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miércoles, 11 de febrero de 2026

Frío, lluvia, nieve: ¿cambio climático?





Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras laboriosos cálculos —es decir, a ojo de buen cubero— al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán)[1].

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos ―empezando por la AEMET― conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.
Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible»[2]. Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas ―desacreditadas una y otra vez por los datos observados― y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU[3].

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC[4]. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas[5]. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial[6]. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa[7], que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior[8], y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes[9].

Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 ―de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino― está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero[10].

Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga[11]. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 ―un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura― se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década)[12]. Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global[13] y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años[14].

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico[15]:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática)[16]:


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies ―irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo― ha disminuido en los últimos 100 años[17]. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada»[18]. Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa.

¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido[19]. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles»[20].

Amén.


[1] Para una explicación más detallada de cómo se calculan: Escuela de calor 2024 – Fernando del Pino Calvo-Sotelo



[4] IPCC AR5, WG 1, Chapter 2.6, p.214-220 y IPCC AR6, WG 1, Chapter 12, p. 1770-1856










[14] IPCC, AR5, WG 1, p. 61.

[15] IPCC, AR1, The IPCC Scientific Assessment, fig. 7.1, p. 202.





viernes, 19 de septiembre de 2025

¿FUNCIONA LA DEMOCRACIA?



En mi anterior artículo describía cómo las sociedades occidentales están llevando a cabo cinco experimentos que se consideran avances indiscutibles de la civilización y cuyos resultados, por tanto, no están siendo sometidos a un juicio objetivo. 

Los tres primeros experimentos, que desarrollaba en ese texto, son el aumento desorbitado del tamaño del Estado, que ha conducido a una abusiva presión fiscal, un endeudamiento gigantesco, que hipoteca nuestro futuro, y un sistema económico-monetario que está minando la capacidad adquisitiva de la población, la cual ve cómo sus padres o abuelos eran capaces de mantener una familia de cuatro hijos con un solo sueldo y ellos no pueden mantener dos hijos con dos sueldos.

Esos tres experimentos, muy recientes en términos históricos, son un corolario lógico del cuarto experimento, igualmente reciente, pues su generalización es cosa de los últimos 50-100 años.

El cuarto experimento

Este cuarto experimento se ha convertido además en la vaca sagrada más intocable de nuestra época: la corrección política nos exige adorarlo ciegamente como un tótem y nos prohíbe analizarlo a la luz de la verdad y de la experiencia. En efecto, su divinización ―utilizada como coartada para que la clase dirigente obtenga un poder casi sin paragón en la Historia― impide cualquier crítica, por razonable que ésta sea. Sin embargo, el surgimiento del explotador Estado Gigante o Estado Leviatán, con sus impuestos, normas y regulaciones asfixiantes, con su deuda impagable y su inflación empobrecedora, ha coincidido con el desarrollo de este experimento. Aunque correlación no implique necesariamente causalidad, en este caso existen argumentos para defender que sí la hay.

El cuarto experimento es la democracia, o, más concretamente, la versión actual hacia la que ha evolucionado desde sus orígenes, y que se apoya en dos pilares: el sufragio universal incondicional y el poder ilimitado de la mayoría. 

El primero implica que el derecho a voto está basado exclusivamente en una edad mínima bastante baja, lo que de por sí describe bien la escasa importancia que se le da (en Reino Unido va a rebajarse hasta los 16 años, una edad muy madura para decidir sobre cuestiones importantes, como todo el mundo sabe).

El segundo implica que la mayoría parlamentaria es omnipotente para decidir y redefinir todo a voluntad como si fuera Dios, aunque ello contradiga la dignidad y derechos inherentes del hombre, la ley natural, la propia definición de vida, la biología, los hechos históricos probados, la moral, la lógica, la física o los derechos de las minorías.

La mayoría es una regla problemática, como describía en «el ejemplo de la cuenta del bar» Huemer, profesor de filosofía de la Universidad de Colorado. Imagine que sale con unos amigos a tomar una cerveza. Cuando llega el momento de pagar usted propone que se pague a escote, pero un amigo suyo sugiere que usted lo pague todo y somete esta propuesta a votación. Todos votan a favor de que pague usted, menos usted. ¿Tiene obligación de pagar? ¿Están los demás legitimados para obligarle?[1]

Hans-Hermann Hoppe, profesor emérito de la Universidad de Nevada y discípulo de Murray Rothbard, lo plantea de otra manera: si existiera un gobierno mundial, gobernarían los chinos y los indios con mayoría absoluta y decidirían enseguida redistribuir hacia sus cofres la riqueza que acumula Occidente[2]. De hecho, en nombre de las mayorías, los gobiernos actuales, elegidos un día cada cuatro años, tienen durante el resto del cuatrienio tal poder que harían palidecer de envidia a los reyes absolutistas. Como decía John Adams, segundo presidente de EEUU, «cuando las elecciones terminan, la esclavitud comienza».

Ello quizá explica la prudencia con la que se manifestaba el filósofo británico del s. XIX Herbert Spencer: 
«La gran superstición política del pasado fue el derecho divino de los reyes, y la gran superstición política del presente es el derecho divino de los parlamentos», es decir, de las mayorías[3].
Muchas cuestiones comunes pueden reexaminarse a la luz del abuso de la mayoría. Con la fiscalidad progresiva, la mayoría decide que la minoría más rica debe pagar tipos impositivos más elevados. Con la legislación laboral se dificulta el despido para «proteger» a la mayoría empleada socavando las posibilidades de encontrar trabajo a la minoría desempleada. Con las políticas que encarecen artificialmente el precio de la vivienda se beneficia a los propietarios de vivienda (una mayoría) a costa de la minoría que desea acceder a ella por primera vez. Con el aumento de las pensiones más allá de su sostenibilidad, se beneficia a las generaciones mayores a costa de las más jóvenes, que son minoría dada la inversión de la pirámide demográfica. Finalmente, con el aborto, la mayoría ya nacida priva de su derecho a existir a la minoría indefensa y sin voz que aún se encuentra en el útero de sus madres.

Tres ideas cruciales

Dado el halo que aún rodea a la diosa democracia, antes de continuar debemos aclarar tres ideas importantes. 

La primera es que democracia no es sinónimo ni garante de libertad, y a veces puede ser su antónimo.

En efecto, las dos ventajas de la democracia poco tienen que ver con la libertad: dar cierta voz a los gobernados (tampoco mucha: un día cada cuatro años) y propiciar una alternancia del poder pacífica y previsible.

