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martes, 18 de diciembre de 2018

Consejos vendo que para mí no tengo (12) (José Martí). Un alto en el camino para reflexionar



Sinceramente, intento aplicar la lógica aristotélica a algunos de los discursos o comentarios del papa Francisco, y no me cuadra ... algo no funciona, pues me lleva a la negación del principio de no-contradicción, según el cual no es posible que algo sea y, al mismo tiempo, no sea, enfocándolo desde el mismo punto de vista. Según dicho principio, que no necesita ninguna demostración, porque es evidente, no es posible afirmar una cosa y su contraria, y darles a ambas afirmaciones el mismo valor. No pueden ser verdaderas las dos simultáneamente, pues se contradicen mutuamente. Si una de ellas es cierta, la contraria es falsa y viceversa. Esto es de sentido común.

Aunque me salga un poco del tema que estoy tratando, sin embargo, voy a dedicar esta entrada a hacer algunas disquisiciones, o si se prefiere, a pensar en voz alta y poner por escrito esos pensamientos ... lo cual me dará pie para poder seguir hablando más adelante sobre el asunto que nos ocupa, pero con la mente algo más despejada después de haber respirado el aire fresco que supone el contacto con la Doctrina Católica de siempre, pues eso refuerza la fe, sin la cual es imposible agradar a Dios. 


Me encuentro, por poner algún ejemplo, con ciertas frases pronunciadas por el papa Francisco, que me dejan un tanto perplejo, dado que atentan contra la razón ... y ante lo irracional y lo absurdo mi mente se rebela. Si actúo contra la razón jamás podré conocer a Dios por la sencilla razón de que Él me creó, a su imagen y semejanza, como una  criatura racional, con una inteligencia y una libertad; y con la obligación de ejercitarlas, pues sólo haciéndolo es como actúo en conformidad con la naturaleza humana que he recibido de Dios. Despreciar la razón es despreciar a Dios: Lo sobrenatural -al decir de Santo Tomás de Aquino- nunca se opone a lo natural, sino que lo supone y lo perfecciona, hasta el punto de que si falla lo natural, lo sobrenatural se hace imposible. Es importante ... es fundamental, tener esto muy en cuenta. Si olvidamos nuestra propia identidad como personas racionales, creadas así por Dios, caemos inevitablemente en la esclavitud. 

No somos meros animales, como pueden serlo los perros o los gatos. Los seres humanos, además de tener un cuerpo material tenemos también un alma espiritual, lo cual no ocurre en el resto de animales. En todo ser humano se da una unidad sustancial cuerpo-alma ... y ésta es de tal calibre que, sin ella, no seríamos personas humanas. Materia y espíritu están unidos en el hombre (varón o mujer) de manera tal que si faltase uno de ellos, ahí no habría una persona humana: ni somos espíritus puros, como Dios y los ángeles, ni tampoco somos sólo materia animada, como los animales. 

Cuando un hombre muere se produce una separación entre su cuerpo y su alma, de manera que lo que tenemos ante nosotros no es el ser humano que hemos conocido, sino sólo un cuerpo inanimado (que ha estado íntimamente unido a su alma, en una unidad sustancial, mientras vivía; pero que, una vez muerto, una vez que su alma lo ha abandonado, al morir, lo que queda no es ya una persona humana, sino un cadáver).  Sin su alma el cuerpo pierde su vitalidad y muere. Hay un cambio sustancial. Mientras vivía era una persona humana. Una vez muerto, lo que tenemos ante nuestra vista ya no es la persona humana que hemos conocido y con la que nos hemos relacionado.

