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sábado, 20 de junio de 2026

El Vaticano ya permitió a institutos religiosos ser críticos con el Concilio Vaticano II sin considerarlos cismáticos

   




A raíz de las declaraciones de León XIV sobre que la Fraternidad San Pío X estaría fuera de la Iglesia por no aceptar algunos puntos del Concilio Vaticano II, corren ríos de tinta y, lo que es peor, ríos de confusión.

¿Resulta ahora que los católicos no podemos criticar el Concilio? ¿Basta señalar una reserva sobre un texto conciliar para quedar bajo sospecha de cisma? La respuesta es no. 

Conviene recordarlo cada vez que el debate degenera en la falsa disyuntiva de siempre: o aceptación incondicional de cada línea de los dieciséis documentos conciliares, o ruptura. Esa dicotomía no resiste el examen, y la mejor prueba es que Roma erigió en su día un instituto cuyos estatutos fundacionales reconocían a sus miembros la facultad de una crítica seria de ciertos textos conciliares.

El precedente del Buen Pastor

El 8 de septiembre de 2006, la Comisión Pontificia Ecclesia Dei erigió el Instituto del Buen Pastor, integrado por sacerdotes procedentes de la Fraternidad San Pío X que regresaban a la comunión plena. El decreto, firmado por el cardenal Darío Castrillón Hoyos, aprobaba sus estatutos ad experimentum por un quinquenio. Y entre esos estatutos figuraba el reconocimiento de que sus miembros podían ejercer una crítica seria y constructiva sobre determinados textos del Concilio, dentro siempre del marco académico y de la comunión con la Sede Apostólica.

Lo decisivo no es la fortuna posterior de aquella cláusula —que más tarde fue reencuadrada al hilo de la revisión estatutaria y de una crisis interna del Instituto— sino el hecho mismo de que Roma la concediera. Porque al concederla, la autoridad competente afirmó implícitamente algo que muchos hoy se niegan a admitir: que es posible discutir teológicamente el Concilio sin salirse de la Iglesia. Si tal mirada crítica fuese de suyo cismática o herética, ninguna comisión pontificia habría podido autorizarla ni por un solo día, ni ad experimentum, ni con todas las cautelas del mundo.

El Concilio no definió dogmas

El argumento de fondo es anterior al caso del Buen Pastor. El Vaticano II fue, por voluntad expresa de quienes lo convocaron y lo cerraron, un concilio de naturaleza eminentemente pastoral. No proclamó dogmas en sentido técnico, no formuló definiciones extraordinarias ni acompañó sus enseñanzas de los anatemas con que los concilios anteriores blindaban las verdades definidas de fide. El propio Pablo VI subrayó que el Concilio había evitado pronunciar definiciones dogmáticas solemnes, prefiriendo el tono del magisterio ordinario.

De ahí se sigue una consecuencia: la relación del fiel y del teólogo con los textos conciliares no es idéntica a la que se debe a una verdad definida. Lo que en el Concilio reafirma dogma ya establecido obliga, en efecto, pero obliga por ser dogma, no por figurar en un texto conciliar. Y lo que en él pertenece al orden pastoral, prudencial u orientativo admite, por su propia naturaleza, el estudio, la pregunta y la matización.

Lo que la Iglesia regula

La Iglesia no consagra una crítica libre e indiferenciada; consagra una crítica graduada y regulada, que es cosa muy distinta y mucho más sólida. El marco lo ofrecen tres documentos del propio magisterio postconciliar.

La Professio Fidei de 1989 distingue con precisión los grados de adhesión que se deben a las verdades de fe definida, a las verdades enseñadas definitivamente y al magisterio auténtico no definitivo. Ad Tuendam Fidem (1998) reforzó canónicamente esa misma gradación. Y la instrucción Donum Veritatis (1990), sobre la vocación eclesial del teólogo, traza el mapa decisivo: reconoce expresamente que ante enseñanzas no definitivas el teólogo puede plantear dificultades, dudas e incluso elevar respetuosamente sus reparos al Magisterio, distinguiendo con todo cuidado esa actitud legítima de lo que llama «disenso».

A las enseñanzas del magisterio auténtico no definitivo se debe el obsequium religiosum —el respetuoso asentimiento de la inteligencia y la voluntad— del que habla Lumen Gentium 25. Pero ese asentimiento religioso no es el asentimiento absoluto e irrevocable de la fe teologal. Admite, en las materias que lo permiten, la dificultad sinceramente expuesta.

Hermenéutica, no demolición

El gran malentendido se disuelve cuando se traslada la cuestión del terreno del «sí o no al Concilio» al terreno de la hermenéutica. Fue precisamente lo que hizo Benedicto XVI en su célebre discurso a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005, al contraponer la «hermenéutica de la reforma en la continuidad» a la «hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura».

El problema, vino a decir, no es si los textos pueden estudiarse a fondo —incluso señalando sus ambigüedades o sus formulaciones mejorables—, sino con qué clave se leen: si como continuidad orgánica con la Tradición o como inauguración de una Iglesia nueva. Lo que de verdad está en juego es Traditionis Custodes, no Lumen Gentium

Cuando se habla de las consagraciones episcopales que la Fraternidad ha anunciado, el reflejo inmediato es vincularlas a la cuestión doctrinal: a los reparos sobre la libertad religiosa de Dignitatis Humanae, sobre el ecumenismo o sobre la eclesiología de Lumen Gentium. Pero ese vínculo, aunque cómodo para quien quiere presentar el asunto como un problema de fe, es en buena medida un espejismo.

Las consagraciones no responden tanto a Lumen Gentium como a Traditionis Custodes. La Misa tradicional —la liturgia en la que se han santificado siglos de santos y que Benedicto XVI reconoció en Summorum Pontificum como nunca abrogada— se encuentra hoy activamente perseguida por la propia jurisdicción eclesial: restringida, arrinconada, sometida a autorizaciones que se conceden con cuentagotas y se retiran con facilidad, condenada de hecho a una extinción programada por vía administrativa.

Es esa persecución, y no una disputa de manual de teología, la que muchos católicos viven como un auténtico estado de necesidad. El argumento es de una lógica elemental: cuando un bien sacramental de primer orden corre un riesgo real de extinción, y cuando los cauces ordinarios para asegurarlo se cierran uno tras otro, surge una situación extraordinaria que para muchos católicos reclama medidas extraordinarias.
No se consagran obispos para discrepar de un párrafo conciliar; se consagran para garantizar la supervivencia de una liturgia y de un sacerdocio que se ven amenazados de muerte por quienes deberían custodiarlos.
Se podrá discutir si ese estado de necesidad existe objetivamente, si justifica canónicamente lo que se pretende justificar, si hay alternativas no exploradas. Es un debate legítimo y necesario. Pero falsearlo desde el principio, presentándolo como un problema de adhesión a unos documentos de los años sesenta no ayuda a la verdad ni a la comunión.

La frontera con el cisma

Que Roma erigiera un instituto con licencia estatutaria para la crítica seria del Concilio no fue una excentricidad ni una imprudencia que hubiera que corregir. Fue el reconocimiento institucional de una verdad que la teología fundamental enseña desde siempre que

La fe se debe a lo definido, 
el asentimiento religioso a lo auténtico no definitivo, 
y el estudio honesto a todo lo demás.

