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sábado, 13 de junio de 2026

Magníficas Humanitas: una oportunidad perdida

 




Tenía muchas ganas de apreciar la nueva encíclica del Papa. Quería leer una enseñanza de la Iglesia que iluminara mi entendimiento y me recordara por qué jamás podría ser otra cosa que católico. Quería un documento que tuviera confianza en la verdad, en su enseñanza y en la Institución fundada para proclamar ambas. Esa encíclica no cumple con ese propósito. O al menos, no del todo.

Les ahorraré todos los preámbulos e invectivas que se escuchan en estas situaciones. Sí, el documento contiene algunas ideas verdaderamente válidas. También encontré muy útil el resumen de la doctrina social de la Iglesia. Las 35.000 palabras restantes son un tanto irregulares.

Lo cual me lleva a mi primera observación: el documento es demasiado largo. Demasiado largo. Tan largo que no estoy seguro de que todos los que comentaron lo hayan leído completo. Lo que significa que muchos de los que se apresuraron a opinar probablemente no lo analizaron lo suficiente.

Primera enseñanza de un Papa "nuevo"

La encíclica Magnifica Humanitas (MH) del Papa León XIII era muy esperada, tanto por lo que revelaría sobre nuestro (relativamente) nuevo Pontífice como por lo que diría sobre la inteligencia artificial. Un documento sobre este tema es oportuno y, por lo tanto, bienvenido. Un documento escrito por este Papa era absolutamente necesario. ¿Nos encontraríamos ante la misma confusión y agitación que caracterizaron el pontificado anterior, o habría una mano más firme al timón de la Barca de San Pedro? Las apuestas estaban abiertas. Tras leer esta encíclica, tengo la suficiente confianza para afirmar que, por ahora, navegamos en aguas más tranquilas.

También creo que esta encíclica revela que tenemos un Papa que reza y cuyas oraciones influyen profundamente en su pensamiento. Su meditación sobre la inteligencia artificial como una potencial nueva Torre de Babel, que debe contrastarse con el espíritu que reconstruyó las murallas de Jerusalén, es verdaderamente enriquecedora. Hay más de una expresión realmente esclarecedora en esta meditación. Lo que me decepciona un poco es que las consecuencias de esta meditación quedan, por así decirlo, sin respuesta. Permítanme explicarme.

Problemas de la IA

No cabe duda de que el avance de la inteligencia artificial genera mucha ansiedad. Y parte de esta ansiedad proviene de quienes la inventaron. Diariamente oímos hablar de trastornos de gran alcance, pérdidas masivas de empleos e intrusiones en la vida privada de la gente común. Es innegable que el mundo considera la IA un asunto de gran importancia. Solo el tiempo dirá cuán significativa será realmente.

Una de las premisas de MH es que la inteligencia artificial representará una revolución disruptiva. Todas las nuevas tecnologías, desde el microchip hasta la máquina de vapor, han sido disruptivas. Pero también han propiciado avances importantes, aunque estos avances tienen un costo. El problema es que quienes generalmente disfrutan de los beneficios no siempre son quienes los pagan. Por eso, me resulta fácil hablar con entusiasmo de la máquina de vapor porque nunca perdí mi trabajo fabricando carruajes tirados por caballos. No quiero restarle importancia al precio que otros tienen que pagar. Es probable que la inteligencia artificial traiga muchos beneficios, pero estos tendrán un precio. Como cristianos, no deberíamos ser indiferentes a este hecho.

Sin embargo, los temores en torno a la inteligencia artificial se basan en predicciones. Por ejemplo, existe la preocupación de que la velocidad del cambio que traerá supere nuestra capacidad para absorber a quienes serán reemplazados. Algunos señalan la probabilidad de que los vehículos autónomos estén plenamente operativos para finales de la década. El sector del transporte mundial emplea aproximadamente al 30% de la población masculina. La posibilidad de que tantos hombres se encuentren desempleados tan rápidamente, sin tiempo para reubicarlos en otros sectores, es potencialmente muy perjudicial.

Una oportunidad perdida

La oportunidad perdida en la encíclica es que en el centro de nuestra incertidumbre reside una profunda sospecha: simplemente no confiamos en nosotros mismos. Y ciertamente no confiamos en quienes están en el poder. Tenemos amplia evidencia, tanto empírica como anecdótica, que respalda esta sospecha. Siempre que el poder se concentra, se manipula: las pandemias, las crisis financieras mundiales y los problemas en la cadena de suministro son formas de decir "confíen en nosotros". Y no confiamos en "confíen en ustedes".

La antigua sabiduría de la Iglesia enseña algo muy específico: confía en el mundo solo en la medida en que refleje y corresponda al orden de Dios. De lo contrario, confía únicamente en Dios y su gracia. El pecado personal y el pecado original enturbian las aguas. Y hemos hecho todo lo posible por fingir que el pecado no existe. Y los hijos de la Iglesia han hecho todo lo posible por ayudarnos a olvidarlo. ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste un sermón serio sobre el pecado y sus consecuencias eternas?

Todas las instituciones no son más que grupos de personas. Y todas las personas son pecadoras. La diferencia no radica en el grupo de personas en quienes más confiamos, sino en manos de quién se encomienda cada grupo. ¿Se encomiendan a la gracia de Dios porque reconocen su propio pecado, o simplemente confían en lo que está de moda en ese momento? Y es aquí donde comienza a manifestarse mi decepción con la encíclica.

Nueva esperanza/Mismo problema:

El catolicismo contemporáneo, en las últimas dos o tres generaciones, ha mostrado una fe sorprendentemente ingenua en la modernidad. En los años de la posguerra y durante el Concilio Vaticano II, imagino que hubo una palpable sensación de alivio. La guerra había terminado, los inventos modernos, gracias a la tecnología militar, llegaban a los hogares, facilitando la vida de todos. La medicina moderna progresaba y las comunicaciones mejoraban. Por supuesto, la amenaza del bloque comunista y la guerra nuclear se cernía sobre nosotros; pero el conocimiento, la educación y el transporte avanzaban rápidamente y mejoraban la vida de las personas.

La Iglesia se encontró ante una situación que nunca antes había visto y, en mi opinión, para la que no estaba preparada culturalmente: el éxito. La Iglesia poseía una teología sofisticada del sufrimiento y el sacrificio, pero nunca había experimentado una prosperidad masiva. A lo largo de la historia, un grupo selecto siempre ha prosperado —ya saben, los príncipes de las naciones ejercen su dominio sobre ellos, y los poderosos ejercen su autoridad sobre ellos—, pero nunca poblaciones enteras habían crecido tan rápidamente. El hombre promedio en los tiempos modernos vive, come y disfruta de una vida que ni siquiera el faraón, en toda su gloria, podría haber soñado.

