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martes, 7 de noviembre de 2017

Artículos de interés 7 de Noviembre


- ONE PETER FIVE


Entrevista: Josef Seifert en el debate de Amoris Laetitia con Rocco Buttiglione (Maike Hickson)

Sobre el miedo pastoral (Padre RP)

- CATHOLIC HERALD


Ordinariato cabeza 'excluidos de los eventos de la Reforma'




LIFE SITE NEWS


Truck honoring Dubia Cardinal stopped by police while circling Vatican


LA NUOVA BUSSOLA QUOTIDIANA

Hoy en 1917, el comunismo soviético nació del terror (Stefano Magni)




LITURGIA Y TRADICIÓN CATÓLICA





FIRST THINGS
LA AMBIVALENCIA DE PRINCIPIOS DEL PAPA FRANCISCO (Robert P. Imbelli) 

Con Lutero no hay reforma sino una religión nueva, que no es la Religión católica ( LP. Serafino M. Lanzetta)

(RORATE CAELI)

En este día se cumplen los 500 años de la protesta de Martín Lutero en Wittenberg, con sus 95 tesis. Es frecuente retroceder hasta aquel 31 de octubre de 1517 –día en que supuestamente Lutero clavó esas 95 tesis en la puerta de la Catedral – como comienzo de la Reforma Protestante, si bien no todos los historiadores comparten esta visión. De hecho, el verdadero punto de inflexión luterano no ha de encontrarse en la protesta de Lutero contra las indulgencias, sino en su “Experiencia de la Torre” (o “del retrete”, como lo expresó Lutero, cf. Charlas de Sobremesa, 3232c), la cual representa el Durchbruch, el ‘fragmento convincente’ de la Reforma que se hizo ‘oficial’ en el año 1520, cuando Lutero compuso su De captivitate babilonica Ecclesiae, ofreciendo su nueva doctrina sobre los sacramentos en relación a la gracia.

El evento para este aniversario ha sido recibido en el mundo católico con una emoción y un entusiasmo inesperados. Por ejemplo, el cardenal Kasper, en un reciente libro sobre Lutero considerado desde su potencial ecuménico, nos invita a mirar al antiguo monje agustino como un nuevo San Francisco de Asís, quien simplemente quería vivir el Evangelio con sus hermanos; Lutero debiera ser enumerado “en la larga tradición de los reformadores católicos que lo precedieron”. Recientemente, Monseñor Galantino, secretario de la Conferencia Episcopal Italiana, dijo que “la Reforma [Luterana] fue un hecho del Espíritu Santo”.

A su vez, Lutero es ensalzado por escritores y expertos como ‘católico disidente’. Este es el título del libro de Peter Stanford, en el que convierte a Lutero en profeta del Vaticano II, entre otros logros, al predecir la igualdad del pueblo de Dios enraizada en un ‘sacerdocio compartido’ entre todos los católicos. “Esto es puro Lutero”, dice Stanford, pero quizás no recuerde que el sacerdocio común de todos los fieles no es uno que se ‘comparte’ horizontalmente hablando, en cuanto a Lutero, sino que deriva de la consagración de todo el pueblo a Cristo en el bautismo. Por sobre todo, el sacerdocio común se diferencia ontológicamente del sacramento del orden sagrado y está jerárquicamente subordinado a él para poder cumplir con su naturaleza: es exactamente lo que negó Lutero con su nueva visión teológica de una Iglesia sin jerarquía (básicamente sin el Papa) y sin el orden sagrado, considerado fuente de poder para los romanistas. Lutero quería una Iglesia sin el magisterio papal para poder interpretar las sagradas escrituras sin mediadores. Él afirmaba su propia autoridad según su comprensión personal de la Biblia. Pero la única manera de derribar ese obstáculo romano era aboliendo el sacramento del orden sagrado y afirmando que todos somos sacerdotes, obispos e incluso Papas. El ‘sacerdocio compartido’ de Lutero es el resultado de su visión personal, uniendo los sacramentos con la búsqueda de una ‘zona libre de magisterio’ llamando a la nobleza de la nación alemana.

Sin embargo, podríamos preguntar ¿por qué vincular a Lutero con el Vaticano II? Un erudito norteamericano, R.R. Gaillardetz, nos ofrece una respuesta: “El Concilio Vaticano Segundo fue un evento de significado sin igual en la historia del catolicismo moderno. Debemos retroceder hasta la reforma protestante para encontrar un evento que se equipare con el impacto del Vaticano II sobre el catolicismo romano”. Quizás se trate solo del impacto, pero no es para nada honesto adaptar las enseñanzas católicas a la visión revolucionaria de Lutero. Deseo presentar algunas claves de esta revolución, lugar de profecía, en concordancia con el punto de Richard Rex: que la de Lutero era una nueva religión. En un artículo reciente en “The Tablet” (14 de octubre de 2017) él escribió: “Delegado papal y teólogo, el cardenal Cajetan, identificó intuitivamente las semillas de una nueva religión cuando se reunió con Lutero en Habsburgo en octubre de 1518. […] La realidad es que el cardenal Cajetan tenía razón. Era una nueva religión” (ver su libro publicado recientemente, The making of Martin Luther).

