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jueves, 21 de mayo de 2026

Si el viaje del Papa fuera esto, sería mejor que no viniera



Acabo de ver un vídeo hecho por la Conferencia Episcopal para promover la visita de León XIV a España que me ha enviado un lector. A pesar de haber visto de todo ya en mi vida, me ha invadido una abrumadora vergüenza ajena. Qué bajo hemos caído. Qué bajísimo.

Francamente, si el viaje del Papa tuviera algo que ver con este penoso vídeo, sería mejor que no viniera a España. Para traernos la misma banalidad sentimentaloide que encontramos por doquier en la sociedad poscristiana y apóstata, no merecería la pena. Estaría dedicando su tiempo y sus esfuerzos a llevar nieve al polo norte. Por fortuna, si Dios quiere, el viaje del Papa será mucho más que lo que refleja esa publicidad tontorrona, acomplejada y completamente desprovista de fe.

¿Creen que exagero? Véanlo ustedes mismos:

TIEMPO 2:44 MINUTOS


¿Contenido cristiano? Cero patatero. Es puro buenismo secularizado. A los personajes del vídeo, que viajan en metro, se les exhorta a mirar “a quien tienen enfrente” porque así verán “la verdad que hay en esos otros ojos”. En primer lugar, se nota a la legua que quien dice esas tonterías no ha ido nunca en metro o, si lo ha hecho, ha sido precisamente con los ojos fijos en su móvil. Segundo y mucho más importante, es tristísimo que esas cosas las diga la Iglesia, que sabe perfectamente dónde está la Verdad, pero, por lo visto, prefiere decir tonterías políticamente correctas.

Según el vídeo, al mirar a la persona de enfrente, también se descubre que “tenéis vidas distintas, sí, pero que compartís el cansancio del que trabaja cada día”. O no, porque hay gente cansada y gente descansada y gente que trabaja todos los días y otra que se dedica a no hacer nada tan ricamente. Y, en cualquier caso, ¿qué más da? De nuevo, la Iglesia sabe que lo que de verdad merece la pena compartir es la fe, que es precisamente lo que León XIV vendrá a proclamar. ¿Por qué hablar de todo menos de eso?

También supuestamente entenderán los viajeros que “no compartís gustos, pero sí el mismo deseo por encontrar las soluciones que agobian a vuestra generación”. Como si la solución de los agobios de todas las generaciones que en el mundo han sido no fuera la misma: Jesucristo.

Y lo de “en este vagón, como en la vida no importa la estación de la que vienen, sino el camino que les une”, francamente, produce náuseas. Es el arquetipo de frase hueca y pedestre que sugiere poderosamente que el autor del vídeo y los que lo han aprobado tienen una mente deformada por el relativismo y la publicidad. ¿Por qué? ¿Por qué la Iglesia nos castiga con estas memeces?

¿De verdad cree alguien que “la persona que tengo enfrente es la respuesta que necesito para entenderme”? ¿Cuándo dejó de serlo Cristo? ¿De verdad la conclusión final es “bajen las barreras, encuentren las respuestas? ¿Las respuestas? ¿Eso lo dice la encargada de proclamar la única Respuesta? ¿Ha pagado la Conferencia Episcopal, con el dinero que las viudas echan en la colecta, esta malhadada mezcla de relativismo, secularismo y buenrrollismo políticamente correcta?

Si la visita del Papa fuera esto, si lo que la Iglesia anuncia o tiene que ofrecer fuera algo lejanamente parecido a esto, seríamos los más desgraciados de todos los hombres. Dejémonos de tonterías y hablemos al mundo de la fe católica, que es lo que necesita y puede salvarlo. El día está avanzado y la noche se echa encima. Dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.

Bruno Moreno

domingo, 17 de mayo de 2026

La fe en los jóvenes (Bruno Moreno)

 INFOCATÓLICA




Hace un rato, leí en algún lugar del vasto mundo virtual a alguien que decía: “estas cosas te hacen recuperar la fe en los jóvenes”. No sé qué reacción suscitará la frase en los lectores, pero yo inmediatamente pensé: “yo nunca la he tenido”.

Conviene señalar que el comentario original era bienintencionado e incluso piadoso. A fin de cuentas, lo que supuestamente hacía recuperar la fe en la juventud era un hecho estupendo: después de que anticatólicos furiosos destruyeran la cruz de la cumbre del Aneto, un muchacho francés talló una nueva cruz y, a pesar de su gran peso, la cargó a hombros, subió el monte y la colocó de nuevo en la cima. Sin duda, para quitarse el sombrero.

Al margen de este admirable caso concreto, la idea de tener “fe en la juventud” nunca ha dejado de chirriarme en los oídos, porque es una de las ideas difusas de nuestra época que se dan de tortas con el catolicismo.

Por supuesto, sobrenaturalmente hablando y en sentido estricto, solo Dios es digno de fe y no se puede tener fe en ninguna criatura. Incluso si tomamos fe en sentido amplio de confianza, sin embargo, la frasecita sigue chirriando, por la sencilla razón de que existe el pecado original, quizá el dogma más evidente de la Iglesia y extrañamente uno de los menos creídos hoy.

Como sabemos por la doctrina católica y por la experiencia, los jóvenes sufren los efectos del pecado original igual que los viejos, los bebés, los cuarentones y los matusalenes que han pasado ya el siglo. Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, como enseña San Pablo. No hay nada que haga a la juventud más digna de confianza que cualquier otra etapa de la vida, especialmente en estos tiempos, en los que los jóvenes son a menudo adolescentes perpetuos. La juventud, igual que la ancianidad, la adolescencia, la mediana edad o la niñez, está herida por el pecado original y necesita ser redimida por Cristo.

En ese sentido, tener fe en los jóvenes es una afirmación tan vacía como tenerla en los ancianos, en los malagueños o en los pelirrojos. Peino canas, pero también cuando era joven me molestaban ese tipo de frases, porque me parecía obvio que o bien no tenían contenido real más allá de la retórica o bien eran un disparate. Maldito quien confía en un hombre, dice el profeta. Sea ese hombre viejo, joven o de la edad que sea, podríamos añadir.

Con el tiempo, he ido intuyendo que el fundamento de esas afirmaciones sobre los jóvenes no es racional. Son, más bien, una manifestación de segunda mano de la efebolatría o idolatría de la juventud propia de nuestra época. Al haber apostatado de la fe, el mundo ha perdido también la esperanza de la vida eterna. Abandonado a su suerte, vive aherrojado por el miedo a la muerte y no le queda otro recurso que añorar, imitar y envidiar la pasajera juventud, en la que parece que uno no se va a morir nunca.

Por eso, cuando se dice que la juventud es el futuro, que hay que tener fe en la juventud, que los jóvenes son la esperanza de la Iglesia, que es la hora de los jóvenes y cosas similares, aunque sea con la mejor intención, me parece estar oyendo al mundo moderno gritar: “que nadie me hable de la muerte, que no se mencione siquiera en mi presencia. Dejadme en mi ilusión de que la vida en este mundo no se acaba, aunque sepa en mis huesos que no es cierto y tiemble al pasar frente al camposanto”.

Quizás esté exagerando, pero no mucho.

BRUNO MORENO

lunes, 11 de mayo de 2026

¿Quién puede querer esa clase de religión? (Bruno Moreno)



Veo en Alfa y Omega un artículo titulado “Los obispos dan razones a los padres para que apunten a sus hijos a Religión”. Estupendo —pienso—, me encantan las razones. Todo queda mucho más claro con ellas.

Empiezo a leer y se me cae el alma a los pies al leer esas razones que se dan en favor de la clase de religión. A veces, la claridad tiene ese efecto.

Por lo visto, la Comisión para la Educación y Cultura de la Conferencia Episcopal Española lanzó el mes pasado la campaña “Son tantas las razones… Apúntale a Reli”, para animar a los padres a inscribir a sus hijos en la clase de religión.

La campaña, profusamente elogiada en el artículo de Alfa y Omega, tiene joyas como esta sobre la asignatura de religión: “Sí, habla de Jesús de Nazaret, pero también aborda el arte, la historia, los derechos humanos, la cultura y, sobre todo, invita a pensar sobre valores, virtudes y el sentido de la vida”.

No sé qué pensarán los lectores, pero al leer eso yo no puedo evitar pensar: ¿y a mí qué me importa? Si lo que quiero es que hablen a mis hijos de Dios, de Jesucristo encarnado para su salvación y de la fe católica que lleva al cielo, todo lo demás me da igual. En cambio, si lo que quiero es que les hablen de derechos humanos, cultura, valores y demás, no les apunto a religión.

Asimismo, la campaña nos explica que la asignatura “no es adoctrinamiento, es desarrollo del sentido crítico”. Francamente, si en la clase de religión no se va a dar doctrina católica, si ese no es su núcleo fundamental, ¿de qué nos sirve la asignatura de religión? De nada. Es sal que se ha vuelto sosa y para nada vale ya, más que para que la tiren al suelo y la pisen los hombres. Y, curiosa coincidencia, esa es justamente reacción de la gente: despreciar la religión por completo.

También nos dice la campaña que “la Religión en la escuela no da respuestas cerradas. Abre preguntas importantes”. De nuevo, si la religión no da la respuesta verdadera, el único nombre bajo el cielo que puede salvarnos, ¿para qué sirve? Lo de limitarse a “abrir preguntas” no es otra cosa que relativismo en vena. ¿Acaso en clase de matemáticas no esperamos que se le den respuestas verdaderas al niño que quiere saber cuántos son 2+2? ¿Es un buen maestro el que le dice que la cuestión está abierta y cada uno puede pensar lo que le dé la gana? La Iglesia está para enseñar la Verdad, no para “abrir preguntas”.

En el mismo sentido, se nos dice que la religión permite “comprender y respetar otras culturas para convivir mejor”. ¿A quién se le ocurre organizar una clase de religión católica para comprender otras culturas? Si las otras culturas quieren que las comprendan, ya darán ellas sus propias clases. No parece aventurado suponer que en la clase de religión católica debería impartirse la religión católica.