En este contexto, el mensaje de consuelo de la Iglesia en el sufrimiento parecía no solo viejo y obsoleto, sino simplemente erróneo. O, al menos, inútil. Nos dirigíamos hacia un mundo de prosperidad ilimitada para todos, sin un final aparente a la vista. Siempre y cuando no nos destruyéramos en el proceso. ¿Cómo habría sonado un mensaje de esperanza para la gente próspera de Occidente? ¿Cómo se puede predicar un Evangelio del sufrimiento cuando todos prosperan? Estábamos dispuestos a consolarlos en su angustia. Pero ¿qué les diremos cuando tengan éxito?

Un programa de errores.

Y así, creo que los hijos de la Iglesia han cometido un error espiritual, doctrinal y cultural. No creíamos que nuestra teología tuviera suficiente que decir sobre el mundo moderno, así que comenzamos a inventar una nueva que sí lo tuviera. Dejamos de hablar del pecado —esa vieja cuestión— y comenzamos a hablar de lo maravillosos que éramos. Cada sermón desde el púlpito se centraba en cuánto te amaba Dios y cuán maravilloso debías ser si un Dios tan amoroso te amaba infinitamente. Con el tiempo, comenzamos a creer que Dios era verdaderamente un Dios bendito por haber creado criaturas como nosotros. Así que comenzamos a cantar himnos con la voz de Dios durante la Misa —Yo, Señor del Mar y del Cielo— en lugar de cantar partes de la Misa como recordatorio de la realidad del pecado y el sacrificio propiciatorio —Miserere mei Domine—.

Y nuestro error se magnificó. No solo nos creíamos maravillosos, sino que empezamos a pensar que todo lo que hacíamos también lo era. Los hijos de la Iglesia empezaron a enseñar que la Iglesia debía estar abierta al mundo y dialogar con la modernidad. Pero no en el sentido de que tuviéramos que encontrar una manera de hablarle al mundo. No, nosotros —o mejor dicho, ustedes— debíamos ser humildes. El mundo tenía mucho que enseñarnos, si tan solo estuviéramos dispuestos a escuchar. Y así, después de unos cientos de millones de abortos, incontables vocaciones religiosas perdidas y matrimonios fracasados, ya no dialogábamos con el mundo; nos habíamos convertido en sus discípulos. No solo tiramos al bebé con el agua del baño; lo tiramos todo y nos mudamos con los vecinos.

La Iglesia redescubrió su recién encontrado optimismo y su confianza en la modernidad y sus intuiciones. Los gobiernos podían regularnos para alejarnos del pecado y organizarnos hacia la virtud. Era legítimo amar al mundo, porque Dios lo había amado mucho... pero el Señor no lo había amado tanto. Y lo olvidamos. Y nunca nos recuperamos de ese optimismo.

Entonces, ¿qué pasa con MH?

Y aquí es donde creo que MH representó una oportunidad perdida. Sus limitaciones son las limitaciones de un catolicismo contemporáneo que aún intenta recuperarse de su fe incurable en la modernidad. La confianza de la Iglesia moderna en las instituciones liberales y su capacidad para sacarnos de los problemas en los que nos hemos metido con nuestros pecados es un callejón sin salida. Sé que esto es terriblemente impopular, pero el Señor no resucitó en la cruz para tener una mejor visión del mundo. Murió en la cruz para liberarnos del caos que hemos creado.

Y ese caos es el pecado. Por eso sostengo que la Iglesia moderna no puede volver al buen camino. El cristianismo no es una religión de este mundo, aunque sea una religión en este mundo. Y el corazón de nuestra religión es la resistencia. Resistir la decadencia del pecado personal y resistir el lento declive del pecado original. Pero la resistencia exige esfuerzo, y nos hemos acostumbrado a las comodidades que nos ha brindado la modernidad, hasta que esta hace un descubrimiento que nos amenaza. Creo que sufrimos cierta culpa por habernos comprometido hasta el punto de la pereza, y nos inquieta que algo esté a punto de corregirnos. La inteligencia artificial, creo, ocupa un lugar destacado en nuestro imaginario colectivo como destructora de mundos porque sabemos que nos hemos vuelto perezosos en nuestra lucha. Tememos ser abrumados por aquello a lo que no nos resistiremos.

Y es aquí donde, en mi opinión, la encíclica debería haber profundizado más. Debería haber reflexionado sobre las causas profundas de nuestro miedo. El Papa León XIV afirmó con razón que la inteligencia artificial jamás reemplazará a la inteligencia humana. ¿Pero por qué? Es fácil decirlo, pero ¿cuál es el argumento que sustenta esta tesis y que el mundo necesita escuchar? La encíclica menciona la palabra «alma» solo tres veces, y una de ellas es una cita del Magnificat. Sí, la inteligencia artificial podría alcanzar un nivel de reproducción sintética indistinguible de la inteligencia humana para la persona promedio, pero nunca tendrá una vida interior. Nunca será una sustancia espiritual. 

Un documento que aborda la cuestión de nuestra humanidad y cuestiona la premisa del transhumanismo sin una reflexión profunda sobre el alma es una oportunidad perdida.

En su lugar, tenemos llamados a la regulación gubernamental y a la supervisión de las Naciones Unidas. Estas medidas no contribuirán mucho a aliviar nuestra culpa ni a inspirarnos a la virtud. El cristianismo no es una religión que se extienda de lo personal a lo público a través de la política. El cristianismo se extiende del ámbito personal al público a través de la cultura, mediante las ideas que atesora y los hábitos que estas ideas moldean. El Evangelio es un vehículo perfecto para alcanzar la santidad; resulta ser una pésima política pública cuando no forma parte de la cultura. Poner la otra mejilla es mi obligación personal como cristiano, pero hace que las fuerzas del orden sean muy ineficaces. Personalmente, estoy llamado a dar mi vida, pero ningún gobierno debería permitir que su país sea crucificado.

Hasta que no redescubramos la resistencia que está en el corazón de nuestra religión, nunca crearemos una cultura capaz de abrazar el Evangelio y convertirlo en una forma de vida para las personas, las naciones y sus instituciones. El cristianismo se difunde a través de la cultura, no a través de las regulaciones de las Naciones Unidas.

Pero imagino que el Papa León XIV estaría de acuerdo con todo esto: el alma, el pecado y nuestra necesidad de arrepentimiento. Mi oración es que encuentre la oportunidad (y el documento) para decirlo.

Padre Mateo Salomón

miércoles, 10 de junio de 2026

«Magnifica humanitas»: luces y sombras en la Encíclica inaugural de León XIV




Finalmente, el pasado 25 de mayo la Santa Sede dio a conocer la esperada primera Carta Encíclica de León XIV: Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El tema estuvo presente en la preocupación del Santo Padre desde el inicio de su Pontificado. De hecho, la misma adopción del nombre respondió a esta inquietud: así como León XIII afrontó en el siglo XIX la cuestión social en Rerum novarum, ahora se hace necesario, a ejemplo de aquel gran Pontífice, hacerse cargo de las novedades del siglo XXI centradas fundamentalmente en el grave problema que representan las nuevas tecnologías, en especial la llamada inteligencia artificial.

