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martes, 18 de enero de 2022

Profetas de calamidades | Actualidad Comentada | 14-01-2022 | Pbro. Santiago Martín FM



Duración 9:24 minutos

SALE A LA LUZ el documento QUE SACA LOS COLORES a Santiago Abascal




¿SALIMOS MEJORES? (Capitán Ryder)



YA TRATÉ ESTE TEMA EN UNA ENTRADA ANTERIOR HACE MAS DE UN AÑO. ALGUNAS IDEAS SON REPETIDAS PERO CREO NECESARIO INCIDIR EN ELLAS.


Al principio de toda historia, no sé bien cómo definirla, el Papa concedió una segunda entrevista a Jordi Évole.

Ni que decir tiene que fue tan lamentable como la primera. Ya la comentamos en su momento pero la idea que ya lanzó entonces Francisco es que Dios de ninguna manera castiga pero que la naturaleza sí lo hace y que, además, en este caso estaría muy bien dado lo mal que el hombre trata a la «casita común».

En ese momento no tuvo a bien explicarnos los «maltratos» a la naturaleza que, por ejemplo, dieron origen a la peste antonina (165-180), o la peste de Justiniano que comenzó hacia el año 541, la peste negra en el siglo XIV o las distintas pestes de cólera habidas a lo largo de la historia. Todo es superfluo cuando de lo que se trata es de apuntalar un relato.

Junto a esa idea lanzó otra, la de la «esperanza en que todo esto sirviese para el hombre saliese mejorado de esta crisis».

Para un Papa resulta desconcertante el discurso. En la época, ya lo hemos dicho muchas veces, en que los gobernantes más desafían a Dios, en la época en que el hombre occidental da por superado todo el hecho religioso, no sólo el católico, el Papa se apunta a la teoría de que todo esto nos hará mejores porque…ni idea.

Hubo un tiempo en que el discurso de la Iglesia era que las bases de cualquier mejora social descansaban en una sociedad orientada a Dios en que las leyes fuesen una emanación de ese sentir y que todo eso debía venir sustentado por la gracia de los Sacramentos. Ahora no, ahora sería suficiente con ¿proponérselo porque han muerto algunos ancianos en la residencia de al lado? ¿Y en qué te cambia eso exactamente? ¿En qué dirección mueve el asunto? ¿eso te haría reciclar más intensamente desde ese momento para no causar heridas a la «casa común»?

Era suficiente con tener ojos en la cara para ver que eso no sería así.

Para entonces ya había más que sospechas de que muchos ancianos no habían sido tratados adecuadamente en muchas residencias, que en todo caso estaban aislados en sus habitaciones, que la policía se empleaba con una brutalidad digna de Corea del Norte si alguien cometía alguna pequeña imprudencia(*), que los vecinos te recriminaban desde la ventana si salías dos veces a tirar la basura, que proliferaban las anécdotas de vecinos que invitaban a profesionales sanitarios a abandonar su hogar por el miedo a contagiarse o que los propios trabajadores sanitarios nos inundaban con vídeos ¿graciosos? a la par que nos contaban lo agotadísimos que estaban mientras, supuestamente, la gente moría por miles.

No, en aquel momento ya se podía afirmar que no saldríamos mejores. De una sociedad descompuesta, y la occidental lo es, no habría una catarsis porque sí.

El caso es que tras esto llegó la vacuna y quien tanto confiaba en que «saldríamos mejores» se subió a este carro como si la salvación del mundo nos fuese en ello.

A día de hoy ya conocemos que 3 guardias suizos debieron abandonar sus puestos de trabajo por no estar vacunados, otros 3 debieron vacunarse contra su voluntad. ¿Alguien cree que este criterio se hubiese aplicado en el Vaticano con cualquier otra enfermedad? ¿Por qué en este caso sí?.

Desde el 13 de diciembre, el Vaticano no permite acceder a sus puestos de trabajo a las personas que no presenten el certificado de vacunación contra el coronavirus, de manera que se considera falta por esa razón una «ausencia injustificada» lo que conlleva la suspensión del sueldo.

Hay que recordar, como contraposición, el trato que, por ejemplo, se dispensó en el Vaticano al obispo Zanchetta, amigo de Francisco y acusado de malversación de dinero y de enviar fotografías ligero de ropa a seminaristas de su diócesis. A este obispo se le buscó un puesto de nueva creación en el Vaticano y ahí lo tenemos. Un trabajador, honrado padre de familia, que no se quiera vacunar no podrá en cambio tener entrada en el diminuto Estado. Tampoco se tiene constancia de si se le retiró la entrada al secretario del Cardenal Coccopalmerio cuando se le pilló en una de sus fiestas de putos y coca. El episodio no impidió tampoco que el vigilante cardenal siguiese en su puesto.

