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miércoles, 22 de abril de 2026

San Jorge, patrono de las victorias cristianas




En su libro Fisonomías de santos, el autor francés Ernest Hello describe a San Jorge como uno de los canonizados más ilustres y olvidados hoy en día. Hello escribió su libro en 1879; hoy, San Jorge no sólo está olvidado, sino que desde el Concilio la Iglesia ha relegado además su memoria dando un carácter facultativo a su festividad. Tal vez ello obedezca a que San Jorge es el santo guerrero por excelencia, la antítesis del modelo pacifista del católico hoy imperante.

Probablemente, San Jorge nació en Capadocia entre 275 y 285 y murió martirizado en Nicomedia hacia el año 303. Era hijo de cristianos: su padre Geroncio, era de origen persa, y la madre Policromia, capadocia. Fue educado en la Fe y se crió en la disciplina y temor de Dios. A los diecisiete años abrazó la vida militar en tiempos del emperador Diocleciano. Se distinguió por su valor y rectitud, y llegó a ser tribunus militum; esto es, oficial de alta graduación en el ejército romano.

En el año 303, aquel en que más arreciaba la persecución desatada por Diocleciano, Jorge se presentó ante el emperador y tuvo la osadía de amonestarlo, confesando que era cristiano. Fue torturado de todas las maneras posibles, pero no por ello apostató de su fe. Lo azotaron hasta dejarle los huesos al descubierto, lo arrojaron en un foso lleno de fuego y le pusieron en los pies una especie de calzado calentado al rojo vivo, pero Jorge no se rendía a pesar de los padecimientos. Varias veces lo dieron por muerto, pero Jorge se recuperaba milagrosamente convirtiendo a testigos y soldados, entre ellos el comandante Anatolio. Incluso la emperatriz Alejandra, impactada por su fe, abrazó el cristianismo y padeció el martirio. Al final, el oficial cristiano pidió que lo llevaran al templo donde se adoraba a los dioses. Diocleciano creyó que por fin había cedido. Pero Jorge, se volvió hacia el ídolo y, tras hacer la señal de la Cruz, le preguntó: «¿Quieres que te ofrezca sacrificios como a Dios?» El Demonio, constreñido a responder, contestó: «No soy Dios. No hay otro dios que el que tú predicas». Entonces cayeron pulverizados los ídolos del templo. Al punto el Emperador dio la orden decapitar al soldado cristiano. Ese fue el destino de muchos mártires en aquel tiempo. El Señor los ayudó a sobrevivir a suplicios inauditos y no permitió que muriesen sino por decapitación.

San Jorge pasó a la historia como megalomártir; o sea, gran testigo de la Fe, y es venerado sobre todo en Oriente. Eso sí, es conocido por otro episodio, que nos ha llegado a través de la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, que es un compilación medieval de testimonios históricos, no de leyendas. En los aledaños de la ciudad de Silena (Libia) un monstruo temible que habitaba en un lago aterrorizaba a la población abalanzándose sobre animales y hombres. Trataron de aplacarlo echándole dos ovejas cada día, pero no tardaron en despoblarse los rebaños y se consultó al oráculo. Éste respondió que para saciarlo era necesario servirle víctimas humanas escogidas mediante sorteo. La historia no es inverosímil. Los oráculos paganos, inspirados por el Demonio, solían pedir sacrificios humanos para aplacar a los dioses, y sólo el cristianismo acabó con esta infernal costumbre. Un día le tocó en suerte a la hija del Rey. El soberano se negó a entregar a su hija, pero el pueblo empezó a sublevarse y rodeó el palacio amenazando a la familia real. Entonces el monarca cedió y entregó a su hija a la multitud para que la sacrificase al dragón. A la orilla del lago, la joven esperaba a que llegara su hora. En ese momento apareció un caballero cristiano que la tranquilizó exhortándola a confiar en el nombre de Cristo. Cuando el dragón emergió de las aguas, Jorge, sobre su montura, le plantó cara en el nombre del Señor y lo atravesó con su lanza. A continuación, llevó el monstruo herido a la ciudad y prometió matarlo si el pueblo se convertía. El Rey se bautizó, y junto con él lo hicieron otros veinte mil hombres, sin contar mujeres y niños. Jorge rechazó toda recompensa y prosiguió rumbo a su destino, que habría de ser el martirio.

El dato más antiguo y fiable que conserva la memoria cristiana de San Jorge fue su muerte por orden de Diocleciano. A pesar de ello, la imagen que pervive por todas partes del santo capadocio, desde los iconos bizantinos a la pintura renacentista pasando por los frescos medievales, es la del caballero que traspasa al dragón. Escena que, más allá de su historicidad, posee un valor simbólico. El dragón nos recuerda que existen enemigos, no sólo de las personas, sino de la sociedad humana. Tras la analogía del dragón podemos entrever la revolución anticristiana que desde hace siglos ataca la civilización cristiana. San Jorge es el cristiano, o el grupo de cristianos que armados de fe combaten y exterminan al enemigo.

La crítica histórica pondrá en duda la lucha de San Jorge contra el dragón, pero hay otro episodio transmitido a través de testimonios que no puede ser negado. El 15 de julio de 1099, durante la Primera Cruzada, proclamada por el bienaventurado Urbano II, cuando los cruzados llegaron a las puertas de Jerusalén, se les apareció San Jorge ataviado con una armadura blanca sobre la que relucía la roja cruz, el cual hizo señas a los cristianos para que lo siguieran sin miedo hasta la victoria*. Lo mismo sucedió en la batalla de Antioquía. Desde entonces, San Jorge no es sólo patrón del combate, sino también del triunfo sobre el enemigo, y como tal se lo ha invocado durante siglos.

La devoción a San Jorge revistió una importancia particular en la república de Génova, cuyo estandarte –cruz roja sobre campo blanco– se convirtió en símbolo del santo. El grito de «¡Génova y San Jorge!» acompañaba a los combatientes en las batallas. Venecia también lo veneró, algo menos que a San Marcos, como protector. Pero ninguna provincia del mundo católico superó a Inglaterra en devoción a este santo, allí venerado desde los siglos IX y X. Un concilio nacional celebrado en Oxford en 1222 dispuso que la fiesta para honrar a tan gran mártir como protector del pueblo inglés fuese de precepto en todo el país. Las ciudades y municipios italianos que tienen por patrono a San Jorge superan el centenar. En la iglesia romana de San Jorge en Velabro se conserva el cráneo del santo, que fue llevado a la Ciudad Eterna desde Oriente en el siglo VIII.

La festividad litúrgica de San Jorge se celebra el 23 de abril, día en que nació a la vida del Cielo. En Georgia, país que lleva su nombre, se lo venera también con singular solemnidad el 23 de noviembre.

En la actualidad necesitamos la protección de San Jorge. Debemos invocarlo para que infunda espíritu combativo y conduzca a la victoria a cuantos tienen el deber y la vocación de defender al pueblo cristiano de sus enemigos.

(* N. del T.: ¿Cómo no acordarse de las apariciones del apóstol Santiago en la Reconquista de España y la conquista de América? Menos conocida es la leyenda de que San Jorge se apareció montado a caballo a las tropas cristianas en la batalla de Alcoraz en 1096 y ayudó a derrotar a los musulmanes, y también en la reconquista de Mallorca.)

martes, 21 de abril de 2026

Los enemigos de la Iglesia Católica se están alimentando de los “frutos” del Concilio Vaticano II.



Es nuestra traducción de Remnant . Durante 60 años, se les ha dicho a los católicos que no juzguen al Concilio Vaticano II por sus consecuencias... pero ¿y si el experimento "pastoral" está produciendo precisamente la confusión sobre la que los críticos han advertido desde el primer día? 

Esta poderosa exposición traza el camino de las ambigüedades del Vaticano II: Falso ecumenismo, colapso doctrinal, caos sinodal. 

¿Acaso los enemigos de la Iglesia esperaban estos "frutos" desde el principio?
Sesenta años después, los católicos ya no pueden ignorar las nefastas consecuencias del Concilio Vaticano II. Robert Morrison analiza cómo la ambigüedad, el falso ecumenismo y la trayectoria postconciliar de Roma han alimentado la confusión, debilitado la identidad católica y envalentonado a los enemigos de la Iglesia.
Uno de los aspectos más importantes del Concilio Vaticano II, en el que coinciden tanto sus partidarios como sus críticos, es su enfoque "pastoral". Pablo VI lo dejó claro en varias ocasiones, incluso durante la audiencia general del 6 de agosto de 1975:
“A diferencia de otros concilios, este no era de carácter dogmático, sino más bien disciplinario y pastoral.”
De las palabras de Pablo VI se desprende claramente que el Concilio Vaticano II se distingue de los demás por no ser directamente dogmático. Sus palabras también sugieren que existe una distinción real entre un enfoque dogmático y uno pastoral. Sin embargo, como escribió el profesor Roberto de Mattei en Apologia della Tradizione , no existe una tensión real entre los objetivos pastorales y dogmáticos.
No existe ni debería existir contradicción alguna entre pastoral y dogmático, como si los Concilios de Nicea, Trento o Vaticano I hubieran sido puramente dogmáticos y no pastorales. ¿Qué quiso decir, entonces, el Concilio Vaticano II al autodenominarse pastoral? Ni más ni menos que lo que proclamó Juan XXIII en su discurso inaugural, Gaudet Mater Ecclesia, el 11 de octubre de 1962. El Concilio no se había convocado para condenar errores ni para formular nuevos dogmas, sino para proponer, con un nuevo lenguaje, «las verdades contenidas en nuestra venerable doctrina». Esto era teóricamente legítimo, y por eso muchos conservadores participaron con entusiasmo en la iniciativa del Papa. (p. 108)
En teoría, era legítimo querer expresar las verdades de la fe católica de una manera más comprensible y atractiva tanto para los católicos laicos como para los no católicos que pudieran sentirse atraídos por la Iglesia. Sin embargo, el profesor de Mattei procedió a describir lo que realmente estaba sucediendo:
En realidad, lo que ha ocurrido es que la «primacía» joánica del ministerio pastoral se ha interpretado de forma similar a las categorías marxistas de la «primacía de la praxis». La dimensión pastoral, en sí misma accidental y secundaria a la doctrinal, se ha convertido en la prioridad absoluta, generando una revolución no tanto en el contenido como en el estilo, el lenguaje y la mentalidad. Esto se ha manifestado en la redacción de documentos ambiguos y ambivalentes, que pueden leerse tanto en continuidad como en discontinuidad con la Tradición. Incluso quienes aceptan o proponen la «hermenéutica de la continuidad» —es decir, quienes defienden la posibilidad o la necesidad de leer los documentos conciliares a la luz de la Tradición— deben admitir, no obstante, que la ambigüedad hermenéutica no es una virtud, sino una limitación de los documentos conciliares. (p. 108)
Es evidente que existe un problema en la medida en que las ambigüedades de los documentos conciliares podrían interpretarse como una contradicción a la doctrina católica inmutable, y hasta los defensores más fervientes del Concilio Vaticano II lo admiten. Sin embargo, dejando de lado la cuestión de si los documentos conciliares pueden interpretarse como una incitación al error (un tema ampliamente debatido durante décadas), podemos identificar algunos problemas quizás más apremiantes: primero, como ha argumentado el profesor de Mattei, el problema de la ambigüedad; segundo, la necesidad de evaluar los resultados pastorales del Concilio; y tercero, la continuidad del enfoque pastoral del Concilio.

