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jueves, 5 de julio de 2018

Santa María Goretti



María nació el 16 de octubre de 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, tercera de siete hijos de una familia pobre de bienes terrenales pero rica en fe y virtudes, cultivadas por medio de la oración en común, rosario todos los días y los domingos Misa y sagrada Comunión. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen. A los seis años recibirá el sacramento de la Confirmación.
Después del nacimiento de su cuarto hijo, Luigi Goretti, por la dura crisis económica por la que atravesaba, decidió emigrar con su familia a las grandes llanuras de los campos romanos, todavía insalubres en aquella época. Se instaló en Ferriere di Conca, poniéndose al servicio del conde Mazzoleni, es aquí donde María muestra claramente una inteligencia y una madurez precoces, donde no existía ninguna pizca de capricho, ni de desobediencia, ni de mentira. Es realmente el ángel de la familia.
Tras un año de trabajo agotador, Luigi contrajo una enfermedad fulminante, el paludismo, que lo llevó a la muerte después de padecer diez días. Como consecuencia de la muerte de Luigi, Assunta tuvo que trabajar dejando la casa a cargo de los hermanos mayores. María lloraba a menudo la muerte de su padre, y aprovecha cualquier ocasión para arrodillarse delante de su tumba, para elevar a Dios sus plegarias para que su padre goce de la gloria divina.
Junto a la labor de cuidar de sus hermanos menores, María seguía rezando y asistiendo a sus cursos de catecismo. Posteriormente, su madre contará que el rosario le resultaba necesario y, de hecho, lo llevaba siempre enrollado alrededor de la muñeca. Así como la contemplación del crucifijo, que fue para María una fuente donde se nutría de un intenso amor a Dios y de un profundo horror por el pecado.
Amor intenso al Señor
María desde muy chica anhelaba recibir la Sagrada Eucaristía. Según era costumbre en la época, debía esperar hasta los once años, pero un día le preguntó a su madre: -Mamá, ¿cuándo tomaré la Comunión?. Quiero a Jesús. -¿Cómo vas a tomarla, si no te sabes el catecismo? Además, no sabes leer, no tenemos dinero para comprarte el vestido, los zapatos y el velo, y no tenemos ni un momento libre. -¡Pues nunca podré tomar la Comunión, mamá! ¡Y yo no puedo estar sin Jesús! -Y, ¿qué quieres que haga? No puedo dejar que vayas a comulgar como una pequeña ignorante. Ante estas condiciones, María se comenzó a preparar con la ayuda de una persona del lugar, y todo el pueblo la ayuda proporcionándole ropa de comunión. De esta manera, recibió la Eucaristía el 29 de mayo de 1902.
La comunión constante acrecienta en ella el amor por la pureza y la anima a tomar la resolución de conservar esa angélica virtud a toda costa. Un día, tras haber oído un intercambio de frases deshonestas entre un muchacho y una de sus compañeras, le dice con indignación a su madre: -Mamá, ¡qué mal habla esa niña! -Procura no tomar parte nunca en esas conversaciones. -No quiero ni pensarlo, mamá; antes que hacerlo, preferiría...Y la palabra morir queda entre sus labios. Un mes después, sucedería lo que ella sentenció.
Pureza eterna
Al entrar al servicio del conde Mazzoleni, Luigi Goretti se había asociado con Giovanni Serenelli y su hijo Alessandro. Las dos familias viven en apartamentos separados, pero la cocina es común. Luigi se arrepintió enseguida de aquella unión con Giovanni Serenelli, persona muy diferente de los suyos, bebedor y carente de discreción en sus palabras.
Después de la muerte de Luigi, Assunta y sus hijos habían caído bajo el yugo despótico de los Serenelli, María, que ha comprendido la situación, se esfuerza por apoyar a su madre: -Ánimo, mamá, no tengas miedo, que ya nos hacemos mayores. Basta con que el Señor nos conceda salud. La Providencia nos ayudará. ¡Lucharemos y seguiremos luchando!
