BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



miércoles, 13 de junio de 2018

Comunicado del ex-obispo de Osorno ante la aceptación de su renuncia


Sobre el encuentro mundial de las familias en Dublín, desde el 21 al 26 de agosto de 2018 ... y otros de Gloria TV




Noticias varias 12 y 13 de junio de 2018



THE WANDERER

Pornografía religiosa

EL ORIENTE EN LLAMAS

Breve análisis del desastre Irlandés

INFOVATICANA

San Antonio de Padua, doctor de la Iglesia

ADELANTE LA FE
Selección por José Martí

Gnosticismo, antigua herejía ¿Cómo reaparece hoy? (Sandro Magister)




*
El lenguaje del papa Francisco ya ha sido objeto de numerosos análisis, los cuales coinciden en reconocerle gran eficacia comunicativa. Pero hay dos epítetos que él aplica con frecuencia a sus adversarios internos en la Iglesia, pero que son incomprensibles para muchos: “gnóstico” y “pelagiano”.
No sólo eso. También los pocos que conocen el significado originario de estos dos epítetos encuentran que muchas veces Jorge Mario Bergoglio los aplica a lo contrario de lo que quieren decir.
Contundente es, por ejemplo, que él – en el libro-entrevista al sociólogo francés Dominique Wolton – aplique el término "pelagiano" directamente a Blaise Pascal, matemático, filósofo y hombre de fe del siglo XVII, quien estaba exactamente en las antípodas y que escribió esa obra maestra que son “Las Provinciales”, justamente para desenmascarar al pelagianismo, que efectivamente estaba presente en muchos jesuitas de su época.
En el documento programático de su pontificado, la exhortación "Evangelii gaudium", Francisco ha dedicado un parágrafo entero, el 94, a lo que para él significan estos dos epítetos.
Pero después lo ha utilizado siempre en un modo tan desenvuelto e intercambiable como para inducir incluso a la Congregación para la Doctrina de la Fe – en la reciente carta a los obispos "Placuit Deo" – a poner un poco de orden en la materia, diciendo en qué consisten realmente las dos “desviaciones” hoy presentes en la Iglesia, las cuales “se asemejan en algunos aspectos a dos antiguas herejías: el pelagianismo y el gnosticismo”.
Pero de nuevo sin efectos apreciables sobre el discurso de Bergoglio, quien jamás da los nombres de los objetivos a los que aplica sus invectivas, sino que deja que cada uno se los imagine, por ejemplo, en la persona del cardenal Robert Sarah, también él veladamente calificado una vez de "gnosticismo" y otra vez de "pelagianismo", en el mismo modo – del todo inmerecido e impropio – que un Pascal.
En la nota que sigue a continuación, intenta aportar claridad en el uso de uno de los dos términos – el de "gnosticismo" – un teólogo estadounidense ya conocido por los lectores de Settimo Cielo, que han podido apreciar la carta abierta escrita por él al papa Francisco en el verano pasado: Thomas G. Weinandy, miembro de la Comisión Teológica Internacional, adjunta a la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.
El padre Weinandy muestra cómo la disputa sobre el "neo-gnosticismo" no es para nada marginal, porque invierte la transición en proceso en la Iglesia Católica, transición puesta en movimiento por el papa Francisco y por algunos temida y criticada, por otros rápidamente perseguida.
La nota apareció el 7 de junio en la página web americana "The Catholic Thing" y aquí está traducida por entero.
*
EL GNOSTICISMO HOY
por Thomas G. Weinandy, OFM, Cap.
