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martes, 12 de mayo de 2026

Mons. Schneider acusa al Vaticano de cruzar una “línea roja” doctrinal con el informe sinodal sobre homosexualidad

 INFOVATICANA



El obispo Athanasius Schneider ha lanzado una durísima crítica contra el informe final del Grupo de Estudio nº9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, acusando al Vaticano de promover una reinterpretación de la doctrina católica sobre la homosexualidad y de abrir la puerta a un “relativismo moral total”.

En una extensa entrevista concedida a la periodista Diane Montagna, el obispo auxiliar de Astaná denunció que el documento publicado el pasado 5 de mayo por la Secretaría General del Sínodo representa un ataque directo contra la Revelación divina y contra la enseñanza constante de la Iglesia sobre la moral sexual.
“El informe final ha cruzado inequívocamente la línea entre la ortodoxia y la herejía”, afirmó Schneider.
El informe sinodal que ha reavivado la polémica

El documento cuestionado fue elaborado por el Grupo de Estudio nº9, uno de los equipos creados durante el pontificado de Francisco para analizar cuestiones doctrinales, pastorales y éticas surgidas durante el Sínodo sobre la Sinodalidad.

Entre sus integrantes figuraban el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima; el arzobispo Filippo Iannone; y el teólogo moralista Maurizio Chiodi, profesor del Instituto Pontificio Juan Pablo II y conocido por haber defendido públicamente que determinados actos homosexuales podrían considerarse moralmente positivos en ciertas circunstancias.

El texto fue recibido con entusiasmo por sectores eclesiales favorables a una revisión de la pastoral homosexual. Uno de los apoyos más visibles llegó del jesuita James Martin, quien lo calificó inmediatamente como “un gran paso adelante”.

La controversia se intensificó cuando salió a la luz que uno de los testimonios incluidos en el informe pertenecía al hombre que apareció en la portada del New York Times junto a su pareja del mismo sexo recibiendo una bendición de James Martin apenas un día después de la publicación de Fiducia Supplicans.

“Una rebelión contra el orden de la creación”

El obispo kazajo sostuvo que el informe no se limita a proponer cambios pastorales o un lenguaje más inclusivo, sino que intenta introducir una transformación doctrinal de fondo respecto a la moral sexual católica.

En sus declaraciones, acusó directamente a la Secretaría del Sínodo de alinearse con la agenda ideológica LGBT promovida internacionalmente desde ámbitos políticos, culturales y mediáticos.

“El Secretariado del Sínodo está colaborando con grupos de presión en una verdadera rebelión contra la obra de creación de Dios, contra el bello y sabio orden de los dos sexos, hombre y mujer”, afirmó.

Según Schneider, el aspecto más grave del documento es que pone indirectamente en cuestión el valor permanente de los textos bíblicos sobre la homosexualidad mediante lo que definió como una “exégesis de la duda”.

El obispo señaló especialmente un pasaje del informe donde se afirma que es necesario “ir más allá de una mera repetición” de la actual presentación doctrinal y tener en cuenta nuevas interpretaciones exegéticas.

A juicio de Schneider, este planteamiento implica atribuir al hombre la capacidad de redefinir el bien y el mal al margen de la Revelación divina.

“Ese método ocupa el lugar de Dios y presume proclamar lo que es bueno y lo que es malo. Eso es precisamente lo que hizo la serpiente en el Jardín del Edén”, advirtió.

Críticas a Fiducia Supplicans y al proceso iniciado durante el pontificado de Francisco

Schneider vinculó el nuevo informe con el proceso abierto durante el pontificado de Francisco en torno a las bendiciones a parejas homosexuales y otras cuestiones relacionadas con la moral sexual.

En particular, cargó duramente contra Fiducia Supplicans, el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que autorizó bendiciones no litúrgicas para parejas en situaciones irregulares, incluidas parejas del mismo sexo.

El obispo auxiliar de Astaná sostuvo que aquel texto ya representaba un intento de normalizar progresivamente las relaciones homosexuales dentro de la vida eclesial.

“Fiducia Supplicans es una burla al sentido común”, afirmó, argumentando que el documento pretende distinguir artificialmente entre bendecir a una pareja y bendecir la relación misma que constituye a esa pareja.

En su opinión, el nuevo informe sinodal supone un paso todavía más profundo, ya no solo en el plano pastoral, sino en el doctrinal.

Schneider considera que existe una estrategia gradual destinada a acostumbrar a los fieles a considerar moralmente aceptables las relaciones homosexuales, o al menos tolerables en determinados casos.

“De esta manera se abre la puerta al relativismo moral total”, alertó.

Una advertencia directa al Papa León XIV

Schneider dirigió además un llamamiento explícito al Papa León XIV para que intervenga y frene lo que considera una deriva doctrinal dentro de estructuras oficiales del Vaticano.

“El primer deber de León XIV es proteger a la Iglesia y a las almas de esta descarada doctrina gnóstica”, aseguró.

El obispo comparó la situación actual con antiguas crisis doctrinales sufridas por la Iglesia y advirtió de que el silencio de muchos cardenales y obispos está permitiendo la expansión de errores graves sobre la moral católica.

Según Schneider, si la jerarquía no actúa con claridad y firmeza, las futuras generaciones podrían contemplar esta época como un momento de profunda confusión doctrinal dentro de la Iglesia.

“Es posible que las generaciones futuras miren nuestra época y digan: ‘El mundo entero suspiró y se sorprendió de cómo había abolido el Sexto Mandamiento de Dios’”, afirmó.

La crisis doctrinal y la cuestión de la Fraternidad San Pío X

Schneider relacionó también este nuevo episodio con la crisis de confianza existente entre numerosos fieles tradicionales y las estructuras vaticanas.

En este contexto, consideró que documentos como el informe del Grupo nº9 refuerzan la percepción de “estado de emergencia” doctrinal denunciada desde hace años por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

El obispo sostuvo que resulta imposible ignorar la gravedad de la situación actual y advirtió de que la falta de una condena clara por parte de la Santa Sede podría provocar una pérdida aún mayor de confianza entre sacerdotes y fieles.

“Si la Santa Sede no condena inequívocamente este informe, muchos católicos auténticamente fieles perderán la confianza en quienes ocupan cargos en el Vaticano”, afirmó.

Una de las voces más críticas del actual proceso sinodal

En los últimos años ha denunciado repetidamente iniciativas relacionadas con las bendiciones a parejas homosexuales, el Camino Sinodal alemán y diversas propuestas de reforma moral y disciplinaria promovidas desde ámbitos progresistas de la Iglesia europea.

Su intervención sobre el informe del Grupo de Estudio nº9 supone hasta ahora una de las críticas más severas formuladas públicamente por un obispo contra uno de los documentos emanados del entorno sinodal vaticano.

sábado, 25 de abril de 2026

Monseñor Schneider: «Sólo una intervención divina puede solucionar la crisis actual de la Iglesia»



El obispo auxiliar habla sin rodeos de las consagraciones de la FSSPX previstas para el próximo verano

(PerMariam) – Con relación al estado de necesidad de la Iglesia invocado por la FSSPX, un destacado prelado diocesano expresa su opinión de que sólo una intervención de Dios puede poner remedio a la generalizada crisis interna de la Iglesia.

La crisis de la Iglesia es un tema ampliamente debatido en el que impera gran diversidad de opiniones en cuanto al alcance de su gravedad. Para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, se trata de algo más que un debate intelectual; es una cuestión de identidad, pues la Fraternidad alega el estado de necesidad como motivo para consagrar nuevos obispos el verano que viene.

Hace algunas semanas, el superior general de la FSSPX Davide Pagliarini aseguró que la crisis ha llegado a ser más grave que nunca después del pontificado de Francisco. Peor aún por tanto que cuando las consagraciones episcopales de 1988.
«Francisco tomó unas decisiones catastróficas. Verdaderamente catastróficas –señaló Pagliarini–. La moral conyugal tradicional está en ruinas (…) Y todo, claro, en nombre del entendimiento, de la escucha, de la capacidad de adaptación. Así se ha llegado a justificarlo todo».
En días recientes vimos cómo monseñor Athanasius Schneider corroboraba la afirmación de Pagliarini sobre el estado de la Iglesia. 
«A diario presenciamos una situación increíble, verdaderamente apocalíptica», declaró Schneider en una entrevista concedida al portal alemán Certamen.
Entre otros, Schneider enumeró los siguientes ejemplos: «Propagación descarada de herejías, legitimización de la homosexualidad –o sea, sodomía–, sincretismo religioso con ritos paganos, indiferentismo (todas las religiones son iguales), socavamiento de la doctrina apostólica sobre los sacramentos y el celibato, sacrilegios y apostasía.