Desde la muerte de su marido, Assunta siempre estuvó en el campo y ni siquiera tiene tiempo de ocuparse de la casa, ni de la instrucción religiosa de los más pequeños. María se encarga de todo, en la medida de lo posible. Durante las comidas, no se sienta a la mesa hasta que no ha servido a todos, y para ella sirve las sobras. Su obsequiosidad se extiende igualmente a los Serenelli. Por su parte, Giovanni, cuya esposa había fallecido en el hospital psiquiátrico de Ancona, no se preocupa para nada de su hijo Alessandro, joven robusto de diecinueve años, grosero y vicioso, al que le gusta empapelar su habitación con imágenes obscenas y leer libros indecentes. En su lecho de muerte, Luigi Goretti había presentido el peligro que la compañía de los Serenelli representaba para sus hijos, y había repetido sin cesar a su esposa: -Assunta, regresa a Corinaldo! Por desgracia Assunta está endeudada y comprometida por un contrato de arrendamiento.
Después de tener mayor contacto con la familia Goretti, Alessandro comenzó a hacer proposiciones deshonestas a la inocente María, que en un principio no comprende. Más tarde, al adivinar las intenciones perversas del muchacho, la joven está sobre aviso y rechaza la adulación y las amenazas.
Suplica a su madre que no la deje sola en casa, pero no se atreve a explicarle claramente las causas de su pánico, pues Alessandro la ha amenazado: -Si le cuentas algo a tu madre, te mato. Su único recurso es la oración. La víspera de su muerte, María pide de nuevo llorando a su madre que no la deje sola, pero, al no recibir más explicaciones, ésta lo considera un capricho y no concede ninguna importancia a aquella reiterada súplica.
El 5 de julio, a unos cuarenta metros de la casa, están trillando las habas en la tierra. Alessandro lleva un carro arrastrado por bueyes. Lo hace girar una y otra vez sobre las habas extendidas en el suelo. Hacia las tres de la tarde, en el momento en que María se encuentra sola en casa, Alessandro dice:
-"Assunta, ¿quiere hacer el favor de llevar un momento los bueyes por mí?" Sin sospechar nada, la mujer lo hace. María, sentada en el umbral de la cocina, remienda una camisa que Alessandro le ha entregado después de comer, mientras vigila a su hermanita Teresina, que duerme a su lado.
-"¡María!, grita Alessandro. -¿Qué quieres? -Quiero que me sigas. -¿Para qué? -¡sígueme!
-Si no me dices lo que quieres, no te sigo".
Ante semejante resistencia, el muchacho la agarra violentamente del brazo y la arrastra hasta la cocina, atrancando la puerta. La niña grita, pero el ruido no llega hasta el exterior. Al no conseguir que la víctima se someta, Alessandro la amordaza y esgrime un puñal. María se pone a temblar pero no sucumbe. Furioso, el joven intenta con violencia arrancarle la ropa, pero María se deshace de la mordaza y grita:
-No hagas eso, que es pecado... Irás al infierno.
Poco cuidadoso del juicio de Dios, el desgraciado levanta el arma:
-Si no te dejas, te mato.
Ante aquella resistencia, la atraviesa a cuchilladas. La niña se pone a gritar:
-¡Dios mío! ¡Mamá!, y cae al suelo.
Creyéndola muerta, el asesino tira el cuchillo y abre la puerta para huir, pero, al oírla gemir de nuevo, vuelve sobre sus pasos, recoge el arma y la traspasa otra vez de parte a parte; después, sube a encerrarse a su habitación. María recibió catorce heridas graves y quedó inconsciente. Al recobrar el conocimiento, llama al señor Serenelli: -¡Giovanni! Alessandro me ha matado... Venga. Casi al mismo tiempo, despertada por el ruido, Teresina lanza un grito estridente, que su madre oye. Asustada, le dice a su hijo Mariano: -Corre a buscar a María; dile que Teresina la llama.
En aquel momento, Giovanni Serenelli sube las escaleras y, al ver el horrible espectáculo que se presenta ante sus ojos, exclama: -¡Assunta, y tú también, Mario, venid!. Mario Cimarelli, un jornalero de la granja, trepa por la escalera a toda prisa. La madre llega también: -¡Mamá!, gime María. -¡Es Alessandro, que quería hacerme daño! Llaman al médico ya los guardias, que llegan a tiempo para impedir que los vecinos, muy excitados, den muerte a Alessandro en el acto.
Sufrimiento redentor
Al llegar al hospital, los médicos se sorprendieron de que la niña todavía no haya sucumbido a sus heridas, pues ha sido alcanzado el pericardio, el corazón, el pulmón izquierdo, el diafragma y el intestino. Al diagnosticar que no tiene cura, llamaron al capellán. María se confiesa con toda claridad. Luego, durante dos horas, los médicos la cuidaron sin dormirla.
