BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



Mostrando entradas con la etiqueta Juventud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juventud. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de mayo de 2026

La fe en los jóvenes (Bruno Moreno)

 INFOCATÓLICA




Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

Por supuesto, sobrenaturalmente hablando y en sentido estricto, solo Dios es digno de fe y no se puede tener fe en ninguna criatura. Incluso si tomamos fe en sentido amplio de confianza, sin embargo, la frasecita sigue chirriando, por la sencilla razón de que existe el pecado original, quizá el dogma más evidente de la Iglesia y extrañamente uno de los menos creídos hoy.

Como sabemos por la doctrina católica y por la experiencia, los jóvenes sufren los efectos del pecado original igual que los viejos, los bebés, los cuarentones y los matusalenes que han pasado ya el siglo. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como enseña San Pablo. No hay nada que haga a la juventud más digna de confianza que cualquier otra etapa de la vida, especialmente en estos tiempos, en los que los jóvenes son a menudo adolescentes perpetuos. La juventud, igual que la ancianidad, la adolescencia, la mediana edad o la niñez, está herida por el pecado original y necesita ser redimida por Cristo.

En ese sentido, tener fe en los jóvenes es una afirmación tan vacía como tenerla en los ancianos, en los malagueños o en los pelirrojos. Peino canas, pero también cuando era joven me molestaban ese tipo de frases, porque me parecía obvio que o bien no tenían contenido real más allá de la retórica o bien eran un disparate. Maldito quien confía en un hombre, dice el profeta. Sea ese hombre viejo, joven o de la edad que sea, podríamos añadir.

Con el tiempo, he ido intuyendo que el fundamento de esas afirmaciones sobre los jóvenes no es racional. Son, más bien, una manifestación de segunda mano de la efebolatría o idolatría de la juventud propia de nuestra época. Al haber apostatado de la fe, el mundo ha perdido también la esperanza de la vida eterna. Abandonado a su suerte, vive aherrojado por el miedo a la muerte y no le queda otro recurso que añorar, imitar y envidiar la pasajera juventud, en la que parece que uno no se va a morir nunca.

Por eso, cuando se dice que la juventud es el futuro, que hay que tener fe en la juventud, que los jóvenes son la esperanza de la Iglesia, que es la hora de los jóvenes y cosas similares, aunque sea con la mejor intención, me parece estar oyendo al mundo moderno gritar: “que nadie me hable de la muerte, que no se mencione siquiera en mi presencia. Dejadme en mi ilusión de que la vida en este mundo no se acaba, aunque sepa en mis huesos que no es cierto y tiemble al pasar frente al camposanto”.

Quizás esté exagerando, pero no mucho.

BRUNO MORENO

miércoles, 14 de abril de 2021

El sacerdote y autor jesuita estadounidense Thomas Reese ha pedido en un artículo publicado en Religion News que se prohíba a niños y jóvenes, al menos, la asistencia a Misas según la llamada ‘forma extraordinaria’. (Carlos Esteban)



Reese, autor y comentarista entusiasta de la ‘renovación’ e influyente en la opinión católica de Estados Unidos, no quiere más Misas tridentinas. En su opinión, solo se toleraron en el entendimiento de que irían desapareciendo poco a poco, a medida que los ancianos nostálgicos del viejo rito fuera muriendo o ‘entrando en razón’.

Escribe Reese: “Tras las reformas paulinas de la liturgia, se suponía que la Misa “Tridentina”, en latín, iría desapareciendo. Se dio a los obispos la facultad de suprimirlas en sus diócesis, pero algunas personas se aferraron a la vieja liturgia hasta el extremo del cismas”.

“Benedicto retiró a los obispos su autoridad y ordenó que cualquier sacerdote pudiera celebrar Misa tridentina cada vez que le diese la gana”.

“Es hora de devolver a los obispos la autoridad sobre la liturgia tridentina en sus diócesis. La Iglesia tiene que dejar claro que quiere que la liturgia previa a la reforma desaparezca y que solo la tolerará por amabilidad pastoral hacia los mayores que no comprendan la necesidad de cambiar. No se debería permitir a niños y jóvenes asistir a tales Misas”.

Reese suele identificarse como un teólogo “liberal”, lo que se advierte en su predisposición a prohibir. El teólogo, por lo demás, tiene 75 años, es decir, podría estar en ese grupo de nostálgicos de los que habla. Y realmente se podría sospechar que actúa por nostalgia, nostalgia de ese ‘espíritu del concilio’ durante el cual se daba por descontado que cada párroco podría ‘experimentar’ con la liturgia, usando su templo como laboratorio de la propia ‘creatividad’ y a sus feligreses como conejillos de Indias.

Carlos Esteban

domingo, 30 de agosto de 2020

UN JOVEN DE DIECISÉIS AÑOS ESCRIBE A MONSEÑOR VIGANÒ. LA CARTA Y LA RESPUESTA.


Monseñor Viganò

Estimado lector de Stilum curiae: Mons. Carlo Maria Viganò nos envió una breve y conmovedora carta de un chico de dieciséis años que vive en Italia, en la provincia de Milán. La carta, de la que hemos visto una fotografía, está escrita a mano. A continuación tienes el texto y su respuesta. Disfrutad de la lectura. 

Marco Tosatti

§§§


Julio de 2020

Reverendísima Excelencia,


Mi nombre es M. Vivo en la provincia y diócesis de Milán. Nací en 2004.