Además, enseñar la verdad implica que existe el error. Las otras culturas no deben respetarse necesariamente. Que exista una cultura islámica no significa que nosotros debamos respetar la poligamia, la guerra para imponer el islam o la idea de que Mahoma fue un profeta de Dios. Aunque esa cultura concreta esté basada en ideas como esas, la clase de religión debe enseñar que son falsas o inmorales y, por lo tanto, no deben respetarse (aunque, por supuesto, sí debemos respetar a las personas concretas como seres humanos creados a imagen de Dios).

En fin, no sigo comentando más frases (como la espectacular “elegir Religión no es seguir una tradición”) para evitar más desolación a los lectores. En cuanto a la campaña en general y dando por supuesta la buena intención de sus autores, cuando uno tiene que dar tantas razones que apuntan en direcciones completamente dispares es que no tiene clara la razón principal, considera que no merece la pena y se siente obligado a justificarla con otras cosas que sí son valiosas, porque no hace falta tener fe para apreciarlas.

Esa campaña lo que me dice a mí es que los católicos españoles están escasísimos de fe, que se sienten acomplejados frente al mundo y que se ven obligados a dar excusas para justificar su misma existencia. ¿Cómo va a creer el mundo, si ve que los mismos cristianos apenas creen y su fe les resulta embarazosa?

Religión sin fe es mero fariseísmo. Una clase de religión que no ofrece respuestas, sino solo preguntas, es en realidad adoctrinar en el relativismo y en la confusión. Ofrecer ecologismo, otras religiones, pensamiento crítico y derechos humanos es reconocer avergonzados que Cristo no basta y que no creemos en lo que decimos creer.

Saltemos de una vez a la piscina, aunque el agua esté fría. Abandonemos ya esa idea absurda, asumida con conformidad borreguil, de que la clase de religión no debe ser catequesis. Claro que debe ser catequesis. Porque si no es catequesis, no sirve de nada y delenda est. La enseñanza de la religión católica se identifica con enseñar que Cristo es Camino, Verdad y Vida y eso se llama catequesis y es tan importante que da la vida eterna. No privemos a nuestros hijos de lo que verdaderamente importa, aunque al mundo no le guste.

Bruno Moreno

sábado, 25 de abril de 2026

¿Quién escribe en la cuenta de X del Papa? Bruno Moreno

 ESPADA DE DOBLE FILO


En tiempos pasados, los Papas se tomaban muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacían pocas declaraciones públicas. En nuestros tiempos, los Papas se toman muy en serio su papel de confirmar en la fe como Vicarios de Cristo y, por ello, hacen innumerables declaraciones públicas.

Ambas posturas son comprensibles, al menos hasta un cierto límite. ¿De qué serviría un Papa que no nunca dijera nada excepto para proclamar solemnemente un dogma de fe una vez cada veinte años? Paradójicamente, un Papa también puede hablar demasiado, de modo que un gran volumen de declaraciones prudenciales, protocolarias o retóricas ahoguen el núcleo de doctrina que enseña.

Los límites que no se deben traspasar en ninguna de las dos direcciones son prudenciales, pero si hay algo que claramente traspasa esos límites es, a mi juicio, la cuenta papal de X (antes Twitter).

No hace falta acudir a la cuenta de X del Papa Francisco, en la que por desgracia se publicaron algunos mensajes lamentables y de muy dudosa ortodoxia, porque lo cierto es que el problema es del medio en sí. Las redes sociales en general y X en particular son muy populares y permiten llegar a muchas personas. En algunos casos, sin embargo, también tienen características que pueden hacer que resulten completamente inadecuadas como herramientas para la jerarquía de la Iglesia.

La red X exige, por su propia naturaleza, subir mensajes con frecuencia. De otro modo, el algoritmo termina por enterrar lo que se sube y no se lo muestra a casi nadie. La cuenta de X del Papa León, en efecto, pone cinco mensajes diarios y tiene una gran audiencia, casi dieciocho millones de seguidores.

Ahora bien, es evidente que, por sus innumerables ocupaciones al frente de la Iglesia universal, el Papa no tiene tiempo para redactar cinco mensajes diarios para colgarlos en X. Eso hace necesario que “sus” mensajes sean escritos por otras personas. ¿Quién o quiénes? No lo sabemos.

En principio nada hay de extraño en ello. Muchos personajes importantes mantienen cuentas escritas por sus subordinados (otros, como Trump, claramente escriben sus propios mensajes). El problema es que el Papa es alguien muy especial, porque no solamente tiene autoridad canónica suprema en la Iglesia, sino que también es la máxima autoridad doctrinal.

Se plantea, pues, el problema de unos mensajes en redes, a menudo con contenido doctrinal, que se atribuyen al Papa sin ser del Papa y, con toda probabilidad, sin que el Papa los haya leído siquiera. Esto les da una autoridad ficticia y crea confusión.

Por ejemplo, el martes pasado se subió un mensaje a la cuenta del Papa que decía: “En el primer aniversario del nacimiento al cielo de nuestro querido Papa Francisco, sus palabras y acciones siguen grabadas en nuestros corazones”. Estas palabras, en boca de un Pontífice, serían muy graves, porque básicamente equivalen a una canonización de Francisco. En efecto, si está en el cielo desde hace un año, eso quiere decir que es santo y no pasó por el purgatorio.

Con seguridad, la persona que lo haya escrito tendría buena intención, pero la Iglesia siempre se ha preocupado de que no se digan esas cosas a la ligera. A fin de cuentas, si uno da por supuesto que un difunto ha ido directamente al cielo, no rezará por él. Tradicionalmente, una persona concreta puede tener una certeza subjetiva de que alguien a quien conocía bien ha ido directamente al cielo por su santidad de vida y su buena muerte, pero esa certeza debe someterse al juicio de la Iglesia y, por lo tanto, nunca deben hacerse públicamente esas afirmaciones, porque pueden llevar a la confusión y al error a otros.

Otro ejemplo del mismo día: “Su santo Nombre [de Dios]  nunca debe profanarse por el deseo de dominio, la arrogancia o la discriminación”. Hasta ahí, todo muy bien, claro. Pero sigue diciendo: “sobre todo, nunca debe invocarse para justificar elecciones y acciones que produzcan la muerte”. Esto segundo es falso y, por lo tanto, causa confusión en los fieles que lo lean.

Basta pensar un poco para entender que el soldado católico que elige y realiza la acción de producir la muerte a su enemigo en una guerra justa puede y debe actuar en nombre de Dios. No hay duda de ello, porque el soldado tiene el deber moral de luchar contra su enemigo y, si es su deber, entonces es algo bueno y que debe hacer en nombre de Dios, como todo lo que hacemos los cristianos.

Al margen de estos dos ejemplos, que simplemente son casos concretos de anteayer, tomados al azar, parece claro que el formato de una cuenta papal de la red social X, escrita por alguien que no es el Papa, resulta totalmente inadecuado para su misión de autoridad doctrinal máxima de la Iglesia. Lo que puede ser apropiado para otra persona no tiene por qué serlo para el Papa.

Aunque escribir en redes sociales pueda tener cosas buenas, en el caso del Papa el riesgo patente de crear confusión entre los fieles hace que no merezca la pena. Si hay algo que sobra en la Iglesia hoy es la confusión. Los papas, excepto cuando hablan ex cathedra, pueden equivocarse como todo hijo de vecino, pero no tiene sentido añadirles además a su cuenta los errores de un becario o del último monseñor que dice que sabe mucho de redes sociales, porque lee Facebook.

Más vale que un Papa haga pocas declaraciones, pero sustanciosas y correctas, que atribuirle ficticiamente una infinidad de mensajes efímeros que mezclan la valiosísima enseñanza de la Iglesia con errores doctrinales de tres al cuarto. Non decet

Bruno Moreno

sábado, 18 de abril de 2026

El magisterio retórico (Bruno Moreno)



Otras veces hemos hablado ya de un tema que era obvio para cualquier teólogo del pasado, pero hoy parece una novedad: no todo el magisterio es magisterio. O, dicho menos provocativamente, pero con más precisión para evitar la paradoja, no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto y mucho menos lo es todo lo que sale de la boca de los obispos y papas.

¿Han visto los lectores lo que he hecho? Al decir “no todo el magisterio es magisterio”, he usado una frase retórica, que tiene una gran fuerza por su brevedad y contundencia, sazonada con una pizca de extrañeza para que resulte más llamativa.

¿Cuál es el problema con la retórica? Que no se puede tomar del todo en serio. Estrictamente hablando, “no todo el magisterio es magisterio” constituye una contradicción y, por lo tanto, lógicamente es ruido. Las frases retóricas arrastran al oyente y pueden quedar fijadas en su mente, pero requieren después una gran cantidad de explicaciones, matizaciones y precisiones para entender el sentido que encierran, sin exageraciones ni malentendidos. Es decir, para separar el metal precioso de la ganga.

Antes, ya en el primer párrafo, di la explicación de mi frase retórica: “no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto”. Esto sí que es cierto y resulta mucho más preciso y claro que la frase retórica. Desgraciadamente, lo que la explicación tiene de preciso lo pierde de atractivo y de llamativo. Se hace aburrida, no capta la atención del que escucha o lee y se olvida con facilidad.

La retórica tiene la finalidad de suscitar una fuerte emoción en el oyente, de conmoverle y tocar su corazón. Precisamente por eso, tiene sus lugares adecuados, como la publicidad, un sermón exhortativo, los discursos para enardecer a los soldados antes de una batalla, o los (generalmente vanos) intentos de los padres de convencer a un niño pequeño de que debe comerse la papilla de verduras. Nada hay de malo en ello, pero, cuando la retórica se sale de su lugar propio, se convierte en una tentación, que desnaturaliza otras formas de discurso.

Me temo que hay que reconocer que el magisterio actual hace tiempo que coquetea con la tentación retórica. Es inevitable, porque, a medida que los prelados se van metiendo en todos los temas bajo el sol, desde la ecología hasta medicina, la política o la meteorología, resulta casi imposible mantenerse en el plano esencialmente explicativo o docente, que es el propio del magisterio.

