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domingo, 28 de junio de 2026

Mons. Strickland pide un juicio justo para la FSSPX: «Es difícil negar el amor que ha inspirado tantos sacrificios»





El obispo emérito de Tyler (Texas), Joseph E. Strickland, ha publicado una extensa reflexión sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en la que invita a contemplar su historia desde una perspectiva espiritual antes que exclusivamente jurídica. Con la cuenta regresiva casi al límite sobre las anunciadas consagraciones episcopales en Écône, el prelado sostiene que resulta «difícil negar el amor» que ha impulsado durante más de medio siglo a sacerdotes, religiosos y familias vinculados a la obra fundada por monseñor Marcel Lefebvre.

Partiendo de la enseñanza de san Pablo sobre la primacía de la caridad, Strickland afirma que cualquier juicio sobre la situación de la FSSPX debe orientarse siempre a la salvación de las almas y recuerda que «la verdad nunca puede separarse de la caridad, ni la caridad de la verdad».

La herencia que quiso preservar Lefebvre

El obispo invita a recordar los orígenes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y las motivaciones que llevaron a monseñor Marcel Lefebvre a emprender un camino que le acarreó incomprensiones y sufrimientos personales.

«No emprendió este camino porque fuera fácil, ni porque le proporcionara honor o tranquilidad», escribe Strickland. Aunque reconoce que las decisiones adoptadas por el arzobispo francés pueden ser objeto de debate, considera indiscutible que actuó convencido de que «el Santo Sacrificio de la Misa, la celebración reverente de los santos misterios, la formación de sacerdotes santos y las enseñanzas perennes de la fe católica» corrían el riesgo de verse debilitados.

Ese mismo amor por el patrimonio espiritual de la Iglesia ha seguido inspirando durante décadas a numerosos sacerdotes, religiosos y familias que han aceptado incomprensiones y sacrificios con el propósito de transmitir intacto ese legado a las generaciones futuras.

«Es difícil negar el amor»

Strickland sostiene que un examen honesto de la historia de la Fraternidad permite constatar el elevado coste personal asumido por muchos de sus miembros.

«Es difícil negar el amor que ha inspirado incontables sacrificios, vocaciones, familias y almas fieles que solo han deseado permanecer cerca de Nuestro Señor y ser fieles al depósito de la fe», afirma.

Al mismo tiempo, reconoce que los católicos pueden debatir legítimamente sobre la prudencia de determinadas decisiones adoptadas a lo largo de estos cincuenta años, pero considera que ese análisis no debería ocultar la sinceridad de las motivaciones que han guiado a tantos fieles.

Una llamada a la reconciliación

Strickland recuerda que la disciplina eclesiástica existe para favorecer la reconciliación y el bien de las almas, y advierte de que nunca debería aplicarse de modo que oscurezca el amor sincero que muchos católicos profesan a Cristo y a su Iglesia.

En este contexto, plantea una reflexión que, según señala, muchos fieles se hacen en la actualidad: por qué algunos católicos que cuestionan públicamente doctrinas o principios morales consolidados parecen recibir escasas correcciones, mientras quienes buscan conservar el patrimonio litúrgico y doctrinal de la Iglesia afrontan las sanciones más severas.

A su juicio, estas preguntas no deberían ser descartadas, sino respondidas «con justicia, sabiduría y caridad».

Rezar por la unidad de la Iglesia

Lejos de alimentar divisiones, Strickland insiste en que ningún católico debería alegrarse de las fracturas dentro de la Iglesia y pide rezar por la plena unidad visible.

Esa unidad, afirma, no puede construirse sobre la sospecha o el miedo, sino sobre la confianza mutua, la humildad y el reconocimiento del amor sincero allí donde se manifieste.

El obispo concluye encomendando la situación al Sagrado Corazón de Jesús y pidiendo oraciones tanto por los fieles de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X como por el Papa, los obispos y todos aquellos que tienen la responsabilidad de gobernar la Iglesia.

«Que quienes han trabajado por preservar las sagradas tradiciones de la Iglesia continúen actuando con humildad, fidelidad y amor; y que quienes deben tomar decisiones para la Iglesia universal miren profundamente el corazón de aquellos que tienen delante, reconociendo no solo sus acciones, sino también el amor que ha inspirado tantos sacrificios», concluye Strickland.

Müller plantea en el consistorio recuperar una estructura similar a Ecclesia Dei






El cardenal Gerhard Ludwig Müller aprovechó el consistorio extraordinario convocado por León XIV para plantear que la Santa Sede responda doctrinalmente al manifiesto remitido recientemente por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) al Papa y a los cardenales, y propuso además preparar una estructura inspirada en la antigua Comisión Pontificia Ecclesia Dei para acoger a los sacerdotes y fieles que pudieran abandonar la Fraternidad si finalmente se produce una ruptura formal con Roma.

La información, revelada por el periodista Nico Spuntoni en Il Giornale, sitúa la cuestión de la FSSPX entre los asuntos abordados durante los trabajos del consistorio, pese a que no figuraba oficialmente en el programa de las sesiones convocadas por el Santo Padre.

Una respuesta al manifiesto doctrinal de la Fraternidad

La intervención del prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe se produjo pocos días después de que la Fraternidad hiciera llegar al Papa León XIV y a los miembros del Colegio Cardenalicio una profesión de fe en la que sostiene que la Santa Sede se ha apartado de la Tradición y del Magisterio perenne de la Iglesia.

Müller considera que esa acusación no puede quedar sin respuesta y defendió la conveniencia de elaborar un documento doctrinal que reafirme explícitamente la continuidad de la Iglesia con la Tradición católica frente a las tesis sostenidas por la FSSPX.

La propuesta reviste un significado especial por proceder de quien dirigió durante años el dicasterio responsable de las cuestiones doctrinales relacionadas con la Fraternidad y participó directamente en las conversaciones mantenidas entre Roma y la FSSPX durante el pontificado de Benedicto XVI.

Preparar la acogida de quienes abandonen la FSSPX

Müller habría advertido de que, si las consagraciones episcopales previstas para el próximo 1 de julio en Écône desembocan en una ruptura formal con la Santa Sede, podría producirse la salida de sacerdotes, religiosos y fieles que no deseen permanecer en esa situación y busquen restablecer la plena comunión con Roma.

Con ese escenario en mente, planteó la conveniencia de disponer de una estructura específica capaz de acompañar ese eventual proceso de reconciliación.

La propuesta estaría inspirada en la antigua Comisión Pontificia Ecclesia Dei, creada por san Juan Pablo II mediante el motu proprio Ecclesia Dei adflicta tras las consagraciones episcopales realizadas por monseñor Marcel Lefebvre en 1988.

La comisión facilitó la incorporación a la plena comunión de numerosos sacerdotes y comunidades vinculados a la tradición litúrgica anterior a la reforma posconciliar. De ella nacieron o quedaron bajo su tutela institutos como la Fraternidad Sacerdotal San Pedro (FSSP), el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote (ICRSS), el Instituto del Buen Pastor (IBP) y otras comunidades que conservaron la liturgia tradicional permaneciendo plenamente integradas en la Iglesia.

Francisco suprimió la Comisión Ecclesia Dei en 2019 e integró sus competencias en la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe.
Incertidumbre sobre la respuesta de Roma

Según la información publicada por Il Giornale, en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe se contempla la posibilidad de que las consecuencias canónicas de las futuras consagraciones sean distintas de las adoptadas en 1988.

