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jueves, 13 de septiembre de 2018

EL MATRIMONIO entre HOMBRE Y MUJER es el que mayor beneficio aporta a la sociedad, dice Sophia Kuby


Duración 3:51 minutos

MI GRAN SILENCIO (La importancia del celibato sacerdotal) por Agnus Dei Prod


Duración 11:14 minutos

“No acabarán los abusos hasta que el Papa acabe con ‘la mafia lavanda’ en la Iglesia’’ (Teóloga Janet Smitht)



EN UN ARTÍCULO DEL SUPLEMENTO DE EL MUNDO, 'CRÓNICA', ANALIZA LA VISIÓN DE ESTA TEÓLOGA AMERICANA SOBRE LOS ESCÁNDALOS DE ABUSOS EN LA IGLESIA CATÓLICA.


Así llama la teóloga Janet Smith al ‘lobby’ filohomosexual que, según ha denunciado el nuncio Viganò en su carta-bomba contra Francisco, habría acumulado un enorme poder en la Iglesia católica. «Los homosexuales activos se protegen unos a otros para escalar en la jerarquía», sostiene ella.

Hace 17 años que Janet Smith (68 años) enseña Teología en el Seminario del Sagrado Corazón en Detroit (Michigan). Antes fue catedrática de Filosofía Clásica en las universidades de Dallas y Notre Dame. Smith conoce bien los complicados vericuetos del clero aunque la suya haya sido una vida dedicada al estudio y a la formación de jóvenes seminaristas. Hoy, dice, asiste compungida al descrédito de la Iglesia católica que pese a su labor social (ahí está Cáritas, las residencias de ancianos, las monjitas misioneras…) y evangelizadora últimamente parece ser sólo noticia por los escándalos de abuso sexuales. El último, a propósito de la dimisión del cardenal Theodore McCarrick (88 años), una de las figuras más destacadas de la Iglesia en EEUU, tras las denuncias de varios menores y algunos seminaristas. El escándalo se suma a la crisis de Chile por la que todos los obispos presentaron su renuncia al Papa.

Smith lo tiene claro: «El problema de los abusos no podrá resolverse sólo con la dimisión de algunos obispos, ni tampoco con nuevas directrices burocráticas. El problema son las redes homosexuales existentes en el clero, que tienen que ser erradicadas», explica a Crónica.

La profesora Smith, autora de varios superventas sobre sexualidad y anticonceptivos además de consejera habitual de la Santa Sede, es uno de los referentes de la carta que hace dos semanas Carlos María Viganò (77 años), arzobispo titular de Ulpiana y ex nuncio apostólico en EEUU entre 2011 y 2016, remitió a los medios en la víspera de la llegada del Papa Francisco a Dublín. El viaje a la capital irlandesa no sólo tenía una finalidad pastoral. También se esperaba que el Sumo Pontífice pidiera perdón por los abusos perpetrados por algunos miembros del clero en el país.

La misiva de Viganò (titulada Para sacar a la Iglesia de la ciénagainmensa en la que ha caído) es un desafío sin precedentes. El arzobispo denunciaba que Francisco ya había sido advertido de las actividades de McCarrick (de hecho habría levantado las sanciones que Benedicto XVI habría impuesto al cardenal) al mismo tiempo que describía una suerte de lobby gay que regiría una parte importante de la Iglesia y con el que también colaborarían los cardenales Sodano y Bertone, a quien directamente acusa de ser notoriamente favorables a la promoción de homosexuales. Tampoco ahorraba críticas al cardenal Francesco Coccopalmerio y el arzobispo Vincenzo Paglia, pertenecientes al parecer «a la corriente filohomosexual favorable a subvertir la doctrina católica respecto a la homosexualidad»; corriente que ya fue denunciada en 1986 por Ratzinger cuando era cardenal. «Estas redes, difundidas ya en muchas diócesis, seminarios, órdenes religiosas, etc., actúan protegidas por el secreto y la mentira con la fuerza de los tentáculos de un pulpo, triturando a las víctimas inocentes, a las vocaciones sacerdotales y estrangulando a toda la Iglesia (…) Tenemos que tener la valentía de derribar esta cultura de omertá y confesar públicamente las verdades que hemos mantenido ocultas», concluía la carta. Las palabras de Viganò fueron interpretadas como un ataque frontal al Papa Francisco por parte de los sectores tradicionalistas de la Iglesia teóricamente deseosos de acabar con el relativo aperturismo del pontífice argentino. Aunque de momento el silencio ha sido la única respuesta del Vaticano, los articulistas más cercanos al Papa se han encargado de desprestigiar al nuncio, ariete de una supuesta conspiración ultraconservadora para obligar a dimitir a Bergoglio.

