BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



Mostrando entradas con la etiqueta Tradición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tradición. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de junio de 2026

La Tradición católica frente al dogma de Darwin



Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los claros límites entre la fe cristiana en la creación y la cuasirreligión materialista

La Iglesia Católica nunca ha dado su sello de aprobación oficial a la teoría de la evolución, y tampoco podría aprobar jamás el neodarwinismo, que entiende a todo ser viviente, el hombre incluido, como fruto de interacciones de la materia que se rigen por inevitables leyes de la naturaleza. No hay razones que validen la armonía entre las enseñanzas de la Iglesia y las premisas no teístas de la generalizada teoría de la evolución. Todo lo contrario: esta última no es otra cosa que ideología que se hace pasar por ciencia.

Aunque es frecuente citar a Juan Pablo II y a Benedicto XVI como partidarios del evolucionismo, en realidad tenían un concepto mucho más limitado de éste que la mayoría de los científicos. Y, en todo caso, siempre tomaron la precaución de distanciarse del naturalismo y el materialismo que son parte integral de la mentalidad evolucionista en todas las principales instituciones que la promueven. El pontífice polaco afirmó que es evidente que la verdad de fe sobre la creación se opone radicalmente a las teorías de la filosofía materialista, que entienden el cosmos como resultado de una evolución de la materia que se puede reducir a puro azar y necesidad.

En esta serie de tres artículos examinaremos tres cuestiones:

-Para empezar, voy a resumir hoy la enseñanza de la divina Revelación sobre la misión de Dios en el mundo natural, ya que para los creyentes la primera y eterna fuente de verdad –y más en cuestiones dudosas y difíciles– es Dios, no nuestros endebles y falibles recursos.

-En segundo lugar, hablaremos del concepto de azar, que suele ser invocado como el principio por el se rige la evolución, y demostraremos que el azar en sí no puede explicar nada y carece de sentido para establecer una relación entre inteligencia y finalidad.

-Por último, traeré a colación el testimonio de algunos grandes pensadores de la Tradición cristiana.


Dios crea los animales terrestres (Francisco Villamena, 1626)

El testimonio del Génesis

Si bien es cierto que algunas creencias evolucionistas pueden refutarse mediante el razonamiento y con argumentos científicos, los creyentes tenemos también el deber de reconocer con claridad los límites que nos ha impuesto Dios desde arriba con la Revelación. No hablamos de fe ciega, sino de respeto al Dios de la razón, la infinita luz de la Verdad de donde procede la chispa de la inteligencia humana.

Las Sagradas Escrituras dan un testimonio inequívoco de que es posible descubrir la existencia de Dios, su sabiduría y capacidad creadora por medio de sus obras. La Biblia expresa de un modo magnífico hasta qué punto podemos y debemos conocer a Dios mediante una atenta consideración del mundo que ha creado. Algunos científicos católicos, como el P. George Coyne o Kenneth Miller, que no alcanzan a entender la relación metafísica entre Dios y la creación y, apoyados en su imaginación, ven a esta última como algo que no tiene nada que ver con Dios, se desarrolla por sí solo y va por su cuenta y a su manera como algo que simplemente se ajusta al plan (¿o a las expectativas?) de Dios. Tienen una perspectiva que choca de frente con la divina Revelación. Para ellos, Dios mismo es otra cosa que existe junto con el universo y tiene tanto que ver con él como un rey secular con un reino sobre el que no tendría más que un poder limitado y extrínseco. Un dios así es un ídolo, no el verdadero Dios vivo que está más cerca de las cosas que las propias cosas.

El relato de la Creación en los dos primeros capítulos del Génesis nos enseña que Dios, único autor del mundo, ha dejado su firma en ella en lo que se refiere a: 

1) su bondad (la bondad de cada cosa y la bondad del todo); 
2) belleza y orden; 
3) utilidad para el hombre; 
4) y el hombre en cuanto imagen de Dios, por ser un ser racional, libre y capaz de engendrar a otras personas.

Eso sí, el Génesis no hace reflexiones filosóficas sobre esa firma. Al describir el acto de la Creación y su consecuencia –un magnífico paraíso bien abastecido de aves, peces, bestias y otros animales, como reptiles e insectos, un verdadero reino sobre el que el hombre y la mujer reinan sobre la paz de una naturaleza integrada– lo que hace es demostrar que Dios ha derramado en abundancia su bondad, que su naturaleza es un reflejo, del mismo modo que una montaña se refleja sobre un lago de aguas cristalinas. Los relatos de la Creación nos dicen que independientemente de la manera en que Dios haya creado el mundo –no hemos asistido a su formación, sino al resultado y, de un modo general, a su finalidad, que es manifestar la gloria de Dios–, su fuente única y primaria no es otra que Él y su generoso amor.

Esto excluye toda idea de un proceso librado al azar que pudiera haber resultado en el cosmos que conocemos o en algún otro. Dios planificó en detalle el cosmos que Él quería. Es un artista que concibió la obra que iba a realizar, y la realizó bien, con vistas a conducir al hombre a unirse con Él. No es un pintamonas como Jackson Pollock, que pinta salpicando un lienzo con borrones de pintura, a ver qué sale.

Jackson Pollock. Obra sin título

El testimonio de los Salmos

Muchos Salmos participan de la perspectiva cosmológica del Génesis. Me vienen a la memoria las resonantes afirmaciones del 148: «Él lo mandó, y fueron creados. Él los estableció para siempre y por los siglos; dio un decreto que no será transgredido» (Sal. 148, 5–6). Una vez más, el autor sagrado no intenta describir como lo haría un científico las secuencias y procesos por los que las estrellas (del cielo o del mar) aparecieron en un mundo naciente. Lo que sí hizo el Señor fue dar la orden, y sucedió según ordenó, de tal forma que quedaron firmemente fijados unos límites. Se produjeron cosas concretas; es lo que quería el Todopoderoso.

La Biblia pone de manifiesto que el Omnipotente no es igualitarista en cuanto a las especies: los relatos del Génesis destacan al hombre y la mujer como cumbre de la creación visible, estando todo lo demás al servicio de ellos. En general, las criaturas inferiores están al servicio de las superiores: las plantas sirven de alimento a los animales, y más tarde, después del Diluvio, los animales sirvieron de alimento al hombre (ahora bien, esta relación de medios para un fin es de por sí sutil. El libro de la Sabiduría entiende al parecer el universo visible como algo diseñado principalmente para manifestar la belleza de Dios al hombre, y sólo de un modo secundario para atender a las necesidades y deseos de la vida humana. El Salmo 8 recoge ambos aspectos).

El Salmo 103, poema ampliamente citado en la liturgia, ensalza las maravillas de la Creación. Tres versos sintetizan esa perspectiva:

«Produces el heno para los ganados, y las plantas que sirven al hombre, para que saque pan de la tierra, y vino que alegre el corazón del hombre; para que el aceite dé brillo a su rostro y el pan vigorice su corazón (…) ¡Cuán variadas son tus obras, oh Yahvé! Todo lo hiciste con sabiduría; llena está la tierra de tus riquezas».

Las Sagradas Escrituras rebosan de expresiones semejantes de alegría y admiración por la obra de las manos de Dios, cantos de alabanza al Creador que reina sobre todos y cuya labor artesana es visible en todas partes, si bien Él permanece invisible porque es Espíritu infinito, en todo y aun así por encima de todo.

El Salmo 18 nos presenta al firmamento como un predicador del señorío creador divino: «Los cielos atestiguan la gloria de Dios; y el firmamento predica las obras que Él ha hecho. Cada día transmite al siguiente este mensaje, y una noche lo hace conocer a la otra». Todo, no sólo los seres humanos, está supeditado a la Divina Providencia, «quien fija el número de las estrellas, y a cada una llama por su nombre» (Sal.146,4).

El 32 da fe tanto de la manera en que actúa el Señor –mediante intelecto y voluntad, concibiendo y ejecutando sus designios– como del alcance de su obra: se lo muestra como autor del ser, de la sustancia y naturaleza misma de las cosas. Aunque ello no excluya un periodo largo de tiempo a lo largo del cual Dios pueda introducir distinciones en su creación, ni otros medios subordinados de los que se pueda valer para llevar a cabo sus designios, salta a la vista que aquí la doctrina excluye el mero azar: «Por la Palabra de Yahvé fueron hechos los cielos, y todo su ornato por el soplo de su boca (…) Porque Él habló y quedaron hechos; mandó, y tuvieron ser».

