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viernes, 19 de junio de 2026

El retorno del juanpablismo y la dimensión social de la liturgia




La visita del Papa León XIV a España fue un éxito, y un éxito que sorprendió a todos, tanto por lo que dijo como por las multitudes que logró congregar. Habrá pronunciado discursos peores -como el primero, redactado seguramente por la Secretaría de Estado-, otros mejores y otros muy buenos. Creo que estos últimos fueron la mayoría. Los católicos ya estábamos desacostumbrados a oír hablar con claridad sobre las verdades innegociables de la fe. Como muchos han dicho en los últimos días, fue un retorno al estilo claro y católico del Papa Benedicto XVI, de feliz memoria.

No voy a dedicarme yo a escribir sobre esos textos pontificios. Ya lo han hecho muchos sitios y columnistas, y no tiene sentido repetirse. Sí me parece interesante hacer una reflexión hacia lo que me pareció un flash back a los tiempos de Juan Pablo II, una analepsis no tanto o no sólo por lo que se escuchaba, sino por las multitudes concentradas. 

Recordemos que durante el pontificado anterior, Francisco se paseaba en sus viajes apostólicos sentado en un ridículo Fiat 500 blanco, porque era pobre, y apenas si concentraba puñaditos de católicos devotos que trataban inútilmente de cubrir sus trayectos sembrados de calles desiertas. Sin embargo, debo ser honesto y reconocer que yo fui muy crítico de Juan Pablo II y que una de mis críticas apuntaba justamente a su carácter histriónico y su empeño obsesivo de vivir rodeado de multitudes. En otras palabras, lo que yo decía en ese momento es que la religión, que el Evangelio, que la labor de la Iglesia no pasa por los fenómenos de masa.

And yet… Creo que ya no diría lo mismo, y no porque me haya rendido ante la ficción de éxitos inexistentes, sino porque la realidad es que la Iglesia siempre recurrió a las concentraciones relativamente multitudinarias según la demografía de los diversos tiempos. En el momento fundacional de la Iglesia, cuando los apóstoles, luego de Pentecostés, se asomaron a las ventanas del Cenáculo, predicaron la Buena Nueva y se bautizaron tres mil personas, una número bastante importante para la época. Y, saltando algunos siglos, las peregrinaciones medievales, tan comunes y habituales, eran fenómenos de masa, como también lo eran las actividades apostólicas de grandes predicadores como San Antonio de Padua y San Vicente Ferrer.

Podrá aducirse que los fenómenos que menciono representan labores misioneras y no litúrgicas. Las misas, por tanto, como la de las Cibeles en Madrid, que reunió a un millón doscientas mil personas, representarían un fenómeno extraño a nuestra fe. Y no me estoy refiriendo al rito que se celebró, sino al fenómeno mismo de una celebración litúrgica frente a grupos humanos de tales dimensiones. Me pregunté entonces si estaban fundadas mis críticas al «estilo juanpablista» que parece estar de retorno.

Existe una tentación que afecta a muchos buenos católicos, sobre todo si somos conservadores o tradis, y consiste en considerar la liturgia como un asunto puramente privado: un encuentro íntimo entre el alma y Dios, bello sin duda, pero esencialmente interior e individual. 

Sin embargo, una mirada más atenta a la naturaleza misma del culto cristiano nos revela algo radicalmente diferente. La liturgia no es solamente fuente de vida religiosa personal: es, ante todo y estructuralmente, una forma de vida social. Entender esto no es una cuestión de sociología aplicada a lo sagrado; es comprender algo que pertenece a la esencia misma de la oración de la Iglesia.

La liturgia posee una dimensión temporal. El fiel que participa en la liturgia no lo hace como individuo aislado que entra y sale de un recinto sagrado. Lo hace como miembro de una tradición viva que se remonta, a través de veinte siglos de la misma liturgia, hasta los propios salmos del Pueblo de Israel. Esta conciencia de estar «enraizados» en los antepasados espirituales no es meramente sentimental: es una fuente de energía moral y espiritual de primer orden. Quien ora con la Iglesia sabe que no ora con palabras propias, frágiles y contingentes, sino con las palabras que la Iglesia misma, asistida por el Espíritu, ha consagrado como auténticamente divinas.

Es decir, la liturgia posee una naturaleza social. Esto nos puede sonar propio de la postura modernista, pero no lo es. Veamos una comparación: en el teatro, hay una separación irreductible entre actores y espectadores. El público entra porque le place, conserva su espíritu crítico, aplaude o se impacienta, y cuando la sala emociona a todos por igual, esa unidad es puramente accidental. En la iglesia, en cambio, todos los presentes participan activamente en la realización de una misma obra. No hay espectadores en sentido pleno: hay una jerarquía de actores, con el clero en primer plano, pero todos coactúan. El agrupamiento eclesial es, en este sentido preciso, una «cooperativa». Y esta unión moral y formal de los fieles con el clero no solo existe en cada ceremonia particular, sino que se extiende a lo largo del año litúrgico entero, que arrastra a todo el mundo en su torbellino sagrado.

Esta unidad tiene además una característica notable: trabaja constantemente por mantenerse y restablecerse. El medio litúrgico se comporta como un organismo vivo: la oración, la caridad, las exhortaciones mutuas son los factores permanentes de su cohesión. El principal de todos es de orden teleológico: los fieles sienten la necesidad de permanecer unidos por el culto. La liturgia no es un dispositivo externo que agrupa a personas que de otro modo serían extrañas entre sí; es el lazo que constituye a la comunidad cristiana como tal.

