En el día del duodécimo aniversario de su muerte, Infovaticana se adentra en la figura de un español clave para entender la historia reciente de España y de la Iglesia.
La figura de Blas Piñar no puede entenderse sin la Iglesia. No como un mero telón de fondo, sino como el eje vertebrador de toda su vida. Su pensamiento, su obra, su acción pública, incluso su soledad final, sólo se explican desde una fe católica profunda, vivida con piedad constante y con plena conciencia del papel asumido en la defensa de la verdad. En este sentido, Blas Piñar encarna como pocos la gran paradoja del catolicismo español contemporáneo: ser plenamente hombre de Iglesia, y serlo de manera pública, destacada y fiel, y, al mismo tiempo, acabar siendo marginado por una parte significativa de su jerarquía cuando la tempestad, con vientos huracanados, arremetieron -y siguen arremetiendo- contra la barca de Pedro.
Blas Piñar, hombre de Iglesia
Blas Piñar fue, antes que nada, un católico de los pies a la cabeza. Su fe no fue sociológica ni circunstancial, sino interior, exigente y sostenida por una intensa vida espiritual desde muy joven hasta el final de sus días. Hombre de misa y rosario diarios, largos ratos de oración y lectura espiritual, mantuvo hasta el final una tensión ascética que no se quebró, ni siquiera disminuyó o se ablandó en los momentos de mayor prueba.
Su formación cristiana hunde sus raíces en la Acción Católica, donde fue dirigente en su juventud junto a Antonio Rivera, el “Ángel del Alcázar” (cuyo proceso de beatificación está ya concluido). Allí asumió muy pronto que la fe exige testimonio público. No es anecdótico que, con apenas catorce años, pronunciara en Toledo una conferencia sobre la persecución religiosa del presidente mexicano Plutarco Elías Calles, convocada por las Juventudes de Acción Católica. Al cerrar su intervención con el grito de los cristeros – ¡Viva Cristo Rey! – provocó disturbios promovidos por la Federación Universitaria Escolar (FUE), su detención policial y una multa equivalente al sueldo mensual de su padre (100 pesetas) que por entonces era capitán de infantería. Este hecho, siendo un muchacho, marcaría toda su vida y podríamos decir que allí fue forjado su espíritu y sellado el compromiso inalterable de defender la verdad, oportuna e inoportunamente predicada. El episodio tuvo una resonancia simbólica que el tiempo se encargó de subrayar. Veinticinco años después, ya como director del Instituto de Cultura Hispánica, un grupo de universitarios mejicanos acudió a visitarlo para devolverle, en pesos mejicanos, el importe de aquella multa. Era un acto de gratitud histórica, pero también el reconocimiento de una coherencia asumida con valor.
Su producción intelectual brotaba de su hondura espiritual, canalizada y potenciada a base de las grandes virtudes que sostienen las obras perdurables.
Blas Piñar fue un seglar de enorme formación doctrinal, autor de estudios delicados y profundos sobre “La Controversia del Dios Uno y Trino”, sobre la “Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo”, “Eucaristía y Santo Sacrificio de la Misa” o “Teología cristocéntrica de San Pablo”. Trabajos sobre el sacerdocio, los sacramentos o sobre los ángeles, de los que era un gran devoto. Ensayos sobre el matrimonio y la familia, publicados junto con el padre José Ramón Bidagor SJ. Sus charlas cuaresmales, como las impartidas en las jornadas organizadas por las Hermandades del Trabajo en el Palacio de Deportes de Madrid en 1967, ante miles de personas, con la presencia del arzobispo Casimiro Morcillo eran seguidas por la prensa y la radio y formaban parte de los boletines parroquiales de la época. Varios seminarios diocesanos invitaron a Blas Piñar para impartir charlas cuaresmales cuando los obispos presumían de su amistad ante futuros sacerdotes.
La Señora, la Virgen Santísima, no sólo fue un pilar fundamental en su vida de fe y piedad, sino que fue un manantial al que acudió permanentemente. Como alma enamorada, profundizó en las virtudes de la Virgen y en los dogmas marianos. Seguramente nadie como él ha hablado en nuestros tiempos con tanto conocimiento interno y con tanta pasión externa sobre “la Asunción de la Virgen”, “la Inmaculada Concepción”, “la Virginidad de María” y “la Maternidad Divina”. O sobre “la Reina de América”, vinculando la cristianización de lo que sería España, con la Virgen del Pilar, y la evangelización de América con la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego. “Cantor de las Glorias de María” fue el apelativo que le impuso el padre José María Alba Cereceda S.J. después de la conferencia “La Virgen se llamaba María” que pronunció Blas Piñar en el colegio Corazón Inmaculado de María de Sentmenat (Barcelona) ante seiscientas personas.