Smith, sin embargo, defiende a Viganò. «No es una cuestión de apoyar una facción u otra. A mí me parece que tiene credibilidad y además ha dicho que los documentos de los que habla se pueden consultar en Filadelfia, en Washington DC y en Roma. Así que no hay por qué dudar de sus palabras. Basta ir a los archivos. Las críticas son irrelevantes. Lo importante es que se sepa la verdad. Destruir al mensajero no va ayudar a la Iglesia».

Smith dice no saber de las andanzas de McCarrick. «Personalmente, nunca escuché nada aunque tengo entendido que eran la comidilla. Ahora es cuando estoy empezando a recibir denuncias respecto a este tipo de comportamientos. Me han contado estudiantes como un cura les amenazó con destruirles si revelaban sus prácticas homosexuales. O por simplemente negarse a pasar el fin de semana con el sacerdote de marras. Así es imposible que los chicos lleguen a admirar a la persona que debe convertirse en un mentor, en su persona de confianza. En cualquier caso, éste no es un tema que afecte únicamente a la Iglesia. El otro día recibí la carta de un chico que me comentaba que su entrenador de baseball le había violado 700 veces».

Según cuenta Viganò, era un secreto a voces que el cardenal McCarrick compartía lecho con los seminaristas y que en cierta ocasión se llevó a cinco jóvenes a pasar un fin de semana a su casa de la playa. «La Iglesia tiene un problema. Hay muchos homosexuales activos que no están respetando el voto de castidad. Están los que son pederastas, que son una minoría. Pero por otro lado están otros que tienen relaciones consentidas con jóvenes seminaristas. (Un estudio 1950-2002. The nature and scope of sexual abuse of minors by catholic priests and deacons in USA sostiene que el porcentaje de abusos homosexuales en la Iglesia asciende al 80% del total. O incluso están los que tienen una pareja estable (ya sea hombre o mujer). Y esto es un problema porque evidencia que no creen en las enseñanzas de la Iglesia. Llevan sus vidas como si fueran libres. Por supuesto que también hay homosexuales que se mantienen castos. ¡Y merecen una medalla!».

¿Pero no sería mejor, como apuntan algunas voces, acabar con el voto de castidad? «Cuando un chico ingresa en un seminario tiene muchos años por delante para pensar lo que conllevan los votos. De todas formas, le garantizo que estos curas homosexuales no iban a casarse con una mujer». Los datos parecen darle la razón. La Iglesia protestante tampoco está exenta de casos de abusos. Smith denomina Mafia Lavanda (a medio camino entre el púrpura cardenalicio y el rosa) al supuesto lobby gay que se habría hecho fuerte en la Iglesia. «Es un grupo de homosexuales activos que se protegen entre ellos para tomar el control de las diócesis. Y así muchos llegan a puestos de poder desde donde pueden ejercer presiones contra los muchos curas que no están de acuerdo con su forma de vida. Y les boicotean. Luego ayudan a los suyos a llegar más lejos en la jerarquía eclesiástica. Este tipo de gente son Harvey Weinsteins [homosexuales] con sotana. Muchos de ellos se aprovechan de los seminaristas, de los curas jóvenes o de cualquier chico que se acerque a la parroquia. Son depredadores que abusan de su situación de poder para obligar a otros miembros de la Iglesia a mantener relaciones con ellos». Viganò insiste en que el comportamiento de McCarrick no era precisamente velado. La teóloga es tajante: «Cuando llegaba una denuncia, respondían diciendo que McCarrick era muy bueno recaudando fondos para la Iglesia. ¿Y eso qué les importa a las víctimas?»

