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martes, 18 de diciembre de 2018

Pablo VI y la nueva concepción del magisterio (Padre Álvaro Calderón)



El Papa de la ruptura


Siempre es importante analizar detenidamente el primer acto realizado después de un cambio en la vida, ya que éste muestra claramente las intenciones detrás de este cambio, y estas intenciones se vuelven a ocultar una vez que el nuevo estado se vuelve habitual. Un ladrón siente un fuerte remordimiento solo después de su primer robo, y un buen cristiano después de su primera conversión siente una fuerte atracción por Dios.

Pablo VI fue el papa de la ruptura con la Tradición, y por este mismo hecho tenía plena conciencia de la violencia del cambio que impuso a la Iglesia. Puso su mano en el timón, incluso mientras lamentaba en conciencia la contradicción que imponía sobre la vida de la Iglesia. Fue un papa dividido.

Es por eso que tenemos que analizarlo tanto a él como a sus declaraciones, si deseamos entender los verdaderos motivos del movimiento conciliar y hasta qué grado sabía si estaba rompiendo o continuando lo que la Iglesia había vivido hasta ese momento.


La naturaleza "pastoral" del Concilio

En su discurso inaugural, el Papa Juan XXIII quiso cambiar la naturaleza del magisterio del Concilio, refiriéndose a él como "pastoral", pero al principio, nadie sabía cómo hacer esto. Las Comisiones Preparatorias, en su intensa labor durante los dos años previos a este Concilio, tuvieron en cuenta esta intención, pero lo hicieron de una manera tradicional, elaborando borradores doctrinales en términos precisos pero menos teológicos. Pero eso no era lo que el Papa quería, ya que al comienzo de la primera sesión dio su permiso para la eliminación de todos estos borradores.

Esta naturaleza pastoral estuvo marcada por dos disposiciones iniciales que pusieron a los Padres del Concilio en una situación sin precedentes. La primera fue el silenciamiento de la Curia con la eliminación de todos los borradores preparatorios, con el fin de dar la palabra a la nueva generación de lo que podríamos llamar "los teólogos del Rin". Este cambio fue significativo: los borradores y la Curia eran la voz de la Sede romana, pero estos teólogos afirmaron ser la voz del pueblo de Dios. Los oídos de los obispos se apartaron de Cristo, el Pastor Supremo que habla a través de Su Vicario, y se dirigieron al rebaño hablando a través de los especialistas. De hecho, llegó a ser conocido como el "Concilio de los Especialistas".

La segunda decisión de Juan XXIII fue la transparencia al mundo a través de los medios de comunicación. Los concilios anteriores mantuvieron sus puertas cerradas para que no entrara ninguna influencia exterior, pero en el caso de Vaticano II, se organizó un centro de prensa, y esto no solo provocó que las discusiones conciliares se emitieran ad extra, sino que también ocasionó que las repercusiones del evento en la prensa internacional se sintieran ad intra. Dado que se celebró en el siglo de la comunicación, el Concilio deseaba adaptarse. El decreto Inter Mirifica sobre los medios de comunicación comienza con las siguientes palabras: "La Iglesia acoge y promueve con especial interés aquellos [maravillosos descubrimientos tecnológicos] que tienen una relación más directa con las mentes de los hombres y que han descubierto nuevas y más fáciles vías de comunicación, de opiniones y enseñanzas de todo tipo... como la prensa, el cine, la radio, la televisión, etc.” En seguida, las conversaciones de los Padres conciliares con los periodistas llegaron a ser tan importantes o más que las discusiones en las reuniones del Concilio. Los obispos no buscaban la voz del Espíritu Santo en el silencio de sus propios corazones a la luz de la fe, sino en el ruido de los hombres en todo el mundo, expresado por los medios de comunicación.

Juan XXIII murió en el intervalo posterior a la primera sesión, y Pablo VI fue elegido. El nuevo papa confirmó de inmediato su intención de continuar el Concilio, insistiendo en la naturaleza pastoral que pretendía su antecesor.

La Definición del Nuevo Magisterio

Durante la segunda sesión, de octubre a diciembre de 1963, el tema de la colegialidad se discutió acaloradamente y los borradores sobre el ecumenismo generaron amplios debates. El espíritu de los nuevos borradores fue ganando terreno, al ser redactados por los teólogos del Rin.