El desafío que supone este artefacto -cuya aparición se inscribe en el contexto más amplio de una cultura dominada por una suerte de imperialismo de la ratio technica – es uno de los grandes temas de este tiempo. Nada podía ser, pues, más oportuno y necesario que una directa intervención del Magisterio capaz de iluminar con la luz del Evangelio y la doctrina perenne de la Iglesia tan ardua y difícil cuestión.

Sin embargo, una atenta lectura del documento, hecha con espíritu filial y una sincera disposición a un obsequioso asentimiento al magisterio ordinario tal como lo pide la Iglesia, no puede dejar de advertir que en este texto aparecen destellos de luz que se recortan en un fondo de sombras. Lejos de nuestra intención cuestionar la autoridad del Papa: pero precisamente la fidelidad a la Iglesia, a su constante enseñanza y al mismo Papado nos obliga, en conciencia, a una respetuosa recepción crítica que procuraremos exponer del mejor modo posible.

[Haremos hincapié en la segunda, la relativa a las sombras]

I. Dos imágenes bíblicas: dos actitudes del hombre

(...) La propuesta del Papa es reconstruir la ciudad humana, sin renegar de la técnica, pero bajo la mirada de Dios. “Babel -concluye- revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”1.

No es difícil advertir en este proemio la idea de las dos ciudades enfrentadas hasta el fin de los tiempos, entrevistas por el genio de Hipona. De hecho, más adelante la referencia a esta magna visión agustiniana de la historia se hace explícita2.

II. La reflexión sobre la técnica. El fenómeno de la tecnociencia.

1. El corazón de la Encíclica es una reflexión sobre la técnica en su relación con la dignidad de la persona humana en la que se manifiesta la presencia de esa “humanidad magnífica” creada por Dios y esclarecida en el misterio del Verbo encarnado: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”3. (...)

De esta manera recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia hunde sus raíces en el Evangelio y en la Tradición; no es un invento humano, sino que se funda en el Dios Uno y Trino y en el hombre creado a su imagen, imagen en la que reside la única razón de su eminente dignidad y de los derechos que de ella derivan (...). Inspirado en Rerum novarum el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. (...) Tales fundamentos y principios debidamente ordenados guían y estructuran toda la exposición acerca del tema de la técnica con especial énfasis en la llamada “inteligencia artificial”. Así, 

2. En realidad, el tema de la técnica no es de ahora.  inspirado en Rerum novarum, tal como adelantamos, el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. Loa avances de la técnica, de una vertiginosa velocidad, no solo inciden en nuestros hábitos o en los nuevos modos de relación impuestos principalmente por la virtualidad sino, sobre todo, en el sentido mismo de nuestra existencia; el homo thecnicus al que aludíamos, resulta así un hombre descentrado, alienado de sí mismo, agitado, incapaz del silencio y de una genuina vida interior: tal la mutación antropológica que tan certeramente señalara Benedicto XVI1.

En este contexto que acabamos de reseñar, se comprende que cada nueva adquisición de la técnica se acompañe de una creciente preocupación. Esto es lo que ocurre en estos días con la inteligencia artificial, el último producto tecnológico que está literalmente revolucionando el mundo; es aquí, pues, donde encaja la Encíclica que tenemos a la vista.

III. La dignidad de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.

Las reflexiones de León XIV tienen, como ya se dijo, una marcada impostación personalista que estructura todo el documento. El Papa destaca el costado ambiguo de la técnica y la dificultad de evaluar, en las presentes circunstancias, su impacto sobre la dignidad de la persona y la vida social orientada al bien común como a su fin propio. Es justamente en esta doble dirección, individual y social, en la que el texto pontificio se va desplegando, profundizando cada uno de estos dos aspectos (...)

Pero el Papa no se limita a una mera crítica. Avanza en propuestas concretas dirigidas sobre todo a los gobernantes. Algunas de estas propuestas merecen toda la atención posible ya que apuntan no solo a asegurar el recto uso de la técnica sino a regular y controlar su desarrollo, tanto a nivel local como mundial, mediante acuerdos y alianzas entre los distintos actores en juego.

Una conmovedora invocación a María cierra el documento.


Un fondo de sombras

1. Estos son, sin duda, aspectos positivos que no pueden dejar de destacarse en un análisis objetivo. Pero, como ya adelantamos, estos aspectos aparecen en un contexto que hemos denominado un fondo de sombras. Tales sombras no son sino la expresión de la grave crisis que hoy sacude a la Iglesia. En este sentido, el Papa -triste es decirlo- cede a todos los tópicos de esta suerte de neo Iglesia, sinodal, antropocéntrica y ecológica, cada vez más alejada de la Iglesia de Cristo.

En primer lugar, anotemos cómo concibe León XIV la Doctrina Social de la Iglesia. Esta Doctrina, en palabras textuales, “surge de una Iglesia que camina con la humanidad”, “que se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad”. Se trata de un encuentro, de un dialogo del Evangelio con las realidades de cada época; “nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”, por eso, ella se realiza en la historia en un proceso de discernimiento comunitario que concibe la verdad “como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar” y que “libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. La Iglesia, en definitiva, “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad. porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir”1.

No hace falta demasiado esfuerzo para advertir que nos hallamos ante una grave deformación de la naturaleza y de la misión de la Iglesia tal como Cristo la fundó y la quiso. Es cierto que la Iglesia opera en el mundo a modo de un signo sacramental que testimonia el misterio de Jesucristo y acompaña a la humanidad; pero a una humanidad caída que necesita del auxilio de la gracia que solo ella puede transmitir. Esto supone, ante todo, una actitud magisterial desde el momento que el Señor no envió a sus discípulos a dialogar sino a enseñar para que el mundo crea y se salve ya que la misión magisterial está inescindiblemente unida a la misión salvífica porque “el que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado” (Mateo 16, 16). Una Iglesia que renuncia a defender la verdad, siempre asediada por las puertas del infierno, es sencillamente una Iglesia que ha abdicado de sí misma. Esta Iglesia que solo acompaña y camina al costado del mundo, es una Iglesia que ha abandonado su sitial de maestra y de madre.
La conclusión, diríamos inevitable, de esta eclesiología distorsionada no podía ser otra que esta sinodalidad asfixiante (en la que el Papa insiste hasta el límite de lo soportable) que subvierte la estructura jerárquica de la Iglesia y la convierte en una suerte de asamblea democrática donde, a imitación de la sociedad civil, se busca la participación, la inclusión y la toma conjunta de decisiones.
Este mimetizarse con el mundo supone también asumir los lugares comunes impuestos por la propaganda y la mentalidad dominante. Ya no hay lucha” entre buenos y malos”; por el contrario, se renuncia explícitamente a toda actitud de resistencia al mal, pues todo se diluye en una confusa fraternidad, en el dialogo entre todas las religiones, todas iguales, según el “espíritu de Asís”. Es imposible no preguntarse dónde ha quedado la palabra de la Escritura: milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job, 7, 1).