Hoy se discute mucho sobre la presencia de un nuevo gnosticismo en el interior de la Iglesia Católica. Algo de lo que se ha escrito es útil, pero mucho de lo que se ha descrito como "revival" de esta herejía tiene poco que ver con su antiguo antecedente. Además, las atribuciones de esta antigua herejía a varias corrientes en el interior del catolicismo contemporáneo son en general erradas. Para llevar un poco de claridad a esta discusión sobre el neo-gnosticismo, es necesario ante todo una comprensión clara de qué fue en esencia el antiguo.
El antiguo gnosticismo se presentó en diversas formas y expresiones, muchas veces más bien retorcidas, pero con algunos principios esenciales bien distinguibles:
- En primer lugar, el gnosticismo sostiene un dualismo radical: la "materia" es la fuente de todo mal, mientras que el "espíritu" es el origen divino de todo lo que es bueno.
- En segundo lugar, los seres humanos están compuestos tanto de materia (el cuerpo) como de espíritu (que proporciona el acceso a lo divino).
- En tercer lugar, la "salvación" consiste en obtener el conocimiento verdadero, la "gnosis", una iluminación que permite progresar desde el mundo material del mal al reino espiritual, y por último a la comunión con la suprema divinidad inmaterial.
- En cuarto lugar, se han presentado diferentes "redentores gnósticos", cada uno de los cuales sostuvo que poseía ese conocimiento y que proporcionaba acceso a esta iluminación "salvífica".
A la luz de lo dicho hasta aquí, los seres humanos se dividen en tres categorías:
1) los "carnales" o "sarkici", prisioneros del mal en el mundo material o corpóreo e incapaces de recibir el “conocimiento salvífico”;
2) los "espirituales" o "psichici", son en parte confinados en la realidad carnal y parcialmente iniciados en el dominio espiritual (en el interior del "gnosticismo cristiano" son los que viven de la “fe” simple, porque no poseen la plenitud del conocimiento divino, no están plenamente iluminados y, en consecuencia, deben confiarse en lo que “creen”);
3) por último, están las personas capaces de iluminación plena, los "gnósticos", porque poseen la plenitud del conocimiento divino. Gracias a su conocimiento salvífico, pueden separarse completamente del malvado mundo material y ascender a lo divino.
Ellos viven y son salvados no gracias a la “fe”, sino al “conocimiento”.
Comparado con el gnosticismo antiguo, lo que ahora se propone como neo-gnosticismo en el catolicismo contemporáneo parece confuso y ambiguo, además de errado. Algunos católicos son acusados de neo-gnosticismo, porque supuestamente creen que se salvan porque adhieren a “doctrinas” inflexibles y sin vida y observan rigurosamente un “código moral” rígido y despiadado. Proclaman “conocer” la verdad y, en consecuencia, exigen que ésta sea afirmada y, sobre todo, obedecida. Estos “católicos neo-gnósticos” – se sostiene – no están abiertos al nuevo movimiento del Espíritu en la Iglesia contemporánea. Un movimiento, éste, definido frecuentemente como "el nuevo paradigma".
Ciertamente, todos conocemos a católicos que se comportan como si fuesen superiores a los demás, que ostentan su comprensión plena de la teología dogmática o moral para acusar a los demás de laxismo. No hay nada nuevo en este moralismo autojustificativo. Pero este sentimiento pecaminoso de superioridad entra propiamente en la categoría del orgullo y de por sí no es una forma de gnosticismo.
Sería justo llamar a esto “neo-gnosticismo” sólo si los así acusados propusieran un “nuevo conocimiento salvífico”, una nueva iluminación que se diferencia de la Sagrada Escritura como se la entiende tradicionalmente y de lo que es auténticamente enseñado por la tradición viviente del magisterio.