Estas cuestiones y problemas teológicos «se fomentan impunemente, e incluso los llevan a cabo obispos y cardenales en diversas partes del mundo», afirma el prelado.

Los comentarios de Schneider no son infundados. Numerosos comentaristas y teólogos han puesto de manifiesto el estado de la Iglesia en Alemania como ejemplo claro de heterodoxia que la Santa Sede tolera como si nada (el Camino Sinodal alemán aprobó por votación las relaciones entre personas del mismo sexo, el clero femenino y el gobierno de la Iglesia por laicos).

En el propio Vaticano, muchas crisis morales entre personajes de la Curia durante los últimos años, hasta hoy día mismo, son secretos a voces entre el clero y los periodistas de Roma. Un ejemplo muy conocido son los sumamente controvertidos libros eróticos del cardenal Víctor Manuel Fernández, que han sido ampliamente ventilados en la prensa, a pesar de lo cual el purpurado argentino ha sido elevado a la dirección del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Hay destacados cardenales que se saltan a la torera la doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos haciendo públicamente campaña a favor del clero femenino, mientras otros piden cambios en la doctrina católica sobre moral sexual. Como vemos, en la misma Roma hay pruebas de sobra de la crisis interna de la Iglesia. Una crisis de tal magnitud que muchos se preguntan si podrá superarse.

Según Schneider, no se ve que haya una solución posible por medios humanos. 
«En una situación como la que vivimos, sólo puede dar resultado una intervención divina. Por ejemplo, una persecución masiva de la Iglesia y el propio Pontífice por parte de las élites mundiales políticas anticristianas».
Invocando tal vez el caso de los primeros cristianos, que alcanzaron una gran expansión con las persecuciones, Schneider expresó que una persecución actual podría ser el punto de partida para «una misericordiosa y profunda conversión del Sumo Pontífice a la Tradición y el denuedo apostólico, fruto de las oraciones y sacrificios de innumerables fieles, «la gente sencilla de la Iglesia sobre todo».

A pesar de pintar un panorama tan negro, Schneider rechazó las afirmaciones de que la Iglesia se ha equivocado:
«Hay algo de lo que no existe duda: la Iglesia está en manos de Dios Todopoderoso, y Cristo está al timón de la Barca de San Pedro, aunque en este momento duerma mientras la nave es azotada por violentas tempestades y el crujido de tablas podridas parezca augurar un inminente naufragio, como expresó en cierta ocasión el papa San Gregorio Magno. Creemos firmemente que también en este caso Cristo se pondrá en pie y mandará calmarse a la tormenta, y nuestra Santa Madre Iglesia de Roma volverá a ser faro y cátedra de la verdad».
El obispo auxiliar de Astaná es conocido por su viva defensa de la doctrina católica, y en el caso de la Fraternidad San Pío X es mucho más que un observador interesado: por petición directa de la Santa Sede fue visitador apostólico en 2015. Debido a ello conoce muy a fondo y de primera mano la relación entre la FSSPX y el Vaticano.

Al igual que la FSSPX, rechaza la postura sedevacantista, y explica que sus francos comentarios acerca de temas eclesiásticos tienen por objeto el bien de la Iglesia y del Papa. El pasado mes de diciembre Scheneider se reunió con León XIV para plantearle una serie de cuestiones, y más recientemente ha publicado una petición pública rogándole que apruebe las consagraciones que la FSSPX tiene previstas.

Si bien Schneider no ha manifestado de forma pública y directa apoyo a los planes de la Fraternidad de llevar a cabo las consagraciones, ha implorado al Romano Pontífice que las apruebe, a la vez que ha aportado lo que conoce sobre la Fraternidad al debate más amplio sobre lo que está sucediendo en la Iglesia.

Lamenta que el tema de la FSSPX sea causa de división entre numerosos católicos, entre quienes se cuentan muchos que lógicamente estarían de parte de ella en asuntos teológicos y litúrgicos. En la entrevista concedida a Certamen, Schneider manifestó que en gran medida la oposición de otros católicos obedecía a un concepto erróneo de la infalibilidad pontificia y a un positivismo jurídico cada vez más difundido.

Dado que la FSSPX ha rechazado las condiciones fijadas por la Santa Sede para el diálogo –entre las que que se contaba la cancelación de las consagraciones– el Vaticano no ha vuelto a decir nada sobre el asunto. Faltan menos de tres meses para la fecha prevista (1 de julio).

Michael Haynes

sábado, 18 de abril de 2026

Cristo Rey y el Nuevo Orden Mundial (Monseñor Athanasius Schneider)



Conferencia de Monseñor Schneider pronunciada en Madrid el 14 de marzo en el congreso:

 «Cristo Rey: España será cristiana o no será»

TIEMPO 44:22 MINUTOS



Sobre Mons. Athanasius Schneider

Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). 

En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. 

Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio).

Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. 

A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. 

El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. 

En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. 

Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

viernes, 27 de febrero de 2026

El arzobispo Schneider revela detalles de su audiencia con León XIV



El sitio web InfoVaticana proporciona detalles de la audiencia privada entre Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astaná, y el Papa León XIV, que tuvo lugar el 18 de diciembre de 2026. En una entrevista con Robert Moynihan, transmitida por Urbi et Orbi Communications, Mons. Schneider compartió algunas de las conversaciones que tuvo con el Santo Padre.

Durante la entrevista, profundizó en el diagnóstico que presentó al Papa sobre la situación de la Iglesia, reiterando algunos puntos que ya había subrayado en enero, cuando mencionó la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

El obispo auxiliar explicó que el intercambio fue "abierto y cordial" y destacó, entre los temas tratados, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del Rito Romano ha tenido en muchos fieles, especialmente en los jóvenes.

Las cinco plagas que debilitan a la Iglesia

A continuación, el arzobispo Schneider presentó al Papa una lista de lo que él llamó las cinco principales plagas que afectan a la Iglesia hoy y que, en su opinión, requieren atención urgente:


1 - Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de fe y que podría abordarse con una profesión de fe solemne y vinculante.


2 - La anarquía litúrgica y el enfrentamiento en torno a la Misa en el Rito Romano, que ha generado divisiones al interior de la comunidad eclesial.


3 - Nombramientos episcopales cuestionables, con algunos obispos y cardenales que, dice, actúan con fines seculares en lugar de seguir la enseñanza tradicional de la Iglesia.


4 - La escasa formación sacerdotal, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que, dice, ha debilitado la preparación de las futuras generaciones de sacerdotes.


5 - Dificultades que afectan a la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas que han surgido con respecto a la aplicación de la instrucción Cor orans a la vida de las monjas contemplativas.

La influencia de la misa tradicional en los jóvenes

Uno de los momentos más interesantes de la audiencia, según Monseñor Schneider, fue el relato del Papa sobre algunos jóvenes que habían experimentado su conversión a Dios a través de la Misa tradicional. El Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando su sorpresa por el poder espiritual que esta forma litúrgica ejerce sobre las generaciones más jóvenes.

La Sociedad de San Pío X

Durante la conversación, el arzobispo Schneider también abordó la situación de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), enfatizando el derecho a advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II, un concilio pastoral, se han utilizado como un nuevo paradigma eclesial que, en su opinión, debe corregirse. Asimismo, afirmó que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, en particular en temas como la libertad religiosa y la colegialidad, enfatizando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del Magisterio.

El obispo auxiliar declaró que sería una tragedia que la FSSPX permaneciera completamente separada de la Iglesia y que, si se perdiera este "brazo", la Iglesia quedaría dañada y desfigurada. Por lo tanto, instó a León XIV a actuar con magnanimidad, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convirtiera en un obstáculo.