En consonancia con esto el ideal de una Civilización Cristiana ha sido sustituido por una difusa “civilización del amor”, expresión ambigua y equívoca que se presta a multitud de interpretaciones; ya no se busca levantar y reedificar la Civitas Christiana que tantos bienes trajo al mundo, sino construir una sociedad pluralista en la que la Iglesia es solo una voz, una más en medio de las tantas que se mezclan como las lenguas en la Torre de Babel.

Súmese a esto un pacifismo ingenuo y utópico -que no ha hecho otra cosa que multiplicar las guerras- que llama a condenar de modo absoluto y sin precisiones toda guerra emprendida en nombre de Dios y a superar la noción de guerra justa como si fuera posible borrar de la historia Lepanto, la Guerra Cristera o la Cruzada Española; o dejar de lado rica doctrina elaborada a través de los siglos; como si fuera posible desentenderse de las enseñanzas de los Padres, de los escolásticos medievales y de los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca que dieron origen al moderno derecho de guerra.
Añádase una falsa idea de que el hombre de nuestro tiempo ha adquirido una mayor y positiva conciencia de su dignidad; el elogio de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, de incuestionable raigambre masónica, como un faro que ilumina a la humanidad de este tiempo; la exaltación a la categoría de arquetipos de personajes dudosos por decir lo menos: Luther King, Nelson Mandela, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie (¿no hubiera sido más justo señalar como modelo de científico a Jérôme Lejeune?), Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y, para dolor de los argentinos, la reivindicación del falso mártir Angelelli.
No podemos dejar pasar por alto el increíble pedido de perdón por no haber sido capaces de oponernos a la esclavitud hasta el siglo XIX, grueso error histórico solo atribuible a una suerte de complejo de culpa ante las falsedades de las leyendas negras1.

2. Podemos seguir enumerando sombras. Pero es necesario ir a la raíz última de todas ellas si en verdad estamos dispuestos a superarlas
Esa raíz reside principalmente en la inteligencia. El problema fundamental, aunque suene paradójico, no es la inteligencia artificial sino la inteligencia del hombre afectada de una grave debilidad. 
El pensamiento posmoderno ha declarado la debilidad del pensamiento, debilidad que consiste en el expreso rechazo de toda posibilidad de conocer la realidad y de adecuar a ella nuestro intelecto. Los mentores de este pensamiento débil no creen en la verdad como la adaequatio rei et intellectus. El problema es, en el fondo, metafísico: la realidad del ser, objeto propio de la inteligencia, es desplazado del horizonte de la razón. Por eso, ella se debilita por falta de un sustento ontológico a la par que estrecha cada vez más su capacidad de abarcar la realidad.

De esta manera, cae la razón metafísica y con ella, en sucesivas etapas, la razón antropológica y la misma razón ética: solo queda en pie la razón técnica. Aquí reside la raíz última del problema de la técnica. Desgraciadamente, el pensamiento católico no se ha sustraído a este proceso; hoy asistimos a una alarmante debilidad del pensamiento católico y a un lamentable eclipse del intellectus fidei.
Por eso, el único camino posible para superar nuestras dificultades es ampliar la razón, restituirle su horizonte natural rehabilitándola en el hábito de las distinciones últimas y de los principios primeros. 
Benedicto XVI vio con particular lucidez este problema. En su célebre Discurso en Ratisbona lo expresó de manera clara e inconfundible: “La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso […] Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir su horizonte en toda su amplitud”1.

Esta es la gran tarea que como católicos nos aguarda. En la medida en que seamos capaces de abrir en toda su amplitud el horizonte de nuestra razón uniéndola a la fe, se disiparán las sombras y seremos, como nos lo pide el Señor, sal de la tierra y luz del mundo.

Mario Caponnetto



Mario Caponnetto nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939. 

Médico por la Universidad de Buenos Aires. 

Médico cardiólogo por la misma Universidad. 

Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta. 

Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.

viernes, 5 de junio de 2026

La otra inteligencia artificial



1.Introducción

Hay asuntos y machaques ya conocidos presentados bajo un nuevo título, a los cuales uno responde machacando con asuntos ya conocidos y presentados también bajo un nuevo título. En otras palabras y como en puntos venideros serán expuestos, asuntos eclesiásticos de siembra moderna y que ya conocemos, ahora se nos presentan en un documento intitulado ‘Magnifica Humanitas’, y respuestas que muchos ya conocen ahora serán un tanto reiteradas en este escrito que he titulado ‘La otra inteligencia artificial’. Quizá, muchos lancen la queja del “otra vez lo mismo”, y sabré entenderlos; mas cavilo que en justicia sabrán comprender que de este lado también uno espeta el “otra vez lo mismo”. Y en una guerra de machaques –hay una guerra espiritual que aún no acaba- hay que machacar.

La Carta Encíclica del Papa León XIV ha venido a llamarse ‘Magnifica Humanitas’ y en ella se toca “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Se trata de un extenso texto que trae profusas citas, exactamente doscientas veinticuatro (224), de las cuales doscientas (200) responden a Concilio Vaticano II y al post-concilio, y veinticuatro (24) responden a: nueve (9) citas pertenecientes a pontífices pre-conciliares; siete (7) citas pertenecientes a textos de dos santos (San Agustín y Santo Tomás de Aquino); y ocho (8) citas pertenecientes a pensadores varios (R. Guardini, V. Frank, H. Arendt, Platón, Tolkien, G. La Pira, P. de Berulle). No se habla en ningún momento de violencia para ganar el Cielo, ni de la salvación de las almas, ni de Satanás, ni del infierno, ni de la condenación eterna, ni del pecado mortal, ni del pecado venial, ni de los vicios y virtudes como cuestiones teológicas, ni de convertir las almas extraviadas por los falsos cultos, ni de penitencia, ni de sacrificio. Sí, en cambio, se hace referencia, por caso, al sínodo de la sinodalidad, a humanizar o no deshumanizar, al ecumenismo, a tomar conciencia, a discernir, a la ecología, a la ONU, a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la paz. El texto trae inspiraciones en “san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli” (Punto 125), hombres que hasta el final bregaron por el tercermundismo.

Hablo de “La otra inteligencia artificial” porque entiendo que es la más grave y la que se está silenciando; ella no tiene que ver con la cuestión de la tecnología y de la virtualidad, sino que estriba en esa inteligencia que no siendo católica ha venido a presentarse como tal y que tantas veces he criticado: de esta último nos da acabada probanza ‘Magnifica Humanitas’, pues, al tiempo que pretende ilustrarnos sobre los desafíos y peligros que presenta la Inteligencia Artificial de la virtualidad, destila todo el mensaje de la inteligencia no católica artificiosamente elaborada. Y cuando me refiero a “artificial” lo que quiero decir es que al tratarse de invenciones humanas, no responden a la inteligencia católica querida por Dios mismo.

Acostumbro a leer las encíclicas papales, y no sin congoja y dolor efectuó comentarios como los siguientes, y que bien preferiría no tener que hacerlos.