El problema de la ambigüedad

La encíclica de León XIII de 1899 sobre el americanismo, Testem Benevolentiae , contiene algunas de las descripciones más elocuentes de por qué la verdad católica debe enunciarse de forma clara y exhaustiva, en lugar de ambigua:
«El principio fundamental de estas nuevas opiniones [de los obispos] es que, para atraer más fácilmente a quienes discrepan con ella, la Iglesia debería adaptar su enseñanza al espíritu de los tiempos, suavizar parte de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a las nuevas opiniones… Sostienen que sería conveniente, para ganar a quienes discrepan con nosotros, omitir algunos puntos de su enseñanza que son de menor importancia y atenuar el significado que la Iglesia siempre les ha atribuido. No hacen falta muchas palabras, hijo mío, para demostrar la falsedad de estas ideas si recordamos la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano II dice al respecto: “Porque la doctrina de la fe que Dios ha revelado no fue propuesta como una invención filosófica para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que fue entregada como depósito divino a la Esposa de Cristo para ser fielmente custodiada e infaliblemente proclamada”». Por lo tanto, el significado de los dogmas sagrados debe conservarse para siempre, el cual nuestra Santa Madre, la Iglesia, como ya ha declarado, jamás debe abandonarse bajo el pretexto de una comprensión más profunda. – Constitución de la Fe Católica, Capítulo IV. No podemos considerar completamente inocente el silencio que lleva a la omisión o negligencia deliberada de ciertos principios de la doctrina cristiana, puesto que todos los principios provienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre». – Juan 1:18. . . . Que a nadie se le ocurra suprimir por ningún motivo una doctrina que ha sido transmitida. Tal política tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia que a acoger a quienes disienten. Nada es más importante para nosotros que traer de vuelta a Cristo a quienes se han separado de su rebaño, pero solo por el camino indicado por Cristo mismo.
Al igual que otros papas anteriores al Concilio Vaticano II, León XIV comprendió sin duda los argumentos para suavizar u ocultar algunas verdades incómodas de la fe católica. Sin embargo, denunció la idea de que «la Iglesia deba adaptar sus enseñanzas al espíritu de la época, atenuando parte de su antigua severidad y haciendo concesiones a las nuevas opiniones».

De las palabras de León XIII se desprende claramente que se debe buscar la claridad y la precisión y, por consiguiente, evitar la ambigüedad. Como él mismo explicó, suprimir u oscurecer la verdad católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Esto sucede incluso cuando los pasajes ambiguos no se prestan a interpretaciones heréticas. Por lo tanto, promover la ambigüedad en las enseñanzas de la Iglesia nunca es un objetivo pastoral legítimo. Siempre que la doctrina católica establecida se vuelve ambigua, el resultado pastoral es debilitar la fe católica y alejar a las almas de la Iglesia.

La necesidad de evaluar las consecuencias pastorales del Concilio

En un ensayo de 1967 de su obra En defensa de la misa romana, el padre Raymond Dulac argumentó que deberíamos evaluar las “reformas” litúrgicas resultantes del Concilio Vaticano II en función de sus consecuencias:
«En realidad, puesto que este Concilio, y especialmente esta reforma [litúrgica], tenían un carácter esencialmente “pastoral”, al realizar nuestro análisis nos vimos obligados a no separar los actos oficiales de las circunstancias históricas (previsibles o no) que los acompañaron. En efecto, para ser correctamente valorada desde un punto de vista pastoral, toda decisión humana debe considerarse no solo en sí misma, sino también en sus consecuencias reales, incluso aquellas no intencionadas y abusivas. El líder debe preverlas antes de promulgar su ley.» (p. 54)
Si bien discrepo de la idea de que deban tenerse en cuenta las consecuencias «abusivas» y verdaderamente imprevisibles al evaluar una iniciativa pastoral, el razonamiento del padre Dulac me parece totalmente razonable y sólido. Esto, por supuesto, es similar a juzgar un árbol por sus frutos, como nos enseñó Nuestro Señor (Mateo 7:16-20). Evaluar el Concilio Vaticano II por sus frutos pastorales resulta particularmente oportuno, dado que el arzobispo Marcel Lefebvre intervino en el Concilio para eliminar la ambigüedad que se promovía en nombre del propósito pastoral.
La ambigüedad de este Concilio se hizo evidente desde las primeras sesiones. ¿Cuál era el propósito de nuestra reunión? Si bien el discurso del Papa Juan XXIII había insinuado la dirección que pretendía dar al Concilio, a saber, una declaración doctrinal pastoral (discurso del 11 de octubre de 1962), la ambigüedad persistió, y a través de las intervenciones y los debates se percibía la dificultad de comprender el verdadero objetivo del Concilio. Esta fue la razón de mi propuesta del 17 de noviembre… Esta podría haber sido la oportunidad de ofrecer una definición más clara del carácter pastoral del Concilio. Sin embargo, la propuesta encontró una fuerte oposición: «El Concilio no es dogmático, sino pastoral; no buscamos definir nuevos dogmas, sino presentar la verdad de manera pastoral». (¡Acuso al Concilio!, pp. 3-4)
Así pues, la propuesta del arzobispo Lefebvre de redactar dos conjuntos de documentos —uno más dogmático, dirigido a teólogos, y otro de tono más pastoral— fue rechazada. Si bien aún no podía prever con exactitud los peligros de las ambigüedades promovidas en nombre de la orientación pastoral del Concilio, ya comprendía que tal enfoque era sumamente problemático. Trágicamente, los artífices del Concilio no deseaban la precisión teológica que el arzobispo Lefebvre buscaba promover, la cual simplemente coincide con la santa sabiduría de León XIII citada anteriormente. En cambio, querían que el Concilio alcanzara objetivos pastorales que se verían comprometidos por una presentación inequívoca de la verdad católica. No hay forma lógica de evitar esta conclusión.

Por lo tanto, debemos evaluar los frutos pastorales que surgieron tras el Concilio. Una de las descripciones más significativas de estos frutos proviene de Frank Sheed, en su libro "¿Es la misma Iglesia?", de 1968, tres años después de la conclusión del Concilio:
Imaginen cómo se sentiría un católico, náufrago en una isla desierta en 1958 y recién regresando a casa. Sus amigos católicos lo acogen en sus hogares. En cada uno de ellos encuentra conversaciones que escapan a su comprensión. Giran, a veces acaloradamente, en torno a dos palabras que no significan nada para él: ecumenismo y la píldora anticonceptiva. . . . Las semanas siguientes están llenas de trastornos. Le cuesta acostumbrarse al sacerdote frente a la congregación. Y a la misa en inglés, aún más. Recuerda discusiones con protestantes en las que su argumento principal había sido el uso del latín como prueba de la catolicidad de la Iglesia: "un solo idioma en todo el mundo". . . . Dondequiera que mira, el mundo católico que conocía parece haberse puesto patas arriba, y tan rápidamente: después de todo, solo había estado fuera diez años. Oye hablar de sacerdotes que se casan, con otros sacerdotes oficiando la ceremonia. (pp. xi-xii)
Los defensores del Concilio Vaticano II afirman que estos asuntos no tienen nada que ver con él, ya que el Concilio no modificó el dogma, pero esto es un error garrafal. Si releemos las palabras de León XIII citadas anteriormente, extraídas de Testem Benevolentiae , podemos observar que incluso diluir el significado de la doctrina católica tiende a alejar a los católicos de la Iglesia. Sin embargo, el Vaticano II hizo algo más que diluir la doctrina católica: dejó de condenar los errores, aunque no por ello dejó de mencionarlos en sus documentos. Tanto católicos como no católicos comprendieron el mensaje: los errores contrarios a la fe ya no son tan problemáticos. ¿Y nos preguntamos por qué hemos presenciado una proliferación tan inmensa de errores anticatólicos provenientes de supuestas fuentes católicas desde el Concilio?

La trayectoria ininterrumpida de la atención pastoral del Consejo

Finalmente, podemos reflexionar sobre el hecho de que los problemas que Frank Sheed y muchos otros identificaron tras el Concilio Vaticano II generalmente han empeorado desde entonces. En casi todos los demás ámbitos de la vida, cuando las personas competentes se dan cuenta de que han realizado cambios que han tenido consecuencias no deseadas, rectifican. Resuelven los problemas. Pero desde Roma, durante los últimos sesenta años, hemos presenciado precisamente lo contrario: todos los peores frutos se han cultivado cuidadosamente para que se extiendan y se pudran. Tomemos un ejemplo con consecuencias tan profundas que habrían hecho del Concilio un desastre incluso si todo lo demás hubiera sido perfecto: el falso ecumenismo. De hecho, prácticamente toda la labor pastoral del Concilio Vaticano II contribuyó a la labor del falso ecumenismo. Para observar su evolución durante los últimos sesenta años, solo necesitamos considerar cuatro momentos específicos de este período:

Advertencia del Concilio. El obispo servita Giocondo Grotti intervino en el Concilio en defensa de la presentación de la verdad católica sobre la Santísima Virgen María, a pesar de que esto habría disgustado a los protestantes: «¿Consiste el ecumenismo en confesar u ocultar la verdad? ¿Acaso el Concilio debía explicar la doctrina católica o la doctrina de nuestros hermanos separados?… Ocultar la verdad nos perjudica tanto a nosotros como a quienes están separados de nosotros. Nos perjudica porque parecemos hipócritas. Perjudica a quienes están separados de nosotros porque los hace parecer débiles y susceptibles de ofenderse por la verdad». (De «El Rin desemboca en el Tíber», del padre Ralph Wiltgen).

Evaluación de Frank Sheed de 1968. Frank Sheed continuó describiendo la conmoción que sintió en 1968 al presenciar los cambios que siguieron al Concilio Vaticano II: «Y los protestantes. Sabía que los protestantes no debían ir al infierno: recuerda su sorpresa cuando un sacerdote tuvo problemas con las autoridades eclesiásticas precisamente por este asunto. Pero las cosas parecen haber ido mucho más allá mientras él estaba en su isla desierta. Se entera de que, tras la muerte de Juan XXIII, una iglesia episcopal celebró un réquiem en su catedral, y un cardenal envió a su vicario general, y él también habría estado allí si no se hubiera visto obligado a ir a Roma... Recuerda la muerte de su abuelo episcopal y lo que dijo el párroco cuando pidió permiso para asistir al funeral: esa fue la primera vez que oyó la expresión communicatio in sacris ; la oyó al menos veinte veces, no estaba seguro de lo que significaba, pero era indudablemente un pecado mortal». (p. xii)

Valoración del arzobispo Lefebvre en 1986. En su Carta Abierta a los Católicos Confundidos, el arzobispo Lefebvre ofreció la siguiente valoración: «El ecumenismo en sentido estricto, es decir, tal como se practica entre los cristianos, ha motivado celebraciones eucarísticas conjuntas con protestantes, como en Estrasburgo. Se invitó a anglicanos a la catedral de Chartres para celebrar la "Comunión Eucarística". La única celebración no permitida, ni en Chartres, ni en Estrasburgo, ni en Marsella, es la Santa Misa según el rito codificado por San Pío V. ¿Qué conclusión puede sacar un católico de todo esto cuando ve que las autoridades eclesiásticas avalan ceremonias tan escandalosas? Si todas las religiones tienen el mismo valor, bien podría encontrar su salvación con budistas o protestantes. Corre el riesgo de perder la fe en la verdadera Iglesia. Esto es, de hecho, lo que se le está sugiriendo».

Carta del Sínodo de 2021 sobre la sinodalidad. Una carta de 2021 de los cardenales Grech y Hollerich detallaba cómo el Sínodo promueve un falso ecumenismo: «El diálogo entre cristianos de diferentes confesiones, unidos por un solo bautismo, ocupa un lugar especial en el camino sinodal» (Manual Sinodal 5.3.7). En efecto, tanto la sinodalidad como el ecumenismo son procesos de «caminar juntos». En primer lugar, si «una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha» (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015), esta escucha debería concierne a la totalidad de aquellos honrados con el nombre de cristiano, puesto que todos los bautizados participan en cierta medida del sensus fidei (cf. Comisión Teológica Internacional, Sensus fidei en la vida de la Iglesia, 56). En segundo lugar, puesto que el ecumenismo puede entenderse como un “intercambio de dones”, uno de los dones que los católicos pueden recibir de otros cristianos es precisamente su experiencia y comprensión de la sinodalidad (cf. Evangelii Gaudium , 246).

Hemos pasado de condenar las iniciativas ecuménicas a ignorar, y mucho menos a preocuparnos, cuando los arquitectos sinodales nos dicen que los protestantes participan del sensus fidei de la Iglesia Católica. A lo largo de este recorrido de falso ecumenismo, ha habido señales de alerta, como la reunión de oración de Asís de 1986. Sin embargo, ante cada indicio de corrupción pastoral, Roma ha seguido alejándose de lo que Pío XI enseñó en su encíclica de 1928 sobre la unidad religiosa, Mortalium Animos , respecto a los precursores del falso ecumenismo actual.
«Ciertamente, tales [reuniones interreligiosas] no pueden ser aprobadas de ninguna manera por los católicos, ya que se fundamentan en esa falsa opinión que considera a todas las religiones más o menos buenas y dignas de alabanza, puesto que todas manifiestan y significan de diferentes maneras ese sentido que es innato en todos nosotros y a través del cual somos conducidos a Dios y al reconocimiento obediente de su dominio. Quienes sostienen esta opinión no solo están equivocados y engañados, sino que, al distorsionar la idea de la verdadera religión, la rechazan y se apartan gradualmente del naturalismo y el ateísmo, como se le llama; de lo cual se deduce claramente que quien apoya a quienes sostienen estas teorías e intenta ponerlas en práctica abandona por completo la religión divinamente revelada. ... Por lo tanto, Venerables Hermanos, es evidente por qué esta Sede Apostólica nunca ha permitido a sus súbditos participar en las asambleas de no católicos: porque la unión de los cristianos solo puede promoverse promoviendo el retorno a la única y verdadera Iglesia de Cristo de aquellos que se han separado de ella, porque en el pasado, lamentablemente, la han abandonado.
Hace casi cien años, Pío XI comprendió perfectamente adónde conduciría el falso ecumenismo. Hoy, nos acercamos al final de ese camino —cuando demasiados obispos han abandonado de hecho la religión divinamente revelada— y Roma no muestra intención alguna de rectificar. La apostasía masiva en el seno de la Iglesia sinodal era, al parecer, el objetivo pastoral deseado por los enemigos del catolicismo. 

Para quienes comparten esta visión, la buena noticia es que el único principio de la Iglesia sinodal que debe creerse absolutamente es que el catolicismo tradicional es rígido, retrógrado y erróneo. Para todos los demás (por pocos que sean), los últimos sesenta años han ofrecido confirmaciones diarias del amor de Dios por su Iglesia, regalándonos la santa sabiduría de los papas anteriores al Concilio Vaticano II, quienes nos enseñaron que no puede haber una auténtica labor pastoral que sacrifique la fe católica en su pureza. Podemos corresponder a ese amor, aunque sea modestamente, adhiriéndonos a las verdades inmutables que Dios ha confiado a su Iglesia, especialmente cuando Roma nos margina por ello

¡Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros!

Robert Morrison

domingo, 24 de agosto de 2025

Comparación entre el concilio de Nicea y el concilio Vaticano II (De Mattei)





Roberto de Mattei compara Nicea con el Vaticano II. 

«Sin duda, el Vaticano II fue un Concilio válido y, en este sentido, de gran autoridad, pero su trascendencia histórica no se debe a los beneficios que aportó a la Iglesia, como en el caso del Concilio de Nicea, sino a los gravísimos daños que causó. Si el Vaticano II está destinado a dejar una huella más profunda en la historia que el de Nicea, es porque la crisis religiosa de nuestro tiempo es más grave y profunda que la arriana. El daño, que previó Monseñor Lefebvre y que Pablo VI negó, es hoy un hecho objetivo y evidente. La teología pastoral del Vaticano II se ha refutado a sí misma a lo largo de los sesenta años transcurridos desde su conclusión, y el historiador no puede evitar tomar nota de ello».

En una carta escrita el 29 de junio de 1975 al arzobispo Marcel Lefebvre, quien criticó el Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI declaró que “el Concilio Vaticano II no es menos autorizado, de hecho en algunos aspectos es incluso más importante que el Concilio de Nicea” (Cf. La Doc. Catholique, 58 (1976), p. 34). Esta declaración dejó a muchos asombrados. El Concilio de Nicea nos transmitió las verdades fundamentales de la fe católica, expresadas más tarde en el llamado Credo Niceno-Constantinopolitano, que se recita cada domingo en la Santa Misa. El Concilio Vaticano II no definió ninguna verdad ni condenó ningún error, presentándose como un concilio pastoral y no dogmático.

Desde una perspectiva histórica, más que teológica, la declaración de Pablo VI no carece de verdad, aunque difiera de la concepción del papa Montini.
«El Concilio Vaticano II, a diferencia de Nicea, Trento y el Vaticano I, se presentó como un concilio pastoral, pero no puede haber ningún concilio pastoral que no sea también dogmático. El Vaticano II renunció a definir nuevos dogmas, pero dogmatizó la pastoral, adoptando la filosofía contemporánea, según la cual la verdad del pensamiento se verifica en la acción. La teología dogmática tradicional fue dejada de lado y sustituida por una «filosofía de la acción», que necesariamente conlleva subjetivismo y relativismo».

«La teología pastoral del Vaticano II representa una ruptura con la teología dogmática del Concilio de Nicea, precisamente por su pretensión de adaptarse al inmanentismo de la filosofía moderna. Para estar en armonía con el mundo, la Iglesia debe dejar de lado su doctrina y confiar a la historia el criterio para verificar su verdad. Pero los resultados de la nueva teología pastoral han demostrado su fracaso. Basta con preguntarse cuántas personas asisten a la iglesia los domingos y cuáles son sus creencias para comprenderlo». Si el Vaticano II está destinado a dejar una huella más profunda en la historia que el de Nicea, es porque la crisis religiosa de nuestro tiempo es más grave y profunda que la arriana.


Roberto De Mattei 

 

lunes, 2 de junio de 2025

León XIV y el Concilio de Nicea (Roberto De Mattei)



En la homilía inaugural de su pontificado este 18 de mayo, León XIV ha convocado varias veces a la unidad de la Iglesia. El Papa es consciente de la existencia de enconados enfrentamientos internos, que se agravaron durante el pontificado de Francisco y podrían estallar con gravísimas consecuencias.

Desde su fundación, la Iglesia ha conocido divisiones internas que se han convertido en cismas y herejías. El 20 de mayo de este año se cumplen 1700 años del Concilio de Nicea, en el que el emperador Constantino convocó una asamblea de obispos cristianos llegados de todo el mundo. Se trataba de afrontar una herejía que ponía en peligro la unidad de la Iglesia y del naciente imperio cristiano. Era la herejía arriana, llamada así por su fundador Arrio, que predicaba en la ciudad patriarcal de Alejandría. Según Arrio, el Verbo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no es igual al Padre, sino creado por Él. Algo así como un término medio entre Dios y el hombre, y por tanto de naturaleza distinta a la divina del Padre. Esta teoría atacaba directamente al corazón del misterio de la Trinidad y socavaba con ello los cimientos de la propia Fe.

El concilio convocado por Constantino se celebró en Nicea, ciudad de Bitinia, hoy en Turquía. Se congregaron representantes de toda la Cristiandad, unos trescientos.

Narra el historiador Eusebio que «de toda Europa, Libia y Asia lo más granado de los ministros». Encontramos entre los participantes a personajes célebres como los taumaturgos Espiridión y Jacobo de Nisibe, de quienes se contaba que habían resucitado muertos; los confesores egipcios de la Fe Potamón de Heraclea y Pafnucio de la Tebaida, que habían perdido sendos ojos en la persecución decretada por Máximo, así como Pablo de Neocesarea, que tenía las manos quemadas por los hierros candentes que Licinio había mandado aplicarle. El papa Silvestre II, que no había podido asistir al concilio por su avanzada edad, envió a dos representantes del clero romano, Vito y Vicente.

Desde hacía ya diez años, la vida se había vuelto enormemente difícil para la mayoría de ellos, en medio de incesantes peligros. Pero ahora, el lujo del palacio, la majestuosidad de las ceremonias y la guardia de honor que representaba los ejércitos ante los dignatarios cristianos ofrecían a la vista un espectáculo que nadie habría imaginado hasta entonces.

Dieron comienzo los debates, presididos por Constantino. En la sala estaban presentes los partidarios de dos tendencias irreconciliables, representados por dos hombres que no eran prelados, sino consejeros de los padres conciliares: el hereje Arrio, que entre bastidores dirigía al grupo de sus secuaces, y Atanasio, el indómito organizador de la resistencia ortodoxa católica.

El historiador francés Daniel Rops recuerda que los partidarios más o menos declarados de Arrio se valieron de todos los recursos de la dialéctica, pero tenían en contra el más hondo sentimiento cristiano. El diácono Atanasio proponía como piedra angular del cristianismo el hecho indiscutible de la Redención. Ahora bien, la Redención sólo tiene sentido si el propio Dios se hace hombre, padece, muere y resucita, si Cristo es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El Hijo no es una criatura; siempre ha existido. Siempre ha estado al lado del Padre, unido a Él. Distinto, pero inseparable. Gracias a la influencia de Atanasio, el concilio adoptó el término homousion, que se tradujo al latín como consustantialem.

Así quedó fijada una regla de Fe. No era diferente del Credo de los Apóstoles, pero resultaba más explícita, y estaba redactada de un modo que no dejaba lugar a errores. Es el texto del Símbolo o Credo de Nicea que recitamos cada domingo en la Misa cuando el pueblo fiel hace resonar su antiguas pero siempre precisas declaraciones: genitum, no factum; consustantialem Patri: engendrado, no creado; consustancial al Padre.

Una mayoría aplastante de padres declaró que el Hijo es verdaderamente Dios, consustancial al Padre, y Arrio fue condenado. La cuestión arriana parecía cerrada para siempre. Un mes más tarde, el 25 de agosto de 325 concluyó el concilio en medio de un clima triunfal. Pero apenas se hubieron marchado los padres, tres de ellos, entre los que se encontraba Eusebio de Nicomedia, retiraron su firma. La disputa volvió a estallar con violencia, y duró cosa de medio siglo.

El dogma de la encarnación del Verbo fue atacado por todos los medios posibles por los partidarios de Arrio. Entre el partido intransigente de Atanasio y el de los arrianos surgió una tercera facción, el semiarrianismo, cuyos seguidores estaban a su vez divididos en varias sectas que, reconociendo cierta analogía entre el Padre y el Hijo, negaban que Cristo fuera engendrado, no creado y de la misma sustancia que el Padre, como afirmaba el Credo niceno. El mérito de los teólogos del siglo IV, como San Atanasio y San Hilario, estuvo en combatir sin hacer concesiones para salvaguardar la divinidad de Cristo, esencia misma del cristianismo.

Si la Iglesia pudo sobrevivir a una prueba de tal magnitud y salir no sólo indemne sino reforzada, fue por obra de una pequeña cohorte de paladines de la Fe, que no se dejaron acobardar por las intrigas, las amenazas, el exilio ni la cárcel. Tildados de fanáticos por sus adversarios, dieron valeroso testimonio de la Fe católica.

Benedicto XVI equiparó la crisis actual con la del siglo IV y, sirviéndose de una metáfora que utilizó San Basilio en los años posteriores al Concilio de Nicea, dijo que nuestra época semejaba una batalla naval nocturna en un mar tempestuoso. Es indudable que León XIV tiene presente esa comparación, pues para los próximos meses tiene programado un viaje a Nicea a fin de conmemorar el concilio que corroboró la Fe católica evitando que la navecilla de la Iglesia zozobrara en la tempestad. No faltó entonces la ayuda de Dios, y tampoco nos faltará hoy.

Roberto De Mattei

domingo, 11 de mayo de 2025

León XIV y el futuro de la Iglesia



La fumata blanca sorprendió elevándose desde la chimenea de la Capilla Sixtina a las 6 y 8 minutos de la tarde del jueves 8 de mayo mientras las luces del crepúsculo iluminaban la columnata de Bernini. Una hora después, la plaza de San Pedro y la Via della Conciliazione eran un hormiguero en el que bullían más de cien mil personas, mientras cerca de mil millones se conectaban a los medios de comunicación para verlo. Como ya había sucedido en 1978 con el papa Wojtyła, no entendieron en un primer momento el nombre del nuevo pontífice cuando lo anunció el cardenal Dominique Mamberti. La multitud estalló en un largo y sonoro aplauso. La muchedumbre aclamaba al 267º sucesor de San Pedro, el cardenal Robert Francis Prevost, que asumía el cargo con el nombre de León XIV.

La primera impresión es la más importante, porque es intuitiva y se imprime en la memoria. Por eso, en un artículo anterior, mientras nos preguntábamos cuáles serían las primeras palabras que diría el recién elegido pontífice desde el balcón de San Pedro, escribimos: «Es indudable que las palabras y gestos con que el próximo papa inaugure su pontificado revelarán ya una tendencia y brindarán un primer elemento para que el sensus fidei del pueblo católico pueda discernir. Sea cual sea el nombre que elija, el pontífice elegido por el colegio cardenalicio, ¿querrá seguir las huellas de Francisco, o emprenderá una vía diferente a la de un pontificado que, según muchos, ha sido catastrófico para la Iglesia?»

Ya conocemos la respuesta, y ha sido un indicio de cambio, al menos en lo que respecta al estilo de gobierno del que se sirvió Francisco para su primer mensaje. Escoger un nombre tan poco común, que evoca a un papa con un amplio magisterio doctrinal como fue León XIII, así como a pontífices santos y luchadores, como San León Magno y San León IX, revela claramente una tendencia. Igualmente significativa ha sido la manera en que se ha presentado el nuevo papa al pueblo romano. La sobriedad manifestada por León XIV vino acompañada de su reconocimiento de la dignidad de la Iglesia, al la cual honró con las solemnes vestiduras que exige el ceremonial: la muceta roja, la estola pontificia y la cruz pectoral de oro, cosa que no se hizo hace once años.

En las primeras palabras de su alocución, León XIV deseó paz en nombre de Cristo resucitado, y en las últimas recordó que el 8 de mayo es la festividad en que tradicionalmente se hace la súplica a Nuestra Señora de Pompeya, tras lo cual rezó el Avemaría junto con los fieles e impartió su primera bendición Urbi et orbi concediendo indulgencia plenaria. Hay que añadir que el 8 de mayo es la fiesta de María Mediadora de todas las Gracias yla Aparición de San Miguel Arcángel, príncipe de las milicias celestiales y protector de la Iglesia. Esto no ha escapado a los que conocen el lenguaje de los símbolos. [* N. del T.: Agreguemos por nuestra parte que los argentinos celebran el 8 de mayo a su patrona, Nuestra Señora de Luján. En cuanto a la Virgen de Pompeya, es una devoción muy arraigada en Italia, y no sólo en su basílica de Nápoles, pues de hecho esta práctica devocional se transmite por radio y televisión a todo el país].

Muchos se están desviviendo por rescatar hechos y dichos del obispo y más tarde cardenal Prevost, a fin de hacerse una idea del rumbo que puede imprimir a su pontificado. Temen que la ruptura en las formas con el papa Francisco se corresponda con un distanciamiento análogo en los contenidos. Pero en una época en que la praxis se impone sobre la doctrina, la restauración de las formas lleva implícito un restablecimiento de la sustancia. Téngase presente, además, que todo pontífice recibe en el momento de su elección gracias de estado proporcionales a la labor que habrá de cumplir, y en muchos casos se han producido cambios en la actitud de un papa una vez asumido el ministerio petrino. Por eso, como acertadamente ha afirmado en un comunicado el cardenal Raymond Leo Burke garantizando su apoyo al nuevo pontífice, hace falta rezar para que el Señor le conceda «sabiduría, fuerza y ánimo en abundancia para hacer todo lo que pide Dios en estos tormentos tiempos». Proponemos que la intercesión sugerida por monseñor Burke a la Virgen de Guadalupe se añada la de la Virgen del Buen Consejo que se venera en el santuario agustino de Genazzano.

Por supuesto, no se puede cejar en la vigilancia y la lucha contra los enemigos externos e internos de la Iglesia, pero no es este momento de desengaño y la preocupación, sino de alegría y esperanza. Es un momento de alegría porque la Iglesia Romana ha elegido al Vicario de Cristo, León XIV, añadiendo otro eslabón a la cadena apostólica que lo vincula a San Pedro. Es la hora de la esperanza, porque el sucesor de San Pedro es el jefe en la Tierra del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Y la Iglesia, a pesar de las pruebas y persecuciones a las que se ha visto sometida a lo largo de la historia, siempre resurge triunfante como su divino Fundador.

Comentando las palabras del Evangelio de San Lucas (24, 36-47), escribe San Agustín: «Como acabasteis de oír, después de la resurrección el Señor se apareció a sus discípulos y los saludó con estas palabras: “Paz a vosotros”. Esta es la paz y este el saludo de la salud, pues saludo es nombre derivado de salud. ¿Qué hay mejor que el hecho de que la salud misma salude al hombre? Cristo es, en efecto, nuestra salud. Es nuestra salud él que por nosotros fue herido y fijado con clavos a un madero y, tras ser bajado de él, colocado en un sepulcro. Pero resucitó del mismo con las heridas curadas, aunque conservando las cicatrices, pues juzgó que, en bien de sus discípulos, era conveniente mantenerlas para sanar con ellas las heridas de su corazón. ¿Qué heridas? Las de la incredulidad» (Sermón 116, 1).

La incredulidad de un mundo que ha dado la espalda a Cristo es la causa principal de falta de paz en nuestros tiempos. Por esa razón, León XIV, hijo de San Agustín, en su primera homilía, pronunciada el 8 de mayo ante los cardenales electores, hablando de un mundo sin fe ha afirmado que la Iglesia debe ser «cada vez más la ciudad puesta sobre el monte, arca de salvación que navega a través de las mareas de la historia, faro que ilumina las noches del mundo». El Papa evocó la célebre expresión de San Ignacio de Antioquía (Carta a los romanos, proemio), cuando «conducido en cadenas a esta ciudad, lugar de su inminente sacrificio, escribía a los cristianos que allí se encontraban: “En ese momento seré verdaderamente discípulo de Cristo, cuando el mundo ya no vea más mi cuerpo” (Carta a los Romanos, IV, 1). Hacía referencia a ser devorado por las fieras del circo –y así ocurrió– pero sus palabras evocan en un sentido más general un compromiso irrenunciable para cualquiera que en la Iglesia ejerza un ministerio de autoridad: desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo.

Que Dios me conceda esta gracia, hoy y siempre, con la ayuda de la tierna intercesión de María, Madre de la Iglesia».

Se podría decir que en estas palabras resuena un presagio. En su primera aparición en el balcón de la Plaza de San Pedro, alguna lágrima corrió por el rostro de León XIV. Esas discretas lágrimas pueden expresar la emoción de un hombre que ante una multitud que lo aclama contempla todo su pasado desde la parroquia de Chicago hasta su inesperada llegada al vértice de la Iglesia. Pero pueden r igualmente manifestar la tristeza de quien vislumbra el futuro de la Iglesia y del mundo.

¿Cómo no recordar el llanto silencioso y profético de la Virgen de Siracusa, adonde se dirigió el cardenal Prevost en septiembre del año pasado con ocasión del septuagésimo primer aniversario de su milagrosa lacrimación? ¿Y cómo recordar también, en vísperas del 13 de mayo, el Tercer Secreto de Fátima, que describe a un papa afligido de dolor y pena que atraviesa una ciudad en ruinas y asciende a un monte en el que el martirio lo espera a los pies de la cruz?

Sólo Dios conoce el futuro del papa León XIV, pero el mensaje de Fátima, con su promesa del triunfo final del Corazón Inmaculado de María, es una certeza que anima a los corazones devotos en estos sorprendentes días de mayo que han traído un nuevo pontífice a la Iglesia.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto De Mattei

viernes, 2 de mayo de 2025

Por el honor de la Iglesia (Roberto De Mattei)



El funeral del papa Francisco en la Plaza de San Pedro y el traslado de su féretro a Santa María la Mayor, en el grandioso ambiente de la Roma antigua, la barroca y la del siglo XIX, ha constituido un momento histórico henchido de simbolismo. Soberanos, jefes de estado y de gobierno y personajes públicos de toda índole llegados de todas partes a la Ciudad Eterna no han rendido honores a Jorge Mario Bergoglio, sino a la institución que él representaba, a igual que en las exequias de Juan Pablo II. Si bien muchas de dichas personalidades profesan otras religiones o incluso son ateas, todos eran conscientes de lo que significa todavía la Iglesia de Roma, caput mundi, centro del cristianismo universal. La imagen de Donald Trump y Vladimir Zelensky frente a frente en sendos sencillos asientos en la basílica de San Pedro se veía como una expresión de su pequeñez bajo la cúpula de una basílica en la que se congrega el destino del orbe. Y daba la impresión de que los 170 dirigentes congregados en la Ciudad Eterna se interrogasen sobre el futuro del mundo, en vísperas del cónclave que dará comienzo el próximo 7 de mayo.

El cónclave que elegirá al sucesor de Francisco será, como todos, una ocasión extraordinaria en la vida de la Iglesia. Lo cierto es que, en los cónclaves, se diría que el Cielo y la Tierra se reúnen para elegir al Vicario de Cristo. Los cardenales, que constituyen el senado de la Iglesia, han de escoger al que estará destinado a guiarla y gobernarla. La ocasión es tan importante que el propio Cristo prometió a la Iglesia que la ayudaría mediante la influencia del Espíritu Santo. Como pasa con toda gracia, la que se debe a la intervención especial del Espíritu Santo presupone no obstante la correspondencia de los hombres, que, en este caso particular, son los cardenales reunidos en la Capilla Sixtina. A los cuales, en realidad, la asistencia divina no les quita la libertad humana. El Espíritu Santo les asiste, pero no determina la elección. La asistencia del Espíritu Santo no quiere decir que en el cónclave será elegido necesariamente el mejor candidato. Ahora bien, la Divina Providencia es capaz de sacar el mejor de los bienes posibles del peor de los males, como podría ser la elección de un papa malo. Porque quien siempre triunfa en la Historia es Dios, no es el Demonio. Por eso, a lo largo de la historia han sido elegidos pontífices santos, pero también papas débiles, indignos, inadecuados para su alta misión, sin perjudicar por ello en modo alguno la grandeza del Papado.

Como todos los cónclaves de la historia, también el próximo será objeto de tentativas de interferencia. En el de 1769, fue elegido Clemente XIV después de 185 escrutinios y más de tres meses de intentos, tras comprometerse con las cortes europeas a suprimir la Compañía de Jesús. En el de 1903, que eligió a San Pío X, el emperador Francisco José de Austria vetó la elección del cardenal Rampolla del Tindaro. Y también en el que eligió a Pío XII, y sobre todo en el que siguió a la muerte de este pontífice, hubo presiones políticas. En 1958 la acción política de mayor carácter invasivo fue la que ejerció Francia por medio del general De Gaulle, que ordenó a su embajador ante la Santa Sede Roland de Margerie que hiciera todo lo posible por impedir que fuesen elegidos los cardenales Ottaviani y Ruffini, considerados reaccionarios. El partido francés, emcabezado por el cardenal Eugenio Tisserant, apoyó en cambio al Patriarca de Venecia Giusseppe Roncalli, que resultó elegido y asumió el nombre de Juan XXIII. En tiempos más recientes han sido notorias las maniobras de la llamada mafia de San Galo en los cónclaves de 2005 y 2013 para evitar que fuese elegido Benedicto XVI y obtener la elección del papa Francisco. La primera vez fracasó la maniobra; la segunda sí tuvo éxito.

De todos modos, la eventual invalidez de una elección no depende de semejantes presiones. En la constitución Universi Dominici gregis del 22 de febrero de 1996, sin llegar a prohibir que durante la sede vacante pueda haber intercambio de ideas en cuanto a la elección, dice Juan Pablo II que los cardenales electores se abstendrán de «de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género, que los puedan obligar a dar o negar el voto a uno o a algunos. Si esto sucediera en realidad, incluso bajo juramento», decreta «que tal compromiso sea nulo e inválido y nadie esté obligado a observarlo», conminando además «la excomunión latae sententiae a los transgresores de esta prohibición» (nº81-82). La mencionada constitución apostólica declara nulos los acuerdos, pero no las elecciones que se hagan a continuación. No deja de ser válida la elección aunque se hayan llevado a cabo pactos ilícitos, salvo que se dé algún vicio sustancial gravísimo que comprometa la libertad del cónclave.

Universi Dominici gregis dispone que el Pontífice debe ser elegido por una mayoría calificada de dos tercios, pero que en caso de prolongarse el cónclave por más de 30 escrutinios en 20 días los cardenales podrán elegir al nuevo papa por mayoría simple de sufragios (nº74-75). El cambio no era de poca monta, porque la mayoría absoluta hace más verosímil la hipótesis de que pueda impugnarse la elección de un papa al bastar la invalidez de una papeleta para anular la elección de un pontífice elegido con un voto mayoritario. Tal vez por esta razón, Benedicto XVI restableció con la carta apostólica De aliquibus mutationibus in normis de electione Romani Ponteficis del 11 de junio de 2007 la norma tradicional por la cual es siempre obligatoria una mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales electores presentes. La exigencia de los dos tercios consolida la posición de una minoría, y significa que el cónclave puede prolongarse también, cosa que ha sucedido en numerosas ocasiones en tiempos modernos. Basta recordar el cónclave que eligió a Barnaba Chiaramonti (Pío VII, 1800-1823), que duró más de tres meses, desde el 30 de noviembre de 1799 al 14 de marzo de 1800, o el que eligió a Gregorio XVI (1831-1846), que se prolongó por unos cincuenta días, desde el 14 de diciembre de 1830 al 2 de febrero de 1831. Resultó elegido Bartolomeo Alberto Cappelari, monje camaldulense y prefecto de la congregación Propaganda Fide, que ni siquiera era obispo en el momento de ser elegido. Una vez elegido, fue primero creado obispo y continuación coronado.

Las exequias del papa Francisco han sido una ocasión de aparente unidad. El inminente cónclave, reflexionando sobre la verdadera situación de la Iglesia, ¿será por el contrario escenario de divisiones e impondrá a los purpurados que cumplan con su deber por el bien de la Iglesia? La púrpura, símbolo de la sangre de los mártires, recuerda a los cardenales que tienen que estar dispuestos a luchar y derramar su sangre en defensa de la Fe. Un cónclave es siempre un campo de batalla en el que combate la parte más noble del Cuerpo Místico de Cristo. El pasado 26 de abril en la Plaza de San Pedro un mundo que la combate rindió sin saberlo honores a la Iglesia. En la capilla Sixtina los cardenales, o al menos una minoría de ellos, habrán de combatir por el honor de la Iglesia, actualmente humillada por sus adversarios, sobre todo internos. Un cónclave largo y reñido abre por esa razón horizontes de esperanza más amplios de los que nos podría deparar un cónclave breve en el que desde el principio se eligiera a un candidato de conciliación.

El mejor pontífice no será el papa políticamente correcto que proponen los medios informativos, ni el papa político que, presentándose como pacificador, obtenga el pontificado mediante garantías y promesas que no cumplirá.

La Iglesia y el pueblo fiel tienen necesidad de un papa íntegro en la doctrina y en las costumbres que no haga concesiones en cuanto a lo que es en la Fe, la moral, la liturgia y la vida espiritual un derecho irrevocable de los fieles: necesitan un auténtico Vicario de Cristo que haga de la Cátedra de San Pedro un faro de luz de la verdad y la justicia. De lo contrario, si al mundo le falta esa luz, no le quedará otra cosa a la Iglesia que los méritos del sufrimiento y el recurso de la oración.

jueves, 24 de abril de 2025

La muerte del papa Francisco (2013-2025): ¿el final de una era? (Roberto De Mattei)



A las 7:35 horas del 21 de abril pasado, lunes de Pascua, el alma de Jorge Mario Bergoglio se separó de su cuerpo mortal para comparecer ante el juicio de Dios. Hasta el día del Juicio Universal no sabremos cuál habrá sido para Francisco la sentencia del tribunal supremo al que un día todos tendremos que presentarnos. Roguemos por su alma, como hace la Iglesia en sus novendiales. Y, dado que la Iglesia es una sociedad pública, unamos nuestras plegarias a una tentativa de evaluación histórica de su pontificado.

Jorge Mario Bergoglio, 266º Romano Pontífice y primero en elegir el nombre de Francisco, ha sido durante doce años el Vicario de Cristo, si bien prefirió en lugar de este el título de Obispo de Roma. Pero el Obispo de Roma se convierte en tal en el momento en que, tras la elección, acepta el cargo petrino. Al aceptar el pontificado, el Papa acepta igualmente los títulos, que se recogen en el Anuario pontificio, de Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Sumo Pontífice de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana, Soberano de la Ciudad del Vaticano, Siervo de los siervos de Dios y Patriarca de Occidente (este último título, que había sido eliminado en 2006 por Benedicto XVI, fue recuperado en 2024).

Estos títulos ameritan unos honores especiales, sobre todo el de Vicario de Cristo, que hace del Papa no el sucesor, sino el representante en la Tierra de Jesucristo, Dios y hombre, Redentor de la humanidad. No se honra al Papa por su persona, sino por la dignidad de la misión que Cristo le encomendó a San Pedro. Del mismo modo que en los sacramentos cristianos un gesto expresa una gracia invisible, también los honores (títulos, vestiduras, ceremonias) son signos sensibles de realidad espirituales, e incluso institucionales. La autoridad es una realidad espiritual e invisible, pero para que sea reconocida, es preciso que se manifieste de un modo visible, por medio de gestos y ritos. Sin ellos, la instituciones corren el riesgo de volverse invisibles, y la sociedad religiosa, al igual que la política, se sumiría en el caos. El cristianismo se basa en este principio: que el Dios invisible ha asumido un rostro, un cuerpo y un nombre: «El Verbo se hizo carne» (Jn.1,14). «Nadie ha visto jamás a Dios; el Dios, Hijo único, que es en el seno del Padre, Ése le ha dado a conocer» (Jn.1, 18). Entre los autores del Nuevo Testamento, es San Juan Evangelista quien desarrolla más a fondo en su Evangelio –y sobre todo en el Apocalipsis– una teología de la visibilidad de lo invisible. En ella el símbolo se transforma en visión profética a fin de demostrar el accionar oculto de Dios en la historia.

El papa Francisco no ha demostrado respeto por el decoro del papado. Desde el primer «Buenas tardes, hermanos y hermanas» que dirigió desde el balcón de la logia de San Pedro el día de su elección, hasta la aparición pública del pasado 9 de este mes, cuando se presentó en la Basílica sentado en silla de ruedas vistiendo una manta a rayas que parecía una especie de poncho sin nada que indicara su dignidad pontificia. Bergoglio sustituyó el simbolismo sagrado por un simbolismo mediático a base de imágenes, palabras y encuentros, que en muchos casos llegaron a ser mensajes mucho más elocuentes que los de los documentos oficiales: del ¿quién soy yo para juzgar?, pasando por el lavado de pies de mujeres y musulmanes, hasta su participación en el Festival de Sanremo de este año a través de un videomensaje. Hay quienes han afirmado que al hacer esas cosas el papa Francisco ha humanizado el papado, pero en realidad lo que ha hecho es banalizarlo y mundanizarlo. Es la institución del papado, y no la persona de Jorge Mario Bergoglio, la que sido deshonrada con estos y muchísimos otros gestos que han secularizado el lenguaje y los signos de los que siempre se ha servido la Iglesia para expresar el misterio divino.

Ahora bien, el primero que despojó a la Iglesia de su majestad no fue Francisco sino Pablo VI, que renunció a la tiara y el 13 de noviembre de 1964 la depuso sobre el altar del Concilio, después de lo cual abolió el uso de la silla gestatoria, la guardia noble y la Casa Pontificia, que no eran pompas superfluas, sino manifestaciones de la honra que corresponde a la Iglesia Católica Romana en cuanto institución humana y divina a la vez fundada por Jesucristo. Desde esta perspectiva, el pontificado de Bergoglio no supone, como piensan algunos, una ruptura con los anteriores, sino más bien la culminación de una línea pastoral introducida por el Concilio Vaticano II, a la que apenas parcialmente Benedicto XVI intentó dar marcha atrás.

La exhortación apostólica Amoris laetitia del 19 de marzo de 2016 creó sin duda alguna desorientación en vista de su apertura hacia los divorciados vueltos a casar y parejas en situación irregular. El Documento sobre la fraternidad humana suscrito con el gran imán de la mezquita Al Azhar el 4 de febrero de 2019 inició una nueva etapa en la vía del falso ecumenismo; el fomento de la inmigración, la promoción de la agenda global, la proclamación del sinodalismo, la discriminación de los tradicionalistas y la posibilidad de bendecir a las parejas de homosexuales y la posibilidad de que laicos de ambos sexos puedan llegar a presidir un dicasterio han suscitado legítimas reacciones en el mundo católico. Gracias a esta resistencia, objetivos a los que apuntaban obispos progres, como la ordenación de diaconisas, el matrimonio para los sacerdotes o la atribución de autoridad doctrinal a las conferencias episcopales no se han alcanzado con el papa Francisco, y esto ha decepcionado a sus más ardientes partidarios. El aspecto más revolucionario de su pontificado sigue siendo con todo la larga serie de palabras y actos que han transformado, mundanizándola y debilitándola, la manera en que se entiende el primado petrino.

Se cierra una época, y nos preguntamos cuál será la nueva que se abra. El próximo papa podrá ser más conservador o más progresista que Francisco, pero no será bergogliano, porque el bergoglianismo no ha sido un proyecto ideológico, sino un estilo de gobierno pragmático, autoritario y con frecuencia improvisado. Al no dejar un legado, las grandes tensiones y polarizaciones que se han dado con Francisco podrían estallar ya desde el cónclave.

Hay que recordar que Francisco proclamó el Año de San José en 2021; consagró Rusia y Ucrania al Corazón Inmaculado de María el 25 de marzo de 2022; dedicó al su cuarta encíclica, Dilexit nos, del 24 de octubre de 2024, al culto al Sagrado Corazón de Jesús. Todas estas cosas se ajustan a la espiritualidad tradicional de la Iglesia y son muy distintas del culto pagano a la Pachamama, a la que el mismo Papa llegó a venerar en el Vaticano. Como vemos, lo que ha caracterizado a la era bergogliana han sido las contradicciones. Entre otras cosas, Francisco negó a la Virgen el título de Corredentora y la calificó de mestiza del Misterio de la Encarnación, pero escribió en su testamento que siempre había confiado su vida y su ministerio «a la Madre de Nuestro Señor, María Santísima». Por eso, pidió que sus restos mortales «descansen esperando el día de la resurrección en la Basílica Papal de Santa María la Mayor». «Deseo –añadió– que mi último viaje terrenal concluya precisamente en este antiquísimo santuario mariano, al que acudía para rezar al comienzo y al final de cada viaje apostólico, para encomendar con confianza mis intenciones a la Madre Inmaculada y darle las gracias por su dócil y maternal cuidado».

Su último viaje queda, pues, encomendado a la Santísima Virgen María mientras la Iglesia afronta un momento de extraordinaria gravedad y complejidad en su historia. Y en María también, Madre del Cuerpo Místico de Cristo, ciframos hoy todas nuestras esperanzas, con la certeza de que a los días de sufrimiento de la Iglesia sigan cuanto antes los de su resurrección y su gloria.

Roberto De Mattei

jueves, 7 de septiembre de 2023

Pastor, buen pastor lo fue efectivamente: San Pío X en el recuerdo de Pío XII (Roberto De Mattei)



Hace ciento veinte años, el 4 de agosto de 1903, dio comienzo el pontificado de uno de los más grandes santos de la época moderna. Pío X, cuyo nombre era Giusseppe Melchiorre Sarto, nació en Riese, pequeña localidad del Véneto, el 2 de junio de 1835. Antes de ascender al solio pontificio fue obispo de Mantua y cardenal patriarca de Venecia. Falleció el 20 de agosto de 1914, tras haber reinado durante once años en la Iglesia Universal. Fue beatificado el 3 de junio de 1951 y canonizado el 29 de mayo de 1954 por Pío XII, que fijó su fiesta el 3 de septiembre. Quienes siguen el calendario litúrgico antiguo celebran su festividad en dicha fecha. El nuevo calendario, sin embargo, trasladó la conmemoración al 21 de agosto, un día después del de su muerte.

En estos tiempos difíciles en que la Iglesia tiene necesidad de modelos, no nos cansaremos de exaltar su figura. Y hoy queremos hacerlo con las palabras que pronunció Pío XII durante el discurso de su beatificación en 1951:

«Nos, que en aquel momento iniciábamos nuestros sacerdocio, al servicio ya de la Santa Sede, no olvidaremos jamás nuestra honda emoción cuando, en el mensaje de aquel 4 de agosto de 1903, desde la logia de la Basílica vaticana resonó la voz del cardenal primer diácono anunciando a la multitud que aquel cónclave –¡notable en tantos aspectos!– había tenido como resultado la elección del Patriarca de Venecia, Giusseppe Sarto.

»En ese momento se pronunció por primera vez a los oídos del mundo el nombre de Pío X. ¿Qué habría de significar aquel nombre para el Papado, para la humanidad? Mientras hoy, transcurrido casi medio siglo, hacemos un repaso espiritual de los graves y complejos sucesos que han llenado ese tiempo, inclinamos la frente y doblamos la rodilla con admirada adoración de los designios divinos, cuyo misterio se revela lentamente a los humildes ojos humanos, a medida que se van cumpliendo a lo largo de la historia.

»Pastor, buen pastor, lo fue efectivamente. Parecía que hubiese nacido para ello. En todas las etapas del camino que lo fueron conduciendo desde su humilde casa natal –fue pobre en cuanto a bienes terrenos, pero rico en fe y virtudes cristianas– al vértice supremo de la Jerarquía, el hijo de Riese siempre fue el mismo: sencillo, afable, accesible a todos, tanto en la casa parroquial rural como en la sala capitular de Treviso, en el obispado de Mantua, en la sede patriarcal de Venecia o ataviado con el esplendor de la púrpura romana, y siguió siendo el mismo ejerciendo la soberana majestad, en la silla gestatoria y bajo el peso de la tiara el día en que la Providencia, previsora modeladora de las almas, inclinó el espíritu y el corazón de sus compañeros en el episcopado para que pusieran en sus manos el báculo que pasaría de las debilitadas manos del venerable anciano León XIII sobre las paternalmente firmes de Sarto. El mundo necesitaba precisamente aquellas manos.

»No pudiendo levantar de sus sienes el terrible peso del Sumo Pontificado, él, que siempre había rehuido los honores y grandezas, así como otros rehúyen una vida desapercibida y desconocida, aceptó con lágrimas el cáliz que le entregaba el Padre Celestial. Y una vez pronunciado su fiat, este hombre humilde, muerto para las cosas de la Tierra y vivamente anhelante de las del Cielo, dio muestras de su espíritu de inflexible firmeza, varonil robustez y gran valor que son prerrogativa de los héroes de la santidad.

»Desde su primera encíclica, pareció que una llama luminosa se hubiera elevado para iluminar las mentes y encender los corazones, del mismo modo que a los discípulos de Emaús les ardía el corazón mientras el Maestro les hablaba revelándoles el sentido de las Escrituras (Lc.24,32). ¿Acaso no habéis experimentado alguna vez ese ardor, amados hijos que vivís en estos tiempos, y habéis oído de sus labios un diagnóstico preciso de los males y los errores de la época, indicando al mismo tiempo los medios y remedios de curación? ¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué eficacia persuasora! Era ni más ni menos la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida franqueza de un Juan Bautista o un Pablo de Tarso. Era la ternura paternal del Vicario y representante de Cristo, atento a todas las necesidades, solícito a todos los intereses y miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, espada, bálsamo que transmitía en abundancia a toda la Iglesia y llegaba eficazmente más allá todavía. Tenía un vigor irresistible no sólo por la sustancia del contenido, sino por su íntima y penetrante calidez. Se sentía la ebullición del alma de un pastor que vivía en Dios y de Dios, sin más objetivo que conducir a Él las ovejas y los corderos. Por eso, si siendo fiel a las venerables tradiciones seculares de sus antecesores conservó sustancialmente todas las formas solemnes exteriores (no ostentosas) del ceremonial pontificio, en ese momento su mirada levemente triste, fija en un punto invisible, indicaba que todos los honores no iban dirigidos a él sino a Dios.

»El mundo, que hoy lo aclama entre los bienaventurados, sabe que recorrió el camino que le había señalado la Divina Providencia con una fe capaz de mover montañas, con una esperanza a toda prueba, aun en los momentos más oscuros e inciertos, y con una caridad que lo motivaba a no escatimar sacrificios en pro del servicio a Dios y las salvación de los hombres.

»Por estas virtudes teológicas, que se podría decir que constituían la urdimbre de su vida y que practicó en grado de perfección, superando incomparablemente toda excelencia puramente natural, su pontificado refulgió como en los edades gloriosas de la Iglesia.»

De Mattei
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

viernes, 27 de enero de 2023

El libro testamento de Benedicto XVI: una confirmación (Roberto De Mattei)



La publicación de algunos libros aparecidos tras el fallecimiento de Benedicto XVI ha estado acompañada de gran resonancia mediática. Al libro-entrevista de monseñor Georg Gänswein (Nada más que la verdad: mi vida junto a Benedicto XVI) y el del cardenal Gerhard Müller (In buona fede. La religione nel XXI secolo) se ha sumado en los últimos días ¿Qué es el cristianismo?, editado por Elio Guerriero y Georg Gänswein, en el que se recogen textos, unos publicados y otros inéditos, redactados por Benedicto XVI a lo largo de sus diez años de pontificado.

Sin duda, estos libros resultan útiles para entender la personalidad de sus autores, todos ellos protagonistas directos de lo que sucede en la Iglesia, y en ese sentido son un aporte histórico útil, pero es dudoso que sirvan para orientar en la confusión actual. En particular, la figura de Benedicto está envuelta en un halo de ambigüedad, pues es presentado como punto de referencia de un frente conservador que se opondría a la deriva doctrinal de los obispos progresistas alemanes. A pesar de ello, es sabido que Benedicto procede de ese mismo ambiente. ¿Cómo y cuándo fue su conversión?

En una entrevista concedida en 1993, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe Josef Ratzinger afirmó: «No veo que a lo largo de los años haya cambiado de perspectiva teológica» (Richard N. Ostling, John Moody y Nomi Morris, Keeper of the Straight and Narrow, en Time, 6 de diciembre de 1993). No hubo cambio de mentalidad entre el doctorando, acusado de peligroso modernismo por su profesor Michael Schmaus, y el audaz asesor teológico del cardenal Josef Frings durante el Concilio (1962-1965). Como tampoco lo hubo entre el cofundador de Communio (1972) y el catedrático de las universidades de Tubinga y Ratisbona (1966-1977). Ni entre el arzobispo de Múnich (1977-1981) y el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1981-2005) Ni entre el papa nº 265 de la Iglesia Católica (2005-2013) y el papa emérito que siguió trabajando hasta su muerte en el monasterio de Santa Marta (2013-2022). Aunque su pensamiento teológico se enriquece y perfecciona, el hilo conductor mantiene la tentativa de encontrar una vía media entre las posturas de la teología tradicional, a las cuales nunca se adhirió, y el modernismo radical del que siempre se distanció. Lo que ha cambiado en la larga vida de Benedicto no son las ideas, sino su juicio sobre la situación de la Iglesia, sobre todo después del Concilio y de la revolución del 68.

A Josef Ratzinger lo afectó mucho, casi lo traumatizó, el colapso moral de la sociedad occidental y de la Iglesia postconciliar. En su último libro recuerda: «En diversos seminarios se organizaron clubes homosexuales que actuaban más o menos abiertamente y transformaban de forma patente el ambiente en dichos centros docentes. En un seminario de Alemania meridional, los aspirantes al sacerdocio y los aspirantes al cargo laico de pastoral vivían juntos. Durante las comidas, los seminaristas estaban con los laicos casados. Algunos de estos estaban acompañados de sus esposas, y en algunos casos de sus novias». En Estados Unidos, «un obispo que había sido rector tenía autorización para proyectar películas pornográficas a los seminaristas, presumiblemente con el fin de hacerlos capaces de resistir un comportamiento tan contrario a la fe».

Cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Benedicto habría podido intervenir con mano dura para poner fin a tal fenómeno. Si no lo hizo, ¿fue sólo porque siempre fue más profesor que gobernante, o por la debilidad que suponía una postura teológica incapaz de identificar los errores del Concilio y del postconcilio?