María no se lamenta, y no deja de rezar y de ofrecer sus sufrimientos a la santísima Virgen, Madre de los Dolores. Su madre consiguió que le permitan permanecer a la cabecera de la cama. María aún tiene fuerzas para consolarla: -Mamá, querida mamá, ahora estoy bien... ¿Cómo están mis hermanos y hermanas?
En un momento, María le dice a su mamá: -Mamá, dame una gota de agua. -Mi pobre María, el médico no quiere, porque sería peor para ti. Extrañada, María sigue diciendo: -¿Cómo es posible que no pueda beber ni una gota de agua? Luego, dirige la mirada sobre Jesús crucificado, que también había dicho ¡Tengo sed!, y entendió.
El sacerdote también está a su lado, asistiéndola paternalmente. En el momento de darle la Sagrada Comunión, le preguntó: -María, ¿perdonas de todo corazón a tu asesino? Ella le respondió: -Sí, lo perdono por el amor de Jesús, y quiero que él también venga conmigo al paraíso. Quiero que esté a mi lado... Que Dios lo perdone, porque yo ya lo he perdonado.
Pasando por momentos análogos por los que pasó el Señor Jesús en la Cruz, María recibió la Eucaristía y la Extremaunción, serena, tranquila, humilde en el heroísmo de su victoria.
Después de breves momentos, se le escucha decir: "Papá". Finalmente, María entra en la gloria inmensa de la Comunión con Dios Amor. Es el día 6 de julio de 1902, a las tres de la tarde.
La conversión de Alessandro
En el juicio, Alessandro, aconsejado por su abogado, confesó: -"Me gustaba. La provoqué dos veces al mal, pero no pude conseguir nada. Despechado, preparé el puñal que debía utilizar". Por ello, fue condenado a 30 años de trabajos forzados. Aparentaba no sentir ningún remordimiento del crimen tanto así que a veces se le escuchaba gritar: -"¡Anímate, Serenelli, dentro de veintinueve años y seis meses serás un burgués!". Sin embargo, unos años más tarde, Mons. Blandini, Obispo de la diócesis donde está la prisión, decide visitar al asesino para encaminarlo al arrepentimiento. -"Está perdiendo el tiempo, monseñor -afirma el carcelero-, ¡es un duro!"
Alessandro recibió al obispo refunfuñando, pero ante el recuerdo de María, de su heroico perdón, de la bondad y de la misericordia infinitas de Dios, se deja alcanzar por la gracia. Después de salir el Prelado, llora en la soledad de la celda, ante la estupefacción de los carceleros.
Después de tener un sueño donde se le apareció María, vestida de blanco en los jardines del paraíso, Alessandro, muy cuestionado, escribió a Mons. Blandino: "Lamento sobre todo el crimen que cometí porque soy consciente de haberle quitado la vida a una pobre niña inocente que, hasta el último momento, quiso salvar su honor, sacrificándose antes que ceder a mi criminal voluntad. Pido perdón a Dios públicamente, ya la pobre familia, por el enorme crimen que cometí. Confío obtener también yo el perdón, como tantos otros en la tierra". Su sincero arrepentimiento y su buena conducta en el penal le devuelven la libertad cuatro años antes de la expiración de la pena. Después, ocupará el puesto de hortelano en un convento de capuchinos, mostrando una conducta ejemplar, y será admitido en la orden tercera de san Francisco.
Gracias a su buena disposición, Alessandro fue llamado como testigo en el proceso de beatificación de María. Resultó algo muy delicado y penoso para él, pero confesó: "Debo reparación, y debo hacer todo lo que esté en mi mano para su glorificación. Toda la culpa es mía. Me dejé llevar por la brutal pasión. Ella es una santa, una verdadera mártir. Es una de las primeras en el paraíso, después de lo que tuvo que sufrir por mi causa".
En la Navidad de 1937, Alessandro se dirigió a Corinaldo, lugar donde Assunta Goretti se había retirado con sus hijos. Lo hace simplemente para hacer reparación y pedir perdón a la madre de su víctima. Nada más llegar ante ella, le pregunta llorando. -"Assunta, ¿puede perdonarme? -Si María te perdonó -balbucea-, ¿cómo no voy a perdonarte yo?" El mismo día de Navidad, los habitantes de Corinaldo se ven sorprendidos y emocionados al ver aproximarse a la mesa de la Eucaristía, uno junto a otro, a Alessandro y Assunta.
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Añado una breve charlita del padre Gálvez sobre María Goretti, del 6 de julio de 2007
Duración 4:26 minutos