En cuanto a los efectos sobre la asamblea, cabe observar que hay en la muchedumbre litúrgica un cierto nivelamiento: el sabio vale tanto como el ignorante, el rey vale tanto como el carbonero, el teólogo vale tanto como la piadosa viejecita, porque todos se sujetan a la misma docilidad ante la misma liturgia. Pero ese nivelamiento superficial oculta un profundo «desnivel» en las capas más hondas del alma. La liturgia arroja, con un mismo gesto uniforme, una sola y misma semilla en surcos alineados, pero hace brotar de diferentes tierras cosechas que difieren al infinito. Los temas ofrecidos al sentimiento son idénticos; pero en cada corazón se encienden fervores proporcionales a su preparación moral y a su capacidad de amar. Esta es la nobleza específica de la liturgia frente a cualquier otra forma de experiencia colectiva: no aplana, sino que eleva.

Hay una perspectiva histórica que todo católico debería tener siempre presente. La liturgia no ha sido sólo el culmen de la vida interior de la Iglesia: ha sido una de las principales fuerzas de cohesión social y civilización de Occidente. La conversión de la mitad de Europa por los monjes benedictinos es, en uno de sus aspectos más originales, la historia del impacto social de un coro monástico sobre una asamblea de fieles. La gran fuerza de la liturgia reside en que es una lección de cosas: exempla trahunt. Los monjes no convirtieron mediante la polémica ni la especulación teológica, sino mediante el ejemplo continuado de una vida cristiana ferviente, practicada con la constancia propia de un cuerpo social.

Por eso mismo, creo que aunque no todos nos sintamos cómodos asistiendo al tipo de misas multitudinarias como las que vimos en España, y eventualmente prefiramos no asistir, no por eso debemos menospreciarlas, y en esto debo rectificarme con respecto a lo que pensaba y decía hasta hace algunas décadas.

The Wanderer



Anotación al margen

Pensaba que, luego de la garrafal torpeza que cometió el Papa León el año pasado en una de sus conferencias de prensa espontáneas a la salida de Castelgandolfo, ya estaría precavido, y no diría lo primero que se le viene a la cabeza cuando le ponen un micrófono enfrente. 

Pero estaba equivocado. El martes pasado, en las mismas circunstancias, afirmó un par de bêtises inaceptables. Tiene toda la razón y fue muy claro cuando dijo que “La decisión de consagrar obispos corresponde a la FSSPX, y ellos ya saben a lo que se enfrentan»Sin embargo, agregó que se niegan a aceptar algunos puntos fundamentales de la Iglesia, comenzando por los del Vaticano II. 
Sería importante conocer cuáles son los puntos fundamentales de la fe expresados en el Vaticano II, un concilio autodefinido como pastoral, y que no se encuentran en los concilios anteriores. 
La ineludible función magisterial que posee el pontífice romano le deberían impedir pronunciar semejantes imprecisiones.
Pero más interesante, o preocupante aún, es saber si el mismo criterio y las mismas puniciones se aplicarán a quienes rompen la unidad de la Iglesia no consagrando obispos sin mandato apostólico, sino negando abierta y públicamente muchos puntos fundamentales de la fe expresados no sólo en el Vaticano II sino en todos los concilios ecuménicos anteriores y en el magisterio romano. 
¿O será que algunos tienen dispensa en la aceptación de las verdades fundamentales?

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Hacia un nuevo cisma? De los lefebvristas al camino sinodal



Leí hace poco que el cardenal Reinhard Marx dice que permitirá la bendición de uniones del mismo sexo, en contra de las directivas del Vaticano. El P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, dice que tiene la intención de ordenar nuevos obispos sin mandato papal. 

Y el cardenal de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, dice que la ordenación de mujeres es esencial para el futuro de la Iglesia: «A largo plazo, no me puedo imaginar cómo puede sobrevivir una Iglesia si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado».Bueno, como laico casado que «no tiene acceso al ministerio ordenado», yo sí puedo imaginármelo. Siempre he pensado que el sacerdocio es una llamada especial al servicio, no una posición de prestigio especial a la que la gente merezca tener «acceso». Pero el cardenal Hollerich parece tener un punto de vista diferente, tal vez porque es agasajado como cardenal.

Sin embargo, la declaración del cardenal Hollerich no es realmente una novedad. El difunto cardenal Pell advirtió poco antes de morir, en un artículo en The Spectator, que Hollerich había «rechazado públicamente las enseñanzas básicas de la Iglesia sobre la sexualidad, el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres al sacerdocio y la actividad homosexual, así como la poligamia, el divorcio y las segundas nupcias». Por lo tanto, la ordenación de mujeres no es lo único sin lo que el cardenal piensa que la Iglesia no puede salir adelante.

Estoy convencido de que la Iglesia puede salir adelante sin esas cosas —bastante bien, de hecho— al igual que la mayoría de las personas que conozco. Puede que el cardenal Hollerich conozca a personas con una opinión diferente, pero hay un viejo refrán que dice que cuando un hombre se convierte en obispo, nunca más vuelve a pagar la cena y nunca más vuelve a escuchar la verdad. La gente le dice lo que cree que él quiere oír. La gente no hace eso conmigo.