Pero esa acusación no puede ser formulada contra “doctrinas” que, lejos de ser verdades sin vida y abstractas, son las expresiones maravillosas de las realidades centrales de la fe católica: la Trinidad, la encarnación, el Espíritu Santo, la presencia real y sustancial de Cristo en la eucaristía, la ley de Jesús de amor a Dios y al prójimo reflejada en los diez mandamientos, etc. Estas doctrinas definen lo que era la Iglesia, lo que es y lo que será. Son las doctrinas que la hacen una, santa, católica y apostólica.
Además, estas doctrinas y estos mandamientos no son una forma de vida esotérica que someta a los individuos a leyes irracionales y despiadadas, impuestas desde el exterior por una autoridad tiránica. Más que nada, estos mismos “mandamientos” han sido dados por Dios, en su amor misericordioso, a la humanidad para asegurar una vida santa y a imagen de Dios.
Jesús, el Hijo encarnado del Padre, nos ha revelado además la forma de vida que debemos vivir mientras esperamos que venga su reino. Cuando Dios nos dice lo que no debemos hacer jamás, nos está protegiendo del mal, el mal que puede destruir nuestras vidas humanas, vidas que él ha creado a su imagen y semejanza.
Jesús nos ha salvado de la devastación del pecado a través de su pasión, muerte y resurrección, y ha infundido su Espíritu Santo precisamente para darnos el poder de vivir una vida auténticamente humana. Promoover este modo de vivir no significa proponer un nuevo conocimiento salvífico. En el gnosticismo antiguo, las personas de fe – obispos, sacerdotes, teólogos y laicos – las habrían definido como “psíquicas”. Los gnósticos las mirarían de arriba hacia abajo, precisamente porque no pueden reivindicar algún “conocimiento” único o esotérico. Están obligadas a vivir sólo de la fe en la revelación de Dios, tal como es entendida y fielmente transmitida por la Iglesia.
Los que hoy erróneamente acusan a los demás de neo-gnosticismo – cuando se confrontan con el núcleo de las cuestiones doctrinales y morales de la vida real – 
Proponen la necesidad de buscar personalmente lo que Dios querría que hagan. 
Animan a las personas a discernir, por sí solas, en el dilema moral en que se encuentran para afrontar en su contexto existencial la mejor línea de acción, es decir, lo que son capaces de hacer en ese momento dado en el tiempo. De este modo, la conciencia propia del individuo, su comunión personal con lo divino, determina cuáles son las exigencias morales en las circunstancias personales del individuo. 
Lo que enseña la Escritura, lo que Jesús ha afirmado, lo que la Iglesia transmite a través de su tradición viviente del magisterio es suplantado por un “conocimiento” más elevado, por una “iluminación” más evolucionada.
Si hay un nuevo paradigma gnóstico en la Iglesia de hoy, parecería precisamente que se encuentra aquí. Proponer este nuevo paradigma significa afirmar estar verdaderamente “in-the-know”, en “conocer” verdaderamente, tener un acceso especial a lo que Dios está diciéndonos como individuos aquí y ahora, aunque esto fuese más allá y pudiera incluso contradecir lo que Él ha revelado a todos los demás en la Escritura y en la tradición.
Es de esperar, al menos, que nadie que reivindique este conocimiento ridiculice como neo-gnósticos a los que viven simplemente de su “fe” en la revelación de Dios, como propuesta por la tradición de la Iglesia.
Espero que todo esto lleve un poco de claridad a la actual discusión eclesial sobre el gnosticismo “católico” contemporáneo, poniéndolo en el justo contexto histórico. El gnosticismo no puede ser utilizado como un epíteto contra esos fieles “no iluminados” que buscan simplemente actuar, con la ayuda de la gracia de Dios, como la enseñanza divinamente inspirada de la Iglesia los llama a obrar.
Sandro Magister