Sin embargo, se ha querido confundir a la población equiparando libertad política con libertad personal. En realidad, son conceptos muy diferentes, como podrá ver enseguida. Imagínese que le ofrecen dejar de pagar impuestos durante ocho años a cambio de no votar en las dos próximas elecciones. ¿Lo aceptaría? Apuesto a que sí. De hecho, un tercio de los votantes decide habitualmente abstenerse en las elecciones y, por tanto, desprecia su libertad política.

Ahora imagine que le ofrecen dejar de pagar impuestos durante ocho años, pero esta vez a cambio de no poder salir de casa sin permiso previo de la policía, a la que tiene que informar de todos sus movimientos y que tiene potestad para decidir dónde puede pasar las vacaciones. ¿Lo aceptaría? Apuesto a que no.

La divergencia entre democracia y libertad queda probada en la experiencia de los democráticos Estados de Bienestar (particularmente en la UE), que están protagonizando una creciente restricción de las libertades personales. Asimismo, existen ejemplos históricos de democracias que incubaron tiranías, como la Alemania de Hitler en 1933, la Venezuela de Chávez en 1998 o la dictadura impuesta durante el covid, con el Parlamento cerrado, los encierros domiciliarios, los toques de queda y los controles policiales.

La segunda idea importante es que, como escribió el historiador de Oxford Ronald Syme, «en todas las épocas, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, ya sea monarquía, república o democracia, una oligarquía se esconde detrás de la fachada (…)»[4]. Por lo tanto, no existe una democracia ideal etimológicamente perfecta en la que el pueblo ostenta el poder, sino una oligarquía democrática sometida a un mayor o menor control por parte del pueblo. Entender esto resulta crucial.

Finalmente, la tercera idea es que todo sistema político (incluida la democracia) es un instrumento y no un fin en sí mismo. Un instrumento, ¿para qué? Para preservar el bien común, es decir, las condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección. Esto se concreta en el respeto a la libertad, al orden y a la justicia dentro de un marco ético que promueva la virtud y, por tanto, la felicidad.

Hay democracias y democracias

La democracia es muy frágil. Puede ser un buen sistema político, pero sólo si reúne ciertas condiciones; si no, puede convertirse en un sistema político enemigo de la libertad, de la propiedad, de la justicia y del bien común. Por lo tanto, resulta engañoso hablar de “democracia”, en singular; hay democracias y democracias. 

Por ejemplo:

– no es lo mismo una democracia con elecciones limpias que con elecciones amañadas;

– tampoco es lo mismo una democracia con prensa libre y veraz que sin ella;

– no es lo mismo una democracia sujeta al imperio de la ley con una Constitución respetada que una democracia en la que el gobierno carece de límites;

– tampoco es lo mismo una democracia que aprueba leyes justas que una que aprueba leyes injustas, o una en la que apenas hay corrupción que otra en la que la corrupción es rampante;

– no es lo mismo una democracia con separación de poderes que sin ella: no es lo mismo una democracia con un Tribunal Constitucional independiente que otra en la que éste esté corrompido y politizado;

– tampoco es lo mismo una democracia con instituciones independientes que otra donde las instituciones están colonizadas por la clase política.

– no es lo mismo una democracia con un Estado Gigante que una democracia con un Estado mínimo en el que los gobernantes apenas puedan interferir en la vida de los gobernados.

– tampoco es lo mismo una democracia directa que una democracia representativa, y no es lo mismo que los representantes sean elegidos directamente por los electores a que sean elegidos a dedo por el líder del partido;

– no es lo mismo una democracia con una policía independiente que puedan investigar las corruptelas del gobierno que una democracia en la que la policía está controlada por el poder político;

– tampoco es lo mismo una democracia con una población bien formada que con una población ignorante, o con una población económicamente independiente que con una población que vive del Estado;

– no es lo mismo una democracia con una población cohesionada (que vive las elecciones sin temor a la victoria del contrario) que una democracia con una población enfrentada en la que la victoria del adversario se percibe como una amenaza;

– finalmente, no es lo mismo una democracia sujeta a una clara moral pública que otra donde ésta haya desaparecido; por ejemplo, no es lo mismo una democracia en la que la mentira o la traición a las promesas electorales se castigan que otra en la que dichas conductas queden impunes.

A mayor democracia, ¿menos libertad?

Paradójicamente, la generalización de la democracia ha conllevado una preocupante disminución de la libertad personal en todo Occidente, por lo que los defensores de la libertad tenemos la obligación de señalar el elefante en la habitación, como hicieron Aristóteles, los Padres Fundadores de EEUU, Tocqueville, o, más recientemente, pensadores liberales como Hoppe, Brennan o Caplan. La alucinante disminución a la libertad de expresión y la generalización de la autocensura deberían encender todas las alarmas.

En cualquier caso, no podemos caer en la intimidación de considerar la democracia como una diosa ante la que sólo cabe inclinarse, sino como un sistema político más que debe ser objeto de crítica y escrutinio y al que debemos exigir que ofrezca los resultados prometidos.

Con su inteligente ironía, el pensador colombiano Nicolás Gómez-Dávila definía la democracia como «el régimen político donde el ciudadano confía los intereses públicos a quienes no confiaría jamás sus intereses privados». Los Padres Fundadores de EEUU la definían como como «dos lobos y una oveja votando qué hay para cenar esta noche». Efectivamente, les preocupaba que la democracia degenerara en la «dictadura de la mayoría».

Entonces, ¿qué ha ocurrido? ¿Se ha corrompido el concepto de democracia o es que nunca fue ninguna panacea?

La breve historia de la democracia

La realidad es que la historia de la democracia es tan breve que puede considerarse algo prácticamente episódico en la Historia de la Humanidad. Tras su origen en la Antigua Grecia y algunos guiños de la República de Roma (en ambos casos, sin sufragio universal), apenas volvió a utilizarse prácticamente en los siguientes 1.800 años.

Al llegar a principios del siglo XIX, la mera idea de igualar el poder de voto de un joven inexperto y frívolo con el de un anciano experimentado y sabio, o de personas educadas con personas ignorantes, o de aquellos que pagan impuestos para financiar subsidios con los que reciben esos mismos subsidios, era considerada una idea extraña. Quizá por ello, en el Reino Unido sólo el 7% de la población mayor de 20 años tenía derecho a voto en 1832.