And yet, las personas con las que hablo no parecen contar de la misma manera que Hollerich o los «expertos» del Grupo Sinodal 9 que anunciaron recientemente que la Iglesia ha estado totalmente equivocada en asuntos sexuales. Yo interactúo con jóvenes todos los días y, desde esa perspectiva, les habría dicho que la enseñanza de la Iglesia es un regalo de Dios, mucho más sabia que cualquier otra cosa que se ofrezca hoy en día. Pero esa opinión no parece contar tanto, o en absoluto.

Lo que me hace preguntar cómo se llega a ser una persona como el P. James Martin, S. J., que vuela a Roma para consultar con el Papa y es citado como una autoridad con regularidad.

Supongo que una de las razones por las que el P. Martin y otros como él gozan del «acceso» que disfrutan es porque él es clérigo y yo no. ¿Pero no es eso clericalismo? Pensaba que el clericalismo era algo malo, algo a lo que la Iglesia necesita poner fin. Muchos clérigos dicen esto. Algunos de ellos culpan de todo el escándalo de la pedofilia al clericalismo y no, como se podría haber pensado, a la laxitud de las normas sobre el sexo entre algunos miembros del clero de orientación homosexual.

Entonces, si hay que resistirse al clericalismo, ¿por qué es especialmente relevante lo que Jean-Claude Hollerich piense sobre la ordenación de mujeres, la actividad homosexual o el divorcio y las segundas nupcias? La respuesta, cabe suponer, es que es cardenal. Es justo. Pero los cardenales no tienen  autoridad para dictar la doctrina. Ellos mismos son hombres bajo autoridad. Y si no respetan la autoridad bajo la que están, ¿por qué debería alguien respetar la suya?

Mis alumnos vienen a la universidad católica donde enseño no porque quieran escucharme a mí. Vienen porque quieren aprender lo que enseña la Iglesia. La única «autoridad» que tengo es la autoridad que se deriva de la enseñanza de la Iglesia. La clase no es «Teología de Randall Smith». ¿Quién la tomaría? La clase es teología católica.

Por lo tanto, cuando un obispo o cardenal proclama algo que es contrario a la autoridad de la Iglesia, es como si estuviera serruchando la rama sobre la que está sentado. La única razón por la que alguien escucharía a un obispo o cardenal es porque esa persona acepta la autoridad de su cargo eclesiástico basándose en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. De lo contrario, un cardenal es sólo un anciano estrafalario con un curioso solideo rojo.

Sé que la gente de un bando u otro dirá que su hombre está «haciendo lo mejor para la Iglesia», mientras que los del otro bando son herejes que desvían a la gente. No tengo ninguna duda de que la gente de la FSSPX está horrorizada por los cardenales Marx y Hollerich y está convencida de que absolutamente debe ordenar nuevos obispos, del mismo modo que es probable que Marx y Hollerich estén consternados por la FSSPX y convencidos de que la Iglesia absolutamente debe bendecir las uniones homosexuales y ordenar mujeres.

Lo extraño de todos estos hombres es su presunción de que lo que ellos piensan debería gobernar a toda la Iglesia. Yo no asumo que lo que yo pienso deba gobernarlo todo ni siquiera en mi propia casa. Qué delirio de grandeza se le mete a un hombre en la cabeza para que piense: «La Iglesia soy yo. Puede que cause un cisma, pero será mejor para todos».

¿En serio? ¿Cuándo ha hecho el cisma que las cosas sean «mejores»? ¿Y cuándo se ha detenido un cisma en uno solo? Prescíndase de la autoridad de la Iglesia, ¿y qué impide que haya más divisiones? Sólo pregúntenles a los protestantes. ¿Creen que guiar a la gente al cisma es bueno para la salvación de sus almas? ¿Prenderle fuego a una iglesia sería bueno para el edificio?

Algunos dirán: «No es herejía; es cisma». Pero el cisma es herejía. El término «herejía» proviene de una raíz griega (haiereo) que significa «elegir». Cuando un grupo decide que puede elegir un conjunto de doctrinas o concilios de la Iglesia que quiere obedecer y cuáles no, eso es herético. Esas personas simplemente se han convertido en otro grupo de protestantes.

Algunos de mis mejores amigos son protestantes. Una cosa que me gusta de mis amigos protestantes es que no pretenden ser católicos. Así que, si ciertas personas quieren separarse de la Iglesia católica, está bien. Ya se ha hecho antes. Es triste, pero la Iglesia siempre sobrevive. Pero no pueden quedarse con los edificios de las iglesias construidos por y para los católicos. Si crean su propia iglesia, que construyan sus propios edificios.

Pueden volver para el café.
Randall Smith


Sobre el autor

Randall Smith ocupa la Cátedra de Teología J. Michael Miller en la Universidad de St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary, Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, se publicará en Emmaus Press este verano. Sus artículos se pueden encontrar aquí.

viernes, 15 de mayo de 2026

Declaración de la FSSPX: «En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna»



El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el padre Davide Pagliarani, ha hecho pública este jueves 14 de mayo, fiesta de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida al Papa León XIV, fechada en Menzingen (Suiza), sede general de la Fraternidad.

El documento, redactado en tono filial pero doctrinalmente firme, se presenta como «el mínimo indispensable» exigido por la FSSPX para estar en comunión con la Iglesia y, en palabras de su Superior, poder llamarse verdaderamente católicos e «hijos» del Romano Pontífice. Pagliarani lamenta que, tras más de cincuenta años de conversaciones con la Santa Sede, los planteamientos de la Fraternidad «no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria» y denuncia que el derecho canónico haya sido empleado, a su juicio, «no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella».