Durante el segundo intervalo, con la Iglesia en un estado de tumulto, Pablo VI promulgó, en la fiesta de la Transfiguración, el 6 de agosto de 1964, su primera encíclica Ecclesiam Suam, en la que definió minuciosamente el nuevo Magisterio que ya estaba siendo puesto en práctica: "Id, pues, enseñad a todas las gentes" (Mt. 28:19) es el supremo mandato de Cristo a sus apóstoles. Estos con el nombre mismo de apóstoles definen su propia indeclinable misión. Nosotros daremos a este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad el nombre, hoy ya común, de diálogo. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio... Este tipo de diálogo es el que caracterizará a nuestro ministerio apostólico." (§64-67).

La nueva dignidad que el hombre ha obtenido con la cultura moderna exige una nueva forma de llevarlo a la verdad: "Nos parece que la relación entre la Iglesia y el mundo, sin cerrar el camino a otras formas legítimas, puede representarse mejor por un diálogo... Este tipo de enfoque es sugerido por la madurez que el hombre ha obtenido en la actualidad. Religioso o no, su educación laica le ha permitido pensar, hablar y tratar un diálogo con dignidad." (§78). "En nuestro deseo de respetar la libertad y dignidad del hombre, es verdad que este diálogo no trata de obtener de inmediato la conversión del interlocutor." (§79). La jerarquía ya no intentará imponer sus enseñanzas en nombre de su autoridad: "Lo que da autoridad a este diálogo es la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es un mandato ni una imposición." (§81). A partir de ahora, el Papa y los obispos estarán ahí para escuchar: "La dialéctica de este ejercicio de pensamiento y de paciencia nos hará descubrir elementos de verdad aun en las opiniones ajenas, nos obligará a expresar con gran lealtad nuestra enseñanza y nos dará mérito por el trabajo de haberlo expuesto a las objeciones y a la lenta asimilación de los demás, en caso de que lo asimilen." (§83).

Los papas que vinieron después de Pablo VI dejaron en claro que el diálogo se había convertido en la forma habitual y normal de ejercer su magisterio, pero Pablo VI tenía conciencia de que estaba imponiendo un gran trastorno al pasar del magisterio de la autoridad ejercido hasta ese momento, al diálogo instituido por el Concilio.



El nuevo Magisterio en su sentido más estricto

El que participa en un diálogo no ejerce ningún magisterio, si entendemos esta palabra en su sentido correcto. El diálogo busca la verdad comparando la comprensión de los participantes; si el diálogo está de acuerdo con la razón o con la fe, el criterio es un acuerdo común; mientras que alguien que ejerce un magisterio, en el sentido correcto de la palabra, ilumina a sus discípulos, y el criterio de la verdad es decisivo, basado en un conocimiento superior. Tomando el sentido correcto de ambas palabras, el magisterio y el diálogo son antónimos.

El Magisterio eclesiástico se basa en el conocimiento divino de Jesucristo y propone sus propias decisiones, llamadas definiciones, como regla y criterio de la verdad. Cuando se expresa con la mayor autoridad y de acuerdo con las condiciones establecidas por el Concilio Vaticano I para un magisterio ex cathedra, es infalible. Por eso, cuando Roma habla (ex cathedra), el diálogo y la discusión se terminan: Roma locuta, causa finita. Sin embargo, el Papa es libre de involucrar la ayuda que recibe de Cristo en mayor o menor grado, según lo dicte su prudencia, y puede expresarse a menudo en base a su propio entendimiento a la luz de la razón y de la Fe.

Por diversos motivos, Pablo VI consideró apropiado que a partir del Concilio, la jerarquía de la Iglesia ya no intervendría como antes con un verdadero magisterio de autoridad, sino simplemente en pie de igualdad con creyentes y no creyentes, en forma de diálogo. Los católicos bien informados pueden haber pensado que esta nueva forma de presentar las cosas sería vista como un signo de humildad y atraería a las almas con más certeza a la verdad ampliamente expuesta por el magisterio eclesiástico anterior. Pero los promotores de la nueva teología, bajo sus trampas modernistas, afirmaron que el diálogo no era opcional, sino que era necesario, ya que el Espíritu Santo no sólo asistía a la jerarquía sino a todos los hombres sin excepción. La conclusión a la que se llegó fue que el Papa y los obispos tenían mucho que aprender de los simples fieles y también de los no creyentes.

Un Magisterio disputado

Pablo VI no fue claro en sus motivaciones; a veces hablaba como un católico bien intencionado desilusionado por los acontecimientos, y otras veces como si estuviera influenciado por las nuevas teologías. Pero no hay duda de que introdujo el diálogo, no solo en el ejercicio de su propio pontificado, sino también en las propias instituciones de la Santa Sede, al crear la Comisión Teológica Internacional para el diálogo entre las Iglesias, y otras mil comisiones para el diálogo con grupos no católicos.