En aquella ocasión, las sanciones afectaron a los obispos consagrantes y consagrados. En esta ocasión, sin embargo, todavía no existe certeza sobre el alcance de las eventuales medidas que pueda adoptar la Santa Sede, circunstancia que estaría generando inquietud dentro de la propia Fraternidad.

Precisamente esa incertidumbre explicaría, según las fuentes citadas por el diario italiano, la conveniencia de preparar mecanismos que permitan acoger con rapidez a quienes eventualmente soliciten regresar a la plena comunión con Roma.

La liturgia tradicional vuelve a aparecer en el consistorio

Las comunidades surgidas al amparo de Ecclesia Dei demostraron durante décadas que era posible mantener el uso de los libros litúrgicos tradicionales en plena comunión con el Romano Pontífice. Ese equilibrio cambió durante el pontificado de Francisco con la publicación de Traditionis Custodes en 2021, que restringió significativamente el uso de la liturgia anterior a la reforma de 1970.

No obstante, distintos observadores vaticanos consideran que dentro del actual Colegio Cardenalicio existe una sensibilidad más favorable hacia esta cuestión. En ese contexto se sitúan también las informaciones difundidas el pasado año por la periodista Diane Montagna, según las cuales la mayoría de los obispos consultados antes de la promulgación de Traditionis Custodes se habría mostrado contraria a las restricciones finalmente aprobadas.

Una intervención que no pasó inadvertida

Aunque durante la sesión del consistorio no se abrió un debate sobre la intervención del purpurado alemán, Il Giornale asegura que, una vez concluidos los trabajos, varios cardenales de distintas sensibilidades expresaron en conversaciones privadas su aprecio por la claridad de las propuestas formuladas por Müller.

A escasos días de las consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX, la intervención del cardenal alemán pone de manifiesto que, más allá de las posibles consecuencias canónicas, en Roma comienza a plantearse también qué respuesta pastoral deberá ofrecer la Iglesia a quienes, en un eventual escenario de ruptura, deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro sin renunciar a su vinculación con la tradición litúrgica y espiritual que han vivido durante años.

viernes, 26 de junio de 2026

Sólo el Papa puede frenar el Cisma | P. Santiago Martín, FM



DURACIÓN 20:41 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #123 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.

 



DURACIÓN 34:51 MINUTOS

PETICIÓN DEL CARDENAL BUX AL PAPA LEÓN XIV PARA EVITAR EL CISMA







Carta de Monseñor Bux pidiendo evitar el cisma

Edward Pentin ha publicado la petición de Nicola Bux, colaborador de Benedicto XVI en la que invita al Papa a tender puentes con la Sociedad de San Pío X antes de que esta consagre nuevos obispos sin mandato papal el 1 de julio. «Ahora que hemos adquirido experiencia en el diálogo con personas y grupos ajenos a la Iglesia», escribe, «¿no deberíamos, sobre todo, entablar también un diálogo interno, haciendo todo lo posible para asegurar que ninguno de esos hermanos y hermanas que el Señor nos ha confiado se pierda?»

Insta al Papa León XIV a emprender otras tres acciones fundamentales: «reexaminar» el motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI; garantizar que el «Camino Sinodal» alemán no se pronuncie sobre cuestiones de doctrina, moralidad y práctica sacramental; y responder a las dubia (cuestiones formales que solicitan aclaración) que los cardenales han presentado durante el pontificado del Papa Francisco. «Los fieles necesitan ser confirmados en la verdad, la estabilidad y la inmutabilidad sustancial de la fe y deben poder oír del Sucesor de Pedro, después de más de una década de confusión, que el Espíritu Santo verdaderamente hace nuevas todas las cosas, pero en el sentido de que las lleva a su cumplimiento final ( novus ), en armonía —y no en contraste— con lo que ha sido inspirado hasta ahora». «Te ruego que actúes con rapidez, Santo Padre, te lo imploro». «No permitamos que el cisma latente se vuelva irreparable». «Oramos por usted, Santidad, con la firme esperanza de que, dentro del Consistorio, pueda iniciar y guiar un debate fructífero sobre estos temas urgentes».

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Ofrecemos a continuación una traducción de la carta de Mons. Bux 
(tomado de Infocatólica)


Santo Padre,

Con profunda y filial devoción me atrevo a dirigirle esta sincera súplica, habiendo tenido la gracia de colaborar primero con el cardenal Joseph Ratzinger y posteriormente con el Santo Padre Benedicto XVI, antes de dedicar estos últimos trece años a la oración, el sacrificio y el trabajo discreto pero constante por la unidad de la Iglesia.

La Iglesia es el puente entre Dios y la humanidad, del cual el Papa es el pontifex [en latín, el fabricante de puentes]. En efecto, la Iglesia es sinónimo de la paz que Cristo estableció como su frontera: edificar la Iglesia no es otra cosa que construir la paz y separar ambas es socavar la misión del Evangelio. Por lo tanto, le ruego a Vuestra Santidad que continúe en esta «única» dirección, para resolver en la verdad —y solo en la verdad— las numerosas «polarizaciones» que dividen el cuerpo eclesial.

Ahora que tenemos experiencia en el diálogo con personas y grupos ajenos a la Iglesia, ¿no deberíamos, también y ante todo, dialogar dentro de nuestra propia comunidad, haciendo todo lo posible por conseguir que ninguno de los hermanos que el Señor nos ha confiado se pierda?

En referencia particular a la grave acción anunciada por la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, le pido que retome el «puente» concebido por Benedicto XVI mediante el motu proprio Summorum Pontificum y, de forma consecuente, mediante el levantamiento de la excomunión. Teniendo en cuenta la realidad de tantos obispos que, con equilibrio, han logrado la armonía litúrgica en sus diócesis, Vuestra Santidad podría dar ejemplo otorgando a toda la Iglesia la posibilidad de celebrar, junto con el nuevo rito, el antiguo rito romano, reafirmando al mismo tiempo la validez de la reforma litúrgica y la inviolabilidad del Concilio Vaticano II, como cualquier otro Concilio Ecuménico.

En cuanto al «Synodaler Weg» alemán, le imploro, Santo Padre, que aclare que el «camino sinodal» no puede deliberar sobre cuestiones de doctrina, moral y práctica sacramental, y que la pastoral no puede separarse de estas; de lo contrario, el llamado «acompañamiento» jamás conducirá a la conversión necesaria, porque el pecador no sería, de hecho, apartado del pecado, sino que, al contrario, se vería impulsado hacia su confirmación e incluso su reconocimiento institucional. Vuestra Santidad ya ha afirmado que ciertas cuestiones divisivas «no pueden ser objeto de deliberaciones ni decisiones por parte de una Iglesia particular», pero sin duda es consciente de que esta grave división podría extenderse a otros episcopados. La Iglesia es inclusiva solo si quienes desean entrar reciben la iniciación sacramental y quienes desean regresar siguen el camino penitencial.

Santidad, finalmente, le imploro que elimine otro obstáculo para la verdad y la comunión: la falta de respuesta, o la respuesta insuficiente, a los dubia de los cardenales sobre los asuntos doctrinales y pastorales de los recientes sínodos. Muchos fieles en todo el mundo esperan esta respuesta, no en forma de entrevista —ya que las entrevistas reducen las palabras y el magisterio del Papa a una opinión más entre muchas— sino en forma de un documento de igual o mayor autoridad.

