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domingo, 16 de agosto de 2026

Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Del blog del obispo Mutsaerts, quien siempre ha sido una voz influyente. Algunos precedentes aquí - aquí - aquí - aquí . Aquí está el índice de artículos sobre el Sínodo.Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Rob Mutsaerts , obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch (Países Bajos)


Santo Padre,

Con respeto al ministerio que se le ha confiado como Sucesor de Pedro, y en solidaridad con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted con esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me impulsa a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, supera cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex —la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esta es la pregunta decisiva.

Santo Padre, comprendo perfectamente que el ministerio petrino conlleva una responsabilidad de la que quienes no lo ejercen solo pueden tener una vaga idea. Precisamente por eso escribo estas palabras, no por falta de respeto al ministerio papal, sino por amor a él. Pedro, de hecho, recibió de Cristo no solo el mandato de unir a sus hermanos, sino también de fortalecerlos en la fe: «Y tú, cuando hayas recapacitado, fortalece a tus hermanos». En definitiva, el mundo no necesita una Iglesia que simplemente repita lo que ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin temor, lo guíe hacia Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la sinodalidad debe entenderse desde esta perspectiva. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente común que espera de su Iglesia no un proceso permanente, sino claridad en el camino hacia Dios.

Esta carta no pretende, por tanto, acusar a ninguna persona en particular. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de quienes participan sinceramente en el proceso sinodal. Es necesario reconocer las buenas intenciones, pero estas no nos eximen del deber de examinar sus frutos. Cristo mismo nos ha dado un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por consiguiente, creo que, tras años de consultas, reuniones, informes y documentos sinodales, ha llegado el momento de cuestionar con franqueza estos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla político-eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones subyace una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Impulsado por esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la sinodalidad

Quien evalúe el Sínodo sobre la sinodalidad únicamente a la luz de sus propios objetivos puede llegar fácilmente a una conclusión positiva. Se escuchó a la gente. Se habló. Se consultó a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Hablaron de comunión, participación y misión. Incluso nació un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, diálogo en el Espíritu, iniciación de procesos.

Pero también se puede analizar la misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la incómoda pregunta: ¿Qué se logró realmente con todo esto? No: ¿Cuántas reuniones se organizaron? No: ¿Cuántos informes se redactaron? No: ¿Cuántas personas asistieron?

Sino: ¿Se fortaleció la fe? ¿Se proclamó a Cristo con mayor claridad? ¿Se profundizó la identidad católica? ¿Se convirtieron más personas? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se hizo más eficaz la catequesis? ¿Surgió un mayor respeto por la Eucaristía? ¿Se aclaró la doctrina moral de la Iglesia? ¿Aumentó el valor misionero?

Cuando uno se plantea estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito. Ahora surge otro aspecto: la iniciativa sinodal no está realmente completa. La fase de implementación oficial continúa y, a través de reuniones diocesanas, nacionales y continentales, se espera que culmine en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una hoja de ruta detallada para este fin. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021 a 2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo.

El primer aspecto destacable está ya en el nombre mismo: Sínodo sobre la sinodalidad. Tradicionalmente, un sínodo se convocaba porque la Iglesia necesitaba debatir algo: la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, las Sagradas Escrituras, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la sinodalidad, sin embargo, el proceso mismo se convierte en el tema. Podría compararse con una reunión interminable para debatir cómo debería reunirse de ahora en adelante.

La Iglesia ha conocido concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunían en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin la consulta eclesial conjunta. Pero esto es muy diferente de la sinodalidad entendida como un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era una herramienta. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva católica tradicional, comienza el problema.

La Iglesia no es un diálogo, sino una realidad aceptada.

La Iglesia, de hecho, no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Esto parece obvio, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones». El liderazgo es crucial en este contexto. La fe no surge de que la Iglesia primero haga un inventario de las creencias de las personas y luego destile una convicción compartida a partir de todas esas experiencias. La fe se recibe.

Pablo usa constantemente palabras como recibir, transmitir, conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la concibió, sino porque la recibió. Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea negativa, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90 por ciento de los católicos ya no creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría menos presente. Si el 80 por ciento rechazara una doctrina moral determinada, esa doctrina no se volvería automáticamente falsa. La verdad no se produce por consenso. Este es el primer punto de tensión importante en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave a lo largo de todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho antes). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero surge de inmediato la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia por encima de todo? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en algunos textos sinodales, el orden parece invertirse fácilmente. El punto de partida son las experiencias, los deseos, las frustraciones y las expectativas de la gente de hoy, y luego surge la pregunta de cómo debe responder la Iglesia a todo esto. Esto parece pastoralmente tentador, pero encierra un peligro. Porque, ¿qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces, no es el Evangelio lo que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo, a esto se le llama conversión. Y es precisamente esta palabra la que resuena sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.

Llamativamente ausente: la conversión.

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para guiarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: «Díganme primero qué opinan de las estructuras eclesiales actuales». Sino: «Arrepiéntanse y crean en el Evangelio». Esto es decididamente menos burocrático. Y decididamente más radical.

La Iglesia de los mártires no cambió el mundo romano organizando sesiones de escucha sobre cómo los romanos podían percibir la comunidad cristiana de manera más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan Vianney proclamó a Cristo. La Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escucharon a la gente. Pero escuchar nunca fue el punto final. El punto final fue la conversión a Cristo.

El elefante en la sala del sínodo

También existe una curiosa discrepancia entre los temas que se discuten ampliamente en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia occidental en particular. Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente en Alemania, pero también en gran parte de Europa Occidental, son fáciles de reconocer. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. El conocimiento de la fe católica disminuye. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen en las verdades fundamentales de la fe. La vida sacramental se encuentra gravemente debilitada entre amplios grupos de católicos. En este contexto, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial planteara una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reconquistar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se centra en las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiales. Estos pueden ser temas legítimos. Pero una casa en llamas tiene prioridades diferentes a los asuntos administrativos.

Una especie de "Ley de Parkinson" eclesiástica.

Las instituciones que pierden de vista su propósito original tienden a hablar cada vez con más intensidad sobre su propia organización. Las empresas hablan sin cesar sobre procesos. Las universidades sobre gobernanza. Las administraciones públicas sobre modelos de participación. Y las organizaciones eclesiásticas sobre estructuras. Cuanta menos evangelización hay, más comisiones de evangelización se crean. Cuantas menos vocaciones hay, más documentos sobre vocaciones se redactan. Cuanta menos gente asiste a la iglesia, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo ser iglesia. Puede parecer cínico, pero hay una reflexión seria detrás: la burocracia puede crear la ilusión de actividad cuando la realidad muestra lo contrario. Estamos navegando sin brújula.

Expectativas que no se pueden cumplir.

El proceso sinodal ha elevado las expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las diversas fases consultivas se admitieron temas que tocan cuestiones sobre las que la Iglesia ya tiene una doctrina clara. El diaconado femenino. El sacerdocio. La moral sexual. Las relaciones homosexuales. La relación entre laicos y clérigos. La autoridad eclesiástica. La descentralización. La posición de la mujer. Cuando estos temas se "discuten" durante años, surge naturalmente la impresión de que eventualmente podrían cambiar. De lo contrario, no se discutirían interminablemente.

Esto crea una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Posteriormente, algunas de estas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción general. La Iglesia ha generado así expectativas que, en última instancia, no puede cumplir. Este no es un resultado pastoral positivo. Es una receta para la frustración.