La Declaración reafirma puntos clásicos del magisterio preconciliar —unicidad de la verdadera religión, necesidad de la Iglesia católica para la salvación, carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa, realeza social de Cristo, condena de la laicidad y rechazo a cualquier «bendición» a parejas del mismo sexo— y plantea implícitamente al nuevo Pontífice una hoja de ruta doctrinal para una eventual normalización canónica.

A continuación reproducimos íntegramente la traducción al español del texto remitido a León XIV.

Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el abate Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX



Santísimo Padre:

Desde hace más de cincuenta años, la FSSPX se esfuerza por exponer a la Santa Sede su caso de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Lamentablemente, todas las conversaciones entabladas han quedado sin resultado, y todas las preocupaciones expresadas no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria.

Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece ser la de las sanciones canónicas. Con gran pesar nuestro, nos parece que el derecho canónico se utiliza, por tanto, no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella.

Por medio del texto que sigue, la FSSPX se complace en expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las presentes circunstancias, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.

La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en Vuestras manos. Nos parece corresponder al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos Vuestros.

No tenemos otro deseo que el de vivir y ser confirmados en la fe católica romana.

«Así, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Pues, como dice el Apóstol: ‘Todo lo que no procede de la fe es pecado’ (Rom 14, 23), cismático y fuera de la unidad de la Iglesia.» (Pontifical Romano, Monición a los ordenandos al subdiaconado)

DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina, Verbo encarnado, que ha querido una sola religión, que ha dejado definitivamente caduca la Antigua Alianza, que ha fundado una sola Iglesia, que ha triunfado sobre Satanás, que ha vencido al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá a juzgar a vivos y muertos.

Él, Imagen perfecta del Padre, Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la ofrenda voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface a la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esta Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.

Por un decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por tanto, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la noción misma de Redención tal como la Divina Providencia la ha querido.

No existe sino una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos ser salvados. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella ha enseñado siempre, no hay ni salvación ni remisión de los pecados.

Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe sino un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.

El mandato recibido por los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todo hombre y de convertir a todo hombre a la fe católica, permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta e imperiosa que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 16). Por consiguiente, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.

La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.

Su unidad se deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.

La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.

El único camino posible para restablecer la unidad entre cristianos de confesiones diversas consiste en la apremiante y caritativa llamada dirigida a los no católicos a profesar la única verdadera fe en el seno de la única verdadera Iglesia.

En modo alguno la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un culto falso o con una iglesia falsa.

El Romano Pontífice, Vicario de Cristo, es el único sujeto detentor de la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Es él solo quien confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.

«El Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para que, bajo su revelación, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Pastor Aeternus, cap. 4.)

A una fe única corresponde un culto único, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.

La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto procura la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.

Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo, a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin Cruz.

El auxilio prestado a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.

La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Cualquier otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto a la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. En modo alguno puede sustituir a la única verdadera ley moral.

A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a tomar los medios necesarios para salvar sus almas.

Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.

El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por tanto, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él, y no puede en modo alguno ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.

La sumisión de las instituciones y de las naciones en cuanto tales a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo se deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por consiguiente, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.

La cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres. No es la Iglesia la que ha de conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.

Es en esta fe y en estos principios donde pedimos ser instruidos y confirmados por Aquel que ha recibido el carisma para hacerlo. Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ellos. Es en esta fe inmutable donde deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna.

Menzingen, 14 de mayo de 2026, en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Davide Pagliarani

martes, 8 de abril de 2025

¿«Todos, Todos, Todos»?, El Mantra que se incumple en Alemania. Sacerdote tilda de “Nazi” a monaguillo y lo echa por poner en su estado de WhatsApp foto con líder de partido AfD



Esta información nos ha interesado por el hecho de que los simoniacos obispos alemanes han encontrado otra forma de excluir de su selecto grupo no solamente a los que no les sostienen sus holganzas y extravíos por medio del impuesto eclesial, sino también a los que ellos han dado de llamar “Nazis”, con cualquier justificación, incluso la más rebuscada, como la del ejemplo a continuación. Lea y entienda que aquello de “todos, todos, todos” es un simple slogan barato para mercadear un cierto tipo de Iglesia en donde precisamente no se acepta a todos, sino a los de prosapia similar. Y ahora que nos referimos a Alemania, lo que aquí aparece se parece mucho a un cierto pasaje que describía Ana Catalina Emmerick en sus visiones y revelaciones.

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Continúa el cordón sanitario contra el partido soberanista Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán), ahora también en el sector eclesiástico. En la localidad bávara de Teisnach, un joven monaguillo de 16 años ha sido apartado de sus funciones por su propio párroco después de que saliera a la luz una fotografía en la que aparece junto al eurodiputado de AfD Maximilian Krah.

El adolescente, que llevaba nueve años como monaguillo y era considerado un ejemplo dentro de su parroquia, compartió la imagen en su estado de WhatsApp tras asistir, por iniciativa propia, a varios actos políticos antes de las elecciones, entre ellos uno de AfD. A raíz de esa foto, el sacerdote lo convocó a una conversación privada en la que, según ha relatado la familia, llegó a llamarlo «nazi» y lo expulsó como monaguillo principal.

El joven no milita en ningún partido, pero eso no ha evitado que se le castigue por aparecer con un político de una formación legítima y con representación democrática. Para su familia, el episodio ha sido un mazazo. En una carta abierta, han expresado su tristeza e incomprensión, recordando que el chico incluso había manifestado interés en el sacerdocio.