Los fieles necesitan ser confirmados en la verdad, la estabilidad y la inmutabilidad sustancial de la fe, porque el Espíritu Santo no puede negar lo que ha inspirado en la Iglesia a lo largo de sus dos mil años de historia. Los fieles necesitan redescubrir, con san Ireneo, que Cristo trajo todo lo nuevo al venir Él mismo a nosotros y que no hay nada nuevo que esperar, salvo la proclamación siempre nueva del Evangelio de Cristo.

Los fieles deben poder escuchar del Sucesor de Pedro, después de más de una década de confusión, que el Espíritu Santo, en efecto, renueva todas las cosas, pero en el sentido de que las lleva a su plenitud final (novus), en armonía —y no en contradicción— con lo que se ha inspirado hasta la fecha.

En virtud de la prerrogativa indispensable del munus petrino, ruego a Su Santidad que declare con claridad qué es verdad y qué es error, de manera que toda la Iglesia deba, por lo tanto, conformarse a Su palabra. Vuestra Santidad ha dicho con razón que seguir a Cristo requiere conversión y que «debemos buscar maneras de edificar nuestra unidad sobre Jesucristo y sobre lo que Jesucristo enseña». Ahora bien, Santidad, el único camino que conocemos para lograr esto es precisamente y únicamente defender la verdad. Le imploro, Santo Padre, que actúe con prontitud. No permitamos que el cisma subyacente se vuelva irreparable.

Oramos por Vuestra Santidad, con la firme esperanza de que en el Consistorio inicie y dirija un fructífero debate sobre estos asuntos apremiantes.

In Domino Jesu,


Padre Nicola Bux

24 de junio de 2026,

Fiesta de la Natividad de San Juan Bautista

miércoles, 24 de junio de 2026

¿Qué adhesión se debe al Concilio Vaticano II? La respuesta de Mons. Gherardini



A raíz del debate reabierto por las recientes consagraciones de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y por la cuestión de la adhesión debida al Concilio Vaticano II, resulta oportuno recuperar este texto de monseñor Brunero Gherardini, publicado originalmente en 2011 por Disputationes Theologicae.

El escrito nació como respuesta al artículo de monseñor Fernando Ocáriz publicado en L’Osservatore Romano sobre la adhesión al magisterio conciliar. Gherardini, uno de los teólogos más relevantes en la discusión sobre la interpretación del Vaticano II, no niega el carácter magisterial del Concilio, pero introduce una distinción decisiva: reconocer que el Vaticano II pertenece al Magisterio no equivale a convertir cada una de sus afirmaciones en dogma ni a excluir toda pregunta sobre su continuidad con la Tradición.

Iglesia-Tradición-Magisterio

La gran celebración del cincuentenario ha comenzado. Aún no se oye el redoble de tambores, pero ya se percibe en el ambiente. El cincuentenario del Vaticano II dará rienda suelta a cuanto de más superlativo pueda imaginarse en materia de elogios. De la sobriedad que se había pedido, como actitud y como ocasión de reflexión y análisis para una valoración más crítica y profunda del acontecimiento conciliar, no queda ni sombra. Ya se avanza sin freno en repetir lo que desde hace cincuenta años se viene diciendo y repitiendo: el Vaticano II es el punto culminante de la Tradición y su misma síntesis. Ya están programados congresos internacionales sobre el más grande y significativo de todos los Concilios ecuménicos; otros, de mayor o menor alcance, se irán organizando por el camino. 

Y la producción ensayística sobre el tema se enriquece día tras día. L’Osservatore Romano, obviamente, hace su parte e insiste sobre todo en la adhesión debida al Magisterio (2/12/2011, p. 6): el Vaticano II es un acto de Magisterio, por tanto… La razón aducida es que todo acto del Magisterio debe ser recibido por Pastores que, en virtud de la sucesión apostólica, hablan con el carisma de la verdad (DV 8), con la autoridad de Cristo (LG 25), a la luz del Espíritu Santo (ibid.).

Aparte del hecho de demostrar el Magisterio del Vaticano II mediante el propio Vaticano II, lo que antiguamente se llamaba petitio principii, parece evidente que tal modo de proceder parte de la premisa del Magisterio como un absoluto, sujeto independiente de todo y de todos, excepto de la sucesión apostólica y de la asistencia del Espíritu Santo. Ahora bien, si la sucesión apostólica garantiza la legitimidad de la sagrada ordenación, resulta difícil establecer quién garantiza la intervención del Espíritu Santo en los términos en que se habla de ella.

Hay, sin embargo, algo que está fuera de toda discusión: nada en el mundo, receptáculo de las cosas creadas, posee el atributo de lo absoluto. Todo está en movimiento, en un circuito de interdependencias recíprocas, y por tanto todo depende, todo tiene un comienzo y tendrá un fin: «Mutantur enim —decía el gran Agustín— ergo creata sunt». 

La Iglesia no constituye una excepción, ni tampoco su Tradición ni su Magisterio. Se trata de realidades sublimes, situadas en la cima de la escala de todos los valores creados, dotadas de cualidades que provocan vértigo, pero siguen siendo realidades penúltimas. El eschaton, la realidad última, es solamente Él, Dios. Se recurre con frecuencia a un lenguaje que invierte este dato de hecho y atribuye a esas sublimes realidades un alcance y un significado más allá y por encima de sus propios límites; es decir, se las absolutiza. La consecuencia es que se las despoja de su estatuto ontológico, convirtiéndolas en un presupuesto irreal que pierde, precisamente por ello, incluso las sublimes grandezas de su condición de realidad penúltima.

Inmersa en el momento trinitario de su designio, la Iglesia es y actúa en el tiempo como sacramento de salvación. No se discute el teandrismo que la convierte en una continuación mistérica de Cristo, ni tampoco sus propiedades constitutivas (unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad), ni su estructura ni su servicio; pero todo esto permanece dentro de una realidad de este mundo, capacitada para mediar sacramentalmente la presencia divina, aunque siempre como y en cuanto realidad de este mundo, que por definición rehúye lo absoluto.

Tanto es así que se identifica con su Tradición, de la cual obtiene la continuidad consigo misma, a la cual debe su aliento vital y de la cual deriva la certeza de que su ayer se convierte siempre en hoy para preparar su mañana. La Tradición, por tanto, le proporciona el movimiento interior que la impulsa hacia el futuro, salvaguardando su presente y su pasado. 

Pero tampoco la Tradición es un absoluto: comenzó con la Iglesia y terminará con ella. Sólo Dios permanece.

Sobre la Tradición la Iglesia ejerce un verdadero control: un discernimiento que distingue lo auténtico de lo no auténtico. Lo hace mediante un instrumento al que no le falta «el carisma de la verdad», siempre que no se deje arrastrar por la tentación de lo absoluto. Ese instrumento es el Magisterio, cuyos titulares son el Papa, como sucesor del primer Papa, el apóstol san Pedro, en la cátedra romana, y los obispos como sucesores de los Doce en el ministerio o servicio a la Iglesia, dondequiera que exista una expresión local de ella. 

Recordar las distinciones del Magisteriosolemne, si es del Concilio ecuménico o del Papa cuando uno u otro definen verdades de fe y de moral; ordinario, si es del Papa en su actividad específica, y de los obispos en conjunto y en comunión con el Papa— resulta superfluo; mucho más importante es precisar dentro de qué límites se garantiza al Magisterio «el carisma de la verdad».