El conflicto que de verdad sangra no es el de unas reservas teológicas a unos viejos e infructuosos documentos serenamente expuestas, sino el de una liturgia perseguida que empuja a muchos al límite. Quien responde a un problema litúrgico con la artillería de la acusación doctrinal instrumentaliza el Concilio. Y, de paso, vuelve más difícil la única salida verdaderamente católica, que es la de la continuidad, la paz y la custodia real de la Tradición.

Miguel Escrivá 

sábado, 16 de septiembre de 2023

Bergoglio promueve las falsas religiones



Bergoglio en el encuentro interreligioso de Mongolia el 03/09/2023


El domingo 3 de septiembre, en el teatro Hun de Ulán Bator, Mongolia, Bergoglio[1] llevó a cabo un acto interreligioso junto a otras comunidades religiosas, tanto cristianas como budistas -mayoritarias en Mongolia-, además de musulmanes, chamanes, hindúes, judíos y baha’is. Seguidamente transcribo algunos pasajes relevantes de su discurso[2]:

(…) Las tradiciones religiosas, en su originalidad y diversidad, comportan un formidable potencial de bien al servicio de la sociedad.

(…) Quien nos ofrece hoy la oportunidad de estar juntos para conocernos y enriquecernos mutuamente es el amado pueblo mongol, que puede presumir de una historia de convivencia entre representantes de diversas tradiciones religiosas. Es hermoso recordar la virtuosa experiencia de la antigua capital imperial Karakórum, donde se albergaban lugares de culto pertenecientes a diferentes «credos», que daban testimonio de una armonía admirable.

(…) Hermanos, hermanas, por el modo en que logremos la armonía con los demás peregrinos sobre la tierra y en la forma que consigamos transmitir armonía, allí donde vivimos, se mide el valor social de nuestra religiosidad. Cada vida humana, en efecto, y con mayor razón cada religión, tiene que «medirse» en base al altruismo; no a un altruismo abstracto, sino concreto, que se traduzca en la búsqueda del otro y en la colaboración generosa con el otro, porque “el sabio se regocija dando”.

(…) Las religiones están llamadas a ofrecer al mundo esta armonía, que el progreso técnico por sí solo no puede dar, porque, apuntando sólo a la dimensión terrena y horizontal del hombre, corre el riesgo de olvidar el cielo para el cual hemos sido creados. Hermanas y hermanos, hoy estamos aquí juntos como humildes herederos de antiguas escuelas de sabiduría. Al reunirnos hoy, nos comprometemos a compartir todo ese bien que hemos recibido, para enriquecer a una humanidad que, en su caminar, a menudo se encuentra desorientada por miopes búsquedas de lucro y bienestar; y a menudo también es incapaz de volver a encontrar el hilo conductor.

(…) Mongolia, que se encuentra en el corazón de este continente, custodia un gran patrimonio de sabiduría, que las religiones que aquí se difundieron han contribuido a crear, y que quisiera invitar a todos a redescubrir y valorar.


Encuentro interreligioso por la paz en Dhaka, Bangladesh el 01/12/2017

(…) La humanidad reconciliada y próspera, que como representantes de diferentes religiones ayudamos a promover, está representada simbólicamente por ese estar juntos, armonioso y abierto a lo trascendente, donde el compromiso por la justicia y la paz encuentran su inspiración y su fundamento en la relación con lo divino.

(…) en las sociedades pluralistas que creen en los valores democráticos, como Mongolia, cada institución religiosa, reconocida normativamente por la autoridad civil, tiene el deber y, en primer lugar, el derecho de ofrecer aquello que es y aquello que cree, respetando la conciencia de los otros y teniendo como fin el mayor bien de todos. En ese sentido, quiero confirmarles que la Iglesia católica desea caminar así, creyendo firmemente en el diálogo ecuménico, en el diálogo interreligioso y en el diálogo cultural. (…)

Hagamos florecer esta certeza de que nuestros esfuerzos comunes para dialogar y construir un mundo mejor no son vanos. Cultivemos la esperanza. (…) Que las oraciones que elevamos al cielo y la fraternidad que vivimos en la tierra alimenten la esperanza; que sean el testimonio sencillo y creíble de nuestra religiosidad, de nuestro caminar juntos con la mirada elevada hacia lo alto, de nuestro habitar este mundo en armonía, como peregrinos llamados a proteger el medio hogareño.

Comentario personal: Todo esto es modernismo puro e indiferentismo religioso en su más prístina expresión, condenados por la Iglesia innumerables veces de manera inequívoca. Huelga añadir que toda esta inmudicia interreligiosa que practica el apóstata caracterizado y blasfemador serial argentino no constituye en absoluto una particularidad suya, puesto que se basa en los documentos heréticos del CVII -en especial, “Dignitatis humanae”, “Nostra aetate” y “Unitatis redintegratio”-, así como en el pseudo magisterio ecuménico de sus predecesores concilares: los aquelarres multiconfesionales de Asís, organizados por JPII[3] y BXVI[4] en varias ocasiones, son una prueba fehaciente de ello.

Además, el mismo día, luego de la Misa, Bergoglio citó e hizo una apología del jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, uno de los modernistas más influyentes del siglo pasado[5]:

La Misa es acción de gracias, “eucaristía”. Celebrarla en esta tierra me ha hecho recordar la oración del padre jesuita Pierre Teilhard de Chardin, elevada a Dios hace exactamente cien años, en el desierto de Ordos, no muy lejos de aquí. Dice así: “Me prosterno, Dios mío, ante tu Presencia en el Universo, que se ha hecho ardiente, y en los rasgos de todo lo que encuentre, y de todo lo que me suceda, y de todo lo que realice en el día de hoy, te deseo y te espero”. El padre Teilhard trabajaba en investigaciones geológicas. Deseaba ardientemente celebrar la Santa Misa, pero no tenía consigo ni pan ni vino. Fue entonces cuando compuso su “Misa sobre el mundo”, expresando su ofrenda de este modo: “Recibe, Señor, esta Hostia total que la Creación, atraída por Ti, te presenta en esta nueva aurora”. Y una oración similar había nacido ya en él durante la Primera guerra mundial, mientras estaba en el frente, ejerciendo como camillero. Este sacerdote, a menudo incomprendido, había intuido que “la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo” y que es “el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y de vida inagotable” (Laudato Si’, 236), incluso en un tiempo de tensiones y de guerras como el nuestro. Recemos hoy, por tanto, con las palabras del Padre Teilhard: “Verbo resplandeciente, Potencia ardiente, Tú que amasas lo múltiple para infundirle tu vida, abate sobre nosotros, te lo ruego, tus manos poderosas, tus manos previsoras, tus manos omnipresentes.”

