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viernes, 19 de junio de 2026

El retorno del juanpablismo y la dimensión social de la liturgia




La visita del Papa León XIV a España fue un éxito, y un éxito que sorprendió a todos, tanto por lo que dijo como por las multitudes que logró congregar. Habrá pronunciado discursos peores -como el primero, redactado seguramente por la Secretaría de Estado-, otros mejores y otros muy buenos. Creo que estos últimos fueron la mayoría. Los católicos ya estábamos desacostumbrados a oír hablar con claridad sobre las verdades innegociables de la fe. Como muchos han dicho en los últimos días, fue un retorno al estilo claro y católico del Papa Benedicto XVI, de feliz memoria.

No voy a dedicarme yo a escribir sobre esos textos pontificios. Ya lo han hecho muchos sitios y columnistas, y no tiene sentido repetirse. Sí me parece interesante hacer una reflexión hacia lo que me pareció un flash back a los tiempos de Juan Pablo II, una analepsis no tanto o no sólo por lo que se escuchaba, sino por las multitudes concentradas. 

Recordemos que durante el pontificado anterior, Francisco se paseaba en sus viajes apostólicos sentado en un ridículo Fiat 500 blanco, porque era pobre, y apenas si concentraba puñaditos de católicos devotos que trataban inútilmente de cubrir sus trayectos sembrados de calles desiertas. Sin embargo, debo ser honesto y reconocer que yo fui muy crítico de Juan Pablo II y que una de mis críticas apuntaba justamente a su carácter histriónico y su empeño obsesivo de vivir rodeado de multitudes. En otras palabras, lo que yo decía en ese momento es que la religión, que el Evangelio, que la labor de la Iglesia no pasa por los fenómenos de masa.

And yet… Creo que ya no diría lo mismo, y no porque me haya rendido ante la ficción de éxitos inexistentes, sino porque la realidad es que la Iglesia siempre recurrió a las concentraciones relativamente multitudinarias según la demografía de los diversos tiempos. En el momento fundacional de la Iglesia, cuando los apóstoles, luego de Pentecostés, se asomaron a las ventanas del Cenáculo, predicaron la Buena Nueva y se bautizaron tres mil personas, una número bastante importante para la época. Y, saltando algunos siglos, las peregrinaciones medievales, tan comunes y habituales, eran fenómenos de masa, como también lo eran las actividades apostólicas de grandes predicadores como San Antonio de Padua y San Vicente Ferrer.

Podrá aducirse que los fenómenos que menciono representan labores misioneras y no litúrgicas. Las misas, por tanto, como la de las Cibeles en Madrid, que reunió a un millón doscientas mil personas, representarían un fenómeno extraño a nuestra fe. Y no me estoy refiriendo al rito que se celebró, sino al fenómeno mismo de una celebración litúrgica frente a grupos humanos de tales dimensiones. Me pregunté entonces si estaban fundadas mis críticas al «estilo juanpablista» que parece estar de retorno.

Existe una tentación que afecta a muchos buenos católicos, sobre todo si somos conservadores o tradis, y consiste en considerar la liturgia como un asunto puramente privado: un encuentro íntimo entre el alma y Dios, bello sin duda, pero esencialmente interior e individual. 

Sin embargo, una mirada más atenta a la naturaleza misma del culto cristiano nos revela algo radicalmente diferente. La liturgia no es solamente fuente de vida religiosa personal: es, ante todo y estructuralmente, una forma de vida social. Entender esto no es una cuestión de sociología aplicada a lo sagrado; es comprender algo que pertenece a la esencia misma de la oración de la Iglesia.

La liturgia posee una dimensión temporal. El fiel que participa en la liturgia no lo hace como individuo aislado que entra y sale de un recinto sagrado. Lo hace como miembro de una tradición viva que se remonta, a través de veinte siglos de la misma liturgia, hasta los propios salmos del Pueblo de Israel. Esta conciencia de estar «enraizados» en los antepasados espirituales no es meramente sentimental: es una fuente de energía moral y espiritual de primer orden. Quien ora con la Iglesia sabe que no ora con palabras propias, frágiles y contingentes, sino con las palabras que la Iglesia misma, asistida por el Espíritu, ha consagrado como auténticamente divinas.

Es decir, la liturgia posee una naturaleza social. Esto nos puede sonar propio de la postura modernista, pero no lo es. Veamos una comparación: en el teatro, hay una separación irreductible entre actores y espectadores. El público entra porque le place, conserva su espíritu crítico, aplaude o se impacienta, y cuando la sala emociona a todos por igual, esa unidad es puramente accidental. En la iglesia, en cambio, todos los presentes participan activamente en la realización de una misma obra. No hay espectadores en sentido pleno: hay una jerarquía de actores, con el clero en primer plano, pero todos coactúan. El agrupamiento eclesial es, en este sentido preciso, una «cooperativa». Y esta unión moral y formal de los fieles con el clero no solo existe en cada ceremonia particular, sino que se extiende a lo largo del año litúrgico entero, que arrastra a todo el mundo en su torbellino sagrado.

Esta unidad tiene además una característica notable: trabaja constantemente por mantenerse y restablecerse. El medio litúrgico se comporta como un organismo vivo: la oración, la caridad, las exhortaciones mutuas son los factores permanentes de su cohesión. El principal de todos es de orden teleológico: los fieles sienten la necesidad de permanecer unidos por el culto. La liturgia no es un dispositivo externo que agrupa a personas que de otro modo serían extrañas entre sí; es el lazo que constituye a la comunidad cristiana como tal.

En cuanto a los efectos sobre la asamblea, cabe observar que hay en la muchedumbre litúrgica un cierto nivelamiento: el sabio vale tanto como el ignorante, el rey vale tanto como el carbonero, el teólogo vale tanto como la piadosa viejecita, porque todos se sujetan a la misma docilidad ante la misma liturgia. Pero ese nivelamiento superficial oculta un profundo «desnivel» en las capas más hondas del alma. La liturgia arroja, con un mismo gesto uniforme, una sola y misma semilla en surcos alineados, pero hace brotar de diferentes tierras cosechas que difieren al infinito. Los temas ofrecidos al sentimiento son idénticos; pero en cada corazón se encienden fervores proporcionales a su preparación moral y a su capacidad de amar. Esta es la nobleza específica de la liturgia frente a cualquier otra forma de experiencia colectiva: no aplana, sino que eleva.

Hay una perspectiva histórica que todo católico debería tener siempre presente. La liturgia no ha sido sólo el culmen de la vida interior de la Iglesia: ha sido una de las principales fuerzas de cohesión social y civilización de Occidente. La conversión de la mitad de Europa por los monjes benedictinos es, en uno de sus aspectos más originales, la historia del impacto social de un coro monástico sobre una asamblea de fieles. La gran fuerza de la liturgia reside en que es una lección de cosas: exempla trahunt. Los monjes no convirtieron mediante la polémica ni la especulación teológica, sino mediante el ejemplo continuado de una vida cristiana ferviente, practicada con la constancia propia de un cuerpo social.

Por eso mismo, creo que aunque no todos nos sintamos cómodos asistiendo al tipo de misas multitudinarias como las que vimos en España, y eventualmente prefiramos no asistir, no por eso debemos menospreciarlas, y en esto debo rectificarme con respecto a lo que pensaba y decía hasta hace algunas décadas.

The Wanderer



Anotación al margen

Pensaba que, luego de la garrafal torpeza que cometió el Papa León el año pasado en una de sus conferencias de prensa espontáneas a la salida de Castelgandolfo, ya estaría precavido, y no diría lo primero que se le viene a la cabeza cuando le ponen un micrófono enfrente. 

Pero estaba equivocado. El martes pasado, en las mismas circunstancias, afirmó un par de bêtises inaceptables. Tiene toda la razón y fue muy claro cuando dijo que “La decisión de consagrar obispos corresponde a la FSSPX, y ellos ya saben a lo que se enfrentan»Sin embargo, agregó que se niegan a aceptar algunos puntos fundamentales de la Iglesia, comenzando por los del Vaticano II. 
Sería importante conocer cuáles son los puntos fundamentales de la fe expresados en el Vaticano II, un concilio autodefinido como pastoral, y que no se encuentran en los concilios anteriores. 
La ineludible función magisterial que posee el pontífice romano le deberían impedir pronunciar semejantes imprecisiones.
Pero más interesante, o preocupante aún, es saber si el mismo criterio y las mismas puniciones se aplicarán a quienes rompen la unidad de la Iglesia no consagrando obispos sin mandato apostólico, sino negando abierta y públicamente muchos puntos fundamentales de la fe expresados no sólo en el Vaticano II sino en todos los concilios ecuménicos anteriores y en el magisterio romano. 
¿O será que algunos tienen dispensa en la aceptación de las verdades fundamentales?

miércoles, 17 de junio de 2026





Pensamientos de Zarish Imelda Neno

Escuché las palabras del Santo Padre sobre la Sociedad Sacerdotal de San Pío X y me centré en una frase en particular: el problema radicaría en su rechazo a algunos elementos del Concilio Vaticano II.