Es preciso decir ante todo que el Magisterio no es una superiglesia que imponga juicios y comportamientos a la propia Iglesia; tampoco una casta privilegiada por encima del pueblo de Dios, una especie de poder fuerte al que basta con obedecer. Es un servicio, una diakonía. Pero también una tarea que debe desempeñarse, un munus, concretamente el munus docendi, que no puede ni debe superponerse a la Iglesia, de la cual y para la cual nace y actúa. Desde el punto de vista subjetivo, coincide con la Iglesia docente, el Papa y los obispos unidos al Papa, en función de la propuesta oficial de la Fe. Desde el punto de vista operativo, es el instrumento mediante el cual se lleva a cabo dicha función.
Con demasiada frecuencia, sin embargo, se convierte el instrumento en un valor en sí mismo y se apela a él para cortar de raíz cualquier discusión, como si estuviera por encima de la Iglesia y como si no tuviera delante de sí la inmensa mole de la Tradición que debe acoger, interpretar y retransmitir en toda su integridad y fidelidad. Y es precisamente aquí donde se ponen de manifiesto aquellos límites que lo preservan del peligro de la elefantiasis y de la tentación absolutista.
No es el caso de detenerse en el primero de esos límites, la sucesión apostólica. No debería resultar difícil para nadie demostrar, caso por caso, su legitimidad y, por tanto, la consiguiente sucesión en la posesión del carisma propio de los Apóstoles. 

En cambio, conviene decir algunas palabras sobre el segundo, es decir, sobre la asistencia del Espíritu Santo. El procedimiento expeditivo hoy en boga es más o menos el siguiente: Cristo prometió a los Apóstoles, y por tanto a sus sucesores, es decir, a la Iglesia docente, el envío del Espíritu Santo y su asistencia para el ejercicio del munus docendi en la verdad; por consiguiente, el error queda descartado de antemano. Sí, Cristo hizo tal promesa, pero también indicó las condiciones para su cumplimiento. Sin embargo, precisamente en la forma de apelar a la promesa se percibe una grave adulteración: o no se citan las palabras de Cristo, o si se citan no se les da el significado que tienen. Veamos de qué se trata.

La promesa se encuentra sobre todo en dos textos del cuarto evangelista: Jn 14,16.26 y 16,13-14. Ya en el primero resuena con extrema claridad uno de los límites mencionados: Jesús, en efecto, no se limita a prometer «el Espíritu de la verdad» —obsérvese esta cursiva, debida al artículo especificativo thV, que de arriba abajo se sigue traduciendo como «de», como si la verdad fuera un atributo opcional del Espíritu Santo, cuando en realidad la personifica—, sino que anuncia también su función: hará recordar todo cuanto Él, Jesús, había enseñado antes. Se trata, por tanto, de una asistencia conservadora de la verdad revelada, no de una integración de ésta con otras verdades distintas o diferentes de las reveladas, o presuntamente tales.

El segundo de los textos joánicos, confirmando el primero, desciende a precisiones adicionales: el Espíritu Santo, en efecto, «os guiará hasta la verdad completa», incluso a aquella que ahora Jesús calla porque está más allá de la capacidad de los suyos (16,12). 

Al hacerlo, el Espíritu «no hablará por cuenta propia, sino que dirá todo lo que oiga […] tomará de lo mío y os lo comunicará». Por tanto, no habrá revelaciones posteriores. La única Revelación se cierra con aquellos a quienes Jesús está hablando ahora. Sus palabras presentan un significado unívoco, referido a la enseñanza impartida por Él y únicamente a esa enseñanza. Un lenguaje no críptico ni cifrado, sino claro como el sol

Podría plantearse una objeción sobre la perspectiva de aparente novedad en relación con aquello que Jesús calla ahora y que será anunciado por el Espíritu Santo; pero la delimitación de su asistencia a una acción de guía hacia la posesión de toda la verdad revelada por Cristo excluye novedades sustanciales. Si surgieran novedades, se trataría de significados nuevos, no de verdades nuevas; de ahí el muy acertado eodem sensu eademque sententia de san Vicente de Lerins

En definitiva, la pretensión de vincular a la asistencia del Espíritu Santo cualquier movimiento de hojas, quiero decir cualquier novedad y especialmente aquellas que ajustan la Iglesia a las dimensiones de la cultura dominante y de la llamada dignidad de la persona humana, no sólo constituye una inversión estructural de la propia Iglesia, sino también una gran cruz trazada sobre los dos textos antes indicados.

No es todo. El límite de la intervención magisterial reside también en su propia formulación técnica. Para que sea verdaderamente magisterial, en sentido definitorio o no, es necesario que la intervención recurra a una fórmula ya consagrada, de la que resulte sin ninguna duda la voluntad de hablar como «Pastor y Doctor de todos los cristianos en materia de Fe y Moral, en virtud de su Autoridad apostólica», si quien habla es el Papa; o que resulte con igual certeza, por ejemplo en el caso de un Concilio ecuménico, mediante las fórmulas habituales de la afirmación dogmática, la voluntad de los Padres conciliares de vincular la Fe cristiana con la Revelación divina y su transmisión ininterrumpida. 

A falta de tales presupuestos, sólo en sentido amplio podrá hablarse de Magisterio: no toda palabra del Papa, escrita o pronunciada, es necesariamente Magisterio; y lo mismo cabe decir de los Concilios ecuménicos, no pocos de los cuales no trataron cuestiones dogmáticas o no exclusivamente

A veces incluso insertaron el dogma en un contexto de disputas internas y querellas personales o de facciones, hasta el punto de hacer absurda cualquier pretensión magisterial dentro de dicho contexto. Sigue causando una impresión claramente negativa un Concilio ecuménico de indiscutible importancia dogmático-cristológica como el de Calcedonia, que empleó la mayor parte de su tiempo en una vergonzosa lucha de personalismos, precedencias, deposiciones y rehabilitaciones; Calcedonia no es dogma en eso

Del mismo modo, no lo es la palabra del Papa cuando declara privadamente que «Pablo no entendía la Iglesia como institución, como organización, sino como organismo viviente, en el que todos actúan unos para otros y unos con otros, unidos a partir de Cristo»; exactamente lo contrario es cierto, y se sabe que la primera forma institucional, precisamente para favorecer ese organismo viviente, fue estructurada por Pablo de manera piramidal: el apóstol en la cúspide, después los episcopoi-presbuteroi, los hegoumenoi, los proistamenoi, los nouthetountes, los diakonoi; son distinciones de tareas y oficios todavía no definidas con exactitud, pero ya son distinciones de un organismo institucionalizado. También en este caso, quede bien claro, la actitud del cristiano es la del respeto y, al menos en principio, también la de la adhesión. Pero si para la conciencia del creyente individual la adhesión a un caso como el expuesto no es posible, ello no implica rebelión contra el Papa ni negación de su Magisterio: significa únicamente que eso no es Magisterio.

El discurso vuelve ahora, para concluir, al Vaticano II, a fin de decir, si es posible, una palabra definitiva sobre su pertenencia o no a la Tradición y sobre su cualidad magisterial. 

Sobre esta última no cabe ningún interrogante y aquellos laudatores que desde hace ya cincuenta años no se cansan de sostener la identidad magisterial del Vaticano II pierden y hacen perder el tiempo: nadie la niega. Sin embargo, dadas sus acríticas exuberancias, surge un problema de cualidad: ¿de qué Magisterio se trata? El artículo de L’Osservatore Romano al que me he referido al comienzo habla de Magisterio doctrinal: ¿y quién lo ha negado alguna vez? Incluso una afirmación puramente pastoral puede ser doctrinal, en el sentido de pertenecer a una determinada doctrina. Pero quien dijera doctrinal en sentido dogmático se equivocaría: ningún dogma figura en el haber del Vaticano II, el cual, si posee también un valor dogmático, lo posee de manera refleja allí donde se vincula a dogmas definidos anteriormente. En definitiva, como se ha dicho y repetido a cualquiera que tenga oídos para oír, el suyo es un Magisterio solemne y supremo.