Transcribo seguidamente el Monitum del Santo Oficio del 30/06/1962 sobre la obra del sacerdote francés:

Varias obras del P. Pierre Teilhard de Chardin, algunas de las cuales fueron publicadas en forma póstuma, están siendo editadas y están obteniendo mucha difusión. Prescindiendo de un juicio sobre aquellos puntos que conciernen a las ciencias positivas, es suficientemente claro que las obras arriba mencionadas abundan en tales ambigüedades e incluso errores serios, que ofenden a la doctrina católica. Por esta razón, los eminentísimos y reverendísimos Padres del Santo Oficio exhortan a todos los Ordinarios, así como a los superiores de institutos religiosos, rectores de seminarios y presidentes de universidades, a proteger eficazmente las mentes, particularmente de los jóvenes, contra los peligros presentados por las obras del P. Teilhard de Chardin y de sus seguidores.[6]

He aquí una breve síntesis de sus errores[7]:

L’Osservatore Romano del 30 de junio/1 de julio de 1962 publicaba ese monitum, acompañándolo de un extenso artículo sin firma titulado “Pierre Teilhard de Chardin e il suo pensiero sul piano filosofico e religioso”. En ese artículo se afirma que Teilhard incurre en una indebida transposición al plano metafísico y teológico de términos y conceptos tomados del evolucionismo, incurriendo así en diversos graves errores. Concretamente se indican: 1. Un defectuoso concepto de creación, que no salva la gratuidad del acto creador ni la ausencia de un sujeto preexistente. 2. Puntos débiles en la descripción de las relaciones entre Dios y el cosmos, no dejando clara la trascendencia divina. 3. Una extraña presentación de Cristo, como parte del cosmos, que no salva la gratuidad de la Encarnación. 4. Ignorancia de los límites entre la materia y el espíritu. 5. Una concepción insuficiente del pecado, que queda reducido más bien a algo de carácter colectivo. 6. Una concepción naturalista de la ascesis y del sentido de la vida cristiana.

El Padre Leonardo Castellani enumera las fallas de su pensamiento desde una perspectiva católica[8]:

– El transformismo darwiniano dado como verdad cierta.
– La negación de la parusía o Segunda Venida de Cristo tal como la entiende la Iglesia.
– La negación de la redención por la obra personal de Cristo.
– La negación del pecado original, a la manera de Pelagio.
– Monismo materialista evolucionista parecido al de Spencer y Haeckel.
– Panteísmo sutil a la manera de Bergson.
– Interpretación modernista de todos los sacramentos, empezando por la eucaristía, a la manera de Guenther.
– Negación del fin primario del matrimonio y constitución del fin primario del matrimonio en la “ayuda espiritual mutua de los esposos”.
– Aprobación de los medios contraconceptivos en el matrimonio, a la manera de Malthus.
– Negativa implícita de la autoridad de la Iglesia para definir, a la manera de Loisy, Tyrrel y otros.

Extraordinariamente reveladora es la carta escrita a un ex dominico que, a raíz de la encíclica Humani generis, había abandonado la Iglesia para unirse a los “viejos católicos”, y que escribió a Teilhard invitándolo a seguirlo[9]:

Esencialmente considero como usted que la Iglesia (como toda realidad viviente al cabo de cierto tiempo) llega a un periodo de muda o reforma necesaria. Al cabo de dos mil años, es inevitable. La humanidad está en trance de mudar. ¿Cómo no debería hacerlo el cristianismo? Más precisamente, considero que la Reforma en cuestión (mucho más profunda que la del siglo XVI) no es simple cosa de instituciones o de costumbres, sino de Fe. De alguna manera, nuestra imagen de Dios se ha desdoblado: transversalmente (si se puede decirlo así) al Dios tradicional y trascendente de lo En Alto, surge para nosotros una especie de Dios de lo En Adelante, desde hace un siglo, en dirección a algún ‘ultra-humano’. A mi juicio, todo está ahí. Se trata para el hombre de repensar a Dios en términos, no ya de Cosmos, sino de Cosmogénesis: un Dios que no se adora y que no se alcanza más que a través del acatamiento de un Universo que él ilumina y “amoriza” (e irreversibiliza) desde dentro. Sí, lo En Alto y lo En Adelante se sintetizan en un Por-Dentro.

Ahora bien, ese gesto fundamental de engendrar una nueva Fe para la Tierra (Fe en lo En Alto combinada con la fe en lo En Adelante), sólo, yo creo (e imagino que usted es de mi parecer), sólo el cristianismo puede hacerlo, a partir de la asombrosa realidad de su Cristo-Resucitado: no entidad abstracta, sino objeto de una amplia corriente mística, extraordinariamente adaptable y viva. Estoy convencido: es de una Cristología nueva extendida a las dimensiones orgánicas de nuestro nuevo Universo de donde se apresta a salir la Religión de mañana.

Esto establecido (y es aquí donde nosotros diferimos: pero ¿no procede la vida por buenas voluntades titubeantes?), esto establecido, yo no veo en ningún caso medio mejor para mí, para promover eso que anticipo, que trabajar en la reforma (tal como antes la he definido) desde dentro: es decir, en adhesión sincera al phylum del que espero su desarrollo. Muy sinceramente (¡y sin querer criticar su gesto!) sólo en el tallo romano, tomado en su integridad, veo el soporte biológico suficientemente vasto y diferenciado para obrar y soportar la transformación esperada. Y esto no es pura especulación. Desde hace cincuenta años, he visto de demasiado cerca, en torno a mí, revitalizarse el pensamiento y la vida cristiana -a pesar de toda Encíclica- para no tener una inmensa confianza en los poderes de reanimación del viejo tallo romano. Trabajemos cada uno por nuestra parte. Todo lo que sube converge. Muy cordialmente suyo, Teilhard de Chardin.

Inquietantes palabras que hacen pensar en otras pronunciadas nada menos que por el entonces Cardenal Giovanni Battista Montini, en una conferencia dada en Turín, el 27 de marzo de 1960 -tres años antes de convertirse en “Pablo VI”-, intitulada “Religión y trabajo”, las que muestran una notable coincidencia con las elucubraciones “teológicas” del jesuita francés:

¿Acaso el hombre moderno no llegará un día, a medida que sus estudios científicos progresen y descubran leyes y realidades ocultas bajo el rostro mudo de la materia, a prestar oídos a la maravillosa voz del espíritu que palpita en ella? ¿No será ésa la religión del mañana? El mismísimo Einstein previó la espontaneidad de una religión del universo.[10]

Por todo esto es que el Padre Philippe de la Trinité O.C.D. pudo decir respecto al pensamiento de Teilhard de Chardin que[11]:

el teilhardismo es, en el fondo, una deformación del cristianismo, metamorfoseado en evolucionismo monista y panteísta.

Conclusión.

Pues bien, es a ese siniestro personaje que Bergoglio ha elogiado en público -dando a entender que el Monitum del Santo Oficio es fruto de una desafortunada “incomprensión”-, luego de celebrar misa en uno de sus subversivos viajes “apostólicos”. Sin olvidar la mención que hizo en la encíclica Laudato Si’, como él mismo ha recordado expresamente ante su auditorio en Mongolia, con lo que no quedan dudas acerca de su pertinacia en el error. Me parece que no hace falta abundar en comentarios: las conclusiones caen de su peso. Cuando menos, para cualquiera que no haya perdido completamente el uso natural de la lógica ni la virtud teologal de la fe…

ANEXO

Como lo he dicho antes, estos despropósitos de Bergoglio no son en absoluto exclusividad suya. A continuación suministraré un elenco de citas de JPII y de BXVI que prueban la continuidad del discurso y de la praxis modernista de los “papas conciliares”. Todo lo dicho en este artículo acerca del “ecumenismo”, la “interreligiosidad” y la adhesión a la gnosis teilhardiana se aplica con total propiedad a sus antecesores conciliares, lo cual resulta particularmente manifiesto en los “conservadores” Wojtyla y Ratzinger. Estimo indispensable establecer este hecho de manera contundente, a fin de poner en evidencia la profunda incoherencia -amén del absurdo rayano en lo grotesco-, de aquellos que se rasgan las vestiduras y ponen el grito en el cielo por los desmanes y los atropellos bergoglianos -con toda razón-, pero luego proponen como prototipos de ortodoxia y modelos a imitar a quienes en realidad no han sido más que sus precursores inmediatos en la ejecución de la apostasía eclesial a la que asistimos azorados desde el aciago CVII.[12]