La teóloga prefiere no especificar pero denuncia que en algunas diócesis el porcentaje de religiosos homosexuales asciende al 50% de sus miembros. «Por eso algunos temen actuar. Les da miedo exigirles que respeten sus votos y quedarse sin curas. Pero la Iglesia y sus feligreses tienen derecho a que los sacerdotes crean en sus propias enseñanzas».

La homosexualidad en cualquier caso nunca ha sido ajena a la Iglesia católica. Por ejemplo Julio II (1503-1510) y León X (1510-1521) fueron retratados por sus contemporáneos como notorios «sodomitas». Además Francisco ha tenido declaraciones contradictorias al respecto. Desde el «Dios te hizo así», con el que a finales de abril consoló a un joven gay chileno víctima de los abusos, a aconsejar a los padres de niños con tendencias homosexuales que manden a sus hijos al psiquiatra para que, según matizó después el Vaticano, aprendan a aceptarlo. En cualquier caso, como Benedicto XVI, Bergoglio también ha desaconsejado el ingreso de gays en los seminarios. Smith prefiere no pronunciarse respecto a la actitud de Francisco. «Lo único que me parece es que debería hacer gala de esa transparencia de la que habló en la carta que escribió recientemente a los obispos de EEUU. De momento, su silencio respecto a las acusaciones de Viganò parece contradictorio. La verdad es que me gustaría ser optimista. Desde que se desvelaron los primeros casos de abusos en Boston, hay un evidente cambio de actitud en gran parte de los jóvenes que ingresan en los seminarios. Son más comprometidos y decididos a respetar los votos».

La semana pasada, Alfa y Omega, periódico editado por el Arzobispado de Madrid, despachaba la carta de Viganò como una «jugarreta que los críticos internos» tenían preparada al Papa. «La respuesta frente a esta pequeña pero influyente minoría, ahora hipócritamente reagrupada bajo la bandera de los abusos, no debe ser entrar en polémicas cainitas. Más eficaz es continuar en la línea de las reformas para seguir mejorando la formación afectivo sexual en los seminarios y fomentando una mayor presencia en los órganos de decisión de la Iglesia de los laicos (en particular, de mujeres)».

Una línea similar a la que propone Smith. «Hay que abrir a los laicos los archivos de los que habla Viganò y llegar al fondo de la cuestión. Y no sólo para condenar a los culpables sino también para despejar cualquier duda sobre los que sean inocentes. Hay que hacer todo lo posible para que los feligreses vuelvan a confiar en la Iglesia y sepan que si su hijo quiere ser monaguillo o se decide a tomar los hábitos estén seguros de que no sufrirán acoso alguno. Por eso es tan importante que se llegue hasta al final. Es una pena que pese a todo lo que hace la Iglesia sólo se hable de abusos sexuales. Lo de menos es perder sacerdotes. Ya sea porque pertenezcan a la Mafia Lavanda, porque abusen de sustancias tóxicas o porque sean unos narcisistas ambiciosos. Lo importante es que los católicos puedan volver a confiar en la Iglesia».

A muchos el discurso de la profesora Smith les parecerá homófobo. «Ése también es un riesgo», concluye la teóloga.