No cometer ningún delito es motivo de despido pero cometer las mayores aberraciones no impide que se te cuide y se te mime, eso es lo que se ha hecho con Zanchetta.

Escribo el artículo justo cuando se publica que el cardenal Omella ha dicho «en el Vaticano hay una actitud de escucha y servicio, no de adoctrinamiento y corrección».

Dice el refranero que antes se pilla al mentiroso que al cojo, y aquí ya nos conocemos todos.

Se ha repetido hasta la saciedad, al menos en este blog, que al ser un Papa cuyo único interés son los asuntos mundanos la escucha y servicio es para todos aquellos pastores que hace tiempo perdieron la Fe mientras el adoctrinamiento y la corrección, sólo palo sin zanahoria, es para el resto de temas: medio ambiente, covid o inmigración.

Mientras todo esto ocurre, mientras la Iglesia es arrastrada por el fango, mientras el Papa de la «misericordia» deja en el paro a algunos de sus trabajadores por puro capricho, cinco mil obispos, jo*er hay que repetirlo otra vez, ¡cinco mil obispos! miran impasibles y sueltan sandeces extraídas de un libro de Paulo Cohelo.

Ahora estamos con el Sínodo de la sinodalidad, tócate los *ojones Mariloles.

Dos años sembrando discordia desde los partidos políticos para tapar su incapacidad, vertiendo toneladas de mierda desde los medios de comunicación, promocionando un sálvese quien pueda tremendo(**), con la Iglesia haciendo la ola a todo esto y afirmando después que hay esperanza en salir mejores. Mejores no, vamos a salir todos cojonudos.

Capitán Ryder

(*) Más de 1 millón de multas en un país más que borrego dan una muestra del infame comportamiento de los llamados «cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado». Por cierto, todas ellas en proceso de devolución dado que los confinamientos han sido declarados ilegales.

(**) Representantes de las residencias dijeron en sede parlamentaria que lo único que se les suministró durante aquellas semanas fue medicamentos para quitarse a los abuelos de encima. A esas afirmaciones NADIE, repito, NADIE dijo nada. Ni de nuestros representantes públicos ni de la jerarquía que encarnaría esa Iglesia ¿profética?

Leves elogios (Bruno Moreno)



Existe en inglés una simpática expresión, muy sutil como solía ser antaño el humor anglosajón, que dice to damn someone with faint praise. Es decir, condenar a alguien elogiándole levemente. Un ejemplo puede ser que pregunten a un catedrático por el libro de un colega y responda diciendo que, bueno, no contiene grandes faltas de ortografía. Si lo mejor que puede decir del libro es que no tiene faltas ortográficas garrafales, no hace falta seguir hablando. Un ejercicio letal del understatement británico o decir poco para decir mucho (en este caso, decir poco bueno para decir mucho malo, pero sin decirlo).

Por alguna razón, me han venido a la cabeza esas expresiones al leer lo que cuenta el card. Omella de su visita al Papa. Como el asno de Búridan, tras la lectura he quedado preso de la indecisión y no consigo resolver si está criticando ferozmente al Santo Padre with faint praise o lo que sucede es que el nivel clerical está tan bajo que un leve elogio sin sentido es lo mejor a lo que se puede aspirar.

Según nos cuenta el cardenal, por ejemplo, lo que más le gusta del Papa es que “no habla desde una posición de autoridad, imponiendo criterio, teología, homilías… Hablamos, preguntamos en un diálogo de fraternidad, un hermano entre hermanos”. ¡Vaya un elogio! ¿Eso es lo que más le gusta del Papa? O sea, a grandes rasgos, lo que le gusta del Papa es que no haga de Papa, porque lo propio del Papa es su autoridad de Vicario de Cristo. Si, como dice el cardenal Omella, el Papa de verdad no “impusiera” criterio, que es lo que Cristo llamó confirmar en la fe a sus hermanos, ¿por qué tener un papa? ¿Para qué serviría? Sería como un fontanero que no arregla tuberías, pero es muy fraterno y dialoga mucho, mientras la tubería rota sigue soltando agua por toda la cocina. Casi preferiría uno menos fraternidad y que le diera un poco a la llave inglesa.

Sabiendo que los españoles no tenemos tanta habilidad como los ingleses para entender un understatement, el cardenal lo remacha ligeramente a golpe de martillo, diciendo algo similar sobre los dicasterios romanos de la Santa Sede, con los que también tienen que hablar los obispos en su visita ad limina: “lo importante es que podemos dialogar y decir lo que llevamos dentro. Lo que más me impresiona es la actitud que tienen desde los dicasterios de escucha y de servicio, no de adoctrinamiento y corrección”.

