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jueves, 13 de septiembre de 2018

Consejos vendo, que para mí no tengo (José Martí) (2) El discernimiento como amor a la verdad


Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1)

Acabado el inciso anterior, continúo con el tema de la «Franciscolatría». Ésta, básicamente, consiste en considerar que todo cuanto sale de la boca de Francisco es magisterio. Pero, ¿realmente eso es así?

¿Es magisterio todo lo que el Papa piensa y cualquier cosa que se le ocurra? Es evidente que no, por más que haya todavía bastantes católicos que así lo «piensan», si es que puede llamarse pensar a no hacer uso del pensamiento racional, facultad que Dios nos ha dado para que la ejercitemos, al objeto de alcanzar la verdad.

No vamos a emitir aquí ningún tipo de juicio condenatorio. Eso es algo que nadie puede hacer, pues se refiere a personas concretas: « En cuanto a mí, ni siquiera yo mismo me juzgo (...) Quien me juzga es el Señor» (1 Cor 4, 3-4). Sin embargo, hay que diferenciar entre el juicio a las personas y el razonamiento acerca de los hechos. Éste es necesario, al objeto de alcanzar la verdad ... incluso si esos hechos han sido realizados por el Papa, que es nada menos que el Vicario de Cristo en la Tierra ... ¡pero no es infalible ... salvo en contados casos, que están muy bien estudiados en Teología!

Y es que por encima del Papa está Dios ... y «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Si las palabras del Papa -por las razones que sean- contradicen el Evangelio, son entonces mundanas y merecedoras, por lo tanto, de reprobación. Esto no es nada nuevo. Pablo ya reprendió a Pedro y lo hizo delante de todos, porque Pedro no estaba actuando conforme a la verdad; y lo que estaba en juego era, nada menos, que el futuro de la Iglesia, la cual tiene que mantenerse fiel a su Fundador:

«Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté a él cara a cara, porque era digno de reprensión» (Gal 2, 11) ... Cuando vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas, en presencia de todos: «si tú, que eres judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo obligas a los gentiles a vivir como judíos?» (Gal 2, 14). 

¿Tenemos que estar con el Papa o no? Depende de lo que entendamos por estar con el Papa. Hay un artículo de Ricardo Cascioli, en el que el cardenal Carlo Caffarra  explica, con claridad, lo que significa «estar de verdad con el Papa». No significa decir amén a todo cuanto el Papa diga; y en el caso de los cardenales significa aconsejarle, siempre que lo necesite, para que de su boca no salgan palabras contrarias al Evangelio, que puedan conducir a los fieles a confusión, como está ocurriendo en el caso de Francisco. 

Aunque lo hemos repetido ya muchas veces y forma parte del título de este Blog, no me importa repetirlo de nuevo, dada la importancia fundamental que esto tiene, con vistas a nuestra salvación; el propio San Pablo también lo hace; y con insistencia:
«Aunque nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciara un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como hemos dicho, y ahora vuelvo a decirlo: si alguien os anuncia un Evangelio distinto del que recibisteis, ¡sea anatema!» (Gal 1, 8-9)
Es un grave error, pues, la «Papolatría» en general y la «Franciscolatría», en particular, que es lo que estamos presenciando en este mundo de hoy, que se ha vuelto completamente loco. Una cosa es la obediencia al Papado, como institución fundada por Jesucristo, y otra la obediencia a un papa concreto: ésta dependerá de que el Papa sea fiel a la Tradición recibida. Eso sí: siempre tiene que haber una actitud de respeto y de cariño hacia el Papa, sea el que sea, dada su condición de Vicario de Cristo en la Tierra. Y obediencia también, por supuesto ... pero sin olvidar que la misión del Papa es la de confirmar en la fe a sus hermanos. De no ser así, un cristiano que de veras quisiera al Papa tendría la obligación de no obedecerlo.

La obediencia ciega, en estos casos, no es lo que Dios quiere: Dios, al crearnos, nos ha dotado de una inteligencia y de una voluntad, para que las ejercitemos y nos vayamos perfeccionando y creciendo. El cristiano, como toda persona, no tiene prohibido pensar. ¿Por qué? Pues porque el pensamiento tiene como objeto el conocimiento de la verdad, y la aproximación, cada vez mayor, a la verdad, nos lleva -además- a estar más cerca del Señor, que es lo que realmente importa ... dado que Él dijo de Sí Mismo: «Yo soy la Verdad» (Jn 14, 6).

De manera que no sólo no está prohibido sino que es una obligación para el cristiano el ejercicio de su inteligencia en el hábito del recto pensar, que es el que conduce al conocimiento de la verdad. Jesucristo, cuando habla, no lo hace para tener «contenta» a la gente, ni busca el aplauso del mundo, sino que habla con verdad:
  «Yo, para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37)
«Todo el que obra mal aborrece la luz, y no viene a la luz para que sus obras no le acusen; pero quien obra según la verdad viene a la luz,  para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3, 20-21)
La verdad es, pues, fundamento y base de la Religión Católica. De Jesucristo, que es nuestro Modelo, tenemos que aprender el amor a la verdad ... una verdad que, en última instancia, es Él mismo. 

Cualquier verdad, por pequeña que sea, nos conduce hasta Dios y, en particular, nos lleva a conocer más y mejor a Jesucristo, el cual es la razón de nuestra existencia y lo que da sentido a nuestra vida. Por el bautismo fuimos hechos cristianos y nos convertimos en verdaderos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo, todo ello sin mérito alguno por nuestra parte: nuestra filiación divina es pura gracia. 

Nunca agradeceremos lo suficiente este don inmenso de la gracia santificante, que Él concede a los que lo aman ... un amor a Dios, al que es imposible acceder si no se ama la verdad: sólo ésta nos puede conducir a Él ... y tenemos la seguridad de que alcanzaremos este amor ... pues nosotros mismos hemos sido alcanzados por Cristo (Fil 3, 12). 

Por otra parte, y siguiendo con nuestro tema, nos encontramos con el hecho de que el papa Francisco es el primero que dice, por activa y por pasiva, que tenemos que discernir, tenemos que aplicar el discernimiento en todo cuanto hagamos. Y dice bien, pues discernir es tener criterio, con vistas a conocer la verdad o la falsedad de las cosas. 

El discernimiento, bien entendido, es muy importante. Pero -y esto es esencial- en la mente de quien discierne debe de estar siempre presente la radicalidad del amor a la verdad: sólo si este amor es sincero puede hablarse, entonces, de un verdadero discernimiento. 

Lo que no debe hacerse nunca (¡pero se hace!) es traicionar la verdad. Quien hiciera tal cosa no habría discernido bien, pues el discernimiento tiene por objeto el acercamiento a la verdad y el alejamiento de la mentira

Si el discernimiento nos lleva a Jesucristo, que es la Verdad, podemos estar seguros de haber discernido bien. Si al «discernir» nos separamos de Dios, y Jesucristo apenas si significa ya nada para nosotros, tal «discernimiento» ha sido erróneo, pues a consecuencia de él nos hemos separado de la verdad: hemos discernido mal. Nos hemos equivocado. 

Un verdadero discernimiento -en ese caso- nos llevaría a rectificar y a volver al buen camino, al camino recto, al camino de la cruz y de la senda estrecha ... que es el único que, al seguirlo, puede hacernos felices, ya en esta vida, en la medida en la que eso es posible ... y, por supuesto, en la otra; seguridad que será tanto mayor cuanto más nos fiemos de las palabras de Jesús: 
«Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecha la senda que lleva a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!»  (Mt 7, 13-14)
Continuará