No vendría mal hacer una pausa para preguntarnos por qué no podemos interpretar las Escrituras en un sentido metafórico en pasajes así, dejando abierta la posibilidad de que en realidad todo se formó de una forma caótica y desordenada como afirman los científicos seculares. Un principio fundamental de la interpretación de las Escrituras aceptado por todos los católicos tradicionalistas es que, independientemente de cómo queramos explicar lo que claramente son metáforas en la Biblia (por ejemplo: el brazo de Dios = su fortaleza; los ojos de Dios = su conocimiento), nunca podremos contradecir un pasaje de sentido evidente, o sea la intención del autor al emplear un lenguaje determinado.

Así pues, al decir «habló, y quedaron hechos» o «todas las cosas fueron hechas por el Verbo», las Escrituras atribuyen claramente a Dios una causalidad inteligente, libre, primaria e inevitable que permite compararla con la obra de un artesano, aunque no se revele la manera en que su discurso creador produjo resultados visibles e invisibles. A priori, esas afirmaciones no excluyen un relato en el que la mente de Dios no sea origen de todo ser y perfección de ser; da igual, una vez más, cómo les infunda existencia con su palabra. Ello obedece a que palabras como hablar, palabra y otras por el estilo no son un plástico que se pueda moldear dándole la forma que se quiera. Su sentido central es totalmente incompatible con la imagen de un mundo que tiene más de balbuceo carente de sentido que de expresión inequívoca.

Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa (Zurbarán). 

El género pictórico del bodegón es una demostración de los logoi que gobiernan todas las cosas.

Otros testimonios de las Escrituras

En el capítulo inicial de la Epístola de San Pablo a los Romanos podemos leer:

«Lo que es dable conocer de Dios está manifiesto en ellos, ya que Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Él, su eterno poder y su divinidad, se hacen notorios desde la creación del mundo, siendo percibidos por sus obras, de manera que no tienen excusa; por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su insensato corazón fue oscurecido» (Rm.1,19-21).

Seguidamente San Pablo hace responsable a a la humanidad pecadora de la espiral de pecados que tuvo origen en ese olvido de la naturaleza divina: en primer lugar la idolatría (vv. 22–23), a continuación la lujuria y la impureza, y la deshonra del cuerpo en castigo por servir a la criatura en lugar de al Creador (vv. 24–25), después los actos homosexuales sean entre mujeres o entre hombres (vv. 26–27), y por último bajeza de ideas y toda clase de malicia (vv. 28–31). Es una escalofriante descripción de lo que le pasa al hombre cuando se desconecta de la gracia; y también por haberse separado de los destellos de lumbre divina que es capaz de percibir la mente humana cuando presta fiel atención al mundo real.

Un texto complementario sobre la manifestación de la sabiduría divina por medio de la belleza y orden de las criaturas lo encontramos en el capítulo 13 del libro de la Sabiduría. Las enseñanzas este capítulo del libro sapiencial resultan mucho más llamativas al contrastarlas con la mentalidad materialista actual y sus justificaciones pseudocientíficas:

«Vanidad son ciertamente todos los hombres en quienes no se halla la ciencia de Dios, y que por los bienes visibles no llegaron a conocer a Aquel que es; ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas; sino que se figuraron ser el fuego, o el viento, o el aire ligero o las constelaciones de los astros, o la gran mole de las aguas, o el sol y la luna los dioses gobernadores del mundo. Y si encantados de la belleza de tales cosas las imaginaron dioses, debieron conocer cuánto más hermoso es el dueño de ellas; pues el que creó todas estas cosas es el autor de la hermosura. O si se maravillaron de la virtud e influencia de estas creaturas, entender debían por ellas que Aquel que las creó, las sobrepuja en poder. Pues de la grandeza y hermosura de las creaturas, se puede a las claras venir al conocimiento de su Creador. Mas los tales son menos reprensibles; porque yerran tal vez buscando a Dios y esforzándose por encontrarle, por cuanto le buscan discurriendo sobre sus obras, de las cuales quedan como encantados por la belleza que ven en ellas; aunque ni tampoco a éstos se les debe perdonar. Porque si pudieron llegar por su sabiduría a conocer el mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al Señor del mismo?» (Sab.13,1-9.)

Se trata de una confesión de confianza en la razón y la inteligibilidad de la Creación, que es un tema recurrente en la teología católica. Es paradójico que en los tiempos actuales sea el catolicismo el que se encuentre en la curiosa posición de tener que defender la capacidad de la razón para entender la realidad, y entenderla como un todo ordenado que requiere una fuente trascendente de orden, no sólo para entrar en existencia sino para que cada parte sin excepción siga existiendo mientras tenga ser. En cuanto a este punto se podría estar de acuerdo con la manida afirmación de Stanley Jaki de que, entendida en el sentido moderno de la palabra, la ciencia no podía surgir sino en un contexto judeocristiano, ya que exige una firme y confiada fe en la inteligibilidad del cosmos, en que éste está sujeto a ciertas reglas y a que tiene un sentido último. Requiere una epistemología realista.

Me gustaría finalizar este repaso a los fundamentos escriturísticos señalando otro pasaje: el conocido himno del libro de Daniel llamado Benedicte, en el que, en un estilo que posiblemente inspirase los cánticos de San Francisco de Asís, toda la Creación de Dios es convocada para «alabarle y ensalzarle por los siglos» (V. Dan.3, 52–90; cf. Sal. 148).

Es de uso frecuente entre los sacerdotes, religiosos y seglares que rezan el Oficio Divino. ¿Se aprecia siempre su sentido? Dice claramente que todas las criaturas, siendo lo que son, se convierten en una suerte de ofrecimiento de alabanza a Dios cuando el hombre, contemplando la sabiduría y bondad de Dios expresada en ellas, se dirige a Dios para alabarlo. Sean cuales sean las causas segundas que participen en el cumplimento del plan eterno de Dios, Él es la causa primera de todo, y así, como causa inteligente y libre, las conoce, las planifica (es decir, concibe su plan) y quiere que sean tal como Él las conoce. Independientemente de cualquier otra causa que intervenga, todo está supeditado al plan por Él previsto, por lo cual tampoco actúan por azar, sino conforme a un designio. Todo lo que se deba al azar es, de suyo, no intencionado; y lo que no es intencionado no suscita elogio de nadie.

¿Qué conclusión podemos sacar, releyendo estos textos de las Escrituras, en particular el capítulo 13 del libro de la Sabiduría? En primer lugar, es un hecho revelado que para quien se esfuerce suficientemente –a propósito, esto me parece importante; hablamos de una cuestión moral: ¿queremos saber de Dios, o preferimos prescindir totalmente de Él?– La existencia de Dios, su sabiduría, su amor, su capacidad creadora se pueden vislumbrar en lo que ha creado, en la obra de sus manos. Las Escrituras enseñan claramente que a) Dios ya tenía (y tiene) pensado todo lo que hay en el universo creado; b) por eso, vela por sus criaturas conforme a las necesidades y merecimientos de éstas, hasta por el menor de los pajarillos, y provee para dichas necesidades; y c) que en todo lo que Dios quiere o permite que ocurra hay una finalidad por muy oculta que nos sea, y esa finalidad tiene que ver con la salvación de los elegidos y contribuye a ella (Rom. 8,28).


Portada del Evangeliario de Lindau (c. 875 a.C.). 

Nuestros antepasados decoraban sus biblias con tanto primor porque creían que verdaderamente eran las palabras de Dios para el hombre. Más ejemplos aquí.

Para el católico, la Escritura es inerrante

Sorprende la frecuencia con que hoy en día se compara a católicos con protestantes de la siguiente manera: «Los protestantes creen que la Biblia es la Palabra literal de Dios, que está inspirada y libre de errores, mientras que para los católicos es un medio del que Dios se vale para enseñarnos, pero sólo es inerrante en lo que respecta a doctrinas de fe y moral».