EL CASO ANGELELLI (II) (Capitán Ryder)



Es necesario añadir algunas notas a lo señalado en el post anterior:
  1. Aunque se crea que las beatificaciones-canonizaciones no son infalibles son un acto relevante dentro de la Iglesia. Entre otras cosas, propones como modelo a una determinada persona, y sus acciones y escritos pasan a tener una relevancia especial. Son tomadas, o pueden ser tomadas, como guía por otros católicos. No es un tema baladí.
  2. El tema de las beatificaciones-canonizaciones ya viene tocado desde la reforma de Juan Pablo II a comienzos de los 80. El 25 de enero de 1983 se publicó la Constitución Apostólica Divinus perfectionis magister, y las respectivas Normae servandae in inquisitionibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum del 7 de febrero de 1983, donde se simplificaban los procesos de canonización además de reestructurarse la propia Congregación. Durante su pontificado las canonizaciones fueron especialmente numerosas. De hecho, elevó a los altares a más santos que los diecisiete Papas anteriores.
  3. En toda beatificación (actualmente) estaría el proceso, propiamente dicho, donde se estudia al detalle la vida y obra del candidato y el acto solemne por el que es proclamado Santo.
  4. Incluso entre quienes opinan que las beatificaciones-canonizaciones son infalibles hay discusión sobre qué es lo que concede la infalibilidad, ¿el proceso? ¿el acto solemne?
  5. Es un tema relevante, porque si lo que confiere la infalibilidad es el acto solemne del Papa ¿por qué ha sido tradición estudiar tan al detalle la vida y obras de los candidatos? Y si lo que asegura la infalibilidad, en gran parte, es el estudio previo, extenso, detallado, minucioso ¿cómo afecta la relajación evidente en este tema? Dejo al margen el tema del culto.
  6. Juan Pablo II, suprimió de facto, la figura del “abogado del diablo”, esa persona encargada de “buscarle las cosquillas” a la persona que se proponía como Santo. Luego parece que se daba importancia al proceso en sí. No en vano, estaba comprometida la credibilidad de la Iglesia, la Fe de los fieles podía ser dañada y había que ser extremadamente cuidadoso.
  7. Con Francisco las beatificaciones-canonizaciones se han multiplicado exponencialmente pues en 5 años ha elevado a los altares a casi 900, por los menos de 500 de Juan Pablo II en un período de 27 años.
  8. En una situación de crisis permanente como vive la Iglesia desde hace décadas, necesariamente, debía abrirse otra vía de agua en esta parte del casco de la barca de Pedro.
Traigo a colación una entrevista a Roberto Di Mattei que plantea temas muy interesantes a este respecto:
P. ¿Usted opina entonces que los últimos Papas no han sido santos?
R.  Permítame expresarme sobre un Papa al que, como historiador, conozco bien: Juan XXIII. Habiendo estudiado el Vaticano II, profundicé en su biografía y he consultado las actas del proceso de su beatificación. Cuando la Iglesia canoniza a un fiel no quiere solamente asegurar que el difunto está en la gloria del cielo, sino que lo propone como modelo de virtudes heroicas. Según los casos, se tratará de un perfecto religioso, párroco, padre de familia, etc. En el caso de un Papa, para ser considerado santo, debe haber ejercitado las virtudes heroicas en el cumplimiento de su misión como pontífice, como fue, por ejemplo, para San Pío V o San Pío X. Y bien, en lo que se refiere a Juan XXIII, alimento la meditada convicción de que su pontificado ha representado un daño objetivo a la Iglesia y que es imposible encontrar santidad en él, por lo tanto. Antes que yo lo afirmaba el dominico Innocenzo Colosio, uno de los mayores historiadores de la espiritualidad en los tiempos modernos, en un célebre artículo aparecido en la Rivista de Ascetica e mistica.
P. Si, como usted piensa, Juan XXIII no fue un Santo Pontífice y si, como parece, las canonizaciones son un acto infalible, nos encontramos frente a una contradicción. ¿No hay riesgo de caer en el sedevacantismo?
R.  Los sedevacantistas atribuyen un carácter hipertrófico a la infalibilidad Pontificia. Su razonamiento es elemental: si el Papa es infalible y hace algo malo, la sede está vacante. La realidad es mucho más compleja y es errada la premisa según la cual cada acto del Papa es infalible. En realidad, si las próximas canonizaciones plantean problemas, el sedevacantismo plantea problemas de conciencia mucho mayores.