El verbo de Blas Piñar, su oratoria inigualable, para proclamar y defender las grandezas de María, no era suficiente. Blas Piñar era plenamente consciente de que el compromiso adquirido con la fe se extiende a todos los órdenes y a todos los frentes en la vida. Fue ese compromiso inalterable lo que le llevó a acudir el 20 de junio de 1985 a las puertas del cine Renoir de Madrid para ponerse al frente de las protestas que los católicos llevaron a cabo por el estreno de la película blasfema “Yo te saludo María”. Allí también, y de qué manera, entre las porras de la policía, cantó las glorias de María frente a los que trataban de ultrajarla, al tiempo que la jerarquía denunciaba la película “por ser contraria a la Constitución Española”.
Blas Piñar, hombre para la Iglesia
Pero Blas Piñar no fue sólo un hombre de Iglesia; fue, también, un hombre para la Iglesia. Durante décadas puso su prestigio, su inteligencia, sus dones, su tiempo, su hacienda, su capacidad de convocatoria al servicio de la fe católica en el espacio público y en la esfera institucional.
La figura seglar más relevante del catolicismo español de la segunda mitad del siglo XX es sin duda alguna Blas Piñar. Sirva para sostenerlo alguna efeméride, a modo ilustrativo y no exhaustivo. El 5 de abril de 1960, en el Teatro Español, pronunció el pregón de la Semana Santa Madrileña. En 1962 se conmemoró el IV Centenario de la Reforma de Santa Teresa y Blas Piñar fue invitado a pronunciar la charla inaugural del “Año Santo Teresiano” y también el pregón final, ante las máximas autoridades de la jerarquía española y de la Orden del Carmen. En la Catedral de Tarragona, el 24 de enero de 1963 se inicia el Año Paulino en conmemoración de los mil novecientos años de la llegada a España del Apóstol San Pablo, con la presencia del entonces arzobispo de Tarragona don Benjamín Arriba y Castro, el Nuncio de Su Santidad, decenas de obispos venidos de toda España, varios ministros del Gobierno y con la retransmisión en directo de Radio Nacional de España. El pregón que inauguró el Año Paulino en la Catedral de Tarragona corrió a cargo de Blas Piñar.
En mayo de 1967 se debatió en las Cortes Españolas la Ley de Libertad Religiosa, a instancias del Vaticano so pretexto de la declaración conciliar Dignitatis humanae. Las nuevas corrientes, o la tempestad desatada contra la doctrina tradicional y el magisterio de la iglesia, trataban de modificar el Artículo 6 del Fuero de los Españoles que establecía “la protección oficial de la religión católica como la del Estado, garantizando la libertad religiosa privada y limitando las manifestaciones públicas de otros cultos, las cuales requerían autorización gubernamental”.
Blas Piñar lideró al grupo de veinte procuradores en Cortes que se opusieron a dicha ley, siendo el más joven de todos ellos, y fue el encargado de presentar todas y cada una de las enmiendas y obligarse a defenderlas. En torno a Blas Piñar, el Arzobispo de Valencia don Marcelino Olaechea, uno de los pocos obispos que se oponía a esta reforma, pidió a Blas Piñar que asumiese este papel y creó una comisión de expertos en la materia para asesorarle formada por dos padres dominicos, Victorino Rodríguez y Alonso Lobo; dos jesuitas, Eustaquio Guerrero y Baltasar Pérez Argos; un pasionista, Bernardo Monsegú, y un sacerdote secular, Enrique Valcarce Alfayate.
Fue presionado Blas Piñar para que se retirara del debate. Las presiones vinieron por parte de varios obispos e incluso del ministro de Justicia Antonio María de Oriol y Urquijo, amén de innumerables amenazas e insultos por parte del progresismo. La bandera no podía arriarse y Blas Piñar la mantuvo ondeando al viento. Basta con acudir a las hemerotecas y ver las crónicas de aquel debate. Absolutamente todas se centran en Blas Piñar, desde las de ABC por parte de José María Ruíz Gallardón o Torcuato Luca de Tena, a las del Diario Ya, Pueblo, Informaciones o Arriba. Lideró con su preparación, sus conocimientos, su oratoria y su fe a aquel grupo de hombres que, tenazmente, y contra viento y marea, seguían defendiendo la doctrina tradicional de la Iglesia en el campo civil, jurídico y político.