Como católico practicante, no niego que este sea un asunto serio. La unidad de la Iglesia es importante y nadie debería desear la división. Pero cuanto más escucho estas palabras, más surge en mí una pregunta que no puedo acallar.

Si el rechazo de algunos aspectos del Concilio Vaticano II se considera un obstáculo tan grande para la plena comunión, ¿cómo podemos entonces contemplar con tanta serenidad realidades eclesiales que ponen en tela de juicio enseñanzas aún más antiguas, definitivas y fundamentales de la fe católica?

Vivimos en una época en la que se nos presenta como interlocutores privilegiados de hombres y mujeres que apoyan el sacerdocio femenino, que reinterpretan la moral cristiana y que cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado durante dos mil años. Sin embargo, hacia ellos, el lenguaje casi siempre es de bienvenida, diálogo y escucha mutua.

Luego observo la Sociedad de San Pío X. Puede que no esté de acuerdo con todo lo que dice o hace. Puede que no esté de acuerdo con sus posturas sobre el Concilio. Pero veo sacerdotes que celebran la Misa, adoran el Santísimo Sacramento, defienden el sacerdocio católico, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Virgen María, el Rosario, la Confesión y la moral cristiana. Veo hombres que aman profundamente la tradición de la Iglesia, incluso cuando creen que algunos acontecimientos de las últimas décadas han generado confusión.

Y es aquí donde mi corazón se hace preguntas.

¿Cómo es posible que el rechazo de algunas interpretaciones o aplicaciones del Concilio Vaticano II se perciba como una herida tan grave, mientras que el rechazo de enseñanzas que preceden al Concilio por siglos parece suscitar mucha menos preocupación?

No estoy incitando a la desobediencia. No estoy atacando al Papa. Simplemente expreso la incomodidad que muchos fieles sienten en silencio.

Porque a veces parece que el mayor problema en la Iglesia no son los que cuestionan lo que la Iglesia siempre ha enseñado, sino los que insisten en recordarlo.

Pienso en tantos católicos sencillos. Personas que rezan el Rosario, que asisten a las horas de adoración, que se confiesan, que intentan vivir el Evangelio sin concesiones. Personas que ven cómo las iglesias se vacían, cómo disminuyen las vocaciones, cómo se debilita el sentido de lo sagrado. Personas que no piden revoluciones, sino claridad.

Quizás esto sea precisamente lo que causa sufrimiento a muchos creyentes hoy en día: la sensación de que la fidelidad a la tradición suele ser vista con recelo, mientras que el deseo de adaptar la fe al espíritu de los tiempos es recibido con mayor benevolencia.

Sin embargo, la Iglesia no nos pertenece. No es propiedad ni de progresistas ni de tradicionalistas. Pertenece a Cristo.

Por eso sigo rezando. Por el Papa. Por la Sociedad de San Pío X. Por todos nosotros.

Porque la verdadera comunión no surge cuando dejamos de hablar de nuestras diferencias. Surge cuando tenemos el valor de buscar la verdad juntos, sin doble moral.

Y como católico que ama profundamente a la Iglesia, confieso que lo que me duele hoy no es ver a la gente debatiendo sobre el Concilio Vaticano II. Lo que me duele es ver lo poco que nos escandalizamos cuando se cuestionan verdades que la Iglesia ha custodiado fielmente durante veinte siglos.

sábado, 6 de junio de 2026

Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II




La posible consagración de nuevos obispos por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha mantenido vivo el debate desde que se anunció esa decisión sobre la relación entre Roma y la obra fundada por Mons. Marcel Lefebvre. En este contexto, la periodista Diane Montagna ha publicado un extenso artículo del obispo Athanasius Schneider en el que el prelado sostiene que el verdadero problema no es principalmente jurídico, sino doctrinal y litúrgico.

A continuación, ofrecemos la traducción íntegra de este texto, en el que Mons. Schneider analiza las tensiones surgidas tras el Concilio Vaticano II, la situación actual de la FSSPX y las posibles vías de solución al conflicto.

La cuestión central relativa a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Las cuestiones y problemas relacionados con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) han sido objeto de un debate en gran medida estéril durante más de cincuenta años y han culminado ahora en las anunciadas consagraciones episcopales, que todavía no han sido aprobadas por la Santa Sede. La discusión ha estado alimentada por la emoción —a menudo, literalmente cum ira et studio— y con frecuencia es llevada a cabo por personas que carecen de familiaridad directa con los documentos pertinentes o de experiencia personal con la FSSPX. En muchos casos, su conocimiento es superficial y está moldeado por juicios preconcebidos. Como resultado, el debate suele parecer un diálogo de sordos, en el que los mismos argumentos se repiten indefinidamente sin ningún progreso significativo.

Además, el debate elude en gran medida la cuestión central planteada por la FSSPX. Este fracaso se debe a un error metodológico fundamental y a la falta de una justificación basada en hechos respecto de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas objetivas que se encuentran en el corazón de la controversia. En esencia, el conflicto gira en torno a la cuestión de la verdad.

1. El Vaticano II en el contexto de los otros veinte concilios ecuménicos

El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presuponer que todas sus afirmaciones deben considerarse propuestas de manera definitiva y vinculantes para todos los católicos. Quienes actúan así pasan por alto que el propio Pablo VI afirmó: «Hay quienes preguntan qué autoridad, qué calificación teológica quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta es conocida por quien recuerde la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, este evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad» (Audiencia General, 12 de enero de 1966). Esto se aplica también a las dos constituciones «dogmáticas» del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, ya que el adjetivo «dogmático» posee un significado más amplio y no se limita a los dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.

Entre los otros veinte concilios ecuménicos se encuentran numerosas declaraciones y documentos pastorales o disciplinarios que hoy ya no son aplicables (por ejemplo, el decreto del IV Concilio de Letrán que establece: «Si un señor temporal descuida limpiar su territorio de la inmundicia herética, quedará sujeto al vínculo de la excomunión»), así como afirmaciones doctrinales no definitivas (por ejemplo, sobre la materia y la forma del sacramento del Orden Sagrado en el Concilio de Florencia) que posteriormente fueron corregidas por el Magisterio de la Iglesia. No se puede absolutizar cada forma histórica concreta de gobierno eclesial, pues hacerlo eliminaría la necesaria distinción entre, por un lado, las verdades inmutables y permanentes de la fe (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos mediante los cuales esas verdades son transmitidas (por ejemplo, una declaración pastoral, una afirmación doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales posee un grado diferente de autoridad y fuerza vinculante.

Hoy, sin embargo, para estar en plena comunión con la Santa Sede, es necesario aceptar aquellas afirmaciones y enseñanzas del Vaticano II que son pastorales y ciertamente no definitivas en cuanto a su naturaleza magisterial. Esto plantea una pregunta importante: ¿por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable respecto de las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte concilios ecuménicos anteriores?

Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente las relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de conciliar con doctrinas enseñadas de manera constante por el Magisterio desde la época de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente anterior al Concilio.

Existe también la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas sin más, como demuestra, por ejemplo, el testimonio del archimandrita Boniface Luykx en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo objeto de seria discusión y no pueden simplemente pasarse por alto. Sin embargo, la Santa Sede está pidiendo a la FSSPX que acepte no solo la validez, sino también la legitimidad y bondad de la reforma litúrgica contenida en el Novus Ordo Missae.

2. Dos excesos modernos en la vida de la Iglesia: legalismo y papocentrismo

La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por una renuencia a afrontar con honestidad intelectual las cuestiones doctrinales subyacentes y a reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad poco saludable que se ha desarrollado en la Iglesia durante los últimos siglos: concretamente, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un excesivo papocentrismo que se aproxima a una cuasi divinización tanto del cargo como de la persona del Papa.