Consejos vendo, que para mí no tengo (José Martí) (2) El discernimiento como amor a la verdad


Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1)

Acabado el inciso anterior, continúo con el tema de la «Franciscolatría». Ésta, básicamente, consiste en considerar que todo cuanto sale de la boca de Francisco es magisterio. Pero, ¿realmente eso es así?

¿Es magisterio todo lo que el Papa piensa y cualquier cosa que se le ocurra? Es evidente que no, por más que haya todavía bastantes católicos que así lo «piensan», si es que puede llamarse pensar a no hacer uso del pensamiento racional, facultad que Dios nos ha dado para que la ejercitemos, al objeto de alcanzar la verdad.

No vamos a emitir aquí ningún tipo de juicio condenatorio. Eso es algo que nadie puede hacer, pues se refiere a personas concretas: « En cuanto a mí, ni siquiera yo mismo me juzgo (...) Quien me juzga es el Señor» (1 Cor 4, 3-4). Sin embargo, hay que diferenciar entre el juicio a las personas y el razonamiento acerca de los hechos. Éste es necesario, al objeto de alcanzar la verdad ... incluso si esos hechos han sido realizados por el Papa, que es nada menos que el Vicario de Cristo en la Tierra ... ¡pero no es infalible ... salvo en contados casos, que están muy bien estudiados en Teología!

Y es que por encima del Papa está Dios ... y «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Si las palabras del Papa -por las razones que sean- contradicen el Evangelio, son entonces mundanas y merecedoras, por lo tanto, de reprobación. Esto no es nada nuevo. Pablo ya reprendió a Pedro y lo hizo delante de todos, porque Pedro no estaba actuando conforme a la verdad; y lo que estaba en juego era, nada menos, que el futuro de la Iglesia, la cual tiene que mantenerse fiel a su Fundador:

«Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté a él cara a cara, porque era digno de reprensión» (Gal 2, 11) ... Cuando vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas, en presencia de todos: «si tú, que eres judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo obligas a los gentiles a vivir como judíos?» (Gal 2, 14). 

¿Tenemos que estar con el Papa o no? Depende de lo que entendamos por estar con el Papa. Hay un artículo de Ricardo Cascioli, en el que el cardenal Carlo Caffarra  explica, con claridad, lo que significa «estar de verdad con el Papa». No significa decir amén a todo cuanto el Papa diga; y en el caso de los cardenales significa aconsejarle, siempre que lo necesite, para que de su boca no salgan palabras contrarias al Evangelio, que puedan conducir a los fieles a confusión, como está ocurriendo en el caso de Francisco. 

Aunque lo hemos repetido ya muchas veces y forma parte del título de este Blog, no me importa repetirlo de nuevo, dada la importancia fundamental que esto tiene, con vistas a nuestra salvación; el propio San Pablo también lo hace; y con insistencia:
«Aunque nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciara un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como hemos dicho, y ahora vuelvo a decirlo: si alguien os anuncia un Evangelio distinto del que recibisteis, ¡sea anatema!» (Gal 1, 8-9)
Es un grave error, pues, la «Papolatría» en general y la «Franciscolatría», en particular, que es lo que estamos presenciando en este mundo de hoy, que se ha vuelto completamente loco. Una cosa es la obediencia al Papado, como institución fundada por Jesucristo, y otra la obediencia a un papa concreto: ésta dependerá de que el Papa sea fiel a la Tradición recibida. Eso sí: siempre tiene que haber una actitud de respeto y de cariño hacia el Papa, sea el que sea, dada su condición de Vicario de Cristo en la Tierra. Y obediencia también, por supuesto ... pero sin olvidar que la misión del Papa es la de confirmar en la fe a sus hermanos. De no ser así, un cristiano que de veras quisiera al Papa tendría la obligación de no obedecerlo.