2.Sinodalidad por doquier

El Papa León XIV lejos de apartarse de la “sinodalidad”, la apoya, la impulsa, la tiene como norma de seguimiento: “Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (Punto 10).

“En esta perspectiva se inscribe también la insistencia de Francisco en una Iglesia sinodal, una Iglesia en la que se ‘camina juntos’, que busca leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y se deja evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia” (Punto 42).

“Francisco relanza en Fratelli tutti el sueño de una humanidad capaz de optar por la amistad social y la fraternidad universal. Propone la cultura del encuentro, una ‘mejor política’ capaz de buscar el bien común, caminos de reconciliación y un mundo que garantice «tierra, techo y trabajo para todos»” (Punto 44).

Sobre todo el naturalismo que destilan los puntos citados volveré más luego.

3.El infaltable y abominable falso ecumenismo

Ven cómo machacan. Hasta en letras sobre IA lo hacen aparecer al falso ecumenismo. Veamos algunos pasajes sobre ello: “A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe” (Punto 13)

Otra: “La Iglesia —junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes de otras religiones— debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión” (Punto 27).

4.El escándalo diabólico de los Papas liberales, cifrado en el llamado “Espíritu de Asís” practicado por Juan Pablo II

“Al rechazar la lógica de la violencia, el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. [199] Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma. [200] El “espíritu de Asís”, promovido por san Juan Pablo II y continuado en el compromiso del Papa Francisco —por ejemplo, en el diálogo con el Gran Imán de al-Azhar—, muestra que los creyentes pueden volver a beber de las fuentes más auténticas de sus tradiciones espirituales, donde no hay lugar para el odio sacralizado” (Punto 223).

5.El invento de Dignitatis Humanae

“El Concilio Vaticano II marcó un punto de inflexión en la forma en que la Iglesia se entiende a sí misma en el mundo contemporáneo. En la Constitución pastoral Gaudium et spes nos presentó la imagen de una Iglesia cercana a la humanidad, comprometida con el mundo y dedicada a reflexionar no a partir de esquemas abstractos, sino de la realidad concreta de las situaciones históricas (…). En este horizonte se inscribe también la Declaración Dignitatis humanae, en la que el Concilio reconoce que la libertad religiosa es un derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, que debe ser garantizado por el ordenamiento jurídico para que nadie sea obligado a actuar en contra de su conciencia ni impedido de buscar y profesar la verdad en privado y en público” (Punto 34).

Recuerdo que llama libertad religiosa como derecho fundamental arraigado en la dignidad de la persona, el que cada uno pueda elegir el culto que desee, lo cual es invención nacida en Concilio Vaticano II, y que va contra la doctrina tradicional: el hombre tiene el deber y el derecho de abrazar solo la verdad.

6.Exaltación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre

El pacto con el mundo que vino de la mano del Progresismo y de los Papas liberales que lo apoyaron y apoyan, no podía dejar de lado una declaración que, mínimamente, fue mentada punto por punto sobre los cimientos de la Revolución Francesa: “La Iglesia reconoce con gratitud que «el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana». Y, como afirmó san Juan Pablo II, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Esta es «una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad». Por eso, en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca, que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover” (Punto 54).

7.¿La ONU es esencial en la civilización del amor?

“Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación. A través de estas instancias, la comunidad internacional puede tratar de reducir las desigualdades, defender los derechos de los refugiados y de las minorías, liberar recursos destinados al armamento para destinarlos a la promoción humana y proteger la Casa común. La Santa Sede apoya y acompaña este compromiso, aunque reconoce que la actual debilidad de la ONU y del sistema político internacional revela la necesidad de reformas profundas: no se trata sólo de ajustes técnicos, porque la crisis de convicciones y de valores afecta también a los fundamentos éticos de la vida de las naciones y dificulta orientar el multilateralismo hacia el verdadero bien común” (Punto 226).

8.Minorías

En el texto papal que se viene exponiendo, se toca el tema de las “minorías”, ejemplificándose con el tema de la mujer. Mas eso es solo un ejemplo. Y como muchos eclesiásticos (el Prefecto incluido) han sido complacientes con la ola del orgullo contranatura, la expresión consabida ya da pie a la confesión: “Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías” (Punto 57).

9.Acerca de la moderna concepción de “misión”

Quienes se hayan tomado el tiempo de leer el documento final del Sínodo de la Sinodalidad, habrán advertido la nueva concepción que sobre “misión” se ha realizado, una concepción amplísima, tan amplia que hasta concede “misión” a gentes pertenecientes a comunidades allende a la Iglesia Católica, y hasta se hizo notar en varios pasajes de ese documento que se tornaba imperioso unas actualizaciones canónicas en ese sentido. Y pensar que algunos silenciando estas innovaciones cuestionan la “misión” de la FSSPX.

“El bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino. La Iglesia, en efecto, es «el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión». Esto requiere atención al modo de tomar decisiones y de ejercer la responsabilidad. El Documento final del Sínodo identifica, entre las prácticas decisivas para la transformación misionera, la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación” (Punto 86).

Por cierto, debe recordarse que esa “transformación misionera” tiene que ver con el haber dejado de lado el llamado “ecumenismo de retorno”, vale decir, el ir al otro para mostrarle la verdad católica y que deje el yerro del culto falso, y, en cambio, se sostiene ahora el que puede permanecer en su propio culto, “cada uno en su fe”, aseveró Francisco, “caminando juntos en la fraternidad universal”, aseveró Francisco.

“La adopción de un estilo sinodal” (Punto 89).

10.¿Participación en el acto divino?

Se lee en la Encíclica Magnifica Humanitas: “Hago un vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación. Los desarrolladores llevan, por tanto, un importante peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad” (Punto 111).

La susodicha participación tiene su explicación en la teoría de Pierre Teilhard de Chardin: “La teoría de la unión creativa no es tanto una doctrina metafísica como una explicación empírica y pragmática del universo. Esta teoría surgió de mi necesidad personal de conciliar, dentro de los límites de un sistema rigurosamente estructurado, las concepciones científicas sobre la evolución (concepciones que aquí se aceptan como definitivamente establecidas, al menos en su esencia) con una tendencia innata que me ha impulsado a buscar la presencia de Dios, no al margen del mundo físico, sino a través de la materia y, en cierto sentido, en unión con ella.”

11.¿Relanzar el diálogo? ¿Qué diálogo?

Tanto que se habla de diálogo, sobradas muestras se tiene de la parcialidad de la afirmación. “Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo” (Punto 219), lo que me lleva a preguntarme, ¿qué diálogo? Porque ya sabemos que a los seguidores de la integridad católica se les muestra los dientes y el látigo de la excomunión.