El 13 de Mayo de 1967, tras el debate de la Ley de Libertad Religiosa, el padre Victorino Rodríguez le decía en una carta:
Querido amigo: Después del magnífico tratamiento del Proyecto de Ley sobre libertad religiosa en las Cortes, llevado tan principalmente y a tanta altura por Vd., le felicitamos y le damos las gracias, un servidor y otros muchos Profesores de esta Facultad Teológica (P. Arturo Alonso Lobo, P. Santiago Ramírez, P. G. Fraile, P. B. Marina, etc.) que hemos comentado en común sus intervenciones en los debates: con una fe tan sana y valiente, con tanta inteligencia y agudeza dialéctica, con tanto sentido de la responsabilidad católica y española. El futuro católico de España se lo agradecerá. Dios se lo pague. Un abrazo muy fuerte. P. Victorino Rodríguez. OP.
Además, Blas Piñar representó a España en congresos internacionales de Apostolado Seglar y Mariano, donde fue testigo del humo que en la iglesia empezaba a entrar.
Blas Piñar y la jerarquía de la Iglesia
Durante años, Blas Piñar gozó del respeto y la cercanía de numerosos obispos y sacerdotes, como el cardenal Enrique Pla y Deniel, bajo cuyo primado de España fundó el Capítulo Hispanoamericano de Caballeros del Corpus Christi de Toledo. Pero esa relación se quebró, salvo con un puñado fiel, cuando una parte significativa del episcopado español optó por acomodarse al nuevo sistema político y cultural surgido de la Transición. Mientras Blas Piñar advertía en medio del desierto de los males que se avecinaban, la jerarquía pactaba su silencio ante las leyes y las políticas abiertamente anticristianas: el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual y la secularización radical.
No obstante, se mantuvo la amistad entre aquellos que no cambiaban de posición, ni se amoldaban a los nuevos tiempos, ni cambiaban de camisa, ni jubilaban la sotana: el cardenal Giuseppe Siri o el cardenal don Marcelo; el arzobispo Marcel Lefebvre, a quien Blas Piñar cedió generosamente la sede de Fuerza Nueva en 1978 para una conferencia cuando fue informado que al prelado francés le habían cerrado todas las iglesias y hasta los hoteles de Madrid; su amistad estrechísima, por mutua identificación, con don José Guerra Campos, obispo santo y sabio de Cuenca; o con los sacerdotes de la Hermandad Sacerdotal Española Miguel Oltra, Venancio Marcos, José María Alba y tantos otros. Muchos acudieron a él no sólo para agradecerle su valentía pública, sino para encontrar un pilar firme que no traicionaba la doctrina cuando la jerarquía empezaba a vacilar.
El caso del cardenal Vicente Enrique y Tarancón es paradigmático. Siendo sacerdote, había dicho en unos ejercicios espirituales a los que asistió Blas Piñar: «¿Qué querrá Dios de los hombres de España cuando les ha regalado el tesoro de la Victoria?». Años después, alineado con el progresismo eclesial, Tarancón encarnó una ruptura que Blas Piñar denunció con rigor en su libro Mi réplica al cardenal Tarancón, donde documentó cómo la jerarquía había contribuido al desmantelamiento del catolicismo en España.
El final de su vida fue también revelador. Enfermo, silenciado y prácticamente olvidado por muchos de quienes antes lo invitaban y exhibían su amistad, recibió en el hospital la visita caritativa de un arzobispo africano que deseaba conocerle: el arzobispo de Malabo. Otros prelados españoles ni siquiera contestaban sus cartas cuando él les remitía, por ejemplo, fotocopias de libros escolares de religión católica aprobados por la Conferencia Episcopal en que ilustraban con una fotografía de nuestro protagonista un tema titulado “ideologías anticristianas”.
Blas Piñar murió fiel. Fiel a la Iglesia de siempre, fiel a la verdad, fiel a Cristo Rey a Quien siempre proclamó como continuación del eco atronador de los mártires que claman valor en la contienda y coraje en la adversidad. Y, precisamente por eso, Blas Piñar resultó incómodo para una iglesia que, en demasiados momentos, prefirió pactar antes que confesar.
Miguel Menéndez Piñar