El obispo Schneider fue muy claro al referirse a la postura del cardenal Víctor Manuel Fernández, quien exige que se resuelva el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este enfoque de irrealista, excesivamente duro y carente de atención pastoral, ya que bloquea cualquier progreso práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

En su opinión, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa, sino que pueden avanzar gradualmente, fomentando primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

Obispo Athanasius Schneider, La nueva evangelización y la santa liturgia: Las cinco llagas del cuerpo místico y litúrgico


Intervención de Monseñor Athanasius Schneider,
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María de Astaná,
Secretario de la Conferencia de Obispos Católicos de Kazajstán


Para hablar correctamente de la nueva evangelización, es esencial fijar primero nuestra mirada en Aquel que es el verdadero evangelizador, Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador, el Verbo de Dios hecho hombre. El Hijo de Dios vino a esta tierra para expiar y redimir el mayor pecado, el pecado por excelencia. Y este pecado por excelencia de la humanidad consiste en negarse a adorar a Dios, en negarse a darle el primer lugar, el lugar de honor. Este pecado de la humanidad consiste en no prestar atención a Dios, en no tener sentido de las cosas, en no querer ver a Dios, en no querer arrodillarnos ante Dios.

Ante tal actitud, la encarnación de Dios resulta embarazosa, e igualmente embarazosa es la presencia real de Dios en el misterio eucarístico, y embarazosa es la centralidad de la presencia eucarística de Dios en las iglesias. El hombre pecador, en efecto, quiere situarse en el centro, tanto dentro de la Iglesia como fuera de la celebración eucarística; quiere ser visto, quiere hacerse notar.

Por eso, Jesús Eucaristía, Dios encarnado, presente en los tabernáculos en la forma eucarística, suele colocarse a un lado. Incluso la representación del Crucifijo en la cruz en el centro del altar durante la celebración, de cara al pueblo, resulta embarazosa, ya que el rostro del sacerdote quedaría oculto. Por lo tanto, la imagen del Crucifijo en el centro, así como la de Jesús Eucaristía en el tabernáculo, también en el centro del altar, resultan embarazosas. En consecuencia, la cruz y el tabernáculo se colocan a un lado. Durante la celebración, los asistentes deben poder observar constantemente el rostro del sacerdote, quien disfruta situándose literalmente en el centro de la casa de Dios. Y si por error, Jesús Eucaristía es al menos dejado en su sagrario en el centro del altar, porque el Ministerio de Bienes Culturales, incluso bajo un régimen ateo, ha prohibido su movimiento por razones de conservación del patrimonio artístico, el sacerdote a menudo, sin escrúpulos, le da la espalda durante toda la celebración litúrgica.

Cuántas veces los buenos y fieles adoradores de Cristo, en su sencillez y humildad, han exclamado: "¡ Bienaventurados seáis, monumentos históricos! Al menos nos habéis dejado a Jesús en el centro de nuestra Iglesia ".

Solo desde la adoración y glorificación de Dios puede la Iglesia proclamar adecuadamente la palabra de verdad, es decir, evangelizar. Antes de que el mundo escuchara a Jesús, el Verbo eterno hecho carne, predicar y proclamar el reino, Jesús permaneció en silencio y adorado durante treinta años. Esta permanece para siempre como ley para la vida y la acción de la Iglesia y de todos los evangelizadores. 

«Es por la forma en que cultivamos la liturgia que se decide el destino de la fe y de la Iglesia », dijo el cardenal Ratzinger, nuestro actual Santo Padre y papa Benedicto XVI. El Concilio Vaticano II buscó recordar a la Iglesia la realidad y la acción que deben ser prioritarias en su vida. Precisamente por eso el primer documento conciliar está dedicado a la liturgia. En él, el Concilio nos da los siguientes principios: en la Iglesia, y por ende en la liturgia, lo humano debe estar orientado a lo divino y subordinado a él, y también lo visible en relación con lo invisible, la acción en relación con la contemplación, y el presente en relación con la ciudad futura, a la que aspiramos (cf. Sacrosanctum Concilium , 2). Nuestra liturgia terrena participa, según la enseñanza del Vaticano II, en un anticipo de la liturgia celestial de la Ciudad Santa, Jerusalén (cf. idem, 2).

Por eso, todo en la liturgia de la Santa Misa debe servir para expresar más claramente la realidad del sacrificio de Cristo, es decir, las oraciones de adoración, acción de gracias y expiación que el eterno Sumo Sacerdote presentó a su Padre.

El rito y todos los detalles del Santo Sacrificio de la Misa deben centrarse en la glorificación y adoración a Dios, insistiendo en la centralidad de la presencia de Cristo, tanto en el signo y la representación del Crucifijo como en su presencia eucarística en el sagrario, y especialmente en el momento de la consagración y la Sagrada Comunión. Cuanto más se respete esto, menos se coloque a la persona humana en el centro de la celebración, menos se asemejará la celebración a un círculo cerrado, sino que también estará abierta externamente a Cristo, como una procesión que avanza hacia Él con el sacerdote a la cabeza. Cuanto más fielmente refleje dicha celebración litúrgica el sacrificio de adoración de Cristo en la cruz, más ricos serán los frutos de la glorificación de Dios que los participantes recibirán en sus almas, y más los honrará el Señor.

Cuanto más busquen el sacerdote y los fieles la gloria de Dios y no la de los hombres durante las celebraciones eucarísticas, y cuanto más eviten recibir gloria unos de otros, más los honrará Dios al permitir que sus almas participen con mayor intensidad y fructificación en la gloria y el honor de su vida divina. Actualmente, y en diversos lugares de la tierra, se celebran muchas de las Santas Misas, de las cuales se podría decir, en contraposición a las palabras del Salmo 113:9: « A nosotros, Señor, y a nuestro nombre da gloria ». Además, en relación con estas celebraciones, se aplican las palabras de Jesús: «¿ Cómo podéis creer, si recibís vuestra gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios? » (Juan 5:44).

El Concilio Vaticano II emitió los siguientes principios sobre la reforma litúrgica:

  1. Durante la celebración litúrgica, lo humano, lo temporal, la actividad, debe estar orientada hacia lo divino, lo eterno, la contemplación y tener un papel subordinado en relación a esto último (cf. Sacrosanctum Concilium , 2).
  2. Durante la celebración litúrgica se debe fomentar la conciencia de que la liturgia terrena participa de la liturgia celestial (cf. Sacrosanctum Concilium , 8).
  3. No debe haber innovación, y por tanto nueva creación de ritos litúrgicos, especialmente en el rito de la Misa, a no ser que sea para un verdadero y cierto beneficio de la Iglesia y con la condición de que se proceda con prudencia para que las nuevas formas sustituyan orgánicamente a las existentes (cf. Sacrosanctum Concilium , 23).
  4. Los ritos de la Misa deben ser tales que lo sagrado se exprese más explícitamente (cf. Sacrosanctum Concilium , 21).
  5. El latín debe conservarse en la liturgia y especialmente en la Santa Misa (cf. Sacrosanctum Concilium , 36 y 54).
  6. El canto gregoriano ocupa el primer lugar en la liturgia (cf. Sacrosanctum Concilium , 116).Los Padres Conciliares consideraron sus propuestas de reforma como una continuación de la reforma de San Pío X (cf. Sacrosanctum Concilium , 112 y 117) y del Siervo de Dios, Pío XII. De hecho, en la constitución litúrgica, la más citada es la encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII.
El Papa Pío XII legó a la Iglesia, entre otros, un importante principio doctrinal sobre la Sagrada Liturgia: la condena de lo que él llama arqueología litúrgica, cuyas propuestas coincidieron en gran medida con las del Sínodo jansenista y protestantizante de Pistoia de 1976 (cf. « Mediator Dei », n.º 63-64) y que, de hecho, evocan las ideas teológicas de Martín Lutero.

El Concilio de Trento condenó, pues, las ideas litúrgicas protestantes, especialmente el énfasis exagerado en el banquete en la celebración eucarística en detrimento de su carácter sacrificial, y la supresión de los signos inequívocos de sacralidad como expresión del misterio de la liturgia (cf. Concilio de Trento, sesión XXII ).

