, ¿por qué es especialmente relevante lo que Jean-Claude Hollerich piense sobre la ordenación de mujeres, la actividad homosexual o el divorcio y las segundas nupcias? La respuesta, cabe suponer, es que es cardenal. Es justo. Pero los cardenales no tienen  autoridad para dictar la doctrina. Ellos mismos son hombres bajo autoridad. Y si no respetan la autoridad bajo la que están, ¿por qué debería alguien respetar la suya?

Mis alumnos vienen a la universidad católica donde enseño no porque quieran escucharme a mí. Vienen porque quieren aprender lo que enseña la Iglesia. La única «autoridad» que tengo es la autoridad que se deriva de la enseñanza de la Iglesia. La clase no es «Teología de Randall Smith». ¿Quién la tomaría? La clase es teología católica.

Por lo tanto, cuando un obispo o cardenal proclama algo que es contrario a la autoridad de la Iglesia, es como si estuviera serruchando la rama sobre la que está sentado. La única razón por la que alguien escucharía a un obispo o cardenal es porque esa persona acepta la autoridad de su cargo eclesiástico basándose en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. De lo contrario, un cardenal es sólo un anciano estrafalario con un curioso solideo rojo.

Sé que la gente de un bando u otro dirá que su hombre está «haciendo lo mejor para la Iglesia», mientras que los del otro bando son herejes que desvían a la gente. No tengo ninguna duda de que la gente de la FSSPX está horrorizada por los cardenales Marx y Hollerich y está convencida de que absolutamente debe ordenar nuevos obispos, del mismo modo que es probable que Marx y Hollerich estén consternados por la FSSPX y convencidos de que la Iglesia absolutamente debe bendecir las uniones homosexuales y ordenar mujeres.

Lo extraño de todos estos hombres es su presunción de que lo que ellos piensan debería gobernar a toda la Iglesia. Yo no asumo que lo que yo pienso deba gobernarlo todo ni siquiera en mi propia casa. Qué delirio de grandeza se le mete a un hombre en la cabeza para que piense: «La Iglesia soy yo. Puede que cause un cisma, pero será mejor para todos».

¿En serio? ¿Cuándo ha hecho el cisma que las cosas sean «mejores»? ¿Y cuándo se ha detenido un cisma en uno solo? Prescíndase de la autoridad de la Iglesia, ¿y qué impide que haya más divisiones? Sólo pregúntenles a los protestantes. ¿Creen que guiar a la gente al cisma es bueno para la salvación de sus almas? ¿Prenderle fuego a una iglesia sería bueno para el edificio?

Algunos dirán: «No es herejía; es cisma». Pero el cisma es herejía. El término «herejía» proviene de una raíz griega (haiereo) que significa «elegir». Cuando un grupo decide que puede elegir un conjunto de doctrinas o concilios de la Iglesia que quiere obedecer y cuáles no, eso es herético. Esas personas simplemente se han convertido en otro grupo de protestantes.

Algunos de mis mejores amigos son protestantes. Una cosa que me gusta de mis amigos protestantes es que no pretenden ser católicos. Así que, si ciertas personas quieren separarse de la Iglesia católica, está bien. Ya se ha hecho antes. Es triste, pero la Iglesia siempre sobrevive. Pero no pueden quedarse con los edificios de las iglesias construidos por y para los católicos. Si crean su propia iglesia, que construyan sus propios edificios.

Pueden volver para el café.
Randall Smith


Sobre el autor

Randall Smith ocupa la Cátedra de Teología J. Michael Miller en la Universidad de St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary, Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, se publicará en Emmaus Press este verano. Sus artículos se pueden encontrar aquí.

martes, 12 de mayo de 2026

Mons. Schneider acusa al Vaticano de cruzar una “línea roja” doctrinal con el informe sinodal sobre homosexualidad

 INFOVATICANA



El obispo Athanasius Schneider ha lanzado una durísima crítica contra el informe final del Grupo de Estudio nº9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, acusando al Vaticano de promover una reinterpretación de la doctrina católica sobre la homosexualidad y de abrir la puerta a un “relativismo moral total”.