Podrían darse numerosos ejemplos del pontificado anterior. Los múltiples “tengo un sueño” de la exhortación postsinodal “Querida Amazonia” son claros casos de retórica sin contenido magisterial. Las apelaciones a la “madre Tierra”, a sus “gemidos” y a los pecados contra ella de Laudato Si son igualmente retóricas. Lo mismo se puede decir de multitud de afirmaciones del Papa Francisco sobre la inmigración, el “¿quién soy yo para juzgar?”, el “nadie puede ser condenado para siempre” o incluso la “inadmisibilidad” de la pena de muerte (signifique eso lo que signifique, porque nadie lo sabe). Se trata de afirmaciones destinadas no tanto a transmitir una verdad, sino más bien a conmover al oyente para que dé más importancia a las cuestiones ecológicas, aborrezca la contaminación, sea acogedor con los inmigrantes o, en el peor de los casos, se admire ante lo avanzado y comprometido que es el hablante. Lo que no son esas afirmaciones es propiamente magisterio, porque, o bien carecen de significado o, estrictamente hablando, son erróneas (ni la tierra es nuestra madre, ni se puede pecar contra seres que no son personales, etc.).

Como hemos visto estos días, a León XIV, que aprendió a ser papa junto al Papa Francisco, se le han pegado algunas de las costumbres menos afortunadas de su antecesor. En efecto, en relación con el tema de la guerra de Irán y por su laudable deseo de parar ese terrible conflicto que se ha cobrado ya la vida de multitud de inocentes, ha dejado que invadan su discurso afirmaciones retóricas que pueden llevar a error si se toman como afirmaciones magisteriales.

Ejemplos de esas afirmaciones son frases recientes del Pontífice como “Dios no escucha a los que hacen la guerra”, “Dios no bendice ningún conflicto”, “todo el que es discípulo de Cristo, el Príncipe de la Paz, nunca está del lado de los que antes empuñaban la espada y hoy arrojan bombas” o “las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, que solo vienen de la paciente promoción de la coexistencia y el diálogo entre los pueblos”.

Al escucharlas, inmediatamente surgen preguntas. Si Dios no escucha a los que hacen la guerra, ¿quiere eso decir que no escuchaba a San Fernando, a San Luis o al rey David? Si Dios no bendice ningún conflicto, ¿cómo pueden existir las guerras justas? ¿Cómo es que la Iglesia mantiene capellanes militares para bendecir y atender religiosamente a los que participan en conflictos? Si Dios nunca está de parte de los que empuñan la espada o arrojan bombas, ¿cómo es que hay muchos de ellos que son santos e incluso la Iglesia ha tenido órdenes religiosas enteras dedicadas a empuñar la espada? ¿Por qué habló elogiosamente San Pablo del magistrado que lleva espada? Si las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, ¿cómo es que la experiencia de siglos nos dice evidentemente lo contrario? ¿Cómo es que multitud de Papas, como San Juan Pablo II, en ocasiones han dicho que era un deber hacer una guerra en concreto para conseguir la paz o la libertad?

Con todo el respeto debido, lo cierto es que se trata de frases erróneas, porque no concuerdan con la enseñanza de la Iglesia. O, mejor dicho, son simplemente retóricas y no magisteriales. El Papa, con toda la razón del mundo, rechaza el conflicto de Irán, que es en buena parte innecesario e injustificado, y clama contra él, deseando conmover los corazones de los que le escuchan para que pongan fin a la matanza de inocentes. Al hacerlo, se deja llevar por la retórica y dice cosas que quizá no debería decir como maestro, pero que son muy comprensibles en un padre que sufre por sus hijos.

El problema es que las afirmaciones puramente retóricas solo sirven para los que ya están convencidos. Su punto débil está en que no sirven para convencer al que piensa distinto, porque inmediatamente descubre que no tienen contenido racional. No son diálogo, sino más bien pura exhortación.

Así ha pasado con el Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, que ha hecho notar que lo que decía el Papa, estrictamente hablando, era erróneo. Y debemos admitir que tiene toda la razón en decirlo, porque así es (curiosamente le sucedió lo mismo con el Papa anterior y el ordo amoris). Vance necesitaba magisterio claro y con contenido racional sobre las causas de la guerra justa, para que pudiera descubrir que la guerra que su gobierno ha desencadenado en Irán muy probablemente no sea justa. En cambio, lo que recibió de la Iglesia fue retórica conmovedora y, como era predecible, no le ha convencido. Necesitaba pan y recibió una piedra.

Al margen de este momento concreto y de la guerra de Irán (que Dios quiera que no se reanude), quizá todo esto debería mostrarnos la importancia de la distinción. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir. Es fundamental distinguir lo que es magisterio y lo que son otras cosas, desde retórica hasta afirmaciones protocolarias, buenos deseos, consideraciones personales, aplicaciones prudenciales y aspectos similares. No sea que, al descubrir los frecuentes errores, vanidades e incluso tonterías que puede haber en lo segundo, caiga en descrédito lo primero. El oro es oro y la ganga es ganga. Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de esta fuerza viene de Dios y que no viene de nosotros.

En lo verdaderamente magisterial es donde se encuentra la unidad esencial de la Iglesia, en torno al tesoro de la Revelación de Dios, y por eso le corresponde la obediencia de la fe y la sumisión de los católicos. En lo demás, siempre con el respeto debido, pero también con gran libertad, cada uno piensa y decide de acuerdo con su saber y su conciencia.

Bruno Moreno

domingo, 5 de abril de 2026

El árbol solitario (por Bruno Moreno)



El árbol de la cruz es solitario. A la resurrección le salen enseguida amigos, pero la cruz tiene muy pocos. No obstante, sin muerte no hay resurrección, sin calvario no hay tumba vacía y, como decía Lope de Vega, sin “cruz no hay gloria ninguna".

Nuestra naturaleza, comprensiblemente, rechaza este árbol, porque es el resumen de todo dolor, oscuridad, angustia, fracaso y muerte. En la cruz, sin embargo, está todo auténtico consuelo, porque en ella está Cristo, que es nuestra vida, nuestra paz y nuestro paraíso.

Para no perder las buenas costumbres de otros años, traigo hoy al blog un pobre sonetillo sobre el árbol de la cruz:




El árbol solitario

Sacudido por tormentas,
crece un árbol solitario
sobre las piedras sedientas
de la cima del Calvario.

Árbol cruel, sanguinario,
de clavos, lanza y afrentas,
cuyo fruto voluntario
cancela todas las cuentas.

¿Quién soporta su visión,
si este árbol es modelo
de muerte y de maldición?

Quiera darme hoy el cielo
un solo y único don:
hallar en él mi consuelo.

Bruno Moreno

miércoles, 18 de marzo de 2026

Un libro providencial (por Bruno Moreno)



Hay libros buenos y libros providenciales. Estos últimos son los que no solo son buenos, provechosos y agradables de leer, sino que además tratan un tema crucial para un determinado momento histórico. El libro que acaba de publicar D. Jorge González Guadalix es de estos últimos.

No pretende ofrecer un refinado estilo literario, sino que está escrito con el tono afable y campechano típico de D. Jorge, que mágicamente consigue que uno tenga la impresión de estar charlando con él en su casa parroquial de La Serna. Tampoco ofrece erudición y citas a porrillo, aunque sí abundantes vivencias reales y concretas de su experiencia sacerdotal. Es, ante todo, un libro providencial.
Vivimos en tiempos de escasez de sacerdotes y parece que la solución está en gestionar más racionalmente los recursos, dedicando las fuerzas disponibles a donde puedan dar más fruto (a saber, en las ciudades) y sacrificando para ello, con muchas lágrimas de cocodrilo, a los que ya están amortizados: los pueblos medio despoblados, los ancianos que no van a aumentar el número de vocaciones, los raritos o enfermos, las cuatro monjas que quedan en ese viejo convento…

Nada más humanamente razonable, pero también nada menos conforme con la sabiduría de Dios, que no es la sabiduría de los hombres. En Pastoral rural para urbanitas escépticos, D. Jorge nos habla de una misión sacerdotal que no se ocupa del número, ni de lo que se puede sacar de una parroquia, sino, ante todo, del valor infinito que tiene cada alma, esté donde esté y sea cual sea su edad, su ocupación o su importancia a los ojos del mundo. Son, como dice el libro, las verdaderas periferias y los pobres de los que nadie quiere hablar.

Para ayudar a entenderlo, el libro va derribando los ídolos de la modernidad que tientan más a los sacerdotes (y no solo a los sacerdotes) de nuestro tiempo. En primer lugar, el ídolo de los resultados, porque la pastoral rural no tiene, si me permiten el juego de palabras, resultados resultones, sino que sus frutos son ocultos y a menudo pasan inadvertidos. También el ídolo de las ciudades, que son los lugares del ruido, el bullicio, las cosas importantes y el “centro” de nuestro mundo, mientras que la pastoral rural descrita en el libro descubre que el verdadero centro está allá donde se celebra una Misa, aunque sea para un solo hijo de Dios.
Finalmente, el ídolo de la juventud, porque a medida que los católicos pierden la fe en la vida eterna, lo único que les queda es idolatrar la pasajera juventud terrena. En la pastoral rural, donde apenas hay jóvenes, se graba a fuego en los sacerdotes que, para Dios, mil años son como un día y Él sigue perdidamente enamorado de doña Matusalena y desea hacer obras grandes en su vida, aunque el mundo ya la considere inútil y una carga para la sociedad.
La crisis vocacional de la Iglesia no es un problema que se solucione con números y estrategias, sino con fe. Si no hay vocaciones, es sencillamente porque no hay fe. Este libro, gracias a Dios, rezuma fe en todas sus páginas y, si Dios quiere, renovará la fe y el entusiasmo de los sacerdotes y los laicos que lo lean, para que se cumplan en ellos las palabras del profeta: la atraeré y la llevaré al desierto (o a un pueblecillo de la sierra), y le hablaré al corazón.