I. Con respecto al “ecumenismo” y a la “interreligiosidad”.[13]

A. Juan Pablo II.

1. “Ante todo, es preciso tener presente que toda búsqueda del espíritu humano en dirección a la verdad y al bien, y, en último análisis, a Dios, es suscitada por el Espíritu Santo. Precisamente de esta apertura primordial del hombre con respecto a Dios nacen las diferentes religiones. No pocas veces, en su origen encontramos fundadores que han realizado, con la ayuda del Espíritu de Dios, una experiencia religiosa más profunda. Esa experiencia, transmitida a los demás, ha tomado forma en las doctrinas, en los ritos y en los preceptos de las diversas religiones. En todas las auténticas experiencias religiosas la manifestación más característica es la oración. Teniendo en cuenta la constitutiva apertura del espíritu humano a la acción con que Dios lo impulsa a trascenderse, podemos afirmar que toda oración auténtica está suscitada por el Espíritu Santo, el cual está misteriosamente presente en el corazón de cada hombre. En la Jornada mundial de oración por la paz, el 27 de octubre de 1986 en Asís, y en otras ocasiones semejantes de gran intensidad espiritual, hemos vivido una manifestación elocuente de esta verdad.”[14]

2. “[…] hay que aplicar lo que se ha dicho [sobre el ecumenismo] a la actividad que tiende al acercamiento con los representantes de las religiones no cristianas, y que se expresa a través del diálogo, los contactos, la oración comunitaria, la búsqueda de los tesoros de la espiritualidad humana que -como bien sabemos- no faltan tampoco a los miembros de estas religiones. ¿No sucede quizá a veces que la creencia firme de los seguidores de las religiones no cristianas, –creencia que es efecto también del Espíritu de verdad, que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico- haga quedar confundidos a los cristianos […], tan propensos al relajamiento de los principios de la moral y a abrir el camino al permisivismo ético?”[15]


El ecumenismo, cuyos actos emblemáticos son las reuniones interreligiosas de Asís -convocadas por los últimos tres papas-, es incompatible con el Magisterio de la Iglesia y con la Revelación Divina

3. “Que estas palabras, y otras expresiones de los libros sagrados de las grandes tradiciones religiosas presentes en el suelo fecundo de la India, sean fuente de inspiración para todos los pueblos, y para sus líderes, en la búsqueda de la justicia entre los pueblos y la paz entre todas las naciones del mundo. Mahatma Gandhi enseñó que si todos los hombres y mujeres, independientemente de las diferencias entre ellos, se aferran a la verdad, con respeto por la dignidad única de cada ser humano, se puede lograr un Nuevo Orden Mundial, una Civilización del Amor. Y hoy todavía lo escuchamos suplicar al mundo: vencer el odio por el amor, la falsedad por la verdad, la violencia por el sufrimiento. ¡Que Dios nos guíe y nos bendiga mientras nos esforzamos por caminar juntos, tomados de la mano, y construir juntos un mundo de paz!”[16]

4. “El acontecimiento de Asís puede ser considerado, pues, como una ilustración visible, una lección de hechos, una catequesis inteligible para todos, de lo que presupone y significa el compromiso ecuménico y el recomendado diálogo interreligioso promovido por la Concilio Vaticano II.”[17]

5. “A este Dios confiesa el trapense o el camaldulense en su vida de silencio. A Él se dirige el beduino en el desierto, cuando llega la hora de la oración. Y tal vez también el budista que, concentrado en su contemplación, purifica su pensamiento preparando el camino hacia el nirvana. (…) La Iglesia del Dios viviente congrega a todos los hombres que, en cualquier forma, toman parte de esta maravillosa trascendencia del espíritu humano. Y todos ellos saben que nadie logrará colmar sus deseos más profundos. La manifestación de esta trascendencia de la persona humana la constituye la oración de fe, pero en ocasiones también el profundo silencio. Este silencio, que a veces parece separar al hombre de Dios, es no obstante un acto especial de la unión vital entre Dios y el espíritu humano. La Iglesia de nuestro tiempo se ha hecho particularmente consciente de esta verdad y, por ello, a su luz ha logrado redefinir, en el Concilio Vaticano II, su propia naturaleza.”[18]

Nota aclaratoria: La cita anterior está tomada de los Ejercicios espirituales de Cuaresma del año 1976 predicados a Pablo VI y a la Curia Romana, posteriormente compilados en forma de libro. Wojtyla reconoce que la nueva eclesiología del CVII constituye una ruptura respecto al magisterio tradicional. Por tanto, la manida “hermenéutica de la continuidad” pregonada por Ratzinger no es sino una impostura destinada a ocultar este hecho de una gravedad inaudita. Veamos la nueva definición:

Esta Iglesia [de Cristo], establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien, fuera de su estructura, se encuentran muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.[19]

Esto fue ratificado por la declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la doctrina de la fe del 06/08/2000, n. 16/17:

Con la expresión subsistit in el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado, que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y, por otro lado, que fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad, ya sea en las Iglesias como en las Comunidades eclesiales separadas de la Iglesia católica […] Las Iglesias (esto es herético, porque existe una única Iglesia fundada por Cristo, a saber, la Iglesia Católica) que no están en perfecta comunión (como si existiera una “comunión imperfecta”, noción completamente contradictoria) con la Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos estrechísimos como la sucesión apostólica (no es cierto, pues la sucesión apostólica implica el poder de jurisdicción sobre los fieles –potestas iurisdictionis-, no basta con la transmisión válida del poder de orden –potestas ordinis-; un sucesor de los apóstoles es, por definición, miembro de la Iglesia católica) y la Eucaristía válidamente consagrada, son verdaderas iglesias particulares (esto es mentira: son sectas heréticas y cismáticas, las iglesias particulares son las diferentes diócesis católicas). Por eso, también en estas Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo […].[20]

Esto es muy diferente de lo que enseñaba Pío XII al respecto:
Algunos no se consideran obligados por la doctrina -que, fundada en las fuentes de la revelación, expusimos Nos hace pocos años en una encíclica [Mystici Corporis]-, según la cual el Cuerpo místico de Cristo y la Iglesia católica romana son una sola y misma cosa.[21]
B. Benedicto XVI.

1. Distinguidos huéspedes, queridos amigos: Os acojo esta mañana en el palacio apostólico y os agradezco una vez más vuestra disponibilidad a participar en la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, que celebramos ayer en Asís, veinticinco años después de aquel primer encuentro histórico (…) Mirando hacia atrás, podemos apreciar la clarividencia del Papa Juan Pablo II al convocar el primer encuentro de Asís, y la necesidad continua de hombres y mujeres de distintas religiones de testimoniar juntos que el viaje del espíritu siempre es un viaje de paz.[22]

2. Lugares de culto, como esta estupenda mezquita de Al-Hussein Bin Talal (…) se alzan como joyas sobre la superficie de la tierra. Desde las antiguas a las modernas, desde las espléndidas a las humildes, todas hacen referencia a lo divino, al Único Trascendente, al Omnipotente (…) Musulmanes y cristianos (…) tienen que comprometerse hoy por ser conocidos y reconocidos como adoradores de Dios fieles a la oración, deseosos de comportarse y vivir según las disposiciones del Omnipotente, misericordiosos y compasivos, coherentes para dar testimonio de todo lo que es justo y bueno, recordando siempre el origen común y la dignidad de cada persona humana, que constituye la cumbre del designio creador de Dios para el mundo y la historia.[23]