Algunas pistas sobre el tormento interior de Lutero

Vale la pena considerar un dato sobre la vida de Lutero antes de encarar su visión. Según Heinz Shilling – historiador alemán cuya biografía de Lutero es considerada una de las más precisas – Lutero rezaba el rosario, meditaba, y cantaba salmos hasta quedar exhausto. Sin embargo, estos ejercicios extenuantes de piedad lo condujeron a la desesperación porque creía que no era capaz de ofrecerlos como debía, convirtiéndose en objeto de la ira de Dios y sin Su perdón. No se trataba de mulieres, un problema de castidad, sino de un verdadero profundo sufrimiento moral, como un nudo, que uno puede interpretar distanciado de Dios. La “Experiencia de la Torre” no solo fue luz para su mente sino también liberación de una carga. Su oración para encontrar un Dios misericordioso fue finalmente escuchada. En la torre, tuvo una comprensión instantánea de Romanos 1:17: “El justo vive por la fe” y luego pudo contar, en una de sus Charlas de Sobremesa: “Cuando comprendí que la justicia de Dios es la misericordia, y que nos justifica por medio de ella, fue un remedio para mi aflicción” (n. 4007).

Esta nueva comprensión de la relación entre justicia y misericordia – de una justicia vista ahora desde la misericordia y solo como algo pasivo que renuncia al castigo – es la nueva piedra angular del edificio cristiano de Lutero. Esta experiencia fue refrescante y convincente en cuanto a que finalmente se podía ofrecer la misericordia como justicia a través de la fe. Más allá de esta posición teológica discutible, que convierte a la justicia en misericordia al punto de perder su identidad, aquí observamos el punto de quiebre: Lutero hizo de su pedido subjetivo de un Dios misericordioso el principio arquitectónico de su teología. Esto marcará una revolución en teología y en la historia del pensamiento, en cuanto a que será el verdadero comienzo del modernismo: la primacía del sujeto, y luego de la consciencia, sobre el objeto, sobre el bien y Dios mismo. Aquí encontrará su primera raíz la primacía del sujeto y de la consciencia por sobre la verdad y el bien. En esta perspectiva, la declaración de Lutero en Worms ante el emperador Charles V de Habsburgo (1521) es verdaderamente interesante:

“Si no se me convence mediante testimonios de la Escritura y claros argumentos de la razón (porque no le creo ni al Papa ni a los concilios ya que está demostrado que a menudo han errado, contradiciéndose a sí mismos), por los textos de la Sagrada Escritura que he citado, estoy sometido a mi conciencia y ligado a la palabra de Dios. Por eso no puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable”. (Obras de Lutero, vol. 32: Carrera del Reformador II, Fortress Press 1958, p. 112).

El cardenal Kasper no estará contento con la designación de Lutero como padre del modernismo, por el hecho de que mientras el modernismo es un llamado a la libertad ‘autónoma’, la libertad de Lutero era en busca de Dios. Por eso no iba a ser el precursor de lo moderno, sino el último heredero del pensamiento medieval sobre la unidad religiosa de la societas christiana. Mi pregunta es simplemente esta: ¿hay mucha diferencia entre una libertad autónoma con primacía sobre la verdad, y una teónoma cautiva de la Palabra de Dios? Solo hay una diferencia, según el nivel diferente sobre el que yacen: la primera sobre un nivel natural y la segunda sobre uno sobrenatural, pero ambas se asocian en cuanto a la primacía del sujeto sobre el objeto, sin la mediación de una razón metafísica tan apreciada por la población medieval. Una libertad cautiva de la Palabra de Dios también se utilizará para justificar cualquier tipo de libertad, ya sea para contradecir el magisterio inmutable de la Iglesia o para cubrir aparentemente pecados o debilidades en busca de un Cristo más allá de la Iglesia y de los sacramentos.