La consecuencia fue que, ante las graves controversias planteadas por el Concilio Vaticano II, la voz definitiva de Jesucristo ya no se escuchaba desde el Trono de Pedro. Roma ya no define, Roma dialoga, y las discusiones son infinitas. Pablo VI fue el primero en cosechar lo que había sembrado cuando, tres años después del término del Concilio, promulgó la encíclica Humanae Vitae, en la que se oponía a la práctica del control de la natalidad que se extendía como un incendio por toda la Iglesia; él mismo había renunciado a la fuerza imponente de la palabra pontificia, y su enseñanza fue abiertamente cuestionada a diestra y siniestra. El magisterio del diálogo tiene la desgracia de ser un magisterio en constante contradicción.

Pablo VI fue el papa que introdujo la contradicción. El diálogo sin precedentes sobre la moralidad familiar, como tantos otros, continuó con una extraordinaria perseverancia bajo Juan Pablo II y Benedicto XVI, conduciendo a Amoris Laetitia con Francisco. La jerarquía y los teólogos se han acostumbrado a tener acaloradas discusiones, la primera intenta no ser demasiado explícita y los segundos tratan de mantener una apariencia suficientemente respetuosa.

Pablo VI cargó con todo el peso de la ruptura con la Tradición, lo que hace que la incongruencia de su canonización sea aún más sorprendente.

Padre Álvaro Calderón

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Su Santidad ha hecho una defensa del cambio en la secular doctrina católica sobre la pena de muerte, en la que ha achacado a todos sus predecesores en la Sede de Pedro de ser insuficientemente misericordiosos o, al menos, menos que él.

“En siglos pasados”, los papas ignoraron “la primacía de la misericordia sobre la justicia” al usar la pena de muerte, ha declarado el Santo Padre en una alocución dirigida a una delegación de la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, a la que llamó “forma inhumana de castigo”, que es ahora “siempre inadmisible”. “Ahora” y “siempre” parecen contradecirse ligeramente, pero nos limitamos a recoger las palabras de Su Santidad.

[Puede verse el siguiente video de Rome Reports de título Papa confirma oposición a la pena de muerte y pide acabar con la cadena perpetua]
 


Las palabras del Papa se refieren al cambio, este pasado 2 de agosto, del punto 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica relativo a la licitud de la pena de muerte, que si hasta ahora se interpretaba de modo mucho más restrictivo que en los siglos anteriores, hoy queda ya completamente descartada. Reza así:
Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común.
Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.

Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona», y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo.

En su momento, la brusca iniciativa papal, llevada a cabo sin consultas ni estudios, generó un enorme debate sobre si había que considerar magisterio infalible lo que, al fin, contradecía un magisterio no menos infalible anterior y, en general, si la Iglesia podía ‘cambiar’ en cuestiones morales, en cuyo caso no habría manera de determinar cierto lo que se diga hoy, sabiendo que un Papa lo puede cambiar mañana.

Pero por las palabras pronunciadas ayer por Su Santidad, el caso recuerda al pasaje en que Cristo habla de cómo Moisés permitió el divorcio “por la dureza de vuestros corazones”. Según dijo, el nuevo punto “ahora expresa el progreso de la doctrina de los últimos Pontífices, así como el cambio en la conciencia del pueblo cristiano, que rechaza una pena que daña seriamente la dignidad humana”. Pero no se aferren con fuerza a ello, porque nada impide que la conciencia del pueblo cristiano vuelva a cambiar.

Si antes se admitía por parte de la Iglesia la pena de muerte como recurso válido del gobernante legítimo, eso se debe a una comprensión insuficientemente desarrollada de los “derechos humanos”, ha afirmado el Papa. “El recurso a la pena de muerte a veces se presentaba como consecuencia lógica y justa”, añadiendo que “incluso en el Estado pontificio se ha recurrido a esta forma inhumana de castigo, ignorando la primacía de la misericordia sobre la justicia”.

Y por eso “la nueva redacción del Catecismo también implica asumir nuestra responsabilidad por el pasado y reconocer que la aceptación de esta forma de castigo fue la consecuencia de una mentalidad contemporánea, más legalista que cristiana, que sacralizó el valor de leyes carentes de humanidad y de misericordia”

Otra vez esa “mentalidad contemporánea” que, obviamente, no será la misma dentro de cincuenta, cien o quinientos años.