Es una mala descripción de la doctrina católica, como se puede comprobar con una lectura detenida de documentos clave (y no me refiero sólo a Providentissimus Deus de León XIII, por supuesto, sino también a Divino Afflante Spiritu de Pío XII y a la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II). 
La propia Iglesia Católica enseña que, en su conjunto y en todas sus partes, las Escrituras tienen a Dios como autor primario y a los hombres como autores secundarios, instrumentos inteligentes de los que se sirve para transmitir un mensaje que, debidamente entendido, es siempre la pura verdad.
De ahí que no pueda haber errores de hecho que un autor secundario no sólo entendiese como ciertos –pues la Biblia recoge muchas opiniones falsas–, sino que, como instrumento de Dios, tuviera la finalidad de comunicar como si fueran ciertas. La Escritura es cierta en su conjunto y en todas sus partes, precisamente conforme al sentido que sus autores (primario y secundarios) les quisieron dar (una vez publiqué un artículo en OnePeterFive, The Inspiration and Inerrancy of Sacred Scripture que explicaba más detalladamente este punto, por si alguien está interesado en profundizar).

Por consiguiente, los católicos aceptamos el sentido literal de cada pasaje de la Biblia, pero no conforme a un concepto superficial de lo que significa la palabra literal, sino con el matiz de lo que la letra –o sea, el sentido que le ha querido dar el autor– significa en realidad en este o aquel pasaje (V. CIC, nº 105–119).

La mejor explicación de la doctrina católica sobre las Escrituras se puede encontrar en el libro de Thomas Crean Letters From That City: A Guide to Holy Scripture for Students of Theology. Recomiendo encarecidamente ese texto; es muy contundente.

En la próxima entrega hablaremos del azar y de lo que este puede –y lo que es más importante, no puede– explicar.

¡Gracias por su atención, y que Dios los bendiga!

viernes, 7 de febrero de 2025

Francisco y su cruzada contra la tradición: entre la difamación y la censura



Si hay algo que obsesiona al Papa Francisco es el tradicionalismo. No el falso tradicionalismo de los nostálgicos que idealizan un pasado inexistente, sino el catolicismo real que sigue llenando iglesias, formando familias y aferrándose a la doctrina de siempre. Ese es su enemigo. Y lo combate con todas las armas a su disposición: desprecio, caricaturización, censura y, ahora, difamación psicológica.

En su última biografía, Francisco vuelve a demostrar que no solo rechaza la tradición, sino que la odia. No porque la entienda y discrepe con ella, sino porque no la comprende y la teme. Para él, la liturgia preconciliar no es una manifestación legítima de fe, sino una «ideología» peligrosa que debe ser restringida con mano firme. Celebrar la misa en latín, según su lógica, no es un derecho de los fieles, sino un capricho que necesita permiso expreso del Dicasterio. Porque, claro, la liturgia tradicional puede “volverse ideología”, pero la pastoralidad líquida que él impulsa —donde la doctrina se amolda a la emoción y la verdad se relativiza en nombre de la «misericordia»— no es ideología, sino «apertura».

Pero Francisco no se detiene ahí. Su ataque a la tradición no es solo teológico, sino personal. En su afán por desacreditar el mundo tradicionalista, llega a sugerir que la atracción por la liturgia preconciliar responde a desequilibrios psicológicos, desviaciones afectivas y problemas de conducta. Ni siquiera Lutero se atrevió a tanto. Según él, quienes prefieren la misa tridentina no buscan lo sagrado, sino una especie de clericalismo disfrazado, una ostentación vacía, un refugio sectario. La caricatura es tan burda que causa vergüenza ajena.

Es grotesco, pero predecible. Desde el inicio de su pontificado, Francisco ha impulsado la imagen del tradicionalista como un fariseo obsesionado con las normas, incapaz de amor y compasión. Ahora, da un paso más: si sigues la tradición, es posible que estés enfermo. Pero si bendices uniones homosexuales o destruyes la moral sexual católica, eso no es ideología ni problema de conducta, sino «acompañamiento pastoral».

Y por si el ataque no fuera suficiente, añade una falacia indignante: ¿cómo es posible que alguien se escandalice por la bendición a homosexuales o divorciados, pero no por la explotación laboral o la contaminación? Porque sí, el Papa ha decidido meter el ecologismo en la ecuación, como si los fieles que defienden la moral tradicional estuvieran automáticamente a favor de la explotación de los pobres y la destrucción del medio ambiente. Es la táctica de siempre: si no estás de acuerdo con su relativismo, es que eres un hipócrita insensible a las injusticias sociales. Como si fuera incompatible preocuparse por la moral sexual y al mismo tiempo denunciar el abuso laboral.

Lo más irónico de todo es que Francisco acusa a la tradición de ser un refugio para “desequilibrados”, mientras que su pontificado ha sido una autopista para clérigos corruptos, chantajeables y con verdaderos problemas de conducta. Es el Papa que protegió a Zanchetta hasta que el escándalo fue insostenible, el mismo que ha promovido en la Iglesia una cultura de purga ideológica mientras predica sobre la inclusión y el diálogo.

Pero lo que más le molesta, y lo que explica su odio visceral hacia la tradición, es que la liturgia preconciliar sigue atrayendo jóvenes. Y eso no lo puede tolerar. No puede aceptar que, en medio del colapso de la Iglesia progresista, haya una generación que busca algo más sólido que las homilías aguadas, las misas banales y la disolución doctrinal que él impulsa. No puede admitir que hay católicos que quieren ser católicos de verdad.

Francisco nos ha dejado claro que no quiere reconciliarse con la tradición. Quiere destruirla. Quiere desacreditarla. Quiere erradicarla. Pero la historia es testaruda: la Iglesia ha sobrevivido a Papas hostiles antes, y sobrevivirá a él.

Jaime Gurpequi

martes, 31 de enero de 2023

"Contraatacando a la revolución cultural global"



Duración 1 hora y 10 minutos


A lo largo de esta conferencia el filósofo y periodista Alvino Mario Fantini , analizó en profundidad qué está pasando en Europa, por qué estamos relegando las raíces humanistas de nuestra civilización, y cómo están intentando imponer cambios profundos en nuestra cultura y filosofía.

martes, 20 de diciembre de 2022

SOBRE LA ENTREVISTA AL PAPA FRANCISCO


ABC


- Entrevista al papa Francisco

https://www.abc.es/sociedad/papa-francisco-veces-posturas-inmaduras-aferran-hizo-20221218124801-nt.html


INFOVATICANA: 
LA CIGÜEÑA DE LA TORRE


- La entrevista del Papa a ABC (I)

- La entrevista del Papa a ABC (II)

https://infovaticana.com/blogs/cigona/la-entrevista-del-papa-a-abc-ii/


Los viles ataques de Satanás al catolicismo tradicional señalan lo que más odia



“Y Yo, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella.” (Mateo 16:18)

Las palabras de Jesús reconfortan porque la Iglesia jamás será vencida, pero también advierten que las puertas del infierno intentarán derrotar a la Iglesia, y por momentos parecerán próximas a lograrlo. Cornelius A. Lapide abundó en las palabras de Nuestro Señor en su comentario sobre el evangelio de San Mateo:“Por tanto, con esta palabra Cristo anima primero a su Iglesia para que no se desanime al verse atacada por todo el poder de Satanás y de los hombres inicuos. En segundo lugar, Él, por así decirlo, toca una trompeta para ella, para que ella siempre mire con su armadura puesta contra tantos enemigos, que la atacan con tal odio.”

Cuando vemos a la Iglesia atacada por Satanás, no debemos desesperar, Nuestro Señor nos dijo que pasaría, por lo tanto, nuestra respuesta debería ser confiar en Dios y pelear como verdaderos cristianos.

Satanás siempre le hizo la guerra no solo a la Iglesia sino a toda la humanidad. Hoy percibimos que ataca con más intensidad que la que jamás hayamos visto, y sin necesidad de esconderse. Si bien todos podríamos identificar diversas maneras en las que estos ataques se han hecho más evidentes en los últimos años, los siguientes horrores muestran hasta qué punto Satanás ha aumentado su poder en la sociedad secular:
- La defensa del aborto, no solo como una última instancia a lamentar, sino como un derecho fundamental a valorar.

- El ataque a los niños, particularmente por medio de una pedofilia extendida.

- La promoción agresiva del transgénero y la identidad de género fluido como una verdad no negociable que todos debemos aceptar si deseamos participar en la sociedad.

- La insistencia en que debemos aceptar las mentiras más absurdas y malvadas de parte de nuestro gobierno, los medios de comunicación y los supuestos “educadores”.

- Una creciente tiranía médica que ensalza una “ciencia” auto contradictoria frente al sentido común y la realidad claramente observable.

- El aparente cumplimiento de la advertencia profética de Sor Lucía, que señalaba que “la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del matrimonio y la familia”.