En una extensa entrevista concedida a la periodista Diane Montagna, el obispo auxiliar de Astaná denunció que el documento publicado el pasado 5 de mayo por la Secretaría General del Sínodo representa un ataque directo contra la Revelación divina y contra la enseñanza constante de la Iglesia sobre la moral sexual.
“El informe final ha cruzado inequívocamente la línea entre la ortodoxia y la herejía”, afirmó Schneider.
El informe sinodal que ha reavivado la polémica

El documento cuestionado fue elaborado por el Grupo de Estudio nº9, uno de los equipos creados durante el pontificado de Francisco para analizar cuestiones doctrinales, pastorales y éticas surgidas durante el Sínodo sobre la Sinodalidad.

Entre sus integrantes figuraban el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima; el arzobispo Filippo Iannone; y el teólogo moralista Maurizio Chiodi, profesor del Instituto Pontificio Juan Pablo II y conocido por haber defendido públicamente que determinados actos homosexuales podrían considerarse moralmente positivos en ciertas circunstancias.

El texto fue recibido con entusiasmo por sectores eclesiales favorables a una revisión de la pastoral homosexual. Uno de los apoyos más visibles llegó del jesuita James Martin, quien lo calificó inmediatamente como “un gran paso adelante”.

La controversia se intensificó cuando salió a la luz que uno de los testimonios incluidos en el informe pertenecía al hombre que apareció en la portada del New York Times junto a su pareja del mismo sexo recibiendo una bendición de James Martin apenas un día después de la publicación de Fiducia Supplicans.

“Una rebelión contra el orden de la creación”

El obispo kazajo sostuvo que el informe no se limita a proponer cambios pastorales o un lenguaje más inclusivo, sino que intenta introducir una transformación doctrinal de fondo respecto a la moral sexual católica.

En sus declaraciones, acusó directamente a la Secretaría del Sínodo de alinearse con la agenda ideológica LGBT promovida internacionalmente desde ámbitos políticos, culturales y mediáticos.

“El Secretariado del Sínodo está colaborando con grupos de presión en una verdadera rebelión contra la obra de creación de Dios, contra el bello y sabio orden de los dos sexos, hombre y mujer”, afirmó.

Según Schneider, el aspecto más grave del documento es que pone indirectamente en cuestión el valor permanente de los textos bíblicos sobre la homosexualidad mediante lo que definió como una “exégesis de la duda”.

El obispo señaló especialmente un pasaje del informe donde se afirma que es necesario “ir más allá de una mera repetición” de la actual presentación doctrinal y tener en cuenta nuevas interpretaciones exegéticas.

A juicio de Schneider, este planteamiento implica atribuir al hombre la capacidad de redefinir el bien y el mal al margen de la Revelación divina.

“Ese método ocupa el lugar de Dios y presume proclamar lo que es bueno y lo que es malo. Eso es precisamente lo que hizo la serpiente en el Jardín del Edén”, advirtió.

Críticas a Fiducia Supplicans y al proceso iniciado durante el pontificado de Francisco

Schneider vinculó el nuevo informe con el proceso abierto durante el pontificado de Francisco en torno a las bendiciones a parejas homosexuales y otras cuestiones relacionadas con la moral sexual.

En particular, cargó duramente contra Fiducia Supplicans, el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que autorizó bendiciones no litúrgicas para parejas en situaciones irregulares, incluidas parejas del mismo sexo.

El obispo auxiliar de Astaná sostuvo que aquel texto ya representaba un intento de normalizar progresivamente las relaciones homosexuales dentro de la vida eclesial.

“Fiducia Supplicans es una burla al sentido común”, afirmó, argumentando que el documento pretende distinguir artificialmente entre bendecir a una pareja y bendecir la relación misma que constituye a esa pareja.

En su opinión, el nuevo informe sinodal supone un paso todavía más profundo, ya no solo en el plano pastoral, sino en el doctrinal.

Schneider considera que existe una estrategia gradual destinada a acostumbrar a los fieles a considerar moralmente aceptables las relaciones homosexuales, o al menos tolerables en determinados casos.

“De esta manera se abre la puerta al relativismo moral total”, alertó.

Una advertencia directa al Papa León XIV

Schneider dirigió además un llamamiento explícito al Papa León XIV para que intervenga y frene lo que considera una deriva doctrinal dentro de estructuras oficiales del Vaticano.

“El primer deber de León XIV es proteger a la Iglesia y a las almas de esta descarada doctrina gnóstica”, aseguró.