Sin embargo, Francisco sostiene que el cambio “no es una “contradicción con la enseñanza del pasado”, sino el “desarrollo armonioso” de la doctrina, una doctrina que antes consideraba legítima la pena de muerte como último recurso de la autoridad legítima y hoy, a la luz del Evangelio, “es siempre inadmisible porque viola la inviolabilidad y la dignidad de la persona “. Tras lo cual instó a todos los estados que continúan usando la pena de muerte a “adoptar una moratoria con miras a abolir esta forma cruel de castigo”.

Carlos Esteban

Cardenal George Pell fue hospitalizado



El viernes a la mañana el cardenal George Pell fue hospitalizado en el Hospital Católico de San Vicente, en Darlinghurst (Sydney), para una operación de rodilla, según informa el periódico australiano Daily Telegraph.

Tres días antes él fue condenado por un falso tribunal de Melbourne a causa de abusos sexuales, los cuales no hay no hay forma posible de que él haya podido cometerlos.

Durante años, los medios de comunicación oligarcas de Australia intentaron convertir a Pell en un monstruo, porque él era una piedra angular para reformar una decadente Iglesia liberal.

El cardenal Pell sigue siendo el prefecto de la Secretaría de Asuntos Económicos del Vaticano.


Consejos vendo que para mí no tengo (12) (José Martí). Un alto en el camino para reflexionar



Sinceramente, intento aplicar la lógica aristotélica a algunos de los discursos o comentarios del papa Francisco, y no me cuadra ... algo no funciona, pues me lleva a la negación del principio de no-contradicción, según el cual no es posible que algo sea y, al mismo tiempo, no sea, enfocándolo desde el mismo punto de vista. Según dicho principio, que no necesita ninguna demostración, porque es evidente, no es posible afirmar una cosa y su contraria, y darles a ambas afirmaciones el mismo valor. No pueden ser verdaderas las dos simultáneamente, pues se contradicen mutuamente. Si una de ellas es cierta, la contraria es falsa y viceversa. Esto es de sentido común.

Aunque me salga un poco del tema que estoy tratando, sin embargo, voy a dedicar esta entrada a hacer algunas disquisiciones, o si se prefiere, a pensar en voz alta y poner por escrito esos pensamientos ... lo cual me dará pie para poder seguir hablando más adelante sobre el asunto que nos ocupa, pero con la mente algo más despejada después de haber respirado el aire fresco que supone el contacto con la Doctrina Católica de siempre, pues eso refuerza la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios. 


Me encuentro, por poner algún ejemplo, con ciertas frases pronunciadas por el papa Francisco, que me dejan un tanto perplejo, dado que atentan contra la razón ... y ante lo irracional y lo absurdo mi mente se rebela. Si actúo contra la razón jamás podré conocer a Dios por la sencilla razón de que Él me creó, a su imagen y semejanza, como una  criatura racional, con una inteligencia y una libertad; y con la obligación de ejercitarlas, pues sólo haciéndolo es como actúo en conformidad con la naturaleza humana que he recibido de Dios. Despreciar la razón es despreciar a Dios: Lo sobrenatural -al decir de Santo Tomás de Aquino- nunca se opone a lo natural, sino que lo supone y lo perfecciona, hasta el punto de que si falla lo natural, lo sobrenatural se hace imposible. Es importante ... es fundamental, tener esto muy en cuenta. Si olvidamos nuestra propia identidad como personas racionales, creadas así por Dios, caemos inevitablemente en la esclavitud. 

No somos meros animales, como pueden serlo los perros o los gatos. Los seres humanos, además de tener un cuerpo material tenemos también un alma espiritual, lo cual no ocurre en el resto de animales. En todo ser humano se da una unidad sustancial cuerpo-alma ... y ésta es de tal calibre que, sin ella, no seríamos personas humanas. Materia y espíritu están unidos en el hombre (varón o mujer) de manera tal que si faltase uno de ellos, ahí no habría una persona humana: ni somos espíritus puros, como Dios y los ángeles, ni tampoco somos sólo materia animada, como los animales. 

Cuando un hombre muere se produce una separación entre su cuerpo y su alma, de manera que lo que tenemos ante nosotros no es el ser humano que hemos conocido, sino sólo un cuerpo inanimado (que ha estado íntimamente unido a su alma, en una unidad sustancial, mientras vivía; pero que, una vez muerto, una vez que su alma lo ha abandonado, al morir, lo que queda no es ya una persona humana, sino un cadáver).  Sin su alma el cuerpo pierde su vitalidad y muere. Hay un cambio sustancial. Mientras vivía era una persona humana. Una vez muerto, lo que tenemos ante nuestra vista ya no es la persona humana que hemos conocido y con la que nos hemos relacionado.