Más problemática es su continuidad con la Tradición, no porque él no haya declarado tal continuidad, sino porque, especialmente en aquellos puntos clave donde era necesario que dicha continuidad resultara evidente, la declaración quedó sin demostrar.

7 de diciembre, 2011

miércoles, 17 de junio de 2026





Pensamientos de Zarish Imelda Neno

Escuché las palabras del Santo Padre sobre la Sociedad Sacerdotal de San Pío X y me centré en una frase en particular: el problema radicaría en su rechazo a algunos elementos del Concilio Vaticano II.

Como católico practicante, no niego que este sea un asunto serio. La unidad de la Iglesia es importante y nadie debería desear la división. Pero cuanto más escucho estas palabras, más surge en mí una pregunta que no puedo acallar.

Si el rechazo de algunos aspectos del Concilio Vaticano II se considera un obstáculo tan grande para la plena comunión, ¿cómo podemos entonces contemplar con tanta serenidad realidades eclesiales que ponen en tela de juicio enseñanzas aún más antiguas, definitivas y fundamentales de la fe católica?

Vivimos en una época en la que se nos presenta como interlocutores privilegiados de hombres y mujeres que apoyan el sacerdocio femenino, que reinterpretan la moral cristiana y que cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado durante dos mil años. Sin embargo, hacia ellos, el lenguaje casi siempre es de bienvenida, diálogo y escucha mutua.

Luego observo la Sociedad de San Pío X. Puede que no esté de acuerdo con todo lo que dice o hace. Puede que no esté de acuerdo con sus posturas sobre el Concilio. Pero veo sacerdotes que celebran la Misa, adoran el Santísimo Sacramento, defienden el sacerdocio católico, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Virgen María, el Rosario, la Confesión y la moral cristiana. Veo hombres que aman profundamente la tradición de la Iglesia, incluso cuando creen que algunos acontecimientos de las últimas décadas han generado confusión.

Y es aquí donde mi corazón se hace preguntas.

¿Cómo es posible que el rechazo de algunas interpretaciones o aplicaciones del Concilio Vaticano II se perciba como una herida tan grave, mientras que el rechazo de enseñanzas que preceden al Concilio por siglos parece suscitar mucha menos preocupación?

No estoy incitando a la desobediencia. No estoy atacando al Papa. Simplemente expreso la incomodidad que muchos fieles sienten en silencio.

Porque a veces parece que el mayor problema en la Iglesia no son los que cuestionan lo que la Iglesia siempre ha enseñado, sino los que insisten en recordarlo.

Pienso en tantos católicos sencillos. Personas que rezan el Rosario, que asisten a las horas de adoración, que se confiesan, que intentan vivir el Evangelio sin concesiones. Personas que ven cómo las iglesias se vacían, cómo disminuyen las vocaciones, cómo se debilita el sentido de lo sagrado. Personas que no piden revoluciones, sino claridad.

Quizás esto sea precisamente lo que causa sufrimiento a muchos creyentes hoy en día: la sensación de que la fidelidad a la tradición suele ser vista con recelo, mientras que el deseo de adaptar la fe al espíritu de los tiempos es recibido con mayor benevolencia.

Sin embargo, la Iglesia no nos pertenece. No es propiedad ni de progresistas ni de tradicionalistas. Pertenece a Cristo.

Por eso sigo rezando. Por el Papa. Por la Sociedad de San Pío X. Por todos nosotros.

Porque la verdadera comunión no surge cuando dejamos de hablar de nuestras diferencias. Surge cuando tenemos el valor de buscar la verdad juntos, sin doble moral.

Y como católico que ama profundamente a la Iglesia, confieso que lo que me duele hoy no es ver a la gente debatiendo sobre el Concilio Vaticano II. Lo que me duele es ver lo poco que nos escandalizamos cuando se cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado fielmente durante veinte siglos.

lunes, 25 de mayo de 2026

«La FSSPX es el síntoma, no la enfermedad». Un problema urgente que resolver en la Iglesia



Al liberal católico Lord Acton (1834-1902) se le atribuye la frase: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente». En las democracias se ha llegado a la conclusión de que hay que desconfiar del poder y que este debe ser limitado. Por ello, se divide, entre otras cosas, mediante el reconocimiento de los derechos fundamentales, la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), la subsidiariedad y el federalismo, los referéndums y los límites a los mandatos. Mediante un «contrato social» de todos los ciudadanos, la Constitución, se acuerda compartir el poder político de esta manera. Pero ni siquiera esto lo refrena siempre lo suficiente.

En la Iglesia, el problema del poder es aún más acuciante. Y es que allí no existen todos los medios mencionados para fragmentar el poder. Más bien, según la doctrina de la fe y el Código de Derecho Canónico (CIC/1983), el Papa «tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia» (c. 331).

El Papa posee, pues, el poder absoluto. ¿Corrompe, por tanto, el poder absoluto de manera absoluta dentro de la Iglesia? Si se considera la Iglesia únicamente con ojos humanos, habría que decir: sí, así es. Pero si se considera con los ojos de la fe, esto no es cierto. Porque existe un único «instrumento» para limitar la omnipotencia papal: es la obediencia incondicional a la Sagrada Tradición y a la Sagrada Escritura, a la que el Papa está obligado en conciencia. Solo porque la Iglesia en su conjunto y el Papa en particular están sujetos a esta limitación de poder, es posible que en ella se confíe a un hombre el poder absoluto. La desconfianza hacia el poder se supera así en la Iglesia gracias a que los fieles confían en que el Papa sabe que está obligado, por la obediencia incondicional a la fe, en el ejercicio de su poder, que en sí mismo es ilimitado.

Esta confianza se ha visto sacudida en la Iglesia; para muchos, está destruida. El papa Francisco ha convertido la indisolubilidad del matrimonio en una farsa con «Amoris Laetitia». Ahora solo rige en teoría. En la práctica, con unas cuantas «discernimientos pastorales» —sobre cualquier base y por parte de quien sea— se puede vivir en adulterio con la conciencia tranquila. La bendición vaticana extralitúrgica de unos segundos para parejas del mismo sexo y extramatrimoniales («Fiducia supplicans») supone un nuevo alejamiento del matrimonio cristiano. Gestos ambiguos como el culto a la Pachamama en el Vaticano y el «Documento sobre la fraternidad de todos los hombres» (Declaración de Abu Dabi) de 2019 han negado de hecho el universalismo salvífico cristiano. El nombramiento de laicos para puestos de liderazgo en el Vaticano, que conllevan el ejercicio de la potestad de gobierno, supone una ruptura con el Concilio Vaticano II (LG 21; Nota explicativa praevia 2). Socava el orden sacramental-jerárquico de la Iglesia. Esta situación persiste bajo el pontificado del papa León XIV. En el marco del «sinodalismo», la Sede Apostólica ha publicado un documento que intenta justificar el rechazo del Concilio Vaticano II (Informe final del Grupo de Estudio 5 sobre el sacramento del orden y la «potestas sacra»). Sin comentarios —y de forma irresponsable—, la Sede Apostólica ha publicado un texto herético que relativiza la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia (informe final del Grupo de Estudio 9 sobre «temas complejos»).