12.Un documento naturalista

A partir del punto 97 comienza propiamente a desarrollarse el tema de la IA. Mas, por lo que puedo colegir, diría que estamos frente, como mínimo, a un compendio de pautas de corte naturalista en miras a alcanzar el cuidado de la ‘Casa común’. Lisa y llanamente un ideal masónico. El punto 110 me resulta concluyente, y podría decirse que el ecologismo es ahora el gran principio abarcador dirimente, tan grande que hasta la ética parece quedar por debajo: “La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora.” Y advierto lo siguiente: del naturalismo uno no se desliga invocando expresiones teológicas como “Cristo”, “gracia”, “fe”, “trascendencia”, “el Magnificat”, cuando todo ello no parece implicar más que cuestiones para lograr una fraternidad universal mejor. Derechamente el Punto 129 nos hace aparecer el “El humanismo cristiano”, aquel inventado por el filósofo francés, Jacques Maritain, y que el sacerdote argentino, el R.P. Julio Meinvielle, desenmascaró con intrepidez y lucidez egregia, produciendo la agitación, el alboroto, el enojo, la irritación y numerosas contestaciones del pensador de Francia de fama mundial, el cual, diciendo refutar la desenmascarada no hacía más que probar sus errores. Puesto el humano como centro, más bien todo irá a parar a ver si, en definitiva, el progreso tiene miras humanas o inhumanas.

Del naturalismo apuntado nos da cuenta también lo siguiente: “No se trata ciertamente de oponerse a la inteligencia, sino de recordar que, cuando se repliega en sí misma, olvida que ha sido hecha para servir a la vida y a la persona humana” (Punto 113); “en la misma experiencia del límite, sigue siendo capaz de intuir una fraternidad más grande que él mismo y de reconocer la injusticia como escándalo. La cultura y el arte, cuando son auténticos, custodian esta chispa, impidiendo la normalización del mal. De ese modo, algunas obras han asumido un valor casi profético: la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad; Guernica como denuncia de la deshumanización; La lista de Schindler como una invitación a no entregar el pasado al olvido” (Punto 122); “La historia no se presenta sólo como el catálogo de nuestras acciones violentas, sino también como la prueba de que el ser humano sabe fundar instituciones capaces de proteger la vida común. En los últimos dos siglos lo vemos en algunos acontecimientos emblemáticos: el nacimiento del Comité Internacional de la Cruz Roja (1863), cuya neutralidad operativa garantiza un cuidado compasivo para todos; el largo proceso que ha llevado a la abolición de la esclavitud, que no ha sido un simple cambio jurídico, sino una transformación de la conciencia; la fundación de la Organización de las Naciones Unidas (1945) y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), que han fijado un lenguaje común para decir, al menos como ideal compartido, que la dignidad es universal; la Convención sobre los refugiados (1951), que reconoce un deber de protección hacia los que huyen de persecuciones y amenazas” (Punto 123); “Algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos: el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos de América, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., o el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio. En diversos contextos se han distinguido además mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie, Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes, que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia” (Punto 124).

13.Naturalismo y democracia

Completando un poco más el panorama tocado anteriormente, hallamos vinculadas las cuestiones de “verdad” con la de la “democracia” (Punto 134), esta última, desde luego, no es otra que la de la Revolución Francesa. Aquí el naturalismo propone un imposible, y es el de pretender que puede haber un reinado de la verdad en dicha democracia, cuando, por su misma esencia, la Revolución es enemiga de la verdad. El escrito ahora tiene preocupaciones de si “la vida democrática se debilita” (Punto 134).

14.El perdón es ahora para con la ‘Dignidad Humana’

Se pide perdón ahora a la dignidad humana. Así las cosas, leemos en “Magnifica Humanitas”: “Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe” (Punto 177).

15.Naturalismo y ‘Civilización del amor’

La civilización del amor no es ya la Iglesia Católica, único y verdadero reino del amor, sino que tal civilización será la que alcance aquí una buena convivencia y la paz, la paz de los ‘Derechos humanos’: “Vislumbramos a gran parte de la humanidad que trata de seguir siendo humana y de esforzarse por construir la ciudad de la convivencia y la paz. De ella, todos somos a menudo artífices inconscientes y arquitectos desunidos, capaces de gestos generosos pero carentes de una visión de conjunto: es una construcción más lenta, menos visible y menos llamativa, que espera ser mejor comprendida y más coordinada, para convertirse así en el compromiso consciente y articulado de cada comunidad, desde la familia hasta el gobierno de los estados y sus relaciones. Es a este horizonte de compromiso, a esta obra de esperanza, al que damos el nombre de ‘civilización del amor’ (Punto 185).

16.¿Superación de la teoría de la guerra justa?

“Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto. La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El recurso a la fuerza, a la violencia y a las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles” (Punto 192).

Es utópico sostener la superación de la teoría de la guerra justa fundado en lo que debería ser el mejor trato humano: es fácil recordar que la humanidad cuenta con instrumentos eficaces de superación de obstáculos, pero los dichos son una cosa y los hechos otra. Quizá la mayor utopía sea pretender que estos son tiempos de civilizaciones avanzadas en humanidad, cuando, en verdad, si bien se mira, brillamos altamente por la decadencia moral y la apostasía (esto último en grados insospechados).

Valga recordar que en esta “humanidad que cuenta con instrumentos eficaces y capaces de promover la vida humano para afrontar conflictos”, miles y millones de bebitos no nacidos mueren en los genocidios tenidos por ley en todos los países del mundo (Argentina incluida).

17.¿La Iglesia Católica no levanta la bandera de ser poseedora de la verdad?

Se le hace decir a la Iglesia cosas que, guste o no guste, son de siembre y cosecha personal por muy encumbrado que se encuentre el eclesiástico. Se dirá en ‘Magnifica Humanitas’: “He reiterado que la Iglesia «no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad», porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir” (Punto 25); esto no es lenguaje católico. La Iglesia Católica es depositaria de la verdad, y como está en la verdad y la verdad está en Ella, condena el error. Quien condena el error levanta la bandera de la verdad. Así lo hizo siempre la Esposa Inmaculada del Cordero, por siglos, condenando las herejías que fueron apareciendo.

Las herejías son ofensas que se hacen contra Dios, por eso la Iglesia nunca se quedó de brazos cruzados. No está demás memorar las palabras de San Juan Crisóstomo: «Siempre será digno de alabanzas el que el hombre soporte con paciencia las propias injurias y mortificaciones de la vida diaria y no reaccione como una fiera. Por el contrario, será de suma impiedad tolerar pacientemente las injurias y las ofensas hechas contra Dios».

18.Conclusión

Magnifica Humanitas me habla de “la otra inteligencia artificial”, la más peligrosa, la pseudorreligiosa, la que no se muestra, la silenciada, la que verdaderamente deja inerme al alma humana, de ahí que quise hablar de eso.