Nominalismo o arbitrio de Dios

Lutero seguía la corriente filosófica del Nominalismo que conoció a través del occamismo de Gabriel Biel (1410-1495), aunque de todas formas terminó convirtiéndose en su enemigo con la doctrina de la justificación. Lutero reveló que su “querido maestro” era Guillermo de de Occam (fines del siglo XIII – 1349/50), un filósofo y teólogo franciscano que en el año 1319 fue profesor en Oxford. Para Occam, la realidad es inexpresable en su universalidad. Todo lo que existe es individual. Por lo tanto no hay naturaleza o esencia, las cosas que existen son solo entidades singulares, creadas inmediatamente por voluntad de Dios. Dado que cualquier ser vivo existente está vinculado directamente a la voluntad de Dios sin ninguna ‘razón’ en sí mismo, esta voluntad divina no puede ser más que absoluta, es decir, sin ninguna otra razón más que el hecho de manifestarse como es, necesariamente y sin razón comprensible. El proceso de razonamiento es en última instancia inútil porque todo lo que podemos saber es la realidad como pluralidad de individuos, pero nunca podemos saber la razón detrás de esta pluralidad; nuestros conceptos para identificar entidades existentes son simples sonidos convencionales con un fin pragmático, solo un flatus vocis. Por lo tanto, las palabras que pronunciamos no tendrían sentido porque no hay un vínculo con la realidad más allá del de señalar a algo. ¿No es este supuesto todo un tema hoy día?

Lutero hará propia esta visión nominalista: solo Dios es necesario y lo que Él haga es necesario y absoluto, sin razón comprensible. Nadie puede discutir lo que Dios ha planeado o lo que hace porque no hay otra razón que Su voluntad. No olvidemos la razón como tal no tiene valor para Lutero: lo llevaría de vuelta a considerar a Dios más allá de la aceptación sencilla (ciega) de su misericordia sanadora. Esta visión será crucial en el problema de la libertad.

El problema del libre albedrío o de un Dios contradictorio

De hecho, para Lutero, “el libre albedrío es una gran mentira”. En De servo arbitrio (1525) que Lutero escribió oponiéndose a Erasmo de Róterdam, quien anteriormente había escrito De libero arbitrio contra Lutero, el revolucionario alemán reconoce que Erasmo tenía razón al señalar la esencia de todos los problemas, la cuestión verdadera: el problema del libre albedrío. El libre albedrío no existe y es solo un desafío del orgullo del hombre hacia Dios. Lutero explica que si uno tuviera libre albedrío, podría comprender la inescrutabilidad de Dios. Pero dado que Dios es insondable, el hombre no es libre y todo lo que haga es porque está ‘obligado’ a hacerlo. Al final, la obligación procede de la necesidad de Dios. En otras palabras, el libre albedrío no existe, sino la necesidad, y la única manera posible de abrazar esta necesidad es con la fe. La fe hace que aceptemos incluso las contradicciones, llevándonos a confiar en el poder salvador de Cristo.

En realidad, es la contradicción en sí misma la que justifica la fe y hace que el hombre descubra su condición de creatura y sus debilidades ante la majestad de Dios. Para Lutero, Dios se muestra por lo que realmente es precisamente en contraposición (o contradicción), es decir, sub contraria specie. Lutero inaugura un proceso dialectico, una polarización del ocultamiento y descubrimiento de un misterio. El poder de Dios solo puede ser comprendido en Su debilidad y Su abandono total en la cruz, así como la gracia de su amor se descubre en el rechazo del mismo por el pecado y las ofensas de la humanidad. La teología de la cruz es esencialmente un proceso de ‘revelación y ocultamiento’ de Dios, siempre mediante lo contrario. El amor requiere del odio para revelarse a un alma plenamente, así como la fe requiere de su negación e incluso del cautiverio por dudas y pecados de los hombres. Cuanto más se oscurece la fe más convincente es. Puede parecer extraño, pero Dios solo puede ser apreciado como Dios cuando se afirma su negación. La negación de Dios es pecado.

Cristo solo puede ser amado como un amable Salvador si lucha permanentemente contra el demonio. Estrictamente hablando, uno no puede tener una idea clara de Cristo sin el demonio. Uno no puede ser salvado del infierno por Cristo si el mismo Cristo no es condenado por mi pecado al infierno. Aquí, la contradicción tiene su justificación final en un Dios contradictorio, que para salvarme a mí tiene que ponerse contra sí mismo: ¡la batalla del pecado y la gracia! Esto abre el camino a la comprensión de la vida del spirit (der Geist) de Hegel, como proceso dialéctico donde la afirmación es superada por una negación para encontrar su síntesis en un bien mayor y mejor (la suma dialéctica del bien y el mal).

Sin embargo, la formulación teológica de una contradicción elevada a principio de conocimiento representa el destronamiento de la ‘teología negativa’ por parte de la teología de un Dios contradictorio: la gracia y el pecado pueden coexistir porque en última instancia están basados en la oposición del intelecto contra a la voluntad de Dios. Por lo tanto, los humanos no son libres de elegir no pecar, mientras que Dios no está obligado por ninguna disposición racional a actuar más allá de Su voluntad divina (arbitraria), infalible e inmutable. Entonces, no podemos hacer más que lo que Dios estableció desde la eternidad. Aquí está la raíz de la teoría de la predestinación de Calvino.