Incluso los graves abusos litúrgicos son ignorados o minimizados tanto por muchos obispos como por la Santa Sede. Sin embargo, se acosa a los fieles que siguen la forma extraordinaria. A los sacerdotes se les dificulta o se les impide celebrar la Eucaristía de esta manera. Se humilla a los laicos al prohibirles celebrar esta forma de la Eucaristía en las iglesias parroquiales. A estos fieles se les empuja a la clandestinidad o a la Fraternidad San Pío X, cuya existencia luego se lamenta.

El Papa permite que los obispos alemanes, que desde hace años socavan con su «Camino Sinodal» el orden sacramental de la Iglesia e institucionalizan la bendición de parejas del mismo sexo, sigan actuando así. Se dice que se ha hablado con ellos. Sin embargo, a la Fraternidad San Pío X se le amenaza con la excomunión con ayuda del poder papal absoluto. El Papa hace caso omiso de la Constitución dogmática «Lumen Gentium» (n.º 21) relativa al sacramento del orden y exige la aceptación de la Constitución litúrgica «Sacrosanctum Concilium». Ambos son documentos del mismo concilio. Esta doble moral destruye la confianza de muchos fieles.

El anuncio de la Fraternidad San Pío X de consagrar obispos por su cuenta es una muestra de la pérdida de confianza en el Papa. Y la aceptación de este acto, que va mucho más allá de los seguidores de la Fraternidad, demuestra que, para muchos, la confianza ha dado paso a la desconfianza. Han pasado demasiadas cosas y las consecuencias son devastadoras. Porque cada vez más fieles se dan cuenta de que la doctrina de la Iglesia ya no es el límite para las acciones de la jerarquía. Esa es la enfermedad de la que realmente adolece la Iglesia. Y no se puede curar ejerciendo la omnipotencia papal mediante amenazas y excomuniones. Porque si el poder desenfrenado del más fuerte es determinante en la Iglesia, solo hay una conclusión: hay que limitar ese poder. La consagración de obispos en contra de la voluntad del Papa es, en última instancia, el intento —sin duda problemático— de limitar la omnipotencia papal, cuando su límite ya no es la doctrina de la Iglesia.

Si no se quiere que los cismas sigan limitando la omnipotencia papal, solo hay un camino: el Papa debe sanar las heridas causadas a la doctrina de la Iglesia. Solo así podrá hacer frente a la desconfianza y restablecer la confianza. No lo conseguirá con imposiciones, amenazas y doble rasero. La Fraternidad San Pío X no es la enfermedad, sino un síntoma. Este síntoma se puede combatir con la excomunión. La omnipotencia papal lo permite sin duda desde el punto de vista jurídico. Pero la enfermedad no se cura con ello. Seguirá supurando y dividirá y debilitará el cuerpo de Cristo, la Iglesia. El Papa tiene la llave para curar la enfermedad. Debe utilizarla y no puede eludir el problema. Porque no gobernar también significa gobernar. Esa es también una consecuencia que se deriva de la omnipotencia papal.

por el P. Martin Grichting, canonista y ex vicario general de la diócesis de Coira, Suiza

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Hacia un nuevo cisma? De los lefebvristas al camino sinodal



Leí hace poco que el cardenal Reinhard Marx dice que permitirá la bendición de uniones del mismo sexo, en contra de las directivas del Vaticano. El P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, dice que tiene la intención de ordenar nuevos obispos sin mandato papal. 

Y el cardenal de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, dice que la ordenación de mujeres es esencial para el futuro de la Iglesia: «A largo plazo, no me puedo imaginar cómo puede sobrevivir una Iglesia si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado».Bueno, como laico casado que «no tiene acceso al ministerio ordenado», yo sí puedo imaginármelo. Siempre he pensado que el sacerdocio es una llamada especial al servicio, no una posición de prestigio especial a la que la gente merezca tener «acceso». Pero el cardenal Hollerich parece tener un punto de vista diferente, tal vez porque es agasajado como cardenal.

Sin embargo, la declaración del cardenal Hollerich no es realmente una novedad. El difunto cardenal Pell advirtió poco antes de morir, en un artículo en The Spectator, que Hollerich había «rechazado públicamente las enseñanzas básicas de la Iglesia sobre la sexualidad, el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres al sacerdocio y la actividad homosexual, así como la poligamia, el divorcio y las segundas nupcias». Por lo tanto, la ordenación de mujeres no es lo único sin lo que el cardenal piensa que la Iglesia no puede salir adelante.

Estoy convencido de que la Iglesia puede salir adelante sin esas cosas —bastante bien, de hecho— al igual que la mayoría de las personas que conozco. Puede que el cardenal Hollerich conozca a personas con una opinión diferente, pero hay un viejo refrán que dice que cuando un hombre se convierte en obispo, nunca más vuelve a pagar la cena y nunca más vuelve a escuchar la verdad. La gente le dice lo que cree que él quiere oír. La gente no hace eso conmigo.

And yet, las personas con las que hablo no parecen contar de la misma manera que Hollerich o los «expertos» del Grupo Sinodal 9 que anunciaron recientemente que la Iglesia ha estado totalmente equivocada en asuntos sexuales. Yo interactúo con jóvenes todos los días y, desde esa perspectiva, les habría dicho que la enseñanza de la Iglesia es un regalo de Dios, mucho más sabia que cualquier otra cosa que se ofrezca hoy en día. Pero esa opinión no parece contar tanto, o en absoluto.

Lo que me hace preguntar cómo se llega a ser una persona como el P. James Martin, S. J., que vuela a Roma para consultar con el Papa y es citado como una autoridad con regularidad.

Supongo que una de las razones por las que el P. Martin y otros como él gozan del «acceso» que disfrutan es porque él es clérigo y yo no. ¿Pero no es eso clericalismo? Pensaba que el clericalismo era algo malo, algo a lo que la Iglesia necesita poner fin. Muchos clérigos dicen esto. Algunos de ellos culpan de todo el escándalo de la pedofilia al clericalismo y no, como se podría haber pensado, a la laxitud de las normas sobre el sexo entre algunos miembros del clero de orientación homosexual.

Entonces, si hay que resistirse al clericalismo, ¿por qué es especialmente relevante lo que Jean-Claude Hollerich piense sobre la ordenación de mujeres, la actividad homosexual o el divorcio y las segundas nupcias? La respuesta, cabe suponer, es que es cardenal. Es justo. Pero los cardenales no tienen  autoridad para dictar la doctrina. Ellos mismos son hombres bajo autoridad. Y si no respetan la autoridad bajo la que están, ¿por qué debería alguien respetar la suya?

Mis alumnos vienen a la universidad católica donde enseño no porque quieran escucharme a mí. Vienen porque quieren aprender lo que enseña la Iglesia. La única «autoridad» que tengo es la autoridad que se deriva de la enseñanza de la Iglesia. La clase no es «Teología de Randall Smith». ¿Quién la tomaría? La clase es teología católica.

Por lo tanto, cuando un obispo o cardenal proclama algo que es contrario a la autoridad de la Iglesia, es como si estuviera serruchando la rama sobre la que está sentado. La única razón por la que alguien escucharía a un obispo o cardenal es porque esa persona acepta la autoridad de su cargo eclesiástico basándose en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. De lo contrario, un cardenal es sólo un anciano estrafalario con un curioso solideo rojo.