Benedicto XVI en la reunión interreligiosa de Asís en 2011[24]

3. Queridos hermanos y hermanas, en el Mensaje para la Jornada de la Paz de hoy subrayé que las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana, y recordé, al respecto, que en este año 2011 se celebrará el 25° aniversario de la Jornada mundial de oración por la paz que el venerable Juan Pablo II convocó en Asís en 1986. Por esto, el próximo mes de octubre, iré como peregrino a la ciudad de san Francisco, invitando a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los representantes de las tradiciones religiosas del mundo, y de forma ideal, a todos los hombres de buena voluntad, con el fin de recordar ese gesto histórico querido por mi predecesor y de renovar solemnemente el compromiso de los creyentes de todas las religiones de vivir la propia fe religiosa como servicio a la causa de la paz. Quien está en camino hacia Dios no puede menos de transmitir paz; quien construye paz no puede menos de acercarse a Dios. Os invito a acompañar esta iniciativa desde ahora con vuestra oración.[25]

4. En todo país democrático corresponde a las autoridades civiles garantizar la libertad efectiva de todos los creyentes y permitirles organizar libremente la vida de su propia comunidad religiosa. Como es obvio, deseo que los creyentes, independientemente de la comunidad religiosa a la que pertenezcan, sigan beneficiándose de esos derechos, con la certeza de que la libertad religiosa es una expresión fundamental de la libertad humana y de que la presencia activa de las religiones en la sociedad es un factor de progreso y de enriquecimiento para todos […] Seguramente el reconocimiento del papel positivo que desempeñan las religiones dentro del cuerpo social puede y debe impulsar a nuestras sociedades a profundizar cada vez más su conocimiento del hombre y a respetar cada vez mejor su dignidad, poniéndolo en el centro de la acción política, económica, cultural y social.[26]

C. Un ejemplo en nuestro país


¡Recemos a Buda, a Alá o a Krishna y se hará la paz en el mundo!

La Conferencia Episcopal Argentina, la Acción Católica Argentina y la Comisión Nacional de Justicia y Paz invitan a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a unirse a la iniciativa “un minuto por la paz”. La misma busca sumar nuestro compromiso y oración por la paz, todavía quebrada o amenazada en distintas regiones del mundo. Convocado en todo el mundo por el Foro Internacional de Acción Católica y la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, la idea es que ese día, a las 13.00 hs, cada uno de nosotros nos detengamos un momento, durante un minuto, rezando cada uno según su propia tradición. Podremos hacerlo solos o en grupo, en nuestros hogares o lugares de trabajo o estudio, o compartiendo una celebración en el templo.[27]

D. La verdadera enseñanza católica.

[…] Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos, reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes e invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, de cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión. […] Tales empresas no pueden ser aprobadas por los católicos de ninguna manera, ya que se basan sobre la teoría errónea según la cual todas las religiones son todas más o menos buenas, en el sentido de que todas, aunque de maneras diferentes, manifiestan y significan el sentimiento natural e innato que nos conduce a Dios y nos lleva a reconocer con respeto su poder. La verdad es que los partidarios de esa teoría se extravían en pleno error, pero además, pervirtiendo la noción de la verdadera religión, la repudian […] La conclusión es clara: solidarizarse con los partidarios y los propagadores de tales doctrinas es alejarse completamente de la religión divinamente revelada[28]. Pío XI, encíclica Mortalium Animos n. 2 y 3, 06/01/1928.

II. Con respecto al evolucionismo panteísta de Teilhard de Chardin.

A. Juan Pablo II.

1. Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. […] Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.[29]

2. La Encarnación de Dios-Hijo significa asumir la unidad con Dios no sólo de la naturaleza humana sino asumir también en ella, en cierto modo, todo lo que es ‘‘carne’’ toda la humanidad, todo el mundo visible y material. La Encarnación, por tanto, tiene también su significado cósmico y su dimensión cósmica. El ‘‘Primogénito de toda la creación’’, al encarnarse en la humanidad individual de Cristo, se une en cierto modo a toda la realidad del hombre, el cual es también ‘‘carne’’, y en ella a toda ‘‘carne’’ y a toda la creación.[30]

B. Benedicto XVI.

1. [Dios] Pudo así crear también en la resurrección una nueva dimensión de la existencia, pudo colocar, como dice Teilhard de Chardin, más allá de la biosfera y de la noosfera, una esfera nueva en la que el hombre y el mundo llegan a la unidad con Dios.[31]

2. La función del sacerdocio es consagrar el mundo para que se transforme en hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo paralelo a la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se transforme en hostia viva, que se convierta en liturgia. Es la gran visión que tuvo también Teilhard de Chardin: al final tendremos una auténtica liturgia cósmica, en la que el cosmos se convierta en hostia viva.[32]

3. La creación con todos sus dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo.[33]

4. Un teólogo alemán dijo una vez con ironía que el milagro de un cadáver reanimado -si es que eso hubiera ocurrido verdaderamente, algo en lo que no creía- sería a fin de cuentas irrelevante para nosotros porque, justamente, no nos concierne. En efecto, el que solamente una vez alguien haya sido reanimado, y nada más, ¿de qué modo debería afectarnos? Pero la resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es -si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución- la mayor mutación, el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia.[34]

C. Raniero Cantalamesa.

Para finalizar, no encuentro nada más adecuado que hacerlo transcribiendo un muy esclarecedor pasaje del sermón dado por el Padre Raniero Cantalamessa -predicador oficial de la Casa Pontificia-, en la basílica de San Pedro, durante el oficio de Vísperas de la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación, instituida por Francisco el 06/08/2015[35]:

¡Cuánto ha tenido que esperar el universo, qué gran carrera tuvo que tomar para llegar a este punto! Miles de millones de años, durante los cuales la materia a través de su opacidad, avanzaba hacia la luz de la conciencia, como la linfa que del subsuelo sube con esfuerzo hacia la cima del árbol para expandirse en hojas, flores y frutos. Esta conciencia se alcanzó finalmente cuando apareció en el universo, lo que Teilhard de Chardin llama “el fenómeno humano”. Pero ahora que el universo ha alcanzado su objetivo, exige que el hombre cumpla su deber, que asuma, por así decirlo, la dirección del coro y entone en nombre de toda la creación: “¡Gloria a Dios en lo alto del cielo!”[36]

Alejandro Sosa Laprida



[1] Artículo publicado acá: https://gloria.tv/post/iQjRW1QPHgGZ4GyYNdMcr4hLW – Recomiendo acerca de esta cuestión la lectura del libro “Apostasía vaticana”, publicado en marzo, en venta en las librerías Vórtice y Club del Libro Cívico, Buenos Aires. Para más información ver en mi blog “Novedad editorial: Apostasía vaticana”: https://gloria.tv/post/7ynAG7ZfxBvK1MBD4MqN3aMxn


[3] “Juan Pablo II profesaba la herejía de la salvación universal”: https://gloria.tv/post/6zthWmGbzH4c1khnBxDXRbRGf

[4] “Benedicto XVI: ¿Doctor de la Iglesia?”: https://gloria.tv/post/QWAHiwPvTe3y1Fy9RnHPNGYb4




[8] Dinámica Social n. 63, Buenos Aires, noviembre de 1955 – http://www.opuslibros.org/Index_libros/Recensiones_1/teilhard_obr.htm

[9] Carta publicada en “Le Concile et Teilhard, l’Éternel et l’Humain”, M. Gorce, Neuchâtel, 1963, pp. 196-198. Recomiendo sobre el tema la lectura de “La cosmovisión de Teilhard de Chardin”, R. P. Julio Meinvielle, 1960: https://gloria.tv/post/VG8ivVrFnYBg2qmyRptVrM7sD

[10] “Francisco, Teilhard de Chardin y el panteísmo”: https://gloria.tv/post/kpjo9SAYhnqn1YM7HScvWZNZE

[11] “Rome et Teilhard de Chardin”, París, 1964, p. 38.