La gracia que cubre el pecado: el problema de la justificación

La ausencia de libertad es la exaltación de la fe. Pero surge una pregunta: ¿puede la fe ser satisfecha de no captarse nada del misterio de Dios, aceptando ciegamente el misterio de una disposición divina eterna? ¿Dónde está la libertad de la fe para dar un paso adelante y proclamar “yo creo”? De ser así la fe no es un acto humano libre sino que es impuesta por necesidad. Por supuesto que esto facilitará el camino de la secularización, es decir, la renuncia de la fe en nombre de la libertad y del laicismo del Estado. No obstante, el rol de la fe (sin conocimiento) en el sistema religioso de Lutero es interesantemente de gran valor. ¿De qué se trata esto? Es importante referirse primero al pecado original, que para Lutero es además y por sobre todo un “pecado radical”, identificado como rebelión de la carne. Considerando que el hombre pecó contra Dios y su disposición al pecado – la concupiscencia de la carne, es tan fuerte, que el hombre vive siempre en pecado. Todo lo que haga es pecaminoso. “Toda buena obra es pecado” escribió Lutero contra Latomus (uno de los teólogos de la universidad de Lovaina), y “mientras vivamos, el pecado es esencialmente inherente a las buenas obras, así como la habilidad de reír es inherente al hombre” (Obras de Lutero, vol. 32, Contra Latomus, cit., pp. 168-169.186-187). Por el pecado original, el hombre es cautivo del pecado como tal. Nada puede ayudarlo a sanar más que creer firmemente que ha sido salvado por Cristo. La fe es una “confianza cordial”, es confiarle el corazón a Dios a través de Cristo.

Es más, la fe solo es considerada como un esfuerzo personal, el acto de creer en Dios, más que una manera de aceptar verdades para ser salvo. La fe es el camino para creer cordialmente que mis pecados han sido perdonados y gracias a ello la justicia es ofrecida como un amor que perdona. La justicia no estará presente en mí como herencia – solo el pecado puede adherirse a la naturaleza humana – pero me será otorgada siempre y cuando crea firmemente. La justicia corresponde precisamente a Cristo y me es dada como préstamo temporario cuya duración depende de la intensidad de la fe. En cierto sentido, es una fe que produce gracia en lugar de una gracia que produce fe. ¿Pero qué hay de la primera infusión de la fe en el bautismo por medio de la gracia? Si la fe es necesaria como alternativa a la libertad, Lutero tiene que concluir que la gracia es tan necesaria como la fe. ¡Es lo mismo que decir que la gracia ya no es un don sino un derecho! Pero como derecho, deja de ser gracia, dado que gracia significa gratuidad.

La visión de la naturaleza humana de Lutero es profundamente pesimista: por la ausencia de libre albedrío un hombre es condenado a cometer pecados que infectan su alma permanentemente. Ninguna medicina, ningún hospital, es capaz de sanar al pecador, por lo tanto puede volver finalmente a casa y ser una persona feliz. El hombre de Lutero está condenado permanentemente a un hospital de campaña, donde solo recibe breves tratamientos de primeros auxilios: no hay estudios completos ni terapia intensiva porque sencillamente no tendrán efecto en el enfermo. Simplemente, no tienen sentido.

¿Es esta teología, con su fuerte trasfondo filosófico, una reforma de la doctrina católica o más bien el comienzo de una nueva creencia? Coincido definitivamente con Richard Rex: se trata de una religión nueva.

P. Serafino M. Lanzetta
(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

Misa ecuménica (Germán Mazuelo-Leytón)




Para conmemorar el V Centenario de la apostasía luterana, en la acera católica, las Comunidades de Base y el movimiento «Somos Iglesia», se han constituido en los abanderados de la progresía católica para llevar –desde la base-, a plena realización los objetivos del falso ecumenismo.

La denominada hospitalidad eucarística, que consiste en la participación conjunta entre miembros de las iglesias protestantes históricas y católicos, en «la cena del Señor», llega a su apogeo estos días, con la abierta participación de estos grupos progresistas en el culto luterano:

Es de sobra conocido que en nuestros días más que en tiempos del heresiarca Lutero, una idea obsesiva mueve a los modernistas para acercarse a los protestantes: una fórmula que encuentre en éstos aceptación, es decir que para llegar a un acuerdo común, la Iglesia Católica debería renunciar a la integridad del depósito de la fe. Pero ¿cómo podemos hacer concesiones en lo que a la Eucaristía se refiere? O hay Presencia Real de Cristo o no la hay.
I. Continuación perpetua de la Pasión

Acudamos al Cenáculo la tarde del Jueves Santo. Jesús se despide de sus Apóstoles en la Cena ritual, les ofrece la lección básica de que la caridad suya, ha de ser operante, como el lavatorio de pies que Cristo realiza con sus discípulos. Va a morir, y va a quedarse. Su muerte se prolongará a través de los siglos. Antes de entregarse a sus adversarios, Jesús eterniza su Pasión, dejándola viva en la Eucaristía.