Sé que la gente de un bando u otro dirá que su hombre está «haciendo lo mejor para la Iglesia», mientras que los del otro bando son herejes que desvían a la gente. No tengo ninguna duda de que la gente de la FSSPX está horrorizada por los cardenales Marx y Hollerich y está convencida de que absolutamente debe ordenar nuevos obispos, del mismo modo que es probable que Marx y Hollerich estén consternados por la FSSPX y convencidos de que la Iglesia absolutamente debe bendecir las uniones homosexuales y ordenar mujeres.

Lo extraño de todos estos hombres es su presunción de que lo que ellos piensan debería gobernar a toda la Iglesia. Yo no asumo que lo que yo pienso deba gobernarlo todo ni siquiera en mi propia casa. Qué delirio de grandeza se le mete a un hombre en la cabeza para que piense: «La Iglesia soy yo. Puede que cause un cisma, pero será mejor para todos».

¿En serio? ¿Cuándo ha hecho el cisma que las cosas sean «mejores»? ¿Y cuándo se ha detenido un cisma en uno solo? Prescíndase de la autoridad de la Iglesia, ¿y qué impide que haya más divisiones? Sólo pregúntenles a los protestantes. ¿Creen que guiar a la gente al cisma es bueno para la salvación de sus almas? ¿Prenderle fuego a una iglesia sería bueno para el edificio?

Algunos dirán: «No es herejía; es cisma». Pero el cisma es herejía. El término «herejía» proviene de una raíz griega (haiereo) que significa «elegir». Cuando un grupo decide que puede elegir un conjunto de doctrinas o concilios de la Iglesia que quiere obedecer y cuáles no, eso es herético. Esas personas simplemente se han convertido en otro grupo de protestantes.

Algunos de mis mejores amigos son protestantes. Una cosa que me gusta de mis amigos protestantes es que no pretenden ser católicos. Así que, si ciertas personas quieren separarse de la Iglesia católica, está bien. Ya se ha hecho antes. Es triste, pero la Iglesia siempre sobrevive. Pero no pueden quedarse con los edificios de las iglesias construidos por y para los católicos. Si crean su propia iglesia, que construyan sus propios edificios.

Pueden volver para el café.
Randall Smith


Sobre el autor

Randall Smith ocupa la Cátedra de Teología J. Michael Miller en la Universidad de St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary, Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, se publicará en Emmaus Press este verano. Sus artículos se pueden encontrar aquí.

Atacan al Papa León XIV: La Doble Rebelión Contra la Doctrina y Magisterio | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 10:20 MINUTOS

viernes, 15 de mayo de 2026

Declaración de la FSSPX: «En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna»



El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el padre Davide Pagliarani, ha hecho pública este jueves 14 de mayo, fiesta de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida al Papa León XIV, fechada en Menzingen (Suiza), sede general de la Fraternidad.

El documento, redactado en tono filial pero doctrinalmente firme, se presenta como «el mínimo indispensable» exigido por la FSSPX para estar en comunión con la Iglesia y, en palabras de su Superior, poder llamarse verdaderamente católicos e «hijos» del Romano Pontífice. Pagliarani lamenta que, tras más de cincuenta años de conversaciones con la Santa Sede, los planteamientos de la Fraternidad «no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria» y denuncia que el derecho canónico haya sido empleado, a su juicio, «no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella».

La Declaración reafirma puntos clásicos del magisterio preconciliar —unicidad de la verdadera religión, necesidad de la Iglesia católica para la salvación, carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa, realeza social de Cristo, condena de la laicidad y rechazo a cualquier «bendición» a parejas del mismo sexo— y plantea implícitamente al nuevo Pontífice una hoja de ruta doctrinal para una eventual normalización canónica.

A continuación reproducimos íntegramente la traducción al español del texto remitido a León XIV.

Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el abate Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX



Santísimo Padre:

Desde hace más de cincuenta años, la FSSPX se esfuerza por exponer a la Santa Sede su caso de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Lamentablemente, todas las conversaciones entabladas han quedado sin resultado, y todas las preocupaciones expresadas no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria.

Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece ser la de las sanciones canónicas. Con gran pesar nuestro, nos parece que el derecho canónico se utiliza, por tanto, no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella.

Por medio del texto que sigue, la FSSPX se complace en expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las presentes circunstancias, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.

La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en Vuestras manos. Nos parece corresponder al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos Vuestros.

No tenemos otro deseo que el de vivir y ser confirmados en la fe católica romana.

«Así, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Pues, como dice el Apóstol: ‘Todo lo que no procede de la fe es pecado’ (Rom 14, 23), cismático y fuera de la unidad de la Iglesia.» (Pontifical Romano, Monición a los ordenandos al subdiaconado)

DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina, Verbo encarnado, que ha querido una sola religión, que ha dejado definitivamente caduca la Antigua Alianza, que ha fundado una sola Iglesia, que ha triunfado sobre Satanás, que ha vencido al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá a juzgar a vivos y muertos.

Él, Imagen perfecta del Padre, Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la ofrenda voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface a la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esta Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.

Por un decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por tanto, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la noción misma de Redención tal como la Divina Providencia la ha querido.

No existe sino una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos ser salvados. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella ha enseñado siempre, no hay ni salvación ni remisión de los pecados.

Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe sino un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.

El mandato recibido por los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todo hombre y de convertir a todo hombre a la fe católica, permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta e imperiosa que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 16). Por consiguiente, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.

La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.

Su unidad se deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.

La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.

El único camino posible para restablecer la unidad entre cristianos de confesiones diversas consiste en la apremiante y caritativa llamada dirigida a los no católicos a profesar la única verdadera fe en el seno de la única verdadera Iglesia.

En modo alguno la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un culto falso o con una iglesia falsa.

El Romano Pontífice, Vicario de Cristo, es el único sujeto detentor de la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Es él solo quien confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.

«El Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para que, bajo su revelación, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Pastor Aeternus, cap. 4.)

A una fe única corresponde un culto único, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.

La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto procura la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.

Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo, a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin Cruz.

El auxilio prestado a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.

La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Cualquier otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto a la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. En modo alguno puede sustituir a la única verdadera ley moral.

A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a tomar los medios necesarios para salvar sus almas.

Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.

El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por tanto, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él, y no puede en modo alguno ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.

La sumisión de las instituciones y de las naciones en cuanto tales a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo se deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por consiguiente, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.

La cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres. No es la Iglesia la que ha de conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.

Es en esta fe y en estos principios donde pedimos ser instruidos y confirmados por Aquel que ha recibido el carisma para hacerlo. Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ellos. Es en esta fe inmutable donde deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna.

Menzingen, 14 de mayo de 2026, en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Davide Pagliarani

viernes, 27 de febrero de 2026

Conclusiones provisorias




Luego de varias semanas de dedicarnos casi exclusivamente al tema de las consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX, creo que ha llegado el momento de proponer algunas conclusiones provisorias de mi parte, y retomar la línea del blog a partir de la semana próxima. Y digo que son provisorias, porque faltan aún cuatro meses para la fecha anunciada, y en ese tiempo pueden suceder muchas cosas.

Lo primero que debo decir es que la situación resulta desgarradora. Para mí, porque siento una profunda gratitud y afecto por la FSSPX. De ella he recibido los sacramentos innumerable cantidad de veces, y a ella pertenecen amigos entrañables, amistades cultivadas durante décadas. Pero también es desgarradora para la Iglesia, y lo digo en el sentido más propio: es un despedazamiento, una herida profunda y dolorosa, que privará a la Fraternidad de la pertenencia plena a la comunión visible, jerárquica y sacramental de la Esposa de Cristo y privará a ésta de las inmensas riquezas que puede aportarle, y ha aportado durante décadas, la obra de Mons. Marcel Lefebvre. No entiendo entonces, el estado de “euforia” en el que se encuentran algunos miembros de la Fraternidad; no es un signo de amor a la Iglesia sino al partido.