[12] “El Concilio Vaticano II inició la Pasión de la Iglesia”: https://gloria.tv/post/h9BNFYZP1fZX3ch72xV8np9nd

[13] “Ecumenismo y apostasía”: https://gloria.tv/post/RsfJFXSNoWkV666xPZ94u8VTL – “Apostasía en el Vaticano”: https://gloria.tv/post/bGpgetbcHdif6j2WsvcyisVwU – “El Vaticano promueve la apostasía y una religión global”: https://gloria.tv/post/bUsSsFR763PH42N9dkudYoCLQ – “Superar el egoísmo con Buda y Jesús”: https://gloria.tv/post/8BqX4JeSsmMC3PGUX8CQ4obSK – “La apostasía vaticana continúa”: https://gloria.tv/post/jovVg1X7jr8q1QrNENDTXHPUk – “El Vaticano promueve la religión de la masonería”: https://gloria.tv/post/hmTvG6Bj2QTy2GkwbhUqqgPEf – “Bergoglio pide religiosidad auténtica en un congreso interreligioso”: https://gloria.tv/post/eGxWLgdTKqJB63aWU8vHxdsNG – “Ayudemos al Santo Padre”: https://gloria.tv/post/RWaWjDfKZhxC4Bayz7T78chTH – “Crónicas de un falso profeta”: https://gloria.tv/post/7sBzz3NToDs4BBxzRWmxP8BQn





[18] Cardenal Wojtyla, Cuaresma de 1976. – Cardenal Wojtyla, Signo de contradicción, BAC, Madrid, 1978, p. 22 a 24.




[22] Discurso del 28/10/2011 a los representantes de las religiones que se reunieron en Asís el día anterior para participar en el encuentro interreligioso: https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2011/october/documents/hf_ben-xvi_spe_20111028_religious-delegations.html


[24] “El pasado 1 de enero, después de la oración del Angelus, Benedicto XVI anunció su deseo de solemnizar el XXV aniversario del histórico encuentro que tuvo lugar en Asís, el 27 de octubre de 1986, por voluntad del venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Con motivo de dicha conmemoración, el Santo Padre tiene la intención de convocar, el próximo 27 de octubre, una Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, acudiendo como peregrino a la ciudad de san Francisco e invitando nuevamente a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los exponentes de las tradiciones religiosas del mundo e, idealmente, a todos los hombres de buena voluntad.” – https://opusdei.org/es-es/article/asis-2011-peregrinos-de-la-verdad-peregrinos-de-la-paz/https://www.focolare.org/espana/es/news/2015/10/27/el-espiritu-de-asis/





[29] Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 8, 17/04/2003:







[35] Compartiendo con el amado hermano Bartolomé, Patriarca Ecuménico, la preocupación por el futuro de la creación (…) he decidido instituir también en la Iglesia Católica la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que, a partir del año en curso, será celebrada el 1 de septiembre, tal como acontece desde hace tiempo en la Iglesia Ortodoxa. Como cristianos, queremos ofrecer nuestra contribución para superar la crisis ecológica que está viviendo la humanidad. (…) La crisis ecológica nos llama por tanto a una profunda conversión espiritual: los cristianos están llamados a una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. De hecho, vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. https://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2015/documents/papa-francesco_20150806_lettera-giornata-cura-creato.html – Sobre este asunto ver “La eco-encíclica Laudato Si”: https://gloria.tv/share/VY3JfB9otNjE21LJ73LEL7Y1W – “Bergoglio, apóstol ecologista”: https://gloria.tv/post/E8F1K8BoD4Fj6hbffjjQBxSqQ#15 – “Un estilo de vida eco-sostenible”: https://gloria.tv/post/1BvVGjCGukshDthgu71mPvyDe#5


Para más información:

“Diez años con Francisco”

NOVEDAD EDITORIAL

“Apostasía vaticana”

sábado, 24 de junio de 2023

La gravedad de la dimisión de Benedicto XVI: la creación de la figura del “Papa emérito”



Prólogo

En el libro-entrevista a Benedicto XVI ―a cargo del escritor Peter Seewald―, titulado Benedicto XVI. Últimas conversaciones (Milán, Corriere della Sera, RCS 2016), Joseph Ratzinger responde muy sincera y claramente a las preguntas del periodista.

Por eso, leyendo este libro, se puede formar una idea muy clara del motivo por el que Benedicto XVI no sólo dimitió del Solio pontificio en 2013, sino que sobre todo inventó la figura del “Papa emérito”.

Me parece, como evidencia el propio Seewald, que este punto puede considerarse el punto cardinal del pontificado de Benedicto XVI, que pasará él mismo a la Historia por este motivo como el “primer Papa emérito”.

Esto, nos guste o no, es un hecho existente, constatado y por ello innegable. Contra factum nec valet argumentum, incluso si la valoración de este acto, desde el punto de vista de la tradición apostólica de la teología tradicional y de la historia eclesiástica, no puede más que ser negativa.

De hecho, es una realidad que hasta 2013 no existió nunca ningún “Papa emérito”. La figura del Papa fue instituida divinamente por Jesús en persona, como sucesor de Pedro, del cual procede la de Vicario de Cristo en la tierra hasta el fin del mundo. Por ello el Papa es la cabeza y el fundamento de la Iglesia, que es “Cristo continuado en la Historia”.

No me parece, comenzando por cuanto dice y escribe Ratzinger en el libro-entrevista en cuestión, que sea posible excusar a Benedicto XVI de haber querido retocar la naturaleza del papado y las funciones del Papa.

Progresista desde joven

Ante todo, Peter Seewald pone bien a la luz en su introducción cómo el joven Ratzinger, de apenas 35 años, “educado en el pensamiento progresista de los mejores teólogos de su tiempo” (p. 11) fue elogiado por Juan XXIII porque “ninguno, excepto este adolescente de la teología ha sabido expresar mejor las intenciones que han incitado al Papa [Roncalli, ndr] a convocar el Concilio Vaticano II”. Por ello Ratzinger no sólo desde joven ha recogido muy bien el espíritu del Concilio como “apertura con la que la Iglesia entra en la edad moderna”, sino que ha participado en primera fila con “sus impulsos para imprimir al Vaticano II” en esta apertura a la modernidad (notemos, no al hombre contemporáneo). Por eso quería la apertura a la filosofía moderna, que se basa en el primado del sujeto sobre la realidad para conciliarla con la doctrina católica. Pero San Pío X enseñó que la naturaleza del modernismo, “colector de todas las herejías” (Pascendi, 1907) es el maridaje espurio entre el pensamiento subjetivista moderno y la doctrina católica que se ve relativizada y erosionada subjetivamente por la filosofía idealista de Kant y de Hegel.

Ratzinger ha sido siempre una figura incómoda, difícil de encuadrar, dada su propensión buscada y querida a conciliar los extremismos opuestos incluso a costa de escandalizar y provocar, algunas veces también a modernistas de marcha acelerada, como Küng, Rahner, Boff, Metz.