- El aumento del “Satanismo” explícito, con clubes satánicos en escuelas e inclusos mensajes satánicos en los espectáculos para niños.

Entonces tenemos esto y otros signos evidentes de la creciente influencia de Satanás en la sociedad. Podemos no saber por qué Satanás tiene una influencia más tangible hoy en día, pero no podemos cuestionar que evidentemente es así.

Dado que Satanás está ejerciendo una mayor influencia en la sociedad secular, esperaríamos encontrarlo en condiciones de intensificar su guerra contra la Iglesia. Y sin duda tenemos muchos indicios de su creciente ataque a la Iglesia Católica, incluyendo entre otros:
- La adoración de Francisco a la Pachamama.

- El apoyo del Vaticano a diversas iniciativas anticatólicas del Gran Reseteo, incluyendo la “vacuna”.

- El Sínodo de la Sinodalidad, abiertamente herético e inmoral.

- Los mayores ataques directos y viles de Francisco al catolicismo tradicional, mientras acoge a diversas religiones no católicas.
A la luz de estas realidades irreverentes y otras, podemos ver que las puertas del infierno parecen estar próximas a prevalecer contra la Iglesia. Tal como dijo el cardenal Gerhard Müller sobre el Sínodo de la Sinodalidad en su revolucionaria entrevista con Raymond Arroyo, “si triunfan, será el fin de la Iglesia Católica.”

Sin embargo, debemos reconocer que, a diferencia de los escándalos en las religiones no católicas, todas estas realidades blasfemas son ajenas a la naturaleza de la Iglesia. Satanás y sus seguidores han usado las manifestaciones del espíritu del Vaticano II para atacar a la Iglesia Católica de la misma manera en que un combatiente podría intentar envenenar a su enemigo. No podemos culpar a la Iglesia por estos males, así como no podríamos acusar a la víctima envenenada por el veneno que su enemigo le ha introducido en su cuerpo.

No obstante, para algunos pensadores poco críticos, estos crecientes escándalos provenientes de Roma sugieren que la Iglesia Católica no puede ser la verdadera Iglesia establecida por Nuestro Señor. Pero tal conclusión ignoraría totalmente, o malinterpretaría, las palabras de Nuestro Señor sobre las puertas del infierno — lejos de indicar que la Iglesia no es de Dios, los violentos ataques de las puertas del infierno echan luz sobre la institución que Satanás más odia. De hecho, si leemos las palabras de San Jerónimo, deberíamos concluir que la falta de persecución por parte de Satanás, especialmente hoy en día, sería una prueba concluyente de que la Iglesia no es de Dios: “Sabemos que la Iglesia será castigada por la persecución hasta el fin del mundo, pero no puede ser destruida; será probada, pero no vencida, porque esa es la promesa de un Dios omnipotente cuya palabra es como una ley de la naturaleza.”

Por eso tenemos esta realidad paradójica: como las puertas del infierno están atacando violentamente a la Iglesia, podemos estar seguros que hoy la Iglesia es el único lugar para nosotros. Si no fuera por la promesa de Jesús de que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia, podríamos pensar que es mejor abandonar la Iglesia. Pero la promesa de Nuestro Señor solo se aplica a la Iglesia Católica, que es la única Iglesia que Él estableció — la Iglesia es el único “puerto seguro.” Tal como enfatizó Michael Matt en su reciente video de The Remnant, si abandonamos la fe católica perderíamos esta protección prometida por Nuestro Señor.

Todo esto debiera tranquilizar a los católicos que deciden permanecer en la Iglesia, pero debemos considerar otros dos aspectos para determinar “dónde plantarse” mientras las puertas del infierno intentan prevalecer contra la Iglesia: si debemos ser católicos tradicionalistas; y si los ataques de Satanás a la Iglesia nos imponen ciertas obligaciones específicas.

Primero, debemos reconocer que Satanás no está “atacando” a la Iglesia Conciliar (que Francisco ha apodado convenientemente Iglesia Sinodal). Es más, Satanás utiliza a la Iglesia Conciliar y sus perversiones para hacerle la guerra a la Iglesia Católica. En esta batalla, solo la inmutable fe católica y los católicos tradicionalistas están siendo atacados por los infiltrados. Como tal, debería ser desconcertante para los católicos sinodales encontrar que, si bien Satanás tiene más poder que nunca sobre el mundo y odia a la Iglesia Católica más que a nada en el mundo, sus pastores aplauden la nueva primavera en la que todos los credos (excepto el catolicismo tradicional) son acogidos. Les guste o no, los católicos sinodales están con Francisco, Cupich y el padre James Martin, mientras estos falsos sacerdotes atacan a los católicos tradicionalistas por creer y practicar lo que todos los santos creyeron y practicaron; y por eso Satanás se asegura que las puertas del infierno estén siempre al servicio de la Iglesia Sinodal.

Más aún, Nuestro Señor nos dijo que juzguemos por los frutos, y podemos observar claramente que los frutos del catolicismo tradicional son sencillamente íntegros y genuinamente católicos, mientras que los frutos de la Iglesia Sinodal son asombrosamente pútridos y anticatólicos. Ningún observador sensato puede pensar que la Iglesia Sinodal es la beneficiaria de la promesa de Nuestro Señor, que las puertas del infierno no prevalecerán — es mucho más lógico ver a la Iglesia Sinodal como una parte vital de las puertas del infierno. Por lo tanto, debemos ser “católicos tradicionalistas” sin queremos seguir siendo católicos.

Esta realidad advierte a nuestro análisis la segunda consideración sobre qué actitud adoptar: si la situación nos impone ciertas obligaciones específicas. Claramente, debemos defender el catolicismo tradicional y oponernos a la Iglesia Sinodal y todas sus pompas. Si bien todos podemos desempeñar un papel consistente con nuestro deber de estado, ciertamente los obispos tienen las mayores responsabilidades.

¿Es conveniente que los buenos pastores encuentren escondites cómodos y seguros mientras los lobos devoran el rebaño? ¿No es, acaso, que los pastores tienen la obligación de hacer todo lo posible por ahuyentar a los lobos? Los pastores no se pueden excusar de sus deberes lamentándose porque los lobos son sus compañeros obispos, incluyendo uno vestido de blanco: Nuestro Señor dijo que nos cuidáramos de los lobos con piel de oveja. Si Él hubiera querido decirnos que soportáramos pacientemente a los lobos con piel de oveja, obviamente habría encontrado las palabras para expresar esa idea.

Sobre este punto, debemos considerar los graves daños causados por soportar pacientemente a los lobos a medida que devoran al rebaño. León XIII dejó en claro que nos volvemos cómplices de los enemigos si permanecemos callados: “Estos son nuestros enemigos, cuyo plan es (y ni siquiera lo ocultan, pero lo hablan en el exterior) aniquilar en lo posible, la verdadera religión, la verdadera religión católica. Para lograrlo, no retroceden ante nada; saben bien que la intimidación de las almas buenas simplificarán su objetivo . . . Desistir o guardar silencio frente a tales clamores contra la verdad es debilidad pura o vacilación en la fe. En ambos casos, serían una gran deshonra a Dios. La salvación del alma propia y la de los demás sería puesta en grave peligro, pues tal acción actuaría en favor de los enemigos de la fe, porque no hay nada que avive más la audacia de los malvados que la debilidad de los buenos. . . Permítanme añadir: los cristianos han nacido para luchar.” (del P. A Roussel, Liberalismo y Catolicismo, p. 131).

Por eso tenemos el deber de defender la verdad, lo que significa que debemos defenderla por completo, en la medida de nuestras posibilidades.

También parece apropiado que cada uno de nosotros coopere con la gracia de Dios en la medida de nuestras posibilidades. Si defendiéramos un fuerte atacado por un enemigo que busca torturar y matar las almas inocentes en el interior, indudablemente haríamos todo lo posible por vencer al enemigo. Sabemos que en esta batalla espiritual somos fuertes en proporción a nuestra determinación por hacer la voluntad de Dios como santos. Tal como leemos de San Pablo al comenzar el Adviento, debemos ponernos las armas de la luz:

La noche está avanzada, y el día está cerca; desechemos por tanto las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de luz. Andemos como de día, honestamente, no en banquetes y borracheras, no en lechos y lascivias, no en contiendas y rivalidades; antes bien, vestíos del Señor Jesucristo.” (Romanos 13: 12-14)

Si deseamos defender valientemente frente las puertas del infierno, debemos actuar como si realmente creyéramos lo que Jesús y sus santos enseñaron. Esto significa que debemos esforzarnos por llevar una vida santa.