Hubo que esperar hasta el primer cuarto del siglo XX para que se adoptara el sufragio universal en parte de Europa, aunque algunos grupos de la población sufrieron retrasos aún mayores (en Brasil los analfabetos no pudieron votar hasta 1988), a veces por razones puramente discriminatorias. Por ejemplo, en Suecia los católicos no pudieron votar hasta 1860 y tuvieron que esperar hasta 1950 para poder ser miembros del gobierno; en Italia, las mujeres no pudieron votar hasta 1945 (y en algunos cantones suizos hasta 1990); y las minorías étnicas o raciales en Canadá, Australia o EEUU no pudieron hacerlo hasta 1965, aproximadamente.

¿Un sistema disfuncional?

¿Por qué han devenido las democracias en sistemas disfuncionales? ¿Podemos establecer una relación con los otros experimentos? Yo creo que sí. Los yonquis del poder adulan y seducen a las masas con todo tipo de promesas de dinero público hasta convertir el proceso electoral en una subasta de votos. Quizá eso explique por qué el tamaño del Estado (y la consecuente disminución de la libertad del individuo) ha aumentado de forma paralela al desarrollo democrático.

Cualquier análisis racional del proceso de formación del voto conduce a conclusiones muy sobrias que moderan el entusiasmo democrático, pues las tres características fundamentales del voto son la frivolidad, la inercia y la ignorancia. Además, el voto, lejos de ser racional y libre, está condicionado por las pasiones (particularmente por el miedo y la envidia) y por la propaganda[5]. Churchill defendía que «el mejor argumento contra la democracia es una conversación de un cuarto de hora con el votante medio». Esta ignorancia no tiene por qué reflejar pereza o indolencia, sino un simple argumento lógico, el llamado “efecto de ignorancia racional” de Downs.

En efecto, como explica el profesor de la Universidad de Georgetown Jason Brennan en su provocadora obra Contra la Democracia, «cuando se trata de política, algunas personas saben mucho, la mayoría de la gente no sabe nada y muchas personas saben menos que nada». No debería sorprendernos. El sufragio universal incondicional implica que «una abrumadora mayoría de personas carece incluso de un conocimiento elemental sobre la política, y muchas de ellas están mal informadas». Sin embargo, estas personas «ejercen su poder político sobre los demás, pues el sufragio universal incondicional concede poder político de una manera indiscriminada». Brennan se pregunta: «Yo puedo señalar al votante medio y preguntarme con razón: ¿por qué debería esta persona tener cierto grado de poder sobre mí? Puedo igualmente volverme hacia el conjunto del electorado y preguntar: ¿Quién ha decidido que esa gente mande sobre mí?» [6].

El sufragio universal conduce además a una politización exagerada de la sociedad. Los medios de comunicación no hablan de otra cosa que no sea de lo que dicen y hacen en cada momento los políticos, motivo por el que, cuando éstos están de vacaciones, la prensa adelgaza y sólo nos hablan de desastres naturales. A su vez, esta simbiosis entre política y periodismo facilita que los políticos promuevan a través de sus altavoces mediáticos la polarización de la sociedad, pues el teatro político fomenta el miedo e incluso el odio hacia el que piensa diferente. De este modo, conforme las democracias envejecen, las opiniones políticas se convierten en difícilmente reconciliables y enfrentan a los ciudadanos entre sí empujados por sus irresponsables líderes, aunque el enfrentamiento entre ciudadanos sea mucho más enconado que el que tienen los políticos entre ellos en privado. La violencia política —llegando a la eliminación física del adversario— puede aumentar, como hemos visto recientemente en EEUU.

Hay otras explicaciones de por qué las democracias no están dando los resultados apetecidos. Aristóteles argumentaba que las democracias caían por culpa de los «demagogos rastreros y sin escrúpulos (…) que en realidad aspiran a la tiranía». Puede ser. Tenemos, sin duda, ejemplos muy cercanos. También es posible que la democracia lleve en sí misma inherente el germen de su propia destrucción.

Pero el hecho irrebatible es que nunca en la Historia se había utilizado la democracia a una escala tan masiva, y, paradójicamente, salvo en regímenes totalitarios, nunca la oligarquía gobernante (la clase política) había ostentado tal poder. A mayor poder de la oligarquía gobernante, menor libertad del pueblo gobernado, por lo que la libertad política ha ido acompañada de una grave pérdida de libertad personal.

¿Acertaba, por tanto, el gran Jouvenel al afirmar que «la soberanía del pueblo no deja de ser una ficción, una ficción que a la larga no puede menos que destruir las libertades individuales»[7]? ¿Ha sido la democracia una distracción por la que, mientras con una mano nos permitían votar un día cada cuatro años, con la otra nos quitaban nuestro dinero y nos restringían cada vez más nuestras libertades diarias?

Por qué terminó la democracia en la Antigua Grecia

El fin del primer experimento democrático de la Antigua Grecia hace 2.500 años puede encerrar alguna lección para las sociedades modernas, tal y como lo explicó la historiadora y helenista Edith Hamilton en su maravilloso libro The Echo of Greece, publicado en 1957. Esta larga, pero portentosa cita, pertenece al capítulo titulado «El fracaso de Atenas»:

«Lo que el pueblo quería era un gobierno que le proporcionara una vida cómoda, y con este objetivo primordial, las ideas de libertad y autosuficiencia quedaron oscurecidas hasta el punto de desaparecer. Atenas se consideraba cada vez más como una cooperativa de la que todos los ciudadanos tenían derecho a beneficiarse. Los fondos que ello exigía, cada vez más cuantiosos, hacían necesaria una fiscalidad cada vez más pesada, pero eso sólo preocupaba a los ricos, que siempre eran una minoría. La política estaba ahora estrechamente relacionada con el dinero, tanto como con el voto. Los votos estaban en venta (…).

Atenas había llegado al punto de rechazar la independencia, y la libertad que ahora quería era que la liberaran de la responsabilidad. Solo podía haber un resultado. Si los hombres insistían en liberarse de la carga de una vida autosuficiente y de la responsabilidad, dejarían de ser libres. La responsabilidad era el precio que todo hombre debía pagar por la libertad. No había otra forma de obtenerla. (…). Pero, para entonces, Atenas había llegado al fin de la libertad y nunca volvería a tenerla».

¿Será éste el destino de las democracias occidentales?