Cuando se anunciaron las consagraciones, compartí con los lectores del blog mi estado de perplejidad, es decir, mi estado de desconcierto y duda con respecto a la situación. La designación del cardenal Víctor Fernández para llevar adelante las conversaciones era lo natural, ya que desde los inicios mismos de la “cuestión Lefebvre” en los ’70, el encargado del tema fue el prefecto de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, comenzando con el cardenal Franjo Seper, luego Ratzinger y así hasta ahora. Y como lo dije en su momento, Tucho no es la peor opción; creo que más bien lo contrario.

Me pareció positiva la invitación que hizo el cardenal a retomar las conversaciones en el comunicado que publicó luego de la entrevista con el superior general de la Fraternidad, aunque es verdad también que volens nolens, sonó a una maniobra dilatoria. En mi opinión, debería haber propuesto un cronograma de reuniones y una fecha cierta de resolución final. Sin embargo, la carta de respuesta del P. Davide Pagliarani, fue el primer elemento que debilitó mi perplejidad. Más allá de ciertas ironías que no me parecieron apropiadas y de la acusación contra el cardenal Müller, si la carta establece que “Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal…” y que “no nos parece posible entablar un diálogo…”, resultaba claro que los superiores de la Fraternidad no tenían ninguna intención de llegar a un acuerdo con Roma. Me temo que la decisión está firmemente tomada y que aun si el Papa León se entrevistara con el P. Pagliarani, no desistirían.

No voy a entrar aquí a repetir los argumentos de un lado y del otro que se han dado para justificar o condenar las consagraciones. Más de 1300 comentarios en este blog se han encargado de dar esa discusión. Simplemente señalo dos elementos que, a mi criterio, son centrales: si la decisión de consagrar obispos responde a la necesidad de conservar la liturgia tradicional, a la Fraternidad se le ofreció —testimonio del cardenal Gerhard Müller— constituirse en ordinariato, incluso con sujeción directa al Papa, sin mediación de la Curia Romana, un enorme privilegio que la ubicaba muy por encima de los institutos ex-Ecclesia Dei y de las congregaciones históricas de la Iglesia. No lo aceptaron, y el motivo aducido fue que su lucha no es solamente litúrgica sino también doctrinal. Lo que yo me pregunto entonces, es qué ganan con dar esa lucha doctrinal desde fuera. Me parece que el efecto es exactamente el contrario: nadie les hará caso, más que los propios, porque las críticas, seguramente justas y certeras, se atribuirán al grupo de extremistas, cismáticos, excomulgados, rebeldes y tantos otros epítetos que hace mucho habían dejado de sonar.

¿Qué es lo que ocurrirá luego de la consagraciones? Nos adentramos aquí en el terreno de los pronósticos y, por tanto, si siempre soy falible, en estos pantanos lo soy más aún. En primer lugar, creo que para la FSSPX será un punto de no retorno, y por una cuestión propia de la naturaleza humana. Los hábitos se constituyen por la repetición de actos, y si una institución, conformada por hombres, ha pasado cuarenta años y pasará otros tantos sin relación de obediencia alguna con Roma y con la jerarquía visible de la Iglesia, adquirió ya y consolidará el hábito de hacer lo que le parece, y como los hábitos producen cierto placer en su ejecución, la Fraternidad, o al menos buena parte de sus miembros, se sienten cómodos, e incluso “eufóricos” cuando se les da la posibilidad de rebelarse contra las ordenes expresas del Sumo Pontífice. Eso no se soluciona de un día para otro, ni de un año para otro.

Para seguir adentrándonos en los futuribles, debemos tener presente que no sirve comparar la situación actual con lo ocurrido en 1988. En ese momento, el interlocutor era el cardenal Ratzinger, que había padecido la reforma litúrgica del posconcilio y comprendía al mundo tradicional. Y el Papa era Juan Pablo II, que estaba siempre preparando su próximo viaje, confiaba en Ratzinger y lo dejaba hacer. Las circunstancias actuales son muy distintas. Y esto lleva, entonces, a plantear algunas hipótesis:

1. Seguramente habrán desprendimientos de sacerdotes y fieles en la Fraternidad, pero no serán masivos sino puntuales. Se darán sobre todo en los distritos de Austria, Alemania, Bélgica y Estados Unidos que, según me confirmaban ayer, están muy, pero muy disgustados con la decisión, pero aún así no me parece que hayan grandes deserciones. Por supuesto, Roma no propiciará una nueva Fraternidad Sacerdotal San Judas Tadeo para recibir a los miembros de la FSSPX que decidan salir. Y me temo que tampoco los institutos ex-Ecclesia Dei estén muy dispuestos a recibirlos. En cuanto a los seglares, tampoco me parece que sean muchos los que dejen de asistir a las misas de la Fraternidad. De hecho, las excomuniones serán solamente para los obispos consagrantes y consagrados; los sacerdotes seguirán suspendidos a divinis como hasta ahora. En eso no veo cambios, más allá del mote de “cismáticos” con el que serán insultados por el mundillo neocon.

2. Algunos opinan que el ámbito Ecclesia Dei está feliz con la decisión porque suponen que Roma adoptará una actitud benévola hacia ellos. No estoy seguro que sea así. Puede que sí, pero puede que sea más bien lo contrario, y que se desate una suerte de escrutinio por parte de los lobos de la Curia Romana destinado a testear el grado de “lefebvrismo en sangre” que aún conservan los tradis en “comunión plena”, y allí vendrá el pedido de muchas pruebas de amor.

3. Hay un elemento que puede frenar esta tentativa curial y es que muy pocos días antes de las consagraciones, el 27 y 28 de junio, se realizará en Roma el consistorio extraordinario, en el que con seguridad, los cardenales de todo el mundo discutirán el tema de la liturgia, mucho más acuciante ahora que en diciembre pasado. Y tal como se vio en ese momento, aún purpurados claramente progresistas como el cardenal Höllerich, se mostraron favorables una “liberalización” de la misa tradicional. El Papa León, entonces, no tendrá solamente la opinión negativa de los curiales sino también la positiva de muchos otros cardenales. Podría darse si no una “liberalización”, al menos una mitigación de las medidas draconianas de Traditionis custodes.

4. Otro factor que puede influir también es que la ceremonia de consagraciones episcopales en Ecône tendrá una asistencia masiva, y eso impactará. Y el Papa y los obispos saben que los tradis Ecclesia Dei son muchos y viene creciendo. Por otro lado, y a medida que la generación boomer, conciliar y progre, está pasando a mejor vida, son los sacerdotes más jóvenes los que se están haciendo escuchar. Un buen ejemplo es el artículo del P. Pierre Amar publicado ayer en La Croix. No creo, entonces, que Roma se anime a una solución final y a inaugurar cámaras de gas. Probablemente, y quizás sea mucho optimismo de mi parte, comiencen a considerar la idea de una solución definitiva del problema, la que podría venir, por ejemplo, con la creación de un ordinariato como el que les fue ofrecido a la FSSPX, y rechazado por ésta. Se podrá discutir la conveniencia o no de tal medida, pero podría ser una de las propuestas de Roma.

Dios, que en su misericordia jamás abondana a la Iglesia, y María Santísima su Madre y Madre de la Iglesia, pueden depararnos una solución que nosotros no avizoramos.

Wanderer