Desde el obispado de Passau se ha confirmado el caso y se han limitado a recordar que la Iglesia «defiende el orden democrático y libre». Para justificar la medida, han citado una declaración de la Conferencia Episcopal Alemana de febrero de 2024 que afirma que «el nacionalismo étnico y el cristianismo son incompatibles«.

Krah también ha denunciado lo ocurrido en su cuenta en X, donde ha lamentado lo ocurrido y ha asegurado que intentará ponerse en contacto con el joven. «La Iglesia alemana del impuesto eclesiástico ha sido durante mucho tiempo postcristiana y a menudo anticristiana. El niño ahora está aprendiendo esto a las malas. Espero que esto fortalezca aún más su fe. Intentaré ponerme en contacto con él», ha afirmado.

Como ha señalado el político de AfD, lo ocurrido trasciende la anécdota y refleja una tendencia en ciertas estructuras de la Iglesia en Alemania, donde parece pesar más la vigilancia sobre las ideas políticas de los fieles que la misión de formar en la fe. El mensaje que se percibe es claro: si simpatizas con posturas que se salen del marco ideológico aceptado, puedes acabar señalado, incluso dentro de tu propia parroquia.

miércoles, 2 de abril de 2025

Continúa la sangría de fieles (y contribuyentes) de la Iglesia católica en Alemania



La mala noticia ha caído como una ducha fría la semana pasada. La Conferencia de Obispos Catòlicos Alemanes ha publicado su informe anual correspondiente al año 2024 en el que constata que 321.611 fieles han abandonado la Iglesia católica. Se confirma de este modo la hemorragia de fieles que ya se experimentaba en años anteriores.

En Roma, la noticia ha causado profunda preocupación, pues tiene lugar en momentos de difícil diálogo entre la Santa Sede y el episcopado alemán. Por otra parte, al descender el número de fieles desciende también la contribución económica que la Iglesia en Alemania puede ofrecer a la Santa Sede, la más importante en Europa.

El fenómeno de las apostasías

El fenómeno de las apostasías de la Iglesia católica se contabiliza con precisión año tras año, pues depende del número de personas que se dan de baja en el registro oficial de las iglesias. De este modo, quedan exentas de pagar el impuesto religioso.

Si bien la sangría del año 2024 ha sido muy dolorosa, es inferior a la de los dos últimos años. En 2023, 402.694 personas abandonaron la Iglesia católica, mientras que en 2022 fueron 520.000. Según estas cifras, en la actualidad, la Iglesia cuenta en el país con 19,8 millones de católicos, el 23,7 % de la población alemana.

En Alemania, el impuesto religioso (Kirchensteuer) constituye un tributo que el Estado cobra a los miembros registrados de determinadas comunidades religiosas, principalmente la Iglesia católica y las iglesias protestantes (luteranas y reformadas), aunque también lo pueden recaudar otras confesiones reconocidas oficialmente.

El impuesto religioso

El impuesto religioso en Alemania corresponde al 8 o el 9 por ciento del impuesto sobre la renta (IRPF). Solo lo pagan quienes están registrados como miembros de una iglesia oficialmente reconocida. Por ejemplo, si una persona paga 10.000 euros de impuesto sobre la renta al año, pagará entre 800 y 900 € de impuesto religioso adicional, si está registrada como miembro de una iglesia.

El impuesto lo recauda el Estado alemán a través del sistema fiscal, y luego lo transfiere a la iglesia correspondiente, quedándose con una pequeña comisión. Este mecanismo se introdujo en 1919 con el objetivo de garantizar la independencia financiera de la Iglesia con respecto al Estado.

Para dejar de pagar el impuesto es necesario apostatar oficialmente de la fe. El trámite se realiza en la oficina local de registro civil o el juzgado (dependiendo del estado). Tras la renuncia, se deja de ser oficialmente miembro de la iglesia. Puede tener consecuencias religiosas (por ejemplo, no poder casarse por la iglesia o no recibir algunos sacramentos).

Secularización y escándalos

El elevado número de apostasías de los últimos años tiene lugar a causa de una compleja serie de causas, entre las que destaca el proceso de secularización que se vive en el país. A esta crisis se le unió el impacto, en 2018 de la publicación por parte de la Conferencia Episcopal Alemana de un devastador informe sobre los abusos sexuales en el seno de la Iglesia.

Otros números fundamentales de la vida de la Iglesia católica en Alemania son negativos: en el último año ha descendido el número de bautismos: en 2024 fueron 116.222, mientras que en 2023 se habían celebrado 131.245. Los matrimonios en la iglesia fueron 22.504, mientras que en el año anterior habían sido 27.565. Como nota positiva, 4.743 creyentes fueron readmitidos en la Iglesia; en 2023 habían sido 4.127.

Para tratar de responder a esta sangría de fieles, el 1 de diciembre de 2019 la Iglesia emprendió el así llamado Camino sinodal, una asamblea formada por obispos, órdenes religiosas, comunidades y laicos representantes del Comité Central de Católicos Alemanes.

Las propuestas del Camino sinodal

En las votaciones de sus asambleas Camino sinodal ha reivindicado entre otras reformas la ordenación sacerdotal de mujeres, una mayor influencia de los laicos en la elección de los obispos, una ceremonia pública de bendición de parejas homosexuales, la reforma de las enseñanzas en materia de ética sexual en del Catecismo de la Iglesia Católica, la posibilidad de ordenar a sacerdotes casados.