Jesús prolongará su Pasión en manos de sus Apóstoles y sus sucesores, los sacerdotes, a quienes dará facultad para hacerle descender realmente desde el Cielo al altar.

Cuando ya ha finalizado la primera Eucaristía del mundo, Jesús indicará, más bien mandará a sus Apóstoles: «Haced esto en memoria mía», virtualizando la consagración a través de todos los siglos y en el escenario de todos los países del mundo.

Afirma San Pablo:

«Porque yo he recibido del Señor lo que también he transmitido a vosotros: que el Señor Jesús la misma noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, el (entregado) por vosotros. Esto haced en memoria mía. Y de la misma manera (tomó) el cáliz, después de cenar, y dijo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; esto haced cuantas veces bebáis, para memoria de Mí. Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciad la muerte del Señor hasta que Él venga».[1]

En este párrafo el Apóstol nos enseña las siguientes verdades como directamente recibidas del Señor:[2]

a) la Eucaristía es realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo (24 s.);

b) el Apóstol y sus sucesores están autorizados para perpetuar el acto sagrado (24-26);

c) la Misa es un sacrificio (25); d) el mismo de la Cruz (26); e) la Eucaristía debe recibirse dignamente (27), es decir, con la plenitud de la fe y humildad del que severamente examina su conciencia (28-31). [3]

La Eucaristía es la muerte permanente de Jesús a través de los siglos, una muerte que es vida, ya que lo mismo que del Calvario salió la Redención, del altar donde se sitúa el Cuerpo y la Sangre de Jesús, sigue manando abundantemente la vida.

Desgraciadamente la Eucaristía, puede provocar la muerte del alma, que no la recibe en condiciones de pureza interior de vida, así San Pablo tras anunciarnos la grandeza de la Eucaristía, añade algo que produce terror:

«De modo que quien comiere el pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Pero pruébese cada uno a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe, no haciendo distinción del Cuerpo (del Señor), come y bebe su propia condenación».[4]

La Pasión de Jesús comienza en el Cenáculo con la institución de la Eucaristía la tarde del Jueves Santo y permanece para siempre entre nosotros como muerte del Jesús del que procede la verdadera y eterna vida.

San Alfonso María de Ligorio afirma que la Santa Misa es de todas las obras la más santa y divina.[5] En efecto, Dios no pudo hacer algo más grande que la Misa.

«La Santa Misa encierra todo el valor del sacrificio de la cruz… Para caer en la cuenta de lo que vale la Santa Misa, es preciso no perder de vista que el valor de ella es mayor que el que juntamente encierran todas las buenas obras, virtudes y merecimientos de todos los santos que haya habido desde el principio del mundo o haya de haber hasta el fin, sin excluir los de la misma Santísima Virgen María».[6]

En la Eucaristía, Jesús está realmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

El Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor se hacen presentes bajo la apariencia del pan y del vino por la conversión de toda la sustancia del pan y del vino en toda la sustancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Esta conversión admirable recibe el nombre de transubstanciación.[7]

II. Paganización de la Santísima Eucaristía

San Alfonso Mª de Ligorio dijo: «El diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, “Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo” (Dan. 8, 12)».[8]

Era obvio que las Comunidades de Base, serían la punta de lanza para la destrucción de la Misa Católica. La falsificación del Santo Sacrificio, no es el resultado de estos últimos años, es la consecuencia de medio siglo de silencioso y consistente ataque modernista al Sacramento, mediante la agitada y sediciosa Teología marxistizada de la Liberación, ideología desde la que tomó cuerpo la Iglesia Popular, o Comunidades de Base contaminadas por la lucha de clases, en oposición a la Iglesia tradicional, y las que buscaron abiertamente un nuevo concepto de la Misa.

Adulteración del Sacramento Central de la Fe Católica, que por medio siglo ha penetrado en la mente y en la praxis litúrgica, hasta el punto de que muchos se preguntan, si la misa así «celebrada» es válida o no. Si consideramos el largo período distorsionador, millones han participado de ese tipo de eucaristías adulteradas y no conocen otra celebración eucarística que esa.

Evidente destrucción de la Eucaristía, cuando se pone el acento en los movimientos corporales, en la incorporación de ritos paganos, cuando se ha mutado el Sacrificio a una especie de mitin para la «celebración de las luchas del pueblo», o, cuando queda reducido a un simple «impulso religioso», dejando así de ser la perpetuación del sacrificio redentor de Cristo en la Cruz y en la Ultima Cena, y consecuentemente el Santo Sacrificio de la Misa.

Instalar el culto pagano en el lugar santo, es la abominación de la desolación, que es el culto de Satanás mismo.

III. Supresión del Sacrificio

Lutero, el heresiarca blasfemo odiaba la Misa Católica, fue uno de los que más se ocupó de la doctrina de la Eucaristía. Hay que recordar una vez más, que su teoría consistía en sustituir la palabra transubstanciación por la de consubstanciación. El prefijo trans denota un cambio de substancia, en cambio con significa contrariamente que no hay cambio alguno de substancia.