La protestantización del concepto católico de la Iglesia.

Desde una perspectiva tradicionalista, también se puede apreciar una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna guardan similitudes con desarrollos observados en las iglesias protestantes durante décadas: mayor énfasis en la participación, mayor influencia en la administración, estructuras más consultivas, mayor influencia en las comunidades locales, mayor énfasis en la experiencia individual, mayor debate sobre conceptos sociales cambiantes y menor énfasis en la autoridad jerárquica. Todo esto, en sí mismo, no tiene por qué ser erróneo. Sin embargo, la pregunta histórica es inevitable: ¿ha propiciado este modelo un renacimiento cristiano espectacular en el mundo protestante? En gran parte de Europa Occidental, la respuesta es clara: no. ¿Por qué, entonces, debería la Iglesia Católica adoptar los modelos administrativos y pastorales de las comunidades eclesiales que a menudo sufrieron la misma secularización incluso antes y de forma más marcada? Un enfermo rara vez se recupera tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, que está aún peor.

La alternativa olvidada: la búsqueda de la santidad.

Las grandes reformas católicas casi nunca comienzan con las estructuras. Comenzaron con los santos. Tras periodos de corrupción, llegaron los reformadores: Benedicto XVI, Bernardo de Eugenio, Francisco de Asís, Domingo de Aquino, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: convertirse en santos.

Porque un santo posee un poder misionero que ningún documento programático puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene mejor futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sinodal y dirigentes bien pagados. Un convento con diez religiosas fervientes evangeliza más que cien páginas de jerga eclesiástica. Un sacerdote que cree visiblemente estar ante Dios en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Quizás esta sea precisamente la alternativa que el Sínodo no supo enfatizar lo suficiente: no menos escucha, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego.

Desde una perspectiva tradicional, también sorprende que la crisis litúrgica haya tenido un papel relativamente secundario. Porque si realmente se quiere saber cómo le va a una Iglesia, hay que fijarse en su culto. Lex orandi, lex credendi. La forma de rezar es la expresión de la fe.

Cuando los católicos casi ya no comprenden que la Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, cuando el sentido de lo sagrado se debilita, cuando el silencio desaparece, cuando los confesionarios están vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, entonces la Iglesia no tiene un problema de gestión. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolver este problema. Tampoco una nueva asamblea. Quizás un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

. El proyecto sinodal enfatiza la participación. Pero aquí surge una curiosa paradoja. Quienes participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. El católico silencioso que va a Misa todas las mañanas, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos generalmente no escribe un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional generalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar a su familia en la fe católica probablemente tiene poco tiempo para asistir a sesiones de escucha. Una monja contemplativa no llena un cuestionario. Pero su fe puede estar más arraigada que la de los participantes profesionales en las reuniones de la iglesia. Quienes solo escuchan a quienes se acercan al micrófono pueden olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones. ¿

Sinodalidad o colegialidad?

Quizás parte de la confusión desaparecería si volviéramos a un lenguaje más preciso. La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos, junto con Pedro y bajo su guía, forman el colegio episcopal. También existen concilios presbiterianos, concilios pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria una nueva categoría que lo abarcara todo: la sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —es imposible concebir una sola definición— que cada persona puede entenderlo de manera diferente. Para algunos, significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significar cualquier cosa, en última instancia, no significa nada. Por eso se justifica la cuestión de la proporcionalidad. ¿Cuánta energía hay que invertir aún en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos grupos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de las evaluaciones?

Y sobre todo: ¿qué pasaría si se invirtiera la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema de fondo: la eclesiología.

En última instancia, entonces, la discusión no se centra realmente en las reuniones. Se trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es ante todo una comunidad que busca junta lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está fundada en los apóstoles. Preserva una fe que no inventó. Por lo tanto, toda sinodalidad debe, en última instancia, definirse por algo que no es objeto de la discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo. El mundo no espera una Iglesia sinodal.

Y aquí reside quizás la mayor tragedia. El mundo moderno está experimentando una extraordinaria crisis espiritual. La gente busca sentido. Los jóvenes buscan una identidad. La soledad aumenta. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo resulta insatisfactorio. El cambio climático se está convirtiendo en una religión sustituta para muchos. La gente teme a la muerte, pero casi ya no sabe para qué vive. Y en medio de ese mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. Las Sagradas Escrituras. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición inigualable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo: Jesucristo.

El mundo no espera a que otra organización más lo escuche. Ya hay suficientes. El mundo espera a que alguien le diga para qué fue creado.

De Emaús a Jerusalén.

Quizás el Evangelio de los discípulos en Emaús ofrece, en última instancia, el mejor modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina junto a los discípulos. Los escucha atentamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Les da espacio para su decepción. Hasta este punto, cualquier manual sinodal estaría de acuerdo con entusiasmo. Pero entonces ocurre el acontecimiento decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente, lo reconocen al partir el pan. Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura. Y después de eso, los discípulos no permanecen reunidos indefinidamente en Emaús para evaluar su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a proclamar el Evangelio. El proceso sinodal se estancó en Emaús, y la pregunta es si alguna vez podrán superarlo. Estamos tan ocupados discutiendo cómo la Iglesia debe caminar junta que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, después de todo, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que oren. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesiones donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios que formen hombres dispuestos a entregar sus vidas a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a ser transformado por Cristo.

Porque, en última instancia, Cristo no envió a su Iglesia al mundo diciendo: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura». Así nació la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado desde ahí.

Santo Padre,

permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y ruego que bajo su pontificado se vea una vez más claramente que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a proclamar a Cristo; No para reflejar el espíritu de la época, sino para conducir al mundo a la vida eterna.

Los fieles pueden esperar que el sucesor de Pedro fortalezca a sus hermanos y hermanas en la fe, en medio de la confusión de nuestro tiempo. Que nos recuerde que la verdad que la Iglesia proclama no es una mercancía de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y que debemos transmitir intacto. Que inspire valor en los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, en los religiosos que han consagrado su vida a Dios, en los padres que, a contracorriente, buscan educar a sus hijos en la fe católica, y en los jóvenes que, especialmente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por lo tanto, mi oración es sencilla: concédenos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de los debates internos, que nos dirija una vez más a Cristo. Cuando nos perdamos en procedimientos y estructuras, que nos recuerde nuestra misión. Cuando tememos proclamar el Evangelio en toda su plenitud por temor a ofender al hombre moderno, recordemos las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor por la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no surge del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos desperdiciando un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se están vaciando, mientras que, al mismo tiempo, las nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia con renovado fervor. Ahora mismo, no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca su tesoro y no tema mostrarlo al mundo.

Por lo tanto, ruego que su pontificado se caracterice por un renovado enfoque en lo que, en última instancia, es el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas. Porque, una vez concluidos todos los sínodos, redactados todos los documentos, disueltas todas las comisiones y olvidados nuestros nombres, solo quedará la pregunta verdaderamente importante: ¿hemos acercado a Jesucristo al pueblo que nos ha sido confiado?

Que San Pedro interceda por ustedes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja. Y que el Señor les conceda la sabiduría, el valor y la firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y el amor.

