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sábado, 4 de julio de 2020

Debatiendo cómo debatir sobre el Vaticano II (Timothy Flanders)


(ONE PETER FIVE)


La última carta publicada del Arzobispo Viganò continúa la vital conversación sobre la naturaleza del Vaticano II y la extrema necesidad de responder adecuadamente a este “evento pastoral”. Esta conversación debe ocurrir abiertamente entre los obispos que sean lo suficientemente valientes como para enfrentar con honestidad las preguntas difíciles. En lugar de un espíritu de “diálogo” entre los obispos ha reinado un espíritu de miedo y silencio, ya que cualquiera que no compartiera la “línea del partido” era inmediatamente ridiculizado por los principales medios católicos y condenado al ostracismo por sus hermanos en el episcopado. En cambio, Viganò muestra en su desacuerdo con Schneider la verdadera caridad del celo pastoral que es el amaos cordialmente unos a otros; que cada cual estime a los otros más que a sí mismo (Rom. 12:10). Esto se ve cuando Viganò, quien es calumniado por todas partes como fariseo maníaco desquiciado, dice esto acerca de un desacuerdo con su hermano obispo:

“Me parece que de este fructífero intercambio con mi hermano, el obispo Athanasius, lo que emerge es cuánto anhelamos ambos el restablecimiento de la fe católica como el fundamento esencial para la unión en la caridad. No hay conflicto; no hay oposición: nuestro celo surge y crece del Corazón Eucarístico de Nuestro Señor y vuelve a él para ser consumido en amor por Él “.

Este es el tipo de caridad que falta entre los fieles católicos. Pero para hombres como éste, su celo está en aquello que le da a Dios mayor gloria para la salvación de las almas. En esto podemos verdaderamente “competir” unos con otros con celo por el Señor. El Apóstol nos exhorta a competir: ¿No sabéis que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corred así: para ganar. (I Cor. 9:24). Sin embargo, en la competencia de celo por el Señor, los santos tienen la mayor gloria de Dios como  objetivo, no el malvado auto-engrandecimiento. Como dice el apóstol en otro lugar: No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. (Filipenses 2: 3).

Por lo tanto, para los santos, si un hombre propone una cosa para la gloria de Dios, pero otro hombre hace algo que le da mayor gloria a Dios, entonces el primero se regocija por “perder” ante el segundo, ya que éste último le da a Dios mayor gloria. Para hombres como el Arzobispo Viganò y el Obispo Schneider, todo lo que importa es la gloria de Dios y la salvación de las almas. Si su opinión particular termina siendo incorrecta o correcta es completamente secundaria a este objetivo. En ese compañerismo, no hay lugar para la intransigencia egoísta: a nadie le preocupa el honor de sí mismo, sino únicamente el honor de Dios. Este diálogo muestra claramente a los fieles qué tipo de hombres son estos pastores, y los fieles harían bien en imitar este celo, caridad y humildad.

Cuestionando el Vaticano II sin orgullo ni duda

Si algún hombre tiene miedo de abrir la puerta oscura de las dificultades del Vaticano II, debemos recordar dos declaraciones de Su Majestad el Rey: “No temáis.” (Jn. 6:20) y “La verdad os hará libres.” (Jn. 8:32 ). Creo que muchos católicos han sido educados simplemente para obedecer y reprimir cualquier inclinación racional, pues parece que, si no se hace así, se trata de orgullo. La obediencia es una de las virtudes más altas, y es la ruta más rápida hacia la humildad, pero la gracia también se basa en la naturaleza. Nuestra naturaleza incluye la razón, y a menos que uno sea un religioso con obligación de obediencia, las órdenes irracionales deberían ser cuestionadas sin pecar de orgullo.

Muchos creen que la desobediencia a la autoridad no está permitida en ningún caso. Si esto se cuestiona, la propia fe se pone en duda. Pero este tipo de fe es una fe sin historia. ¿Los ciudadanos romanos perdieron su fe cuando Juan XII brindaba por Satanás? No, apelaron al emperador para deponer al papa, lo que aquél hizo.

¿Perdieron nuestros padres su fe cuando había tres papas? No, San Vicente Ferrer les dijo a los fieles que desobedecieran al papa en el que él mismo creía, y la crisis se resolvió.

Cuando el malvado cardenal Richelieu llevó a Francia a aliarse con los herejes contra los católicos con el apoyo de Urbano VIII, ¿perdieron nuestros padres su fe? ¿O cuando Clemente XIV traicionó al Evangelio eliminando a los jesuitas?

Nuestros padres perduraron en su fe por lo que el Rey había dicho: “En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo.” (Jn. 16:33). Su promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia se hizo antes de que fuera torturado, crucificado y enterrado en la tumba. Por lo tanto, no tengamos miedo de cuestionar el Vaticano II si podemos hacerlo sin orgullo y sin dudar de nuestra fe en la Iglesia romana. Nuestros padres afrontaron derramamientos de sangre y cismas papales. Apoyemos virilmente su herencia de fe.