Video Noticias de interés 5 de julio de 2018



- Tribunal Supremo prohíbe vigilias de oración fuera de clínicas abortistas (Reino Unido)

Duración 1:25 minutos

- Plan adoctrinador educativo del Gobierno de Educación en España


Duración 1:16 minutos


-  «Me he sentido machacado por el lobby de género», denuncia Francisco Serrano 


Duración 2:12 minutos


 Nace la Sociedad Internacional de Científicos Católicos

Duración 2:01 minutos

Selección por José Martí

RESPUESTA A JUAN SUAREZ FALCO (Y V). AQUELLOS “MARAVILLOSOS” AÑOS (Capitán Ryder)




Una última entrada para comentar dos asuntos que han quedado en el tintero: la relación de la Iglesia con el comunismo desde Juan XXIII y los nombramientos post-conciliares.

Del segundo, poco que decir: los hombres que implantaron la revolución en la Iglesia, Vaticano II, y lo hicieron por amplias mayorías, como dice Suaréz Falcó aunque con otra intención, eran nombramientos de Pio XII y pontificados anteriores, luego los problemas en la Iglesia eran muy profundos desde tiempo atrás. Por ejemplo, Bugnini ya revoloteaba como asesor de liturgia con Pío XII.

Muchos de ellos jugaron un papel letal para la vida de la Iglesia, el cardenal Bea, Dopfner, Kónig, pero muchos otros ya estaban señalados desde tiempo antes y eso no impidió su progresión en pontificados como los de Pablo VI y Juan Pablo II


Hemos hablado aquí de la lista Pecorelli (Prelados que supuestamente formarían parte de la masonería) y de la vergonzosa actuación de Casaroli durante el pontificado de Pablo VI en relación con el comunismo. Eso no impidió que Juan Pablo II lo hiciese, nada menos, que Secretario de Estado durante 11 años.

En la lista Pecorelli se daban los siguientes datos sobre él y su inicio en la masonería:

Inscripción 28/9/1957; Matrícula: 41/076; Monograma: CASA.

El Padre Luigi Villa en el libro ya citado en artículos anteriores dice al respecto:

“El paulino, Padre Rosario Espósito, en su libro: “Las grandes concurrencias entre la Iglesia y la Francmasonería” refiere que Casaroli, el 20 de octubre de 1985, en ocasión de las celebraciones del 40º aniversario de las Naciones Unidas que tuvieron lugar en la Iglesia de San Patricio, en Nueva York, dio “una homilía de largo aliento”, cuyo contenido “confirma que las concordancias entre Iglesia y Masonería pueden considerarse, de hecho, alcanzadas.”
El mismo sacerdote señala más adelante
El mismo P. Henrici, en la revista “30 Giorni” (diciembre de 1991) subraya que “la Nueva teología”, (Condenada por Pío XII en “Humani Generis”, de acuerdo con San Pío X) “se ha convertido en la teología oficial del Vaticano II”. 
Eso está confirmado también por el hecho que los “puestos claves” en la Iglesia ya han sido asignados a los modernos exponentes de la “Nouvelle Théologíe”, cuyo periódico oficial es la revista “Communio”, patrocinada por el Card. Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. 
Algunos han señalado que varios teólogos, nombrados obispos en años recientes, vienen de las filas de “Communio”; tales como los germanos Lehman (obispo en 1983, cardenal en 2001 y 20 años presidente de la Conferencia episcopal alemana, todo en tiempos de Juan Pablo II) y Kasper ( Obispo en 1989, cardenal en 2001 y desde 1994 co-presidente de la comisión internacional para el diálogo luterano-católico); los suizos Von Schönbern y Corecce; el francés Léonard; el italiano Scola; el brasileño Romer 
También tiene que hacerse notar que los “fundadores” de la revista “Communio”, Balthasar( cardenal en 1988), De Lubac (cardenal en 1983) , y Ratzinger, han sido consagrados cardenales. Hoy a este grupo de nombres, puede agregarse el del dominico George Cottier, teólogo (¡lamentablemente!)
Desconozco las razones de estos nombramientos, sólo que no fueron buenos para la Iglesia, y por lo tanto, para el mundo, pero no son unos “fallitos”. Parece, al contrario, que se era muy consciente de la línea seguida. Por la razón que fuese.

