La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, ha sido presentada a la opinión pública el 25 de mayo en la nueva aula del Sínodo. El Papa ha querido imprimir un tono solemne al acto, participando personalmente. Estaba rodeado por tres cardenales, dos teólogas (una inglesa y otra congoleña) y el ateo Christopher Olan, cofundador de la empresa de inteligencia artificial Anthropic.
Magnifica humanitas ha aparecido el 25 de mayo, si bien está fechada el día 15 del mismo mes, coincidiendo con la fecha en que León XIII publicó Rerum novarum. Hace 135 años, el papa Gioacchino Pecci, dedicó su encíclica social a la revolución industrial de su tiempo. León XIV ha querido centrar la reflexión de la Iglesia en la revolución digital de nuestra época, poniendo el acento en la inteligencia artificial.
El regreso de la doctrina social de la Iglesia, arrinconada en los años posteriores al Concilio Vaticano II salvo por Centessimus annus (1991) de Juan Pablo II, ha de ser acogido con satisfacción. Eso sí, hay que tener presente que la doctrina social de la Iglesia es parte integral de la doctrina moral católica, y ésta a su vez posee un fundamento metafísico, ya que la moral se cimenta en el orden del ser. Como enseña Santo Tomás de Aquino, agere sequitur esse: el acto se deriva del ser. En consecuencia, el orden moral y social no se puede entender desligado de la naturaleza humana y su fin último (Suma teológica, I-II, q. 94, a. 2). Por esa razón, el padre Réginald Garrigou-Lagrange precisa que «los propios derechos del hombre se derivan de sus deberes para con Dios» (Doctor Communis, 2-3 (1949), p. 158), poniendo de relieve el principio metafísico de la doctrina social de la Iglesia.
La encíclica Rerum novarum de León XIII fue precedida por la Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879, con la cual, un año después de su elección, el Sumo Pontífice quiso trazar la línea filosófica que habrían de seguir las escuelas católicas, proponiendo al Aquinate como único maestro intelectual de la Iglesia. León XIII estaba convencido de que la restauración del pensamiento por medio de la filosofía tomista tenía que preceder a la de la sociedad y ser su cimiento. Eminentes estudiosos católicos como Étienne Gilson (1885-1978) y Augusto del Noce (1910-1989) proponen leer las principales encíclicas leoninas desde esta perspectiva metafísica. En Aeterni Patris, el Papa sintetiza su programa cultural; en las encíclicas sucesivas, entre las que se cuentan Libertas praestantissimum, sobre la libertad humana (1888), Arcanum divinae sapientiae, sobre el matrimonio cristiano (1880), Humanum genus, sobre la Masoneria (1884), Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los estados (1885) y Sapientiae christianae, sobre los deberes del cristiano en la vida pública (1890), aplica los mismos principios a los diversos ámbitos de la vida individual y social.
Es indudable que León XIV obedece a nobles intenciones y a un amor sincero por la verdad. Sin embargo, a diferencia de los de León XIII, su documento manifiesta la ausencia de una sólida formación metafísica, con lo que corre el riesgo de que no se entiendan bien problemas complejos como el de la inteligencia artificial.
Después de afirmar que «hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana», plantea el problema de la siguiente manera: «Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias (…) No residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio (…) No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (n.º 99).
Tiene razón el Papa al plantear el problema, pero no aclara por qué es imposible la equiparación entre inteligencia humana e inteligencia artificial. Según la filosofía tomista, el motivo no consiste principalmente en que la IA carece de emociones y relaciones y no tiene una memoria encarnada, sino en que le falta un alma racional y espiritual, principio intrínseco de las operaciones intelectivas. La enclíclica, por el contrario, formula la distinción entre el hombre y la IA en términos puramente fenomenológicos, el plano de la experiencia, la afectividad y la capacidad de relación, olvidando o ignorando que la diferencia definitiva es de orden ontológico.
Según Santo Tomás, el hombre no se puede reducir a un agregado de procesos materiales, porque el principio del conocimiento humano es incorpóreo y subsistente (Suma teológica, I, q. 75, a. 1). El intelecto humano no se limita a elaborar datos y reconocer esquemas; conoce lo universal (Suma teológica, I, q. 79, a. 6) y es capaz de abstraer de las imágenes sensibles conceptos inmateriales como el bien, la justicia o el propio Dios. Y de manera análoga, la voluntad no es un mecanismo de selección programada, sino un apetito racional capaz de raciocinio y de libertad (Suma teológica, I, q. 82, a. 1; ST, I, q. 83, a. 1).
En cambio, la inteligencia artificial carece de un principio intrínseco de conocimiento y de voluntad, pero actúa gracias a la inteligencia humana que la ha proyectado. De ahí que la diferencia entre el hombre y la máquina sea cuantitativa pero ontológica: el hombre conoce porque posee un intelecto espiritual y quiere porque posee una voluntad libre. Por el contrario, la máquina funciona porque ha sido construida con ese fin. Por eso, la inteligencia artificial más avanzada jamás podrá ser verdaderamente humana, pues le falta lo que para Santo tomás constituye el principio mismo del conocer y el querer auténticamente humanos: el alma racional y espiritual.
Estas observaciones pueden parecer abstractas desde el punto de vista filosófico, pero tienen importantes consecuencias en el plano moral y el social. La base metafísica de la doctrina social de la Iglesia remite al concepto cristiano del orden del ser, que entiende la historia del hombre a la luz de la creación, la caída y la Redención. En dicha perspectiva, la noción de pecado, sustancialmente ausente en la encíclica, no se puede reducir a una injusticia sociológica, sino que supone una transgresión de la Ley divina, implica una culpa, merece una pena y exige arrepentimiento y conversión. Con una hermosa expresión, el Papa afirma que «si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado» (n.º 49). Pero Jesucristo no se encarnó para confirmar un ideal humanitario ni para promover una genérica fraternidad universal, sino para restablecer mediante la Redención del hombre y su reintegración al orden sobrenatural el orden que alteró el pecado (Suma teológica, III, q. 1, a. 2). Cuando este horizonte metafísico y sobrenatural es alterado, el cristianismo tiende inevitablemente a secularizarse y reducirse a una religión meramente horizontal y filantrópica cuyo objetivo ya no es la salvación de las almas y la reinstauración del orden cristiano, sino la simple gestión humanitaria de los problemas del mundo.
Magnifica humanitas abunda en buenas ideas y hay que considerarla una expresión autorizada del magisterio de León XIV, pero algunos aspectos de la filosofía y la doctrina social de la Iglesia que encara la encíclica para ser objeto de debate con el debido amor y respeto a la persona del Romano Pontífice y la institución del Papado.