Él es un modernista moderado de marcha lenta, pero muy agudo, que sabe ocultar las conclusiones extremas de algunos de sus actos y pensamientos, expresados pacatamente. En esto es más peligroso que el papa Bergoglio, que expresa abiertamente su súper modernismo radical y que suscita reacciones, algunas veces también exageradas como la de quererlo acusar de herejía formal y manifiesta y de declararlo depuesto ipso facto por Cristo.

Ciertamente Ratzinger encarna mejor la figura del modernista clásico, condenado por San Pío X en los primeros años del Novecento, como el que quiere erosionar y transformar ocultamente la Iglesia desde su interior, sin desvelar su perversa intención. En su lugar, Francisco, dada también la última etapa que está recorriendo el neomodernismo de Juan XXIII hasta hoy, puede permitirse no ocultar ya nada, pues las reacciones antimodernistas ahora ―después de hace unos sesenta años― han desparecido casi del todo. Hemos llegado al acto final de la loca carrera modernista que se propone cambiar la naturaleza del papado y de la Iglesia. Humanamente hablando, parecería que ha vencido la batalla, pero hablando sobrenaturalmente su guerra está perdida porque Cristo ha prometido solemne y divinamente que “las puertas del Infierno no prevalecerán” contra su Iglesia (Mt., 16, 18).

Seewald deja bien claro que Benedicto XVI no es un papa conservador, como algunos quieren imaginar casi para exorcizar el fenómeno Bergoglio, que parece una pesadilla de la que se quiere salir soñando con los ojos abiertos con una situación ligeramente menos angustiosa y opresora como, por ejemplo, el pontificado de Ratzinger.

Sin embargo, hay que hacer cuentas con la realidad y no con los sueños de ojos abiertos.
De hecho, “Benedicto XVI ―después de Juan Pablo II― fue el segundo papa que habló en una mezquita. Además, fue el primero en participar en una función religiosa protestante. Después, nombró a un protestante presidente de la Pontificia Academia de las Ciencias. Finalmente, llevó a un musulmán a enseñar en la Gregoriana” (p. 13).
La relación entre el mundo hebreo y el cristiano

Seewald explica que “el tema de las relaciones entre el mundo hebreo y el cristiano es de los preferidos por Ratzinger. Sin él, afirmó Israel Singer, secretario general del Congreso Hebreo Mundial de 2001 a 2017, no habría sido posible el viraje histórico en las relaciones bimilenarios entre la Iglesia católica y el judaísmo. Relaciones que (como resume Maram Stern, vicepresidente del Congreso Hebreo Mundial), bajo el pontificado de Benedicto XVI, han sido las mejores de todas” (p. 15). Por lo que, en cuanto a la judeización del ambiente eclesial y católico, Ratzinger supera al mismo Wojtyla (como han afirmado Singer y Stern).

La figura del “Papa emérito”: un cambio radical en el ministerio petrino

Peter Seewald cierra la introducción a su libro con estas palabras: “El hecho histórico de su dimisión, ha cambiado radicalmente el ministerio petrino, restituyéndole la dimensión espiritual de los orígenes […]. Visto así, el último papa de una época de decadencia ha construido un puente para la venida del nuevo. Una vez llevado a término su deber, ha devuelto su cargo” (p. 17).

La frase es inquietante, pues sabe a milenarismo joaquinita y ha de sondearse palabra a palabra. En efecto, se habla 1º) de un cambio radical del ministerio petrino; 2º) de un último papa de una era decadente, que hace de puente al nuevo papa de la era nueva; 3º) estos dos pasajes se ven como el deber de Benedicto XVI, que, una vez lo ha desarrollado, ha podido dimitir del cargo, habiendo cumplido su misión. Busquemos entender el significado sin alterarlo, comenzando por las expresiones de Seewald y por las de Benedicto XVI.

Seewald pregunta a Ratzinger: “Vayamos a la decisión que ya de por sí hace aparecer como histórico su pontificado. Con su dimisión […], con este acto revolucionario usted ha cambiado el papado como ningún otro pontífice de la época moderna. La institución se ha vuelto más moderna, en cierto sentido más humana y más cercana a su origen” (p. 31). Resumiendo: no tanto con la dimisión del Sumo Pontificado, que se contempla en el CIC y se ha verificado unas cuatro veces en el curso de la historia de la Iglesia y, por tanto, no puede ser leída como “revolucionaria”, sino en cuanto a la creación del “Papa emérito”, inexistente de iure y de facto en la teología, en el derecho y en la historia eclesiástica, Benedicto XVI ha cumplido un acto histórico, único y verdaderamente revolucionario. “Ha cambiado radicalmente el papado”, pero el papado es una institución divina y ningún papa puede cambiarlo radicalmente. En efecto, aunque el pontífice romano no tiene autoridad humana por encima de él, está sin embargo limitado ―en su proponer y actuar― por el derecho divino, es decir de lo que Jesús instituyó al fundar su Iglesia, y no puede cambiarlo, bajo pena de cometer un grave abuso del poder que Dios le ha dado para conservar y transmitir inalterado el depositum fidei y no para cambiarlo. Pero Seewald afirma que Benedicto XVI “ha cambiado el papado”, en el sentido de haberlo hecho “más moderno, más humano y más cercano a su origen petrino”.

Antes de todo, salta a los ojos la evidente y estridente contradicción entre el “más moderno” y el “más cercano a su origen petrino”, que se remonta a hace 2000 años. Después se deduce que tal gesto ha hecho el papado humano, mientras que es de institución divina. Por eso Seewald afirma cándidamente que Ratzinger ha cambiado el concepto, la naturaleza y la función del papa y, de Vicario de Cristo, lo ha vuelto, de manera abusiva y contradiciendo la divina voluntad y la práctica bimilenaria de la Iglesia universal, en una simple entidad de institución humana. Lo cual es abominable. “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt., 19, 6). Este versículo del Evangelio se aplica directamente al matrimonio, pero se puede aplicar analógicamente al papado, en el que Dios ha unido una persona humana (Pedro y sus sucesores) a una función divina, que es ser el Vicario de Cristo (ascendido al Cielo) en esta tierra hasta el fin del mundo; ser el fundamento sobre el que se apoya la Iglesia de Cristo que es el Cuerpo místico de Cristo (S. Pablo, Col., 1, 18-24; Ef., 1, 23; y Pío XII, encíclica Mystici Corporis Christi 1943). Si la cabeza es divina, también el cuerpo lo es, en cuanto a su causa eficiente (Dios/Cristo) y final (el paraíso) y en cuanto a los medios (sacramentos, magisterio y gobierno de las almas con la finalidad de su salvación eterna) de los que ha sido dotada la Iglesia por Cristo para la salus animarum, suprema Ecclesiae lex. En fin, el hecho de haber vuelto la institución del papado más cercana a su origen petrino deja más que perplejo. En efecto, significaría que durante cientos de años la Iglesia se alejó de la institución del papado como Dios la quiso y la fundó en la persona histórica de Pedro. Pero esto es imposible: si fuese así, las puertas de Infierno habrían prevalecido contra la Iglesia y sólo con Benedicto XVI, “Papa emérito”, habría reencontrado sus verdaderos orígenes y su verdadera naturaleza.