[1] M. Huemer. El problema de la autoridad política. Deusto, 2019.
[2] H-H. Hoppe, Democracy, the God that Failed. Routledge, 2017.
[3] H. Spencer. El Hombre contra el Estado. Unión Editorial, 2019.
[4] R. Syme, La Revolución Romana, Ed. Crítica, 2010.
[6] J. Brennan, Contra la Democracia. Ed. Deusto, 2018.
[7] B. de Jouvenel. Sobre el Poder. Unión Editorial 2011, p. 343.

jueves, 6 de marzo de 2025

Ucrania: de la propaganda al delirio


La Edad de Oro de la propaganda que estamos viviendo facilita la creación y propagación de histerias colectivas —como lo fue la pandemia—. ¿Estamos ante una de ellas con la guerra de Ucrania?

El primer indicio de una histeria colectiva es una antinatural unanimidad de opiniones consecuencia de un previo bombardeo mediático destinado a ablandar los sesos y encender los ánimos. Todo el mundo piensa igual, lo que suele indicar que nadie está pensando en absoluto.

El segundo indicio es un maniqueísmo simplista que presenta todo como una lucha entre buenos (nosotros) y malos (ellos). Irónicamente, los yonquis del poder, campeones del relativismo, no dudan en apelar al bien y al mal ―conceptos en los que no creen― con tal de que les sirva a sus propósitos.

El tercer indicio es una población manipulada presa de pasiones desbocadas (miedo e ira) que extinguen cualquier intento de apelar a la razón, a la serenidad o al diálogo. El pensamiento único se convierte en dogma y la heterodoxia no se tolera, lo que da lugar a sobrerreacciones emocionales ante cualquier opinión contraria. Las críticas argumentativas son sustituidas por críticas ad hominem (negacionista, quintacolumnista, etc.) y se justifica la falta de respeto o incluso la violencia —no necesariamente física— para acallar al disidente.

La histeria colectiva transforma al individuo racional en individuo-masa. El individuo racional piensa y pondera argumentos y se une a otros como decisión individual, por convencimiento. El individuo-masa, por el contrario, se mueve por impulsos y emociones primitivas y se funde con la masa en grupo, por simple contagio. El individuo racional muy raras veces es capaz de linchar a nadie; el individuo-masa es capaz de linchar al disidente entre gritos de júbilo.

La «conversación» en el Despacho Oval

Último acto. Escena primera. «No está usted en muy buena posición. No está ganando esta guerra. Está jugando con la vida de millones de personas. Está jugando con la Tercera Guerra Mundial».

Es difícil encontrar una sola mentira en esta frase que Trump le espetó al presidente ucraniano en el penoso espectáculo que protagonizaron en el Despacho Oval. En efecto, Zelensky lleva tres años intentando arrastrarnos a una Tercera Guerra Mundial, como cuando mintió al culpar a Rusia de disparar un misil cuyos restos cayeron sobre Polonia (territorio OTAN) matando a dos personas. El misil había sido disparado por los propios ucranianos[1].

Sin embargo, la reacción mediática a lo ocurrido en la Casa Blanca ha consistido fundamentalmente en echar espumarajos por la boca, actitud que no es muy útil para analizar la realidad. Así, el odio un poco enfermizo que nuestra clase periodística siente por Trump (y ahora también por Vance, tras su discurso en Múnich) le llevó a repetir la consigna oficial que tildaba el incidente de «encerrona»:


Sin embargo, dado que el encuentro fue televisado de principio a fin, sabemos que los hechos (y la lógica) no sustentan tal relato. A pesar de la actitud hosca y en ocasiones provocadora del ucraniano, los primeros cuarenta minutos de conversación en el Despacho Oval transcurrieron sin incidentes, y estaba programado un almuerzo privado entre los dos presidentes y la firma del acuerdo comercial en el ceremonial East Room, la sala más amplia de la Casa Blanca.

El desastre diplomático, por tanto, fue un error de Zelensky, que ha perdido el sentido de la realidad y perdió también los papeles: chulesco e impertinente, se dirigió con innecesaria hostilidad a Vance tras contestar éste a un periodista polaco que había que dar una oportunidad «a la diplomacia». Vance no se había dirigido a él, pero el desubicado presidente ucraniano se encaró con el vicepresidente, le tuteó con desdén («JD») mientras éste le trataba educadamente de «Sr. presidente», y luego entró en barrena con Trump, su anfitrión y financiador.

¿Qué le pasa a Europa?

Sin embargo, el incidente no pasa de ser una anécdota. Más relevante es el nerviosismo del contubernio político-periodístico europeo. La impostada «cumbre» en Reino Unido nos hace preguntarnos por qué Europa no ha tenido ni una sola iniciativa de paz en tres años de guerra, y escenifica lo que resumió acertadamente Orbán hace unas semanas: el mundo ha cambiado y la única que no se ha enterado aún es Europa. Se aproxima un baño de realidad.

¿No es extraño que una iniciativa de paz para Ucrania haya sido recibida en Europa con recelo e indignación? Sin duda, el carácter perdonavidas de Trump no le gana adeptos, pero Obama y Biden eran también enormemente arrogantes. ¿Por qué surge entonces este visceral rechazo? ¿Acaso no es preferible la paz a la guerra? ¿No vale más un mal arreglo que un buen pleito? ¿O es que vamos a gritar ¡victoria o muerte!, como hacen los periodistas y políticos europeos con la ligereza de quien ni va al frente ni envía a sus hijos a morir?

«Es mejor y más seguro una paz cierta que una victoria esperada», escribía Tito Livio hace 2.000 años. Pero es que Ucrania no tiene esperanza alguna de victoria: la alternativa a la paz es una mayor pérdida de territorio y de vidas humanas y el potencial retorno a la no-existencia que ha sido la norma de este país a lo largo de su breve historia.

Quizá Europa se haya creído su propia propaganda, aunque sus dirigentes digan una cosa en público y otra muy distinta en privado; o quizá le moleste su creciente irrelevancia, pues, como he defendido desde un principio, los dos actores principales de este conflicto siempre fueron Rusia y EEUU, mientras que Ucrania y la UE eran sólo actores secundarios o meras comparsas.

En cualquier caso, algo nos pasa. Trump es mucho más popular en su país que en Europa. A Zelensky le pasa al revés: es mucho más popular en Europa que en su propio país. Por lo tanto, o los ciudadanos de esos países no se enteran de nada o somos los europeos los que no nos enteramos. ¿No estaremos de nuevo cegados por una histeria colectiva que impide un análisis racional de los hechos?