Por tanto, esa teoría de Suarez Falcó, por la que algunos nombramientos de aquellos maravillosos años han salido rana, no parece muy consistente. Todo el mundo conocía que entorno a Communio se agolpaba todos los progresistas eclesiásticos.
Suarez Falcó también afirma que el Concilio fue una maravilla, que todo se aprobó por mayorías cualificadas y que el espíritu del Concilio echó al traste con los frutos de éste.

Sólo diré dos cosas al respecto: 

- Esos padres conciliares tan “ortodoxos” que alumbraron los documentos conciliares fueron los que, pocos años después, se rebelaron abiertamente contra Humanae Vitae por confirmar lo que siempre había dicho la Iglesia
Conferencias Episcopales enteras como la francesa, holandesa, belga, austriaca, alemana, inglesa, canadiense o escandinava. Casi na. O mudaron de pensamiento en muy poco tiempo o, a lo mejor, el Concilio no fue tan maravilloso

Uno de los padres conciliares más relevante, mimado por Pablo VI, fue el austriaco Köenig, también señalado en la lista Pecorelli, y quien recomendó a los Padres Conciliares “tener en consideración las ideas de Teilhard de Chardin sobre el evolucionismo”. [ Ironía ON  “Uf, qué tiempos aquellos, tan entrañables, en los que todo era ortodoxia y fidelidad a la Iglesia, no como ahora, con Francisco. ¡Y cómo persiguieron a estos propagadores de herejías desde el Papado,…, un momento, …, espera, uhmmm! Ironía OFF

- Respecto al tema del comunismo tres apuntes: 

- El Pacto de Metz requetecomentado en este portal. El “maravilloso” Concilio Vaticano II, empezó con un pacto completamente inmoral. Ese Concilio que hablaría de los problemas más acuciantes del hombre moderno se dejaba en el tintero el principal. Otro pequeño error. 

- Ese Pacto añadió otros dos episodios realmente repugnantes

El primero, extraviar ex profeso la solicitud de condena del comunismo realizada por muchos Padres Conciliares. Acontecimiento “realmente maravilloso” aquel en el que la mayoría dominante utiliza la mentira y el engaño para llevar a cabo su agenda

El segundo las dos encíclicas, Pacem in Terris y Populorum Progressio por parte de Juan XXIII y Pablo VI, que presentaban un comunismo nada ajustado a la realidad y propugnaban la colaboración entre cristianos y comunistas en las áreas-objetivos que pudieran ser comunes. La Iglesia abrió ahí las puertas al comunismo y de ahí la infección vía Teología de la Liberación. 

Añado unos párrafos del libro del Padre Luigi Villa sobre estos temas. Para el resto, me remito a algunos artículos ya publicados. 



[NOTA: El contenido que sigue puede leerse igualmente, con algunas variantes, en Panorama Católico Internacional, en la entrada titulada "Ese oscuro espisodio en la vida del Arzobispo Montini" . Curiosamente, ya está prevista y confirmada la canonización de Pablo  VI en octubre de este mismo año 2018; concretamente, el día 14 de octubre: ¡Vivir para ver!]

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Era 1954, cuando Pío XII era probado por la enfermedad y debilitado por la vejez

Fue el Coronel Arnauld, del Segundo Bureau francés, Brigadier General del Intelligence Service (Servicio de Inteligencia Británico. N. del T.), y el “James Bond” de Pío XII, oficial de carrera pero, sobre todo, hombre de rígidas costumbres y católico practicante. Al final de la guerra, se desempeñaba con los británicos y regresó a los “Servicios Secretos” franceses. 

Y para entonces, poco después del armisticio, el Quai d’Orsay (Ministerio de Relaciones Exteriores francés) le asignó una misión cerca del Papa Pío XII, para pedirle que expulsara de sus diócesis a veintidós obispos franceses, a quienes el gobierno de Charles De Gaulle consideraba culpables de haber favorecido al régimen del Mariscal Petain. 

Expuesto a Pío XII el pedido de su Gobierno (escuchado “muy fríamente” por el Papa), Pío XII le dice querer conocer “el juicio personal del embajador, del católico, del oficial, cuya hermana es Superiora de un Convento en Roma”. El Coronel le pide tiempo para estudiar el “dossier” de los veintidós obispos. Cuando regresó a Roma, le manifestó su “juicio” sobre el caso; Pío XII compartió el juicio e hizo alejar de Francia solo dos obispos, rechazando “castigar a los otros”. 