Estos excesos modernos distorsionan y restringen la vida de la Iglesia al subordinar la primacía de la pureza y claridad de la fe y de la liturgia a las exigencias del legalismo y del papocentrismo, un fenómeno ajeno a los Padres de la Iglesia y a la gran Tradición. En esta forma exagerada de papocentrismo, el Papa y su magisterio, incluso cuando no son estrictamente dogmáticos o definitivos, tienden a ser tratados como poseedores de un carácter absoluto y cuasi divino. El clima eclesial ha estado a menudo marcado, al menos implícitamente, por supuestos que se aproximan a tales actitudes.

La mayoría de los comentaristas de la actual controversia en torno a las consagraciones episcopales de la FSSPX permanecen, a menudo sin darse cuenta, influidos por los excesos de legalismo y de papocentrismo exagerado que caracterizan gran parte de la vida eclesial contemporánea. La ley según la cual las consagraciones episcopales realizadas sin autorización papal —o contra la voluntad expresada por el Papa— constituyen un acto cismático era desconocida en la época de los Padres de la Iglesia. De hecho, esta ley solo entró en vigor durante el segundo milenio. El canon 1387 del Código de Derecho Canónico de 1983, que prohíbe la consagración de un obispo sin mandato pontificio, está clasificado entre los «Delitos contra los sacramentos», y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia», donde se sanciona el cisma (can. 1364). Si la consagración episcopal sin mandato pontificio fuera intrínsecamente cismática, estaría ubicada entre los delitos «contra la unidad de la Iglesia». El canon correspondiente en el Código de 1917 estaba igualmente incluido entre los «Delitos en la administración y recepción de las órdenes y otros sacramentos» (Título XVI), y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia» (Título XI).

3. El estado extraordinario de crisis, e incluso de emergencia, en la Iglesia

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha experimentado un clima de ambigüedad general, vaguedad e incertidumbre respecto de importantes doctrinas como la unicidad de Cristo Redentor, la unicidad de la Iglesia Católica, la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia (tanto en el nivel universal como en el local) y el carácter sacrificial de la Santa Misa. Es manifiestamente evidente que quienes han ejercido el poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y continúan ejerciéndolo hoy, exigen a la FSSPX como conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y de relativismo, que ha alcanzado su punto culminante con el actual y extremadamente confuso proceso sinodal en toda la Iglesia.

Desde el Concilio, con algunas de las mencionadas enseñanzas ambiguas, se ha puesto en marcha un proceso destinado a establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una llamada «Iglesia del Vaticano II» o «Iglesia conciliar». Esta tendencia, que en nuestros días adopta el nuevo nombre de «Iglesia sinodal», pretende básicamente convertirse en una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disfrazar esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia Católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.

4. El dilema de conciencia de la FSSPX

La Santa Sede exige a la FSSPX que acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir una regularización canónica. Entre ellas se encuentran las enseñanzas relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso (incluyendo, por ejemplo, la afirmación de Lumen Gentium 16 de que los musulmanes, junto con los católicos, «adoran al Dios único y misericordioso»), la colegialidad episcopal (entendida de una manera que disminuye la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia) y las reformas litúrgicas asociadas al Novus Ordo Missae. La Santa Sede también exige a la FSSPX que reconozca formalmente las declaraciones y enseñanzas de los Papas posconciliares que pertenecen al llamado magisterio auténtico y cotidiano. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, ciertas afirmaciones de Amoris Laetitia que socavan gravemente e incluso contradicen la Revelación divina; el permiso formal del papa Francisco para que las personas divorciadas y vueltas a casar reciban la Sagrada Comunión; y la declaración sobre las bendiciones a parejas del mismo sexo, Fiducia Supplicans.

Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afectado a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado—, entonces la existencia y actividad de la FSSPX pueden considerarse, desde una perspectiva de largo plazo y a la luz de los dos mil años de historia de la Iglesia, como una obra de la providencia divina y como una fuente de ayuda para la Iglesia durante una crisis de una magnitud sin precedentes.

Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, particularmente la Declaración de Fe Católica y su Mensaje a la Fraternidad y a sus fieles (adjuntos más abajo), no puede dejar de advertirse un espíritu profundamente católico, impregnado de una verdadera fe en el primado papal y de una devoción filial hacia la persona del Sumo Pontífice.

El problema al que se enfrenta la FSSPX no es difícil de comprender. La Santa Sede exige que la FSSPX acepte, sin objeciones sustanciales, ciertas enseñanzas objetivamente ambiguas y no definitivas del Concilio Vaticano II, afirmaciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y defectos doctrinales y rituales objetivos del Novus Ordo. Sin embargo, Dios nunca ha exigido la aceptación de doctrinas que sean poco claras o formuladas ambiguamente, y a lo largo de su historia la Iglesia siempre ha actuado en consecuencia.

La FSSPX considera que una de las razones esenciales de su existencia es llamar, con parresía, a un retorno a la claridad absoluta y a la pureza doctrinal que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecuciones, martirios e incluso cismas antes que tolerar la más mínima ambigüedad en la expresión de la fe. Entre los ejemplos más notables se encuentran el rechazo del término ambiguo homoiousios; el rechazo del Henotikon, que, aunque no era formalmente herético, socavaba la claridad de la doctrina cristológica y facilitaba la difusión del monofisismo; y el rechazo de las formulaciones cristológicas ambiguas del papa Honorio I (+638). Varios Papas condenaron póstumamente a Honorio I, no por herejía, sino por ambigüedad doctrinal y por haber favorecido la difusión de la herejía. La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio efectivo de la autoridad eclesiástica.

El simple hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y sigan dando lugar, tanto en teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa, siguiendo el ejemplo de muchos de sus heroicos predecesores, a aclarar y, cuando sea necesario, corregir estas enseñanzas. Esto debería hacerse con una renovada precisión y claridad doctrinales, de tal manera que no quede espacio alguno para interpretaciones ambiguas o erróneas. A este respecto, sigue siendo más actual que nunca el siguiente principio, que durante mucho tiempo guio a los Romanos Pontífices: «La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste, ante todo, en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error» (Pío VI, Auctorem fidei).

La tragedia de la situación actual es que la Santa Sede exige a la FSSPX que acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como una conditio sine qua non para la plena comunión y la regularización canónica. Durante la controversia monotelita, cuando el papa Honorio I adoptó una posición ambigua, el santo patriarca Sofronio de Jerusalén envió a Roma a su sufragáneo, Esteban, obispo de Dora, instruyéndole para que acudiera a la Sede Apostólica, donde se encuentran los fundamentos de la doctrina ortodoxa, y no cesara de orar y suplicar hasta que quienes ejercían la autoridad examinaran y condenaran el nuevo error. El obispo Esteban permaneció en Roma durante diez años, perseverando en esta misión hasta presenciar la condena de la herejía por parte del papa Martín I en el Concilio Lateranense de 649. En cierto sentido, la FSSPX está desempeñando hoy una función similar, instando sin descanso a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. La FSSPX ha declarado repetidamente que no tiene otra intención que formar a las almas confiadas a su cuidado pastoral como buenos cristianos e hijos e hijas auténticos de la Iglesia Romana. En última instancia, se debería estar agradecido a la FSSPX por este papel; los futuros Papas ciertamente lo estarán.

5. La solución pastoral del Papa al problema de la FSSPX

La Santa Sede debería considerar debidamente la Declaración de Fe Católica y el Mensaje a los fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y reconocer estos documentos y actos como suficientes y capaces de satisfacer las condiciones mínimas para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento presente abriría una nueva herida en el Cuerpo Místico de Cristo, innecesaria y evitable.

A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paterno, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales mediante un gesto pastoral verdaderamente generoso. Al imponer una excomunión a los obispos consagrantes y consagrados, el Sumo Pontífice estaría castigando implícitamente también a los fieles de la FSSPX —una parte de su rebaño— que sinceramente lo aman y lo reconocen, pero que, debido a lo que perciben como un auténtico dilema de conciencia, no ven otra alternativa que continuar siendo asistidos pastoralmente por la FSSPX, para cuya existencia el episcopado sigue siendo indispensable, especialmente para la administración de los sacramentos del Orden Sagrado y de la Confirmación.

Por lo tanto, únicamente por el bien de las almas y el bien de la Iglesia, la FSSPX pide que el Sumo Pontífice muestre comprensión, dadas las circunstancias actuales, respecto de su necesidad de contar con obispos y permita las consagraciones episcopales. Lamentablemente, pese a lo que considera un dilema de conciencia objetivo, la FSSPX es caracterizada en gran medida como cismática y orgullosa.

Con un espíritu de magnanimidad, el Sumo Pontífice, como verdadero padre, podría tender un puente hacia la FSSPX, esta porción de su rebaño, y permitir las consagraciones episcopales de manera excepcional para fomentar un clima en el que, mediante una mayor confianza mutua, pueda encontrarse de forma paciente y gradual una solución a las cuestiones doctrinales y a las correspondientes disposiciones jurídicas. La Iglesia sinodal de nuestros días debería ser capaz de una amplitud pastoral y una generosidad semejantes. A la luz de las numerosas declaraciones e iniciativas ecuménicas generosas de las últimas décadas, debería asimismo demostrar su capacidad para abordar un problema eclesial serio mediante el diálogo, la paciencia y la comprensión dentro de la propia Iglesia Católica.

Recientemente, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, afirmó que, respecto a las desviaciones de los obispos alemanes, la Santa Sede no desea que las divisiones desemboquen en medidas punitivas, subrayando que los problemas dentro de la Iglesia deben resolverse pacíficamente siempre que sea posible. ¿Por qué no habría de aplicarse este mismo enfoque también a la FSSPX, que no niega ningún dogma, reconoce el primado del Papa, reza por él y profesa una devoción filial hacia su persona, mientras conserva únicamente aquello que la Iglesia creyó y celebró universalmente hasta el Concilio? Al mismo tiempo, el Camino Sinodal Alemán ha promovido claras desviaciones doctrinales que fomentan de facto herejías e incluso posiciones blasfemas. ¿Por qué, entonces, se enfatiza la reconciliación y el diálogo paciente en un caso, pero no en el otro?

Si este año el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, contra los obispos consagrantes y consagrados, ello pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las futuras generaciones y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué habría de hacer hoy el Papa aquello que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿No deberíamos aprender de la historia? ¿No está llamado el Papa, como Sumo Pontífice, ante todo a ser un constructor de puentes?

Anexos:

1.Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 5 de febrero de 2026:

Mensaje a los fieles y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 7 de marzo de 2026:

Declaración de Fe Católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el P. Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, del 14 de mayo de 2026:

jueves, 4 de junio de 2026

La FSSPX lanza «Traditio», una serie documental sobre su apostolado en el mundo



La Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha anunciado el lanzamiento de Traditio – For the Love of the Church («Traditio – Por amor a la Iglesia»), una nueva serie documental que presenta la vida y el apostolado de sus sacerdotes en distintos lugares del mundo. El proyecto, desarrollado durante dos años, constituye la producción cinematográfica más ambiciosa realizada hasta la fecha por la congregación fundada por monseñor Marcel Lefebvre.

Según ha informado la Casa General de la FSSPX, la serie busca mostrar la actividad actual de la Fraternidad a nivel internacional y dar testimonio de su apego a la Iglesia católica y al Sucesor de Pedro. La producción ha sido realizada entre junio de 2024 y mayo de 2026 por dos jóvenes estudiantes de Suiza y Alemania en colaboración con la Casa General de la congregación.
Tres documentales sobre la vida sacerdotal

Traditio está compuesta por tres largometrajes que suman más de cuatro horas de duración. Cada entrega aborda un aspecto distinto de la vida y la misión de la Fraternidad, teniendo como hilo conductor la figura del sacerdote católico.

La primera parte, titulada A Work of Faith («Una obra de fe»), se estrenará el 7 de junio y está dedicada al sacerdocio católico, la historia de la Fraternidad y la formación impartida en sus seminarios internacionales.

La segunda entrega, A Work of Hope («Una obra de esperanza»), prevista para el 14 de junio, se centra en la labor misionera desarrollada por la Fraternidad en África, Asia y el Caribe.

La tercera y última parte, A Work of Charity («Una obra de caridad»), verá la luz el 21 de junio. En ella se muestra la vida litúrgica de la congregación durante la Semana Santa y el tiempo pascual, junto con el trabajo pastoral de sus sacerdotes en Europa y América.
Estreno mundial en Suiza

La presentación oficial de la serie tuvo lugar el pasado 28 de mayo en la localidad suiza de Frick, ante cerca de 170 invitados. Entre los asistentes se encontraban el superior general de la Fraternidad, el padre Davide Pagliarani, y quien ocupó ese cargo entre 1983 y 1994, el padre Franz Schmidberger.

Ambos sacerdotes dirigieron unas palabras al público durante el estreno de una producción que la propia Fraternidad considera el proyecto audiovisual más importante de su historia.
La presencia internacional de la Fraternidad

Con esta nueva serie documental, la Fraternidad busca ofrecer una visión de conjunto de su actividad pastoral y misionera, así como acercar al público la vida cotidiana de sus sacerdotes y comunidades en distintos lugares del mundo.

La producción se difundirá en tres partes a lo largo del mes de junio y estará disponible a través de los canales oficiales de la Fraternidad.

lunes, 25 de mayo de 2026

«La FSSPX es el síntoma, no la enfermedad». Un problema urgente que resolver en la Iglesia



Al liberal católico Lord Acton (1834-1902) se le atribuye la frase: «El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente». En las democracias se ha llegado a la conclusión de que hay que desconfiar del poder y que este debe ser limitado. Por ello, se divide, entre otras cosas, mediante el reconocimiento de los derechos fundamentales, la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), la subsidiariedad y el federalismo, los referéndums y los límites a los mandatos. Mediante un «contrato social» de todos los ciudadanos, la Constitución, se acuerda compartir el poder político de esta manera. Pero ni siquiera esto lo refrena siempre lo suficiente.

En la Iglesia, el problema del poder es aún más acuciante. Y es que allí no existen todos los medios mencionados para fragmentar el poder. Más bien, según la doctrina de la fe y el Código de Derecho Canónico (CIC/1983), el Papa «tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia» (c. 331).

El Papa posee, pues, el poder absoluto. ¿Corrompe, por tanto, el poder absoluto de manera absoluta dentro de la Iglesia? Si se considera la Iglesia únicamente con ojos humanos, habría que decir: sí, así es. Pero si se considera con los ojos de la fe, esto no es cierto. Porque existe un único «instrumento» para limitar la omnipotencia papal: es la obediencia incondicional a la Sagrada Tradición y a la Sagrada Escritura, a la que el Papa está obligado en conciencia. Solo porque la Iglesia en su conjunto y el Papa en particular están sujetos a esta limitación de poder, es posible que en ella se confíe a un hombre el poder absoluto. La desconfianza hacia el poder se supera así en la Iglesia gracias a que los fieles confían en que el Papa sabe que está obligado, por la obediencia incondicional a la fe, en el ejercicio de su poder, que en sí mismo es ilimitado.

Esta confianza se ha visto sacudida en la Iglesia; para muchos, está destruida. El papa Francisco ha convertido la indisolubilidad del matrimonio en una farsa con «Amoris Laetitia». Ahora solo rige en teoría. En la práctica, con unas cuantas «discernimientos pastorales» —sobre cualquier base y por parte de quien sea— se puede vivir en adulterio con la conciencia tranquila. La bendición vaticana extralitúrgica de unos segundos para parejas del mismo sexo y extramatrimoniales («Fiducia supplicans») supone un nuevo alejamiento del matrimonio cristiano. Gestos ambiguos como el culto a la Pachamama en el Vaticano y el «Documento sobre la fraternidad de todos los hombres» (Declaración de Abu Dabi) de 2019 han negado de hecho el universalismo salvífico cristiano. El nombramiento de laicos para puestos de liderazgo en el Vaticano, que conllevan el ejercicio de la potestad de gobierno, supone una ruptura con el Concilio Vaticano II (LG 21; Nota explicativa praevia 2). Socava el orden sacramental-jerárquico de la Iglesia. Esta situación persiste bajo el pontificado del papa León XIV. En el marco del «sinodalismo», la Sede Apostólica ha publicado un documento que intenta justificar el rechazo del Concilio Vaticano II (Informe final del Grupo de Estudio 5 sobre el sacramento del orden y la «potestas sacra»). Sin comentarios —y de forma irresponsable—, la Sede Apostólica ha publicado un texto herético que relativiza la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia (informe final del Grupo de Estudio 9 sobre «temas complejos»).

Incluso los graves abusos litúrgicos son ignorados o minimizados tanto por muchos obispos como por la Santa Sede. Sin embargo, se acosa a los fieles que siguen la forma extraordinaria. A los sacerdotes se les dificulta o se les impide celebrar la Eucaristía de esta manera. Se humilla a los laicos al prohibirles celebrar esta forma de la Eucaristía en las iglesias parroquiales. A estos fieles se les empuja a la clandestinidad o a la Fraternidad San Pío X, cuya existencia luego se lamenta.

El Papa permite que los obispos alemanes, que desde hace años socavan con su «Camino Sinodal» el orden sacramental de la Iglesia e institucionalizan la bendición de parejas del mismo sexo, sigan actuando así. Se dice que se ha hablado con ellos. Sin embargo, a la Fraternidad San Pío X se le amenaza con la excomunión con ayuda del poder papal absoluto. El Papa hace caso omiso de la Constitución dogmática «Lumen Gentium» (n.º 21) relativa al sacramento del orden y exige la aceptación de la Constitución litúrgica «Sacrosanctum Concilium». Ambos son documentos del mismo concilio. Esta doble moral destruye la confianza de muchos fieles.

El anuncio de la Fraternidad San Pío X de consagrar obispos por su cuenta es una muestra de la pérdida de confianza en el Papa. Y la aceptación de este acto, que va mucho más allá de los seguidores de la Fraternidad, demuestra que, para muchos, la confianza ha dado paso a la desconfianza. Han pasado demasiadas cosas y las consecuencias son devastadoras. Porque cada vez más fieles se dan cuenta de que la doctrina de la Iglesia ya no es el límite para las acciones de la jerarquía. Esa es la enfermedad de la que realmente adolece la Iglesia. Y no se puede curar ejerciendo la omnipotencia papal mediante amenazas y excomuniones. Porque si el poder desenfrenado del más fuerte es determinante en la Iglesia, solo hay una conclusión: hay que limitar ese poder. La consagración de obispos en contra de la voluntad del Papa es, en última instancia, el intento —sin duda problemático— de limitar la omnipotencia papal, cuando su límite ya no es la doctrina de la Iglesia.

Si no se quiere que los cismas sigan limitando la omnipotencia papal, solo hay un camino: el Papa debe sanar las heridas causadas a la doctrina de la Iglesia. Solo así podrá hacer frente a la desconfianza y restablecer la confianza. No lo conseguirá con imposiciones, amenazas y doble rasero. La Fraternidad San Pío X no es la enfermedad, sino un síntoma. Este síntoma se puede combatir con la excomunión. La omnipotencia papal lo permite sin duda desde el punto de vista jurídico. Pero la enfermedad no se cura con ello. Seguirá supurando y dividirá y debilitará el cuerpo de Cristo, la Iglesia. El Papa tiene la llave para curar la enfermedad. Debe utilizarla y no puede eludir el problema. Porque no gobernar también significa gobernar. Esa es también una consecuencia que se deriva de la omnipotencia papal.

por el P. Martin Grichting, canonista y ex vicario general de la diócesis de Coira, Suiza

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Hacia un nuevo cisma? De los lefebvristas al camino sinodal



Leí hace poco que el cardenal Reinhard Marx dice que permitirá la bendición de uniones del mismo sexo, en contra de las directivas del Vaticano. El P. Davide Pagliarani, superior general de la Fraternidad San Pío X, dice que tiene la intención de ordenar nuevos obispos sin mandato papal. 

Y el cardenal de Luxemburgo, Jean-Claude Hollerich, dice que la ordenación de mujeres es esencial para el futuro de la Iglesia: «A largo plazo, no me puedo imaginar cómo puede sobrevivir una Iglesia si la mitad del pueblo de Dios sufre porque no tiene acceso al ministerio ordenado».Bueno, como laico casado que «no tiene acceso al ministerio ordenado», yo sí puedo imaginármelo. Siempre he pensado que el sacerdocio es una llamada especial al servicio, no una posición de prestigio especial a la que la gente merezca tener «acceso». Pero el cardenal Hollerich parece tener un punto de vista diferente, tal vez porque es agasajado como cardenal.

Sin embargo, la declaración del cardenal Hollerich no es realmente una novedad. El difunto cardenal Pell advirtió poco antes de morir, en un artículo en The Spectator, que Hollerich había «rechazado públicamente las enseñanzas básicas de la Iglesia sobre la sexualidad, el aborto, la anticoncepción, la ordenación de mujeres al sacerdocio y la actividad homosexual, así como la poligamia, el divorcio y las segundas nupcias». Por lo tanto, la ordenación de mujeres no es lo único sin lo que el cardenal piensa que la Iglesia no puede salir adelante.

Estoy convencido de que la Iglesia puede salir adelante sin esas cosas —bastante bien, de hecho— al igual que la mayoría de las personas que conozco. Puede que el cardenal Hollerich conozca a personas con una opinión diferente, pero hay un viejo refrán que dice que cuando un hombre se convierte en obispo, nunca más vuelve a pagar la cena y nunca más vuelve a escuchar la verdad. La gente le dice lo que cree que él quiere oír. La gente no hace eso conmigo.

And yet, las personas con las que hablo no parecen contar de la misma manera que Hollerich o los «expertos» del Grupo Sinodal 9 que anunciaron recientemente que la Iglesia ha estado totalmente equivocada en asuntos sexuales. Yo interactúo con jóvenes todos los días y, desde esa perspectiva, les habría dicho que la enseñanza de la Iglesia es un regalo de Dios, mucho más sabia que cualquier otra cosa que se ofrezca hoy en día. Pero esa opinión no parece contar tanto, o en absoluto.

Lo que me hace preguntar cómo se llega a ser una persona como el P. James Martin, S. J., que vuela a Roma para consultar con el Papa y es citado como una autoridad con regularidad.

Supongo que una de las razones por las que el P. Martin y otros como él gozan del «acceso» que disfrutan es porque él es clérigo y yo no. ¿Pero no es eso clericalismo? Pensaba que el clericalismo era algo malo, algo a lo que la Iglesia necesita poner fin. Muchos clérigos dicen esto. Algunos de ellos culpan de todo el escándalo de la pedofilia al clericalismo y no, como se podría haber pensado, a la laxitud de las normas sobre el sexo entre algunos miembros del clero de orientación homosexual.

Entonces, si hay que resistirse al clericalismo, ¿por qué es especialmente relevante lo que Jean-Claude Hollerich piense sobre la ordenación de mujeres, la actividad homosexual o el divorcio y las segundas nupcias? La respuesta, cabe suponer, es que es cardenal. Es justo. Pero los cardenales no tienen  autoridad para dictar la doctrina. Ellos mismos son hombres bajo autoridad. Y si no respetan la autoridad bajo la que están, ¿por qué debería alguien respetar la suya?

Mis alumnos vienen a la universidad católica donde enseño no porque quieran escucharme a mí. Vienen porque quieren aprender lo que enseña la Iglesia. La única «autoridad» que tengo es la autoridad que se deriva de la enseñanza de la Iglesia. La clase no es «Teología de Randall Smith». ¿Quién la tomaría? La clase es teología católica.

Por lo tanto, cuando un obispo o cardenal proclama algo que es contrario a la autoridad de la Iglesia, es como si estuviera serruchando la rama sobre la que está sentado. La única razón por la que alguien escucharía a un obispo o cardenal es porque esa persona acepta la autoridad de su cargo eclesiástico basándose en la Escritura, la Tradición y el Magisterio. De lo contrario, un cardenal es sólo un anciano estrafalario con un curioso solideo rojo.

Sé que la gente de un bando u otro dirá que su hombre está «haciendo lo mejor para la Iglesia», mientras que los del otro bando son herejes que desvían a la gente. No tengo ninguna duda de que la gente de la FSSPX está horrorizada por los cardenales Marx y Hollerich y está convencida de que absolutamente debe ordenar nuevos obispos, del mismo modo que es probable que Marx y Hollerich estén consternados por la FSSPX y convencidos de que la Iglesia absolutamente debe bendecir las uniones homosexuales y ordenar mujeres.