Tanto representantes de la Curia Romana como el mismo Papa Francisco han intervenido en varias ocasiones para explicar que esta asamblea de laicos, clérigos y religiosos no tiene el poder para cambiar las enseñanzas de la Iglesia de manera autónoma.

Homologar a la Iglesia católica con la protestante

En junio de 2022 el Papa Francisco, en una entrevista publicada por la “Civiltà Cattolica” explicó que el Camino sinodal alemán, tal y como está organizado, corre el riesgo de homologar a la Iglesia católica con la protestante, dado que acaba asumiendo sus mismos postulados.

“Ya hay una muy buena Iglesia evangélica en Alemania. No necesitamos dos”, explicó el Papa, repitiendo el consejo que ya había dado a monseñor Georg Bätzing, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana.

Problemas similares para la Iglesia Evangélica

La preocupación del Vaticano parece ser confirmada por los números. La adopción de un modelo de Iglesia como el de la protestante no reduce el número de las apostasías. De hecho, la Iglesia Evangélica en Alemania (EKD) está viviendo el mismo fenómeno. En 2024, aproximadamente 345.000 protestantes abandonaron formalmente la iglesia. El número de los cristianos evangélicos en el país ha descendido a unos 18 millones.

El constante descenso de fieles implica también menos ingresos para la Iglesia alemana, una de las mayores contribuyentes a nivel económico con la Santa Sede. En 2023, los ingresos de las 27 diócesis alemanas ascendieron a 6.510 millones de euros, prácticamente 330 millones de euros menos, es decir, un 5% en comparación con 2022.

martes, 24 de octubre de 2023

El canciller alemán, Olaf Scholz, constata ahora el fracaso del multiculturalismo y señala que deben deportar «a gran escala» (Carlos Esteban)


Uno de los incontables lujos de ser de izquierdas es que puedes decir cosas que, en un político de cualquier otra ideología, te valdría la condena universal por fascista. El ejemplo más reciente de esta ley universal es el canciller alemán Olaf Scholz, socialdemócrata del SPD, quien abre el prestigioso semanario Der Spiegel con estas sorprendentes declaraciones: «Debemos deportar al fin a gran escala».

Después de más de un millón de extranjeros llegados al país desde el infausto momento en que Angela «Mutti» Merkel decidió invitar a todos los refugiados a instalarse en Alemania, el Gobierno germano ha necesitado ver las masivas manifestaciones en favor de Hamás en sus ciudades para darse cuenta de que el modelo cultural ha fracasado con consecuencias espantosas.

Porque ya no se trata de diluir completamente la cohesión social del país o de multiplicar la inseguridad ciudadana: ahora es una cuestión de seguridad nacional, reconoce Scholz en la entrevista concedida al semanario. Así que, añade, la solución final sería «deportar a gran escala a los que no tienen derecho a estar aquí». Y deprisa, añade.

Claro que quizá no sea la «cuestión de seguridad» lo único que haya movido al mandatario a tomar esta súbita decisión, en contradicción absoluta con la política de todos los partidos históricos del país; es más que probable que hayan influido en su ánimo consideraciones electorales: los soberanistas de Alternativa por Alemania (AfD) son ya la segunda fuerza del país, tras los democristianos de la CDU-CSU.

Casi tres cuartas partes de los alemanes consideran que la inmigración procedente de países islámicos supone un alto riesgo para la seguridad, según una encuesta de Insa encargada por el periódico Bild .

La encuesta encontró que el 71,1% de los encuestados cree que los inmigrantes de países con una fuerte influencia islámica representan un «riesgo de seguridad para Alemania». Por el contrario, sólo el 9,1% respondió negativamente. Otro 19,8% no respondió.

La encuesta también muestra que el 57,7% de los alemanes dicen estar convencidos de que hay «muchos» musulmanes en Alemania que apoyan el terrorismo contra Israel, mientras que el 18,1% rechaza esta afirmación. Otro 24,2% no dio respuesta.

Las marchas propalestinas, que se han convertido en violencia en algunas ciudades alemanas , han copado los titulares de todo el país en los últimos días.

Alemania no da ya abasto con la inmigración ilegal, que en los últimos meses ha vuelto a dispararse: en los primeros nueve meses de 2023 han llegado a Alemania 92.119 personas por la puerta de atrás, una cifra récord en los últimos siete años. En 2022, fueron 91.986, y en 2021, 57.637. El punto más alto se alcanzó con la infausta invitación de Merkel en 2016, cuando 111.843 inmigrantes entraron de golpe en Alemania, y eso sin contar a los inmigrantes legales.

Carlos Esteban

sábado, 12 de noviembre de 2022

Dios no está presente en este proceso sinodal



(Riposte Catholique)-En su blog, el obispo Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de Bois-le-Duc (Países Bajos), denuncia el proceso sinodal:

El jueves 27 de octubre, la Secretaría del Sínodo de los Obispos en Roma presentó el documento de trabajo para la fase continental del sínodo «Por una Iglesia sinodal: communio, participatio, missio». La declaración se hizo en una conferencia de prensa presidida por el cardenal Grech y celebrada en el centro de prensa de la Santa Sede en Roma. El documento se titulaba «Aumenta el espacio de tu tienda» (Isaías 54:2). Sobre la base de todos los documentos finales de las reuniones en los distintos continentes, la Secretaría del Sínodo de los Obispos elabora el Instrumentum Laboris, el documento de trabajo para las reuniones sinodales de 2023 y 2024.