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El pasado domingo se celebró Pentecostés. Entre los siete dones del Espíritu Santo se halla la inteligencia o entendimiento, del cual nos dice Santo Tomás de Aquino: “El nombre de entendimiento implica un conocimiento íntimo. Entender significa, en efecto, algo como leer dentro. Esto resulta evidente para quien considere la diferencia entre el entendimiento y los sentidos. El conocimiento sensitivo se ocupa, en realidad, de las cosas sensibles externas, mientras que el intelectual penetra hasta la esencia de la realidad, su objeto: lo que es el ser, como enseña el Filósofo en III De An. Ahora bien, las cosas ocultas en el interior de la realidad, y hasta las cuales debe penetrar el conocimiento del hombre, son muy variadas. Efectivamente, bajo los accidentes está oculta la naturaleza sustancial de las cosas; en las palabras está oculto su significado; en las semejanzas y figuras, la verdad representada. En otro plano distinto, las realidades inteligibles son, en cierto modo, íntimas respecto a las realidades sensibles que percibimos exteriormente, como en las causas están latentes los efectos, y viceversa. De ahí que, en relación a todo eso, puede hablarse de acción del entendimiento. Y como el conocimiento del hombre comienza por los sentidos, o sea, desde el exterior, es evidente que cuanto más viva sea la luz del entendimiento, tanto más profundamente podrá penetrar en el interior de las cosas. Pero sucede que la luz natural de nuestro entendimiento es limitada, y sólo puede penetrar hasta unos niveles determinados. Por eso necesita el hombre una luz sobrenatural que le haga llegar al conocimiento de cosas que no es capaz de conocer por su luz natural. Y a esa luz sobrenatural otorgada al hombre la llamamos don de entendimiento” (Suma Teológica, Parte II-IIae – Cuestión 8, art. 1).

En estos tiempos de tanta confusión, se digne el Divino Espíritu iluminar nuestras inteligencias.

Tomás I. González Pondal

viernes, 29 de mayo de 2026

Cope se inventa un entrecomillado de Magnifica Humanitas




La radio de la Conferencia Episcopal Española presentó uno de los pasajes de la encíclica Magnifica Humanitas, asegurando que el Papa León XIV «desmonta» el concepto de guerra justa; acompañando esa afirmación con una cita entrecomillada: «No existe guerra justa».

La cuestión puede parecer menor, pero resulta especialmente relevante cuando se trata de un documento magisterial llamado a orientar el debate teológico y moral de los próximos años. Una cosa es interpretar el sentido de un texto; otra muy distinta es atribuir al Papa unas palabras que nunca escribió.

Lo que dice realmente la encíclica

La referencia aparece en el número 192 de Magnifica Humanitas, dentro de un capítulo dedicado a la creciente normalización de la guerra en la cultura contemporánea.

Tras denunciar el rearme de numerosos países, la pérdida de la memoria histórica de las tragedias del siglo XX y el papel de las redes sociales y los algoritmos en la polarización de las sociedades, León XIV escribe:
«Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto».
La formulación es significativa.

El Papa no escribe que «no existe guerra justa». Tampoco afirma que toda forma de defensa armada sea inmoral. Lo que sostiene es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos y que la humanidad dispone hoy de instrumentos más adecuados para afrontar las crisis internacionales, como la diplomacia, el diálogo o el perdón.

La frase, además, aparece dentro de una reflexión más amplia sobre la propaganda, la desinformación y la construcción cultural de la guerra como instrumento ordinario de la política.

El Catecismo sigue ahí

El problema de algunas lecturas apresuradas —incluida la difundida por COPE en redes sociales— es que presentan el texto de León XIV como si cancelara de un plumazo toda la tradición moral católica sobre la legítima defensa. Pero el Catecismo sigue ahí.

La doctrina de la guerra justa no nació para justificar guerras, sino para limitarlas. Desde san Agustín hasta santo Tomás de Aquino, la reflexión cristiana intentó establecer criterios morales capaces de impedir que el recurso a la fuerza quedara abandonado a la pura ley del más fuerte.

Esa tradición sigue recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica.

El número 2265 recuerda que quienes tienen responsabilidad sobre la vida de otros poseen no solo el derecho, sino también el deber de protegerlos. Y el número 2309 establece las condiciones que deben concurrir para que una defensa armada pueda considerarse moralmente legítima: que exista un daño grave, duradero y cierto; que hayan fracasado los medios pacíficos; que existan posibilidades fundadas de éxito; y que el uso de la fuerza no provoque males mayores que los que pretende evitar.

La Iglesia nunca ha enseñado un pacifismo absoluto que obligue a los inocentes a dejarse exterminar. Ha enseñado que la guerra es siempre un mal gravísimo y que únicamente puede contemplarse la defensa armada bajo condiciones extraordinariamente restrictivas.

Por eso resulta difícil sostener que León XIV haya querido abolir de forma expresa toda esta tradición cuando el propio texto conserva explícitamente la referencia al derecho de legítima defensa.

Lo que dicen Czerny y Staglianò

Las primeras interpretaciones vaticanas de este pasaje han llegado de la mano del cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, y de monseñor Antonio Staglianò, presidente de la Academia Pontificia de Teología.

Ambos consideran que León XIV está impulsando una revisión profunda de la manera en que la Iglesia aborda hoy la cuestión de la guerra. Sin embargo, ninguno de los dos sostiene que toda defensa armada sea ilegítima.

Czerny reconoció expresamente que quien es agredido conserva el derecho a defenderse. De hecho, propuso una distinción significativa: «No hablaría de guerra justa. Hablaría de defensa justa».

Por su parte, Staglianò interpreta que las condiciones tecnológicas actuales han erosionado los criterios clásicos de proporcionalidad sobre los que descansaba la teoría tradicional. Según su análisis, la capacidad destructiva de los conflictos modernos hace cada vez más difícil aplicar los límites que históricamente pretendían contener la guerra.

Sin embargo, también él insiste en que la legítima defensa sigue siendo reconocida por la encíclica, aunque entendida «en el sentido más estricto».

Las declaraciones de ambos muestran que incluso dentro del Vaticano el debate se está planteando en términos mucho más matizados de lo que sugieren algunos titulares.

Un debate más complejo de lo que parece

La cuestión de fondo no es si la Iglesia bendice la guerra. No lo hace. Tampoco si León XIV desea reforzar una cultura de paz. Evidentemente sí.

La verdadera discusión es otra: cómo proteger a los inocentes cuando existe una agresión grave e injusta y han fracasado todos los medios pacíficos.

Esa pregunta no es teórica. Afecta a situaciones reales donde comunidades enteras sufren ataques, persecuciones o campañas sistemáticas de violencia. Y es precisamente ahí donde la doctrina clásica de la legítima defensa ha desempeñado históricamente un papel central dentro de la moral católica.

Lo que plantea Magnifica Humanitas es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos que terminan alejándose de los límites morales que originalmente pretendía imponer. Pero eso no equivale necesariamente a negar toda posibilidad de defensa armada.

Entre la interpretación y la cita

Puede sostenerse que León XIV está llevando más lejos que sus predecesores la crítica a la teoría clásica de la guerra justa. Puede defenderse también que la encíclica abre una nueva etapa en la reflexión católica sobre la guerra y la paz.

Pero convertir esa reflexión compleja en un entrecomillado que nunca aparece en el texto no ayuda a comprender el documento. Más bien simplifica hasta deformar una cuestión doctrinal seria.