Las declaraciones litúrgicas doctrinales del Magisterio, como en el caso del Concilio de Trento y la encíclica Mediator Dei , que se reflejan en una práctica litúrgica que ha sido constante y universal durante siglos, de hecho durante más de un milenio, estas declaraciones forman parte, por tanto, de ese elemento de la santa tradición que no puede abandonarse sin incurrir en un gran daño espiritual. El Vaticano II retomó estas declaraciones doctrinales sobre la liturgia, como puede verse leyendo los principios generales del culto divino en la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium .

Como error concreto en el pensamiento y la acción de la arqueología litúrgica, el Papa Pío XII cita la propuesta de dar al altar la forma de una mesa (cf. Mediator Dei n. 62). Si el Papa Pío XII ya rechazó el altar en forma de mesa, ¡imagínense cómo habría rechazado, a fortiori, la propuesta de una celebración alrededor de una mesa «versus populum »!

Si el Sacrosanctum Concilium, en el n. 2, enseña que, en la liturgia, la contemplación debe tener prioridad y que toda la celebración de la Misa debe estar orientada hacia los misterios celestiales (cf. idem n. 2 y n. 8), encontramos allí un fiel eco de la siguiente declaración de Trento:Y como la naturaleza humana es tal que no se deja llevar fácilmente a la meditación de las cosas divinas sin pequeños recursos externos, por esta razón la Iglesia, la piadosa madre, ha establecido ciertos ritos, a saber, que algunos pasajes de la Misa se pronuncien en voz baja, otros en voz más alta. Asimismo, ha establecido ceremonias, como las bendiciones místicas; utiliza luces, incienso, vestimentas y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólicas, mediante los cuales se resalta la majestad de tan gran sacrificio, y las mentes de los fieles son atraídas por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las cosas más sublimes que se esconden en este sacrificio.» ( sesión XXII , cap. 5).

Las enseñanzas citadas del Magisterio de la Iglesia, y especialmente las del Mediator Dei, han sido reconocidas sin lugar a dudas también por los Padres Conciliares como plenamente válidas; en consecuencia, deben seguir siendo plenamente válidas incluso hoy para todos los hijos de la Iglesia.

En la carta dirigida a los obispos de la Iglesia Católica, unida al Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, el Papa hace esta importante declaración: 
«En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que era sagrado para las generaciones anteriores también sigue siendo sagrado y grande para nosotros, y no puede ser repentinamente prohibido por completo ni siquiera considerado perjudicial».
Con esto, el Papa expresa el principio fundamental de la liturgia enseñado por el Concilio de Trento y el Papa Pío XII.

Si se observa objetivamente y sin ideas preconcebidas la práctica litúrgica de la gran mayoría de las iglesias del mundo católico en las que se utiliza la Forma Ordinaria del Rito Romano, nadie puede negar honestamente que los seis principios litúrgicos mencionados por el Concilio Vaticano II se respetan poco o nada. 

Hay varios aspectos concretos de la práctica litúrgica dominante actual, en el Rito Ordinario, que representan una auténtica ruptura con una práctica religiosa que ha sido constante durante más de un milenio. Estos son los cinco usos litúrgicos siguientes, que pueden considerarse las cinco llagas del cuerpo litúrgico místico de Cristo. 

Son llagas porque representan una ruptura violenta con el pasado, porque restan importancia abiertamente al carácter sacrificial, central y esencial de la Misa, y enfatizan el banquete; todo esto disminuye los signos externos de la adoración divina, porque disminuye el carácter celestial y eterno del misterio.

De estas cinco plagas, estas son las que, con una excepción (las nuevas oraciones del ofertorio), no están incluidas en la forma ordinaria del rito de la Misa, sino que han sido deplorablemente introducidas por la práctica.

La primera plaga, la más obvia, es la celebración del sacrificio de la Misa, en la que el sacerdote celebra de cara a los fieles , especialmente durante la Plegaria Eucarística y la Consagración, el momento más alto y sagrado de adoración debida a Dios. Esta forma externa corresponde por su propia naturaleza más a la forma en que uno se comporta al compartir una comida. Uno se encuentra en un círculo cerrado. Y esta forma no está en absoluto en consonancia con el momento de la oración, y mucho menos con el de la adoración. 

Ahora bien, el Concilio Vaticano II no abogó en absoluto por esta forma, y ​​nunca ha sido recomendada por el magisterio de los papas posconciliares. El Papa Benedicto XVI, en el prefacio del primer volumen de su Opera Omnia, escribe: « La idea de que el sacerdote y el pueblo deben mirarse mutuamente en la oración surgió solo en el cristianismo moderno y es completamente ajena al cristianismo antiguo. El sacerdote y el pueblo ciertamente no se rezan el uno al otro, sino al único Señor. Por lo tanto, en la oración, miran en la misma dirección: ya sea hacia Oriente como símbolo cósmico del Señor que viene, o, cuando esto no es posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como lo hizo el Señor en su oración sacerdotal la víspera de su Pasión (Jn 17,1). Afortunadamente, la propuesta que hice al final del capítulo en cuestión en mi obra está ganando cada vez más aceptación: no proceder con nuevas transformaciones, sino simplemente colocar la cruz en el centro del altar, hacia la cual el sacerdote y los fieles puedan mirar juntos, dejándose así guiar hacia el Señor, a quien todos rezamos juntos » .

La forma de celebración en la que todos miran en la misma dirección ( conversi ad orientem, ad Crucem, ad El Dominum también se evoca en las rúbricas del nuevo rito de la Misa (cf. Ordo Missae , n. 25, n. 133 y n. 134). La celebración denominada « versus populum » ciertamente no corresponde a la idea de la Sagrada Liturgia, tal como se menciona en las declaraciones del Sacrosanctum Concilium n. 2 y n. 8.

La segunda plaga es la comunión en la mano, extendida por todo el mundo. Este método de recibir la comunión no solo nunca fue mencionado por los Padres del Concilio Vaticano II, sino que fue introducido abiertamente por un cierto número de obispos, en desobediencia a la Santa Sede y en desacato al voto negativo de la mayoría del cuerpo episcopal en 1968. Solo más tarde, el Papa Pablo VI lo legitimó a regañadientes, bajo condiciones específicas.

El Papa Benedicto XVI, después de la festividad del Corpus Christi de 2008, ya no distribuye la comunión excepto a los fieles arrodillados y en la boca, y esto no sólo en Roma, sino también en todas las iglesias locales que visita. Con esto, dio a toda la Iglesia un claro ejemplo de enseñanza práctica en materia litúrgica. Si la mayoría cualificada del cuerpo episcopal, tres años después del concilio, rechazó la comunión en la mano por ser perjudicial, ¡cuántos Padres Conciliares más habrían hecho lo mismo!

La tercera plaga son las nuevas oraciones del ofertorio. Son una creación completamente nueva y nunca se han usado en la Iglesia. Expresan menos la evocación del misterio del sacrificio de la cruz que la de un banquete, recordando las oraciones del sabbat judío. En la tradición milenaria de la Iglesia de Occidente y Oriente, las oraciones del ofertorio siempre han estado expresamente vinculadas al sacrificio de la cruz (cf. p. ej., Paul Tirot, Historia de las oraciones del ofertorio en la liturgia romana del siglo VII al XVI , Roma, 1985). Una creación tan absolutamente nueva contradice sin duda la clara formulación del Vaticano II que exige: « No se deben hacer innovaciones... novae formae ex formis iam exstantibus organice crescant » ( Sacrosanctum Concilium , 23).

La cuarta plaga es la desaparición total del latín de la gran mayoría de las celebraciones eucarísticas de la forma ordinaria en todos los países católicos. Esto constituye una violación directa de las decisiones del Vaticano II.