La excesiva canonización de Zelensky

En el resto del mundo Zelensky carece de la aureola que le rodea en Europa. Estéticamente, el presidente ucraniano fue siempre una cuidada construcción publicitaria ―uniforme verde/negro, corte de pelo militar y barba de tres días―, pero ya es algo más: un líder mesiánico y bunkerizado que «se engaña a sí mismo», como reconoció uno de sus colaboradores a la revista Time hace un tiempo. «No nos quedan opciones, no estamos ganando, pero intente usted decírselo», se lamentaba el frustrado ayudante del presidente ucraniano[2].

Decía Kissinger que el poder es el afrodisíaco supremo. Deslumbrado por los focos, Zelensky nunca comprendió que estaba siendo utilizado por el Deep State de Biden ni parece haber comprendido que en EEUU se ha producido un cambio de régimen: el Deep State que lo aupó perdió las elecciones frente a Trump (como pronostiqué que ocurriría), y Trump quiere la paz.

Por lo tanto, por mucho que simpaticemos con la heroica resistencia del pueblo ucraniano, resulta difícil comprender la canonización de un yonqui del poder (otro más, como los de Moscú, Washington o Bruselas) que ha arrastrado a su país a la destrucción con una guerra perdida de antemano contra un adversario implacable que no podía perder.

Los medios también ocultan que el presidente ucraniano es un líder autoritario. En efecto, «con la excusa de la guerra» (en acertada expresión de la revista Newsweek) ha practicado una clara política represiva, cerrando medios de comunicación hostiles y encerrando, persiguiendo judicialmente o sacando del país a sus opositores[3]. Hace un año destituyó (¡en mitad de una guerra!) al competente general Zaluhzny enviándole de embajador a Londres porque en las encuestas Zaluzhny obtenía un 41% de apoyo popular frente al magro 24% que obtenía él[4]. Como apunta Newsweek, resulta muy dudoso que la Ucrania de Zelensky pueda hoy considerarse una democracia[5].

Una paz poco deseada

¿Desea el presidente ucraniano la paz? En 2022 aprobó un decreto prohibiendo las negociaciones con Putin, es decir, convirtiendo en delito buscar la paz[6]. ¿No es un poco extraño? No podemos obviar que Zelensky tiene un incentivo perverso para mantener su belicismo: mientras dure la guerra y la ley marcial, no tiene que convocar elecciones, puede seguir con sus giras de vanidad internacionales y controla los dineros de uno de los países más corruptos del mundo, pero cuando haya paz y se convoquen elecciones, las perderá, y el negocio se acabó.

Existe, por tanto, un potencial conflicto de interés entre el presidente de Ucrania y sus ciudadanos, pues el primero no tiene prisa por alcanzar la paz, pero los ucranianos sí, a pesar de los odios generados durante esta cruenta guerra. Contrariamente a lo que insinuó Zelensky en la Casa Blanca, el 52% quiere negociar el final del conflicto y está dispuesto a hacer concesiones territoriales para lograrlo. Sólo un 38% quiere continuar luchando, porcentaje que baja cada mes que pasa[7].

Resulta curioso que el otro día el presidente ucraniano basara su negativa a negociar la paz en que Putin supuestamente no respeta los acuerdos que firma. Trump se lo rebatió, basándose en su experiencia con el autócrata ruso en su primer mandato. Bill Clinton estaba de acuerdo con Trump: preguntado en 2013 si se podía confiar en Putin, Clinton respondía: «Cumplió su palabra en todos los acuerdos a los que llegamos»[8].

Las ventajas del análisis racional

Como he tenido ocasión de argumentar en muchos artículos, la propaganda occidental, transmitida al pie de la letra por el contubernio político-periodístico europeo, ha construido un relato falaz sobre las causas últimas y el desarrollo de la guerra. Según dicho relato, nos encontraríamos ante una lucha entre buenos y malos, entre ideales de democracia y tiranía, y la invasión rusa habría salido de la nada («agresión no provocada», es el mantra) como preludio de una nueva invasión de Europa, a pesar de que desde 1991 las fronteras de Rusia no se han movido un ápice (no así las de la OTAN).

Todo esto son paparruchas, pero en España han encontrado especial eco debido a nuestra nobleza, que admira la valentía y defiende al débil frente al fuerte. Así, una guerra en un país que muy pocos españoles sabrían situar en un mapa hace tres años ha levantado una quijotesca reacción antirrusa muy distanciada de lo que un análisis más sosegado de los datos invitaría a tener y, desde luego, muy lejos de lo que conviene a nuestros intereses nacionales.

El camino es otro. Para lograr una comprensión de la realidad y una cierta capacidad de previsión de los acontecimientos debemos sustituir esta volcánica erupción emocional por un análisis racional y lógico. Condición necesaria, desde luego, es llevar una dieta estricta de prensa: leer poco y no creerse nada.

Así, para el afortunado no-lector de prensa, los datos y la lógica permitían desde un principio comprender que no estábamos ante un conflicto entre Rusia (Goliat) y Ucrania (David), sino ante un conflicto indirecto entre EEUU y Rusia provocado por EEUU, en el que Ucrania ponía los muertos y Europa el suicidio económico (y geopolítico). Mientras los medios hacían creer que Ucrania iba ganando la guerra, este blog informaba de la realidad, esto es, que para Ucrania la guerra estaba inevitablemente perdida desde un principio, y criticaba la futilidad del envío de armas y carros de combate occidentales, que, lejos de ser armas milagrosas, sólo lograrían posponer lo inevitable.

Aunque la habitual niebla informativa dificulte conocer con precisión las bajas de los contendientes, el orden de magnitud de las bajas ucranianas se situaría hoy entre 750.000 y 900.000 hombres frente a un mínimo de 150.000 bajas rusas. Estos datos deben tomarse con cautela, pero la proporción es inversa a la que predican los medios. Como indicador indirecto, en los intercambios de cadáveres los rusos están entregando entre 5 y 10 veces más cuerpos de soldados ucranianos muertos que los cuerpos de rusos entregados por aquéllos.

Un análisis ecuánime de la realidad, por ejemplo, nos permitió comprender que uno de los objetivos de EEUU en este conflicto era descarrilar el proyecto del gaseoducto Nord Stream 2, como defendió este blog cinco meses antes de que los norteamericanos (solos o en compañía de otros) presuntamente lo sabotearan, y prever el colosal fracaso de la contraofensiva ucraniana de verano de 2023, jaleada por unos medios que cantaron victoria prematuramente mientras empujaban a los ucranianos a la muerte.