El Sacrosanto Concilio de Trento definió tajantemente al respecto condenando la fórmula luterana. La tesis de Lutero no representaba la Eucaristía.

Lutero negó rabiosamente la naturaleza sacrificial de la Misa declarando: «Ese Canon abominable es una confluencia de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación».

Llamó a la Eucaristía «abominación», «culto blasfemo y falso», y en su búsqueda de suprimir el culto eucarístico azuzó diabólicamente a sus seguidores para «atacar a los idolatras».

«Yo afirmo –declaró- que todos los burdeles, los asesinatos, los robos, los crímenes, los adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa Papista».

Expresó su deseo de que algún día «cuando la Misa haya sido destruida, creo que habremos destruido al Papado. Creo que es en la Misa, como sobre una roca, donde el Papado se apoya enteramente todo se colapsará por necesidad cuando se colapse su sacrílega y abominable Misa».

La Eucaristía es la piedra angular de la fe y doctrina católicas, si se quitase la Misa, colapsa con ella toda la fe católica, resulta difícil imaginar lo que de ella quedaría. El Príncipe de la Teología, Santo Tomás de Aquino se refiere a la Eucaristía declarando que todos los otros sacramentos dependen de ella, el mismo bautismo resulta eficaz porque nos capacita para recibirla, y si un bautizado se niega conscientemente a recibirla, esa actitud lo separa de la corriente de la gracia santificante.

La Eucaristía además de sacramento es sacrificio:

«La consagración del crisma o de cualquier otra materia no es sacrificio, como sí lo es la consagración de la Eucaristía».[9]

«Este sacramento tiene sobre los demás la razón de sacrificio».[10]

Sin duda, la supresión del Santo Sacrificio de la Misa, sería la mayor abominación de la desolación: «Este es el Sacrificio de nuestros altares, que entonces, en esos terribles días, será proscrito, en todas partes prohibido; y, salvo los Sacrificios, que podrán celebrarse en las sombras subterráneas de las catacumbas, quedará interrumpido en todas partes».[11]

Si el sólo participar del Santo Sacrificio, allí donde no se celebra la Misa Tridentina, en el que se dan innumerables abusos litúrgicos, en un desprecio a la Presencia Real del Señor, constituye para los fieles a lo largo y ancho del mundo, una tortura espiritual inaguantable ¿qué será lo que nos espera si, como se dice, si se promulgaría una «misa» sin transubstanciación para hacerla «ecuménica»?

Así, la Misa Católica queda reducida a nada. Tal vez una oración, una celebración, un servicio religioso, pero no la Misa, por una real ausencia de Cristo.

Las fórmulas que nos quieren llevar a construir un puente sobre el abismo de una misa sin Eucaristía, no son más que artificios para engañar a una de las dos partes, o a ambas.

Dios no lo permita, fiel a su palabra: las puertas del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia.

Pensemos en el profeta Malaquías que hablando en nombre de Dios, cuatro centurias antes de Cristo se refería a la Misa:

«Porque desde el orto del sol hasta el ocaso es grande mi Nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y ofrenda pura, pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé de los ejércitos».[12]

Recordemos a Santa María Goretti, quien para ir a Misa Dominical, viajaba 15 millas. Pensemos en Santina Campana, que iba a Misa aun cuando estaba afiebrada. Pensemos en San Maximiliano María Kolbe, quien ofrecía la Santa Misa cuando su salud estaba en estado tan lastimoso, que uno de sus hermanos religiosos tenía que sostenerlo en el altar para evitar que cayera- ¡Y cuántas veces San Pío de Pietrelcina celebró la Santa Misa, aun cuando le sangraban las manos y ardía en fiebre![13]

San Ignacio de Antioquía, camino del martirio, el año 110, escribe en su carta a los Magnesios «¿Cómo podríamos vivir sin Él?», es decir, ¿cómo podríamos vivir sin la Eucaristía?

Si llegara ese día en que desde la cima de la Iglesia se verifique la completa destrucción del Santo Sacrificio, los fieles, junto a los grandes defensores de la Eucaristía como Santo Tomás de Aquíno, Santa Clara, San Norberto, San Pedro Julián Eymard, San Leonardo de Puerto Mauricio, el Santo Cura de Ars, San Pío de Pietrelcina y el ejército de santos defensores de la Eucaristía, hemos de dar si es posible la vida, para que la Santísima Eucaristía no sea pisoteaba y aniquilada, siguiendo el ejemplo de los irlandeses que en tiempos de persecución arriesgaban su vida y las de sus familias porque la Misa es lo único que importa.

Germán Mazuelo-Leytón

[1] 1 CORINTIOS 11, 23-25.

[2] Cf. 15, 3; Ga. 1, 11, etc.

[3] Cf. Biblia Straubinger.