Es un honor para mí conocerlo, aunque sea por correspondencia. Escribo esta carta en primer lugar para felicitarles y animarles a seguir "haciendo oír su voz" para ayudarnos a comprender el verdadero espíritu católico, con su doctrina íntegra.

Quizás usted, querido monseñor, se sorprenda de que un joven de mi edad, nacido en medio del período postconciliar, tenga en el corazón la Tradición bimilenaria de la Santa Madre Iglesia. En realidad, son precisamente los jóvenes los que deberían amar y redescubrir la Tradición y la Santa Misa Tridentina, especialmente después del Motu Proprio de Benedicto XVI; pero la realidad es otra: muchos dicen que demasiados jóvenes no entienden estas cosas ... ¡no es cierto! La verdad es, simplemente, que tienen otros intereses y carecen de un temor saludable a Dios.

El tercer secreto de Fátima ha sido encubierto, pero Nuestra Señora ha prometido que al final, su Inmaculado Corazón triunfará.

Como le dije, nací en la era postconciliar, cuando Wojtyla estuvo un tiempo enfermo ya al final de sus días. Luego estuvo Benedicto XVI y finalmente Bergoglio que trastornó el poco catolicismo que sobrevivió al Concilio. Nadie ha hecho tanto daño como Bergoglio ...

Esperamos el triunfo de los Sagrados Corazones de Jesús y María, seguros de que si todo esto sucede y Dios no interviene es porque de ello derivará un bien mayor, que nos resulta incomprensible. Pero, mientras tanto, ¿qué podemos hacer? 

Le saludo con cariño. Y gracias por su respuesta.

Le pido humildemente que me dé su bendición episcopal y que rece por mí.

¡Alabado sea Jesucristo!

Firmado: M.

***

30 julio 2020

Queridísimo M:

Recibí tu carta, que realmente me impresionó. Revela una personalidad fuerte y aún más una claridad de ideas que muchos adultos, y entre ellos muchos clérigos y prelados, no tienen.

Has captado, con unas cuantas pinceladas, el meollo del problema: la crisis que hoy aqueja a la Iglesia se debe al olvido del santo Temor de Dios que, como enseña el salmista, constituye el primer paso de la sabiduría. Initium sapientiae timor Domini. Es un verso del Salmo 110 que hasta el Concilio escuchábamos los domingos, en nuestras iglesias, al canto de las Vísperas.

El santo Temor de Dios, como seguro que sabes, es uno de los Siete Dones del Paráclito, gracias al cual los fieles viven y actúan constantemente, considerándose bajo la mirada del Señor, y tratan de agradarle más que al mundo, como un niño que quiere corresponder al amor de su padre, más que como el sujeto que no quiere ser sorprendido infringiendo la ley. Es la conciencia de la suprema grandeza del Todopoderoso, de Su autoridad, de Su infinita Majestad: y de nuestra pequeñez, de nuestro deber de arrodillarnos ante Él, de la obediencia que le debemos.

Quien tiene el Temor de Dios sólo en Él tiene su agrado, y no piensa en cambiar de doctrina o de moral para agradar a los hombres, ni se atreve a manipular la liturgia de la Iglesia, anulando lo que en ella recuerda la divina Majestad del Señor de los ejércitos, sino que la guarda con veneración, porque en el altar se repite, en forma incruenta, el Santo Sacrificio que, en la Cruz, mereció la Redención. Quien tiene el Temor de Dios tiembla ante la idea del escándalo que puede causar a las almas que le han sido confiadas; y por cuyo amor ha derramado su sangre Nuestro Señor. Quien tiene el Temor de Dios se horroriza ante la idea de poder ofenderlo, colocando a los dioses del pueblo junto a él, en nombre del diálogo.

Y lo que dices es cierto: si todo esto sucede y Dios no interviene es porque de ello deriva un bien mayor que nos resulta incomprensible . En realidad parece que el Señor nos está abandonando a nosotros mismos, pero justo en el momento en que el error parece abrumar la verdad, cuando parece que todo está perdido y que los Pastores han huido, abandonando el rebaño a merced de los lobos rapaces, y la moral pública exalta el vicio y condena la virtud, entonces surgen almas enamoradas de Dios que, con su vida, con el ejemplo silencioso de las buenas obras, con la oración y el sacrificio, refrenan la ira divina e imploran al Cielo nuevas gracias, nuevas bendiciones, nuevos milagros impensables de los que sólo el Todopoderoso es capaz.

Me preguntas qué podemos hacer, mientras esperamos el triunfo del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María: podemos y debemos cultivar el santo Temor de Dios, vivir en su Presencia, saborear el milagro inefable con el que nuestra alma, iluminada por la Verdad e inflamada por la Caridad, se convierte en el templo del Espíritu Santo y en el tabernáculo en el que la Santísima Trinidad se digna colocar su propia morada. De la vida en estado de Gracia el alma obtiene el alimento esencial para crecer en santidad, y cuanto más crece en santidad, más se ajusta su acción a la voluntad de Dios.

Ésta es la esperanza que debes tener, en la certeza de que este fuego sagrado que llevas en el corazón pueda iluminar a tus amigos e inflamarlos con el amor de Dios y del prójimo. Ante el milagro de las almas jóvenes, ardiendo de caridad, hasta los corazones viejos y endurecidos de muchos fieles y no pocos clérigos, serán conmovidos por la Gracia, y volverán a arrodillarse, con temor y temblor, quitándose los zapatos y tapándose el rostro como lo hizo Moisés ante la Majestad del Dios escondido en la zarza ardiente.

Que mi bendición paterna llegue a ti y a tu familia, querido M.

Con todo mi corazón:

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo