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sábado, 14 de marzo de 2026

¿Competencia por el poder entre mujeres y sacerdotes? | Actualidad Comentada | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 15:48MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? (PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX)





DURACIÓN 32:07 MINUTOS

https://youtu.be/c-K_4gDhMSE



EMPEZAMOS EN ROMA

ESPAÑA 

1. Desahucio en Belorado 

2. Ha fallecido Francisco Fernández-Carvajal 

3. 24 horas para el Señor 

MUNDO 

4. Nuevo limosnero papal 

5. Menos católicos en Hispanoamérica 

6. No están mejor en Francia 

7. Un arzobispo cantamañanas 

8. Muere un sacerdote en Líbano

Lecciones prematuras de un conflicto inacabado (Fernando del Pino Calvo Sotelo)




Hablar de acontecimientos resulta mucho menos interesante que hablar de ideas. Sin embargo, podemos aprovecharlos para realizar un ejercicio de inducción que intente identificar los principios generales implícitos en ellos. Es lo que pretendo hacer en este artículo respecto del conflicto en Irán.

La justicia tiene los ojos vendados por un buen motivo: porque la imparcialidad y el respeto a la verdad deben prevalecer sobre cualquier otra consideración. Pues bien: el primer principio general que podemos inducir de esta guerra es la dificultad de emitir juicios objetivos sobre un acto o sobre un conflicto sin que nos influya la simpatía o antipatía que sentimos por el actor o por alguna de las partes. Esta característica tan humana nubla nuestra capacidad de análisis y nos empuja a pontificar sobre valores para encubrir inconscientemente nuestros sesgos y dobles raseros. En el caso que nos ocupa, me resulta imposible no sentir una profunda aversión hacia un régimen demente, siniestro y liberticida como el iraní, que, además de patrocinar el terrorismo, reprime a tiros a manifestantes desarmados matando a miles de ellos. Pero, precisamente por ser ésta la realidad, la realización de este ejercicio resulta tan aleccionadora.

La guerra preventiva

El actual conflicto en Irán —otra «operación militar especial», supongo— es, una vez más, una guerra no aprobada por ningún Congreso ni comunicada formalmente al adversario. Ha constituido, en esencia, un ataque realizado por sorpresa en medio de unas negociaciones un día después de que el mediador ―el ministro de Exteriores de Omán― hubiera afirmado que iban bien encaminadas[1]. Al hacerlo, EEUU e Israel han obtenido la ventaja táctica de la sorpresa y descabezado el régimen iraní, pero al precio de perder parte de su autoridad moral y el relato de la propaganda, fuera y dentro de Irán. Lamentablemente, hoy la oposición interna al régimen parece más débil que antes del ataque.

Según los atacantes, se trata de un ataque «preventivo». Este concepto escapa de la doctrina de la guerra justa, que sólo admite el uso de la fuerza militar en legítima defensa y, además, de forma restrictiva. Naturalmente, existen muchos precedentes de ataques preventivos, pero quizá el más famoso es el que realizó Japón en Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. En aquella ocasión, Japón también obtuvo la ventaja táctica de la sorpresa (relativa), pero resultó efímera, pues al perder el relato de la propaganda, facilitó la hasta entonces impopular entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (que deseaban sus líderes, mas no su pueblo).

El día después del ataque, el entonces presidente Roosevelt acudió al Congreso a pedir la declaración de guerra con un discurso que se haría famoso: «Esta fecha quedará marcada por la infamia, pues los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón cuando estaban en paz con esa nación y seguían manteniendo conversaciones con su Gobierno con miras a mantener la paz en el Pacífico»[2].

Por favor, relean el párrafo anterior, pero reemplazando EEUU por Irán y el «Imperio de Japón» por EEUU: ¿encuentran muchas diferencias entre aquella «infamia» y el actual ataque? Imaginen ahora que, en vez de bombardear una base naval en un lejano archipiélago perdido en medio del océano, los japoneses hubieran bombardeado la Casa Blanca matando a Roosevelt, a su mujer y a parte de su gobierno. ¿Cómo sería calificado semejante ataque? Imaginen que, para más inri, ese mismo día los japoneses hubieran bombardeado por error una escuela infantil. Es lo que ha ocurrido en una escuela de la ciudad iraní de Minab, en la que han muerto, según UNICEF, 168 niñas[3]. El gobierno norteamericano sigue lanzando cortinas de humo sobre su presunta autoría[4], aun después de que apareciera prueba fehaciente de que la escuela ―colindante con unos barracones de la Guardia Islámica― había recibido el impacto de un misil Tomahawk[5].

Las nuevas reglas

El segundo principio es que toda acción tiene consecuencias no deseadas, pues el ser humano es falible y está sujeto a su naturaleza caída, flaquezas que la patología del poder aumenta considerablemente. El ataque preventivo norteamericano-israelí ha comenzado por el asesinato del mandamás iraní y de algunos miembros de su gobierno que quizá se reunían para discutir el avance de las negociaciones. ¿Debemos entender que son éstas las nuevas reglas de enfrentamiento en las relaciones internacionales? Algunos argumentarán que el hecho de que los yonquis del poder se maten entre ellos en vez de enviar a otros a morir desde una distancia segura tiene su atractivo, pero ¿no crea esta acción un precedente inquietante? ¿Quién confiará en una negociación para evitar un conflicto armado si se admite la posibilidad de que una parte rompa por sorpresa la negociación matando al máximo responsable de la otra parte? ¿No revela esta acción, una vez más, el doble rasero que aplican EEUU e Israel («las reglas son para ti, no para mí»)? Y si la finalidad aparente de todo este conflicto es evitar la proliferación de armas nucleares (o más bien, la protección del privilegio monopolístico del club que ya las posee), ¿no lanza esta acción el mensaje contrario, esto es, que, si no quieres que te pase a ti, más vale que te conviertas en una potencia nuclear como única forma de protección efectiva?

El supuesto objetivo del descabezamiento del régimen iraní era propiciar la llegada de un nuevo gobierno menos hostil. Dudo sinceramente que Israel, siempre tan bien informado a través de sus eficaces agencias de inteligencia, lo creyera realmente, aunque otra cosa es que Netanyahu se lo hiciera creer a Trump. En cualquier caso, como comentaba un analista, EEUU tardó en Afganistán 20 años en pasar de los talibanes a los talibanes, pero en Irán ha tardado sólo 9 días en pasar de Jamenei a Jamenei.

Pretextos para la guerra

Decía Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos de los conflictos y sus causas últimas. El tercer principio, por tanto, es que, para justificar sus guerras, los yonquis del poder siempre buscan pretextos para que la población les apoye, pues el hombre es un ser moral que debe justificar en su propia conciencia algo tan extremo como matar a otro ser humano o realizar el sacrificio último de morir por una causa. Por lo tanto, la propaganda bélica siempre comienza dibujando el conflicto como una lucha entre el bien y el mal, canonizando la razón propia y demonizando la del enemigo.

En esta ocasión, y a pesar de sus intentos, el gobierno norteamericano no ha logrado aclarar qué quería prevenir con esta guerra «preventiva», que atañía a Israel, pero no a EEUU. En efecto, las explicaciones estadounidenses han ido variando casi de hora en hora sin pudor ni pretensión alguna de coherencia. Primero nos dijeron que se quería evitar que Irán construyera armas nucleares. Steve Witcoff, enviado especial y negociador internacional amateur del presidente Trump, alertaba el 22 de febrero de que Irán podía obtener armas nucleares «en una semana»[6]. Esto contradecía las declaraciones de Trump de junio de 2025, cuando, tras bombardear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, aseguró que habían sido «completamente destruidas». Según la Casa Blanca, tanto la Comisión de Energía Atómica Israelí como el jefe de Estado Mayor del ejército israelí confirmaron que el programa nuclear iraní «se había retrasado años, repito, años»[7].

El bombardeo de junio de 2025, por cierto, se produjo a pesar de que las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeran tres meses antes que «Irán no está construyendo un arma nuclear y Jamenei no ha reautorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003»[8]. Por lo tanto, ¿mintió Trump en junio, ha mentido ahora, o lo ha hecho en ambas ocasiones? Y si, según la inteligencia norteamericana, Jamenei llevaba prohibiendo el programa de armas nucleares dos décadas, ¿por qué lo han matado? ¿Y si su sucesor reactiva dicho programa?

Tras el pretexto de las armas nucleares, el presidente norteamericano argumentó que el objetivo era descarrilar el programa iraní de misiles balísticos (nada nuevo), pero inmediatamente pasó a propugnar que el objetivo era un cambio de régimen ―una especialidad tan americana como la hamburguesa―, o más bien un cambio de gobierno. En otras palabras, el advenimiento de una democracia no islamista que devolviera la libertad a los iraníes no era imprescindible; podía mantenerse el statu quo siempre que fuera afín a los intereses estadounidenses. Lo mismo había hecho Trump en Venezuela, donde, para desmayo de muchos, se había conformado con domar a la tiranía chavista olvidando los afanes de libertad del pueblo venezolano. EEUU ya reconoce formalmente como legítimo al gobierno de Delcy Rodríguez a pesar del probado pucherazo de las últimas elecciones[9].

Guerras por intereses, no por valores

El pretexto que mencionaba Tucídides intenta dotar al enfrentamiento bélico entre naciones de una reluciente capa de justificación moral, pero la causa última suele ser mucho más prosaica: el dinero o el afán de poder. El cuarto principio, por tanto, es que las guerras entre naciones no suelen lucharse por defender valores, sino intereses, aunque para consumo de masas se venda lo contrario. Lejos de constituir una excepción, ésta ha sido la razón última de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra Fría (y, en varias ocasiones, desde antes). En efecto, en la inmensa mayoría de las ocasiones, EEUU (como otras potencias hegemónicas del pasado) no ha luchado defender valores como la libertad o la democracia, sino sus propios intereses.

Eso es precisamente lo que hizo en Irán en 1953, cuando apoyó a Gran Bretaña en el golpe de Estado que ésta organizó para derrocar al democráticamente elegido presidente Mosaddeq, acabar con la incipiente democracia iraní e instaurar el Estado policial del shah. Mosaddeq había osado nacionalizar la industria del petróleo tras intentar infructuosamente negociar una mejora de las condiciones para los iraníes en el leonino contrato de la Anglo-Iranian Oil Company. La arrogancia, la codicia y el complejo de superioridad racial de la Inglaterra de entonces —liderada por Churchill— impidieron cualquier acuerdo; Mosaddeq se rebeló y EEUU apoyó la acción subversiva británica por miedo a que el país cayera en la órbita soviética[10].

El hecho de que sean los intereses y no los valores los que guían las relaciones internacionales explica por qué el dictador Sadam Husein pasó de ser un aliado de EEUU en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pudiendo utilizar armas químicas con el tácito beneplácito norteamericano, a ser ahorcado por sus anteriores aliados cuando sus intereses divergieron. Los intereses —no los valores— también explican por qué un sanguinario terrorista de Al Qaeda, por cuya cabeza EEUU ofrecía hace pocos meses una recompensa de 10 millones de dólares, es ahora recibido como presidente de Siria en la Casa Blanca[11] y se da abrazos con un sonriente Macron. ¿Al-Asad, no, y este terrorista barbudo, sí?

¿Qué intereses se defienden en las guerras? En ocasiones son los intereses de las naciones, pero generalmente (sobre todo en las democracias) son los intereses del yonqui de poder de turno. En este sentido, los intereses de Netanyahu y Trump divergen.

Netanyahu se enfrenta a nuevas elecciones en Israel en octubre de este año y sabe que el ataque a Irán cuenta, según las encuestas, con el apoyo del 82% de los israelíes[12]. Su probable reelección le aleja, una vez más, de un posible proceso judicial por presunta corrupción.

Por el contrario, sólo el 40% de los norteamericanos apoya la intervención en Irán[13], lo que refuerza la sensación de que Trump cometió un grave error de juicio al inmiscuirse en una guerra innecesaria y enormemente arriesgada en la que midió mal la capacidad y voluntad de lucha de su oponente. No sé si Israel gozará de alguna oculta capacidad de influencia sobre él o si Trump sufrió un acceso de arrogancia aguda ―la característica más emblemática de su Administración― tras el exitoso secuestro y arresto del ex tirano Maduro (que yo, ciertamente sesgado, sigo aplaudiendo), pero se equivocó. El relativo silencio de Rusia y China en las semanas previas al ataque resultaba premonitorio: nunca impidas a tu enemigo cometer un error.

Los adivinos

El quinto principio es que el ser humano siente una fascinación por conocer el futuro. En este sentido, sería temerario realizar augurios en un conflicto de duración sumamente incierta y con tantos actores potenciales, lo que aumenta la variedad de posibles escenarios y la posibilidad de una escalada. Además, la megalomanía de Trump, el belicismo psicopático de Netanyahu y el insondable fanatismo del régimen iraní, que lucha por su supervivencia, añaden imprevisibilidad a la situación.

Es posible que a Netanyahu no le importara arrastrar a EEUU a un conflicto largo que trajera caos o una guerra civil a Irán y convertirlo en un Estado fallido. Trump, por el contrario, creía que estaba realizando una operación quirúrgica (veni, vidi, vici), y la cercanía de las elecciones legislativas en noviembre hace que el paso del tiempo juegue en su contra.

Por su lado, Irán es perfectamente consciente de que el paso del tiempo aumenta el peso de su potentísima espada de Damocles económica. Para el siniestro régimen iraní, aguantar es ganar. Finalmente, el aumento del precio del petróleo y el desvío de recursos militares (finitos) al Golfo Pérsico convierten a Rusia en la gran beneficiada a corto plazo.

Para calmar a quienes quieren predicciones concretas, diré que es más fácil prever el futuro respecto de algunas fantochadas del presidente Trump. Así, la amenaza de poner tropas en Irán («botas sobre el terreno») es un bluf. En efecto, esto exigiría una logística inmensa en un país lejano de casi 100 millones de habitantes, con una superficie equivalente a la suma de España, Portugal, Francia y Alemania y un gobierno que lucharía con uñas y dientes. No hay cosa que hiciera más feliz al gobierno iraní, como manifestó recientemente su ministro de Exteriores, pues atraería a combatientes de toda la zona y causaría miles de bajas al ejército estadounidense. Tras Irak y Afganistán, esto no va a ocurrir.

La segunda baladronada de Trump es la posibilidad de que la Armada estadounidense organice desde ya convoyes de escolta para asegurar el libre paso por el estrecho de Ormuz. Con toda probabilidad, los portaaviones norteamericanos y sus grupos de apoyo se encuentran a varios cientos de millas de la zona para evitar ponerse a tiro, lo que significa que, para que esta opción tenga visos de realismo, la capacidad militar iraní tendría que estar enormemente deteriorada. Por ahora no es el caso, y es posible que antes de llegar a ese punto minen el estrecho.

Repercusiones en España

Pero a los españoles no nos incumbe defender los intereses de otros países, nos caigan mejor o peor, sino los intereses de nuestro país. En este sentido, lo que me preocupa es que existe un precedente de cómo el conflicto en Irán puede tener serias repercusiones políticas en España.

En efecto, cuando a principios del año 2025 se convocaron elecciones en Canadá, las encuestas daban por ganador al Partido Conservador tras una década de gobierno laborista. Sin embargo, Trump comenzó a realizar comentarios groseros, humillantes y amenazantes contra aquel país. Aprovechando la oportunidad, el laborismo buscó el enfrentamiento con Trump y ganó las elecciones contra todo pronóstico.

Por lo tanto, lo que me preocupa es que la enésima ineptitud de la no-oposición al apoyar exageradamente un conflicto lejano y dudoso en un país como el nuestro haya permitido al psicópata Sánchez enarbolar su eficaz «no a la guerra». No lo subestimen.


[10] Para profundizar sobre el tema, S. KINZER, All the Shah’s Men (Wiley, 2008).

La gran obra de civilización de España en América, por Cristina Grueso de Victoria



Cristina Grueso de Victoria. Nacida en Popayán, Colombia y con nacionalidad Española desde 2002. Abogada con más de 40 años de ejercicio profesional graduada en la Universidad de San Buenaventura, Cali Colombia, 1980. Con Doctorado en Derecho Civil en la Universidad Complutense de Madrid,1988. Diplomado en Conciliación Administrativa, Instituto de estudios del Ministerio Público, 2012. Maestría en Seguridad y Defensa Nacional de la Escuela Superior de Guerra de Colombia, 2013.

Abogada Litigante en áreas del Derecho Civil, Comercial, Laboral, Derecho Contencioso Administrativo, 1980-2001, dirigiendo su propio despacho en Cali y Bogotá. Catedrática de Derecho Civil, Universidad de la Sabana, Bogotá, 1990-1994. Asesora para la Reconstrucción del Eje Cafetero, Presidencia de República de Colombia, 1999-2000. Directora de la Fundación para el Desarrollo Integral de la Familia, Madrid, 2002-2005. Coordinadora de Proyectos Especiales, Universidad Francisco de Vitoria, Madrid 2006-2009. Procuradora Delegada para la Vigilancia Administrativa, Procuraduría General de la Nación, Colombia. 2009-20011. Perteneciente a la Reserva Profesional del Ejercito de Colombia en grado de Comandante.

Procuradora Delegada con rango de Magistrada ante el Concejo de Estado, Colombia 2012-2017. Actualmente Concejal de Cultura en el municipio de Torrelodones, Madrid, España desde 2023. Viuda de Pablo Victoria Wilches; miembro del Equipo de Investigación de la obra literaria de Pablo Victoria; correctora de prueba de sus libros y divulgadora de su legado. Con vocación de servicio, gran sentido de responsabilidad y organización; formación humanista y amplia cultura universal; de espíritu conciliador y con gusto por las artes, la lectura y la historia. Orgullosa de ser Hispanoamericana.



¿En qué medida se puede afirmar que los españoles fundaron una nueva civilización en América?

Los españoles hicieron una extraordinaria acción civilizadora en América integrándola a la Civilización Cristiana y transmitiéndoles los valores, principios y cultura que caracteriza a esta civilización. Por ello, me aparto de la tesis de que se creó una Nueva Civilización y más bien afirmo que se creó una nueva cultura que hace parte del mundo occidental y que es una manifestación de la civilización cristiana. Esa nueva cultura tiene unos pilares fundamentales que la sustentan entre los cuales está la Fe que transmitió la evangelización que hicieron los españoles en América y demás territorios conquistados. De esa forma nació la Cultura Hispánica.

¿En qué mejoró realmente la vida de las personas que vivían en esos lugares?

La vida para los aborígenes de aquellas tierras no digamos que mejoró sino que se transformo en todos los ámbitos. Fue un paso de la barbarie a la civilización: se acabó la antropofagia, se acabaron los sacrificios humanos a los dioses a los que ellos les rendían culto; eran pueblos que no se podían comunicar entre sí porque no había una lengua común y tampoco tenían escritura. No conocían la rueda, ni el hierro ni el acero, de ahí que sus elementos para trabajar eran incipientes pues tampoco conocían el burro, la mula y el buey. Muchos de ellos eran pueblos guerreros que mantenían en opresión a otros pueblos y sus mismos pueblo porque existía la esclavitud; se pagaban impuestos de sangre cuyas victimas eran sacrificadas a sus dioses. No existían las casas sino bohíos donde en una habitación se compartía todas las actividades de la vida; se practicaba la poligamia y el incesto como parte de su cultura y todavía se practica en la población indígena de América. Y su dieta alimenticia era pobre pues no conocían el ganado vacuno y porcino, las gallinas, el trigo y muchos otros alimentos que se llevaron de España. Se incorporaron nuevas costumbres sobresaliendo la educación a cargo de las ordenes religiosas creando escuelas para indígenas, escuelas interraciales, escuelas para niñas, escuelas para élites indígenas, colegios y universidades. Pero lo más importante es que se les reconoció dignidad y sus derechos que fueron la base sobre la cual se edificaron los Derechos Humanos.

¿Qué aspectos se conservaron de las culturas que habitaban en América?

Para empezar, se respetaron las costumbres de los aborígenes que no fueran contrarias a la Ley Natural. Adicionalmente, debemos destacar que se conservaron sus lenguas nativas y se respetó la dieta que tenían enriqueciéndola con los nuevos productos alimenticios que llegaban. Se conservó su música y sus danzas.

¿Qué aportó de positivo la religión católica en cuanto a la dignidad y trascendencia de cada persona?

Aportó la concepción cristiana del hombre. Isabel la Católica, cuya principal recomendación para la conquista fue evangelizar a los nativos y tratarlos bien, fue la primera en reconocer la dignidad de los indios y sus derechos fundamentales por el mero hecho de ser hombres. Ningún imperio anterior había reconocido jamás esa dignidad a las poblaciones conquistadas. Ese reconocimiento de los derechos llevaba a respetar sus bienes, sus propiedades, un trabajo digno, una remuneración adecuada, un horario de trabajo y a través de la evangelización la posibilidad de salvar su alma.

¿Cuál fue el papel civilizador y evangelizador de la Iglesia?

En cuanto al papel civilizador su aporte fue muy grande. En torno a los conventos se desarrollaba la vida de las Villas: se organizaba el servicio de agua, siembras, las escuelas, las farmacias, la educación. A través de la Iglesia se transmitió el conocimiento de la civilización cristiana y con ella el mundo griego, romano y judío que son los fundamentos de nuestra civilización. A través de los clérigos se dieron a conocer y estudiar a los grandes pensadores de la humanidad. El conocimiento de la filosofía, teología, ciencia, educación, entre otros, fue transmitido principalmente por las ordenes religiosas.

¿Cómo fue de positivo el mestizaje y porque es un gran ejemplo en la historia?

El mestizaje es otro de los pilares de nuestra cultura hispánica y es otra de las iniciativas de la Monarquía Hispánica que promovió los matrimonios mixtos y reconoció a los nuevos vástagos todos sus derechos. Fue toda una política de la Corona que facilitó que se encarnaran tres estirpes en America: el indio, el negro y el blanco con la amalgama de colores que produjo sus mezclas. Es un ejemplo porque ningún otro Imperio había hecho del mestizaje un reconocimiento y menos lo había estimulado. Ese encuentro de dos mundos y su mestizaje permitieron un intercambio de costumbres, tradiciones y culturas que enriquecieron la Cultura Hispánica y llevaron al Imperio español a un alcance verdaderamente universal.

¿Cuáles fueron las leyes principales de protección a los Indios de la Corona Española?

Entre las principales, porque fueron muchas, podemos destacar: reconocer su dignidad y sus derechos, abolir la esclavitud de los indígenas, reconocer derechos a los matrimonios mixtos y sus descendientes; frente al trabajo protegerlos con un desempeño de trabajo digno, horario limitado, salario justo, día de descanso; seguridad social pues todos debían ser atendidos en los hospitales en caso de enfermedad; respeto a sus bienes y propiedades. Con las mujeres se tenían políticas especificas de permitirles educación asistiendo a escuelas, trabajo solo hasta el cuarto mes de embarazo y baja de 3 años para que pudieran atender a sus hijos.

¿Qué supuso la creación de escuelas, hospitales y diferentes gremios?

Supuso transmisión de cultura, ampliación del conocimiento y mejora en la forma de vida de los nativos. Con las escuelas se aprendió a escribir, a leer, sirvieron también para evangelizar, aprender música y demás conocimientos básicos que desconocían los indios. La preocupación porque se educara y evangelizara a los indios fue constante en la Monarquía Hispánica con Isabel la Católica a la cabeza. Se promovió la educación también de las mujeres. Cada convento que se instalaba en una región tenía la obligación de crear una escuela.

Después de la educación básica tenían la oportunidad de continuar estudios en colegios mayores y luego ir a la universidad. Los que no querían estudiar tenían a su alcance asistir a escuelas de oficios varios como carpintería, orfebrería, pintura, herrería, artes, farmacia, fabricación de instrumentos, entre otros y participar en los diferentes gremios de oficios que fueron constituyéndose. Con los hospitales, farmacias y atención a todos los habitantes llegó la sanidad publica. Ciudad de México llegó a tener 16 hospitales. El hospital fundado por Hernán Cortés en 1524 todavía existe y funciona como hospital. Los hospitales eran atendidos por médicos y enfermeras que se educaban para ese servicio. Muchas de las universidades fundadas en América tenían la carrera de Medicina donde se formaban los médicos que iban a atender esa misión tan importante para la salud de los pueblos.

¿Cuántas Universidades se fundaron y que influencia tuvieron?

La necesidad de contar con universidades en el nuevo continente se hizo patente desde muy pronto. Asi se fundo en 1538 la primera universidad en Santo Domingo fundada por los dominicos. Le siguieron la de México en 1551 que perduró hasta la independencia de México; en el mismo año se fundo la Universidad de San Marcos de Lima que es la mas antigua del continente y desde su fundación se ha mantenido en funcionamiento. Más de 20 universidades fueron creadas por los españoles en Ultramar. Aparte de Universidades había colegios mayores y seminarios. Se enseñaba Derecho, Teología, Medicina y Filosofía. En cuanto a grados se concedían : bachillerato, licenciatura, magisterio y doctorado. Tenían un minucioso reglamento y se regían por las Universidades de Alcalá y Salamanca. Había escuelas y universidades privadas y publicas sometidas al patronato real. Su influencia fue enorme porque aparte de transmitir conocimiento permitió la formación de las nuevas generaciones que debían desempeñar su papel de educadores y de servicio a lo largo y ancho de los territorios incorporados como provincias del Imperio Español y de constituir un gran pilar de la Hispanidad.

¿Qué aportó España al arte del nuevo mundo?

Interesante pregunta. Para responderla debemos tener en cuenta varias cosas: por un lado trasmitió el arte europeo a América; se puede apreciar arte renacentista en la Catedral de Santo Domingo, huella del arte gótico en Las Antillas, Mudéjar en claustros y artesonados sobre todo en el sur de América. El barroco fue el más interesante del período virreinal donde se incorporan elementos nativos, orientales y europeos. Pero es de anotar también que España con el oro llevado de América, que se irrigó por toda Europa, contribuyó en gran medida al desarrollo del Renacimiento.

¿Qué supuso la introducción del Derecho Español en América?

El Derecho Español se introdujo mediante las Leyes de Indias. Esta legislación plantea por primera vez que el Hombre tiene derechos fundamentales por el mero hecho de serlo , derechos que son anteriores a las Ley positiva. El aporte del derecho Indiano es el mas importante en la historia de la humanidad y debe ser considerado como el precedente de los Derechos Humanos. No tiene comparación con la legislación de otros imperios. Bajo un mismo Derecho se gobernó, se administró y se aplicó la justicia en todo los territorios del Imperio. Como se dijo en otra de las respuestas, innovó en materia de derechos humanos, en legislación laboral, en seguridad Social, en organización de la sociedad, en derecho Internacional con la escuela de Salamanca. España no solo romanizo los nuevos territorios sino que trasplantó la organización y legislación propia con que se gobernaba Castilla adaptándola a las nuevas circunstancias.

¿Se podría concluir diciendo que la gran empresa de evangelización y conquista de América fue algo muy positivo?

¡Absolutamente! España no solo descubrió un nuevo mundo sino que inició un proceso de exploración, conquista y organización. No fue un evento aislado sino un proceso de integración y acción civilizadora. Trasmitió la cultura occidental y la Civilización Cristiana. Creó una nueva cultura con identidad propia a la que se reconoce como Hispanidad.

Javier Navascués

Los cuatro nombramientos que anticipan el modelo de cardenal del nuevo pontificado

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A medida que el pontificado de León XIV se acerca a su primer año, empieza a ser posible distinguir, entre la larga lista de nombramientos episcopales realizados en estos meses, cuáles tienen verdadero alcance estratégico. La mayoría responden a la lógica ordinaria de cubrir vacantes, pero hay algunos que destacan por afectar a posiciones con birrete cardenalicio casi asegurado, con todo lo que ello conlleva. En ese grupo están cuatro designaciones que merece la pena analizar en conjunto: el nuevo prefecto del dicasterio de los obispos y las designaciones en las sedes de Viena, Praga y Nueva York. Esas cuatro decisiones permiten intuir qué tipo de cardenal comienza a perfilarse como referencia del nuevo pontificado y cómo es la generación que puede terminar marcando el rumbo de la Iglesia en las próximas décadas.

Los cuatro nombres a los que me refiero son Filippo Iannone en el Dicasterio para los Obispos, Josef Grünwidl en Viena, Stanislav Přibyl en Praga y Ronald A. Hicks en Nueva York. Iannone fue nombrado prefecto el 26 de septiembre de 2025; Grünwidl pasó de administrador apostólico a arzobispo de Viena el 17 de octubre de 2025; Hicks fue trasladado a Nueva York el 18 de diciembre de 2025; y Přibyl fue promovido a Praga el 2 de febrero de 2026. Viena sigue siendo una sede habitualmente cardenalicia y Nueva York lo es de hecho desde hace generaciones; Praga conserva un peso simbólico enorme y, si bien no tiene garantizado el púrpura, tiene una posición de salida muy sólida para alcanzarlo.

Si tenemos que definir a grandes rasgos a estos perfiles no es por una ideología de trinchera, sino por ser todos ellos un tipo de clérigo «posconflictual». No son los viejos progresistas de pancarta, desaliñados, toscos, encantados de escandalizar al burgués católico con una estética de “cura pobre” convertida en performance moral. Tampoco son hombres de restauración doctrinal, litúrgica o ascética. Son otra cosa: gestores eclesiales de modales suaves, culturalmente acomodados, institucionalmente fiables, mediáticamente presentables y suficientemente dúctiles como para (de momento) no romper del todo con nada, pero sí desplazar el eje de la Iglesia sin necesidad de declararlo. Esto puede ser más inquietante que el progresismo bronco ochentero, porque desgasta sin estridencia y reforma sin confesar que está reformando. La mutación deja de presentarse como combate y se presenta como normalidad. Esa es su fuerza.

Filippo Iannone es, quizá, el caso más claro del perfil tecnocrático. No es un hombre identificado con una gran sustancia teológica ni con una escuela espiritual reconocible, sino con el aparato jurídico-canónico de Roma. Es esencialmente un jurista y canonista, formado para tribunales, universidades y gobierno curial; su discurso público insiste en procedimientos, normas, procesos y eficacia del derecho penal canónico. Hoy por hoy un brindis al sol. Ahora dirige precisamente el organismo que ayuda al Papa a escoger obispos para todo el mundo. Un prefecto que probablemente no predicará heterodoxias, pero que promoverá hombres “equilibrados”, “dialogantes”, “no polarizantes”, y en una década el cuerpo episcopal del mundo quedará modelado desde arriba con perfiles blandos, administrables y doctrinalmente porosos.

Josef Grünwidl encaja más en ese arquetipo del “cura noventero” y de los cuatro es el más osado a la hora de echarse al monte y asomarse al abismo de la heterodoxia. Su biografía es la de un hombre de aparato diocesano vienés, sin densidad intelectual comparable a Schönborn ni espesor litúrgico visible. En entrevistas de la archidiócesis de Viena ha defendido seguir discutiendo el diaconado femenino, ha sostenido que el celibato es una forma valiosa de vida pero no necesariamente inseparable del sacerdocio, ha pedido una mayor inclusión de las mujeres en los procesos de decisión y ha advertido contra el “neointegralismo” y contra un cristianismo “exclusivista”. Todo eso define bastante bien el perfil: no es un revolucionario de manifiesto; pero es un hombre de descompresión doctrinal, de vigilancia frente a cualquier afirmación fuerte de identidad católica que pueda sonar demasiado exclusiva o demasiado segura de sí misma. Este tipo de obispo puede ser más corrosivo que un rupturista frontal, porque no se presenta como enemigo de la tradición, sino como moderado razonable que la relega al rincón de lo sospechosamente rígido.

Stanislav Přibyl ofrece una versión centroeuropea del mismo molde. Su propio lenguaje público insiste en superar polarizaciones, tender puentes, escuchar, dialogar, aprender del proceso sinodal y romper “burbujas sociales”. A la vez, habla del depositum fidei y de nueva evangelización, lo que le permite presentarse como un hombre equilibrado, no como un progresista explícito. Ese es justamente el punto: ya no hace falta negar verbalmente el depósito de la fe para vaciarlo en la práctica de densidad normativa. Basta con envolverlo en una retórica permanente de reconciliación, escucha y acompañamiento, donde toda definición fuerte queda bajo sospecha de crear facciones. Desde una lectura crítica, ahí aparece el peligro: la verdad revelada no se niega, pero se subordina funcionalmente al objetivo superior de la convivencia eclesial.

Ronald A. Hicks es el equivalente norteamericano de este nuevo clericalismo blando. Su ascenso no se entiende sin el entorno de Chicago y sin su largo trabajo con Blase Cupich, del que fue auxiliar y vicario general antes de pasar a Joliet y luego a Nueva York. En su primera entrevista tras el nombramiento para Nueva York habló el lenguaje ya reconocible de esta escuela: “smell of the sheep”, evitar divisiones, caminar con los heridos, prioridad a la curación y a la gobernanza centrada en la misión. No hay aquí el progresismo estridente de ciertos prelados estadounidenses de la primera era posconciliar, pero sí el mismo desplazamiento hacia un episcopado terapéutico, inclusivo y anti-conflictivo. Desde una sensibilidad tradicional, que Nueva York pase de un Dolan, con todos sus límites, a un hombre formado en el ecosistema Cupich no es un detalle. Significa que incluso las grandes sedes americanas ya no necesitan un perfil marcadamente ideológico: basta un gestor pastoral de tono afable, obediencia romana y lenguaje sanador.

Dicho de otro modo, estos hombres no son peligrosos porque parezcan lobos. Son peligrosos porque parecen inofensivos. No exhiben la agresividad del progresismo ochentero, pero interiormente suelen compartir su misma desconfianza hacia el catolicismo definido, viril, sacrificial y jerárquico. Solo que ahora la expresan con otra gramática. Ya no ridiculizan la tradición; la relativizan. No la atacan tan de frente y la administran a la baja. Ya no hacen gestos escandalosos; construyen una atmósfera donde lo fuerte, lo nítido y lo litúrgicamente serio se vuelve marginal por simple falta de interés institucional.

Estos perfiles transmiten una masculinidad sacerdotal debilitada: gestualidad más blanda, autoridad menos paterna, mayor inclinación al lenguaje emocional y relacional, menor densidad ascética, menor gravedad y sacralidad. No conviene reducirlo a una caricatura psicológica, pero sería ingenuo negar que existe un cambio de habitus clerical. El cura de seminario de los años noventa y primeros dos mil fue socializado para no parecer demasiado firme ni demasiado separado del entorno. Debía ser accesible, sensible, más «gestor de vínculos» que custodio de un misterio. El resultado es un episcopado que en las formas puede parecer elegante y hasta cortés, pero que rara vez irradia el peso sobrenatural del oficio.

Por eso tampoco suele haber en ellos una verdadera preocupación litúrgica. No son iconoclastas litúrgicos al estilo de los años setenta, pero la liturgia ya no les importa como lugar teológico central. Les importa como marco pastoral, como escenario funcional, como soporte comunitario. En el fondo, la ausencia de guerra litúrgica no significa amor a la liturgia, sino indiferencia.

El progresismo burdo de la generacióm anterior generaba anticuerpos. Escandalizaba, despertaba resistencia, obligaba a definirse. Estos perfiles nuevos no. Son suficientemente ortodoxos en la superficie, suficientemente correctos en las formas, suficientemente institucionales en el lenguaje. No te obligan a romper con ellos, porque casi nunca dicen algo formalmente intolerable. Pero van remodelando la sensibilidad eclesial por ósmosis: menos dogma explícito, menos nervio sobrenatural, menos centralidad del sacrificio, menos conciencia de combate espiritual, menos sacerdocio como alteridad sagrada, menos liturgia como acto de adoración, más proceso, más escucha, más acompañamiento, más gestión de equilibrios y mucha sinodalidad sinodalita.

En ese sentido pueden ser más peligrosos. El viejo progresista producía choque. El nuevo produce disolución. El primero parecía un adversario. El segundo se presenta como obispo normal. Un modelo posheroico, poslitúrgico, posdogmático en el tono, aunque no siempre en la letra; una Iglesia que todavía conserva el vocabulario católico, pero lo pronuncia cada vez con menos rotundidad.

Miguel Escrivá