En conclusión, un análisis sereno y emocionalmente distanciado de los hechos permite comprender la realidad, prever acontecimientos y desechar sinsentidos, como la extrema debilidad del ejército ruso (incompatible con su intención de conquistar Europa), el cáncer, Párkinson y desequilibrio mental por aislamiento covid de Putin, o la posibilidad de que Rusia usara armas químicas o nucleares, relatos que se ponen en circulación para ser retirados y olvidados en cuanto pierden su utilidad.

Los antecedentes

La propaganda se apoya frecuentemente en la falta de memoria de la población, por lo que conviene recordar algunos antecedentes del conflicto. Como decía Eurípides, «sencillo es el relato de la verdad, y no requiere de rebuscados comentarios».

La guerra en Ucrania no nació por generación espontánea, sino que ha sido el culmen de una constante política de provocación por parte de EEUU. Al terminar la Guerra Fría, EEUU prometió a Rusia que la OTAN no se expandiría «ni una pulgada» hacia su frontera[9], pero la OTAN incumplió su promesa: aprovechando la debilidad rusa, se fue ampliando hacia el Este, un «error fatídico», en palabras de George Kennan[10].

Para entonces la OTAN había abandonado su carácter meramente defensivo, como ha quedado patente en su agresiva participación en un conflicto de un país no miembro. De hecho, en 1999 había atacado Serbia, país aliado de Rusia, cuya capital bombardeó durante 78 días sin mandato de la ONU.

En 2007, Putin denunció la expansión de la OTAN en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Una vez más, la respuesta norteamericana fue ignorar y provocar a Rusia: en su cumbre de Bucarest del siguiente año (2008), la OTAN aprobó el proceso de anexión de Albania y Croacia y acordó la futura incorporación de Georgia y Ucrania[11].

Respecto de Ucrania, EEUU sabía por su embajador en Rusia (más tarde director de la CIA) que su incorporación a la OTAN era «la más roja de las líneas rojas» no sólo para Putin, sino para toda la clase dirigente rusa: «Durante más de dos años de conversaciones con las principales figuras políticas rusas, desde los mayores defensores de una línea dura en el Kremlin hasta los más acerbos críticos de Putin, no he encontrado a nadie que no considerara la pertenencia de Ucrania a la OTAN como un desafío directo a los intereses de Rusia»[12].

En 2014, EEUU instigó un golpe de Estado en Ucrania[13] que desalojó del poder a su entonces presidente, democráticamente elegido, que abogaba por una neutralidad amigable con Rusia[14]. Ante esta política de hechos consumados, Rusia reaccionó por la vía de los hechos y se anexionó Crimea, que había pertenecido a Rusia desde finales del s. XVIII hasta 1954 (cuando Kruschev la regaló a Ucrania dentro de la propia URSS) y cuya importancia radica en que acoge desde hace 240 años la única base naval rusa de mares cálidos (Sebastopol). Lo hizo sin disparar un solo tiro, pues la población de la península de Crimea era claramente rusófila, como manifestó el posterior referéndum de adhesión a Rusia (a priori sospechoso, pero corroborado por encuestas occidentales)[15].

Tras los turbios acontecimientos del 2014, Rusia y Ucrania firmaron los Acuerdos de Minsk, que pronto serían papel mojado. El tradicional victimismo ruso fue vindicado por el posterior reconocimiento por parte de la excanciller alemana Merkel de que los Acuerdos habían sido meras maniobras dilatorias de Occidente para dar tiempo a Ucrania a rearmarse para un futuro conflicto con Rusia[16].
A partir de 2014 la OTAN comenzó a armar y entrenar al ejército ucraniano en mitad de una guerra civil en el Donbas. Por lo tanto, la guerra en Ucrania no comenzó en 2022 sino en 2014, como reconoció el secretario general de la OTAN[17].
En junio de 2021, la OTAN declaró que «reiteraba la decisión tomada en 2008 de que Ucrania se convertirá en miembro de la Alianza»[18].

En diciembre de 2021 Rusia presentó a la OTAN una propuesta de acuerdo de seguridad mutua que incluía la no incorporación de Ucrania a la organización, junto con otras propuestas más maximalistas[19]. La propuesta-ultimátum fue rechazada con desdén por los EEUU de la Administración Deep State-Biden.

La invasión

Finalmente, en febrero de 2022 Rusia invadía Ucrania con un contingente de tropas relativamente escaso que a todas luces no estaba destinado a la conquista del país ni a un largo conflicto, sino a lograr una rápida capitulación: «el arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin luchar» (Sun Tzu).

Durante unas semanas pareció que eso era precisamente lo que iba a ocurrir. Sin embargo, las negociaciones celebradas en Turquía en marzo del 2022 tras sólo un mes de hostilidades (que apuntaban a un acuerdo inminente) fueron torpedeadas por EEUU e Inglaterra, que levantaron a Ucrania de la mesa. Así lo aseguró el ex primer ministro de Israel[20]y lo corroboró, como testigo de primera mano, el ministro de Asuntos Exteriores turco: «Tras la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN, la impresión es que (…) hay quienes, dentro de los Estados miembros de la OTAN, quieren que la guerra continúe: dejemos que la guerra continúe y que Rusia se debilite, dicen. No les importa mucho la situación en Ucrania»[21].

Como escribí en junio de 2023, «hasta entonces el conflicto apenas había causado muertos, pero, para algunos, debilitar a Rusia bien valía sacrificar un país pobre y lejano del que nadie se acordaría cuando todo hubiera acabado, aunque fuera a costa de acabar con la vida de centenares de miles de personas».

Occidente provocó la guerra y debe propiciar la paz

Aunque la lectura de estos acontecimientos admita matices y Rusia diste mucho de ser una víctima angelical, esta sucesión de hechos tiene un hilo conductor: el belicismo y arrogancia del Deep State norteamericano y, en segundo plano, la obsesiva rusofobia inglesa.

Pero lo que resulta indiscutible es que, como han denunciado muchos expertos[22], esta guerra ha sido «evitable, predecible e intencionadamente provocada» por Occidente, en palabras del último embajador de EEUU en la URSS[23], y deliberadamente alargada. El pueblo ucraniano siempre fue un daño colateral aceptable para el Deep State norteamericano, pues en el gran tablero de ajedrez en el que juegan los yonquis del poder la vida humana es tan prescindible como un peón adelantado. Pero el Deep State perdió las elecciones frente a Trump, y éste está tratando de detener una matanza inútil.