La quinta plaga es la práctica de servicios litúrgicos por parte de lectoras y acólitas, así como la práctica de estos mismos servicios con vestimenta civil, entrando al coro durante la Santa Misa justo fuera del espacio reservado para los fieles . Esta costumbre nunca ha existido en la Iglesia, o al menos nunca ha sido bien recibida. Confiere a la Misa católica una apariencia informal, el carácter y estilo de una asamblea bastante profana. El Segundo Concilio de Nicea prohibió tales prácticas ya en el año 787, redactando este canon: « Si alguien no está ordenado, no se le permite leer desde el ambón durante la sagrada liturgia».(can. 14). Esta norma se ha respetado sistemáticamente en la Iglesia. Sólo los subdiáconos o lectores tenían derecho a leer durante la liturgia de la Misa. En lugar de los lectores y acólitos ausentes, pueden hacerlo hombres o niños con vestimentas litúrgicas, y no las mujeres, siendo un hecho que el sexo masculino, en el plano sacramental de la ordenación no sacramental de lectores y acólitos, representa simbólicamente el primer vínculo con las órdenes menores.

En los textos del Vaticano II no se menciona la supresión de las órdenes menores ni del subdiaconado, ni la introducción de nuevos ministerios. En el Sacrosanctum Concilium n.° 28, el concilio distingue entre « ministro » y « fidelis » durante la celebración litúrgica, y establece que ambos tienen derecho a hacer lo que les corresponde en razón de la naturaleza de la liturgia. El n.° 29 menciona a los « ministrantes », es decir, aquellos que sirven en el altar y no han recibido ningún Ordenación. En contraste con estos, según los términos jurídicos de la época, estarían los " ministros ", es decir, aquellos que han recibido un orden mayor o menor.

Con el Motu Proprio Summorum Pontificum , el Papa Benedicto XVI afirma que ambas formas del Rito Romano deben ser consideradas y tratadas con el mismo respeto, porque la Iglesia sigue siendo la misma antes y después del Concilio. En la carta que acompaña al Motu Proprio , el Papa espera que ambas formas se enriquezcan mutuamente. Además, espera que en la nueva forma " el sentido de lo sagrado que atrae a muchas personas al antiguo rito se manifieste con mayor claridad que hasta ahora ".

Las cuatro heridas litúrgicas o prácticas desafortunadas (celebración versus populum , comunión en la mano, el abandono total del canto latino y gregoriano, y la intervención de las mujeres en la lectura y los servicios de acólito) no tienen en sí mismas nada que ver con la forma ordinaria de la Misa y, además, contradicen los principios litúrgicos del Vaticano II. 

Si se pusiera fin a estas prácticas, volveríamos a la verdadera enseñanza del Vaticano II. Y entonces las dos formas del Rito Romano quedarían tan estrechamente relacionadas que, al menos externamente, no habría brecha entre ellas y, por lo tanto, ninguna brecha entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar.

En cuanto a las nuevas oraciones del Ofertorio, sería deseable que la Santa Sede las sustituyera por las oraciones correspondientes de la forma extraordinaria, o al menos permitiera su uso ad libitum.Así, no solo externamente, sino internamente, se evitaría la ruptura entre ambas formas. 

La ruptura en la liturgia es precisamente lo que la mayoría de los Padres Conciliares no deseaban; las Actas del Concilio dan testimonio de ello, porque en dos mil años de historia de la liturgia en la Santa Iglesia, nunca se había producido una ruptura litúrgica y, por lo tanto, nunca debe producirse. En cambio, debe haber continuidad, como debe existir para el Magisterio.

Por eso necesitamos nuevos santos hoy, una o más santas Catalina de Siena. Necesitamos la « vox populi fidelis » que exige la supresión de esta ruptura litúrgica. Pero la tragedia de la historia es que hoy, como en la época del exilio de Aviñón, una gran mayoría del clero, especialmente el alto clero, se conforma con este exilio, esta ruptura.

Para que podamos esperar frutos efectivos y duraderos de la nueva evangelización, primero debe establecerse un proceso de conversión dentro de la Iglesia. ¿Cómo podemos llamar a otros a la conversión cuando, entre quienes la piden, aún no se ha producido una conversión convincente a Dios porque, en la liturgia, no están suficientemente entregados a Dios, tanto interna como externamente? 
El sacrificio de la Misa, el sacrificio de adoración de Cristo, el mayor misterio de la fe, el acto de adoración más sublime, se celebra en un círculo cerrado, mirándose unos a otros. Falta la necesaria « conversio ad Dominum », incluso externamente, físicamente. Porque durante la liturgia, se trata a Cristo como si no fuera Dios, y no se le muestran los claros signos externos de adoración que solo a Dios se debe, no solo en el hecho de que los fieles reciben la Sagrada Comunión de pie, sino también en el hecho de que la toman en sus manos como alimento ordinario, tomándola y llevándosela ellos mismos a la boca. Existe el peligro de una especie de arrianismo o semiarrianismo eucarístico.
Una de las condiciones necesarias para una nueva evangelización fructífera sería el testimonio de toda la Iglesia a nivel del culto litúrgico público, observando al menos estos dos aspectos del culto divino, a saber:
  1. Que en toda la tierra se celebre la Santa Misa, incluso en la forma ordinaria, en la " conversio ad Dominum ", interiormente y necesariamente también externamente.
  2. Que los fieles doblen la rodilla ante Cristo en el momento de la Sagrada Comunión, como pide San Pablo, evocando el nombre y la persona de Cristo (cf. Flp 2,10), y lo reciban con el mayor amor y respeto posibles, como es su derecho como Verdadero Dios.
Alabado sea Dios, el Papa Benedicto ha comenzado, con dos medidas concretas, el proceso de regreso del exilio litúrgico de Aviñón, a través del Motu Proprio Summorum Pontificum y la reintroducción del rito tradicional de la Comunión.

Todavía hay mucha necesidad de oración y quizás de una nueva Santa Catalina de Siena que siga los otros pasos, para sanar las cinco heridas en el cuerpo litúrgico y místico de la Iglesia y para que Dios sea venerado en la liturgia con el mismo amor, respeto y sentido de lo sublime que siempre han representado la realidad de la Iglesia y su enseñanza, especialmente a través del Concilio de Trento, el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei , el Concilio Vaticano II en su constitución Sacrosanctum Concilium , y el Papa Benedicto XVI en su teología y liturgia, en su enseñanza litúrgica práctica y en el mencionado Motu Proprio.

Nadie puede evangelizar sin haber adorado primero, y del mismo modo, sin adorar continuamente y dar a Dios, Cristo en la Eucaristía, la verdadera prioridad en su forma de celebrar y en toda su vida. 

De hecho, citando al cardenal Joseph Ratzinger: «El destino de la fe y de la Iglesia se decide en cómo tratamos la liturgia».

martes, 24 de febrero de 2026

Mons. Schneider pide a León XIV construir un puente con la FSSPX



Monseñor Athanasius Schneider —obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astaná (Kasajistán)— ha dirigido un llamamiento al Papa León XIV tras el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) de que seguirá adelante con nuevas consagraciones episcopales, pese a la advertencia vaticana de que ello supondría una “ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)”.

En la exclusiva de Diane Montagne en Substack, el prelado —que fue visitador vaticano de seminarios de la Fraternidad— pide al Santo Padre un gesto de amplitud pastoral y unidad. Advierte que dejar pasar este “momento verdaderamente providencial” podría consolidar una división “innecesaria y dolorosa” entre Roma y la FSSPX.

A continuación dejamos el texto íntegro del llamamiento de Mons. Athanasius Schneider al Papa León XIV:

Un llamamiento fraternal al Papa León XIV para tender un puente con la FSSPX

La situación actual en torno a las consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha despertado súbitamente a toda la Iglesia. En un plazo extraordinariamente breve tras el anuncio del 2 de febrero de que la FSSPX procederá a dichas consagraciones, ha surgido un debate intenso y a menudo cargado de emoción en amplios círculos del mundo católico. El abanico de voces en este debate va desde la comprensión, la benevolencia, la observación neutral y el sentido común hasta el rechazo irracional, la condena perentoria e incluso el odio abierto. Aunque hay motivo para la esperanza —y no es en absoluto irrealista— de que el Papa León XIV pueda aprobar efectivamente las consagraciones episcopales, ya se están proponiendo en internet borradores de una bula de excomunión contra la FSSPX.