¿Dónde nos paramos cuando las puertas del infierno parecen próximas a prevalecer contra la Iglesia? Si nos definimos como católicos tradicionales decididos a hacer todo lo posible por defender el Cuerpo Místico de Cristo, Satanás nos odiará. Pero si nos definimos así, podemos tener la confianza absoluta de que Dios jamás nos abandonará y que estaremos entre aquellos que Él utiliza para defender a Su Iglesia de los violentos ataques por parte de las puertas del infierno. 

¡Que la Santísima Virgen María nos ayude siempre a luchar como verdaderos cristianos! ¡Inmaculado corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison

Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original:

viernes, 9 de diciembre de 2022

El callejón sin salida del conservadurismo



1. ¿Es idéntico pensar y actuar como conservador y pensar y actuar como católico? ¿Son iguales los enfoques conservador y tradicional? ¿Qué distingue al conservador de los amantes de los principios perennes? ¿Es la conservación, como tal, un criterio en sí mismo, o se juzga la conservación por su objeto? Estas son sólo algunas de las preguntas que surgen cuando se trata de salirse del entramado de un lenguaje aproximado y evitar malentendidos y errores fatales tanto para el conocimiento como para la acción.

Este es un problema que se ha presentado muchas veces, a partir de los cambios de época que han visto las grandes transformaciones impuestas por las revoluciones modernas, y particularmente frente a los resultados de la Revolución Francesa. La pregunta surgió instantáneamente, no en sus términos formales, sino en su esencia, después de la derrota de Napoleón en Waterloo y la Restauración posterior. La pregunta que surge (y que con frecuencia se vuelve a plantear) podría formularse en estos términos: cuando la revolución se encuentra en dificultades o detenida, ¿qué camino tomar para superarla no sólo en sus efectos, sino también en sus causas? En consecuencia, ¿qué pensar y cómo hacer para sanar lo que ha sido alterado por la fuerza?

El Congreso de Viena eligió el camino de la conservación más que el de la tradición. La Restauración, en efecto, mantuvo gran parte del orden napoleónico, mantuvo a las clases dominantes civiles y militares instaladas por los regímenes pro-franceses en las filas ya ocupadas, hizo suyos muchos cambios territoriales impuestos por el expansionismo revolucionario. Así se comportaban generalmente los reyes, una vez que regresaban a sus respectivos tronos. La “política de la amalgama”, emprendida por el ministro Medici, y refrendada por Fernando I, en el Reino de las dos Sicilias, constituye, a su manera, un caso ejemplar. El deseo de conservar lo ya existente hizo que el retorno al orden anterior fuera, en gran medida, sólo aparente, y sentó las bases para posteriores reveses.

Este diseño fue (diversamente) criticado por autores como el Príncipe de Canosa, Antonio Capece Minutolo, el Conde Monaldo Leopardi, el Conde Clemente Solaro della Margarita. Probaron de nuevo el modelo, mostraron sus errores, señalaron la raíz de sus fracasos. Manteniendo el pasado cercano (absolutista o napoleónico), no se volvió a la tradición, sino que se consolidó la revolución -en sus resultados y en sus hombres- y se sentaron las premisas para la reanudación del fermento revolucionario y para el debilitamiento de la fuerza política. estructuras, que afirmó querer proteger.

2. Si nos detenemos a considerar la tipología de la actitud conservadora, nos damos cuenta, ya a primera vista, de que tiende a considerar un hecho como un valor. Inclinarse, es decir, a preferir lo existente como existente (apreciado y defendido) y por tanto un cierto poder, como efectivo. Entre los que se jactan de la legalidad (entendida positivamente) y los que plantean el problema de la legitimidad, la mensconservador expresa una armonía con el primero, en lugar de tomar en consideración el dilema planteado por el segundo. Del mismo modo, entre el orden existente y la necesidad de justicia, el conservadurismo (generalmente) se adapta al primero, en lugar de tomar partido por el segundo. Como podría representar el diálogo de Sófocles entre Creonte y Antígona: después de todo, el tirano, llamando a la observancia de sus preceptos ("edictos humanos") invoca la conservación de una estructura normativa, mientras que Antígona la impugna apelando a una normatividad superior (las "leyes divinas"), es decir, a principios que trascienden y juzgan todo poder.

La fenomenología del conservadurismo se manifiesta en una serie de actos y tesis, que establecen unos rasgos recurrentes y unos desembarcos reveladores. Es típico del conservador adoptar como criterio el "rendir para no perder", excepto para comprobar más tarde, contra su voluntad, que el ceder mismo era el requisito previo para la derrota (a pesar de cualquier intención en contrario). Además, el conservadurismo (muchas veces) toma la forma de la opción por el “mal menor”, ​​por lo que a pesar de cualquier intención diferente, termina aceptando y consolidando el mal, en lugar de reemplazarlo por el bien (deseado). Por otra parte, el conservador parece estar hipotecado por el miedo a la inestabilidad, la anarquía o el caos, hasta el punto de considerar preferible un arreglo institucional considerado (en su conjunto) injusto a su eventual impugnación.

El trasfondo de estos marcos (teórico-prácticos) - implícita o explícitamente - es una especie de "debilidad espiritual", que pone entre paréntesis las grandes cuestiones de principio. Sobre esta premisa, se admite que "los enemigos de ayer son los aliados de hoy", y se teoriza que las instituciones nacidas de la Revolución (Francesa) y sus consecuencias, en el proceso del que forma parte, deben ser ellas mismas preservadas, ser plenamente vinculantes o son apreciables en sí mismos.

Esta actitud presupone (más o menos conscientemente) la convicción de la irreversibilidad de la historia, o más bien de su camino unívoco y horizontal. Por lo tanto, solo se podría registrar el movimiento "hacia adelante" o "hacia atrás" (no "arriba" o "abajo"). El tiempo mismo, en su sucesión, pasa a ser asumido como vehículo de aumento cualitativo. De modo que, después de una transformación revolucionaria, cualquier "retorno al orden" sería imposible (operacionalmente) o imposible (teóricamente). Habría, pues, que limitarse a evitar los excesos de la praxis revolucionaria, exigiendo como máximo el respeto a ciertos "valores" (como tales, inevitablemente abstractos).

3. Si se busca la esencia del conservadurismo, considerado en sí mismo, no es difícil ver en él una categoría de liberalismo. Como tal, constituye una ideología, y no se confunde con el espíritu natural de conservación de la propiedad (y de todo lo que de ella participa). Propiamente, es decir, es un punto de vista absolutizado, no la responsabilidad de la mayordomía o la tendencia racional a perseverar en lo que se conoce como válido.

En el marco del liberalismo, el conservadurismo pretende sustraer algo del campo de la opinión. Frente al convencionalismo liberal, el conservador tiene como objetivo "proteger" algunos bienes de la posibilidad de aniquilamiento (por vía normativa, administrativa o judicial). Pretende estabilizar las inevitables fluctuaciones del sistema, sustentando un ancla (en cierto sentido, inquebrantable). De este modo, sin embargo, cae en una aporía fatal: por un lado, acepta la primacía de la opinión, y por otro la excluye; o viceversa, bajo un aspecto defiende unos bienes como independientes de toda voluntad, y bajo otro acepta la institucionalización de la primacía de la libertad (como criterio de sí misma).

Tipificando la experiencia histórica, se puede observar que el conservadurismo constituye la sustancia de la Revolución en su fase napoleónica. En efecto, una vez en el poder, la Revolución apela a la preservación (de sí misma), a consolidar lo adquirido, a estabilizar las estructuras que ha producido y a evitar nuevos sobresaltos. En efecto, precisamente al intuir el peligro de sucumbir (ante la inevitable reacción), la revolución victoriosa se presenta como portadora del orden y de la paz, evidentemente del orden producido por la revolución. Ofrece a los antiguos adversarios la posibilidad de una convivencia no conflictiva, pero en sus propios términos y dentro del ámbito de sus propias normas.