El mantra del proceso es: escuchar. ¿A quién? A todos. El documento de trabajo contiene un buen número de citas.

«Estas citas se han elegido porque expresan de forma especialmente poderosa, bella o precisa sentimientos que se expresan de forma más general en muchos informes. La experiencia sinodal puede leerse como una forma de reconocimiento para aquellos que no se sienten suficientemente reconocidos en la Iglesia.»

Los perfiles del proceso sinodal son cada vez más claros. Proporciona un megáfono para las opiniones no religiosas. El documento indica hacia dónde debe conducir el camino sinodal en última instancia:

«Significa una Iglesia que aprende escuchando a renovar su misión evangelizadora a la luz de los signos de los tiempos, para seguir ofreciendo a la humanidad un modo de ser y de vivir en el que todos puedan sentirse incluidos como protagonistas.»

Quiénes son los que se sienten excluidos. Párrafo 39:

«Entre los que reclaman un diálogo más significativo y un espacio más acogedor, encontramos también a quienes, por diversas razones, sienten una tensión entre la pertenencia a la Iglesia y sus propias relaciones amorosas, como por ejemplo: divorciados vueltos a casar, padres solteros, personas en matrimonios polígamos, personas LGBTQ, etc. 
».

En resumen, los que no están de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia Católica. Lo que el documento de debate parece sugerir es que hagamos una lista de quejas y luego las debatamos. La misión de la Iglesia es diferente. No es examinar todas las opiniones y luego llegar a un acuerdo. Jesús nos mandó algo más: proclamar la verdad; es la verdad la que os hará libres. El comentario de que la Iglesia no presta atención a la poligamia es especialmente curioso. Además, el documento no presta atención a los tradicionalistas. Ellos también se sienten excluidos. De hecho, el Papa Francisco los considera literalmente como tales (Traditionis Custodes). Aparentemente no hay empatía para este grupo.

Hasta ahora, el proceso sinodal parece más bien un experimento sociológico y tiene poco que ver con el Espíritu Santo que supuestamente resuena a través de todo el ruido. Casi se podría decir que es una blasfemia. Lo que está cada vez más claro es que el proceso sinodal va a ser utilizado para cambiar una serie de posiciones de la Iglesia. Lo principal que sale de las sesiones de escucha es una fe evaporada, que ya no se practica y que no acepta las posiciones de la Iglesia. La gente se queja de que la Iglesia no acepta sus opiniones. Aunque esto no es del todo cierto. Los obispos flamencos y alemanes van aún más lejos, lo que en realidad es mucho más trágico. Ya no quieren llamar pecado al pecado. Así que de conversión y arrepentimiento ya no se habla.

Como era de esperar, los llamamientos a la admisión de las mujeres al sacerdocio incluyen

«el papel activo de las mujeres en las estructuras de liderazgo de los organismos eclesiásticos, la posibilidad de que las mujeres convenientemente formadas prediquen en las parroquias, y un diaconado y un sacerdocio femeninos
».

Un ejercicio inútil, dado que los tres últimos pontificados han declarado explícitamente que esto es imposible. En política, todo está abierto a la discusión y al debate. Este no es el caso de la Iglesia. Existe una doctrina de la Iglesia que no está sujeta a tiempo y lugar. Pero el documento de trabajo realmente parece cuestionarlo todo. Así, leemos en el párrafo 60:

«La llamada a la conversión de la cultura de la Iglesia, para la salvación del mundo, está concretamente ligada a la posibilidad de establecer una nueva cultura, con nuevas prácticas y estructuras. »

Y luego dice esto:

«Se pide a los obispos que busquen los medios adecuados para llevar a cabo su tarea de validación y aprobación del documento final y que éste sea el fruto de un auténtico camino sinodal, respetuoso con el proceso realizado y fiel a las diferentes voces del pueblo de Dios en cada continente.»

Aparentemente, el cargo de obispo se reduce a la mera aplicación de lo que, en última instancia, es el máximo común denominador como resultado de una cascada de opiniones. La eventual fase final del proceso sinodal sólo puede parecerse a un día de excursión. Como es de esperar, todos los que no se salen con la suya dirán que están excluidos. De antemano, esto es una receta para el desastre. Si todo el mundo consigue lo que quiere -lo que no es realmente posible- el desastre es total. Entonces, la Iglesia habrá renegado de sí misma y dilapidado su identidad.

Al presentar el documento de trabajo, el cardenal Grech insistió mucho en que la tarea de la Iglesia es actuar como amplificador de todo el sonido que provenga del interior de la Iglesia, aunque sea contrario a lo que ésta siempre ha proclamado. Antes era diferente. En la época de la Contrarreforma, la Iglesia insistía en la claridad de sus afirmaciones. Convences a la gente defendiendo la fe católica de forma argumentada y con plena convicción. No se convence a nadie escuchando y dejando las cosas como están. Lo que molesta es que los obispos tenían instrucciones de escuchar y documentar lo que se decía. Estos informes se recogían en las provincias eclesiásticas y se enviaban a Roma. Informes que contienen múltiples herejías con la firma de la conferencia episcopal. No podíamos hacer otra cosa, pero no estoy nada contento. Muchos cardenales, por cierto, han devuelto la patata a Roma, preguntando qué es realmente la sinodalidad. No ha habido una respuesta clara.