Las reacciones negativas, aunque a menudo bienintencionadas, revelan que el núcleo del problema aún no ha sido comprendido con suficiente honestidad y claridad. Existe la tendencia a quedarse en la superficie. Se invierten las prioridades en la vida de la Iglesia, elevando la dimensión canónica y jurídica —es decir, un cierto positivismo jurídico— al criterio supremo. Además, a veces falta conciencia histórica respecto a la práctica de la Iglesia en relación con las ordenaciones episcopales. Así, se equipara con demasiada facilidad la desobediencia con el cisma. Los criterios de la comunión episcopal con el Papa, y en consecuencia la comprensión de lo que verdaderamente constituye un cisma, se consideran de manera excesivamente unilateral si se comparan con la práctica y la autocomprensión de la Iglesia en la era patrística, la época de los Padres de la Iglesia.

En este debate se están estableciendo nuevos cuasi-dogmas que no existen en el Depositum fidei. Estos cuasi-dogmas sostienen que el consentimiento del Papa para la consagración de un obispo es de derecho divino, y que una consagración realizada sin este consentimiento, o incluso contra una prohibición papal, constituye en sí misma un acto cismático. Sin embargo, la práctica y la comprensión de la Iglesia en tiempos de los Padres, y durante un largo período posterior, argumentan en contra de esta visión. Además, no existe unanimidad sobre esta cuestión entre los teólogos reconocidos de la tradición bimilenaria de la Iglesia. Siglos de práctica eclesial, así como el derecho canónico tradicional, también se oponen a tales afirmaciones absolutizadoras. Según el Código de Derecho Canónico de 1917, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa no se castigaba con excomunión, sino únicamente con suspensión. Con ello, la Iglesia manifestaba claramente que no consideraba tal acto como cismático.

La aceptación del primado papal como verdad revelada se confunde a menudo con las formas concretas —formas que han evolucionado a lo largo de la historia— mediante las cuales un obispo expresa su unidad jerárquica con el Papa. Creer en el Primado Papal, reconocer al Papa legítimo, adherirse con él a todo lo que la Iglesia ha enseñado infalible y definitivamente, y observar la validez de la liturgia sacramental, es de derecho divino. Sin embargo, una visión reductiva que equipara la desobediencia a un mandato papal con el cisma —incluso en el caso de una consagración episcopal realizada contra su voluntad— era ajena a los Padres de la Iglesia y al derecho canónico tradicional. Por ejemplo, en 357, san Atanasio desobedeció la orden del Papa Liberio, quien le instruyó a entrar en comunión jerárquica con la abrumadora mayoría del episcopado, que en realidad era arriana o semi-arriana. Como resultado, fue excomulgado. En este caso, san Atanasio desobedeció por amor a la Iglesia y al honor de la Sede Apostólica, buscando precisamente salvaguardar la pureza de la doctrina frente a cualquier sospecha de ambigüedad.

En el primer milenio de la vida de la Iglesia, las consagraciones episcopales se realizaban generalmente sin permiso formal del Papa, y no se exigía que los candidatos fueran aprobados por él. La primera regulación canónica sobre las consagraciones episcopales, emitida por un Concilio Ecuménico, fue la de Nicea en 325, que exigía que un nuevo obispo fuese consagrado con el consentimiento de la mayoría de los obispos de la provincia. Poco antes de su muerte, durante un período de confusión doctrinal, san Atanasio eligió y consagró personalmente a su sucesor —san Pedro de Alejandría—, para asegurar que ningún candidato inadecuado o débil asumiera el episcopado. Del mismo modo, en 1977, el Siervo de Dios cardenal Iosif Slipyj consagró secretamente a tres obispos en Roma sin la aprobación del Papa Pablo VI, plenamente consciente de que el Papa no lo permitiría debido a la Ostpolitik vaticana de aquel tiempo. Sin embargo, cuando Roma tuvo conocimiento de estas consagraciones secretas, no se aplicó la pena de excomunión.

Para evitar malentendidos, en circunstancias normales —y cuando no existe ni confusión doctrinal ni un tiempo de persecución extraordinaria—, por supuesto, se debe hacer todo lo posible por observar las normas canónicas de la Iglesia y obedecer al Papa en sus justas disposiciones, a fin de preservar la unidad eclesiástica de manera más eficaz y visible.

Pero la situación en la vida de la Iglesia hoy puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite únicamente el uso de un nuevo equipo contra incendios, aunque se ha demostrado que es menos eficaz que las herramientas antiguas y probadas. Un grupo de bomberos desobedece esta orden y continúa utilizando el equipo experimentado y comprobado —y, en efecto, el fuego es contenido en muchos lugares—. Sin embargo, estos bomberos son etiquetados como desobedientes y cismáticos, y son castigados.

Para ampliar aún más la metáfora: el jefe de bomberos solo permite actuar a aquellos que reconocen el nuevo equipo, siguen las nuevas normas contra incendios y obedecen las nuevas regulaciones del cuartel. Pero, dada la evidente magnitud del incendio, la lucha desesperada contra él y la insuficiencia del equipo oficial, otros ayudantes —a pesar de la prohibición del jefe— intervienen desinteresadamente con habilidad, conocimiento y buena intención, contribuyendo en última instancia al éxito de los esfuerzos del propio jefe de bomberos.

Ante un comportamiento tan rígido e incomprensible, se presentan dos posibles explicaciones: o bien el jefe de bomberos está negando la gravedad del incendio, como en la comedia francesa Tout va très bien, Madame la Marquise!; o, en realidad, desea que grandes partes de la casa ardan, para luego reconstruirla según un nuevo diseño.

La crisis actual en torno a las anunciadas —pero aún no aprobadas— consagraciones episcopales en la FSSPX pone al descubierto, ante los ojos de toda la Iglesia, una herida que lleva más de sesenta años latente. Esta herida puede describirse figuradamente como un cáncer eclesial —concretamente, el cáncer eclesial de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas—.

Recientemente apareció un excelente artículo en el blog Rorate Caeli, escrito con rara claridad teológica y honestidad intelectual, bajo el título: «La larga sombra del Vaticano II: la ambigüedad como cáncer eclesial» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026). El problema fundamental de algunas afirmaciones ambiguas del Concilio Vaticano II es que el Concilio optó por priorizar un tono pastoral sobre la precisión doctrinal. Se puede estar de acuerdo con el autor cuando afirma:

«El problema no es que el Vaticano II fuera herético. El problema es que fue ambiguo. Y en esa ambigüedad hemos visto las semillas de confusión que han florecido en algunos de los desarrollos teológicos más preocupantes de la historia moderna de la Iglesia. Cuando la Iglesia habla en términos vagos, aunque sea involuntariamente, las almas están en juego».

El autor continúa:

«Cuando un “desarrollo” doctrinal parece contradecir lo anterior, o cuando requiere décadas de gimnasia teológica para reconciliarse con la enseñanza magisterial previa, debemos preguntarnos: ¿es esto desarrollo, o es ruptura disfrazada de desarrollo?» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026).

Se puede suponer razonablemente que la FSSPX no desea otra cosa que ayudar a la Iglesia a salir de esta ambigüedad en la doctrina y en la liturgia y a redescubrir su claridad salvífica perenne —tal como el Magisterio de la Iglesia, bajo la guía de los Papas, ha hecho inequívocamente a lo largo de la historia después de cada crisis marcada por la confusión y la ambigüedad doctrinal—.

De hecho, la Santa Sede debería estar agradecida a la FSSPX, porque actualmente es casi la única gran realidad eclesial que señala de manera franca y pública la existencia de elementos ambiguos y engañosos en ciertas afirmaciones del Concilio y del Novus Ordo Missae. En este empeño, la FSSPX está guiada por un amor sincero a la Iglesia: si no amaran a la Iglesia, al Papa y a las almas, no emprenderían esta labor, ni dialogarían con las autoridades romanas —y, sin duda, tendrían una vida más fácil—.