En última instancia, el conservadurismo corresponde a la pretensión de cristalizar el proceso revolucionario en una determinada fase, ignorando o descuidando su dinámica intrínseca. Visto más de cerca, toma la forma de unirse al lado perdedor de la revolución misma, es decir, al anterior y "superado" por su posterior radicalización. En su mayor parte, adopta el liberalismo cristalizado en su versión menos consecuente con las premisas, abrumado (históricamente) por su desarrollo en democratismo y libertarismo. Con esto, el conservadurismo asume que puede encontrar una mediación entre la primacía del ser y la primacía del devenir. Pero esta mediación, aunque imposible desde el punto de vista teórico, parece tanto más ilusoria desde el punto de vista operativo. En esta imagen,

El conservador, por lo tanto, termina apuntando a perpetuar un orden particular, sin trascenderlo objetivamente. Lo defiende a fondo sin evaluarlo hasta el final. Su orientación epistémica, más que realista, es empirista.

En resumen, el conservadurismo se revela como el "camino muerto" en el que se agota la reacción a la subversión programática, o el "callejón sin salida" que (objetivamente) neutraliza la oposición a las transformaciones revolucionarias. Más que la premisa, constituye el "malentendido capital" con respecto a la contrarrevolución (tanto desde el punto de vista intelectual como operativo). A fortiori, el conservadurismo es (objetivamente y más allá de las intenciones) la "falsificación radical" de la tradición (entendida en su sentido axiológico).

4. Un análisis conciso revela que el enfoque conservador es inconfundible con el fundamento (del juicio y de la acción) en la tradición. Esto requiere una evaluación a partir de la cual distinguir lo accidental y lo esencial, lo transitorio y lo precioso, lo repetitivo y lo tradicional. Donde el segundo término es el criterio del primero, y no al revés. De modo que el primero debe ser objeto de un discernimiento selectivo, y viene a revelarse (por sí mismo) sólo el simulacro del segundo.


Pensar la tradición significa acomodarse a la primacía del ser, de la contemplación y de la finalidad, por tanto con la primacía de la inteligencia, la verdad y la bondad. Al mismo tiempo, presupone el escrutinio de la experiencia y la prioridad noética del "sentido común", es decir, de la aprehensión primaria de la realidad (en sus diversos aspectos) y de la naturaleza de las cosas.

La tradición auténtica (en cualquier ámbito, desde el político al jurídico, desde el artístico al literario) entrega lo que es válido, lo que perdura, lo que permanece, no lo que prevalece, lo que fue o lo que pasa. En la medida en que mantiene lo permanente en lo transitorio, lo más alto en lo más común.

Se entiende, por tanto, que la tradición no consiste en la imitación de lo ya acontecido, ni en la hipostasiación del pasado. Más bien, se sustancia en la capacidad de atesorar el legado de verdad y bienes, de adquisiciones y perfecciones. Por tanto, más que un ansiado residuo (según una precedencia horizontal) constituye una fundada prenda de esperanza (por su elevación vertical).

Giovanni Turco - Fuente

martes, 23 de agosto de 2022

Elogio del «indietrismo» (Monseñor Héctor Aguer)



Filosofía espiritual del “indietrismo”

Los términos “indietrismo” e “indietrista” ya ocupan un lugar en el lenguaje eclesiástico, en el más alto nivel. Obviamente, se los ha acuñado y se los emplea según una interpretación peyorativa, y aún despectiva. No habría vicio peor en la Iglesia que esa presunta rémora al cambio y al progreso. Yo, en cambio, los comprendo atribuyéndole un sentido elogioso. El italianismo puede expresarse en un castizo axioma italiano: Per andare avanti bisogna prima tornare indietro. ¿Cómo se explica esta paradoja? ¡Para avanzar es preciso retroceder! Refiriéndonos a la marcha de la Iglesia, se puede decir: al verdadero progreso (un progreso no progresista), el católico se dirige hundiendo sus raíces en la gran Tradición eclesial. Los “indietristas” van acompañados en la vituperación por los “restauracionistas”. El equívoco consiste en que no es menester restaurar la Tradición, que ella es siempre vital y actual; no es una pieza de museo. Restaurar significa reconocerla, otorgarle el valor que la caracteriza como totalidad, rechazando las pretensiones progresistas.

Tornare indietro no equivale a retroceder hacia el refugio de un pasado mítico, sino a encaminarse esperanzadamente a un futuro que no es una gnosis progresista, sino que se enfila homogéneamente en la línea de la gran Tradición. Ésta, siempre actual, utiliza un lenguaje renovado (habla nove) pero no introduce la heterogeneidad de cosas nuevas (nova). La distinción procede del siglo V; su autor es San Vicente de Lerins, un monje galo-romano, obispo y Padre de la Iglesia. Su fórmula reza, en buen latín, que la enseñanza, la liturgia, las instituciones eclesiales, se desarrollan in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia. Eodem es la mismidad. La heterogeneidad, la intromisión en la vida eclesial y en su marcha de la cultura secular, o los inventos que mentes eclesiásticas calenturientas pretendan transmitir al futuro constituyen el error, la herejía. En aquellos términos del Lerinense, o en otros sinónimos se ha expresado siempre la ortodoxia de la Gran Iglesia, la Katholiké, repudiando toda división (hairesis), toda herejía. Es oportuno, al modo de una rápida digresión, reconocer que se llama ortodoxia no sólo a la rectitud (ortós) doctrinal, sino también al verdadero culto, a la adoración, la Gloria de Dios. Dóxa, en el Nuevo Testamento es la Gloria, que cantaron los pastores y los ángeles en Belén ante el asombroso Misterio de la Encarnación.

En los años ’50 del siglo pasado, más o menos, el dominico Marín Sola proponía “la evolución homogénea del dogma católico”, y en 2007, Benedicto XVI, en su motu proprio Summorum Pontificum, ponía en legítima circulación la Misa de siempre, que nunca había sido abolida. Estos datos explican el auténtico sentido del “indietrismo”. Entre paréntesis, cabe pensar que el motu proprio Traditiones custodes se opone a la unánime Tradición de la Iglesia, y descarta las decisiones de los papas San Juan Pablo II, y Benedicto XVI. Muchísimos obispos no lo toman en cuenta, y a modo de un indulto permiten a sacerdotes y fieles celebrar con el Misal aprobado, en 1962, por Juan XXIII.

Desde hace una década, el clima se ha enrarecido en la Iglesia. Con el pretexto de afirmar el valor y vigencia del Concilio, que algunos inquietos impugnan, se difunde el contrabando, la mercadería falsa del posconcilio, que es la deformación del Vaticano II. No viene al caso –quiero decir que es ajeno a mi propósito en estas líneas- discutir si en efecto Concilio y posconcilio difieren, y en qué medida. Los historiadores, dentro de un siglo por lo menos –recién ha transcurrido poco más de medio siglo desde 1965, año en que se clausuró aquella gran asamblea-, estudiarán con la perspectiva y objetividad que el tiempo concede el Concilio de los papas Juan y Pablo; y establecerán si fue una jornada gloriosa de la Iglesia, o una auténtica calamidad, al igual que otras que se padecieron en el pasado. Aunque diversos grupos discuten ya sobre este problema, conviene recordar que Benedicto XVI ha señalado que el Concilio son los 16 documentos promulgados, votados por una mayoría que en algunos casos se acercaba a la unanimidad. Asimismo, habría que evocar los dichos del papa Montini: “Nosotros esperábamos una floreciente primavera, y sobrevino un crudo invierno”; “por alguna rendija el humo de Satanás se introdujo en la Casa de Dios”. La Iglesia es un Misterio; está integrada por santos y pecadores. Si subsiste siempre siendo ella misma, es por la presencia de Jesús –que Él nos ha asegurado- y la unión de los miembros santos con Él, los santos del Cielo y los que, en la secreta hondura de Ella, viven en la Tierra. Así ha afrontado los más tormentosos avatares.

Lo que vengo escribiendo parece un largo proemio; espero con él haber dado razón de la existencia del “indietrismo” y los “indietristas”, que lejos de desaparecer serán siempre más, porque la mayoría de ellos son jóvenes que atraerán a otros jóvenes. El “indietro” asegura el “avanti”. Es un juego desconcertante de la Providencia de Dios.