Asentimiento católico a un Concilio Pastoral

Cerremos este breve ensayo con una consideración acerca de los fundamentos dogmáticos de este debate sobre el Vaticano II. Es indudablemente claro: si un hombre dijera que deberíamos debatir si la Inmaculada Concepción es cierta o si la Ortodoxia de Nicea es cierta, tal hombre sería etiquetado correctamente como hereje y protestante. Pero el debate sobre el Vaticano II afirma que su premisa fundamental es que el Vaticano II no es un concilio dogmáticamente vinculante. Esta es la afirmación no de los tradicionalistas, sino de los papas y del propio concilio, como observa Schneider:

“Lo primero que hay que tener en cuenta es el hecho de que ambos papas del Concilio, Juan XXIII y Pablo VI, y el propio Vaticano II, declararon claramente que, a diferencia de todos los Concilios anteriores, este último no tenía ni el objetivo ni la intención de proponer su propia doctrina de manera definitiva e infalible. Así, en su discurso para la solemne apertura del Concilio, el Papa Juan XXIII dijo: “El propósito principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de uno u otro tema sobre la doctrina fundamental de la Iglesia”. Agregó que el carácter del magisterio del Concilio sería “predominantemente pastoral” (11 de octubre de 1962). Por su parte, el Papa Pablo VI dijo en su discurso en la última sesión pública del Concilio, que el Vaticano II “hizo su programa” a partir de su “carácter pastoral” (7 de diciembre de 1965). Además, en una nota hecha por el Secretario General del Concilio, el 16 de noviembre de 1964, se lee: “Teniendo en cuenta la costumbre conciliar y también el propósito pastoral del presente Concilio, el Concilio sagrado define como vinculantes para la Iglesia solo esas cosas en asuntos de fe y moral que declarará abiertamente vinculantes.”

La última declaración fue incorporada al documento Lumen Gentium como un apéndice. Esto coincide con lo que Ratzinger dijo en 1998 en el contexto de la controversia de la consagración de Lefebvre:

“El Concilio Vaticano II no ha sido tratado como parte de toda la Tradición viva de la Iglesia, sino como el final de la Tradición, un nuevo comienzo desde cero. La verdad es que este concilio en particular no definió ningún dogma en absoluto y deliberadamente eligió permanecer en un nivel modesto, como un concilio meramente pastoral; y, sin embargo, muchos lo tratan como si se hubiera convertido en una especie de superdogma que elimina la importancia de todo lo demás “. [1]

Pero Ratzinger también dice en el mismo discurso que “es una tarea necesaria defender el Concilio Vaticano II contra Monseñor Lefebvre, como válido y vinculante para la Iglesia. Aunque el mismo Ratzinger está hablando aquí de algo vinculante, no según un dogma, sino “un concilio meramente pastoral”. Aquí debemos distinguir entre el carácter vinculante del dogma y el carácter vinculante de las decisiones pastorales. El primero es absolutamente vinculante con el asentimiento de la fe divina. Esto es algo infalible. No puede ser cuestionado. El último, sin embargo, puede ser cuestionado, aunque sea sólo por causa grave bajo la autoridad de la Tradición. El apéndice de Lumen Gentium sitúa el comentario acerca del carácter vinculante en este contexto:

“Teniendo en cuenta la costumbre conciliar y también el propósito pastoral del presente concilio, el sagrado concilio define como vinculante para la Iglesia sólo aquellas cosas en materia de fe y moral que declarará abiertamente vinculantes. El resto de las cosas que establece el sagrado concilio, en la medida en que son la enseñanza del magisterio supremo de la Iglesia, deben ser aceptadas, y aceptadas por todos y cada uno de los fieles de Cristo de acuerdo con la mente del sagrado concilio. La mente del concilio se conoce por el asunto tratado o por su forma de hablar, de acuerdo con las normas de interpretación teológica “.

Una proposición dogmática vinculante es aceptada por la fe, pero un acto del “magisterio supremo” es aceptado por la piedad (la virtud de dar a los ancianos lo que les corresponde). Debe ser aceptado y recibido con piedad, y no puede ser rechazado directamente. Si un católico puede cuestionar tales decisiones pastorales, solo puede hacerlo por una causa grave y no bajo su propia autoridad. Ott lo entiende de esta manera:

“La formas ordinarias y habituales de la actividad docente papal no son infalibles [.] … Sin embargo, normalmente deben aceptarse con un asentimiento interno que se basa en la alta autoridad sobrenatural de la Santa Sede (assensus religiosus). El llamado silentium obsequiosum, es decir, el silencio reverente, generalmente no es suficiente. Como excepción, la obligación del asentimiento interno puede cesar si un experto competente, después de una nueva investigación científica de todas las razones, llega a la convicción positiva de que la decisión se basa en un error “. [2]

Los tradicionalistas no deben ser culpables de lo que sus críticos los acusan: de una disidencia similar a la protestante basada en el juicio privado. Como señala Ott, hay espacio para rechazar el asentimiento, pero con dos condiciones: la primera es que lo que se rehúsa aceptar no sea vinculante dogmáticamente (no infalible), y en segundo lugar, que algún experto competente deniegue su asentimiento sobre la base sólida de una “investigación científica”, que quiere decir en virtud de algo basado en la tradición y no en la opinión privada de un hombre. Schneider y Viganò son expertos competentes como obispos y se oponen por razones sólidas basadas en la Tradición, no solamente en su opinión privada.