Bruno Moreno

martes, 10 de marzo de 2026

Pues claro que fuera de la Iglesia no hay salvación



El viejo adagio de extra ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, se pone a menudo como ejemplo de algo que es difícil o imposible de creer o, peor aún, de algo que la Iglesia creyó ingenuamente en algún momento, pero hace tiempo que ya no cree. Eso, me temo, dice muy poco sobre el adagio y mucho sobre nuestra desoladora falta de fe posmoderna.

Cuando alguien rechaza la verdad de que fuera de la Iglesia no hay salvación, en realidad lo que sucede es que no tiene fe. Extra ecclesiam nulla salus solo es una forma alternativa o indirecta de enunciar el núcleo mismo de la fe católica. Ese núcleo de la fe, su anuncio esencial o kerigma, es que Dios envió a su Hijo hecho carne para nuestra salvación y, por lo tanto, no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo que pueda salvarnos.

Si es cierto el milagro de los milagros, si, asombrosamente, el Verbo eterno se ha encarnado, ha muerto y ha resucitado para nuestra salvación, es evidente que ninguna otra cosa se le compara ni puede salvar. Luego los que piensan que todas las religiones llevan a Dios, en realidad, no creen de verdad que el Hijo de Dios se haya encarnado, porque si lo creyeran no pondrían cosas infinitamente distintas en el mismo plano.

Decir que fuera de la Iglesia no hay salvación es lo mismo que decir que solo Cristo nos salva, porque forma parte de la Iglesia quien ha sido redimido por Cristo, quien se ha unido a su muerte y resurrección por el bautismo para recibir la vida eterna que Él ha ganado para nosotros. Se trata de una necesidad lógica, casi una tautología: si solo nos salvamos mediante la unión con Cristo y los que están unidos a Cristo son los que forman la Iglesia, solo podemos salvarnos en la Iglesia.

Por lo tanto, por mucho que escandalice a algunos, en el cielo solo hay católicos. No puede haber ningún ser humano en el cielo que no sea católico, que no pertenezca a la Iglesia Católica, que es la Iglesia de Cristo. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y nadie puede salvarse sin estar unido a Cristo como parte de su cuerpo.

La misma Escritura nos da una imagen bellísima de esta verdad al enseñar de que la Iglesia es la esposa de Cristo. Cristo ha desposado a la Iglesia y se ha hecho con ella una sola carne, un solo cuerpo, de manera que nadie los pueda separar y que los miembros vivos de la Iglesia suban con su Señor al cielo al terminar su vida terrena. Otra imagen maravillosa es la de nuestra Señora al pie de la cruz. La Virgen María, que es Madre e imagen perfecta de la Iglesia, no se dejó separar de Cristo y permaneció siempre junto a él. Para ir al cielo hay que imitarla y, como dijo el mismo Cristo, tenerla por Madre nuestra y que ella nos tenga por hijos suyos. Lo mismo sucede con la Iglesia: hay que tenerla por Madre para poder ir al cielo.

Precisamente porque extra ecclesiam nulla salus es una verdad que toca al centro mismo de la fe católica, ha sido afirmado desde siempre por la Escritura, la Tradición y los padres de la Iglesia, con diversas formulaciones. Sería imposible recoger aquí los innumerables testimonios de ello, desde el salus extra ecclesiam non est de San Cipriano a la afirmación de que la Iglesia “es el arca de Noé y quien no se encuentre en ella perecerá cuando llegue el diluvio” de San Jerónimo o al “quien no quiere tener a la Iglesia por Madre no tendrá a Dios por Padre” de San Agustín. Papas, concilios, catecismos, santos y doctores de la Iglesia siempre han dicho lo mismo, de forma unánime, lo que indica sin lugar a dudas que se trata de una enseñanza de fe infalible para los católicos. Fuera de la Iglesia no hay salvación. Por eso, como enseña el Catecismo, “no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negaran a entrar o a perseverar en ella”.

Demos un paso más. ¿Cómo se entra en la Iglesia? Lo saben hasta los niños de primera comunión: por el bautismo. Ya lo decía Santo Tomás: “el bautismo sirve para que los bautizados se incorporen a Cristo como miembros suyos”, es decir, como parte de la Iglesia, que es su cuerpo. Por lo tanto, el bautismo es necesario para la salvación. De nuevo, es una conclusión lógica: si hay que pertenecer a la Iglesia para salvarse y en la Iglesia se entra por el bautismo, hay que recibir el bautismo para poder salvarse.

El bautismo es, en efecto, algo maravilloso. Como enseña Santo Tomás, “el bautismo abre al bautizado la puerta del reino de los cielos, en cuanto le incorpora a la pasión de Cristo aplicándole la virtud de sus méritos”. A fin de cuentas, es el último encargo que hizo Cristo a la Iglesia: id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

No nos quedemos solo en esto y vayamos un poco más allá. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir, así que distingamos. ¿Qué es lo que salva en el bautismo, lo que nos une a Cristo y nos introduce en la Iglesia para que podamos ir al cielo? ¿Es la vestidura blanca? Evidentemente, no, porque alguien puede ser bautizado sin vestidura blanca. ¿Los padrinos? Tampoco. ¿Las velas, el agua, el sacerdote, el aceite, las palabras? En última instancia, no, porque ninguna criatura puede salvar; solo Dios salva. ¿Qué es lo que nos salva, entonces? La acción de Dios en el bautismo, es decir, la gracia del bautismo. Por pura gracia habéis sido salvados, dice San Pablo.

Esta distinción es muy importante, porque desde el principio la Iglesia se dio cuenta de que, si bien recibir el sacramento del bautismo es la forma de entrar en la Iglesia y de salvarse, en ocasiones extraordinarias Dios puede dar la gracia del bautismo a los que no han podido recibir el sacramento. Así lo enseña San Agustín, por ejemplo: “algunos recibieron y les aprovechó la santificación invisible sin los sacramentos visibles”.

El ejemplo más claro es el de los justos del Antiguo Testamento. Cristo mismo bajó a los infiernos para llevarlos al cielo, como proclamamos en el credo. No recibieron formalmente o visiblemente el sacramento del bautismo, que no se había establecido todavía cuando ellos vivieron, pero sí recibieron materialmente y de forma extraordinaria la gracia que confiere el bautismo en el momento de la resurrección de Cristo. Algunos de ellos habían recibido durante su vida la prefiguración del sacramento, su anuncio, que era la circuncisión, pero tampoco esa circuncisión salvaba por sí misma, como dice San Pablo: de nada valen la circuncisión o la incircuncisión. Lo que vale, lo que salva, es la gracia del bautismo. Nadie ha dudado nunca de que los justos del Antiguo Testamento hayan recibido esta gracia y, de hecho, muchos de ellos están en el calendario romano como santos, luego Dios puede dar la gracia del bautismo sin el sacramento formal.

¿Valía esto solo para el periodo anterior a Cristo? No. El primer santo de la Iglesia naciente no recibió el bautismo. San Dimas, el buen ladrón, fue canonizado por el mismo Cristo, que le dijo, justo antes de morir: hoy estarás conmigo en el paraíso. Dimas murió después de Cristo, aunque antes de su resurrección, y la Iglesia no pudo hacer otra cosa que creer las palabras del Hijo de Dios y contar a Dimas entre sus santos, aunque no hubiera recibido el bautismo.

Lo mismo afirmó la Iglesia de otros casos especialmente importantes para ella que se plantearon enseguida. ¿Qué sucede con los que mueren mientras están preparándose para el bautismo, es decir, mientras son catecúmenos? ¿Se pierden, se condenan? Desde siempre, la Iglesia dio por sentado que Dios daba la gracia del bautismo a aquellos que deseaban ese bautismo, pero, por circunstancias ajenas a su voluntad, no habían podido recibirlo. Esto era bastante frecuente en una época en que el catecumenado duraba mucho tiempo y se llamó bautismo de deseo.

Conviene hacer hincapié en el nombre: la Iglesia lo consideró un verdadero bautismo, en el sentido de que se obtenía el efecto sustancial del bautismo de recibir la salvación de Cristo y poder ir al cielo, aunque no se hubiera recibido formalmente el sacramento. Los efectos accidentales o secundarios, sin embargo, no necesariamente eran los mismos y Santo Tomás enseñaba que el perdón de los pecados es aún más perfecto en la recepción del sacramento, aunque se realice ya sustancialmente con el mero deseo del bautismo.

¿Qué sucede con los que mueren por Cristo sin estar bautizados? De nuevo, era un caso relativamente frecuente en la Iglesia antigua. Tal era el testimonio de fe de los mártires, que sucedía a veces que algunos de sus verdugos, admirados, abrazaban allí mismo la fe y eran martirizados con los cristianos. Desde el principio, la Iglesia lo asimiló al bautismo de deseo. En efecto, se entiende que quien muere por Cristo desea el bautismo, aunque solo sea implícitamente en el sentido de desear la unión con Cristo y su salvación. Esto se llamó el bautismo de sangre y, según Santo Tomás, sus efectos son ligeramente distintos en lo accidental (más perfectos que el mero bautismo de deseo), pero no en lo sustancial, ya que también proporciona el perdón de los pecados y la salvación eterna.

Así sucedió, por ejemplo, con Santa Emerenciana, que recibió el martirio sin estar bautizada, mientras rezaba junto al sepulcro de Santa Inés. Incluso los niños sin uso de razón pueden recibir este bautismo, como muestra el caso de los santos inocentes. A fin de cuentas, así lo prometió Jesucristo y nosotros no podemos hacer otra cosa que creer sus palabras: quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, tanto el bautismo de deseo como el de sangre “producen los frutos del bautismo sin ser sacramento”. Se entiende que los frutos sustanciales, porque no siempre perdonan todos los pecados, como hace el bautismo sacramental, sino solo los mortales. Además, por supuesto, el que desea el bautismo, si no muere, tiene obligación de recibir el bautismo sacramental y no es propiamente miembro de la Iglesia hasta que lo recibe.

Todo esto ha estado siempre básicamente claro entre los católicos, con algunas discusiones sobre puntos secundarios. Sin embargo, con el tiempo han ido surgiendo más preguntas. ¿Qué sucede con aquellos que no han oído hablar nunca de Cristo y, por lo tanto, no han podido desear formalmente unirse a Él ni recibir su salvación ni ser bautizados? ¿Qué pasa con los niños que mueren antes de ser bautizados?