P. ¿En qué sentido, entonces, se puede hablar de infalibilidad de la Iglesia en las canonizaciones?
R. Estoy convencido de que sería un grave error reducir la infalibilidad de la Iglesia al magisterio extraordinario del Romano Pontífice. La Iglesia no es infalible solamente cuando enseña de manera extraordinaria, sino también en su Magisterio ordinario. 
Pero así como existen condiciones de infalibilidad para el magisterio extraordinario existen condiciones de infalibilidad para el magisterio ordinarioY la primera de ellas es su universalidad, que se verifica cuando una verdad de fe o de moral, es enseñada de manera constante a través del tiempo. 
El magisterio puede enseñar infaliblemente una doctrina con un acto definitorio del Papa o con un acto no definitorio del Magisterio ordinario, a condición de que esta doctrina haya sido constantemente conservada y mantenida por la Tradición, y haya sido trasmitida por el Magisterio ordinario y universal. 
La institución Ad Tuendam Fidem de la Congregación para la doctrina de la fe, del 18 mayo de 1998 (n.2) lo confirma. Por analogía, se podía sostener que la Iglesia no puede equivocarse cuando confirma constantemente del tiempo verdades conexas a la fe, hechos dogmáticos, usos litúrgicos. También las canonizaciones pueden entrar en este grupo de verdades conexas. 
Se puede estar seguro de que santa Hildegarda de Bingen está en la gloria de los altares y puede ser propuesta como modelo, no porque haya sido solemnemente canonizada por un Papa, porque en su caso nunca existió una canonización, sino porque la Iglesia reconoció su culto, sin interrupción, desde su muerte. Con mayor razón, para los santos que tuvieron canonización formal, como San Francisco o Santo Domingo, la certeza infalible de su gloria nace del culto universal, en sentido diacrónico, que la Iglesia les ha tributado y no de la sentencia de canonización en sí misma
La Iglesia no engaña en su magisterio universal, pero se puede admitir un error de las autoridades eclesiásticas circunscrito en el tiempo y el espacio.
P. ¿Quiere usted resumir su posición?
R. La canonización de Juan XXIII es un acto solemne del Soberano Pontífice, que proviene de la suprema autoridad de la Iglesia y que debe ser recibida con el debido respeto, pero no es una sentencia en sí misma infalible. 
Para usar un lenguaje teológico, no es una doctrina de tenenda fidei, sino de pietate fidei. No siendo la canonización un dogma de fe, no existe para los católicos una obligación positiva de prestar asentimiento. El ejercicio de la razón, respaldado por un rigoroso reconocimiento de los hechos, demuestra con toda evidencia que el pontificado de Juan XXIII no ha sido beneficioso para la Iglesia. Si se debiese admitir que el Papa Roncalli ha ejercido, de modo heroico, las virtudes, cumpliendo su rol de Pontífice, se minarían las bases de los presupuestos racionales de mi fe
En la duda me atengo al dogma de fe establecido por el Concilio Vaticano I, según el cual no puede existir contradicción entre la fe y la razón. La fe sobrepasa la razón y la eleva, pero no la contradice, porque Dios, verdad por esencia, no es contradictorio. En conciencia, mantengo todas mi reservas sobre este acto de canonización” 
------
NOTA1: Vemos que el “caso Angelelli” no es novedad, en cuanto a la confusión que genera su beatificación, aunque sea especialmente grosero proponer como modelo de virtudes cristianas a quien se dedicó a destruir la Iglesia desde dentro haciendo suya la ideología que se había propuesto erradicar a Cristo de la tierra.
NOTA2: El “caso Angelelli” pone sobre la mesa, de una manera desgarradora, ideas y debates que habían sido rechazados cómodamente al grito de “filolefebvrianos”. Cualquiera que hubiese expresado alguna duda sobre la conveniencia de elevar a los altares a Juan XXIII o Pablo VI era expulsado fuera de la Iglesia sin ninguna contemplación. Era irrelevante que no hubiese puesto en duda ni una sola de las verdades de Fe.
Quien que conozca un poco la historia del personaje sabe de la falsedad de esta beatificación lo que obliga, honestamente, a plantearnos, respecto a este tema, muchas de las ideas que se han dado por buenas las últimas décadas.
Capitán Ryder