La nueva moral que se difundió por los seminarios y universidades católicas era fruto de la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, documento que evidencia ser un manifiesto de conversión de la Iglesia al mundo moderno. Pero si la Iglesia renuncia a evangelizar el mundo será inevitable que el mundo mundanice a la Iglesia. El debate sobre la correcta interpretación de Gaudium et Spes no tiene mucha importancia, porque para contener un proceso revolucionario no bastan los meros instrumentos de la hermenéutica si ese proceso de disolución no se contrarresta con un proyecto de reconquista y recristianización de la sociedad.

Los diez años de pontificado emérito de Josef Ratzinger han coincidido con los diez del pontificado de Francisco, que han estado marcados por la exhortación apostólica Amoris laetitia del 19 de marzo de 2016, pero también por las controversias suscitadas por ésta, entre ellas los dubia del 16 de septiembre del mismo año, suscritos por cuatro eminentes cardenales (Walter Brandmüller, Raymond Leo Burke, Carlo Caffarra, Joachim Meisner) y la Corrección filial del 11 de agosto de 2017, firmada por más de doscientos teólogos y especialistas de diversas disciplinas. Benedicto no podía desconocer estos documentos han pasado a la historia por la importancia teológica y moral de los temas tratados y la autoridad de los firmantes, y sin embargo no hay constancia de ello en las reflexiones contenidas en su libro. Y sobre todo, el papa emérito nunca consideró importante explicar los motivos de su abdicación; se limitó a señalar en su último libro: «El 11 de febrero de 2013, cuando anuncié mi dimisión del ministerio de la sucesión petrina, no tenía pensado qué iba a hacer en mi nueva situación. Estaba demasiado agotado para planificar otras tareas».

Diríase que ha llegado la hora de que se dejen de buscar tantas razones ocultas. La abdicación del Pontífice no se debió a misteriosas presiones, sino al agotamiento físico y mental, como explica con todo lujo de detalles monseñor Gänswein en las páginas que en su libro dedica a lo que llama histórica renuncia. Ese agotamiento fue además una confesión de impotencia ante una crisis moral que habría encontrado una nueva expresión en la Amoris laetitia del papa Francisco. En dicho documento, la moral queda reducida a depender de las circunstancias históricas y las intenciones objetivas de quien realiza un acto humano. Ese relativismo tiene su raíz primigenia en el abandono de la metafísica que tiene lugar cuando se sustituye la tradicional categoría filosófica de sustancia por la moderna de relación. Esto dice el papa Benedicto en su último libro: «A medida que se desarrollaban el pensamiento filosófico y las ciencias naturales, el concepto de sustancia se alteró radicalmente, y lo mismo pasó con el concepto de lo que en la filosofía aristotélica se denominaban accidentes. El concepto de sustancia, que antes se había aplicado a toda realidad en sí consistente, se fue aplicando cada vez más a lo que es físicamente inasible, como las moléculas, los átomos y partículas elementales. Actualmente se sabe que tampoco estas cosas son sustancias últimas, sino una estructura de relaciones. Ello ha traído consigo un nuevo cometido para la filosofía cristiana. La categoría fundamental de todo lo real ya no es en general la sustancia, sino la relación. En este sentido, los cristianos sólo podemos decir que, para nuestra fe, Dios es una relación, relatio subsistens». Tiene razón Benedicto cuando afirma que «una sociedad en la que Dios está ausente –es decir, que no lo conoce y lo trata como si no existiese– es una sociedad que pierde su criterio. (…) En la sociedad occidental Dios está ausente en la esfera pública y ya no tiene nada que decir». Pero Dios no es una relación; es el Ser perfectísimo, y por tanto el Sumo Bien y la Verdad Infinita. Se llama precisamente Ser, el que es (Éx. 3,14). Todo desciende de Dios, y todo conduce a Él. Él y nadie más que Él, Ser por esencia, podrá resolver la crisis religiosa y moral de nuestro tiempo.

Roberto De Mattei

sábado, 1 de octubre de 2022

Perspectivas sobre las elecciones italianas (Roberto De Mattei)



Los resultados de las recientes elecciones confirman que Italia es un país básicamente conservador, con sus raíces en la derecha, a pesar de los repetidos intentos de la izquierda por hacerse con el control del gobierno sobrepasando los resultados en las urnas. La única ganadora fue la líder de la coalición de centro-derecha, Giorgia Meloni, y el principal perdedor fue el líder del bloque de izquierdas, Enrico Letta.

La victoria de la centro-derecha fue de proporciones históricas, con 235 diputados de 400 y al menos 112 senadores de 200 que ganaron sus carreras. Pero faltó el ambiente de triunfalismo que había caracterizado las anteriores victorias de la derecha en 1994, 2001 y 2008. ¿Fue una estrategia política de Giorgia Meloni, que quería presentarse de forma sobria para tranquilizar a los mercados internacionales?

Puede que fuera eso también, pero fue sobre todo la conciencia, tanto en la cúpula como en la base de la centro-derecha, de una situación preocupante para nuestro país, que se enfrenta a una grave crisis económica en los próximos meses, con el telón de fondo de un contexto internacional tormentoso.

Desde su victoria, Giorgia Meloni ha mantenido contactos informales con el presidente Sergio Mattarella y con el primer ministro Mario Draghi, que le entregará las riendas políticas y económicas del anterior gobierno. Draghi ha sido presentado a menudo como la encarnación de los intereses financieros internacionales, y ciertamente lo es. Pero más que como la ideología de las grandes potencias, el «draghismo» es en realidad una forma de neopragmatismo.

Giorgia Meloni sabe perfectamente la influencia que tuvo la presión internacional en el fin del gobierno de Berlusconi en 2011 y en el del gobierno de la Lega-Cinque Stelle en 2018. Y también entiende que, si la Unión Europea es una entidad más bien débil, aunque molesta, Estados Unidos sigue siendo, con China, la primera potencia mundial. En este sentido, los observadores que la ven como una «atlantista» más que como una europeísta están en lo cierto; y le resultaría difícil romper con esta postura.

La primera ministra francesa, Elisabeth Borne, tras la victoria de Giorgia Meloni, declaró que Francia estará «atenta» al «respeto» del derecho al aborto en Italia, reavivando una polémica totalmente interesada sobre las posiciones antiabortistas de la líder de los Hermanos de Italia. El aborto no es un derecho humano fundamental, sino un crimen contra el que se están volviendo millones de hombres y mujeres en todo el mundo, como han demostrado los hechos en las elecciones.

El símbolo más notable de ese cambio en las recientes elecciones tuvo lugar en el amplio distrito senatorial de Roma 1, un bastión de la izquierda, donde -después de 46 años en el parlamento- la ícono proabortista Emma Bonino fue derrotada por una candidata de los Hermanos de Italia, Lavinia Mennuni, que definió como prioridad de su plataforma «la protección del no nacido desde el momento de la concepción». La derrota de Emma Bonino -que fue escandalosamente elogiada por el Papa Francisco en 2016 como una de las «grandes olvidadas» de Italia- demuestra que la cultura de la muerte puede ser derrotada.

El aborto, y el asesinato sistemático de Occidente, siempre han formado parte de la plataforma de la izquierda, desde el que puede considerarse como su primer manifiesto político, Franceses: un esfuerzo más, del «ciudadano» Donatien-Alphonse-François de Sade (1740-1814), secretario de la infame jacobina Section des Piques durante la Revolución Francesa. Pero si a principios del siglo XX un líder político de izquierdas hubiera incluido el aborto entre sus promesas de campaña, su carrera habría terminado inmediatamente.

Esto demuestra hasta qué punto ha avanzado el proceso de secularización de la sociedad y cómo el camino a seguir hoy en día no es el de establecer un partido político antiabortista, sino el de actuar sobre la opinión pública, como se ha hecho en Estados Unidos, cuyo resultado ha sido la anulación del caso Roe vs Wade.

Los resultados de las elecciones italianas también confirmaron que es inútil albergar la ilusión de crear un partido «antisistema» dentro del sistema. Algunos activistas esperaban un aumento de los partidos «antivacunas» y «pro-Putin», pero ninguno de ellos logró alcanzar el umbral del 3% necesario para entrar en el Parlamento. Se ha argumentado que los resultados habrían sido diferentes si estos partidos hubieran unido sus fuerzas, superando sus diferencias personales. Pero una galaxia de partidos, cada uno nacido en oposición a algo, sin ninguna cohesión intelectual que los respalde, está inevitablemente destinada a la fragmentación.

Sin embargo, las diatribas internas del mundo «antisistema» tienen poca importancia. La batalla de los próximos meses se desarrollará sobre todo en el ámbito internacional, donde se ciernen en el horizonte nubes cada vez más oscuras.

Las elecciones italianas coincidieron con los referendos ilegales celebrados en los territorios de Ucrania ocupados por los rusos, mientras que el 27 de septiembre llegaron noticias de explosiones y fugas de gas del Nord Stream en el Mar Báltico, casi con toda seguridad tras actos de sabotaje.

En estas circunstancias, Giorgia Meloni está llamada a ser una de las voces del Occidente que no se rinde: no el Occidente de los pseudo derechos civiles, sino el que defiende las raíces cristianas de una civilización amenazada.

En el partido internacional que se disputa entre Washington, por un lado, y Moscú y Pekín, por otro, los acontecimientos suelen escapar al control de quienes los inician, como ocurrió en la Revolución Francesa y en las dos guerras mundiales. Pero pase lo que pase, sabemos que nada escapa a Aquel que ordena y regula todos los acontecimientos, desde la eternidad: La Divina Providencia, que es el único director y poder mayor de la historia.

Acerca del autor:

Roberto de Mattei, un distinguido historiador italiano, es el autor de Saint Pius V: The Legendary Pope Who Excommunicated Queen Elizabeth, Standardized the Mass, and Defeated the Ottoman Empire (Sophia Institute, 2021).