Las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre son profundamente conmovedoras y reflejan la actitud de la actual dirección y de la mayoría de los miembros de la FSSPX:

«¡Creemos en Pedro, creemos en el sucesor de Pedro! Pero como dice bien el Papa Pío IX en su constitución dogmática, el Papa ha recibido el Espíritu Santo no para hacer nuevas verdades, sino para mantenernos en la fe de todos los tiempos. Esta es la definición del Papa hecha en el momento del Primer Concilio Vaticano por el Papa Pío IX. Y por eso estamos persuadidos de que, al mantener estas tradiciones, manifestamos nuestro amor, nuestra docilidad, nuestra obediencia al Sucesor de Pedro. No podemos permanecer indiferentes ante la degradación de la fe, de la moral y de la liturgia. ¡Eso está fuera de cuestión! No queremos separarnos de la Iglesia; al contrario, ¡queremos que la Iglesia continúe!»

Si alguien considera que tener dificultades con el Papa constituye uno de sus mayores sufrimientos espirituales, eso es en sí mismo una prueba elocuente de que no existe intención cismática. Los verdaderos cismáticos incluso se jactan de su separación de la Sede Apostólica. Los verdaderos cismáticos jamás implorarían humildemente al Papa que reconociera a sus obispos.

Qué profundamente católicas son, entonces, las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre:

«Lamentamos infinitamente, es un dolor inmenso para nosotros, pensar que estamos en dificultad con Roma a causa de nuestra fe. ¿Cómo es esto posible? Es algo que supera la imaginación, algo que jamás hubiéramos podido imaginar ni creer, especialmente en nuestra infancia —cuando todo era uniforme, cuando toda la Iglesia creía en su unidad general y sostenía la misma Fe, los mismos Sacramentos, el mismo sacrificio de la Misa, el mismo catecismo—.»

Debemos examinar honestamente las evidentes ambigüedades en materia de libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad, así como las imprecisiones doctrinales del Novus Ordo Missae. A este respecto, conviene leer el libro recientemente publicado por el archimandrita Bonifacio Luykx, perito conciliar y reconocido estudioso de la liturgia, con su elocuente título Una visión más amplia del Vaticano II. Memorias y análisis de un consultor del Concilio.

Como dijo una vez G. K. Chesterton: «Al entrar en la iglesia, se nos pide que nos quitemos el sombrero, no la cabeza». Sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente aislada, y la responsabilidad de tal división recaería principalmente sobre la Santa Sede. La Santa Sede debería acoger a la FSSPX, ofreciendo al menos un grado mínimo de integración eclesial, y luego continuar el diálogo doctrinal. La Santa Sede ha mostrado una notable generosidad hacia el Partido Comunista de China, permitiéndole seleccionar candidatos al episcopado; sin embargo, a sus propios hijos, los miles y miles de fieles de la FSSPX, se les trata como ciudadanos de segunda categoría.

Se debería permitir a la FSSPX ofrecer una contribución teológica con vistas a clarificar, complementar y, si fuera necesario, corregir aquellas afirmaciones en los textos del Concilio Vaticano II que suscitan dudas y dificultades doctrinales. También debe tenerse en cuenta que, en dichos textos, el Magisterio de la Iglesia no pretendió pronunciarse con definiciones dogmáticas dotadas de la nota de infalibilidad (cf. Pablo VI, Audiencia General, 12 de enero de 1966).

La FSSPX hace exactamente la misma Professio fidei que hicieron los Padres del Concilio Vaticano II, conocida como la Professio fidei tridentino-vaticana. Si, según las palabras explícitas del Papa Pablo VI, el Concilio Vaticano II no presentó ninguna doctrina definitiva, ni tuvo intención de hacerlo, y si la fe de la Iglesia permanece la misma antes, durante y después del Concilio, ¿por qué la profesión de fe que era válida en la Iglesia hasta 1967 habría de dejar repentinamente de considerarse válida como signo de auténtica fe católica?

Sin embargo, la Professio fidei tridentino-vaticana es considerada por la Santa Sede como insuficiente para la FSSPX. ¿No constituiría en realidad la Professio fidei tridentino-vaticana «el mínimo» para la comunión eclesial? Si eso no es un mínimo, entonces ¿qué, honestamente, calificaría como «mínimo»? A la FSSPX se le exige, como conditio sine qua non, hacer una Professio fidei mediante la cual deben aceptarse las enseñanzas de carácter pastoral —y no definitivo— del último Concilio y del Magisterio posterior. Si esto es verdaderamente el llamado «requisito mínimo», entonces el cardenal Víctor Fernández parece estar jugando con las palabras.

El Papa León XIV afirmó en las Vísperas ecuménicas del 25 de enero de 2026, al concluir la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que ya existe unidad entre católicos y cristianos no católicos porque comparten el mínimo de la fe cristiana: «Compartimos la misma fe en el único y verdadero Dios, Padre de todos; confesamos juntos al único Señor e Hijo verdadero de Dios, Jesucristo, y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa hacia la plena unidad y el testimonio común del Evangelio» (Carta Apostólica In Unitate Fidei, 23 de noviembre de 2025, 12). Declaró además: «¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo y hagámoslo visible!»

¿Cómo puede conciliarse esta afirmación con la declaración hecha por representantes de la Santa Sede y algunos altos prelados de que la FSSPX no está doctrinalmente unida a la Iglesia, dado que la FSSPX profesa la Professio fidei de los Padres del Concilio Vaticano II —la Professio fidei tridentino-vaticana—?

Ulteriores medidas pastorales provisionales concedidas a la FSSPX para el bien espiritual de tantos fieles católicos ejemplares constituirían un profundo testimonio de la caridad pastoral del Sucesor de Pedro. De este modo, el Papa León XIV abriría su corazón paterno a aquellos católicos que, en cierto modo, viven en una periferia eclesial, permitiéndoles experimentar que la Sede Apostólica es verdaderamente Madre también para la FSSPX.

Las palabras del Papa Benedicto XVI deberían despertar la conciencia de aquellos en el Vaticano que decidirán sobre el permiso para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Él nos recuerda:

«Al mirar atrás, hacia las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que, en los momentos críticos en que se producían las divisiones, no se hizo lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para mantener o recuperar la reconciliación y la unidad. Se tiene la impresión de que las omisiones por parte de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones pudieran consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todo lo posible para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en ella o alcanzarla de nuevo» (Carta a los Obispos con ocasión de la publicación de la Carta Apostólica motu proprio data Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970, 7 de julio de 2007).

«¿Podemos ser totalmente indiferentes ante una comunidad que cuenta con 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos de nivel universitario, 117 hermanos religiosos, 164 religiosas y miles de fieles laicos? ¿Debemos dejarlos alejarse casualmente cada vez más de la Iglesia? ¿Y no debería la gran Iglesia permitirse también ser generosa, consciente de su gran amplitud, consciente de la promesa que se le ha hecho?» (Carta a los Obispos de la Iglesia Católica acerca de la remisión de la excomunión de los cuatro Obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009).[1]

Medidas pastorales provisionales y mínimas para la FSSPX, adoptadas por el bien espiritual de los miles y miles de sus fieles en todo el mundo —incluido un mandato pontificio para las consagraciones episcopales— crearían las condiciones necesarias para aclarar con serenidad los malentendidos, las cuestiones y las dudas de carácter doctrinal surgidas de ciertas afirmaciones en los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio pontificio posterior. Al mismo tiempo, tales medidas ofrecerían a la FSSPX la oportunidad de aportar una contribución constructiva para el bien de toda la Iglesia, manteniendo una clara distinción entre lo que pertenece a la fe divinamente revelada y a la doctrina propuesta definitivamente por el Magisterio, y lo que tiene un carácter primordialmente pastoral en circunstancias históricas concretas y, por tanto, está abierto a un estudio teológico cuidadoso, como siempre ha sido la práctica a lo largo de la vida de la Iglesia.