Con sincera veneración, unidos en la oración,

en Cristo,
+Rob Mutsaerts,
Obispo Auxiliar de la Diócesis de 's-Hertogenbosch

martes, 24 de octubre de 2023

No hay peor ciego (Bruno Moreno)



Como le dijo el juez al guardia jurado acusado de complicidad en el robo: “me creo que sea usted corto de vista, me creo que fuera de noche cerrada y no se viera bien, me creo que se hubiera producido un apagón, también me creo que hubiera niebla y hasta me creo que por mala suerte hubiera perdido las gafas, pero, cuando ayudó a los ladrones a meter el botín en la furgoneta, digo yo que algo vería, ¿no?”.

Del mismo modo, cuando hablamos en este blog de problemas de la Iglesia que están a la vista de todos, cada día y en todas partes, uno sospecha que quienes sistemáticamente no los ven es porque no los quieren ver. En cierto modo lo entiendo, porque a menudo son problemas angustiosos, pero negarlos no conduce a nada, creo yo.

Vemos unos ejemplos, con las noticias que acabo de leer y los últimos artículos que he escrito sobre estos temas.

- Hace un par de semanas escribí el artículo ¿Tradición viva o Tradición a secas?, en el que indicaba que la expresión “Tradición viva” tiene una interpretación católica y acorde con la fe, pero que hay que tener cuidado porque muchos “teólogos” y eclesiásticos ponen adjetivos a la Tradición para darle otro sentido totalmente contrario, el de algo que está constantemente cambiando, con el fin de usarlo para introducir en la Iglesia cosas contrarias a lo que la Iglesia siempre ha creído.

He aquí que hoy me encuentro que el Cardenal Czerny, jesuita, le cuenta a un entrevistador que la Iglesia no ordena mujeres, pero que “no se trata de una discriminación estructural. Es nuestra tradición que las mujeres no puedan ser sacerdotes. Y la tradición es dinámica. Está en desarrollo. No es estática”. Y justo después le preguntan si ha conocido a alguna mujer con vocación al sacerdocio y responde: “Probablemente sí". ¿De verdad hay alguien que no vea que el cardenal está abriendo la puerta a decir que hoy las mujeres no pueden ser sacerdotes, pero mañana ya veremos, porque la tradición es dinámica y las mujeres tienen vocación sacerdotal y patatín y patatán? Igual, por otra parte, que hizo el mismo Papa cuando dijo que la declaración definitiva de Juan Pablo II sobre el sacerdocio reservado a los varones era definitiva, pero que habrá que estudiar qué significa exactamente eso de “definitiva”

- Hace un mes escribí, ¿Más sabio que Santo Tomás?, en el que señalaba que las declaraciones que había realizado el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández, eran una muestra de que, aunque fuera inconscientemente, pensaba que era más sabio que Santo Tomás, porque decía exactamente lo contrario que él (en una cuestión, además, en la que el Aquinate no hacía más que expresar la fe de la Iglesia).

He aquí que me encuentro que el mismo Prefecto declara ahora con toda seriedad en Facebook que, en la Iglesia del pasado, “existía una violencia verbal que llevaba demasiado rápido a juzgar duramente a los demás sin temor alguno a lastimarlos y a destrozar su autoestima. Se decía: ‘adúlteros’, ‘sodomitas’, ‘hijos ilegítimos’, ‘degenerados’, ‘pecadores’, etc.”.

Es difícil no concluir de estas palabras que que el Prefecto no solo se cree más sabio que Santo Tomás, sino también más sabio y misericordioso que San Pablo, todos los santos, todos los papas de la historia y el mismo Jesucristo, que usaron en numerosas ocasiones esas mismas palabras y por ello, aparentemente, fueron culpables de “violencia verbal” y de no tener temor alguno a “destrozar la autoestima” de pobrecillos cuyo único pecado era, bueno, pecar gravemente, pero que a la vez tenían derecho a que nadie osara decir que eran pecadores, ni adúlteros ni nada.

- Hace tres días escribí Estamos en la última trinchera, sugiriendoque gran parte de la jerarquía de la Iglesia lleva medio siglo presa de una extraña locura que le induce a creer que lo que tiene que hacer la Iglesia es ceder en todo a las pretensiones anticristianas del mundo, y así, de alguna forma, llegará una mágica primavera, un nuevo pentecostés. A pesar de que llevamos medio siglo comprobando por activa y por pasiva que, por mucho que cedamos al progresismo, lo único que conseguimos es que cada vez pida más y más.

Pues he aquí que me encuentro a Mons. Overbeck, obispo de Essen, en Alemania, y nombrado uno de los portavoces del Sínodo de la sinodalidad, repitiendo otra vez en una rueda de prensa sinodal la cansada cantinela de “los signos de los tiempos” y diciendo que, si la enseñanza de la Iglesia es contraria a esos signos de los tiempos, “a nadie le va a convencer” esa enseñanza. Con lo que se refiere, presumiblemente, a algo que ya lleva tiempo defendiendo: que “la Iglesia Católica debe cambiar su opinión sobre la homosexualidad” y que no debe negarse esta “expresión de la sexualidad”, porque excluirlo es la “manifestación de un prejuicio difícil de aceptar” y lleva a la “discriminación”. Curiosamente, el obispo ha asegurado en la rueda de prensa que, en 14 años como obispo, ha enterrado a 300 sacerdotes y solo ha ordenado a 15. Actualmente no tiene ningún seminarista. Pero, claro, él sabe lo que necesita la Iglesia, que es renunciar a la moral revelada, y así todo, mágicamente, se arreglará. No es una locura, no, es perfectamente lógico.

- En fin, quien no lo ve es que no quiere ver. Y ver los problemas es lo primero que se necesita para poder solucionarlos. Necesitamos luz y, en casos como los citados, una generosa cantidad de desinfectante.

Bruno Moreno

viernes, 13 de octubre de 2023

Dubia y más dubia: Entrevista a Monseñor Schneider



La entrevista a monseñor Schneider (que tiene lugar al principio) dura aproximadamente 55 minutos. Es muy aconsejable escucharla, aunque sea en varias veces. Es esclarecedora y un canto a la esperanza para los católicos

Duración 54 minutos y 40 segundos (desde 7:08 hasta 1:01:48)

lunes, 9 de octubre de 2023

Burke y Müller: «El Espíritu Santo no puede contradecirse» (Carlos Esteban)



Hace algunas semanas, en vísperas del sínodo, uno de sus más conspicuos participantes, el jesuita norteamericano James Martin, acusó a los críticos de la asamblea sinodal de no creer en el Espíritu Santo, como si la Tercera Persona de la Santísima Trinidad fuera responsable todo lo que cualquiera proclame en su nombre.

Pero en una intervención en la cadena católica norteamericana EWTN, el ex Prefecto del Tribunal de la Signatura Apostólica, cardenal Raymond Burke, recordó lo evidente: Dios no puede contradecirse, y decir hoy lo contrario de lo que dijo ayer.

Burke cargó contra la continua referencia al Espíritu Santo en las decisiones de este Sínodo, señalando que “es el mismo que inspira a la Iglesia desde hace dos mil años y no se contradice. No puede haber inspirado durante dos mil años que algo es malo y ahora inspirar que es bueno».

Burke y su colega Gerhard Müller, antiguo prefecto para la Doctrina de la Fe, reiteraron para la EWTN, la doctrina de la fe e instaron a los católicos a resistir con fortaleza y permanecer en la única Iglesia de Cristo.