El obispo comparó la situación actual con antiguas crisis doctrinales sufridas por la Iglesia y advirtió de que el silencio de muchos cardenales y obispos está permitiendo la expansión de errores graves sobre la moral católica.

Según Schneider, si la jerarquía no actúa con claridad y firmeza, las futuras generaciones podrían contemplar esta época como un momento de profunda confusión doctrinal dentro de la Iglesia.

“Es posible que las generaciones futuras miren nuestra época y digan: ‘El mundo entero suspiró y se sorprendió de cómo había abolido el Sexto Mandamiento de Dios’”, afirmó.

La crisis doctrinal y la cuestión de la Fraternidad San Pío X

Schneider relacionó también este nuevo episodio con la crisis de confianza existente entre numerosos fieles tradicionales y las estructuras vaticanas.

En este contexto, consideró que documentos como el informe del Grupo nº9 refuerzan la percepción de “estado de emergencia” doctrinal denunciada desde hace años por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

El obispo sostuvo que resulta imposible ignorar la gravedad de la situación actual y advirtió de que la falta de una condena clara por parte de la Santa Sede podría provocar una pérdida aún mayor de confianza entre sacerdotes y fieles.

“Si la Santa Sede no condena inequívocamente este informe, muchos católicos auténticamente fieles perderán la confianza en quienes ocupan cargos en el Vaticano”, afirmó.

Una de las voces más críticas del actual proceso sinodal

En los últimos años ha denunciado repetidamente iniciativas relacionadas con las bendiciones a parejas homosexuales, el Camino Sinodal alemán y diversas propuestas de reforma moral y disciplinaria promovidas desde ámbitos progresistas de la Iglesia europea.

Su intervención sobre el informe del Grupo de Estudio nº9 supone hasta ahora una de las críticas más severas formuladas públicamente por un obispo contra uno de los documentos emanados del entorno sinodal vaticano.

martes, 21 de abril de 2026

Los enemigos de la Iglesia Católica se están alimentando de los “frutos” del Concilio Vaticano II.



Es nuestra traducción de Remnant . Durante 60 años, se les ha dicho a los católicos que no juzguen al Concilio Vaticano II por sus consecuencias... pero ¿y si el experimento "pastoral" está produciendo precisamente la confusión sobre la que los críticos han advertido desde el primer día? 

Esta poderosa exposición traza el camino de las ambigüedades del Vaticano II: Falso ecumenismo, colapso doctrinal, caos sinodal. 

¿Acaso los enemigos de la Iglesia esperaban estos "frutos" desde el principio?
Sesenta años después, los católicos ya no pueden ignorar las nefastas consecuencias del Concilio Vaticano II. Robert Morrison analiza cómo la ambigüedad, el falso ecumenismo y la trayectoria postconciliar de Roma han alimentado la confusión, debilitado la identidad católica y envalentonado a los enemigos de la Iglesia.
Uno de los aspectos más importantes del Concilio Vaticano II, en el que coinciden tanto sus partidarios como sus críticos, es su enfoque "pastoral". Pablo VI lo dejó claro en varias ocasiones, incluso durante la audiencia general del 6 de agosto de 1975:
“A diferencia de otros concilios, este no era de carácter dogmático, sino más bien disciplinario y pastoral.”
De las palabras de Pablo VI se desprende claramente que el Concilio Vaticano II se distingue de los demás por no ser directamente dogmático. Sus palabras también sugieren que existe una distinción real entre un enfoque dogmático y uno pastoral. Sin embargo, como escribió el profesor Roberto de Mattei en Apologia della Tradizione , no existe una tensión real entre los objetivos pastorales y dogmáticos.
No existe ni debería existir contradicción alguna entre pastoral y dogmático, como si los Concilios de Nicea, Trento o Vaticano I hubieran sido puramente dogmáticos y no pastorales. ¿Qué quiso decir, entonces, el Concilio Vaticano II al autodenominarse pastoral? Ni más ni menos que lo que proclamó Juan XXIII en su discurso inaugural, Gaudet Mater Ecclesia, el 11 de octubre de 1962. El Concilio no se había convocado para condenar errores ni para formular nuevos dogmas, sino para proponer, con un nuevo lenguaje, «las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina». Esto era teóricamente legítimo, y por eso muchos conservadores participaron con entusiasmo en la iniciativa del Papa. (p. 108)
En teoría, era legítimo querer expresar las verdades de la fe católica de una manera más comprensible y atractiva tanto para los católicos laicos como para los no católicos que pudieran sentirse atraídos por la Iglesia. Sin embargo, el profesor de Mattei procedió a describir lo que realmente estaba sucediendo:
En realidad, lo que ha ocurrido es que la «primacía» joánica del ministerio pastoral se ha interpretado de forma similar a las categorías marxistas de la «primacía de la praxis». La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria a la doctrinal, se ha convertido en la prioridad absoluta, generando una revolución no tanto en el contenido como en el estilo, el lenguaje y la mentalidad. Esto se ha manifestado en la redacción de documentos ambiguos y ambivalentes, que pueden leerse tanto en continuidad como en discontinuidad con la Tradición. Incluso quienes aceptan o proponen la «hermenéutica de la continuidad» —es decir, quienes defienden la posibilidad o la necesidad de leer los documentos conciliares a la luz de la Tradición— deben admitir, no obstante, que la ambigüedad hermenéutica no es una virtud, sino una limitación de los documentos conciliares. (p. 108)
Es evidente que existe un problema en la medida en que las ambigüedades de los documentos conciliares podrían interpretarse como una contradicción a la doctrina católica inmutable, y hasta los defensores más fervientes del Concilio Vaticano II lo admiten. Sin embargo, dejando de lado la cuestión de si los documentos conciliares pueden interpretarse como una incitación al error (un tema ampliamente debatido durante décadas), podemos identificar algunos problemas quizás más apremiantes: primero, como ha argumentado el profesor de Mattei, el problema de la ambigüedad; segundo, la necesidad de evaluar los resultados pastorales del Concilio; y tercero, la continuidad del enfoque pastoral del Concilio.