William Marshner, difícilmente un fariseo tradicionalista radical, lo expresa de otra manera, diciendo que el Vaticano II es un cambio de política, no un cambio de doctrina. [3] Las políticas no son como las doctrinas. No las aceptamos como verdaderas o falsas. Las políticas son simplemente efectivas o ineficaces. Cuando el Magisterio universal llama a un católico a cambiar de política, Marshner dice que es deber del católico “darles una oportunidad”. Pero ahora, como dice Marshner, “aquí ha habido una persistencia curiosamente obstinada de nuestra jerarquía en políticas que han fallado de forma demostrable.” Este ha sido el clamor de las ovejas a sus pastores durante décadas, y muy pocos pastores escucharon a sus ovejas en este asunto. Es por eso que debemos agradecer a Dios que haya hombres como Viganò y Schneider, que están dispuestos a enfrentarse a las incómodas realidades que enfrentan las ovejas. Oremos por su protección y hablemos con caridad a nuestros hermanos que los vilipendian.

“Hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Para que ya no seamos como niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por cualquier viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error; sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza: Cristo, del cual todo el cuerpo, bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento del cuerpo, para construcción de sí mismo en el amor. (Ef. 4: 13-16) “.

Timothy Flanders

[1] Cardinal Ratzinger, Address to the Chilean Bishops, July 13, 1988

[2] Ludwig Ott, Fundamentals of Catholic Dogma (Baronius, 2018), 10

[3] William Marshner, “Contemporary Catholicism,” (March 30, 2017)

Image: Ethan Lofton via Flickr.

Traducción AMGH. Artículo original

El alma de los niños (Sir John Henry Newman)



Lo que sí sabemos, en cambio, por nuestros recuerdos y por nuestra propia experiencia de la infancia, es que en el alma del niño hay, en los primeros años después del bautismo, un discernimiento del mundo invisible en las cosas visibles, una captación de lo Soberano y Adorable, y una incredulidad e ignorancia acerca de lo perecedero y cambiante, que deja marcado en el alma un emblema propio del cristiano maduro, que se ha emancipado de las cosas del mundo y vive en la convicción íntima de la Presencia de Dios.

No quiero decir que un niño tenga ningún principio formado en su corazón, o hábitos de obediencia o capacidad de distinguir entre lo visible y lo invisible, como los que promete Dios en nombre de Cristo como recompensa a aquellos que alcanzan la edad de discreción. No debemos olvidar que, a pesar de su nuevo nacimiento, el mal está en él, aunque sea sólo como semilla. Pero el niño tiene este gran don: haber llegado recientemente desde la presencia de Dios y no entender del todo todavía el lenguaje de esta escena presente, que es una tentación, un velo que se interpone entre el alma y Dios. La sencillez con que el niño actúa y piensa, su pronta aceptación de lo que se le dice, su cariño ingenuo, su confianza franca, su desvalimiento evidente, su ignorancia del mal, su incapacidad para ocultar sus pensamientos, su conformidad, su rápido olvido de los problemas, su capacidad para admirar sin codiciar y, sobre todo, su espíritu de reverencia que mira todas las cosas a su alrededor como maravillas, prendas y figuras del Único Invisible, son todo pruebas de que, por así decir, hasta hace poco se encontraba en un estado de cosas más elevado. Bastaría con observar la seriedad y el asombro con que un niño escucha cualquier descripción o cuento, o también lo libre que está de ese espíritu de orgullosa independencia que se instala en el alma a medida que pasa el tiempo.

[…]

Está claro que la inocencia del niño no participa de esta santidad más alta. El niño es un anticipo de lo que al final se cumplirá en él. La belleza más grande de su alma se encuentra en la superficie y cuando, con el paso del tiempo, se pone a la acción (como es su deber), al instante desaparece. Sólo mientras permanece inactivo es como el agua tranquila en que se refleja el cielo. Por tanto, no debemos lamentar que los años de la infancia hayan pasado ni suspirar por los recuerdos de placeres puros y contemplaciones que no podemos recuperar. Sino que, más bien, lo que éramos de niños es un barrunto, un presagio santo, dado para nuestro consuelo, de lo que Dios iba a hacer con nosotros si rendíamos el corazón a la guía del Espíritu Santo, una profecía del bien que nos espera, una muestra de lo que tendremos, multiplicado, en el cielo. Así que la infancia es una prenda de la inmortalidad, porque lleva sobre sí, en figura, esas altas y eternas excelencias en que consisten las alegrías del cielo; y el Creador, que nos ama inmensamente, no nos daría las sombras si no fuera a darnos algún día las realidades.

Sir  John Henry Newman

De nuevo, el Concilio ( P. Santiago Martín FM)


Duración 8:15 minutos