La fisonomía espiritual del “indietrista” tiene idealmente por base la fe en la unicidad e identidad de la Iglesia, y el amor a ella, a pesar de las apariencias contrarias que exhibe el progresismo. Como se ha dicho, Cristo y los santos del Cielo y de la Tierra, unidos a Él constituyen la Iglesia. Según el Misterio de la Encarnación y su lógica en la que cabe la infirmitas Christi, la Iglesia que como dijo Pascal es “Cristo extendido y perpetuado”, soporta inviernos y noches, la historia lo muestra. Esta realidad –las limitaciones- no pueden conmover la fe de un “indietrista”, ni recluirlo en la amargura de una crítica resentida, despiadada. Al contrario, la consideración de aquellas lo impulsan a amarla con dolor penitencial, y a orar por todos sus miembros. La súplica tendrá por objeto la deseada Luz de la Verdad, y la superación de las circunstancias negativas, con la conversión de los responsables de las aflicciones. De un modo particular, ha de rezar por los pastores del Pueblo de Dios, para que lo apacienten con caridad según la voluntad del Señor. La mirada de la Fe se posa en el Resucitado, y lo contempla en medio de los siete candelabros de oro, como Señor de la Iglesia (cf. Ap 1, 12ss.). La humildad y la caridad –suelo y cima- sostienen esa mirada propia de la Fe.

Dos dimensiones que expresan la rectitud de la Fe o bien su caída en el relativismo son la Liturgia y la cultura cristiana. El Culto Divino está desviado en el culto del hombre; la banalización y la degradación de la Liturgia son prácticamente universales. Me detengo en unos pocos ejemplos que muestran el extremo al que se puede llegar. Dos hechos se registraron en este rincón sureño que es la Argentina: un obispo celebrando misa en la playa, sin ornamentos, salvo la estola sobre su hábito playero y un mate en lugar del Cáliz; y un sacerdote celebrando disfrazado de payaso. Para muestra basta un botón, reza el refrán, aunque la pérdida de exactitud, solemnidad y belleza son generales. En Italia un caso recentísimo: un párroco ofició el Santo Sacrificio en el mar, en una colchoneta inflable, con jóvenes feligreses en traje de baño, que asistían desde la costa. Parece que su obispo se limitó a reprenderlo, pero la Fiscalía local abrió una investigación de oficio por el delito de “ofensa a la Religión”, penada por la legislación italiana. Se dirá que son casos insólitos, pero ¿hubieran ocurrido 50 o 60 años atrás? Además, se destacan en medio de una banalización general: la Liturgia exige que quien asiste se sienta bien, y pase un buen rato.

La Fe es el fundamento de una cultura cristiana, una visión del mundo y del hombre –Weltanschauung, dicen los alemanes- En el proceso de evangelización se recrea de continuo lo que lleva el sello del cristianismo, y que implica un juicio sobre los valores y antivalores vigentes en la sociedad que recibe el Evangelio, para resolver acerca de su compatibilidad y para purificarla de los errores y defectos que contenga. Actualmente la autoridad de la Iglesia se acusa de imponer una cultura ajena al pueblo evangelizado, y pide perdón por ello. Este es el momento de observar que la Fe llega en el “envase” de una cultura: las verdades de la Fe están formuladas según la síntesis del pensamiento judío y la metafísica griega, desposorio que ya había comenzado en el período del Antiguo Testamento, como lo demuestra la traducción de los LXX, que vertió en la lengua griega la Torá, los Nebiyim, y los Ketuvim, de Israel. El Señor encomendó a los Apóstoles hacer discípulos (mathēteusate, Mt 28, 19) en todos los pueblos (panta ta ethnē, Mt 28, 19). La enseñanza y el Bautismo van constituyendo una manera de pensar, sentir y obrar; no se trata de una ideología ni de una gnosis, como lo son los “nuevos paradigmas” preconizados por el progresismo. No toda cultura ancestral es compatible con la novedad de la Fe y la vida cristiana; la inculturación del cristianismo transmite una Tradición que purifica los valores vigentes y asume lo mejor de ellos sin que aquella tradición sea menoscabada o alterada.

Me detengo ahora en dos cuestiones finales que preocupan a los “indietristas” y los afligen a causa de las más recientes posiciones de Roma. La primera es el relativismo en la expresión de la doctrina y la casuística laxista que pretende revisar las posiciones tradicionales en materia de Teología Moral. El caso más notorio es el propósito de cambiar la prohibición de la anticoncepción artificial, decidida por Pablo VI en la encíclica Humanae vitae (1968). El nombramiento de Mons. Vincenzo Paglia al frente del organismo correspondiente (Pontificia Academia para la Vida) es una movida inicial en la dirección predicha. Ahora se agita la cuestión de la infalibilidad de la que no goza el texto del Papa Montini. Es verdad que el Pontífice no declaró hacer uso de esa prerrogativa, pero el contexto indica la voluntad de establecer una doctrina definitiva ante una opinión contraria a la Tradición que se había difundido bajo el viento del “espíritu del Concilio”. Es doloroso recordar que la posición errónea sostenida en la cultura contemporánea había penetrado en la Iglesia; varias Conferencias Episcopales se declararon contra la Humanae vitae. Ahora Roma pareciera querer sumarse al error contra el Orden Natural, hacia lo cual apunta el nombramiento del obispo Paglia. Lo que corresponde –lo digo modestamente, y con todo respeto- es que el Sumo Pontífice ratifique la enseñanza de su predecesor, pues se trata de una cuestión indiscutible.

El otro tema es la afirmación de la Verdad y la unicidad de la Religión Católica como la única verdadera Religión. Muchos comentarios al Concilio Vaticano II han apuntado a una interpretación relativista del diálogo interreligioso. Próximamente se realizará una reunión de líderes religiosos de todo el mundo; el Papa ha sido invitado, y participará de ella. ¿Qué mensaje puede transmitir esa reunión cumbre, sino que todas las religiones son igualmente válidas? En la senda del Vaticano II habría que aclarar que aunque las diversas religiones contengan algunos valores, la Católica es la única verdadera querida por Dios. Puede afirmarse esta doctrina tradicional sin ofender a nadie. También en este caso el “indietrismo” recupera una afirmación que era indiscutible 60 años atrás. Ese tornare indietro asegura el futuro del catolicismo, ¡siempre avanti!

+ Héctor Aguer

Arzobispo Emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, lunes 22 de agosto de 2022.

Memoria de la Santísima Virgen María Reina.-

miércoles, 10 de agosto de 2022

Una crítica doctrinal de Desiderio desideravi: La primacía de la adoración



Introducción del editor: Damos inicio a la publicación, en cinco artículos sucesivos, de un importante estudio de José Antonio Ureta sobre los fundamentos teológicos sobre los que se apoya la reciente exhortación apostólica Desiderio Desideravi. 

El autor argumenta que estos fundamentos difieren manifiestamente de los de la encíclica Mediator Dei de Pío XII en la medida en que ponen todos los acentos precisamente en las peligrosas inclinaciones del Movimiento Litúrgico tardío contra las cuales el último Papa preconciliar quiso advertir a los fieles.

La primacía de la adoración

José Antonio Ureta

Necesidad de un examen meticuloso

En los medios tradicionalistas, los comentarios a la exhortación apostólica Desiderio desideravi se han limitado hasta el presente a lamentar la reiteración de la tesis de que la misa de Pablo VI es la única forma de Rito Romano y a negar que el nuevo Ordinario de la Misa sea una traducción fiel de los deseos de reforma expresados por los Padres conciliares en la constitución Sacrosantum Concilium.

No me ha llegado a las manos (o, más bien, a la pantalla del computador) ninguna crítica teológica de los principios desarrollados por el papa Francisco en su meditación sobre la liturgia. Veo inclusive con preocupación que algunos artículos, al mismo tiempo que condenan los dos defectos de Desiderio desideravi arriba mencionados, dan a entender que si sus principios y algunos comentarios del Papa fuesen puestos en práctica en las parroquias, el resultado sería positivo.

«De hecho, buena parte de los consejos del papa Francisco para la liturgia se podría entender como una convocatoria general a la tradición en la liturgia», escribe un destacado líder tradicionalista, que tras citar algunos fragmentos de la exhortación sobre la riqueza del lenguaje simbólico, agrega: «Si los ceremonieros de las diócesis se tomasen a pecho estas afirmaciones, observaríamos por todo el mundo una transformación de la liturgia de vuelta a la tradición»[1]. 