El problema de la ambigüedad

La encíclica de León XIII de 1899 sobre el americanismo, Testem Benevolentiae , contiene algunas de las descripciones más elocuentes de por qué la verdad católica debe enunciarse de forma clara y exhaustiva, en lugar de ambigua:
«El principio fundamental de estas nuevas opiniones [de los obispos] es que, para atraer más fácilmente a quienes discrepan con ella, la Iglesia debería adaptar su enseñanza al espíritu de los tiempos, suavizar parte de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a las nuevas opiniones… Sostienen que sería conveniente, para ganar a quienes discrepan con nosotros, omitir algunos puntos de su enseñanza que son de menor importancia y atenuar el significado que la Iglesia siempre les ha atribuido. No hacen falta muchas palabras, hijo mío, para demostrar la falsedad de estas ideas si recordamos la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano II dice al respecto: “Porque la doctrina de la fe que Dios ha revelado no fue propuesta como una invención filosófica para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que fue entregada como depósito divino a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiada e infaliblemente proclamada”». Por lo tanto, el significado de los dogmas sagrados debe conservarse para siempre, el cual nuestra Santa Madre, la Iglesia, como ya ha declarado, jamás debe abandonarse bajo el pretexto de una comprensión más profunda. – Constitución de la Fe Católica, Capítulo IV. No podemos considerar completamente inocente el silencio que lleva a la omisión o negligencia deliberada de ciertos principios de la doctrina cristiana, puesto que todos los principios provienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre». – Juan 1:18. . . . Que a nadie se le ocurra suprimir por ningún motivo una doctrina que ha sido transmitida. Tal política tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia que a acoger a quienes disienten. Nada es más importante para nosotros que traer de vuelta a Cristo a quienes se han separado de su rebaño, pero solo por el camino indicado por Cristo mismo.
Al igual que otros papas anteriores al Concilio Vaticano II, León XIV comprendió sin duda los argumentos para suavizar u ocultar algunas verdades incómodas de la fe católica. Sin embargo, denunció la idea de que «la Iglesia deba adaptar sus enseñanzas al espíritu de la época, atenuando parte de su antigua severidad y haciendo concesiones a las nuevas opiniones».

De las palabras de León XIII se desprende claramente que se debe buscar la claridad y la precisión y, por consiguiente, evitar la ambigüedad. Como él mismo explicó, suprimir u oscurecer la verdad católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Esto sucede incluso cuando los pasajes ambiguos no se prestan a interpretaciones heréticas. Por lo tanto, promover la ambigüedad en las enseñanzas de la Iglesia nunca es un objetivo pastoral legítimo. Siempre que la doctrina católica establecida se vuelve ambigua, el resultado pastoral es debilitar la fe católica y alejar a las almas de la Iglesia.