A diferencia de los casos anteriores, que siempre estuvieron sustancialmente claros porque Dios mismo había dejado clara la cuestión dando visiblemente la fe y la caridad sobrenaturales a los que recibieron el bautismo de deseo o de sangre, estos otros dos casos han hecho correr ríos de tinta entre los teólogos a lo largo de los siglos. Se han dado multitud de respuestas distintas a esas preguntas.


Algunos, como San Agustín, consideraban que el infierno era la única posibilidad, aunque en distintos grados y con una “pena suavísima” en el caso de los niños sin pecado personal. Otros teorizaron la existencia de una tercera posibilidad entre el cielo y el infierno: el limbo de los niños, que sería un lugar de felicidad natural, aunque sin la contemplación de Dios propia del cielo. En tiempos más modernos, aunque antes del Vaticano II, era frecuente pensar que Dios, de alguna manera, podía dar a personas que no habían conocido el cristianismo el don de la fe por una revelación privada antes de morir, para que pudieran decidirse por Cristo o contra Él.

En tiempos aún más modernos, los nuestros, lo más habitual entre los teólogos es pensar que, entre los que no conocen a Cristo de forma inculpable, puede haber una cierta “fe implícita” o “deseo implícito del bautismo” manifestados en su actitud ante lo que vislumbran de Él, a saber, la ley natural, la verdad, el bien, el amor natural al prójimo, etc., lo que podría ser suficiente para que Dios les diera la gracia de la salvación en Cristo. Conviene señalar que se trata de la postura moderna, pero con raíces bastante anteriores, porque ya el catecismo de San Pío X hablaba de la posibilidad de deseo implícito del bautismo.

Todas esas posibilidades y sus numerosas variantes son, en principio, posibles a la luz de la revelación. Como han hecho los teólogos durante dos milenios, se puede hablar de ellas hasta la extenuación, porque cada una tiene sus puntos débiles y sus puntos fuertes. En cualquier caso, lo importante es esto: se trata de meras hipótesis, apoyadas en diferentes partes de la Escritura. Según la época, unas han sido más populares que otras y han aparecido incluso en los textos catequéticos de la Iglesia, pero siempre han sido opiniones teológicas, no parte de la fe. Aunque hoy prevalezca la teoría de la fe implícita salvífica, eso no significa que sea por ello más valiosa o tenga más autoridad que la teoría del limbo, por ejemplo. Todas son hipótesis teológicas que caben dentro de los parámetros que nos marca la fe, pero no por eso dejan de ser hipótesis.

Repitámoslo: en principio, la fe no nos dice lo que pasa con esas personas. No lo sabemos, porque corresponde al ámbito de la libertad soberana de Dios. Podemos imaginar, como han hecho los teólogos, diferentes cosas que podría hacer Dios con ellas, pero no se nos ha revelado explícitamente qué es lo que Dios hace con cada persona en concreto (entre otras cosas, porque para entender de verdad eso haría falta ser Dios mismo), que además no tiene por qué ser lo mismo para cada una. Por lo tanto, cuando se habla de cualquiera de estas teorías para responder a las preguntas de la gente sobre el tema de la salvación de los no bautizados, siempre hay que dejar clara la diferencia entre la fe y nuestras hipótesis o especulaciones. No hacerlo es engañar al que nos escucha y, en cierto modo, incluso tentar a Dios, pretendiendo que haga nuestra voluntad y no la suya.

¿Cuál es, entonces, la actitud del cristiano ante las personas que mueren sin bautizar? Como muy bien dice el catecismo, confiarlas a la misericordia de Dios. Es decir, mutatis mutandis, lo mismo que hacemos con los que mueren bautizados. Rezar por ellos con insistencia y constancia, pero con la tranquilidad y la paz de saber que, por mucho que nosotros los queramos, más los quiere Dios. Los caminos de Dios son más altos que los nuestros y pretender meter esos caminos en nuestra cabeza solo lleva que nos estalle. La humildad es la verdad y la verdad es que casi siempre Dios sabe y nosotros no.

Antes de terminar con este larguísimo artículo, hay que tratar brevemente una última cuestión: ¿las hipótesis más modernas sobre la fe implícita como posibilidad de salvación de los paganos han causado el abandono de la evangelización? Esto es algo que se sugiere muy a menudo en reacción a la popularidad moderna de esa hipótesis teológica, que coincide en el tiempo con un claro desinterés e incluso rechazo por la evangelización.

A mi entender, sin embargo, la respuesta es no. Veamos una analogía reveladora. ¿Es cierto que Dios puede cuidar de mis hijos, haciendo que baje pan del cielo para alimentarlos, enviándoles profetas que les instruyan en la fe y ordenando a ángeles que vayan por delante de ellos para que su pie no tropiece en la piedra? Para un católico, la respuesta solo puede ser un “por supuesto que puede”. Sin embargo, nadie decide por eso que lo mejor es no alimentar, educar y cuidar a sus hijos y dejar que lo haga Dios. Es más, si alguien lo hiciera, todos consideraríamos que es un miserable y que, en realidad, lo que sucede no es que confíe mucho en Dios, sino que no quiere a sus hijos en absoluto.

Lo mismo sucede con la evangelización. ¿Puede Dios salvar a cualquier persona sin necesidad de que nosotros la evangelicemos? Por supuesto que puede. Pero, si nos importan los demás, no por eso dejaremos de darles lo mejor que tenemos, que es la salvación de Cristo. Y si dejamos de evangelizar, no será porque sepamos que Dios puede salvarles de otra manera, sino porque somos unos miserables, porque esas personas no nos importan en absoluto, porque estamos mucho más a gusto en nuestro sofá viendo la televisión y porque, en realidad, no creemos que eso de la salvación sea muy importante.

Reconozcámoslo y no echemos balones fuera: la falta de evangelización viene de nuestra pereza, de nuestro aburguesamiento y de nuestra falta de fe, no de la verdad indiscutible de que Dios puede salvar a los paganos de otra forma, si le parece oportuno. Por supuesto, cualquier sinvergüenza puede intentar apelar a esa verdad como excusa para no evangelizar, pero, igual que en el caso del padre sinvergüenza, no cabe duda de que no es más que una triste excusa que, en realidad, no tiene nada que ver con su miserable comportamiento.

En cambio, sí podría haber un cierto peligro en ese sentido cuando se exagera el alcance de la hipótesis teológica de la fe implícita, pretendiendo que sabemos con seguridad lo que va a hacer Dios con los no bautizados, en lugar de lo que puede hacer Dios con ellos (y también puede no hacer). En efecto, si tuviéramos la seguridad de que Dios los va a salvar automáticamente de todas formas y hagamos lo que hagamos, nuestra urgencia por evangelizar no desaparecería, pero sí disminuiría considerablemente. En cualquier caso, lo cierto es que no lo sabemos porque no somos Dios. Lo que sabemos es que Dios nos pide que evangelicemos y que lo mejor que podemos dar a los que no creen es la fe, el bautismo y la pertenencia a la Iglesia, que son los medios visibles y objetivos de salvación.

Como resumen de todo esto, quedémonos con lo importante: sigue siendo cierto (porque no puede dejar de serlo) que la gracia del bautismo, y por lo tanto la pertenencia a la Iglesia, son esenciales para ir al cielo, pero también es cierto (y siempre lo ha sido) que a veces esa gracia se puede recibir directamente de Dios y no por medio de un ministro humano, como por ejemplo en el bautismo de deseo o de sangre. Lo que pase de ahí son teorías, que nos pueden gustar o satisfacer más o menos, pero que no debemos confundir con la fe.

Bruno Moreno

martes, 3 de marzo de 2026

El parto virginal de nuestra Señora (Bruno Moreno)




No nos merecemos la liturgia de la Iglesia. Es un arca del tesoro incomparable, de la que podríamos sacar lo viejo y lo nuevo, como dice el Evangelio. En cambio, lo habitual es que nos entre por un oído y salga por el otro, sin pena ni gloria y sin que nos enteremos de nada. ¡Qué desperdicio! Me atrevo a decir que, si meditásemos un poco los textos litúrgicos, podríamos saber más teología que la mitad de los que se dedican a enseñar esa materia en las universidades.

Veamos un ejemplo de hace un par de días. En estos tiempos recios en que vivimos, he perdido la cuenta de los supuestos expertos en teología a los que he oído criticar o negar el parto virginal de nuestra Señora, e incluso su virginidad en general, a pesar de que forma parte del credo (“nació de María Virgen”) y, por supuesto, de la Palabra de Dios.

Lo cierto es que la Iglesia ha enseñado siempre, como doctrina de fe, el parto virginal de nuestra Señora, que permaneció virgen antes, durante y después del parto, según la formulación clásica. Ya en el siglo segundo, la virginidad perpetua de María es mencionada en el llamado Protoevangelio de Santiago y la excepcionalidad de su parto en las Odas de Salomón o en la Ascensión de Isaías (todos ellos textos seudoepigráficos datados en los siglos I y II).

En el siglo IV, San Agustín diría, en sus Homilías, que “María fue virgen al concebir a su Hijo, virgen durante el embarazo, virgen durante el parto, virgen después del parto, virgen siempre”. San Jerónimo defendió la virginidad “después del parto” contra los herejes antidicomarianitas. También San Efrén, en Oriente, habla del parto sin dolor de la Virgen, porque de otro modo “no podría ser llamada bienaventurada” y compara la salida de Jesús del seno virginal con su entrada tras la resurrección en el cenáculo “con las puertas cerradas”. El credo de San Epifanio (a finales de ese mismo siglo IV) llamaba a nuestra Señora la “siempre virgen” (aeiparthenos en griego) y, en el año 553, el II Concilio de Constantinopla recogió dogmáticamente esa expresión: “la siempre virgen María, de la que nació el Verbo encarnado”. El Papa Horsmisdas enseñó que Cristo nació “sin menoscabar la virginidad de su madre”, en “un parto sin corrupción”.