Los dos primeros actos del nuevo Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe , a saber, la publicación de la carta del Papa Francisco a la primera versión de la dubia de cinco cardenales y la respuesta a las preguntas del cardenal Dominik Duka sobre Amoris Lætitia, contradecían la enseñanza constante de la Iglesia sobre al menos un punto capital: el mal intrínseco de la sexualidad ejercida fuera del matrimonio legítimo. Estos documentos llevan la firma ex audientia de Francisco, pero no se encuentra en ellos la fórmula habitual: « el Sumo Pontífice NN, el…, aprobó esta Carta (o Instrucción/Decreto/Nota, etc.) y ha ordenado su publicación». El detalle es digno de mención y confiado a la reflexión de los canonistas.

“Permanezcamos con Cristo en la Iglesia”, implora Burke. “Aunque sea el Papa quien defiende lo falso, nosotros defendemos la verdad (…). Creemos que el Señor está llevando todo a buen fin. Mientras tanto el sufrimiento es terrible; En cualquier caso, no subestimo el sufrimiento de los católicos; No sé qué tan buen católico soy, pero también sufro. Pero debemos confiar en el Señor, permanecer con Él, no ir a otra parte». Y pone el ejemplo de la fortaleza de San Atanasio, quienes tuvieron que sufrir toda clase de castigos y sanciones para defender la fe. «Nosotros también debemos estar dispuestos a hacerlo», dijo el cardenal.

Müller habló del trato indigno que algunos obispos católicos están recibiendo por parte del Papa, como el obispo de Tyler, monseñor Strickland, mientras que abusadores sexuales, como Rupnik, disfrutan de su protección: «El obispo no es un delegado de la Papa». El Papa sólo puede intervenir cuando hay problemas graves, de carácter moral o doctrinal; «Es una vergüenza que los buenos obispos ortodoxos estén sujetos a estas presiones y que otros que están haciendo muchas cosas malas y son heterodoxos reciban una gran tolerancia por parte de Roma».

Carlos Esteban

La gran subversión



Hace una semana publicaba un artículo titulado “La gran inversión”. En este caso lo titulo La gran subversión. Estamos frente a una persona, Jorge Bergoglio, que desde su arribo a la sede petrina y, sobre todo en el último año, está tomando medidas que subvierten —es decir, vuelven hacia abajo lo que debe estar arriba— la Iglesia católica. El siempre imprescindible blog de Specola nos señala un artículo de Eric Sammons que nos lo dice con claridad: el concepto de sinodalidad amenaza con reemplazar al catolicismo como religión de la Iglesia católica; con Francisco está surgiendo una nueva religión que busca arrebatarle el control a la Iglesia católica para reemplazar al catolicismo. Esa es a situación real que estamos atravesando, y es difícil tomar conciencia plena de la gravedad del momento.

No voy a repetir aquí lo que se dice sobre el sínodo en muchos otros medios. Pero sí me parece relevante señalar algunos aspectos que prueban mi hipótesis de que estamos en medio de un acelerado proceso de subversión de la Iglesia. Un muy bien informado sitio periodístico italiano, Silere non possum, nos relata lo que se vive en medio del sinodal sínodo sobre la sinodalidad. Los cardenales, obispos y sacerdotes son considerados sapos de otro pozo y deben medir cada palabra que dicen debido a que quienes allí tienen la voz más alta y potente, son un pequeño grupo de laicos ideologizados, arrogantes y arribistas que quieren imponer su forma de pensar. Y piensan con pretendida autoridad sobre cualquier tema. Por ejemplo, sobre la formación sacerdotal en los seminarios. ¿Es posible que laicos como el representante de extrema izquierda Luca Casarini, por ejemplo, pueda decir algo sobre cómo formar a los sacerdotes del mañana? ¿La Iglesia puede confiar esta reflexión a personas que no tienen idea de lo que es un seminario o una parroquia? Los pobres, colectivo que no puede faltar en tenidas francisquistas, son glorificados por hombres y mujeres que usan pulseras que cuestan diez mil euros. El obispo ya no es quien confirma en la fe sino «quien debe acompañar a los migrantes». Incluso hay quienes están pensando en modificar el Código de Derecho Canónico: ocurrió el viernes por la mañana cuando se habló de cómo reformar las estructuras eclesiales y las curias. Esta discusión de altísima gravedad ha sido encomendada por el Sumo Pontífice a quienes ni siquiera tienen el bachillerato terminado.

A tal punto llega la subversión que está ocurriendo ante nuestros ojos que la inicua Elizabetta Piqué se escandalizaba de que el cardenal Müller tuviera la osadía de asistir al sínodo usando sotana. Una periodista mucho más seria que la Piqué, Diane Montagna, hacía la siguiente pregunta el vocero de la asamblea: “Tradicionalmente, y no sólo tradicionalmente, la Iglesia católica discierne la presencia del Espíritu Santo según está de acuerdo con la Revelación divina, el consenso unánime de los Padres y la Tradición apostólica. Entonces,¿Cómo discierne el sínodo si algo viene del Espíritu Santo o de otro espíritu?”. La respuesta del dottore Ruffini, vocero papal, es indiscernible (ver aquí, 36’ 45”). ¿Surrealismo? Más bien parece una Revolución de Octubre de papel crepé o un congreso peronista trasladado a la colina vaticana.

Pero el sínodo recién comienza y para trazarle su camino, el Papa promulgó el 4 de octubre la exhortación apostólica, o más bien ecológica, Laudate Deum. Una vez más, no se trata de repetir aquí lo que se puede leer en otros sitios, pero podemos señalar algunos puntos. En primer lugar, la oportunidad del documento. Como lo dice de un modo genial Juan Manuel de Prada en su artículo del sábado en el ABC, “en un futuro probable, quiene leyeren esta exhortación podrían quedarse pasmados de que, en una época en que primer incendios abrasan la Iglesia, un Papa se pusiera a tañer la lira del cambio climático”. Pero se trata, además, de un documento en el que el nombre de Jesús aparece mencionado sólo una vez. Nuestro Señor ha desaparecido del horizonte de su vicario que, pareciera, se ha constituido en vicario de otros poderes. Quienes siguen este blog saben que desconfío sistemáticamente de las teorías conspirativas, pero no pretendo caer en la ingenuidad. ¿Cuáles son los motivos que justifican los lazos de amistad y cordial entendimiento entre Bill Clinton y Alex Soros, heredero de George, con el papa Francisco? Sabemos quiénes son y qué quieren aquellos dos, y lo sabemos porque lo dicen públicamente, ¿qué pueden tener en común entonces, con el vicario de Cristo, si sus objetivos son subvertir la doctrina cristiana? Mariana Mazzucato, una empleada del holding Clinton, Soros & Cía. ha sido empleada hace pocas semanas también por el Papa Francisco nombrándola miembro de la Academia para la Vida. Y las declaraciones de esta señora son muy claras en cuanto a los objetivos que persiguen sus empleadores. Estos datos son apenas una muestra de muchos otros, y creo que todos ellos nos llevan a afirmar, porque tal es la evidencia, que el Papa Francisco se encuentra ocupado en el proceso de cambiar la fe católica; ya no es cuestión de que sea más o menos progresista, más o menos disruptor; más o menos hostil a los tradicionalistas y conservadores. Está destruyendo la fe de los apóstoles y la está cambiando por otra.