Lo extraño de todos estos hombres es su presunción de que lo que ellos piensan debería gobernar a toda la Iglesia. Yo no asumo que lo que yo pienso deba gobernarlo todo ni siquiera en mi propia casa. Qué delirio de grandeza se le mete a un hombre en la cabeza para que piense: «La Iglesia soy yo. Puede que cause un cisma, pero será mejor para todos».

¿En serio? ¿Cuándo ha hecho el cisma que las cosas sean «mejores»? ¿Y cuándo se ha detenido un cisma en uno solo? Prescíndase de la autoridad de la Iglesia, ¿y qué impide que haya más divisiones? Sólo pregúntenles a los protestantes. ¿Creen que guiar a la gente al cisma es bueno para la salvación de sus almas? ¿Prenderle fuego a una iglesia sería bueno para el edificio?

Algunos dirán: «No es herejía; es cisma». Pero el cisma es herejía. El término «herejía» proviene de una raíz griega (haiereo) que significa «elegir». Cuando un grupo decide que puede elegir un conjunto de doctrinas o concilios de la Iglesia que quiere obedecer y cuáles no, eso es herético. Esas personas simplemente se han convertido en otro grupo de protestantes.

Algunos de mis mejores amigos son protestantes. Una cosa que me gusta de mis amigos protestantes es que no pretenden ser católicos. Así que, si ciertas personas quieren separarse de la Iglesia católica, está bien. Ya se ha hecho antes. Es triste, pero la Iglesia siempre sobrevive. Pero no pueden quedarse con los edificios de las iglesias construidos por y para los católicos. Si crean su propia iglesia, que construyan sus propios edificios.

Pueden volver para el café.
Randall Smith


Sobre el autor

Randall Smith ocupa la Cátedra de Teología J. Michael Miller en la Universidad de St. Thomas en Houston. Entre sus libros se encuentran Bonaventure’s Journey of the Soul into God: Context and Commentary, From Here to Eternity: Reflections on Death, Immortality, and the Resurrection of the Body, Aquinas, Bonaventure, and the Scholastic Culture of Medieval Paris: Preaching, Prologues, and Biblical Commentary, Reading the Sermons of Thomas Aquinas: A Beginner’s Guide. Su próximo libro, Mapping Bonaventure’s Itinerarium: Context and Commentary, se publicará en Emmaus Press este verano. Sus artículos se pueden encontrar aquí.

Atacan al Papa León XIV: La Doble Rebelión Contra la Doctrina y Magisterio | P. Santiago Martín FM



DURACIÓN 10:20 MINUTOS

viernes, 15 de mayo de 2026

Declaración de la FSSPX: «En esta fe inmutable deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna»



El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), el padre Davide Pagliarani, ha hecho pública este jueves 14 de mayo, fiesta de la Ascensión, una Declaración de Fe católica dirigida al Papa León XIV, fechada en Menzingen (Suiza), sede general de la Fraternidad.

El documento, redactado en tono filial pero doctrinalmente firme, se presenta como «el mínimo indispensable» exigido por la FSSPX para estar en comunión con la Iglesia y, en palabras de su Superior, poder llamarse verdaderamente católicos e «hijos» del Romano Pontífice. Pagliarani lamenta que, tras más de cincuenta años de conversaciones con la Santa Sede, los planteamientos de la Fraternidad «no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria» y denuncia que el derecho canónico haya sido empleado, a su juicio, «no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella».

La Declaración reafirma puntos clásicos del magisterio preconciliar —unicidad de la verdadera religión, necesidad de la Iglesia católica para la salvación, carácter propiciatorio del Santo Sacrificio de la Misa, realeza social de Cristo, condena de la laicidad y rechazo a cualquier «bendición» a parejas del mismo sexo— y plantea implícitamente al nuevo Pontífice una hoja de ruta doctrinal para una eventual normalización canónica.

A continuación reproducimos íntegramente la traducción al español del texto remitido a León XIV.

Declaración de Fe católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el abate Davide Pagliarani, Superior General de la FSSPX



Santísimo Padre:

Desde hace más de cincuenta años, la FSSPX se esfuerza por exponer a la Santa Sede su caso de conciencia frente a los errores que destruyen la fe y la moral católicas. Lamentablemente, todas las conversaciones entabladas han quedado sin resultado, y todas las preocupaciones expresadas no han recibido ninguna respuesta verdaderamente satisfactoria.

Desde hace más de cincuenta años, la única solución realmente contemplada por la Santa Sede parece ser la de las sanciones canónicas. Con gran pesar nuestro, nos parece que el derecho canónico se utiliza, por tanto, no para confirmar en la fe, sino para alejar de ella.

Por medio del texto que sigue, la FSSPX se complace en expresar a Vuestra Santidad, filial y sinceramente, en las presentes circunstancias, su adhesión a la fe católica, sin ocultar nada ni a Vuestra Santidad ni a la Iglesia universal.

La Fraternidad pone esta sencilla Declaración de Fe en Vuestras manos. Nos parece corresponder al mínimo indispensable para poder estar en comunión con la Iglesia, llamarnos verdaderamente católicos y, por consiguiente, hijos Vuestros.

No tenemos otro deseo que el de vivir y ser confirmados en la fe católica romana.

«Así, permaneciendo firmemente arraigados y establecidos en la verdadera fe católica, esforzaos por ser siempre dignos ministros del sacrificio divino y de la Iglesia de Dios, que es el Cuerpo de Cristo. Pues, como dice el Apóstol: ‘Todo lo que no procede de la fe es pecado’ (Rom 14, 23), cismático y fuera de la unidad de la Iglesia.» (Pontifical Romano, Monición a los ordenandos al subdiaconado)

DECLARACIÓN DE FE CATÓLICA

En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Sabiduría divina, Verbo encarnado, que ha querido una sola religión, que ha dejado definitivamente caduca la Antigua Alianza, que ha fundado una sola Iglesia, que ha triunfado sobre Satanás, que ha vencido al mundo, que permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos y que volverá a juzgar a vivos y muertos.

Él, Imagen perfecta del Padre, Hijo de Dios hecho hombre, ha sido constituido único Redentor y Salvador del mundo por la Encarnación y por la ofrenda voluntaria del sacrificio de la Cruz. Nuestro Señor satisface a la justicia divina derramando su preciosísima Sangre, y es en esta Sangre donde establece la Nueva y Eterna Alianza, aboliendo la Antigua. Es, por consiguiente, el único Mediador entre Dios y los hombres y el único camino para llegar al Padre. Sólo quien le conoce, conoce al Padre.

Por un decreto divino, la Santísima Virgen María ha sido asociada directa e íntimamente a toda la obra de la Redención; por tanto, negar esta asociación —en los términos recibidos de la Tradición— equivale a alterar la noción misma de Redención tal como la Divina Providencia la ha querido.

No existe sino una sola fe y una sola Iglesia por las cuales podamos ser salvados. Fuera de la Iglesia católica romana, y sin la profesión de la fe que ella ha enseñado siempre, no hay ni salvación ni remisión de los pecados.

Por consiguiente, todo hombre debe ser miembro de la Iglesia católica para salvar su alma, y no existe sino un solo bautismo como medio para incorporarse a ella. Esta necesidad concierne a toda la humanidad sin excepción e incluye indistintamente a cristianos, judíos, musulmanes, paganos y ateos.

El mandato recibido por los Apóstoles, de predicar el Evangelio a todo hombre y de convertir a todo hombre a la fe católica, permanece válido hasta el fin de los tiempos y responde a la necesidad más absoluta e imperiosa que existe en el mundo. «El que creyere y fuere bautizado, se salvará; el que no creyere, se condenará» (Mc 16, 16). Por consiguiente, renunciar a cumplir este mandato constituye el más grave de los crímenes contra la humanidad.

La Iglesia romana es la única que posee simultáneamente las cuatro notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo: la Unidad, la Santidad, la Catolicidad y la Apostolicidad.

Su unidad se deriva esencialmente de la adhesión de todos sus miembros a la única verdadera fe, fielmente conservada, enseñada y transmitida por la jerarquía católica a lo largo de los siglos.

La negación de una sola verdad de fe destruye la fe misma y hace radicalmente imposible toda comunión con la Iglesia católica.

El único camino posible para restablecer la unidad entre cristianos de confesiones diversas consiste en la apremiante y caritativa llamada dirigida a los no católicos a profesar la única verdadera fe en el seno de la única verdadera Iglesia.