Y, sin embargo, e intentando ser rigurosos, no muere todo el hombre, en realidad: sólo su cuerpo, dado que su alma es inmortal y no se difumina ni desaparece sino que queda a la espera de reunirse con su cuerpo algún día. Se podría decir "en cierto modo",  (esto es una opinión personal) que el hombre sigue viviendo en su alma, aunque este alma, sin su cuerpo, no es, propiamente hablando, el hombre ... En todo caso, la muerte no es un final absoluto ni una caída en la nada.  Al final de los tiempos, cada alma inmortal volverá a recuperar su cuerpo mortal. Y el "nuevo cuerpo", ahora ya con su alma, volverá a ser otra vez la persona humana que fue ... y la muerte habrá sido sólo un episodio en la verdadera vida del hombre. Ese "nuevo cuerpo" tendrá unas propiedades especiales, será un cuerpo glorioso, como el de Jesucristo resucitado, pero nadie se verá extraño con su nuevo cuerpo. Por el contrario, lo verá como su verdadero cuerpo: se verá a sí mismo y se reconocerá en su propio ser identificado con su "nuevo cuerpo". Al fin y al cabo, el ser auténtico de cada hombre coincide siempre con la imagen que Dios tiene de él (una imagen que ahora, en este mundo,  está oscurecida, debido al pecado de origen con el que todos nacemos).

Tan solo hay una criatura humana que se encuentre en el cielo en cuerpo y alma. Y no es un hombre, precisamente, sino una mujer: la virgen María. Jesucristo se encuentra, igualmente en cuerpo y alma, con su naturaleza humana, pero Él no es una criatura humana, no es una persona humana, sino divina. Su Persona es divina. En Jesucristo se da lo que los teólogos denominan la Unión hipostática: posee una naturaleza humana (es, verdaderamente, un hombre, como nosotros) pero posee igualmente la naturaleza divina ( es verdaderamente Dios, el único Dios). Ambas naturalezas están unidas en Él, para toda la eternidad, en su Persona, que es divina. Su "Yo", que se refiere a su Persona, es divino. Él es el Hijo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, por lo tanto, al igual que lo son el Padre y el Espíritu SantoUn solo Dios en tres Personas: gran misterio de Amor es éste.

Pues lo verdaderamente admirable (aunque todo es admirable) es que también en el cielo, Él tendrá por toda la eternidad una naturaleza humana, como la nuestra: seguirá siendo verdadero Dios y verdadero hombre (exactamente igual que cuando estuvo en este mundo). Y, al tener un cuerpo, podremos verlo. Es lo que se conoce como visión beatífica. Y podremos amarlo y comprobaremos la realidad de su Amor en nosotros mismos, una realidad que ya se da, aquí y ahora, pero de la que apenas somos conscientes. Jesucristo no se avergüenza de tener un cuerpo. Lo tuvo (en su existencia histórica) y lo seguirá teniendo por toda la eternidad. Será -eso sí- un cuerpo glorioso, el mismo con el que resucitó de entre los muertos, manifestando así que Él es el Señor de la Vida (Él mismo es la Vida) y también de la muerte: ésta no tiene dominio sobre Él.

Si, por su Gracia, llegamos algún día al Cielo, entonces le veremos tal y como Él es: "le veremos cara a cara", dice San Pablo (1 Cor 13, 12). Cuando llegue el fin ya no habrá Iglesia militante ni Iglesia purgante. La Iglesia será sólo "Iglesia triunfante". Miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, seremos miembros vivos e inteligentes, y tendremos un cuerpo glorioso, como el Suyo, pues todos seremos "uno en Él" ... pero sin perder nuestra propia personalidad. Por el contrario, es justamente en Él -y sólo en Él- donde encontraremos nuestro verdadero "yo"comprenderemos entonces que el sentido de nuestra existencia terrenal y el motivo por el que Dios nos creó no fue otro sino el Amor: fuimos creados por el Amor y para el Amor ... Y este Amor se encuentra en Jesucristo, quien dijo de sí mismo: "Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin" (Ap 21, 6).

Se cumplirán también las profecías del Apocalipsis en las que se habla de un cielo nuevo y de una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido (Ap 21, 1). Esto dice san Juan, revelándonos su visión, que hace referencia al final de los tiempos: 
"Oí una voz fuerte que decía desde el trono: ¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo y el Dios-con-ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado. Y dijo el que estaba sentado sobre el Trono [es decir, Jesucristo]: 'Mira, hago nuevas todas las cosas'" (Ap 21, 3-4)
José Martí
(Continuará)