La exhortación ecológica, además, causa una profunda vergüenza a todos los católicos por la calidad del texto: es tan elemental, tan poco seria, tan ramplona y arrabaler que parece que la hubiese escrito el cardenal Tucho Fernández (se non è vero…). Qué persona formada, qué católico sincero podría tomarse en serio un documento que, por ejemplo, en el nº 57 dice: “Pero corremos el riesgo de quedarnos encerrados en la lógica de emparchar, colocar remiendos, atar con alambre, mientras por lo bajo avanza un proceso de deterioro que continuamos alimentando. Suponer que cualquier problema futuro podrá ser resuelto con nuevas intervenciones técnicas es un pragmatismo homicida, como patear hacia adelante una bola de nieve”. O bien, hace afirmaciones como la siguiente: “Ya no se puede dudar del origen humano —“antrópico”— del cambio climático” (nº 11). Pues la verdad es que son muchos los que dudan y tienen argumentos muy sólidos y consistentes para hacerlo, por ejemplo Marco Battaglia, la máxima autoridad italiana en cuestiones climáticas y ambientales

¿Qué seriedad puede tener un documento cuyas citas son autocitas en su mayor parte y el resto, citas de documentos producidas por agencias globalistas y pertenecientes todos a una misma y única postura? ¿Qué crédito se puede dar al autor del tal documento que no solamente no tiene en cuenta las razones contrarias a las propias opiniones sino que se burla de quienes las sostienen y, en la práctica, prohibe a los católicos adherir a posiciones que él mismo denomina “negacionistas”? El texto de Laudate Deum no alcanza el nivel de una tesina de licenciatura, y jamás pasaría la revisión de una revista científica mínimamente seria; y traigo a colación lo de “revista científica” porque es un texto que habla de ciencia (interesantes las reflexiones en este sentido de Quintana Paz). Por eso mismo, pareciera que la mano que estuvo detrás es la del cardenal Tucho.

¡Qué lejos quedaron los grandes documentos papales! Si pareciera que hace siglos que aparecieron Veritatis splendor o Spes salvi. Muchos dirán con razón que no vale la pena hacer tanta alharaca porque, en definitiva, se trata de un documento que no leerá más que la élite ilustrada de franciscólogos. No lo leerán los sacerdotes y mucho menos los laicos; los obispos quizás lo lean a fin de poder citarlo y acumular chances de alguna promoción. Pero el problema no es solamente el desprestigio —ya de por sí muy disminuido— que acarreará a la Iglesia sino la pulverización que implica de la función magisterial del pontificado romano. Mucho le costará a los próximos papas —si es que los tales existen— reclamar la función de maestros supremos de la fe después de la devastación producida por Bergoglio.

Finalmente, la subversión pudo verse de un modo impúdico en la presentación del documento en medio de los jardines vaticanos. Allí estuvieron, entre otros, Giorgio Parisi, científico italiano que impidió que el papa Benedicto XVI hablara en La Sapienza; el escritor Jonathan Safran Foer, cuyas propuestas para palear el cambio climático son no tener hijos y no comer carne, y Luisa-Marie Neubauer, amiga de Greta Thunberg. La foto que ilustra esta entrada presenta justamente a esta desdichada jovencita nórdica como una santa, y ciertamente lo es de acuerdo a los nuevos criterios francisquistas. Ya no se presentan como modelos de santidad quienes se mantienen castos, como San Luis Gonzaga; quienes dan su vida por Cristo como Santa Inés; quienes llevan el mensaje del Evangelio a los paganos como San Francisco Solano o quienes entregan totalmente su vida a Dios en la oración como Santa Teresita del Niño Jesús. No. Los nuevos modelos, los nuevos santos, son los que no contaminan el ambiente, quienes entregan su vida para “evitar un aumento de una décima de grado en la temperatura global” (Laudate Deum nº 70) y quines no albergan “opiniones despectivas y poco racionales” (nº 14) con respecto al cambio climático que aflige a la Madre Tierra. La subversión de la Iglesia.

Cuando era adolescente me entusiasmé con la lectura de El señor del mundo de Robert Hugh Benson y de Juana Tabor, de Hugo Wast. Lecturas juveniles de épocas en que no había internet. Y fantaseaba sobre lo afortunados que sería los cristianos que vivieran esos tiempos postreros. Mucho me temo esos tiempos están alboreando; lo que ya no me convence es que los cristianos que estamos viendo ese amanecer luctuoso seamos tan afortunados.

THE WANDERER

viernes, 6 de octubre de 2023

NOTICIAS 6 DE OCTUBRE DE 2023



ADELANTE LA FE

Carta de cardenal Joseph Zen expresando algunas preocupaciones sobre el Sínodo de la sinodalidad

¿Y al fin cómo es que nos vamos a enterar de lo que sucede en el sínodo?

Selección por José Martí

Mis tres ‘dubia’ sobre Laudate Deum (un excelente artículo de Carlos Esteban)



La reciente exhortación Laudate Deum, anunciada como segunda parte de la encíclica ecológica Laudato sì, suscita, al menos en quien esto escribe, ciertas dudas que expongo a continuación.

Las dubia, como las sometidas recientemente al Papa por cinco cardenales sobre asuntos que conciernen al sínodo de la sinodalidad, son un procedimiento formal, previsto aunque excepcional, por el que se ruegan aclaraciones sobre un texto pontificio. Sus protagonistas suelen ser prelados, pero el propio Papa Francisco ha expresado en incontables ocasiones, y muy especialmente con el presente sínodo, su voluntad de que los laicos transmitamos nuestras preocupaciones y sugerencias, lo que me ha animado a exponer las presentes ‘dubia’.

Primum dubium. Incluso si la teoría del cambio climático antropogénico se revela como no solo cierta, sino incluso como una catástrofe de proporciones apocalípticas para todo el planeta, ¿es competencia del Santo Padre? La misión estricta del sucesor de Pedro es, según las Escrituras y la Tradición, “confirmar en la fe a los hermanos” como custodio del Depósito de la Revelación. ¿Pertenece a la Revelación el Cambio Climático y sus consecuencias?

Una vez más, partamos de la hipótesis (más que discutible, como veremos más adelante) de que, en efecto, la actividad humana está contribuyendo a un dramático cambio en el clima planetario. ¿Qué autoridad tiene la cabeza de la Iglesia Católica para disertar sobre el mismo, urgiendo a adoptar ciertas medidas sobre las que no es un experto? Incluso el más fiel de los católicos, si acepta las premisas de esta teoría, prestará naturalmente más atención a los mensajes de investigadores de primera línea y autoridades científicas.

Porque una cosa es incidir desde la Cátedra de Pedro en la obligación de todos los hombres, no solo los cristianos, de cuidar la Creación -un aspecto de la teología moral sobre el que, en cualquier caso, ni el Evangelio ni los Padres han dedicado especial atención-, y otra muy distinta es abrazar una hipótesis científica concreta que no guarda relación alguna con la fe.

Y esto me lleva directamente a la segunda cuestión:

Secundum dubium. En nuestra primera cuestión hemos partido, ex hypothesi, de que existe una certeza sobre la realidad de la teoría del cambio climático antropogénico. Pero eso está lejos de ser cierto. ¿Es prudente que el Santo Padre comprometa, como mínimo, el prestigio de la Sede Petrina, abrazando autoritativamente una hipótesis científica que bien podría revelarse errada en todo o en parte? ¿Tiene sentido dar la apariencia de un respaldo casi dogmático a un saber científico, por claro que aparezca a ojos humanos?