Interpretar ese desarrollo doctrinal es legítimo. Convertirlo en una cita textual que nunca aparece en la encíclica es otra cosa. El rigor en las citas debería ser una exigencia básica, especialmente para un medio de comunicación perteneciente a la propia Conferencia Episcopal Española.

jueves, 28 de mayo de 2026

El problema metafísico subyacente a Magnifica humanitas




La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, ha sido presentada a la opinión pública el 25 de mayo en la nueva aula del Sínodo. El Papa ha querido imprimir un tono solemne al acto, participando personalmente. Estaba rodeado por tres cardenales, dos teólogas (una inglesa y otra congoleña) y el ateo Christopher Olan, cofundador de la empresa de inteligencia artificial Anthropic.

Magnifica humanitas ha aparecido el 25 de mayo, si bien está fechada el día 15 del mismo mes, coincidiendo con la fecha en que León XIII publicó Rerum novarum. Hace 135 años, el papa Gioacchino Pecci, dedicó su encíclica social a la revolución industrial de su tiempo. León XIV ha querido centrar la reflexión de la Iglesia en la revolución digital de nuestra época, poniendo el acento en la inteligencia artificial.

El regreso de la doctrina social de la Iglesia, arrinconada en los años posteriores al Concilio Vaticano II salvo por Centessimus annus (1991) de Juan Pablo II, ha de ser acogido con satisfacción. Eso sí, hay que tener presente que la doctrina social de la Iglesia es parte integral de la doctrina moral católica, y ésta a su vez posee un fundamento metafísico, ya que la moral se cimenta en el orden del ser. Como enseña Santo Tomás de Aquino, agere sequitur esse: el acto se deriva del ser. En consecuencia, el orden moral y social no se puede entender desligado de la naturaleza humana y su fin último (Suma teológica, I-II, q. 94, a. 2). Por esa razón, el padre Réginald Garrigou-Lagrange precisa que «los propios derechos del hombre se derivan de sus deberes para con Dios» (Doctor Communis, 2-3 (1949), p. 158), poniendo de relieve el principio metafísico de la doctrina social de la Iglesia.

La encíclica Rerum novarum de León XIII fue precedida por la Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879, con la cual, un año después de su elección, el Sumo Pontífice quiso trazar la línea filosófica que habrían de seguir las escuelas católicas, proponiendo al Aquinate como único maestro intelectual de la Iglesia. León XIII estaba convencido de que la restauración del pensamiento por medio de la filosofía tomista tenía que preceder a la de la sociedad y ser su cimiento. Eminentes estudiosos católicos como Étienne Gilson (1885-1978) y Augusto del Noce (1910-1989) proponen leer las principales encíclicas leoninas desde esta perspectiva metafísica. En Aeterni Patris, el Papa sintetiza su programa cultural; en las encíclicas sucesivas, entre las que se cuentan Libertas praestantissimum, sobre la libertad humana (1888), Arcanum divinae sapientiae, sobre el matrimonio cristiano (1880), Humanum genus, sobre la Masoneria (1884), Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los estados (1885) y Sapientiae christianae, sobre los deberes del cristiano en la vida pública (1890), aplica los mismos principios a los diversos ámbitos de la vida individual y social.

Es indudable que León XIV obedece a nobles intenciones y a un amor sincero por la verdad. Sin embargo, a diferencia de los de León XIII, su documento manifiesta la ausencia de una sólida formación metafísica, con lo que corre el riesgo de que no se entiendan bien problemas complejos como el de la inteligencia artificial.

Después de afirmar que «hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana», plantea el problema de la siguiente manera: «Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias (…) No residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio (…) No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (n.º 99).

Tiene razón el Papa al plantear el problema, pero no aclara por qué es imposible la equiparación entre inteligencia humana e inteligencia artificial. Según la filosofía tomista, el motivo no consiste principalmente en que la IA carece de emociones y relaciones y no tiene una memoria encarnada, sino en que le falta un alma racional y espiritual, principio intrínseco de las operaciones intelectivas. La enclíclica, por el contrario, formula la distinción entre el hombre y la IA en términos puramente fenomenológicos, el plano de la experiencia, la afectividad y la capacidad de relación, olvidando o ignorando que la diferencia definitiva es de orden ontológico.

Según Santo Tomás, el hombre no se puede reducir a un agregado de procesos materiales, porque el principio del conocimiento humano es incorpóreo y subsistente (Suma teológica, I, q. 75, a. 1). El intelecto humano no se limita a elaborar datos y reconocer esquemas; conoce lo universal (Suma teológica, I, q. 79, a. 6) y es capaz de abstraer de las imágenes sensibles conceptos inmateriales como el bien, la justicia o el propio Dios. Y de manera análoga, la voluntad no es un mecanismo de selección programada, sino un apetito racional capaz de raciocinio y de libertad (Suma teológica, I, q. 82, a. 1; ST, I, q. 83, a. 1).

En cambio, la inteligencia artificial carece de un principio intrínseco de conocimiento y de voluntad, pero actúa gracias a la inteligencia humana que la ha proyectado. De ahí que la diferencia entre el hombre y la máquina sea cuantitativa pero ontológica: el hombre conoce porque posee un intelecto espiritual y quiere porque posee una voluntad libre. Por el contrario, la máquina funciona porque ha sido construida con ese fin. Por eso, la inteligencia artificial más avanzada jamás podrá ser verdaderamente humana, pues le falta lo que para Santo tomás constituye el principio mismo del conocer y el querer auténticamente humanos: el alma racional y espiritual.

Estas observaciones pueden parecer abstractas desde el punto de vista filosófico, pero tienen importantes consecuencias en el plano moral y el social. La base metafísica de la doctrina social de la Iglesia remite al concepto cristiano del orden del ser, que entiende la historia del hombre a la luz de la creación, la caída y la Redención. En dicha perspectiva, la noción de pecado, sustancialmente ausente en la encíclica, no se puede reducir a una injusticia sociológica, sino que supone una transgresión de la Ley divina, implica una culpa, merece una pena y exige arrepentimiento y conversión. Con una hermosa expresión, el Papa afirma que «si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado» (n.º 49). Pero Jesucristo no se encarnó para confirmar un ideal humanitario ni para promover una genérica fraternidad universal, sino para restablecer mediante la Redención del hombre y su reintegración al orden sobrenatural el orden que alteró el pecado (Suma teológica, III, q. 1, a. 2). Cuando este horizonte metafísico y sobrenatural es alterado, el cristianismo tiende inevitablemente a secularizarse y reducirse a una religión meramente horizontal y filantrópica cuyo objetivo ya no es la salvación de las almas y la reinstauración del orden cristiano, sino la simple gestión humanitaria de los problemas del mundo.

Magnifica humanitas abunda en buenas ideas y hay que considerarla una expresión autorizada del magisterio de León XIV, pero algunos aspectos de la filosofía y la doctrina social de la Iglesia que encara la encíclica para ser objeto de debate con el debido amor y respeto a la persona del Romano Pontífice y la institución del Papado.