EL CASO ANGELELLI (I) (Capitán Ryder)



Ya he comentado otras veces que después de Francisco nada será igual. Y soy de los que piensan que la crisis viene de muy atrás, que centrar todo en los últimos 5 años es muy ingenuo, o es estar muy ciego, según se mire.
Pero lo de Francisco ya es imposible calificarlo. Como decíamos de críos “se sale del mapa”.
La última, y relacionada con el post de ayer, es la beatificación de Angelelli.
Pero antes de entrar en materia centremos la cuestión de las canonizaciones, ¿Son o no infalibles?
Tomo una entrada muy interesante del blog infocaotica y 2 comentarios, no menos relevantes, de uno de los lectores del blog, Miles Dei.
OPCION A- LAS CANONIZACIONES NO SON INFALIBLES
Dice el dominico Daniel Ols
Cuando se canoniza a alguien, se afirma que, a causa de la santidad de su vida, manifestada en la heroicidad de sus virtudes, o a causa del testimonio de su martirio, esa persona singular está en el paraíso. Se presentan, por tanto, dos aspectos en una canonización: por una parte, la afirmación, que podríamos considerar, sin más, como definible, que quien practica las virtudes cristianas va al paraíso; y, luego, por otra, la aplicación de dicha afirmación a una persona singular. Ahora bien, así como se puede demostrar fácilmente que la proposición general está contenida en la Revelación, es igualmente evidente que el hecho de que Ticio o Cayo haya llegado a ser un santo, no está contenido de manera explícita ni implícita. Se dice, entonces, por lo general, que estamos aquí ante un «hecho dogmático». Y si al menos quien examina el problema se detiene aquí, concluye que la Iglesia puede canonizar de manera infalible.
Pero las cosas tal vez no sean tan simples, porque el caso de la canonización no es exactamente similar al de la condena de un hereje. En el caso de la condena, es claro que estamos frente a un grave peligro para la fe de los cristianos y que la individuación precisa de tal peligro es necesaria para su preservación. Cuando se trata de canonizaciones, en cambio, no encontramos nada de eso. Se trata de un movimiento espontáneo de la Iglesia que considera bueno proponer a una persona a la veneración de los fieles. En caso de error, no resultaría un daño mortal para la fe, aunque ello sería, evidentemente, muy desagradable.
En otras palabras, que los fieles se vuelvan seguidores de Lutero, sería de una gravedad mortal para ellos; que veneren, por absurdo, a un santo que, en realidad, estaría en el infierno, no tiene tal gravedad y puede, lo mismo, ayudar a su vida cristiana, porque la veneración se dirige a esa persona únicamente en cuanto la consideran santa, amiga de Dios
A fortiori, se debe reconocer que la veneración de santos dudosos e incluso inexistentes (S. Filomena) aunque, evidentemente, es algo no deseable, no causa de todas formas ningún daño a la fe de los devotos (v. S. Juan María Vianney), y ello por el mismo motivo, es decir porque se veneran estos personajes por razón de sus (supuestas) virtudes, signo de su (supuesta) unión con Dios. No hay, ni siquiera motivo para pensar que las plegarias elevadas mediante la intercesión de estos pseudo-santos, sean necesariamente vanas.
Por esto, no siendo la canonización de tal o cual persona necesaria para la custodia y defensa del depósito de la fe, no parece que la materia de la canonización sea tal que pueda estar sujeta a la infalibilidad.
OPCION B - LAS CANONIZACIONES PUDIERAN SER INFALIBLES
Santo Tomás de Aquino
Sobre si todos los santos que han sido canonizados por la Iglesia están en la Gloria o hay algunos de ellos en el Infierno. Y parece ser que algunos de estos que han sido canonizados por la Iglesia podrían estar en el Infierno. Pues nadie puede estar cierto del estado de otro así como lo está de sí mismo, ya que las cosas del hombre nadie las conoce, sino el espíritu del hombre que está en él, como dice 1 Cor. 2, 11. Pero el hombre no puede estar cierto de sí mismo sobre si está en estado de salvación como dice Ecc. 9, 1: “nadie sabe si es digno de odio o de amor”. Luego mucho menos puede saberlo el PapaPor tanto, puede errar al canonizar.