Antes de continuar conviene aclarar qué comporta la teoría del cambio climático antropogénico dominante ahora en el panorama internacional. Para no ser tachado de negacionista y arrojado a las tinieblas exteriores es necesario creer con fe cierta todas y cada una de las siguientes afirmaciones:

1. No basta afirmar que existe el cambio climático, que equivale a hablar del agua mojada o del fuego ardiente, porque la naturaleza del clima es el cambio. No: hay que creer en un cambio significativo y permanente del clima a escala planetaria, evidenciado sobre todo por un aumento de la temperatura media, mediante un mecanismo que implica el aumento de emisiones de determinados gases, muy especialmente el dióxido de carbono.

2. Asimismo hay que creer que este cambio de paradigma climático es debido a la actividad humana, muy especialmente a la actividad industrial.

3. Es también necesario creer que las consecuencias de este cambio son un mal sin mezcla de bien alguno. No es aceptable argumentar que el planeta ha vivido periodos bastante más cálidos que el actual, incluso en épocas históricas, y que las consecuencias han sido, en general, bastante positivas, como en el Óptimo Medieval, o que la tierra ha salido solo recientemente (en el siglo XIX) de una Pequeña Glaciación que ha durado siglos, por lo que podría considerarse, en forma impropia, que se está volviendo “a la normalidad”.

4. Por último, hay que creer que el fenómeno es reversible. Este último punto es de los más delicados, pero también de los más cruciales. Desde que se anunció este proceso, allá por los años ochenta del pasado siglo, se nos ha venido advirtiendo regularmente que nos quedaban X años para que no hubiera marcha atrás, pero en cada caso la fecha ha llegado, la catástrofe no se ha materializado y, como en las sectas milenaristas, los profetas han vuelto a atrasar la fecha del apocalipsis. La razón que aducen los negacionistas es que si alguna vez se declarara la irreversibilidad, las medidas draconianas que se nos quieren imponer no tendrían razón de ser.

Pero pese a que el Papa afirma que el consenso científico es casi absoluto, que los disidentes son una minoría ínfima y, sugiere, irrelevante, lo evidente es que ese no parece ser el caso.

La ciencia es un saber que avanza por confirmación física. Si las previsiones que se hacen a partir de una hipótesis no se cumplen, la hipótesis es falsa, al menos en alguna medida. Y muchas profecías se han incumplido; todas, de hecho.

Por otra parte, recientemente se hizo pública una declaración firmada por más de un millar de científicos asegurando que no estamos ante una emergencia climática. No hablamos de opinadores o aficionados: son investigadores de primera línea, y entre los firmantes figuran dos premios Nobel.

¿Pueden estar errados? Naturalmente. Pero eso no puede saberlo el Papa, que con esta exhortación se arriesga a comprometer el prestigio de la Sede Apostólica.

No está lejos en absoluto el repetido mensaje papal exhortando a la vacunación contra el covid, que declaró como un ‘deber moral’ y calificó de ‘acto de amor’. Las intenciones, incluso la lógica, de ese mensaje es impecable, pero solo si el tratamiento recomendado funcionaba exactamente como se anunció universal y repetidamente. No fue el caso. Los propios fabricantes confesaron que la ‘vacuna’ no pretendía detener la transmisión de la enfermedad -de hecho, no lo hacía-, negando así lo que la podía convertir teóricamente en un ‘acto de amor’. Por otra parte, aún es pronto para analizar todos los datos que van apareciendo sobre sus efectos secundarios en una minoría de sujetos, que quizá podrían hacerla poco aconsejable para una campaña universal.

Y, por último:

Tertium dubium. La Iglesia vive objetivamente un momento de crisis y confusión. La crisis es perfectamente medible con parámetros usados para cualquier realidad humana: número de católicos en Occidente, apostasías, vocaciones sacerdotales y religiosas, práctica de los sacramentos, desacuerdos doctrinales. Se mida como se mida, todos los factores apuntan no solo a una reducción de la Iglesia, sino a su irrelevancia como ‘sal’ de las sociedades donde habitan los cristianos.

Por otra parte, los principios de nuestra fe están en continua y ruidosa discusión, y la palabra ‘cisma’ aparece cada vez más a menudo en boca de los comentaristas, e incluso del propio Santo Padre.

Así las cosas, ¿tiene sentido, en este panorama, que el Papa dedique dos documentos magisteriales al ‘cuidado de la casa (material) común’, ignorando aparentemente la angustia de tantas almas? Al fin, el objetivo último de toda la estructura eclesial, la razón de ser de cada uno de sus elementos, es la salvación de las almas, no la supervivencia del planeta.

Carlos Esteban

lunes, 2 de octubre de 2023

Una «respuesta» a los dubia que no es ni siquiera cristiana (BRUNO MORENO)

ESPADA DE DOBLE FILO




Leo con asombro y tristeza la carta que escribió el Papa Francisco a los dubia presentados por cinco cardenales sobre los temas que van a debatirse en el tristemente famoso Sínodo de la sinodalidad. No vamos a entrar en si fue redactada por el propio Papa o por el cardenal Fernández. En realidad da igual: está firmada por el Papa y eso es lo que importa.

Esta “respuesta”, como era de prever dada la confusión actual, no responde a las preguntas, sino que se limita a confundir más las cuestiones en lugar de aclararlas, una forma de actuar que, hasta donde puedo ver, es inédita en el Magisterio de dos milenios de historia de la Iglesia. Desgraciadamente, eso no es lo peor y decía que he leído la respuesta con asombro y tristeza porque me veo obligado a concluir que no es simplemente confusa y errónea, sino que ni siquiera cumple los requisitos mínimos para ser considerada cristiana. Al menos a mi (falible) juicio. Vamos a verlo brevemente.

En la respuesta se encuentran afirmaciones asombrosas, que, hasta donde puedo ver, en cualquier momento de la historia de la Iglesia (excepto el presente, por lo visto), habrían recibido una condena universal por parte de todos los católicos. Por ejemplo:
“f) Por otra parte, es cierto que el Magisterio no es superior a la Palabra de Dios, pero también es verdad que tanto los textos de las Escrituras como los testimonios de la Tradición necesitan una interpretación que permita distinguir su substancia perenne de los condicionamientos culturales. Es evidente, por ejemplo, en los textos bíblicos (como Éx 21,20-21) y en algunas intervenciones magisteriales que toleraban la esclavitud (cf. Nicolás V, Bula Dum Diversas, 1452). No es un tema menor dada su íntima conexión con la verdad perenne de la dignidad inalienable de la persona humana. Esos textos necesitan una interpretación. Lo mismo vale para algunas consideraciones del Nuevo Testamento sobre las mujeres (1 Cor 11,3-10; 1 Tim 2,11-14) y para otros textos de las Escrituras y testimonios de la Tradición que hoy no pueden ser repetidos materialmente”
Esto es, sencillamente, increíble. Es dogma de fe que la Sagrada Escritura está libre de error. El Concilio Vaticano II recordó esta verdad básica de la fe católica: “Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación” (Dei Verbum 11). Si alguien no reconoce esta verdad fundamental y evidente de que la Palabra de Dios no se equivoca, no puede ser considerado ni siquiera cristiano, mucho menos católico.

Nunca creí que vería el día en que un documento pontificio se dijera, con toda naturalidad, que “algunas consideraciones del Nuevo Testamento sobre las mujeres” y otras cuestiones “hoy no pueden” ser repetidas “materialmente” por la Iglesia. ¿Y qué vamos a repetir entonces? ¿Lo que dicen los vedas, El Capital o El arte de besar? Si eso no es ponerse por encima de la Palabra de Dios no sé lo que es. Con ese criterio, se puede enseñar cualquier cosa. Hoy ya no se puede repetir lo que dice la Palabra de Dios sobre las mujeres, mañana no se aceptará lo que dice sobre las parejas del mismo sexo o sobre el adulterio y pasado mañana le tocará al asesinato (al menos para niños y ancianos), a la resurrección de Cristo o a la Santísima Trinidad. Un completo despropósito.