Con sincera preocupación por la unidad de la Iglesia y el bien espiritual de tantas almas, apelo con caridad reverente y fraterna a nuestro Santo Padre el Papa León XIV:

Santísimo Padre, conceda el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Usted es también el padre de sus numerosos hijos e hijas —dos generaciones de fieles que, por ahora, han sido atendidos por la FSSPX, que aman al Papa y que desean ser verdaderos hijos e hijas de la Iglesia Romana—. Por ello, deje de lado las parcialidades de otros y, con un gran espíritu paterno y verdaderamente agustiniano, demuestre que está construyendo puentes, como prometió hacerlo ante el mundo entero cuando impartió su primera bendición tras su elección. No pase a la historia de la Iglesia como quien no supo construir este puente —un puente que podría levantarse en este momento verdaderamente providencial con voluntad generosa— y que, en cambio, permitió una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia, mientras al mismo tiempo se desarrollaban procesos sinodales que presumen de la mayor amplitud pastoral y de la máxima inclusión eclesial. Como Su Santidad subrayó recientemente: «Comprometámonos a desarrollar ulteriormente prácticas sinodales ecuménicas y a compartir unos con otros quiénes somos, qué hacemos y qué enseñamos (cf. Francisco, Por una Iglesia sinodal, 24 de noviembre de 2024)» (Homilía del Papa León XIV, Vísperas ecuménicas por la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, 25 de enero de 2026).

Santísimo Padre, si concede el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX, la Iglesia en nuestro tiempo no perderá nada. Usted será un verdadero constructor de puentes, y aún más, un constructor ejemplar de puentes, pues es el Sumo Pontífice, Summus Pontifex.

+ Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astana

24 February 2026

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[1] Estadísticas anuales 2026 de la FSSPX: Total de miembros: 1.482; Obispos: 2; Sacerdotes (excluidos los obispos): 733; Seminaristas (incluidos los que aún no han asumido compromiso definitivo): 264; Hermanos religiosos: 145; Oblatos: 88; Religiosas: 250; Edad media de los miembros: 47 años; Países atendidos: 77; Distritos y Casas Autónomas: 17; Seminarios: 5; Escuelas: 94 (de las cuales 54 en Francia).

viernes, 20 de febrero de 2026

Cinco heridas y una esperanza: Mons Schneider revela nuevos detalles de su audiencia con León XIV




Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), ha hecho públicos nuevos detalles de la audiencia privada que mantuvo con León XIV el pasado 18 de diciembre, en una entrevista con Robert Moynihan en Urbi et Orbi Communications. En esta ocasión, profundizó en el diagnóstico que expuso al Papa sobre la situación actual de la Iglesia, retomando algunos puntos que ya había señalado en enero, cuando aludió a la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

Según explicó, el diálogo con el Pontífice se desarrolló en un clima “abierto y cordial”, y en él subrayó, entre otros asuntos, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del rito romano ha tenido en numerosos fieles, especialmente entre los jóvenes.

Cinco heridas que debilitan a la Iglesia

Durante la audiencia, el obispo presentó al Papa una lista de lo que definió como las cinco principales heridas que afectan hoy a la Iglesia y que, a su juicio, requieren atención urgente:

Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de la fe y que podría remediarse mediante una profesión solemne de fe vinculante.

Anarquía litúrgica y confrontación en torno a la Misa del rito romano, lo que ha generado divisiones dentro de la comunidad eclesial.

Nombramientos episcopales discutibles, con obispos y cardenales que, en su opinión, actuarían en sintonía con agendas seculares más que con la enseñanza tradicional de la Iglesia.

Formación sacerdotal deficiente, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que habría debilitado la preparación de futuras generaciones de sacerdotes.

Dificultades que afectan la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas surgidos en torno a la aplicación de la instrucción Cor Orans a la vida de las monjas contemplativas.

El impacto de la Misa tradicional en los jóvenes

Uno de los pasajes más significativos de la audiencia, según el relato del obispo, fue cuando el Papa compartió haber escuchado de jóvenes —directamente de ellos— que su conversión a Dios había ocurrido a través de la Misa tradicional en latín. Schneider relató que el Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando sorpresa por la fuerza espiritual que esta forma litúrgica ejerce en las nuevas generaciones.

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X

En el curso de la conversación, Mons. Schneider abordó también la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), señalando que tiene razón al advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II han sido extrapolados de un concilio pastoral hacia un nuevo paradigma eclesial que, a su juicio, requiere corrección.

Coincidió también en que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa o la colegialidad, subrayando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del magisterio.


Schneider advirtió que sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente separada de la Iglesia, comparando la situación con la ruptura de los antiguos creyentes rusos, y afirmó que, si se pierde este “brazo”, la Iglesia quedaría perjudicada y desfigurada. Por lo que hizo un llamamiento al Papa León XIV para que actúe con generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo.

En este punto, Mons. Schneider fue especialmente claro al referirse a la postura actual atribuida al cardenal Víctor Manuel Fernández, que exige resolver previamente el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este planteamiento como irrealista, excesivamente duro y poco pastoral, al considerar que bloquea cualquier avance práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

A su juicio, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan por la plena resolución doctrinal, sino que pueden avanzar de forma gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

jueves, 19 de febrero de 2026

Schneider responde a Tucho: los documentos pastorales del Vaticano II pueden corregirse, solo la Palabra de Dios es inmutable






Casi una semana después de la reunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en el Vaticano, monseñor Athanasius Schneider —obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán— ha manifestado su desacuerdo con la afirmación del cardenal Víctor Manuel Fernández —prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe— de que los textos del Concilio Vaticano II “no pueden ser modificados”, y ha defendido que las expresiones de carácter pastoral sí pueden ser revisadas o corregidas. Así lo recoge el periodista Niwa Limbu, de The Catholic Herald, en un mensaje publicado en la red social X, donde adelanta fragmentos de una conversación mantenida con el prelado.


Schneider sostiene que únicamente la Palabra de Dios es inmutable en sentido estricto. “Lo que no puede cambiarse es solo la Palabra de Dios. No se puede cambiar la Biblia porque es la Palabra de Dios”, afirma. A su juicio, la formulación del cardenal Fernández sería “completamente errónea” si se aplica sin distinción a los textos conciliares.

El carácter pastoral del Concilio Vaticano II

El obispo auxiliar recuerda que san Juan XXIII, al convocar el Concilio Vaticano II, dejó claro que no se trataba de definir nuevos dogmas ni de resolver cuestiones doctrinales de manera definitiva. Según Schneider, el Papa explicó expresamente que el concilio tenía un propósito explicativo y catequético, adaptado al lenguaje del tiempo.

En la misma línea, cita a Pablo VI, quien habría reiterado que el concilio no tuvo intención de proclamar dogmas ni de definir doctrinas de forma definitiva, sino que su carácter fue “primariamente pastoral”. Por ello, argumenta que las formulaciones pastorales —al no constituir definiciones dogmáticas— podrían ser mejoradas o corregidas, dado su carácter circunstancial.

Schneider matiza que los dogmas citados por el Vaticano II, procedentes de concilios anteriores, no pueden ser modificados. Sin embargo, distingue entre esas enseñanzas definitivas y las expresiones pastorales propias del contexto histórico del concilio.

El ejemplo del IV Concilio de Letrán

Schneider menciona el IV Concilio de Letrán (1215), señalando que algunas de sus disposiciones pastorales hoy resultarían inaceptables. En concreto, menciona la obligación impuesta entonces a los judíos de portar signos distintivos en ciudades cristianas, calificando esa disposición como una forma de discriminación.

A partir de este ejemplo, plantea si tales expresiones conciliares pueden ser corregidas. Según su razonamiento, si se admite la posibilidad de revisar formulaciones pastorales de concilios anteriores, también cabría considerar esa opción respecto a determinadas expresiones del Vaticano II.

El obispo subraya entonces las necesidad de examinar con honestidad lo que considera “ambigüedades evidentes e innegables” en algunos textos conciliares, y sostiene que otros concilios ecuménicos han conocido ajustes en sus declaraciones de carácter pastoral.

La situación de la FSSPX

Schneider se refirió a la situación de la FSSPX proponiendo que se les conceda primero una regularización canónica y que posteriormente continúe el diálogo doctrinal.

A su juicio, permitir a la Fraternidad aportar su reflexión podría contribuir a clarificar y precisar aspectos discutidos, en beneficio de toda la Iglesia. Finalmente, expresó preocupación por lo que describió como un comportamiento “duro” e “imprudente” por parte de la Santa Sede en el tratamiento de esta cuestión.