De nuevo, uno no sabe si está elogiando o criticando ferozmente a los dicasterios vaticanos, porque, francamente, si lo mejor que pueden aportar es “escucha y servicio”, casi podían ahorrarse los obispos la visita a Roma, los billetes de avión y los hoteles pagados por los fieles y la Iglesia universal podía ahorrarse los dicasterios, que salen todavía más caros. Por mucho menos dinero, eminencias y monseñores pueden contarles sus penas a cualquier buena señora después del rosario dominical. Seguro que estaría encantada de escucharles y darles un par de buenos consejos. Creo que, sin ir más lejos, la Sra. Rafaela, de la parroquia de D. Jorge, tendría bastantes cosas que dialogarles, entre otras que “adoctrinamiento” no es una palabra fea para los católicos, porque la doctrina católica es la verdad que nos salva.

También es posible que todo esto sean simples ganas de adular al jefe, cosa muy comprensible en cualquier subordinado oficinista, aunque algo más vergonzosa tratándose de un eclesiástico, que quizá debería tener una mirada más, digamos, de eternidad sobre las cosas. Pero no. ¿Cómo va a ser eso? Un maestro del faint praise como Su Eminencia nunca se rebajaría a la adulación ramplona y transparente y los demás obispos que dicen cosas similares del Papa tampoco. Tiene que ser algo más sutil. Faint praise, definitivamente faint praise.

Asombrosamente, llevado de su temperamento perfeccionista y consciente de que siempre es posible superarse, el cardenal Omella no está contento aún con las altas cotas de sutilidad logradas y persiste en seguir diciéndonos lo que le gusta del Papa: “en segundo lugar, el buen humor: aunque haya dificultades él no lo pierde. Eso a mí me invita a seguir su ejemplo y ser persona de esperanza y transmitirla”.

¡Qué maestro del faint praise! ¡Qué perfección! Si lo segundo mejor que se puede decir de un Papa es que tiene buen humor, apaga y vámonos. El fontanero, además de dialogar, cuenta muy buenos chistes. ¡Apañaos estamos! ¿Será el cardenal un infiltrado antipapista? Claro que esta afirmación también le hace a uno pensar en la segunda posibilidad, la del ínfimo nivel del clero en general, porque lo de identificar el buen humor con la esperanza es llamativo. Toda una virtud teologal, obra exclusiva de la gracia de Dios, prenda de la bienaventuranza eterna, sobre la que los teólogos han escrito libros enteros… y resulta que bastaba con tener buen humor. ¿Intrigas florentinas o falta de estudios teológicos? No sé, no sé.

Bien es verdad que hay que decir en favor del cardenal Omella, maestro en este arte del understatement, que muestra una humildad impresionante al emplear su mortífero arte contra sí mismo y sus compañeros obispos. Dice, por ejemplo: “Nos preocupa muchísimo el tema de la evangelización, de Europa y de España, siendo un continente donde la secularización se nota un poco más”. ¿Un poco más? ¿Solo un poco más? ¿Estamos hablando del mismo continente? ¿El continente cuyo otro nombre era “la cristiandad” y que ahora podría tomar por nombre “apostasía”? ¿El continente donde en países otrora católicos, como España, ahora los matrimonios por la Iglesia son estadísticamente insignificantes, los divorcios son numerosísimos, los nacidos de madre no casada son casi la mitad, los abortos anuales llegan casi a los cien mil, la mayoría de los colegios católicos son semilleros de ateísmo, la asistencia a Misa ha descendido del 80 % al 8 % y las iglesias están prácticamente vacías? ¿Ese continente?

Produce admiración contemplar que los grandes responsables de esta catástrofe, que son necesariamente los obispos porque esa responsabilidad va aparejada al cargo y porque, si somos sinceros, han tenido mucho que ver con ella, califican ese desastre mayúsculo como “un poco más” de secularización. Es como si un Presidente norteamericano, de visita en Hiroshima, hablara del “petardillo ese que soltamos aquí”. Cuidadito, cuidadito, a ver si los oyentes no hablan inglés y no entienden lo del understatement y terminamos teniendo una tragedia a manos de los justamente airados japoneses o fieles, con un presidente o un cardenal untados de brea y emplumados al estilo yanqui, menos sutil que el británico, pero también más contundente.

Deus avertat. O no, porque, como diría el cardenal Omella, al final lo importante es el buen humor y un buen emplumamiento de vez en cuando tiene su gracia.

Bruno Moreno