Y, sin embargo, e intentando ser rigurosos, no muere todo el hombre, en realidad: sólo su cuerpo, dado que su alma es inmortal y no se difumina ni desaparece sino que queda a la espera de reunirse con su cuerpo algún día. Se podría decir "en cierto modo",  (esto es una opinión personal) que el hombre sigue viviendo en su alma, aunque este alma, sin su cuerpo, no es, propiamente hablando, el hombre ... En todo caso, la muerte no es un final absoluto ni una caída en la nada.  Al final de los tiempos, cada alma inmortal volverá a recuperar su cuerpo mortal. Y el "nuevo cuerpo", ahora ya con su alma, volverá a ser otra vez la persona humana que fue ... y la muerte habrá sido sólo un episodio en la verdadera vida del hombre. Ese "nuevo cuerpo" tendrá unas propiedades especiales, será un cuerpo glorioso, como el de Jesucristo resucitado, pero nadie se verá extraño con su nuevo cuerpo. Por el contrario, lo verá como su verdadero cuerpo: se verá a sí mismo y se reconocerá en su propio ser identificado con su "nuevo cuerpo". Al fin y al cabo, el ser auténtico de cada hombre coincide siempre con la imagen que Dios tiene de él (una imagen que ahora, en este mundo,  está oscurecida, debido al pecado de origen con el que todos nacemos).

Tan solo hay una criatura humana que se encuentre en el cielo en cuerpo y alma. Y no es un hombre, precisamente, sino una mujer: la virgen María. Jesucristo se encuentra, igualmente en cuerpo y alma, con su naturaleza humana, pero Él no es una criatura humana, no es una persona humana, sino divina. Su Persona es divina. En Jesucristo se da lo que los teólogos denominan la Unión hipostática: posee una naturaleza humana (es, verdaderamente, un hombre, como nosotros) pero posee igualmente la naturaleza divina ( es verdaderamente Dios, el único Dios). Ambas naturalezas están unidas en Él, para toda la eternidad, en su Persona, que es divina. Su "Yo", que se refiere a su Persona, es divino. Él es el Hijo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es Dios, por lo tanto, al igual que lo son el Padre y el Espíritu SantoUn solo Dios en tres Personas: gran misterio de Amor es éste.

Pues lo verdaderamente admirable (aunque todo es admirable) es que también en el cielo, Él tendrá por toda la eternidad una naturaleza humana, como la nuestra: seguirá siendo verdadero Dios y verdadero hombre (exactamente igual que cuando estuvo en este mundo). Y, al tener un cuerpo, podremos verlo. Es lo que se conoce como visión beatífica. Y podremos amarlo y comprobaremos la realidad de su Amor en nosotros mismos, una realidad que ya se da, aquí y ahora, pero de la que apenas somos conscientes. Jesucristo no se avergüenza de tener un cuerpo. Lo tuvo (en su existencia histórica) y lo seguirá teniendo por toda la eternidad. Será -eso sí- un cuerpo glorioso, el mismo con el que resucitó de entre los muertos, manifestando así que Él es el Señor de la Vida (Él mismo es la Vida) y también de la muerte: ésta no tiene dominio sobre Él.

Si, por su Gracia, llegamos algún día al Cielo, entonces le veremos tal y como Él es: "le veremos cara a cara", dice San Pablo (1 Cor 13, 12). Cuando llegue el fin ya no habrá Iglesia militante ni Iglesia purgante. La Iglesia será sólo "Iglesia triunfante". Miembros del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, seremos miembros vivos e inteligentes, y tendremos un cuerpo glorioso, como el Suyo, pues todos seremos "uno en Él" ... pero sin perder nuestra propia personalidad. Por el contrario, es justamente en Él -y sólo en Él- donde encontraremos nuestro verdadero "yo"comprenderemos entonces que el sentido de nuestra existencia terrenal y el motivo por el que Dios nos creó no fue otro sino el Amor: fuimos creados por el Amor y para el Amor ... Y este Amor se encuentra en Jesucristo, quien dijo de sí mismo: "Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin" (Ap 21, 6).

Se cumplirán también las profecías del Apocalipsis en las que se habla de un cielo nuevo y de una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido (Ap 21, 1). Esto dice san Juan, revelándonos su visión, que hace referencia al final de los tiempos: 
"Oí una voz fuerte que decía desde el trono: ¡Mira, ésta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos y ellos serán su pueblo y el Dios-con-ellos será su Dios. Enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque lo anterior ha pasado. Y dijo el que estaba sentado sobre el Trono [es decir, Jesucristo]: 'Mira, hago nuevas todas las cosas'" (Ap 21, 3-4)
José Martí
(Continuará)