Jesús adoptó un enfoque diferente. Escuchó a los dos discípulos decepcionados en el camino de Emaús. Pero en un momento dado habló y dejó claro que iban por mal camino. Esto les llevó a dar la vuelta y regresar a Jerusalén. Si no nos volvemos, acabaremos en Emaús y estaremos aún más lejos de casa de lo que ya estamos.

Una cosa está clara para mí. Dios no está presente en este abrumador proceso sinodal. El Espíritu Santo no tiene absolutamente nada que ver. Entre los protagonistas de este proceso hay, en mi opinión, demasiados defensores del matrimonio homosexual, personas que no creen realmente que el aborto sea un problema y que nunca se muestran como defensores del rico credo de la Iglesia, queriendo sobre todo caer bien a su entorno laico. Qué falta de cuidado pastoral, qué falta de amor. La gente quiere respuestas genuinas. No quieren volver a casa con más preguntas. Estáis alejando a la gente de la salvación. Es por ello que he renunciado al proceso sinodal.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

¿Qué hacer con los obispos cuando no cumplen con su deber?



El día de su ordenación episcopal, Benedicto XVI escogió como lema “Cooperatores Veritatis”. El Pontífice alemán, tuvo claro desde el primer momento que su labor como obispo, debía estar enfocada a arrojar luz y defender la verdad.

Por desgracia, hoy en día vemos como cada vez más obispos se saltan a la torera este precepto, siendo ellos causantes y promotores de grandes inmoralidades y confusiones.

Mientras algunos se afanan por reformar la Iglesia desde dentro intentando colar doctrinas y enseñanzas nocivas, otros callan ante estos abusos.

Las herejías de alemanes y belgas

Hace escasos días, asistimos atónitos a cómo gran parte del episcopado alemán, con su presidente y el cardenal Marx a la cabeza, apoyaban reformas en moral sexual, uniones homosexuales y ordenación de mujeres.

Este pulso, no se mantiene desde el desconocimiento. Resulta inverosímil que haya obispos que desconozcan la nota que emitió la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde afirmaba que no se podía bendecir el pecado, en referencia a las parejas homosexuales. Por otro lado, es difícil de creer que los obispos desconozcan la Ordinatio Sacerdotalis de san Juan Pablo II donde afirma que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia».

Con todo esto, ¿cómo es posible que todavía queden obispos que planten cara de manera tan frontal y abierta contra el Magisterio de su propia Iglesia?

Cuando no se toman decisiones y se actúa de manera impune, es fácil que se produzca el «efecto llamada». En vistas que la inmensa mayoría del episcopado alemán se revuelve contra Roma y no pasa nada, ahora sus colegas belgas han decidido iniciar una nueva senda de ruptura con el Vaticano y la enseñanza católica.

En el día de ayer, publicamos como la Conferencia Episcopal de Bélgica, con el cardenal De Kesel a la cabeza, ha decidido abrazar y bendecir las uniones entre parejas homosexuales.

Lo que se esconde detrás de todas estas acciones, no es otra cosa que intentar «matar al pecado» y caer en que todo vale y que sólo hace falta ayudar a los pobres. En otras palabras, se trata de convertir la Iglesia católica, en una gran ONG.

Esta misma semana, hemos visto como algunos obispos han levantado la voz contra un error de Francisco en una de sus últimas cartas. Este tipo de actitudes no es lo habitual ya que siempre existe el temor a que pueda ocurrir como le pasó al obispo de Arecibo, monseñor Daniel Fernández, y ser destituido de un plumazo por parte del Papa.

Afortunadamente, aún algunos pocos obispos fieles a la verdad y que sin miedo ni complejos no dudan en levantar la voz cuantas veces sea necesario, tal y como han demostrado en numerosas ocasiones el obispo de Tyler, Joseph E. Strickland o Athanasius Schneider. También dentro del colegio cardenalicio los hay, como Müller o Sarah, que se han atrevido a corregir a sus colegas y alertar de estos peligros dentro de la Iglesia. Hay muchos otros, que públicamente prefieren guardar silencio.

El papel de los obispos y la doble vara de medir

Quizá haga falta recordar a este grupo de obispos progresistas colaboradores de doctrinas heréticas y confusas, que el Código de Derecho Canónico establece en el punto 386 que «el Obispo diocesano debe enseñar y explicar a los fieles las verdades de fe que han de creerse y vivirse, predicando personalmente con frecuencia; cuide también de que se cumplan diligentemente las prescripciones de los cánones sobre el ministerio de la palabra, principalmente sobre la homilía y la enseñanza del catecismo, de manera que a todos se enseñe la totalidad de la doctrina cristiana».

Cabe preguntarse, de manera legítima, el motivo por el cuál no «se actúa de oficio» en estos casos por parte de la Santa Sede y apartar cuanto antes a estos obispos que confunden al pueblo de Dios.

Es difícil de entender el empeño de Roma de poner su atención en restringir la Misa Tradicional por «falta de unidad» cuando resulta que hay un grupo de cardenales, obispos y sacerdotes que defienden públicamente doctrinas contrarias que menoscaban la unidad dentro de la Iglesia.

Resulta también sorprendente que se esté más preocupado en paralizar las ordenaciones en la diócesis de Frejús-Toulon, cuando es uno de los seminarios con más vocaciones de Francia o que se intervengan instituciones y movimientos de sana y buena doctrina que llenan las iglesias sin necesidad de inventarse cosas raras.

Redacción Infovaticana