La obediencia ciega, en estos casos, no es lo que Dios quiere: Dios, al crearnos, nos ha dotado de una inteligencia y de una voluntad, para que las ejercitemos y nos vayamos perfeccionando y creciendo. El cristiano, como toda persona, no tiene prohibido pensar. ¿Por qué? Pues porque el pensamiento tiene como objeto el conocimiento de la verdad, y la aproximación, cada vez mayor, a la verdad, nos lleva -además- a estar más cerca del Señor, que es lo que realmente importa ... dado que Él dijo de Sí Mismo: «Yo soy la Verdad» (Jn 14, 6).

De manera que no sólo no está prohibido sino que es una obligación para el cristiano el ejercicio de su inteligencia en el hábito del recto pensar, que es el que conduce al conocimiento de la verdad. Jesucristo, cuando habla, no lo hace para tener «contenta» a la gente, ni busca el aplauso del mundo, sino que habla con verdad:
  «Yo, para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37)
«Todo el que obra mal aborrece la luz, y no viene a la luz para que sus obras no le acusen; pero quien obra según la verdad viene a la luz,  para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3, 20-21)
La verdad es, pues, fundamento y base de la Religión Católica. De Jesucristo, que es nuestro Modelo, tenemos que aprender el amor a la verdad ... una verdad que, en última instancia, es Él mismo. 

Cualquier verdad, por pequeña que sea, nos conduce hasta Dios y, en particular, nos lleva a conocer más y mejor a Jesucristo, el cual es la razón de nuestra existencia y lo que da sentido a nuestra vida. Por el bautismo fuimos hechos cristianos y nos convertimos en verdaderos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo, todo ello sin mérito alguno por nuestra parte: nuestra filiación divina es pura gracia. 

Nunca agradeceremos lo suficiente este don inmenso de la gracia santificante, que Él concede a los que lo aman ... un amor a Dios, al que es imposible acceder si no se ama la verdad: sólo ésta nos puede conducir a Él ... y tenemos la seguridad de que alcanzaremos este amor ... pues nosotros mismos hemos sido alcanzados por Cristo (Fil 3, 12). 

Por otra parte, y siguiendo con nuestro tema, nos encontramos con el hecho de que el papa Francisco es el primero que dice, por activa y por pasiva, que tenemos que discernir, tenemos que aplicar el discernimiento en todo cuanto hagamos. Y dice bien, pues discernir es tener criterio, con vistas a conocer la verdad o la falsedad de las cosas. 

El discernimiento, bien entendido, es muy importante. Pero -y esto es esencial- en la mente de quien discierne debe de estar siempre presente la radicalidad del amor a la verdad: sólo si este amor es sincero puede hablarse, entonces, de un verdadero discernimiento. 

Lo que no debe hacerse nunca (¡pero se hace!) es traicionar la verdad. Quien hiciera tal cosa no habría discernido bien, pues el discernimiento tiene por objeto el acercamiento a la verdad y el alejamiento de la mentira

Si el discernimiento nos lleva a Jesucristo, que es la Verdad, podemos estar seguros de haber discernido bien. Si al «discernir» nos separamos de Dios, y Jesucristo apenas si significa ya nada para nosotros, tal «discernimiento» ha sido erróneo, pues a consecuencia de él nos hemos separado de la verdad: hemos discernido mal. Nos hemos equivocado. 

Un verdadero discernimiento -en ese caso- nos llevaría a rectificar y a volver al buen camino, al camino recto, al camino de la cruz y de la senda estrecha ... que es el único que, al seguirlo, puede hacernos felices, ya en esta vida, en la medida en la que eso es posible ... y, por supuesto, en la otra; seguridad que será tanto mayor cuanto más nos fiemos de las palabras de Jesús: 
«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!»  (Mt 7, 13-14)
Continuará

Iglesia y hombres de Iglesia (De Mattei)