Sin embargo, la afirmación de Seewald nos permite entender cómo la marcha del neomodernismo, que desde el papa Roncalli (1958) inició la ocupación del vértice humano de la Iglesia de Cristo, ha sido conducida o con un movimiento más veloz y abiertamente innovador (Pablo VI, Francisco), o con un movimiento aparentemente más conservador y realmente más lento (Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto XVI). En efecto, Ratzinger, con la institución de facto del “papado emérito”, ha desarrollado el rol sobre el cual ha puesto las bases para dar el último paso antes de Francisco: el “Papa emérito” también de iure.

Benedicto XVI no corrige las aserciones de Seewald, pero al hacer una distinción entre la “función” (desarrollar el oficio y el deber del papa, es decir gobernar la Iglesia con la jurisdicción) y la “misión” (ser y permanecer papa) del Sumo Pontífice, añade una precisión.

Según Benedicto XVI, 1º) la función petrina significa gobernar en acto la Iglesia universal, desarrollando el cargo, el oficio o el deber de papa, teniendo “bajo control la entera situación” de la Iglesia universal (p. 35), tal función puede ser abandonada por medio de la dimisión, si el papa no tiene la capacidad de hacer todo esto.
Sin embargo, he aquí la novedad, 2º) la misión del papa es similar al hecho de ser padre físico, que es (ser/permanecer) siempre padre: aunque si psicológica y moralmente no consigue ya hacer (actuar/funcionar) de padre, queda como y es padre físico para siempre, aunque dejando las “responsabilidades concretas”, es decir las funciones de padre moral (p. 38)
Después Benedicto XVI añade que el “Papa emérito” es una figura similar a la del “obispo emérito”, que no existía antes de 1966. Admite que con tal innovación (la del “obispo emérito”, introducida por Pablo VI en 1966 con la del “Papa emérito”, introducida por él en 2013), el “funcionalismo” (p. 39) ha conquistado la institución papal y hace la comparación con el episcopado emérito, diciendo que “también los obispos se han encontrado frente a un paso similar. Antes [de 1966] tampoco el obispo podía dejar su puesto y muchos de ellos decían: “Yo soy el “padre” y sigo siéndolo siempre”. No se puede dejar de serlo, significaría conferir un perfil funcional y secular al ministerio y transformar el obispo en un funcionario como otro”. Por eso Ratzinger no repudia la pregunta/objeción de Seewald, que justamente había dicho: “Alguno ha levantado la objeción según la cual su dimisión ha secularizado el papado. Ya no sería un ministerio sin igual, sino un cargo como otro” (p. 38).

Benedicto XVI da, por tanto, una breve demostración de la naturaleza de las reformas del episcopado/papado emérito. Así, distingue:

1º) de un lado, el obispo, que tiene una misión sacramental (missio, de mittere = enviar, el obispo es el sucesor de los apóstoles y es enviado por el Padre para continuar su obra evangelizadora); es decir, el poder del orden sagrado, que es eternamente indeleble. Sin embargo,

2º) por otro lado, el obispo no debe y no puede quedarse eternamente en la función (funcionar/actuar, el deber o la función inherente a su cargo) activa de obispo; es decir, si el carácter del orden sagrado (misión) permanece para la eternidad, la jurisdicción que ejercita el obispo gobernando su diócesis (función) puede cesar por enfermedad invalidante (y esto era pacífico antes de 1966) y cesa indefectiblemente con la muerte del obispo.

Ahora, con Pablo VI, la jurisdicción episcopal debe cesar antes de la eventual enfermedad invalidante y de la muerte del obispo y éste debe jubilarse convirtiéndose en “obispo emérito” al llegar a los 75 años de edad, porque a esta edad el obispo no estaría ya en condición de gobernar su diócesis. Análogamente, el papa, “que no es un superhombre” (p. 39) tiene, no un orden sagrado, sino una misión divina (en el ser) como Cristo se la dio a Pedro y, por tanto, tal misión o llamada e investidura por parte de Cristo queda para siempre; sin embargo, el ejercicio (función) de esta misión, o sea el poder de jurisdicción sobre la Iglesia universal, no sólo puede cesar por enfermedad invalidante (como se consideraba ya antes de 2013), sino que después de 2013 el papa no puede quedarse eternamente en la función de gobierno, es decir debe jubilarse (¡atención! No lo dice explícitamente; sin embargo se contiene esta conclusión implícitamente en las premisas de su razonamiento). No obstante, si el papa dimite, mantiene la “responsabilidad que ha aceptado” el día de su elección canónica (misión), pero “en un sentido interior y no de la función” o en el poder de gobernar la Iglesia. En resumen, el “Papa emérito” permanece interiormente enviado (missus) por Dios, pero deja su cargo, función o poder de jurisdicción.

Benedicto XVI es clarísimo al afirmar que tal elección la hizo libremente y no por presiones, chantajes o amenazas recibidas. Más bien, dice que dimitió sólo después de haber aclarado todo lo referente al escándalo Vatileaks. No obstante, “uno no puede dimitir cuando las cosas no están en orden, sino que puede hacerlo sólo cuando todo está tranquilo” (p. 38). Tuvo un debilitamiento de sus fuerzas en el verano de 2012 y previó que no habría podido gobernar la Iglesia con eficiencia y por ello eligió dimitir.
Si se hubiese limitado a dimitir no habría habido nada que objetar, pero ha creado la nueva institución, que tiene riesgo de volverse estable, del “Papa emérito”, que desquicia cada vez más el concepto de monarquía pontificia y de episcopado subordinado al pontífice romano y acentúa el de la colegialidad episcopal, que fue el caballo de batalla del joven teólogo de 38 años Joseph Ratzinger durante el Concilio Vaticano II
Luego, Ratzinger pone por las nubes a Francisco, no como Papa, sino en cuanto a su estilo, a su cordialidad, a su hablar al corazón de la gente, a su decisionismo, a su saber hablar con Dios y con los hombres (p. 42-43), y hasta afirma que “es una nueva frescura en el seno de la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma” (p. 47).

Y dulcis in fundo declara: “Me pregunto: ¿cuánto podrá avanzarse?” (p. 45), dejando entender que la figura del “Papa emérito”, hoy de facto, es una institución estable, aunque aún no lo sea de iure. Sin embargo, el deber de hacerla no sólo de hecho sino de derecho Benedicto se lo deja a Francisco…

Este grave error eclesiológico de Benedicto XVI, que ya de joven teólogo había aplaudido la invención del obispo emérito, ha causado también una serie de cuestiones, de escasa entidad teológica pero de notable confusión de los espíritus ya tan desconcertados, sobre el tema del munus y del ministerium.

No obstante, alguno ha dicho que Benedicto, renunciando ―el 28 de febrero de 2013― al officium, es decir a ser el papa que gobierna la Iglesia con jurisdicción, pero no al munus, es decir a ser papa, sería el verdadero Papa también después de su dimisión (hasta su muerte ocurrida el 31 de diciembre de 2022) y Bergoglio sería un Antipapa desde el 13 de marzo de 2013.

Otros, en 2015/16, propusieron hacer declarar hereje a Francisco por el episcopado o el cardenalato y elegir otro papa en su lugar.

En fin, algún otro ha convocado un “cónclave” en Roma para elegir un nuevo “Papa” tras la muerte de Benedicto, reeligiendo a Bergoglio.

Ahora, lo que el mismo Ratzinger dijo en 2016 a Peter Seewald nos permite entender que el verdadero “caso Ratzinger” no es esto, sino que es de una gravedad mucho más grande y no por parte de Francisco, sino más bien por parte de Benedicto.

Petrus

Traducido por Natalia Martín