Poco tiempo después, el Coronel Arnauld renuncia al Bureau francés. Pío XII, informado, lo llamó a Roma y le ofreció convertirse en su agente personal, dependiente solo de él, porque – le dice – “un diplomático está constreñido a observar algunas reglas y a ser muy prudente: un agente no”. El Coronel acepta, presta juramento al Pontífice e inicia su nueva misión. 

En el curso de una gira por el Este, entró en contacto con el obispo luterano de Uppsala, Primado de Suecia, quien teniendo a Pío XII en gran estima, no dudó en rendirle preciosos servicios, como ayudar a los miembros del clero detenidos, y en la introducción clandestina de biblias en Rusia, etc. 

En el curso de uno de esos encuentros (hacia el verano de 1954), el arzobispo de Uppsala dijo repentinamente al Coronel: «La autoridad sueca está perfectamente al corriente de las relaciones del Vaticano con los Soviets». El coronel decide inmediatamente interrogar a Pío XII, apenas regresara de la misión. Vuelto a Italia, interrogó al Santo Padre, quien muy asombrado por ese informe, pidió al coronel que dijera a Monseñor Brilioth que el Vaticano no tenía relaciones con los Soviets. 

Pero cuando el coronel Arnauld regresó a Suecia, el arzobispo de Uppsala le reiteró lo que le había dicho antes, rogándole que regresara tan pronto como terminara su nueva misión. El coronel aceptó y volvió a ver al arzobispo

Mons. Brilioth, esta vez, le entregó un sobre sellado, dirigido a Pío XII, rogándole lo pusiera directamente en sus manos, sin darlo a conocer a nadie más en el Vaticano. Sólo le dijo: «Este sobre contiene la “PRUEBA” de la relación que el Vaticano tiene con los soviéticos» 

Una vez en Roma, el coronel entregó el sobre a Pío XII, que lo leyó en su presencia, mientras se le blanqueaba el rostro. En resumen: el último texto oficial, firmado por el Pro-secretario de Estado, Monseñor Montini, tiene fecha 23 de setiembre de 1954.

De otras fuentes de información se sabe que, en aquel trágico otoño de 1954, Pío XII también había descubierto que su Pro-secretario de Estado “le había ocultado todos los despachos relativos al cisma de los obispos chinos” cuyo caso se estaba agravando.

Ahora, el hecho que Monseñor Montini había sido alejado de la Secretaría de Estado por haber caído en desgracia con Pío XII (a quien “traicionaba”) lo ha admitido Jean Guitton en su libro: “Paulo VI secreto”, donde escribe: «Nunca se supo, no se sabrá nunca, por qué Pío XII, habiéndolo hecho arzobispo de Milán, no lo había creado cardenal, lo cual le quitó la posibilidad de ser elegido papa…» 

Y después, más adelante, Guitton escribe: «Él (Paulo VI) atravesaba una prueba análoga a aquella que le había infligido Pío XII: la de la “desconfianza”, cuando Pío XII pareció haber perdido la confianza que había puesto en él. ¡Es un hecho que Montini, mientras vivió Pío XII, no volvió a pisar el Vaticano! Cito, a este respecto, un “documento” extraído de los Archivos Nacionales de Washington, en el cual se prueba que el futuro Papa Paulo VI se reunía, secretamente, con el lider comunista italiano, Palmiro Togliatti, ya en julio de 1944. 

Pero será el Papa Juan XXIII – ¡de quien Montini recibió la púrpura! – quien abrirá más a Montini el camino del “diálogo” con el mundo comunista, después de su famosa encíclica “Pacem in Terris” del 10 de abril de 1962, en la que el Comunismo, aunque no nombrado directamente, sin embargo, es considerado en plena evolución dialéctica, o sea, no más idéntico a la doctrina de Carlos Marx, aunque conservando sus principios.
[Nota: Esa encíclica (PACEM IN TERRIS) había sido precedida por la discutida “audiencia privada” con el yerno de Kruschev, Alexis Adjybei. Debería saberse que la audiencia terminó con las palabras del Papa Juan XXIII: «Nos separan solamente concepciones opuestas. ¡Es poca cosa!»]

El Pontificado de Paulo VI, por lo tanto, seguirá ese camino, abierto por Juan XXIII, quien había iniciado difíciles negociaciones, tanto con el Patriarca de Moscú, como con Atenágoras, Patriarca de Constantinopla.

Paulo VI demostró ese su espíritu de conciliación con el mundo comunista, por ejemplo, en ocasión del “Sínodo Episcopal” de Roma, en el otoño de 1971. El tema era: “Justicia y Paz”. El Vaticano había indicado imprimir una fuerte tendencia anti-capitalista al sínodo, tratando la injusticia causada a los países subdesarrollados por las naciones tecnológicamente evolucionadas. Pero el Arzobispo Maxim Hermanioux, Metropolita de los ucranianos, presente en los trabajos, tuvo el coraje de reaccionar, diciendo: «Me parece muy sorprendente que, en el proyecto de base, se trate de todas las formas posibles de injusticia: política, cultural, económica e internacional, pero no de la injusticia más desagradable para un cristiano: ¡la persecución de la Iglesia de Cristo..!»

El Arzobispo Hermanioux hablaba por los fieles de la Iglesia Católica Ucraniana, perseguida por los comunistas; y ciertamente, hacía alusión a los acontecimientos del año precedente. 

En 1970, en realidad, el Patriarca de Moscú, Pimén, había anunciado, durante su investidura, que la Iglesia Católica Ucraniana “no existía más”. Y el Cardenal Willebrands, negociador pontificio desde 1961, enviado oficial de Paulo VI a la ceremonia no había reaccionado, ni en el lugar ni a su regreso a Roma. 

¡Paulo VI, así, daba la victoria a Moscú ateo y persecutor de los fieles católicos! Los gestos más marcados y evidentes, a favor de los deseos soviéticos, por parte de Paulo VI, no se llegarán a calcular. Hasta a sus Cardenales los trasladaba a otra sede, privándoles así de toda influencia, precisamente por su intransigencia frente a los gobiernos locales. 

Así hizo con el Cardenal Mindszenty, ¡a quien Paulo VI, destituyó de su cargo de “Primado”!En vano el Cardenal Mindszenty intentó resistir, en nombre del “daño a la vida religiosa y a la confusión que tal procedimiento fuera a causar en las almas de los católicos y de los sacerdotes fieles a la Iglesia”. Lamentablemente, venció Paulo VI con su “Ostpolitik” que se inclinaba siempre frente a las criminales “razones de estado”. Y así, el 5 de enero de 1974, la Santa Sede hizo de dominio público la decisión de Paulo VI, dando la “noticia” del alejamiento el Cardenal Mindszenty de la Sede Arzobispal Primada de Esztergon. Mindszenty, en sus “Memorias” anotará«Le rogué (a Paulo VI) volviera atrás esa decisión, pero en vano.».

Una lacónica alusión a su drama interior, que iluminó, sin embargo, su última inmolación en la Cruz de Cristo. Desafortunadamente, el 8 de junio de 1977, Paulo VI se rebajó a recibir también a Janos Kadar. Nunca ningún Secretario del Partido Comunista había cruzado el umbral del estudio privado de un Papa.

¡GLORIA A TI, CARDENAL MINDSZENTY, CONFESOR Y MÁRTIR!

Sin embargo, este Gran Confesor de la Fe, sepultado el 15 de mayo de 1975 en la Capilla Húngara de San Ladislao, en Mariazel (Austria), en lugar de una apoteosis – ¡que merecía! – no vio, entonces, siquiera un “representante” de la “nueva” Iglesia Católica Húngara, la que nunca envió siquiera una corona de flores y ni una palabra. ¡Ni siquiera estuvo presente el Nuncio Apostólico en Austria! Solo el “mundo libre” – 4.000 húngaros exiliados de todo el mundo, 250 sacerdotes y unas 100 religiosas – se encontraron frente a la tumba de aquel moderno Apóstol-Mártir.

NOTA: J. Mindszenty, “Memorias”, Rusconi, Milán 1974, pp. 356-357. En el texto publicado
faltan algunas páginas, las más graves, pero por voluntad explícita, renovada varias veces por Paulo VI. Me lo dijo ‘aperetis verbis’, el mismo card. Mindszenty, quien luego, en mi encuentro personal con él, en Viena, el 14 de diciembre de 1971, después de dos horas y media de un apasionado e ilustrativo coloquio, me dijo: «¡Créame: Paulo VI ha entregado los países cristianos en manos del Comunismo!».

Y por su Ostpolitik, Paulo VI sacrificó también al Cardenal Slipyi, Primado de la Iglesia Uniata Ucraniana. Arrestado poco después de consagrado Obispo, en 1940, y otra vez el 11 de abril de 1945, y condenado a ocho años de reclusión y de trabajos forzados en durísimos campos de prisioneros soviéticos, en Siberia, Polaria, Asia y Mordovia. A continuación, fue de nuevo condenado al exilio en Siberia, y, en 1957 tuvo todavía una tercera condena de siete“años de prisión y de trabajos forzados, y finalmente sufrió una
cuarta condena con encarcelación en la durísima prisión de Mordovia…

Ciertamente, la idea fija de Paulo VI sobre el comunismo era la contenida en la “Pacem in terris”, o sea, la distinción entre movimiento histórico (fija) e ideología (en evolución continua); por la cual él creía que el Comunismo podría evolucionar y mejorar, y por eso le tendía los brazos, recibía a sus emisarios, cooperaba con él para una presunta justicia y paz en el mundo. ¡Cuánta ilusión! 

Pero para eso, Paulo VI se exponía a continuos escándalos en tal sentido. Como el del “matrimonio civil”, en 1965, del Padre Tondi, entonces su colaborador en la Secretaría de Estado, que dejó también el sacerdocio para ingresar al Comunismo. Mons. Montini le obtuvo una dispensa extraordinaria insólita de su estado religioso.
Un servicio excepcional a su colaborador (suyo y de Moscú) que hizo levantar dudas sobre su finalidad… 

Otro escándalo dado por Paulo VI fue a través de Mons. Glorieux, quien cubrió su persona cuando ocurrió la “sustracción fraudulenta de la ‘Petición’ de no menos de 450 Obispos reclamandoal Concilio, en setiembre de 1965, la condena del Comunismo”. Aquel escándalo produjo su efecto; el Papa – se dijo –no ha querido que el Concilio condenase el Comunismo, por lo tanto, el Comunismo no está más condenado.

Ahora, todo esto era la consecuencia de su primera Encíclica “Ecclesiam Suam”, que abría la Iglesia al diálogo, a la reconciliación, a la cooperación con el Comunismo. Una apertura que se volvía siempre más temeraria, en los Documentos Sociales, olvidando el problema de los cristianos perseguidos, de sus sufrimientos, de sus persecuciones, para no detenerse ni entorpecer su política de aproximación y de cooperación con los estados comunistas.

La verdad de los “HECHOS” por nosotros narrados, disipa toda duda. Basta recordar otra vez la transferencia del Cardenal Mindszenty, de “Primado” de Hungría a Roma. Basta recordar también el grito del Cardenal Slipyi, ese otro confesor de la Fe, fugitivo de los campos soviéticos quien, frente al Sínodo, gritaba su indignación a los traidores que hicieron la paz con los persecutores, sin preocuparse de sus fieles, que el comunismo soviético perseguía y martirizaba. 

«Sobre 54 millones de ucranios católicos – dijo – diez millones han muerto como consecuencia de las persecuciones. El régimen soviético ha suprimido todas las diócesis. Hay una montaña de cadáveres y ni siquiera nadie, que los conserve en su memoria. Miles de fieles están todavía encarcelados o deportados. Pero la diplomacia vaticana (¡Paulo VI, por lo tanto!) ha elegido el silencio, para no afectar sus tratativas. Han vuelto los tiempos de las catacumbas. Millares y millares de la Iglesia Ucraniana son deportados a Siberia, próxima al Círculo Polar, pero el Vaticano ignora esta tragedia. ¿Tal vez los mártires se han convertido en testigos molestos? ¿Seremos nosotros una bola y una cadena para la Iglesia?»


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Poco más que añadir. Creo que hay material suficiente como para dejar de imputar a otros católicos el estar influenciados por Satanás, o haber caído en la trampa de éste. No, al menos, con los argumentos de Juan Suarez Falcó, a quien remití copia del primer artículo, y de quien no he recibido respuesta. Mucho menos cuando plantean preguntas muy legítimas no respondidas por las autoridades de la Iglesia, ni ahora, ni en décadas pasadas.

Algunos, simplemente, mostramos nuestra perplejidad, y la incompatibilidad de muchas de estas propuestas con la Tradición de la Iglesia. Y nos da igual si lo plantea Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI o Francisco.

No, no han sido unos años maravillosos.

Y no, no podemos hablar de “tradición bimilenaria inmutable” sobre la que Francisco ha puesto sus manos. Al Cardenal Avery Dulles no le importaba reconocerlo.

Capitán Ryder