La valerosa denuncia de escándalos eclesiásticos hecha por el arzobispo Carlo Maria Viganò ha suscitado el consenso de muchos, pero también la desaprobación de algunos, convencidos de que habría que cubrir con un velo de silencio todo lo que desacredite a los representantes de la Iglesia.
Este deseo de proteger la Iglesia es comprensible cuando el escándalo es excepcional. En ese caso se correría el peligro de generalizar achacando a todos el comportamiento de unos pocos. Pero es muy diferente cuando la inmoralidad es la regla, o al menos una forma de vida generalizada que se acepta como normal.
En este caso, la denuncia pública es el primer paso a tomar para reformar las costumbres. Romper el silencio es uno de los deberes de los pastores, como advirtió San Gregorio Magno: 
«¿Qué es para un pastor el miedo a decir la verdad sino volver la espalda al enemigo con el silencio? Si, por el contrario, se desvive por defender a la grey, levanta un baluarte contra los enemigos de la casa de Israel. Por eso advierte el Señor por la boca de Isaías: “Clama a voz en cuello y no ceses, cual trompeta alza tu voz” (Is. 58, 1).»
Con frecuencia, la raíz de un silencio culpable está en no saber distinguir entre la Iglesia y los hombres de la Iglesia, ya sean simples fieles, obispos, cardenales o el Papa. Uno de los motivos de esta confusión es precisamente la dignidad de las autoridades implicadas en el escándalo.
Cuanto más alta sea su dignidad, más se tiende a identificarlos con la Iglesia, atribuyendo el bien y el mal indiferentemente a una y a otros. En realidad, el bien sólo corresponde a la Iglesia, mientras que todo el mal se debe a los hombres que la representan.
Por eso la Iglesia no puede ser calificada de pecadora
«[La Iglesia] –escribe el P. Roger T. Calmel O.P. (1920-1998)– no pide perdón al Señor por los pecados que haya cometido ella, sino por los que cometen sus hijos por no haberla escuchado como a la madre suya que es». (Breve apologia della Chiesa di sempre, Editrice Ichtys, Albano Laziale 2007, p. 91).
Todos los hombres que pertenecen a la Iglesia docente o a la discente son hombres, con su naturaleza herida por el pecado original. Ni el bautismo vuelve impecables a los fieles, ni las órdenes sagradas a los miembros de la jerarquía. El propio Sumo Pontífice puede pecar y errar, excepto en lo atañe al carisma de la infalibilidad.
Es preciso recordar además que los fieles no constituyen la Iglesia, como sí pertenecen en cambio a la sociedad humana, creada por los miembros que la componen y que se disuelve en cuanto éstos se separan.
Decir «somos Iglesia» constituye una falsedad, porque la pertenencia de los bautizados a la Iglesia no se deriva de su voluntad: es el propio Cristo el que invita a formar parte de su grey, y le dice a cada uno: «Vosotros no me escogisteis a Mí; pero Yo os escogí» (Jn. 15, 16). La Iglesia fundada por Jesucristo tiene una constitución humana y divina a la vez. Humana, porque un componente material es pasivo, formado por todos los fieles, ya sean parte del clero o del laicado. En cuanto a su alma, es divina y sobrenatural.
Tiene su cimiento en su Jefe Jesucristo, y su  impulsor sobrenatural es el Espíritu Santo. Por consiguiente, la Iglesia no es santa porque lo sean sus miembros, sino que sus miembros son santos gracias a Jesucristo que la dirige y al Espíritu Santo que la vivifica. De modo que atribuir las culpas a la Iglesia es lo mismo que atribuírselas a Jesucristo y al Espíritu Santo. Todo lo bueno procede de ellos, es decir, «cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso y de digno de alabanza» (Filip. 4,8), y todo lo malo de hombres de la Iglesia: desórdenes, escándalos, abusos, violencias, vergüenzas y sacrilegios.