Los sacerdotes birritualistas de la diócesis de Versalles que animan el portal Padreblog afirman, por su parte, que «bastantes elementos de la carta tienen en común que ni son propios ni figuran en el Misal de 1962 ni en el de 1970», para concluir que «lo mejor del Misal de San Pío V encontrará de modo natural su lugar en la profundización litúrgica que pide el Santo Padre»[2]. El capellán de la misa tradicional a la que asisto regularmente (perteneciente a una comunidad Ecclesia Dei) parece ser de la misma opinión, pues sugirió al fin de un sermón reciente superar el desagrado que produce el párrafo 31 de Desiderio desideravi y aprovechar las vacaciones del verano europeo para nutrirse espiritualmente con la lectura del documento papal.

Temiendo que esa actitud benevolente se difunda en los medios tradicionalistas, pretendo mostrar en los párrafos que siguen los desvíos doctrinales que, en mi modesta opinión, salpican las meditaciones del Papa Francisco sobre la liturgia, desvíos que resultan de la nueva orientación teológica asumida por la constitución Sacrosantum Concilium del Concilio Vaticano II. 

Lo haré comparando la visión de la liturgia que enseña el último documento preconciliar sobre el tema, o sea, la encíclica Mediator Dei de Pio XII con aquella que emerge de Desiderio desideravi. La conclusión será que esta última merece, por lo menos, la crítica que hacía el cardenal Giovanni Colombo a la Gaudium et Spes, a saber, que «todas las palabras son apropiadas; lo que falla son los acentos»[3]. Infelizmente, tras leer el texto reciente del Papa los lectores se quedan más con los acentos errados que con las palabras apropiadas…
La comparación entre la visión de Pio XII y la de Francisco versará sobre cuatro puntos específicos: la finalidad del culto litúrgico, el misterio pascual como centro de la celebración, el carácter memorial de la Santa Misa y, por último, la presidencia de la asamblea litúrgica.
Finalidad del culto litúrgico

Mediator Dei[4] deja sentado con una claridad meridiana que el culto católico tiene dos finalidades principales que se entrecruzan y se apoyan mutuamente: la gloria de Dios y la santificación de las almas. Pero, evidentemente, la primacía le corresponde al homenaje rendido al Creador.

Después de explicar que «el deber fundamental del hombre es, sin duda ninguna, el de orientar hacia Dios su persona y su propia vida» (n° 18), reconociendo su majestad suprema y dándole «mediante la virtud de la religión, el debido culto» (n° 19), Pío XII recuerda que la Iglesia lo hace continuando la función sacerdotal de Jesucristo (n° 5) y concluye con la siguiente definición: «La sagrada liturgia es, por consiguiente, el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador y, por medio de Él, al Eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros» (n° 29).

Inclusive el fin subsidiario (y, de hecho, primario desde otro punto de vista) de santificar las almas tiene como fin último la gloria de Dios: «Tal es la esencia y la razón de ser de la sagrada liturgia; ella se refiere al sacrificio, a los sacramentos y a las alabanzas de Dios, e igualmente a la unión de nuestras almas con Cristo y a su santificación por medio del divino Redentor, para que sea honrado Cristo, y en Él y por Él toda la Santísima Trinidad: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo» (n° 215).

Por influencia de los teólogos del llamado Movimiento Litúrgico, cuyas ideas fueron recogidas en Sacrosanctum Concilium, esa relación entre glorificación de Dios y santificación de las almas en la liturgia quedó invertida. Lo explica de modo muy pedagógico el teólogo jesuita P. Juan Manuel Martín Moreno en sus Apuntes de Liturgia[5] para el curso que impartió en la Pontificia Universidad de Comillas (de la Compañía de Jesús) en los años 2003-2004:

«Siempre se ha reconocido una doble dimensión al acto litúrgico. Por una parte tiene como objetivo la glorificación de Dios (dimensión ascensional o anabática) y por otra la salvación y santificación de los hombres (dimensión descensional o catabática). (…)

»La teología litúrgica anterior al Vaticano II partía del concepto de culto concebido anabáticamente. La liturgia era primariamente la glorificación de Dios, el cumplimiento de la obligación que la Iglesia tiene como sociedad perfecta de rendir culto público a Dios, para atraerse de ese modo sus bendiciones.

»En cambio para el Vaticano II prima la dimensión descendente. La Trinidad divina se manifiesta en la Encarnación y en la Pascua de Cristo. El Padre entregando a su Hijo al mundo en la Encarnación, y su Espíritu en la plenitud de la Pascua, nos comunica su comunión trinitaria como un don. Este doble don de la Palabra y el Espíritu se nos da en el servicio litúrgico para nuestra liberación y santificación. (…)

»La concepción anabática de la liturgia se centraba en el servicio del hombre a Dios, mientras que la concepción catabática se fija en el servicio ofrecido por Dios al hombre. La crítica del culto, entendida como servicio del hombre a Dios, se basa en el hecho de que efectivamente Dios no necesita esos servicios del hombre. (…)

»Si la liturgia fuese básicamente culto, sería superflua. Pero si la liturgia es el modo como el hombre puede entrar en posesión de la salvación de Dios, el modo como la acción salvífica se hace realmente presente aquí y ahora para el hombre, es claro que el hombre sigue necesitando la liturgia»[6].

De hecho, la dimensión catabática tiene también la finalidad anabática de conducir los hombres a Dios y hacer que lo glorifiquen. Pero, en Desiderio desideravi[7], el papa Francisco enfatiza casi exclusivamente esta concepción primordialmente catabática de la liturgia y deja en la sombra la glorificación de Dios, que para Pío XII es su elemento primordial.

Su meditación comienza con las palabras iniciales del relato de la Última Cena – «ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros»– subrayando que ellas nos dan «la asombrosa posibilidad de vislumbrar la profundidad del amor de las Personas de la Santísima Trinidad hacia nosotros» (n° 2). «El mundo no lo sabe, pero todos están invitados al banquete de bodas del Cordero (Ap 19, 9)» (n° 5), agrega el pontífice. Sin embargo, «antes de nuestra respuesta a su invitación –mucho antes– está su deseo de nosotros: puede que ni siquiera seamos conscientes de ello, pero cada vez que vamos a Misa, el motivo principal es porque nos atrae el deseo que Él tiene de nosotros» (n° 6). La liturgia, entonces, es ante todo el lugar del encuentro con Cristo, porque ella «nos garantiza la posibilidad de tal encuentro» (n° 11).

El sentido catabático y descendiente de la liturgia –entrar en posesión de la salvación– está muy bien resaltado. Pero fue enteramente omitido el hecho, destacado por Pío XII en el texto ya citado, de que la primera función sacerdotal de Cristo es rendir culto al Padre Eterno en unión con su Cuerpo Místico.

Esa unilateralidad se refuerza en otro párrafo que trata específicamente del aspecto anabático ascendiente, o sea, de la glorificación de la divinidad por los fieles reunidos. Dicho texto insinúa que la gloria de Dios es secundaria, en cuanto no agrega nada a la que Él ya posee en el Cielo, mientras lo que realmente vale es su presencia en la tierra y la transformación espiritual que ella produce: «La Liturgia da gloria a Dios no porque podamos añadir algo a la belleza de la luz inaccesible en la que Él habita (cfr. 1 Tim 6,16) o a la perfección del canto angélico, que resuena eternamente en las moradas celestiales. La Liturgia da gloria a Dios porque nos permite, aquí en la tierra, ver a Dios en la celebración de los misterios y, al verlo, revivir por su Pascua: nosotros, que estábamos muertos por los pecados, hemos revivido por la gracia con Cristo (cfr. Ef 2,5), somos la gloria de Dios» (n° 43).

Las palabras son apropiadas, porque es verdad que el hombre agrega a Dios una gloria apenas “accidental”, pero fue Dios mismo el que quiso recibirla de él al crearlo. Pero los acentos, por su unilateralidad, conducen los fieles a una posición errónea, que fácilmente degenera en el culto del becerro de oro, o sea, «en una fiesta que la comunidad se ofrece a sí misma, y en la que se confirma a sí misma», actitud denunciada en su tiempo por el entonces cardenal Joseph Ratzinger [8].

NOTAS:




[4] Las citas de la encíclica y su numeración corresponden a la versión publicada en el sitio internet de la Santa Sede: https://www.vatican.va/content/pius-xii/es/encyclicals/documents/hf_p-xii_enc_20111947_mediator-dei.html.


[6] Op. cit., p. 47-48.

[7] Las citas de la exhortación apostólica y la numeración corresponden a la versión publicada en el sitio internet de la Santa Sede:


[8] Joseph Ratzinger, El Espíritu de la liturgia: una introducción, Eds. Cristiandad, Madrid, 2001, p. 43.