La necesidad de evaluar las consecuencias pastorales del Concilio

En un ensayo de 1967 de su obra En defensa de la misa romana, el padre Raymond Dulac argumentó que deberíamos evaluar las “reformas” litúrgicas resultantes del Concilio Vaticano II en función de sus consecuencias:
«En realidad, puesto que este Concilio, y especialmente esta reforma [litúrgica], tenían un carácter esencialmente “pastoral”, al realizar nuestro análisis nos vimos obligados a no separar los actos oficiales de las circunstancias históricas (previsibles o no) que los acompañaron. En efecto, para ser correctamente valorada desde un punto de vista pastoral, toda decisión humana debe considerarse no solo en sí misma, sino también en sus consecuencias reales, incluso aquellas no intencionadas y abusivas. El líder debe preverlas antes de promulgar su ley.» (p. 54)
Si bien discrepo de la idea de que deban tenerse en cuenta las consecuencias «abusivas» y verdaderamente imprevisibles al evaluar una iniciativa pastoral, el razonamiento del padre Dulac me parece totalmente razonable y sólido. Esto, por supuesto, es similar a juzgar un árbol por sus frutos, como nos enseñó Nuestro Señor (Mateo 7:16-20). Evaluar el Concilio Vaticano II por sus frutos pastorales resulta particularmente oportuno, dado que el arzobispo Marcel Lefebvre intervino en el Concilio para eliminar la ambigüedad que se promovía en nombre del propósito pastoral.
La ambigüedad de este Concilio se hizo evidente desde las primeras sesiones. ¿Cuál era el propósito de nuestra reunión? Si bien el discurso del Papa Juan XXIII había insinuado la dirección que pretendía dar al Concilio, a saber, una declaración doctrinal pastoral (discurso del 11 de octubre de 1962), la ambigüedad persistió, y a través de las intervenciones y los debates se percibía la dificultad de comprender el verdadero objetivo del Concilio. Esta fue la razón de mi propuesta del 17 de noviembre… Esta podría haber sido la oportunidad de ofrecer una definición más clara del carácter pastoral del Concilio. Sin embargo, la propuesta encontró una fuerte oposición: «El Concilio no es dogmático, sino pastoral; no buscamos definir nuevos dogmas, sino presentar la verdad de manera pastoral». (¡Acuso al Concilio!, pp. 3-4)
Así pues, la propuesta del arzobispo Lefebvre de redactar dos conjuntos de documentos —uno más dogmático, dirigido a teólogos, y otro de tono más pastoral— fue rechazada. Si bien aún no podía prever con exactitud los peligros de las ambigüedades promovidas en nombre de la orientación pastoral del Concilio, ya comprendía que tal enfoque era sumamente problemático. Trágicamente, los artífices del Concilio no deseaban la precisión teológica que el arzobispo Lefebvre buscaba promover, la cual simplemente coincide con la santa sabiduría de León XIII citada anteriormente. En cambio, querían que el Concilio alcanzara objetivos pastorales que se verían comprometidos por una presentación inequívoca de la verdad católica. No hay forma lógica de evitar esta conclusión.

Por lo tanto, debemos evaluar los frutos pastorales que surgieron tras el Concilio. Una de las descripciones más significativas de estos frutos proviene de Frank Sheed, en su libro "¿Es la misma Iglesia?", de 1968, tres años después de la conclusión del Concilio:
Imaginen cómo se sentiría un católico, náufrago en una isla desierta en 1958 y recién regresando a casa. Sus amigos católicos lo acogen en sus hogares. En cada uno de ellos encuentra conversaciones que escapan a su comprensión. Giran, a veces acaloradamente, en torno a dos palabras que no significan nada para él: ecumenismo y la píldora anticonceptiva. . . . Las semanas siguientes están llenas de trastornos. Le cuesta acostumbrarse al sacerdote frente a la congregación. Y a la misa en inglés, aún más. Recuerda discusiones con protestantes en las que su argumento principal había sido el uso del latín como prueba de la catolicidad de la Iglesia: "un solo idioma en todo el mundo". . . . Dondequiera que mira, el mundo católico que conocía parece haberse puesto patas arriba, y tan rápidamente: después de todo, solo había estado fuera diez años. Oye hablar de sacerdotes que se casan, con otros sacerdotes oficiando la ceremonia. (pp. xi-xii)
Los defensores del Concilio Vaticano II afirman que estos asuntos no tienen nada que ver con él, ya que el Concilio no modificó el dogma, pero esto es un error garrafal. Si releemos las palabras de León XIII citadas anteriormente, extraídas de Testem Benevolentiae , podemos observar que incluso diluir el significado de la doctrina católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano II hizo algo más que diluir la doctrina católica: dejó de condenar los errores, aunque no por ello dejó de mencionarlos en sus documentos. Tanto católicos como no católicos comprendieron el mensaje: los errores contrarios a la fe ya no son tan problemáticos. ¿Y nos preguntamos por qué hemos presenciado una proliferación tan inmensa de errores anticatólicos provenientes de supuestas fuentes católicas desde el Concilio?