En modo alguno la Iglesia católica puede ser considerada o tratada en pie de igualdad con un culto falso o con una iglesia falsa.

El Romano Pontífice, Vicario de Cristo, es el único sujeto detentor de la autoridad suprema sobre toda la Iglesia. Es él solo quien confiere directamente a los demás miembros de la jerarquía católica la jurisdicción sobre las almas.

«El Espíritu Santo no ha sido prometido a los sucesores de Pedro para que, bajo su revelación, dieran a conocer una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, guardasen santamente y expusieran fielmente la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe.» (Pastor Aeternus, cap. 4.)

A una fe única corresponde un culto único, expresión suprema, auténtica y perfecta de esa misma fe.

La Santa Misa es la perpetuación en el tiempo del sacrificio de la Cruz, ofrecido por muchos y renovado sobre el altar. Aunque ofrecido de manera incruenta, el santo sacrificio de la Misa es esencialmente expiatorio y propiciatorio. Ningún otro culto procura la adoración perfecta. Ningún otro culto que no esté en relación con él es agradable a Dios. Ningún otro medio es suficiente para la santificación de las almas.

Por consiguiente, el santo sacrificio de la Misa no puede en modo alguno reducirse a una simple conmemoración, a una comida espiritual, a una asamblea sagrada celebrada por el pueblo, a la celebración del misterio pascual sin sacrificio, sin satisfacción de la justicia divina, sin expiación de los pecados, sin propiciación y sin Cruz.

El auxilio prestado a las almas por los sacramentos de la Iglesia católica es suficiente en toda circunstancia y época para permitir a los fieles vivir en estado de gracia.

La ley moral contenida en el Decálogo y perfeccionada en el Sermón de la Montaña es la única practicable para obtener la salvación de las almas. Cualquier otro código moral —por ejemplo, fundado en el respeto a la creación o en los derechos de la persona humana— es radicalmente insuficiente para santificar y salvar un alma. En modo alguno puede sustituir a la única verdadera ley moral.

A ejemplo de san Juan Bautista, la verdadera caridad nos obliga a advertir a los pecadores y a no renunciar jamás a tomar los medios necesarios para salvar sus almas.

Quien come el Cuerpo de Nuestro Señor y bebe su Sangre en estado de pecado come y bebe su propia condenación, y ninguna autoridad puede modificar esta ley contenida en la enseñanza de san Pablo y en la Tradición.

El pecado impuro contra naturaleza es de tal gravedad que clama siempre y en toda circunstancia venganza ante Dios, y es radicalmente incompatible con toda forma de amor auténtico y cristiano. Por tanto, semejante «modo de vida» no puede en modo alguno ser reconocido como un don de Dios. Una pareja que practique este vicio debe ser ayudada a liberarse de él, y no puede en modo alguno ser bendecida —formal o informalmente— por los ministros de la Iglesia.

La sumisión de las instituciones y de las naciones en cuanto tales a la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo se deriva directamente de la Encarnación y de la Redención. Por consiguiente, la laicidad de las instituciones y de las naciones constituye una negación implícita de la divinidad y de la realeza universal de Nuestro Señor.

La cristiandad no es un simple fenómeno histórico, sino el único orden querido por Dios entre los hombres. No es la Iglesia la que ha de conformarse al mundo, sino el mundo el que debe ser transformado por la Iglesia.

Es en esta fe y en estos principios donde pedimos ser instruidos y confirmados por Aquel que ha recibido el carisma para hacerlo. Con la ayuda de Nuestro Señor, preferimos la muerte antes que renunciar a ellos. Es en esta fe inmutable donde deseamos vivir y morir, en espera de que ceda su lugar a la visión directa de la inmutable Verdad eterna.

Menzingen, 14 de mayo de 2026, en la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Davide Pagliarani

sábado, 11 de abril de 2026

Aveline pide acoger la Misa tradicional, pero insiste: «la tradición incluye el Vaticano II»



El cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, ha situado la cuestión litúrgica entre los asuntos eclesiales más delicados del momento en Francia. En una entrevista concedida a KTO con motivo de la Pascua, el purpurado abordó la relación entre liturgia y tradición a partir de la carta enviada por el Papa a los obispos franceses durante su asamblea plenaria de primavera.

Aveline abordó directamente la tensión entre liturgia y tradición, insistiendo en que no se trata de una cuestión meramente ritual, sino de fondo teológico. Una idea que, por cierto, ya ha comenzado a abrirse paso entre los propios obispos franceses, que reconocen que detrás del debate litúrgico hay “problemas de doctrina y de eclesiología”, especialmente en torno a la aceptación del Concilio Vaticano II.

Acoger a los fieles ligados al rito antiguo, pero sin cuestionar el último Concilio

El presidente del episcopado francés explicó que los obispos están llamados a ejercer una “solicitud pastoral” hacia los fieles vinculados a la liturgia anterior a la reforma conciliar. En sus palabras, hay que “acoger” esa necesidad espiritual y no empezar por juzgarla.

Sin embargo, esa acogida tiene un límite claro: la aceptación de la tradición viva de la Iglesia, que para Aveline incluye expresamente el Concilio Vaticano II. “La tradición llega hasta el último concilio, incluido el Vaticano II”, sostuvo.

Con ello, el cardenal intenta mantener un equilibrio que en la práctica sigue siendo fuente de tensión: abrir espacio a quienes prefieren la liturgia anterior al Concilio, pero exigirles al mismo tiempo la aceptación de la enseñanza conciliar.

“No es necesariamente irreconciliable”

Durante la entrevista, se le planteó precisamente esa aparente contradicción: cómo hacer sitio a quienes prefieren la tradición anterior al Vaticano II mientras se les pide aceptar ese mismo Concilio.

Aveline respondió que esa tensión “no es necesariamente irreconciliable”, siempre que se adopte una “hermenéutica de la continuidad”. Según su planteamiento, cada concilio responde a un momento de la historia y no anula los anteriores, sino que se inserta en una continuidad más amplia.

Sin embargo, el propio debate en Francia muestra que esta interpretación no logra cerrar la herida. El crecimiento de comunidades vinculadas al Vetus Ordo ha llevado incluso al Papa a advertir de una “dolorosa fractura” en torno a la celebración de la Misa, pidiendo a los obispos soluciones concretas para integrar a estos fieles sin romper la unidad.

La Fraternidad San Pío X y la herida que sigue abierta

La entrevista abordó también el anuncio de nuevas consagraciones episcopales por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Aveline calificó ese gesto como motivo de “tristeza”, subrayando que no es la primera vez en la historia de la Iglesia que un concilio encuentra dificultades para ser recibido.

Más que recurrir a medidas de fuerza, el cardenal defendió el diálogo como único camino. “Solo el diálogo permite continuar el anuncio del Evangelio”, afirmó, evocando incluso el ejemplo de san Agustín ante las divisiones en la Iglesia africana.

Liturgia, tradición y crisis de transmisión

Lo más revelador de su intervención quizá no esté en las fórmulas de conciliación, sino en el diagnóstico de fondo. Aveline relaciona esta cuestión con la sed espiritual de muchos fieles, especialmente jóvenes, que buscan estabilidad doctrinal, raíces y una fe expresada con formas sólidas.

Por eso insiste en que la respuesta no puede consistir simplemente en derivarlos de un lugar a otro, sino en acoger ese anhelo y explicarlo a la luz de la tradición de la Iglesia. Pero, de nuevo, la clave está en qué se entiende por tradición: si una continuidad orgánica con lo recibido o una adhesión obligada a la lectura posconciliar dominante.

Una cuestión abierta que Francia no ha resuelto

Las palabras de Aveline confirman que el debate sobre la liturgia tradicional sigue lejos de cerrarse en Francia. El episcopado habla de acogida, de escucha y de continuidad, pero el fondo del problema permanece intacto: la dificultad de armonizar el apego a la tradición litúrgica anterior con la recepción de un Concilio cuya aplicación sigue siendo, para muchos, fuente de fractura.

La cuestión, por tanto, no es solo disciplinar o de qué forma se celebra la Misa. Es una cuestión de tradición, de autoridad y de continuidad eclesial, que llega incluso a cuestionar qué significa ser fiel a la tradición de la Iglesia en el siglo XXI.

viernes, 27 de febrero de 2026

Conclusiones provisorias




Luego de varias semanas de dedicarnos casi exclusivamente al tema de las consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX, creo que ha llegado el momento de proponer algunas conclusiones provisorias de mi parte, y retomar la línea del blog a partir de la semana próxima. Y digo que son provisorias, porque faltan aún cuatro meses para la fecha anunciada, y en ese tiempo pueden suceder muchas cosas.