[4] 1 CORINTIOS 11, 27-29.

[5] Selva de Materias predicables P. 2, 1.

[6] EYMARD, San PEDRO JULIAN, Obras eucarísticas.

[7] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, El milagro de la transubstanciación.http://adelantelafe.com/milagro-la-transubstanciacion/

[8] The Dignity and Duties of the Priest, o Selva (Londres: Benziger Bros., 1889), pág. 212.

[9] DE AQUINO, Santo TOMÁS, S. Th., III, 82, 4, ad. 1.

[10] Ibid., S. Th., III, 79, 7, ad. 1.

[11] BILLOT S.I., Cardenal.

[12] MALAQUÍAS, 1, 11.

[13] Cf.: MANELLI F. I., P. Stéfano, Jesús nuestro amor eucarístico.

Mi Señor y mi amigo: Valentía y amor a la verdad [4 de 4] (José Martí)

De ahí la necesidad de la Evangelización. Y de ahí el mandato de Jesús"Id por todo el mundo y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28, 19-20). Y san Marcos: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y sea bautizado se salvará; pero quien no crea, se condenará" (Mc 16, 15-16)

Por la gracia de Dios, recibida en el bautismo, somos realmente hijos de Dios y participamos de su propia naturaleza. Esto es algo que sólo los cristianos poseen y no es ningún mérito, sino un puro don, del que debemos estar inmensamente agradecidos. Y no sólo eso, sino que tenemos la obligación de llevar este Mensaje a todos los hombres:   "Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis" (Mt 10, 8). Debido a la generosidad y al Espíritu de los primeros cristianos ha llegado hasta nosotros esa gracia que debemos, a su vez, transmitir a nuestros hijos y a las generaciones que nos siguen. Tal es nuestra misión como cristianos. Y así se harán realidad aquellas palabras del Señor: "El Cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"  (Mt 24, 35).

Hoy en día la Iglesia atraviesa la mayor crisis de su historia, en una situación cercana a lo que podríamos llamar "apostasía general", que se ha extendido por toda la faz de la tierra. Esta crisis tiene su raíz en el "arrodillamiento ante el mundo" por parte de la Iglesia, en su deseo de hacer accesible el Mensaje de Jesús al mundo de hoy, suavizándolo para que sea aceptado ... con la "particularidad" de que este Mensaje se ha tergiversado, escamoteando determinadas verdades fundamentales, que son desconocidas por una inmensa cantidad de cristianos y añadiendo otras que están claramente en contra del Evangelio

Todo esto es muy grave, porque la auténtica Palabra de Dios no le llega a la gente, dado que está manipulada y cambiada. Y no hablamos de algo irrelevante sino fundamental. Dijo Jesús de sí mismo:  "Mis palabras son Espíritu y son Vida" (Jn 6, 63) ... pero esas palabras no les llegan a la mayoría del pueblo cristiano pues, como decía Pablo VI, ya en 1972 (hace 45 años) "el humo de Satanás se ha infiltrado en la Iglesia", y hoy estamos infinitamente peor que hace 45 años, por más que se pretenda ocultar. Esto no significa que entonces no hubiera problemas; por supuesto que los había: siempre los ha habido. Esto forma parte de la condición del cristiano ... Sin embargo, al pecado se le llamaba pecado y a la virtud, virtud. Esto hoy ha cambiado mucho. Y me vienen a la mente las palabras del profeta Isaías: 
¡Ay de los que llama al mal bien y al bien mal, de los que ponen tinieblas por luz y luz por tinieblas, de los que cambian lo amargo en dulce y lo dulce en amargo! ¡Ay de los que se ven sabios y se tienen por sensatos! (Is 5, 20-21)
La gravedad de la situación actual se manifiesta, entre otras cosas, por la gran ausencia de vocaciones al sacerdocio entre los jóvenes. Aquí vienen muy a propósito las siguientes palabras de san Pablo a los romanos, cuando les dice: "Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? Y, ¿cómo creerán en Aquél a quien no han oído? Y, ¿cómo oirán si nadie les predica? Y, ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rom 10, 13-15).

Hoy el mundo está urgentemente necesitado de santos, los cuales surgirán, sin lugar a dudas, pues Dios no nos puede dejar solos. De hecho, ya están entre nosotros aunque no sepamos sus nombres ni estén canonizados oficialmente. De no ser así, la Iglesia se habría ido ya a pique. Todavía sigue habiendo personas -afortunadas- a las que les llega íntegro (y no adulterado) el Mensaje de Jesús ... porque tienen buenos pastores. Quienes se encuentren entre ellos nunca podrán dar suficientes gracias a Dios por ese bien tan inmenso y tan inefable, cual es la escucha de la verdadera palabra de Dios, hecha realidad en sus vidas. Éstos son los que mantienen viva la Tradición Perenne de la Iglesia y los que no se han dejado arrastrar por las corrientes modernistas que tan vivamente influyeron en el último concilio, el Concilio Vaticano II ..., en cuyo centro había una mala simiente, que es la que ha ido creciendo, dando lugar a la penosa situación en la que se encuentran la Iglesia Católica y, por lo tanto, el mundo, pues a éste no le llega el Mensaje auténtico de Jesús que es el único que podría dar un sentido a sus vidas.