Decía que este criterio no es ni siquiera cristiano porque disuelve por completo la fe y a la misma Iglesia. A fin de cuentas, la misión de la Iglesia en su conjunto y del Magisterio en concreto es transmitir la Revelación de Jesucristo, contenida en las dos fuentes gemelas de Escritura y Tradición. Si el Magisterio, en vez de transmitir lo revelado, pasa a elegir qué partes de la Escritura y la Tradición se pueden “repetir materialmente” y qué partes no porque ya están obsoletas, ha convertido al Papa en fuente de la revelación, en una especie de nuevo Mesías, mejor y más misericordioso que Jesucristo. Es una idea por completo incompatible con la fe.

En cuanto a la esclavitud y brevemente para no alargarnos, es lamentable que el documento haga uso de un bulo anticatólico muy extendido, al afirmar que la Iglesia ha cambiado de opinión con respecto a la esclavitud (¡y además lo ha hecho abandonando lo que afirma la Escritura sobre el tema!). La realidad, evidente para cualquiera que sabe algo de moral, es que lo moral e inmoral no son los nombres. La palabra “esclavitud” no es moral ni inmoral y se ha referido a lo largo de la historia a realidades variadísimas, desde los trabajos forzados a la servidumbre de la gleba, los trabajos para saldar una deuda, la prisión, etc. Algunas de esas realidades son intrínsecamente rechazables y otras no lo eran necesariamente en sus circunstancias.

Lo inmoral, que siempre ha sido condenado por la Iglesia y por la Palabra de Dios, es tratar a una persona como si fuera un objeto. En ese sentido, por ejemplo, las leyes sobre la esclavitud existentes en Norteamérica (la llamada “chattel slavery”, que consideraba objetos a los esclavos) permitían que los amos vendieran a los hijos de los esclavos, los maltrataran cruelmente, se acostaran con las esclavas a voluntad y un largo etcétera y, por lo tanto, eran evidentemente inmorales, no por la palabra “esclavitud”, sino por esas inmoralidades que permitían. En cambio, en los países católicos se entendía que esas inmoralidades debían estar prohibidas, porque el hecho de que alguien, jurídicamente, tuviera la condición de “esclavo” no significaba que dejara de ser una persona. Del mismo modo, San Pablo, cuando habla a un amo sobre su esclavo escapado Onésimo, le dice que lo trate como a un “querido hermano en el Señor”, como una persona y no como un objeto de su posesión, rechazando así cualquier inmoralidad. Es decir, no ha cambiado la doctrina moral sobre esta cuestión, porque lo que hoy es inmoral también lo era hace mil años, aunque por supuesto hayan cambiado los juicios prudenciales sobre estructuras jurídicas que dependen de las circunstancias. Es tristísimo que un documento papal aproveche falsas acusaciones anticristianas para “demostrar” así que la doctrina católica puede cambiar.

Asimismo, en la respuesta papal se afirma que “la Iglesia debe discernir constantemente entre aquello que es esencial para la salvación y aquello que es secundario o está conectado menos directamente con este objetivo”. Eso es cierto, pero irrelevante para la pregunta de los cardenales, a no ser que, como parece, por “distinguir” se esté entendiendo abandonar lo que no nos gusta y que, precisamente para eso, hemos calificado de secundario, como, por ejemplo, la enseñanza de la Iglesia sobre la inmoralidad del adulterio, la existencia de actos intrínsecamente malos, la licitud de la pena de muerte, la imposibilidad de que Dios quiera que pequemos en algunas ocasiones, el hecho de que Dios siempre da la gracia necesaria para no pecar o la existencia de la guerra justa, doctrinas todas ellas que han sido negadas en diversos documentos o declaraciones de este pontificado.

En la misma línea de confusión aparentemente deliberada, se nos asegura que “cada línea teológica tiene sus riesgos pero también sus oportunidades”. Esto es un evidente despropósito. La “línea teológica” de Lutero, Calvino, Tyrrell o Cerinto, por dar cuatro ejemplos, no tenía simplemente “riesgos” y “oportunidades”. Eran herejías, errores mayúsculos que apartaban a los fieles de la verdadera fe. Por eso la Iglesia determinó que no cabían en la Iglesia. Esa pretensión moderna de que todo es bueno y no hay nada malo (excepto defender la fe católica de siempre) no es más que una aplicación de dos viejos refranes castellanos: de noche todos los gatos son pardos y a río revuelto, ganancia de pescadores. Es decir, es un claro intento de introducir la confusión para poder llevar a cabo los cambios deseados, sin que se note mucho que son opuestos por completo a la fe católica. Hay de los que llaman mal al bien y bien al mal, dice Isaías (aunque a lo mejor es una de esas afirmaciones de la Palabra de Dios que no se pueden “repetir materialmente”, quién sabe).

Con respecto a las parejas del mismo sexo, abundan en el texto las simplificaciones engañosas. Por ejemplo, se nos asegura que la Iglesia “evita todo tipo de rito o de sacramental que pueda contradecir esta convicción [de que el matrimonio es entre un hombre y una mujer] y dar a entender que se reconoce como matrimonio algo que no lo es”. Esto es una simplificación evidentemente engañosa porque omite lo más importante: la Iglesia no solo enseña que esas uniones no son matrimonio. La fe católica enseña también que son gravísimamente inmorales, contrarias a la ley de Dios y, por su propia naturaleza, conducen al infierno y no al cielo. ¡Por eso no se pueden bendecir y no por cuestiones de apariencias!

También se simplifica engañosamente cuando se nos dice que “no podemos constituirnos en jueces que sólo niegan, rechazan, excluyen”. Esto es engañoso porque no existe absolutamente nadie en el mundo que solo niegue, rechace o excluya. Lo que se hace es negar, rechazar o excluir lo que vulnera la Ley de Dios, como siempre ha hecho la Iglesia, porque no puede hacer otra cosa. En esto no puede haber ninguna duda y ciertamente no tiene nada que ver con “constituirnos en jueces”, sino en reconocer que el Juez divino ha hablado sobre esta cuestión y nosotros no podemos hacer más que aceptar lo que Dios manda. Obedecer y recordar lo que ha dictaminado el mismo Dios es lo contrario de constituirse en jueces, es constituirse en siervos y discípulos. En cambio, rechazar la Ley de Dios sí que es constituirse en jueces por encima del único Juez.
Asimismo, se nos dice que es necesario “que no sólo la jerarquía sino todo el Pueblo de Dios de distintas maneras y en diversos niveles pueda hacer oír su voz y sentirse parte en el camino de la Iglesia”. 
Lo que se oculta con esta respuesta aparentemente tan bonita es que quien hace “oír su voz” contra la doctrina de la Iglesia, por ese mismo hecho no es parte del Pueblo de Dios. Si la sinodalidad, como estamos viendo y como ya sucedió en los sínodos anteriores, consiste en abrir la veda para que todo el mundo pueda negar sin consecuencias lo que enseña la Iglesia y para que se acepte la posibilidad de aceptar esas negaciones de la fe, eso no tiene nada que ver con el sensus fidei, ni con el “camino de la Iglesia” ni con nada lejanamente católico. Es, simplemente, la confusión de Babel elevada de forma blasfema al rango de Pentecostés.