«Por eso –escribe el teólogo pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996), que ha dedicado algunas hermosas páginas a este tema– no tenemos el menor interés en disimular las culpas de los malos cristianos, los sacerdotes indignos, los pastores viles e ineptos, deshonestos y arrogantes. Sería ingenuo e inútil defender su causa, atenuar su responsabilidad, reducir las consecuencias de sus errores, recurrir a contextos históricos y situaciones singulares para luego explicarlo todo y absolverlos a todos» (Chiesa e uomini di Chiesa, Edizioni Segno, Údine 1994, p.41).
Hoy abunda la inmundicia en la Iglesia, como dijo el entonces cardenal Ratzinger en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005, que precedió a su ascenso al pontificado:
 «¡Cuánta poca fe hay en tanta teoría, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta inmundicia hay en la Iglesia, incluso entre quienes, en el sacerdocio, deberían pertenecer por entero a Jesús!»
El testimonio de monseñor  Carlo Maria Viganò es  digno de elogio, porque saca a luz esa inmundicia, hace más urgente la labor de purificar la Iglesia. 
Tiene que quedar claro que la conducta de los obispos y sacerdotes indignos no se inspira en los dogmas ni en la moral de la Iglesia, sino que los traiciona, porque supone una negación de la ley del Evangelio.
El mundo que acusa a la Iglesia de sus culpas la acusa de transgredir un orden moral; pero, ¿en nombre de qué ley y qué doctrina moral pretende el mundo acusar a la Iglesia? La filosofía de vida que profesa el mundo moderno es el relativismo, según el cual no existen verdades absolutas y la única ley del hombre es carecer de ley; su consecuencia práctica es el hedonismo, para el cual la única felicidad posible está en la satisfacción del placer personal y de los propios instintos. ¿Cómo se atreve el mundo, tan falto de principios como está, a juzgar y condenar a la Iglesia? La Iglesia tiene el derecho y el deber de juzgar al mundo porque posee una doctrina absoluta e inmutable.
El mundo moderno, hijo de los principios de la Revolución Francesa, desarrolla de modo coherente las ideas del libertino marqués de Sade (1740-1814): amor libre, libertad para blasfemar, plena libertad para negar y destruir todo bastión de la fe y de la moral, del mismo modo que en tiempos de la Revolución Francesa se derruyó la Bastilla, donde estaba preso el infame marqués. La consecuencia de todo aquello ha sido la disolución de la moral que ha destruido las bases de la convivencia civil y ha convertido a los dos últimos siglos en la época más tenebrosa de la Historia.
La vida de la Iglesia es igualmente una historia de traiciones, de defecciones, de apostasías y de no corresponder a la gracia divina. Pero esa trágica debilidad se acompaña siempre de una extraña fidelidad: las caídas, aun las más horrorosas, de tantos miembros de la Iglesia, se entremezclan con la virtud heroica de tantos de sus hijos.
Del costado de Cristo brota un río de santidad y corre profusamente a lo largo de los siglos: son los mártires que se enfrentan a las fieras en el Coliseo; son los ermitaños que abandonan el mundo para hacer vida de penitencia; son los misioneros que se entregan llegando hasta los confines de la Tierra; son los intrépidos confesores de la fe que combaten cismas y herejías; son las religiosas contemplativas que sostienen con sus oraciones a los defensores de la Iglesia y de la civilización cristiana; son, en fin, todos los que de maneras diversas han ajustado su voluntad a la de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús habría querido reunir todas estas vocaciones en un supremo acto de amor a Dios.
Los santos son muy diferentes entre sí, pero todos tienen en común la unión con Dios. Esa unión, que nunca decae, hace que la Iglesia antes que ser una, católica y apostólica, sea ante todo santa. 
La santidad de la Iglesia no depende de la santidad de sus hijos; es ontológica, porque depende de su propia naturaleza. Para que pueda llamarse santa a la Iglesia no es necesario que todos sus hijos vivan santamente: basta con que, gracias al flujo vital del Espíritu Santo, una porción de ella, por pequeña que sea, se mantenga heroicamente fiel a la ley del Evangelio en tiempos de prueba.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)