Tiempo después, en el siglo XVI, El Papa Pablo IV acuñaría la fórmula clásica de “virgen antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto”. Se trata de una doctrina tan asentada en la Iglesia que incluso Lutero y Calvino, que habían abandonado tantas enseñanzas católicas, la mantuvieron al separarse de Roma.

También en los tiempos más recientes la Iglesia ha reafirmado estas verdades. El Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, dice que el parto virginal de nuestra Señora, “lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal”, y la Iglesia la honra como la “siempre virgen”. El credo del Pueblo de Dios, de Pablo VI enseña que “creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo Encarnado”. Lo mismo han recordado los papas posteriores.

Como hemos dicho antes, sin embargo, abundan los expertos “teólogos” que niegan la virginidad perpetua y el parto virginal. Para defender sus disparates contrarios a la fe católica, arguyen generalmente (y gnósticamente) que la virginidad es algo meramente “espiritual”, que lo que importa es la “actitud” de la Virgen y no la materialidad corporal de la virginidad. Nos da igual que la Virgen fuera realmente virgen o no, dicen, lo que importa es otra cosa. Al contrario, que el parto de María fuera exactamente igual que el de cualquier otra mujer hace que sea más cercana a nosotros.

Por supuesto, es patente que esa argumentación lo único que encierra es una radical incredulidad, que intenta eliminar todo aspecto sobrenatural del cristianismo porque sus defensores hace tiempo que ya no tienen fe. Conviene, sin embargo, que sepamos responder a esas alegaciones. ¿No importa nada la virginidad corporal de nuestra Señora? ¿Se trata, más bien, de una “actitud” interior? ¿María estaría más cerca de nosotros con un parto igual que todos los demás?

Por suerte para nosotros, la liturgia de la Iglesia nos lo explica en estos días de Navidad. La oración de la Liturgia de las Horas del viernes pasado (repetida en laudes, vísperas, la hora intermedia y el oficio de lecturas, para que penetre bien en nuestra mente), nos decía:


“Dios nuestro, que quisiste que en el parto de la santísima Virgen María la carne de tu Hijo no quedara sometida a la antigua sentencia dada al género humano, concédenos, ya que por el nacimiento de Cristo hemos entrado a participar de esta renovación de la creatura, que nos veamos libres del contagio de la antigua condición”.

Esta oración no tiene desperdicio y responde perfectamente a las capciosas argumentaciones de los pseudoteólogos que niegan la virginidad perpetua de nuestra Señora. En efecto, muestra que, lejos de ser algo sin importancia, la perpetua virginidad material, corporal y real de Santa María es una primicia de nuestra salvación. Es un anuncio que nos confirma que Dios puede salvarnos y nos va a salvar de la muerte y el pecado.

Tras el primer pecado, Dios, el sumo Juez, anuncia a la serpiente, al hombre y a la mujer la sentencia que va a caer sobre ellos. A la mujer le dice: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Como enseña la Iglesia, esta no es la única consecuencia del pecado para las mujeres posteriores, sino que también perdieron (al igual que los hombres) los dones preternaturales del paraíso, su naturaleza buena quedó dañada e inclinada al mal, se rompió su relación con Dios y la muerte entró en el mundo. Todo eso, para las mujeres, queda resumido en el sufrimiento que conllevará desde entonces lo más profundo de la mujer, que es la maternidad: con dolor parirás los hijos, tantas serán tus fatigas como tus embarazos.

Por eso es inmensamente significativo que el parto de la Virgen sea sin dolor y virginal. El parto excepcional de nuestra Señora es una primicia de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado, porque anula la condena de Eva. Es precisamente la sentencia para la mujer pecadora proclamada en el Génesis la que ya no tiene poder contra la Mujer totalmente santa, la Nueva Eva. En el parto virginal de María se nos anuncia nuestra propia salvación, se muestra ante nuestros ojos para que podamos tener fe. Si Dios ya anuló las consecuencias de la antigua condena para nuestra Señora, también puede anularlas para nosotros.

Lejos de no importarnos, la corporalidad de la virginidad consagrada de Santa María es prueba fehaciente de la resurrección corporal que Cristo nos ha prometido. Sabemos que Dios tiene poder para resucitarnos con un cuerpo glorioso porque ya ha demostrado ese poder no solo en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, sino también en el parto virginal de nuestra Señora.

En ese sentido, no es cierto que un parto “normal” haría que la Virgen estuviera más cerca de nosotros, porque lo que queremos no es que ella sea como nosotros, sino ser nosotros como ella. Solo así nos veremos libres del pecado y de sus consecuencias, de la muerte, el sufrimiento y el alejamiento de Dios. Ella es la criatura renovada, como dice la oración, que nos proclama que también nosotros podemos quedar libres del “contagio de la antigua condición”. En ella vemos lo que Dios quiere hacer con nosotros y lo que hará en nosotros, si le dejamos.

Todos los dogmas marianos nos ofrecen ese mismo anuncio de la salvación, de la creación renovada tras el daño del pecado de Adán y Eva. Las imágenes de la Inmaculada Concepción la representan pisoteando a la serpiente, porque el misterio que recuerda ese dogma es el cumplimiento de la sentencia contra el diablo: pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y el suya. Ella te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón. La virginidad perpetua y consagrada a Dios de Santa María supera la otra sentencia pronunciada sobre la mujer: sentirás atracción por tu marido y él te dominará. En la Asunción de la Virgen, se anuncia el fin de la condena de Adán: eres polvo y en polvo te convertirás. Finalmente, tanto el parto virginal de nuestra Señora como su concepción inmaculada muestran también que la victoria de Cristo va más allá del tiempo, porque ambas cosas sucedieron antes de la muerte de Cristo en la Cruz, pero como consecuencia de esa misma muerte redentora.

Cristo ha vencido al pecado y a la muerte y nos ha regalado el misterio del parto virginal de Santa María como prenda de esa victoria. ¿Cómo no vamos a alegrarnos de este misterio maravilloso de nuestra fe, que proclama el fin de la “antigua sentencia dada al género humano”? ¿Cómo vamos a dudar de él los que queremos vernos libres del “contagio de la antigua condición”? ¿Cómo nos va a dar igual a los que esperamos la resurrección gloriosa de nuestra carne mortal?

Bendito sea nuestro Señor y Salvador Jesucristo y bendita sea su Madre, siempre, siempre, siempre virgen.

Bruno Moreno

martes, 16 de diciembre de 2025

EL ODIUM PLEBIS Y EL CARDENAL FERNÁNDEZ (Bruno Moreno)



Los distintos cánones jurídicos que ha aprobado la Iglesia a lo largo de la historia muestran a menudo una gran sabiduría, que maravilla al lector interesado. Es una sabiduría cimentada tanto en la fe como en la experiencia de siglos y milenios, en criterios a la vez teológicos, jurídicos y de un apabullante sentido común. Un ejemplo podría ser el concepto de odium plebis en lo relativo a los motivos de remoción de un párroco.

Antiguamente, era mucho más difícil que ahora retirar a un párroco de su parroquia. Un buen número de los párrocos, de hecho, tenían la parroquia “en propiedad”, lo que no significaba que fuera literalmente de su propiedad, sino que habían accedido por oposición al cargo de párroco de esa parroquia en particular. En esos casos, el obispo no podía cambiarles sin más de parroquia, como en la práctica sucede ahora, sino que tenía que poner en marcha un arduo proceso canónico de remoción. Como todo tiene sus pros y sus contras, con ello los obispos de entonces tenían menos libertad de acción, pero a cambio los sacerdotes ganaban en seguridad jurídica.

Sea como fuere, uno de los motivos de remoción existentes según el antiguo Código de 1917 era el de odium plebis, es decir, odio del pueblo: el hecho de que el rebaño que debía pastorear el párroco aborreciese al sacerdote en cuestión. Era un criterio practico, porque, si ese aborrecimiento fuera “tal que impidiese el ministerio parroquial útil y no se previese que fuera a cesar en breve” (c. 2147), la labor del párroco se haría imposible y no tendría sentido que continuase al frente de la parroquia.

No se trataba de un castigo al párroco, sino de una cuestión de sentido común. De hecho, se admitía como motivo el odio del pueblo “quamvis iniustum et non universale”, aunque fuera injusto y no afectase a todo el rebaño. Si, por la razón que fuese, una gran parte de los fieles no podían tragar al párroco, probablemente lo mejor fuera buscar a otro que desempeñara el cargo. A fin de cuentas, la ley suprema en la Iglesia es la salvación de las almas, como sigue señalando el nuevo Código de Derecho Canónico, precisamente en relación con la remoción de los párrocos (c. 1752).

En el Código actual ya no se usa el término odium plebis, que ha sido sustituido por la expresión algo más suave de aversio in parochum, “aversión contra el párroco”, junto con la “pérdida de la buena fama a los ojos de los feligreses honrados y prudentes” (can. 1741), pero la sustancia es la misma, incluida la posibilidad de que el motivo de remoción se dé “sin culpa grave del interesado” (can. 1740).

Llevo un tiempo pensando en todo esto en relación con el actual Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Por supuesto, los cánones citados no son directamente aplicables, ya que no se trata de un párroco y, además, los cargos de la curia Romana son de libre disposición del Papa, que puede nombrar y retirar a sus colaboradores a voluntad. Sin embargo, tiendo a pensar que, por analogía al menos, el criterio de odium plebis puede darnos algo de luz en este caso.

Escribo en un medio de comunicación católico y tengo que encargarme periódicamente de la moderación de los comentarios de los lectores, una labor bastante pesada, pero que proporciona una visión privilegiada de cómo está y cómo va cambiando la opinión pública en la Iglesia o, al menos, entre los católicos hispanohablantes. Pues bien, esos comentarios, unidos a lecturas y conversaciones con multitud de clérigos y laicos de diversos países, me indican que existe algo bastante parecido al odium plebis en relación con la figura del actual Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

En InfoCatólica hace bastante que sabemos que, si en una noticia aparece el cardenal Víctor Manuel Fernández, aunque sea porque ha dicho o hecho algo bueno y sensato, los comentarios serán en su gran mayoría fuertemente negativos y, en una buena proporción, insultantes y necesitados de moderación. Algo parecido sucede en las conversaciones privadas con seglares, sacerdotes e incluso obispos. Multitud de artículos en otros medios de comunicación lo corroboran (mencionemos, por ejemplo, al Catholic Herald, al Wanderer o a la Bussola Quotidiana). El hecho es que una buena proporción de los fieles y los clérigos simplemente no acepta nada que venga del cardenal.

Me estoy refiriendo, por supuesto, al auténtico pueblo de Dios, no a aquellos que se dicen católicos, pero se han apartado de la fe de la Iglesia y opinan lo mismo que el mundo. Estos últimos parecen encontrarse a gusto con el cardenal Fernández, creyendo al parecer que introducirá cosas como el divorcio, las relaciones del mismo sexo e inmoralidades similares en la Iglesia, pero su opinión es irrelevante, porque no son católicos más que de nombre. Entre los que tienen fe, en cambio, se observa que cuanto más serios, piadosos y formados son los fieles, más marcado resulta ese odium plebis.

Al margen de cualquier otra consideración, se trata de una situación lamentable, que perjudica significativamente al pueblo de Dios. Precisamente aquellos que son obedientes y a los que les importa lo que diga el Dicasterio para la Doctrina de la Fe desconfían de lo que pueda decir el Dicasterio y ya no se fían de que vaya a ser acorde con la fe de la Iglesia. Esto es la definición de una situación que impide “el ministerio útil” de un Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Las razones para haber llegado a esta situación son muy numerosas. El cardenal, a fin de cuentas, fue protagonista de las páginas menos brillantes del pontificado anterior. Por ejemplo, es sabido que fue uno de los asesores que estaban detrás del texto de Amoris Laetitia que no solo negaba el dogma de fe de que Dios siempre da la gracia necesaria para no pecar, afirmaba asombrosamente que Dios a veces quiere que pequemos y negaba la doctrina moral básica de que el fin no justifica los medios y la existencia de actos intrínsecamente malos, sino que de hecho introducía el divorcio en la Iglesia. Asimismo, tiene en su haber un documento, Fiducia supplicans, que permitía lo que el mismo Dicasterio había prohibido dos años antes, tuvo que ser “aclarado” solo dos semanas después y fue rechazado públicamente por una gran cantidad de obispos por introducir la ambigüedad en un tema, las relaciones del mismo sexo, en que la Iglesia debe ser clarísima. No podemos olvidar que es responsable de que el Papa firmara un texto en el que se corregía a la misma Palabra de Dios, afirmando que “algunas consideraciones del Nuevo Testamento sobre las mujeres” y “otros textos de las Escrituras […] hoy no pueden ser repetidos materialmente”. Su último documento sobre los títulos marianos de Corredentora y Medianera de todas las gracias han recibido, merecidamente, fuertes críticas por su confusión y escaso nivel teológico y argumentativo, además de por silenciar las enseñanzas de papas y doctores anteriores en contra de su tesis personal. Como prefecto y como obispo ha manifestado en varias ocasiones opiniones claramente erróneas y ofensivas a oídos piadosos. Ya antes de ser obispo tenía fama de heterodoxia, que fue investigada por la antigua Congregación para la Doctrina de la Fe y obstaculizó su nombramiento como rector de la Universidad Católica Argentina, una dificultad que solo se salvó por el empeño personal del cardenal Bergoglio. Es, además, autor de textos (¡y libros enteros!) decididamente impropios para un alto prelado de la Iglesia, con una fuerte carga erótica. Todo esto es lo contrario de lo que conviene para un Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Es decir, no faltan razones que expliquen esta situación. De todas formas, como hemos visto en el caso de los párrocos, no es necesario meterse en consideraciones de culpabilidad o inocencia del interesado, de que merezca o no merezca lo que sucede. Solo el hecho de la aversión entre el pueblo fiel basta para que convenga que el Papa considere la posibilidad de solucionar este problema, quizá retirando al cardenal de su cargo.

A fin de cuentas, ¿de qué sirve un Dicasterio para la Doctrina de la Fe del que los fieles católicos desconfían? En la Iglesia, si por la razón que sea se pierde la auctoritas, toda la potestas del mundo no hará posible desempeñar un cargo para “la salvación de las almas”, que es la ley suprema. Por desgracia, parece que don Víctor Manuel se ha granjeado el odium plebis, ha perdido “la buena fama a los ojos de los feligreses honrados y prudentes” y ya no tiene la auctoritas necesaria, algo que, lamentablemente y al margen de su responsabilidad personal, le incapacita para ejercer su misión.

Bruno Moreno

miércoles, 5 de noviembre de 2025

La nota doctrinal y el magisterio confuso

INFOCATÓLICA

(Del Blog de Bruno Moreno, Espada de doble filo)



La publicación ayer de la nota doctrinal Mater Populi fidelis levantó un gran revuelo y supongo que es bueno que lo hiciera. Los católicos amamos profundamente a nuestra Madre, así que somos muy sensibles ante cualquier cosa que tenga relación con ella, especialmente si puede dar la impresión de que se pretende recortar los honores que se le deben. Como mínimo, la reacción muestra que, en este tema y a favor o en contra, hay muchos que no han caído en la tibieza general.

Hace unos años, escribí un artículo titulado “¿En qué sentido nuestra Señora es Corredentora? y, por lo que leo de la nota doctrinal, lo que dije sigue siendo válido. No cabe duda de que el contenido o sentido de ese título es verdadero y parte de nuestra fe católica. En cambio, la conveniencia o no de utilizarlo o proclamarlo solemnemente como título formal es una cuestión prudencial, que yo no soy competente para decidir y que, gracias a Dios, corresponde a la Iglesia.

Así pues, a grandes rasgos, que la nota doctrinal considere inoportuno utilizar el título de Corredentora no me preocupa especialmente, ya que se refiere precisamente a esa cuestión para la que yo no soy competente. En cambio, otras cosas del documento me resultan más inquietantes, porque, con todo el respeto, tengo la impresión de que se trata de la continuación de una línea que lleva varios años en vigor y que podríamos llamar, en conjunto, el magisterio confuso. Esta forma de ejercer el magisterio, que se está consolidando ya en un segundo pontificado consecutivo, podría distinguirse por varias características que, al menos a mi entender, resultan del todo indeseables.

En primer lugar, el magisterio confuso se caracteriza por la imprecisión sustancial y sistemática, que tradicionalmente ha sido el peor enemigo del magisterio y, por desgracia, en la última década se ha hecho habitual. Recordemos, por ejemplo, el caso de la modificación de la enseñanza del Catecismo sobre la pena de muerte para dejarla más confusa en vez de más clara, algo que es inaudito, mediante el uso del término “inadmisible”, que no tiene un sentido definido en Teología moral, además de afirmaciones mutuamente contradictorias.

Lo mismo sucedió con Amoris laetitia, que logró desactivar a los defensores la doctrina moral tradicional de la Iglesia a base de grandes dosis de confusión, con frases oscuras y ambiguas, las más importantes de las cuales, al parecer, estaban en un pie de página. Todo eso permitía que, el que quisiera engañarse sobre lo que en realidad decía el documento, se engañara y justificara su propia inacción. Casi diez años después, siguen sin responderse las dudas básicas presentadas por cuatro beneméritos cardenales sobre su interpretación. Algo similar puede decirse de Fiducia supplicans, la declaración de Abu Dhabi, Fratelli Tutti y otros documentos.

De un tiempo a estar parte, la precisión en los documentos parece ser el enemigo, en lugar de algo fundamental y necesario, como siempre se consideró en la Iglesia. En ese sentido, resulta irónica una súbita preocupación por la “precisión” en el lenguaje de la que hace gala la nota Mater Populi fidelis, teniendo en cuenta que el gran documento del cardenal Fernández, Fiducia supplicans, se basa úen sembrar la confusión, jugando con bendecir la pareja, pero no bendecir la unión y las bendiciones “pastorales”, pero no “litúrgicas”, como si moralmente no fuera todo lo mismo. ¿Y ahora, de pronto, la precisión y evitar los malentendidos sí que es esencial? ¿Para evitar unos posibles errores que, si de verdad existen en la realidad, son completamente marginales, a diferencia de los relativos a las uniones del mismo sexo? ¿Estos últimos no importan, pero los primeros sí? Colamos el mosquito y nos tragamos el camello.

En segundo lugar, la prudencialización o pastoralización de las declaraciones magisteriales. En lugar de tener un magisterio centrado en la verdad, en la realidad, parece que tenemos un magisterio utilitario, centrado en la cuestión de cuáles van a ser los efectos de que se diga una cosa u otra. En esta última nota, de nuevo, se mencionan, como no podía ser menos, el “esfuerzo ecuménico” y las preocupaciones “pastorales y ecuménicas”. Esto resulta especialmente curioso teniendo en cuenta el golpe casi mortal que dieron las bendiciones de Fiducia supplicans al ecumenismo con los ortodoxos, el grupo más cercano al catolicismo. Podría sospecharse que el ecumenismo solo es importante cuando se produce en sentido mundano.

En cualquier caso, esta tendencia también tiene su origen en Amoris Laetitia, en la cual, contra toda la moral de la Iglesia, se afirmó que no existen los actos intrínsecamente malos y, por lo tanto, todo depende de la situación, las circunstancias y el color con que se mire: todo es prudencial. ¿Se puede adulterar? Depende. ¿Y usar anticonceptivos, tener relaciones del mismo sexo, abortar? Forzosamente, también depende. ¿Y bendecir las uniones del mismo sexo? Depende de si la misma bendición la das “litúrgicamente” o “pastoralmente”, como si eso justificara en lo más mínimo bendecir lo imbendecible.

Aparte de que este enfoque no es católico (al menos según Veritatis splendor y toda la moral anterior de la Iglesia), lo cierto es que, si todo es prudencial, todo es discutible. Por su propia naturaleza, lo prudencial no es objeto de magisterio, sino de decisiones circunstanciales y mutables, que además no pueden hacerse desde arriba, sino que tienen que ser tomadas por el interesado en cada caso concreto. Si la maldad o bondad del adulterio, el divorcio o las relaciones del mismo sexo son cuestiones prudenciales, pueden ser cosas malas en las diócesis africanas y buenas en las alemanas. ¿Por qué no?