Además, quienquiera que para juzgar se basa en un medio falible puede equivocarse. Pero la iglesia se basa en el testimonio humano para canonizar a los santos, ya que se informa de testigos sobre la vida y los milagros. Puesto que el testimonio humano es falible, parece ser que la Iglesia puede errar al canonizar a los santosPero en contra tenemos que en la Iglesia no puede darse un error capaz de dañar. Más aquí existiría un error capaz de hacer daño si se venerase como santo al que fue pecador, ya que algunos, conociendo sus pecados, creerían que esto es falso y, si así ocurriera, podrían ser conducidos al error. Por tanto la Iglesia no puede errar en tales cosas. 
Además, San Agustín dice en la epístola a San Jerónimo que si se admite alguna falsedad en las Sagradas Escrituras, dudaría nuestra fe, la cual depende de las Sagradas Escrituras. Pero así como tenemos que creer aquello que está en las Sagradas Escrituras, también tenemos que creer aquello que está determinado en común por la Iglesia. De ahí que se juzga al hereje que se expresa contra lo determinado por los Concilios. Luego en el juicio común de la Iglesia no se puede dar algo erróneo y resulta así igual que lo primero. 
Respondo. Debe decirse que algo puede juzgarse como posible considerado según ello mismo y encontrarse que es imposible en cuanto relacionado con algo extrínseco. Por tanto, digo que el juicio de aquellos que presiden la Iglesia puede equivocarse sobre cualquiera si se mira sólo a sus personas. Si por otro lado se considera a la Divina Providencia, que dirige con el Espíritu Santo a su Iglesia para que no se equivoque, tal como Él mismo prometió en Jn 16, 13, que al llegar el Espíritu enseñaría toda la verdad, es decir aquellas cosas necesarias para la salvación, es cierto que el juicio de la Iglesia universal es imposible que pueda errar en estas cosas que atañen a la fe. Por tanto hay que atenerse más a la sentencia del Papa, al que atañe determinar las cosas de la fe, que profesa como juicio, que a todas aquellas otras opiniones de los hombres sabios acerca de las Escrituras
Tenemos que Caifás, aunque era un malvado, como era Pontífice, se lee en Jn 11, 51, que también habría profetizado inconscientemente. Por el contrario, en todas las demás sentencias que atañen a hechos particulares, como son las que tratan de posesiones de bienes o de delitos o de cosas semejantes, es posible que el juicio de la Iglesia pueda errar a causa de testigos falsos
La canonización de los santos es algo intermedio entre estos dos tipos de sentencias. Como el honor que tributamos a los santos es cierta profesión de fe, por la que creemos la gloria de los santos, debe creerse piadosamente que tampoco pueda errar la Iglesia en este juicio. Por tanto a lo primero debe decirse que el Pontífice, a quien pertenece canonizar a los santos, puede cerciorarse del estado de alguien por un interrogatorio sobre su vida y el atestado de los milagros, y de modo principal por el instinto del Espíritu Santo, que todo lo escruta, aún lo más profundo de Dios. A los segundos debe decirse que la Divina Providencia preserva a la Iglesia para que no falle en tales cosas por el testimonio de hombres falibles.
Comentario de Miles Dei
Quizás, lo más interesante de toda la cuestión es la afirmación de Santo Tomás sobre que la sentencia de canonización es una sentencia intermedia entre algo que atañe a la fe y un hecho particular.
Santo Tomás no profundiza en ese aspecto intermedio, aunque muestra que tiene una clara parte de falibilidad como en las sentencias que no atañen a la fe. Pero el asunto lo resuelve por la infalibilidad al considerar la parte en que participa de la cuestión de fe, dado que el culto a un santo es “en cierta manera una profesión de fe” en la que un alma que conociera los pecados del sujeto (caso de un pecador que se hace santo) podría engañarse al respecto sobre lo que es la santidad a la que tributamos culto. Desde ahí cualquier objeción la resuelve por vía de la creencia piadosa en la Providencia que guía a la autoridad de la Iglesia en este asunto y la libera de los falsos testigos. No obstanteel hecho de figurar como quodlibet, implica precisamente que es un debate y que sigue abierto.
La cuestión está planteada pero añadiremos unas piezas más para completar el puzzle.
Capitán Ryder

Foro de la Familia denuncia que la Junta de Castilla y León se apresure a implantar un protocolo LGTBI en las escuelas, saltándose los derechos de los padres y de los niños


Duración 1:34 minutos