De ahí la necesidad acuciante de acudir de nuevo a la lectura meditada del Nuevo Testamento y de buscar buenos pastores que la sepan interpretar rectamente según el sentir de la Iglesia de 2000 años y no según el espíritu mundano, falsamente ecuménico, que pretende dar al traste con todas estas enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo.

Y no disponemos de ninguna otra arma más poderosa que la oración; una oración ardiente y confiada, conforme al consejo que Jesús nos ha dado: "La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies" (Lc 10, 2). 

Pensemos que Jesús, que es nuestro Dios y nuestro Señor ... es también nuestro amigo: 
"Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 14-15) 
Como amigos suyos que somos, el Señor cuenta con nosotros; cuenta con nuestro cariño y con nuestra generosidad, al igual que nosotros contamos con Él. ¿Lo vamos a dejar en la estacada? ¿Nos vamos a acobardar de ser sus amigos? Pues tengamos presentes estas palabras de Jesús: 
"Si alguno se avergüenza de Mí y de mis palabras, en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con sus santos ángeles" (Mc 8, 38).
Es preciso que en nuestra mente y en nuestro corazón resuenen constantemente las palabras del Señor: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del  mundo" (Mt 28, 20) ... ¡y que nos las creamos de verdad, porque son verdad! ... y entonces, a pesar de cualquier tipo de contrariedad o de persecución-que siempre las vamos a encontrar- con la ayuda del Señor, que nunca nos va a faltar, seremos capaces de mantenernos realmente tranquilos en medio de ese ambiente crispado de odio: "Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?" (Rom 8, 31); " ... en todas estas cosas vencemos con creces gracias a Aquél que nos amó" (Rom 8, 37)
Sabiendo que Jesús es nuestro Señor y nuestro Dios, pero también nuestro amigo, que nos ha dado, con su gracia, la participación de su propia naturaleza y que en Él formamos un solo cuerpo, manteniendo cada uno su propia personalidad; sabiendo que tenemos por madre a su propia madre, la Virgen María;  sabiendo que son infinidad el número de santos que han alcanzado ya la Gloria y que forman parte de la Iglesia triunfante y que rezan por nosotros; sabiendo todas estas cosas y mucho más, creo que podemos estar "tranquilos", pues teniéndole a Él lo tenemos todo y nada más podemos desear.
Mientras tanto, como fieles de la Iglesia militante, nuestra misión es la de luchar con las armas propias del cristiano (Ef 6, 10-18), con la confianza puesta completamente en Nuestro Amigo y Señor, así como en su Madre, la Virgen María, que es también Madre nuestra; y en la de todos los santos que interceden continuamente por nosotros: san José, los santos Apóstoles, san Agustín, santo Tomás de Aquino, etc.

Y luego, seguir los consejos que encontramos en las Sagradas Escrituras, sobre todo en el Nuevo Testamento, para poder vivir así como buenos cristianos, enamorados de Jesucristo. Teniendo en cuenta que, como nos dice san Pedro, "nuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar" (1 Pet 5, 8b), tenemos que "ser sobrios y vigilar" (1 Pet 5, 8a) para poder "resistirle, firmes en la fe" (1 Pet 5, 9a), sin dejarnos engañar ni por él ni por el mundo. 

También el Apóstol san Pablo nos habla en términos parecidos: "Mirad que nadie os atrape por medio de vanas filosofías y falacias, según la tradición de los hombres, conforme a los elementos del mundo y no según Cristo" (Col 2, 8). Y, en otro lugar nos dice que no tenemos que ser ingenuos sino "ser conscientes del momento presente" (Rom 13, 11a) porque, como dice en su carta a los romanos y nos lo dice también a nosotros: "Ya es hora de que despertéis del sueño, pues ahora nuestra salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca. Abandonemos, por tanto, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz" (Rom 13, 11b-13)

Y, por supuesto -y por encima de todo- están las palabras de Jesús, que siempre son reconfortantes y que nos ayudan en esa lucha que tenemos que mantener todos los días. Él nunca nos engaña:

"Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10, 16)

Cierto que somos humanos y sufriremos muchas heridas en esta difícil batalla por ser fieles al Señor en medio del mundo, pero sabemos que podemos acudir a Jesús, en todo momento, y escuchar de su propia boca estas consoladoras y maravillosas palabras, que dejan atrás todos los problemas, por muy graves que éstos nos puedan parecer:
"Venid a Mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis descanso para vuestras almas. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 28-30)
 José Martí