La nota dice que “es siempre inoportuno el uso del título de Corredentora para definir la cooperación de María”. Esta afirmación carece de sentido lógico, porque precisamente la oportunidad, por definición, es algo que depende del contexto. No cabe, pues, hablar de “siempre”. Cuando cambian el momento histórico, el lugar, las circunstancias, etc., lo inoportuno puede hacerse oportuno y viceversa. Muchos recordarán el viejo anuncio, que canturreaba “siempre hay un motivo para usar Nivea", pero lo cierto es que no es así, a veces es conveniente usar Nivea y a veces no. Si, según la nota, hoy no es conveniente u oportuno hablar de que la nuestra Señora es Corredentora, mañana o el año que viene o en el pontificado que viene puede que lo sea; si no es oportuno que el Vaticano use esa expresión, puede que lo sea en una diócesis concreta, en una parroquia específica o que cada fiel decida por sí mismo si es prudente usarla o no.

Repitámoslo: lo prudencial es discutible, mudable, no admite pronunciamientos generales y, por lo tanto, no es propiamente materia doctrinal, sino práctica y disciplinar. Así pues, la nota “doctrinal” y, en general, buena parte de los documentos de los últimos años, tienden a derrotarse a sí mismos, porque sus presupuestos radicalmente antimagisteriales anulan sus propios efectos como magisterio.

En tercer lugar, gran parte de los documentos recientes muestran una clara superficialidad o esloganización magisterial. Se trata de un magisterio que adolece de escasez o ausencia de fundamentos racionales o teológicos sólidos, que parece funcionar a base de sentimentalismos y en el que la argumentación se sustituye por eslóganes, como “crear puentes y no muros”, “ir a la frontera”, “el tiempo es superior al espacio”, “nadie puede ser castigado para siempre” o “hacer lío”, entre otros, ninguno de los cuales tiene la más mínima entidad teológica.

En el caso de la nota doctrinal más reciente, se nos asegura, por ejemplo, que “cuando una expresión requiere muchas y constantes explicaciones, para evitar que se desvíe de un significado correcto, no presta un servicio a la fe del Pueblo de Dios y se vuelve inconveniente” y que el término de Corredentora corre “el peligro de oscurecer el lugar exclusivo de Jesucristo”. 

Esta afirmación tan superficial produce inevitablemente una sonrisa, porque exactamente ese es el caso de todos los títulos tradicionales de nuestra Señora. ¿Es que decir que María es Madre de Dios no puede dar la impresión de que Dios no es eterno? ¡Si hasta se produjo un gran cisma por ese tema! Del mismo modo, tradicionalmente, María es Puerta del Cielo (¿pero no dice el Evangelio que Él es la puerta del redil?), Causa de nuestra Alegría (¿acaso no es Cristo la verdadera causa de nuestra alegría?), Reina del Cielo y de los Ángeles (¿no atentará eso contra la realeza de Cristo?), nuestra Señora (¿es que no es Cristo el único Señor?), Abogada nuestra (¿el Abogado no es el Espíritu Santo?), santa (pero “solo Tú eres santo, Señor”) y un largo etcétera.

El hecho es que, usado sistemáticamente, el criterio que nos da la nota doctrinal llevaría a la destrucción de toda la Mariología, no podríamos decir nada sobre la Virgen. No es casual que lo mismo suceda con Amoris laetitia, cuyos principios destruyen la totalidad de la moral católica. Lo cierto, por supuesto, es que los títulos de la Virgen nada quitan a Cristo, porque si los tiene es precisamente porque Ella es el ser humano más unido a su Hijo y que más perfectamente le ha imitado siempre en todo. Cuanto más ensalzamos a la Virgen, más estamos ensalzando a Cristo. La grandeza de María no es algo autónomo o conseguido por las fuerzas humanas, sino una obra maestra de la gracia de Cristo, que obra en “la humildad de su esclava”. Nada hay de extraño en esto, lo mismo sucede con los sacerdotes y el único y Sumo Sacerdote o con los padres y el Padre del cielo. Es de temer que, con el olvido de la escolástica, algunos hayan olvidado también el concepto fundamental de la analogia entis.

Otra característica de los documentos recientes es, a mi modo de ver, la autorreferencialidad y las citas creativas. Se trata de un clásico del pontificado anterior, como casi todo el mundo sabe. La inmensa mayoría de las citas de los documentos del Papa Francisco eran de documentos del propio Papa Francisco. Ahora, en Mater Populi fidelis se cita otra vez a Francisco. De nuevo irónicamente, nunca se había hablado tanto antes contra la autorreferencialidad y nunca se había practicado tanto esa disciplina.

Cuando se cita a otras personas, las citas se seleccionan cuidadosamente, ocultando todo aquello que vaya en contra de la novedad que se quiere defender, y apelando únicamente a aquello que interesa. En Mater Populi fidelis, se citan como autoritativas unas frases de Ratzinger en la que desconfía del término Corredentora, pero solo se citan en general y sin darles la más mínima importancia las veces en que San Juan Pablo II, Pío XI o Benedicto XV usan ese término (el primero de ellos mientras Ratzinger era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe). ¿No convendría tomarse en serio los testimonios en contra de lo que afirma ahora el Dicasterio? Alguna fuerza tendrán, ¿no? Lo mismo sucedió en Amoris Laetitia, en la que directamente se omitía la doctrina anterior sobre los actos intrínsecamente malos y la prohibición de dar la comunión a los adúlteros no arrepentidos y se citaba a Juan Pablo II y a Santo Tomás ¡para decir exactamente lo contrario que Juan Pablo II y Santo Tomás! Esta forma de actuar no es seria y acarrearía un suspenso fulminante en cualquier tesis, tesina o humilde trabajo escolar. Que sea algo relativamente frecuente en los documentos magisteriales recientes es tristísimo.

Finalmente y de forma estrechamente unida a la precedente, podemos mencionar otra característica aún más grave: el un cierto desprecio implícito de la enseñanza anterior e incluso de la Escritura. Amoris Laetitia desestimó el magisterio de Benedicto XVI, Juan Pablo II y todos los papas anteriores, negó expresamente un dogma de fe al decir que Dios no siempre da la gracia para no pecar, contradijo directamente a la Escritura al decir que a veces Dios quiere que pequemos y que el adulterio a veces es lo que Dios nos pide, aunque no sea lo ideal. ¿Sobre qué base se asienta un magisterio que simplemente prescinde del magisterio anterior? ¿No es eso el equivalente de serrar la rama en que uno está sentado?

Quizá el caso más paradigmático fuera la ocasión en que el Papa respondió formalmente a unas dubia (no las famosas, sino otras) afirmando que hay “textos de las Escrituras y testimonios de la Tradición que hoy no pueden ser repetidos materialmente”. Confieso que nunca habría pensado que escucharía a un Papa diciendo expresamente que hay que prescindir de lo que enseña la Escritura en algunas cuestiones (a saber, cuando no coincide con lo que piensa el mundo).

En el caso de esta última nota doctrinal, llamativamente se prescinde de lo enseñado al respecto por doctores de la Iglesia (como San Alfonso María de Ligorio o San Juan Enrique Newman), varios papas y multitud de teólogos o la Escritura (“completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo”, “llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús”, “estoy crucificado con Cristo”, “a ti una espada te atravesará el corazón”, etc.) y lo creído por una buena parte del pueblo fiel. 
Curiosamente, en otros casos se menciona lo que cree “la gente” como argumento para defender heterodoxias, pero, en cambio, si es algo piadoso sobre nuestra Señora, se puede prescindir de ello sin pensarlo dos veces. Algo similar, por cierto, a lo que ocurre con los defensores de la liturgia antigua (incluido Benedicto XVI), cuya opinión en este caso no parece importar en lo más mínimo). 
Como decía, yo no estoy capacitado para decidir si conviene utilizar o no el título de Corredentora, pero lo que me parece evidente es que resulta imprudente y autodestructivo despreciar a la ligera todo lo que han dicho sus defensores, incluidos algunos a un nivel bastante más alto que el actual cardenal Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

En fin, podrían mencionarse algunas otras características más, como una asombrosa tolerancia de la contradicción interna, pero no conviene alargarse más. Por desgracia, lo evidente es que todo este magisterio confuso está llevando y ha llevado ya en buena parte a un desprestigio generalizado del magisterio. No entre los no cristianos, ni tampoco entre los católicos heterodoxos, que nunca han hecho caso del magisterio, sino entre los fieles de a pie que aman a la Iglesia, se toman en serio su fe y, consciente o inconscientemente, notan que algo va muy mal. Es una situación anómala y muy preocupante.

Solo hay que leer los comentarios de los artículos de los lectores de cualquier portal católico y se descubre inmediatamente algo terrible: multitud de católicos serios y obedientes desconfían de lo que venga del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y otros órganos de la Iglesia. No son desobedientes, porque quieren obedecer, pero ni el más obediente de los hombres puede obedecer a lo contradictorio, ni creer en la confusión. Simplemente, no es posible

Así pues, la nota actual, al margen del tema concreto de la misma, pone de manifiesto que la confusión tan propia del pontificado anterior no se ha superado en absoluto. Antes o después (mejor antes que después) habrá que afrontar este problema.

En cualquier caso, como dice un amigo, quizá la nota doctrinal tenga un efecto inesperado: la definición futura como dogma de que nuestra Señora es Corredentora. A fin de cuentas, la definición de los dogmas suele realizarse cuando es necesaria, es decir, cuando hay quienes impugnan, con presupuestos erróneos, una parte de la fe creída por la Iglesia pacíficamente. ¿Podría suceder? No lo sé, pero sería, sin duda, una gran ironía, una “sorpresa del Espíritu” de las de verdad y quizá un paso en la dirección de desechar de una vez por todas la confusión magisterial que tanto daño nos está haciendo.
Bruno Moreno