De hecho, los ucranianos pronto serán olvidados por los mismos medios de comunicación que los empujaron al desastre, y dentro de un año, quizá dos, ni un solo medio occidental volverá a hablar de ellos. ¿Qué les quedará cuando los focos se apaguen? Nada, salvo el recuerdo de los muertos.













[12] The Back Channel, William J. Burns, Random House 2019













Fernando del Pino Calvo-Sotelo

miércoles, 19 de febrero de 2025

Europa frente al espejo (Fernando del Pino Calvo Sotelo)


El histórico discurso del vicepresidente de EEUU en la Conferencia de Seguridad de Múnich ha alborotado el gallinero del apparatchik político-periodístico europeo, cuyos miembros andan de aquí para allá tropezando unos con otros, cacareando plañideros cosas sin sentido y reuniéndose «de emergencia» (¡nos atacan!) convocados por Macron en su desesperado afán de protagonismo sólo para hacerse una foto.

Debemos tomarnos todo este teatro con sentido del humor: parafraseando a un sabio del s. XVI, las farsas del contubernio político-periodístico «son como las moscas, que no son molestas por su fuerza, sino por su multitud».

En realidad, y como suele ocurrir, la histérica reacción que ha producido el discurso de Vance es proporcional a las verdades que éste contiene. En efecto, el norteamericano se ha limitado a poner a Europa frente al espejo, iluminando las hipocresías y cinismos que inundan esta UE que se desliza hacia la tiranía y cuyo modelo es, como queda cada vez más patente, la URSS.

La verdad a veces duele, pero siempre libera; la mentira, por el contrario, siempre esclaviza, aunque parezca atractiva. El sabor de la verdad es en ocasiones amargo, pero cura; la mentira parece dulce, pero envenena. Así, no debe sorprender que, en una Europa entregada al Lado Oscuro y plagada de mentiras cada vez más grotescas, la libertad sea atacada, y la verdad, perseguida.

UE: si no me gusta el resultado, anulo las elecciones

En definitiva, el pecado imperdonable que cometió Vance fue decir la verdad: la mayor amenaza para los ciudadanos de Europa no está fuera de sus fronteras sino dentro, en la forma del preocupante retroceso en libertades personales que estamos sufriendo.

Habló de Rumanía, cuyas elecciones fueron alucinantemente anuladas por su Tribunal Constitucional ―controlado por el gobierno― cuando las encuestas apuntaban a una victoria del candidato opositor, que había quedado en cabeza en la primera ronda. El argumento esgrimido, escasamente original (recuerden la primera victoria de Trump en 2016), fue una supuesta injerencia rusa en la campaña: algunos informes de inteligencia desclasificados se limitaban a crear un halo de «endebles sospechas» en medio de «una enorme presión de sus vecinos europeos», en palabras de Vance, sin aportar una sola prueba (como reconoció hasta el New York Times).[1]

Naturalmente, la razón real es que el probable ganador de las elecciones era euroescéptico y, lo que es aún peor ―pobre diablo―, de derechas (para periodistas: de ultraderecha). El escándalo en Rumanía ha sido tan mayúsculo que, tras multitudinarias manifestaciones y la unánime repulsa de todos los partidos de la oposición, el presidente rumano se ha visto obligado a dimitir la víspera de que se votara su cese en el Parlamento.

Lo más grave es que este golpe de Estado en Rumanía ―no merece otro nombre― ha contado con el apoyo de la UE. Por un lado, el ideologizado Tribunal Europeo de Derechos Humanos (no confundir con el Tribunal de Justicia de la UE de Luxemburgo) ha rechazado amparar al candidato al que habían robado las elecciones. Por otro, la presidenta de la Comisión ha mantenido un silencio cómplice mientras el lenguaraz y zoquete excomisario Thierry Breton, conocido por su escaso amor a la libertad, ha aceptado implícitamente el papel de la UE: «Lo hicimos en Rumanía y, obviamente, tendremos que hacerlo en Alemania si es necesario». Es decir, que, si los resultados de las elecciones en un país miembro no convencen a Bruselas, la UE hará lo posible por neutralizar la amenaza.

En Europa es delito rezar en silencio

El vicepresidente norteamericano también habló de legislaciones liberticidas aprobadas en el seno de Europa. Mencionó, por ejemplo, el caso de un hombre de 51 años detenido y condenado en Reino Unido por rezar en silencio a 50 metros de una clínica de abortos vulnerando una ley que prohíbe hacerlo a menos de 200. Esta persona «no había obstaculizado el paso a nadie ni interactuado con persona alguna, sino que se había limitado a rezar en silencio» ―aclaró Vance― arrepentido por el aborto del hijo que él y su entonces novia esperaban años atrás.

Vance también denunció que Escocia había aprobado una ley que advertía a quienes vivieran dentro del «área prohibida» de un centro de abortos que no podían rezar dentro de su propia vivienda si ello era visible o audible desde el exterior, y animaba a quienes creyeran que se estaba vulnerando la ley a denunciar a sus vecinos (como en el covid). Vance insinuó que estas leyes recordaban más a las de regímenes totalitarios nazi y comunista que a las de una democracia liberal, pero ¿acaso no es así?

Utilizando una vez más referencias implícitas o explícitas a la creciente similitud de la UE con la Unión Soviética, el vicepresidente norteamericano también lamentó que los «komissars» de la Comisión Europea hubieran amenazado con cerrar el acceso de los ciudadanos a las redes sociales en caso de desorden civil si detectaban «contenidos de odio», eufemismo totalitario que sólo funciona unidireccionalmente, es decir, para perseguir al disidente cuando critique las consignas impuestas por el poder.

El doble rasero de la UE

En esta deriva totalitaria la UE aplica un doble rasero que desnuda su sesgo ideológico. En efecto, la UE persiguió sin descanso al anterior gobierno de Polonia acusándole de socavar el Estado de Derecho y querer controlar su Tribunal Constitucional. Casualmente, el partido entonces en el poder en Polonia era euroescéptico, de derechas y, encima —Dios nos libre—, católico.

En España, sin embargo, la UE no hace absolutamente nada con Sánchez, que ataca constantemente la independencia del poder judicial, intenta aprobar una ley de impunidad para las presuntas corruptelas de su familia (lo que entiendo como un reconocimiento tácito de culpabilidad) y controla férreamente un Tribunal Constitucional absolutamente politizado, desprestigiado y pervertido por su presidente, un personaje sin escrúpulos que parece bordear peligrosamente la prevaricación (como ya le ha advertido el Supremo). ¿Y por qué no hace nada la UE? Porque Sánchez es uno de los suyos.