También se nos asegura que la enseñanza de la Iglesia sobre la diferencia esencial entre el sacerdocio sacramental y el sacerdocio común de los fieles (señalada con toda claridad por el Concilio Vaticano II) equivale a decir que “no es conveniente sostener una diferencia de grado que implique considerar al sacerdocio común de los fieles como algo de ‘segunda categoría’ o de menor valor (‘un grado más bajo’). Ambas formas de sacerdocio se iluminan y se sostienen mutuamente”. Esto es asombroso. Precisamente, el hecho de que la diferencia sea esencial indica que no se puede hacer esa equiparación, que pone todo al mismo nivel, en la que los sacerdotes ordenados iluminan a los seglares y los seglares iluminan a los sacerdotes, como si, en la práctica, todos fueran lo mismo. La realidad es que una diferencia esencial y cualitativa implica ministerios esencialmente distintos y que el triple munus de enseñar, santificar y gobernar se ha encomendado al sacerdocio ordenado por voluntad de Dios. Los seglares podemos y debemos colaborar con los clérigos, pero este intento de usurpar su misión específica y distinta (manifestado en el hecho delirante de que se permita votar a los laicos en el Sínodo de los Obispos como si diera igual ser obispo que seglar) es completamente contrario a la doctrina de la Iglesia.

De nuevo, se intenta sembrar la confusión en lugar de dar claridad cuando se nos asegura que no se conoce del todo la “naturaleza exacta” de la “declaración definitiva” que hizo Juan Pablo II de que la Iglesia no puede ordenar mujeres. Ante esta afirmación, creo que conviene hablar con claridad: todo el mundo conoce la “naturaleza exacta” de lo que enseñó Juan Pablo II sobre la ordenación de mujeres excepto los que se empeñan en negarlo contra viento y marea. A fin de cuentas, la doctrina de que la Iglesia no está facultada para ordenar mujeres ha sido enseñada siempre por el Magisterio, sigue el ejemplo del mismo Cristo y es parte de la fe católica. Recogiendo una larga sucesión de textos magisteriales sobre el mismo tema, Juan Pablo II enseñó que:
“Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis)
Por si eso fuera poco, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró un año después que “la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres” y que esa verdad, “exige un asentimiento definitivo”, está “basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio”, “se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe” y “ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal” (Congregación para la Doctrina de la Fe, respuesta a dubia del 28 de octubre de 1995).

En principio, uno pensaría que “infalible”, “definitivo”, “Palabra de Dios”, “Tradición” y “depósito de la fe” bastan para que un tema quede perfectamente claro para los católicos. Sin embargo, aparentemente, el autor del documento, sea el propio Papa o el cardenal Fernández, no lo tiene claro.

Hay algunos párrafos de la carta papal que a uno le dejan patidifuso, por la confusión que muestran:
“Hay muchas maneras de expresar el arrepentimiento. Frecuentemente, en las personas que tienen una autoestima muy herida, declararse culpables es una tortura cruel, pero el sólo hecho de acercarse a la confesión es una expresión simbólica de arrepentimiento y de búsqueda de la ayuda divina”
No. Esto es un mero intento de marear la perdiz. El arrepentimiento es el arrepentimiento. Todo lo demás estará muy bien y Dios sin duda lo tendrá en cuenta, pero no es arrepentimiento. Y sin arrepentimiento, incluido el propósito de la enmienda, no hay ni puede haber perdón de los pecados. Esto es dogma de fe y nadie lo puede cambiar, como enseña infaliblemente el Concilio de Trento al afirmar que es parte de la materia del sacramento (can IV, sesión XIV). Si una persona va a confesarse con la intención de seguir adulterando (que es de lo que estamos hablando), no tiene arrepentimiento. Cualquier intento de oscurecer este hecho básico es, en realidad, una excusa para considerar que algunos pecados, que están de moda en nuestro tiempo, ya no son verdaderamente pecados.

Me horroriza también que en este documento, siguiendo una lamentable práctica que hemos observado en varias ocasiones (empezando por Amoris Laetitia), se cite a San Juan Pablo II para decir exactamente lo contrario de lo que él enseñaba. Por ejemplo, se nos dice que “siguiendo a san Juan Pablo II, sostengo que no debemos exigir a los fieles propósitos de enmienda demasiado precisos y seguros, que en el fondo terminan siendo abstractos o incluso ególatras”. La diferencia, por supuesto, está en que San Juan Pablo II, como todos los moralistas católicos, sabía que el propósito de la enmienda no asegura que uno vaya a actuar bien, igual que sucede con los demás propósitos. Uno puede tener propósito de no volver a pecar y, aun así, al día siguiente peca, porque somos débiles. Nada tiene esto que ver con la situación que ha permitido y promovido el Papa Francisco, en la que a personas sin ningún propósito de la enmienda (porque no piensan dejar de adulterar con su nueva pareja) se les da (inválidamente) la absolución y se les permite recibir la Comunión. Esto es la ausencia de arrepentimiento y, repitámoslo, hace imposible recibir el perdón.

En la misma línea, se nos asegura que “todas las condiciones que habitualmente se ponen en la confesión, generalmente no son aplicables cuando la persona se encuentra en una situación de agonía, o con sus capacidades mentales y psíquicas muy limitadas”. Esto, de nuevo, no es cierto. Porque, como hemos visto, las condiciones de propósito de la enmienda y dolor de los pecados son parte esencial del sacramento y, sin ellas, no puede haber absolución, como siempre ha enseñado la Iglesia. Se puede dispensar de lo que es accidental, pero no de lo que es esencial según la enseñanza de la Iglesia.

¿Cómo se intenta escapar a esta evidente doctrina de la Iglesia en el documento? Siguiendo una táctica que ya hemos visto muchas veces: se afirma la doctrina de forma teórica, pero se procede a negarla en la práctica:
“El arrepentimiento es necesario para la validez de la absolución sacramental, e implica el propósito de no pecar. Pero aquí no hay matemáticas y una vez más debo recordar que el confesionario no es una aduana”
Es decir, como “aquí no hay matemáticas” no se puede decir que el arrepentimiento es distinto del no arrepentimiento. ¿Qué pensará el autor que son las “matemáticas”? No son matemáticas, es la verdad más básica. Si el arrepentimiento, incluido el propósito de la enmienda, es esencial para recibir la absolución, eso significa que sin arrepentimiento no hay absolución, aunque lo parezca o aunque un confesor indigno o engañado diga las palabras. Y aunque todo un Papa afirme lo contrario, porque en la Iglesia a quien seguimos es a Jesucristo y su Palabra y si alguien, sea quien sea, se aparta de la fe católica, hay que responder sintiéndolo mucho como San Pablo nos enseñó: anathema sit.

No es extraño que los cardenales autores de los dubia hayan señalado que las respuestas del papa Francisco “no han resuelto las dudas que planteamos, sino que, si acaso, las han profundizado”. Lo mismo me parece a mí. Es tristísimo, como decía al principio, tener que escribir este artículo, pero magis amica veritas. Si en la carta se niegan doctrinas básicas de la fe católica, se siembra la confusión en lugar de la claridad y se niega incluso la lógica más elemental, yo no puedo hacer otras cosa que señalarlo con todo el dolor de mi corazón. Y rezar mucho por el Papa y por la Iglesia.

Bruno Moreno