La trayectoria ininterrumpida de la atención pastoral del Consejo

Finalmente, podemos reflexionar sobre el hecho de que los problemas que Frank Sheed y muchos otros identificaron tras el Concilio Vaticano II generalmente han empeorado desde entonces. En casi todos los demás ámbitos de la vida, cuando las personas competentes se dan cuenta de que han realizado cambios que han tenido consecuencias no deseadas, rectifican. Resuelven los problemas. Pero desde Roma, durante los últimos sesenta años, hemos presenciado precisamente lo contrario: todos los peores frutos se han cultivado cuidadosamente para que se extiendan y se pudran. Tomemos un ejemplo con consecuencias tan profundas que habrían hecho del Concilio un desastre incluso si todo lo demás hubiera sido perfecto: el falso ecumenismo. De hecho, prácticamente toda la labor pastoral del Concilio Vaticano II contribuyó a la labor del falso ecumenismo. Para observar su evolución durante los últimos sesenta años, solo necesitamos considerar cuatro momentos específicos de este período:

Advertencia del Concilio. El obispo servita Giocondo Grotti intervino en el Concilio en defensa de la presentación de la verdad católica sobre la Santísima Virgen María, a pesar de que esto habría disgustado a los protestantes: «¿Consiste el ecumenismo en confesar u ocultar la verdad? ¿Acaso el Concilio debía explicar la doctrina católica o la doctrina de nuestros hermanos separados?… Ocultar la verdad nos perjudica tanto a nosotros como a quienes están separados de nosotros. Nos perjudica porque parecemos hipócritas. Perjudica a quienes están separados de nosotros porque los hace parecer débiles y susceptibles de ofenderse por la verdad». (De «El Rin desemboca en el Tíber», del padre Ralph Wiltgen).

Evaluación de Frank Sheed de 1968. Frank Sheed continuó describiendo la conmoción que sintió en 1968 al presenciar los cambios que siguieron al Concilio Vaticano II: «Y los protestantes. Sabía que los protestantes no debían ir al infierno: recuerda su sorpresa cuando un sacerdote tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas precisamente por este asunto. Pero las cosas parecen haber ido mucho más allá mientras él estaba en su isla desierta. Se entera de que, tras la muerte de Juan XXIII, una iglesia episcopal celebró un réquiem en su catedral, y un cardenal envió a su vicario general, y él también habría estado allí si no se hubiera visto obligado a ir a Roma... Recuerda la muerte de su abuelo episcopal y lo que dijo el párroco cuando pidió permiso para asistir al funeral: esa fue la primera vez que oyó la expresión communicatio in sacris ; la oyó al menos veinte veces, no estaba seguro de lo que significaba, pero era indudablemente un pecado mortal». (p. xii)

Valoración del arzobispo Lefebvre en 1986. En su Carta Abierta a los Católicos Confundidos, el arzobispo Lefebvre ofreció la siguiente valoración: «El ecumenismo en sentido estricto, es decir, tal como se practica entre los cristianos, ha motivado celebraciones eucarísticas conjuntas con protestantes, como en Estrasburgo. Se invitó a anglicanos a la catedral de Chartres para celebrar la "Comunión Eucarística". La única celebración no permitida, ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Marsella, es la Santa Misa según el rito codificado por San Pío V. ¿Qué conclusión puede sacar un católico de todo esto cuando ve que las autoridades eclesiásticas avalan ceremonias tan escandalosas? Si todas las religiones tienen el mismo valor, bien podría encontrar su salvación con budistas o protestantes. Corre el riesgo de perder la fe en la verdadera Iglesia. Esto es, de hecho, lo que se le está sugiriendo».

