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sábado, 19 de septiembre de 2020

Actualidad Comentada | El fracaso del diálogo | 18.09.2020 | P. Santiago Martín FM




12:47 minutos


La muerte de una juez del Supremo abre una profunda crisis en EE UU (Carlos Esteban)




La muerte de madrugada de la juez Ruth Bader Ginsburg a los 87 años, a poco más de un mes de las presidenciales norteamericanas más transcendentales en décadas, ha abierto una profunda crisis política y hace posible imaginar un futuro sin aborto en el país.

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El momento no podía ser más dramático. Estados Unidos está viviendo la campaña electoral más dura y radicalizada en muchas décadas, en medio de acusaciones cruzadas de fraude electoral y golpe de Estado, con la crisis del Covid dividiendo los estados y dificultando acercarse a las urnas el 3 de noviembre y decenas de ciudades víctimas de violentas protestas raciales que parecen no tener fin.

A un lado tenemos un presidente, Donald Trump, el más pro-vida desde Roe vs Wade (la sentencia que convirtió el aborto en derecho constitucional), odiado a muerte por el establishment, y al otro un Partido Demócrata que ha radicalizado sus posturas progresistas al máximo, especialmente su compromiso con el aborto, y que se ha convertido en rehén de las ‘tribus’ de colectivos de supuestos agraviados. Y, en medio de este desbarajuste, muere la juez más progresista del Supremo, Ruth Ginsburg.

¿Por qué es tan importante? Porque, a efectos de la política interior, la contribución más importante que puede hacer un presidente norteamericano en su mandato es la elección de jueces para el Supremo -que es también allí el Constitucional- cuando se produce una vacante, porque el cargo es vitalicio salvo que el sujeto renuncie voluntariamente.

El Supremo es el único intérprete autorizado de la Constitución, y la principal razón de que la Carta Magna norteamericana no haya tenido que sustituirse en toda su historia es, sencillamente, porque el tribunal le hace decir lo que estime oportuno, estirando el texto cuanto se les antoje. ¿Cómo, si no, podría nadie encontrar en un documento legal de finales del XVIII un supuesto ‘derecho constitucional’ al aborto, o la imposición del matrimonio homosexual, por citar solo dos casos flagrantes? Para muchos observadores, esto convierte al tribunal en una especie de ‘dictadura colegiada’ de nueve personas, responsable de los principales experimentos de ingeniería social en el país.

Hasta ahora, en el mandato de Trump se han producido dos vacantes, cubiertas tras una desesperada lucha en el Congreso por sendos candidatos de Trump, Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh. Solo quedaba uno, la (hasta ahora) incombustible Ginsburg para cambiar la mayoría en el tribunal hacia el lado conservador, permitiendo vislumbrar la posibilidad de que en un futuro se revierta la sentencia que en los setenta hizo del aborto provocado un derecho constitucional.

¿Hay tiempo? Esa es la gran cuestión. Para complicar las cosas, los testigos de la muerte de Ginsburg aseguran que sus últimas palabras fueron para pedir que fuera el próximo presidente, surgido de las urnas de noviembre, quien elija a su sustituto. Este supuesto deseo en su lecho de muerte carece en absoluto de valor jurídico o institucional, pero sí un gran peso propagandístico.

El equipo de Biden ya ha saltado para demandar que se respete el deseo de la difunta, y legiones de demócratas han acudido a las redes sociales con amenazas de ‘quemar’ el país si a Trump se le ocurre intentar colar a uno de los suyos en el Supremo. Claro que es una amenaza un tanto hueca, dado que ya están quemando el país desde la muerte a manos de la policía de George Floyd.

Naturalmente, los trumpistas están urgiendo al presidente a que haga lo contrario, y nombre a toda prisa un sustituto para Ginsburg. A su favor tienen un argumento crucial: visto que la elección promete ser muy disputada y con toda probabilidad contestada por el perdedor, se abre la posibilidad de que haya que recurrir al Supremo para que decida en caso de disputa, como sucediera en Florida en las elecciones que enfrentaron a George W. Bush y Al Gore. Para ello es crucial que el tribunal esté completo.