Desinformación

El vicepresidente norteamericano también denunció el uso de «feas palabras de la época soviética» como «desinformación», detrás de las cuales «se esconden intereses» ocultos destinado a coartar la libertad de expresión. En este sentido, puso como ejemplo la censura sufrida durante años en medios y redes de cualquier mención a un origen no zoonótico del covid, con aquel ridículo pangolín que aún sigue en busca y captura. Hoy la idea de que la epidemia del covid surgió como consecuencia de un escape biológico en un laboratorio de Wuhan es aceptada mayoritariamente, aunque fuera bastante obvia (como defendió este blog en su día)[2]. Lo mismo ha pasado con la inmensa mayoría de las «teorías de la conspiración» del covid, que han resultado ser ciertas.

La libertad es justo lo contrario que censurar una opinión o un dato tachándolo de desinformación: significa respetar la verdad, aunque nos incomode o pruebe que estábamos equivocados, y defender el derecho del otro a expresarse libremente, aunque estemos en desacuerdo. En este sentido, debemos advertir una vez más sobre la alianza liberticida entre la política y el periodismo[3].

La imperdonable crítica a Davos

Un perro ladra cuando atacan a su amo. Quizá por ello, probablemente el mayor pecado cometido por Vance a ojos de los medios haya sido su crítica a los mesiánicos megalómanos de Davos que controlan la agenda de la UE, a la que quieren convertir en el primer experimento real de su despótico gobierno mundial.

El vicepresidente norteamericano había manifestado su incredulidad por el modo en que la UE despreciaba y censuraba la opinión de sus propios ciudadanos, recordando que «la democracia se apoya en el principio sagrado de que la voz de los pueblos importa» y añadiendo: «no hay lugar para firewalls: o bien se defiende el principio o no se defiende», pues «creer en la democracia implica comprender que cada ciudadano tiene una voz».

Es en este contexto en el que Vance criticó a Davos: «Contrariamente a lo que puedan escuchar un par de montañas más allá en Davos, los ciudadanos de nuestros países no se ven a sí mismos como animales educados o como engranajes intercambiables de la economía global». Qué quieren que les diga: no se puede definir mejor la descomunal soberbia de los líderes europeos y sus titiriteros de Davos, que sienten un enorme desdén hacia el ciudadano corriente.

Que la UE «huye de sus propios votantes» no es nuevo. Recuerden lo ocurrido hace 20 años con el proyecto de Constitución Europea. Al principio se quiso someter el texto a referéndum en cada uno de sus países miembros. Sin embargo, tras la contundente victoria del «no» en Francia y Países Bajos (a pesar de la sesgada campaña mediática), la UE decidió cancelar bruscamente la celebración de más referéndums y cambió de táctica: copió gran parte del texto en el «Tratado» de Lisboa (eliminando el término «Constitución») y limitó su ratificación a los Parlamentos, evitando preguntar de nuevo su opinión a los ciudadanos.

El elefante en la habitación

Vance también habló de uno de los mayores problemas de Europa: la inmigración desbocada, «una decisión consciente tomada por políticos» sin que jamás se haya consultado a los ciudadanos europeos: «Ningún votante de este continente dio su consentimiento en las urnas para abrir las compuertas a millones de inmigrantes incontrolados».

En realidad, este es sólo un ejemplo de cómo la UE funciona completamente a espaldas de sus ciudadanos, paradigma del gobierno mundial soñado por los chicos de Davos. ¿Cuándo hemos votado los ciudadanos europeos dar este inmenso poder a una opaca organización dirigida por burócratas no electos que nos defecan —perdonen la metáfora— regulaciones absurdas y tiránicas de forma incontinente?

¿Cuándo hemos votado la imposición de ideologías enormemente dañinas que afectan a nuestras más preciadas creencias y a la educación de nuestros hijos? ¿Cuándo hemos votado que la Unión Europea maneje un presupuesto de 300.000 millones de euros que salen de nuestros impuestos en un ambiente de penumbra que posiblemente haya convertido a Bruselas en una de las capitales mundiales de la corrupción? ¿Cuándo hemos votado estar sometidos a los diktats de una burocracia formada por 200.000 personas y dado poder a esta sedicente élite para prohibirnos comprar coches de gasolina o diésel a partir de 2035 y obligarnos a comprar coches eléctricos, muchos más caros, contaminantes e ineficientes, que nos impedirán viajar por carretera?

Ésta es la realidad de la UE, una decepción gigantesca y una peligrosa dictadura en ciernes que ha secuestrado a nuestra querida Europa y está robando nuestra libertad por la puerta de atrás. Que haya tenido que venir alguien del otro lado del océano a sacudirnos el hechizo como un soplo de aire fresco en este sofocante desierto europeo resulta elocuente.

La claustrofóbica falta de libertad en Europa

Por último, el vicepresidente norteamericano ha reivindicado «las extraordinarias bendiciones que trae consigo la libertad, la libertad de sorprender, de equivocarse, de inventar, de construir», mientras denunciaba las opuestas políticas que rigen Europa, con sus asfixiantes regulaciones y sus imposiciones ideológicas: «No se puede imponer la innovación o la creatividad, de igual modo que no se puede forzar a las personas qué deben pensar, que deben sentir o qué deben creer».

Naturalmente, supongo que la católica osadía de Vance al citar a Juan Pablo II habrá exacerbado la crítica de la clase dirigente europea, nihilista y atea, la misma que decidió borrar cualquier mención histórica al cristianismo en su malhadada Constitución como si no hubiera sido la piedra angular de nuestra gran civilización.

Sin duda, a Vance puede criticársele que divinice el concepto de democracia y lo confunda con el de libertad, algo habitual en la retórica política, o que confunda la psicología del individuo y la inquebrantable dignidad intrínseca de la persona, sujeto de derechos inalienables, con la psicología de la masa manipulada por la propaganda, pero no que haya dicho ninguna mentira.

«No tengáis miedo», nos recuerda Vance que dijo Juan Pablo II. Como pensador católico que soy, permítanme otro guiño cómplice a aquel gran pensador que fue santo: no tengamos miedo nunca de defender el esplendor de la verdad, pues sólo la verdad nos puede hacer verdaderamente libres (Jn 8, 32).