Carta del Sínodo de 2021 sobre la sinodalidad. Una carta de 2021 de los cardenales Grech y Hollerich detallaba cómo el Sínodo promueve un falso ecumenismo: «El diálogo entre cristianos de diferentes confesiones, unidos por un solo bautismo, ocupa un lugar especial en el camino sinodal» (Manual Sinodal 5.3.7). En efecto, tanto la sinodalidad como el ecumenismo son procesos de «caminar juntos». En primer lugar, si «una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha» (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015), esta escucha debería concierne a la totalidad de aquellos honrados con el nombre de cristiano, puesto que todos los bautizados participan en cierta medida del sensus fidei (cf. Comisión Teológica Internacional, Sensus fidei en la vida de la Iglesia, 56). En segundo lugar, puesto que el ecumenismo puede entenderse como un “intercambio de dones”, uno de los dones que los católicos pueden recibir de otros cristianos es precisamente su experiencia y comprensión de la sinodalidad (cf. Evangelii Gaudium , 246).

Hemos pasado de condenar las iniciativas ecuménicas a ignorar, y mucho menos a preocuparnos, cuando los arquitectos sinodales nos dicen que los protestantes participan del sensus fidei de la Iglesia Católica. A lo largo de este recorrido de falso ecumenismo, ha habido señales de alerta, como la reunión de oración de Asís de 1986. Sin embargo, ante cada indicio de corrupción pastoral, Roma ha seguido alejándose de lo que Pío XI enseñó en su encíclica de 1928 sobre la unidad religiosa, Mortalium Animos , respecto a los precursores del falso ecumenismo actual.
«Ciertamente, tales [reuniones interreligiosas] no pueden ser aprobadas de ninguna manera por los católicos, ya que se fundamentan en esa falsa opinión que considera a todas las religiones más o menos buenas y dignas de alabanza, puesto que todas manifiestan y significan de diferentes maneras ese sentido que es innato en todos nosotros y a través del cual somos conducidos a Dios y al reconocimiento obediente de su dominio. Quienes sostienen esta opinión no solo están equivocados y engañados, sino que, al distorsionar la idea de la verdadera religión, la rechazan y se apartan gradualmente del naturalismo y el ateísmo, como se le llama; de lo cual se deduce claramente que quien apoya a quienes sostienen estas teorías e intenta ponerlas en práctica abandona por completo la religión divinamente revelada. ... Por lo tanto, Venerables Hermanos, es evidente por qué esta Sede Apostólica nunca ha permitido a sus súbditos participar en las asambleas de no católicos: porque la unión de los cristianos solo puede promoverse promoviendo el retorno a la única y verdadera Iglesia de Cristo de aquellos que se han separado de ella, porque en el pasado, lamentablemente, la han abandonado.
Hace casi cien años, Pío XI comprendió perfectamente adónde conduciría el falso ecumenismo. Hoy, nos acercamos al final de ese camino —cuando demasiados obispos han abandonado de hecho la religión divinamente revelada— y Roma no muestra intención alguna de rectificar. La apostasía masiva en el seno de la Iglesia sinodal era, al parecer, el objetivo pastoral deseado por los enemigos del catolicismo. 

Para quienes comparten esta visión, la buena noticia es que el único principio de la Iglesia sinodal que debe creerse absolutamente es que el catolicismo tradicional es rígido, retrógrado y erróneo. Para todos los demás (por pocos que sean), los últimos sesenta años han ofrecido confirmaciones diarias del amor de Dios por su Iglesia, regalándonos la santa sabiduría de los papas anteriores al Concilio Vaticano II, quienes nos enseñaron que no puede haber una auténtica labor pastoral que sacrifique la fe católica en su pureza. Podemos corresponder a ese amor, aunque sea modestamente, adhiriéndonos a las verdades inmutables que Dios ha confiado a su Iglesia, especialmente cuando Roma nos margina por ello

¡Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison

viernes, 9 de enero de 2026

Zen cuestiona la «sinodalidad bergogliana» ante el Consistorio de cardenales




En una intervención a puerta cerrada durante el Consistorio Extraordinario de Cardenales celebrado en el Vaticano los días 7 y 8 de enero, el cardenal Joseph Zen lanzó una de las críticas más severas formuladas hasta ahora contra el Sínodo sobre la Sinodalidad, al que calificó de proceso “manipulado de forma blindada”, carente de auténtica libertad deliberativa y lesivo para la autoridad episcopal. Sus palabras se pronunciaron en presencia del papa León XIV y de los cerca de 170 cardenales reunidos.