Por primera vez desde los setenta, el fin del ‘reinado’ del aborto constitucional parece al alcance de la mano, pero en unas circunstancias tan explosivas que amenazan con una verdadera guerra civil.

Carlos Esteban

El cisma antes del cisma (Carlos Esteban)



En principio, ser periodista católico debería ser lo más fácil del mundo. Después de todo, el buen periodismo consiste en esforzarse por encontrar la verdad de lo que pasa y contarla, y nuestra fe es la verdad y Cristo nos recordó que la verdad nos hace libres.

Esa es la teoría. La práctica es un poco más difícil, porque nuestra Iglesia, al menos la Iglesia Militante, como todos nosotros, vive (también) en el tiempo, y es también una institución confiada a seres falibles y vulnerables a todas las tentaciones y todos los errores.

Por eso hay cosas de las que resulta muy difícil hablar. Por ejemplo, del cisma, un cisma con minúscula, no declarado, pero absolutamente real. Precisamente porque no se declara, porque evitamos cuidadosamente la palabra, porque hacemos verdaderos equilibrismos de lógica y retórica para no ver lo evidente es por lo que no tenemos la terrible sensación de vivir una nueva ruptura de la Iglesia, con todas sus calamitosas consecuencias.

Pero hay dos iglesias, se llamen o no así, y las dos pretenden ser la Iglesia Católica, cada una con su doctrina y sus prácticas, y cada vez se hablan menos entre sí. Sí, una de ellas habla constantemente de ‘tender puentes’, pero son puentes que tiende con los de fuera; y de diálogo ... pero a quienes tienen las ‘dudas’ inadecuadas, por muy cardenales que sean, ni siquiera se les responde.

Por ejemplo, el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla ha publicado una extensa carta en la que dice, entre otras muchas y muy provechosas cosas, que “el enemigo se ha hecho presente en el seno de la Iglesia”. No es original: ya Pablo VI dijo en su día que el humo de Satanás se había colado por las rendijas en la Iglesia.

El caso es que a muchos la carta puede parecerles magnífica, la obra de un pastor realmente preocupado por la salvación de sus ovejas, pero a otros, en cambio, se les antoja aborrecible. Es el caso de José Manuel Vidal, director de Religión Digital, que escribe a propósito de la carta desde su cuenta de Twitter: “¡Qué vergüenza de obispo! ¿Quién le regaló la mitra? ¿Cómo es posible que siga pensando así en tiempos de Francisco? ¿A qué se espera para removerlo y enviarlo a un monasterio sin monjes? ¡Y qué daño para la credibilidad eclesial!”.

¡Qué vergüenza de obispo! ¿Quién le regaló la mitra? ¿Cómo es posible que siga pensando así en tiempos de Francisco? ¿A qué se espera para removerlo y enviarlo a un monasterio sin monjes? ¡Y qué daño para la credibilidad eclesial! @ReligionDigit https://t.co/SEWQhoyfCZ

— José Manuel Vidal (@JosMVidal1) September 16, 2020

No es exactamente lo que uno esperaría de tan eximio defensor del ‘pontificado de la misericordia’ -ya hemos observado que suele tratarse de una misericordia selectiva y unidireccional-, pero entendemos a Vidal. Precisamente porque nosotros tenemos reacciones parecidas con algunos prelados que ensalzan su portal de información religiosa. Hoy mismo nos ha pasado con una vídeoconferencia sobre la presentación del Concurso Iberoamericano de Cuentos Laudato Si’, una iniciativa apadrinada, entre otros, por el arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, el cardenal Carlos Osoro.

Los ejemplos se pueden acumular hasta el infinito. Es la terrible sensación de leer o escuchar a determinados teólogos, sacerdotes, obispos o meros fieles y pensar: “Si esto es católico, yo no soy católico; y si yo soy católico, esto no es católico”. Es más que razonable que, institucionalmente, se hagan llamadas a la unidad en la Iglesia y esfuerzos por evitar el cisma abierto. Pero la ‘teoría de la doble verdad’ no puede mantenerse eternamente, y en algún momento habrá que hablar de esta división tácita que nos está convirtiendo en una iglesia esquizofrénica.

Carlos Esteban