Lo primero que debo decir es que la situación resulta desgarradora. Para mí, porque siento una profunda gratitud y afecto por la FSSPX. De ella he recibido los sacramentos innumerable cantidad de veces, y a ella pertenecen amigos entrañables, amistades cultivadas durante décadas. Pero también es desgarradora para la Iglesia, y lo digo en el sentido más propio: es un despedazamiento, una herida profunda y dolorosa, que privará a la Fraternidad de la pertenencia plena a la comunión visible, jerárquica y sacramental de la Esposa de Cristo y privará a ésta de las inmensas riquezas que puede aportarle, y ha aportado durante décadas, la obra de Mons. Marcel Lefebvre. No entiendo entonces, el estado de “euforia” en el que se encuentran algunos miembros de la Fraternidad; no es un signo de amor a la Iglesia sino al partido.

Cuando se anunciaron las consagraciones, compartí con los lectores del blog mi estado de perplejidad, es decir, mi estado de desconcierto y duda con respecto a la situación. La designación del cardenal Víctor Fernández para llevar adelante las conversaciones era lo natural, ya que desde los inicios mismos de la “cuestión Lefebvre” en los ’70, el encargado del tema fue el prefecto de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, comenzando con el cardenal Franjo Seper, luego Ratzinger y así hasta ahora. Y como lo dije en su momento, Tucho no es la peor opción; creo que más bien lo contrario.

Me pareció positiva la invitación que hizo el cardenal a retomar las conversaciones en el comunicado que publicó luego de la entrevista con el superior general de la Fraternidad, aunque es verdad también que volens nolens, sonó a una maniobra dilatoria. En mi opinión, debería haber propuesto un cronograma de reuniones y una fecha cierta de resolución final. Sin embargo, la carta de respuesta del P. Davide Pagliarani, fue el primer elemento que debilitó mi perplejidad. Más allá de ciertas ironías que no me parecieron apropiadas y de la acusación contra el cardenal Müller, si la carta establece que “Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal…” y que “no nos parece posible entablar un diálogo…”, resultaba claro que los superiores de la Fraternidad no tenían ninguna intención de llegar a un acuerdo con Roma. Me temo que la decisión está firmemente tomada y que aun si el Papa León se entrevistara con el P. Pagliarani, no desistirían.

No voy a entrar aquí a repetir los argumentos de un lado y del otro que se han dado para justificar o condenar las consagraciones. Más de 1300 comentarios en este blog se han encargado de dar esa discusión. Simplemente señalo dos elementos que, a mi criterio, son centrales: si la decisión de consagrar obispos responde a la necesidad de conservar la liturgia tradicional, a la Fraternidad se le ofreció —testimonio del cardenal Gerhard Müller— constituirse en ordinariato, incluso con sujeción directa al Papa, sin mediación de la Curia Romana, un enorme privilegio que la ubicaba muy por encima de los institutos ex-Ecclesia Dei y de las congregaciones históricas de la Iglesia. No lo aceptaron, y el motivo aducido fue que su lucha no es solamente litúrgica sino también doctrinal. Lo que yo me pregunto entonces, es qué ganan con dar esa lucha doctrinal desde fuera. Me parece que el efecto es exactamente el contrario: nadie les hará caso, más que los propios, porque las críticas, seguramente justas y certeras, se atribuirán al grupo de extremistas, cismáticos, excomulgados, rebeldes y tantos otros epítetos que hace mucho habían dejado de sonar.

¿Qué es lo que ocurrirá luego de la consagraciones? Nos adentramos aquí en el terreno de los pronósticos y, por tanto, si siempre soy falible, en estos pantanos lo soy más aún. En primer lugar, creo que para la FSSPX será un punto de no retorno, y por una cuestión propia de la naturaleza humana. Los hábitos se constituyen por la repetición de actos, y si una institución, conformada por hombres, ha pasado cuarenta años y pasará otros tantos sin relación de obediencia alguna con Roma y con la jerarquía visible de la Iglesia, adquirió ya y consolidará el hábito de hacer lo que le parece, y como los hábitos producen cierto placer en su ejecución, la Fraternidad, o al menos buena parte de sus miembros, se sienten cómodos, e incluso “eufóricos” cuando se les da la posibilidad de rebelarse contra las ordenes expresas del Sumo Pontífice. Eso no se soluciona de un día para otro, ni de un año para otro.

Para seguir adentrándonos en los futuribles, debemos tener presente que no sirve comparar la situación actual con lo ocurrido en 1988. En ese momento, el interlocutor era el cardenal Ratzinger, que había padecido la reforma litúrgica del posconcilio y comprendía al mundo tradicional. Y el Papa era Juan Pablo II, que estaba siempre preparando su próximo viaje, confiaba en Ratzinger y lo dejaba hacer. Las circunstancias actuales son muy distintas. Y esto lleva, entonces, a plantear algunas hipótesis:

1. Seguramente habrán desprendimientos de sacerdotes y fieles en la Fraternidad, pero no serán masivos sino puntuales. Se darán sobre todo en los distritos de Austria, Alemania, Bélgica y Estados Unidos que, según me confirmaban ayer, están muy, pero muy disgustados con la decisión, pero aún así no me parece que hayan grandes deserciones. Por supuesto, Roma no propiciará una nueva Fraternidad Sacerdotal San Judas Tadeo para recibir a los miembros de la FSSPX que decidan salir. Y me temo que tampoco los institutos ex-Ecclesia Dei estén muy dispuestos a recibirlos. En cuanto a los seglares, tampoco me parece que sean muchos los que dejen de asistir a las misas de la Fraternidad. De hecho, las excomuniones serán solamente para los obispos consagrantes y consagrados; los sacerdotes seguirán suspendidos a divinis como hasta ahora. En eso no veo cambios, más allá del mote de “cismáticos” con el que serán insultados por el mundillo neocon.

2. Algunos opinan que el ámbito Ecclesia Dei está feliz con la decisión porque suponen que Roma adoptará una actitud benévola hacia ellos. No estoy seguro que sea así. Puede que sí, pero puede que sea más bien lo contrario, y que se desate una suerte de escrutinio por parte de los lobos de la Curia Romana destinado a testear el grado de “lefebvrismo en sangre” que aún conservan los tradis en “comunión plena”, y allí vendrá el pedido de muchas pruebas de amor.

3. Hay un elemento que puede frenar esta tentativa curial y es que muy pocos días antes de las consagraciones, el 27 y 28 de junio, se realizará en Roma el consistorio extraordinario, en el que con seguridad, los cardenales de todo el mundo discutirán el tema de la liturgia, mucho más acuciante ahora que en diciembre pasado. Y tal como se vio en ese momento, aún purpurados claramente progresistas como el cardenal Höllerich, se mostraron favorables una “liberalización” de la misa tradicional. El Papa León, entonces, no tendrá solamente la opinión negativa de los curiales sino también la positiva de muchos otros cardenales. Podría darse si no una “liberalización”, al menos una mitigación de las medidas draconianas de Traditionis custodes.

4. Otro factor que puede influir también es que la ceremonia de consagraciones episcopales en Ecône tendrá una asistencia masiva, y eso impactará. Y el Papa y los obispos saben que los tradis Ecclesia Dei son muchos y viene creciendo. Por otro lado, y a medida que la generación boomer, conciliar y progre, está pasando a mejor vida, son los sacerdotes más jóvenes los que se están haciendo escuchar. Un buen ejemplo es el artículo del P. Pierre Amar publicado ayer en La Croix. No creo, entonces, que Roma se anime a una solución final y a inaugurar cámaras de gas. Probablemente, y quizás sea mucho optimismo de mi parte, comiencen a considerar la idea de una solución definitiva del problema, la que podría venir, por ejemplo, con la creación de un ordinariato como el que les fue ofrecido a la FSSPX, y rechazado por ésta. Se podrá discutir la conveniencia o no de tal medida, pero podría ser una de las propuestas de Roma.

Dios, que en su misericordia jamás abondana a la Iglesia, y María Santísima su Madre y Madre de la Iglesia, pueden depararnos una solución que nosotros no avizoramos.

Wanderer