Según informó The College of Cardinals Report, el purpurado hongkonés utilizó los tres minutos asignados a cada cardenal para referirse directamente a la nota de acompañamiento del papa Francisco al Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, desarrollado entre 2021 y 2024.

Zen intervino después de que los cardenales fueran informados de que, por falta de tiempo, solo se abordarían dos de los cuatro temas inicialmente previstos. Los elegidos fueron “el Sínodo y la sinodalidad” y la misión de la Iglesia a la luz de Evangelii Gaudium, lo que dio al cardenal la ocasión de formular una crítica frontal al proceso sinodal.

En el núcleo de su intervención, Zen cuestionó la afirmación del papa Francisco de que, con el Documento Final, “devuelve a la Iglesia” lo que ha madurado a través de la escucha al Pueblo de Dios y del discernimiento del episcopado. A partir de ahí, planteó una serie de preguntas que estructuran toda su denuncia:
«¿Ha podido el Papa escuchar a todo el Pueblo de Dios?»
«¿Los laicos presentes representan realmente al Pueblo de Dios?»
«¿Los obispos elegidos por el episcopado han podido llevar a cabo un verdadero discernimiento, que debe consistir necesariamente en “discusión” y “juicio”?»
Para Zen, estas preguntas evidencian que el proceso sinodal no fue verdaderamente deliberativo, sino cuidadosamente dirigido. En ese contexto, denunció lo que calificó como “la manipulación blindada del proceso”, afirmando que constituye “un insulto a la dignidad de los obispos”.

El cardenal fue especialmente duro al referirse al uso constante del lenguaje espiritual para legitimar decisiones ya tomadas. Según Zen, la invocación reiterada del Espíritu Santo en este contexto resulta “ridícula y casi blasfema”, pues parece sugerir que el Espíritu podría contradecir aquello que Él mismo ha inspirado en la Tradición bimilenaria de la Iglesia.

Otro punto central de la crítica se dirigió a la afirmación de que el Papa, “saltándose al Colegio Episcopal”, escucha directamente al Pueblo de Dios y presenta este método como el marco interpretativo adecuado del ministerio jerárquico. Zen cuestionó de raíz esta concepción, alertando del riesgo de vaciar de contenido la función propia del episcopado.

La intervención se detuvo también en el estatuto ambiguo del Documento Final, definido como magisterial pero “no estrictamente normativo”, vinculante pero abierto a adaptaciones locales. Ante esta formulación, Zen volvió a interpelar directamente al proceso:
«¿Garantiza el Espíritu Santo que no surgirán interpretaciones contradictorias, especialmente dado el uso de expresiones ambiguas y tendenciosas en el documento?»
«¿Deben los resultados de esta “experimentación y prueba” —por ejemplo, la “activación creativa de nuevas formas de ministerialidad”— someterse al juicio de la Secretaría del Sínodo y de la Curia romana?»
«¿Serán estas instancias más competentes que los obispos para juzgar los distintos contextos de sus Iglesias?»
El cardenal advirtió que, si los obispos consideran legítimamente que ellos son más competentes para ese discernimiento, la coexistencia de interpretaciones divergentes no puede sino conducir a una fractura eclesial, similar a la vivida por la Comunión Anglicana.

Desde esta perspectiva, Zen amplió su análisis al ámbito ecuménico, preguntándose con qué parte del anglicanismo debería dialogar la Iglesia católica tras su ruptura interna, y advirtiendo que las Iglesias ortodoxas nunca aceptarán la sinodalidad promovida en el pontificado anterior. Para ellas —recordó— la sinodalidad siempre ha significado el ejercicio real de la autoridad de los obispos actuando colegialmente y caminando juntos con Cristo.

En uno de los pasajes más contundentes de su intervención, el cardenal concluyó:
«El papa Bergoglio ha explotado la palabra ‘Sínodo’, pero ha hecho desaparecer el Sínodo de los Obispos, institución establecida por san Pablo VI.»